Témoris Grecko

COLUMNA “FRONTERAS ABIERTAS” NATIONAL GEOGRAPHIC TRAVELER Edición de marzo de 2009 www.temoris.org

AL MUNDO EN METRO Usar el transporte público me ha brindado las mejores oportunidades para conocer a la gente de cada país. Para mi fortuna, había logrado conseguir un asiento –o espacio suficiente para acomodar un glúteo sobre el asiento–, lo que podía considerarse como un alivio. No lo era tanto porque sobre mí había caído –o se había dejado caer–, un tanzano panzón que parecía medio borracho. Yo debía, además, mantener la cabeza bien firme hacia atrás a pesar de los tumbos y saltos de la camioneta, porque si no terminaría metiendo la nariz en los helados que un vendedor transportaba en una canastilla. Como no veía por dónde íbamos, me preocupaba ser incapaz de descubrir cuándo llegaríamos a mi destino. Además, descender resultaría una proeza de Hércules: venía en una dalla-dalla de Arusha, Tanzania, una van para nueve personas donde viajábamos al menos treinta (varios sentados, unos arriba de los que estaban sentados, otros parados en cualquier hueco y cuatro o cinco más afuera, prendidos del sitio en donde debería haber una puerta lateral) y yo tendría que imponerme sobre varios africanos para bajar. En casa como en el extranjero, siempre uso el transporte público. Es difícil para alguien que no sea mexicano, como yo, valorar la trascendencia de esta afirmación: a pesar de los inhumanos problemas de tráfico que padecemos, provocados por millones de conductores solitarios, la clase media de mi país es tal vez la más prejuiciada contra el transporte público en el mundo. Escucha hablar de un autobús o del metro y corre a aplicarse cremas contra infecciones de la piel. En cambio, utilizarlo me resulta vital para tener la experiencia completa de los sitios que visito: es uno de los lugares de mayor interacción cotidiana, donde es más fácil no sólo observar, sino compartir la vida normal de la gente, y donde se empieza a ser uno más entre los pasajeros, en vez de mantener hacia los lugareños una distancia de turista en autocar con aire acondicionado. Aprendí todo mi holandés en un tranvía de Ámsterdam: “Wilt u sitzen? Ik kan staan!” (¿Quiere sentarse? ¡Me puedo poner de pie!), decía una campaña para promover la cortesía hacia los ancianos. Bailé samba con un montón de carnavaleros disfrazados en el metro de Rio. Comprobé que los chimpancés son nuestros primos hermanos al ver cómo se colgaba la gente de centenas de manijas que pendían del techo en el tren suburbano de Mumbai. Compartí las cervezas más deliciosas con unas señoras parlanchinas (nunca tuve idea de lo que me decían) en un bote lento del Mekong, en Laos. Percibí que el apartheid sigue vivo en el sistema de transporte de Johannesburgo. Me contaron los mejores chistes de Fidel Castro en una guagua habanera. Me entusiasmó la multiculturalidad del metro neoyorquino en los optimistas días previos a la victoria electoral de Obama.

Metro de Nueva York. Diciembre de 2008.

Por supuesto, utilizar el transporte público también aumenta los riesgos. El de convertirse en cliente de los carteristas es obvio. Uno queda expuesto a la conversación más banal del aburrido que viaja al lado. No hay nada más fácil que confundir la ruta, tomar la dirección contraria, pasarse tres pueblos. Hay metros, como el de

Budapest, donde hay agentes dedicados a imponerles multas a los turistas que llegaron hasta ahí sin encontrar las máquinas donde debían haber marcado su boleto, hábilmente camufladas. Y puede haber accidentes: cerca de Manzini, en Suazilandia, la “kombi” (taxi colectivo) en la que viajábamos a unos 100 km/h se encontró, tras una curva, con que en el carril izquierdo de la autopista había un coche parado y en el derecho, una kombi roja se había detenido junto a él, acaso a pedir alguna indicación. Rápidamente evalué las posibilidades: A) Reventar de frente contra el coche y partirnos la mandarina en gajos, completita. B) Reventar de frente contra la kombi roja y partirnos la mandarina en gajos, completita. C) Que nuestro conductor, un chico de unos 18 o 20 años, metiera el freno hasta el fondo, diera un volantazo, rodáramos y nos partiéramos la mandarina en gajos, completita. El muchacho fue hábil y con ojo de cirujano halló la manera de pasar justo entre los dos vehículos: los espejos laterales saltaron en pedazos, las carrocerías echaron chispas, la pintura de la kombi roja quedó como helado de fresa veteado de crema, y así, cuando nos detuvimos más adelante, nos sentimos preocupados porque con el susto les hicimos muchas promesas a la virgencita y a los santitos y ahora íbamos a tener que cumplirlas. Tiene peligros, es cierto, pero es una de las experiencias necesarias. También por los contactos que puedes hacer. A algunas de las personas más interesantes que he encontrado en mis viajes las conocí cuando nos apretábamos en transportes colectivos. Fue el caso de Suzi, una guapa masai que me instruyó en técnicas de viaje en dalla-dalla aquella vez en Arusha. Me habló de su cultura y sus perspectivas de la vida, y sin duda no la hubiera podido conocer si no me hubiese podido subir a la camioneta. Como tampoco me hubiera podido bajar si no la hubiese conocido: para todo hay trucos y es más fácil entenderlos cuando te los explican con una sonrisa y un guiño. Mi Top-10 de los metros del mundo: El de Rio de Janeiro en carnaval: no es el transporte, sino el ambiente. El de París, cualquier tarde, cuando se llena de grandes músicos que tocan por monedas. El de Madrid, porque en verano parece pasarela de belleza. El de Nueva York, porque es un pequeño resumen del folclor global. El de Berlín, porque está calientito en invierno. El de Buenos Aires, porque los saltos que dan los ladrones por las ventanas, desde fuera del vagón para robar al que viene dentro, son espectaculares. El de Beijing, porque fuera de ahí uno tiende a perderse. El de Ciudad de México, porque es el único sitio donde la gente no tira basura. El de Budapest, porque un día lo voy a sabotear por abusivos. Y me falta conocer el de Moscú, reconocido como el más bello del mundo.