El Fractal-Caleidoscopio

Panorámica Libertaria de la Filosofía Latinoamericana Contemporánea

Por Ánimas Aloxi1.

Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en línea recta. –Benoît B. Mandelbrot; Introducción a la Geometría Fractal de la Naturaleza, 2002.

(Intro) – Disposición a la Celebración Eleuteria
Bien podría asumirse que como humanidad nos halláremos en el umbral de una era crepuscular en que parecen conjurarse amanecer y ocaso. Un estadio presuntamente escatológico2 evocado por los antiguos mayas (Chilam Balam de Chumayel, S. XVI y XVII) a erigirse punto de quiebre de la sociedad contemporánea y, consecuentemente, de toda la especie humana. Un tránsito histórico de agitación y revolución social en distintos estratos de la escena global en que resuena creciente y afanosa una conciencia libertaria. Somos testigos de la emergencia portentosa de un “empoderamiento racionado” y el auge de nuevos modos de conocer, expresarse y relacionarse del Hombre, perfeccionados por las bondades de una técnica cada vez más potente, afinada y difundida que insinúa la paradoja de perspectivas de extinción y esperanzas de superación definitiva de males históricos. No podemos dudar que son tiempos de innovación e inquietantes replanteamientos intelectuales en que ni siquiera ideas antañas se dejan agobiar por el peso de la acumulación teórica generalizada, pese aun al hacinamiento poblacional e informático, sino en que bien al
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Escrito bajo este seudónimo por el Lic. Luis Gerardo Hernández Hernández. Aunque existen estudios autoritativos que demarcan tales conjeturas como a suposiciones desacertadas que no se pueden por lo pronto verificar científicamente, ver al respecto: http://www.nasa.gov/topics/earth/features/2012.html
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contrario, nos alimentamos voraz y tumultuosamente de las múltiples arquetas dilatadas de datos electrónicos fácilmente asequibles a la total periferia. En este tiempo figuradamente decisivo, podemos decir naturalmente, regresa espontánea la pregunta que interroga por el sentido del ser 3 –para usar palabras de Heidegger (Ser y Tiempo, 1927)– y se convoca, por medio de una nueva edición de este certamen, a la emergencia de una reflexión lozana acerca de la Libertad. Al comenzar la justificación, estructura y pesquisa de las palabras apropiadas a la emisión de este mensaje, exploramos la arena de los variados discursos antiguos y modernos sobre el tema; a autores clásicos y contemporáneos, pensadores de diversas escuelas y disciplinas teóricas, muchos de ellos consolidadamente reconocidos, otros olvidados y aun algunos desacreditados o superados, pero que siempre contribuyeron en algo con sus razonamientos a la integración de esta perspectiva. Anhelamos que ella refleje el fulgor original que presumimos la Libertad reclama a la reflexión sobre sí. Como profesión de fe, podemos hablar de un genuino llamado vocacional: la legítima sincronía entre la misión institucional de un grupo de emprendedores visionarios y una antigua inclinación ideológica que se acoplaron límpida y llanamente en la intención de promover y difundir la Libertad, al analizarle y ejercerle, haciendo expreso el propio pensamiento a través del válido recurso del libre ensayo. Sobre el estilo y doctrina a adoptar, debemos reconocer que en cierto momento, nos tentó la idea de aclimatar nuestro discurso a los populares argumentos sociopolítico-contemporáneos que, florecientes, han extendido un amplio dominio en nuestras esferas de reflexión sobre el tema, planteando planes y métodos para mejorar y fomentar; casi podríamos decir eficientar, las condiciones en que los gobiernos e instituciones públicas y políticas establecen los marcos jurídicos de actuación de sus ciudadanos, en arreglo a enfoques pretendidamente liberal-democráticos, pero en esquemas partidistas ensimismados y avariciosos. Por más que hubiésemos deseado encauzar nuestros afanes al desarrollo de lo que podríamos llamar la argumentación propia de una ingeniería social, nos incomodaba la intuición de incurrir en la elaboración de sólo bellas utopías al encontrarnos de facto alejados del medio que presumiríamos el ámbito pertinente al impulso de tales ideas: los congresos de gobierno, en donde tal vez se recibirían con simples gestos de avenencia farisaica.
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“¿Por qué es el ser y no más bien la nada?” Martin Heidegger; ¿Qué es metafísica? 1930.
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Íntimamente, también debemos confesar, llegamos a lamentar que casi todo lo que se nos presenta en estos días como discursos de Libertad, se halle llanamente transformado en análisis y comentarios de tinte político. Proponemos que la consideración de este valor humanista abarca un ámbito mucho, mucho más amplio que la mera legislación. Verán que la Libertad nos parece a la vez una categoría universal, que se puede temporalmente contener a la forma en que el caudal se reprime con la presa, pero que, cuando encuentra las condiciones naturales que trastornan sus disposiciones a proporciones de tempestad, suscita efectos que exponen la potencia de una fuerza incontrolable: Un sentimiento sólo puede ser fuente de energía si el mismo constituye la expresión de una intensa necesidad (Sigmund Freud; El malestar en la cultura, 1929), cual ha sido demostrado por eventos revolucionarios registrados históricamente en distintos puntos del orbe –incluso en recientes fechas–. Por nuestra parte, resolvimos la adopción de una intención más allegada, pertinente a la condición de sujetos cosmopolitas que, sin pertenecer a la cúpula política, ni acaso a airadas filas revolucionarias, presumimos le experimentamos efectivamente en términos diferentes a los del puro discurso legislativo o cualquier presunto ejercicio militar. La naturaleza del debate actual nos advierte sobre el probable reproche que se podría ejercer sobre esta postura en términos de la concepción antropológico-aristotélica del hombre como animal político, y aun la posibilidad del retorno de la crítica que Marx ejerciera sobre la Filosofía en las tesis de Feuerbach al declarar que: Los filósofos no han hecho mas que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo (1888)4. Contestamos con Châtelet que influir en el Hombre, como la Filosofía lo ha hecho a lo largo de la historia desde sus mismos orígenes, es influir eficientemente en el mundo, pues es en aquél sobre quien reposa el poder transformador de la cultura a partir de sus actos y conocimientos; y que, al atestiguar una fijación temática generalizada, afincada en lo político, resulta pertinente desarrollar la sensibilidad clara y distinta que nos permita ejercer una actitud crítica para también superar la sujeción inexcusable a tal enfoque, pues la Libertad buscará siempre la emergencia de nuevos horizontes conceptuales y no su anquilosamiento unívoco a tendencia perspectiva alguna.
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“Y bien, creo que ha dicho una tontería. Los filósofos han transformado el mundo. Lo han querido y lo han conseguido. No directamente, por cierto, sino porque sus ideas han influido sobre las élites y sobre las masas. Las ideas filosóficas se han incorporado en lo real. De lo cual deriva el interés por saber cómo el proyecto filosófico ha nacido y se ha consolidado.” François Châtelet; Una historia de la Razón, 1992.
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En un tiempo en el que se ha puesto en tela de juicio la utilidad de la Filosofía para la educación, al punto de considerar su desaparición de los estudios bachilleres en nuestro país, y de que incluso se generase un ámbito de incertidumbre respecto de su relevancia pragmática al casi referirse un “ocaso del pensamiento filosófico” en función a una extendida orientación técnico-mercantilista (que advierte la intención de enajenar individualidades a definiciones autómatas encaminadas al mero consumismo), definimos allegarnos del discurso filosófico y de acompañarnos de algunos de los más destacados representantes de la Tradición Filosófica de Occidente, así como de algunos de los más prominentes científicos de nuestra era, no para adjudicarnos sus glorias a la forma de quienes se denunciara, son enanos sobre los hombros de gigantes (Bernardo de Chartres; Metalogicon de 1159 «III, 4»), sino para proclamar con ellos la relevancia que ésta tiene como potencia críticoconstructivista, declarándola disciplina intelectiva soberana de aplicaciones ecuménicas notables al ámbito humanista. No desentendemos que aún pueda ocurrir que, para algunos, la pretensión latina de llevar a cabo este propósito parezca impertinente, concediendo tal autoridad tan sólo acaso a antiguas y prestigiadas escuelas europeas, resultando impropia la asunción de una tarea imposible para nuestra raza, en opinión de quienes pecaren de creer con el mismo Heidegger que “sólo se puede filosofar en griego o alemán” (Ver al respecto, Kenichi Mishima; El alemán como dialecto filosófico y Alberto Hidalgo Tuñón en Crítica al “pensamiento” de Heidegger desde el Materialismo Gnoseológico) y que el español no brinda las herramientas conceptuales para llevar a cabo tal faena. Sólo nos queda al respecto afirmar que la necesidad de ejercer un pensamiento analítico y proactivo sobre la realidad, constituye un derecho universal de todo hombre con capacidades reflexivas, y que, al igual que está ocurriendo en el mundo natural, dado los cambios climáticos y de asentamiento polar y económico, los centros de influencia y relevancia del entorno global se hallan en tal radical e insegura disposición, que todos tenemos que tratar, con aquello con lo que contemos, de realizar nuestro mejor y máximo esfuerzo (sobre todo en el ámbito intelectual y en América Latina –proponemos nosotros–). Declaramos en este momento que a lo largo de nuestra exposición nos daremos a la tarea de fundamentar en extensión réplicas a los argumentos adversos sobre nuestra disciplina, raza y postura.

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A la vez deseamos declarar que nuestro acercamiento a la Libertad guarda una disposición distinta de la que hemos atestiguado en la mayoría de los pensadores de este tiempo en aún un muy particular sentido. Encontramos que mientras mucho se adoctrina en “lo que debería ser”, se ha perdido el enfoque en lo que en realidad es. Parécenos que entonces, procurando hablar de Libertad, el discurso gravita entre lo que falta, lo pendiente, lo que hemos perdido; lo imperfecta, insegura y desvalida que ésta se halla. Creemos que al referirnos a la Libertad es menester bien poder reconocerle, apreciarle, ejercerle y promoverle en términos renovados e inspiradores, procurando superar nuestras relativas reservas y temores, y no sólo denunciar lo que tentativamente resulta obstaculizarle. A la Libertad, pues, proponemos nosotros; hay también, en su determinante ejercicio, que celebrarle. Es tal vez de esperarse que esta orientación planteé en algunas sensibilidades la inapropiada idea de que nos adentramos en un ámbito idealista, escabroso, fantástico y que no tendría nada que proponer al ámbito social contemporáneo al no referirse por entero a los temas de preocupación inminentes que nos aquejan en estos días de apocalípticos horizontes. A quienes así nos malinterpreten habrá que cortésmente anunciarles dos cosas: Primero, que el presente empeño se orienta hacia una efectiva exposición de lo que la Libertad es, y no de los inconvenientes que la limitan, al modo en que quien va conduciendo en carretera pone atención a los señalamientos que le llevarán a su destino, y no en los que van en contrario sentido, pues, si bien es cierto que se dan miríadas de condiciones socavantes e inconvenientes a la conquista de nuestros deseados objetivos y caros sueños, nuestro empeño estará orientado hacia la intelección y participación de su ímpetu, más que a la denuncia de cualquier supuesto impedimento o desarrollo de ingeniería utópica, es decir, no al estudio de lo que resulte imposible o relativamente “le obstruya”. Y segunda, que el ámbito de la esencial Libertad nos parece ligado al ejercicio formal de una potestad subjetiva fundamentada en la conveniente valoración, y por sobre todo en la experiencia constatadamente intelectiva y sensible de su eficacia. A quién insistiere en imprimir sobre esta reflexión el estigma de idealidad banal precisamente por mor de su cualidad subjetiva, al amigo que invoca que política es requisito primario a Libertad, le tendremos que reconvenir que ella tomó en un punto partido por la política y sólo a posteriori fue posible se planteara lo contrario, pues Libertad fue menester ejercerse incluso en el estado natural, con todo y los peligros que ello significó, y se reafirma en
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ámbitos tan íntimos como el pensar y sentir del Hombre que están originariamente fuera de cualquier marco político o jurisprudencial, además de que cualquier movimiento o propuesta política surge de la reflexión genuina del individuo y grupos de hombres libres que se atreven a poner en práctica sus ideales y valores rumbo a la consecución de sus intereses (de la categoría que éstos fueren). No, nuestra propuesta no plantea utopías ni reclama salvaguardas, no evoca líderes o mesías extraviados, no se lamenta de parajes desérticos o viejos tiempos de bonanza que nostálgicos añoremos. Ni siquiera pretenderíamos criticar deconstructivamente sino sólo en la medida en que ello es necesario para aliviar al criterio del peso teórico de esa fijación por lo ministerial. Convocamos a reconocer que nunca fue al Hombre absolutamente imprescindible contar con un marco social, o entorno político ideal para ejercer su potestad libertaria, sino bien al contrario, curiosa e inquietantemente, aun en las condiciones más adversas y disímiles, en que le fue necesario agudizar consciencia, sentidos y ánimo, el clamor por la Libertad del Hombre ha surgido incluso en medio de cadenas, entre sangre, sudor y lágrimas, y a pecho abierto, de entre aquellos que han consentido en – efectivamente– entregar su vida en pos de sus ideales: ideales virtudes, ideales valores, aquellos héroes idealistas que se cuentan por millares en la historia universal –y en nuestra Raza–. Sin embargo, y tal vez curiosamente para algunos, el tono de nuestro discurso tampoco se afianza en poética, épica, historia o literatura, sino que elaborará la exposición de la Libertad en términos ontológicos, es decir, con el propósito de desarrollar la representación que le es fundamentalmente propia a la disciplina filosófica: en atención a la –para algunos megalómana– pretensión de exponer discursivamente la esencia de la Libertad, con la intención de ni siquiera acaso “capturarle conceptualmente”, lo cual sería contrario a la exposición fiel de su verdadera naturaleza, sino de intuitivamente insinuarle en beneficio de nuestra propia sensibilidad, con el final propósito de regresar a nuestra cotidianidad en posesión de un sentido emancipante de Libertad; su certeza y alienación como potencia íntima y conveniente a la consecución de los proyectos de vida que como individuos, nación, región y humanidad, nos tenemos pendientes para con nosotros mismos. La intención que abrigamos al compartir esta postura nos lleva a realizar un ejercicio de integración especulativa que, en el breve espacio que tenemos disponible, brinde de sí una perspectiva
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tan cabal y edificante como lo plantea su naturaleza: un eidos (εἶδος) de vastedad tal vez

inauguralmente insospechada. Incurriremos en la representación fenomenológica de la Libertad en el ámbito a que tal vez más pertinentemente corresponda: al del Espíritu y la forma filosófica de su expresarle como discurso. La Filosofía hará, como todas las demás disciplinas alternativas del conocer, uso de su libertad para defender su derecho a existir 5 en un mundo que presume no necesitarle, que asume desde el advenimiento del súper-hombre técnico-mercantilista que no hay ya más necesidad de dios alguno y en donde lo exótico, exuberante y caprichoso resulta ser que cada quien puede cómoda y satisfactoriamente establecerse en su pretensión de estar en lo cierto –lo cual bien puede, por otra parte, y de manera científicamente postulable, ser verdad–, pero en que también el pesimismo existencialista y la falta de sentido nos condenan a un negativismo y a un agotamiento patente en muchos rasgos de nuestro ser, pensar, sentir y actuar, en múltiples estratos de la población global, con lo cual se evidencia la inminente necesidad de emplear la facultad del raciocinio y el pensamiento crítico en la resolución de los patentes problemas que como humanidad confrontamos. Éste nos parece precisamente el tiempo propicio para el retorno, el eterno retorno de la necesidad del Hombre por reencontrar y reelaborar su sentido, pues éste tiende a envilecerse, envanecerse y caducar con el descuido del análisis de los principios. Un curioso tiempo en que el relativismo protagórico se asoma divertido, coqueteando con un mundo que habiendo superado historiográficamente las imposiciones teóricas, demostradamente teóricas, de un dogmatismo gnoseológico impositivo, religiosista e intempestivo que no tuvo modo de conceder con el homo mensura que: “El Hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son.” (Protágoras en Diógenes Laercio; IX, 1) le evidencia superado, cual si el poder del dogma y la imposición ideática hubiesen podido nunca sofocar del todo la emergencia de estas “realidades alternativas”, demostrándonos testigos de un multiculturalismo pleno y floreciente. Vemos la manera en que actualmente podemos hablar categóricamente de una proyección eficiente del pensamiento, incluso tan sólo en la forma de procesos informáticos y de datos
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Ver http://www.ofmx.com.mx/defensa/
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electrónicos, y dado esto, de la emergencia de un pluralismo ideológico que, sin ser algo nuevo en la historia, establece sus ámbitos reales y reclama la potestad de ser así, por sí y para sí, como el ser humano lo decida, al estilo de lo expuesto en el Renacimiento por Pico della Mirandola en su Discurso sobre la dignidad del Hombre en las 900 Tesis (1486)6. Para quienes, en función a esta libre autodeterminación, tienden a considerar a la Filosofía como a disciplina abolida por la ciencia, el arte, la política o las tecnologías, les tendremos que decir que ella enajena con toda la autoridad que le confiere su carácter humanista, es decir, íntimo, subjetivo, anterior y trascendental en sentido kantiano, las potencias de todos los demás ámbitos y expresiones de la cultura con su poder reflexivo: al tiempo que la ciencia informa a la Filosofía, ésta inspira a la ciencia brindándole continuamente metáforas y perspectivas útiles a la comprensión fenomenológica de sus fórmulas e hipótesis, y revaluando el impacto de sus pesquisas en la sensibilidad y devenir humanos. Al tiempo que los tiempos corren, a esta vertiginosa y obcecada velocidad con que avanzan los descubrimientos y las técnicas, la Filosofía se actualiza a su vez a sí misma, aprovechando la sinergia de la integración de todos los otros ámbitos del conocer humano: lo histórico, lo técnico, lo político, lo artístico, lo social, lo religioso, lo científico, lo literario y todo lo demás . Esto en propiedad no será de suyo extraño para quien con ella esté familiarizado y, que aun considerando la rapidez de todo lo que acontece, entienda que la velocidad del pensamiento –teóricamente superior a la de la luz– sigue siendo la única medida ulterior con la cuál el Hombre podrá dar cuenta de lo que ocurre sobre la totalidad de su mundo, motivo por el cuál se muestra de manera elemental que ésta devendrá siempre relevante y generosa para el individuo reflexivo que, al añadirla a su integrada colección de perspectivas, siendo por otra parte ella misma la perspectiva más holista y todo-integradora que pueda pretender, adjudicará para sí la visión de conjunto a que podríamos llamar la filosofía verdaderamente propia de cada ser humano: Hermenéutica integral de su existencia.

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“Cuando Dios terminó la creación del mundo, empieza a contemplar la posibilidad de crear al Hombre, cuya función será meditar, admirar y amar la grandeza de la creación de Dios. Pero Dios no encontraba un modelo para hacerlo. Por lo tanto se dirige al primer ejemplar de su criatura, y le dice: «No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitaciones de acuerdo con tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho mortal, ni inmortal; ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera, que podrás transformarte a ti mismo en lo que desees. Podrás descender a la forma más baja de existencia como si fueras una bestia o podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos.»”
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Así pues, al haber realizado estas primeras observaciones sobre los motivos y métodos de esta exposición, comenzaremos la integración del complejo que deseamos ofrecer. Ésta se llevará a cabo mediante un método simple, estructuralmente dispuesto en una sistemática gnoseológica de ámbitos entrelazados y que nos brindará una visión de conjunto a la que podríamos llamar “cuántica”, en cuanto que exploraremos especulativamente los límites relativos al micro y macro cosmos, incluyendo por supuesto en esto la visión común del mundo humano. En esto desearíamos se afianzara la originalidad de nuestro empeño, en la amplitud y alcance de esta perspectiva: la exposición de la pluralidad innumerable y esencial de los caminos de la Libertad, y la fuerza de determinación que su asunción consciente brinda al individuo y que bien pudiere fungir como motor de los cambios que en el mundo anhelamos.

(Primer Movimiento) – Odisea a la Autarquía
El problema de la definición y ejercicio de la Libertad ha adoptado múltiples perspectivas orientadas mayormente al exponer del drama humano, aunque tiene también implicaciones en el mundo vegetal, animal e incluso material, como veremos más adelante. Ya hemos hablado, oído, leído y escrito, incluso ampliamente en este mismo certamen, sobre sus aspectos económicos, culturales, sociales, políticos, legislativos, humanistas, revolucionarios, dialécticos e incluso mediáticos, mas en nuestro interés ya declarado de determinarle en su aspecto ontológico, habremos de fundamentar nuestra exposición en términos cientificistas, apostados en la interrelación de una perspectiva atomista clásica y otra física contemporánea del mundo, buscando su origen más elemental, la justificación ulterior de su posibilidad de existencia, y la comprobación eficiente de sus efectos en los fenómenos privados, sociales y cosmológicos todos. La pregunta inaugural propuesta a nuestra pesquisa entonces será: ¿En qué principio ontológico nos es posible categorizar la posibilidad de que el Hombre esté positivamente en condiciones de pretender una efectiva libertad? ¿Puede esto íntegramente en verdad ser? ¿Es viable declarar al Hombre –contemporáneo, antiguo o del futuro–, entidad auténticamente libre? ¿Es o no el Hombre positivamente libre desde su nacimiento adjudicándose entonces tal potencia como a derecho propio y originario de su existencia?

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Al referirnos a la Libertad, no podemos sino vernos abrumados por la pluralidad de encuadres y ámbitos a que podemos atenernos en su análisis. Le encontramos un carácter universal tal que podemos hablar de su injerencia relativa a la determinación de los dominios de la existencia todos. Para el Hombre, la consideración de las condiciones bajo las cuales se ejerce, traza y delimita, discurren en torno a lo familiar, las comunidades, lo laboral, las escuelas, lo comercial, los medios de comunicación, lo actitudinal, las instituciones en general, lo regional, el pensamiento, el arte, y la forma de representarnos a nosotros mismos e incluso de sentir, y en fin a todo el complejo entramado a que llamamos mundo, llegando aun al interés de establecer acuerdos a su respecto en la creación de organizaciones legislativas interestatales (como la ONU) para la definición de sus alcances entre las naciones. Incluso se supone el arbitrio de condiciones metafísicas a su determinación en el ámbito de las religiones, dado que ellas establecen códigos de conducta en que se definen los límites apropiados a la actividad humana en función a los frutos que sus actos brindarían en trasmundos futuros, pareciendo pues que, si estuviésemos en condiciones de tener contacto pacífico con civilizaciones extraterrestres, seguramente también entraría a colación la consideración de los ámbitos de libertad pertinentes a cada “raza interplanetaria”. No dejamos pues de ver, en este preciso entramado regulativo, un marco impositivo instaurado al ser humano en múltiples ámbitos de su quehacer, que nos obliga a replantearnos: ¿Es posible considerar libre al Hombre atendiendo las condiciones –incluso físicas– que se imponen a él como determinaciones al ser? Parecería tentativamente loable aceptar con Rousseau que el Hombre ha nacido libre pero tiene cadenas por todas partes (El Contrato Social, 1762). Quien deseare adoptar para sí una orientación positiva respecto a la efectiva posibilidad de su libertad, al punto de declararle taxativamente entre el conglomerado de condiciones exteriormente impuestas, anteriormente expuestas, se enfrentará a una compleja paradoja. ¿Cómo se puede ser libre con todas las imposiciones establecidas por el medio? Tratando de contestar esta pregunta habremos de proponer este planteamiento, que entrelazaremos a la sustantividad hipotética de experimentación física formal de este tiempo, haciendo la afirmación definitiva de esta posibilidad: que el Hombre es efectivamente libre, argumentándole por medio de una representación conceptual, científica y dialéctica por un lado, pero estético-trascendental y anímico-espiritual en lo fundamental por otro, algo que
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podrá ser comprobable por cada individuo, en cada ámbito; en lo real, en lo físico, por el pensamiento y en lo sensible, pues padeceríamos frustración al subsumirnos tan sólo a la utopía. A los filósofos, como a los científicos, nos gusta por lo menos pretender genuinamente que nos referimos a la verdad, por más que esta pretensión para ambas disciplinas resulte en conclusiones siempre transitorias dada la modificación constante del campo y su representación, aun cuando, por otra parte, resulten efectivamente útiles en cada estadio histórico para los fines que provisionalmente emergen en los tiempos en que se patentizan. Respecto de la Libertad entonces, elaboraremos una argumentación cientificista que nos ayudará a categorizar la determinación de que el Hombre es efectivamente libre. Algo que deberá ser demostrable en amplio margen, desde su cualidad elemental, concediendo con Marx que:

Lo que se puede probar en lo pequeño es aun más fácil de mostrar cuando se toman las relaciones en dimensiones mayores, mientras que, por el contrario, las consideraciones demasiado generales, dejan subsistir la duda de si el resultado se confirmará en lo particular.

–Diferencia de la Filosofía de la Naturaleza en Demócrito y Epicuro, 1841. (Tesis doctoral)

El ámbito elemental al que hemos de afluir no será tal, en función a una única relación, o a un solo caso, institución o expediente de estudios como nos ha sido posible atestiguar se ha realizado en otras propuestas. Tampoco nos estaremos refiriendo, como se nos ha reprochado, a un enfoque subjetivista extremo de corte autista. El ámbito ontológico de consideración que vamos a atajar va a ser elemental e individualista, mas no en función a la segmentación de un hecho respecto de los demás, de un sujeto particular de entre todos, en un personalismo ramplón o resultando en meras “conjeturas personales”, dado que la condición a que nos abstraeremos deberá patentizarse en lo universal, verificable en todos los hombres, en todas las razas, en todas las corrientes, en todas las ideas, en todos los
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ámbitos y en todos los casos, por muy desmesurada que esta representación pudiese aparecer inauguralmente al ideario de algunos 7: La coordinación de la pauta extiende su regularidad al patrón integral. Al hablar del Hombre, nos referimos a todos los hombres y mujeres, a todas las sensibilidades dispersas y diversificadas pero unívocamente integradas por su posición relativa respecto de los demás individuos, particular y absoluta en sí, de sujetos sustentantes de la representación, entendida en Schopenhauer, dado que todos y cada uno guardamos la posición gnoseológica primordial en el universo propio de nuestra experiencia de vida: la de testigos fundamentales de la misma. La manera en que después, esta privativa experiencia se entrelaza a la de los demás individuos, así como su advertida interacción, habrá de ser explicitada y analizada, pero de manera a posteriori, pues con principios simples pero bien elaborados en lo singular, se puede mejor dar cuenta de complejos increíblemente entramados en lo colectivo, como demostraremos después. El Hombre será presentado libre, no porque lo asuma, ejerza o “aproveche” universalmente, sino porque la Libertad es de facto una potencia de carácter existencial: Estamos condenados a ser libres (Existencialismo y Humanismo, Sartre; 1946). Qué hacemos con nuestra libertad constituirá el estudio ya posterior de los efectos provocados por el poder causal que aquí deseamos por principio develar. Para este propósito pues, el ejercicio que habremos de llevar a cabo, así como sus aproximaciones primarias y esbozos procedimentales, no serán inicialmente algo inédito en la propuesta metodológica de la Filosofía. Nuestra integración comenzará con la operación arquetípica de una retrospectiva elemental de carácter cartesiano –estando por ello, en esta odisea, bien acompañados por el creador del método científico8– para guiarnos en una íntima reflexión, en este tiempo mejor informadamente llamada meditación (Meditaciones Metafísicas; Descartes), que será deconstructiva de los constitutivos gnoseológicos que integran la propia experiencia. Nos retraeremos temporalmente al ámbito más propio y genuino desde el que podríamos ejercer nuestra pesquisa por la Libertad, desde la propia íntima percepción, desde nuestra consciencia más elemental –aun cuando difícil de ser representada para algunas sensibilidades en extremo objetivadas–: la consciencia-de7

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“Declaraciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.” Stuart Hameroff; Ultimate Computing: Biomolecular Consciousness and Nanotechnology, 1987. “Pero la persona que por vez primera, explicita y rigurosamente formuló el concepto de leyes de la naturaleza tal como las entendemos fue René Descartes (1596–1650)” Stephen Hawking; El Gran Diseño, 2010.
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nosotros-mismos, Ser-ahí heideggeriano, en nuestra llana y cotidiana primaria individualidad. Esto tiene por propósito fijar nuestro enfoque en nosotros, por ahora sólo en nosotros; no porque el Hombre no sea efectivamente un ser social, sino porque olvidándonos temporalmente de sus condicionamientos contextuales, vamos a tornar nuestra atención al fundamento, al ámbito elemental de nuestra propia experiencia, pues compartimos la noción de que “el respeto a la libertad personal es la manera más eficaz para construir una sociedad más próspera” (7a convocatoria del certamen “Caminos de la Libertad”). Después tendremos oportunidad de regresar a lo cotidiano, pero plenos de una nueva visión de nosotros mismos y de la real potencia de nuestra potestad libertaria.

Cerraré ahora los ojos, taparé los oídos, apartaré mis sentidos, destruiré en mi pensamiento todas las imágenes aun de las cosas corporales, o, al menos, puesto que eso difícilmente puede conseguirse, las consideraré vanas y falsas, y hablándome, observándome con atención, intentaré conocer y familiarizarme progresivamente conmigo mismo. –René Descartes; Meditación Metafísica Tercera, 1641.

Desde esta postura se erigirán preguntas que tendrán la intención de confrontarnos con la realidad de nuestro propio estado, la cuestión girará ahora en torno a la definición esencial de si nos consideramos nosotros mismos –sin más–, efectivamente libres. Esta pregunta deberá ser contestada en el confort de nuestra propia intimidad, en confesión cabal de nosotros a nosotros mismos. En este puro ejercicio gnoseológico se realizará espontánea la operación arquetípica de una esencial declinación, una toma de postura privativa, definición psicológica personal, y muy fundamentalmente; una (libre) decisión ética 9: “¿Soy libre?”

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Que pretenderíamos define y establece al individuo en un estado o condición anímica e intelectual que de manera primaria y elemental sustenta el marco general de actuación desde el que “podrá” o “querrá” manifestarse en el mundo, pues, declararse libre es abrirse las puertas a la elección de entre múltiples posibilidades siempre presentes, y al cambio; mientras que negárnosla, significa cerrarse definitivamente a la posibilidad y conformarse pasivamente a lo dado y a lo impuesto. –N. de A.–
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Aún, incorporaremos aquí otra orientación, aprovecharemos la disposición que hemos alcanzado de reposar temporalmente en nosotros mismos para introducir un principio también cardinal, propondremos con fundamento en el criterio de valoración supremo propuesto en el siglo III a. C., por un maestro de la filosofía griega: Epicuro de Samos, la relevancia superior que sobre el mero pensamiento guarda la sensibilidad en su combinación con éste. Pues en tal particular sentido podemos con certeza apostar que la sensación es fundamental para la completa integración, ya no de un puro concepto del ser libre, sino de una experiencia personal afirmativa de libertad.

(…) toda razón pende de los sentidos, y la verdad de éstos se confirma por la certidumbre de las sensaciones. Efectivamente, tanto subsiste en nosotros el ver y oír, como el sentir dolor (o el experimentarnos libres o sometidos a alguna forma de limitación o esclavitud –N. de A.–). Así que las cosas inciertas se notan por los signos de las evidencias. Aun las operaciones del entendimiento dimanan todas de los sentidos, ya por incidencia, ya por analogía, ya por semejanza y ya por complicación (717); contribuyendo también algo el raciocinio.

–Epicuro de Samos; Sentencias Escogidas, alrededor del S. IV a. C.

Cuando Descartes fraguara mediante el método de la meditación, uno de los principios fundamentales de la filosofía moderna –que el propio pensamiento, y por lo tanto la propia existencia, es indudable, algo absolutamente cierto, y algo a partir de lo cual se pueden establecer nuevas certezas–, se forjaría el aforismo latino cogito ergo sum: «pienso, luego existo» (Discurso del Método, 1637), idea que se constituiría esencial en el racionalismo occidental hasta nuestros días. Propondríamos aquí una verificable y conveniente reformulación: Aun el ámbito intelectual puede ser demostradamente superado como certeza y privativa orientación existenciaria. Si la evidencia que Descartes encontró de su propio ser fue su pensar, ¿diría entonces que al no pensar dejaba de ser? (Paradoja de Boixnet:
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Pienso, luego existo, mas cuando no pienso, ¿no existo?) No. Aun en el ámbito más íntimo del sentir, se continúa siendo, pues podemos simplemente estar, sin pensar o actuar, de manera acaso temporal, y seguir, al sólo sentir, siendo, motivo por el cual el mero sentir se halla más cerca del ser esencial objeto aún de investigación para filósofos y científicos. El fundamento asociativo entre Ontología, Física y Neurociencia Afectiva que propondremos aquí como criterio de valoración óptimo de la propia experiencia –además de dominio supremo de la libertad humana–, presentará así la forma de un sentio ergo sum: «siento, luego existo» (aun cuando en este momento no esté pensando nada sino sólo contemplando sensiblemente), solemnidad de la consciencia como perceptora integral del ámbito propio, pero a la vez como posibilidad única de representación de la manifestación toda.

«El mundo es mi representación»: ésta es la verdad válida para cada ser que vive y conoce, aunque tan sólo el Hombre pueda llegar a ella en la conciencia filosófica y abstracta, tal como lo hace realmente al asumir la reflexión filosófica. Entonces le resulta claro y cierto que no conoce sol o tierra algunos, sino que sólo es un ojo lo que ve un sol, siempre una mano la que siente una tierra; que el mundo que le circunda sólo existe como representación, o sea, siempre en relación a un otro que se lo representa y que es él mismo. – Arthur Schopenhauer; El Mundo como Voluntad y Representación, 1819.

La incursión de las máximas anteriores es relevante al tema de la Libertad como integración historiográfica de los fundamentos filosóficos que sustentan nuestro planteamiento. De esta manera, en este movimiento primario, nos hemos desplazado gnoseológicamente en cuatro sentidos: de la ponderación del mundo a la consideración de nuestra experiencia privativa de éste, de ella a nuestras íntimas consideraciones intelectivas, y de ahí, a lo que sentimos. Cuando hablamos de Libertad, y con integridad le queremos definir, debemos considerar su fenómeno no sólo como la emergencia de una objetivada y eficiente, aun cuando siempre a
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la vez limitada y dependiente capacidad de desplazamiento y acción, esto es, no sólo en el sentido de poder hacer esto o lo otro, o de ir a éste o aquel sitio, sino al mismo tiempo, como a efecto propio de la sensibilidad y el deseo, los cuales, resultan entonces en cierta forma de “motor anímico” para nuestros pensamientos y actos, siendo esta relación tan evidentemente simbiótica, esto es, invariablemente recíproca, que también los actos y los pensamientos provocan comprobadamente variaciones en los tonos e intensidades de las emociones. Es éste el complejo propio de lo que podemos llamar la consciencia (sentidos, pensamientos y emociones integradas a lo existente), asentamiento y base del ser, en cada uno y todos los que componemos en la experiencia, la representación entrelazada de la manifestación. Ser libre, por esto, significa tener la capacidad, y asumida potestad eficiente de aspirar a nuestros genuinos afanes a partir de la determinación que alcanzamos por una íntima pasión, es decir, por nuestro deseo de manifestarnos en el mundo de tal o cual forma, dentro del amplísimo marco de lo posible, siendo esto condición de necesidad tal para la expresión del acto eficiente, que para Schopenhauer el universo mismo constituyó la objetivación material de una voluntad omnipresente que se expresa como un cosmos de proporciones infinitas, integrando en la experiencia del existir, la representación multidimensional a que llamamos manifestación, esto es, todo lo existente que se presenta siempre a una consciencia; una forma de animismo panteísta al cual podríamos llamar la “manifestación representada de la libre voluntad universal”. Más adelante habremos de explicar cómo ello ha sido parcialmente demostrado por la mecánica cuántica y cómo esto se vincula a una experiencia personal positiva de libertad. Por todo lo anterior, no podríamos entonces decir ciertamente de alguno que se pudiere considerar verdaderamente libre sin tener una poderosa y verídica sensación referente al respecto: El sentimiento abierto y emancipante del ser libre, pues, ¿Podría alguno declararse efectivamente libre sin experimentar el sentimiento propio a tal estado? Incluso aunque se encontrase en la cúspide del mundo, por así decirlo, si el mejor de los hombres no se sintiese efectivamente libre, a él recurrirían una y otra vez la pregunta por el sentido de todo y la nostálgica añoranza de su liberación (emocional). Las sensaciones y emociones constituyen un pilar definitivo para nuestra experiencia; son nuestra experiencia. A ésta le conducimos con el pensamiento –deseablemente–, pero casi en todo caso vemos reflejado un sentimiento o por lo menos un estado sensible emparentado a su respecto (pues, como
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ya dijimos, el ser es finalmente un estado siempre sensibilizado). Cuando alguno piensa: “soy insignificante y estoy limitado” o cuando al contrario piensa: “soy único y capaz, en mí reside la posibilidad de siempre luchar contra la adversidad”, al calificar nominando y erogando un criterio sobre la dimensión de algún fenómeno objetivo de la realidad, el pensamiento arroja inmediatamente un efecto sensible en la forma de un placer o un displacer, es decir una emoción (o pasión), reflejada a tal respecto, efecto que, al final, conlleva el curioso e inquietante rasgo de una asunción propia. En su “mito del carro alado” (Fedón o Sobre el Alma, 387 a. C.), Platón ilustra metafóricamente la constitución del principio que anima los cuerpos de los seres vivos, como a un carruaje conducido por un auriga; la parte más excelente, racional y divina de ésta, y que constituye precisamente al intelecto (ver Aristóteles; Ética a Nicómaco, Libro Sexto, S. IV a. C.), dirigiendo a dos caballos, uno salvaje e indómito que representa los apetitos y deseos sensibles e irascibles (pero que, secundando a Nietzsche, sería como naturaleza el asentamiento a la vez de la voluntad, el valor y la fortaleza –ver El Origen de la Tragedia, 1872–), y otro dócil y noble, que representa aquella parte que propulsa el carro hacia el conocimiento, la realización del bien y la justicia (ver Epicuro; Carta a Meneceo, S. IV a. C.). No podemos dejar de ver, aun en esta figura alegórica, la intención de fundamentar tres sesgos o “tiempos” del alma: el intelecto, la sensibilidad y la pasión. La fase intelectual bien pudiere constituir la parte teórica, argumentativa y discursiva en que se plasman las intenciones y los planes, que son relativamente fáciles de elaborar en tanto que constituyen imágenes mentales que se desarrollan prestas en la imaginación de los individuos. Sea tal vez por esto que a los liberales de hoy se nos critica, no de que no se tengan buenas y numerosas ideas e intenciones respecto de cómo mejorar y corregir el estado social actual de cosas, cual bien calificado, dispuesto y visionario sería nuestro auriga, sino de no poder exhibir la intrépida pasión que requiere la ejecución de estos actos, cual si nuestros caballos propulsores estuviesen famélicos, enfermos, agotados o simplemente mal dispuestos; demasiado acostumbrados tal vez, ya sólo al suave trote y a evitar los caminos sinuosos, escarpados y rocosos por los que nos orienta la visión de los cambios de fondo que nuestra sociedad requiere y, aun, una insensibilidad patente respecto de lo que ocurre a los demás, a los necesitados, relegados y prescritos del sistema. Las partes sensible y aun pasional de la fórmula nos parece no deben ser desdeñadas o suprimidas del complejo. Si bien una mente
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clara y una orientación bien definida son necesarias para la buena conducción de nuestra vida –y de la familia, comunidades, sociedad y civilización–, la sensibilidad abierta a lo que ocurre alrededor y a los demás, y que constituye una parte fundamental del criterio de valoración práctica a emplear en nuestra consideración de la realidad, así como la pasión, el impulso y la determinación de llevar a cabo nuestros propósitos, constituirán la integración de un poderoso carro de combate, en contra, ya no de un particular adversario, sino de la adversidad en general. Y dado que cualquier empeño filantrópico por compartir la verdad del ser libre, debería estar en posesión de aquello que pretende infundir –a la forma de evitar lo que se dice: “no poder dar lo que no se tiene”–, el efectivamente liberal tendrá por lo menos que sentirse (concederse) libre, y en la posibilidad de participar a otros de ese estado, contando él mismo con esa inteligencia, pasión y sensibilidad, que requiere proyectar para convencer e inspirar, a menos de sólo pretender, nuevamente, exponer sólo quimeras. Es con el análisis fundamentado por esta pasión que se suscita genuina la reflexión sobre la Libertad, y el motivo esencial de tal reflexión, puede resultar en su aplicación cabal a proyectos teleológicamente hedonistas, eudemonistas, y en el más amplio y noble sentido, utilitaristas. Mas ahora, después de haber realizado los movimientos anteriores de una perspectiva gnoseológica a otra, dentro de lo patente a la experiencia, habremos de realizar un nuevo salto en nuestro estudio. Concedemos que analizar la Libertad en términos discursivos subjetivistas les ha parecido a muchos insuficiente para decretar su validez o reconocer su sustantividad a lo largo de la historia. Buscar la concesión unánime sobre la objetividad existenciaria de la Libertad mediante consideraciones argumentativas subjetivadas es como perseguir gallinas en un corral, afanándonos por alcanzarles al vuelo, sin atinar acaso a apresar a alguna. En vez de ello quisimos conducirnos más apropiada y convincentemente y elaborar un salto cuántico para trasladarnos de la percepción, la comprensión y la emoción, a aquello que hace a éstas posibles, un ámbito de estudios ciertamente distinto del que veníamos procurando, mas desde donde habremos de trazar la explicación esencial de las posibilidades ontológicas de la Libertad en el mundo físico. En esta transmutación de nuestro enfoque, entraremos, como lo advertimos desde el principio, al terreno de la ciencia, para categorizar con ella, en el inverosímil encuadre del micro-mundo físico, aun una evidencia de alcances atómicos de la singularidad a que llamamos Libertad, al punto de insinuar su
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aplicación al mundo incluso todo de lo natural. Si se puede demostrar esto, con evidencia en lo que presenta la teoría físico-mecánica actual, habremos ya logrado dejar de perseguir gallinas, mejor consiguiendo, a la manera en que lo hiciera el flautista de Hamelin de los hermanos Grimm, hacer gravitar a esta explicación, las reflexiones elementales y pretendidamente objetivas que presumimos. Aclaramos que este acercamiento cientificista tampoco es algo nuevo a la Filosofía, la cual comenzara como filosofía natural (física especulativa clásica) y que aun la declaración elemental que se alcanzará al proponer otro principio ontológico de la realidad, se habrá de rescatar de entre nociones filosóficas olvidadas que nos compartían su verdad desde hace siglos. Algo que Epicuro el samio, habría de proponer incluso antes de nuestra era, y que tomó varios siglos en poder ser de nuevo develado, reservadamente pertinente en la modernidad como lo podremos categorizar en este tiempo, aun en la necesidad de ser, como teoría, actualizada, corregida, extendida y perfeccionada, no justificada por entero, mas sí esencialmente sustentada por ciertos hallazgos de la física cuántica. Decía Víctor Hugo que no hay nada más poderoso que una idea a la cual le ha llegado su momento, y el momento del clinamen como explicación fundamental de la Libertad, y aun de la Existencia, ha regresado.

(Segundo Movimiento) – La Majestuosa Singularidad del Ser
Los principios verdaderos son los átomos y el vacío; el resto es opinión, apariencia.

–Epicuro de Samos en Diógenes Laercio; IX, 44.

Ante la intención de realizar la definición de una cualidad humana, es común y pertinente que nos sea requerida una concepción antropológica sustentante. ¿Cuál es el concepto de “Hombre” que asume el planteamiento? Hemos podido atestiguar a este respecto, cómo diferentes consciencias se sincronizan idiosincráticamente, haciendo aparecer concepciones coincidentes, en distintos lugares e individuos, a partir tal vez, de la evolución propia de un así llamado subconsciente colectivo 10 (Jung), y de las nuevas capacidades de comunicación
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“Lo inconsciente colectivo es todo menos un sistema aislado y personal. Es objetividad, ancha como el mundo y abierta
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dinámica que ha establecido la técnica de estos tiempos. Compartimos ya en la modernidad la certeza de que el ser humano es una entidad multidimensional, un entramado de ámbitos sincrónicos y entrelazados, e incluso hemos visto la vasta pluralidad de factores que componen su experiencia. El Hombre es un complejo de distintas categorías de esferas integradas que interactúan, influyéndose recíprocamente. Esta perspectiva juega ahora un papel fundamental en la comprensión de variados aspectos de su experiencia vital. El sujeto es parte de su contexto, es verdad, pero también es independiente de él en un paralelo si bien divergente sentido, pues puede “abstraerse” de éste y no por eso dejar de ser él mismo, y puede aun cambiar e influir voluntariamente en su entorno. Es un animal político, sí, pero es también una individualidad claramente soberana en tanto que consciencia singular, en un ámbito diferente de actuación, como lo hemos procurado redimir aquí. Tiene una profesión, un trabajo, ejerce estudios, comercia, invierte, participa socialmente, brinda y se cuestiona, tiene familia y certezas alternativas y variadas acerca de la realidad y de su mundo íntimo, anímico y espiritual, mas ninguna de estas condiciones es del todo permanente o estática, pues el Hombre puede cambiarlas, ejerciendo el poder de su determinación. El ser humano es un ente compuesto de distintas dimensiones, algunas exteriores y objetivas en el más lato sentido, pero otras internas, incluso si se desea, en uno metafórico. Este ente es, ya lo dijimos, una integración sincrónico-multidimensional: Es todos estos caracteres y constitutivos entrelazados. Esta integración presenta componentes fijos y variables, aspectos determinados por la naturaleza y el nacimiento, y otros factores resultantes de la propia definición; de la preferencia, de lo que elegimos adoptar como “aditamentos” a la vida, y aún de los inminentes efectos de la casualidad, la fatalidad y el azar ( fatum). De esta diversa combinación de condiciones, naturalezas, singularidades y elecciones se va integrando la experiencia de cada uno, a la forma en que se “sazonaría” una pócima mágica en un gran caldero. Cada experiencia o accidente, cada decisión e idea que se van añadiendo, a la forma de “ingredientes al ser”, le van dando un “nuevo sabor”, le van aportando algo al todo holista que llamamos ser humano y, en su inserción a una sociedad, a lo que llamamos cultura y humanidad. Esto es de forma tal que lo que se va elaborando resulta ser siempre
al mundo. Yo soy el objeto de todos los sujetos, en perfecta inversión de mi consciencia habitual, donde soy siempre sujeto que tiene objetos. Allí estoy en la más inmediata e íntima unión con el mundo, unido hasta tal punto que olvido demasiado fácilmente quien soy en realidad. «Perdido en sí mismo» es una frase adecuada para designar ese estado. Pero ese «mismo» es el mundo, o un mundo cuando puede verlo una consciencia. Por eso hay que saber quién se es.” C. G. Jung; Sobre los Arquetipos de lo Inconsciente Colectivo, 1934/1954.
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nuevo y distinto. El Hombre es una integración, incluso psicológicamente hablando, como siendo compuesto por distintas personalidades. Somos la asamblea de nuestros caracteres psicológicos dominantes y recesivos. Dentro de nosotros cohabita un valiente, un miedoso, un feliz y otro animoso, entre muchos otros aspectos actitudinales, emocionales, intelectivos y parciales, que tomando turnos, se manifiestan definitorios del carácter psicológico total del individuo en un momento u otro de su devenir. Al habernos subsumido, en el estudio de la Libertad, a lo que quisimos proponer como su ámbito más elemental: la íntima sensibilidad privativa, pretendimos alcanzar su fundamento “experiencial” en la integración de todas estas distintas dimensiones, al interior de su aspecto basal. En general, nos es tentativamente viable el poder sentirnos a nosotros mismos, es decir, el ser auto-conscientes de nuestra sensible existencia, a menos de padecer alguna patología que afectare nuestro sentido de ser –lo cual de por sí se plantea bizarro y ajeno–, y sin embargo, aun cuando este último fuere el caso, no podríamos pretender cabalmente el estar del todo inconscientes en fase o ámbito alguno de nuestro devenir. Se dice en las Upanishads, antiguos textos filosóficos hinduistas, que ningún momento de la existencia presenta la forma de una absoluta inconsciencia, dado que alguna percepción, incluso una muy vaga y sutil, se sostiene a lo largo de ella, incluso mientras soñamos, y aun, cuando sin soñar, entendemos que en ese oscuro estado de consciencia, el sujeto cognoscente intuye al despertar, que mientras estuvo dormido; “no experimentó nada” 11.

Considero a la consciencia fundamental. Considero a la materia como derivada de la consciencia. No podemos trascender la consciencia. Todo aquello de lo que hablamos, todo lo que consideramos existente, postula consciencia. Max Planck12; El Observador, 1931.

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“Una vez alguien le preguntó a un gran sabio: ¿Qué es el Ser? El sabio respondió: El Ser es el testigo de la mente. Dentro de nosotros hay un ser que observa todas las actividades de nuestras horas de vigilia. Por la noche, cuando vamos a dormir, ese ser no duerme, sino que se mantiene despierto y por la mañana nos informa de nuestros sueños. ¿Quién es ese conocedor? La Katha Upanishad dice que el Ser que está en todas partes es quien percibe tanto el estado de sueño como el de vigilia.” Swami Muktananda; ¿A dónde vas?, 1995. Físico teorético alemán fundador de la teoría cuántica, la cual le valió el premio Nobel de Física en 1918.
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Por más que la anterior incursión pudiera acusarse “espiritualista”, y de que en ocasiones la descripción de fenomenología gnoseológica o epistemológica, guarde la apariencia de contenidos místicos o esotéricos, nuestra intención en este ensayo se halla en disposición diametralmente contraria a tal respecto, ya que si nos fuere aún hoy posible referirnos al universo en términos “espirituales”, en el actual estado de cosas ilustrado, sería de necesidad absoluta el no abandonarnos a dogmas o definiciones ortodoxas que se hallen sin comprobación por experiencia, de individuos aun tal vez necesariamente aristócratas o emancipados de nuestra era, pues declaramos la intención de alcanzar y proponer determinaciones propiamente verificables a sujetos libres de falsas opiniones populares y prejuicios religiosistas de orden dogmático. Al hablar de la base fundamental de la experiencia humana, secundaremos la tendencia contemporánea a evitar la incertidumbre arrojada por cualquier concepción metafísica o religiosa y preferimos declinar con los tiempos de cualquier explicación de tal tipo (aun cuando en lo personal no censuramos visión cosmológica o religiosa alguna, mientras no pretenda tornarse impositiva, condenatoria o unívoca), rechazando provisionalmente la noción de la existencia de un alma inmortal 13 y prefiriendo, a este respecto, hacer ahora el salto gnoseológico que habíamos también ya anunciado hacia el ámbito de un conocimiento presumiblemente universalizado y experimentalmente demostrable: la ciencia.

Es Laplace a quien usualmente se le da el crédito de postular claramente el determinismo científico: Dado el estado del universo en un tiempo cualquiera, un juego completo de leyes determinan tanto el futuro como el pasado. Esto excluiría la posibilidad de milagros o el papel activo de Dios. El determinismo científico que Laplace formulare es la respuesta científica moderna (...). Es en realidad, la base de toda ciencia moderna, y
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Muchos pretenderían aceptar como fundamento ontológico del Hombre una forma históricamente representada de “demiurgo”; el alma inmortal, concebida como esencia de la experiencia individual y que es entonces supuestamente relevante porque su existencia representa a la vez la adopción de una postura moral, de suyo característica, respecto de la interpretación de la naturaleza de lo real: la Religión y sus doctrinas, dogmas y mandamientos; un acercamiento que, por mucho que se quisiese íntegramente rescatar de la crítica a que se somete por sus inconsistencias definitorias y bajo los argumentos brindados por la evolución de las evidencias objetivas, y por tanto patentes, que arroja el estudio científico de la materia, se enfrenta a complicaciones insalvables al tratar de explicar y adaptarse a los cambios que se van patentizando en nuestra concepción del cosmos con el correr del tiempo. –N. de A.–
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un principio que es importante a lo largo de este libro. Una ley no es científica si se sostiene sólo cuando un ser sobrenatural decide no intervenir. Reconociendo esto, Se dice que Napoleón preguntó a Laplace cómo encuadraba a Dios en esta escena. Laplace respondió: “Señor, no tengo la necesidad de esa hipótesis.” –Stephen Hawking; El Gran Diseño, 2010.

¿Cuál será entonces el alcance de nuestro libre albedrío y de nuestra “erogada” libertad si, aun Dios existiere, habría posibilitado el ser anulado de la perspectiva gnoseológica del Hombre moderno al darle la potestad de declararle del todo inexistente, y aun irrelevante a su material experiencia en la permanente posibilidad abierta de cambiar nuestra concepción del universo “a voluntad”, al adaptarla a un cuerpo particular de creencias heredadas o personalmente elaboradas? ¿Podríamos dejar de ver, en la patencia de esta “capacidad de determinación de la naturaleza espiritual del mundo”, la inminentemente efectiva libertad de concepción, asunción y definición que se eroga al Hombre? Nosotros proponemos con Epicuro que resulta pertinente que se permita a cada quien decidir íntima y genuinamente sobre la posibilidad o imposibilidad de la existencia de un ser superior universal, incluso “inteligente”14. Queda a cada quien decidir, en su propia individualidad y elección, la cualidad esencial, realidad material o espiritual –con Dios o sin dios–, del universo, de forma personal. Finalmente, el conocimiento del mundo que adoptemos definirá las expectativas propias que sobre él guardamos, determinando de igual forma, la manera en que el Hombre habrá de pensar, sentir y actuar, a partir del genuino modo de íntimamente representárselo. Con todo lo anterior, cuando alguno se quisiese definir por concepción religiosa alguna, siendo esto su completo e inalienable derecho, la visión teológica de su mundo no debería pretender dejar de lado o ignorar del todo lo que se está descubriendo en el ámbito de la ciencia. Las conclusiones que se están extrayendo de los experimentos
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Para conocer más acerca de nuestra postura al respecto se puede revisar el capítulo 3, sección: “Apropiada Intuición de la Divinidad” de la tesina de grado intitulada: Concepto de Felicidad en la Filosofía Hedonista de Epicuro de Samos; Luis Gerardo Hernández; UNAM, 2007. Pág. 54. http://www.scribd.com/doc/63216419/Concepto-de-Felicidad-en-laFilosofia-Hedonista-de-Epicuro-de-Samos
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realizados en laboratorios de todo el mundo dejan ver que nuestro universo es más curioso y singular de lo que lo pudimos haber nunca pensado o lo hubiese pretendido representar cualquier religión, y ello no se puede desacreditar o ignorar por la intención de seguir ulteriormente y sin reparo dogma alguno, por lo cual, entraremos al estudio de un ámbito ausente de la necesidad de la figura de Dios, o símbolo alguno de mítica infinitud, a pesar de cualquier reserva que pudiésemos guardar, en la intimidad, a este respecto. Además de considerar al Hombre como a complejo constituido por una amplia variedad de dimensiones –sustrayendo ya entonces la noción de “alma inmortal”–, le hemos de considerar nuevamente aquí como composición, mas en un distinto, si bien también elemental sentido, uno muy simple y esencial, que, sin embargo, enmarca las orientaciones generales con que contamos en la actualidad acerca de la estructura material de la existencia. Entraremos en la consideración de determinaciones físicas verificables en el ámbito microscópico, pues ahora, pasamos de la consideración social, antropológica, psicológica y espiritual de nuestro estudio, a un curioso ámbito de emergencia verificable: el físico-atómico, un fascinante entorno de proporciones infinitesimales que presumiblemente abarca todos los demás ámbitos del existir, al ser base material de la manifestación. Si en nuestra deconstrucción de los componentes gnoseológicos propios de la experiencia humana con todas sus implicaciones, llegamos al punto de la consideración de la consciencia como base esencial de la experiencia individual y social, podemos ahora con propiedad preguntarnos: ¿Sobre qué principios objetivos (materiales) se sustenta la posibilidad de la emergencia de una consciencia libre y sensible? Esta pregunta puede presentarse intrigante, irrumpiendo con un enfoque que se hubiese pensado ajeno al estilo de consideración que veníamos procurando. Con ella, estamos marcando una pauta definitivamente distinta de orientación, de definición teleológica a nuestra exposición, y un regreso alterno fundamental hacia el mundo, en sus ámbitos materialista, objetivo y microscópico. Adoptaremos una visión objetivista de carácter demostrativo, enfocada en lo material y su constante cambio. Deconstruiremos ahora la experiencia al considerarla resultado de la interacción de un conjunto general de sistemas orgánicos: el cuerpo humano, también en su independencia, porque curiosa pero comprobadamente, el ser individuos significa ser libres incluso también en ese sentido: como independientes poseedores de un propio cuerpo; este cuerpo materialmente compuesto.
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Hemos deconstruido nuestra experiencia llegando ahora a su aspecto material, asumiendo los constitutivos que sustentan la posibilidad de la emergencia de la consciencia humana, no más como espirituales o psicológicos, sino como materiales. Exploraremos la realidad en su sustancia física verificada por la ciencia: los átomos, los cuales rodeados de vací o (74% de energía oscura, 22% de materia oscura y 4% de átomos 15) componen finalmente todo, tanto lo objetivo, como la posibilidad de existencia misma del conocedor; la emergencia de la consciencia. Aquí se deben integrar, como consideraciones relevantes, varios ámbitos ónticos, pues mientras existen los reinos mineral, vegetal y animal en la visión general de un ecosistema, podemos aun hablar de encuadres físicos, biológicos y químicos antes de llegar al ámbito cuántico, en dónde las diferencias entre los constitutivos de estos reinos y campos de estudio resultan ser esencialmente nulas. El propósito de recurrir a un análisis atómico-elemental en busca de la esencia de la Libertad es del todo originalmente filosófico. Ya Marx en su tesis doctoral sobre las diferencias de las filosofías de Demócrito y Epicuro pone de manifiesto que para encontrar el hilo conductor de la libertad humana se debía seguir con estos griegos el camino a la base constitutiva del ser material. Existe un marco de posibilidades físicas que se presenta patente a la emergencia de la experiencia, del estar, del reflexionar e incluso del sentir. Una serie de procesos sutiles, parciales y segmentados pero a la vez integrados en lo que llamamos “el cuerpo” y sus funciones. Un estudio acabado de fisiología humana podrá mejor puntualizar los sistemas, órganos, tejidos, células, y demás componentes, que hacen posible la vida en su ulterior complejidad. En este punto nos podemos preguntar: ¿A qué realizar este cambio de perspectiva desde lo humanista, subjetivo y social, hacia lo científico, natural, microscópico y positivista? El movimiento que llevamos a cabo podría haberse argumentado caprichoso si no hubiésemos planteado desde el principio el propósito de elaborar la exposición de una explicación científicamente sustentable sobre lo que hemos dado en llamar la esencia de la Libertad. Evidentemente una demostración tal se sospecha paradójica, incluso absurda. Si antes habíamos dicho que la Libertad como concepto se asociaba a ámbitos tan variados de la experiencia del Hombre que se podía incluso concebir diluido entre la aplastante multitud de

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Ver http://www.cosmologia.relatividad.org/modelos.html
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encuadres que le son pertinentes, en la patencia de su relevancia, ¿A qué ahora involucrar un ámbito tan “despersonalizado” como lo es la ciencia física? Como cultura (occidental), nos hemos acostumbrado de tal manera al crédito que concedemos al discurso científico 16, que tendemos a justificar la validez de las premisas que defendemos al simplemente referirles un carácter científico a sus pruebas sustentantes: “Esto está científicamente comprobado”, decimos, para elevar nuestras demostraciones a carácter de “indubitable”. Si es científicamente demostrable, solemos conceder en estos días; es verdad. Esto puede ser explicado por el hecho de que la ciencia se basa en la realización de estudios cimentados en fenómenos materialmente comprobables, y en que la orientación gnoseológica contemporánea basa sus conjeturas aceptadas en elementos patentemente brindados a los sentidos desde la fuerte influencia del positivismo de Hume, Comte y Stuart Mill de finales del siglo XIX. La ciencia, mediante la generación y presentación de múltiples pruebas, nos ha acabado por convencer acerca de la veracidad de las cosas que declara, por estar basadas en datos cuantificables en perfecta matemática, y por enfocarse en arrojar resultados prácticos, estables y replicables, permitiendo, además de la demostración indudable, la creación de herramientas útiles y relevantes como las que posibilitan el aprovechamiento de las energías naturales, las comunicaciones, los transportes, la industria, etc., con lo que se ha dejado de cuestionar en sus eficiencias. Cuando se mejoraron las capacidades de observación científica por mor de mejores métodos, cálculos e instrumentos, y por haber superado el oscurantismo religiosista, se comenzó a entrever que el universo que habitamos no era en absoluto como se había antes apenas llegado acaso a vislumbrar. Este cambio de paradigma transformó por completo la visión de la realidad que el Hombre asumió y adoptó a lo largo del modernismo y hasta nuestros días. Se comenzaron a presentar soluciones técnicas que nos hicieron creer que nada era imposible para el adecuado conocimiento de la naturaleza y se liberaron nuevas capacidades de aprovechamiento, producción y observación del entorno, con que incluso, podría llegar a pretenderse en nuestros días –tal vez de forma todavía en exceso triunfalista–, es posible al Hombre llegar a entender los mecanismos de la naturaleza,
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Particularmente por el hecho de que a lo largo de los últimos 40 años las demostraciones realizadas por las ciencias naturales nos han convencido de la aplicabilidad eficiente de sus principios para la conveniente transformación de la naturaleza, al grado de que hemos avanzado más en este periodo en nuestra técnica que en la totalidad de la historia del Hombre en la Tierra. –N. de A.–
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al punto de alcanzar aquel ideal ilustrado 17 de entronizarle “amo absoluto” de la misma, con disciplinas de avanzada tales como la genética, la nanotecnología, la robótica, la computación cuántica y muchas otras ramas de la tecnología actual, con las cuales querríamos por lo menos pretender, se lograre salvar a la especie de una catástrofe global. Así, cuando cosmogónicamente se plantean teorías acerca del origen del universo, en el ámbito científico, nos podemos referir en nuestro tiempo al llamado Big Bang que se supone le creó, asumiendo que, una vez dado el fenómeno, continúa en constante expansión. A partir de la segregación de elementos esenciales, se conjetura la generación de cuerpos celestes, y en ellos, por un sistema de aglomeración y separación de compuestos, producto de la gravedad y otras fuerzas, el devenir de un conjunto impresionante y sorprendente de operaciones químicas que generaron los elementos biológicos que suscitarían la vida, originándose entonces, el ser más elemental que por mor de una evolución orgánica inconsciente, desde una etapa primitiva, devino en la aparición de los organismos más complejos, incluso pensantes.

En la actualidad, casi todos los naturalistas admiten la evolución bajo alguna forma. Míster Mivart opina que las especies cambian a causa de «una fuerza interna o tendencia», acerca de la cual no se pretende que se sepa nada. Que las especies son capaces de cambio, será admitido por todos los evolucionistas, pero no hay necesidad alguna, me parece a mí, de invocar ninguna fuerza interna fuera de la tendencia a la variación ordinaria. –Charles Darwin; El Origen de Las Especies, 1968.

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“El mito se disuelve en Ilustración y la naturaleza en mera objetividad. Los hombres pagan el acrecentamiento de su poder con la alienación de aquello sobre lo cual lo ejercen. La ilustración se relaciona con las cosas como el dictador con los hombres. Éste los conoce en la medida en que puede manipularlos. El hombre de la ciencia conoce las cosas en la medida en que puede hacerlas. De tal modo, el en sí de las mismas se convierte en para él. En la transformación se revela la esencia de las cosas siempre como lo mismo: como materia o substrato de dominio” Adorno y Horkheimer; Dialéctica de la Ilustración, 1944.
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Sabemos que el cuerpo humano constituye un gran milagro de la naturaleza orgánica. El fenómeno de la consciencia se fundamenta en la perfecta integración de variados procesos bioquímicos y fisiológicos, de distintos sistemas, órganos, glándulas, células, transmisores y compuestos, en un increíble complejo de elementos que finalmente se descompone en átomos, para alcanzar a Epicuro, y de ahí, en partículas subatómicas, para alcanzar en la actualidad a las teorías cuánticas que pretenden la representación de la manera en que éstas se comportan, y donde comienzan a emerger impresionantes misterios acerca del curioso cosmos que habitamos. Somos entidades atómicas integradas que se definen en múltiples sentidos a partir de tal condición. Como seres pensantes, supuesta cúspide de la pirámide evolutiva, nos definimos psicológicamente a partir del aprendizaje, por el desarrollo individual y social, en función a la educación recibida en el particular escaño a que pertenecemos en nuestra cultura anfitriona. Ya finalmente somos políticos cuando confrontamos la realidad esencial de la existencia de los otros, habiendo abandonado concepciones solipsistas u ostracistas, y al entendernos constitutivos de, y constituidos por, la comunidad de congéneres y efectos que nos rodean. Lo que finalmente vamos a considerar es que la evolución de todo el drama humano ha partido de una naturaleza cosmológica surgida desde el ámbito subatómico. Es aquí en dónde encontraremos la más curiosa y extraordinaria explicación acerca del hecho de que la realidad es un marco de posibilidades abierto y constantemente influenciable. Se establecen nuevos marcos de posibilidades fácticas y físicas en un entorno que plantea la opción de tomar una decisión a cada momento, lo que, en lo fundamental, disimula procesos mucho más sutiles y elementales ocurriendo de manera incansable en el mundo atómico, determinando marcos de posibilidades infinitesimales e infinitas.

(Tercer Movimiento) – El Clinamen: la Esencia de la Libertad
En los estudios actuales de la física cuántica se llega a la exposición de la curiosa forma en que se comportan las partículas subatómicas, en especial los electrones. Se comprueba que éstas no se encuentran en una posición verificable, dada su velocidad y peculiar comportamiento, y que, finalmente, es imposible determinar su ubicación real sino acaso sólo sus estados probables (lo cual también puede decirse tentativamente acerca del libre acto
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humano). Ha sido teóricamente planteado que la determinación misma de la posición de éstas partículas se realiza a partir de una cierta forma de fijación consciente, es decir, bajo cierta intencionalidad influyente como enfoque sobre el hecho, dado que las definiciones de tales estados de energía son incluso presumiblemente afectados por la función del observador18. Lo que esto quiere decir es que nos encontramos en un ámbito en el que la definición de lo real se halla en función del enfoque “voluntario” de “alguna forma de curiosa consciencia”, incluso la nuestra propia. Ahora sabemos que el electrón toma caminos inconcebibles en su devenir hacia la determinación de su ubicación para manifestarse como materia. Sus rutas corresponden a definiciones simple y sencillamente imposibles de predecir, aun cuando se consolidan en lo patente fenomenológico.

Ni siquiera la propia naturaleza sabe que camino va a seguir el electrón.19

–Richard P. Feynman20; El Carácter de la Ley Física, 1965.

En la Grecia clásica, con Epicuro de Samos, se forjaría un concepto explicativo de la voluntad y la decisión fundamentado en la concepción especulativa de una operación atómica definitoria de la naturaleza, que sería después nombrado por uno de sus más prominentes discípulos, en Roma; en el siglo I a. C. (Lucrecio 21): el clinamen22, figura que
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De acuerdo a la física cuántica, no puedes “sólo observar” algo. Esto es, la física cuántica reconoce que para hacer una observación, se debe interaccionar con el objeto que se está observando. Por ejemplo, para ver un objeto en el sentido tradicional, le ponemos luz encima. Ponerle luz a una calabaza, tendrá por supuesto, apenas un ligero efecto sobre ella. Pero arrojar incluso un tenue rayo de luz sobre una partícula cuántica, esto es, dispararle fotones encima, tiene un efecto apreciable, y algunos experimentos muestran que cambia el resultado de los mismos, en la manera en que la física cuántica lo describe. Stephen Hawking; Ibídem. Pág. 70. Es algo que nadie decide, ni aún sabe, pues “nadie comprende todavía la física cuántica” (ibídem). Físico estadounidense, considerado uno de los más importantes de su país en el siglo XX. Su trabajo en electrodinámica cuántica le valió el Premio Nobel de Física en 1965. “Cuando los átomos se mueven en línea recta a través del vacío por su propio peso, se desvían ligeramente en el espacio en momentos y lugares inciertos, apenas lo justo para que pudieres decir que en su movimiento han cambiado. Mas, si no tuvieren tal costumbre de desviarse, caerían todos hacia abajo a través de las profundidades y a la nada, cual gotas de lluvia, y no se produciría colisión, ni contacto alguno se produciría entre ellos. En tal caso, la naturaleza habría nunca entonces producido nada.” Lucrecio; Sobre la Naturaleza, Siglo I a. C. Clinamen.– Esencia de la libertad; Ligera desviación de los átomos en su caída (o en su movimiento sometido a leyes necesarias) que los epicúreos idearon para conciliar su física determinista con la libertad humana que supone toda predicación de una ética. Ver http://lengua-y-literatura.glosario.net/terminos-filosoficos/clinamen-5649.html
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posteriormente sería rescatada por Marx en su tesis sobre las filosofías de Demócrito y Epicuro que ya antes hemos citado. Fue por estos pensadores griegos 23 que se concibió de manera original, en la época Clásica, la cualidad atómica de la realidad, y por Epicuro, el filósofo, su relación con el libre albedrío humano. Que el mundo está constituido por un número incalculable de partículas infinitesimales habría de ser comprobado por la ciencia durante el siglo XVIII y primeros años del siglo XIX por John Dalton, químico, matemático y meteorólogo británico. A partir de entonces se intuye la injerencia de una curiosa “desviación” o movimiento, en la interacción de los átomos y sus partículas constitutivas, en la generación de las diversas configuraciones de la materia. En cada momento de la existencia se pone en juego la toma de una peculiar forma de “declinación”, incluso elemental, que determina la emergencia de fenómenos físicos, en función a la “intencionalidad” demarcada por el estado de cierta forma de “consciencia simple” en los movimientos de las partículas a niveles subatómicos, movimientos de energía auto-definida en cuantos que toman carácter universal al replicarse infinitamente en cada escaño de la materia, desde el mundo microscópico, hasta la configuración de las galaxias, en una forma que puede entenderse azarosa y circunstancial, pero que insinúa la influencia de una intuición elemental que determina la composición de la realidad y sus fenómenos relativos. Estudiar el clinamen en el marco científico actual sugeriría el desarrollo de una ontología subatómica, que presume la posibilidad de comprender los infinitos movimientos de la materia mediante la captación de operaciones de partículas energéticas que interactúan atrayéndose y rechazándose, yendo y viniendo, integrándose y disgregándose, esto es, declinando; en cierta forma inverosímil pero probable, “decidiendo”.24
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Sin olvidar la misteriosa figura de Leucipo, presunto maestro tentativamente inventado de y por Demócrito y que presumiblemente habría también propuesto de manera inaugural la pregunta que interroga por el sentido del ser, de acuerdo con Alberto Constante: “La versión más conocida es aquella que toma la forma de: "¿Por qué es en general el ente y no más bien nada?", y que nace con Leucipo.” Ver nota al pie 12 en: http://www.scielo.org.mx/scielo.php? script=sci_arttext&pid=S1870-879X2010000100005 “En el experimento de la doble rendija (de Thomas Young –N. de A.–), las ideas de Feynman significan que las partículas toman sus caminos a lo largo de una ranura u otra, caminos que se entrelazan a través de la primer ranura, regresan por la segunda y luego pasan por la primera de nuevo; caminos que pasan por el restaurante que sirve aquel grandioso estofado de camarones y luego rodean Júpiter, unas cuantas veces, antes de redirigirse a casa; incluso caminos que atraviesan el universo entero y luego regresan. Esto, en opinión de Feynman explica cómo las partículas, adquieren información acerca de la ranura que está abierta —si es que alguna lo está–, para pasar por ella. Cuando ambas ranuras están abiertas, el camino que sigue la partícula que viaja a través de una puede interferir con el camino que sigue a lo largo de la otra, causando la interferencia. Esto puede sonar disparatado, pero, para los propósitos de la más fundamental física elaborada en nuestros días —y para los propósitos de este libro— las formulaciones de Feynman han probado ser más útiles que las anteriores.” Stephen Hawking; Ibíd. Pág. 66.
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¿Qué conclusiones está arrojando a este respecto el estudio de la realidad, y qué relación tiene con la categorización que hemos elaborado acerca de la Libertad? Que los átomos están en perpetua configuración y reconfiguración, a partir de una cierta forma de intencionalidad que los hace integrarse o disgregarse hacia uno u otro de los estados de la materia por una curiosa fuerza, comprobable pero misteriosa, que define acaso de manera siempre temporal las determinaciones que toma, siéndonos imposible predecir por completo sus movimientos25. Todo esto ha llevado a la emergencia de la consciencia, en la forma de “seres vivos” que, constituyéndose en lo que podríamos llamar el universo consciente, e incluso pensante, se definen como la fracción del mismo en que reposa la “materia inteligente”. Al transferirse al ámbito individual, aquella declinación aleatoria, el efecto vitalizador clinamen, se transforma en libre albedrío. La consciencia despierta, observa su mundo y despliega su red de intereses en función a un propuesto principio del placer (Freud; Más allá del principio del placer, 1920). Este proceso, por más que pretendiese ser controlado, emerge siempre como fenómenos no del todo previsibles, potestad de los individuos que como dueños de la función, le sustentan. Esas mismas individualidades se segregarán o integrarán en unidades sociológicas cual si se tratara de los “compuestos químicos”, que en el mundo humano llamamos familias, comunidades, empresas, órganos, instituciones, federaciones, estados y organizaciones (...está bien... también partidos y ejércitos), a los cuales al fin pertenecemos o de los cuales nos abstraemos, en los que “somos puestos”, en que podemos ser aceptados o rechazados, e incluso a los cuales estamos “obligadamente ligados”, provocándose entonces el drama del devenir social.

(Cuarto Movimiento) – A “Cada arabesco del calidoscopio...”
En 1975 el físico matemático Benoît Mandelbrot presentó una innovadora geometría con la cuál sería posible representar infinitamente accidentes sumamente complejos en cualquier punto de un plano matemáticamente graficado, un desarrollo computacional así llamado fractal. Sólo en nuestra época habría de ser posible atestiguar una elaboración tal, dado que los cálculos necesarios para su realización, de no haber sido hechos por una computadora,
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“De acuerdo a la física cuántica, no importando cuanta información obtengamos o que tan poderosas sean nuestras habilidades computacionales, los resultados de los procesos físico no pueden ser predichos con certeza, dado que no son determinados con certeza. En vez de ello, dado el estado inicial de un sistema, la naturaleza determina su futuro estado a través de un proceso que es fundamentalmente incierto.” Stephen Hawking; Ibid. Pág. 63.
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hubiesen requerido que toda la humanidad se dedicare a desarrollar operaciones matemáticas de billones de números por varios años sin cometer un solo error 26, motivo por el que, para poder haber nunca concebido esto, era necesario y aun imprescindible contar con los avances tecnológicos de nuestro tiempo, una evidencia patente de la relevancia histórica de esta generación, a la cual tocan las nuevas exploraciones y descubrimientos, la instauración de las soluciones que requiere nuestra época, empleando las novedosas y potentes herramientas tecnológicas (nuevos “hombros de gigantes” de los tiempos) con que ahora contamos. A la vez, el descubrimiento de la complejidad relativa que surge de una simple fórmula esencial en el desenvolvimiento fractal, nos brinda la tentativa revelación de que la fórmula de lo universal es la operación de un simple movimiento cósmico esencial que se replica infinitamente en una concatenación perfecta, con lo cual se plantea la necesidad de reinterpretar, bajo esta perspectiva, la importancia que los actos que cada uno de nosotros realizamos, tiene en la integración del devenir social. Nuestras decisiones íntimas e individuales influyen demostradamente como elementos definitorios en la configuración integrada a que llamamos “nuestra realidad”. El ámbito de la decisión nos es elemental desde el momento en que despertamos. Estamos decidiendo. Nuestra experiencia se desarrolla a partir de la evolución de las múltiples condiciones que ya hemos analizado. Estamos en un medio que se categoriza cada vez más evidentemente como constante cambio, pues nuevas y sorprendentes configuraciones se plantean posibles a partir de la definición aleatoria y voluntaria de sus constitutivos integrados. Todas estas transformaciones son como los arabescos de un caleidoscopio fractal; por donde quiera que se mire atestiguamos el cambio y el movimiento armónico de las causas y los efectos. A donde quiera que enfoquemos nuestra visión y llevemos la atención se podrá comprobar una mayor complejidad y detalle, en los fenómenos que se nos presentan, en cada punto de la manifestación, en el micro y macro cosmos; en el mundo natural, social, político, económico y psicológico del Hombre. Las transformaciones serán siempre innumerables y las iremos atendiendo de acuerdo a nuestro interés. Es, este firmamento, la configuración de átomos y fuerzas, la orientación de una tremenda voluntad existenciaria estratificada. En plena libertad relacional con su entorno, el Hombre, hasta cierto grado de pertinencia, determina su realidad a partir de una conciencia “progresiva”, no
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Sergio Toporek; About the Work, 2012. http://shop.toporek.com/pages/about-the-work
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porque todos “mejoremos”, o procuremos alguna forma de “sublimación”, sino porque todos tenemos que asumir y afrontar las consecuencias del imparable cambio. Todos estamos indefectiblemente sometidos a los efectos de la variación, la atenuación y la necesidad, y por lo mismo, estamos obligados a luchar, a decidir y a esforzarnos, de una u otra manera, incluso por el logro de nuestra pura supervivencia. Ya posteriormente, las condiciones de la masa social se determinan por la aglomeración de decisiones individuales, llegando a consolidación como fenómeno social, en la forma en que se le representara en el llamado efecto mariposa, concebido por Edward Lorenz, en el que se presume, un movimiento tentativamente irrelevante en un punto dado de la representación, puede transformar la historia entera, como por ejemplo podemos categorizar el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en 1914, que se presume uno de los principales detonantes de la Primera Guerra Mundial, o el “nimio” hecho de tirar un tanto de basura en la calle.

El simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo. Proverbio chino.

Cada cabeza es un mundo y cada vida requiere su propia estrategia, lidiar con sus propias problemáticas y retos, que son siempre considerables y complejos. De la conjunción de éstas determinaciones se elaborará un producto personal y social, en la forma de condiciones, constitutivos, procesos, historias y particularidades que nos muestran diversos mundos de potencialidad abierta e infinita, definidos a partir de las decisiones continuas y propias de cada componente. Hemos elegido la representación metafórica, fractal, estética y cuánticocaleidoscópica de este fenómeno porque la forma en que se simbolizaría de manera tradicional luciría incompleta en esquemas estáticos y desvinculados. En función a todo lo anterior, vemos evidente que el cambio de las actitudes de cada uno en lo individual puede lograr un giro completo en el mundo como movimiento integral, mas con todo, no sabemos aún como encauzar la tremenda libertad de todos, o si será esto algo finalmente, verdaderamente deseable –así como quiénes deberían entonces estar a cargo de
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tan titánica e insufrible labor–. Se demuestra que la Libertad es algo que corresponde al ámbito de la subjetividad y la consciencia, ésta última tan misteriosa e inasequible aún a las formulaciones científicas, que se concede no haber podido aún definirle por entero y sin embargo haber podido nunca negarle en absoluto tampoco, pues representaría la negación de nosotros mismos, de la sensibilidad patente que somos. Es en esta concepción de potencia del espíritu, en lo fundamentalmente materialista de su expresión, en donde puede más perfectamente ser posible encuadrar la Libertad, dado además, que todos acudimos a su intuición subconsciente para devenir en el mundo de manera natural. Nuestra consciencia del entorno se compone de un conjunto de percepciones, dirigidas hacia todo ámbito y que se segregan unas de otras a pesar de constituir la unidad del momento presente. Vemos la emergencia de lo que podemos deducir como un marco de posibilidades infinitas que cohabitan armónicamente unas con otras, como en una representación musical.

El universo está lleno de fractales, incluso podría ser uno él mismo. –Ian Stewart; Los Fractales, 2002.

El fractal-caleidoscopio representa la propia perspectiva, el movimiento de nuestra consciencia hacia el mundo y el propio movimiento puro e inconmensurable del mismo. Se generan siempre nuevas configuraciones a lo largo del devenir histórico y su perpetuo cambio. Mientras estamos aquí, el ámbito de la variación se halla del todo abierto y en inminente desenvolvimiento. Nuestras consciencias se reflejan unas en el espejo de otras, y en esta multiplicidad de reflejos y accidentes se exhibe la complejidad insondable de la interacción humana, las infinitas combinaciones posibles de sus relaciones y consecuencias. En la simple representación de tal sinergia vemos el potencial develado de la realidad social, la potencia de la verdadera Libertad aplicada al complejo mundo de lo humano. Los individuos vamos integrando el entramado social a partir de nuestras decisiones y posibilidades de interacción, en esos momentos de verdad en que se dan los encuentros
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entre individuos y organizaciones, y se conciben planes y actos conjuntos, o incluso sus combates. Mandelbrot intuyó la importancia que su geometría tendría al ayudar a representar variados ámbitos de la realidad física y a entender y visualizar muchos aspectos de ésta que antes habían sido sólo planteados en términos geométricos tradicionales, es decir, en representaciones abstractas y estáticas de simplicidad imprecisa. En este trabajo queremos hacer patente que la representación fractal tiene también la curiosa cualidad de coadyuvar a la mejor comprensión de variadas figuras del pensamiento, brindando una forma de concebir la psicología, el devenir historiográfico, la sociología y la fenomenología, entre muchos otros objetos de carácter, incluso ideal, de manera concatenada. Mandelbrot, en nuestra opinión, al descubrir los fractales, encontró también –tal vez sin proponérselo– una curiosa forma de graficar las ideas y conocimientos varios en esquemas relacionales, en cierta especie de mapas conceptuales dinámicos que pueden ilustrar, acaso imaginariamente, la tremenda complejidad del mundo en continuo cambio, de manera además periscópica, y que definitivamente ayudan a representar el fenómeno abierto de la Libertad universal; fuerza elemental que corre en todo hacia una consumación, tal vez ulteriormente, sólo tentativa o aparente... para continuar celebrando.

(Outro) – Retorno hacia el Espíritu de la Misión
Confesando, a partir de la demostración que aquí hemos procurado, que la Libertad es potestad y condición existenciaria misma del Hombre, debemos inquietantemente asumir que hemos llegado al estado de cosas actual, cualquiera que éste sea o como quiera que le quisiésemos categorizar, en función a la toma de nuestras decisiones; al libre albedrío bíblico depositado en el Hombre que éste ha ejercido histórica y consciente, subconsciente o inconscientemente en la proyección de sus intenciones, pensamientos y actos; al ejercicio de su filosofía, y de su libertad. Si vemos establecido este estado de cosas en que la competitividad y la volatidad de recursos marcan ahora los modos en que se desarrollan los individuos, las instituciones, organismos y procesos sociales, ello ha sido en función al devenir de esa interdependiente facultad de hacer, reprimir, obligar y permitir, que fuese concebida como la Voluntad de Poder (Der Wille zur Macht) que propusiera Nietzsche (Así
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Habló Zaratustra, parte 1; “1001 Metas”, 1883), como motor sociológico del devenir histórico, y que fuese antes también representada con Hegel, en su Dialéctica del Amo y del Esclavo (la Fenomenología del Espíritu, 1807), y después de éste, en Marx, con su concepto de Lucha de Clases: «Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de lucha de clases» (Manifiesto del Partido Comunista, 1848). El mundo moderno ha sido creado por nosotros, por la interacción de nuestros actos, no hay nadie más a quien abuchear o aplaudir: hemos sido nosotros mismos, líderes o seguidores, arrastrados o emprendedores, triunfantes o vencidos, quienes hemos desarrollado el devenir histórico y el estado actual de cosas. ¿Cuáles son los objetivos propios y necesarios, inminentemente relevantes en estos tiempos para la supervivencia de la especie? ¿Quiénes serán los promotores y realizadores de los fundamentales cambios que demandan con presteza los tiempos de la hiperconectividad y el sobrecalentamiento global, del riesgo sistémico, la amenaza atómica, la catástrofe ecológica, el derrumbamiento económico, la desigualdad social y la escasez generalizada de recursos? ¿Esperamos o somos los héroes, sujetos históricos requeridos, en ésta nuestra era de la información y la interoperabilidad mundial, para la preservación del planeta? Una cosa es empero cierta acerca de la poderosa corriente de la voluntad universal que fluye a lo largo y ancho de toda actividad humana y física, y esto es, que la fuerza del clinamen, la fuerza de la voluntad transformadora, nunca se detiene. Ni siquiera los cuerpos concisos dotados de densidad y aparente pasividad están estáticos. El poder de la voluntad universal corre sin barreras ni fronteras, hacia todos lados sobre un espacio vacío, sin límites y sin detenerse y, transferido esto a lo social, el movimiento del Espíritu, hace que esa individualidad concreta, atómica en cuanto unidad, que llamamos ser humano, tampoco se detenga, pues obligados a la acción por un similar poder, por la potestad del devenir y del impulso cuántico molecular, los hombres continuarán actuando, sus mentes en movimiento, sus miembros y órganos en operación y sus anhelos en demanda, hasta el momento de su muerte, cuando sus constitutivos materiales muden hacia otros estados de la materia, y sus ideas relevantes, herencias y legados, hacia otros sujetos. Esa demanda, ese anhelo siempre inacabado de “avance” o desenvolvimiento, se manifiesta también como la decisión en el individuo, en forma similar a aquella en que los átomos y sus partículas “deciden”, impulsados en su movimiento por una fuerza inconmensurable y, sin embargo, ejerciendo su
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privativa potestad de injerencia: atrayendo y repeliendo, procurando e ignorando, acercando y alejando a personas, objetos y actos, proyectos y misiones, a su estado y cuadrante. Al Hombre, no le es tan preciso se le recuerde la libertad que efectivamente tiene, porque esa libertad es base irrevocable de su devenir, de su diario vivir. Tal vez nuestra real intención al llevar a cabo estas iniciativas de toma de conciencia sobre ella es adoptar perspectiva para ver a dónde nos está conduciendo, en la intimidad de nuestra individualidad, en lo familiar, en lo social y global, esa libertad que sabemos ejercemos, aun cuando atinamos a definir nunca por entero, mas a partir de la cuál estructuramos para nosotros el mundo que habitamos. El mundo es el resultado de lo que hemos y habremos de elegir en nuestro integral conjunto y, dada la incertidumbre de los tiempos que nos aguardan, intuimos la necesidad de que las fuerzas positivas tomen posiciones y se enfrenten, como de era en era, a la adversidad relativa, para determinar, si este será un entorno de realización, o el escenario y momento de la debacle humana.

Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad. — Albert Einstein. “Por Mi Raza Hablará el Espíritu.27” México, Distrito Federal a 14 de Junio de 2012.

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...pretendiendo significar que despertábamos de una larga noche de opresión. José Vasconcelos; 1921.
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