Héctor García González La seducción de la muerte La muerte es la experiencia más extrema que conoce el ser humano –más bien

, que desconoce el ser humano–, la experiencia negativa por excelencia, es el misterio inefable cuya comprensión escapa a los hombres y, como los dioses, causa espanto y una admiración que incita al temor reverencial. Pero el hombre no siente miedo solamente de aquello que representa una potencial amenaza a su existencia, sino también de aquello que lo satisface hasta el límite del sobrecogimiento, es decir, del placer intenso y exquisito que se asemeja a la aniquilación. No es de sorprender entonces que a menudo se asocie al erotismo con la muerte, tal como George Bataille, Denis de Rougemont y Octavio paz lo hacen en su momento. Los tres autores, desde diferentes perspectivas, coinciden en que lo que subyace en el fondo del impulso erótico no es otra cosa más que un violento llamado al anonadamiento. La idea es provocadora, sin embargo, cabría preguntarse acerca de la pertinencia de tal postulado. Bataille, en la introducción a l’Erotisme, declara que el erotismo es “la aprobación de la vida hasta en la muerte.” Esta afirmación, aparentemente contradictoria, cobra sentido cuando entendemos que para el filósofo francés el objetivo del impulso erótico –que tiene a la reproducción biológica como origen primario– es la continuidad del ser. Dicha continuidad no se busca en el simple acto de engendrar otro organismo –que al fin y al cabo necesariamente tendrá que morir alguna vez–, sino en la fusión con otro ser, condición necesaria para la reproducción de los organismos sexuados. Si bien tal fusión lleva a la desaparición de las barreras que aíslan al individuo y lo convierten en un ser “discontinuo”, también trae como consecuencia su aniquilación, es decir, su muerte. Sin embargo, es en la muerte –en la total y definitiva fusión con el Ser universal– que el individuo encuentra la anhelada continuidad.

es decir. Si se desea al amante no es porque se le quiera poseer o fundirse en su persona. al mismo tiempo se complacen en encontrar dificultades –reales o imaginarias– que les impidan llegar a la satisfacción de sus deseos. que. de Rougemont. y que la muerte nada tenga que ver aquellos actos. los argumentos que nos presentan parecen completamente racionales. siempre se pueden hallar dos constantes: placer y muerte. Si bien los amantes se buscan. que sencillamente tienden a perpetrar la vida. Así. aunque por razones distintas a las esgrimidas por Bataille. sino para que su deseo no consumado pueda sobrevivir a la muerte de sus cuerpos. Rougemont y Paz. por no hablar de su importancia desde una perspectiva filosófica. Octavio Paz contribuye al tema declarando que en la metáfora del sexo que es el erotismo. también podría tenerse la impresión de que hay una sobre racionalización del asunto. hermosamente simbólicos. los amantes buscan la muerte para encontrar la eternidad.Por su parte. en el caso del erotismo pudiera darse que la explicación más simple fuese la más acertada. nos hace ver que el amor –producto de la pasión. la atracción por el otro es solamente un pretexto para afirmar el amor propio. Para de Rougemont la muerte es el “obstáculo absoluto” e insuperable que encuentra la pasión. Sin embargo. . pareciera una necedad el negar que realmente exista una conexión directa entre muerte y erotismo. Después de todo. es un narcicismo apenas velado. Cuando se han leído los puntos de vista de pensadores de la talla de Bataille. es una forma de existencia. Como seres humanos tendemos a pensar que nuestros actos tienen un fin trascendente. Irónicamente. sino por placer del deseo mismo. a través de su minucioso análisis del mito de Tristán en Amor y Occidente. no obstante. tal como sucede en otros temas. de alguna manera. del impulso erótico– también conduce a la muerte. Finalmente. Los amantes inconscientemente ponen trabas a su pasión y ansían morir. pero no para fundirse indistintamente con el todo.

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