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Ezequiel Padrón tenía muy presente en su mente el aviso publicado esa mañana en un diario local sobre la conferencia que se dictaría a las seis de la tarde en la Biblioteca Pública de Barquisimeto. El tema que se anunciaba era especialmente atractivo para él. Ya tenía alrededor de cuatro meses en contacto directo con una organización metafísica vinculada con el tema de la conferencia y estaba recibiendo las primeras clases por correspondencia desde la sede principal en San José, California, relacionados con la conferencia de esa tarde: La Orden Rosacruz. El nombre del conferencista no le decía nada, aunque sí le resultaba atractivo que lo anunciaran como conferencista internacional y profesor titular de la Universidad Rosacruz en California, EUA. También le llamó la atención su nombre, un señor llamado Paúl Morantes, lo que indicaba que era hispano y así se garantizaba la máxima comprensión del tema.

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De pronto se le vino a la mente una frase de Paulo Coelho en El Alquimista: “Lo que pidas con la fuerza de tu corazón, el cielo conspirará para que lo logres”. Una sonrisa brotó de su labios al ver la coincidencia entre lo pensado y lo que estaba por sucederle, pues había estado deseando tener contacto con esa organización en una forma más personal y ahí estaba la complacencia a sus deseos. Por otra parte, le resultaba inquietante la algarabía reinante por la renuncia del presidente de la República en días anteriores y la incertidumbre que se anunciaba ante tales circunstancias. En su mente sólo había confusión y desaliento. Era una sensación que se había estado repitiendo cada vez con mayor frecuencia, eso sin contar todo el conflicto que estaba viviendo por su divorcio y la separación de sus hijos. Aquello no hacía más que generarle pensamientos de caos y desesperanza. Por todo eso y valiéndose de su fe cristiana, todos los días le pedía a Dios que le iluminara el camino y en especial, le pedía al cielo que si los estudios Rosacruces eran un buen camino, se lo anunciara de alguna forma. La conferencia de esa tarde le pareció una buena señal y una respuesta a sus oraciones. Justo cuando faltaban diez minutos para las seis de la tarde, llegó al estacionamiento de la Biblioteca Pío Tamayo. Tuvo que dar varias vueltas para conseguir un puesto en aquel pequeño y copado lugar. Al llegar a la sala de la conferencia le impresionó la cantidad de gente que ya se encontraba en el lugar. Le costó conseguir una butaca hasta que pudo acomodarse justo cuando un señor de cabello blanco iniciaba la presentación del conferencista. Paúl Morantes era un personaje de mediana estatura con cara risueña

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y de tez blanca; su actitud era sencilla y modesta, nada que ver con la postura altiva y rebuscada de los conferencistas tradicionales. Después de dar la bienvenida y repetir su nombre a los asistentes, manifestó una gran satisfacción que sorprendió a Ezequiel Padrón, cuando dijo que le complacía sobremanera estar en este país donde había nacido y cursado todos sus estudios profesionales antes de mudarse a los Estados Unidos. La conferencia duró poco más de una hora, pero fue suficiente para englobar el contenido de la presentación, sobre todo de una materia desconocida para una buena cantidad de asistentes que estaban allí en su mayoría sólo por mera curiosidad. Al principio se dedicó a explicar fundamentalmente lo que “no” era la Orden Rosacruz, y así poder aclarar malos entendidos y de esta forma allanar el camino para una mejor comprensión. De por sí su nombre y la simbología con que la asocian y presentan al público sus directores, la cubren de un misterio que la curiosidad humana desea escudriñar. Resultó por demás interesante cómo explicó en lenguaje coloquial, conceptos y aspectos sobre la vida que resultaban extraños al ciudadano común, y cómo la Orden estudiaba y orientaba a sus miembros en todos estos aspectos misteriosos de la existencia, pudiéndolos llevar inclusive al dominio de los factores que controlan el destino del hombre. Al concluir la disertación y despedida, Ezequiel distinguió en un costado del salón a un grupo de personas que había conocido en la logia de Barquisimeto el único día que se había acercado a conocerla un par de meses atrás; estaba tan complacido de esta conferencia, que

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decidió aproximarse para felicitarlos y agradecer la oportunidad de la invitación aun cuando fue a través del periódico. En el grupo se dirigió a una persona a la cual conocía desde hacía bastante tiempo, pero por otras circunstancias distintas al movimiento Rosacruz. —¿Qué tal Efrén? Gusto en verte aquí. —Hola, qué tal amigo Padrón… Bienvenido, me complace que haya venido. ¿Qué le pareció la disertación del maestro Morantes? Creo que eres un afortunado en escuchar a este magnífico y calificado conferencista. Además, no son muy comunes este tipo de charlas para el público general. —Muchas gracias Efrén, me complace en verdad, y celebro sobre todo el encontrarme contigo en este evento. Me agradó mucho la charla, sobre todo la sencillez de su lenguaje para tan difícil tema, se ve que lo domina con verdadera maestría. Es una forma inteligente de acercar a la gente a estos conocimientos. —Esa es la idea –respondió Efrén–. Sobre todo que conozcan la Orden y no la confundan con religiones o sectas que hoy día proliferan por todas partes. Por cierto, espérate un momento y te presento al maestro Paúl, ya viene para acá. Diez minutos después se acercó el maestro Morantes. Lo habían retenido varias personas para preguntar cosas que no se atrevieron a formular en el período de preguntas durante la charla. Tal como lo había dicho Efrén Hernández, no eran muy comunes estas conferencias públicas sobre los asuntos de la Orden, razón por la cual al acercarse Paúl Morantes

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al pequeño grupo de directores, todos lo felicitaron con tal entusiasmo que se formó un barullo al querer hablar todos al mismo tiempo. Cuando se aplacó el parloteo, Efrén pudo al fin presentar a Ezequiel Padrón ante el expositor. Fue algo breve y no pasó de ser una mera formalidad debido al acoso y permanente interrupción de las personas que querían hablarle al conferencista. La gente se fue dispersando hacia la salida hasta que quedó finalmente un grupo de cinco personas. Alguien sugirió tomar algo en el cafetín de la biblioteca, momento que aprovechó Padrón para despedirse, pero justo en ese momento Efrén lo detuvo: —Espera Ezequiel, ¿por qué no nos acompañas a tomar café? Después de vacilar por un momento, aceptó. —Okey, vamos. Aparte de Paúl Morantes y Efrén, las otras dos personas se mostraban un poco capciosas o quizás algo tímidas. Se ubicaron en una mesa y ordenaron café y refrescos. Para sentirse más unido al grupo y dada su habilidad para integrarse a grupos de desconocidos, Ezequiel nuevamente elogió la charla y dio gracias a Dios por haber tenido la suerte de estar en la ciudad justo ese día y haber leído el aviso en la prensa local, de lo contrario, se lo hubiese perdido. Acto seguido Efrén se dirigió a Morantes: —¿Ya resolviste cómo viajar mañana a Valencia? –le preguntó. —Creo que tendré que viajar en taxi, no hay vuelos a Valencia por lo corto del trayecto.

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—Estoy tratando de conseguirte una cola1 –dice Efrén–, pero no he tenido éxito; estoy buscando entre los frateres2 si alguien te puede llevar y todos están trabajando mañana. —¿Usted viaja a Valencia mañana? –le pregunta Ezequiel al distinguido expositor. —Sí –responde Paúl– mañana tengo otra conferencia en Valencia y dentro de tres días tengo otra en Caracas. —Bueno creo que ya consiguió la cola –agregó Ezequiel–, mañana voy a Caracas en mi carro y puedo dejarlo en Valencia. Eso sí, no salgo muy temprano, antes debo resolver un asunto en la oficina y luego parto como a las diez de la mañana. —Magnífico, mi exposición es a partir de las siete de la noche y a Valencia son sólo dos horas de camino, así que nos podemos ir a cualquier hora. —¿Dónde se hospeda? Mejor aún, deme su número telefónico y lo llamo para buscarlo apenas esté listo. Efrén, viendo la situación, concluyó medio en broma con una sonrisa: —Así es la magia Rosacruz, te tenías que quedar para tener la oportunidad de disfrutar de una clase particular que vas a tener mañana con un tremendo maestro como Paúl. —Y además la posibilidad de hacer una buena obra ayudando a un hermano –añadió.

1.Trasladar a alguien de un lugar a otro. 2.Hermanos de la Orden Rosacruz.

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Al día siguiente Ezequiel llegó temprano a la oficina con el deseo de despachar rápidamente los asuntos pendientes y así poder estar disponible a la brevedad posible para su viaje con tan excelente pasajero. Sin embargo, encontró algunos imprevistos que lo retuvieron más tiempo de lo estimado. Finalmente pasadas las diez de la mañana,pudo telefonear a donde se hospedaba Paúl. —Hola, buenos días. —Sí, buenos días. —Con el profesor Morantes por favor. —Con él habla, a su orden. —Ah, hola profesor, soy Ezequiel Padrón, ¿estamos listos, qué me dice? —Yo también, estaba esperando su llamada estoy de huésped en casa de unos amigos de mi infancia y todos salieron para sus trabajos, así que puede venir a recogerme. Toma nota de la dirección en donde me encuentro. La emoción manifiesta en ese momento por Ezequiel, además de agradable, estaba llena de gran expectación. Tal como se lo había pronosticado Efrén la noche anterior, tendría oportunidad de conversar sobre muchos puntos e incógnitas relacionadas con los Rosacruces. El momento era más que propicio ante el cúmulo de interrogantes y misterios que rodean a estas organizaciones místicas que desde mucho tiempo atrás atraían su interés. Lo que no sospechaba ni remotamente, era que a partir de ese aventón y nueva relación, su vida y sus proyectos tomarían un rumbo distinto, sobre todo uno en particular en el cual estaba trabajando con especial interés.

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