Fuentes y el Gringo Y hace unos días también se murió Carlos Fuentes, otro de nuestros ídolos del Jardín de Freud

en los años ochentas. Leyendo varias de las muchas notas que a propósito se han escrito durante estos días, he dado un repaso mental de las obras de Fuentes que leí entonces (Artemio Cruz, La región más transparente, Aura…) y también de las que nunca leí y que hoy siguen ocupando un lugar indefinido en mi cada día más larga lista de lecturas aplazadas. Tengo especial especial cariño por Gringo Viejo, una novela corta que recrea literariamente el desconocido final del periodista y escritor norteamericano Ambrose Bierce. Ambientada en los años de la revolución mexicana, Gringo Viejo relata los últimos días del autor del Diccionario del Diablo, quien, determinado a acabar con su vida antes de que lo derroten la decrepitud o el suicidio, decide buscar una muerte digna en México y se alista en las tropas revolucionarias del general Arroyo. Recuerdo mi ejemplar de la primera edición del FCE. ¡Cuánto lo apreciaba en esos años en los que los pocos libros constituían nuestras únicas posesiones! No tengo presente su valor en librería, pero sin duda adquirirlo representó un enorme esfuerzo para mi flaca economía de entonces. Al uso de la época, marqué mi nombre y apellido en la primera página en blanco, con trazos grandes y firmes, anticipándome a despejar cualquier duda sobre su propiedad. ¡Tal como si Fuentes y yo fuéramos los copropietarios del ejemplar! Desafortunadamente, unos meses después, el amor me tendió una nueva trampa y en un insólito gesto de desprendimiento le presté el Gringo a un amorío de aquellos que eran a la vez eternos y pasajeros. Y, como resultaba impensable entonces y hoy se me antoja obvio, el amorcito desapareció en un parpadeo, la eternidad se hizo efímera en un instante, y mi ejemplar del gringo viejo se perdió esa misma noche, igual que la sombra de Bierce al cruzar El Paso y llegar a Ciudad Juárez. Durante un buen tiempo me dolieron mucho el corazón, la mujer y el libro. Unos años más tarde paseaba un consabido guayabo dominical en el mercado de las pulgas de la calle tercera entre 19 y 24. Del amor de otrora sólo quedaba un espasmódico y agridulce recuerdo, y del gringo viejo apenas recordaba la imagen de Gregory Peck encarnando a Bierce en la película de Luis Puenzo. Solía recorrer los puestos de venta de libros usados que se tendían por igual en la calle y los andenes, y con frecuencia encontraba “especialidades”, como las llamaba Donca, uno de los más curtidos librovejeros de entonces, hombre mayor que aunque analfabeta, poseía una

extraña habilidad para identificar libros raros y curiosos (que él, por su parte, se encargaba de valorizar con largueza). Escarbando en la pila desordenada de promociones de dos mil pesos mi corazón se detuvo al encontrar el viejo ejemplar de la serie Tierra Firme, con la cubierta blanca y la ilustración de una joven mexicana sobre una fotografía en sepia de la revolución. Sin saber porqué, tuve la seguridad de que era mi gringo viejo. Abrí sus páginas y vi que unos toscos brochazos de Liquid Paper ocultaban mi identidad de mala manera allí en donde alguna vez estuvo mi firma. Un poco más abajo, con letras pequeñas e inseguras, aparecía el nombre de la mujer. Me estremecí al evocarla. Repasé las hojas y descubrí mi letra en los márgenes de algunas páginas, pero me abstuve de leer los apuntes y continué ojeando hasta encontrar unas líneas de texto resaltadas en amarillo. El gringo viejo le decía al coronel Frutos García: “Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos". No recordaba esas líneas, y menos haberlas resaltado. Pero al leerlas e imaginarla enviando mensajes involuntarios al futuro, sentí un gran alivio del peso que me había dejado la ruptura. Como si la barrera surgida entre su imagen y mi recuerdo se agrietara y desmoronara de repente. -¿Lo va a llevar? –me inquirió el vendedor al notar mi interés, trayéndome de vuelta a la carrera tercera. Lo pensé un momento. Releí la frase para memorizarla y negué con la cabeza. -Tal vez después, Donca. Esta vez paso.