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El platillo

No me importan mis apretadas ataduras ni mi inminente destino. No puedo tolerarlo un segundo más. Necesito desgarrar la carne del hueso, apretarla un poco con la lengua y dejar que esa maravillosa mezcla de sangre con grasa se deslice entre mis dientes y le prometa a mi boca entera la felicidad absoluta. ¿Qué será de mi paladar si no vuelve a sentir el abrazo cariñoso de la salsa BBq? ¿Qué hare con mi saliva?, ¿tragármela con hojas de valeriana? Sin duda preferiría hacerlo por todo un día y caer como muerto en un sueño eterno antes que sufrir la ausencia de la carne en mi dieta. ¡No me puedo rehabilitar! No me quiero rehabilitar! Tengo que comer carnita para vivir! De res, cerdo, pollo, jirafa o caballo, tiene que haber alguna forma de satisfacer mis bizarros deseos sin que nadie interfiera. A fin de cuentas, ¿a quién le importa lo que yo coma? Mi infancia…que tonto y crédulo era yo al no dudar de nada de lo que me enseñaban en la casa y en la escuela. Recuerdo las caricaturas que nos ponían a ver sobre muñequitos que habían quedado obesos e hipertensos después de comerse una sola costillita!, Una!; Era una barbaridad. Recuerdo también las miles de frases que pegaban en los paraderos de buses, en los diarios y hasta en la entrada al campo: “El consumo de carne es nocivo para la salud, perjudica a animales y más aun a humanos. Por el bienestar de todos dígale NO a la carne”. Recuerdo a la profesora Martínez “advirtiéndonos” que si comíamos carne alguna vez, nos íbamos a volver bestias incontrolables sedientas de maldad, que el diablo crecía 2 metros cada vez que pensábamos en el sabor de la carne y que andar con carnívoros ponía muy triste a papa dios. Si la hoy viejita Martínez tuviera razón, ya no habría raza humana pues yo los habría ya matado a todos, los cuernos del diablo hubieran ya tocado el cielo y papa dios quizás ya se hubiera suicidado a causa de un severo cuadro depresivo. Pero no es así. Nada de eso es así. La primera vez que probé la carne fue en la casa de Daniela López Osorio. Yo era en ese entonces un preadolescente como todos los demás. Era el promedio en todo: 3.6 en matemáticas, 4.1 en educación física, acné en la frente y la cumbamba e incontables gallos al hablar. Pero Daniela, ella si se podía considerar la excepción al menos en una cosa: era la única rubia del salón. Pronto, su diferencia me hizo quererla y aunque ella ni me hablaba al principio, por la confluencia de mil y un situaciones que la ansiedad no me deja contar en este momento, nos juntamos con fuerza inseparable. El simple hecho de saber que continuaré con la parte interesante de la historia me hace empezar a salivar. Casi

sus padres se encerraron en la habitación probablemente a dormir y nosotros. Una voz sin rostro llegaba a preguntar “¿lo mismo de siempre?”. Los platos se recogieron. Daniela? No lo podía creer. Una puerta negra cedía el paso a unas escaleras que descendían como al infierno. verdad? Y después de reprimir las nauseas cuando se asomó de la bolsita negra un pedazo de carne incrustado a una costilla: ¿A quién mató. parecían no tener fin. Como toda familia normal. Tres horas llorando en silencio para no despertar a nadie y muchos besos y palabras manipuladoras se necesitaron para convencerme de permitir el rose de mi lengua con un poco de esa aterradora masa incrustada en el hueso. como asegurándose de que nadie la pudiera oír en la planta de arriba. No podía resistir las lágrimas al pensar en un cerdito llorando porque le habían arrancado un pedazo. Terminó siendo mi joven apetito sexual el que me mostró el representante de dios en la tierra: el sabor impecable de una costillita recién asada. Yo era un hombre normal que solo se dirigía a saciar sus deseos. Daniela abrió la nevera muy lentamente. y “lo mismo de siempre” respondía yo con alegría. casi puedo saborearlo…Recuerdo que era un viernes y que ella me invitó a almorzar porque ese día no iba a estar mi mama en la casa. sabia uno en medio de la oscuridad. Llegar a la carnicería de Envigado era toda una aventura las primeras veces. se pierde cualquier sensación de persecución e incluso el mismo miedo de ser atrapado in fraganti. sin hacerle daño a ninguna otra persona. ni se me escurrían las babas por el cuello. A pesar de mi radical asco. de unos dos kilos de peso y me marchaba por las mismas escaleras. no saciados con el almuerzo fuimos a la cocina a buscar algo más. Todos los viernes en la noche tomaba el metro. Tampoco se me dilataban las pupilas ni mi aura se tornaba negra. esta vez hacia el cielo. ¡solo aumentan mi desesperación!. en su comedor se sirvió lechuga. Antes todo era más fácil.puedo olerlo. jugo de maracuyá con jengibre y arroz blanco. sin llamar la atención de nadie. tenia frente a mí a una asesina. pero después de 15 años comprando carne en el mismo sitio. Guardaba la bolsa en una maleta negra llena de hierba buena para ocultar el olor y me dirigía . Los guardias que disimulaban la silueta de sus cuchillos detrás de sus chaquetas ya me saludaban como parte de la familia. arvejas con zanahoria. No tenía mirada de lunático. Recuerdo casi que con excitación sexual el suspenso: ¿Será brócoli? ¿Serán palitos de coco? ¿Por qué sale sangre de esa bolsita? ¿Qué es ese olor tan fuerte? ¿es broma. que había llegado a la carnicería. Me pasaban una bolsa con hielo. y esque eso es lo que somos los carnívoros: una familia de gente libre!. Se agachó y del más recóndito compartimiento sacó una bolsita negra muy misteriosa. Los recuerdos que me trae contar mi historia. tortillas de lenteja. Cuando por fin los pies se sentían en una superficie segura. mis impulsos preadolescentes me sugirieron que no podía yo darme el lujo de alejar a Daniela de mi vida llevándole la contraria. se dieron las gracias atrasadas a dios por los alimentos.

quizás los encerraron con muchas vacas y cerdos para que estas se vengaran despiadadamente. Desde ese maldito viernes de junio las carnicerías de toda la ciudad desaparecieron. entrégueme a mi carne. podría cortarme los dedos y asarlos. hasta que los malditos esclavos de las arvejas y el champiñón declararon un viernes de junio en el congreso que todos los carnívoros tenían que rehabilitarse o morir en la silla eléctrica. y callar por un momento los gritos en mi cabeza y en mi estomago. Esta silla será la cocina del plato más exquisito que se haya preparado alguna vez en la historia. salsa y sangre. Mataría en este momento por un trozo de carne. y entonces mi desesperación volvería en el aislamiento! ¡Desesperación! ¡Locura!. ¿Y cuando ya no tenga brazos como me voy a seguir cortando? ¡Podría matar gente pero seguramente me atraparían y me encerrarían. quinientos gramos eran por el hielo. lomo. para mi cocina. Aquí no va a haber dolor. pero no me importaba. Primero asaba las costillitas y les echaba salsa BBq. Después de la faena mi cuerpo entero quedaba lleno de grasa. Gloria! Gloria absoluta todos los viernes! De los dos kilos que pesaba la bolsa. Claro. estaré experimentando el mayor placer que un carnívoro pueda sentir en toda su vida y para eso no se necesita conciencia. Había costillitas. para mi templo. mi barriga tan grande como mi sonrisa y mi cocina como la escena de un crimen. ¡No me puedo rehabilitar! ¡No me quiero rehabilitar! Ya es hora.nuevamente para mi hogar. lengua y vísceras por montones. me las devoraba al instante. pero si fue así. Será el olor puro de mi carne cocinada el que me acompañe en mis últimos instantes. No logro superar las ansias! Mis dientes han empezado a sacrificar mis labios y mi lengua. Todo tan fácil. ¡no lo intente! Yo no estaré muerto. Si llega usted a creer que ya estoy muerto no apague la corriente. Quizás la policía mató a los dueños. tan perfecto. un kilo y medio de carne para la noche. Baje la palanca y libéreme! Pero no me ponga esa esponja con agua para “hacérmelo menos doloroso”. ¡Carne!. ¿Y después de eso?. . Adelante señor verdugo. Será el olor puro de mi carne cocinada el que me de la despedida de este mundo de imbéciles. ¡no!. Ya lo decidí. pero. A veces rellenaba la lengua con cuadritos chiquitos de lomo y las vísceras me las comía en caldo. considero que les hice un favor. Deje que mi carne se cocine lentamente con la corriente salvadora y no me cubra la cara ¡No se atreva!. aquí lo que va a haber es un festín para mis sentidos. Quizás la viejita Martínez no estaba tan equivocada. Un buen carnívoro jamás usa cubiertos y yo no era la excepción. Jamás me enteré si los vecinos alcanzaban a oler la magnificencia de mis creaciones culinarias. ¿para qué? ¿Qué me voy a cortar después? .