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El muchacho tras la conversación miró el reloj, este marcaba casi las nueve.

Pasó las cortinas del todo, de forma que no dejaban entrar nada de luz y volvió al baño. Preparó las toallas y se quitó rápidamente la ropa, dejándola en el suelo y se metió en la bañera para darse una reconfortante ducha. Mientras en la misteriosa sala, Peter ya había finalizado hace unos minutos la conversación a tres bandas con Juan y su hijo, a la que finalmente también se había unido Sofía. Durante este lapso de tiempo, Steve había cargado y preparado las pequeñas motos para el día siguiente. Este estaba siendo vigilado de cerca por Herman, al cual no le inspiraba ninguna confianza. Cuando tuvo las motos preparadas, Steve se despidió fríamente de sus compañeros y subió rápidamente las escaleras, abandonando la excavación de una forma más silenciosa, a cómo había accedido anteriormente. Se montó sobre su moto de un salto como si de un potro se tratase y la arrancó saliendo a toda velocidad. Debido al terreno arenoso, la moto fue despidiendo una nube de polvo y grava tras de sí. Las chinas eran lanzadas a gran velocidad por los tacos de la gruesa rueda trasera, a la vez que patinaba impulsada por el potente motor, obedeciendo las órdenes de Steve desde la empuñadura derecha. - ¿Se ha ido Steve? - preguntó Peter, ensimismado frente a la pantalla del ordenador observando las últimas lecturas. - Sí, se acaba de ir. Lo he estado vigilando, ha cargado las motos de combustible y las ha puesto a punto.- respondió el físico. - Vale, no lo he visto irse. ¿Has visto algo nuevo en las gráficas? - No, sin novedad. Estoy revisando las tomografías nuevas. - respondió el hombre mirando otra pantalla.

- OK, ahora que está todo tranquilo podemos aprovechar para cenar. - No es mala idea.- le respondió sonriendo. Los dos hombres parecían llevarse muy bien. Peter tenía un carácter muy abierto, que le permitió ganarse a casi todo el equipo en muy pocas horas. Era un líder nato, que gracias a su experiencia, era capaz de salvar las situaciones más complicadas dentro y fuera de sus misiones. Por otro lado el alemán, era un hombre sencillo, muy reflexivo. Siempre estaba estudiando, esto le hacía feliz. Debido a su edad tenía un temperamento suave, que le proporcionaba una forma de ser agradable en el trato. Peter salió a la carpa a coger dos tuppers con comida y calentarlos en el microondas. Quería estar de vuelta adentro lo más rápido posible, ya que en aquellos momentos el mercurio del termómetro había descendido unos cuantos grados. Por otro lado, Herman seguía en el interior haciendo guardia. Peter volvió a los pocos minutos con servilletas, cubiertos, los tuppers calentados y un par de manzanas. - Traigo unas manzanas para luego, ya que la noche va a ser larga- susurró, dejando la comida en la mesa, para evitar así que el joven les oyese a través de la radio. - Perfecto. Gracias- respondió sonriéndole su compañero de guardia. Los dos hombres comenzaron a cenar tranquilamente, hablando también con Alex. Estos intentaban que el joven no se percatase de ello, para mantenerle con la moral alta. Entretanto este les comentaba como empezaba a quedarse sin víveres. Ante esta dramática situación, Peter decidió que era el momento de explicarle su plan de ir a buscarle por la mañana a primera hora, ya que la posición del muchacho, les hacía sentirse mal y esperaban así levantar sus ánimos. El joven necesitaba beber mucho líquido, debido mayormente, a que ahí abajo hacía bastante calor. El hecho de

estar siempre a oscuras, era otro factor que afectaba mucho psicológicamente a la salud mental y a los ánimos del joven Alex, que había recuperado en parte, al hablar con su familia de nuevo. Peter por experiencia conocía todos estos factores, lo que explicaba que hubiera estructurado así su rápido plan de rescate. Ya a las nueve y media de la noche, en el hotel, Kevin se unió a una radiante Sofía y a su padre para cenar en el restaurante. Ella llevaba un bonito y elegante vestido rojo de tipo palabra de honor. Este acentuaba aun más su bella estampa, dejando ver perfectamente sus hombros y su cuello, adornado este por un precioso collar de brillantes perlas blancas. Por otro lado, el padre llevaba un sobrio, pero elegante traje ajustado de color azul marino, que le daba un aire de mafioso. En contraste a sus elegantes compañeros de mesa estaba Kevin. El joven lucía unos pantalones chinos de color beige, junto a un polo de color azul marino con el cuello blanco. Era lo más bonito para la ocasión que pudo encontrar en su mochila, ya que hizo el equipaje rápidamente y pensando en una fría aventura. El salón comedor estaba situado en la planta baja, anexa al hall de la recepción del hotel. Al cruzar unas modernas y transparentes puertas de cristal se accedía al mismo. No era muy espacioso, disponía de unos 125 metros cuadrados útiles, pero suficiente para albergar a todos los huéspedes. El maître inmediatamente atendió a los comensales, sentándoles en la mesa favorita de Juan, que se encontraba situada en un íntimo rincón, cercano a una chimenea y en frente de las ventanas. Estas permitían seguir disfrutando de la tenue luz del sol, que aún seguía alumbrando aquellas últimas horas y cuyas vistas daban a la montaña, pasando por el parking del hotel. Era un sitio cómodo, discreto y aunque no

tenía grandes lujos, ofrecía un clima hogareño y acogedor, con buen trato, estos factores hacían que el lugar fuese muy bien valorado por Juan. Juan y Kevin estuvieron hablando largo y tendido sobre lo ocurrido a lo largo del día. El hombre le contó su conversación mantenida con su hijo varios minutos antes y también se interesó por los estudios del joven. Los tres mantenían una conversación muy amena y divertida, influenciada por los ánimos, que les había suministrado hablar con Alex de nuevo y en parte también, por el alcohol del buen vino de la zona. Este caldo era proveniente de Anchorage, siendo elaborado con arándanos, grosellas y otras bayas combinados con miel, aderezando en esta ocasión la cena. En esos instantes, se oyó el fuerte ruido del motor de una moto, que en esos momentos estaba aparcando en el parking del hotel. Kevin reconoció al motorista se trataba de Steve. El hombre entró al hotel con el casco puesto, cuando estaba en medio del hall se giró en dirección al comedor, justo a la posición donde estaba Kevin. Estaba claro que lo había visto por la ventana del parking. El muchacho estaba sentado en una posición que permitía verle. Steve levantó la visera del casco y por unos instantes se quedó mirando fijamente a los ojos de Kevin en tono desafiante, a través de la puerta de cristal. - ¿Qué pasa muchacho?- preguntó Juan, viendo como Kevin se había quedado absorto. - Nada, no es nada.- respondió rápidamente dirigiendo la mirada a su interlocutor. - Pues parece como si hubieras visto un fantasma.- dijo sonriendo Sofía, mientras ella y Juan se giraban hacía el hall dirigiendo sus miradas hacía donde lo había hecho anteriormente Kevin, pero Steve ya había desaparecido de la escena.

Steve fue a llamar a Tom a su habitación para ir a cenar y tomar unas copas. A los pocos minutos Tom y Steve, ya sin el casco, pasaron de nuevo por recepción. Estos se fijaron en Kevin y sus acompañantes de forma rápida, mientras abandonaban el hotel. Acto seguido se subieron a la pick up del inuit y se fueron a toda velocidad dirección al pueblo. A los pocos minutos, estaban frente a su bar preferido de la zona, llamado Tequila Zone. Este bar era básicamente un cuchitril, frecuentado por la peor calaña del lugar y cuya especialidad eran los tequilas y la comida mexicana. Sobre la entrada, a unos metros sobre la puerta, se podía ver un cartel de neón. En él figuraba el nombre del establecimiento con la mitad de las letras fundidas, mostrando la dejadez del dueño. Los dos hombres aparcaron el coche enfrente del bar y entraron con paso decidido, abriendo las viejas puertas de madera, mientras estas emitían un chirrido, que alertaba de que alguien había entrado en el local. El interior de este antro tenía una superficie de unos doscientos metros cuadrados. El centro estaba presidido por una barra cuadrada, donde se servían las bebidas alcohólicas. A un lado de esta, se encontraba colocado un gran cactus verde amarillento de plástico, con la forma de un gran tenedor de tres púas, plantado sobre un macetero cuadrado también de pega. En el lado derecho del salón, había cuatro sucias mesas de madera, acompañadas con unos viejos bancos, haciendo la función de asientos. Sobre la vieja pared del fondo, se podían divisar la bandera de México junto a un gran sombrero de mariachi colgado de esta, sirviendo de decoración. De las antiguas vigas de madera roídas del techo, colgaban unas viejas guirnaldas luminosas. Esta era casi toda la luz del local, ampliada tan solo con dos pequeños focos colgantes de color negro, perfectamente dirigidos sobre las mesas. La escasa luz de

estos, creaba un ambiente oscuro y lúgubre que disimulaba la ausencia de limpieza e higiene. El suelo estaba pegajoso, como si no se hubiera limpiado en días y empezaba a desprender un olor desagradable. Este proceso se aceleraba con el calor que proporcionaba un antiguo fogón, situado en la parte izquierda del local. A un lado de este, en dirección hacia el fondo del local, había dos viejas puertas separadas por dos metros de distancia. En la primera había colgado un letrero escrito a mano, donde decía WC, en la segunda otro viejo letrero alertaba que se trataba de la cocina. Steve y Tom se acercaron a la barra mientras sus botas se iban pegando al suelo en cada paso que daban, emitiendo ese sonido tan característico y desagradable. En la barra se encontraban cuatro pescadores borrachos sin trabajo, hablando entre ellos de su mal fario, ya que no habían conseguido enrolarse en el último pesquero de la zona. - ¡Joder Osvaldo! ¡Esto cada día está más sucio!- dijo Steve con cara de asco al dueño del local, señalando al suelo. - ¡Ay Pendejo! Si no fuerais tan guarros sólo tendría que fregar una vez al mes.- respondió el aludido, sonriendo con un fuerte acento mejicano en forma jocosa. Osvaldo era un hombre de unos cincuenta y cinco años. De procedencia mejicana, cumplía el arquetipo típico puramente físico de los habitantes de ese país medio siglo atrás. Era bajito, de tez morena, con grandes cejas sobre unos vivarachos ojos de color azabache y un gran bigote muy tupido al estilo de Pancho Villa. El pelo lo tenía corto y teñido de negro, con las canas marcadas en la raíz del cabello de las sienes. La gente siempre se preguntaba, como unos mejicanos se podían haber adaptado a un clima tan frío. - Jaja. Tu siempre tan gracioso- agregó Tom riendo a carcajadas por el humor del mejicano. - ¿Qué os pongo?- preguntó Osvaldo.

- Nos vas a poner un par de cervezas grandes y unos burritos con salsa bien picante, como siempre- respondió Steve. - OK, ahorita mismo os pongo las cervezas. A los burritos les costará algo más de tiempo. ¿Os apetece cenar en la mesa? - propuso el mejicano. - Sí, vamos a esa.- dijo Tom, mientras los dos hombres se dirigían a la mesa más oscura y alejada de la gente. - Le he preguntado a Jack en el coche camino de vuelta, que le parecía volver ahí abajo mañana a por Alex.- contó Tom mirando a Steve fijamente. - ¿Y qué te ha dicho? - No mucho, parece que estaba preocupado. Sobre todo por el tema del combustible y el rendimiento de las motos con esas cuestas y el calor que hace ahí abajo. - ¡Es que no deberíamos volver ahí abajo! Seguro que hay una forma más rápida de llegar, tal vez podríamos comprobarlo, si pusiéramos en funcionamiento ese artilugio.dijo enfado. - Ya, seguro que sí. Pero por otro lado Peter tiene razón, desconocemos totalmente el fin de todo esto y la misión principal es rescatar a Alex.- argumentó Tom. En estos momentos llegaba Osvaldo, cargado con dos jarras de un litro de cerveza bien fría, dejándoselas en la mesa y ofreciéndoles un pequeño platito, con una exigua cantidad de cacahuetes fritos cortesía de la casa. - ¡Gracias! - dijo rápidamente Steve. - ¡No hay de qué! - respondió el tabernero volviendo a la barra. - ¡Entiendo vuestro punto de vista! Pero no he llegado aquí de casualidad. Quiero decir, que desde que encontré la estatuilla, he tenido sueños y revelaciones que me han llevado, mejor dicho nos han llevado a este gran descubrimiento. Soy un elegido. - explicó Steve endiosándose.

- ¿Quieres decir que llevas casi treinta años teniendo revelaciones sobre este lugar por la estatuilla? ¡Guau!- dijo Tom mientras Steve asentía. - Mañana bajaré ahí, pero no con Jack, tengo un plan mejor. - explicó brevemente. - ¿Qué vas a bajar sólo? En estos momentos llegaba Laura, la atractiva mujer de Osvaldo con la comida en una bandeja. Era más joven que su marido, de unos treinta y cinco años y también de origen mejicano. Atractiva, de suaves facciones y cálida mirada, con un moderno y atrevido flequillo culminado por una bella y larga melena de pelo negro y lacio. Su sonrisa mostraba una dentadura perfecta y blanca, parecía la antítesis de su marido. La camarera llevaba un vestidito de color rosa pálido, este era corto, ajustado al culo y con un gran escote que dejaba entrever gran parte de sus grandes pechos. En esos instantes, se dobló para dejar la bandeja sobre la mesa y repartir los platos con los burritos, que iban acompañados de un cuenco de barro con la picante salsa para servir al gusto. Tom no apartó la vista del canalillo de la mujer, que lo estaba poniendo a mil, situación que se llevaba repitiendo, desde que comenzó la excavación hace meses. - ¡Que aproveche chicos! - dijo la mujer con suavidad y acompañándola de una sonrisa. - Gracias guapísima- respondió Tom sonriéndole. - A vosotros.- dijo la mujer, mientras se alejaba contoneando sus bonitas caderas hacía la cocina. - Oye. ¿Esta noche iremos a ver a nuestras amigas?preguntó Tom rápidamente excitado por la camarera, olvidando así, su pregunta anterior que quedó en el aire. - No, no estoy de humor tío. Esta noche beberemos, si quieres puedes ir tú - dijo serio, añadiendo más salsa picante, a la que ya de por si llevaba la comida.

Los dos hombres engulleron rápidamente los burritos, con largos tragos de sus cervezas, ya que el picante y la pesada comida propiciaban la ingesta de líquidos. A los pocos minutos, dejaron vacías las grandes jarras. Eran las diez y media de la noche. Los dos buenos amigos y compañeros de parranda iban a empezar con su tradicional borrachera nocturna. Aunque esa noche iba a ser más corta de lo normal, por la importante misión que tenía Steve por la mañana. - ¡Osvaldo! ¡Dos Tequilas!- gritó Steve al encargado. - ¡Marchando!- dijo el mejicano. El alegre tabernero se acercó a la mesa con una bandeja metálica, en la que llevaba las bebidas que dejó en la mesa y a continuación recogió los platos sucios con los restos de la comida, mientras los dos hombres lo observaban en silencio. Tras varias rondas de copas, eran casi las doce de la noche. Los dos hombres habían saturado e intoxicado su organismo con grandes cantidades de alcohol etílico, que debido a su rápida ingesta, les condujo a otra de sus habituales borracheras nocturnas. A esas horas se cerraba la cocina, que había dejado de servir comida hace media hora. Tras limpiarla, Laura se acercó a la barra y se puso a hablar con un conocido que estaba tomando unas copas. Steve quería otra ronda y Tom tenía que pedir. Este se giró y vio que Laura estaba en la barra, motivo por el cual enloqueció cuan verraco dejándose llevar totalmente por sus instintos y gritó: - ¡Dos tequilas más! ¡Pero que los traiga Laurita!Laura, Osvaldo y el resto del bar miraron a Tom. Steve se quedó mirando a su compañero perplejo y empezó a reírse a carcajadas, al mismo tiempo que se dejaba caer hacía atrás todo lo que le permitía el incomodo asiento. Tom empezó a reírse también, contagiado por su amigo, el resto del bar no hizo caso, viendo que estaban completamente borrachos. En

un par de minutos se acercó Osvaldo, con una bandeja metálica llevando vasos vacíos y los dos tequillas. Al percatarse Tom le dio un rápido manotazo, tirando así todos los vasos con la bandeja al suelo, creando un enorme estropicio acompañado de un gran ruido, que hizo dirigir de nuevo todas las miradas hacía los dos borrachos. -¿Qué te pasa pendejo? ¿No sabes beber?- preguntó enfado el tabernero mejicano. - ¡He dicho que lo traiga Laurita!- agregó rápidamente Tom, trabándosele la lengua y levantando la mano en gesto de desagrado. -¡Oye mamarracho esquimal! ¡No ves que está hablando conmigo!- dijo un corpulento hombre, mientras se levantaba y se dirigía hacía Tom. Al inuit le enfurecía que le llamarán esquimal y más aun, proveniente de lo que parecía un competidor por la atención de Laura. El hombre corpulento parecía un ruso de dos metros. Era rubio con una cuidada perilla y musculoso. Este llegó a la altura de Tom y Steve y les dijo: - ¡Porque no pagáis y os vais a dormir pareja de maricones! - Creo que el que se va a ir a dormir eres tú.- respondió Steve con una mirada asesina. Al decir esta frase, el gran hombre empezó a reírse a carcajadas. Tom ya no pudo más y se levanto rápidamente, a la vez que lanzaba su brazo izquierdo, para propinar un puñetazo en la cara de su rival. Este bloqueó su errático ataque sin mucho esfuerzo y le respondió con un fuerte y certero golpe al hígado, que hizo caer a Tom inmediatamente al suelo, retorciéndose de dolor. A todo esto, Steve se había levantado y cuando el hombre se giró hacía él, este recibió un puñetazo certero en el ojo. El gran hombre emitió un grito de dolor, mientras se llevaba las manos a la cara.

A los pocos segundos apartó las manos de su rostro, dejando ver como su ojo derecho estaba completamente morado e hinchado, por los efectos del golpe recibido. El hombre enfurecido iba a golpear a Steve con todas sus fuerzas, cuando vio que este repentinamente sacó una pequeña arma de su pantalón. Rápidamente levantó las manos asustado y les pidió perdón implorándole por su vida. De repente llegó Tom corriendo por detrás con una botella de tequila vacía, estaba fuera de sí y lo golpeó con todas sus fuerzas, estrellando la botella en la cabeza del anulado individuo. El fuerte impacto hizo trizas el duro recipiente, provocando que el hombre cayera instantáneamente sin conocimiento al suelo. Al segundo de caer, la sangre empezó a brotar abundantemente, por la gran brecha que se hacía patente en la cabeza del maltrecho grandullón. Laura empezó a gritar de miedo por la imagen y Osvaldo y el resto de hombres les pedían que se fueran. Steve sacó su elegante cartera de piel con la mano izquierda, mientras con la derecha sostenía el arma en busca de algún valiente. Sacó dos grandes billetes con la imagen de Benjamin Franklin y los dejó sobre la mesa diciendo: - ¡Por las molestias ocasionadas! ¡Vámonos Tuki! - dijo rápidamente Steve con el arma en la mano. Tom salió corriendo del bar secundado por Steve, al mismo tiempo apuntaba al resto de hombres protegiendo su huída. Se montaron rápidamente en el coche y abandonaron el lugar quemando gomas en dirección al hotel.