SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.

- XIX Domingo después de Pentecostés 1 Forma Extraordinaria del Rito Romano

XXI DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS
SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 2 Gloria Iesu in Maria!

GLORIA IESU IN MARÍA!
Estimados lectores del Rincón Litúrgico: Ofrecemos a continuación una selección de textos para ayudar a preparar la liturgia del domingo según la forma extraordinaria del Rito Romano. La liturgia de este domingo XIX después de Pentecostés nos invita a considerar nuestra actitud ante Jesucristo. La Epístola (Ef 6, 10-17). San Pablo exhorta a los efesios al combate de la fe. El Evangelio (Mt 18, 23-35). Parábola del empleado perdonado y que no perdona. Esperamos que el material ofrecido os sirva para la preparación de la homilía; y también para vuestra meditación y enriquecimiento espiritual.

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 3 Forma Extraordinaria del Rito Romano

TEXTOS DE LA SANTA MISA
Introito. Ester 13,9 y 10-11. -Todo está en vuestras manos, Señor, y no hay quien pueda resistir a vuestro poder; Vos lo habéis creado todo, el cielo y la tierra y cuantoen ellos se contiene. Vos sois Señor de todo. – Salmo. 118,1.- Dichosos los limpios de corazón; los que andan por el camino de la ley de Dios. Gloria al Padre. Oración. No puede haver vida verdadera sin una constante asistencia de Dios.- Os suplicamos, Señor, que guardéis con perpetua clemencia a vuestro pueblo, a fin de que, con vuestra protección, se vea libre de todo mal, y os sirva santamente. Por N. S. J. C... Epístola. Ef. 6,10-17. "Ciertamente, en el Señor y en su virtud soberana es donde debéis buscar vuestras energías. Vestíos la armadura de Dios." El mismo Señor arma al cristiano para el combate espiritual contra Satanás, su verdadero enemigo.- Hermanos: Buscad vuestra fuerza en el Señor y en el vigor de su poder. Poneos la armadura de Dios, para poder resistir a las estratagemas del diablo. Porque no peleamos contra gente de carne y hueso, sino contra los principados, las potestades, los poderes cósmicos de este mundo tenebroso: los espíritus malignos de los espacios. Por eso, tomad las armas de Dios, para poder resistir en el día fatal, y, después de actuar a fondo, mantener las posiciones. ¡Estad firmes! Usad como cinturón la verdad; como coraza, la justicia; como calzado, la prontitud para el evangelio de la paz; en toda ocasión tomad como escudo la fe: para que se apaguen en ella las flechas incendiarias del Maligno. Finalmente, poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu: la Palabra de Dios. Gradual. Sal. 89, 1-2. -Señor, tú has sido nuestro baluarte, de generación en generación. Antes de engendrarse los montes, antes de nacer el orbe de la tierra, de eternidad a eternidad tú existes, oh Dios. Aleluya, aleluya. Sal. 113,1. Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo extranjero. Aleluya. Evangelio. Mat. 18, 23-35. Pedro acaba de hacer esta pregunta: "Señor, ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete?- Yo no digo siete -responde Jesús- sino hasta setenta veces siete." Las palabras que van a seguir son un verdadero comentario al diálogo entre el Señor y su discípulo.- En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado, y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; y agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados, y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné, porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagara la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del Cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano. Ofertorio. Job. 1.- Había en el País de Hus, en Idumea, un hombre llamado Job, hombre sencillo, recto y temeroso de Dios, al cual pidió Satanás para tentarle, y Dios le dio poder de dañarlo en sus bienes y en su carne. Perdió Job todos sus bienes y sus hijos, viendo sus carnes llagadas de graves úlceras. Secreta.- Recibid, Señor, propicio nuestras ofrendas, con las cuales quisisteis ser aplacado, y concedednos la salvación por vuestra poderosa misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo. Prefacio de la Santísima Trinidad.- En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. Santo… Comunión. Ps. 118, 81, 84 y 86.- Mi alma ha esperado en Vos, Salvador mío, y en vuestra palabra. ¿Cuándo haréis justicia contra mis perseguidores? Los malvados me persiguen; ayudadme, Señor y Dios mío. Poscomunión.- Después de recibir, Señor, el sustento que da la inmortalidad, os rogamos que lo que hemos tomado lo sigamos de corazón. Por N. S. J. C.

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 4 Gloria Iesu in Maria!

(almudi.org)

TEXTO I CATENAE AURAE

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1.- El Señor añade una parábola, a fin de que a nadie le resulte excesivo el número setenta veces siete veces. San Jerónimo.- Era muy común entre los sirios y sobre todo en la Palestina, el añadir una parábola a las cosas que decían, con el objeto de que los oyentes que no podían conservar en la memoria los preceptos dichos sencillamente los conservaran mediante comparaciones y ejemplos. De ahí que se diga: "Por eso el Reino de los Cielos es comparado", etc. Orígenes, homilia 6 in Matthaeum.- El Hijo de Dios, así como es sabiduría, justicia y verdad, así también es El mismo, Reino; pero no de alguno de aquellos que están aquí abajo, sino de todos los que están allí arriba, en cuyos sentidos reinan la justicia y todas las demás virtudes y que, si han sido hechos habitantes del cielo, es porque llevan la imagen del hombre celestial. Este Reino de los Cielos, es decir, el Hijo de Dios, cuando tomó carne, uniéndose entonces así al hombre, fue hecho semejante al hombre rey. Remigio.- O también, por Reino de los Cielos se puede entender muy bien la Iglesia santa en la que opera el Señor lo que dice en esa parábola. Por la palabra hombre se designa algunas veces al Padre, como en aquel pasaje: "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre rey, que trató de casar a su hijo" ( Mt 22,2); otras veces se designa al Hijo. Aquí puede aplicarse a los dos, al Padre y al Hijo, que son un solo Dios; y a Dios se le llama Rey porque dirige y gobierna todo lo que creó. Orígenes, homilia 6 in Matthaeum.- Los servidores en esta parábola son los dispensadores de la palabra, a quienes está confiado el negociar y hacer producir los intereses del cielo. Remigio.- O también se entiende por siervos del hombre rey a todos los hombres, a quienes creó para que lo alabaran y a quienes dio la ley de la naturaleza y a quienes pide cuentas cuando discute su vida, sus costumbres y sus actos, para dar a cada uno según sus obras ( Rom 2). Por eso sigue: "Y habiendo empezado a tomar las cuentas", etc. Orígenes, homilia 6 in Matthaeum.- El rey nos hará rendir cuentas de nuestra vida cuando sea necesario que todos nosotros seamos manifestados delante del tribunal de Cristo ( 2Cor 5). No queremos decir con esto que Cristo necesite mucho tiempo para tomar esta cuenta. Porque el Señor hará por virtud admirable -al querer poner a las claras las almas de todos- que cada uno recuerde en poco tiempo todas sus acciones y dice: "Y habiendo comenzado a tomar las cuentas", etc. porque dará principio a tomar las cuentas por la casa de Dios ( 1Pe 4). De ahí es que le será presentado al principio del juicio el hombre a quien El dio muchos talentos y que en lugar de hacerlos fructificar presentó, a pesar de la obligación que se le había impuesto, grandes pérdidas. Es verosímil que en estos talentos que él perdió, estén representados los hombres que por causa suya se han perdido, resultando de aquí el haberse hecho deudor de muchos talentos por seguir a esa mujer, que se sienta sobre un talento de plomo y que lleva el nombre de iniquidad. San Jerónimo.- No se me oculta que hay algunos que ven al diablo en el hombre que debía los diez mil talentos y que entienden por la mujer y los hijos vendidos (mientras continúa él en la malicia) la necedad y los malos pensamientos. Porque así como a la sabiduría se la llama esposa del justo, así también a la necedad se la llama mujer del injusto y del pecador. ¿Pero cómo el Señor le perdona a él los diez mil talentos y él no nos perdona a nosotros, que somos sus

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 5 Forma Extraordinaria del Rito Romano consiervos, los cien denarios? Ni lo admiten los hombres prudentes y la interpretación eclesiástica lo rechaza. San Agustín, sermones, 83,6.- Es preciso decir, que como la ley es dada en diez preceptos, él debía diez mil talentos, esto es, todos los pecados que se cometen contra la ley del Señor. Remigio.- El hombre que peca, no puede levantarse sólo con su voluntad y consiguientemente no tiene en sí nada para que se le pueda perdonar los pecados. De aquí lo que sigue: "Y como no tuviese", etc. La mujer del necio es la necedad, el placer de la carne o la ambición. San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,25.- Esto significa que el trasgresor del Decálogo debe sufrir castigos por su ambición y sus malas obras, representadas aquí por su mujer y sus hijos. Ese es su precio, puesto que el precio del hombre vendido es el suplicio del hombre condenado. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3.- No manda esto llevado de un sentimiento cruel sino de un afecto inefable. Porque con esto quiere llenarle de santo temor y hacerle que suplique y no se venda. Resultado que se deja ver por lo que añade: "Y arrojándose a sus pies el siervo, le rogaba", etc. Remigio.- En las palabras "Y arrojándose a sus pies" se ve la humillación y la satisfacción del pecador y en las palabras "Ten un poco de paciencia conmigo", la voz del pecador que pide tiempo para vivir y corregirse. Grande es la benignidad y la clemencia del Señor para con los pecadores conversos; siempre El está preparado para perdonar los pecados mediante el bautismo y la penitencia. Por eso sigue: "Y compadecido el Señor", etc. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3-4.- Ved la sobreabundancia del amor divino. Pide el siervo que se le prolongue el tiempo y El le concede más de lo que le pide, perdonándole y concediéndole todas las deudas. Incluso hizo más. El quería darle desde el principio, pero no quería que su donativo viniese solo, sino acompañado de las súplicas del siervo, a fin de que no se retirase éste sin mérito personal. Mas no le perdonó las deudas antes de pedirle cuentas, para enseñarle cuántas eran las deudas que le perdonaba y hacerle de este modo más benigno para su consiervo. Todas las cosas hechas hasta ahora, fueron efectivamente oportunas. Confesó él sus deudas y el Señor prometió perdonárselas; suplicó arrojándose a sus pies y comprendió la grandeza de sus deudas; pero lo que después hizo fue indigno de lo primero. Porque sigue: "Y habiendo salido halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios y trabando de él le quería ahogar", etcétera. San Agustín, sermones, 83,6.- Cuando se dice, "que le debía cien denarios" ese número se refiere al número diez, que es el de la Ley. Ciento repetido cien veces, hace el número diez mil y diez veces diez ciento; así los números diez mil talentos y cien talentos no se separan del número consagrado a expresar las transgresiones de la Ley. Los dos servidores son deudores y los dos tienen necesidad de pedir perdón porque todo hombre es deudor a Dios y tiene a su hermano por deudor. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1.- La diferencia que existe entre los pecados que se cometen contra el hombre y los que se cometen contra Dios, es tan grande como la que hay entre diez mil talentos y cien denarios. Esto se hace aun más claro por la diferencia de pecados y el corto número de los que pecan. Nosotros nos abstenemos y evitamos pecar delante del hombre que nos ve, y delante de Dios, que nos está viendo, no cesamos de pecar, obrando y hablando todo lo que nos parece sin el menor miedo. De aquí es, que la gravedad de estos pecados proviene no solamente porque los cometemos contra Dios, sino también porque los cometemos abusando de los beneficios con que El nos ha llenado. Porque El nos ha dado la existencia y todo lo ha creado por nosotros. Inspiró en nosotros un alma racional, nos mandó a su

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 6 Gloria Iesu in Maria! Hijo, nos abrió el cielo y nos hizo hijos suyos. ¿Le recompensaríamos nosotros dignamente aunque muriéramos todos los días por El? De ninguna manera, esto redundaría principalmente en utilidad nuestra y a pesar de esto, infringimos sus leyes. Remigio.- Así, en el deudor de diez mil talentos están simbolizados aquellos que cometen los mayores crímenes y en el de cien denarios los que cometen los menores. San Jerónimo.- Para que esto se comprenda mejor, es preciso explicarlo con algunos ejemplos. Si alguno de vosotros cometiere un adulterio, un homicidio o un sacrilegio -crímenes horrorososestos diez mil talentos le serán perdonados cuando lo suplique y perdone los males menores que otro ha cometido contra él. San Agustín, sermones, 83,6.- Pero aquel siervo malo, ingrato, inicuo, no quiso perdonar lo que a él, que no lo merecía, se le perdonó. Sigue el pasaje: "Y trabando de él, le quería ahogar diciendo: "Paga lo que debes". Remigio.- Esto es, insistía con energía para que le pagase lo que le debía. Orígenes, homilia 6 in Matthaeum.- Según mi opinión, lo quería ahogar porque había salido de la presencia del rey. Porque delante del rey no hubiera tratado de ahogarlo. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4.Cuando se dice que salió, no se entiende que fue después de pasado mucho tiempo, sino inmediatamente, resonando aun en sus oídos las palabras del beneficio, abusó maliciosamente del perdón que le dio su Señor. Lo que después hizo, se ve por lo que sigue: "Y arrojándose su compañero a sus pies, le rogaba diciendo: Ten un poco de paciencia", etc. Orígenes, homilia 6 in Matthaeum.- Observad la finura de la Escritura, que nos presenta al siervo que debía mucho arrojado a los pies del Señor y en actitud de adorarle y al que debía cien denarios, arrojado, pero sin actitud de adorar, sino de suplicar a su consiervo, diciendo: "Ten un poco de paciencia". San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4.- Pero el ingrato siervo no respetó las palabras que lo salvaron. Porque sigue: "Mas él no quiso". San Agustín, quaestiones evangeliroum, 1,25.- Es decir, tuvo tan mala voluntad, que trató de que castigaran a un compañero, pero él se marchó. Remigio.- Esto es, de tal manera se encendió en cólera, que llegó al punto de querer ser vengado y le mandó a la cárcel hasta que le pagase la deuda; es decir, que después de prender a su hermano se vengó de él. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4.- Ved la caridad del Señor y la crueldad del siervo. El primero perdona diez mil talentos y el segundo no quiso perdonar cien denarios; el siervo pide a su Señor y obtiene el perdón completo de toda la deuda y al siervo su compañero le suplica que le deje tiempo para poder ganarlo y ni aun esto le concede. Se movieron a compasión los que no debían y por eso sigue: "Y viendo los otros siervos sus compañeros lo que pasaba, se entristecieron mucho".

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 7 Forma Extraordinaria del Rito Romano San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,25.- Se entiende por consiervos a la Iglesia, que liga a unos y desliga a otros. Remigio.- También pueden entenderse por consiervos a los ángeles, los predicadores de la santa Iglesia, o cualquier fiel, que al ver que a un hermano suyo, que ha conseguido el perdón, no quiere compadecerse de su consiervo, se entristece a causa de su perdición. Sigue: "Y fueron a contar a su Señor todo lo que había pasado", etc. Ciertamente vienen, pero no con el cuerpo sino con el corazón, a contar a su Señor su dolor y a manifestarle sus tristezas. Sigue: "Entonces le llamó su Señor", etc.; le llama ciertamente por la sentencia de muerte y le manda dejar este mundo diciéndole: "Siervo malo, te perdoné toda la deuda porque me lo rogaste". San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4.- Y a decir verdad no lo llamó siervo malo cuando debía diez mil talentos, ni tampoco le injurió, sino que se compadeció de él. Por el contrario, cuando correspondió con ingratitud, entonces es cuando le dice siervo malo. Esto es lo que significan las palabras: "¿pues no debías tú también tener compasión?", etc. Remigio.- Y es digno de saberse que no se lee que aquel siervo diese a su Señor respuesta alguna; en esto se manifiesta que cesará toda clase de excusa en el día del juicio y en seguida después de esta vida. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4.- Y puesto que no se hizo mejor por el beneficio, se le deja la pena para que se corrija. Por eso sigue: "Y enojado su Señor le hizo entregar a los atormentadores", etc. Y no dijo simplemente: "le entregó", sino "enojado", palabra que no empleó cuando mandó que fuese vendido y que es más bien propia de un amor que quiere corregir, que no de un desahogo de la cólera; mas aquí es la sentencia de un suplicio y de un castigo. Remigio.- Se dice que se enoja el Señor cuando se enfurece contra los pecadores. Los atormentadores son los demonios que siempre están preparados para recibir las almas perdidas y para atormentarlas con los castigos de una condenación eterna. ¿Mas por ventura el que ha sido arrojado a la condenación eterna, podrá hallar espacio para corregirse, o puerta para salirse? No; la palabra "hasta que" significa lo infinito. De manera que forma el siguiente sentido: siempre estará pagando, pero jamás satisfacerá completamente y siempre por lo mismo sufrirá la pena. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4.,- Todo esto nos manifiesta que será continuamente, esto es, eternamente castigado y que jamás habrá pagado. Aunque son irrevocables los dones y las vocaciones de Dios, sin embargo, la malicia ha llegado a tal punto, que parece destruye esta misma ley. San Agustín, sermones, 83,7.- Dice el Señor: "Perdonad y os será perdonado" ( Lc 6,37); pero yo os he perdonado primero, perdonad vosotros al menos después. Porque si no perdonareis, os volveré a llamar y os reclamaré cuanto os haya perdonado. No engaña ni es engañado Cristo, que ha dicho estas palabras: "Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano". Mejor es que claméis con la boca y perdonéis con el corazón, que el que seáis dulces en las palabras y crueles en el corazón. Dice el Señor: "De vuestros corazones" a fin de que, cuando imponéis una penitencia por caridad, no abandone la mansedumbre a vuestro corazón. ¿Qué cosa hay tan caritativa como el médico que maneja el instrumento de hierro? Centra su atención en la herida para curar al hombre. Porque si no hace más que tocarla, se pierde el hombre. San Jerónimo.- Añade el Señor: "De vuestros corazones" para que nos alejemos de toda paz basada en la hipocresía y en la ficción y manda a Pedro bajo la comparación del rey Señor y el siervo, que así como el deudor de diez mil talentos ha conseguido, suplicando a su Señor, que se

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 8 Gloria Iesu in Maria! le perdone toda la deuda, así también Pedro debe perdonar a sus consiervos, que cometen pecados menores. Orígenes, homilia 6 in Matthaeum.- También quiere enseñarnos que seamos fáciles en perdonar a los que nos han hecho algún daño, especialmente si reparan sus faltas y nos suplican que los perdonemos. Rábano.- En sentido alegórico, el siervo que debía diez mil talentos es el pueblo judío, sometido al decálogo de la Ley, a quien perdonó muchas veces el Señor las deudas, cuando en sus apuros y haciendo penitencia, imploraban su misericordia. Pero una vez que salían bien de sus aflicciones, no tenían compasión con nadie y exigían con rigor cruel todo lo que se les debía; no cesaba de maltratar al pueblo gentil, como si le estuviera sometido, le exigía la circuncisión y las ceremonias de la Ley como si fuese deudor suyo y atormentaba cruelmente a los profetas y a los apóstoles, que les traían la palabra de la reconciliación. Por esta perversa conducta los entregó el Señor en manos de los romanos, para que demolieran hasta los cimientos de su ciudad, o en manos de los espíritus malignos, para que los castigaran con tormentos eternos.

TEXTO II COMENTARIO A LA LITURGIA DEL DÍA
La ley de la caridad y de la misericordia, que nos recuerda el evangelio es de una exigencia absoluta: "¿No debías haber tenido compasión de tu compañero como la he tenido yo de ti?" El perdón de las ofensas y el amor al prójimo son la réplica necesaria y como la prolongación en nuestra vida del magnánimo perdón que nos otorga Dios. En Dios encuentra el cristiano la ley de su vida: "Sed buenos porque yo soy buen. Sed perfectos como lo es el Padre celestial. Amaos los unos a los otros como yo os he amado." Feliz el cristiano al poder vivir iluminado por una revelación que, con una justa concepción de Dios, le da una regla de conducta toda ella arraigada en él. Tratándose de verdad y felicidad, nada hay tan pacificador para el hombre como el conocer la voluntad soberana de Dios, asimilársela y con las armas que ella misma proporciona consagrar toda la vida a la práctica del bien. Interpretación de los textos de la misa según el oficio divino. Síguese leyendo por ahora en los Maitines la historia de los esforzados Macabeos. La vida cristiana es un combate en que están comprometidas la gloria de Dios y nuestra salvación. Esto respira en todas las piezas de la misa de hoy y por eso nos recuerda todavía a Job (Ofert.) llagado y perseguido (Ofert.) y a Mardoqueo odiado por Amán (Int.),. por "aquel calumniador", figura del demonio y de sus ministros Infernales, contra los cuales hemos de luchar sin tregua, pues flotan por los aires, buscando alguno a quien dañar con sus maleficios (Ep.). No son seres de carne y sangre, dice el Apóstol, sino espíritus y espíritus malignos de tinieblas; y por eso mismo más temibles, si bien con una sola señal de la cruz podemos ahuyentar a todo el infierno junto. Eso nos dice a las claras que nuestras armas contra ellos deben ser ante todo espirituales. Debe ser la oración perseverante y confiada. Armados con ella nos sentiremos todopoderosos contra el diablo, como se sentía Santa Teresa, como se sentían los Macabeos en la lucha contra los impíos perseguidores de su religión y de su pueblo. He aquí la armadura más sencilla. Pero la mística panoplia contra nuestros mortales enemigos es la rectitud, la justicia, la paz y la fe, como armas defensivas; y como ofensivas, las palabras divinamente inspiradas que la Iglesia recibió del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Ahora bien, la palabra de Dios, que hoy se nos sirve en el Evangelio. comprendía toda la vida cristiana, haciéndola consistir en el ejercicio de la caridad, que nos impulsa a obrar con nuestro prójimo como Dios se porta con nosotros. Si Él nos perdona nuestras culpas, otro tanto debemos hacer con nuestros semejantes, y no lo de aquel siervo malo y despiadado que ahoga a su compañero, exigiéndole una suma insignificante, cuando su señor acaba de condonarle una fabulosa cantidad. ¡Qué contraste tan enorme entre la magnanimidad del amo y la ruindad de ese mal siervo!. Ese amo es Dios, y siervos somos todos

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 9 Forma Extraordinaria del Rito Romano los hombres. El Señor nos ha de exigir cuentas a todos (Ev.);.pero cábenos el consuelo de pensar que, si las deudas exceden a nuestra solvencia, Dios se portará con nosotros como nos hubiéremos portado con nuestros consiervos. No pudo, pues, sellar con sello más dulce ni más fuerte el precepto del amor fraterno, que todos nos debemos en Cristo, y de la tolerancia mutua. Si ajustamos nuestras cuentas con el prójimo conforme a justicia, conforme a ella las ajustará Dios con nosotros. Conviénenos, pues, ajustarlas con mucha rebaja, porque entonces seguros estamos de que Dios, supremo Juez, a quien tanto debemos todos, usará con nosotros de esa misma consideración y miramiento, lejos de entregamos a los poderes infernales para que nos atormenten. Estamos ya en vísperas de cerrar el Ciclo litúrgico, y este periodo postrero del mismo nos recuerda que los demonios andarán desatados al fin del mundo. Busquemos en Dios un castillo de refugio, pues contra su voluntad nada se resiste (Int.), y al fin saldremos vencedores y no habremos por qué temer el día del Juicio. Para eso vino Cristo, nos dice S. Juan, " para que tengamos confianza en el día del Juicio", "en ese día grande y por demás amargo" para los malos y enemigos de Cristo.
*No siempre coincide.

TEXTO III COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (I)
VII. REVESTfOS DE LA ARMADURA DE DIOS (6/10-22). 1. HACE FALTA LA ARMADURA DE DlOS (6,10-13). 10 En definitiva, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. 11 Revestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir contra las maniobras del diablo; 12 porque no va nuestra lucha contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de estas tinieblas, contra los espíritus de maldad, que están en los cielos. 13 Por lo cual, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y, tras haberlo cumplido todo, quedar dueños del campo. Pablo empieza esta sección con una fórmula que nos sugiere el final («en definitiva»). Por eso su lenguaje toma vuelo: hay que despedirse y sabe Dios hasta cuándo. «Fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder.» Con toda la fuerza de Dios quiere el Apóstol que se armen sus fieles. No tienen por delante tranquilidad y seguridad, sino lucha, y para ella hay que estar armados. Pero la armadura tiene que venir de Dios, para que todo tenga un final feliz. Si se tratara de una lucha de hombre a hombre, cabría esperar algo de las fuerzas humanas. Pero es una lucha con adversarios completamente distintos. Aquí aparecen otra vez las «potestades», los «principados» y las «dominaciones», de las que ya se hablaba al principio de nuestra carta, cuando Pablo celebraba la elevación de Cristo, el resucitado, sobre todas las potencias angélicas (1,21). Pero allí todavía quedaba en duda de qué clase eran aquellas potencias angélicas. Aquí, por el contrario, se presentan claramente como potencias enemigas de Dios, que están al servicio de Satán y por eso se llaman expresamente «espíritus de maldad» 37. Irrumpen contra los adeptos de aquel que en la cruz las derrotó radicalmente. Y tanto más salvaje es su desesperado bramido, cuando más corto saben que es el tiempo que les queda y mientras más vano es

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 10 Gloria Iesu in Maria! su esfuerzo, ya que arremeten contra aquel que los ha dominado de una vez para siempre. Y en último término, Cristo mismo es la «armadura» de Dios, como puede verse por la enumeración detallada de sus elementos componentes: coraza, escudo, casco o espada. La armadura de Dios está preparada, pero hay que ponérsela, y esto es cosa de cada uno. Por eso se exhorta otra vez: «tomad la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo -o sea los últimos tiempos, en los que hay que contar con un recrudecimiento de los enemigos de Dios derrotados 38- y, tras haberlo cumplido todo, quedar dueños del campo». Quiere decir: después que hayáis vencido a todos los enemigos. O también: después que hayáis realizado todo lo que estaba en vuestro poder. La victoria es, en definitiva, de Dios, pero él vencerá una vez más por medio de Jesús y con vosotros.
............... 37. Se trata de la misma potencia angélica, que en un lenguaje metafórico de la época se llama en 2,2 «el eón de este mundo», «el príncipe de la potestad del aire». A esta «potestad del aire» se hace referencia, cuando en nuestro texto, como también en 3,10, se hace mención del «cielo» como la residencia de estas potestades angélicas, que desde ahí irrumpen sobre sus victimas. 38. Para 5,16 ...............

2. EN QUÉ CONSISTE LA ARMADURA DE DlOS (6,14-17). 14 Manteneos firmes, ceñidos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, 15 calzados con la prontitud del evangelio de la paz, 16 embrazando, en todo momento, el escudo de la fe, con el que podréis apagar los dardos inflamados del maligno. 17 Tomad también el casco de salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Por tercera vez insiste Pablo en la misma exhortación. Por ello se puede rastrear cuán grande piensa él que es el peligro y cómo teme que se le eche poca cuenta. Son potencias invisibles que actúan realmente; son maniobra del diablo, que hay que deshacer. Su manera de luchar se distingue por la astucia y por la insidia. Estas potencias espirituales son dominadoras «de las tinieblas», que actúan en lo invisible, en lo impalpable, y no hay nada que más les guste que pasar inadvertidos, y quedar ocultos bajo máscaras de todo género. No es correcto preguntarse por qué, en los siguientes versículos, se compara la verdad con el ceñidor, la justicia con la coraza, la paz con el calzado, la fe con el escudo, la salvación con el casco y la palabra de Dios con la espada. Pablo sólo piensa en la metáfora global de la armadura de Dios. En todo caso se trata de dones de Dios al presentar la verdad, la justicia, la paz y la fe como partes constituyentes de la armadura de Dios. «...ceñidos con la verdad», se refiere a aquella verdad, de la que se trata en 1,13: «En él, también vosotros, tras haber oído la palabra de verdad, la buena nueva de vuestra salvación», aquella verdad, que el cristiano tiene que vivir en el amor como tarea especifica (4,15). «...revestidos con la coraza de la justicia». La misma metáfora de la justicia como coraza aparece también en el Antiguo Testamento 39, pero allí es Dios mismo el que se arma con su justicia para la lucha. En nuestro texto la referencia bíblica es patente, pero la justicia significada es completamente distinta. Aquí se trata de la justicia que Dios proporciona y que es la única que para él cuenta, no la justicia que se apoya en la propia fidelidad a la ley. Pablo hace esta distinción en la carta a los Filipenses: «No reteniendo una justicia mía, que proviene de la ley, sino la justicia por la fe en Cristo, la justicia que proviene de Dios y se apoya en la fe» (Fil 3,9). Y si en la primera carta a los Tesalonicenses aparece como coraza no la justicia, sino la fe y el amor (5,8), esto demuestra la libertad con que Pablo utiliza las imágenes y lo poco que hay que tomarlas al detalle. «...calzados con la prontitud del evangelio de la paz». Pablo se está refiriendo claramente a un texto de Isaías: «Bienvenidos sean sobre los mentes los pies del mensajero de paz que anuncian la paz, que traen la buena nueva, que anuncian la salvación» (Is 52,7). Esta clara alusión al texto del profeta obliga a entender por prontitud del evangelio no la disposición a comprender lo que ofrece el evangelio, sino la disposición a proclamar el evangelio de la paz por medio de la predicación de aquel que es «nuestra paz», porque ha unido en un nuevo hombre a dos hermanos enemistados y los ha reconciliado con el Padre (2,14-17). Y tanto más clara es la alusión de Pablo a esta básica institución de la paz, cuanto más

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 11 Forma Extraordinaria del Rito Romano patente está en las palabras de Isaías: «Y él ha proclamado paz a los que están lejos y a los que están cerca» (Is 57,19). Esta prontitud para la proclamación del evangelio es en toda la armadura la única pieza que denota espíritu de ataque y deseo de conquista; todas las demás se refieren más bien a la defensa. Ello quiere decir que esta paz se considera como un recurso bélico contra las potencias de las tinieblas. Su tendencia se dirige a la enemistad y a la desavenencia; cada pieza de paz y de unidad en el mundo humano es para ellos una derrota. «...embrazando en todo momento el escudo de la fe». La palabra usada para «escudo» no indica el pequeño escudo redondo, sino el escudo grande que cubre completamente al guerrero. Con la expresión «en todo momento» se piensa en la significación universal y básica de la fe. Ello recuerda a 2,8: «Por la gracia habéis sido salvados mediante la fe, y esto no proviene de vosotros: es don de Dios». Ahora viene una alusión a la eficacia de las armas: con el escudo de la fe «con el que podréis apagar los dardos inflamados del maligno». Uno esperaría que el escudo hiciera rebotar los dardos. Sin embargo, al decir «apagar», Pablo, descuidando la fidelidad a la metáfora, quiere indicar dónde está el peligro: los dardos pueden estar encendidos, y hay que apagar el fuego. La salvación, figurada en el casco de salvación, se refiere al mismo contenido de la salvación: la esperanza de la salvación completa, a la cual hemos sido llamados. Esto es lo que a Pablo le preocupa especialmente en esta carta. Recuérdese cómo pedía para las suyos «iluminados los ojos de vuestro corazón, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamada» (1,18), es decir: la esperanza a que Dios mismo nos ha llamado. Y el mismo hecho de que toda la exhortación a llevar una vida cristiana está imperada por este pasaje: «Os exhorto a portaros de una manera digna de la vocación a que habéis sido llamados» (4,1), demuestra que para Pablo esto significa conducirse como hombres cuya vida entera está proyectada hacia un encuentro vital con la gloria. Y así realmente la esperanza, la alegría agradecida del corazón, es una defensa contra la tentación y el ataque, que muy bien puede compararse con un casco duro y firme. La espada es la «palabra de Dios», y es el Espíritu el que la convierte en un arma eficaz. Él ha sido el que nos ha dado la palabra de Dios, él solo puede hacer que se convierta en una fuerza para nuestra vida. La palabra de Dios es comparada frecuentemente, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, con una espada 40. San Juan contempla a Cristo en una grandiosa visión: «...de su boca salía una aguda espada de dos filos» (Ap 1,16), y en la carta a los Hebreos está el célebre texto: «La palabra de Dios es viva y operante, y más aguda que una espada de dos filos; penetra hasta el mismo límite del alma y del espíritu, de las articulaciones y de las junturas, y discierne las intenciones y cavilaciones del corazón» (4,12). Para nosotros es «palabra de Dios», ante todo, la Sagrada Escritura. Y si es una espada, hay que manejarla con la mano; por tanto, se necesita mucha resistencia y un incansable entrenamiento. La palabra de la Escritura tiene que estar a nuestro alcance, o sea tenemos que conocerla; tiene que convertirse en una íntima y vital posesión. Con ella conoceremos las artimañas de Satán, y la correspondiente receta para superar cada una de ellas. El mismo Señor nos ha dado ejemplo de ello en aquel duelo con Satán del que hablan nuestros Evangelios (Mt 4,1-11).
............... 39. Is 59,17; Sb 5,18. 40. Cf. Is 49,2; Sb 18,15s ...............

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 12 Gloria Iesu in Maria!

TEXTO IV COMENTARIOS A LA EPÍSTOLA (II) 1. Al final de la Carta, Pablo exhorta a los cristianos «al combate espiritual», y a «la oración». Dos consejos
siempre válidos. -Hermanos, sacad vuestra energía «del Señor», la encontraréis en la fuerza de su poder. Encontramos con mucha frecuencia esas expresiones familiares a san Pablo: «en el Señor»... «en Cristo». No las leamos rutinariamente. Procuremos renovar nuestra atención en relación al misterio profundo que expresan. Es una fórmula concreta para manifestarnos una vez más la realidad del Cuerpo místico que formamos con Jesús, y la realidad de la gracia divina que nos anima desde el interior. Vivo «en Cristo» como en un «medio divino», decía el Padre Teilhard de Chardin: aquí Pablo nos recomienda extraer energía, fuerza y vigor «de Cristo»..., por lo contrario tan a menudo ¡busco mi fortaleza «en mí mismo»! ¡Señor, en mi debilidad, dame tu fuerza! -Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra los hombres, sino contra las Fuerzas invisibles y el Poder de las tinieblas que dominan el mundo, los espíritus del Mal que están sobre nosotros. La vida humana no es un bonito juguete que nos entretiene. La vida humana no es un «cómodo sillón» para la siesta. La vida humana es un combate, una lucha. Los modernos hablan de «conflictos» y de «luchas». Pero, para Pablo, la lucha es mucho más profunda de lo que parece según los análisis políticos o simplemente humanos. Se trata de un combate «contra fuerzas espirituales invisibles». En el corazón del mundo existen «más fuerte que nosotros» unas fuerzas que están «por encima de nosotros»... No hay que pasarse de listo. Y el peor error sería ignorar esas fuerzas, ¡tratarlas de inofensivas o de inexistentes! Esta es, a menudo, la actitud del hombre moderno. Quizá por esto queda con frecuencia vencido por lo que él llama «fuerzas subterráneas... movimientos incontrolables... influencias imprevisibles». Droga, Violencia, Polución. Dificultades diversas para dominar la era post-industrial, la urbanización galopante... etc... Se requiere una llamada a la energía, al compromiso del esfuerzo total. -El cinturón de la Verdad... La coraza de la Justicia... Las sandalias del Celo por el Evangelio de la paz... El escudo de la Fe... El yelmo de la salvación... La espada del Espíritu... o sea la Palabra de Dios. Pablo está encarcelado. Un soldado romano monta la guardia a su puerta. Lejos de lamentarse de su suerte, Pablo se distrae describiendo la armadura de los soldados de Cristo. Si el cristiano se adhiere a la fe de Cristo no ha de temer, saldrá victorioso de las «fuerzas del Mal». La panoplia completa que Pablo describe no va contra adversarios de carne y hueso, sino que permite afrontar las «fuerzas ocultas» de orden espiritual. Danos, Señor, esta fuerza. -Que en toda circunstancia, el Espíritu os mueva a orar y a suplicar. Permaneced despiertos a fin de perseverar en la oración. La «oración» no es mencionada entre las armas, pero entra en el mismo contexto de la batalla: es preciso velar, dice Pablo. La oración está aquí concebida como fuente de energía, como fuerza para el combate, como «doping» que da nuevo empuje. Hay que mantenerse en pie, permanecer despierto. En este sentido, lejos de ser un refugio para personas débiles, lejos de oponerse a la acción, la oración es el secreto de la fuerza de los hombres dinámicos.
NOEL QUESSON, PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4 EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 362 s.

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 13 Forma Extraordinaria del Rito Romano

2. Para describir la vida cristiana en forma breve, clara y atractiva, Pablo imagina al cristiano como un
guerrero bien armado, listo para resistir al enemigo y atacarle a la vez. La armadura de Dios de la que tiene que revestirse el cristiano está constituida por la verdad y la justicia -cinturón y coraza- que obran en su vida. Su objetivo, para el cual se ha calzado los pies no consiste sino en el anuncio del «evangelio de la paz» (v 15). Para esta empresa ha recibido la fe, como un escudo, que le defiende de «los encendidos dardos del maligno» (16), que podrían herir e incluso matar, su vida en la verdad y la rectitud; la salvación como yelmo para protegerlo, y la palabra de Dios como espada del Espíritu (17). ¡Realmente, visto con ojos humanos, es difícil imaginarnos un hombre más desarmado! Y ¡qué incomprensible es semejante combate, necesario y fatal, de la verdad y por la verdad, la justicia y la paz! La situación del cristiano podría calificarse de angustiosa. Se encuentra asediado por los cuatro costados por enemigos que no son «de carne y sangre» (12), y ha de hacer frente a «las insidias del diablo» (11) y a fuerzas imprecisas, extrañas y amenazadoras, «las soberanías, las autoridades, los dominadores de este mundo tenebroso, las fuerzas espirituales del mal» (12). En pocas palabras: el enemigo irreconciliable de la verdad, la justicia y la paz no es otro sino la mentira, la injusticia y la guerra, que reinan entre los hombres y los seducen. El cristiano no es, de ninguna manera, el hombre que se coloca al margen de este combate. Ni tampoco el hombre que vive únicamente en la verdad, en la justicia y en la paz. Más exactamente, el creyente es el hombre que no deja nunca de buscar y de hacer la verdad, la justicia y la paz. El combate tiene lugar en el interior de la vida del hombre y, a la vez, en la convivencia con los demás. M. GALLAR, LA BIBLIA DIA A DIA Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 727 s.

3. “Poneos las armas que Dios os da, para poder resistir a las estratagemas del diablo". No importa tanto
identificar las diversas piezas de la armadura del guerrero del tiempo, aunque es interesante: cinturón, coraza, calzado, escudo, casco, espada. Ni tampoco la correspondencia metafórica de cada una de ellas con las armas espirituales que nombra Pablo. Lo que sí es interesante es la lista de cuáles son estas armas para un cristiano, porque siguen siendo las mismas que ahora: la verdad, la justicia, la paz, la fe, el Espíritu, la palabra de Dios, la oración... Pablo pide que en esta oración, además de pedir por sí mismos, recen por todos los demás y también por él, que está encadenado. Pero no necesariamente por su libertad, sino para que la Palabra salvadora de Dios pueda seguir anunciándose en el mundo. Estamos empeñados, hoy como entonces, en una lucha encarnizada entre el bien y el mal. Pablo habla de las "fuerzas sobrehumanas y supremas del mal" que "dominan este mundo de tinieblas". Los cristianos tenemos que luchar, con las armas de Dios, contra esas fuerzas del mal. Lo que pedimos en el Padrenuestro, "mas líbranos del mal (o del Malo)", no sólo lo pedimos para nosotros, sino para toda la humanidad. Y no sólo lo pedimos, sino que nos mostramos disponibles para luchar para que triunfe el bien y no el mal a nuestro alrededor. Las armas de Dios las ha enumerado Pablo. Somos conscientes que no podemos triunfar sin la fe ni la oración ni la ayuda del Espíritu de Dios. Si celebramos bien la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios y recibiendo en alimento el Cuerpo y Sangre de Cristo, estaremos pertrechados para el combate de cada día y para "mantener las posiciones". No tenemos que asustarnos. Eso de que el mal actúa con fuerza y echa mano de estratagemas es muy antiguo. Pero con la ayuda de Dios -y los cristianos sabemos más que nadie de eso- podemos vencer: "buscad vuestra fuerza en el Señor, poneos las armas que Dios os da". El salmo sigue siendo estimulante: "Bendito el Señor, mi roca, que adiestra mis manos para el combate... mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo".

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 14 Gloria Iesu in Maria!

TEXTO V Comentario al Evangelio (I)
La parábola del deudor despiadado (Mt 18, 23-35) afirma y escenifica la ley del amor personificándola en el Acreedor magnánimo; condena y escenifica la ley de la venganza en el acreedor mezquino, pequeño, ruin y despiadado. El centro de gravedad de la parábola, el tertium comparationis, está en el perdón sin medida impuesto al hombre frente a su prójimo. Debe quedar abolida para siempre la ley de la venganza sin medida, que fue la ley sagrada de la antigüedad (Gen 4, 15. 24). La parábola es un drama en cuatro actos: deuda, misericordia, crueldad, justicia. La deuda es destacada como el punto de partida: un hombre debía diez mil talentos. Una suma exorbitante. Traducida a nuestra moneda de cambio o a una orientación próxima a la misma, la suma en cuestión equivaldría a sesenta millones de jornadas de trabajo. Superaba la suma de los impuestos que, en aquella época, pagaban Siria, Fenicia, Judea y Samaria. ¿Cómo puede un "siervo" endeudarse hasta esos extremos? La extravagancia, la absurdidad, el aspecto hiperbólico-paradójico de la parábola-metáfora la coloca el Parabolista al principio y con absoluta claridad. Quiere que, desde el principio, el lector se vea incluido en ella participando en la orientación, desorientación y reorganización propias de este género literario, en expresión de P. Ricoeur. El Parabolista pretende que el lector piense en la cifra más elevada que pudiera imaginarse cualquier miembro del auditorio de Jesús. Y esta cantidad tan fabulosa quiere poner de relieve una verdad fundamental en la enseñanza parabólica: la imposibilidad absoluta de aquel siervo para pagarla deuda. Una vez que ha sido constatada la deuda impagable entra en acción todo el mecanismo de la parábola. De forma inimaginable el Acreedor le perdona toda la deuda. Sin embargo, el deudor perdonado se convierte en acreedor despiadado frente a un compañero suyo que le debía una deuda relativamente importante pero, en todo caso ridícula en comparación con la que a él le había sido perdonada. Se niega a hacer con su deudor lo que su Acreedor había hecho con él. Aquella actitud despiadada indignó a sus compañeros que se lo contaron al rey. Entonces el rey lo llama, lo recrimina, le retira el perdón y le aplica la justicia. Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón. La parábola-metáfora describe la relación del hombre con Dios y de los hombres entre sí. La deuda de diez mil talentos, impagable en todo caso, significa la situación del hombre pecador, a quien Dios perdona por pura gracia. El padre del hijo pródigo siempre reacciona del mismo modo ante la confesión sincera de quien quiere volver a la casa paterna: he pecado... ¡Basta con eso! La actitud del deudor despiadado retrata la ruindad del corazón humano. Unos a otros nos debemos cien denarios. Una ridiculez en comparación con aquello que nos ha sido perdonado. Y, demasiadas veces, agarramos por el cuello a nuestro deudor, al que nos ha dicho una verdad que nos molesta, al que no se somete a nuestros criterios, al que nos ha faltado... y queremos ahogarlo llevando nuestro odio más allá de la muerte. En contra de lo que habitualmente afirmamos, la paciencia divina no es infinita. No lo es ante aquellos que no la comprenden y establecen una medida para sus deudores distinta e incluso contraria a la que Dios utiliza con ellos. En todo caso, la parábola se convierte en una amonestación a no abusar de la misericordia y de la gracia de Dios. Dios abre la gracia de su perdón de una manera insospechada para el hombre. Pero retira esta ola de indulgencia jubilar ante los corazones ruines que niegan el perdón al prójimo, al hermano. ¿Y en el día del juicio? Si el deudor perdonado perdona a su vez a sus hermanos, será tratado con misericordia; si el deudor perdonado se cierra en sí mismo y se convierte en acreedor despiadado, entonces se ha ganado a pulso la aplicación de la justicia. Mediante el recurso a esta parábola emotiva, emocionante y, al mismo tiempo, severamenrte crítica e inquietante, Jesús ha abierto para nosotros el corazón infinitamente amoroso de Dios. Nos ha revelado la gratuidad absoluta de su gracia y de su perdón. ¿Podemos afirmar que Jesús se convirtió en cadena

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 15 Forma Extraordinaria del Rito Romano transmisora de lo que él personalmente había experimentado en su conocimiento vivencial de la paternidad divina? Jesús nos revela aquello que el Padre le había revelado. Sólo cuando comprendemos la inseparabilidad de estos dos protagonistas, que constituyen el último punto referencial de nuestra vida, se nos impone la consideración de la figura de Jesús como el reflejo del Padre. Sólo entonces podemos descubrir que detrás del hombre Jesús de Nazaret existe una realidad que se hizo presente en él para que nos la hiciese llegar hasta nosotros. El apóstol Pablo lo descubrió cuando cayó en la cuenta de que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo y que a nosotros nos ha concedido el ministerio de la reconciliación (2Cor 5, 18). La extravagancia de la parábola que hemos expuesto convierte en evidentes unas realidades que, juzgadas aplicándolas el baremo humano, son inverosímiles, "extravagantes", para no cambiar el término. Y esta extravagancia sólo puede ser superada prestando mucha atención al Revelador que nos habla y cuyo lenguaje únicamente podemos entender si estamos atentos a la inspiración del Espíritu de la verdad que todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios. Y las del hombre, por supuesto.

TEXTO VI COMENTARIOS AL EVANGELIO (II)
PERDON. NO ES SOLO DEBER MORAL SINO EL ECO DE LA CONCIENCIA DE HABER SIDO PERDONADO.
El judaísmo ya conocía el deber del perdón de las ofensas pero todavía se trataba de una conquista reciente que no conseguía imponerse más que por la composición de tarifas precisas. Las escuelas rabinas exigían que sus discípulos perdonasen tantas o tantas veces a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, etc..., y estas tarifas variaban según la escuela. Así se comprende que Pedro preguntase a Jesús cual era su tarifa, preocupado por saber si era tan severa como la de la escuela que exigía perdonar siete veces a su hermano. Jesús contesta a Pedro con una parábola que libra al perdón de toda tarifa para hacer de él el signo del perdón recibido de Dios. (...). Es la característica del perdón cristiano: se perdona como se ha sido perdonado, uno se apiada de su compañero porque se han apiadado de él (vv. 17 y 33; Os 6. 6; Mt 9. 13; 12. 7). El perdón ya no es únicamente un deber moral con tarifa, como en el judaísmo, sino el eco de la conciencia de haber sido perdonado. Así llega a ser una especie de virtud teologal que prolonga para el provecho del otro el perdón dado por Dios (Col 3. 13; Mt 6. 14-15; 2 Co 5. 18-20). (...). La Eucaristía dominical tiene una evidente dimensión penitencial: en ella proclama y ejerce la Iglesia el perdón de Dios, puesto que no es otra cosa que la asamblea de los pecadores pendientes de la iniciativa misericordiosa de Dios. Pero la fraternidad de los cristianos eucaristiados y perdonados no es real y significante para el mundo sino en la medida en que colaboran efectivamente en las empresas humanas del perdón, de manera especial en la edificación de la paz.
MAERTENS-FRISQU, NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VII MAROVA MADRID 1969.Pág.66 y 67

¡LA TRADICIÓN BÍBLICA PRESENTA A UN DIOS QUE AMA A UN PUEBLO QUE NO SE LO MERECE.
Quizá la característica más expresiva que tiene este misericordia de Dios, manifestada no sólo en su perdón al mal uso de nuestra libertad, sino en toda su relación con nosotros, es la imposibilidad de poder ser pagada de alguna manera por el hombre. Es auténtico amor a fondo perdido. Dios nada gana con querernos. La tradición bíblica presenta a un Dios que ama a un pueblo que no se lo merece ni por su grandeza cultural, ni por su poderío político, ni por su fidelidad religiosa, ni por ningún otro valor antecedente. Es un Dios loco de amor por su pueblo. No existe otra razón. A nosotros se nos invita a actuar en esta dirección de gratuidad, amando a los enemigos o invitando a quien no nos puede invitar. Comerciar con el amor y la relación humana "también lo hacen los publicanos y fariseos". (...) La seguridad del amor de Dios como gracia inmerecida e impagable aparta de nosotros todo escrúpulo legalista y potencia nuestra decisión de entrega más allá de cualquier norma establecida.

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 16 Gloria Iesu in Maria! En una sociedad utilitarista competitiva y comercial la gratuidad resulta de difícil comprensión. El creyente se ve también afectado e incluso contagiado por este entorno que lo rodea. La búsqueda de influencias sociales, el cultivo interesado de las "relaciones públicas" el estar a bien con quien nos puede valer, el hacer favores para poderlos cobrar son tentaciones de cada día. Desde el utilitarismo habitual, preguntarse para qué me puede servir o perdonar a quien no me puede pagar en la misma moneda suele ser un interrogante que brota de forma espontánea. La referencia a un Dios que se nos da como pura gracia, de manera gratuita, ha de servirnos no sólo para organizar evangélicamente nuestro corazón, sino también para purificar las acciones de nuestra comunidad y no confundir el proselitismo con el verdadero servicio. EUCARISTÍA 1987/44 NOSOTROS CREEMOS Y VIVIMOS COMO SI FUERAN DOS RELACIONES DISTINTAS. LO CONTRARIO ES LA VERDAD: AMBAS RELACIONES NO CONSTITUYEN MAS QUE UNA Esta parábola está construida sobre una doble relación. La relación del siervo con el rey y la de los siervos entre sí. El siervo malo debía de pensar que estas dos relaciones son distintas, que su comportamiento para con los demás siervos no tendría importancia por lo que hace a su relación con el rey. Lo contrario es la verdad: ambas relaciones no constituyen más que una. Si el rey está dispuesto a comportarse en relación a los siervos exactamente lo mismo que ellos se comportan entre sí, es que, en definitiva, hay un único juego de relación, único aun siendo complejo, de los hombres entre sí y de los hombres con Dios. Los hombres no pueden negar el perdón a los demás porque a todos y cada uno Dios les ha perdonado muchísimo más. Y además, esos mismos hombres no pueden ignorar que su actitud en lo referente a sus hermanos compromete su propia situación ante Dios. Si su relación con el prójimo es vivida bajo el signo de la maldad, no hay razón para que su propia relación con Dios se viva de otra manera; pero entonces son ellos las víctimas.
LOUIS MONLOUBOU LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág. 234

1. Continúa con la temática del perdón introducida el domingo pasado. Pedro, la piedra-cimiento del
edificio comunitario, pregunta por los límites del perdón de las ofensas entre hermanos. Preguntar es propio del discípulo, deseoso de aprender. En un claro indicio del carácter didáctico de su evangelio, Mateo prodiga las preguntas de los discípulos, y en concreto de Pedro, al Maestro. - La pregunta y la respuesta barajan las mismas cifras que baraja Génesis 4, 24 para hablar de la venganza como base de actuación: "Si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete". Las cifras barajadas convierten el perdón en la base de actuación superadora de la venganza. El sentido de la respuesta es que no se pueden poner límites al perdón: hay que hacerlo siempre. -La respuesta tiene un desarrollo gráfico en la parábola posterior. No se trata de una parábola pura, pues el versículo final ofrece la explicación: Lo mismo hará mi Padre celestial con aquel de vosotros que no perdona de corazón a su hermano (v. 35). -Partiendo de esta explicación nos encontramos con la siguiente equiparación dinámica: aquél de vosotros que no perdona a su hermano se comporta igual que el empleado incapaz de perdonar una pequeña deuda a un compañero suyo, después de que a él le han perdonado una enorme deuda. El perdonado no sabe perdonar; los perdonados por Dios no saben perdonar al hermano. -En el conjunto del texto la parábola aporta, pues, un elemento nuevo a la respuesta inicial dada por Pedro. El discípulo de Jesús no debe poner límites al perdón, porque él sabe con creces lo que significa ser perdonado. El discípulo de Jesús tiene motivo para perdonar. El motivo es el perdón que Dios le otorga a él. Comentario: El único comentario adecuado a este texto es su puesta en práctica. Pero ¡atención! -La venganza de la que se habla en el Génesis 4, 24 era el instrumento jurídico del que se servían las sociedades primitivas para regular la conducta en casos de lesión o perjuicio. La venganza trataba de evitar y cortar excesos a la hora de exigir compensaciones por el daño sufrido. Su concreción era la ley

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 17 Forma Extraordinaria del Rito Romano del talión: ojo por ojo, diente por diente. Es decir, por un ojo, un ojo y no los dos; por un diente, un diente y no los demás. -El perdón del que se habla en este texto es la renuncia incluso a la compensación justa por daños y perjuicios. -Vistas así las cosas, resulta cada vez más claro lo tantas veces escrito en estos comentarios: ser discípulo de Jesús es ser diferente, pues equivale a poner en marcha la utopía. -El discípulo tiene una buena razón para poder hacerlo pues se sabe perdonado por Dios y vive desde la experiencia de ese perdón. El discípulo se sabe envuelto en gracia. Por eso, lo que brota del discípulo nunca serán exigencias, sino donación, perdón y gracia.
A. BENITO DABAR 1990/46

podría ser la conclusión de la parábola de este evangelio. Pedro, como tantas otras veces dentro del evangelio de Mateo, se dirige a Jesús formulándole una cuestión referente al perdón del hermano. El tema sigue al que empezó el domingo anterior: "Si tu hermano peca..." (v. 15). Pedro lo plantea todavía dentro de una óptica típicamente de casuística judía aferrada fuertemente al legalismo. La generosidad de la ley es grande pero tiene un límite. Perdonando "siete veces" Pedro pensó probablemente haber dado un paso decisivo hacia las exigentes metas propuestas por Jesús. La respuesta de Jesús hunde las medidas calculadas por una visión legalista. La parábola que sigue, propia también de san Mateo, no hace más que insistir en el punto central de reflexión propuesto por la primera lectura en términos de perdón y cantado en el versículo aleluyático en términos de amor: "que os améis mutuamente como yo os he amado" (Jn 13, 34). No hay que perder el sentido global del evangelio dentro del marco de este capítulo 18, porque es muy importante. Dentro de la Iglesia el pecado sigue siendo una realidad con la que hay que contar. Jesús y el evangelista son realistas. Luego, si el objeto del plan de Dios es que nadie se pierda, son inútiles todos los escándalos y el "parece imposible". Estas son actitudes farisaicas, sobre todo porque denotan no haber asimilado todavía que la deuda que nunca puede llegar a pagarse es la que todo hombre tiene para con Dios. En este sentido, la perícopa resalta la importancia que tiene el perdón entre los hermanos que forman la comunidad; los "pequeños", empleando la terminología del evangelista. Sin esta firme voluntad de acoger, de proteger, de salvar lo que quizá pueda perderse, la iglesia, cualquier iglesia, corre siempre el riesgo de la propia destrucción.
ANTON RAMON SASTRE MISA DOMINICAL 1978/16

2. El perdón es una misión de la Iglesia. Esta

3.

La primera parte del discurso (18,1-14) nos ha demostrado con claridad que en la comunidad cristiana existen aún rivalidades, escándalos y pecados. ¿Cómo conducirse frente a todo esto? La actitud fundamental que hay que adoptar es el perdón sin límites, porque únicamente el perdón sin límites ("No hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete") se parece al perdón de Dios. La parábola (18,2325) -todo es inverosímil en esta parábola, pero justamente por ello está claro su significado- enseña que el perdón de Dios es el motivo y la medida del perdón fraterno.

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 18 Gloria Iesu in Maria! Debemos perdonar a los otros porque sería inconcebible retener para sí un don inmenso gratuitamente recibido. Debemos perdonar sin medida, porque Dios nos ha hecho objeto de un perdón sin medida. Del sentido de la gratuidad del don de Dios es de donde nace el perdón. El versículo final de la parábola (18,35) considera el amor fraterno como una condición para obtener el perdón de Dios. El amor dispone al hombre al perdón. La idea está indudablemente presente; además, se la afirma también en otros pasajes del evangelio (cfr. /Lc/07/47). Mas no es ésta la perspectiva más profunda. El perdón fraterno es más bien consecuencia del perdón de Dios, no respuesta; es someterse completamente a la acción misericordiosa de Dios de suerte que pueda desarrollarse en toda su vitalidad y difundirse. En este sentido, perdonar a los hermanos es signo de la plenitud de la eficacia del perdón de Dios ya recibido. De hecho, el contraste entre los dos cuadros de la parábola no tiene como fin principal hacer ver la diversidad del comportamiento divino para con el hombre que sabe perdonar y para con el hombre incapaz de perdonar. Intenta más bien hacer ver lo digno que es de condena el siervo que no perdona cuando él ha sido primero objeto del perdón divino. El siervo es condenado porque retiene el perdón para sí y no permite que su perdón se convierta en alegría y perdón también para los hermanos. Es preciso, por el contrario, imitar el comportamiento de Dios (Mt 5,43-48).

BRUNO MAGGIONI EL RELATO DE MATEO, EDIC. PAULINAS/MADRID 1982.Pág. 193

TEXTO VII COMENTARIO AL EVANGELIO (III)
La presente sección se abre enunciando un principio básico de la vida cristiana: la reconciliación y el perdón. El lector del evangelio ya lo conoce por otras palabras de Jesús (5,23ss) y la oración específicamente cristiana, el Padrenuestro, lo recuerda constantemente. La oferta de Pedro de perdonar “siete veces” responde a la enseñanza de Jesús y contrasta con la séxtuple venganza por Caín (Gn 4,15; cf. Lv 26,21). La respuesta de Jesús de perdonar “setenta y siete veces” contrasta con la venganza por Lamec (Gn 4,24). Siete y sus múltiplos son símbolo de plenitud. En el reino, el perdón ilimitado ha de ocupar el puesto de la venganza. La contrapartida del principio pagano de la venganza sin límite es el principio cristiano del perdón ilimitado. La parábola que viene a continuación es una aclaración práctica y concreta del principio enunciado. La venganza era una ley sagrada en todo Oriente; el perdón era humillante. La parábola es un drama en cuatro actos: deuda, misericordia, crueldad y justicia. Un hombre debía diez mil talentos. Una suma exorbitante. El auditorio de Cristo no podía imaginar deuda semejante. La conclusión: se trata de una deuda impagable. El acreedor ordena vender todo cuanto se tiene incluyendo la familia. Ser vendido como esclavo por deudas no era infrecuente en el antiguo Oriente Próximo, pero ese procedimiento era utilizado con mayor frecuencia como castigo, más que para el pago de deudas. Sin embargo, el rey atiende la súplica y perdona. El deudor perdonado se convierte en deudor despiadado que ante su compañero deudor de algo insignificante en comparación con lo que se le había perdonado lo mete en la cárcel después de casi ahogarlo. El hecho de no mostrar misericordia donde él la había recibido lleva a que la misericordia del rey sea revocada, y el siervo inmisericorde es entonces entregado a los verdugos (v. 34) hasta que pague esa deuda imposible de saldar. En síntesis, la idea es que la soberanía de Dios exige que la misericordia divina sea la medida del perdón en nuestras relaciones con los demás. En este pasaje se nos aclara y recalca algo muy importante: la pertenencia al reino es el perdón y éste es sin límites y a todos tomando como ejemplo a Dios mismo cuya oferta de gracia desborda todo cálculo humano. No hay lugar para la venganza personal, porque uno siempre vive en el amor misericordioso del Padre (Is 40,2; 43,25), y por tanto debemos reflejar ese amor misericordioso a los demás. Pedro introduce el tema de cuántas veces hay que perdonar, Jesús responde que setenta veces siete; es decir, siempre; porque siempre tenemos necesidad del perdón divino. En este

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 19 Forma Extraordinaria del Rito Romano contexto Jesús pronuncia esa parábola paradójica, en la que todo parece desproporcionado: la disparatada deuda del primer servidor y donde no tiene ninguna posibilidad de que la devolviera, pese a su promesa de hacerlo junto con su crueldad para con el compañero que tiene con él una deuda insignificante y que se podía pagar fácilmente. Lo que queda claro es que la condición esencial para el perdón divino es que nosotros perdonemos a nuestros prójimos, y con un perdón “de corazón”, como el perdón de Dios. Actuar con perdón es el estilo del reino. Negarse a perdonar nos sitúa fuera del reino y, por consecuencia, fuera de la esfera del amor misericordioso de Dios. Esta parábola es un drama que se actúa continuamente pues el que queda impune de grandes actos de enriquecimiento ilícito quiere luego ahorcar a sus trabajadores que le deben cualquier cosa en comparación con lo robado o ganado ilícitamente. Esto lo vemos en la cuestión económica pero se da en todos los campos de las relaciones humanas. Un cónyuge, normalmente el varón por el machismo mundial que vivimos, engañando gravemente al otro, resulta que llega a lastimar y hasta matar al otro por una tontería que agiganta por los celos. Afortunadamente con Dios no es así, no podemos jugar. El es capaz de tomar todos nuestros pecados, nuestras deudas para obtener el perdón; pero no puede tolerar el abuso de que, siendo pecadores, nos neguemos a perdonar las mínimas ofensas que se nos hacen. Con esto podremos rezar con fuerza , conciencia y compromiso aquella parte del Padrenuestro “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden...” SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

TEXTO VIII COMENTARIO AL EVANGELIO (IV)
“ El reino de los cielos es semejante a un amo de casa que salió muy de mañana a ajustar obreros para su viña” (Mt 20,1). Con estas palabras comienza el pasaje evangélico de la liturgia de hoy. La tan conocida parábola de los trabajadores de la viña contiene en sí muchos temas. Entre éstos es fundamental la idea de que es Dios quien llama al hombre al trabajo y que el trabajo debe contribuir a la plasmación continua del mundo según el proyecto del mismo Dios. Todo tipo de trabajo humano, todas sus variantes, están incluidas en la parábola evangélica. En el punto de partida esta parábola incluye la llamada al hombre a redescubrir el significado del trabajo, teniendo presente el designio salvífico de Dios. ¿Qué es el trabajo humano? A este importante interrogante hay que dar una respuesta articulada. Ante todo es una prerrogativa del hombre-persona, un factor de plenitud humana que ayuda precisamente al hombre a ser más hombre. Sin el trabajo no solo no puede alimentarse, sino que tampoco puede autorrealizarse, es decir, llegar a

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 20 Gloria Iesu in Maria! su dimensión verdadera. En segundo lugar y consecuentemente, el trabajo es una necesidad, un deber que da al ser humano, vida, serenidad, interés, sentido. El Apóstol Pablo advierte severamente, recordémoslo: “el que no quiera trabajar, no coma" (2 Tes 3,10). Por consiguiente cada uno está llamado a desempeñar una actividad sea al nivel que fuere, y el ocio y el vivir a costa de otros quedan condenados. El trabajo es, además, un derecho, “es el grande y fundamental derecho del hombre”. El trabajo llega a ser igualmente un servicio, de tal modo que “el hombre crece en la medida en que se entrega por los demás". Y de esta armonía se beneficia no sólo el individuo sino también la misma sociedad. Estos son solamente algunos pensamientos sobre el tema acerca de la naturaleza del trabajo humano. Los ponemos juntos aquí haciendo referencia a la llamada del amo de casa que sigue saliendo a contratar obreros para su viña para la jornada, como dice la parábola evangélica. Recordemos que en su mismo punto de partida esta parábola contiene la invitación al hombre a que encuentre su significado último en el designio salvífico de Dios, sea cual fuere el tipo de trabajo que desarrolle. Y oremos para que crezca y se ahonde en cada hombre la conciencia de este significado. Pues según el designio de Dios, con el trabajo no sólo debemos dominar la tierra, sino también alcanzar la salvación. Por tanto, al trabajo está vinculada no sólo la dimensión de la temporalidad, sino también la dimensión de la eternidad.

TEXTO IX Un perdón desmedido
Mons. Jesús Sanz Montes, ofm Era realmente hermoso poder contar con una compañía de hermanos, que por amor te corrigen, ofreciéndote un acompañamiento hondo; esa forma de amor que se llama corrección fraterna. Reflexionando sobre la calidad humana que suponía vivir así, los discípulos se preguntaron: sí, perdonar, pero ¿cuánto tiempo, cuántas veces, con quiénes? "Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?" (Mt 18,21). No se trataba de limitar el ejercicio de un amor que se abre al perdón, sino de comprender la novedad de la propuesta de Jesús. Porque tanta gente vivía con la "ley del talión": ojo por ojo y diente por diente, que ponía un límite a la venganza, sin causar más daño del que a nosotros nos han podido causar. Y por extraño que parezca esta ley protegía a los culpables del peligro de un abuso desmedido a la hora de penalizar sus errores. Al proponer Jesús su novedad en un asunto tan cotidiano como el perdón, no les repetirá una ley que, como la del talión, nace como control abusivo de la venganza, sino que Jesús propone una ley que nace de la abundancia del amor, capaz de provocar el estupor: "no te digo hasta siete veces –que era ya mucho en la simbología numérica hebrea–, sino hasta setenta veces siete",es decir, siempre.Jesús pondrá una breve parábola en la que quedaba manifiesta la insuficiencia de todas las leyes del talión, que siempre generan inhumanidad, insolidaridad, una justicia chata y pobre, porque no tiene corazón. Entonces Jesús propone una modalidad extrema de perdón, como extremado fue también su mismo amor. A la pregunta inicial de Pedro: "¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?", el Señor responderá: tantas como Dios te ha perdonado a ti, es decir, siempre.¡ Los que andan midiendo los perdones, los que son proclives a la sanción pura y dura, los que "perdonan pero no olvidan"..., no entenderán la propuesta de Jesús: perdonar así como somos perdonados (así rezamos en el Padrenuestro), tratar a los otros tal como Dios nos trata siempre. Por eso, la gran pregunta no es saber hasta dónde puede llegar nuestra generosidad perdonadora, sino cuánta experiencia tenemos de haber sido perdonados por el Señor. ¿No necesita nuestro mundo fratricida que entre en sus calles sople un aire fresco de esperanza que venga ventilado por quienes se saben perdonados por Dios, por quienes han experimentado su misericordia, y que por lo tanto, al igual que el Señor, también ellos perdonen de corazón?

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 21 Forma Extraordinaria del Rito Romano

TEXTO X «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

2838 Esta petición es sorprendente. Si sólo comprendiera la primera parte de la frase, —“perdona nuestras ofensas”— podría estar incluida, implícitamente, en las tres primeras peticiones de la Oración del Señor, ya que el Sacrificio de Cristo es “para la remisión de los pecados”. Pero, según el segundo miembro de la frase, nuestra petición no será escuchada si no hemos respondido antes a una exigencia. Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: “como”. «Perdona nuestras ofensas»... 2839 Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32) y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (cf Lc 18, 13). Nuestra petición empieza con una “confesión” en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, “tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14; Ef 1, 7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (cf Mt 26, 28; Jn 20, 23). 2840 Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano, a la hermana a quien vemos (cf 1 Jn 4, 20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia. 2841 Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf Mt 6, 14-15; 5, 23-24; Mc 11, 25). Esta exigencia crucial del misterio de la Alianza es imposible para el hombre. Pero “todo es posible para Dios” (Mt 19, 26). ... «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» 2842 Este “como” no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos “como” es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48); «Sed misericordiosos, “como” vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que “como” yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida “del fondo del corazón”, en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es “nuestra Vida” (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf Flp 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente “como” nos perdonó Dios en Cristo» (Ef 4, 32). 2843 Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (cf. Mt 18, 23-35), acaba con esta frase: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano”. Allí es, en efecto, en el fondo “del corazón” donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión. 2844 La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cf Mt 5, 43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 22 Gloria Iesu in Maria! de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cf 2 Co 5, 18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí (cf Juan Pablo II, Cart. enc. DM 14). 2845 No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino (cf Mt 18, 21-22; Lc 17, 3-4). Si se trata de ofensas (de “pecados” según Lc 11, 4, o de “deudas” según Mt 6, 12), de hecho nosotros somos siempre deudores: “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor” (Rm 13, 8). La comunión de la Santísima Trinidad es la fuente y el criterio de verdad en toda relación (cf 1 Jn 3, 1924). Se vive en la oración y sobre todo en la Eucaristía (cf Mt 5, 23-24): «Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de todo el pueblo fiel» (San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 23).

TEXTO XI COMBATE ESPIRITUAL

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Es hora de despertar del sueño. Debemos saber cual es la meta de nuestra vida: No es aumentar placeres, ni hacernos ricos ni famosos. Es mas bien vivir para siempre como hijos amorosos y fieles de Dios. Desearlo con todo el corazón es la mas alta y gloriosa empresa. En esto consiste la perfección cristiana y la verdadera vida espiritual. No se trata de hacer algunas buenas obras para sentirnos buenos. No confundamos los medios, que son las prácticas de nuestra fe con el fin que es el reino de Jesús sobre nuestros corazones. MEDIOS PARA SANTIFICARSE Dominarnos a nosotros mismos. Hay que vencer la rebeldía de la carne hasta que el espíritu tenga plena autoridad. Es así como llegamos a ser hombres nuevos en el Espíritu, como deseaba San Pablo: "Como ciudadanos del cielo" (Fil 3,20). Esto no lo logran los cobardes y los afectos a este mundo. San Pablo nos dice: "Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros el camino de la santidad, yo me quede sin llegar a conseguirla" (I Co 9, 27). Este castigo se trata sobre todo de dominarse a si mismo para hacer la voluntad de Dios en cada momento. Entregarle la autoridad sobre nuestro tiempo, nuestros pensamientos y corazón. Para ello hay que dedicarse a la oración, a la meditación, y a pensar en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, no por curiosidad, ni para conseguir gozos sensibles, sino para lograr apreciar mejor, cuan grande es la bondad y misericordia de Nuestro Señor, y cuan espantosa es nuestra ingratitud y nuestra maldad. "Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a si mismo, acepte su cruz de sufrimientos de cada dia y sígame" (Mat. 16,24). Cristo nos enseña que se triunfa venciéndose a si mismo y aceptando con paciencia las adversidades. Recibir dignamente y con frecuencia los sacramentos. A las almas que desean llegar a la Santidad, El Divino Espíritu les recuerda frecuentemente la necesidad absoluta de recurrir a Jesús, La Divina Misericordia que nos da el perdón en la confesión y se nos da como Pan de Vida en la Eucaristía. La santidad requiere obediencia total a la voluntad de Dios. "Ningún atleta recibe la medalla de campeón, Si no ha competido según el reglamento. ( 2 ti 2,5 ) La Santidad no está en las obras Existen almas imprudentes que consideran como lo mas importante para adquirir la perfección y la Santidad, el dedicarse a obras exteriores.

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 23 Forma Extraordinaria del Rito Romano

Las obras buenas son el fruto y no la fuente de la vida. Sería dañino dedicarse a las obras si nuestra alma no se alimenta de la fuente. Para dar buenos frutos hay que reformar los pensamientos y sentimientos y actitudes. Hay que dominar las malas inclinaciones. UNA TRAMPA. Los enemigos de nuestra salvación, viendo que la cantidad de ocupaciones que nos atraen, nos apartan del verdadero camino que lleva a la Santidad, no solo nos animan a seguirlas practicando, sino que nos llenan la imaginación de quiméricas y falsas ideas, tratando de convencernos de que por dedicarnos a muchas acciones exteriores ya con eso nos estamos ganando un maravilloso paraíso eterno (olvidando lo que decía un santo: "OJALA SE CONVENCIERAN LOS QUE ANDAN TAN OCUPADOS Y PREOCUPADOS POR TANTAS OBRAS EXTERIORES, QUE MUCHO MAS GANARÍAN PARA SU PROPIA SANTIDAD Y PARA EL BIEN DE LOS DEMÁS, SI SE DEDICARAN UN POCO MAS A LO QUE ES ESPIRITUAL Y SOBRENATURAL; DE LO CONTRARIO TODO SERÁ LOGRAR POCO, O NADA, O MENOS QUE NADA, PUES SIN VIDA ESPIRITUAL SE PUEDE HASTA LLEGAR A HACER MAS DAÑO QUE BIEN). Cuidado con los pensamientos grandiosos. Durante la oración hay la tentación de que se nos llene la cabeza de pensamientos grandiosos y hasta curiosos y agradables acerca de futuros apostolados y trabajos por las almas, en vez de dedicar ese tiempo precioso a amar a Dios, adorarlo, pensar en sus perfecciones, darle gracias, pedirle perdón por nuestros pecados; nos dedicamos a volar como vanas mariposas por un montón de temas que no son oración y aun como moscardones volando con la imaginación por los basureros de este mundo. SEÑAL QUE DEMUESTRA EL GRADO DE PERFECCIÓN Aunque la persona se dedique a muchas obras exteriores, pasando tiempos y tiempos en fantasías e imaginaciones, LA SEÑAL PARA SABER A QUE GRADO DE ESPIRITUALIDAD ES AVERIGUAR QUE CAMBIO Y QUE TRANSFORMACIÓN HA TENIDO SU VIDA, SU CONDUCTA Y SUS COSTUMBRES. Porque si a pesar de tantas obras y proyectos siguen deseando siempre que les prefieran a los demás, se muestra lleno de caprichos, rebelde y obstinado en su propio parecer sin querer aceptar el parecer de los otros y sin preocuparse de observar sus propias miserias y debilidades se dedica a observar con ojos muy abiertos las faltas y miserias ajenas (repitiendo lo que tanto criticaba Jesús: "SE FIJAN EN LA BASURITA QUE HAY EN LOS OJOS DE LOS DEMÁS Y NO EN LA VIGA QUE LLEVAN EN SUS PROPIOS OJOS". Esto es señal que el grado de su Santidad es muy bajo todavía. Y si cuando alguien se atreve a herirles algo en su propia estimación con críticas u observaciones o negación de especiales demostraciones de aprecio, estallan en ira e indignación. Cuando se les dice que lo importante no es tanto el numero de oraciones y devociones que tiene, sino la calidad y el amor a Dios, al prójimo que hay en esas practicas de piedad; se enojan, se turban, se llenan de inquietud y no aceptan esto de ninguna manera; con ello están demostrando que su santidad es demasiado pequeña todavía. Mas aun cuando Nuestro Señor, para llevarles a mayor perfección permite que les lleguen enfermedades, contrariedades, pruebas y persecuciones, entonces si que manifiestan que su santidad es falsa, porque estallan en quejas y protestas y no aceptan conformar su voluntad con la Santísima Voluntad de Dios. UN PECADOR MUY DIFÍCIL DE CONVERTIR La experiencia de cada día enseña que con mas facilidad se convierte un pecador manifiesto, que otro que se oculta y que se cubre con el manto de muchas obras externas de virtud. Porque a estas almas las deslumbra y las ciega de tal manera su orgullo que: ES NECESARIA UNA GRACIA EXTRAORDINARIA DEL CIELO, PARA CONVERTIRLAS y sacarlas de su engaño. Están siempre en un dañoso peligro de permanecer en su estado de tibieza y postración espiritual, porque tienen oscurecidos los ojos de su espíritu con un enorme amor propio y un deseo insaciable de que la gente les estime y les aprecie, al hacer sus obras exteriores, que de por si son buenas, pero

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 24 Gloria Iesu in Maria! buscan satisfacer su vanidad y se atribuyen muchos grados de perfección y en su presunción y orgullo, viven censurando y condenando a los demás. NO CONSISTE LA PERFECCIÓN, pues en dedicarse a muchas obras exteriores. Pues como dice San Pablo: "AUNQUE YO HAGA LAS OBRAS MAS MARAVILLOSAS DEL MUNDO, SI NO TENGO AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO, NADA SOY" (1Cor. 13). ¿CUAL ES LA BASE, ENTONCES, PARA OBTENER LA PERFECCIÓN? La base de la perfección y santidad consiste en cinco cosas. En conocer y meditar la grandeza y la bondad infinitas de Dios, y nuestra debilidad, e inclinación tan fuerte hacia el mal. Es la gracia que durante noches enteras pedía San Francisco de Asís en su oración, hasta que logró conseguirla: "SEÑOR. CONÓZCATE A TI; CONÓZCAME A MI". Aceptar ser humillados y sujetar nuestra voluntad no solo a la Divina Majestad, sino a personas que Dios ha puesto para que nos dirijan, aconsejen y gobiernen. En hacerlo y sufrirlo todo, únicamente por amor a Dios y por salvación de las almas; por conseguir la gloria de Dios y lograr agradarle siempre a El. Así cumplimos el primer mandamiento que dice:"AMARAS AL SEÑOR TU DIOS, CON TODO EL CORAZÓN, CON TODA EL ALMA Y SOBRE TODAS LAS COSAS". Cumplir lo que exige Jesús: "NEGARSE A SI MISMO", ACEPTAR LA CRUZ DE SUFRIMIENTOS QUE DIOS PERMITE QUE NOS LLEGUEN, SEGUIR A JESÚS IMITANDO SUS EJEMPLOS; ACEPTAR SU YUGO QUE ES SUAVE Y LIGERO, APRENDER DE EL QUE ES MANSO Y HUMILDE DE CORAZÓN". (Mat. 11.22) Obedecer lo que aconseja San Pablo: "Imitar el ejemplo de Jesús que no aprovechó su dignidad de Dios, sino que se humilló y se hizo obediente, hasta la muerte y muerte de cruz". (Fil 2 ) CUOTA INICIAL GRANDE, PARA UNA ADQUISICIÓN INMENSA Alguien dirá: "Es que son demasiadas condiciones las que se piden". La razón es esta: Lo que se va a obtener, no es una perfección cualquiera o de segunda clase, sino la verdadera santidad. Por eso, porque lo que se aspira conseguir es de inmenso valor, las cuotas que se exigen son también altas. Pero no son imposibles. Aquí hay que repetir lo que decía Moisés en el Deuteronomio: "LOS MANDATOS QUE SE TE DAN, NO ESTÁN POR ENCIMA DE TUS FUERZAS, NI SON ALGO EXTRAÑO QUE TU NO PUEDAS PRACTICAR". (Deut. 30 ). COMBATE DURO, PERO PREMIO GRANDE Estamos escribiendo para quienes no se contentan con llevar una vida mediocre, sino que aspiran a obtener la perfección espiritual y la santidad. Para esto es necesario combatir continuamente contra las inclinaciones malas que cada cual siente hacia el vicio y el pecado; dominar y mortificar los sentidos, tratar de arrancar de nuestra vida las malas costumbres que hemos adquirido, lo cual no es posible sin una dedicación infatigable y continua a la tarea de conseguir la perfección, la santidad y tener siempre un ánimo pronto, entusiasta y valiente para no dejar de luchar por tratar de ser mejores. Pero el premio que nos espera es muy grande. San Pablo Dice "ME ESPERA UNA CORONA DE GLORIA QUE ME DARÁ EL DIVINO JUEZ, Y NO SOLO A MI SINO A TODOS LOS QUE HAYAN ESPERADO CON AMOR SU MANIFESTACIÓN". (2Tim. 4,8) " PERO NADIE RECIBIRÁ LA CORONA, SI NO HA COMBATIDO SEGÚN EL REGLAMENTO". (2Tim. 2,5) ALGO QUE ES MUY AGRADABLE A DIOS La guerra que tenemos que sostener para llegar a la santidad es la mas difícil de todas las guerras, porque tenemos que luchar contra nosotros mismos, o como dice San Pedro: "TENEMOS QUE LUCHAR CONTRA LAS MALAS INCLINACIONES DE NUESTRO CUERPO, QUE COMBATEN CONTRA EL ALMA". (1Pedr. 2,11) Pero precisamente porque el combate es mas difícil y mas prolongado, por eso mismo la victoria que se alcanza es mucho mas agradable a Dios y mas gloriosa para quien logra vencer; porque aquí se cumple lo que dice el Libro Santo: "QUIEN SE DOMINA A SI MISMO, VALE MAS QUE QUIEN DOMINA UNA CIUDAD". (Prov. 16,32). Lograr

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 25 Forma Extraordinaria del Rito Romano dominar las propias pasiones, refrenar las malas inclinaciones, reprimir los malos deseos y malos movimientos que nos asaltan, es una obra que puede resultar ante Dios mas agradable que si ejecutáramos obras brillantes que nos dieran fama y popularidad. Y como el contrario, pudiera suceder que aunque hiciéramos muchas obras externas admirables ante la gente, en cambio ante Dios no seamos agradables porque aceptamos en nuestro corazón seguir las malas inclinaciones de nuestra naturaleza y nos dejamos llevar y dominar por las pasiones desordenadas. Por eso debemos tener cuidado, no sea que nos contentemos con dedicarnos a hacer obras que ante los demás nos consiguen fama y prestigio, mientras tanto dejemos que los sentidos se vayan hacia el mal, la sensualidad nos domine y las malas costumbres se apoderen de nuestro modo de obrar. Sería una equivocación fatal. CUATRO CONDICIONES. Hemos visto en que consiste la perfección espiritual o santidad y qué ventajas tiene. Ahora vamos a tratar de las cuatro condiciones que son necesarias para lograr adquirir dicha perfección, conseguir la palma de la victoria y quedar vencedores en la batalla por salvar el alma y conseguir alto puesto en el cielo. Esas cuatro condiciones son: DESCONFIANZA DE NOSOTROS MISMOS; CONFIANZA EN DIOS; EJERCITAR LAS CUALIDADES QUE SE TIENEN Y DEDICARSE A LA ORACIÓN. Los vamos a explicar en los capítulos siguientes.

TEXTO XII EL COMBATE ESPIRITUAL
http://www.caminohaciadios.com/chd/110.htm «El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual»[1]. Estamos convencidos de que para alcanzar la perfección de la caridad, a la que todo cristiano está llamado en virtud de su vocación y Bautismo, es necesaria no sólo la gracia de Dios, sin la cual nada podríamos, sino también un correspondiente empeño de nuestra parte[2]. Este empeño, por el que buscamos que en nosotros se desarrolle la vida del espíritu, se asemeja a una lucha, a un combate, por las dificultades e intensidad que comporta. En este sentido entendemos que «la vida es permanente milicia»[3], una milicia que, bien llevada, conduce a nuestro máximo despliegue, «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo»[4]. 1. ¿CONTRA QUIÉN ES ESTE COMBATE? Cuando hablamos de combate, entendemos que tenemos ciertos enemigos contra los que hemos de luchar. ¿Contra quien es esta nuestra lucha, y cuáles son sus armas y estrategias? 1.1. El demonio El Papa Pablo VI nos ha enseñado con claridad que el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor[5]. En nuestras luchas diarias ¡jamás hay que olvidar o desestimar la injerencia del demonio! Es más, es necesario ser sobrios y velar, porque el diablo «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar»[6].

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 26 Gloria Iesu in Maria! Para lograr su objetivo, cual es el apartarnos de Dios y destruirnos, el demonio se vale de la tentación. Por la tentación el demonio busca hacer que desconfiemos de Dios, de su bondad, de que Él realmente quiere nuestro bien, incita a la desobediencia, a la rebeldía, a rechazar a Dios y sus designios. El Señor Jesús, tentado en el desierto y victorioso, nos enseña como enfrentar las tentaciones: con criterios objetivos, que son los que encontramos en la Sagrada Escritura. Él nos enseña que la tentación se rechaza de plano, que con la tentación no se dialoga, pues quien como Eva entra en el diálogo con la tentación poco a poco es envuelto en la ilusión y fantasía, y engañado termina pensando que lo que es un mal objetivo en realidad es "bueno para mí". Una vez que la tentación logra esa sustitución, la voluntad se dirige hacia el mal que ahora, en la mirada de la persona, tiene apariencia de bien. 1.2. El mundo Nuestra lucha es también contra el "mundo"[7] antagónico a Dios, el ámbito personal o social del hombre sometido a la influencia y dominio del Maligno. Este mundo engloba un conjunto de anti-valores, normas y criterios opuestos al Evangelio, o que pretenden ser indiferentes a Él, y nos presenta el poder, el tener y el placer como criterios de acción y fuente de realización para el ser humano. El mundo ejerce un sutil influjo en los hijos de cada época de la historia. También nosotros hemos asimilado con los años muchos de sus criterios y actuamos en la vida cotidiana de acuerdo a ellos. La conversión empieza justamente por un "cambio de mentalidad", por una metanoia, es decir, por el decidido empeño de despojarse de los "criterios del mundo" y asimilar los "criterios del Evangelio" para vivir de acuerdo a ellos. Esta lucha diaria implica educarnos en una constante actitud crítica: ¡debemos aprender a juzgarlo todo desde el Evangelio! Cabe decir que este "mundo" así entendido es algo diferente del "mundo" cuando con esa palabra se designa en la Sagrada Escritura la creación, o más específicamente la humanidad. En este caso el término tiene un sentido positivo. 1.3. El hombre viejo ¿No experimentamos muchas veces en nosotros una fuerte división? Digo que le creo al Señor, que quiero hacer lo que Él me dice, me entusiasma el ideal de la santidad, pero ¡con cuántos de mis actos niego mis anhelos, niego al Señor! También San Pablo, una gran santo y apóstol, experimentaba en sí esta división y conflicto interior: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco»[8]. Las pasiones desordenadas que me llevan a hacer el mal que no quería, las tendencias pecaminosas que descubro en mí, los malos hábitos y vicios, mis caprichos y la ley del gusto-disgusto que prima tantas veces en mí como criterio de elección, son elementos que forman parte de esta compleja realidad personal que llamamos "hombre viejo". Se trata delpecado «que habita en mí»[9] y que en mí ha dejado sus secuelas. Es este un enemigo que llevo dentro de mí, que continuamente ofrece batalla y resistencia. En esta lucha se trata de alcanzar, por medio de un trabajo ascético y en apertura a la gracia divina, un auto-dominio que nos permita reordenar nuestro interior y orientar todas nuestras energías y potencias al propio despliegue en el cumplimiento del Plan divino. El ejercicio de los silencios es un medio excelente para crecer día a día en este auto-dominio o maestría de mi persona. Vale la pena anotar que la presencia del "hombre viejo" en nosotros no nos hace malos. Por la reconciliación en el Señor Jesús hemos superado la ruptura que introdujo el pecado original en nuestras vidas, reconciliación que la Iglesia nos ofrece desde nuestro Bautismo y que nos hace "hombres nuevos". Sucede, más bien, que son las consecuencias del pecado las que nos aquejan y se traducen en esa inclinación al egoísmo y al mal que está detrás del "hombre viejo". Se trata de una distorsión en nosotros, que somos buenos. 2. LA NECESIDAD DE CUSTODIAR NUESTRA VIDA ESPIRITUAL En esta lucha no es posible triunfar si no se atiende debidamente la propia vida espiritual. El nuestro es un combate espiritual, por ello nuestras armas son espirituales: ¡son las «armas de la luz»[10] de las que hay que revestirnos! Los momentos fuertes de oración, el ejercicio continuo de la presencia de Dios, el nutrirnos

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 27 Forma Extraordinaria del Rito Romano del Señor y de su fuerza en la Eucaristía, el continuo recurso al perdón de Dios y a la gracia en la confesión sacramental, las lecturas edificantes, el conocer el testimonio de los santos y de personas de vida cristiana destacada, y otros medios son indispensables para fortalecernos y para contar con las armas necesarias para el combate. Quien en esto no persevera, será como un soldado que va a la batalla sin armas, sin casco ni protección alguna. Quien no permanece vigilante y en oración[11], se hace frágil y vulnerable ante la tentación. En cambio, todo lo puede quien encuentra su fuerza en el Señor[12]. Así, pues, si queremos vencer en esta lucha, ¡procuremos crecer y madurar día a día en nuestra vida espiritual, poniendo los medios adecuados y perseverando en ellos! 3. UN COMBATE QUE DURA TODA LA VIDA Lanzarnos con un entusiasmo inmaduro al combate lleva quizás a algunas victorias y crecimientos iniciales, pero eso no basta. La vida cristiana no es una carrera de velocidad, sino de largo aliento. El empeño por ser santos[13] no es cuestión de un momento, sino de toda la vida. Así, pues, hemos de aspirar a adquirir la necesaria tenacidad para ofrecer un combate duradero, pues la vida eterna se conquista por la perseverancia. Por eso hay que rezar y pedirle al Señor, pues no pierde en esta batalla el que es una y mil veces herido, sino el inconstante, el que dejándose vencer por el desaliento, la desesperanza, o el desánimo, deja de luchar. Como decía Fray Luis de Granada, «no se llama vencido el que fue muchas veces herido, sino el que siendo herido, perdió las armas y el corazón». Triunfará quien, aunque mil veces herido, siempre se levanta, como aquellos muñequitos que se llaman "porfiados": por más que se los tumbe, tercos y porfiados vuelven a ponerse nuevamente de pie. Recordemos también en este sentido aquella máxima que nos invita a la humildad y paciencia en la lucha: Santo no es aquél que nunca cae, sino el que siempre se levanta. CITAS PARA MEDITAR Guía para la Oración Estamos llamados a combatir el buen combate de la fe: 1Tim 6,12. Nuestra lucha es contra el demonio y los espíritus malignos: Ef 6,12. Hay que estar atentos, pues el demonio ronda buscando a quien devorar: 1Pe 5,8; Hay que estar vigilantes y en oración, para no caer en sus seducciones: Mt 26,41; El Señor nos enseña como vencer la tentación: Mt 4,1-11; El demonio huye de quien le resiste: Stgo 4,7; No debemos temerle al demonio, pues Dios es más fuerte: Rom 16,20. Nuestra lucha es contra el mundo y sus criterios: Rom 12,2. El Señor invita a "cambiar de mentalidad" haciendo propios los criterios evangélicos: Mc 1,15. Nuestra lucha es contra el hombre viejo y sus obras: Ef 4,20-24; Col 3,9-10. ¿De qué hay que despojarnos? Col 3,5.8-9; ¿De qué hay que revestirnos? Col 3,12-14. En Cristo, la victoria es ya nuestra: Jn 16,33; 1Cor 15,57. Triunfa quien persevera: Mt 24,13. PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO  El combate espiritual consiste en cooperar con la gracia desde nuestra libertad. ¿Cuánto te estás esforzando por luchar contra tu pecado personal?  ¿Has elaborado un plan de vida que te permita trabajar sistemática y metódicamente en todo aquello que sea obstáculo para que cumplas el Plan de Dios?  ¿Normalmente sueles cumplir con el plan de vida y los medios concretos que te propones en tu combate espiritual? ¿Qué podrías hacer para cumplirlos mejor?  ¿Evalúas constantemente tus avances en tu lucha personal? ¿Replanteas los medios que te permitan luchar más eficazmente contra tu hombre viejo?  «El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8.)». ¿Qué tan "porfiado" eres?

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 28 Gloria Iesu in Maria!

TEXTO XIII La acción de Satanás y la victoria de Cristo
JUAN PABLO II, (20.VIII.86)

1. Nuestras catequesis sobre Dios, Creador de las cosas 'visibles e invisibles', nos ha llevado a iluminar y vigorizar nuestra fe por lo que respecta a la verdad sobre el maligno o Satanás, no ciertamente querido por Dios, sumo Amor y Santidad, cuya Providencia sapiente y fuerte sabe conducir nuestra existencia a la victoria sobre el príncipe de las tinieblas.Efectivamente, la fe de la Iglesia nos enseña que la potencia de Satanás no es infinita. El sólo es una criatura, potente en cuanto espíritu puro, pero siempre una criatura, con los límites de la criatura, subordinada al querer y al dominio de Dios. Si Satanás obra en el mundo por su odio a Dios y su reino, ello es permitido por la Divina Providencia que con potencia y bondad ('fortiter et suaviter') dirige la historia del hombre y del mundo. Si la acción de Satanás ciertamente causa muchos daños -de naturaleza espiritual- e indirectamente de naturaleza también física a los individuos y a la sociedad, él no puede, sin embargo, anular la finalidad definitiva a la que tienden el hombre y toda la creación, el bien. El no puede obstaculizar la edificación del reino de Dios en el cual se tendrá, al final, la plena actuación de la justicia y del amor del Padre hacia las criaturas eternamente 'predestinadas' en el Hijo-Verbo, Jesucristo. Más aún, podemos decir con San Pablo que la obra del maligno concurre para el bien y sirve para edificar la gloria de los 'elegidos' (Cfr. 2 Tim 2, 10). 2. Así toda la historia de la humanidad se puede considerar en función de la salvación total, en la cual está inscrita la victoria de Cristo sobre 'el príncipe de este mundo' (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11). 'Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo servirás' (Lc 4, 8), dice terminantemente Cristo a Satanás.En un momento dramático de su ministerio, a quienes lo acusaban de manera descarada de expulsar los demonios porque estaba aliado de Belcebú, jefe de los demonios, Jesús responde aquellas palabras severas y confortantes a la vez :'Todo reino en sí dividido será desolado y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá. Si Satanás arroja a Satanás, está dividido contra sí: ¿cómo, pues, subsistirá su reino?. Mas si yo arrojo a los demonios con el poder del espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios' (Mt 12, 25-26. 28). 'Cuando un hombre fuerte bien armado guarda su palacio, seguros están sus bienes; pero si llega uno más fuerte que él, le vencerá, le quitará las armas en que confiaba y repartirá sus despojos' (Lc 11, 21-22). Las palabras pronunciadas por Cristo a propósito del tentador encuentran su cumplimiento histórico en la cruz y en la resurrección del Redentor. Como leemos en la Carta a los Hebreos, Cristo se ha hecho partícipe de la humanidad hasta la cruz 'para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a aquellos que estaban toda la vida sujetos a servidumbre' (Heb 2, 14-15). Esta es la gran certeza de la fe cristiana: 'El príncipe de este mundo ya está juzgado' (Jn 16, 11); 'Y para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo' (1 Jn 3, 8), como nos atestigua San Juan. Así, pues, Cristo crucificado y resucitado se ha revelado como el 'más fuerte' que ha vencido 'al hombre fuerte', el diablo, y lo ha destronado.De la victoria de Cristo sobre el diablo participa la Iglesia: Cristo, en efecto, ha dado a sus discípulos el poder de arrojar los demonios (Cfr. Mt 10,1, y paral.; Mc 16, 17). La Iglesia ejercita tal poder victorioso mediante la fe en Cristo y la oración (Cfr. Mc 9, 29; Mt 17, 19 ss.), que en casos específicos puede asumir la forma de exorcismo. 3. En esta fase histórica de la victoria de Cristo se inscribe el anuncio y el inicio de la victoria final, la parusía, la segunda y definitiva venida de Cristo al final de la historia, venida hacia la cual está proyectada la vida del cristiano. También si es verdad que la historia terrena continúa desarrollándose bajo el influjo de 'aquel espíritu que -como dice San Pablo- ahora actúa en los que son rebeldes' (Ef 2, 2), los creyentes saben que están llamados a luchar para el definitivo triunfo del bien: 'No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires' (Ef 6, 12). 4. La lucha, a medida que se avecina el final, se hace en cierto sentido siempre más violenta, como pone de relieve especialmente el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento (Cfr. Ap 12, 7-9). Pero precisamente este libro acentúa la certeza que nos es dada por toda la Revelación divina: es decir,

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 29 Forma Extraordinaria del Rito Romano que la lucha se concluirá con la definitiva victoria del bien. En aquella victoria, precontenida en el misterio pascual de Cristo, se cumplirá definitivamente el primer anuncio del Génesis, que con un término significativo es llamado proto-Evangelio, con el que Dios amonesta a la serpiente: 'Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer' (Gen 3, 15). En aquella fase definitiva, completando el misterio de su paterna Providencia, 'liberará del poder de las tinieblas' a aquellos que eternamente ha 'predestinado en Cristo' y les 'transferirá al reino de su Hijo predilecto' (Cfr. Col 1, 13-14). Entonces el Hijo someterá al Padre también el universo, para que 'sea Dios en todas las cosas' (1 Cor 15, 28). 5. Con ésta se concluyen las catequesis sobre Dios Creador de las 'cosas visibles e invisibles', unidas en nuestro planteamiento con la verdad sobre la Divina Providencia. Aparece claro a los ojos del creyente que el misterio del comienzo del mundo y de la historia se une indisolublemente con el misterio del final, en el cual la finalidad de todo lo creado llega a su cumplimiento. El Credo, que une así orgánicamente tantas verdades, es verdaderamente la catedral armoniosa de la fe.De manera progresiva y orgánica hemos podido admirar estupefactos el gran misterio de la inteligencia y del amor de Dios, en su acción creadora, hacia el cosmos, hacia el hombre, hacia el mundo de los espíritus puros. De tal acción hemos considerado la matriz trinitaria, su sapiente finalidad relacionada con la vida del hombre, verdadera 'imagen de Dios', a su vez llamado a volver a encontrar plenamente su dignidad en la contemplación de la gloria de Dios. Hemos recibido luz sobre uno de los máximos problemas que inquietan al hombre e invaden su búsqueda de la verdad: el problema del sufrimiento y del mal. En la raíz no está una decisión errada o mala de Dios, sino su opción, y en cierto modo su riesgo, de crearnos libres para tenernos como amigos. De la libertad ha nacido también el mal. Pero Dios no se rinde, y con su sabiduría transcendente, predestinándonos a ser sus hijos en Cristo, todo lo dirige con fortaleza y suavidad, para que el bien no sea vencido por el mal.

TEXTO XIV PRUEBAS Y TENTACIONES
P. Iraburu y D. Jose Ribera, SÍNTESIS DE ESPIRITUALIDAD CATÓLICA Pruebas y tentaciones Pruebas (tentatio probationis). -Como las virtudes crecen por actos intensos, y como la persona no suele hacerlos como no se vea apremiada por la situación, por eso Dios permite en su providencia ciertas pruebas que aprietan al hombre -enfermedades, éxitos, desengaños, etc.-, dando su gracia para que sea ocasión provechosa la dificultad que ha permitido (Rm 8,28). Con ocasión de una prueba, una persona enferma, por ejemplo, puede crecer en paciencia y esperanza más en un mes de enfermedad que en diez años de salud. Dios nos pone a prueba para acrisolar nuestro corazón (Dt 13,3; Prov 17, 3; 1 Pe 4,12-13). Y con la prueba, da su gracia: «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que dispondrá con la tentación el modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10,13). Por eso, «tened por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, considerando que la prueba de vuestra fe engendra paciencia» (Sant 1,2-3). Y merece el premio prometido: «Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida que Dios prometió a los que le aman» (1,12). En este sentido, toda la vida del hombre es una prueba que debe conducirle al cielo. Tentaciones (tentatio seductionis). -Por la misma razón, Dios permite que el hombre sufra tentaciones, estos es, inducciones al mal que proceden del Demonio, del mundo y de la propia carne. Estos son los tres enemigos, según enseña Jesús, que hostilizan al hombre. En la parábola del sembrador, por ejemplo, el Maestro señala la acción del Demonio: «Viene el Maligno y le arrebata lo que se habla sembrado en su corazón». Alude a la carne: «No tiene raíces en sí mismo, sino que es voluble»; y es que «el espíritu está pronto, pero la carne es flaca». Indica también el influjo del mundo: «Los cuidados del siglo y la seducción de las riquezas» (Mt 13,1-8. 18-23; 26,41). Los cristianos, como dice el concilio de Trento, estamos en «lucha con la carne, con el mundo y con el diablo» (Dz 1541). En tres capítulos analizaremos después la lucha contra estos tres enemigos.

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 30 Gloria Iesu in Maria! Pues bien, conocemos perfectamente el proceso de la tentación, pues desde el principio de la revelación la Biblia nos describe sus fases, ya tipificadas en el pecado de nuestros primeros padres (Gén 3,1-13): La tentación parte de Demonio, y se inicia como una sugestión primera, aparentemente inocua («la serpiente, el más astuto de los animales», pregunta a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho «No comáis de ninguno de los árboles del jardín»?»). Tal sugestión, envenenada por la mentira, debe ser desechada al instante. Pero el pecado entra en diálogo, también inocente en apariencia, con la tentación: sólo se trata de dejar la verdad en su sitio (Eva respondió: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín, pero del fruto del árbol que está en el medio del jardín, ha dicho Dios «No comáis de él, ni lo toquéis, bajo pena de muerte»»). Viene entonces ya la tentación descarada y punzante («No, no moriréis. Es que Dios sabe que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal»). He aquí la fascinación de la felicidad, de la autonomía, en una independencia gozosa (la mujer vio «que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría»). Es el momento terrible y misterioso del consentimiento del mal, de la desobediencia (Eva «tomó de su fruto y comió»). Pero en seguida, tras el pecado, viene el escándalo, inexorablemente, como la sombra sigue al cuerpo, surgiendo así una nefasta solidaridad en el mal («y dio también a su marido, que igualmente comió»). Así se llega a la vergüenza inherente al pecado («entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta que estaban desnudos», desnudos ante todo del hábito de la gracia divina; y «el hombre y la mujer se escondieron de Yavé Dios por entre los árboles del jardín»). Así los hombres se separan de Dios. Y esa separación entraña la des-solidarización entre ellos mismos, las acusaciones y las excusas («la mujer que me diste por compañera me dio de él y comí», «la serpiente me engañó y comí»). Esta es la sutil gradualidad de la tentación: el hombre puede hundirse en la muerte del pecado con extrema suavidad. La lucha contra las tentaciones La vida del hombre sobre la tierra es milicia (Job 7,1). El cristiano, como «buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tim 2,3), ha de librar «el buen combate» (1 Tim 1,18). Los enemigos son, como ya vimos, el Demonio, la carne y el mundo. O como dice San Juan: «concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida» (1 Jn 2,16). Evagrio Póntico señala ocho principales pensamientos malos (logismoi), gula, lujuria, avaricia, tristeza, ira, acedía, vanagloria y soberbia (Practicós 6-33; De octo spiritibus malitiæ: MG 79,1145-1164). Y su enseñanza se hace clásica. También Santo Tomás la acepta, con alguna variante: son siete los pecados o vicios capitales -soberbia o vana gloria, envidia, ira, avaricia, lujuria, gula y pereza o acedía (STh I-II,84)-. Estos pecados son como principios o cabezas de todos los demás («capitale a capite dicitur», 84,3). La avaricia (avidez desordenada de riquezas) y la soberbia (afán desordenado de la propia excelencia) son especialmente peligrosos: la avaricia es raíz de todo pecado (1 Tim 6,10; I-II,84,1), y la soberbia está al inicio de todo pecado (84,2). Las actitudes del cristiano en su lucha contra el pecado están igualmente bien definidas. Ante todo la confianza en la gracia de Cristo Salvador: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4,13). Fuera todo temor desordenado, aunque haya que atravesar un valle de tinieblas (Sal 22,4). Fuera todo temor, pues Cristo nos asiste, y además, como dice San Agustín, «necesitamos» las tentaciones, «ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones» (CCL 39,766). Y con la confianza, la humildad, pues Dios «resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (Sant 4,6; 1 Pe 5,5). Nadie se fíe de su propia fuerza, y «el que cree estar de pie, mire no caiga» (1 Cor 10,12). A veces Dios permite que un defecto -el mal genio, por ejemplo- humille a un cristiano muchos años, por más que haga para superarlo. Y sólo cuando el cristiano, reconociendo su impotencia, llega a la perfecta humildad, es entonces cuando Dios le da su gracia para superar ese pecado con toda facilidad. Ya no hay peligro de que el cristiano considere esa gracia, no como un don, sino como fruto de sus propias fuerzas. ((Los soberbios se exponen, sin causa, a ocasiones próximas de pecado, y caen en él: «El que ama el peligro caerá en él» (Sir 3,27). Para excusar su pecado se reconocen débiles («es que no puedo evitarlo», «con ese ambiente es imposible»), pero para adentrarse en la situación pecaminosa se creen fuertes

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 31 Forma Extraordinaria del Rito Romano («todo es puro para los puros», Tit 1,15; «a mí esas cosas no me hacen daño»). ¿En qué quedamos? Algunos, incluso, parecen sentirse autorizados por su propia vocación secular para someterse a la tentación («todos van, yo no quiero ser raro, ni tengo vocación de monje»), a una tentación en la que con frecuencia sucumben. Es como si se creyeran autorizados para pecar. Al fondo de todo esto, obviamente, está «el padre de la mentira» (Jn 8,44).)) Las armas principales del cristiano en la lucha contra la tentación son aquellas que le hacen participar de la fuerza de Cristo Salvador: Palabra divina, sacramentos y sacramentales, oración y ascesis. Como Jesús venció la tentación en el desierto (Mt 4,1-11), así hemos de vencerla nosotros. La oración y el ayuno (Mc 9,29), y sobre todo la Palabra, nos harán poderosos en Cristo para confundir y ahuyentar al Demonio, que como león rugiente busca a quién devorar (1 Pe 5,8-9). «Reforzáos en el Señor y en el vigor de su fuerza. Revestíos la armadura de Dios para que podáis resistir a las maniobras del diablo: pues vuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los Dueños mundanales de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus del mal que hay en los espacios cósmicos. Por eso, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y manteneros en pie después de realizarlo todo. Estad, pues, alerta, ceñida la cintura con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, y con los pies calzados de celo para anunciar el evangelio de la paz; embrazando en todo momento el escudo de la fe, con que podáis hacer inútiles las encendidas flechas del Malo. Tomad el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios, con toda oración y súplica, rezando en toda ocasión con el Espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Ef 6,10-18).
((Muy equivocados van quienes pretenden vencer la tentación apoyándose sobre todo en medios naturales métodos, técnicas de concentración y relajación, regímenes dietéticos, dinámicas de grupo, etc.-. Todo eso es bueno y tiene cierta eficacia benéfica. Pero quienes ahí quieren hacer fuerza parecen olvidar que «el pecado mora en nosotros», que «no hay en nosotros, esto es, en nuestra carne, cosa buena» (Rm 7,17-18), y, sobre todo, que no es tanto nuestra lucha contra la carne, sino contra los espíritus del mal (Ef 6,12). Son como niños que salieran a enfrentar la artillería enemiga armados con un palito. No; los cristianos, «aunque vivimos, ciertamente, en la carne, no combatimos según la carne; porque las armas de nuestra lucha no son carnales, sino poderosas por Dios para derribar fortalezas» (2 Cor 10,3-4).))

Las tácticas convenientes para vencer las tentaciones también nos han sido reveladas. La tentación hay que combatirla desde el principio, desde que se insinúa. Hay que apagar inmediatamente la chispa, antes de que haga un incendio. Hay que aplastar la cabeza de la Serpiente tentadora en cuanto asoma, en seguida, sin entrar en diálogo, sin darle ninguna opción. Por otra parte, la tentación debe ser vencida o por las buenas («si tu ojo es puro, tu cuerpo entero estará iluminado», Mt 6,22) o bien por las malas («si tu ojo te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti», 5,29), sin temor alguno a las medidas radicales -cambiar de domicilio, dejar de ver a alguien, renunciar a un ascenso-, y sin dramatizar los despojamientos que fueran precisos, que siempre serán una nada. Por último, otra táctica importante es manifestar al director espiritual los propios combates, con toda humildad. Hablando de los antiguos monjes, decía Casiano: «Se enseña a los principiantes a no esconder, por falsa vergüenza, ninguno de los pensamientos que les roen el corazón, sino a manifestarlos al anciano [maestro espiritual] desde su mismo nacimiento; y, para juzgar esos pensamientos, se les enseña a no fiarse de su propia opinión personal, sino a creer malo o bueno lo que el anciano, después de examinarlo, declarare como tal. De este modo el astuto enemigo ya no puede embaucar al principiante aprovechándose de su inexperiencia e ignorancia» (Instituta 4,9).
((Algunos, como Lutero y Bayo (Dz 1950) confunden concupiscencia y pecado, sin saber que no hay pecado en sentir la inclinación al mal, sino en consentir en ella. Otros, al verse tentados, ceden la voluntad, alegando su debilidad congénita o que «todos lo hacen». Pero es mayor la corrupción de quienes, ante la tentación, ceden también el intelecto, viendo lo malo como bueno (2 Tim 3,1-9; 4,3-4; Tit 1,10-16). Otros, en actitud que recuerda el luteranismo primitivo o el quietismo, creen que no se debe resistir activamente contra la tentación (Errores Molinos 1687: Dz 2237s). Y no faltan quienes consideran el pecado como una experiencia enriquecedora. Sin el pecado, no podría llegar a conocerse bien la misericordia de Dios. Además, toda experiencia, incluso la culpable, implicaría una dilatación positiva de la personalidad. Según esto, la personalidad de los santos conversos sería más

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 32 Gloria Iesu in Maria!
rica que la de los santos que mantuvieron la inocencia. Prolongando esta línea, se llegaría a pensar que las personalidades de Jesús o de María, al no haber conocido el pecado, serían en algo incompletas. Gran error: nadie conoce el pecado tanto como los santos. Los pecadores, conocen algo de él, en la medida en que se convierten y se alejan de él; pero en la medida en que pecan, son los que menos saben del pecado: «no saben lo que hacen» (Lc 23,34; +Rm 7,15; 1 Tim 1,13).))

TEXTO XV Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

Benedicto XVI, Jesús de Nazareth

La quinta petición del Padrenuestro presupone un mundo en el que existen ofensas: ofensas entre los hombres, ofensas a Dios. Toda ofensa entre los hombres encierra de algún modo una vulneración de la verdad y del amor y así se opone a Dios, que es la Verdad y el Amor. La superación de la culpa es una cuestión central de toda existencia humana; la historia de las religiones gira en torno a ella. La ofensa provoca represalia; se forma así una cadena de agravios en la que el mal de la culpa crece de continuo y se hace cada vez más difícil superar. Con esta petición el Señor nos dice: la ofensa sólo se puede superar mediante el perdón, no a través de la venganza. Dios es un Dios que perdona porque ama a sus criaturas; pero el perdón sólo puede penetrar, sólo puede ser efectivo, en quien a su vez perdona.(...) (...)Si queremos entenderla a fondo y hacer nuestra la petición del Padrenuestro, hemos de dar todavía un paso más y preguntarnos: ¿Qué es realmente el perdón? ¿Qué ocurre en él? La ofensa es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. En este punto nos encontramos con el misterio de la cruz de Cristo. Pero antes de nada nos encontramos con los límites de nuestra fuerza para curar, para superar el mal. Nos encontramos con la prepotencia del mal, a la que no conseguimos dominar sólo con nuestras fuerzas. (...) (...)La idea de que el perdón de las ofensas, la salvación de los hombres desde su interior, haya costado a Dios el precio de la muerte de su Hijo se ha hecho hoy muy extraña: recodar que el Señor «soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros dolores», que fue «traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes» y que «sus cicatrices nos

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 33 Forma Extraordinaria del Rito Romano curaron» (Is 53,4-6), hoy ya no nos cabe en la cabeza. A esta idea se opone por un lado la banalización del mal en que nos refugiamos, mientras que, por otro, utilizamos los horrores de la historia humana, precisamente también de la más reciente, como pretexto concluyente para negar la existencia de un Dios bueno y difamar a su criatura, el hombre. Pero también la imagen individualista del hombre nos impide entender el gran misterio de la expiación: ya no somos capaces de comprender el significado de la forma vicaria de la existencia, porque según nuestro modo de pensar cada hombre vive encerrado en sí mismo; ya no vemos la profunda relación que hay entre todas nuestras vidas y su estar abrazadas en la existencia del Uno, del Hijo hecho hombre. Cuando hablemos de la crucifixión de Cristo tendremos que volver sobre estas ideas. De momento bastará con un pensamiento del cardenal John Henry Newman, quien en cierta ocasión dijo que Dios pudo crear el mundo de la nada con una sola palabra, pero que sólo pudo superar la culpa y el sufrimiento de los hombres interviniendo personalmente, sufriendo Él mismo en su Hijo, que ha llevado esa carga y la ha superado mediante la entrega de sí mismo. Superar la culpa exige el precio de comprometer el corazón, y aún más, entregar toda nuestra existencia. Y ni siquiera basta esto: sólo se puede conseguir mediante la comunión con Aquel que ha cargado con todas nuestras culpas. La petición del perdón supone algo más que una exhortación moral, que también lo es y, como tal, representa un desafío nuevo cada día. Pero en el fondo es —como las demás peticiones— una oración cristológica. Nos recuerda a Aquel que por el perdón ha pagado el precio de descender a las miserias de la existencia humana y a la muerte en la cruz. Por eso nos invita ante todo al agradecimiento, y después también a enmendar con El el mal mediante el amor, a consumirlo sufriendo. Y al reconocer cada día que para ello no bastan nuestras fuerzas, que frecuentemente volvemos a ser culpables, entonces esta petición nos brinda el gran consuelo de que nuestra oración es asumida en la fuerza de su amor y, con él, por él y en él, puede convertirse a pesar de todo en fuerza de salvación.

TEXTO XVI Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo de 2001
JUAN PABLO II Cuando se contempla a Cristo en la última Cena, en su hacerse por nosotros «pan partido», cuando se inclina a los pies de los Apóstoles en humilde servicio, ¿cómo no experimentar, al igual que Pedro, el mismo sentimiento de indignidad ante la grandeza del don recibido? «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13, 8). Pedro se equivocaba al rechazar el gesto de Cristo. Pero tenía razón al sentirse indigno. Es importante, en este día del amor por excelencia, que sintamos la gracia del sacerdocio como una superabundancia de misericordia. Misericordia es la absoluta gratuidad con la que Dios nos ha elegido: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16). Misericordia es la condescendencia con la que nos llama a actuar como representantes suyos, aun sabiendo que somos pecadores. Misericordia es el perdón que Él nunca rechaza, como no rehusó a Pedro después de haber renegado de El. También vale para nosotros la afirmación de que «habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión» (Lc 15, 7). 7. Así pues, redescubramos nuestra vocación como «misterio de misericordia». En el Evangelio comprobamos que precisamente ésta es la actitud espiritual con la cual Pedro recibe

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 34 Gloria Iesu in Maria! su especial ministerio. Su vida es emblemática para todos los que han recibido la misión apostólica en los diversos grados del sacramento del Orden. Pensemos en la escena de la pesca milagrosa, tal como la describe el Evangelio de Lucas (5, 1-11). Jesús pide a Pedro un acto de confianza en su palabra, invitándole a remar mar adentro para pescar. Una petición humanamente desconcertante: ¿Cómo hacerle caso tras una noche sin dormir y agotadora, pasada echando las redes sin resultado alguno? Pero intentarlo de nuevo, basado «en la palabra de Jesús», cambia todo. Se recogen tantos peces, que se rompen las redes. La Palabra revela su poder. Surge la sorpresa, pero también el susto y el temor, como cuando nos llega de repente un intenso haz de luz, que pone al descubierto los propios límites. Pedro exclama: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). Pero, apenas ha terminado su confesión, la misericordia del Maestro se convierte para él en comienzo de una vida nueva: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). El «pecador» se convierte en ministro de misericordia. ¡De pescador de peces, a «pescador de hombres»! 8. Misterio grande, queridos sacerdotes: Cristo no ha tenido miedo de elegir a sus ministros de entre los pecadores. ¿No es ésta nuestra experiencia? Será también Pedro quien tome una conciencia más viva de ello, en el conmovedor diálogo con Jesús después de la resurrección. ¿Antes de otorgarle el mandato pastoral, el Maestro le hace una pregunta embarazosa: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» (Jn 21, 15). Se lo pregunta a uno que pocos días antes ha renegado de él por tres veces. Se comprende bien el tono humilde de su respuesta: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (21, 17). Precisamente en base a este amor consciente de la propia fragilidad, un amor tan tímido como confiadamente confesado, Pedro recibe el ministerio: «Apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas» (vv. 15.16.17). Apoyado en este amor, corroborado por el fuego de Pentecostés, Pedro podrá cumplir el ministerio recibido. 9. ¿Acaso la vocación de Pablo no surge también en el marco de una experiencia de misericordia? Nadie como él ha sentido la gratuidad de la elección de Cristo. Siempre tendrá en su corazón la rémora de su pasado de perseguidor encarnizado de la Iglesia: «Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios» (1 Co 15, 9). Sin embargo, este recuerdo, en vez de refrenar su entusiasmo, le dará alas. Cuanto más ha sido objeto de la misericordia, tanto más se siente la necesidad de testimoniarla e irradiarla. La «voz» que lo detuvo en el camino de Damasco, lo lleva al corazón del Evangelio, y se lo hace descubrir como amor misericordioso del Padre que reconcilia consigo al mundo en Cristo. Sobre esta base Pablo comprenderá también el servicio apostólico como ministerio de reconciliación: «Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Co 5, 18-19). 10. Los testimonios de Pedro y Pablo, queridos sacerdotes, contienen indicaciones preciosas para nosotros. Nos invitan a vivir con sentido de infinita gratitud el don del ministerio: ¡nosotros no hemos merecido nada, todo es gracia! Al mismo tiempo, la experiencia de los dos Apóstoles nos lleva a abandonarnos a la misericordia de Dios, para entregarle con sincero arrepentimiento nuestras debilidades, y volver con su gracia a nuestro camino de santidad. En la «Novo millennio ineunte» he señalado el compromiso de santidad como el primer punto de una sabia «programación» pastoral. Si éste es un compromiso fundamental para todos los creyentes, ¡cuánto más ha de serlo para nosotros! (cf. nn. 30-31). Para ello, es importante que redescubramos el sacramento de la Reconciliación como instrumento fundamental de nuestra santificación. Acercarnos a un hermano sacerdote, para pedirle esa absolución que tantas veces nosotros mismos damos a nuestros fieles, nos hace vivir la grande y consoladora verdad de ser, antes aun que ministros, miembros de un único pueblo, un pueblo de «salvados». Lo que Agustín decía de su ministerio episcopal, vale también para el servicio presbiteral: «Si me asusta lo que soy para vosotros, me consuela lo que soy con

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 35 Forma Extraordinaria del Rito Romano vosotros. Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano [...]. Lo primero comporta un peligro, lo segundo una salvación» (Sermón 340, 1). Es hermoso poder confesar nuestros pecados, y sentir como un bálsamo la palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino. Sólo quien ha sentido la ternura del abrazo del Padre, como lo describe el Evangelio en la parábola del hijo pródigo --«se echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lc 15, 20)-- puede transmitir a los demás el mismo calor, cuando de destinatario del perdón pasa a ser su ministro. 11. Pidamos, pues, a Cristo, en este día santo, que nos ayude a redescubrir plenamente, para nosotros mismos, la belleza de este Sacramento. ¿Acaso Jesús mismo no ayudó a Pedro en este descubrimiento? «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13, 8). Es cierto que Jesús no se refería aquí directamente al sacramento de la Reconciliación, pero lo evocaba de alguna manera, aludiendo al proceso de purificación que comenzaría con su muerte redentora y sería aplicado por la economía sacramental a cada uno en el curso de los siglos. Recurramos asiduamente, queridos sacerdotes, a este Sacramento, para que el Señor purifique constantemente nuestro corazón, haciéndonos menos indignos de los misterios que celebramos. Llamados a representar el rostro del Buen Pastor, y a tener por tanto el corazón mismo de Cristo, hemos de hacer nuestra, más que los demás, la intensa invocación del salmista: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, renueva en mí un espíritu firme» (Sal 50, 12). El sacramento de la Reconciliación, irrenunciable para toda existencia cristiana, es también ayuda, orientación y medicina de la vida sacerdotal. 12. El sacerdote que vive plenamente la gozosa experiencia de la reconciliación sacramental considera muy normal repetir a sus hermanos las palabras de Pablo: «Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20). Si la crisis del sacramento de la Reconciliación, a la que antes hice referencia, depende de múltiples factores --desde la atenuación del sentido del pecado hasta la escasa percepción de la economía sacramental con la que Dios nos salva--, quizás debamos reconocer que a veces puede haber influido negativamente sobre el Sacramento una cierta disminución de nuestro entusiasmo o de nuestra disponibilidad en el ejercicio de este exigente y delicado ministerio. En cambio, es preciso más que nunca hacerlo redescubrir al Pueblo de Dios. Hay que decir con firmeza y convicción que el sacramento de la Penitencia es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo. Hay que celebrar el Sacramento del mejor modo posible, en las formas litúrgicamente previstas, para que conserve su plena fisonomía de celebración de la divina Misericordia. 13. Lo que nos inspira confianza en la posibilidad de recuperar este Sacramento no es sólo el aflorar, aun entre muchas contradicciones, de una nueva sed de espiritualidad en muchos ámbitos sociales, sino también la profunda necesidad de encuentro interpersonal, que se va afianzando en muchas personas como reacción a una sociedad anónima y masificadora, que a menudo condena al aislamiento interior incluso cuando implica un torbellino de relaciones funcionales. Ciertamente, no se ha de confundir la confesión sacramental con una práctica de apoyo humano o de terapia psicológica. Sin embargo, no se debe infravalorar el hecho de que, bien vivido, el sacramento de la Reconciliación desempeña indudablemente también un papel «humanizador», que se armoniza bien con su valor primario de reconciliación con Dios y con la Iglesia. Es importante que, incluso desde este punto de vista, el ministro de la reconciliación cumpla bien su obligación. Su capacidad de acogida, de escucha, de diálogo, y su constante disponibilidad, son elementos esenciales para que el ministerio de la reconciliación manifieste todo su valor. El anuncio fiel, nunca reticente, de las exigencias radicales de la palabra de Dios, ha de estar siempre acompañado de una gran comprensión y delicadeza, a imitación del estilo de Jesús con los pecadores.

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 36 Gloria Iesu in Maria! 14. Además, es necesario dar su importancia a la configuración litúrgica del Sacramento. El Sacramento entra en la lógica de comunión que caracteriza a la Iglesia. El pecado mismo no se comprende del todo si es considerado sólo de una manera exclusivamente privada, olvidando que afecta inevitablemente a toda la comunidad y hace disminuir su nivel de santidad. Con mayor razón, la oferta del perdón expresa un misterio de solidaridad sobrenatural, cuya lógica sacramental se basa en la unión profunda que existe entre Cristo cabeza y sus miembros. Es muy importante hacer redescubrir este aspecto «comunional» del Sacramento, incluso mediante liturgias penitenciales comunitarias que se concluyan con la confesión y la absolución individual, porque permite a los fieles percibir mejor la doble dimensión de la reconciliación y los compromete más a vivir el propio camino penitencial en toda su riqueza regeneradora. 15. Queda aún el problema fundamental de una catequesis sobre el sentido moral y sobre el pecado, que haga tomar una conciencia más clara de las exigencias evangélicas en su radicalidad. Desafortunadamente hay una tendencia minimalista, que impide al Sacramento producir todos los frutos deseables. Para muchos fieles la percepción del pecado no se mide con el Evangelio, sino con los «lugares comunes», con la «normalidad» sociológica, llevándoles a pensar que no son particularmente responsables de cosas que «hacen todos», especialmente si son legales civilmente. La evangelización del tercer milenio ha de afrontar la urgencia de una presentación viva, completa y exigente del mensaje evangélico. Se ha de proponer un cristianismo que no puede reducirse a un mediocre compromiso de honestidad según criterios sociológicos, sino que debe ser un verdadero camino hacia la santidad. Hemos de releer con nuevo entusiasmo el capítulo V de la Lumen gentium que trata de la vocación universal a la santidad. Ser cristiano significa recibir un «don» de gracia santificante, que ha de traducirse en un «compromiso» de coherencia personal en la vida de cada día. Por eso he intentado en estos años promover un reconocimiento más amplio de la santidad en todos los ámbitos en los que ésta se ha manifestado, para ofrecer a todos los cristianos múltiples modelos de santidad, y todos recuerden que están llamados personalmente a esa meta

TEXTO XVI " El hábito y las armas destos fortissimos guerreros”

San Juan Clímaco, La Escala Espiritual

Dicho ya de la peregrinacion y menosprecio del mundo, vien agora muy a proposito tratar de la obediencia, para doctrina de los nuevos caballeros y guerreros de Christo. Porque assi como antes del fructo precede la flor; assi ante toda la obediencia la peregrinacion, o del cuerpo o de la voluntad.. Porque con estas dos virtudes, como con dos alas doradas, se levanta el anima del varon sancto hasta el cielo; de la qual por ventura habló el Propheta lleno del Spiritu Sancto, quando dixo 25: Quién me dara alas como de paloma y volaré por la vida activa; y por la contemplacion y humildad descansaré? Y no pienso que será razón passar en silencio el habito y las armas destos fortissimos guerreros: los quales han de tener primeramente unn escudo, que es una grande y viva fé y lealtad para con Dios, y para con el Maestro que los exercita; para que despidiendo en todo el pensamiento de infidelidad, usen luego bien de la espada del espiritu, cortando con ella todas sus proprias voluntades; y assi tambien se vistan una loríga fuerte de mansedunbre y de paciencia; con las quales virtudes despidan de sí todo genero de injuria y desacato, y de todas las saetas de respuestas y palabras malas. Tengan tambien un yelmo de salud, que es la oracion espiritual, que guarde la cabeza de su anima. Y demás desto tengan los pies no juntos, sino el uno adelante, aparejado para

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA.- XIX Domingo después de Pentecostés 37 Forma Extraordinaria del Rito Romano executar la obediencia; y el otro puesto en la continua oración. Este es el habito y estas las armas de los verdaderos obedientes; agora veamos qué cosa sea obediencia. Obediencia es perfecta negacion del anima, declarada por exercicios y obras del cuerpo. Obediencia es perfecta negacion del cuerpo, declarada con fervor y voluntad del anima. Porque para la perfecta obediencia todo es necessario que concurra, assi cuerpo como anima, y todo es necessario que se niegue quando la obediencia lo demanda. Obediencia es mortificacion de los miembros en anima viva. Obediencia es obra sin examen, muerte voluntaria, vida sin curiosidad, puerto seguro escusa delante de Dios, menosprecio del temor de la muerte, navegacion sin temor, camino que durmiendo se passa. Obediencia es sepulchro de la propia voluntad, y resurrection de la humildad. Porque el verdadero obediente en nada resiste, en nada disciernen lo que le mandan, quando no es malamente malo, fiandose humildemente en la discresion de su Prelado. Porque el que sanctamente desta manera mortificare su anima, seguramente dará razon de sí a Dios. Obediencia es resigancion del proprio juicio y discrecion. En el principio deste santo exercicio, quando se han de mortificar o los miembros del cuerpo, o la voluntad del anima, ay trabajo: en el medio a veces ay trabajo, a veces ay descanso; mas en el fin ay perfecta paz, tranquilidad, y mortificacion de toda desordenada perturbacion y trabajo. Entonces se halla fatigado este bienaventurado, vivo y muerto, quando vee que hizo su propria voluntad, temiendo siempre la carga della. Todos los que deseais despojaros de lo que os impide para passar esta carrera espiritual: todos los que deseais poner el yugo de Christo sobre vuestro cuello, y vuestras cargas sobre el de los otros: todos los que deseais assentaros y escriviros en el libro de los siervos, para recibir por este assentamiento carta de horros, que es perpetua libertad: todos los que deseais pasar nadando el gran mar deste mundo en hombros agenos; sabed que ay para esto un caino breve, aunque aspero, (especialmente a los principios) que es el estado de la obediencia: en la qual ay un principalissimo peligro, que es el amor y contentamiento de si mismo, quando a alguno le paresce que es sufficiente para regir y gobernar a sí mismo y quien deste se escapare, sepa cierto que a todas las cosas espirituales y honestas primero llegará que comience a caminar. Porque obediencia es no ceer el hombre ni fiarse de si mismo hasta el fin de la vida; ni aun en las cosas que parezcan buenas sin la autoridad de su pastor. Pues quando por el amor del Señor determinaremos inclinar nuestra serviz a la obediencia, y fiarnos de otro, con deseo de alcanzar la verdadera humildad y salud; antes de la entrada desta milicia ( si en nosotros ay alguna centella de juicio y discrecion) debemos con grandissimo cuidado examinar el pastor que tomanos; porque no nos acaezca po ventura tomar marinero por piloto, enfermo por medico, vicioso por virtuoso; y assi en lugar de puerto seguro nos metamos en un golfo tempestuoso y vengamos a padescer cierto naufragio. Mas despues que uvieremos entrado en esta carrera, ya no nos es licito juzgar a nuestro buen Maestro en ninguna cosa, auqnue en él hallemos algunos pequeños defectos; porque al fin es hombre como nosotros; poque si de otra manera lo hicieremos, poco nos podrá aprovechar la obediencia. Para esto ayuda mucho que los que quieren tener esta fé y devocion inviolable con sus Maestros, noten con diligencia sus virtudes y obras loables, y las encomienden a la memoria, para que quando los demonios les quisieren hacer perder esta fé, les atapen la boca con esta memoria. Porque quanto estuviere esta fé mas viva en nuestro animo, tanto el cuerpo estará mas prompto para los trabajos de la obediencia. Mas el que uviere caído en infidelidad contra su padre, tengase por caído de la virtud de la obediencia: porque todo lo que caresce de fundamento de fé va mal edifficado. Y por esto quando algun pensamiento te instigare a que juzgues o condenes a tu Prelado, no menos has de huir dél, que de un pensaiento desonesto; ni jamás te acezca dar lugar, ni entrada, ni pricipio, ni

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA 38 Gloria Iesu in Maria! descanso a esta serpiente. Habla con este dragon y dile: O perversissimo engañador, no tengo yo de juzgar mi guia, sino ella a mí; no soy yo su juez, sino el mío. Las armas de los mancebos es el canto de os psalmos, el morrion son las oraciones, el lavaorio las lagrimas, como los padres determinan; mas la bienaventurada obediencia dicen que es semejante a la confession del martyrio; porque en esta hace el hombre sacrificio de sí mismo. Porque el que esta subjeto aa obedescer al imperio del otro, él pronuncia sentencia contra sí mismo. Y el que por amor a Dios obedesce perfectamente; Aunque a él le paresce que no obedesce a sí, todavia con esto se excusa del juicio divino, y lo carga sobre su Prelado. Mas si en algunas cosas quisiere cumplir su voluntad, las cuales acaesce que el Prelado tambien le manda, no es esta pura y verdadera obediencia. Y el Prelado hace muy bien en reprehender al que assi abesdesce; y se calla, no tengo que decir en esto mas de que él toma esta carga sobre sí. Los que con simplicidad se subjectan al Señor, caminan perfectamente; porque no curan de examinar ni deslindar curiosamente los mandamientos de los mayores: a lo qual los demonios siempre nos provocan. Ante todas las cosas conviene que solo a nuestro juez confessemos nuestras culpas, y estemos aparejados para confessarlas a todos, si por él assí nos fuere mandado; porque las llagas publiadas y sacadas a luz no vendrán a corromperse y affistolarse, como la harian si las tuviessemos secretas.