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de “tiempos de violencia y de rebeldía. memorias”
alfredo saco miró quesada

LOS LAZOS FAMILIARES Y LA PÓLITICA1
Lima, 24 de diciembre de 1931. Compañero Redactor Responsable de “La Tribuna” Le agradeceré publicar en las columnas del periódico de su dirección la carta que en defensa del aprismo, dirigí al señor Director de “El Comercio” con fecha 15 de setiembre del presente año. Al continuar sus publicaciones de desprestigio hacia nuestro partido el decano de la prensa peruana no hace sino revelar cuál es la política que el civilismo pretende seguir, hasta lo que ellos creen total anulación de la fuerza del aprismo. Política mentida, de guante blanco y desprestigio insidioso, son las armas que pretende utilizar continuando su obra de maquiavelismo político. Negación al derecho de las minorías en el parlamento y después otras cosas que
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Diario “La Tribuna”, Lima, 23 de diciembre de 1931, pág. 7.
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nosotros ya presentimos. Tal será la táctica a fin de convertir los dictados de la usurpación a la que han dado cierto aspecto legal en mandatos definitivos y sin control. No nos dejemos sorprender pues, porque bajo el guante blanco se esconde la garra que se clavará certera al menor descuido de nuestra parte. ¡Alerta apristas! Alfredo Saco Miró Quesada

Lima, 15 de setiembre de 1931. Señor Director de “El Comercio” Ciudad Muy señor mío: Durante muchos días me he sobrepuesto a mi propia tragedia y ha callado mi protesta al ver los editoriales y artículos que su diario publica en contra del aprismo, partido en el cual milito. Últimamente, cuando usted ha dejado de combatir a mi partido editorialmente, para desplazar el peso de la campaña antiaprista en artículos suscritos por mi padre, el señor Alejandro Saco Arenas, he resuelto dirigirle esta carta, con toda la consideración que como pariente le debo, pero también con toda la energía que brota de mis convicciones. No debo seguira adelante sin dejar constancia de mi absoluto respeto por mi padre y por sus ideas políticas. Pero vivimos una época en que es urgente la definición de las conciencias,
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aunque esta definición nos importe un duro sacrificio sentimental. Los hombres de hoy más que a sus propias […] se deben a sus propias ideas. Yo amo y respeto a mi padre, pero no acepto sus aldeas políticas. En el distinto plano de los aspectos yo también amo y respeto profundamente las ideas del aprismo y cumplo un imperativo y sagrado deber de conciencia saliendo en defensa de su ideología. Mi conciencia limpia y serena, como lo será mientras viva, el culto de mi propia honradez espiritual, y la convicción de que debo servir a los intereses superiores del país, me obligan a romper un silencio que, por mis circunstancias, dañaría al Partido al que tengo la honra de pertenecer. Y no puede ser de otra manera, porque conociendo tomo conozco a los dirigentes del Partido Aprista, en toda su limpieza y honradez, comprendo que son incapaces, como usted mismo lo habrá observado, de desvirtuar públicamente los cargos que en dichos artículos se han formulado, por consideración y respeto a mi persona. Mas como la situación de inferioridad en que éste los coloca es evidente, traicionaría mi propia conciencia si no tomara la defensa de ellos, conociendo como conozco las intimidades del Partido Aprista en sus planos doctrinario y político. Debo dejar constancia que siempre he rechazado la falsa imputación, sincera o mal intencionada, venga de donde venga y vaya donde vaya, y que yo sería el primero en defender a usted si el caso se presentara, como lo he hecho en algunas oportunidades en que consciente o inconscientemente ella se ha producido. Apoyándome, pues, en esa ejecutoria moral que ha normado siempre los actos de mi vida me voy a permitir
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ilustrar a usted sobre lo que es el Partido Aprista Peruano, al que tan arteramente se ataca. LO QUE YO HE VISTO EN EL NORTE Inmenso anhelo de reconstrucción nacional, emocionante espectáculo de la conciencia cívica que despierta, rechazo automático de todo aquello que significa vergonzoso pasado, son las características del movimiento revolucionario que se ha realizado al paso del Jefe del aprismo por las provincias del Norte. “No traigo venganza sino justicia”, han sido las palabras de éste, mil veces repetidas en todas las actuaciones apristas, jamás otras que significaran una transacción con los políticos del pasado. Yo que he oído tantas palabras de fe, yo que he visto tantos hombres emocionados por el anhelo de reconstrucción, no puedo aceptar serenamente que se eche lodo sobre lo que es el metal puro de tanta conciencia limpia. APRISMO NO ES LEGUIISMO Es curioso e inaceptable que se tilde de leguiístas a quienes durante toda su actuación pública atacaron al leguiísmo, como la manifestación más palpable de la profunda desorganización en que se ha encontrado el país; y el pensamiento aprista a este respecto no puede ser más claro. Donde existe organización, donde existen partidos políticos que representen las auténticas mayorías nacionales, donde no se mistifique el voto ni se sobornen conciencias no puede brotar una tiranía, como no puede brotar espontáneamente una orquídea en un patio de losetas.
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Están mal informados, pues, quienes creen que el aprismo está empujado por el oro leguiísta, porque no se puede aceptar la ayuda de lo que se trata de destruir; esto es de lo que signifique inmoralidad, robo, asalto al presupuesto, productos éstos sólo de una grave desorganización de la institución política. Yo reclamo de los que afirman que el oro leguiísta mueve al aprismo la confirmación de lo que dicen. ¿Cuáles son las manifestaciones de ese manantial oculto y vedado? ¿No cree usted que si fuera verdad tendríamos un gran rotativo como “El Comercio” y no un modesto periódico como es “La Tribuna”, que se edita a costa de grandes sacrificios, de grande y abnegada labor? Lo que sucede es que como la política no ha sido entre nosotros otra cosa que soborno de conciencias, es muy difícil imaginarse que sean los propios afiliados los que contribuyan con sus modestos aportes a la obra de regeneración nacional en que estamos empeñados; y que demos un rotundo mentís al viejo adagio nuestro que indica que para actuar en política no hace falta sino tres cosas: “punto en boca, tranco largo y BOLSA ABIERTA”. Por eso nosotros decimos, no, basta ya para hacer política ni callar ni hacer dádivas, decir ampliamente, limpiamente, qué es lo que se pretende, qué es lo que se puede hacer y cuando se ha convencido con la fuerza poderosa de los argumentos con la fuerza poderosa de la sinceridad que nada ni nadie podrá contrarrestar, decir entonces, aquí está la bolsa, no para que Ud. saque algo de ella sino por el contrario, para que usted ponga lo que pueda y de ese modo CONTRIBUYA A LA OBRA DE REGENERACIÓN NACIONAL.
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¿De dónde, pues, resulta nuestro leguiísmo? ¿De dónde mi leguiísmo? Los que me conocen, y los que conocen desde hace algunos años a los líderes del aprismo, saben perfectamente que toda colusión con el mal elemento leguiísta es imposible. Nosotros no rechazamos el leguiísmo con gritos histéricos ni destemplados, lo rechazamos tranquilamente, serenamente, como rechazamos a todos los hombres que en el pasado traficaron con la política y la hicieron arma de sus ambiciones personales. APRISMO NO ES COMUNISMO No voy a hacer a usted una exposición doctrinaria sobre lo que es o no es el comunismo, y lo que a este respecto pensamos los apristas, porque ello es muy largo y ya está hecho, y de otro lado no corresponde a esta carta, pero me voy a permitir hacerle algunas ligeras reflexiones sobre el particular, para que comprenda el grave error en que incurre al exponer en las columnas de su diario ideas que implican una profunda confusión de las doctrinas apristas y de las doctrinas comunistas. ¿Cómo se explica usted que seamos atacados por los comunistas si en nuestro programa estamos defendiendo sus propias ideas? Si usted ha conversado alguna vez con un comunista de verdad se habrá enterado que existen sustanciales diferencias entre lo que ellos sostienen y lo que sostenemos los apristas y se habrá usted enterado también de que ellos consideran el aprismo una verdadera valla para el comunismo, sistema social utópico para ser establecido en el Perú en los actuales momentos. Reorganizar el país sobre bases económicas, dar representación en el gobierno a las clases productoras, que es lo que pretende fundamentalmente nuestro partido, no
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es comunismo; porque entonces serían comunistas Inglaterra y Alemania, en donde el gobierno se ejerce por el pueblo y para el pueblo, por intermedio de sus respectivos partidos, el laborista y el social demócrata. Si usted ha leído a Marx, a Engels, a Lenin, si usted ha comparado el sistema ruso con las ideas del aprismo, no está usted facultado para decir que éste es comunismo. Y si usted no lo ha hecho tiene menos fundamento. Separar la Iglesia del Estado, laicalizar la enseñanza, no es comunismo, porque entonces donde esto se ha realizado es porque impera el sistema comunista. Establecer una democracia funcional, con representación de todas las actividades económicas del país por intermedio de sus mejores elementos representativos tampoco es comunismo; porque no son comunistas los profesores de economía que le han sustentado, ni es comunista el señor Navarro Monzó que hace poco sustentó una conferencia sobre tan importante tema. Estamos, pues, confundiendo lamentablemente lo que es y lo que no es comunismo, con grave perjuicio de la ilustración de las masas nacionales. POR QUÉ SOY APRISTA Jamás he confundido el plano político con el que se deriva de las actividades íntimas y personales. No he creído tampoco nunca que se debían anteponer intereses u odiosidades personales a los intereses del país, ni que se debía atacar un sistema político por cuanto su autor tuvo en alguna oportunidad serias divergencias con mi persona o con mi familia. Sería el mismo caso de no utilizar el automóvil
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porque el que lo inventó empleó en alguna oportunidad el insulto contra mí; lo que es lo mismo confundir el inventor con la máquina. Encuentro oportuna y acertada para el país la máquina política que significa el aprismo y desligándome de toda pequeña pasión que pueda oscurecer mi mente, la acepto y la defiendo con todo el calor de mi convicción honrada. Es en defensa de este sano principio, en defensa de mi conciencia y en defensa por último de los hombres sinceros que me estiman, que me veo precisado a la actitud de dirigirme a usted como lo hago. Reflexione serenamente sobre lo que le digo y me dará la razón. Yo no soy ni un exaltado ni un sectario, que en un momento determinado de su vida toma actitudes que le pueden ser perjudiciales desde un punto de vista estrictamente moral. Sólo soy un convencido del imperio de la verdad y del imperio de la dignidad, por eso salgo al frente. Profundo daño se hace al país cuando la verdad se mistifica desde las columnas de un diario tan prestigiado como el suyo; y el daño es mayor todavía en momentos como los actuales en que actitudes equívocas promueven odios difíciles de borrar. Cuando la justicia no se abre paso por el camino de la razón lo hace por el de la violencia. Haga, pues, usted lo posible porque no se fomente la lucha de clases desde las columnas de su periódico, y no permita que hombres sinceros pero equivocados tomen en ellas actitudes suicidas, porque permitirlo es cruel e inhumano. Se lo aconseja un hombre de líneas rectas de conducta. Atento y S.S. Alfredo Saco Miró Quesada
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Reafirmación aprista
Lima, 26 de Octubre de 1934 c. Víctor Raúl Haya de la Torre Jefe del Partido Aprista Peruano Ciudad Compañero: Desprendido de toda traba individual que pudiera trascender a falso orgullo, egocentrismo o pequeñez espiritual y comprendiendo que razones quizás exageradamente personales me indujeron, en un momento de justificado enojo, a pedir mi separación de las filas del Partido, cuyo jefe político y moral es usted, he decidido, en armonía con los dictados de mi conciencia, el solicitar se sirva dejar insubsistente la renunciara que le enviara con la fecha 2 de agosto del presente año. Al formular mi pedido quiero dejar constancia de que mi separación del Partido la solicité movido por razones e impulsos de orden afectivo. Consciente de haber sido educado en la escuela de la honradez y de la hombría de bien, comprendí que mi deber era defender a los autores de mis días, de ataques que consideré —y considero aún— injustificados. Empero, producidas ciertas aclaraciones, veo claro ahora que mi reacción fue errónea en el sentido del camino que adopté. Mi enfocamiento de la cuestión realizado desde un plano distinto del que debió ser. Sin desmedro de mis normas morales, la vía era otra: recurrir a los cauces que el propio Partido ofrece a sus militantes para resolver
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cuestiones de esa naturaleza. Apelar a los principios éticos en que se desenvuelve sus actividades. A sus propios tribunales disciplinarios, dentro de los cuales el asunto pudo tener solución satisfactoria. No obstante haber errado en el procedimiento, mi apartamiento del Partido ha sido producente, en cambio, para que, aislado de todo ambiente de círculo, en la soledad y en la introspección de mi propia conciencia, dilucidara una vez más el significado trascendente que como forjadora de un nuevo destino tiene la ideología aprista. Y que, en atención a ello, es necesaria una labor constante. Si el aprismo es idea creadora, todo gesto que vaya en su desmedro, es actitud negativa, inconsecuente y falsa. Yo no creo que nadie pueda sentirse indispensable a la tarea; y menos yo. En el Perú, la generación a que pertenezco posee un acervo formidable de capacidad actuante e ideológica, de espíritu de sacrificio, de una suerte de misticismo que, fluyendo como savia vivificante de la esencia misma de su historia, arrastra en su oleada purificadora todo lo mezquino, todo lo torpe e insignificante que pudiera oponerse. Bajo la lápida de dolor que pesa sobre nuestro pueblo ha fermentado y germinado ya una nueva conciencia, que envuelve en su vibración fecunda a la mayor parte de los peruanos de hoy. Pueden desaparecer los jefes y conductores actuales, puede no quedar sino la lección de su ejemplo, pero la meta ya está trazada. La vieja historia peruana se ha quebrado en la espina dorsal del movimiento aprista. Empero, así como considero que nadie puede suponerse indispensable, estimo que todos los que pensamos en
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idéntico sentido somos necesarios. El inmenso trabajo por realizar demanda el esfuerzo unitario, la acción conjunta, el impulso colectivo. Quien se quede atrás es cobarde o débil. Las grandes causas no requieren de hombres que se releguen por propia voluntad. Es el abrazo multitudinario, en la fe indeclinable, es el esfuerzo cotidiano y de cada instante lo que ha de conducirnos al éxito. Son esa fe y ese esfuerzo los determinantes de la efectividad de la lucha: del tiempo que dure la lucha. El Perú padeció de crisis de fe, como se encontró huérfano de hombres dispuestos al sacrificio, como careció en alto grado —quizás mayor de lo que pudiera creerse— de individuos de intachable responsabilidad moral y de indeclinable actitud continuadora. Por eso padece y padeció de objetivos históricos precisos; en tanto el Aprismo no se los marque definitivamente. Cuerpo inerte, barco sin brújula, la República ha sido siempre pasto de los audaces y concupiscentes, que la llevaron, tumbo tras tumbo, al fracaso y la vergüenza. Es ese ancestro turbio y carachoso de nuestra vida política el que se opone a la marcha ascendente de los hombres nuevos de nuestra generación; y el que se opuso al ascenso de hombres rectilíneos que en otras épocas también supieron luchar. Contra todo ello tiene que ser la embestida. Mas es preciso no desviarse de la ruta. Dejar de lado todo prejuicio, todo convencionalismo, cuyos orígenes se encuentran en nuestra historia misma. Mientras mayores sean los obstáculos mayor tiene que ser el sacrificio. Mientras más grave sea el caos —objetivo y moral— superiores tiene que ser la disciplinas, individual, partidaria y colectiva. Frecuentemente se ataca al Partido Aprista por el sentido materialista de su marxismo, pero ese ataque no
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pasa de falso e interesado; porque no hay tarea objetiva que pueda ser realizada sin la disciplina interior a que acabo de hacer referencia. Sin la fusión de lo exteriorizante e interior convertida en un método de acción; que tanto como tiene su inspiración en el afán creativo del espíritu, debe modificar la objetividad hasta el grado de que esta no sea un obstáculo a la realización de ciertos principios humanos, cuyo asiento es perfectamente idealista y superior. Yo sé que aquello no lo comprenden todos, o por falta de capacidad o por inhabilitación moral. Por eso sé, también, que esta nueva actitud mía será mal interpretada en algunos sectores de la opinión. Especialmente por quienes no ha podido percatarse aún del nuevo orden de cosas que el aprismo ha formado ya en el seno de la nacionalidad. Sé que se interpretará como paso atrás o sumisión. Es paso adelante, superación, actitud paradigmática. El que yerra debe rectificarse. Si ello es desusado en nuestro medio, es una razón más para que yo lo haga. Es ejemplo que quiero dar. Nueva rebeldía de mi espíritu. Me alienta, en cambio, saber que los apristas me interpretaran bien. Porque quien ha bregado con desinterés, con una razón superior en la mente, sabe cuán dura es la lucha, cuán difícil es hacer abandono en todo momento de la posición personal, cuánto esfuerzo requiere hacer propio, siempre el interés colectivo, universal o humano. Es en servicio de una ideología superior, es en servicio de una fe que no debe desmayar, es en servicio de la causa del Pueblo, que es siempre la causa de la justicia, que pido la insubsistencia de mi renuncia. Y es en servicio de esa autodisciplina, que todos necesitamos, que todos debemos
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mantener rígida, que pido que los tribunales pertinentes del Partido juzguen mi conducta, los hechos que motivaron mi apartamiento, y se pronuncien sobre el presente pedido de reincorporación. Sólo el Aprismo salvará al Perú. Alfredo Saco

Fuente: SACO MIRÓ QUESADA, Alfredo, Tiempos de violencia y rebeldía. Memorias, Okura Editores S.A., Lima, Perú, 1985, pp. 327-334.
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