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Martes 16 de Octubre del 2012

Creyentes por naturaleza
Por Rossana Echendía Periodista Mientras el hombre del siglo XXI navega en un río revuelto por el relativismo y la incredulidad, al papa Benedicto XVI se le ha ocurrido convocar un “Año de la Fe”. Más allá de credos religiosos, por su propia naturaleza el ser humano es aquel que se plantea preguntas y que busca conocer la verdad. La investigación científica, por ejemplo, comienza así. La sed de verdad está tan fuertemente enraizada en la naturaleza de la persona que prescindir de ella podría comprometer la existencia misma. A estas verdades científicas, se suman, en un nivel superior, las verdades filosóficas y, sobre ellas, las verdades religiosas. En su búsqueda de respuestas, este hombre es también creyente por naturaleza. La mayor parte de lo que admite como cierto no ha sido comprobado por él mismo, sino que es aceptado en función de la confianza en experiencias ajenas. La existencia del Imperio de los Incas, por ejemplo, es algo que todos aceptamos, aunque ninguno lo haya visto. En lo que se refiere a las verdades religiosas, en el contexto histórico actual es evidente que una profunda crisis de fe afecta a muchas personas. No es una coincidencia que la apertura del Año de la Fe sea al conmemorarse el cincuentenario del inicio del Concilio Vaticano II, cuyo „aggiornamento‟ trajo los vientos frescos que la Iglesia necesitaba, aunque, al mismo tiempo, algunas malas interpretaciones intentaron reducir la fe a una pura

acción que la separó de sus raíces con graves consecuencias. El secularismo agresivo y el agnosticismo funcional (práctica de quien se proclama cristiano pero no vive como tal) que caracterizan nuestro tiempo exigen al creyente o al que quiere creer cultivar una fe integral que abarque su mente, su corazón y su acción. La fe de mente apunta al aspecto intelectual, pues comprender de manera inadecuada la doctrina de la fe facilita su debilitamiento e incluso su disolución. La ignorancia acerca de la fe es hoy una gran deficiencia entre los católicos de todo el mundo. Esta ignorancia, además, constituye un gran peligro no solo para la persona que, así, desprevenida, le abre las puertas a seudorreligiones o prácticas esotéricas, sino que también olvida en un librero lleno de polvo el aporte de siglos, inmensamente rico en humanidad, que la sabiduría de la fe revela sobre la relación del ser humano con Dios, consigo mismo, con sus semejantes y con toda la naturaleza. Una clave fundamental para comprender quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. La fe de corazón implica la asimilación vital de lo que la mente ha captado. Una fe verdadera no puede quedarse en el aspecto objetivo conceptual, sino que involucra los sentimientos y la voluntad. La madurez de la fe requiere involucrar lo afectivo y lo psicológico que se traducen en una adhesión sólida y decidida a lo que se cree, educando los hábitos y las virtudes, y ordenando a la persona al bien que la perfecciona. La fe de acción es la que se proyecta, en el día a día cotidiano, con el testimonio de aquello asimilado por la

mente y adherido al corazón. Para el cristiano, la vida es servicio y la fe de acción es la coherencia que se reclama a quien dice creer en Dios. El estudio, la celebración, la meditación y la vivencia es la invitación que el Papa ha hecho al convocar un Año de la Fe, el don gratuito de Dios a cada hombre y a cada mujer. Sería necio dejarlo pasar.