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Jesús hace un gesto como queriendo decir: «¡Bah, dejadlos!

» (se refería a unos judios que hablaban mal de Él), 8 y se inclina a acariciar a unos niños que poco a poco se han ido acercando a El dejando a sus padres; algunas madres también se acercan, y llevan a Jesús a los que todavía andan inseguramente o a los lactantes. «Bendice a nuestras criaturas, Tú, bendito, para que sean amantes de la Luz» dicen las madres. Y Jesús impone las manos bendiciendo. Ello origina todo un movimiento en la multitud. Todos los que tienen niños quieren la misma bendición, y empujan y gritan para abrirse paso. Los apóstoles, en parte porque están nerviosos por las habituales ruindades de los escribas y fariseos, en parte por compasión hacia Lázaro, en peligro de ser arrollado por la oleada de padres que conducen a los pequeñuelos a la divina bendición, se inquietan, y llaman la atención a unos o a otros gritando, y rechazan a unos o a otros, especialmente a los niños pequeños que han llegado allí solos. Pero Jesús, dulce, amoroso, dice: «¡No, no! ¡No hagáis eso! No impidáis nunca a los niños venir a mí, ni les impidáis a los padres traérmelos. El Reino es precisamente de estos inocentes. Ellos serán inocentes del gran Delito, y crecerán en mi Fe. Dejad, pues, que los consagre a ella. Los traen a mí sus ángeles». Jesús está ahora rodeado por un seto hecho de niños mirándole arrobados, un seto de caritas alzadas, de ojos inocentes, de boquitas sonrientes... Cap 378 Todos los habitantes de la casa están dispuestos en orden en el atrio. Y continuamente se ven manos adultas alargarse para sujetar a un niño o a una niña del nutrido grupo de los niños, los cuales, agitados, exaltados por el anuncio, rompen continuamente filas y jerarquías, se escabullen y van a la delantera de la familia, a los sitios de honor, donde, en primera fila están los padres de Tomás, y la hermana con su marido. Pero cuando Jesús llega al umbral de la puerta, no hay quien sujete a los rapazuelos. Parecen una nidada saliendo del nido después de una noche de descanso. Y Jesús recibe el choque de este pelotón goijeador y primoroso que se abate contra sus rodillas y le ciñe, y que levanta las caritas en busca de besos y no se separa a pesar de las llamadas maternas o paternas, ni por algún que otro pescozón afectuoso propinado por Tomás para poner orden. «¡Dejadlos! ¡Dejadlos! ¡Ojalá fuera todo el mundo así!» exclama Jesús, que se ha agachado para complacer a todos estos rapazuelos. Cap 363

Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños, que, tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas, que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos; alborozados con esa sencilla alegría de los niños, para los cuales es espectáculo maravilloso un pececito muerto encontrado en la orilla, y mágico objeto una piedrecita pulida por las olas y que por su color asemeja a una piedra preciosa, o la flor descubierta entre dos piedras, o el escarabajo tornasolado capturado en vuelo: prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás, para que participen de la alegría de su hijito. Mas ahora estas golondrinitas humanas han visto a Jesús, y todos sus vuelos convergen hacia El, que está para desembarcar en la playita. Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas, y le ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que le ata; un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor. «¡Yo! ¡Yo!». «¡Un beso!». «¡A mí!». «¡También yo!». «Jesús! ¡Te quiero!». «¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!». «Venía todos los días aquí para ver si venías». «Yo iba a tu casa». «Ten esta flor. Era para mi mamá. Pero te la doy». «Otro beso más para mí, muy fuerte. El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás...». Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras. «¡Pero dejadle un poco en paz! ¡Fuera! ¡Basta!» gritan discípulos y apóstoles tratando de aflojar el cerco. ¡Ya, ya! ¡Parecen lianas provistas de ventosas! Por esta parte las separan, por allá se pegan. «¡Dejad! ¡Dejadlos! Con paciencia llegaremos» dice Jesús sonriendo, y da pasos increíblemente pequeños para poder andar sin pisar piececitos descalzos. Cap 348
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Jesus dice: …Quiero que mis discípulos sean pequeños como los infantes para darles las palabras de vida. Qué bellos eran cuando venían a Mí con sus manitas llenas de flores y me decían: “ Ten ” y se escapaban corriendo en medio de su confianza, sinceros, cariñosos. Quiero infantes en el mundo para santificarlos. Deberíais ser buenos, porque la inocencia de los niños es un ser del cielo, un ser que mana pureza y paz, que habla sin hablar, de Dios que lo hizo; que impone, sin hablar, respeto para lo que es de Dios; que implora piedad y amor para su edad que no está manchada, para su debilidad que es digna de ser amada, que es una flor de vuestro prójimo como, lo es el enfermo y el que sufre; el primero una flor blanca, los segundos color rosa y violeta, flores que deberíais amar entre todos los prójimos a quienes hay

que amar. Ahora bien, como la inocencia de la niñez no basta, creo niños espirituales que llenos de una ciencia que no tenéis, son humildes, sencillos, dignos de confianza, francos cual niños que van riendo cuando dan sus primeros pasitos, y saben y lo saben muy bien que sin la mamá caerían y por eso nunca la dejan. Cap 298 al final

Jesús entra en el recinto. Se yergue lo más que puede sobre los estribos, y, levantando la mano derecha, dice con su voz potente: "A todos los que creen en mí, salud y bendición". Se apoya de nuevo en la silla y hace ademán de volver afuera. Pero la multitud le oprime, los que han quedado curados se cierran en torno a El. Y, a la luz de las antorchas, que al amparo de los pórticos arden y dan viveza de resplandores al crepúsculo, se ve al gentío que bulle delirante de alegría aclamando al Señor; al Señor, que casi desaparece en medio de un tapiz de flores de niños sanados que las madres le han puesto en los brazos, en el regazo, y hasta en el cuello del asno, sujetándolos para que no se caigan. Jesús tiene los brazos colmados de niños, como si fueran flores, y sonríe feliz, y los besa, porque, sujetándolos como está con los brazos, no puede bendecirlos. Cap296