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I Curso. África es Imprescindible Universidad Pública de Navarra.

Noviembre de 2011 a febrero de 2012

'¿Por qué vinimos a Europa?', artículo de opinión sobre las principales causas que llevan a los africanos a emigrar y, posiblemente, a no volver
CIDDE. Documentación Ecuatoguineana

Donato Ndongo Bidyogo Página de patricio Nbé Ondó Salvo en Francia, Portugal y el Reino Unido, países especialmente vinculados con Africa por los lazos coloniales, hace unos treinta años no era frecuente ver negros en Europa, y menos en España.. Puedo dar testimonio de ello, pues yo he sido el primer negro en pisar algunos pueblos de España, con gran asombro por ambas partes, tema sobre el que mi mente almacena un rico anecdotario. Pero incluso en esas grandes metrópolis, entonces la mayoría de los negros eran jóvenes estudiantes llegados para adquirir los conocimientos del hombre blanco y regresar a sus países de origen recién descolonizados, donde no abundaban los médicos y los abogados, los ingenieros, los economistas o los profesores. Pero, aproximadamente hacia los primeros años setenta, los estudiantes africanos dejaron de regresar a sus países de procedencia, buscaron acomodo en las tierras donde habían estudiado, se casaron con blancas y empezaron a tener hijos mulatos. Con independencia de cómo le fuera a cada uno esa particular experiencia de intercambio cultural -tema que merecía por sí mismo alguna mesa redonda- , lo cierto es que nadie se sentía aún alarmado: para los blancos seguía siendo "simpático" por exótico encontrarse en la cola del cine a una pareja mixta un sábado por la tarde. Como nadie se lo preguntaba, el negro agarrado a los blanquísimos dedos de su chica europea no tenía a quién explicar la sorda y sórdida batalla librada con sus suegros y sus cuñados para obtener el derecho de ir asido a esos dedos alabastrinos. Muchos incluso se tragaban sus lagrimas al tener que defender el honor mancillado de su esposa, a la que cualquier borracho de fin de semana que ahogaba en alcohol su frustración por no haber figado, se consideraba en la obligación de llamar puta por salir con un negro. Eran pequeños dramas individuales, que no merecían las glorias de una análisis sociológico en unos países de blancos sumidos en la autocomplacencia de su civilización, en los que todos daban por sentado que no existía el racismo. Y por no molestar, los negros que sabían que sólo a regañadientes eran admitidos en la mesa de su familia política a la hora de trinchar el pavo navideño, donde encima tenían que soportar los comentarios insultantes, disimulados bajo la capa de la socarronería

del gracioso de la familia tenían que secundar el coro y alardear de que vivian en una sociedad idilica en la que el color de la piel no decidía su vida. Porque aquí, y como se encargaban de recordarle cada día, no se le iba a linchar con en los algodonales de Alabarna, rá sería baleado como el pobre Martín Luther King. Claro que aquí no había racismo: faltaba el otro componente de la ecuación que eran los negros. Pues bien: ese débil barniz de hipocresía social ha ido cayendo, a medida que los pueblos de los blancos, las calles de los blancos, las bocas de "Metro" de los blancos, e incluso barriadas enteras de las ciudades-dormitorio de los blancos se han ido tiñendo cada día más, al ser coloreada su prístina blancura por los negros miserables, malobentes e incultos que expulsan ahora hacia el Norte nuestros países del Sur, en oleadas cíclicas que se renuevan cada verano y cuyo flujo resulta imposible de parar. Ahora ya no sólo se trata de un abogado guineano que seduce con su exótica negrura a la hija del tabernero del pueblo que se fue a buscar fortuna a la gran ciudad regresando apresurada y un poquito más gordita para buscar el consentimiento paterno para casarse, pues, a pesar de ser negro, a fin de cuentas es abogado, habla español y se espera que algún día pueda ser "alguien" en su país; ahora ya son gigantescos senegaleses y liberianos que rezuman betún y ghaneanos con pinta de bandidos, vestidos de maleantes de Harlem, quienes les atosigan en los vagones del "metro" con sus baratijas, duermen en los portales de la Gran Vía, les disputan los escasos puestos de trabajo y, horror de los horrores, no pueden escuchar a volumen razonable los ritmos salvajes que tienen por música, impidiéndoles gozar del reposo de los domingos por la mañana. Y ya se sabe que son como las langostas: en cuanto aparece uno, el enjambre llega detrás, hasta que esto se convierte en una plaga. He preferido pintar este cuadro con el distanciamiento de la ironía, porque existen fenómenos que es mejor tratar de forma risueña para no caer en el pecado de la ira, puesto que el tema no es, para nosotros, un mero fenómeno socigal un mero acercamiento intelectual. Es nuestra vida. Como inmigrante africano con cerca de un cuarto de siglo de residencia en España les confesaré que no les falta razón a los racistas blancos, a los que no quieren que sus hijas se acerquen a nosotros, a los que no nos alquilan sus casas, a los policias que se regodean humillándonos cada vez que nos acercamos a las comisarías para "arreglar los papeles". Tenemos; que reconocer que están en su derecho, porque nosotros también profesamos estar en nuestros países, no pasar el frío en invierno, no soportar la indignidad y la vergüenza permanentes, comer nuestras comidas, salir con las chicas de piel negra reluciente que huele a naturaleza y no a Chanel trabajar en nuestras comunidades y ser enterrados, cuando llegue el día y la hora, en el terruño junto a nuestros antepasados. Es lógico que cada uno prefiera lo suyo, y que el intercambio cultural, las transacciones comerciales, las relaciones interpersonales, el turismo y los demás fenómenos que globalizan la aldea mundial, se produzcan en términos de igualdad. A nadie le gusta ser eternamente apéndice de otro, que le estén regalando por compasión la comida y el vestido y los medicamentos a través de las gestoras de la caridad internacional que antes nos daban el Domund y ahora nos mandan a las ONGS. A nadie le gusta que le

estén mostrando continuamente, como nos muestran las imágenes de las televisiones, como seres incapaces de asumir nuestros propios destinos, siquiera de vivir nuestra propia vida, sin la asistencia de los blancos, y que ni siquiera podamos decidir el número de hijos que deseamos tener porque eso desequilibra las previsiones confeccionadas en Nueva York. Estamos hartos de todo eso, pero ¿qué podernos hacer si el mundo, tal como lo vemos., está estructurado contra nosotros, para impedir nuestra libertad y nuestro progreso? Porque, antes que nada, debemos preguntamos por qué se quedan en Europa y América del Norte más de los dos tercios de los estudiantes africanos que vienen a estudiar a los. países desarrollados. Ya debemos preguntamos por qué se produce el fenómeno de emigración masiva de negroafricanos y magrebíes. Debemos indagar qué drama tan intenso y a qué nivel de desesperación hay que llegar para que unos seres humanos abandonen a sus seres más queridos y se arriesguen a recorrer miles de kilómetros a pie, atravesando el desierto y países desconocidos, para aventurarse hasta Gibraltar. Por qué esas imágenes repugnantes de Ruanda, de Liberia de Sierra Leona, de Somalia, de tantos escenarios de dramas africanos, desde el Mediterráneo hasta El Cabo. . Y la respuesta es simple: porque no tenemos libertad, ni nos ha alcanzado el desarrollo. Pero se preguntarán ustedes: ¿No son ya independientes los países africanos desde hace cuarenta años? ¿No son ricos casi todos ellos, pues producen petróleo, oro, diamantes, uranio, cobre, fosfatos, manganeso, etc., tienen bosques maderables y pesquerías? En efecto, Africa es independiente formalmente, pero las independencias no han supuesto la libertad. Tenemos inmensas riquezas, pues no hay un solo país africano pobre, pero no las controlamos los africanos, sino los europeos, que sustituyeron arteramente el colonialismo directo, demasiado caro y conflictivo, por lo que se ha llamado el neocolonialismo, sistema en el que siguen Gobernando los mismos, y los recursos africanos siguen controlados por los mismos, pero a través de intermediarios o capataces negros, que son los dictadores que malgobieman nuestros países supuestamente soberanos. No les cuento nada nuevo, puesto que lo saben perfectamente: la mayor parte de los conflictos armados, de las hambrunas y demás situaciones de caos que se producen en Africa no son debidos a luchas tribales, como nos los presentan los medios de comunicación occidentales, que en estas cuestiones ni son objetivos ni son independientes. Esos conflictos están provocados por las luchas de intereses de las potencias occidentales, que defienden sus inversiones y las fuentes de materias primas que sirven para que los europeos sean cada día mas libres y más prósperos. Un ejemplo: tuvieron que pasar más de treinta años de mobutismo para que la opinión pública europea se diera cuenta de que el régimen que estaban protegiendo y que impusieron en su momento contra la voluntad del pueblo congoleño, era un régimen despótico y sanguinario que sólo enriqueció al dictador v su familia. Pero los africanos, en especial los propios congoleños, venimos denunciándolo sin que nadie nos escuchara, pues los medios de comunicación estaban ciegos y sordos ante el clamor de aquel pueblo. Cuando le entraba a

Mobutu el capricho de comer langosta, no la mandaba pescar en las aguas del Atlántico que bordean su país, sino que fletaba un Boeing con el sólo propósito de hacerla traer de Portugal. Este dato ha sido publicado en la prensa, contado por sus propios allegados. Sus mansiones en todo el mundo. incluida Espaiía; sus fabulosas cuentas corrientes, sus millonarias inversiones en negocios europeos y estadounidenses, han sido posibles por el empobrecimiento pavoroso de la población de su país. Si cualquiera de ustedes llega a Lubumbashi o Kolwezi como yo he estado hace unos años, no podrían evitar el asombro ante la fabulosa riqueza que se extrae de las minas de cobre y estaño, frente a la miseria en que viven las poblaciones. Y si un ciudadano osaba protestar, como los estudiantes de la Universidad de Lubumbashi a mediados de los 80, eran reprimidos y asesinados sin compasión con las armas suministradas por los occidentales, cuyos asesores militares dirigían en la sombra a las huestes represoras, en una guerra solapada en la que el ejercito nacional -como se ha demostrado- no era sino carne de cañón. Pero Mobutu no es el único: todavia están las sangrantes y despóticas satrapías de Senegal de Togo, de Gabón de Camerún, de Guinea Ecuatorial de Costa de Marin de Nigeria de Niger, de Burkina Faso. de Zimbabue. de Kenia. de GuineaKonacry, de casi toda Africa, en suma. Y cuando alguien trata de decir que, señores, podemos comerciar, podemos venderles nuestras materias primas a precios razonables, para que sirvan en verdad al desarrollo de nuestros pueblos, que también tienen el derecho a comer al menos una vez al día, ese alguien es asesinado, como el presidente Thomas Sankara en Burkina Faso hace diez años, o se provoca una guerra civil que se presenta como "revuelta tribal" como se ha hecho en Congo-Brazzaville hace unos meses. Porque hay que saber que empresas como la compañía petrolera francesa ElfAquitaine son las que sostienen las dictaduras africanas. No lo digo yo, sino su propio presidente, Loik Le Floch-Prigent encarcelado recientemente en Francia por temas de corrupción en los que se hallan implicados prominentes figuras del Gobierno del socialista (?) Mitterrand. Sociedades europeas como la Elf sobornan y mantienen el poder de despotas africanos a cambio de la explotación de los yacimientos de petróleo y otras materias primas. Y si no le gusta la política de algún jefe de Estado, sencillamente le montan un golpe de Estado que, como en el caso de Congo-Brazzaville, degeneró en guerra civil que causó mas de 20.000 muertos y devastó la capital. A cambio de tanta muerte, su hombre de confianza, el veterano dictador Denis Sassou-Nguesso, ha vuelto al poder., y tanto Elf como Total han recuperado el monopolio de la explotación y distribución de los hidrocarburos, que Nieron amenazado bajo el poder de Pascual Lissouba, un presidente elegido democráticamente en 1992, tras la Conferencia Nacional que devolvió el país a la democracia tras la primera dictadura de Sassou-Nguesso. Y Lissouba no es ningún marxista. como lo han presentado desde algunos medios; es un demócrata liberal que, sencillamente, quiso poner en práctica la muy capitalista ley de la oferta y la demanda buscó poner fin al monopolio de Elf, que mantenía al país sumido en la pobreza. Un país, Congo, que produjo en 1995, nueve mil cien loneladas de petróleo -el ochenta por ciento de sus exportaciones- , pero cuya deuda externa es de 5275 millones de dólares. y cuyos dos millones

setecientos mil habitantes apenas alcanzan los 600 dólares de renta. Como se ve, países enteros están en manos de una sola compañía, que dicta su política y controla su economía, pagando unos salarios en torno a los 30000 ó 50000 F CFA ( 7500 ó 12500 pesetas). Este ejemplo es uno más en un continente en el que las luchas por la democracia son silenciadas por la prensa occidental y reprimidas por los ejércitos europeos estacionados en diversos países; en el que se nos trata de convencer de que no estamos preparados para la democracia, como si los negros estuviésemos genéticamente predeterminados "no gozar de la libertad; una falacia más del racismo que dicta las relaciones entre Africa y Europa. En resumen, Europa sostiene a los dictadores africanos para sostener su orden económico, impidiendo el desarrollo social y económico de los países africanos y los anhelos de libertad de nuestras poblaciones. Y ello tiene un triple objetivo: explotar los recursos naturales de Africa, base del bienestar de Europa; explotar la mano de obra africana de origen necesaria para hacer producir esos recursos naturales; y por último, favorecer la emigración de africanos hacia Europa, con el fin de que se ocupen de los trabajos penosos o pesados que ya no quiere realizar el proletariado europeo. Resulta paradójico para mí, que vivo en un pueblecito de una región agrícola, ver que hay tasados en España más de dos millones de parados, "entras en el campo español está siendo cultivado por marroquíes, argelinos y negroafricanos; eso sí con salarios miserables que no superan las 600 pesetas a la hora. El problema se plantea -como dije al principio,cuando esa mano de obra barata empieza a ser excesiva cuando esas brigadas de "moros" y de negros empiezan a poner en peligro los logros del estado del bienestar, pues ni el racismo más acendrado puede impedirles caminar por las calles, ni guisar sus "malolientes" guisos en las casas donde se hacinan hasta una docena de esos inmigrantes. Para concluir, sólo se me ocurre decirles que la miseria africana jamás se solucionará con migajas como las que nos proporcionan las -hay que creerlobienintencionadas Organizaciones No Gubernamentales; hacer un pozo en una aldea de Ruanda o de Somalia no deja de ser irrisorio frente al cúmulo de problemas estructurales que tienen ruandeses o somalies. Nosotros mismos, los africanos, tenemos la solución de nuestros problemas, pero ocurre que los gobiernos europeos nos empujan hacia Europa, al sostener a nuestros verdugos y venderles las armas con las que nos matan por decir que no somos libres o carecemos de agua corriente en nuestras ciudades y aldeas, todo ello a cambio de una tarjeta de refugiado que tampoco nos hace más libres ni más felices. Las empresas que sostienen a nuestros tiranos a cambio de que ustedes tengan la calefacción o el litro de gasolina más barato, o que regalen a sus esposas una cadena de oro el día de los enamorados, son las nos impulsan a venir aquí. Si todos los médicos africanos establecidos en Europa, Estados Unidos y Canadá pudieran regresar a Africa, se pasaría el problema de la salud en Africa; si todos los abogados africanos que ejercen en Europa y América del Norte regresaran a sus países, se modernizarían las sociedades africanas; si todos los arquitectos

africanos que construyen en los países desarrollados pudieran levantar esas casas en sus países, se mitigaría el problema de la vivienda; si todos los profesores africanos que enseñan en Europa y América del Norte pudieran impartir sus conocimientos en Africa, el problema del analfabetismo y de la educación en general sería resuelto en gran medida; si todos los obreros y peones que mueren en la travesía del desierto sahariano o en aguas del estrecho de Gibraltar, o malviven en los países europeos pudieran tener ese salario mínimo y esa seguridad imprescindible en sus propias patrias, no habría emigración y todos estaríamos mas contentos. La única ayuda útil que necesita Africa, desde mi punto de vista, es que se creen en nuestros países las condiciones mínimas para que podamos vivir en ellos. Todo lo demás son paliativos solo destinados a tranquilizar las conciencias de los propios europeos, sin incidencia real ni en los índices de desarrollo ni en ningún otro baremo verdaderamente liberador.

África: medio siglo de frustración
El País 30/7/2010 Hace ahora 50 años, 17 países del África subsahariana, en su mayoría colonias francesas, obtuvieron su independencia. Aunque la eclosión soberanista empezó con la descolonización de Sudán (1956), Ghana (1957) y Guinea-Conakry (1958), y continuó imparable en los años siguientes, 1960 es considerado el año de África. Ese año culminaron las ilusiones de libertad de los pueblos africanos, sometidos a la dominación extranjera desde hacía 75 años, tras la Conferencia de Berlín de 1885, en la que las principales potencias europeas se repartieron caprichosamente el continente. La oleada independentista ilusionó no solo a los propios africanos, sino también a los idealistas del mundo entero, que vieron, con curiosidad y simpatía, aquel fenómeno sin precedentes como el inicio de una era en la que pueblos secularmente despreciados se levantaban orgullosos para proclamar su derecho a la libertad y a la recuperación de su dignidad. Tanto unos como otros creyeron de buena fe que las independencias africanas serían el motor del cambio hacia un orden internacional nuevo, y que la liberación del yugo colonial traería consigo el desarrollo económico y social de los países del continente. Medio siglo después, aquella esperanza de libertad, dignificación, desarrollo y unidad continental -los "Estados Unidos de África" soñados por Kwame Nkrumah, principal ideólogo del panafricanismo moderno y primer presidente de Ghana- se muestran como puras ilusiones. La situación presente del continente ha llevado a la mayoría de los africanos a la frustración, sentimiento compartido por casi todos los analistas y los simples ciudadanos de los países desarrollados.

Por ello es necesaria una reflexión, analizar las causas por las cuales África sigue siendo un continente postrado, económica y políticamente dependiente, con los más bajos índices de desarrollo del planeta, con la mayor parte de sus 54 Estados gobernados por dictaduras cleptómanas, que han reducido a la gran mayoría de sus 1.000 millones de habitantes a la indigencia internacional, a una pobreza extrema y a una esperanza media de vida de apenas 56 años. Como en todos los grandes males padecidos por África en los últimos 500 años -la esclavitud y el colonialismo-, a esta situación concurren causas internas y externas. Entre las primeras, la excesiva ambición y el egoísmo exacerbado de unas élites locales a las que no les preocupa el bienestar de sus compatriotas, entregadas solo a la satisfacción de los propios instintos primarios. Sea por la apetencia de riquezas, por los goces del poder o por la degeneración de las costumbres tradicionales, la realidad es que desaparecieron de los hábitos de la mayoría de los africanos valores como la solidaridad o la compasión; la fraternidad tribal se convirtió en tribalismo, en exclusión del otro; la probidad como fundamento de la autoridad es mero autoritarismo; el poder se ha convertido, a un tiempo, en dominación y en medio para obtener prebendas y sinecuras, en beneficio exclusivo de uno mismo; ese poder es omnímodo, al quedar destruidos aquellos mecanismos que en las estructuras antiguas contribuían a su moderación, al equilibrio entre el gobernante y los gobernados. Para ellos, la principal herencia del colonialismo fue únicamente la brutalidad de aquel sistema: los gobernantes africanos, sucesores de los gobernadores europeos, copian únicamente sus defectos en lugar de combinar los aspectos positivos de los usos ancestrales con los rasgos positivos del encuentro con otras civilizaciones; solo cultivan los aspectos más perniciosos de ambas culturas, convertidas en meras caricaturas. Tras la II Guerra Mundial, librada en nombre de la libertad frente al totalitarismo, los sistemas coloniales quedaron obsoletos, sin argumentos; así, el nacionalismo africano resultó incontenible. Pero las ingentes riquezas africanas -mineras, forestales, agrícolas, piscícolas...- eran imprescindibles para las industrias europeas y estadounidenses. Baste recordar que el uranio de la República Democrática del Congo, Gabón y Níger fue y es indispensable para las potencias nucleares. De manera que, en plena guerra fría, Europa Occidental y Estados Unidos no podían permitir que África se independizara de verdad -con el riesgo de que cayera en la zona de influencia comunista-, y recurrieron al control estricto de las naciones emergentes. En ese contexto debe situarse la inestabilidad permanente de los países africanos tras las independencias, y guerras como las de la República Democrática del Congo (y el asesinato de Patrice Lumumba) y Nigeria (Biafra), así como el derrocamiento de Nkrumah y los continuos golpes de Estado en países como Ghana, Nigeria, Benín, Togo, Níger, Malí o Congo-Brazzaville. Existen numerosos datos sobre ello, y solo es necesario recordar testimonios como los de Jacques

Foccard, consejero de Asuntos Africanos de todos los presidentes de la V República Francesa hasta su jubilación en la época de François Mitterrand. Transformado el colonialismo en "neocolonialismo", las independencias se vaciaron de contenido; por eso, muchos, africanos o no, piensan que África obtuvo unas independencias sin soberanía. El neocolonialismo necesita de regímenes fuertes -es decir, autocráticos- y colocó en el poder a déspotas como Mobutu Sese Seko en la República Democrática del Congo -rebautizada Zaire bajo su mandato-, paradigma de una época en la que fueron más importantes las riquezas extraídas que los habitantes asesinados, los que morían a causa de la miseria o los que languidecían por la ausencia de toda libertad. No importó que Mobutu acumulase una fortuna personal superior a los 5.000 millones de dólares, ni que gobernara con su partido único, ni sus extravagancias, ni su crueldad: solo se le exigía que mantuviese un control estricto sobre la población y que garantizase una buena cuenta de resultados a las empresas que explotaban las ingentes riquezas de su país. Al igual que el colonialismo, el neocolonialismo se basa en el determinismo racial, según el cual los africanos son eternos menores de edad, incapaces de gobernarse por sí mismos, de convivir en armonía, de organizarse en sociedad. Lo han expresado algunos políticos europeos sin temor a caer en lo políticamente incorrecto. De ahí la tendencia a interpretar los fenómenos africanos como consecuencias del "tribalismo", o desde el paternalismo que suscita la compasión ante los niños famélicos o los inmigrantes ahogados en las costas europeas al intentar alcanzar el Edén. Incluso se alzan algunas voces para proclamar que la solución de las miserias africanas estaría en una nueva colonización del continente, siempre bajo la supremacía blanca. Pero estas interpretaciones obvian lo fundamental: que, en este medio siglo de frustraciones, quedan muchas fórmulas por ensayar. Por ejemplo, que África sea dirigida por africanos sensibles a los intereses de sus naciones, que trabajen para dar contenido a los ideales de libertad y bienestar por los que sus mayores exigieron el autogobierno. Aun así, África evoluciona a un ritmo quizá demasiado lento para muchos. Pero si miramos hacia atrás, hace 15 años apenas se contaban con los dedos de una mano los países que respetaban los derechos de sus ciudadanos y estaban comprometidos a lograr mayores niveles de bienestar; entonces, las guerras asolaban las cuatro esquinas del continente y la inestabilidad era crónica. Hoy aumentan los países democráticos en los que la alternancia es real, y han cesado buena parte de los conflictos. Queda mucho por hacer, y no será fácil hacerlo, pero existe una conciencia generalizada de que la dictadura no es el estado normal, que la democracia y el desarrollo son posibles. Eso es importante cara al futuro.

Donato Ndongo-Bidyogo es escritor y periodista guineano.

Bibliografía Nondgo Bidyogo, Donato: “Acerca de los estereotipos sobre África” en Imaginar Africa, coordinad. Editorial Antoni Castell y José Carlos Sendín. La Catarata. 2009