DIVERGENCIAS ENTRE ARQUITECTURA Y PAISAJE CONSTRUIDO

1. Introducción. Las dos últimas décadas del siglo XX se reflexiona sobre si existe todavía la Arquitectura como disciplina artística. Esto se debe a las grandes transformaciones de los procesos de elaboración del hecho construido que venían ocurriendo desde las décadas anteriores: la aparición de grandes estudios de ingeniería que asumía la producción de grandes promociones inmobiliarias, debido al boom de natalidad, la reconstrucción de la Europa de posguerra, la consolidación de la Unión Europea... todo ello creó un estado de urgencia, de inmediatez, que el procedimiento tradicional no era capaz de asumir. Esto afectó severamente a la producción arquitectónica, hasta el punto que el panorama internacional de la Arquitectura no se puede entender sin estas transformaciones, de ella son fruto Oma, Foster y Asociados, Toyo Ito y Asociados, Jean Nouvell, y todas las grandes firmas comerciales que ocupan las revistas especializadas. Lo cierto es que hay una mirada triste en los arquitectos hacia el mundo que vamos construyendo, hay algo que nos disgusta del resultado, que compartimos los profesionales de todas las nacionalidades. Y esto va más allá de nuestro colectivo, cuando entablamos una conversación con alguien ajeno a nuestra profesión, rápidamente surge la queja, ¡qué ciudades construís los arquitectos de hoy en día!. A lo que no nos queda más remedio que asentir, tal vez objetar: ¡son las grandes constructoras!, ¡No hay cultura arquitectónica!... Pero la gravedad del asunto se manifiesta cuando nuestro interlocutor hace referencia a los escasos ejemplos de arquitectura digna que se hace hoy en día, normalmente, es aquello que justamente más nos horroriza, o que tal vez ni consideramos como arquitectura. Existe una separación generalizada entre los gustos de la sociedad y la producción de las distintas disciplinas artísticas. Esto no es de extrañar, es una situación generalizada en la historia moderna, más si se tiene en cuenta que en disciplinas como en la música se ha hecho un esfuerzo por parte de los musicólogos de alejar los fenómenos sociales de la pretendida música culta (Th. W. Adorno, filósofo que creó la sociología de la música pensaba que la dodecafonía, el serialismo, o los demás fenómenos posdodecafónicos, surgieron con el propósito de hacer huir a los espectadores de las salas de conciertos de Viena, trivializadoras de la música a través del fenómeno burgués que representaba. Pero lo cierto es que la arquitectura modela nuestras vidas a través, no-solo, de nuestras viviendas o de edificios públicos, también a través de las ciudades y del paisaje. Vivimos en una sociedad que no le gusta el paisaje que genera, pero tampoco se interesa por la arquitectura de su tiempo. No podemos huir de ella o ignorarla, solo sufrirla o disfrutarla.

Pero qué genera esa distancia, y hasta qué punto existe esa divergencia entre la Arquitectura Contemporánea y el Paisaje Construido. Voy a tomar una definición de Arquitectura dada por un escritor contemporáneo, profesor de Estética en la ETSAB, autor de numerosos ensayos sobre arte, columnista habitual de El País y gran novelista: 2. Definición de Arquitectura de Félix de Azúa. En tanto que arte, la arquitectura crea los lugares habitables, allí donde los mortales instalan su morada, para lo cual el espacio debe cubrirse de significación. Pero en cuanto a profesión técnica, la arquitectura construye edificios y ciudades con fines prácticos. La tensión entre ambas caras del término, la artística y la profesional, es una constante de los dos últimos siglos, a partir de la creación de las Escuelas Técnicas. Puede decirse que la tensión se está resolviendo a gran velocidad en favor de la profesión y de la construcción de edificios y ciudades con fines económico-sociales, como es el almacenamiento de las masas urbanas en lugares controlables. La actividad artística de la arquitectura es una labor sobre la superficie de la tierra (la cual incluye una cierta capa subterránea de unos pocos metros de profundidad) y hacia el firmamento. Sus materiales son la cualidad del lugar, su clima (su “tiempo”), y las ordenes o comandos de la memoria. Sobre esa fina capa terrestre, las construcciones deberían aparecer como una “música petrificada”, según la célebre frase de Goethe. Imaginemos la aparición de una morada. Tengamos la fantasía de vernos como palestinos que han regresado a la franja de Gaza tras los acuerdos de paz con Israel, que nos esforzamos por habitar allí y que por lo tanto nuestro modo de habitar esa tierra da cuenta de nuestra memoria. Si la arquitectura pudiera actuar artísticamente y reconocer los datos propios de la fisicidad del lugar, sus montes, sus aguas, sus árboles, su sequedad, su color, sus arenas, sus animales; si pudiera contar con la peripecia del lugar durante la noche y el día, en invierno y en verano; y si recordara las heridas que ha producido esa tierra convulsa, la arquitectura podría llegar a crear un espacio habitable y significativo para el presente y para la memoria. Pero si se ve obligada a trabajar con fines comerciales y prácticos, o lo que es peor, al arbitrio de la artisticidad individual de los arquitectos, lo más probable es que allí se levante un segundo, pero mucho más pobre (si cabe Tel Aviv, Sabadell del desierto, un Bobigny oriental, un lugar de almacenamiento, pero no una morada. Sobre la franja de Gaza puede alzarse una edificación determinada por las presiones de los burócratas, de las empresas constructoras, de la explotación económica, o incluso de las pulsiones sexuales de algún arquitecto

telemático. O bien puede alzarse un lugar habitable en el que cualquiera pueda leer la terrible peripecia que ha situado allí a sus habitantes como recién llegados, y la esperanza que les hace ser protagonistas de ese avatar. En el primer caso hablaremos de arquitectura profesional; en el segundo de arte arquitectónico. Pero nadie sabe cuándo aparece lo uno o lo otro. No puede preverse. Contra el arte de la arquitectura suelen emplearse argumentos que hablan de la urgencia con la que se debe darse techo a las pobre gentes, etcétera. Pero es un argumento que sólo aparece cuando ya ha empezado a trabajar la empresa constructora. Nunca antes. La empresa constructora siempre tiene prisa. Los resultados suelen ser apresurados. Para que la arquitectura produzca resultados aceptables puede darse por buena la jerarquía de principios establecida por Vitrubio: toda edificación debe comenzar dirigida por su futuro uso, ha de seguir determinada por la solidez y firmeza de la construcción, y ha de concluir con un programa significativo que dé sentido al edificio al lugar en donde se alza. El trío utilitas, firmtas, vetustas sigue siendo el abecé (casi nunca respetado) de la habitabilidad. En su grado elemental, la arquitectura ha de emplearse en la construcción de casas. Una casa es algo que está desapareciendo, y con ella el grado elemental de la arquitectura. He aquí la definición científica de la casa según Alexandre Vialatte: “Una casa es un bloque de piedra en el que se penetra a través de unos agujeros y se circula luego por sus laberintos; en ella se encuentra toda clase de grutas, cavernas y sorpresas, lugares inhabitables y huecos de escalera; profundas cavas, graneros asfixiantes y rimeros repletos de conservas. Alrededor hay un gran jardín con espesos castaños, un surtidor y peces rojos; sin contar con un perro tronado que no muerde a los ladrones [...] En la casa los fantasmas se sienten a gusto; tienen sus rutinas y habitan en las buhardillas. El vino no se guarda en la nevera sino en la bodega. Los quesos son excelentes. Es un asilo para los ancianos y paraíso para los críos. Es casi indispensable que en la cubierta figure una veleta [...] En invierno, la casa cruje bajo el embate de la tormenta y los niños se duermen temiendo al lobo feroz con un sueño absolutamente humano, saturado de irracionalidad, pesadillas, y temores estacionales.” Está claro que cada vez hay menos casas, y por lo tanto cada vez menos arquitectura. Que ha existido arquitectura lo atestiguan algunos ejemplos artísticos supervivientes. No sólo templos que se acogen a un lugar –montes y cavernas griegas, junglas mayas, ríos hindúes-; no sólo palacios que ordenan espacios –de agua y jardines, como la Alambra, o de desierto de piedras, como los palacios de los Dogon-; no sólo ciudades junto a ríos y mares, o incrustadas en la roca – Parma, Cádiz, Cuenca-; si no también espacios abiertos como los campos megalíticos de Bretaña, o cerrados y encerrados

como los laberintos de Capadocia, en donde se refugiaba un pueblo con todas sus reses. Se discute, sin embargo, que siga habiendo arquitectura. Algunos autores, casi todos norteamericanos, consideran que el siglo XX ha continuado creando habitabilidad y que ésta no es una mera excrecencia funcional y económica, crecida fatalmente y sin intervención de la libertad y de la creatividad, sino que posee la misma dignidad y fortaleza simbólica que la arquitectura de antaño. Nuestros monumentos, aducen, serán lo que sean, pero son nuestros y debemos amarlos como a nuestros padres, por soeces que sean. Tal es el caso de John Brinckerhoff Jackson, historiador del paisaje de la Universidad de Harvard, quien defiende la espiritualidad de los paisajes aparecidos en zonas de dominio automovilístico: los almacenes-restaurante, las grandes superficies comerciales, los poblados móviles, o los polígonos de almacenamiento industrial. Es un conjunto de objetos que también han tratado de dignificar algunos miembros del Pop Art y cierto cine, como el de Jim Jarmusch, con más ironía que inocencia. Habría que añadir otros inventos arquitectónicos exclusivamente industriales como los parques acuáticos y temáticos, las gasolineras, los cines, los aeropuertos, y así sucesivamente. La asunción de los espacios creados por el motor de gasolina, la industria del ocio y los medios de comunicación de masas puede ser un acto de obcecación que intenta hacer de la necesidad virtud, ya que tales espacios generalmente carecen de un elemento esencial para ser arquitectura: el libre juego de la imaginación proponiendo una simbología que no dependa de la mera necesidad económica y funcional. Todo lo más habría que tomarlos como azarosas acumulaciones de aluvión cuyo pintoresquismo puede también encontrarse en el sistema de trincheras de la línea Maginot, los campos de exterminio o los vertederos industriales. Pero el propio Jackson es muy cauto a la hora de argumentar su propuesta: “Estoy persuadido de que buena parte del paisaje americano actual ya no puede enjuiciarse como una composición de estos espacios individuales bien definidos –granjas, fincas, labranzas de tierra y regiones ecológicas-, sino como zonas influidas y controladas por las calles, carreteras y autopistas: arterias que controlan, nutren y dominan su propio paisaje, al que en todo momento podemos acceder. Lo cual quiere decir, si no me equivoco, que ya no es la arquitectura la que provee los símbolos relevantes. La arquitectura ya no es, en nuestros paisajes, la encargada de sacralizar lo simbólico y lo permanente, lo sagrado y lo colectivo de nuestra identidad. La carretera genera su propio modelo de movimiento y permanencia, y actúa sin haber aún producido su particular modelo de belleza para el paisaje, o su significación del espacio. Por ello puede decirse que una tradición paisajística que en Occidente cuenta con más de mil años, está derivando hacia una organización fluida del espacio que todavía no comprendemos, y que aún no sabemos como

asimilar en tanto que símbolo de lo que es deseable y valioso conservar.” Es Jackson mismo quien deduce que, de ser éstos los nuevos lugares significativos, aquellos que exponen nuestro modo de habitar la tierra en la actualidad, entonces la arquitectura ya no posee ninguna función artística o significadora. Y no es posible olvidar, aunque Jackson seguramente lo ignora, que Hitler afirmaba ser el más grande arquitecto de su tiempo porque había inventado y construido las primera autopistas europeas. Si la hipótesis de Jackson fuera cierta, podríamos afirmar que ya no hay arquitectura. Solo peritajes de almacenamiento rentable. ¿Cuanta resignación hay que poner en la cuenta de Jackson? ¿Cuánto nihilismo negociado? Por lo menos su proposición no es cínica, como la de algunos arquitectos y urbanistas que afirman admirar las edificaciones inhabitables (y cuanto más inhabitables mejor) o las ciudades o las ciudades asfixiadas por los automóviles. Una actitud menos resistente que la de Jackson es, por ejemplo la de Joseph Ryckwert, profesor de arquitectura en la universidad de Pennslyvania. “La arquitectura profesional aspira, en la actualidad, a la dignidad propia de cualquier otra operación comercial habitual. Entre todos aquellos que aún se califica de “arquitectura” solo una mínima minoría muestra algún interés por las complejidades “culturales”; hace ya bastante tiempo que la edificación social y el alojamiento de masas ha usurpado el lugar de la arquitectura” Los arquitectos en este segundo sentido, los “profesionales del alojamiento”, tendrían la misma relación con la arquitectura que el matarife con el torero, ambos, desde luego, matan reses. Las últimas formas de voluntad arquitectónica que han intentado devolver el mando a la arquitectura con el fin de crear nuevos espacios habitables, acomodados a las nuevas circunstancias industriales (futuristas, constructivistas, De Stijl, Bauhaus), o bien han abortado, o bien han sobrevivido unos años en forma de operación comercial transitoria. La desaparición de los arquitectos capaces de hacer arquitectura es, una vez más, el efecto inevitable de haber olvidado las enseñanzas intemporales y haber vendido un imperio a cambio de un plato de lentejas. He aquí las cualidades que en grado eminente deben adornar a un arquitecto según Vitrubio: “Debe saber escribir correctamente, ha de ser experto en dibujo y sabio en geometría, debe conocer muchas historias y sucedidos, ha de escuchar atentamente a los filósofos, ha de conocer la música y algo de medicina, así como de leyes, y desde luego ha de saber leer en los astros y estar familiarizado con el sistema celeste”

En efecto esas deberían de ser las virtudes de un arquitecto, además de una buena salud, como indica Vitrubio en otra parte del texto, y algo de desenvoltura culinaria, ya que ha de pasar largas noches y calurosos días junto al templo en construcción, vivaqueando como un adolescente. Pero no parecen ir en esta dirección las novedades educativas contemporáneas. Los actuales estudios de arquitectura crean ingenieros del almacenamiento humano. Porque así es nuestra habitación del mundo. Félix Azúa alude a la arquitectura como fue entendida desde su origen, las cuestiones surgidas con la Ilustración y la Revolución Industrial, en cuanto al debate de lo científico o no de la belleza, y posteriormente si realmente la parte técnica de la arquitectura es ingeniería o no... han culminado en una profesión que ha perdido prácticamente su razón artística. El arquitecto aparece en los albores de la humanidad como una especie de chaman capaz de controlar astros y tierra y de modificarlos para darles significado. “Fruto del amor del hombre con la tierra nace la casa, esa tierra ordenada en la que el hombre se refugia cuando la tierra tiembla (cuando pinta en bastos), para seguir amándola”. C. J. Cela El arquitecto no entra en los espacios más modestos, está dedicado a los espacios sagrados: templos tumbas, palacios o ciudades. El pueblo, en el medio rural, es capaz de construir sus moradas, como es capaz de arar los campos o trashumar con el ganado. El problema comienza con la especialización de la población desbordada por su rápido crecimiento, cuando se aglutina en centros urbanos desmedidos, y se cuestiona qué profesional debe diseñar las moradas que sus habitantes ya no son capaces de construir. Salvo los intentos que menciona Felix de Azúa, el problema lejos de resolverse se agrava cada vez más. Porque no solo están desapareciendo las moradas de nuestra sociedad, también el paisaje que generamos está transformando a la Tierra a pasos de gigante. Nuestra sociedad destruye hábitats, naturales o culturales, homogeneizando el mundo, creando un paisaje desierto de significados, lleno de contenedores de personas o de cosas. Ha esta situación es sensible la UNESCO que desde 1972 comienza a considerar el paisaje como un bien más a proteger como Patrimonio de la Humanidad. El problema que trataron no fue tanto la destrucción medioambiental, que de eso se elaboró el convenio del 92 de Río de Janeiro, si no de la pérdida de la identidad del paisaje, de las ciudades que habitamos, en definitiva de nuestro entorno, nuestra morada. Desde el 72 La UNESCO, a través del ICOMOS-IFLA, ha variado el criterio que establece la declaración de Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad. Desde los criterios más absolutamente conservacionistas a los más dinámicos. En la

actualidad se sopesa la sostenibilidad del paisaje, ahondando en las razones socioculturales que lo generaron y valorando si la sociedad actual lo podría sostener o si aquellos se convertirían en parques temáticos. Son pocos los paisajes que a estas alturas el ICOMOS piense que haya que preservarlos tal cual: paisajes sagrados para un grupo religioso, paisajes arqueológicos fundamentales... En general se admite que el paisaje, fruto de la actividad humana, está en continua evolución, pero a la vez debe ser sensible a la identidad de la cultura que lo genera. Pero en realidad la convención de París del 72 surge de la necesidad de equilibrar las declaraciones de Patrimonio Cultural de la Humanidad, las diferencias entre distintas culturas en cuanto lo que consideran Monumento lleva a la UNESCO a considerar esta nueva categoría, que evoluciona rápidamente apartándose de los planteamientos iniciales. 3. La Convención de Florencia: Necesidad de controlar la generación de Paisajes En 2000, el Consejo de Europa redacta un Convenio Europeo del Paisaje que va mucho más lejos, es la primera vez que una institución internacional elabora un documento que inicia una legislación sobre la protección, ordenación, gestión y creación del paisaje. La aportación fundamental es que considera el paisaje como un derecho fundamental. El primer artículo da la definición de paisaje: “Por paisaje se entenderá cualquier parte del territorio tal como lo percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la interrelación de factores naturales y/o humanos; por política en materia de paisajes se entenderá la formulación, por parte de las autoridades públicas competentes, de los principios generales, estrategia, y directrices que permiten la adopción de medidas específicas con vistas a la protección, gestión y ordenación del paisaje; por objetivo de calidad paisajística se entenderá, para un paisaje específico, la formulación, por parte de las autoridades publicas competentes, de las aspiraciones de las poblaciones en lo que concierne a las características paisajísticas de su entorno; por protección de los paisajes se entenderán las acciones encaminadas a conservar y mantener los aspectos significativos o característicos de un paisaje, justificados por su valor patrimonial derivado de su configuración natural y/o la acción del hombre; por gestión paisajística se entenderá las acciones que presenten un carácter prospectivo particularmente acentuando con vistas a mejorar, restaurar o crear paisajes.”

En la propia definición enuncia su carácter de articulador de una legislación similar a la urbanística o a la ordenación del territorio, pero elevando el objeto sobre el que legisla al paisaje. Este es el resultado de un proceso que se inicia con los grandes cambios sociales que introduce la Revolución Industrial. 4. Coherencia del paisaje generado antes del siglo XX Hasta la Revolución Industrial la evolución de la técnica en general se había producido de forma lenta, con una asimilación difícil por parte de la población. Los movimientos de población eran escasos y prolongados en el tiempo. El panorama mundial era por tanto de una gran diversidad cultural, con grandes diferencias. Los fenómenos de globalización eran llamados, descubrimiento, colonización o conquista. La asimilación de una cultura foránea pasaba prácticamente por la aniquilación de la sociedad vernácula, aunque también se creaban culturas por simple intercambio, de forma mucho más local y desde luego antes de que la humanidad desarrollara su potencial bélico. No podemos saber hasta que punto los individuos eran conscientes de su grado de identificación con las construcciones o el paisaje que generaban, pero a juzgar por la lenta evolución de las técnicas constructivas o de organización, prácticamente iguales durante milenios, no debía haber grandes divergencias: el mundo en el que habitaban era como era. Podemos, sin embargo, observar en los textos antiguos una definición clara del paisaje ideal en el que el ser humano buscaba habitar, y lo cierto es que en lo fundamental no ha cambiado en absoluto. Génesis, 2 Al tiempo de hacer Yahvé Dios la tierra y los cielos, no había aún arbusto alguno en el campo, ni germinaba la tierra hierbas, por no haber todavía llovido Yahvé Dios sobre la tierra, ni haber todavía hombre que la labrase, ni vapor acuoso que subiera desde la tierra para regar toda la superficie cultivable. Modeló Yahvé Dios al hombre de arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego Yahvé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yahvé Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía de Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos. El primero se llamaba Pisón y es el que rodea toda la tierra de Évila, donde abunda el oro, un oro muy fino y a más también bedelio y ágata; y el segundo se llama Guijón, y es el que rodea toda la tierra de Cus; el tercero se llama Tigris y corre al oriente de Asiria; el cuarto es el Éufrates. Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase, y le dio este mandato: “De todos los

árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”. El análisis que se puede hacer sobre este texto fundamental en nuestra cultura es amplísimo, pero podemos señalar algunos rasgos fundamentales que han penetrado en el subconsciente colectivo: por un lado Dios crea un jardín en donde no había más que tierra, el hombre es parte de la tierra, Dios le concede la vida y le pone en el jardín para que lo guarde y lo cultive. Por otro el jardín divino es hermoso a la vista y sabroso al paladar, en él se encuentra la fuente de la vida y la fuente de la dualidad que hace al hombre entrar en la creación y perder su divinidad, adquirir la mortalidad. ¿Podríamos interpretar la actividad humana como una lucha desesperada por reconstruir ese mítico jardín de Edén?. Más descriptivo es uno de los pasajes de otro texto fundamental de la cultura occidental: La Odisea, Canto VII Rodeaba al palacio un inmenso jardín donde crecían multitud de árboles: perales manzanos, granados de espléndidos frutos, dulces higueras y fecundos olivos. El fruto era perenne, pues en invierno y en verano soplaba Céfiro con la misma suavidad tan beneficiosa para el brote como para la madurez, de suerte que siempre había junto a los frutos verdes los que ya estaban en sazón. Mientras las cepas se hallaban colmadas de racimos, carretadas de uvas ya secadas al sol iban al lagar. Al fondo del jardín se extendía la huerta pródiga en verduras y legumbres de todas clases, regada por un manantial abundatísimo. Otras fuentes a lo largo de los muros del palacio hacían llegar sus aguas hasta el gran pilón situado en la parte baja del jardín al que acudían a llenar sus vasijas cuantos feacios quisieran hacerlo. Bien podía decirse que los dioses habían dotado de magnificencia el palacio de Alcínoo Tanto en el primer texto como en éste, hay rasgos comunes que se repiten en todas las culturas: la productividad del lugar, la naturaleza y la tierra benignas que nos ofrecen sus aguas, sus frutos y su dulce clima para satisfacer nuestras necesidades. La tierra que no se agota de dar frutos, la eterna primavera y verano... Desde luego hasta la revolución estaban muy lejos de lograrlo, pero las distintas culturas crearon un sabio diálogo con la tierra, recibiendo los frutos que les daba con sistemas que ahora llamamos sostenibles, de tal contundencia cultural que nos seguimos sintiendo identificados con los productos de aquellos modelos. Sin embargo a partir de la Revolución Industrial las cosas cambian vertiginosamente. Los grandes movimientos de población campo-ciudad, producidos por la falsa promesa de una vida mejor, los complejos industriales, las nuevas infraestructuras, exigen una

rápida respuesta para absorber todos los nuevos usos que se generaban a la vez que su buen funcionamiento era imprescindible para que el sistema que se estaba creando se desarrollara. Tras muchas divagaciones se origina el urbanismo como disciplina. Heredera de la arquitectura de las ciudades antiguas, pretende crear modelos que son reflejo de cosmovisiones engendradas desde el seno de las nuevas teorías políticas que aparecen simultáneamente. Destacablesson todas las utopías socialistas que van a tener un desarrollo tremendo durante el siglo XX, dentro o fuera de los regímenes comunistas. El periodo de entreguerras es el marco de una explosión de nuevos conceptos de urbanismo y arquitectura, que se truncan con la Segunda Guerra Mundial. Tras ésta la destrucción masiva de Europa crea una situación de emergencia en el realojamiento de las masas y la reconstrucción de las ciudades. En pocos años el crecimiento económico y demográfico, hace que esta situación se sostenga, con breves paréntesis hasta la actualidad. El urbanismo se desarrolla a través del planeamiento urbano, con una distinción radical entre suelo urbano y no urbano. Se trata de crear sistemas eficaces de redistribución del suelo, despojándole de su propiedad y estructura anterior. Esto es rápidamente aprovechado por las instituciones o por inversores privados para especular con el suelo. La Administración puede controlar densidades, infraestructuras, dotaciones, carácter medioambiental, pero es la primera interesada en esta especulación, ya que es fuente de gran parte de su presupuesto. Este sistema desborda la ciudad rápidamente, pasando a un sistema de planeamiento a mayor escala: El Planeamiento del Territorio. Básicamente los instrumentos son los mismos, distinguiendo nuevamente entresuelo urbano y no urbano, aunque se considera un intermedio: el suelo urbanizable. El objeto de tratamiento sigue siendo la ciudad, con prácticamente ninguna consideración hacia el resto del territorio. Hasta aquí, el urbanismo o el planeamiento del territorio se ha situado detrás de los fenómenos que los han generado, y en pocas ocasiones han conseguido aventajar a los cambios que se producían. Si el urbanismo nacía con la intención de evitar situaciones tan penosas como los Railroads houses o Dumbbel houses neoyorquinos, mejorando sensiblemente la calidad de vida, lo cierto es que en su camino dejó de lado esa consideración de identidad cultural, de memoria que la ciudad, la casa, el ayuntamiento deben tener. Estas consideraciones se reducen a la protección de los centros históricos, que en la mayoría de los casos han terminado convertidos en barrios fantasmas dentro de la ciudad, mantenidos artificialmente, como un monumento. El auge reciente del paisajismo es fruto de la conciencia de la necesidad de esa identidad. Frente a los inquietantes

fenómenos de globalización se revisa la identidad como algo imprescindible en una sociedad. La mirada se extiende más allá del centro histórico y se amplía a los espacios íntimos, a las zonas cotidianas, zonas degradadas, industriales, espacios naturales, infraestructuras, explotaciones agrícolas, ganaderas..., se trata de controlar el territorio a través de la experiencia que proporciona a sus habitantes. Lejos de la disciplina nacida en Estados Unidos en el XIX que surge de la necesidad de antropizar un territorio”salvaje” ante los ojos de los europeos colonizadores de un nuevo y basto territorio, la nueva arquitectura del paisaje trata de controlar los agentes que generan el paisaje. Los instrumentos que se proponen pasan por el estudio de las preferencias de la población, de la conciencia que ésta tiene de su territorio. La participación social en la construcción del nuevo paisaje es una aportación fundamental de la Convención de Florencia. Hasta ahora las distintas figuras de planeamiento asumían estudios sociológicos previos, que en general dejaban bastante que desear ya que como mucho se reducían a estudios demográficos, y una fase de exposición pública en la que los habitantes del territorio podían realizar alegaciones. Estas alegaciones solo prosperaban en un contexto jurídico, y si los documentos de un proyecto urbanístico son complejos incluso para un profesional, el análisis para una persona ajena a la disciplina es imposible, y por supuesto la redacción de una alegación solo la puede realizar un jurista. Es decir, hasta ahora la participación ciudadana se veía reducida a grupos o personas con suficiente capacidad económica y con intereses suficientemente grandes como para poder contratar un servicio jurídico especializado, y que en la mayoría de los casos el motor que les lleva a redactar una alegación se reduce a especulación del suelo. La Convención de Florencia pretende renovar el sistema de planeamiento empezando por las correspondientes leyes del suelo de los distintos estados europeos. La repercusión es tan grande que aún solo la han ratificado dos estados de la unión europea; básicamente se debe a la complejidad que propone, ya que exige una concepción del territorio supranacional, dando competencias sobre un mismo territorio a distintas administraciones: municipales, regionales, nacionales, de territorio, de medioambiente, de cultura; presenta las directrices de un modelo de estudio-redaccióngestión inexistente en la legislación internacional; la participación ciudadana en cuanto a su formación concienciación, implicación, redacción del modelo, y gestión del territorio. La redacción de la primera legislación que se atenga a la Convención de Florencia, será un hito en nuestra sociedad, y los arquitectos deberíamos estar atentos a ello.

5. La Arquitectura Popular Si miramos por un lado el territorio construido en los últimos 50 años, y por otro miramos las últimas vanguardias arquitectónicas, nos daremos cuenta que algo no funciona.

O nos dejamos de llamar arquitectos y nuestra producción será almacenamiento de usos o instalaciones artísticas, o asumimos nuestra disciplina artística-profesional de una forma nueva. Desde luego, la situación de nuestra disciplina ha cambiado, los procesos son tremendamente dinámicos y no estamos preparados para dar una respuesta, y en las pocas ocasiones que se consigue la respuesta queda aislada, asumiéndose lentamente por la población. El problema fundamental con que nos encontramos es la falta de demanda por parte de la sociedad de arquitectura, y tomemos por arquitectura lo enunciado en la definición de Félix de Azúa, es decir, no hablamos de productos estéticos del pasado, si no de la construcción de lugares llenos de significado para la sociedad del siglo XXI, con la huella estética que le corresponde, que particularmente me niego aceptar que sean las grandes superficies comerciales, los cementerios de automóviles o los polígonos industriales, al menos tal y como se configuran actualmente. Detectemos los nuevos usos que hace del medio nuestra sociedad, situémonos en un punto en el que no caben los prejuicios y observemos. Por cada actividad humana encontraremos un lugar que adquiere unas dimensiones, un funcionamiento, una relación con su entorno... descubriremos, depuradoras de agua, plantas de reciclaje, basureros, plantas energéticas, grandes almacenes, pequeños almacenes aglutinados, autopistas, aduanas, peajes, aeropuertos y puertos, fronteras, carreteras comarcales o nacionales, industrias pesadas o ligeras, plantas agrícolas, plantas ganaderas, grandes barrios residenciales, centros históricos, ciudades nuevas, suburbios, casas dispersas, agrupadas, diseminadas, grandes centros de ocio o de consumo, cementerios de chatarra o de coches..., la mayoría de ellos carece de significado en su configuración, podríamos confundir una planta ganadera con un centro de ocio o con una planta de reciclaje, podríamos confundir el lugar en el que estamos. Por supuesto pensaréis que ya existe un profesional que se ocupa de cada categoría... pero si analizáramos el territorio cuantificando toda la superficie sobre la que se interviene y la proporción en la que interviene un arquitecto, nos asombraría... ¿un 1%?, Sería excesivo. Este es el plato de lentejas del que habla Félix de Azúa, porque de ese 1% cuánto podemos decir que es arquitectura un 0,0001%. No podemos rechazar, desde luego, la labor de un ingeniero industrial, de obras públicas, de energía, aeronáutico, agrícola,... no podemos pretender asumir solos el urbanismo o el planeamiento del territorio, pero debemos entender que la Arquitectura es el arte de dotar de significado al espacio donde se desarrolla la actividad humana, es un arte fundamental para la existencia humana, quizá solo la música y la literatura se le puedan comparar. Las artes plásticas fluyen de forma natural apareciendo y adaptándose a las necesidades sociales de forma mucho más inconsciente de lo que podamos pensar, pero la Arquitectura debe ser reclamada por una civilización incapaz de ubicarse en el espacio que contiene su memoria, porque

no lo puede construir, de eso se encarga los agentes de la especulación ya sean privados o públicos. En nuestro tiempo, cualquier lugar donde la tierra se ordena (o desordena) para cobijar la actividad humana debería atenderse desde la arquitectura, de una forma multidisciplinar, pero dotada del significado que asuma la identidad de la cultura en la que se realiza. El nuevo discurso arquitectónico, debería asumir la participación como eje de su modelo. Propongámonos un ejercicio. Estamos de acuerdo que en el fundamental el texto del Génesis o de la Odisea corresponden al paisaje inmediato en donde a cualquier ser humano le gustaría encontrase. Tomemos la descripción de la casa de Alcínoo y tratemos de reconstruirla. ¿Qué ocurriría al mostrar a un individuo, de cada cultura e incluso de distintos medios dentro de un mismo país, su nueva residencia?. Si decidimos hacer una recreación historicista teniendo en cuenta la cultura micénica y los vestigios que nos han llegado de ella, probablemente ni los mismos griegos actuales, aceptarían la invitación a vivir allí, si acaso un fin de semana de aventura. Si, por el contrario, optamos proyectar una versión contemporánea de la famosa hacienda, nos encontraríamos algo parecido al caso anterior, una gran mayoría de los sujetos encuestados rechazarían nuestra invitación, y desde luego pensarían que no tenemos ni idea de lo que es “su” paisaje o “su” morada ideal. Y lo cierto es que si leyeran la descripción de la que nos hemos partido aceptarían encantados vivir allí. ¿Qué es lo que no ha funcionado?. La identidad cultural, con todos los símbolos que portan sus correspondientes significados. Probablemente en el segundo caso hayamos transferido nuestros códigos de forma inconsciente, porque los arquitectos contemporáneos hemos asumido una serie de códigos correspondientes a la cultura arquitectónica contemporánea, prácticamente exclusiva de la cohorte de los arquitectos, que no corresponde con los códigos que forman las distintas identidades culturales en las que vivimos, éstas, únicamente matizan nuestros códigos. Es el desconcertante producto de la Arquitectura Internacional. La divergencia entre la cultura arquitectónica contemporánea y nuestra sociedad es, como decíamos al principio, tan grande como con el paisaje construido. Debemos buscar vías de encuentro entre sociedad y la cultura arquitectónica, el precio que pagamos es demasiado alto y, al fin y al cabo, deja de ser arquitectura en cuanto la cultura no se identifica con ella. La investigación, los nuevos modelos pedagógicos, la redistribución de competencias, las nuevas disciplinas serán necesarias para afrontar está situación. Pero regreso a la definición de Félix de Azúa en cuanto a la cita que hace de Vitrubio. Realmente, nuestro arte sigue siendo tan imprescindible como hace 2000 años o más. El tejido es mucho más complejo y hacen falta muchos más artesanos (técnicos), para poder levantar nuestra morada, pero el ser humano sigue siendo el mismo.

Comencemos por reorientar nuestra actividad y después retomemos un diálogo, que desde hace décadas se convirtió en monólogo. Los egipcios, al ajuar funerario de sus muertos, aportaban una casa de barro a escala del difunto. Esta casa cobijaba su alma, ya que, como todo el mundo sabe, tiene el tamaño de un pájaro. Despojada del cuerpo, a ella volaba cada día desde el más allá donde todo es desconocido y probablemente tenebroso. En ella se guarecía, como el hombre vivo, de la tierra cuando tiembla. Las llamaron “Casas del Alma”. Esta práctica era común entre los antiguos. En algunas culturas, los griegos, los etruscos, las enterraban bajo la casa o el templo que se iba a construir, para que los antepasados o los mismos dioses custodiasen el lugar...