OPINiÓN

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ventajas para uno mismo por el obvio,
aunque no sencillo, procedimiento de
identificar los intereses propios como ge-
nerales. Nada más fácil, ciertamente, que
hacer pasar las necesidades del sistema
educativo como las de la sociedad en ge-
neral y los intereses del profesorado
como los intereses del sistema educativo
(o los intereses de artistas e intelectua-
les como necesidades de la cultura y éstas
como necesidades sociales).
Quizá lo más útil en esta tcrgiversación
haya sido la adopción de la rctórica sin-
dical en un contexto que no le era propio.
Es otra paradoja de nuestro tiempo, al
menos en los países mediterráneos, que
los sindicatos, que nacieron en la indut-
tria privada, pervivan hoy ante todo en
los servicios públicos. Al..mismo ticm-
po, la idea de que todo lo quc se haga
para mejorar la situación dé un trabaja-
dor manual está justificado no ha servido
de mucho a éstos, iarandeados por el
mercado, pero sí a los funcionarios, que
Se radicalizan porque creen sincera-
mente que la sociedad valora demasia-
do aquellos recursos sociales que ellos no
tienen (propiedad, que no tienen ningu-
na, o autoridad, es decir, un diferencial de
poder sobre los medios de producción o
sobre el trabajo social, de lo que tienen
poco) y demasiado poco lo que sí tie-
nen o creen tener (cualificación, es decir,
un diferencial de control sobre el conoci-
miento, de lo que tienen más). Abominan
del capital económico y social que no tie-
nen pero veneran el capital cultural, que
sí. De ahí las eternas quejas sobre la falta
de reconocimiento, la necesidad de dignifi-
car la profesión, el escaso interés de la so-
ciedad por la cultura o por la educación y
otras cantinelas similares, eufemismos
con los que se evitar pedir expresamente
aumentos salariales y reducciones hora-
rias (de eso se ocupan los sindicatos).
El radicalismo en la critica a las venta-
jas de otros grupos, o a sus bases mate-
riales, combina bien con la demanda de
l
Es una paradoja de nuestro tiempo que los sindicatos,
que nacieron en la industria privada, pervivan hoy ante todo
en los servicios públicos
Profesiones 64
l. Este texto es una versión modificada de una parte de la ponencia Gel LO know yourself... or bmer 1101. TI", Multidímel1sío/lalíty 01 !'"wer and t!le 01 fmel/ec-
lUa/s a71d TeacheTs, intervención inaugural de The Second fnrematlo,¡al Conji:rcncc on fnumlísciplí/lary Social Scicnces 2007, organizada p"r Coml1lon errou",1 en Granada, 10-13
de julio.
VIVIMOS con naturalidad el hecho de que
no solo los intelectuales, sino también el
conjunto de los docentes, sean notable-
mente más criticas con la sociedad, en
particular con la economía, que el resto
de los ciudadanos. Dondequiera que se
reúne un grupo de profesores, de cual-
quier nivel que sean, y tanto más si lo ha-
cen como tales (por ejemplo en un claus-
tro, en una asociación profesional, en un
encuentro de trabajo o en un sindicato),
es más que probable que oigamos opi-
niones contrarias, si es que no encendi-
das soflamas, contra la globalización, el
neoliberalismo, la burocracia o la jerar-
quización, por no citar sino los tópicos
más manidos. Estos males de nuestro tiem-
po no son solo criticados como causantes
de distintos problemas sociales, en parti-
cular económicos, sino también y sobre
todo como las grandes amenazas que se
ciernen sobre el sistema educativo en su
calidad de servicio público, sobre el de-
recho a la educación como conquista
igualitaria y democrática, sobre las cultu-
ras autóctonas y sobre la profesión do-
cente como bastión de todos ellos.
El pseudorradicalismo intelectual y do-
cente es incoherente en términos lógicos
o morales, pero consistente en términos
prácticos, ya que legitima unos intereses
particulares presentándolos como intere-
ses generales, universalistas, o incluso aje-
nos, altruistas, velando su carácter de ta-
les no solo ante la sociedad, cuyo apoyo
reclama, sino incluso ante sus protagonis-
tas, a quienes permite ser universalistas,
igualitarios y morales en lo que no les
afecta a la vez que egoístas, antiigualita-
rios e inmorales en lo que sí sin siquiera
darse cuenta. Buena parte de la retórica
radical de la intelectualidad y del profe-
sorado puede y debe explicarse como
un fenómeno de incongruencia de status.
Mariano Fernández Enguita
Universidad de Salamanca
www.enguita.info
Radicalismo intelectual
e intereses profesionales
adoptando la retórica sindical (el traba-
jador, a pesar de sus condiciones venta-
josas, frente al empleador, a pesar de su
lejanía y su impotcncia) se han visto
eximidos de justificar la oportunidad o la
justicia de sus reivindicaciones.
aquí, solo se trata de una con-
creción particular de un fenómeno más
general: todos tendemos a creer que se
poco las virtudes que poseemos
y las que no. Es mas: la esC'a-
la de los valores, o a! menos la oficial
suele ser determinada por los iO(e1ecrua-
les, 10 que explica, por ejcmplo, que la
inteligencia sin beUe.7.a pueda scr procla-
mada una gran cosa y la beUc7.a sin inte-
ligencia una gran desgracia, a pesar de
quc el común de los mortales parece
buscar 10 contrario. Pero el problema no
reside en otro grupo socia! más viendo la
sociedad bajo su propio prisma, sino en
que esta visión distorsionada parece im-
perar prccisamente cuando entramos en
la era de la información y del conoci-
miento y el grupo más proclive a dejarse
llevar por ella es su principal beneficiario
y el que más puede influir en la visión de
los otros.
El problema de poder mejor resuelto
por la historia ha sido el de la autoridad,
y la sl11ución hallada, con todas sus im-
perfecciones, ha sido la democracia, ()
más c.xactarnente la combinación de li-
bertad individual y democracia colectiva
(de derechos civiles y políticos). El pro-
blema de la propiedad ha sido peor re-
suclto, pues el mercado, a la vez que abre
oportunidades formales a todos se de-
senvuelve en una distribudón altamente
desigual de los resultados reales, por lo
cual ha tenido que ser la democracia la
que viniera a corregir sus efectos asegu-
rando a lodos unos mínimos medios de
vida (los derechos sociales). De hecho
gran parte del siglo xx podría verse
como una permanente tensión entre ca-
pitalismo y democracia, no solo en cuan-
to opciones excluyentes (capitalismo y
comunismo) sino lanto o más como
escenarios alternativos pero coexistentes y
a menudo complementarios (mercado
y estado, o sector privado y seCTor públi-
co, en las naciones occidentales). Lo que
00 está tan claro, en contra del saber he-
redado, es que el principal problema de
la democracia sean la propiedad y no la
cualificación, el capiLal económico y no el
culturcll.la burguesía y no las profesiones.
lOO
el capitalismo y no la división del tra-
bajo. Piénsese, por ejemplo, en los Es-
tados Unidos, el pais donde más se ha
desarrollado la democracia y más fuer-
za han cobrado tanto el capital econó-
mico como los principalel> grupos pro-
fesionales: ¿estariamos en condiciones
de asegurar que la vida ordinaria de la
gente ordinaria se ve más influida por
el gobierno o las empresas que por el in-
menso poder de las profesiones médica
y legal, que han hecho que la probabi-
lidad de conservar la vida y la salud o la
libertad y la propiedad varle en función
del poder de compra?
Lejos de ser la salvación, las profesio-
m:s se están constituyendo como uno de
los principales problemas de la democra-
cia. No por su capacidad de desarrollar y
OPINIÓN
aplicar un conocimiento más o menos
complejo, sino por su cnmprensiblc in-
clinación a convertirlo en privilegios.
Entre todas ellas, Jos intelectuales y los
docentes seguramente no son los mas
peligrosos, pero su capacidad de mistifi-
car su propia situación sí que puede re-
sultar especialmente costosa para la_so;
eiedad, ya que se basa en la mistificación
más amplia de la f'onna de poder emer-
gente propia de la era del conocimiento:
la cualificación. En todo caso, pI intelec-
tual debería ser más consciente de que
también está hecho de carne y hUl'So y
de que no solo tiene valores, sino tam-
bién intereses, y no confundir unos y
otros. Dcberia, como ya aconsejaron los
siete sabios griegos, conocerse mejor a sí
mismo.•
Profesionel I 65

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