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La educación

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J. Imberno – COMPOSICIÓN - J. AÑORGA/304-306)

El cultivo de la inteligencia humana ha sido considerado siempre como una de los asuntos más importantes de la sociedad. De aquí nace, que la educación, la cual tiene por objeto el desarrollo de las facultades intelectuales y morales, es una materia que exige la seria atención y el sostén más liberal de parte de todos los individuos de la comunidad. Un padre reconoce que su hijo es un ente racional, dotado de facultades susceptibles de desarrollar en un alto grado de cultura, y está convencido al mismo tiempo de que la felicidad del hijo aumentará considerablemente con el adelanto de semejantes facultades, por estos motivos deberá prestar especial atención a este asunto. Sabemos que desde los tiempos más remotos dondequiera que se ha gozado de los medios de proporcionarse la educación, pocos han dejado de aprovecharse de sus ventajas. Los griegos y los romanos, entre quienes brillaron tantos prodigios no sólo en la literatura, sino también en la vida civil y militar y en las artes, atendían muy particularmente la educación de sus hijos, la cual iniciaban desde su nacimiento. Los niños en Esparta eran arrebatados a los padres desde muy corta edad y educados a costa de la República. Actualmente se presta una atención no menor a un asunto tan importante; aunque los sistemas y métodos de educación adoptados, difieren en muchos puntos de los que se practicaban en la antigüedad. La rígida disciplina que prevalece entre los espartanos, griegos y romanos se ha tornado en un régimen más indulgente; pero si esta rigidez hermanada como estaba con una instrucción metódica, tenía o no una tendencia benéfica, es una cuestión que aún no está enteramente decidida. Mas, a pesar de cuanto puedan diferir los antiguos y los modernos en lo que respecta al modo de ejercer la disciplina y comunicar la instrucción, el asunto que nos ocupa ha recibido en todas las naciones, y en todas las épocas, aquella atención que demanda su importancia. Grandes beneficios se derivan de la promoción de este importante asunto. Los conocimientos adquiridos por una parte del mundo han sido transmitidos a otros sin distinción de distancias ni diversidad de edades. El círculo de los goces humanos se ha extendido, y se ha abierto un ancho campo que proporciona el goce de la suma felicidad de que es susceptible nuestra naturaleza, independientemente de los pesares y desgracias comunes de la vida. Pero nada puede mostrar más evidentemente las ventajas de la educación que un contraste con las desventajas que resultan de la falta de ella. Una persona que ha sido bien educada, tiene su espíritu y su cuerpo tan cultivados y mejorados, que sus defectos naturales desaparecen, y sus bellezas colocadas bajo tan hermosa luz, nos impresionan doblemente; mientras que uno que no haya gozado de semejantes ventajas, tiene patentes todas sus imperfecciones naturales, añadiéndose a estas otras artificiales ocasionadas por los malos hábitos. El primero atrae la atención de aquellos con quienes conversa por el buen sentido que muestra en las materias tratadas y por el modo agradable de exponerlas. El otro disgusta a todas las personas en cuya sociedad se presenta, ya por su total silencio y estupidez, o por la ignorancia e impertinencia de sus observaciones. El uno se hace conocer de sus superiores, y adelanta hacia un rango social más elevado. El otro está obligado a representar un papel inferior entre sus iguales en fortuna, y a veces se ve forzado a buscar refugio para su ignorancia en las clases más bajas del género humano. Por motivo de todas las consideraciones expuestas debemos colocar la causa de la educación entre los intereses más vitales de la Humanidad. El destruirla o apagarla, producirá una oscuridad en el mundo moral, semejante a la que ocasionaría la aniquilación del sol en el material. Todos los esfuerzos que se hagan para adelantarla y promoverla nunca serán excesivos; ya que ella es, sin duda, la clave del éxito y de la felicidad.