You are on page 1of 7

CURSOS UNIVERSITARIOS / 25

Andrés Trapiello

«El escritor de diarios»
El escritor Andrés Trapiello, autor, entre otros muchos libros, de cinco diarios agrupados bajo el título general de Salón de pasos perdidos, impartió en la Fundación Juan March, entre el 4 y el 13 de noviembre pasados, un curso de cuatro conferencias con el título de El escritor de diarios (<<El odioso yo. Vida y literatura», el día 4; «Intimidad y literatura: un imposible», el día 6; «Cien años de diarios en España», el día 11; Y«El lector de diarios y el buscador de tesoros», el día 13). Se ofrece a continuación un amplio resumen de las conferencias. n algún historia de la al escritor Eliteraturamomento delelafueron insufi­ cientes todos los géneros literarios co­ nocidos hasta ese momento y hubo de recurrir a uno nuevo, que conocemos como Diario. Se ha dicho que la histo­ ria de la literatura ha sido en cierto mo­ do la historia de la conquista del yo, de la identidad del escritor como tal, pero lo más paradójico de todo es que sólo cuando éste parece cansado del derecho a hablar de sí mismo, sólo cuando el ro­ manticismo empieza a darle entrada a la modernidad, es justamente cuando los escritores deciden escribir sus diarios. Seguramenteel diario literariosea el gé­ nero de la modernidad, el que le es más característico, aquel que no existía antes de ella y que puede representarla mejor que ningún otro justamente por su frag­ mentación y falta de sistema. Como en el siglo XX, en el diario se suceden los ismos heterogéneos, complementándo­ se entre ellos, más que excluyéndose: la anotación breve, el aforismo, la senten­ cia, la confidencia, la glosa, el largoex­ curso sentimental, el apunte de novela, el poema en prosa, la crónica. Se ha dicho también que una de las razones por las cuales en España había prosperado tan poco el género memo­ rialístico y diarístico se debía al fuerte arraigo de instituciones como la Inquisi­ ción y demás organizaciones religiosas contrarreformistas con un fuerte control sobre las conciencias. Es uno de esos lu­ gares comunes que ha prendido con una extraña fuerza, aunque no es demasiado sostenible. Lo extraño no es esto. Lo ex­ traño, aquí y en Europa, es que los es­ critores no hacen uso del diario íntimo cuando hubieran podido precisarlo, por ejemplo en el momento en el que hablar de sí mismos en público les estaba ve­ dado, como habría sido lo lógico, algo así como una terapia, sino, por el con­ trario, sólo cuando poder hablar de sí mismos en público no sólo les estaba permitido, sino que les producía ya un cierto tedio o cansancio, lo cual vendría a desbaratar otro de los lugares comu­ nes más frecuentes cuando se habla de diarios, el mito de que es el género ro­ mántico por excelencia, cuando lo exac­ to es todo lo contrario. Sólo cuando el romanticismose agotó como fórmula li­ teraria, los escritores se decidieron no sólo a escribir sus diarios, sino a publi­ carlos. El caso de unos diarios como los de Amiel, tal vez el paradigma del dia­ rio íntimo por antonomasia, son buen ejemplo de ello. Es posible que escribir de uno mismo entrañe cierto romanti­ cismo, pero si hay algo poco romántico, desde luego, es hacerlo en público. Por eso, los diarios suelen ser algo mucho menos idílico de lo que se tien­ de a creer, bastante menos que ese lugar acolchado en el que el escritor se tiende y se narcotiza con el opio de la compla­ cencia. En los diarios hay todo un des­ garro de la modernidad, la imposibili­ dad de recomponer un yo que parece haber llegado a ella maltrecho, sin

26 / CURSOS UNIVERSITARIOS creencias, sin programas, sin salvación posible y, en cierto modo, todos y cada uno de ellos parecen más bien ese men­ saje póstumo que arroja el náufrago en una botella con la esperanza de que le llegue a alguien, pero con la convicción de que aun siendo así, no servirá de na­ da, pues o no sabrán llegar hasta él o llegarán demasiado tarde. Pero el hom­ bre es un ser tenaz, eso le caracteriza, y trágico, y un día y otro día parece cum­ plir el viejo rito de escribir esas líneas, embotellarlas cuidadosamente y arro­ jarlas a las olas de la playa con la secre­ ta ilusión de que algún día lleguen allí a donde a él mismo le está vedado ir. To­ da esa operación, reiterada sin desma­ yo, ha de producirle inevitable cansan­ cio. Es la característica de los tiempos modernos, nacidos del tedio y consu­ mados en una extenuación. Los diarios son hijos de ese cansan­ cio, y aunque pueda parecer una nueva paradoja, el lugar en el que un hombre, que ha alcanzado el derecho a poder ha­ blar de sí mismo en público, se retira para poder hacerlo en privado. Aunque lo cierto es que las cosas no volverán nunca a ser las mismas para él, pues desde entonces las fronteras entre lo pú­ blico, lo privado y lo íntimo parecerán borradas para siempre, lo que sin duda ha de producirle un mayor y un más profundo desánimo. El que se ama a sí mismo, el que escribe un diario para ex­ presar el amor que siente por sí mismo, el que lo utiliza como cátedra o palestra para la propaganda, aquel que se mag­ nifica a sí mismo en la impunidad que da la intimidad, está perdido para la li­ teratura. De eso no hay ninguna duda y podría recordársele al escritor de dia­ rios el consejo policial a los detenidos: todo lo que diga puede ser utilizado en su contra, que podríamos completar con aquello de que las mentiras que se cuenta uno a sí mismo son las que peor remedio tienen, pues son el fundamen­ to de todas las locuras sin fundamento. Por otra parte escribimos un diario porque no somos personas enteramente felices. De eso no hay duda. La felici­ dad excluye toda escritura de esta natu­ raleza. El escritor de diarios parte, pues, de un descontento, una desdicha o una insatisfacción, por lo que no cabe ha­ blar de una relación narcisista, sino de una relación atormentada o anómala consigo mismo y con los demás. Se escribe también como un desaho­ go. Con frecuencia el diario se convier­ te, y es otro de los lugares comunes per­ fectamente estudiados y, en este caso, con mayor fundamento, en el cajón a donde van a parar todos los negros hu­ mores. Incluso en el hecho de escribir hay mucho de drenaje. En algún mo­ mento hemos dicho que el diario es ese lugar al que acuden los seductores con poca fortuna, tal y como definió Benja­ min a los fl áneurs y merodeadores. El jl áneur llega al lugar de los hechos o demasiado pronto o demasiado tarde, y de ahí la conciencia de su desplaza­ miento. El diarista es una mezcla de las dos cosas, de un seductor, y de unf!all cur o transeúnte. Por un lado quiere contarle de sí mismo al lector las cosas que la re­ alidad le ha contado de otra manera, o se las ha omitido. Pero por otro lado es un ser desplazado. Cuya única cita a la que llega puntual es la que tiene con su diario. Digamos que el diario es un es­ fuerzo por sintonizar realidad exterior e intimidad, desenfocadas precisamente por los propios conflictos afectivos del diarista.

Intim idad y literatura : un impo sihle
¿Se puede escribir un diario íntimo? Ésta es la verdadera cuestión. Mairena, con la gracia que le caracterizaba, solía refutar tal hipótesis con una frase ina­ pelable: «Nada menos íntimo que un diario íntimo», apotegma que no sé por qué razón yo he unido siempre a una frase del mismo libro en la que de for­ ma no menos inapelable sostenía que «malo es el mutis que se hace aplau­ di!"» . Los diarios íntimos son en princi­ pio un mutis, pero un mutis por el que el escritor espera recibir algo, un aplau­

"EL ESCRITOR DE DIARIOS" /27
muchos no es más que ese lugar en el que pueden decir las cosas que no se atreven a poner en circulación en perso­ na, por razones diversas. Tiene uno la sensación de que la intimidad es un pacto entre el Yo y su sombra. La som­ bra del yo naturalmente es su concien­ cia, y nada de lo que se habla entre ellos debería salir a la luz. Es entonces cuan­ do el escritor de diarios baja la voz, aunque a veces, precisamente ante las confesiones íntimas, el diarista la levan­ ta para que le oigan bien. El caso es que se produce una ilusión: la de que se ha creado un pacto entre el autor y su lec­ tor, convertido en un confidente. «El diario no es esencialmente una confesión, un discurso de sí mismo», nos dice Blanchot. «Es más bien un me­ morial. ¿Qué es lo que debe recordar el escritor? Debe recordarse a sí mismo, debe recordar quién es cuando no está escribiendo, cuando vive la vida coti­ diana, cuando está vivo y verdadero, y no moribundo y sin verdad. Y, sin em­ bargo, el medio del cual se sirve para recordarse a sí mismo es, hecho extra­ ordinario, el elemento mismo del olvi­ do: la escritura. El diario es una defensa contra los peligros de la escritura. Allá, en las pro­ fundidades de la obra. todo se pierde, quizá hasta la obra misma se pierde. El diario es el ancla por medio del cual el escritor se ata a la realidad cotidiana.» Ha valido la pena una cita tan larga, porque, despojada de su prurito intelec­ tualista, puede servimos para abordar algunas cuestiones especialmente rela­ cionadas con la intimidad, con la litera­ tura y con la vida. También para Blanchot los diarios suceden siempre fuera de la confesión, lejos de la intimidad que ha decidido explicitarse. Incluso podemos mos­ trarnos de acuerdo cuando dice que son un memorial, pero de hecho eso no es decir gran cosa, porque todo cuanto se escribe es un memorial. Se escribe para eso, para recordar, para no morir, de ahí que se comprenda mal todo ese lío de que la escritura es el elemento del olvido.

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) es narrador, poeta, crítico, ensayista y editor. Como narrador ha publicado tres novelas, La

tinta simpática, El buque fantasma

(Premio de Novela Plaza-Janés 1992) y La malandanza. Como poeta es autor de Las tradiciones, en donde recoge buena parte de su obra, y Acaso una verdad (Premio Nacional de la Crítica). Como ensayista literario ha publicado, entre otros títulos, Las armas y las letras (Premio Don Juan de Borbón) y Los nietos del Cid. Hasta la fecha ha publicado cinco tomos de diarios: El gato encerrado,
Locuras sin fundamento, El tejado de vidrio, Las nubes por dentro y Los caballeros del punto fijo.

so o la consideración del lector o la pia­ dosa mirada de la posteridad. Los dia­ rios, sí, más que la salida a escena de un autor, son su salida de ella. Pero con­ viene que nos preguntemos qué es ver­ daderamente lo íntimo para saber si es o no posible un diario íntimo y si la in­ timidad es la verdadera naturaleza de los diarios, lo que les da un sentido co­ mo género, así como el fundamento de la novela sea la ficción o el de la poesía las emociones. Quedémonos con que lo íntimo hace referencia a aquello cuya publicidad modificaría o imposibilitaría nuestras relaciones con los demás. ¿A qué lla­ man los escritores diarios íntimos? Para

28 / CURSOS UNIVERSITARIOS
S i hay dos palabr as que no deb er ían ir j untas nun ca so n precisam ent e esas dos, o lvido y mem oria, porqu e suele n sa lir de su co mbinac ión unas frases un tant o preten cio sas y co nce ptistas qu e ape nas s ignifican gra n cosa. Qu edém o­ nos co n que e n e l diario e l escri tor to­ ma co ncie nc ia de sí m ism o. Pe ro tam ­ poco ex plicaría much o. Pon gam os dos eje mplos . Tom em os por un lado los diarios de Th om as Mann y por otro los de Be rna rdo Soares , de naturaleza tan d iferente. Nin gun o de los dos d iarios se publ i­ có e n vida de su autor y Mann inclu so se tom ó la molestia de redactar una s d ispos iciones testamentari as en las que proh ibía su publi cación hasta pasados unos años despu és de su muerte. Du­ rante ese tiempo mu ch os pen saron que tales d iarios se rían una verdadera bom­ ba, algo que co nmoc iona ría al mundo, pero una vez aparec idos todo el mundo que dó desconcertados, no sabiendo si la insu lsez e intra scendencia de sus co nte nidos se trataba de una broma póstuma de l autor. En e l cas o de Soares, Pessoa no se tom ó ninguna moles tia de nada, metió los cuadernos en un famo so baúl y es­ peró cinc uenta años desde su tumba. No era para é l una cues tión de tiempo. Uno , Mann , fue mientras vivió un es­ cri tor notable y ce lebrado e n todo el mun do. E l otro en ca mbio no fue nada; podríam os dec ir inclu so que no fue na­ die, pues no es más que la inve nc ión de un perso naje fruto de la ment e de Pes­ soa. ¿C uál es e l res ultado? De no sa ber que los Diarios de Mann so n suyos , s i no nos ay uda ran a explica rnos mejor a un hombre que a l tiem po que los llevaba esc ribía una de las obras más imp ortant es y bell as de su tiempo, los cree ríamos de algu ien no só lo neu rót ico, s ino incl uso vulgar. Pero basta lee r las prim eras pág inas del Libro del Desasosiego para sa ber qu e nos enco ntra mos ante una de las gr an­ des obras de tod o es te tiempo, paradó­ jicamente s ituada ju nto a esas ot ras ob ras que tant o y merec ido nombre proporcio naro n a Mann.

Cien años de diarios españoles
Resulta difíc il dar una razón por la c ual tan pocos escri tores es pañoles han esc rito diari os. Se ría prec iso co nside rar la escasez de diari os de esc ritores rela­ c ionada a un tiempo co n la propi a lite­ ratura y co n e l tej ido social, ya que pu­ d iéramos pen sar en e l d iario co mo e l gé nero burgués por anton om asia. Lo s diarios de escritores parecen co ntener también algo específico de escritores par a escritores o para ge ntes tan aman­ tes de la literatura. Tiene mucho de re­ finam iento literar io e l d iario . En la lite­ ratur a español a hab rá que esperar a l Diario de un enfe rmo, que escribió en los albores del siglo Azorín. y a Las ilu­ minaciones en la sombra, de Aleja ndro Sawa, para habl ar de dos gra nde s, aun­ que parciales y dem asiado lite ratu riza­ dos, diarios literario s. El 98, o los escri­ tores del novecientos, como nos g usta­ ría que se les llamase, es la ge nerac ión de los grandes egotistas es pañoles . To­ dos ellos escribieron mu ch o de s í mis­ mos y, sin embargo, ni uno só lo de e llos llevó a cabo un diario, en la fo rma tra­ dicional en que lo conocemos. Las ra­ zones por las que esto s esc ritores, en comparación con los esc ritores de la generación anterior, esc ribieron tant o de sí mismos son de div ersa naturaleza, personal y circunstancial. F ueron hom­ bres con una gran person alid ad, ego tis­ tas , dialécticos infatigables y hombres de tertulia y de Aten eo. Pen sab an, co­ mo ve rdade ros arti stas modern os, que en literatura no tod o era la rea lidad, e l obj eto sobre el que fija ban la m irada, sino que tant o o más importa nte que es­ to e ra e l punt o de vista. Co n todo ello habr ían pod ido haber esc rito unos dia ­ rios, tal y co mo los entende mo s hoy, diari os desorgan izados, persona les, ín­ tim os, frag me ntarios. Aunq ue hubo al­ g una excepció n. La primera segura­ ment e es e l Diario de 1111 enf ermo, de Azorín, de [90 1; és te de mostró q ue co ­ noc ía a la perfección e l género, pero no vo lvió a escribir ningún libro en forma de diar io. y así llegam os a uno de los libros

"EL ESCRITOR DE DIARIOS" /29
más singulares y triste s de la literatura del fin de siglo , a Las iluminaciones de Sawa. Podríamos decir que fue el can­ to del cisne de la bohemia española, su fruto no sólo póstumo, sino más perfu ­ mado , hermoso y maduro. Si el Diario de Azorín es una Iiteraturización exce­ siva, con el de Sawa estamos hablando del primer gran diario de un escritor es­ pañol , porque su autor no quiere ser otro que él mismo, aqu el que una y otra vez nos desgranará dolorosas confesio­ nes: «Yo no hubiera querido nacer ; pe­ ro me es impo sible morir». No es el ca­ so para contar aquí la vida de Sawa, pe­ ro ese libro , ese diario íntimo suyo no se entendería sin ella . Otro de los primeros en hablar de sí mismo y noveJarse como personaje fue Unamuno. «Hay quien inve stiga un cuerpo químico -escribió-; yo investi­ go mi yo, pero mi yo concreto, perso ­ nal, viviente y sufriente. ¿Egotismo? Tal vez; pero es el tal egotismo el que me libera de caer en el ego ísmo.» Y era verd ad, porque no podemos llam ar egoísta a un escritor que después de ha­ ber atendido la cátedra y el rectorado de su universidad , durante cuarenta año s, después de esc ribir uno o dos largos ar­ tículo s semanales para los periódico s y revist as de América o de Españ a, y no­ velas, y poem as, y ensayos y obras de teatro como para llenar och o volúme­ nes de apretada letra sobre papel biblia, no podemos con siderarle egoísta, deci­ mos, tras ese penoso trabajo de vivir, a quien aún encontró tiempo para escribir a lo largo de su vida más de cuarent a mil cartas, algunas tan exten sas e im­ portantes como cualquiera de sus pe­ queños ensayos o de sus largos artícu­ los. Habló, pues, mucho de sí U narnu­ no, en libros parcial o totalmente auto­ biogr áfico s, pero habr ía que esperar, primero a su De Fuerteventura a París y luego a su Cancionero, que apareció con el subtítulo de Diario poético, puesto por Federico de Onís con abso­ luta propiedad , ya que se trata de casi dos mil composiciones fechadas toda s y cad a una de ellas desde 1928 al día de los inocentes del año 36, dos días ante s de morir. Son ambos dos diarios poéti­ cos, el primero con una s glosas en pro­ sa que le permiten diva gar, comentar, recordar. Proyecto de mu y parecida naturale­ za al Cancionero de Unamuno, si bien anterior en diez año s, habí a sido el Dia­ rio de un poeta recién casado , de Juan Ramón Jiménez, sólo que en éste se dan algunas circun stanci as que lo ha­ cen ligeramente diferente y, desde lue­ go, algo mucho más acab ado y cons­ ciente. Es, como en el pro yecto unamu­ niano, un libro en el que la fecha tiene un protagonismo excepcional, por mos­ trarnos la oscilación de un sentir. En cierto modo se podría dibujar una grá­ fica del estado del poeta, como la curva febril de un enfermo, Se ha dicho que fue este libro el que significó la moder­ nización de la poesía española, pero no solamente fue eso, sino el intento muy intel igente de poder hacer un nuevo gé­ nero de poesía, sin desvincularla de la vida , apro vechando lo que de la vida se lleva siempre un diario. Después de Sawa y es tos intentos poéticos, no me parece que haya nin­ gún relevante diario en la literatura has­ ta tropezarnos con los de Azaña. Está, desde luego , El cuaderno gris, de Pla, al que tendremos que datar, si nos ate­ nemo s al año que en él se declara, co­ mo de 191 8 y 1919, pero todo el mun­ do sabe que fue un libro que Pla corri­ gió notablemente despué s de la guerra. El de Azañ a es un diario muy impor­ tante, sin duda; es posible que desde un punto de vista histórico, el más impor­ tante que se haya escrito en España nunca. Por muchas razones: por el vo­ lumen y la escrupulosa con signación de suce sos y por la agudeza de much as de sus anotaciones. Se public aron también póstumamente y con un título un tanto confuso, porque se les tituló Memorias políticas y de guerra. Esta s memorias de Azaña son, o me las recuerdan siem­ pre, como otras memorias, que se pu­ blicaron, sin embargo, con e l inequívo­ co título de Diario íntimo , de Eugenio Noel. Las de uno son la historia grande de España; en cambio, las del otro son

3D / CURSOS UNIVERSITARIOS
la historia que no sale nunca en los li­ bros. En unas se explicitan los grandes planes para ca mbiar el país; en las otras , los gigantescos esfuerzos de un hombre pequeñ o al que sepulta la mo n­ taña de indife ren cia. Su s auto res era n de pareci da eda d y los dos fueron escri­ tores fracasados. Amb os inte ntaron, ca­ da cual a su manera, una regeneración de l tej ido mo ral y socia l de España. Y am bos term inaron no tenie ndo de va­ lioso sino su vida, y los dos decidi eron , co mo Saw a, intentar sa lvarse por la vía de las memorias, o de los diarios, que en ambos ca sos tamb ié n aca baron pu­ blicándose de una mane ra póstuma, no porque la pub licación es tuviese fuera de sus proyectos par a esos papeles, co­ mo po rq ue la muerte les ga nó po r la ma no. En uno y otro ca so , ade más, los dos fueron co nscientes no sólo del va­ lor que te nían aquellas ano taciones de su diario, s ino que probablem ente aca­ baro n es timándolas como lo mejo r de sí mismos.

El lector de diarios y el buscador de tesoros
Los diarios son el último género que la mode rnidad ha va lorado y propicia­ do, qu izá porque su carácter frag menta­ rio refleja tan bien un mu ndo como e l nuestro. Establ ecido el principio seg ún el cual la modernid ad ama los diarios, y necesita de ellos para una más satisfac­ toria reconstrucción de l presente q ue huye, cab ría preguntamos si el lector de nuestra época o, si se prefiere, e l lector de diarios reci be tod os estos diar ios por igual. Nat uralmente, no. So n los diarios de hech os ex traordina rios, en primer luga r, los que llaman más pode rosa­ me nte su ate nc ión, más que aque llos otros referidos a exi ste ncias vica rias o anodinas, dia rios cu ya excepciona lidad viene a men udo marc ada por ser diarios co n límites cla rame nte establec idos: el diar io de un viaje, el de una es tancia , el de su sec uestro, el de una determ inada función pol ítica, etc. Los diarios esc ri­

tos a lo largo de una vida suelen, por el contrario, llam ar muc ho menos la aten­ ción de ese lector, al que inclu so pue ­ den Ilegársele a ofrec er en anto log ías más o menos re presentati vas, aunque no sie mpre respetuosas co n ese conti­ nuum que los configuran como obra . Es importante hacer hinc apié en es­ to. En la medid a e n que el diar io es fru­ to de unos mom entos disparej os y frag­ mentacione s de un vivir, e legidos no ob stante por el escr itor com o represe n­ tativ os de su propia vida , algo así como el perfil de su rostro y de su vida moral hech o con puntos suspe nsivos, c ual­ qu ier ma nipulació n en todo el co njunto supone siempre una alte ración grave de conjunto, hasta el ex tremo de que po­ drí a da rnos co mo resultad o algo muy di ferente de lo que le íam os en o rigen, en su co nj unto nat ura l, y, desde luego, sin posi bilidad de eje rcer sob re é l una lectu ra inteligi ble. S i e l diario es, co mo creo, e l d ibujo de la real idad hecho co n una línea de puntos suspen sivos, algo ya de por sí troceado y discontinuo, imaginemos lo que significaría sólo unos pocos de esos punt os, escogidos al azar y present ados de nue vo a un lec­ tor inoce nte que no reconocería en ellos más que lo que tiene n de punt os, pero no lo que , aun de mo do discontinuo, te­ nían de líneas. El lector de los diarios de Se feris, publ icados hace unos mes es, se encon­ trar ía, po r ejem plo, con que ese poeta g riego no se relacionó en s u vida co n nadie q ue no fuese famoso o Premio Nobel, cuando en rea lidad eso no dej a­ ría de ser una apreciación falsa, pues no es sino la obra que e l tradu ctor y amó­ lago ha hech o co n ellos , publicando únicamente los frag me ntos en los que el diarista habl a de personajes cé le bres, en el co nve ncimien to de que eso los ha­ ría más atrac tivos para el lector, aunque no se pamos si esos so n los fragmentos más interesa ntes de l conj unto. Los dia­ rios, co mo el yac imiento dond e han ido sedimentándose los mom entos de cada día , de bem os toma rlos tal y co mo nos llegan, sin intervenir en e llos más que como es pectadores, sumándonos a su

"EL ESCRITOR DE DIARIOS" / 3 1
vida, no cambiándosela. Al igual que las biografías o que las traduccione s de un libro , pod ríamos de cir que los diarios tienen una vid a natural de uno s cincue nta año s, es decir, la vida de la gen eración a la que pertenecen, a me­ nos que no concurran en ellos calid a­ de s ex cepcionales de penetración psi­ co lóg ica o literarias que lo convi ert an en una obra con todas las prerrogati vas de las obras llam adas a perdurar e n el tiempo, como un poema, una nov ela o un drama. Pasados esos cincu ent a años , desaparec idos los actores que form an parte de su trama, a los diarios les oc urre n do s cosas, co mo a la ma­ yor parte de las no vela s del tiempo: o pasan definitivamente al apartad o de la historia y quedan a disposición de los e rud itos, si ac aso, o logran mante­ ner se vivos en la mem oria de uno s lec­ to res renovados. Mucho s diaristas cree n, con más o meno s fundad as razon es, que el lector de diarios va buscando en ellos proy ec­ ciones e identificacion es que le aproxi­ men a la voz del diarista, algo así como una voz para la mud ez de su garganta sentime ntal. Sin e ntrar en lo que es to pueda tener de verdad (es muy difícil, por ejemp lo, identi ficarse con la vida y e l pensamiento de Jünger, o encontrar paralelismo con su vida extraordinaria­ mente movida, a menos que se sea co ­ ronel del ejército, y, sin embargo, Jün­ ger cu enta con muchos lectores, inclu­ so entre quien es abom inamos no só lo del ejército en ge neral y de todo s los sentim ientos bélicos, sino del ejérc ito alemá n al cual perteneci ó en particu­ lar), podríamos enc ontrar y s istema ti­ za r algunas carac terísticas que los lec­ tores buscan en los diario s, como es tre­ llas polares los marinos, referen cias por las cuales su navegación por mund os tan personales no se conviertan en im­ productivas y err áticas marchas en CÍr­ culo. Busca el lecto r, ante todo , un yo di­ ferente al suyo, co mo en cierto modo busca el escritor de diarios un yo di s­ tinto, al que poder dirigirse, al que ha­ cer su confidente, y de la misma mane­ ra que sueña el diarista con ser otro , sueña el lector con poder ser ése de cu­ ya vida se le ha hecho partícipe. Ése es, qui zá, el punt o más difícil para un es­ critor de dia rios, mostrar un yo que le resulte fraterno y amistoso a ese lector, un yo que no le eche de su lado, sino que lo reten ga, como Sherezade. Por­ que es precisamente el yo lo que antes caduca en un diari o y suelen se r los dia­ rios dond e el yo queda oscure cido por la realid ad los que tienen más posibili­ dades de pervivir, en tanto que aquellos otros en los qu e todo está mon tado so­ bre el yo del esc ritor suelen ech arse a perder mucho antes. Hay, por otro lado, que insistir en otra cuest ión : no hay di arios malos, si­ no vida s mal contadas, y más aún, vi­ das sin dem asiado interés a las que tra­ ta de adobarse, para hacerlas pasar por buenas, co mo hacen algunos co n la car­ ne e n mal es tado a la que e nvuelve n en espec ias para hacerla pasar por buena. De ese mod o ha de desconfi arse tam­ bién de los diarios excesivamente es pe­ ciados o trufados con nombres propios rutilantes, o el ex hibicionismo de lectu ­ ras e xóticas, o la solemnidad de ideas catedráticas, porque no sue len s ino en­ volver carenc ias de más problemática sustitución y, por tanto, vien en a ser al­ go así como una cortina de hum o para no tener que hablar de una vida desnu­ da , que es en principio de lo q ue ha de tratarse en un diario, lo que le j ustifica como libro . De modo qu e el lector quiere prime ro que no se le enga ñe, que no le presenten un yo en exce so vesti­ do , para sa ber qui én habrá de ser su in­ terlocutor. El diario , en fin, no es más que la vida de un hombre que ha re­ nunciado a su vida, por atención al lec­ tor, con el que va a presen ciar la cara­ vana que pasa. Una caravana ca rgada de tesoros inca lcula bles: tal det alle, tal imagen , la aleg ría íntima de un d ía, tal afori smo , e l modesto botín de su vida mod esta. Son esos los tesoro s que el es­ critor de diarios le da al lector. Es ése el tesoro qu e un lector de diarios busca: saber, mientras los tiene ante los ojos, O que él tambi én es inmortal,