Entre nosotros.

Nunca he tenido un diario, ni un cuaderno donde escribir pensamientos o ideas. Nunca he sido ese tipo de persona que trata de atrapar las cosas geniales que se le ocurren o que no quiere olvidar. Alguna vez lo intenté después de haberlo visto por una millonésima vez en la televisión, pero nunca funcionó para mí. Si olvido las cosas más importantes que me han pasado y las mejores experiencias, todo se perderá. Aunque realmente, para nadie más que para mí serían cosas de importancia. Así que si esto resulta tedioso o difícil de leer para la persona que lo encuentre cuando yo muera, toda la culpa es mía, soy profesor de matemáticas. Lo mío son los números, no las letras. Decidí comenzar a escribir sólo para guardar conmigo unos sucesos en mi vida. Sólo los que tienen que ver con una noche y un hombre que conocí, y que todavía me cuesta trabajo creer que en realidad lo conocí. Incluso compré un cuaderno especial para comenzar. No podía hacerlo en mis otros cuadernos, todos son de cuadrículas. Hay profesores que pueden trabajar los números a gusto en donde sea, pero yo no. Es bonito. Lo encontré en una tienda de antigüedades cerca de la Facultad de… no recuerdo el nombre, sólo sé que estudian psicología. Había visitado el lugar con regularidad para comprar LP´s o algún libro, pero nunca había visto el cuaderno. Es verde azulado y de pastas duras, como si fuera un libro con cada página en blanco. Y tal vez, de no haberlo encontrado seguiría tratando de decidirme si comenzar a contar la historia era buena idea. La pluma no es importante, de hecho, no sé cómo es que el cuaderno lo es. Además de eso, lo importante es mi memoria. No puedo dejar que se valla con la vejes, al menos no hasta que ponga el punto final y me pregunte qué hacer con el resto de las páginas que quedarán limpias. Subí las escaleras del edificio a toda prisa, no tenía tiempo para pensar nada, sólo tenía que subir. Había manejado descuidadamente durante mucho rato, sin prestar atención a ninguna señal, y por alguna razón no me estrellé con nada ni me vio algún policía. Estaba furioso, triste, angustiado y decepcionado, todo un revoltijo de emociones que no podía separar. Lo peor de todo era que lo sentía con migo mismo, más que con quienes me habían hecho sentir así. Al día siguiente me habían dolido tanto los dedos de golpear constantemente el volante. Estaba tan descontrolado emocionalmente que también utilicé el puño contra mi propio cuerpo, en especial contra mi rostro. Pero el dolor no me hacía nada. En ese momento no había nada peor. Mi vida no estaba derrumbada, pero mi corazón estaba por los suelos.

Entonces llegué hasta la universidad. Pero estaba bastante lejos de donde compré el cuaderno, el edificio que apareció ante mi fue la biblioteca del campus central. Frené de golpe, del otro lado de la acera. Sin dudarlo un segundo me bajé y cerré con el portazo más grande que había dado en mi vida. Entonces comencé a correr y a subir por las escaleras de servicio que daban a la calle. Llegué hasta la puerta que permitía acceso al techo, y estaba abierta. Lo único que la mantenía emparejada era un alambre oxidado y enredado con no mucho esfuerzo. Le di vueltas hasta que se aflojó lo suficiente para empujar. El alambre salió volando por ahí, lo recuerdo porque lo pisé después. A mi derecha había un cuarto sin puerta. Dentro había tuberías y bastantes medidores. Lo pasé de largo entre vigas y material de construcción sobrante. Incluso había mesabancos y mesas rotas. Me acerqué a la orilla, con una mano sobre la pared de aquel cuarto. Mis pies se detuvieron pero mi corazón y mi adrenalina estaban trabajando al máximo. Mi cabeza iba a estallar de dolor. La fachada de la pared del edificio superaba el techo por un metro y medio. Me asomé recargándome por ahí con en el pecho. No había cornisa donde pararme del otro lado, así que puse la otra mano sobre la orilla y me impulsé para subir un pie. Cuando subí el otro, tenía toda mi fuerza apoyada en la mano que tenía donde apoyarse y en la tensión de las piernas y los pies. Ni siquiera había acabado el verano, el horrible verano con sus asquerosas tardes de cuarenta y cinco o cincuenta grados, pero un par de noches atrás, una tormenta de arena y algunas lluvias arrasaron la ciudad. Los días frescos duraron una semana entera. Aquella noche, además de estar fresco, había viento. Ligero, pero a una altura de seis pisos era suficiente para hacerme tambalear y cortarme la respiración del susto. Miré hacia el suelo y la calle estaba vacía, sólo éramos el cielo, la tierra, las luces de la ciudad y yo. Era una buena vista, pero no podía dejar distraerme por ello aunque pudiera. En realidad no era una altura increíble, pero ¿suficiente para matarme?, yo estaba seguro que sí. No le tenía fobia a las alturas, pero estando a la orilla de un lugar así quien sería tan estúpido como para no asustarse. Solté algunos alaridos mientras lloraba e imaginaba cómo se vería mi rostro partido en mil pedazos. Tenía mi reloj y lo dejé caer. Conté y me detuve en cinco cuando éste se deshizo contra la banqueta, en pequeñísimas partes metálicas. Yo tendría unos cuatro segundos o menos para ver mi vida pasar frente a mis ojos. Estaba tan decidido y ni siquiera había ingerido una sola gota de alcohol. -Si no lo querías podías habérmelo regalado. –Dijo el hombre que no había visto antes. De un segundo a otro ya no estaba solo. Voltee y miré a un señor cuarentón. Tenía el cabello completamente cano, casi blanco, recogido en una cola de caballo, con un mechón ondeando del lado derecho. Tenía poca barba, con aquellos gruesos alambres asomando. A mi me faltaban algunos años para que la mía pudiera raspar como la de él seguramente lo hacía. -¿Qué? –Pregunté, más para mí mismo que para responderle. -Era bonito, si me hubieran regalado uno así, lo hubiera regalado de haberme querido deshacerme de él. –Su voz era muy madura, pero sin parecer de anciano, profunda también. -¿Cómo sabe que me lo regalaron? –No lo pregunté impresionado, sino confundido, con el cerebro funcionándome tan mal llegué a pensar que estaba imaginando al hombre. -No lo sabía, dije que si me hubieran regalado uno como ese, no lo hubiera tirado así. ¿Enserio piensas hacerlo? –Supuse que se refería a la parte del suicidio con esa pregunta.

-¿Quién eres?, ¿un vagabundo? Si quieres mi cartera puedes recogerla allá abajo. –Mientras le hablaba miré constantemente hacia la calle, y a mis pies. No quería caer por accidente. Si había algo sobre lo que quería tener control en toda mi vida, era mi muerte. -¿Parezco uno?, ¿de verdad? Honestamente no lo había mirado con detenimiento. Le di un vistazo rápido por debajo del cuello y no me pareció un vagabundo en lo más mínimo. Llevaba un suéter de manga larga, delgado y negro. Sus pantalones de vestir caían al borde de unos zapatos relucientes. Pensé que podría ser algún profesor que disfrutaba de pasar un rato pensando solo, en un lugar aislado. Conocía muchos. -No. –Dije y me limpié las lágrimas con la mano que trataba de hacer equilibrio. No me gustaba que me vieran llorar, y menos en el peor estado de mi vida. –No se vaya si no quiere, pero no intente decirme que no lo haga. El hombre esbozó una sonrisa. No en burla, parecía amigable. Sus blancos dientes combinaban con su cabello. Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón y después cruzó los brazos para volver a esconderlas. Se asomó por la orilla para mirar a la calle. -Es tu decisión, y lo que te está pasando debe ser horrible, hasta yo podría llegar a sentirme tan mal como para intentarlo. Hazlo si quieres, pero piensa en todo lo que tienes, después en lo que obtendrías si lo haces, y también en lo que obtendrías si no lo haces. -¿Qué le importa? Será mejor que me deje solo. –De mi boca salió un tono que parecía muy honesto, pero no sé por qué no quería que lo hiciera en realidad. Sin darme cuenta ya estaba haciendo lo que sugería que hiciera. Y, maldita sea, tenía razón el cabrón. Sabía muy bien lo que tenía y no tenía, pero si me tiraba todo se iba a apagar. De repente me invadió una terrible ansiedad, no era capaz de concebir un final así, que el mundo siguiera girando y yo no pudiera volver a hablar, volver a sentir, volver a soñar o volver a ser. Mis ideas, pensamientos y recuerdos serían borrados, y no había otro lugar que guardara un respaldo. Me recorrió el mismo escalofrío que acabo de sentir en este momento, pensando que simplemente no pasará nada, ni siquiera habría obscuridad, hasta eso sería insignificante cuando el cerebro y el cuerpo dejan de funcionar. ¿Y si saltaba hacia el otro lado? Hacia el techo. Entonces me podría llegar a pasar lo que es normal en un ser humano: lo superaría en algún momento de mi vida y tal vez pudiera tener una oportunidad mejor de ser feliz. Fue la primera vez en la que pensé y me convencí completamente de que este mundo no siempre está tan mal, siempre hay alguien más a la vuelta de la esquina. Sólo tenía que darme a mi mismo la segunda oportunidad. Tal vez suene muy drástico el cambio de mentalidad que tuve en esos diez o quince segundos en los que nos miramos a los ojos, yo con perplejidad, y él con… con la mirada tan pacífica que tenía. Irradiaba algo extraño, pero hermoso. Fue algo que nunca había sentido en mi vida y también lo más extraño. El mundo había desaparecido durante esos segundos, era como si pudiera atravesarme con la vista y quitarme el dolor en el cuerpo y en la mente. Poco a poco me llenó de algo diferente; no era amor, no era paz y tampoco era cualquier otro sentimiento que se pudiera explicar con palabras humanas. Era una especie de catarsis orgásmica, sin tener nada que ver con el sexo, mi mente comenzaba a moverse de plano, uno muy lejano donde las experiencias y sensaciones primitivas estaban muy alejadas. Más bien, no tenían lugar. Incluso olvidé durante esos momentos el incidente que había ocurrido hace poco.

Fue muy drástico el cambio que sufrió mi mente, fue brutal. Pero fue lo mejor que he sentido o experimentado en mi vida. Cualquier droga está muy alejada de lograr un efecto incluso similar. No sé cuanto tiempo pasó hasta que pude hablar. -¿Qué carajos fue eso? –Seguía en la misma posición y poco a poco fui tratando de bajar hasta donde él estaba. Tenía miedo de que mi cuerpo simplemente cayera y no pudiera levantarme después, pero funcionó a la perfección mientras todavía experimentaba estragos de ese frenesí extraño que no tiene nombre. -¿Qué fue qué? -Lo que me hiciste, no sé… fue como si todo el universo hubiera hecho explosión dentro de mí. Nunca había sentido algo así. -Yo no hice nada. -Deja de mentir amigo. De cualquier forma te lo agradezco. Suena extraño pero mi vida cambió. Por lo general la gente dice eso cuando le pasan cosas extraordinarias o significativas. –Inhalé hondo y exhalé el aire más puro que haya respirado jamás. -Pero creo que no se necesita más que un respiro para que el mundo de alguien cambie. -Lo que pasó no lo hice yo, lo hiciste tú. Créeme, lo he visto varias veces y yo nunca trato de hacer nada, simplemente pasa. -¿Qué eres? –Una pregunta tal vez incorrecta, pero era lo primero que pude formular. Enseguida rectifiqué. -¿Quién eres? -Pues, soy como tú, algo diferente, pero a fin de cuentas creo que si es lo mismo. –Su rostro seguía tan amigable y tan sereno. –Y me llamo Sodi. -¿Como la actriz?… -Pregunté, tratando de recordar lo que había sentido unos momentos antes. No fue como recordar estar triste o recordar cómo se siente estar enfermo o adolorido. Fue como tratar de recordar un sueño después de despertarse. Con el tiempo mi memoria fue trabajando para reconstruirlo, y la forma en la que lo acabo de describir es lo mejor que pude lograr. Se rió ante el comentario y volvió a meter las grandes manos a los bolsillos. -Nunca me lo habían mencionado. Comenzó a acercarse y a un metro de mi estiró los brazos. Me quedé congelado, entendía lo que estaba a punto de hacer, pero no entendía el por qué. Cuando me abrazó volví a sentir aquella explosión cósmica dentro de mí. Esta vez traté de mantenerlo más tiempo en mi mente y lo disfruté en plenitud. Ni siquiera al abrazar a mi padre o a una mujer había sentido algo así. Me había llenado de amor, no hacia él, sino a la vida que estuve a punto de dejar pasar. -¿Por qué fue eso? -Porque lo necesitabas. Tal vez no lo esperabas de mí, pero alguien tenía que hacerlo, y estoy feliz de poder ser yo mismo. –En ese momento entendí quién era, no sabía cómo lo sabía, pero estaba seguro de que era él. -¿A qué te dedicas? –La pregunta le sonó extraña a juzgar por su expresión, como fuera de contexto, pero era la forma en la que me podría contestar lo que esperaba. -Digamos que soy escritor. –No era lo que esperaba, pero también coincidía de cierta manera. -¿Tienes muchos libros? -Sólo uno. Más bien, lo escribieron otras personas, pero dicen que es mi palabra la que está impresa en esas páginas. ¿Puedes creerlo? Suena ridículo de alguna forma. Actualmente lo que hago es trabajar en otro que no puedo terminar. -Si, suena de locos. –Conocía el libro, yo mismo lo he ojeado algunas veces. –Y ¿por qué no lo terminas? ¿No sabes cómo?

-Claro que sí, y conozco muchas formas en las que podría terminar. Algunos finales son más que fantásticos. Pero simplemente no quiero acabarlo. Me gusta demasiado como para dejar de contarlo. -¿Yo estoy en él? –Las palabras nacieron de mi boca sin darme cuenta. -Bueno, ya estás preguntando demasiado y hay cosas que hasta yo me reservo. – No puedo creer como podía cambiar tanto su expresión, y al mismo tiempo mantener esa serenidad, esa relajación tan intensa. -Lo sé, pero ¿crees que alguien me crea? Yo mismo no puedo creer que esté hablando contigo como si fueras cualquier persona entre nosotros. –Su nombre… Sodi. Ese no era su nombre real, pero si eran las mismas letras. -Creo que tienes razón, además te conozco muy bien, y sé que no serías el tipo de persona que le contara algo como esto a todo el mundo. Y si lo llegas a hacer serías discreto y sin tratar de llamar la atención. –Por fin alejó sus ojos de mí para voltear al cielo. –No eres un fanático, simplemente eres alguien más que no se preocupa por mí. Eso me gusta. -Y ¿me vas a decir si aparezco en tu libro? -Claro que estás ahí, eres tan importante como todos los demás. -Y ¿por qué aparecerte aquí para evitar que saltara? ¿Por qué no simplemente utilizas tu pluma? O lo que utilices para escribir. –Honestamente, en ese momento sentí un poco de coraje hacia él por el incidente que me había pasado antes, el que me había hecho sentir así de mal en un principio. -Porque los personajes toman sus propias decisiones, yo sólo narro la historia y controlo lo que ustedes no pueden. Como te digo, yo simplemente estaba aquí disfrutando del aire fresco cuando tú llegaste. Fue tu decisión no saltar. Lo que hayas sentido al mirarme fue algo que yo no puedo controlar. Incluso hay otras fuerzas que me rigen a mí. Yo no soy lo último en la escala. Recordé una novela, siete volúmenes que tardé años en terminar. Él no estaba en el último cuarto de la torre. -Si tú no eres el responsable de todo esto, ¿entonces quién? -Puede que sea el responsable de todo lo que ustedes conocen, o de lo que son conscientes… y de muchas cosas más de las que no lo son. Pero hay muchas cosas que yo desconozco también. Imagínate, es como pensar qué fue primero, ¿el huevo o la gallina? Yo no pude haber venido de la nada. -Entiendo. –No sabía qué más decir, pensé que por un momento daría la vuelta alrededor de mí y se iría. –Y ¿por qué estás aquí? En este edificio, en esta ciudad. -Me gusta. Además, sabes el calor que hace aquí de los mil demonios, y no es que crea que Alobid se esconda por aquí. Existe, es como si no existiera Darth Vader, ¿me explico? –Asentí. –No se puede tener a uno sin el otro. Pero la única razón oficial que tengo es que me gusta. Fue extraño, y no traté de preguntarle por qué le gustaba ni nada. Era mi gran momento, el comienzo de mi segunda oportunidad de vida y no pensaba desperdiciarla de esa forma. Ninguna pregunta de las que había hecho me parecía tan importante como la que tenía que hacerle. -No necesitas preguntarlo. –Me interrumpió el pensamiento. –Sé lo que quieres saber y no lo voy a responder jamás. Podemos hablar de mí y de todo lo que tú quieras. Pero hay cosas que tienes que descubrir por tu cuenta. Será mi nombre en el título del libro, pero también recuerda, eres tú el personaje, eres tú quien toma sus propias decisiones. Asentí en silencio y con la cabeza agachada, pensando. Él se quedó frente a mí, con toda su energía envolviéndonos en ese momento.

-Si vengo aquí, ¿podría volverte a encontrar? -Claro que no. Es imposible. No puedo dejar que alguien se encuentre conmigo más de una vez. No quiero que la gente… ya sabes. –Hizo un movimiento con el dedo índice a la altura de su sien izquierda. –Que se vuelvan locos. Y con una vez es más que suficiente para que eso pudiera pasar. -Claro, de cualquier forma fue un gusto enorme. –Le tendí la mano derecha. Él la estrechó y sentí una especie de choque eléctrico. No fue doloroso, sino todo lo contrario. Después me rodeó como lo había imaginado, yo giré para verlo irse. Podría decir que ya no estaba ahí y decirles que pensé que había sido un sueño o una alucinación. Pero no fue así. Ahí estaba, caminando hacia la escalera. Antes de tocar la puerta se detuvo e hizo un gesto, como si hubiera recordado algo importante. Regresó y sacó algo de su bolsillo. Lo tendió sobre su palma extendida y no pude creerlo cuando lo vi. -Tómalo, es tuyo. Así es, era mío, no me estaba dando un regalo, me estaba regresando algo. -¿De dónde lo sacaste? -Lo habías perdido ese día, ¿lo recuerdas? -Pero claro. Casi me vuelvo loco cuando descubrí que lo había perdido. -Pues aquí está. Me lo encontré ese día y supe que tenía que guardarlo para el día que nos llegáramos a encontrar. -Entonces ¿sabías que nos encontraríamos? -No, pero es como cuando la gente trae una pluma para todos lados. Por si se encuentran a alguien famoso y necesitan un autógrafo. -Si, claro. –Tomé el caracol marino y lo vi con detenimiento. Era exactamente el mismo. Lo puse en mi oído y escuché el océano, incluso sentí la brisa y la arena bajo mis pies. Por un segundo estuve de regreso ahí. –Muchas gracias. –Dije atónito. Sentí ganas de darle un abrazo, pero no podía moverme. -De nada. –Volvió a alejarse y se detuvo de nuevo en la puerta. –Y hazme un favor. -Si, claro, dime. –No vallas a la iglesia. Ni leas aquel libro del que te hablé. -¿Por qué? -Porque no me gusta cómo hablan de mí ahí. Son buenas personas y entiendo su fe (no entiendo el fanatismo de algunas), pero hay cosas que no todos entienden y se guían en un libro que, como te dije, yo no escribí. No necesitas una guía. Necesitas saber que existo y que tú existes. -Está bien. Me sonrió por última vez. Abrió la puerta y salió de ahí. Yo me quedé ahí pensando. Después me acerqué a la orilla a admirar la vista, con mi caracol en la mano. Las luces de mi auto se habían apagado, seguramente se había descargado la batería. Después de un minuto pude ver al hombre salir de la escalera y caminar por la calle, con las manos en los bolsillos y su gran energía rodeándolo. Ahora vengo seguido. Siento que dejó algo de él aquí mismo. Traigo el caracol y recuerdo todo lo que vale la pena recordar, después sé que no todo está mal. Al final, aunque sienta ese escalofrío, el mundo girará sin mí.

Mexicali, B.C., 15 de Septiembre de 2012