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EL PRINCIPE, EL DRAGÓN Y LA PRINCESA
Un cuento de Tania Ruíz.

En un lugar que era un reino muy lejano El príncipe, el dragón y la princesa se encontraron No querían ser presos de un cuento tirano Y a la búsqueda de sus anhelos se lanzaron.

El Cuentagotas observaba el bosque a través de su estanque de cristal. Poco a poco las hojas y los troncos de los árboles se transformaron en la silueta de un apuesto príncipe que cabalgaba sin saber que alguien lo vigilaba. -¿Qué haces en esta parte del bosque? –preguntó el Cuentagotas sin esperar una respuesta. El estanque mágico no llevaría sus palabras a los oídos del jinete-. Estás muy lejos de tu castillo y la princesa que debes encontrar te espera en otra dirección.

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El príncipe miró hacia los ojos del Cuentagotas como si hubiera escuchado sus palabras. El Cuentagotas se deslizó hacia atrás, sorprendido por la mirada del joven. Era imposible que lo hubiera escuchado. Tendría que investigar al intruso, eso lo ponía de mal humor. Hacía miles de años que el Cuentagotas no salía de su gruta. Él era el último guardián del manantial de los anhelos y no le gustaba alejarse del lugar que debía proteger. La figura de venerable anciano con largas barbas, que tenía el Cuentagotas en ese momento, se transformó en una nube de gotas de rocío. Así se podía mover con mayor rapidez. Una parte de la nube de rocío se convirtió en un rostro arrugado, con nariz ganchuda y ceño fruncido. La nube avanzó veloz. El estanque mágico mostró una segunda silueta pero el Cuentagotas no la vio, ya había salido hacia el bosque. El príncipe estaba inquieto sentía que alguien lo observaba desde el cielo pero, por más que extendía su mirada, no veía nada. Continuó su camino por el Bosque Perplejo, sin hacer caso a sus

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temores. Estaba atento a los sonidos del Bosque, tenía que encontrar el río que viene del mar, para seguir su cauce y llegar al manantial de los anhelos. Miles de gotitas de rocío, con forma de ojos, se deslizaban por las hojas de los árboles, vigilando al príncipe. El corcel del príncipe se detuvo receloso. Un rayo anaranjado bajaba del cielo: el príncipe vio que se trataba de un dragón. ¡Un dragón que llevaba entre sus garras a una princesa! Las hojas de los árboles comenzaron a temblar, las gotitas de rocío se agitaban furiosas, el Cuentagotas no podía soportar la presencia de dos intrusos más. El dragón aterrizó sin problemas en la copa de un frondoso árbol. -Tendremos que caminar –le dijo a la princesa-, desde el aire no puedo ver el río que viene del mar.

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-No tengo ningún inconveniente –contestó la princesa-. ¿Serías tan amable de dejarme en tierra firme? Caminar por las ramas de los árboles no es muy seguro. El dragón tomó a la princesa entre sus garras, sin hacerle daño, y la dejó en el suelo. Ninguno de los dos se había fijado en el príncipe, que los observaba divertido. -¡Esto es lo más extraño que he visto! –dijo sonriendo-. Un dragón tiene entre sus garras a una princesa y yo no tengo que rescatarla. -Caballero –dijo la princesa tratando de ser amable-, no todas las princesas queremos ser rescatadas. ¿Sería tan amable de informarme dónde está el río que viene del mar? -¡Qué coincidencia! –Dijo el príncipe-. Yo también lo estoy buscando. -Tenemos que encontrarlo antes de que oscurezca –dijo el Dragón-, no quiero provocar ningún incendio para alumbrar nuestro camino.

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-Así que tenemos tres rebeldes que buscan beber una gota de mi manantial –dijo en un susurro El Cuentagotas. Regresó a su gruta, en forma de gotitas de rocío no podía hacer nada contra aquellos intrusos, los esperaría custodiando la entrada al manantial de los anhelos. El príncipe, el dragón y la princesa avanzaban en silencio. Para todos era extraña esa situación y ninguno quería ser el primero en explicar sus motivos para buscar el manantial. Caminaban atentos al ruido del agua, el caballo fue el primero que la escuchó, guió a su amo ante el río esperado. -El río que viene del mar, no podemos beber de su agua, como el río viaja al revés, para nosotros sería como retroceder en el tiempo: nos haríamos cada día más jóvenes hasta convertirnos en bebés. -No tienes que dar explicaciones –dijo el dragón-. También conocemos las reglas, buscamos lo mismo que tú. -¿Cuál es el secreto de tu corazón, príncipe? –preguntó la princesa.

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-Eso es, si me disculpa, algo que no le diré a una desconocida. Las mejillas de la princesa se pintaron de rojo, era la primera vez que alguien le contestaba de esa manera. Toda su vida la había pasado en el castillo, rodeada de sirvientes que contestaban cualquier pregunta, ahora un príncipe le hacía ver que era una impertinente. ¡Y ella que se sentía tan perfecta! La princesita, en silencio, caminó. El dragón volaba sobre el río, pensaba en el secreto de su corazón, él no sabía si la magia del manantial funcionaba con dragones, pero sí conocía su anhelo más profundo: quería vivir tranquilo, sin tener que pelear con cada caballero que buscaba fama y fortuna. Estaba cansado de tener que ser el malo. Él siempre quiso cantar, claro que no podría cantar con público, porque cada vez que daba un agudo una llamarada salía de su boca. Y él no quería quemar a nadie. Le bastaba con vivir en paz. El príncipe pensaba en la pregunta que le hizo la princesa, no le respondió porque no conocía la respuesta: unos días creía

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que el anhelo de su corazón era ser el más valiente príncipe del mundo y vivir grandes aventuras, en otros momentos sólo quería diversión. La princesa sabía lo que no quería: no quería casarse con un desconocido y ser feliz para siempre. Esperaba que con eso fuera suficiente para que el manantial le concediera una gota de su agua. La leyenda decía que, si lograbas encontrar el río que viene del mar, llegarías al manantial de los anhelos y podrías tomar una gota de su agua mágica, siempre que conocieras el secreto de tu corazón, esa gota te liberaría de todos tus problemas dándote la vida que anhelabas. Antes de llegar al manantial, tendrías que mirar hacia adentro. El Cuentagotas observaba a través de su estanque de cristal, veía el camino que habían recorrido para llegar al río, los tres viajeros habían soportado diversas pruebas, el príncipe resistió gracias a su perseverancia, el dragón gracias a su fuerza

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y la princesa gracias a la inteligencia. ¿Tendrían el valor de mirar hacia adentro? El Cuentagotas lo descubriría en cualquier momento. Los viajeros avanzaban rápido. Pronto llegarían a la gruta. El Cuentagotas se transformó en una cascada que impedía el paso al interior de la caverna. Así los esperaría. El río que viene del mar se hacía más estrecho a cada paso que daban los viajeros, pronto se convertiría en un hilillo de agua. El terreno era cada vez más escarpado y sinuoso. La princesa avanzaba con dificultad, su vestido real se atoraba en las raíces de los árboles y varias veces estuvo a punto de caerse. -Lo que más deseo es usar otra ropa –dijo enojada-, este vestido funciona en la sala del palacio, se ve precioso bajo el resplandor de la lámpara, pero yo no quiero ser un objeto decorativo. -¿Tan sencillos son tus anhelos, princesa? –Dijo el príncipe-. Para lograr un cambio de vestuario no necesitas beber del mágico manantial.

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-Llegamos al final de nuestro camino –dijo el dragón desde el aire-, adelante hay una inmensa montaña y el río llega hasta una violenta cascada. Cuando el príncipe y la princesa vieron la caída del agua, se quedaron maravillados, era un espectáculo asombroso: la cascada era un arco iris de numerosos colores, el agua formaba diversas imágenes: caras de humanos felices daban paso a gestos de dolor y tristeza, animales terrestres se convertían en monstruos alados que dominaban el aire; aldeas que se destruían, castillos que se levantaban sobre verdes campos. -¿Tendremos que atravesar por ahí? –preguntó la princesa. -Sí, es el único camino, vamos –dijo el dragón volando al ras de la tierra, cerca de una pequeña flor. El dragón no quería caminar y lastimar con su peso la hierba silvestre. -Yo voy primero –dijo el dragón-, si algo sale mal, ustedes podrán regresar sin daños. El príncipe y la princesa intentaron detenerlo pero no pudieron hacer nada, el dragón avanzó decidido.

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En la cascada se formó la cara del Cuentagotas, anciana y venerable, los ojos expresaban la sabiduría de todos los tiempos, la nariz ganchuda se arrugó en una mueca de disgusto, la comisura de la boca se frunció expresando desaprobación. -Nos volvemos a encontrar, legendario amigo –la voz era áspera y profunda-. Aunque la última vez que estuviste aquí eras un hombrecillo asustadizo que buscaba poder. -Aprendí mi lección, Gran Mago, al principio fue divertido tener esta forma, asustar a los hombres y acumular riquezas – dijo el dragón, empequeñecido de pronto-. Durante mucho tiempo olvidé que fui un hombre. -¿Cuál es el anhelo de tu corazón? -Vivir en paz. -¿Tienes el valor de mirar hacia adentro? –preguntó el Cuentagotas. -Tengo el valor. La cara del Cuentagotas se fue estirando, desaparecieron todos los bordes del rostro y el agua parecía un espejo.

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El príncipe y la princesa no podían ver lo que el dragón vio reflejado en la superficie de la cascada: un niño que corría en el campo acompañado de su querida mascota. Ese era el anhelo del corazón del dragón, vivir feliz, vivir en paz. El dragón entró en el espejo, la cascada recuperó su forma de rostro de Cuentagotas. -¿Quién es el siguiente? -Las damas primero –dijo el príncipe. La princesa lo vio con un destello de rabia. Se enfrentó a la cascada. -¿Cuál es el anhelo de tu corazón? -No quiero ser una princesa que viva encerrada en su castillo. -Esa no es la respuesta que abrirá mis puertas. El manantial de los anhelos no es para ti princesa. La princesa no lo podía creer, sin saber que hacer se sentó a esperar, si el príncipe atravesaba la cascada tendría que hacer el camino de regreso sola.

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-¿Cuál es el anhelo de tu corazón? El príncipe se quedó pensativo, sin saber qué responder. -¿Conoces la respuesta que abrirá mis puertas? -No. -El manantial de los anhelos no es para ti. La cascada se convirtió en un remolino entró en la gruta y la montaña cerró la puerta hacia su interior. El río desapareció. Todo quedó en silencio, el príncipe y la princesa se encontraban entre una inmensa montaña y un espeso bosque. El caballo relinchó rompiendo el silencio. -Tendremos que empezar de nuevo –dijo el príncipe-, hay que caminar hasta encontrar el río, cuando eso suceda tendremos una segunda oportunidad. -Comencemos la búsqueda –dijo la princesa-. Pero no la del río, primero hay que encontrar nuestros anhelos. El príncipe sonrió. La princesa y él emprendieron la marcha. En el interior de la caverna, el Cuentagotas podía ver a los viajeros en su estanque de cristal. -Algún día nos volveremos a

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encontrar –le dijo a las figuras que se desvanecían. El estanque mostró a un niño jugando feliz. -No olvides tu anhelo cuando crezcas, legendario amigo. El príncipe y la princesa avanzaban esperanzados, algún día beberían del manantial.

FIN Tania Ruiz

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