NIHILISMO Y SABER: LA NEGACIÓN DEL DISCURSO HISTÓRICO EN EL RELATO TESTIMONIAL CHILENO.¡Error! Marcador no definido.

Norberto Flores Castro (Ph.D.) (En Nihilismo y crítica, Álvaro García ed., UPLACED, 2000. ISSN 0717-4667).

Una mirada somera a los lineamientos teóricos que dominaron la crítica cultural de fines del siglo XX arroja como resultado que el escepticismo –sea bajo la forma de un tenue desencanto o de un profundo nihilismo- es uno de los rasgos caracterizadores de la posmodernidad, y que uno de los discursos de legitimación más acervamente cuestionado es la Historia. Esta, otrora registro único e indiscutido de acontecimientos pretéritos, es hoy reconocida como un discurso ideológicamente condicionado de cuyos silencios deben dar cuenta otras voces. En este contexto, estas líneas reseñarán la evolución de dos fundamentos filosóficos del posmodernismo -la Teoría del Sujeto y el análisis del Poder- y sus efectos en la desligitimación de la metanarrativa histórica, particularmente, en la negación del saber detentado por otras historias escritas en “tono menor”: los testimonios de detenidos políticos durante el gobierno autoritario iniciado en Chile en 1973. I De la Teoría del Sujeto y las relaciones de Poder Un intento de establecer el epistheme de la díada Sujeto y Poder obliga a remitirse a Platón y su noción del espíritu puro y del Bien en sí, términos elaborados en un contexto que, paradójicamente, favorecía la esclavitud y la opresión en manos de la aristocracia 1. Este hecho les significó a los idealistas las diatribas de Epicuro, quien -jugando con el lenguaje-, calificó a los platónicos de Dionysokolakes (aduladores del tirano Dioniso, de Siracusa), en lugar de Dionysioskolakes (término común que denominaba a los comediantes o adoradores de Dionisios). Debieron pasar muchos siglos antes de que la acusación de Epicuro tuviese eco en un destinatario que unió el valor a la erudición: Friedrich Nietszche. En Más allá del bien y del mal (1886), el filósofo alemán calificó el platonismo como "el más duradero y peligroso error". Al inventar el espíritu puro y el Bien en sí. 2 Defensor del
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Platón (428-348/47 BC) es el precursor de la Teoría del Sujeto a través de tres principios: a) la doctrina metafísica de las Ideas o Formas (El Phaedo) b) el rechazo al monismo de Parménides y c) las primeras referencias a una teoría de la percepción (El Theaetetus). Teorías, éstas, desarrolladas en un contexto social en el que se afirmaba que "la parte del alma, en efecto, que experimenta dolor y placer equivale a lo que es el pueblo o muchedumbre en la ciudad." Leyes, 689 a-b, La República.
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Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascal (1886;

2 "Pathos de la distancia" -la diferenciación jerárquica entre los hombres en razón de los dictámenes de la naturaleza-, Nietzsche se burlaba de la "ingenuidad aristocrática" de un Platón abocado a demostrar la existencia de un Sujeto en el que la razón y los instintos tienden al Bien como valor supremo. Nietzsche sostenía que Platón intentó aristocratizar el elemento plebeyo en el pensamiento socrático. Prueba de ello es que en el aforismo 190 de Más allá del bien y del mal, cita una idea de Platón sobre el obrar-mal para calificarla como razonamiento "con olor a plebe...no ve [Platón] en el obrar mal más que las consecuencias penosas y propiamente juzga que "es estúpido obrar mal"; mientras que considera sin más que las palabras `bueno' y `útil' y `agradable' tienen un significado idéntico.” El platonismo -afirmó el filósofo alemán-, dio origen a la "perspectiva de rana" (mirar desde abajo) de los metafísicos: obstinados en partir de un creer para obtener un saber que bautizaron como verdad. Con esto se disfrazaba una voluntad de saber que no era sino voluntad de Poder, al costo de un siempre renovado sacrifizio dell'intelletto filosófico (expresión italiana corriente en Europa tras la definición de la infalibilidad pontificia por el Concilio Vaticano Primero (1870), para significar la sumisión del conocimiento científico al dogma eclesiástico.) Nietzsche, por tanto, denunció en la Filosofía el móvil del dominio del fuerte: un quantum de fuerza, de pulsión, de voluntad disfrazada. Negando el trascendentalismo cartesiano, develó el carácter dogmático de una metafísica erigida en discurso productor de la verdad y cuya máxima expresión fue la Genealogía de la moral (1887). En ella, el filósofo sospechaba de los métodos del conocimiento, hurgando en sus orígenes y desconfiando de la "objetividad" de historiadores, filósofos, psicólogos y estudiosos de toda suerte. Un siglo más tarde, Michel Foucault -también influenciado por Hegel, Freud y Reich-, sigue las ideas de Nietszche. El estudioso francés señala que la conducta social-materialista de los tiempos modernos ha generado "la insurrección del conocimiento subyugado", esto es, la actual aparición de contenidos históricos secularmente descalificados o disfrazados en una coherencia funcionalista de sistemización formal. En una definición de evidente notación nietszcheana, Foucault también llama "genealogías" a la unión de conocimiento erudito y memorias locales que permiten avizorar lo que la Historia ha negado. Ampliando las ideas del filósofo alemán, Foucault asigna al conocimiento moderno un creciente grado de poder. Tradicionalmente, afirma Foucault, los mayores mecanismos del Poder han sido acompañados de producciones ideológicas. Hoy, sin embargo, domina por sobre el aparato ideológico la producción de instrumentos efectivos para la formación y acumulación del conocimiento.3 Al buscar una genealogía del Sujeto moderno, Foucault define el ángulo en que el conocimiento se entreteje con el Poder y rechaza el concepto tradicional de Sujeto, develando su condición de construcción idológica al servicio de las relaciones de poder. Tras la noción de Sujeto, Foucault ve una serie de sustituciones históricas para la idea de un centro de poder que controla el pensamiento. Este ha recibido diversas denominaciones en la metafísica tradicional: Dios, Logos, Ousia, Razón, Ser, etc. La subjetividad es el principio central de la Época Moderna, extensión de la noción kantiana de Sujeto trascendental con el que comenzó, en parte, el razonamiento
Madrid: Alianza Editorial, 1975), p. 34.
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Michel Foucault, "Two Lectures", Power and Knowledge, edited by Colin Gordon (New York: Pantheon Books, 1980), p.102.

3 decimonónico.4 Es, por lo tanto, un principio inherente a los conceptos de Hombre y de Conocimiento, fundamentos de lo que Foucault denomina el Poder-Saber (Pouvoir-Savoir.) El Poder-Saber determina que toda voluntad de saber es voluntad de Poder. De este modo, el Sujeto se constituye en un producto de la dominación, antes que en instrumento de la libertad personal. A partir de su famoso aforismo: "Poder es esencialmente lo que reprime", Foucault reduce la importancia del valor que el Derecho otorga al Poder para destacar su condición de acto de fuerza, esto es, una guerra continuada por otros medios. El Poder, así considerado, supera el esquema jurídico "contrato/opresión" para centrarse en la "dominación/represión", donde la oposición pertinente no es entre lo legítimo y lo ilegítimo, sino entre lucha y sumisión, variables largamente familiares a una de las más difundidas narrativas de legitimación: la Historia. II.- HISTORIA: IGNORAR ES MIRAR HACIA EL FUTURO Hasta el siglo diecinueve, la Historia fue comprendida como el registro de un proceso evolutivo, signado por una coherencia formal, destinado a dar cuenta de la subjetividad humana. La idea, sin embargo, no carecía de conflictos. Hayden White destaca que Hegel fue forzado a concluir que la coherencia formal que el hombre percibe en los objetos físicos es sólo eso, formal, y que la apariencia de una evolución es sólo un esfuerzo de la mente del hombre para entender el mundo de relaciones puramente espaciales bajo la idea de tiempo.5 Lionel Gossmann, a su vez, indica que, en el siglo XVIII, la Historia fue una rama de la elocuencia, un modo de argumento legal y constitucional o una fuente de evidencia de aquellas leyes del mundo social en el que iluminados estudiosos, como Montesquieu o Maltus, esperaban descubrir las leyes de Newton sobre el mundo físico. Sin embargo, la ruptura nietzscheana del epistheme metafísico y la consiguiente negación de la esencialidad del Sujeto, trajo como consecuencia un cambio en los postulados historicistas. En este marco, Foucault es una de las figuras más controvertidas al afirmar que la Historia debe ser siempre comprendida como un campo de retroceso, discontinuidad y conflicto porque, como todo proceso real, es intensamente política: toma sus datos de los eventos específicos en los que el poder y el conocimiento se fuerzan uno al otro en la práctica social. En La arqueología del saber, al analizar la gran heterogeneidad de los acontecimientos humanos que la historia intenta reseñar, Foucault se pregunta qué vínculo establecer sobre acontecimientos tan dispares, cómo establecer entre ellos un nexo necesario. Sus conclusiones son que las vastas unidades descritas como "siglos" o "épocas" no son sino el terco devenir de una ciencia que se encarniza en existir. Por sobre sus aspiraciones de unidad y continuidad se imponen, hoy, lo que Foucault llama "interrupciones": fenómenos de ruptura que desmienten la uniformidad evolutiva del historicismo tradicional. Dicho de otro modo, una concepción dual que establece la existencia de una la Historia oficial y las historias particulares.6 Actualmente, la Historia es comprendida como un producto escritural determinado por tres factores de poder: a) una minoría generadora del discurso, representada por una élite de intelectuales
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La crítica de la subjetividad foucaultiana es, en síntesis, una crítica a la fenomenología y otras filosofías subjetivista que dominaron el pensamiento francés posterior a la Segunda Guerra Mundial. Charles G. Lemert y Garth Gillan, Michel Foucault. Social Theory and Transgression (New York: Columbia University Press, 1982), p. 139.
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Hayden White Metahistory (1974; The John Hopkins University Press, 1992), p. 82. Michel Foucault, La arqueología del saber (Barcelona: Editorial Siglo XXI, 1970 [15ava edición]), p. 5.

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4 dedicados al estudio y el registro de acontecimientos sociales, b) un grupo hegemónico que vela por la armonía entre la emisión y difusión de estos registros y su proyecto nacional y c) un acontecimiento seleccionado por su "trascendencia" valórica y por su pertinencia en la esfera pública. Un ejemplo emblemático de este fenómeno es el caso de la reciente historia de Chile, aquella que abarca desde 1973 hasta 1989 En ella, se reconoce su condición de registro selectivo de acontecimientos pretéritos, caracterizado por numerosas imprecisiones, o francas omisiones, de aquellos sucesos calificados como "infaustos" en la historia del país. Se ignoran, así, los detalles y estadísticas de los reiterados golpes militares de principios de siglo, el número de muertos en los levantamientos sociales en Valparaíso (1903), Santiago (1905), Antofagasta (1906), Iquique (1907), Puerto Natales (1910) y Punta Arenas (1920); las muertes de obreros en las salitreras en 1925, de trabajadores en las ciudades de Vallenar y Copiapó (la "Pascua trágica") y de campesinos en Ranquil, en 1934 7, los hechos de sangre de los gobiernos de Alessandri, Pedro Aguirre Cerda (1938-1941), Juan Antonio Ríos, Gabriel González Videla (19461952) y Carlos Ibáñez del Campo (1952), de la "revolución socialista" de Salvador Allende (19711973) y la "revolución militar" de Augusto Pinochet (1973-1989). Un ejemplo ilustrativo de la negación del saber en la metanarrativa histórica chilena es la diversidad estadística con que los historiadores refieren el caso de Santa María de Iquique (1907). Gonzalo Vial afirma que "las autoridades dijeron que los huelguistas habían tenido 130 ó 140 muertos y heridos. Por supuesto la cifra fue muy superior. Nicolás Palacios, apasionado, pero honesto y relativamente objetivo -y quien, además, investigó los hechos en el terreno, tan pronto como sucedieron- elevó esa cantidad a 195 muertos y 390 heridos. Otros informantes consignaron guarismos hasta diez veces mayores, pero su imparcialidad e información eran, cuando menos, dudosas”.8 Francisco Frías Valenzuela, por su parte, simplemente omite cualquier referencia al número de muertos, asegurando, eso sí, que "tales procedimientos iban dejando en el alma del pueblo /.../un fermento de odio y de venganza”.9 Podría pensarse que lo anterior es un hecho aislado, justificado por la distancia entre el relator y el referente. Sin embargo, un análisis de la reciente historia de Chile parece indicar otra cosa. Basta revisar las cifras sobre el número de muertos o desaparecidos durante el régimen militar iniciado en 1973. Malcolm MacPherson señala que durante los años del gobierno militar, por lo menos 2.279 personas fueron asesinadas o desaparecieron. ("La espectacular transformación de Chile", Reader's Digest, Agosto de 1993, p. 63-68). Luis González O'Donnell, por el contrario, afirma que durante la dictadura hubo "tal vez, 20.000 asesinatos" ("Como vive Chile bajo la sombra de Pinochet", Contenido, Agosto de 1993, p.46-67). Amnistía Internacional, a su vez, señala que: "Un vasto pero desconocido número de personas -en rango estimado de 5.000 a 30.000- han perdido sus vidas desde el golpe militar." (Chile. An Amnesty International Report (London: Amnesty International Publications, 1970, p.31.) y Judy White, por su parte, añade: "La Iglesia y fuentes legales en Chile reportan entre 18.000 y 20.000 muertos y sobre 65.000 encarcelados desde el golpe
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Sobre este último hecho de sangre, recién en 1942 apareció una novela sobre el tema: Ranquil, de Reinaldo Lomboy. (Santiago de Chile: Editorial Orbe, 1966).
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". Historia de Chile. (1891-1973) Vo. I, Tomo II (Santiago: Editorial Santillana, 1981), p.906. .Historia de Chile Tomo IV (Santiago de Chile: Editorial Nascimento, 1975), p. 274.

5 del 11 de septiembre." (Chile's Days of Terror ed. by Judy White (New York: Pathfinder Press, 1974), p.11). Más difundido es el Informe Rettig , que denuncia 2.600 víctimas comprobadas y sobre seiscientos casos de los cuales se tienen antecedentes, pero no pruebas concretas. Estos datos denotan la existencia de discursos marginados que intentan constituirse en fuentes de saber de un referente denegado. Sin embargo, dichos discursos no consiguen su objetivo por dos factores: 1) Porque su compromiso con el referente priva el registro de la alegada objetividad del discurso histórico, y 2) porque el receptor desconoce la legitimidad de discursos no avalados por la Autoridad. En términos simples, el receptor educado en el contexto de un régimen autoritario desconoce todo discurso que trasunte contenidismo o compromiso social, a la par que no valida como parte de la Historia oficial nada que no sea refrendado por la autoridad bajo la forma de historiadores canonizados. Esto fenómeno adquiere ribetes dramáticos en una de las fuentes más ignoradas de la narrativa historiográfica: el relato testimonial; esto es, publicaciones de los testimonios de hombres y mujeres que sufrieron detención y tortura durante el gobierno militar. El régimen iniciado en 1973 propició el testimonio como el modo narrativo más adecuado para denunciar los excesos del Poder. Las circunstancias históricasn llevaron a muchos a esforzarse por denunciar la "realidad concreta", y aunque las comillas denotan la reconocida imprecisión -ontológica e ideológica- de la expresión, en la práctica significaba referir la violencia desatada por el régimen mediante una forma discursiva que se hallaba más cerca de la historiografía que de la literatura y que apuntaba a hechos cuya autenticidad podía ser sometida a pruebas de veredicción.10 En este marco, y con estricta prohibición de ingreso al país, nacieron Tejas Verdes (1974) de Hernán Valdés; Jamás de rodillas (Moscú: Editorial de la Prensa Novósti, 1974) de Rodrigo Rojas; Prisión en Chile (México: Fondo de Cultura Económica, 1975) de Alejandro Witker; Chile: 11808 horas en un campo de concentración (Caracas: Rocinante, 1975) de Manuel Cabieses; Prigué (Moscú: Editorial de la Prensa Novósti, 1977) de Rolando Carrasco, 1975); Der Gefangene Gefängnisdirektor, 26 monate erlebter Faschismus in Chile de Carlos Lira (Hamburg: Verlag Atelier im Bauernhaus, 1977); Cerco de púas de Aníbal Quijada (La Habana: Casa de las Américas, 1977); Testimonio de Jorge Montealegre (en: Ximena Ortúzar Represión y tortura en el cono sur. (México: Extemporáneos, 1977).11 Un lugar aparte, por su distanciamiento respecto de la contingencia, merecen Isla 10 (Santiago: Pehuén Editores, 1987) de Sergio Bitar; Edgardo Enríquez Frödden. Testimonio de un destierro (Santiago: Mosquito Editores, 1992) de Jorge Gilbert; La dictadura me arrebató cinco hijos (Santiago: Mosquito Editores, 1991) de Otilia Vargas; Tumbas de cristal (Santiago: Ediciones Chile y América, 1991) de Ruby Weitzel y El infierno. Santiago: Editorial Planeta, 1993) de Luz Arce, entre otros testimonios. A pesar de su condición de relatos destinados a develar hechos desconocidos y cuya
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René Jara, "Prólogo", en Testimonio y Literatura , René Jara y Hernán Vidal eds. (Minneapolis: Institute for the Study of Ideologies and Literature, 1986), p.5.
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Prigué de Rolando Carrasco -prisionero político entre 1973 y 1975- fue publicado por primera vez en ruso, en 1977, por Editorial Novosti, Moscú, con una tirada de 150.000 ejemplares. Circuló clandestinamente, en español, en América Latina y fue traducido al inglés, francés, japonés, italiano y búlgaro. No obstante, recién en 1991 fue publicado en Chile, con una tirada de 2.000 ejemplares.

6 autenticidad podía ser sometida a pruebas de veredicción, el testimonio es desconocido como fuente de la Historia oficial en la medida que constituye un discurso cuyo sesgo ideológico es denotado por la posición asumida por el autor. Por otra parte, el reconocimiento de la injerencia de la capacidad creativa del testigo pone en tela de juicio la "veracidad absoluta" del discurso testimonial. Pero, bien pensado, esta máxima es igualmente aplicable para el discurso oficial, toda vez que éste también es recreación de un hecho distanciado en el tiempo y el espacio, y es -como todo hecho escrituralafectado por la imaginación, configurando un proceso en el que la memoria inevitablemente distorsiona la fiel reproducción de la realidad. Los numerosos relatos testimoniales parecen, así, condenados a perderse en el tiempo y la memoria de los pueblos. Más, se hace evidente que su rechazo como fuente de saber obedece no tanto a su posible sesgo ideológico -presente, de modo más o menos velado en todo relato histórico-, como en el veto que el Poder ejerce sobre él. Incómodo para el modelo ideológico de los grupos hegemónicos en una democracia "controlada", el testimonio es desconocido por la sociedad chilena. Si se considera que en sistemas sociales determinados por regímenes autoritarios, la totalidad (la esfera pública de Habermas) es percibida por la vía de un discurso oficial que suprime toda trasgresión ideológica, el saber representado por el relato testimonial es negado no tanto por llevar al lector la sordidez de los campos de concentración, como por el hecho de transgredir las esferas de lo público y lo privado. De este modo, es atentatorio contra el orden establecido el saber de los numerosos episodios silenciados. Estos amenazan romper el círculo cerrado de la oficialidad para emerger en una narración testimonial que -desde el punto de vista de su recepción- produce una naturalización de lo exótico, de lo que pensábamos excepcional. Esto es, de los horrores de la represión, la tortura y la muerte. Es precisamente este escepticismo -corporizado en las disociaciones entre el discurso oficial y las voces marginales que lo desmienten- y el reconocimiento de estructuras de poder ilimitado en regímenes autocráticos lo que debiera llevar a considerar que una de las principales debilidades de la Historia oficial es la negación del saber, restituyendo, con ello, legitimidad al testimonio, en cuanto forma de rechazo a la imposición de una voz y una cultura hegemónicas. ........................

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