La Real y Episcopal Biblioteca

Juan Luís Estelrich

I

Data su fundación de 1729 y se constituyó con carácter privado y con poquísimas existencias en el mismo año en que el clero, el Cabildo, la Audiencia y el Capitán general vieron salir de aquí, con grandísimo gusto, al rígido y exigente prelado D. Joan Fernández Zapata, que ninguna simpatía, supo captarse entre nosotros. Los obispos subsiguientes no cuidaron ni poco ni mucho de la librería de su palacio, porque hartas cosas les preocupaban: desavenencias con el Capitán general, cuestiones de etiqueta, lucha de los dominicos con los franciscanos...; hasta que en los días del favorito conde de Aranda se llevó á cabo, en 1767, la expulsión de los Jesuitas, ya juzgada por la historia, y no favorablemente para el gobernante español que se convirtió en sumiso mandatario de influencias extranjeras. No he de tratar de estos hechos, pero sí he de consignar que los libros procedentes de los conventos de S. Ignacio de Pollensa y de S. Martín de Palma acrecentaron en breve la concesión hecha por Carlos III de la casa, templo y librería de Montesión de Palma, que fueron de los PP. Jesuitas, á la Universidad literaria de Mallorca. La toma de posesión, en 20 de Octubre de 1771, fué solemne, según cuenta el paborde Terrassa y reproduce el Cronicón mayoricense de Campaner. Pero no debió de procederse con igual solemnidad en cuidar de los libros que se recibieron. Las reales órdenes expedidas asignaban los libros de las tres residencias jesuíticas indicadas á la Universidad, los duplicados á la Episcopal, y los triplicados debían venderse en pública almoneda, como así se ejecutó, según afirma el Dr. Barberi, quien añade: «Yo ignoro absolutamente quien dirigió esta maniobra y me hago cargo de la confusión que existiría en una sala llena de millares de volúmenes, de diversas materias, de diferentes impresiones, de distinta forma»; y después de estas atenuaciones acaba el párrafo con un socorrido et caetera (1); más explicito el P. Villafranca en sus Misceláneas (2) nos dice: «Las librerías han padecido varios contratiempos. En la de la Universidad, que fué de los Jesuitas, se trastornó todo; algunos aduladores enviaron á Madrid todos los manuscritos y todos los libros más preciosos en 34 grandes cajones; ciertamente no se les pedía tanto; otros libros se hurtaron.» Poco antes de esto el endiablado misolulista, marrell impenitente y terrífico iconoclasta del beato mallorquín; el obispo de buena y mala memoria D. Juan Díaz de la Guerra, hombre de voluntad, de iniciativa y de empuje, obtuvo concesión real para fundar en su palacio biblioteca pública con la dotación correspondiente (3) y logró por lo menos recoger, bien ó mal, los volúmenes duplicados de la extinguida orden. Los libros de S. Martin, y de S. Ignacio de Pollensa, fueron base de la Episcopal. Fácil es conocerlos porque todos están encuadernados en pergamino, tienen convertido el lomo en tejuelo, y al pie de la inscripción un adornito semejante á una flor de lis que los especifica y señala. Por las notas de las guardas se ve que muchos de los libros de Pollensa

pertenecieron al Dr. Pardo, quien los donó á aquella biblioteca. En su gran mayoría son obras de teología moral ó dogmática, expositores, Santos Padres; fué una redada provechosa y en regla. Otro selecto ingreso alcanzó para la Biblioteca el obispo Díaz de la Guerra, en 1798, de los Sres. Capitulares. La antigua y famosa librería de la Catedral se había quemado en parte, y algún xylocarius oculatus, como el canónigo D. Juan Callar, la había arrumbado en un rincón húmedo para aprovechar la madera, según dice el P. Villafranca. Más piadoso el Obispo recogió los «escombros» y los llevó á su palacio. De este ingreso procedieron los códices que halló y reseñó Villanueva: Summa fratis Monetae, ordinis fratrum predicatorum contra hereticos, de 1241; Incipit pastoralis liber magistri Francisi Eximeneç, de Lope de Espejo; otro de Varios, que empieza por Salustio, y está clara y limpiamente escrito. Su primera página llevaba una orla miniada muy linda, á juzgar por lo que aun queda del margen interior; el resto fué recortado á mano (pezuña hendida debió de ser!) dejando en desgarros huellas de vandalismo. Otros volúmenes hay que sufrieron igual suerte. También el mismo Villanueva nos dice haber visto allí algunos ricos incunables de la misma procedencia; un Arbor Sciencia de Lull (Barcelona, 1482); un Gersonno, primer libro impreso en Mallorca, 1485; los Comentarios de Juan Andrés á las Clementinas, (Roma, 1473); un espléndido Apuleyo (Roma, 1459), y un soberbio Séneca, cuidado por Blas Romero en 1475, que por cierto lleva mutilados los medallones de la orla. Y con ser tanta la diligencia del erudito escudriñador, aun dejó de ver entre los incunables un Suetonio, Vitae XII Caesarum (Venècia, 1490); y entre las que con más laxo criterio pasan también por incunables: una Expositio de toda la filosofía de Aristóteles por Pedro Tatareti, de 1509, que en sus guardas dice «es de la librería de la seu»; ó un Valerio Máximo, Factorum memorabilium, de Venecia, 1546. De que estos y otros libros procedían de la Catedral no hay duda, porque así lo expresan las notas que contienen, iguales ó parecidas á la que puede verse en el ejemplar del Séneca, donde al pie se lee de letra de D. Guillermo Ramón: ... «Ego in gratiam eruditi Lectoris exemplar istud in Bibliotheca Eclesiae Cathedralis cum vetustissimis nonnullis casu inventum anno 1798 velut a naufragio eripere cupiens, obviïs ulnis accepi a Perillustri Canonicorum Capitulo, et cum ipsum excoriatum, dilaceratum, ac pene attritum ultimum agonem ageret, medicam manum adhibendam curavi ut ab interitu revocarem evulsa supplerí possunt...» Quizás, aunque no he podido comprobarlo, sea de este ingreso un precioso S. Antonio de Florencia, de 1483. Cuando se haya practicado el cotejo de lo existente con los curiosos índices de aquella antigua biblioteca, publicados poco ha por el canónigo archivero de la Catedral Sr. Miralles, entonces se podrá saber á fondo y con conciencia lo que la actual biblioteca del Palau le debe. ============================== (1) V. Reflexiones sobre la Real Biblioteca de la Universidad de Mallorca en respuesta á los que creen que para regentar el empleo de bibliotecario no se necesita más que saber leer y estar sentado, por el Dr. Joseph Barberi, escrito en 1804, recogido en el tomo 1 de las Misceláneas históricas del P. Luis de Villafranca y reproducido en el

Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana del mes de Junio de 1906. De este erudito articulo algo aquí debe reproducirse porque hace al caso: «se cometieron otras faltas en la separación de los libros de la librería de que tratamos, no siendo de poca monta el haberse vendido por triplicados libros que no lo eran, de lo que yo mismo puedo dar testimonio, pues habiendo comprado un librito de poesías de Ravicio Textor, autor de la famosa Oficina Textoris reparé que no estaba en la librería principal, y lo apliqué allí luego. El bibliotecario episcopal compró, entre estos triplicados, más de veinte libros para su librería, que debía componerse de los duplicados, como queda dicho. En fin, reparé hace poco que en dicha Biblioteca Episcopal faltaba la Suma historial de S. Antonio de Florencia, y jurara yo que se vendió por triplicada»... «yo no me internaré más en este asunto, pues si se hubiesen de cotejar los libros existentes con los que se señalan en los antiguos índices de los Jesuítas faltan muchos. ¿Pero quién responderá de ellos? Nec responsa potest consultus reddere vates.» (2) Misceláneas históricas del P. Luis de Villafranca ms. que posee el Sr. Marqués de Vivot. V. tomo II, página 371, citado por el supradicho Boletín de la arqueológica. (3) V. Viaje literario á las iglesias de España. Su autor D.Jaime de Villanueva, Madrid, 1852, t. XXII, página 157; Episcopologio de la S. I. de Mallorca escrito por D. Antonio Furió, Palma, 1851, pág. 509.- Curiosas noticias del obispo Guerra en el Cronicón mayoricense, y años correspondientes á su obispado.

II Aunque sea romper el orden cronológico de la narración, bueno será dar la lista completa de los bibliotecarios primeros y segundos, desde la dotación del obispo Díaz de la Guerra, con expresión de las fechas de sus nombramientos ó tomas de posesión. Bibliotecarios primeros D. Antonio Pujals, 23 de Abril de 1774. D. Juan Barceló, 6 de Noviembre de 1781. D. Melchor Portell, 26 de Octubre de 1784. D. Guillermo Ramón, 9 de Setiembre de 1794. D. Damián Estelrich, 15 de Diciembre de 1826. D. Francisco López, 17 de Marzo de 1843. D. Pedro José Llompart, 25 de Mayo de 1866. D. Ildefonso Rullan, nombrado auxiliar en 1903, y á la muerte del Sr. Barrera, en Noviembre de 1906, bibliotecario único. Bibliotecaríos segundos D. Jaime Obrador, 23 de Abril de 1774. D. Antonio Ripoll, 17 de Marzo de 1776. D. Antonio Canals, 26 de Octubre de 1812. D. Antonio Pablo Togores, 19 de Diciembre de 1826. D. Jacinto Ramonell, 16 de Enero de 1849. D. Pedro Juan Juliá, 12 de Marzo de 1859. D. Pedro José Llompart, 25 de Abril de 1863. D. Rafael Barrera, 21 de Julio de 1866. D. Antonio Pujals, primer bibliotecario, y su Ayudante D. Antonio Ripoll formaron el primer índice general y lo fecharon y firmaron concluso en 5 de Octubre de 1778. Los trabajos de D. Guillermo Ramón merecen párrafo aparte. Los bibliotecarios D. Francisco López y don Jacinto Ramonell terminaron su índice en 1849. En los días de D. Pedro José Llompart, después de 1868, formóse un inventario del que se hablará luego. El obispo D. Pedro Rubio Benedicto Herrero, sucesor del Sr. Díaz de la Guerra, donó algunos libros á la biblioteca, según nota especificada que se conserva en ella; y el subsiguiente, D. Bernardo Nadal, natural de esta isla, trajo aquí á D. Guillermo Ramón, natural de Porreras, haciendo el mayor bien que podía hacerse á la biblioteca de su palacio. D. Guillermo Ramón fué catedrático de filosofía de este Seminario, secretario de la Academia establecida en el convento de Sto. Domingo, cura por oposición de S. Lorenzo Descardezar durante un decenio, capellán del Hospital general de Madrid, de

donde volvió con el cargo de limosnero y teólogo consultor del obispo Nadal, y después su bibliotecario. Era Ramón eruditísimo, sabía muchas lenguas, predicaba con buen renombre de orador, se mostraba sucísimo en su persona; vestía como para asustar á las gentes y calzaba horriblemente. No se mentarían estos desaseos sí no hubiesen pasado á los libros de su propiedad particular y hasta á veces á los que se le encomendaban. Era un fervoroso bibliófilo y se atenía constantemente á los libros; pero con clarísima y gruesa letra, cuando el espacio se lo consentía, los emporcaba en todas sus páginas: en las guardas, poniendo toda laya de versos laudatorios; en las márgenes, dejándolas tifas de notas; en los entrerrenglones, corrigiendo lo impreso, que borraba con recias barras de tinta; en hojas en blanco, que intercalaba para enegrecerlas con noticias de ediciones antiguas ó modernas, datos biográficos, investigaciones hechas, curiosidades, inquisiciones ó confrontaciones practicadas... de omni re scibili!. No alabaré los procedimientos de este bibliófilo (Dios me libre!);Pero preciso es confesar que acusan afición februlenta y una vida de trabajo consagrada á la bibliografía. Él formó infinidad de colecciones de folletos, impresos y manuscritos, propios y ajenos, de cosas curiosas y varias, que á su muerte pasaron á la biblioteca episcopal, y solo allí pueden consultarse; él encuadernó á sus costas los más ricos códices é incunables que allí existen, y dejó huella profundísima é imborrable de su paso por aquel establecimiento. El descontentadizo Dr. Barberi, en su ya citado artículo contra los bibliotecarios, decía: «No puedo dispensarme de alabar aquí la acertada elección que hizo del suyo el Ilmo, y Rmo. Sr. D. Bernardo Nadal, Obispo de esta Diócesis. Temo ofender la modestia de entrambos, pero solo diré lo que he visto y de que es testigo el público. Apenas este digno bibliotecario episcopal (á quien debo yo particulares oficios) entró á regentar su empleo cuando enriqueció la biblioteca de su cargo en más de mil volúmenes, todos escogidos y que no se hallan en la biblioteca pública. Si sabe de venta en casa de algún librero ó en alguna almoneda algún libro curioso ó útil, lo compra de su propio dinero (no siendo muy abundantes sus facultades) ó lo pone en noticia del prelado quien le da orden de comprarlo. Si tiene algunos libros duplicados, los trueca con otros que no lo son en la librería de algún convento (4) logrando por medio de este comercio literario enriquecer dos librerías de libros de que ambas carecían. Su celo por los libros le ha hecho escudriñar todos los rincones de la isla, conquistando para la Biblioteca la Poliglota de Ximenez y otros libros rarísimos y de impresiones antiguas, que estaban dando las últimas boqueadas en el moho y la polilla. Pero en lo que merece mayor elogio es en su aplicación y continua residencia en la biblioteca, proporcionando á los aficionados todos los medios conducentes para su instrucción y adelantamiento.» Apenas se había cumplido un año que don Guillermo Ramón prestaba servicio en la biblioteca presentó una lista ó catálogo de sus libros al Sr. Obispo, señalando con una cruz los duplicados «los cuales se perdían y estorbaban en esta Biblioteca, y dicho prelado les ha dado mejor destino en el Colegio Conciliar y de la Sapiencia; á excepción de tres tomos de Granada y del Graffis que se han trocado con las obras de Santa Teresa de Jesús, de que carecía dicha biblioteca, precediendo el consentimiento de Su Ilma.» En sus días ingresaron algunas obras de clásicos, impresas en París, ad ussum Delphini, regalo del Marqués de la Romana, cuando en 1806 salió de esta ciudad para ir á Madrid y tomar gloriosa parte en los acontecimientos que poco después habían de verse en España. Por las notas de este bibliotecario puede rastrearse mucha parte de la historia de la biblioteca, y bien merece el ilustre porrerense que un retrato suyo, cuando se

encuentre, adorne las paredes de aquella sala donde acabó de prestar servicios en el año 1824, que fué el de su muerte. Los últimos obispos han mirado con gran despego la biblioteca de su palacio, cosa más de extrañar cuando dos de ellos eran mallorquines é instruidos. Por mediación del obispo Sr. Salvá ingresaron 18 volúmenes de la Colección de documentos inéditos; pero los libros de Salvá se vendieron, precisamente en el local que hoy ocupa la Biblioteca, sin que un solo volumen fuera á engrosar sus fondos. Es más, el bibliotecario que en su tiempo la servía le indicó la conveniencia de adquirir por insignificante precio algunas de las obras que Jovellanos tenia en Mallorca y llevaban autógrafo y firma del buen patricio, compra que aceptó el Sr. Sálvá, no para la biblioteca de la casa, sino para la suya particular. En los días de Salvá ocurrió la revolución de Setiembre, que destronó la dinastía reinante, y algunos meses después se suprimió la asignación de los bibliotecarios y se cerró la Biblioteca. El Sr. Salvá logró que volviera á abrirse bajo inventario. Este se formalizó por el bibliotecario de la provincial D. Bartolomé Muntaner y por el de la casa D. Pedro Llompart. No se guardó copia del mismo, que yo sepa, y como el original estará muerto de risa en las dependencias del Gobierno civil ó de la Delegación, si no se envió á Madrid, bueno sería hacer gestiones para lograr el original ó una copia fehaciente y auténtica, como dato seguro para el historial de la Biblioteca. El obispo Jaume no se acordó siquiera de su existencia. Los testamentarios dejaron allí algún libro. Poca cosa. De la herencia del Conde de España, padre del que hoy lleva el título, ingresaron en el palacio episcopal algunos libros, entre ellos una Biblia políglota complutense, pero ésta, por resultar duplicada, pasó posteriormente, por orden del Sr. Obispo, á la biblioteca del Seminario, á petición de D. Miguel Maura, el cual ha aumentado también la librería de aquella institución docente con los duplicados de la Provincial, gracias á una Real Orden que recientemente pudo obtener para ello. El obispo Cervera, en quien no precedía prudente reflexión en muchos de sus actos, en agosto de 1889 hizo trasladar la Biblioteca desde el piso principal al piso bajo, y al lugar llamado la Cortera porque fué un tiempo depósito de granos. El Sr. Cervera donó á la Biblioteca algunas obras del archiduque de Austria S. A. Luís Salvador, dos diccionarios, y un tomo de El liberalismo es pecado, edición políglota. Los demás libros de este Obispo, en su mayoría, fueron al Seminario Conciliar de San Pedro. El bibliotecario D. Pedro Llompart, que desde 1863 desempeñaba el cargo, pasó en 1904 á ejercer la cura de almas en la aristocrática parroquia de S. Jaime de esta ciudad, (como antes la había ejercido largamente en la parroquia de la villa de Artá) y dejó definitivamente los libros, á los que siempre acudió como lector pero nunca como verdadero bibliófilo de arraigo. Si no activo fué celoso, y pudo caer en peores manos la Biblioteca. El bondadosísimo D. Rafael Barrera, en quien se premiaron con el nombramiento relevantes servicios prestados durante el cólera de 1865, falleció en 29 de Noviembre de 1906. Sostuvo, pues, cuarenta años justos la pluma en el establecimiento y reunió en sus cuadernos bastantes notas de los libros que manejaba. Su sordera le aislaba de las gentes y se complacía en su metódico y apacible trabajo. De propio peculio adquirió en las

librerías, y particularmente de lance, algunas obras que, sin que nadie se enterara, cedía á la Biblioteca. Él y el Sr. Llompart encuadernaron á sus costas varios libros y sufragaron algunos pequeños gastos del establecimiento. En 1903 fué nombrado auxiliar del mismo D. Ildefonso Rullán y De Clara, quién, por separación del Sr. Llompart y defunción del señor Barrera, ha venido á quedar único bibliotecario de la Real y Episcopal Biblioteca. ¡Buenos días han caído en suerte á mi querido condiscípulo de bachillerato! La dependencia de su cargo está ahora en renovación completa, y Rullán puede hacerla á su imagen y semejanza y obra de sus manos. Dotes le sobran para ello, y acreditadas las tiene en su colección de refranes concordados, en la abrumadora tarea de divulgar el Quijote en mallorquín, en las varias ciencias explicadas en el Seminario. Rullán ha comenzado por dejar en depósito gran parte de su librería particular en la que sirve, y por redactar buen número de papeletas que obligarán en breve á construir las correspondientes cajas de índices de que hoy carece. De letra del Sr. Barrera es una nota, hallada por Rullán, que nos da el resumen de las existencias de este centro antes de los últimos ingresos. Vale la pena de transcribirla para saber con lo que contaba la Real y Episcopal Biblioteca. Santos Padres y Expositores Teólogos Morales Ascéticos Predicables Históricos Varios Filólogos Filósofos Jurídicos Reservados, prohibidos Total 575 622 410 401 487 733 374 363 301 331 371 5058

Entre estos libros figuran los que procedían del difunto obispo D. Bernardo Nadal, cuya entrega se autorizó por el colector de Espolios y Vacantes, sin que á punto fijo haya yo alcanzado á saber el por qué, el cómo y el cuánto de este ingreso. (4) El P. Villafranca, que no debía de ser muy afecto á D. Guillermo Ramón, anota este pasaje diciendo: «En el de Capuchinos ha hecho algunos trueques, pero el bibliotecario barbado es más pícaro y siempre ha sido la ventaja á su favor. Sed scienti et volenti etc.»

III

El P. Mir (así conocido en el mundo literario el presbítero mallorquín D. Miguel Mir) fué nombrado en 7 de diciembre de 1899 bibliotecario perpetuo en propiedad de la Real Academia Española, á la que antes pertenecía como Académico numerario, por el estudio, paciente y consciente, que en todo tiempo dedicó á los clásicos y hablistas castellanos. El cargo de nuestro Inmortal (hablando á la francesa) lleva consigo la obligación de pasar la vida entre los numerosos volúmenes de la riquísima biblioteca de la Academia, donde abunda y se completa todo lo que atañe á la historia ó á los modelos del habla de Castilla. Allí, el P. Mir, como el pez en el agua, tiene cuanto puede apetecer para sus aficiones. Sólo por esto he podido explicarme que el P. Mir, poseedor y dueño de una rica colección de libros, pueda cederla y donarla graciosamente. Los que hemos formado nuestra librería con sisas á los fondos de estudiante, con privaciones de todo género, persiguiendo jadeantes el volumen que nos faltaba ó llenándonos de gozo el que se ha venido á la mano por inesperada sorpresa; los que nos familiarizamos en el cuartito de estudio con las colecciones adquiridas, en las cuales cada libro de usual manejo parece hablarnos un lenguaje que no es el de igual libro de la misma obra y edición en otra casa; adivinamos el inmenso sacrificio de desprenderse de tan íntimos camaradas. Yo me confieso incapaz de ese martirio; y, aunque nada poseo de extrema curiosidad ni que valga un pitoche, tengo la confianza de que mis libros lo serán hasta la muerte. Libros raros y hasta, de estupenda rareza poseía el P, Mir: sus afanes por lograr las ediciones príncipes, sus estrechas relaciones con los distintos grupos de bibliófilos españoles, sus continuos acechos y compras en los puestos de libros de Madrid, sus constantes aficiones y correspondencias literarias, le proporcionaron en todo tiempo obras de absoluto valor crítico, histórico ó literario, muchas veces acrecentado por la rareza bibliográfica. Y de todo esto se ha desprendido el P. Mir, hijo reconocido, para hacer á Mallorca, su madre, el mejor regalo que pudiera hacerle. Es el explorador que después de largos años de ausencia y correrías pone á los pies de sus reyes el mundo descubierto ó el reino conquistado para ellos; no menos duradero y provechoso el del P. Mir que el de los Colón y Gonzalo de Córdoba. En el año 1900 envió el P. Mir por primera vez á la Real y Episcopal Biblioteca de Mallorca dos cajas de libros que en junto y en números redondos comprendían unas 100 obras (algunas en muchos volúmenes) y casi todas curiosísimas. Sin otro título que el de diocesano estimé y agradecí al P. Mir su generoso desprendimiento, con toda la sinceridad de mi alma; y el animoso donante me contestó: —Es el obsequio que puedo hacer á mis paisanos. Si Dios me da diez años de vida he de hacer de esta Biblioteca una de las mejores de España. No puedo decirle todos mis propósitos, pero á Dios rogando y con el mazo dando. Y los diez años están por expirar, y Dios lo ha querido, y el P. Mir ha hecho la hombrada que se proponía. Por entonces acrecentó sus fondos con la adquisición de dos bibliotecas particulares de importancia: una la de D. Urbano Ferreiroa, autor de la Historia de los Papas, para

escribir la cual se municionó el Sr. Ferreiroa de importantísimas obras históricas, entre ellas la ya rarísima aunque moderna, Líber pontificalis, de Duchesne, el Diccionario de erudición eclesiástica, de Moroni, en más de 40 volúmenes, todo el Gregorovius, Grissart, etc. etc. La otra librería adquirida fué la de D. Antonio Mª. Fabié, hombre estudioso y de muy varia erudición. Ambas se vendieron á la muerte de sus respectivos coleccionadores, y al P. Mir — ó mejor se dirá á Mallorca— cupo la suerte de adquirirlas. Y el P. Mir, á Dios rogando y con el mazo dando, ha seguido remitiendo libros sin interrupción, y ha adquirido otros, y ha puesto á tributo sus amistades, y ha hecho ya de la Biblioteca episcopal una de las mejores de España, según sus deseos; y como el chorro sigue abierto cualquiera sabe en qué pararán estas misas. No gusto de glorificaciones en vida; pero ¡carape! que si esto no se alaba no sé ya lo que es digno de alabanza. Hoy es imposible que el estudioso ó el investigador no acudan con frecuencia á este centro en busca de datos que sólo tales libros pueden ofrecerle en Mallorca. A las vacas flacas han sucedido las gordas, á los años de escasez los de abundancia, y todo se torna riqueza y lozanía en la antes desmedrada Biblioteca del Palau. Sin contar lo remitido en este año de 1909 (en que figura la Colección de documentos del Reino de Aragón, en 40 tomos que han venido por gestiones de D. Plácido Aguiló, y ha remitido el Director del Archivo del Reino de Aragón D. Francisco Bofarull) las notas de los Sres. Barrera y Rullán acusan los siguientes ingresos de los envíos del P. Mir, especificados por años y volúmenes: En 1900, volumenes » 1901, » » 1902, » » 1903, » » 1904, » » 1905, » » 1906, » » 1907, » » 1908, » Total 204 255 2390 733 621 280 100 2000 3500 10.083

A estos diez mil ochenta y tres volúmenes hay que agregar unos dos mil folletos, que en números redondos hacen subir el número de lo remitido en estos nueve años, por tan espléndido donante, á más de doce mil volúmenes; bastante más del doble de las anteriores existencias. Entre estos libros están, siquiera por citar algo concreto, los ciento doce tomos de la riquísima é imponderable colección de Documentos inéditos para la historia, comenzada á publicar por el bibliotecario que fué de la Academia de la Historia Sr. Baranda y por el que entonces lo era del duque de Osuna, y después obispo de Mallorca, Sr. Salvá; obra que continuaron Navarrete y el marqués de Pidal, y más tarde tomaron á su cargo Sancho Rayón y el marqués de la Fuensanta del Valle; pero desavenidos éstos, el Sr. Sancho Rayón se asoció con D. Francisco Zabalburu y formaron nueva colección

en la que llegaron á publicar seis volúmenes. Los tomos 56 y 58 contienen historias particulares de América, y como los más se enviaron al Perú, á penas se encuentra uno en España. El Sr. Salvá envió aquí 18 volúmenes de esta obra que hoy aparece completa en sus dos series, cada una de las cuales es rara de por sí, y más raro todavía encontrarlas juntas. Libro rarísimo, fuera de los Jesuítas, y espléndido y soberbio á todo trapo es: Constitutiones societatis Jesu, Latinae et Hispaniae, cum earum declarationibus; y raro y rarísimo en todo el mundo el Cristianismi restitutio de Servet. La bibliografía está representada por el patriarca de ella en España D. Nicolás Antonio con la triarca de ella en España D. Nicolás Antonio con la Vetus y la Nova; por el Universal Manuel du libraire de Brunet; por las especiales de Salvá, de Gallardo y otras muchas. Y puesto á citar ¿quién al ojear por aquellos estantes olvidará el Libro del Becerro, los Annales eclesiastici de Theiner, un Tratado de Dios, manuscrito del P. Sigüenza, que procede de un regalo hecho al P. Mir por el sabio académico D. Aureliano SánchezGuerra y Orbe, y del cual existe otra copia en la Biblioteca escurialense; los cinco tomos del Descubrimiento del Nuevo Mundo, por Martín Navarrete, y los cuatro de los Viajes de Gonzalo Fernández de Oviedo; la interesante y erudita obra del cardenal Aguirre sobre los Concilios de España; la Historia pontificial de Illescas; la Historia de la filosofía de los Santos Padres, por Rittr; las Obras completas de Lope de Vega en los tomos hasta ahora publicados de la soberbia edición de la Academia Española, con prólogos de Menéndez y Pelayo; la antigua Biblioteca de autores españoles de Rivadeneira, y la que ahora ha revivido; y la abundancia de historias particulares de América y Filipinas, y cien, y cien, y cien y mil más que marean la vista y las manos no acaparan. Y como un loco hace ciento, el P. Mir ha contaminado al erudito Sr. D. Francisco Rodríguez Marín (muy estimado y admirado amigo mío) quien por conducto de aquél ha remitido á nuestra Biblioteca más de 700 volúmenes de obras varias, antiguas y modernas (envío de Julio de 1902); y al Sr. D. Rafael Alvarez Sereix, siempre amigo de Mallorca, quien donó al P. Mir para la Episcopal unos mil volúmenes de obras científicas, matemáticas, de geodesia y meteorología, etc., etc., donde se me dice que hay mucho de exquisito y curioso (envíos de Enero y Junio de 1907). Y como un loco hace ciento — repetimos — la olvidada y escuálida biblioteca que ha merecido tan señalados favores del Académico - Bibliotecario de la Española, á su ejemplo los ha recibido también de otros donantes: de don Juan Capllonch, de Pollensa, quien en 1904 le donó 150 volúmenes de derecho, medicina, mística y algo de literatura, con algunos paquetes de varios, en general curiosos; y de D. Ignacio Moragues, quien envió una carretada de libros del porche de su casa, en junto 175 volúmenes de derecho canónico y mística, obras antiguas las más de ellas. Estos porches ó desvanes mallorquines suelen ser muy socorridos como pudrideros de toda laya de papeles, y no estaría de más que los propietarios de ellos siguieran el buen ejemplo del señor Moragues. Como nada mueve la voluntad y el corazón como el buen ejemplo, no quiero, por último, callar los entusiasmos de un ilustrado sacerdote de esta isla, quien, mostrando en

esperanza el fruto cierto, admirado de la obra del P. Mir y deseoso de que se acreciente, me decía moviendo mucho los brazos:— «¡Todos, todos, todos los curas de la diócesis debiéramos legar nuestros libros, buenos ó malos, pocos ó muchos, en vida ó en muerte, á la Biblioteca Episcopal, que es el mayor monumento á la cultura del clero mallorquín!»; frases que recogí al vuelo y divulgo intencionadamente, no tanto por la provechosa trascendencia que pueden tener como para concluir, como quería, que un loco hace ciento.

IV

Este monumento á la cultura del clero mallorquín de que se beneficia Mallorca entera y los extraños que á la isla aportan; que tanta importancia ha adquirido en el último decenio, y á mano está de adquirirla mayor; que hoy, por sus fondos, puede visitarse como una de las cosas notables que nuestra ciudad encierra; ¿no merece instalación adecuada? Si el personal y las existencias han sufrido radicales modificaciones, precisa confesar que también ha sufrido algunas el local y material de la misma. Antes de ahora sostuve que la Real y Episcopal Biblioteca está mal instalada, señalando deficiencias y defectos; pero á fuer de leal he de exponer las razones con que el M. I. Sr. D. Martín Llobera, mayordomo del Palacio episcopal, y el mismo bibliotecario señor Rullán, han salido á mi encuentro. Díctenme, y á la vista está, que el local, después de practicadas algunas obras y reformas, resulta más seco de lo que antes parecía, salvo el ángulo N.E. donde una antigua conducción de aguas (ya desaparecida) dejó huellas de su paso; dicenme que la actual instalación ha dado la cuenta que se esperaba; que la polilla no se conoce en el recinto (y no es poca fortuna), y dícenme muchas cosas á las que accedo convencidísimo: pero á quien no es posible convencer es á la misma Biblioteca, que en su crecimiento y florecimiento no cabe en aquella sala. Es que el niño se ha hecho hombre y ha reventado los calzones. Véase, como remiendos, lo que ha tenido que hacerse sólo para la colocación de los libros. A la estantería circular se le dio, en 1903, un segundo cuerpo, con corredor y lujoso herraje en ménsulas y antepecho, obra que costó más de 6.000 pesetas, y en breve resultó insuficiente. Al año siguiente hubo que colocar estanterías centrales, que ahogaron el salón, aunque para atenuar este inconveniente se les dio escasa altura. Las estanterías se llenaron. En 1806 el P. Mir donó una librería, y el Sr. Obispo hizo construir otros dos estantes, con puertas de alambrado; librería y estantes que se llenaron incontinenti. En 1807 se habilitaron ocho armarios corridos, con puertas de madera, procedentes del Archivo, y se instalaron en la salita que da acceso á la Biblioteca. Los estantes se llenaron también. En 1908 se construyeron dos estanterías nuevas, dobles, que se emplazaron sobre las centrales, prescindiendo del ahogo, y doblemente se llenaron las dobles estanterías; y se llenaron otros dos estantes con alambrado en la salita, y como todo se llenaba y aún había montones de libros por colocar, se cedió á la Biblioteca una sala separada para duplicados, en el primer piso, junto al muro del oratorio de San Pablo (llamado vulgarmente Presó d'es capellans) con orden de que se construyera la estantería necesaria... Por esta enumeración bien se ve que no se descuida el centro mencionado, y sospecho que al fin y definitivamente se le atenderá como merece. Mis sospechas tienen fundamento. En 9 de Febrero del último año, 1908, celebróse en el Ayuntamiento de Palma solemne sesión para conmemorar el VII centenario del nacimiento del rey D. Jaime, el Conquistador de Mallorca. En ella el obispo Ilmo. Sr. D. Pedro Juan Campins expuso el deseo de formar un Museo diocesano, y seguidamente, para poder instalarlo, comenzaron las obras en las vetustas y ruinosas casucas de la calle dd Palau, emplazadas en el área del palacio; y estas obras, que recientemente han terminado en la parte de albañilería, están contiguas al salón de la Biblioteca. Los

propósitos que abriga nuestro Prelado no los conozco. Nadie suele conocerlos hasta que, con prudencia, los ha madurado; pero de que no le gusta dejar las cosas al aire ni hacerlas á medias sobradas pruebas existen. Él fué al obispado desde la tertulia literaria de Juan Alcover, y así en sus escritos personales como en los que emanan de su secretaría se revela el atildamiento en lo escrito y el amor á las letras. Ni á él, ni á los que me conocen, han de sonar estas apreciaciones como lisonjas, porque todos saben que, salvando toda clase de respetos, suelo considerarme más que obispo en mis cuartillas, y cuando el caso lo exige no dejo de invocar el título de un famoso sainete: Aquí haze farta un hombre! A la hombrada del P. Mir hay que contestar con otra hombrada, y más que yo lo entiende quien ha de dar la contestación; pero quizás convenga conocer previamente toda la importancia del donativo para que no resulten estériles ó insuficientes los sacrificios que pudieran hacerse para una instalación definitiva, sin mirar á lo porvenir. Asunto es este que no incumbe á quien historia: sólo lo pasado es historia; el porvenir es de los inspirados profetas. Lo cierto es que bajo la superior custodia del Ilmo. Sr. Campins se halla el ya hoy rico tesoro de los libros de la Real y Episcopal Biblioteca, donde queda vinculada una de las notas, y no la menor, de la cultura de su obispado, que Dios prolongue mucho tiempo. Seguro esté de que en todo su rebaño no encontrará súbditos más leales, más agradecidos, más prontos en dar consejo si se les interroga, más callado y sumiso si se les desdeña, que los bienaventurados libros. Hasta por no estorbar consienten estar de canto. Asi le sean todos sus diocesanos. De la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Madrid, 1910.

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