Amar enteramente desde una Memoria Viva

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by abunadi
«Escucha, Israel: Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.» Las palabras de Dios están en nuestra memoria, y nosotros sólo tenemos que recordarle, que hacer memoria de Él, buscar su rastro, pues ya estaba desde antes, nos acompañaba siempre y también ahora, nos espera en los distintos momentos de nuestra vida. El deseo de felicidad, como dirá San Agustín de Hipona, es justamente recuerdo de Dios, que llevamos impreso como un sello en nuestra mente, que hace que el corazón esté inquieto hasta que descanse en Dios. El conocimiento propio y el recuerdo de Dios están íntimamente unidos. El recuerdo que todo ser humano tiene de Dios, y del que es portador, le hace anhelarlo. Hay un deseo de felicidad, y si buscamos la Felicidad es porque refleja nuestro lugar junto a Dios. "¿Dónde te hallé, pues, para conocerte, en ti sobre mi?... Tú estabas conmigo, más yo no lo estaba contigo" (Confesiones de San Agustín, X, XXVI, 37)

"¡Tan grande es el poder de la memoria, tan grande poder de vida hay en el hombre ! ¿Qué haré, así pues, oh tú, verdadera vida mía, Dios mío? Traspondré incluso esta potencia mía llamada ‘memoria’, la traspasaré para dirigirme hacia ti, dulce luz mía. … Ascender a través de mi alma hacia ti, que permaneces sobre mí para mí, trascenderé también esta potencia mía llamada ‘memoria’, con anhelo de tocarte por donde a ti es posible tocarte y unirme, a ti por donde es posible unirse a ti." Confesiones X, XVII, 26

Llegamos ante los vastos campos y las profundas grutas de la memoria, donde están guardados tesoros de incontables imágenes de todo tipo de cosas, almacenados allí por los sentidos; allí está escondido todo lo que pensamos, a veces aumentado, a veces sintetizado, a veces cambiado; y todo lo guarda la memoria y allí queda, y no ha sido absorbido ni sepultado en el olvido. El poder de la memoria es algo grande, que asusta. Esto es el alma, esto soy yo. ¿Qué soy? Soy vida intensamente variada y multiforme e inmensa. Tanta es la fuerza de la memoria, tanta es la riqueza de la vida del hombre, aun si es mortal, que uno puede correr por los campos y antros de incontables cavernas de la memoria, llenas de todo tipo de cosas, imágenes suyas, de los cuerpos, discurrir por todas estas cosas, volar de unas a otras, ahondar cuanto se pueda y, a pesar de todo, no dar con el fin en ninguna parte. ¿Qué puedo hacer? ¿Pasar adelante y dejar atrás la memoria para llegar a Dios? Ascendiendo por el alma hacia Dios, que está encima de mí, dejaré atrás también esta facultad que se llama memoria, deseando alcanzar a Dios como pueda ser alcanzado, y abrazarme a Él por donde pueda ser abrazado. Dios quiere que recordemos el abrazo primero, su abrazo, el amor con que nos ha amado desde siempre.

San Pablo, nos dijo, que hiciéramos "memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor…” (2Tm 2, 8-13) La Eucaristía es el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús Escucha Israel, escucha Pueblo mío, para volver a la casa del Padre, para regresar a tu lugar, a la morada de Dios con nosotros.

Como Dios está en la memoria, y la memoria está recorrida por infinidad de laberintos personales, de expectativas y temores, muchas veces infundados, otras exagerados. San Juan de la Cruz nos habla de purificar la memoria, dejándola en "vacío", simplificando, para que aparezca lo más genuino y autentico de nosotros, porque “cuanto más la memoria se desposee, tanto más tiene de esperanza, y cuanto más de esperanza tiene, tanto más tiene de unión con Dios” (S. Juan de la Cruz, S3, 7, 2). No se trata de anular todo recuerdo, y quedarse sin apreciaciones del pasado, porque somos también lo que hemos vivido, y no lo podemos negar. Se trata de purificar los recuerdos, que no nos perturben, que no nos engañen con esperanzas vanas, sino que nos dirijan a una esperanza cierta, la de Dios, y para eso, hemos de desapegarnos de las imágenes que nos hemos formado tanto de nosotros mismos, como de los demás, como de la historia. El razonamiento de San Juan de la Cruz se funda en que “la esperanza hace en la memoria vacío de toda posesión”. La memoria es una facultad posesiva y conservadora ya que nos permite retener, conservar la presencia de todo lo que nos ha impresionado, interesado o lastimado.

Vivir en esperanza supone vivir desposeído de todo lo que no es Dios, para dejarle a Él el mayor espacio posible en nuestra vida. Para vivir a fondo esta relación entre nuestras esperanzas y la gran esperanza, es preciso dirigir nuestra mirada a Cristo, nuestra esperanza (1Tm 1,1). Juan de la Cruz, invita a toda persona a purificar su memoria. Invita a no dejar que esta se contamine de aquello, que ni merece la pena recordar, ni nos llevará lejos. En la memoria vamos descubriendo cómo somos, y por encima de eso, intuimos quiénes somos en el mundo. En esa memoria positiva y agradecida recordamos rostros que, ni siquiera en la más oscura de las noches nos abandonan, aunque sea para decirnos palabras que no podemos acoger con la claridad de siempre. En la memoria descubrimos una historia que nos precede y está plagada de testigos, y también vislumbramos la fuerza que reporta para nuestro presente y futuro.

Por último, en esa memoria también se hace presente y real Aquel que viene a nosotros cada día, porque en el conocer y guardar está la posibilidad de reconocer, en el trato frecuente y pausado está la posibilidad de comprenderse con miradas y sin palabras. Y así es como también Dios llega a nuestro encuentro en lo cotidiano, tocando aquello que en nuestra historia sigue vivo. La memoria tiene que ser agradecida, generosa y con entusiasmo, así como sincera y franca. Así es capaz de penetrar los detalles de impresiones pasadas para extraer aquello que pueda llegar a pasar desapercibido y que tiene significado.

Hay heridas en la memoria: La primera herida es cuando no tiene vigor, ni disciplina, ni fuerza de voluntad suficiente como para recordar; La segunda, es aquella memoria torpe que retiene lo que no es, lo que no soy, y deja pasar la esencia de la vida y su sustancia, sus maravillas y sus propósitos -porque tener memoria también es disponer de futuro y de esperanza. Las heridas de la memoria se curan con dificultad, también con ayuda. Será otro, uno de esos compañeros y amigos incansables de camino que ha recorrido conmigo los mismos viajes o parecidos quien pueda ayudarme a centrar la mirada de nuevo en aquello que pensaba olvidado, que se me escapó de las manos sin el disfrute necesario, que pereció antes de prender su fuego en mí y germinar con vida. Tendré que recibir unas palabras capaces de representar de nuevo lo viejo vivido, y escuchar atentamente cómo reinterpretar mi historia. Sacar lo viejo y lo nuevo del baúl de los recuerdos, y ver con ojos nuevos, más claros y verdaderos, para que veamos en nuestro presente sin incomodarnos ni por lo pasado ni por lo futuro, sin alterar la realidad, eso es Escuchar.

Por ello el principal mandamiento es Escucha, Hijo o Hija, Escucha, si quieres amar a alguien con una entrega total, si quieres un amor sincero y en verdad, te has de liberar de todo el lastre, has de vaciarte de todas las formas que viertes (ya sean distorsiones positivas o negativas), has encontrar en tu memoria cómo eres amada, ya antes incluso de que tú te dispongas a amar. Si quieres amar sin haber experimentado el amor, irás dando tumbos… Pero si te sabes amada por el amor que te habita, podrás amar como eres amada. Podemos amar íntegramente, y no parcialmente, a medias. Porque amar sin condiciones nos hace felices, nos da plenitud y vida, a nosotros y a los demás.

El amor al prójimo y el amor a Dios están el uno con el otro, porque no puedes amar enteramente al prójimo si no has descubierto antes el amor con que eres amada, y no puedes amar a Dios sin saber cómo amas a tu prójimo, sin reconocer si tu memoria está herida, si te mueves por reacciones, si has agotado la esperanza en el ser humano, porque antes de nada necesitas que tu memoria sea esperanza, y mirar desde un corazón reconciliado.

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