¿Favorece el liberalismo a los ricos?

Percival Manglano
6 de octubre de 2012 Una de las críticas más habituales contra el liberalismo es que es una filosofía política que favorece a los ricos. Así, se afirma que unas reglas de juego que promueven la libertad individual son equivalentes a una ley de la selva en la que los fuertes se comen a los débiles. Frente a ello, los progresistas defienden que la Ley y, en general, toda acción política debe ir dirigida a proteger a los débiles frente a los fuertes. La mejor respuesta hecha en una sola frase a esta crítica es la atribuida al periodista norteamericano Joe Sobran: “Quejarse de que la economía libre favorece a los ricos es como quejarse de que la libertad de expresión favorece a los elocuentes.” Es evidente que los elocuentes aprovechan mejor que los farfulladores la libertad de expresión para defender sus ideas. Pero todos nos beneficiamos de un entorno en el que no sólo podemos decir lo que nos viene en gana, sino también escuchar las opiniones de los demás y decidir cuál es la que más nos convence. El liberalismo defiende el libre intercambio. La libertad de intercambio favorece a la sociedad en su conjunto y permite que todos progresen. Es cierto que unos progresarán más que otros. Pero, ¿debería impedirse que nadie progrese para evitar que unos progresen más que otros? Un buen ejemplo de este debate es el de la libertad de horarios comerciales. El liberalismo defiende que no hay razón para que unos comercios puedan abrir cuando quieran y otros no. La progresía defiende que los grandes centros comerciales no deben abrir cuando quieren porque esto perjudica a los pequeños comercios. El error de la progresía reside en que la cuestión no es a qué comercios beneficia la libertad de horarios sino si favorece o no a la sociedad en su conjunto, es decir, a los consumidores. Consumidores somos todos. La libertad de horarios comerciales facilita que el consumidor haga sus compras dónde y cuándo lo desea. Y una mayor competencia entre comercios supone además precios más bajos de la cesta de la compra. Lo que la progresía presenta como una protección de los más débiles – los pequeños comerciantes - es, en realidad, un atentado contra los intereses de todos: los consumidores. Los más “débiles” a menudo son simplemente los más organizados y ruidosos. Sus intereses son defendidos denostando a los que se oponen a ellos con el calificativo de “ricos” cuando éstos, en realidad, son los silenciosos. 1

El liberalismo, por lo tanto, no favorece a los ricos. Favorece a la sociedad en su conjunto a través de unas reglas de juego que permiten que sus necesidades y aspiraciones sean satisfechas al menor coste posible. Los que mejor satisfacen estas demandas sociales son recompensados y se pueden hacer ricos gracias a ello. La progresía critica que algunos se hagan ricos satisfaciendo estas demandas sociales. Para ello, pretenden prohibir las demandas (por ejemplo, de hacer compras cuando se quiera). Así, propinan en la cara de todos la bofetada que pretenden dar a los ricos. Y lo hacen en nombre de los pobres. Esa es su definición de la justicia social. Olvidan, en cualquier caso, que el pobre no dejará de ser pobre cuando el rico deje de ser rico. El liberalismo no piensa en términos de ricos y pobres, enfrentando a unos miembros de la sociedad con otros. El liberalismo piensa en términos de cómo satisfacer las demandas de la sociedad en su conjunto, libremente hechas.

P.D.: Alguna vez leí que todo título de charla o artículo formulado como interrogación suele tener un “no” como respuesta. Siento confirmar el cliché.

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