El presidente Ollanta Humala y su primer ministro Juan Jiménez entienden hoy más que nunca que hay una

acumulada crisis de autoridad que resolver en el país. Ambos parecen dispuestos a tomar al toro por las astas. La lección de Cajamarca, con su secuela de suspensión del proyecto minero Co nga y la impunidad de la que sigue gozando el presidente regional de esa jurisdi cción, Gregorio Santos, representa, en la carpeta de trabajo de Humala y Jiménez, el referente patético de lo que no puede volver a pasar. De ahí que la actual presencia de Jiménez a la cabeza del gabinete, después de los tensos relevos de Salomón Lerner y José Valdés, pasa por la comprensión madura de q ue la PCM no tiene que ser una pieza suelta en el ejercicio del poder presidenci al, sino que debe cobrar singular relevancia. En la medida de que el primer ministro deje de ser precisamente una piez a suelta, como lo fueron en su momento Lerner y Valdés, el peligro de un desgaste acelerado será menor. Aquí es donde a Humala le corresponde jugar un papel más claro y determinante como jefe de gobierno, jefe de Estado, comandante en jefe de las fuerzas armadas y policiales y encarnación de la Nación. Un insolente presidente regional como Santos, al que hace rato el Jurado Nacional de Elecciones debió haber sacado del cargo por distorsionar el mandato de las urnas, no puede darse el lujo, cada vez que quiere, de poner en jaque al Congreso, al Ministerio Público, al Poder Judicial, al primer ministro y a todas l as investiduras que carga Humala sobre sus espaldas. Este problema subsistirá y podrá extenderse en la medida que no se asegure e l blindaje del poder del Gobierno Central sobre los poderes de los gobiernos reg ionales, en lo político, económico, militar, policial y social. Quizás estamos en el j usto momento en que Humala y Jiménez puedan establecer aquí un saludable y tranquili zador punto de quiebre o asomarnos una vez más al fantasma de la anarquía. La condición constitucional de un gobierno unitario como parte de un Estado indiv isible, no puede ser de fachada. Necesita ser real y efectiva. El hecho de que l os gobernadores, que representan al presidente de la República y al Ejecutivo en l as regiones, hayan pasado de la esfera de control del Ministerio del Interior a la PCM, ¿será una primera medida potencial en esa dirección? La otra pieza suelta que Humala busca resolver después de la Encuesta del Poder es la de la percepción pública del papel protagónico de la primera dama Nadine H eredia dentro del gobierno. Una fina cirugía política en la trama de los roles palac iegos es más sencilla de lo que parece. A la esposa del presidente no le está vedado el poder tras el trono, desde donde puede ejercer consejo, asesoría, apoyo emocio nal y colaboración infinita. Le está vedado constitucionalmente el poder delante del trono, capaz de atenuar o menoscabar la investidura presidencial. La vocería del gobierno, por ejemplo, es parte esencial del poder presiden cial que no puede llevar a confusión alguna. El primer ministro es el principal vo cero del gobierno después del presidente. Es una cuestión de orden y autoridad que n o debiera sufrir distorsiones, de la misma manera que en el gobierno del día a día e l primer ministro secunda al presidente decididamente y no desde un repliegue qu e pudiera ponerlo en un punto muerto. Colocar cada pieza del gobierno unitario y del Estado en su lugar y cada pieza del poder presidencial en el suyo, no es tarea con la que se puede vivir sin ejercerla efectivamente