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La contraparte Verde era el paisaje, el agua del mes de mayo tenía la sabana floreada y en su respirar se olía el mastranto y la bosta

de la vaca. Las espigas del maíz alcanzaban los dos metros de largo, brillando con la manilata de sol que pegaba por las tardes en la hacienda “El Matorral”. En la extensa sabana de Carabobo, soploneaba el viento que acariciaba la enormidad del llano, a lo lejos se veía la gran casa de la hacienda, de una estructura esplendorosa, con largas columnas como bases, e infinitos detalles a los costados que realzaban el abolengo de sus antiguos dueños. La casa se encontraba justo en la cima de la colina, donde se pierde la mirada con el horizonte, en el preciso momento en que el ojo no alcanza a detallar donde termina la tierra y donde comienza la inmensidad del cielo. En los tiempos de la colonia la hacienda había pertenecido a la familia Tovar, que por más de trescientos años se habían adueñado de las tierras donde quedaba “El Matorral”. Nada parecía cambiar la suerte de la noble familia. Pero todo el país se hallaba revuelto en constantes revoluciones. Eleodoro Benítez, quien se encontraba fuera de Venezuela, elaboró un plan para apoderarse de la hacienda que anteriormente llevaba el nombre de “La Casona”. Todo esto lo consiguió mediante una artimaña que aplicó con su compadre Nicolás, apoderándose de la hacienda una vez consumara la revolución independentista de 1810. El trámite fue sencillo, Nicolás, compadre de Eleodoro, ocupó importantes cargos dentro de la Junta Suprema de Caracas, era conocido por los estudios de jurisprudencia que había realizado en Europa; y por su amplia militancia que tenía con la lucha independentista de Venezuela. A raíz de esto, solo le bastó mover unos

contactos que tenía dentro de la Junta, logrando sin mayores inconvenientes poner la hacienda en nombre de la familia Benítez. Don Eliodoro, como todo el mundo lo conocía en el pueblo, se había formado políticamente en su estadía en Europa, bajo la corriente ideológica anarquista. A los 8 años, huérfano por causa de la guerra, tuvo que emprender su viaje a Francia. Allá lo recibió la Marsellesa Gertrudis, una delgada anciana no mayor de ochenta años, sumamente reconocida como una de las más altas figuras de la sociedad. Hace muchos años, antes de nacer Eleodoro, Gertrudis, había tenido amores indebidos con su padre, por eso, al recibir la noticia de que iba a Francia, lo recibió como a un hijo. Ella le enseño todo lo correspondiente a las letras y a las bellas artes, además, lo formó y lo orientó en la importancia que debía poseer como un hombre integral, educado bajo las teorías sociales más igualitarias, más humanísticas, y en fin, le arraigó fuertemente una conciencia de clases bajo los ideales del anarquismo y bajo el fervor de la Ilustración francesa. Durante muchos años Eleodoro se codeo con la alta sociedad parisina, aprendiendo sus costumbres y sus gustos refinados -cosa que ha éste no le importaba en lo absoluto- lo hacía más bien para poder camuflajiarse y pasar desapercibido frente a la ley. La parafernalia tenía un objetivo máximo: poder regresar a su país de la manera más segura posible, sin averiguaciones ni nada. Añagazas aprendidas bajo la tutela de la Marsellesa. Más allá de todo el lujo que pudiera mostrar, no había nada más que le espabilara el sueño a Eleodoro, que los cambios sociales que se producían en la ciudad, e incluso, gracias al notable poder que fue adquiriendo, logró formar parte del grupo de redactores oficiales de los manuscritos que se elaboraban en la Revolución Francesa, siendo apodado como el écrivain.

Bajo el lujo de la nobleza y de las buenas costumbres, el joven Eleodoro se convirtió en un asiduo lector de los grandes clásicos de literatura universal e íntimo compañero de los intelectuales de la época. Así se fue formando bajo los consejos de Coto Paul, un famoso personaje catalogado como el primer anarquista venezolano, y como el máximo dirigente organizativo de la Toma de la Bastilla. También compartió con Thomas Cochrane, un gran político radical, oficial de la naval británica, apodado como el “lobo de los mares”. Se sabía que su reputación era tal, que se consideraba el capitán británico más audaz y exitoso de las guerras de la revolución francesa. l'écrivain, como le decían en francés, comenzó a descubrir los secretos del amor. Su vida había comenzado a tener otra pasión a parte de su militancia política. Viéndose atormentado por los encantos de Alexandra Armando, una bella joven de origen italiano que le robó el corazón de inmediato. Se enredaron en un amor pasional muy intenso. Ella estaba admirada por ese acento con que hablaba, ese acento raro que salía de su boca cuando pronunciaba las palabras en francés, cosa que hacía mucha gracia a Alexandra. En cambio él, admiraba su forma de mirar, le recordaba mucho a la Terrebilitá de Miguel Ángel Buonarroti, esas grandes facciones que demostraban una gran fuerza potente de agresividad, dureza y pasión, pero a la vez ternura y encanto. Su regreso a Venezuela fue de manera clandestina, por contactos con el Coronel Cochrane, lograron entrar en un buque de la armada española sin ningún tipo de problema. El amor de Eleodoro y Alexandra había dado fruto al pequeño Miguelito, un gran domador de fieras y aventuras –esta era la forma en que se presentaba el niño a todos los nuevos conocidos- en el barco miguelito se vino acompañado de sus dos perros: Olafo, un sabueso nacido para la cacería, muy habilidoso y entretenido compañero; y Purpurina, la guardiana acérrima del joven.

Se vivían los tiempos de la Tercera República, todo el país se mantenía en constante conspiraciones de bando y bando. Mediante cartas, Eleodoro Benítez mantuvo relación con su compañero de infancia Bonifacio, un negro malicioso, que lo que tenía de negro lo tenía de tramposo, pero muy bondadoso y con un gran alma caritativa, siempre respetuoso y fiel defensor de los más necesitados. Una tarde, ya instaurados en “El Matorral”, la pequeña familia ve desfilar un caballo que atravesaba la sabana. Emocionado por ver a su antiguo amigo le gritó: Negro tenias que ser, hijo de africanos esclavos y heredero de todas éstas tierras que pronto libertara Bolívar y el ejército patriota. Y prosiguió. Te hablo a ti negro desalmado. ¿o no le vas a responder a tu compañero de infancia? ¡Guá! Pero si es el mismísimo Eleodoro, nacío y criao en éstas llanuras y que ahora en el pueblo le dicen dizque Don Eleodoro. ¡Carajo! ¿Pero cómo es que ya sabías que estaba por estas tierras y no habías venido a visitar? Bueno Don Eleodoro, usted sabe que si uno no trabaja no tiene pa´ come después. Deja de decirme Don Eliodoro. Bájate de ese caballo, dame un abrazo y ven a conocer a mi señora y al pequeño miguelito. Te van a encantar. Ese día, Azabache, como le decían a Bonifacio, se quedó a dormir en la hacienda. Allí pudo conocer a la familia de su amigo de infancia, el cual estaba muy cambiado, muy delgado, con largos bigotes al mejor estilo francés, ropa fina y elegantes –Azabache siempre lo había recordado como una persona gorda- Eleodoro le contó todo a su gran amigo sobre su estadía en Europa, los lugares donde vivió, los países que había visitado, las personas con quien se rodeo, la importancia del enriquecimiento

intelectual y de los avances que había llevado la Revolución Francesa a toda Europa y el mundo. Al finalizar la noche, cuando ya la mujer y el pequeño dormían, Azabache le dice a Eleodoro: A Bolívar le está hirviendo la sangre y está arrecho. Dicen que cuando está molesto se pone más creativo, más estratégico y más organizador. Pero yo no creo eso Eleodoro, más bien siento que el pobre ha llevado tanto palo, desbarajustes y traiciones que todos sus errores los ha ido dejando atrás y ha empezado a tener más confianza en sus verdaderos fieles. De verdaíta que así ha sido, yo que he estado con él en batallas, respirando el mismo miedo, y llenándonos de la misma sangre me he podido dar cuenta. Usted sabe como soy yo de observador. Ja ja ja ¿no se te ha quitado esa costumbre no? Como dicen: el zorro pierde el pelo, pero no la maña. Con un gesto agradable y sonriente continua Azabache. Así es, pero como le decía, al parecer tiene una idea muy grande. Dizque unir varios territorios en una sola Nación. Colombia es el nombre que le quiere poner. Si. Con el poco tiempo que llevo aquí me he podido enterar. Bolívar me dijo que organizara a toa esta gente y en eso ando. Yo quiero que tú te incorpores Eleodoro. Pero allá, en la ciudad, donde podamos tener mediitos a los rancios españoles y ¡boom! darle la estocada final. Yo no pienso irme a la ciudad Azabache, y mi señora tampoco. ¿Y te vas a quedar aquí entonces? ¿sin hace na? Por supuesto que no. Me voy a sumar al ejército de Bolívar Los ojos se le pelaron a Azabache.

Pasaron los años. La República de Colombia era un hecho. Eleodoro y Azabache mantenían cercana relación, este último se había quedado encargado de la haciendo, cuidando a la familia y organizando a los campesinos, mientras que el otro se mantenía en las filas del ejército libertador. El pequeño Miguelito ya era un adolescente, formado bajo los ideales patriotas que le inculco Azabache. Se hizo un gran conocedor del llano carabobeño, el baquiano predilecto de las estrategias militares que aplicaba el negro Azabache. De esta manera se le cumplió el sueño a Miguel: ahora si se convirtió en un verdadero aventurero y en un gran domador de fieras. No había quien le ganara en esas sabanas. Un día, muy temprano en la mañana, a lo lejos, se veía el polvo que se levantaba de la inmensa tropa de caballos que se acercaban en dirección al “Matorral”. Miguel estaba emocionado, sabía que era su padre. Al llegar la tropa que comandaba su papaíto –como le decía de niño-, salió corriendo y gritando: ¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!. Se le lanzó en los brazos, sin percatarse que a su alrededor estaban Bolívar, Páez, el Negro Primero, Bermúdez, Cedeño, Plazas, Paula Vélez, Anzoátegui, y todo el alto mando militar que conformaba el ejército patriota. La algarabía era total. La hacienda se convirtió en una grandísima fiesta, con varias terneras llevando candela y con unas buenas botellas de aguardiente, se fue despertando el espíritu gozoso que llevaban oculto durante varios meses los integrantes del ejército. Pasaron una noche agradable al sonido del arpa, el cuatro y las maracas. El pueblo se avecindo a la fiesta y el apoyo a los patriotas se encontraba en su máximo apogeo. Se podía respirar el triunfo de la Revolución. En medio de la euforia el Capitán Eleodoro Benítez mandó a parar la música y exclamó:

-Compatriota, es un honor, que hoy veintitrés de junio del año 11 de la República, estemos aquí reunidos compartiendo en “El Matorral”. Ésta hacienda, que seguramente, pasará a la historia el día de mañana, una vez que jodamos al ejército realista, como la hacienda donde se consagró la Campaña de Carabobo –todos los asistentes gritaban enaltecidos- es importante decirles, que la revolución libertadora se va a extender por todos los rincones de la patria y la llamarada seguirá viva y glorificada por todos los países donde el imperio español haya puesto sus huellas colonizadoras y evangelizadoras. Aprovecho de comentarles que la hora de la revolución ha sonado en todos los relojes, mañana es nuestro gran día, mañana daremos por concluida ésta Campaña de Carabobo, ésta gesta heroica, que por más de un mes, hemos venido batallando, conspirando, luchando, arriesgando nuestras vidas, pero todo con la fiel convicción de liberar la patria del yugo español. Un Bolívar ya borracho, saltó de la emoción y gritó eufórico: El camino emancipador se hace desde lo cotidiano. La verdadera transformación de nuestro país viene en camino. Mañana solo daremos la estocada final, por como soplan los vientos, no más de una hora estaremos en combate. Confío en los lanceros de Páez y en el batallón de Benítez, que lograremos la victoria, porque mañana será el día de la Patria. Conquistaremos la batalla más importante que ha tenido nuestra historia republicana. ¡Por la América unida! ¡Viva! ¡Por la patria grande! ¡Viva! ¡Por la independencia! ¡Viva!

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¡Por los caídos en combates! ¡Viva! ¡Y por la libertad de los pueblos y de la patria! ¡Que viva! Al acabar la fiesta, la noche estuvo tranquila, taciturna, con la brisa soploneando en el silencio cómplice de los almendrones que cobijaban la sabana. Solo había que esperar la hora del alba para saltar en el trampolín de los sueños y conquistar la victoria. Bolívar no se equivocó, fue el día de la patria. En el campo de Carabobo la batalla fue corta. No más de una hora duró el enfrentamiento. Pocos fueron los muertos de bando y bando. Páez y Benítez se encargaron de la estocada final, como lo dijo Bolívar. La retirada de los realistas fue hacia la costa, buscando el Puerto Cabello. Solo un pequeño grupo aturdido por la ejecución perfecta de la estrategia patriota, cogió hacia los lados de la hacienda “El Matorral”, presagiando su muerte segura. Por extraña razones del destino, dos importantes bajas ocurrieron en el campo de batalla por parte de los patriotas; uno fue el Negro Primero, y el otro, el Negro Azabache. Definitivamente no era el día para los negros patriotas. El grupo realista que escapaba en dirección al llano de Carabobo, se encontró con la hacienda prácticamente desolada. Con las armas en las manos, deciden entrar para tomar agua y comer algo. Una vez dentro de la casa, son sorprendidos por una mujer y un muchacho, los cuales no se habían percatado de su presencia. Inmediatamente disparan sobre ellos y salen huyendo con las provisiones necesarias. Tampoco era el día para Eleodoro Benítez, que no sabía lo que se le venía cuando llegara a la hacienda “El Matorral”.

Miguel Torrealba