con querer serlo, o parecerlo…por más semblantes que existan de ello.

Fundamentalmente nos guiamos por una ética particular: la de preservar, a toda costa, el deseo, y siempre orientados por lo real, un resto, eso que escapa de las fauces del significante, de lo simbólico. Pasa que en el siglo XXI las cuestiones del deseo están desordenadas, por decirlo de alguna manera… Y hay una lectura que hace el psicoanálisis que nos permite operar con sus herramientas para sostener políticamente un horizonte: la cura. Pero la cura no significa que ese pasaje por un análisis, por un tratamiento psicoanalítico, deje todas las cuentas en cero. Hay un resto, y es con eso que hay que hacer algo. El sujeto al que apostamos es un sujeto de derecho, que se responsabiliza de su decir, de sus palabras -de su deseo, en definitiva. Un sujeto que se responsabiliza de sus síntomas, para poder hacer de ese resto, un “saber hacer” en la vida.

El malEstar EN la cultura EN EL SIgLO XXI
La propuesta del psicoanálisis

E

l título de este artículo podemos decir que ya encierra una afirmación: que el psicoanálisis, lejos de estar “fuera de moda”, tiene herramientas para leer y afrontar los efectos de la cultura del siglo XXI.

El título también anticipa lo que pretendo transmitir, partiendo de la “actualidad” de uno de los llamados “textos sociológicos” de Sigmund Freud. Escrito en 1929 y publicado en el ’30, El malestar en la cultura es un texto que recomiendo leer, porque además de la vigencia que tiene -aún después de 83 años de haber sido escrito- nos da herramientas para pensar varios efectos de la cultura que compartimos hoy; efectos determinados por un fenómeno que el psicoanálisis lee con una hipótesis: el Padre ya no es el de antes. El Otro no es el mismo. ¿Qué nos queda entonces? ¿Añorar que todo tiempo anterior fue mejor?

Lic. en Psicología (UNLP, Argentina) Psicoanalista

Betina Ganim

Lejos de reivindicar ideales de antaño, tenemos que saber leer este cambio cultural radical que se ha dado de un tiempo a esta parte, para en tanto analistas, estar a la altura de los síntomas y angustias de este siglo, partiendo de los principios básicos que rigen nuestra práctica, y que se desprenden de una ética: la del deseo. Es un tema muy actual -y que cada año se renueva en su lectura- esta hipótesis de que estamos en un momento presidido por una “devaluación” del Nombre del Padre, en tanto Ideal que reinaba en una época que no es para nada la nuestra. La clínica psicoanalítica orientada en la enseñanza de Jacques Lacan, lejos de rechazar o de querer enterrar la enseñanza del maestro S. Freud, la relee y la reaviva; la sostiene en uno de sus fundamentos básicos: la existencia del inconsciente. Pero también aporta sus propios conceptos que reconfiguran de alguna manera la clínica clásica, fundamentada, claro, en los síntomas de otros tiempos. Digamos que Lacan retoma y relee el inconsciente a la luz de su época. Bien, quienes practicamos el psicoanálisis hoy en día tenemos que hacer nuestra lectura. Y orientados en su enseñanza, apelamos a una función particular, articulada nada menos que a un deseo inédito: el deseo del analista, que no tiene que ver

Claro que dicho así parece fácil, pero es un camino que no está lleno de alegrías -lo que no significa que no tenga efectos terapéuticos. Tiene que tener efectos terapéuticos, pero va más allá de eso. Ocurre que es más fácil dejar engordar, engrosar el “yo”, cada vez más y más, para poder vivir, y entonces mejor no saber nada y responsabilizar al Otro de todos los males propios... Es que el análisis no juega con el yo ni con su sombra, digamos, sino con lo que está en otro lugar, en otro registro, más allá de los dichos como “yo quiero esto” o “yo quiero ser lo otro”, etc. El psicoanálisis en tanto apunta a un sujeto que dice, que habla y se responsabiliza de sus dichos, apunta a la falta, a eso me refiero con preservar el deseo. Es una apuesta.

Bien, en el intento de escribir algo sobre este malestar epocal en el que vivimos, como parte de este Otro que nos toca en suerte, este mundo con sus significantes, sus símbolos, sus semblantes, sus gadgets -estos objetos de goce que se nos ofrecen por doquier… -todo eso da cuenta de una particular manera de gozar en este siglo XXI. Y esto es algo que tiene sus efectos. No hay que ser psicólogo, ni psicoanalista ni nada “psi” para darse cuenta de eso…

El Otro no es el mismo. ¿Qué nos queda entonces? ¿Añorar que todo tiempo anterior fue mejor?

Pero, desde el psicoanálisis hay una lectura de estos fenómenos que permite tener una orientación, clínicamente hablando, en el tratamiento con los pacientes. Una lectura que se resume en que existe desde hace un tiempo, un cambio de discurso. ¿Qué quiere decir esto? Lacan introduce cuatro discursos posibles, para resumir las maneras de hacer lazo social: el Discurso Histérico, el Discurso Amo, el Discurso Analista y el Discurso Universitario, cuatro modos de vínculo social.

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El Discurso del Amo es ese vínculo social clásico (Lacan retoma a Hegel y su dialéctica del Amo y el Esclavo para teorizar sobre este primer lazo social): un Amo que manda y el esclavo que obedece, trabajando en la producción de objetos del cual solo el Amo goza, a la vez que reprime su falta. Digamos que su falla está escondida, que nada se sabe de la falta del Amo: tiene que ser así para que el discurso funcione. Es en este sentido que podemos decir que estamos atravesando tiempos en los que abiertamente aparecen declaraciones acerca de constantes intentos de reemplazar tal moral tradicional. Un ejemplo más que actual, y lejos de quedarme en la imaginería que pueda rodear este tema -diana de críticas desde todos los ámbitos- es lo que ha pasado con el Rey de España. ¿Cómo es que un Rey pide disculpas al pueblo? Parece escucharse ¡El rey está desnudo! Su “caída” se supo. Y con ello, las “consecuencias políticas” de esa caída, que metaforiza de alguna manera la caída de ese Padre, de ese Otro del que les hablo, de ese Amo que ya no es el mismo… ¿Cuál es ese Otro que ha caído? Podemos decir que es el de la época Victoriana. Ese Otro, que si bien era un Otro en revisión, en proceso de transformación, era un Otro que existía, digamos. La época Victoriana fue una época signada por el mayor esplendor que ha tenido la burguesía, y de mayor exaltación de sus ideales, virtudes y normas de conducta. Su posición dominante estaba unida al crecimiento de la industria y de la ciencia, de la población y del Imperialismo. Es decir, reinaba el discurso Amo: los hombres de la clase dirigente eran hábiles, fuertes, seguros de sí mismos e impregnados del sentido de la responsabilidad. La moral burguesa de la época era patriótica, nacionalista, tradicional y conservadora, y consideraba la fe religiosa como obligación moral, y la práctica religiosa como deber social. Todos símbolos que permiten ordenar identificaciones fuertes. La hipótesis que quiero transmitirles es que ese vínculo fundamental, definido por alguien que manda y otro que obedece, el Discurso del Amo, se encuentra en decadencia, y es suplantado por otro tipo de lazo, en el que también hay uno que ordena y otro que obedeUniverso. Ilustracion: Betina Ganim.

ce, pero en el que en el lugar de mando está el Saber, lo que llamamos Discurso Universitario. ¿Qué tipo de subjetividades son producto de este discurso, de este lazo social típico del siglo XXI? Bueno, podemos comprobarlo clínicamente, en los tratamientos, pero para no ir a lo particular de un “caso clínico” podemos verificarlo también en la experiencia de la vida cotidiana, en la cultura: en esos efectos de absoluto vacío, la soledad, la nostalgia y el desencanto, que pintan de esta manera “sujetos desorientados”. La declinación moral es paralela a la degradación del hombre moderno: “el hombre promedio”. Esa época que ya no entendemos mucho cómo podía funcionar, estaba signada por ese tipo de lazo, el discurso de la ciencia moderna, esa época en la que Freud nació y fundó su teoría del inconsciente. Pero eso no significa que su enseñanza esté caduca; todo lo contrario, sin Freud no existiría el inconsciente, ni siquiera ese “inconsciente biológico” que las ciencias ultramodernas pretenden hacer existir. Ocurre que algunas formas de la ciencia actual están comandadas por un Saber de laboratorio y estadístico que nada tiene que ver con el saber al que apuesta el psicoanálisis. En eso difieren sin duda, en tanto que responden a éticas diferentes. Bueno, no se trata de una ética para todos…El psicoanálisis tiene la suya. Y precisamente no es la del “bien para todos”. El llamado Discurso Universitario incluye esas formas de lazo tan actual que se reflejan en la dirección a sujetos

todos los símbolos que organizan significaciones tales como la familia, la religión, etc. Un no-deseo, que podría ser otra manera de llamarse a lo que ya se ha hecho tan popular, eso que ya todos llaman “depresión”. ¡Claro! Es que poniéndole un nombre, así parece ser más fácil de resolver…Si es un trastorno, si está diagnosticado por el Amo de nuestra época, ya está: medicación, ¿y los síntomas? ¡A callar! ¿Se puede leer cómo esto “encaja” perfectamente en el discurso del siglo XXI? tomados como objetos de estudio, de individuos, de cerebros que arrojan datos. Y como efecto, como producto de este discurso tenemos sujetos particulares, afectados por síntomas particulares, que básicamente tienen dos formas: adaptados a ser números o códigos de barras, aplastados; o, de lo contrario, si no se adaptan, se sienten excluidos de un “sistema”. No es casual que Lacan introduzca este Discurso hablándoles a los estudiantes, en un Seminario que dio luego del “Mayo del ’68”… Estos síntomas nuevos nos hablan de que el Amo no es el mismo. No de que No hay Padre, sino de que el Padre en todo caso es otro Amo: el Saber en todas las formas estadísticas que se les ocurran, en tanto es el que ocupa, hoy en día, ese lugar de agente del discurso. Este discurso que nos comanda, este modo de lazo social actual, como les dije, tiene sus efectos, sus productos: sujetos desorientados, anárquicos. La no creencia, la falta de Ideales es una clara consecuencia de este cambio de vínculo social. Me parece interesante para graficar este efecto un término en inglés: adrift, un término que específicamente se refiere a la marina, pero que también es utilizado figurativamente para hablar de la juventud de las ciudades, que significa “sin amarras, sin ataduras, a la deriva; sin propósitos, fuera de orden”. No saber qué está bien y qué está mal, sin ideales, sin marcas de tradición; en ruptura con Por eso la propuesta del psicoanálisis es introducir un giro discursivo: el Discurso del analista. Aquel que propone al analista un lugar No de Saber absoluto, sino más bien que ese discurso partirá de él mismo situándose como objeto causa del deseo, apuntando a constituir, en principio, un sujeto que quiera saber sobre sus síntomas, sobre su falta, sobre su deseo. Un lazo social particular, que se dirige al paciente como un sujeto capaz de producir un saber singular, propio, a partir de esa hiancia estructural. El analista apunta a que el sujeto produzca un saber que le de herramientas para poder hacer algo con un malestar que inevitablemente lo atraviesa, en tanto es un ser parlante, quiero decir, hablante/hablado que ha advenido a un mundo de símbolos y palabras que lo preexisten. Ahora bien, ese mundo, en el siglo XXI, tiene su configuración particular y hay que responder. Para terminar, los dejo con una cita del Lacan de 1966, época en que introduce estas nociones, pero que aún hoy tienen toda su actualidad. “El descubrimiento del psicoanálisis es el hombre como animal hablante. Es el analista a quien le corresponde poner en serie las palabras que escucha y darles un sentido, una significación. Deshagámonos del hombre promedio, que no existe. No es más que una ficción estadística. Existen individuos, es todo. cuando escucho hablar del hombre de la calle, de encuestas, de fenómenos de masa y de este género de cosas, pienso en todos los pacientes que vi pasar por el diván durante 40 años. Ninguno se parece en ninguna medida a otro, ninguno tiene las mismas fobias, las mismas angustias, la misma manera de contar, el mismo miedo de no entender”.

Estamos en un momento presidido por una “devaluación” del Nombre del Padre, en tanto Ideal que reinaba en una época que no es para nada la nuestra

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