EDITORIAL

Locura: “Infortunio de una mente retorcida…”
“Tengo miedo de que al entrar en ese lugar y las puertas se cierren detrás de mí, me sienta como en casa” Batman Arkham Asylum

¿C

ómo distinguir a la razón de la locura? Lo que para unos puede representar cotidianeidad, para otros resulta ser inaudito. Creemos que la locura es una suerte desdichada o fortuna adversa que al final de todo, solo desea decir la verdad. Reconocer la miseria que nos rodea, identificar flaquezas y tener la incapacidad de raciocinio con el único fin que todo mortal persigue, ya sea consciente o inconsciente en su capacidad de realizarla. Nuestro juego de palabras alude a textos que nos priven de todo juicio, imágenes que denoten acciones de carácter anómalo, distinguir lo real de lo irreal. Despertar del letargo en el que cada uno nos encontramos…

Revista Literaria INFAME: Placer consumado en letras… (Registro en trámite), es un proyecto editorial independiente de publicación trimestral. Las obras que la conforman son propiedad intelectual de cada autor. Año 1, Cuarto Número (Junio, Julio y Agosto del 2012)

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DIRECTORIO
Director general/ Editor L. Oliver Miranda Charles Arte y Diseño Rebeca A. Ramírez Daniel Macouzet Iturbe Jefe de redacción Leticia Emilia Maldonado Sánchez Dictaminador/ Escritor Alejandro Volta Fotografía Mariana Berenice Chávez Carreño Relaciones Públicas Arlette Rubí López

Colaboradores
Texto: Bruno Gutiérrez, Claudia G, Daniel Luna Sánchez, Diana Beláustegui, Héctor Sebastián Medina Serrano, Jesús E. Morales Legorreta, Mario Ramírez Monroy, Miguel Antonio Lupián Soto, Oscar David Díaz Zuleta, Rafael Rivera González, Sara Vjëin,Sergio Alonso López Guzmán. Fotografía: Francisco Enríquez Muñoz, Gabriela Mena, Guadalupe Estefanía Romero Vigueras, Jimena Martínez Toro, Sausi Rhi. Ilustraciones: Daniel Luna Sánchez, Karen Nava Martínez.

Portada
Ilustración de Adrian Ghenie. Título de obra (serie) Galeria Plan B Pie Fight Study 2

Contacto
revista.infames@gmail.com /RevistaInfame revistaliterariainfame.blogspot.mx

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INDICE
6 Los harapos blancos
Claussen Marroquín

7 Cicatriz de ternura
Alonso López

8 Mi no querido diario
Mario Ramírez Monroy

10 Locura a flor de piel
Jesús E. Morales

14 Mi dulce acompañante
Héctor Sebastián Medina

17 Don´t mess up with mercury
Rafael Rivera González

18 Declaración
Sara Vjëin

24 Voyeur 28 La cena

Diana Beláustegui.

31 El pájaro
Letchuzeé

32 Acordes lenitivos 34 El ojo
Miguel Antonio Lupián Soto

38 La abuela
Bruno Gutiérrez

40 El evangelio segun...

Claussen Marroquín

Duermo con el cordón umbilical enredado tres veces en mi cuello, chupo mi pulgar todas las noches hasta llagarlo para poder dormir, duermo lentamente como si no hubiera mañana. No hay mañana, solo un ayer lleno de líneas y grietas, gritos sordos de arañas invisibles y bebés muertos… Quiero despertar y la mano del diablo me lo impide. Y bajo profundo, al lugar de las almas rotas, las que vagan en harapos blancos y costras en el rostro, con el cabello enmarañado y los piojos alados carcomiendo sus cráneos. Grito, pero la mano de dios me tapa la boca.

Cicatriz de ternura
Alonso López.

E

Los harapos blancos

El cordón umbilical sigue enredado en mi cuello, me asfixia, me tortura, agito mi cuerpo y duele. Abro mis ojos y puedo ver el inmenso valle de hielo en el que se ha convertido mi cerebro, mi aliento se congela y lo utilizó de espada para pelear la batalla de arcángeles contra arcángeles. Los demonios sonríen y masturban a las vírgenes con dedos pringosos. Esto sucede en aquel mundo de almas vestidas con harapos blancos, anuncios de neón, paredes de humo, de chocolate y nácar. Soy una niña azul y corro, soy una niña azul y busco lobo, leñador y un padre. Sale a mi encuentro la bestia profunda, pasa la lengua por mi nuca. Mi piel se convierte en erizo y las sustancias de colores inundan mis venas hinchadas. Los gritos de las almas vestidas con harapos blancos inundan el lugar, me balanceo de un lado a otro con parsimonia mientras el cordón umbilical se convierte en un lazo de cera. Grito y vuelvo a dormir.

l pequeño Rodrigo jugaba con sus carritos en la habitación que hace unos meses compartía con su hermana. Lo único que quedó, fueron unos cuantos juguetes que adornaron la alcoba. El niño levantó su rostro para ver a alguien que le molestó con su presencia; detestó que lo observaba sin parpadear. -¡Deja de verme! –exigió el pequeño. A pesar de sus grandes orejas no hizo el menor caso y siguió mirándolo. -Deja de observarme –pidió otra vez el niño de ocho años. Nada pasó. Soltó sus carritos para levantarse del suelo y retar a su acechador, demostrando su odio. No temió aquello, lo miraba con una sonrisa tierna y ocasionó que el infante olvidara su inocencia. Rodrigo se acercó al observador, lo agarró del brazo peludo para amenazarlo: -¡Basta, te lo advierto! –gritó. Pero, seguía con una sonrisa perfecta. El chico tomó con violencia la cabeza de su presa y la arrancó con todas sus fuerzas; el cuarto se había llenado de sangre blanca. El pobre osito de felpa podía llorar, pero no tenía como hacerlo. El psicópata arrojó el cuerpo dejando la cabeza en su poder, vio el rostro triste del muerto. No se sentía satisfecho con lo ocurrido, tomó con sus deditos los ojos de botón negro y se los quitó con gran facilidad; los hilos del juguete se movieron un poco por la ausencia de los ojos. El pequeño había pateado la cabecita hacia la cama que se llenó de algodón, como si fuera una marca de guerra. El juguete dejó de sonreír, lo que quedó de él fue una cicatriz de ternura… Rodrigo vio con inocencia los botones y los aventó hacia el pequeño escritorio de la recámara, con eso conoció a su futura presa que lo espiaba: una muñeca de su hermana, que le sonreía coquetamente.

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MI NO QUERIDO DIARIO
Mario Ramírez Monroy

Nadie me cree, piensan que todo lo imagino. No tiene caso que les diga que la anciana no me mira detrás de la ventana, sino desde el techo de su casa, como quisiera que Rufo se muriera. Así no tendría que llevarle de comer. DOMINGO 3 DE SEPTIEMBRE: A mí me da flojera ir a misa, pero ahora fui el primero en levantarme. Ayer la anciana se puso a bailar en la orilla del techo, parecía chango. Reía tan fuerte que hasta Rufo dejó de comer, y se fue a esconder a su casa. Tuve que tirar su comida para poder bajarme con la bandeja. Estuve rece y rece para que ya no se aparezca la anciana o para que se muera Rufo. MARTES 5 DE SEPTIEMBRE: Quisiera estar en mi cuarto y que Rufo viviera. No me gusta el hospital. Nunca me creen. Cuando subió mi papá no vio a la anciana que me estaba mordiendo el pie; no me creyó que se había aparecido en el techo y le echó la culpa a Rufo, hoy lo sacrificaron. Me dicen que me van a presentar a los nuevos vecinos, para que ya no les tenga miedo. Ahora sé que mis papás no me creen porque nunca me han querido, quieren que esa anciana me coma. Si ya no vuelvo a escribir más en este diario, será porque ya estaré muerto.
Ilustración: El palo de Golf. Autor: Letchuzeé

Yo no quería escribir. Para mí un diario es cosa de niñas, por eso cuando me lo regalaron lo tiré en mi cuarto. Pero ahora sólo así puedo decirle a alguien lo que pasa, porque ni mis amigos me creen. Ya no me gusta darle de comer a Rufo. Lo tenemos en el techo y mi mamá le hace de comer hasta la noche. Yo le he dicho que lo haga más temprano, pero dice que sólo en la noche tiene tiempo. También le he dicho que le dejemos la bandeja, pero dice que se pone a jugar con ella toda la noche, y el ruido no nos dejaría dormir. Por eso tengo que esperar hasta que termine, y a mí no me gusta cómo me mira la anciana de enfrente, está muy fea. Mi mamá me regaña por grosero. Dice que debo respetar a los ancianos y portarme bien con los nuevos vecinos. Pero de verdad está muy fea, siempre se está riendo y le tiemblan mucho los ojos. Y eso lo sé porque le brillan. JUEVES 31 DE AGOSTO: Una amiga me dijo que tenía que ponerle fecha a esto. Mamá sigue sin creerme. Dice que el brillo de los ojos es por el reflejo de los faroles en la ventana, que por eso se le ven así.

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LOCURA A FLOR DE PIEL
Jesús E. Morales

U

na vez más la zozobra interior no le permitió dormir, era la cuarta noche consecutiva sin pegar el ojo, la ansiedad abarcaba todos sus sentidos, miles de perniciosas ideas asaltaban su mente; además era algo que no podía confiarle a nadie, si lo hacía, corría el peligro de ser internada en el psiquiátrico de nuevo, eso era algo que no podría soportar, permanecer otra vez en ese pabellón viejo y gris con una luz falsa de día, que no le permitía ver el sol que desde niña disfrutaba mirar. No soportaba más estar bajo el efecto de las drogas, no hacían otra cosa más que aturdirle, abrumar sus pensamientos, pero de ningún modo descansar. Además no era sólo el insomnio, sino el estado crónico de miedo que nadie podría entender, estaba cansada de las miradas lascivas de los enfermeros, doctores y sus perturbados compañeros de manicomio. Así que no podía darse el lujo de volver a reclusión al vetusto hospital psiquiátrico, ella no se consideraba una loca como desde pequeña le llamaba su madre, siempre pensó que quiso ponerle ese sobrenombre, sólo porque no la comprendía. Flor supo desde pequeña que no había otra forma de ser, en algunos momentos se descubría hablando sola, en otras, sólo olvidaba ponerse alguna prenda o algo así, nada grave, ¿qué podría pasar? Flor nunca supo de alguien que muriera por no ponerse zapatos, sostén o no cambiarse las pantaletas; por esas pequeñeces la tildaban de loca, para ella era normal, existían casos realmente graves como lastimar a un niño, matar a un animal o cosas así. Tenía los ojos irritados, entintados de un rojizo intenso. Recordó entonces su estancia en el pabellón donde había estado recluida, algunos internos murmuraban sobre un duende que ponía vidrio molido en los ojos de la gente y luego el polvo se iba a la cajita de los sueños, donde existe el equilibrio, donde existe todo. El ruido de la puerta abriendose ahuyentó sus pensamientos. Era Concha, la sirvienta, aunque para Flor era como una segunda madre.

- Ya párate, Florecita- dijo Concha con mucho cariño. - Ya voy, Conchita, pero… ¿Te puedo contar un secreto? - Claro- dijo. - Ya sé porque no puedo dormir, es por el polvo en mi cajita de sueños -exclamó, señalando su cabeza- Yo creo que cuando estuve en el sanatorio, el Chaneque me hizo la travesura y puso ese polvo en mis ojos, por eso no duermo bien. Concha la escuchaba con mucha ternura. Derramó unas lágrimas discretas que le salían del alma. -Bueno, de todas formas es hora de levantarse. Te traje un té de tila, te va a hacer bien, anda tómatelo. Flor miró con tristeza la taza de plástico azul en la que Concha le servía. Todo lo que ella tomara debía ser en ese material, por seguridad e instrucciones de sus padres. Concha fue acercando una a una todas las cosas que Flor necesitaba para su arreglo personal: ropa, zapatos y el cepillo azul de plástico con el que la peinaba. -Ven, Florecita-dijo, señalando la silla que estaba cerca de la cama y que daba directo hacia la ventana. Acarició su pelo y comenzó a desenredar la maraña que tenía Flor en la cabeza, su cara estaba pálida y demacrada. -No has dormido nada ¿verdad mi niña?-dijo Concha con voz baja y llena de complicidad. Flor guardó silencio. -Trata de dormir aunque sea un poquito, si se da cuenta tu madre ya sabes lo que pasará. Las manos de Flor se volvieron un par de avispas inquietas, furiosas, punzantes, que comenzaron a dar fuertes pellizcos en los párpados y a repetir sin cesar la palabra, dormir, dormir, dormir, dormir, al tiempo que le sobrevino un temblor que invadió su joven cuerpo, simulando un trozo de gelatina a medio cuajar, enseguida comenzó a gritar: -¡No le digas!, ¡no le digas!, ¡no le digas!-Hasta que el grito se hizo más intenso.

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-No lo haré-dijo Concha, pasando con suavidad los dedos de ambas manos sobre su cabeza y susurrando un suave:- No pasará nada-, intentando contener los gritos de Flor, quien, como si fuese presa de un poderoso sedante, poco a poco se relajó, mas no dormía. Sin embargo, era demasiado tarde: los párpados se hincharon de inmediato por los fuertes pellizcos, la cara de Flor se convirtió en un retrato bizarro, imitación de alguna escena de terror, no había forma de no percatarse. Concha no hizo nada, pero conocía perfectamente el desolador desenlace y la pena embargó su paciente corazón. Sonó el teléfono y Concha corrió a contestar, era doña Bertha preguntando por Flor. -Sí, ajá, ajá, sí señora, claro-era todo lo que salía de su boca. Lo suficiente para que la madre de Flor comprendiese que su hija estaba una vez más en crisis, aunque el amor de Concha tratara de encubrirla, doña Bertha lo sabía, por lo tanto, haría lo que ya era una rutina en su casa. Concha presentía que lo que pasaría sería un golpe fortísimo para su pequeña Flor, quien al fin dormía. La miró tiernamente y los recuerdos se le agolparon en el corazón, recordó el día en que doña Bertha la trajo del sanatorio, envuelta como un tamal mal amarrado, con su cabecita blanca y sus ojos pegados; más que blanca, se veía transparente. Doña Bertha desde ese momento refunfuñaba de ella: -El parto fue horrible, Concha, horas y horas en parir a esta niñadijo la señora el día que entró a la casa. El tiempo perdió importancia y el trance fue roto por el ruido de un motor diferente al carro de la familia. Concha se asomó y vio estacionarse a una gran ambulancia y a un lado, el sedán de los señores de la casa. Los escuchó entrar hablando en voz baja, escuchó la suela de los zapatos al subir las escaleras y detenerse frente a la recámara de Flor. Concha comenzó a llorar sin disimulo, renuente a aceptar lo que veía venir. -¿Dónde está?- dijo doña Bertha, recordando las veces que Flor se escondía en los rincones, pero Concha ya moqueaba.

La escena fue conmovedora: Flor dormía, parecía anestesiada pero aún así, la fina piel que cubría sus ojos se veía muy lastimada y hacía un contraste siniestro con la hermosa melena y la ropa recién cambiada. Era tal el daño que se había infligido en los párpados que provocaron un leve y discreto hilo sanguinolento, pareciera que lloraba sangre. La voz de su madre era un registro guardado en la cajita de sueños de Flor que no anunciaba más que peligro, una alarma sonó en su cabeza y la levantó como impulsada por un resorte gigantesco. Al ver a los enfermeros y a su madre, Flor entró en un estado de pánico, volteó a mirar a Concha e imploró: -¡Conchita, Conchita! Dile que no me lleve, no quiero ir. Flor vio en total a cuatro extraños en su habitación, uno de ellos, parado en el claro de la puerta, dos más a sus flancos y uno, el que parecía venir a cargo, se acercaba copando las posibles salidas. A su espalda, sólo tenía la ventana. Todo sucedió en segundos, los hombres experimentados en el trato con gente inestable, intentaron convencerle de no resistirse. -¡¡No quiero, no quiero, tengo miedo!!-aullaba Flor. El día menguaba y el tránsito hacía la tarde, Flor, con mirada turbia y entumecida por los pellizcos, observó el sol de media tarde a través de su ventana y cerró los ojos. En instantes, recordó el pabellón de ingreso y su luz artificial, los médicos, los vasitos blancos de plástico usados para doparla con pastillas, la bata blanca que odiaba tanto, el vidrio molido en sus bellos ojos, las manos y miradas del personal psiquiátrico. Tomó un pequeño, pero fuerte impulso: se arrojó con fuerza por la ventana, no volvería al manicomio, ella no estaba loca, quería una vida, enamorarse, estremecerse, sonreír y sabía que ahí no lo lograría jamás. En su caída no parpadeó, el peso de su cuerpo cayó de lleno como un clavadista en una piscina vacía, su cráneo fue el primero en golpear el piso, su cuerpo, lánguido como muñeco de trapo lleno de aserrín, regado en el concreto. La Flor, simplemente se deshojó y pereció.

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MI DULCE ACOMPAÑANTE
Héctor Sebastián Medina

¿Qu

é soy? Mi pregunta de siempre. Con la que duermo. A la que desvisto. ¿Qué soy? La pregunta de todos. La que atraviesa cualquier conocimiento supremo o uno menor. Es superflua. Es todo y más. ¿Qué soy? Soy algo, una parte del universo. Sintiendo esto y aquello. Pensando en todo sin objetividad… Soy, soy un loco. Me atormenta la locura. Está aquí y está allá. Todo lo que no soy, está en contra de mi juicio. Lo peor es que no sé hasta qué parte soy yo. Las arañas de mi cuarto, tejiendo indiferentes, me espantan. El viento colado por la espalda, me viola. Mis manos inquietas, a veces de mi lado, otras en mi contra. Hasta mi vitalidad. Las neuronas, mis nervios, sangre corriendo, y esos ruidos de dentro. Tun-tun , no sé cuantas veces por segundo. Psss, psss oigo conexiones arriba, en mi cabeza. ¡Todo! Todo, es un conjunto perfecto. Se dedica a retorcerme, a humillarme, a gozarme, y peor, lo gozo. Entre éstos y aquellos, entre los más cercanos y los más alejados. Los que conozco y los que no. Hay una diferencia. Es simple. La diferencia entre ellos y yo; es que yo estoy loco y ellos lo ignoran. Habrá quien lo piense, pero sin suponer dimensiones, sin entender lo que es verdaderamente. También está quien es apuntado como tal, como el loco que es. Pero sin ser consciente, se entrega a las manos de ellos, de los mismos que lo tacharon como el bicho que es, y deja, sin oposición alguna, que lo curen -En el peor de los casos-. A final de cuentas, el único tachado, el único loco soy yo. Ellos han dispuesto de su vida.

De algo a lo que le llaman destino y, sin cuestionar, sin opinar, se entregan a ese puesto ridículo que ya los esperaba desde antes de haber nacido. ¿Qué soy? Nunca podría responderlo, ni siendo inmortal. Y doy gracias de no serlo, ya que si hay algo que realmente atesoro, es mi vida y mi muerte. Sin pensar en prioridades, porque en ocasiones he deseado la muerte más que a la vida. Díganme loco, ya lo sabía. Pero precisamente por eso algunas veces deseo la muerte, porque la desconozco. Si me detengo no es por miedo, porque he de aclarar que le temo a todo. Me detengo, por respeto a la vida y a lo que hay. Me detengo, porque algo a última instancia me maravilla con su vida, con su ser. Una persona, un atardecer. Los gatos y los vuelos también. Las serpientes, una roca. Y todo lo demás que no menciono, y no por eso deja de existir, y menos, de ser maravilloso. ¿Mencioné que le temo a todo? Por favor, no me digan miedoso, intento, en su debido tiempo, darle importancia a cada temor y afrontarlo, tan sólo afrontarlo. No siempre con éxito, pero siendo sincero, siempre con la intención y la esperanza de lograrlo en otro momento. Aun así, no es debido que me tachen, la locura va acompañada, por supuesto, de muchas y muy distintas cosas. Tanto favorables como desagradables.Todas exquisitas. Eso es subjetivo, pero somos dependientes de cada una. Aunque, hay algo importante que quiero agregar, hay dos cosas que hacen cambiar drásticamente cualquier situación. Me refiero al odio y el amor.

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Don’t mess up
Sin embargo, el odio proviene del amor, el maldito amor. Y es que el amor, es la definición de sublime como tal, una transformación bizarra de la locura. Esa jerarquía completa en la mente que tiene el amor, resguardada en una parte muy especial del cerebro, al lado de mi simpatía por las adicciones, o debo decir, oculta tras esa fortaleza de mis adicciones, para confundirme e interponerse en mí -Idiota- que en ocasiones me gusta investigar terrenos no propios. Es el amor una acidez escalofriante. Un estado en el que puedo controlarme menos, del que nunca he intentado escapar, pues siempre va a estar ahí, jugando con la locura, un juego que no entiendo, ni entenderé. ¿Qué soy? Una vez más. ¡Soy un loco en busca de no sé qué, en no sé dónde! Ése soy, el infame para ustedes. Deleitado por mi infortunio, y esperanzado de que no soy el único. Disfruto igual que los “normales” de los placeres de la vida -y no es mi mente retorcida o alguna perversión-, pero aún más, disfruto de cualquier cosa, hasta de las que nunca serían placer. El dolor, el amor. Las arañas de mi cuarto que me espantan. El viento que viola mi sensibilidad. Mis manos inquietas, mis neuronas, mis nervios, esos ruidos y sobre todo ese tun-tun, tun-tun imparable, infinito hasta la muerte. Hasta que me deleite con el placer del acto de la muerte. Hasta que tun-tun, tun-tun, tun-tun…

with mercury
Rafael Rivera González
En un artículo sobre las propiedades de algunos de los elementos que se publicó en el periódico dominical, un sombrerero descubrió la peligrosidad de su oficio, pero ese artículo no tenía sentido para él él, incluso el domingo en sí había perdido cualquier razón de ser a su parecer. -Su comportamiento no es para nada adecuado.- opinaba la familia del hombre. Irritable, hiperactivo, tímido, y con muy mala memoria era como se le describía. Poco a poco, el hombre se fue refugiando en su tienda de sombreros, donde ya tampoco nada tenía sentido, aunque él siguiera trabajando como loco. Su oficio constaba en dar un tratamiento especial con variados agentes a las pieles de conejo para convertirlas en sombreros. Primero las alisaba con nitrato de mercurio (lo cual les daba un tono mate), después las afeitaba y endurecía con una disolución hirviendo de ácido en agua. El negocio fue decayendo, la venta de sombreros ya no era buena. El hombre asustaba a la clientela, no era amable y solía gritar sin razón alguna, lucía desesperado todo el tiempo y a veces se infringía daño terriblemente. Un día llenó su cuerpo con mercurio, produciendo una terrible intoxicación y una horrible muerte para el sombrerero…
“Efectos del Mercurio sobre la salud: Se han observado trastornos neurológicos, de comportamiento en seres humanos tras inhalación de vapor de mercurio elemental. Algunos de los síntomas son: temblores, labilidad emocional, insomnio, pérdida de la memoria, cambios en el sistema neuromuscular y dolores de cabeza. Se han observado asimismo efectos en el riñón y la tiroides. Las exposiciones altas también han ocasionado mortalidad”.

Ilustración: Agosto 22. Autor: Karen Nava Martínez

Ésta era la advertencia de aquel periódico dominical.

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Sara Vjëin

M

e dijeron que tenía que poner por escrito los motivos de tan deleznable hecho, palabras pronunciadas con corrección, pero tan alejadas de la realidad en la cual se hallan inmersas. Calificar de deleznables mis acciones es algo tremendamente alejado de la realidad. Pero dado que quieren saber mis razones se las daré… a pesar mío, pues retomo el hábito de escribir -que en este caso me parece degradante, mi arte no necesita palabras-. Comencemos por la niñez, tal vez traten de hallar motivos que expliquen mis acciones, pero para su decepción lamento informarles que no hay rastro de insanidad. Crecí en un medio normal, lleno de libros y con un jardín amplísimo con rosales que arrobaban mi atención por tiempo indefinido. De esas primeras impresiones, lo que recuerdo con placer vívido es un libro con pinturas, ahí estaba El jardín de las delicias del Bosco. Para ser más exactos un detalle del tercer panel del tríptico, aquel donde hay un hombre que no tiene nada debajo de la cintura. Decir que esta imagen me impresionó con hondura, no describe con fidelidad la experiencia mística-artística que veía en esos ojos interrogantes volviéndose sobre su propio cuerpo pálido y mutilado. Súbito lampo que truncó mi concepción de realidad, hasta ese día. Desde entonces dibujaba a todas horas y con toda clase de materiales: crayolas, lápices, colores, acuarelas. En una ocasión estaba dibujando, cuando noté que habían caído unas gotas de sangre a la hoja; la textura y tonalidad de esas gotas provenientes de mi nariz fueron desde entonces un material recurrente en mis dibujos. Pronto descubrí que los coágulos de mi sangre nasal no respondían a mi convicción artística. Claro, era una niña, pero desde entonces intuía que debía regirme por principios inamovibles que respondieran a necesidades estéticas y no morales. La fidelidad a tales principios hace que hoy me encuentre aquí y no me arrepienta. Fueron años de formación, de adquirir un tamiz artístico permanente, el cual se acompañaba de una melodía interior que amenizaba el perenne monólogo interior que era indispensable para la creación.

En resumen mi niñez pasó entre trazos y colores, tiempo después por accidente descubrí una nueva manera de proyectar inquietudes artísticas. Estaba jugando con una navaja de rasurar, cuando me corté en el dedo. Ver manar mi sangre, la cual no obedecía a mi voluntad, me señalo el camino que debía seguir. Tomé una navaja de rasurar y le di varios tajos en la cara a mi hermano menor, en ese entonces de 4 años. Llanto incontenible en él, placer en mí, pues adquirí consciencia de algo inefable y hermoso. El método que apliqué con mi hermano hizo enfurecer a mis padres, quienes tomaron la decisión de apartarme de su lado y mandarme a vivir con mi abuela. Aun hoy, no creo haber hecho nada malo. “Todos los procedimientos son sagrados si son interiormente necesarios. Todos los procedimientos son pecados si no se justifican por la necesidad interior”. Tal sentencia es de mi admirado Kandinsky, y tiene toda la razón -a propósito, si actualmente ven las espaldas y rostros de mis anteriores parejas hallaran un homenaje a su Composición No. 8. Un cúter, cigarros encendidos y una docilidad amorosa que sólo puede ofrecer un cuerpo maniatado. Sí quieren les doy la ubicación del lugar donde los enterré, esperemos que algunos todavía estén reconocibles, para que vean que no les miento respecto a mi talante artístico nato-. Adolescencia. De lo más anodina, con los problemas correspondientes a tal edad, pero ya en un curso de pintura. Todo parecía ir más o menos bien,pero muy pronto me di cuenta que la pintura no saciaba esa voracidad expresiva que manaba todo el tiempo de mi. Descubrí el performance, asunto más o menos interesante que ponía en tela de juicio, los soportes en los cuales me había movido hasta entonces. Recuerdo que después de haber ido a varios, hubo uno en particular que muchos difícilmente olvidaran. Era un tipo delgado que tenía las manos y los pies amarrados, en un estado de total vulnerabilidad -¿Y qué es el artista sino eso mismo?-. Sobre su cuello pendía un cartón con la leyenda Hazme lo que quieras, ante tal sentencia la gente respondía con caricias y muestras de solicita atención hacia él. Llegó mi turno, no lo pensé y le di tres puñetazos en la cara. De inmediato los guardias de la galería irrumpieron en la sala e impidieron que el dialogo artístico entre artista y público -en este caso yosiguiera su curso. Supongo que el carácter tolerante del performancero

Declaración

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Ilustración: When nobody´s watching. Autor: Jimena Martínez Toro

cedió ante mi honesta y muy plausible intervención para con él. Pues no presentó cargos en mi contra, pero si ordenó una orden de restricción. Actualmente sigue haciendo performance, pero los periodistas siempre le terminan preguntando por el incidente. Hasta termine haciéndole un favor, ¿para eso también estamos los artistas no? Para ayudarnos entre nosotros. Me movía en el medio artístico con soltura e inteligencia, pero no con la pasión que hubiera deseado, además me di cuenta que la mayoría de los pintores, performanceros, etc. Buscaban fama, el aplauso por efímero que fuera, dinero, que casi siempre se iba en cocaína y alcohol, pidiendo dinero prestado tiempo después para comprar material. El medio ya no me satisfacía. ¿Qué hacer ante tal gratuidad en el arte contemporáneo de mi generación? Una vez más, el proceso artístico se aceleró con un entusiasmo no exento de riesgo para con los demás. Pero como ya dije, no cambiaria mis convicciones estéticas por nada. Así pues, decidí hacer de mis acciones y de mi vida diaria el eje sobre el cual se articularía mi propuesta artística. Pero el mío no era un arte que todos pudieran entender, la única persona que podría regodearse ante mis acciones era yo misma. Hacer de la vida una obra de arte, un tópico muy manido, aun cuando nadie lo supiera. Por ejemplo; contaba mis respiraciones desde que despertaba hasta que iba al baño, después tomaba un libro de Xavier Villaurrutia, abrirlo al azar y tomar el número de mis respiraciones e inmediatamente contar las palabras de ese poema. Por ejemplo, si había respirado 35 veces contaba las palabras desde el inicio del poema hasta la palabra 35. Algunas palabras que salieron fueron: “Amar”, “reflejo”, “pecho”. Así la palabra se iba a convertir en mi guía ese día. Por fin un día salió la palabra soñaba, esa palabra despertaba –vaya contradicción- un inmenso caudal de ideas que no correspondían a la realidad, la mayoría de ellas irrealizables y caras, y no disponía del dinero necesario para llevarlas a cabo. Anochecía

y no había hecho ninguna acción artística. Debajo de un árbol me encontré a un hombre joven que fumaba, cuando se dio cuenta que estaba detrás de él, su mirada adquirió un matiz interrogante. Ahí estaba mi oportunidad, saqué el cuchillo -que siempre llevo- y se lo clavé en el estomago dos veces; encontré en esa mirada mi obra maestra. Agarró con fuerza mi abrigo, tal vez como un modo de agradecerme que le haya permitido ser parte de algo inefable pero cautivador, y observé cómo se desangraba. La sangre en el asfalto bajo el claro de luna ofrecía un espectáculo avasallador, digno de verse. Por eso mismo me quede observando el correr de esa sangre, y esa mirada perdida del joven, cuyo cauce me hubiera encantado seguir. Después llegaron Uds. y me arrestaron. No quería público para mi espectáculo privado, yo era el artífice de esa maravilla y por tanto exigía ser el único espectador. Me porte magnánima, callé y no increpé a los policías sobre su presencia. Me llevaron a la delegación. Para mi sorpresa había una cámara que grabó todo lo que hice; el verme con el brazo anguloso esgrimiendo mi herramienta de trabajo de ese día desde una perspectiva distinta, me puso extática. Al desencanto que experimente al saber que alguien me había visto, se contrapuso el placer de saber que había un registro de mi acción poética. Y que tal vez al otro día mi intervención artística seria primera plana en algunos periódicos amarillistas y noticia relevante en algunos noticiarios, los cuales a esas horas seguramente ya habrían puesto a reproducir el video, no sin antes advertir a los televidentes se recomienda discreción. Vaya, yo que odio a los artistas mainstream, y sin quererlo, me he convertido en una de ellos.

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VOYEUR

Francisco Enríquez Muñoz Serie Fotográfica: El ataque de las chicas superponedoras

Mariana Berenice Chávez Carreño Edición: Daniel Macouzet Iturbe Ternura Psicópata

Francisco Enríquez Muñoz Serie Fotográfica: El ataque de las chicas superponedoras

Gabriela Mena You may have noticed that I’m not all there myself

Mariana Berenice Chávez Carreño Edición: Daniel Macouzet Iturbe Delirio (Reflejo)

Sausi Rhi Lucha Interna

Mariana Berenice Chávez Carreño Edición: Daniel Macouzet Iturbe Locked

Sausi Rhi Hay días que vuelvo loca a mi madre

CENA
T

LA

Diana Beláustegui

enía una cena de camaradería con algunos escritores y estuvo en más de una ocasión a un tris de perder la paciencia. Una amiga la obligo a asistir. No encontraba la vestimenta adecuada, más bien no sabía si entendía correctamente el término . Caminó de un lado al otro, mirando el armario abierto y las pocas prendas de vestir colgadas en los ganchos. -¿Cómo se vestían ahora las mujeres? Siendo joven se había desplazado en una línea ambigua, disfrutaba ser y no ser. Dejar dudas en la gente, pero aquello era en otras épocas, tiempos en los que tenía un intercambio más fluido con la sociedad. Hacía un par de años había decidido que aquello le provocaba ansiedad, que no valía la pena esforzarse por aparentar ser como ellos, de todas maneras no notarían su ausencia. Y estaba en lo cierto, hasta que llegó la invitación y su amiga (la única que el tiempo y la paciencia le guardaran) con gesto adusto, la había obligado a aceptar. No quería quedar ante ella como una persona tímida o miedosa, ¡la situación no pasaba por ahí! Pantalón, remera amplia, botas... ¡todo negro! ¡No! ¿Una falda? ¡No existían en su armario! ¿El chaleco de cuero que se había fabricado con una piel tersa, blanca y de un joven exótico? Tal vez. Se estaba poniendo nerviosa, un tic en el ojo izquierdo comenzó a ser notorio, se tomó del cabello y arrancó por mechones más o menos gruesos, saltando uno siempre para que fuera en una escala par. El dolor hizo que cediera la ansiedad.

¿Sobre qué conversaría con ellos? ¿Y si a su lado se sentaba alguien frívolo que usara el poco intelecto que sabía que tendría, en analizar secuencias obsoletas de su vida? ¡No había peor cosa, que las mujeres traumadas por su estado físico o por la evolución de su cuerpo hacia un estado degradable para los ojos de la sociedad! Cuestiones que poco le interesaban, que no entraban dentro de lo que ella podría sostener como algo elemental en la vida. No podría llevar una conversación, se sentaría a un costado y comería mirando hacia otro lado. (Aunque no quería llamar la atención) Estaba decidida a ser normal, común y corriente, totalmente adaptable a la masa amorfa de la sociedad. Otro ataque de ansiedad, comenzó a dar saltitos para calmarse, le dolían los pies – pezuñas, las manos – garras, sentía que estaba perdiendo el poco control que tenía sobre sí misma. Debía permanecer bajo la forma humana o no podría ni siquiera salir de su casa. ¿Qué técnicas usaría el resto de la gente para no saltar a su forma animal subyacente, en plena calle o reunión de camaradería? Control. Control. Pies, ¡pezuñas no! Manos, ¡garras no! Nuevo intento por mantener su salud mental, ritual: se toma de las pestañas y las arranca. Muerde las uñas, los dedos y la mano. Si sigue pensando en su vestimenta, en la compañía o la cena, terminará por volverse loca. Es mejor ponerse las prendas claras, sonreír mientras se peina frente al espejo y salir haciendo algún tipo de respiración (alguna de tantas que le dieron los sicólogos).

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Ilustración: Autorretrato. Autor: Karen Nava Martínez

Olvida mirarse en el espejo alto, aquel que la muestra de cuerpo entero. Pero está perfecta. Toda ella es un ejemplo de salud mental. Tan pelada que la ausencia del cabello no puede ser cuestionada por nadie. Con tantas marcas de mordidas en su cuerpo que la gente desvía la mirada para no incomodarla. La cena fue un acto de valentía. Intentó no ser grosera (cuando le escupió en la cara a la mujer vieja era porque estaba torturándola con preguntas, y si le mordió el brazo al camarero fue porque osó rozarle la mano). Se dejó sacar fotos como prueba de su asistencia, para su amiga. Y ahora, mientras mira la fotografía en la computadora se pregunta si los que asistieron no estarían un poco locos, están casi abrazados unos a otros, mirándola de soslayo, con un rictus casi de terror en los rostros. La próxima vez que la inviten, tratará de averiguar quién va. No quiere que vuelvan a meterla en una cena junto a una manada de insanos mentales como en esa ocasión. Ya en algún momento había escuchado que todos los escritores estaban locos, esa foto lo demostraba. ¡Suerte que ella es la excepción!

El pájaro
Letchuzeé
Levanto los brazos y las mangas me quedan largas, no puedo ver las manos, las extraño y no regresan, o quizás estoy soñando de nuevo. Tal vez soy un humano, estoy despertando y soy un pájaro. Sí soy un pájaro, ahora lo recuerdo todo: cagando en espacios públicos y dejando caer mis obras de arte en la cabeza de las personas. Me encantaba saltar cada que veía un precipicio, pero creo tenía las alas frías y no levantaba un vuelo hermoso como el de aquellos pájaros que en el primer intento llegaban a tocar el fuego incandescente del Sol. Llegaba siempre a la hora de comer, los ancianos lanzaban lo que les quedaba de esperanza en migajas de pan, nosotros sólo aceptábamos a pesar de las miradas tristes y enigmáticas de aquellos seres. Siempre me despreciaban los humanos aunque yo vivía como Dios me mandó a ser, pero al parecer los humanos no lo comprenden y ahora estoy encerrado en esta jaula de pastillas...

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ACORDES LENITIVOS
Alejandro Volta
úsica que devela los sentimientos más puros de manera inesperada, indescriptible e impensable y que la mente a veces no puede expresar, notas que te llevan a un viaje astral que permite el hálito de satisfacción y sanación que tanto busca nuestro espíritu, de ahí que sean lenitivas estas notas. Para la inauguración de esta sección indagaremos en una locura en particular, “los celos llevados de la mano por el engaño” por qué aunque no lo parezca ha llevado a muchos a la demencia total, develaremos esto de la mano de un cantautor mexicano exitoso, su nombre Juan Manuel Torreblanca y su tema “Barbazul”. Hay un placer exquisito en lo prohibido, y esta canción lo menciona a manera de relato; introduciendo con palabras comunes, una pelea de pareja “Me dijeron que me estás mintiendo y que eres lo peor, no puede ser, que has jugado con mis sentimientos y no eres lo que dices ser...” Evidenciando la cólera que lo invade recita “más te vale que sea una broma, te lo advierto de una vez, si descubro que me estás engañando ¡vas a arder!” dejando desenmarañar lentamente, esa cólera que se va transformando en locura, al saber que esa persona amada está traicionando el ideal que alguna vez se plantearon juntos.

M

Siendo incitado por las voces de otras personas empieza una secuencia de conjeturas acerca de lo que está sucediendo y dice “parece que los rumores lograron derribar en un segundo funesto la prudencia, malos olores, discursos de seducción y promesas de riqueza…” Intentando poner un fin desesperado al ver todo perdido, las conjeturas van más allá y los planes de por terminar con aquel delirio se manifiestan en las últimas líneas de la canción “qué malvada es la imaginación, ¿Cómo me sacaré esto del cerebro? Sudan sangre las paredes de la habitación ¿Cómo despertaremos de este sueño?” Todo queda a la imaginación del escucha, al desenlace que quieras darle a esto; es una canción dedicada a esas manías, plasmadas en el disco “Bella Época” (2011) lleno de emociones contrastantes y ampliamente recomendable, amigo lector te dejo para que salgas de las letras y te adentres en los acordes lenitivos...

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EL OJO
Miguel Antonio Lupián Soto
Tu mamá murió. Se quedaron callados largo rato mirándose a los ojos. A sus cinco años, Daniela sabía que morir era sinónimo de partida, de no volverse a ver. Eso le habían explicado mamá y papá cuando la abuela se fue. Francisco bajó la mirada para que su hija no lo viera llorar. Todo va a estar bien, papá. Daniela alborotó con su pequeña mano el cabello de Francisco y se quedó dormida al poco rato. Francisco lloró en silencio el resto de la noche. Los siguientes días fueron grises, lejanos. Una fina capa se había posado sobre él como una catarata en el ojo. Como siempre, el padre de Ana se encargó de todo. Dispuso de una nana para Daniela. Y, con su voz inquebrantable, le sugirió que se tomara unas vacaciones mientras le colocaba una llave en el bolsillo del saco. Francisco asintió con la mirada pérdida, desgarbado, clavado al piso como un espantapájaros. Al observar las enredaderas y buganvilias que tapizaban el exterior de la casa de campo, Francisco recordó las reuniones de año nuevo, las caminatas nocturnas con Ana entre los árboles frutales y el día que concibieron a Daniela. El jardinero, la cocinera y un viejo pastor alemán los esperaban en la puerta. Francisco se recostó en una tumbona. Daniela se acercó, le alborotó el cabello con su pequeña mano y corrió a los brazos de la nana. El viejo perro se dedicó a perseguirlas entre los árboles frutales agitando la cola. Ellas no paraban de reír. Por primera vez se fijó en la chica; el vestido de lunares, la sonrisa y la mirada perdida le recordaron a Ana. Le pidió a la sirvienta una botella de whisky. Se puso los lentes de sol y bebió hasta quedarse dormido. Francisco se recostó en una tumbona. Daniela se acercó, le alborotó el cabello con su pequeña mano y corrió a los brazos de la nana. El viejo perro se dedicó a perseguirlas entre los árboles frutales agitando la cola. Ellas no paraban de reír. Por primera vez se fijó en la chica; el vestido de lunares, la sonrisa y la mirada perdida le recordaron a Ana. Le pidió a la sirvienta una botella de whisky. Se puso los lentes de sol y bebió hasta quedarse dormido. Cuando despertó, era de noche. Entró a la casa dando tumbos. Se asomó al cuarto de Daniela; estaba dormida. En la cama de al lado, la nana también. Antes de cerrar la puerta observó a la chica cambiar de posición. La sábana corrida dejó al descubierto sus piernas. Se quedó parado en el umbral con una mano en la perilla. Bajó la mirada y se retiró en silencio, salió al balcón de su recámara y encendió un cigarro. El pastor alemán dormía al pie de la puerta del cuarto de servicio. Las luciérnagas volaban por encima de las flores, la luna estaba en lo más alto y bañaba con su luz mortecina al jardín. Los insectos reverberaban. Le dio una larga fumada al cigarro. Al disiparse el humo vio la silueta de una mujer entre los árboles frutales. Soltó el cigarro. El vestido de lunares, la sonrisa, la mirada encendida; era su esposa. Corrió hacia ella, pero el perro comenzó a ladrar. Ana se perdió entre las sombras. El viejo perro se acercó gruñéndole a él. Daniela lo despertó pegando de gritos. El viejo pastor alemán había muerto. Todo va a estar bien, pequeña. Alborotó el cabello de su hija y salió al jardín. El perro yacía cubierto de sangre entre los árboles frutales. El jardinero se rascó la cabeza, le temblaban las manos y veía a Francisco con los ojos bien abiertos. Enterraron ahí mismo al pastor alemán. Daniela lloró como nunca.

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Por la noche Francisco se asomó al cuarto de Daniela, estaba dormida. En la cama de al lado, la nana también. Antes de cerrar la puerta escuchó la voz de su esposa. Recordó el día que, cuando sólo eran novios, se escabulló a mitad de la noche e hicieron el amor en ese mismo cuarto. Abrió lentamente la puerta. Se acercó. Corrió la sábana, se montó en la cama y, cubriéndole la boca con una mano, poseyó silenciosamente a la nana. El timbre lo despertó. Se asomó al balcón. Vio a la nana despedirse de Daniela y subirse a un taxi. Francisco le alborotó el cabello a su hija. Ella lo rehuyó y se encerró en su recámara. Suspiró, le dio un trago a su vaso de whisky y salió a caminar. Observó al viejo jardinero regar el pasto, las flores, los árboles frutales. Después encontró un pequeño agujero. Se agachó; había un ojo. Francisco se alejó instintivamente. Después de tranquilizarse se volvió a asomar. El ojo seguía ahí, observándolo sin pestañear. Le gritó al jardinero que le alcanzara una pala e hizo un hoyo alrededor de él. Nada. A un par de metros encontró otro y otro. Excavó, pero el resultado era el mismo. Al caer la noche se detuvo. En el balcón encendió un cigarro, el jardín parecía una huerta asaltada por conejos. La luz del cuarto de servicio estaba prendida. El jardinero y la sirvienta discutían. ¡Está loco! Fue lo único que alcanzó a escuchar. La luz se apagó. Le dio una larga fumada al cigarro. Desayunaron en silencio. Le alborotó el cabello a su hija pero lo volvió a rehuir. La regañó. A Daniela se le llenaron de lágrimas los ojos y mirándolo fijamente gritó ¡Te odio! Tiró el plato de cereal y se encerró en su recámara. Francisco limpió el tiradero, recostó en una tumbona y bebió hasta quedarse dormido. Un leve roce en los dedos de los pies lo despertó. El vestido de lunares, la sonrisa, la mirada encendida: su esposa. Cerró los ojos y se besaron. Al abrirlos, Ana ya no estaba. Adentro de la botella de whisky, el ojo lo miraba sin pestañear. Francisco la cogió y la lanzó contra un árbol. Se levantó abruptamente y con pala en mano continuó excavando, convirtiendo los agujeros en un gran hoyo. Se detuvo cuando escuchó a Daniela gritar.

La puerta estaba cerrada por dentro. La pateó hasta que la chapa cedió. Daniela estaba acostada en la cama, inmóvil. Con un hilito de sangre escurriéndole de la boca. La tomó entre sus brazos. Le limpió la sangre y besó la frente. El ojo lo observaba a través de la ventana. Salió al jardín cargando el cuerpo exangüe de su hija. Se metió en el hoyo. Tenía la mirada perdida. Repetía el nombre de Ana, el de Daniela. Comenzó a llover. Alzó la cara, dejando que el agua lo colmara. Así se quedó largo rato. Las paredes del hoyo comenzaron a desmoronarse dejando a la vista el cadáver del perro, el del jardinero y el de la sirvienta. Los observó con horror. Se sentó en el fondo del hoyo apretando el cuerpo de Daniela contra su pecho. Junto a sus pies el ojo lo observaba. Estiró la mano. Al tocarlo, el ojo se distorsionó. Era su propio ojo reflejado en la capa de agua encharcada. Francisco sonrió, abrazó a su hija y se dejó ahogar lentamente por la lluvia torrencial.

Ilustración:Episodio Psicótico. Autor Guadalupe Estefanía Romero Vigueras.

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La Abuela
Bruno Gutiérrez
¿Puedes ver como el resplandor de todas esas velas alumbra mi rostro? Hace tiempo me hice una promesa: si al caer la noche sospechaba que tampoco llegarías, encendería un nuevo cirio. Hubo veces que te esperé hasta las seis de la mañana sin pegar el ojo, con toda la esperanza de que llegaras. Cuando salía el sol, resignada prendía el cirio del día anterior. Lo único malo son esos señores que vienen a verme, me dicen que no es bueno que duerma con tanta vela encendida, que me puede marear tanto pabilo quemado, por eso cocino todo el día así el olor se disimula y me alcanza para invitar a comer a todas las visitas. Qué bueno que ya estás aquí mi ratoncita. ¿Te acuerdas que antes no te gustaba que te llamara así? Por fin ya no tengo que prender más velas. ¡Ay mijita! Tanta emoción de verte que ni te invité de comer. Ahora mismo te traigo un plato. Te fuiste a casa de tu madre, lo sabía. Preferí no buscarte para que regresaras más rápido. Me encargué de arreglar mi sala, decorarla como te gusta, con las cabezas de ganado en las paredes y cocinar mucho pozole, para que el olor se impregnara en los sillones y en el pelaje de los animales. Por cada día de tu ausencia, con la veladora encendida en las manos rezaba: “que vuelva la que libró la muerte, que vuelva y camine nuevamente en mi piso”.

Sabes que te amo, por eso estás aquí. Me gusta pasar mi mano por tu cabello enredado. Tú también hueles hoy a comida, creo que ya has comido demasiado. El espejo de allá, lo rompí cuando creí que no regresarías. Recogí los pedazos y los uní con colaloca, por eso tu reflejo se ve fragmentado. ¿Cuéntame, que dice Luis?, me acuerdo de tu canción favorita, la de los maderos.

Los maderos de San Juan Piden pan, no les dan Les dan un hueso de aguacate Que se les atora en el pezcuezo.
Desearía que esos señores ya no vinieran en la noche. Lo bueno que están trajeados, que en estos tiempos es mejor eso que los mugrosos de la calle. Míralos, ahí vienen. ¡Ya váyanse señores! ¡Ya les di suficiente comida! Además es hora de prender el cirio de hoy. ¡Cielos! ¿Qué es ese reflejo todo cortado? Pareciera que el diablo se haya visto en ese lugar. Mijita, ¿Dónde estas? Ah ya te vi. ¿Quieres otro hueso de aguacate? Casi va oscureciendo, tengo que remplazar los cirios que ayer se terminaron. Van 1,299 y con el de hoy 1,300. Caballeros, ¿Les ofrecí de comer? Qué bueno que ya están aquí.

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E l E vange lio J.C. Friedrich Hölderlin
Leticia Maldonado
“Mi negocio aquí en la tierra ha terminado. Emprendí la tarea pleno de voluntad, me desangré en ella, y no he enriquecido el mundo en un solo céntimo…”

S e gún. . .

-Hiperión a Belarmino

A

l nacer en Wurtemberg, en 1770, Friedrich no tenía idea de lo que el destino le había deparado para los últimos días de su vida, ni que en su momento, sería considerado el más grande poeta del Romanticismo Alemán. Se limitaba a soñar despierto mientras se chupaba el dedo pulgar. Conforme continuaba creciendo, cayó enamorado profundamente de dos entelequias: la Literatura, difusa y cambiante en ese tiempo, y la silenciosa Susette, una mujer casada. En su forma de amar a ambas al mismo tiempo, creó varios escritos dedicados a la humana, llamándole Diotima, por ejemplo, en su obra “Hiperión”. Con sus ensoñaciones bajo el pecho, recibió la guía de Platón y de la cultura helénica, que más tarde le otorgarían la facilidad para traducir las obras de Sófocles y Píndaro. Sintiéndose entre los dioses, quiso lanzar una revista literaria e intelectual, pero la realidad se encargó de regresarlo a la Tierra al hacerle fracasar en su proyecto. Como una respuesta, la producción literaria de Hölderlin se intensificó considerablemente.

No obstante, al talentoso éxito del hombre, le acechaba una lóbrega locura. Con nadie hablaba, más que consigo mismo, se paseaba sin rumbo fijo y frecuentemente tenía accesos de ira, acompañados por una incontenible verborrea. Cruelmente decidieron deshacerse de él al internarlo en una clínica psiquiátrica en Tubinga, donde el ya famoso doctor Ferdinand Autenrieth intentó curarlo. Nada funcionó. Los largos paseos ocasionalmente se transformaban en frecuentes agitaciones motoras y en una profunda desorientación; la verborrea solía desencadenar a una bestia que vociferaba maldiciones y blasfemias. Declarado un enfermo incurable, pasó el resto de sus días en la casa de un ebanista, quien estaba enamorado de su obra, Hiperión. Para ese entonces, la tenebrosa locura que lo había acechado tantos años, se convirtió en pacífica y resignada. Olvidado en sus largos 73 años, Hölderlin nos ha dejado el día de hoy un legado de poesía y obras sublimes que plasman el romance de su vida. Un romance tranquilo, violento, fluido, solitario y nómada. ¿Quién sabe? Tal vez todos en realidad estamos locos, doblegados ante los insufribles sentimientos del ser humano.

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