S OBRE

EL

A RTE

DE ESCULPIR AL

S ER H UMANO

Jimmy Triana Licenciado en Lenguas Modernas

Llamar arte a algo que en la actualidad goza de status científico, es un sano atrevimiento para el asunto de este breve ensayo. De ahí que necesariamente acuda primero a una diferenciación entre estos dos modos de conocimiento: arte y ciencia. De un lado, el arte contempla las cosas desde la perspectiva de un disfrute estético entrañable. De otro, la ciencia -como lo afirmaba Einsteines el refinamiento del pensamiento cotidiano, es la actitud de observar estructuradamente la realidad. En términos de Ortega y Gasset, desde el arte se vive en el mundo de las creencias, mientras que desde la ciencia en el mundo de las ideas. Las creencias nos gobiernan, las ideas las gobernamos. Por eso, con esa óptica se concibe la educación como una experiencia anfíbica entre estos dos mundos para sustentar el por qué se constituye en el arte de esculpir al ser humano.

Para ello, se debe responder a una inquietud básica: ¿Cómo se esculpe el ser humano? A continuación se presentan dos ideas que pretenden resolver el

anterior interrogante. La primera es reconocer la instrucción como un proceso formativo de fuera hacia dentro. La segunda consiste en asimilar la educación como un proceso invertido al anterior, es decir, de dentro hacia fuera.

La dinámica de la instrucción está enmarcada en la adquisición de un estilo de vida para el ambiente familiar, social y laboral. El ser humano se asemeja a una esponja que absorbe pautas de sentir, pensar y actuar en el mundo. Así, cada persona permanece en una constante exploración y descubrimiento de la realidad. De acuerdo con Kant, la instrucción es un desarrollo heterónomo del ser humano con miras a la autonomía. En otras palabras, en este proceso la persona aún no es capaz de servirse de su propio entendimiento, sin la dirección de otro.

Ahora, se presenta un etapa de la vida en la que el individuo desea romper ese molde que viene del exterior y es cuando empieza a emprender un proceso educativo. Por eso, mientras que en la instrucción se le exige a la persona, en la educación ella misma se exige por sí sola. En este caso, se trata de una persona capaz de salirse de sí misma y verse a su vez para comenzar a esculpirse con cinceles de disciplina y dedicación la forma y sustancia de su propósito, es decir, una persona que sabe para dónde ir y

cómo lograrlo.

Entre lo anterior, subyace una pregunta: ¿Cuál es la razón de ser del maestro? En primera instancia, la de ser un provocador de aprender en esos dos sentidos: el instructivo y el educativo. Segundo, la funcionalidad del maestro radica en saber compartirle al estudiante sobre cómo trascender su generación, de cómo contra viento y marea logre alcanzar sus propios sueños mediante la consolidación paulatina de una cultura de la autonomía, de tal manera que sea capaz de servirse de su entendimiento para ejercer sus derechos y deberes con cierto equilibrio de la responsabilidad. En conclusión, como diría Martín Descalzo, el ser maestro es saber ver la joya preciosa que hay en cada ser humano.

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