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En confesión

En una pequeña ciudad al norte de la serranía colombiana la misa de las siete de la noche ya había finalizado en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús. El celebrante, aún en el presbiterio, se entretuvo unos minutos despidiendo a unas viejecitas como lo hacía habitualmente; luego repasó ciertos asuntos pastorales con tres señoras de porte distinguido; finalmente se dirigió a la sacristía para desvestirse de sus ornamentos eucarísticos, mientras el sacristán entraba y salía recogiendo los útiles de la celebración. En esos momentos el reloj de la torre de la iglesia daba las ocho y media de la noche, y la nave central se encontraba completamente vacía. De repente, el cuadro de la pequeña puerta apareció cubierto por un señor de gran estatura: contemplaba insistentemente al sacerdote mientras se desvestía de la casulla, la estola, el cíngulo y el alba. - ¡Buenas noches, padre! –saludó muy respetuoso el visitante. - ¡…! ¡Buenas noches…, señor! –respondió el cura entre asustado y sorprendido por esa aparición imprevista- ¿Qué es lo que desea? - Quiero confesarme, padre –en palabras humildes pero resueltas. - ¿A estas horas? –El cura un poco molesto- Ya ve usted que es muy tarde. ¿Por qué no viene en la mañana después de la misa de ocho? - Padre, de verdad, tiene que ser hoy -humilde pero insistente-. Es muy importante para mí que sea esta noche, si usted no tiene algún compromiso importante a partir de ahora. El sacerdote y el sacristán cruzaron unas miradas interrogativas, pero el buen ayudante levantó dubitativo sus hombros sin ofrecerle una salida airosa a este tardío asunto sacramental. - ¡Está bien!... –Con palabras resignadas el obligado confesor- Don Julio, vaya cerrando las puertas de la iglesia y después se marcha a su casa. Yo saldré por ésta de la sacristía. - Como usted diga, Padre –replicó obedientemente el sacristán, y se marchó a cumplir su cometido final por ese día. - Por favor, siéntese en una de esas dos sillas que están junto a la mesita –le indicó el cura al penitente-, mientras me lavo las manos y me refresco la cara.

El aludido se acomodó cansinamente sobre la silla. Era un hombre ya mayor, pero su pelo, lacio y abundante, mantenía el pulso al paso del tiempo con un color negro sin mancha; lucía un bigote llamativo como dos brochazos acostumbrados a mandar; sus ojos, negros también, seguían los movimientos del celebrante desde un rostro de líneas enérgicas, ahora matizadas por un tinte amarillento y enfermizo. Todo su cuerpo se notaba cansado, decadente, de una humildad que no casaba mucho con los primitivos rasgos de su fisionomía. - Muy bien, vamos a ver… –palabras de acercamiento mientra el cura se sentaba en otra silla frente al visitante. - Lo que usted me pida, padre… –el penitente abajando un poco su cabeza. - ¿Puede decirme cómo se llama? –El sacerdote mirándolo de frenteUn nombre siquiera para poder dialogar en esta confesión. - Mejor no se lo digo, padre, y disculpe, pero es mejor así –humilde el penitente pero con decisión. - Está bien, como usted desee –el confesor entre realista y molesto-. Dígame, ¿ya ha hecho bien su examen de conciencia, un recuento de todos sus pecados? - Sí, Padre. Lo hice muy bien: últimamente he repasado muchas veces la lista de mis pecados y equivocaciones. - ¿Y ha procurado arrepentirse sinceramente de todos ellos? - Sí, Padre, muy arrepentido; estoy plenamente confiado en el sacrificio de Jesucristo en la cruz y también en la misericordia infinita de Dios. - Bueno, Dios es Dios, Jesús es Jesús, pero yo soy un pobre sacerdote que va a escuchar todos sus pecados. ¡Veremos qué puedo hacer por usted! - Sí, Padre. Yo también confío en usted como espero la gracia del perdón divino. - ¿Cuándo fue la última vez que se confesó, señor? –pregunta el sacerdote para ir entrando en materia. - Bueno…, Padre…, de eso hace muchísimo tiempo.

- Aproximadamente, ¿cuándo? - Si mal no recuerdo…, ¡ejem!…, por los años de mi primera comunión. - ¿Desde entonces hasta ahora sin confesarse? –algo sorprendido y preocupado el celebrante. - Sí, Padre. Mi vida, desde niño y joven, siempre ha resultado muy agitada, difícil y complicada. - Y… ¿por qué viene ahora a confesarse y no más adelante? Total… - Estoy enfermo, Padre, muy enfermo. - ¿Sólo porque se encuentra enfermo viene a confesar sus pecados? - Estoy muriéndome, Padre: un cáncer hepático con metástasis en el páncreas. Me quedan algunos días o semanas de vida. Por eso he venido a confesarme con usted y a ponerme en gracia de Dios antes de morir para siempre. - Yo también deseo que su confesión le llene de paz interior y a la vez consiga el perdón del Altísimo. - Así lo espero, Padre, así lo espero… - Entonces, vamos a iniciar la confesión como tal. ¿Le parece bien? - Sí, Padre, me parece bien. El confesor inicia el sacramento del perdón con las palabras rituales: - En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo… - ¡Amén! –respondió el penitente. - Puede comenzar ya la confesión de sus faltas y pecados –le animó el cura ya convertido en confesor de oficio. - Bueno, Padre, reconozco que he sido un gran pecador, un grandísimo pecador; ya desde muy joven, por las circunstancias que rodeaban mi vida, me dejé llevar por todos los vicios, perversiones y brutalidades: luché a muerte para sobrevivir por encima de todo…

- Está bien, está bien –el confesor algo impaciente-. Comience ya. Arrodillado ante el sacerdote confesor, el penitente comenzó a desgranar despacio y ordenadamente toda su existencia pecadora, muy pecadora. Mientras revelaba sus faltas y culpas de juventud, el confesor lo interrumpía con algunos detalles o aclaraciones, él tan acostumbrado por oficio a escuchar confesiones de todos los tipos y complicaciones. Pero cuando la confesión se fue remontando a los años más adultos del penitente, el buen sacerdote comenzó a sonrojarse y ya sus intervenciones eran pequeños farfullos o monosílabos de asombro o incredulidad. Jamás en su vida pensó algo así en el acontecer de un ser humano. Cuando la confesión llegó a los pecados y faltas de la madurez de ese desconocido penitente, la cara roja y sofocada del confesor se fue tornando gris o violácea, sus labios temblaban de indignación, sus ojos querían saltar de sus órbitas y no sabía dónde colocar su mirada; sus manos para bendecir estaban empapadas de sudor y en deseos inconfesables: todo el cuerpo del sacramental ministro estaba invadido por una bíblica indignación y unas intenciones apocalípticas. Pero aguantó como pudo hasta el final la confesión de nuestro pecador y enfermo penitente… - Y así, Padre, fue transcurriendo mi azarosa existencia, sin poder contenerme ante las normas, reglas y leyes de nuestra santa madre la Iglesia, porque yo me sentía más poderoso e importante que todas ellas. Así fue hasta que apareció el diagnóstico de mi enfermedad terminal. - Entonces usted cambió de vida –palabras entrecortadas del confesor. - Sí, Padre. Entonces reconocí todo lo malo y pecador que he sido durante los días, semanas, meses y años de mi vida pasada; me arrepentí de todos los crímenes cometidos y, confiando siempre en la misericordia divina, he venido ante usted para confesarme y recibir con su bendición el perdón del cielo. - Bueno, señor penitente –el cura con voz entrecortada, iracunda y sin poder articular claramente sus expresiones-, Dios será… infinitamente comprensivo y generoso…, de eso no tengo la menor duda…, pero yo…, en el caso de usted…, no puedo… perdonarle… sus pecados… con mi absolución. Lo siento…, pero no puedo. - Sí, Padre, usted puede perdonarme.

- Pues le digo que no, señor; la gravedad de sus culpas es tan grande, tan alta, tan infinita, que yo me siento incapaz de administrarle la absolución. - Sí, Padre, usted puede absolverme –el penitente, erre que erre con su idea de perdón-, porque si grandes son mis pecados, más grande fue la acción redentora de Jesucristo en la cruz. ¿O no, Padre? - Lo lamento mucho, señor, pero no puedo perdonar sus pecados; son de muchísima gravedad y no me encuentro capacitado para ello; tendría usted que visitar al señor obispo, en la capital, o… - Sí, Padre, usted puede perdonarme porque el señor Jesús le dio a usted autoridad para perdonar todos los pecados –insistente y seguro de sus palabras. - Todos no, señor –le atajó el confesor-, y los suyos son de una especial y terrible gravedad. - Entonces, si usted no me perdona –comenzó a cambiar el semblante del penitente-, me voy al infierno con todos mis pecados. - No sé qué va a ser de usted, pero yo no… - O sea que usted, como confesor en nombre de Dios omnipotente, me niega el perdón que humildemente imploro – y su rostro tomaba un rictus de fiereza- y después de mi muerte me voy derecho al fuego del infierno, por toda la eternidad. - Sus pecados son tan grandes, señor, que yo carezco de autoridad canónica para perdonarlos –insiste el confesor-, mi consejo es que vaya… - Bueno, señor cura, yo vine a esta iglesia del “Corazón de Jesús” confiando en la misericordia infinita de ese “corazón”, igual que en su compresión como sacerdote confesor y, por tanto, solicito, ruego, imploro y pido encarecidamente el perdón de mis pecados para morir en paz con los muertos que he ajusticiado, con los vivos que aún me quieren y me odian, y, sobre todo, con Dios en el cielo de los bienaventurados. - Lo siento una vez más –el confesor lleno de tenaz oposición-, pero no voy a perdonar esas atrocidades cometidas por un monstruo como usted. - Usted, después de mi arrepentimiento, ¿aún me considera así? - A pesar de todos sus arrepentimientos y buena voluntad, usted sigue siendo un monstruo para mí.

- Yo seré un monstruo, ciertamente –en pleno ejercicio de su personalidad autoritaria e implacable-, pero usted se comporta como un mal sacerdote y un injusto confesor; a pesar de todo, le solicito por última vez la absolución de mis pecados. - No se la daré de ninguna de las maneras, señor, y es mi última decisión. - Conque su última decisión, eh, y por su voluntad yo me condeno… - Su salvación o el infierno ya no dependen de mí… - Entonces, si yo voy al infierno porque no quiere perdonar mis pecados, usted se irá delante de mí… Sentado como estaba, el penitente sin perdón extrajo de su faja un enorme cuchillo de monte y con la habilidad de un consumado machetero lo introdujo limpiamente por el estómago del confesor. Un chorro de sangre saltó de inmediato regando sus pantalones hasta el suelo; con sus dos manos trataba inútilmente de taponar la hemorragia de su herida, mientras agachaba su cabeza en un grito de animal herido de muerte. Entonces el cuchillo atravesó limpiamente el cuello del sacerdote cayendo sobre una mesita de sacristía entre convulsiones de agonía: Estaba muerto y muerto para siempre. El hombre de ojos y cabello negro se levantó lentamente, con enojo contenido, y contemplando el cadáver de su empecinado confesor, pensó para sus adentros: “Yo me voy, pero ése va delante de mí camino del infierno…” Y tranquilamente se perdió en la noche de la pequeña ciudad al norte de la serranía colombiana…

5 – iraila - 2012-09-24 Kankintú asteazkena

xabierpatxigoikoetxeavillanueva