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Julio Nishikawa A.

Novela y Cuentos

Misterios de Ayacucho

Milagro de Quinua (n) M i Amigo el Jorobado Urna Wallpa Sua Porque me Jodia La Muía

jt GUAMANEENSIS
Narrativas Peruanas

Portada: Julio Nishikawa A. Diseño: Juan C. Chirinos Fernández

•Julio Nishikawa A,. 2000 •FUNDACION GUAMANGENS1S Jr.GrauN°179 Ayacucho. DERECHOS RESERVADOS Printed in Ayacucho FUNDACION SUAMANGENSIS Municipalidad de Quinua. Alex Orellana Aylas - Alcalde. Comercial «EL NIÑO». Pollosy Parrilladas «ELNIÑO». Impreso en Gráfica «V & M» Jr. 9 de Diciembre N° 119 Ayacucho - Perú

A ÉL, quien fue mi cómplice en la aventura de escribir este libro.

MILAGRO DE QUINUA

I

A

unque la etapa colonial era ya parte de la historia luego de cinco décadas de instaurada la República, Huamanga, la mentada réplica de Sevilla, seguía cobijando en sus tantas casonas a numerosas familias emparentadas con estirpes de la nobleza hispana; cuyos valores, costumbres y estilo de vida permanecían intocados como en los mejores tiempos del esplendor virreynal: El honor, el buen norpbre y el prestigio estaban por sobre toda consideración, los que habían de mantener y defender, aun, al precio de la vida. En aquel tiempo, un cataclismo de consecuencias devastadoras amenzaba derribar desde sus cimientos a la añeja y honorable familia Valdemarín, descendientes de la realeza por el lado materno. La rama afectada de la dinastía Valdemarín lo representaban Don Alfonso Valdemarín de Valdeolivos, su esposa Doña Elvira Aranda y su única hija Josefina. 9

Josefina, la hermosísima joven de tez rosada, de ojos azules profundos, larga cabellera castaño dorada y caminar gracioso y distinguido, tenía sólo 17 años cuando conoció a Karling. En ese primer encuentro frente a la iglesia de San Agustín: ella, con el natural aire aristocrático y refinado donaire, patrimonio de su origen noble, ingresaba a la plaza mayor acompañada de su ama-criada Juanita, una mujer joven muy dulce y fiel; él, garboso, con su uniforme de oficial, pisada firme de militar triunfador y mirada penetrante, salía de la plaza por la acera de enfrente. Justo, a la altura del templo, los dos, al toparse, paralizados por un subyugante encantamiento, se estremecieron, intuyendo que algo maravilloso e inexplicable les ocurría. Sus corazones mudaron de ritmo y empezaban a galopar por esos mundos de romance y pasión. Al instante los furtivos amantes entablaron un pacto silente para la gran aventura, sellando con el diálogo m á s expresivo de sus miradas la mutua aceptación incondicional y tácita, olvidando la barrera y las leyes de la guerra que los separaba en esos momentos. Huamanga vivía los aciagos días de la vergonzante presencia del invasor chileno por la guerra del 79. Era tal el odio contra el enemigo que los Montoneros, al mando del Mariscal Cáceres, ajusticiaban al huamangino que acogía al intruso; luego, bebían la chicha en el cráneo del traidor y su casa era incendiada.

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Henrry Karling, joven capitán de infantería, chileno, al parecer, de descendencia inglesa, llegó a Huamanga a postrimerías del conflicto, destacado en el regimiento de ocupación. Durante el corto período que permaneció en la ciudad, dedicaba gran parte de su tiempo en cortejar secretamente a la codiciada Josefina, con la recatada licencia de Doña Elvira, quien, en negación a sus principios y sobria conducta, admiraba a Karling por su aspecto de caballero de finos modales y exquisito talento para tratar a las mujeres; y por aquella simulada seriedad para abordar el tema de su amor por Josefina, asegurando que la guerra ya debía acabar, y entonces, él volvería de su patria para llevar al altar a su amada. Del otro lado, tenía el rechazo enérgico de Don Alfonso, de recia personalidad, sólidos principios y orgulloso de su abolengo y prestigio. Don Alfonso, como buen huamanguino, repudiaba a los indeseables intrusos, que osaron mellar con sus odiosas botas a la muy noble ciudad de Huamanga. Nada pudo, después, frenar la fiebre incurable de amor que los envolvería en la vorágine de pasión de la que Josefina saldría marcada con el estigma de la deshonra, la mancilla y el abandono del amante. Doña Elvira descubre que su hija Josefina es víctima de la mayor afrenta que familia tan noble como la suya sería incapaz de sobrevivir sin vengar 11

el oprobio con la pólvora del duelo; sin embargo, esto no ocurrió ni debió ocurrir por la doble gravedad del hecho: La deshonra de una doncella de alcurnia y la traición al pueblo. Las entrañas de Josefina se habían tornado en nido pecaminoso que empezaba a albergar el fruto de aquel fugaz y turbulento romance con Karling. El tiempo corrió vertiginoso lleno de graves acontecimientos, y ahora, parecían destinados a derrumbar a toda una dinastía de chapetones inflados de orgullo y soberbia por la preeminencia social y económica que ostentaban. Ya la guerra había terminado y el regimiento de ocupación abandonó la plaza para marcharse a su país; y con él, se marchó también Karling con juramentos y promesa de pronto retorno. Un tiempo largo transcurrió sin que se tenga noticia de Karling; y finalmente, nunca más se supo de él; excepto, que el tabernero de los portales, un viejo español, amigo de todo el que pisaba su siempre concurrida cantina, escuchó alguna vez a Karling, algo avanzado en tragos, hacer confidencias a otro oficial chileno; le decía que a ñ o r a b a su patria porque extrañaba mucho a su pequeña hija y también a su esposa. Karling era casado y con familia. Josefina fue, para él, sólo el expolio del conquistador que la tomó como tributo que cobra el ganador. Los días y meses que siguieron al abandono del amante, Josefina era la angustia viviente; su 12

tribulación la transformó en la cara opuesta de la más bella mujer, plena de encanto y gracia exquisita, en alguien dominada por un psicotismo complejo que la sumía en un lastimoso estado de zozobra que se hacía crónico. Los meses finales del previsto parto se autorrecluyó en su habitación; ahí, en los altos, al fondo, en el ala derecha de la inmensa casona que tenían en la calle principal de la ciudad, fingiendo padecer un extraño mal. La verdad lo sabían sólo su madre y su ama-criada. Esta q u e r í a de sobremanera a la desventurada Josefina quien se encargaba de cuidarla y atenderla; y ahora, de ocultar todo indicio que revele la causa del encierro. El plazo de la preñez ya tocaba las puertas del siniestro rincón donde la desconsolada gestante purgaba su pecado. Su madre ya tenía previsto el destino que tendría ese fruto que sería sólo el testimonio viviente de la gran vergüenza de los Valdemarín. Doña Elvira, con su consagrado talento para la maquinación, sabía tramar con zorruna sutilidad situaciones artificiosas a gusto y capricho. Hoy tenía ante sí el nuevo reto, el de mayor trascendencia en la historia de la inmaculada familia. Estaba, pues, en juego la estabilidad de un sistema de valores aún vigentes que amenazaban desplomarse desde sus basamentos. Doña Elvira envió por Tomasa, una muy querida y fiel ex-sirvienta de la casa y comadre por 13

el bautizo del primogénito de ésta. Tomasa era hija de una antigua criada de la familia, cuyo padre, un joven de la aristocracia huamanguina, allegado a los Valdemarín, negó rotundamente ser el padre y sostuvo sin inmutarse que ni siquiera había tenido un rozamiento con ella. Esto se explica, porque la gravidez de la madre de Tomasa era producto de las incursiones nocturnas, que al amparo de la sombra, el noble fornicador pasaba al tálamo sólo para aliviar sus arrebatos lúbricos; todo, a expensas de la ingenua sirvienta campesina que se entregaba totalmente a un amante, de cuyo rostro e identidad sólo tenía una sospecha no muy fundamentada. Tomasa era una mujer muy bonita; había heredado el color de la piel, el cabello castaño dorado y los ojos azules de su progenitor. Estaba casada con Benigno Castillo, un campesino mestizo de Murunkancha, p e q u e ñ a comarca con pocos habitantes cercana a la villa de Quinua, a ocho leguas de Huamanga. Por esta época llevaba su último mes de embarazo. La fiel Tomasa, obediente al apremiante llamado de la comadre, viajó a Huamanga al otro día de recibir el mensaje. A su llegada, de inmediato, fue informada en sumo secreto sobre la tragedia que desgarraba a la familia, que por primera vez se asomaba a la casona la siniestra mancha de la afrenta pública. La pobre Tomasa sintió la noticia como si fuera ella a quien habían herido, acudió a 14

su mente la historia de su propia vida, que había mucho en común con la desdicha de su engreída Josefina, que tendría un hijo bastardo como lo era ella. Tomasa se puso de pie y corrió a brazos de su querida n i ñ a para entregarse, ambas, en conmovedor llanto, tan contagiante, que Doña Elvira y Juanita enternecidas con la escena, también rompieron en llanto, y las cuatro mujeres protagonizaban un acto de congoja b a ñ a d o de lágrimas que manaban como sangre de hermandad, no obstante la distancia social que las separaba. (Doña Elvira sabía dar buen trato a la servidumbre, las respetaba y era cariñosa con ellas). Esa misma noche, en aquel mustio y frío aposento, doña Elvira convocó a Tomasa y Juanita para explicarles el plan que había diseñado. Las mujeres, incluyendo Josefina, escuchaban atentas el detallado proyecto, insistiendo que debía ejecutarse con suma precisión; luego, al finalizar el coloquio, la hermética junta enterada del papel que cada miembro debía jugar, en un rito especial creado para la ocasión por Doña Elvira, prometieron y juraron ante el escudo de familia, que nunca y jamás, suceda lo que sucediese, revelarían, ni la trágica historia de Josefina, ni todo lo que a partir de ese momento habría de ocurrir. La autora del silencioso plan indicó que tal vez aparezcan imprevistos en la marcha de los sucesos; pero aseguró que los espíritus de la familia estarán siempre 15

presentes mostrándoles el camino. La dura empresa se había puesto en marcha. La noche siguiente de la secreta conferencia, Doña Elvira, disfrazada con pollera, rebozo y sombrero ahormado al puro estilo de la huamanguina de clase baja, fue, acompañada por Juanita y Tomasa disfrazadas de modo igual, a casa de una comadrona no muy conocida pero se sabía la excelencia de su trabajo, en el barrio de Carmen Alto a cuarto de legua de la ciudad. Doña Elvira habló con la mujer en un perfecto kechua ayacuchano. (Las mejores familias en Huamanga se manejaban en ambas lenguas; y, era una suerte de orgullo de la clase alta, hablar a perfección el idioma ancestral de los Inkas) Se acordó, previo pago de una suma, atender dos partos allí; se acordó también alojar a parturientas y bebés hasta cuando ella lo indique. La comadrona aceptó todas las condiciones muy regocijada por la buena paga de la que recibió parte de lo pactado. Tomasa, a pesar de su voluminoso vientre, casi en vísperas del suceso que los Castillo aguardaban, cumpliendo parte del plan, hizo un viaje rápido a Murunkancha cabalgando en su Martín, hermoso y dócil alazán. Debía hablar con su esposo para tranquilizarlo, e informarle que la comadre la llamó para pedirle acompañar a Josefina, su engreída, quien se hallaba muy enferma; le dijo también que no debía inquietarle el parto, pues, la comadre se encargaría de contratar la mejor partera de la ciudad; 16

y, que retornaría luego de un tiempo, cuando haya nacido el hijo que esperaban anciosos. Durmió esa noche en Murunkancha y al siguiente día muy temprano partió de regreso montada en el alazán. Ya al atardecer, cuando remontaba la última cuesta cerca a la Totorilla, próxima a la ciudad, Tomasa sintió el inconfundible aviso de la primera incada anunciando que la hora había llegado; un temor la asaltó, sintió al instante un vértigo que estuvo a punto de desplomarse del caballo, deteniéndose bruscamente. Una incontenible sensación de impotencia hizo presa de ella, permaneciendo asida fuertemente a la montura, asustada y tensa; luego de un prolongado lapso, pasado el dolor y calmada su angustia, recordó su primer alumbramiento que se extendió toda una noche y parte del siguiente día; esto la tranquilizó y ya repuesta del percance, reanudó el viaje apurando con el fuete sobre el lomo del noble animal, que pareció entender el tormento de su d u e ñ a y galopaba raudo pero suave y equilibrado. No había llegado aún la segunda punzada, cuando se desbordó una copiosa lluvia seguido de truenos; Tomasa se asustó un poco pero siguió adelante azuzando seguido al animal. Faltaba poco para arribar a su destino y ya se divisaba las columnas de humo por sobre los tejados de la ciudad; el sol se había puesto, pero había bastante claridad en la ruta. Cortó camino por la loma baja

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de la urbe, y al galope estaba ingresando por los linderos de Huamanga. Serían como las siete, Tomasa, sosegada y contenta y acosada por otra contracción, llegó a la casona. Ingresó por la puerta de servicio dejando atado a Martín en el poste; luego, d e s p o j á n d o s e del poncho y sombrero mojados, de inmediato, corrió por la escalera posterior a la habitación de Josefina; allí estaban como siempre Doña Elvira y Juanita acompañando a la doliente cautiva, a quien se la veía con el rostro abatido y con sus arrebatos de nerviosa impaciencia que la hacía irritable, que tan sólo su madre y su leal ama-criada podían soportarla. Tomasa irrumpió muy agitada en el recinto y maquinalmente dirigía su insistente mirada hacia Doña Elvira, luego dijo: —¡Mamá, Elvira ... ¡ ¡Ya ... ¡ ¡Ya empezó ... i —¿Sí...? —dijo Doña Elvira, con sorpresa y mezcla de preocupación y contento interpretando claramente el mensaje. —¡Juanitai Avisa al caballerizo que encille los caballos de inmediato. Los dolores habían cambiado de ritmo y venían seguido; el último, pasó hacía unos doce minutos y el otro acababa de llegar. Las tres nerviosas mujeres, disfrazadas con el atuendo previsto, bajaron a la caballeriza, de allí, partieron en cabalgata, lentamente, hacia el portón; luego, al galope corrían calle abajo hasta perderse en el río Alameda; cruzaron el puente arqueado de San Juan Bautista 18

y en pocos minutos más ya estaban ante la puerta de la partera. Era cerca de las ocho de la noche y el tiempo parecía correr más a prisa ante el excitable estado de las furtivas mujeres; Juanita bajó del caballo, corrió muy presto a la puerta y cogió el llamador metálico golpeando enérgicamente contra el promontorio del mismo metal; casi al momento, salió la comadrona y dijo: —¿En qué puedo servirlas, señoras? — la mujer pareció no reconocerlas. —¡Somos nosotras ...¡ Debe atenderla muy rápido, los dolores han comenzado hace dos horas —respondió Doña Elvira en tono impaciente. —¡Oh...¡ ¡Disculpen, señorasi No las había reconocido por la oscuridad —se disculpó la mujer y muy calmada prosiguió—. Por favor, pasen adelante. Las bestias las pueden dejar en el corral, hay chala y un poco de alfalfa. Todo transcurrió a la perfección esa noche de la gran prueba. El parto de Tomasa fue rápido y exitoso esta vez. A eso de las diez, nació una hermosa niña, más parecida a su madre que al progenitor, pero muy menudita. Tomasa gozaba de contento, porque, en verdad, había deseado una mujercita y a h í la tenía, lloronita, pero muy saludable. Doña Elvira y Juanita estaban también igual de contentas por el acontecimiento. Pasada las diez y media, Tomasa sugirió que deberían marcharse ya que ella se sentía bien, sólo 19

algo cansada por el viaje y el parto; insistió que no debía dejarse sola a Josefina por mucho tiempo por algo que pudiese ocurrir y poner en riesgo el plan. Sus acompañantes estuvieron de acuerdo con la decisión y se fueron, prometiendo venir a verla todos los días. Esa misma noche, cuando patrona y sirvienta retornaron a la casona, encuentran a la semanera en la habitación de Josefina lo que puso de sobresalto a Doña' Elvira y Juanita. Corrió por la imaginación de ambas lo peor que pudiese estar sucediendo en el recinto. De inmediato, muy sorprendida, Doña Elvira preguntó a la semanera: ¿Qué haces aquí, mujer? —la ponga muy asustada respondió: —Llamó la niña Josefina por la ventana de atrás —y prosiguió —, pidió agua de manzanilla caliente porque le dolía la barriga, pero hace una hora que no le pasa. —Está bien, hija. Puedes retirarte, anda nomás a descansar —ordenó Doña Elvira. Desaparecida la mujer corrió al lecho de su hija y muy perturbada preguntó: —¿Qué te sucede hija mía...? Explícame. —No sé, madre... han sido dos fuertes dolores cosmo punzadas, aquí —explicó tocándose el bajo vientre. —¡Dios mió ...! —exclamó nerviosa y asustada la madre—. Son los dolores, y es tan tarde. Se ha 20

adelantado. Lo sabía... Dicen que los partos se adelantan cuando hay el fuerte deseo que asppa... Son los espíritus de la familia que están' con nosotros esta noche. —¡Juanita...! Debemos llevarla de inmediato. Que encillen nuevamente los caballos, no olvides las sábanas y la ropa de la niña Josefina y el bebé —ordenó Doña Elvira muy nerviosa. Juanita muy obediente corrió presurosa fuera de la habitación, ordenó preparar los caballos y lo arregló todo con diligencia, luego de brevísimo tiempo, retornó agitada y dijo: —Ya, m a m á Elvira, todo está listo. —¿Está ya Don Alfonso en la alcoba? — preguntó Doña Elvira temiendo que su marido descubra el ajetreo y la ausencia. —No, Mamá —respondió y agregó —. El está llegando tarde del club estas noches. Ahora, dicen que está en la quinta de la Glorieta jugando rocambor con sus amigos; a veces se quedan allí a descansar. —Muy bien... mejor así por esta noche — dijo Doña Elvira y prosiguió—, ahora vamos a la caballeriza. Tú y la niña Josefina montarán en el sevillano, es manso y fuerte. Bordeaba la media noche y todos dormían en la mansión. Doña Elvira y Josefina bajaron por la gradería posterior al patio donde aguardaban los caballos; luego, salieron a la calle por la puerta de servicio. 21

El viaje apenas d u r ó veinte minutos y nuevamente estaban ante la fachada del tétrico nosocomio. Juanita bajó y corrió a la puerta y la golpeó repetidamente con el colgajo metálico. La calle se veía solitaria y sólo se escuchaba por los alrededores un coro de perros ladrando en medio de una noche lóbrega y tensa. No acudía nadie al llamado y habían transcurrido varios largos minutos; esto acrecía la tensión y el nerviosismo de las angustiadas mujeres. Juanita insistía con más golpes contra esa puerta que parecía negarse a abrir. Corría el tiempo y en tanto Josefina había soportado otro embate más en sus entrañas. De pronto, como un aliento de esperanza venido de un milagro, se oyó una voz desde el interior de la casa en tono altisonante y algo enfadada: —¡¡¿Quién es...?¡¡ ¡¡¿Qué quiere...? —¡¡Somos nosotras!i ¡¡Hemos regresado...¡ii ¡¡Ábranos, por favor...¡¡ —contestó Doña Elvira, de inmediato, suplicante y con inusual ansiedad en ella. Se abrió el grueso portón. La comadrona salió acompañada de una mujer joven que traía una vela encendida en la mano. La partera al ver a Josefina apretada a la montura, la cabeza tirada atrás y apoyada por Doña Elvira, pudo percatarse del problema. Dirigiéndose muy tranquila a Doña Elvira, dijo: ¿Debe ser el otro parto, verdad...? 22

—Sí —contestó Doña Elvira y prosiguió—, es primeriza y es muy joven, se ha adelantado, debe atenderla de inmediato, por favor. La mujer joven abrió la puerta de par en par, luego madre e hija ingresaron cabalgando hasta el palo de amarre frente al corredor. Juanita con ayuda de la asistenta desmontaron a Josefina y la condujeron tomada de brazos, lentamente, al interior de una habitación y la recostaron sobre un pequeño camastro en un rincón de la pieza. En aquel modesto mueble padeció la angustiosa espera de verse madre de un hijo bastardo, con sus dolores cíclicos que cada vez eran más intensos. Eran, para ella, como los tormentos de un exorcismo para expulsar el pecado que se había alojado en esa frágil criatura víctima del engaño; pero allí estaban solícitas y atentas su madre y su fiel ama-criada, alentándola y mitigando su expiación. Mientras tanto, Doña Elvira hacía ya sus cálculos ante la nueva situación que era un viento en popa llevándola a buen puerto. El precoz alumbramiento sucedió casi al amanecer sin complicaciones, salvo los dolores y algunas dificultades de primeriza. Había nacido una niña hermosísima, sólo con algunos moretones que la partera explicó: «Es —dijo— por la demora en el proceso, la estrechez del conducto y pequeños problemas de dilatación». Sin embargo, la experimentada matrona aseguró que la niña sería muy sana y con fuerte e impetuoso carácter por su 23

estridente llanto y sus movimientos enérgicos. Todo indicaba que la riesgosa empresa estaba funcionando de maravilla. Doña Elvira confirmaba, una vez más, su sapiencia en el manejo de todo problema que la inmaculada familia afrontó siempre con destreza; y ahora, lo estaba logrando con éxito. A partir de este acontecimiento otro panorama se tenía a la vista. Josefina retornó a la mansión librada del lastre viviente de la deshonra de toda una dinastía del más viejo abolengo, dueños de escudos nobiliarios. Tomasa se había marchado a Murunkancha con sus mellizas y en la casona se había borrado la tensa atmósfera de zozobra vivida los días y meses de gestación de la vergüenza. Así, los Valdemarín evitaron el repudio de su propio círculo aristocrático y del pueblo. Doña Elvira había triunfado a su modo, sorteando la borrasca escandalosa a punto de hacer naufragar la inmácula barca de la gran dinastía; despreciando sin inmutarse valores básicos de respeto a la persona, al derecho de tener un nombre propio negado a un ser exento de culpa. El amor maternal, el perdón y la dignidad humana estaban descartados de su tabla de valores.

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II

E

l tiempo que discurre inexorable, dejando a su paso, apenas huellas, las más de ellas, perdidas en el olvido o en algún rincón inexpugnable de la voluble conciencia, se había encargado de sepultar la triste historia de Lucrecia; esa niña que trajo al mundo Josefina sobre aquel mísero camastro de una comadrona de aldea. Ese tiempo, también, como dimensión invisible y totalitaria que gobierna a escondidas todo acontecer de la vida y las cosas, había transformado el escenario; muchos de sus actores cambiaron de papel, algunos desaparecieron y otros surgían en escena. El devastador terremoto de los noventa, que a una hora de la siesta, sacudió descomunalmente Ayacucho y zonas colindantes, incluyendo Huamanga, la villa de Quinua y sus comarcas, derribó muchísimas casas, muriendo centenares de personas. Los Valdemarín perecieron en su totalidad. 25

En Murunkancha, la postiza familia de Lucrecia — su madre Tomasa, Benigno Castillo y sus hermanos Manuel y Leandra— también murieron; Lucrecia sobrevivió a la hecatombe, que al momento del siniestro se encontraba recogiendo la cebada en la era, una loma extensa a corta distancia de la casahacienda, que quedó en escombros aprisionando a sus ocupantes. En la villa de Quinua quedaron en pie contadas casas, entre ellas, la de Cornelio Carnero, un soltero cuarentón heredero de una fortuna de su padre, un célebre cacique: Gobernador-Juez-Alcalde y tinterillo, todo al mismo tiempo. Lucrecia, esa hija bastarda de Josefina Valdemarín, apenas a los once años, quedó totalmente huérfana con la herencia de una casa derruida, algunos animales y pequeñas parcelas de tierra que eran el sustento de su desaparecida familia; al poco tiempo, ya ni eso tendría. Cornelio Carnero, mañoso como su padre en el arte de fabricar papeles falsos, embargó las propiedades de los Castillo, mostrando supuestos documentos de adeudo firmados por Don Benigno, que rebasaba el valor de todo lo heredado por Lucrecia. Después del despiadado despojo, Cornelio Carnero, con interesada compasión, acogió a la huérfana con la etiqueta de protector. Eso sí, cuidó bien de la bella niña y hasta contrató una preceptora que se encargó de su educación; el solícito protector, sin mucho 26

disfraz dejaba entrever una mezcla encontrada de intenciones, deseos y sentimientos de posesión sobre la codiciada muchachita, a quien por ser tan bonita se disputaron muchas familias para tenerla como hija. Cornelio montó una suerte de servicio de control enfermizo sobre Lucrecia, fuera y dentro de la casa, siendo más severo a medida que pasaban los años, que cada vez era patente su extraordinaria belleza, extraño producto de lo inglés y lo hispano; ya que Lucrecia debió ser Lucrecia Karling Valdemarín de Valdeolivos, y no, Lucrecia Castillo. Olín, un lacayo de Cornelio, hombre de unos treinta años, espiaba todo movimiento de Lucrecia en la calle y en la escuela; Mirsa, la mujer de su ayudante, era los ojos y oídos del astuto Cornelio, quien le tenía informado sobre todo acontecer en el pueblo, en especial, lo tocante a su protegida. El control era tan estricto y conocido por todos, que nadie se atrevía a acercársele ni dirigirle palabra por miedo a ser castigado por el temido Don Cornelio, quien manejaba armas sutiles para destruir cualquier enemigo que osara enfrentarlo. Cuando Lucrecia, que para esta parte de la histori a, frisaba los 17, ya había desarrollado a plenitud su innata inteligencia y tenía una clara visión de cuanto ocurría a su alrededor; sabía también con certeza la intensión de su protector, por lo mismo de no permitir que ningún hombre se acercase a ella, menos con galanteos o propósitos amatorios. 27

Sin embargo, Lucrecia nunca supo el verdadero origen de su existencia; pero presentía que algún misterio encerraba su vida. Ese vago presentimiento que la acosaba con insistencia parecía brotar de lo profundo de sus ancestrales genes; el que, desde muy dentro, quería recordarle quien era, tal vez un Valdemarín, o un Karling, o un Aranda, o quizá, alguno de sus tantos ascendientes nobles. La corazonada surgía últimamente acompañada de imágenes vivas, al principio absurdas, como verse a sí misma habitando un fastuoso y lejano palacio; otras, como la gobernante poderosa rodeada de vasallos; y con persistencia, como la dueña de todo cuanto pudiese existir sobre la tierra. Más adelante, esas imágenes y otras de grandeza y poder, estaban engendrando en ella una escondida y poderosa energía, que fluía como un incontenible mandato que la impulsaba a hacer realidad toda esa fantasía. Todo cuanto hacía o acontecía, cualquier hecho o situación, el m í n i m o detalle, eran celosamente canalizados en función de ese fantasioso mundo que venía construyendo; su corazón latía un nuevo compás que la hacía audaz y dinámica, invulnerable, irresistible ante los demás. Irradiaba extraordinaria belleza y absoluta seguridad de si misma. Era la simbiosis de lo mágico y lo real, inarrancable, auténtica la nueva personalidad de Lucrecia. La nueva Lucrecia iniciaba así la gran marcha a la conquista de su fantasía, al costo de 28

cualquier precio y por sobre toda consideración ética o moral. Cornelio Carnero, personaje clave del proyecto de Lucrecia, regordete, empedernido y contumaz donjuán, amigo de la bebida y el guitarreo alegre, sentaba cabeza, recién, a sus cincuentitantos; ahora, su intención ya evidente de posesión sobre Lucrecia era inocultable, era también innegable su decisión de unir su vida a la de ella, la amaba a su manera; a la manera de un disipado amor otoñal, de un amante dispuesto a darlo todo sin esperar a cambio mucho o nada; de un amante que sólo conoció de enamoramientos fugaces y carnales; siendo, hoy, nuevo y distante lo que tenía ante sí; y de lo que él no dudaba en decir que Lucrecia era su único gran amor. Cornelio siempre guardó profundo respeto por Lucrecia como mujer, pero la esclavizaba como persona, coactando su precioso derecho a moverse libremente, teniendo siempre a alguien espiándola por todo lado. Sin embargo, a Lucrecia le tenía sin cuidado las maquinaciones que empleaba Cornelio para controlarla; para ella, todo eso, no era más que un indicio para traducir cuan elemental y vulnerable era aquel temido Don Cornelio; empeñado en cuidar grotescamente a la mujer de sus sueños, lo que por mérito propio le era inalcanzable. Le angustiaba la sola idea de perderla en brazos de algún mozalbete; y desde la perspectiva de Lucrecia, ella, nunca más formaría 29

parte de los planes de Cornelio; ya, más bien, éste era el ingrediente importante de su gran proyecto. Hasta aquí, nada hacía suponer que ni Cornelio ni Lucrecia estarían dispuestos, por sí mismos, a renunciar a sus intenciones de comprometerse seriamente; claro está, con propósitos distintos, tan alejados y opuestos. Cornelio deseaba con vehemencia tenerla por esposa y para siempre; para Lucrecia era sólo el umbral que tenía ante sí para ingresar por la puerta grande a ese mundo de tabulación que venía imaginando, obediente al mandato de sus presentimientos que se habían hecho energía vital. Pues, ocurrió lo que se venía cantando a todos los vientos, pero algo antes de lo esperado; Cornelio pidió formalmente en matrimonio a Lucrecia. Intuyendo que la respuesta sería afirmativa, el donjuán en retirada planteó su decisión con absoluta seriedad, no usual en él, porque el consumado guitarrero todo lo asumía muy deportivamente aun los asuntos transcendentes; ahora, su actitud reflejaba la culminación de su madurez emocional ganada por la presencia de Lucrecia en su vida, quien lo modificó en un hombre serio con personalidad estable y altamente confiable; en un Cornelio más espiritual, bondadoso y muy sereno; y, de hecho, en un varón, ahora muy apto, para el serio papel de esposo y padre responsable. Lucrecia, hábil en el arte de subyugar con su encanto e inteligencia, 30

recibió la oferta esforzándose poco para aparentar intensa felicidad; aceptó el pedido como se acepta un regalo que se sabe de antemano vendría. Este fue el día de indecible felicidad para Cornelio que colmaba su acariciado sueño de compartir su vida con una mujer especial, diferente a todas las que había conocido: bella, madura, no obstante su corta edad. Para Lucrecia, marcaba el punto de partida en la carrera hacia su fantasía. La boda fue la más pomposa y alborotada que se recuerda en la villa. Lo hicieron, el civil, en el Cabildo; al siguiente día, el católico, vestida con un bellísimo traje de novia, en la iglesia matriz que se alza al lado norte de la plaza. La fiesta duró más de una semana, donde los invitados, muchísimos, disfrutaban en grande: bebidas, lo mejor y abundante; potajes, los más variados y muy finos; amenizaban dos famosas bandas de músicos llevados de Huamanga, las que se disputaban la primacía, en tanto, cuál lograba mayor perfección o cuál era capaz de generar más entusiasmo y euforia para el baile. La señora Lucrecia de Carnero asumió, a poco tiempo del matrimonio, todo el control, no sólo del manejo de cuentas y negocios y bienes de Cornelio, sino también del propio Cornelio. Lucrecia con su extraordinaria belleza y natural encanto transformó al donjuanesco Cornelio en sumiso amante, perdido, ahora, en las faldas de una sola mujer, cuya guitarra 31

y canto no eran más que para exaltar a su amada esposa. Todo había sido felicidad para él y ya nada podía igualar su alcanzada gloria. No obstante, los tiempos corrieron con muchos cambios y realizaciones. Habían llegado también las dos hijas del matrimonio; y Lucrecia proseguía su carrera en ascenso, construyendo, ya en tierra firme, su obstinado mundo de grandeza. Sin embargo, los tiempos de Cornelio se habían vencido. Este, que no abandonó su vieja costumbre de la bebida en exceso y más acentuadamente a su avanzada edad, fue la causa que lo llevó a cancelar con su vida por aquel hígado suyo que se negó a funcionar. El alcohol lo había paralizado. «Muerte por cirrosis», certificó el parte médico, allá, en el Hospital San Juan de Dios, donde lo llevaron cuando ya nada se pudo hacer para liberarlo de la muerte. Lucía de 15, la hija menor, fue quien sufrió más por ser la engreída. Inés de 17, lloró también la desaparición de un padre entusiasta y alegre y tan cariñoso con ellas. Para Lucrecia, significó el fin de una etapa de importantes logros. A partir de este punto, vendría la consolidación de un absolutismo, librado a la sola voluntad de una mujer capaz de obtener sus más caprichosos deseos.

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ti

III

A

poco tiempo de la desaparición de Cornelio, un distinto panorama se dibujaba en el escenario de la demencial carrera emprendida por la ambiciosa Lucrecia; y, todo lo confirmaba que los presentimientos aquellos, las imágenes vivas y los impulsos irrefrenables habían funcionado, cumpliéndose con increíble realismo eso que parecía sólo un sueño, una fantasía. Lucrecia era, hoy, dueña del pequeño imperio creado por Cornelio más lo que ella lo acrecentó con su excepcional empuje para explotar. Todo eso era de ella: Tierras, muchísimas casas, manadas de equinos y ganado de toda especie, abundante dinero en monedas de plata y oro; numerosos hombres y mujeres a su servicio que parecían de propiedad suya por la forma esclavizante como los hacía trabajar. La insaciable Lucrecia sedienta de más
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riqueza instaló un almacén de ventas, ofreciendo todo lo que la gente pudiese comprar: alimentos, ropa, herramientas de labranza, utensilios de casa, hasta vitrolas, máquinas de coser y otras tantísimas cosas. Fundó también una casa de préstamos otorgando dinero con altos intereses, previa entrega prendaria, estipulando plazos rígidos, cumplidos los cuales, aquellas quedaban en propiedad de la usurera Lucrecia. Las autoridades locales: el Gobernador, el Juez de Paz, los Barayoq -autoridades indígenas de origen inkario- y hasta el cura que ocacionalmente visitaba la villa, estaban al servicio de la poderosa Lucrecia, a quienes ofrecía dádivas para tenerlos bajo su control y presionarlos a fallar, en todo, siempre a su favor. Lucrecia tenía avasallada a toda una masa de gentes; aun los llamados notables, que antes de irrumpir Lucrecia, era la clase dominante, los que fueron desplazados a la mera categoría de piezas en el intrincado juego, que la temible y misteriosa Lucrecia inventó, oyendo el designio de su imaginada consigna. Lucrecia y su imperio eran el centro de gravitación; en torno a ellos se movía todo en la villa. Era como aquella «ciudad estado» que un filósofo de la antigüedad concibiera; donde el más sabio debiera gobernar, ser tan independiente, crear su propia dinastía y poseer sus respectivos esclavos y lacayos; cuidando de éstos, sólo en tanto, sirvan a la causa de ese imperio 34

totalitario. Todos en la villa sentían resquemor, envidia y admiración por Lucrecia; la gente tenía la imperiosa necesidad de acercársele, atraídos por un incontenible magnetismo del que ninguno tenía la opción de substraerse; era una relación umbilical, cortarla significaba quedarse en vacío. Todo lo era el malévolo sistema de un modelo esclavista que la sola alternativa era la sumisión al castigo. Lucrecia había alcanzado la cima de sus sueños, yendo más allá de sus imágenes vivas de opulencia. Todo, sacrificando y explotando sin piedad a la noble y milenaria comunidad, que recién salía de su despreocupado estadio bucólico, pleno de encantos puros; de gentes sencillas que tenían como exigencia diaria trabajar la tierra para el sustento, el que era ingrediente incambiable de su felicidad. De gentes devotas que se sentían divinas rogando a su Dios frente al crucifijo clavado en la cabecera de sus humildes camastros y gozando de suprema gloria festejando a su Virgen de Cocharcas cada setiembre. De gentes con una vida interior llena de virtudes y pasión por lo transcendente; herederos universales del paradigma de la libertad como valor supremo, patentizado allí, sobre su gloriosa pampa, donde el invasor tricentenario se rinde para liberar a la América hispanizada, derrumbando para siempre la vigencia de un colonialismo asfixiante y humillador; y, de gentes dueñas de historias y leyendas fascinantes y aleccionadoras que guían y alimentan su moral, su ética, su vida. 35

é

i

Lucrecia avasalló a toda esa gente sin miramientos, degradándolas a la categoría de objetos, cuyas voluntades y esfuerzos podían comprarse como saldos indeseables, y a sólo la primera oferta establecido por un régimen monopólico inapelable, guiada, sin dudar, por un demonio vengativo que anidaba en ella, vomitando ponzoña sobre todo aquel que se le acercara; era la despiadada vendeta, ciega y obstinada alojada en ella que venía de un presentido agravio, allá en el origen de su acallada historia. Sin embargo, alguna y otra vez, como atisbo de luz tenue que asomaba en sus noches solitarias, en el silencioso y oscuro torbellino de su confusa conciencia, tentaba recapacitaciones sobre sus actos; así empezaba a recordar vagamente la otra cara de la medalla, que había sido cubierta tan sólo como se tapa el sol con los dedos; allí, estaba inocultable, llamativa, esa cara que empezaba a decirle a la inconmovible Lucrecia: «Ya, basta... ¡Detente...i» Era la cara buena. Allí estaba grabada el bien, el amor, la caridad , Dios y otros valores y virtudes. Lucrecia intentaba recordarlos, reasimilarlos; pero, era sólo eso: intento y deseo vano; ahí se estancaba como charco infectado de avaricia, soberbia, fiebre de poder, la cara negra de la medalla. La colosal y deslumbrante montaña de cristal tachonado de espejismos engañosos, fabricada por Lucrecia, estaba resquebrajándose por sus aristas más sensibles. La débil y borrosa cara buena, incándole 36

incesante como dolor de parto pugnando por salir a luz; ese lado fastidioso de su conciencia buena, clamando irrumpir, se dejaba sentir como llaga escondida que empezaba también a doler; y esa luz del Espíritu Santo que inundó su alma con el bautismo y el sacramento de su boda, hacía sentir su vibración en aquella pobre mujer que empezaba a sentir su temor a Dios que lo había descartado de su vida: era el alma total de Lucrecia que había perdido equilibrio y buscaba su balance. El alma de Lucrecia, el alma de todos, aquí, en estas partes del mundo, no es el «alma bella» de Plotino o la «nueva Eloisa» de Rosseau, que son almas «en sí» que vuelven a sí mismas como expresión de origen puramente místico; tampoco es la evocación de Platón a su «belleza del alma» que refiere a la belleza superior o a la belleza corporal; tampoco es el «alma bella» de Schiller que es a la vez virtuosa y graciosa, sensible y espontánea. El alma, aquí, no es especulación ni concepción mentalista de una abstracción filosófica. El alma en estos parajes profundos es una entidad dual; es un «ser ahí», es un ser fenoménico y a la vez etéreo, traducido en energía sensitiva, viviente y eterna; con capacidad de ubicuidad acorde al estado del recinto corpóreo o etéreo donde le toque morar. El alma es pertenencia inalienable; es un «alma de», un alma con nombre propio desde que nace la persona hasta más allá de la contingencia de la muerte. El alma 37

gobierna y dinamiza la totalidad de la vida del hombre y tiene la virtualidad de corromperse y corromper el recinto que la habita; pero también tiene la potencialidad de regenerarse, sólo y en tanto, abandone la causa de su perdición. El alma, al morir la persona, se desplaza por la sustancia etérea, con un halo perceptible sólo en condiciones especiales, configurando los moldes originales de su morada anterior; y viaja a la eternidad a rendir cuentas a su hacedor, donde será aceptada o rechazada; si es negada, vuelve y vaga por el mundo atravesando montes y valles, ríos y mares; cae con las aguas de las lluvias torturada por rayos y truenos. En las breves pausas de su tortuoso viaje de expiación, tienta las puertas de las gentes, o a veces, se aparece ante ellas para recordarles que oren por ella.

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IV
a soberana de aquel imperio asfixiante, egoísta y esclavizador estaba ad-portas de ser destronada; estaba siendo asolada por el antagónico conflicto entre su insaciable sueño de opulencia y poder, y la oculta parte buena de su alma que taladraba la dura roca de ese insensible corazón. El conflicto se debatía en batalla incierta, con derrotas y triunfos de uno y otro lado; pero no había una clara muestra de un triunfador. Lucrecia se movía ahora oscilante, turbada por la insistente presencia de la incontenible tromba de reproches que venía de su desequilibrada conciencia, de su alma infectada. Sentía que la poderosa fuerza que la animaba perdía vigencia; su indomable personalidad estaba siendo domeñada por el fuerte asedio de la cara buena; pero ella, aferrada con las garras de la perversidad a su mal habido imperio, se mantenía como barco fantasma a la deriva en 39

L

noche de tormenta, batida por alas gigantes soplando vientos de un espíritu vengador. Sin embargo, el desenlace de la contienda estaba muy cerca. Empezó una noche con un dolor de cabeza como otros muchos, los que siempre se aliviaban con un calmante común; pero esta vez no fue suficiente una pildora, ni dos, ni las tantas que ingirió toda la noche. El dolor era intenso, insostenible, y sin alivio alguno, por lo contrario, cada vez se hacía más severo e insufrible. Esa noche, a una hora avanzada, se escuchó un espantoso grito que despertó a los que dormían en las habitaciones cercanas. Inés, la hija que admiraba a su madre, quien llevaba las cuentas de los negocios, y Lucía, que amaba a su madre pero no compartía con los actos de su progenitora, salieron al corredor; también estaban allí la ama de llaves y la ayudante de Lucrecia. Las sorprendidas mujeres se preguntaban por la procedencia del desgarrador grito que no se repitió; de pronto, cuando se retiraban para seguir descansando, se volvió a escuchar el bramido, aún más intenso que el anterior, que provino de la alcoba de Lucrecia; de súbito, corrieron al lugar. Inés tuvo que forzar la puerta porque estaba trancada fuertemente por dentro. Allí estaba Lucrecia envuelta en su elegante bata azul de terciopelo tendida sobre la cama, pálida y jadeante, apretándose la cabeza con las manos. Al sentir la presencia de sus hijas y las empleadas trató de imponerse aparente calma, 40

pero eso no duró más de pocos segundos; era tal su dolor en ese instante que abruptamente profirió un ¡iiAy...ü¡ tan dramático y conmovedor que parecía el tronar de u n volcán eructando fuego desde su candente entraña; las dos hijas corrieron conmocionadas a cada lado del amplio lecho y pusieron sus manos sobre su demudado rostro y acongojadas le preguntaban con voz entrecortada y llorosa: —¡Madre mía...¡ ¿qué te duele...? ¿qué está pasando contigo...? —preguntó Inés con angustia. Lucrecia no respondía. Luego Lucía insistió: —¡Dios mío ...¡ ¡Tú nunca has sufrido por nada... i ¿Qué te ocurre madre...? ¡Habla, por favor... i —Lucrecia, enmudecida, trataba de esconder el rostro con sus temblorosas manos, apretando los labios para evitar la eclosión de otro grito que pugnaba por estallar. Inés y Lucía intentaron incorporarla para darle de beber agua y un sedante, pero fue imposible sentarla; su cuerpo estaba rígido como una sola pieza, sólo podía mover las manos y los brazos, las piernas y la columna estaban como congeladas formando un ligero arco inflexible. Esa noche negra de Lucrecia transcurrió entre aterradores bramidos de dolor y el inútil llanto de las hijas que nada podían p a r a a l i v i a r el t o r m e n t o de la o m n i p o t e n t e soberana, que se debatía en espantosa tortura nunca antes, siquiera, soñada. 41

Ya los gallos habían cantado esa madrugada y rompía el alba de un día de sufrimientos para Lucrecia. Muy temprano, mandaron traer a los curanderos y curanderas del pueblo, y enviaron a Huamanga por el mejor médico. La paciente fue sometida a variados exámenes y tratamientos por médicos y curanderos, pero ninguno de los intentos terapéuticos logró aliviar el extraño dolor tan intenso; tampoco pudieron establecer la causa de la parálisis que la inmovilizaba. Era, en definitivo, un raro mal no identificable por ninguno de los especialistas. La más reconocida de las curanderas sugirió que el mal pudiera ser un «daño», un maleficio; por lo que deberían hacer venir a los brujos y adivinos para romper el hechizo que alguien mandó hacer. Así lo hicieron. El primer especialista, previa concentración mental, con los ojos cerrados, tomó un p u ñ a d o de coca que extrajo de una pequeña talega negra y la e s p a r c i ó ceremoniosamente sobre una prenda íntima de Lucrecia; el vidente se esforzaba por encontrar, en el intrincado desorden de las hojas superpuestas, algo que le indicara un maleficio; pero él no encontraba nada parecido a eso; veía, sí, una suerte de batalla entre dos bandos: víboras, arañas gigantes, alacranes y sapos descomunales; y por la otra parte, bandadas de hermosas palomas blancas apartante» con picos y alas a los odiosos y peligrosos animales. El segundo especialista, luego de pasar 42

un huevo por todo el cuerpo de la paciente, lo rompió y dejó caer su contenido en un vaso de cristal, a medio llenar, con agua traída del río. El «runtuqawaq» no hallaba señal alguna de hechizo; sólo veía en la plasticidad de formas flotantes, un profundo abismo en cuyo fondo se debatía Lucrecia por emerger a la superficie, siendo difícil, imposible, lograr el intento. Ese esfuerzo inútil y penoso sería lo que le producía el intenso dolor, según el vidente. El último de los chamanes, cogió el cuy, un cobayo indio de color negro y dio curso a la ceremonia de la «qaqopa»: inició desnudando totalmente el esbelto cuerpo de la bellísima Lucrecia; luego, procedió a sobar con el animal vivo toda su anatomía por un tiempo prolongado, acompañando el acto con palabras cabalísticas, las que según el rito, transmiten al cuerpo del bicho imágenes a modo de placas fotográficas, revelando con certeza lo bueno o lo malo que pudiera tener la persona. Finalmente, abrió el cuerpo del cobayo con un perfecto corte vertical dejando a la vista sus órganos vitales; y, con pasmosa frialdad examinaba las piezas aún vivas y en movimiento. El «qaqopaq», tan seguro de sus percepciones, declaró escuetamente que no había la mínima marca de maleficio brujesco. Sin embargo, vio claramente en la sustancia acuosa a muchísimos seres humanos de clases distintas aprisionados por numerosos brazos que brotaban del cuerpo de Lucrecia; y los seres humanos 43

pugnando en masa por quebrar los dedos de esa maraña de manos. Brujos y adivinos en consejo de familia, en habitación aparte, afirmaron en consenso que no había daño de procedencia hechicera. Coincidieron también en confirmar que el misterioso poder que castigaba a Lucrecia era para ellos imposible de contrarrestar; era tan desconocido que necesariamente venía de un mundo aparte, a cuyo dominio no tenían acceso y nada podían intentar. Mientras tanto, Lucrecia, en las breves pausas del suplicio, permanecía inmóvil, con la mirada tensa perdida en un infinito sombrío y en batalla muda consigo misma, sólo especulando alternativas de vida o muerte; su genialidad paralizada no le daba ahora opción para hacer decisiones; su lastimoso estado le decía cuan vulnerable y efímero había sido su enajenado delirio de opulencia que hoy no le servía de nada. Su cuerpo estaba roto y su espíritu en completa quiebra, ya nada podía tentar para sacudirse del castigo que nunca sospechó ni estuvo dentro de sus cálculos. Los golpes seguían llegando uno tras otro. Cada día el dolor iba ocupando más espacios de su maltrecho cuerpo; llegó a los hombros como un minúsculo rayo electrizante que lo paralizaba más y bajaba por los brazos dejándolos retorcidos como ramas toscas de un mal formado arbusto; al otro día, hizo impacto en las piernas, tornándolas en 44

remedo de trozos de leño deforme. Los últimos días, la lengua se le descolgó tan descomunalmente, sobresaliendo de la boca como un grotesco apéndice que hería el corazón de los que la asistían, en especial, de sus hijas, que la miraban transidas de dolor, sin entender la espantosa metamorfosis de una bella mujer transmutándose en u n monstruo. Todos rogaban que acabase el dantesco episodio; y, que la m u e r t e llegara antes que continúe m o s t r á n d o l e s m á s c u a d r o s de h o r r o r , t a n despiadados, con aquella mujer, que hubiese preferido la guillotina del cadalso a cambio de aquella lacerante f o r m a de morir, convertida en un g u i ñ a p o sin a l m a , de p u r a carne d e f o r m e y abominable, sólo profiriendo gruñidos como un animal salvaje herido de muerte. Aquel último martes de agosto, días antes de plenilunio, casi al llegar la media noche, Lucrecia, finalmente, había dejado escapar su, también, atormentada alma que partía de viaje a la eternidad. Lucrecia había muerto dejando una paz doliente en su minúscula familia. Pasada la m e d i a n o c h e de ese m a r t e s , sorpresivamente, la villa de Quinua fue batida por un rápido y estruendoso viento huracanado, con tal ímpetu que desprendió numerosos techos metálicos elevándolos al aire como papelillos de seda. Los moradores del área se levantaron espantados por el insólito fenómeno y salieron a las calles; la 45

plaza se abarrotó de gente. Allí, pasado el susto, menudearon los comentarios con interpretaciones variadas sobre el suceso. Recibieron, también, la noticia de la muerte de Lucrecia, que se diseminó c o m o r e g u e r o de pólvora. T o d o s , entonces, asociaron el hecho con aquella muerte: «Es el alma de Lucrecia», decían, como una consigna aprendida de memoria. «No la quieren ni en el purgatorio por eso ha vuelto», decían otros. «Las almas malas se v a n c o n h u r a c a n e s » , decía u n a a n c i a n a , p e r s i g n á n d o s e . Y así, se p r o l o n g a r o n las escoliaciones, todas vinculadas con Lucrecia y su muerte. Bien avanzada la hora se retiraban para seguir descansando; algunos, por la costumbre pasaron a casa de la difunta a presentar su pésame y acompañar el velorio; aunque, al fin, nadie lo hacía con la mejor intención, considerando los graves antecedentes de la extinta, quién sólo fue causa de penurias y desdichas de las gentes. El funeral no tuvo las exequias que debía esperarse de alguien tan poderosa y dueña de tanta r i q u e z a ; n i h u b o el s a c e r d o t e que d i j e r a el R e q u i e s c a t in p a c e , tampoco hubo la plañidera capaz de llorar en el desolado entierro, que se hizo muy al atardecer del miércoles. Escasamente llegaron al cementerio Inés y Lucía, los empleados y sirvientes y algunos humildes moradores de la villa, que por ser tan pobres, no alcanzaron ser víctimas directas de la desaparecida Lucrecia. 46

El dolor lacerante de un pueblo por el régimen indolente de una mujer de la más implacable soberbia parecía, aparentemente, haber tocado su fin; pero quedaba por restañar heridas profundas que dolían el cuerpo y el alma de la golpeada y maltrecha comunidad. Se sentía, sin embargo, un vacío purificante que emanaba de todo cuanto era visible. El ambiente lucía aires de renovada dimensión. La vegetación, con su apacible verdor, sugeriendo esperanza y calma; los animales vivaces y juguetones trotando libres en campo abierto y las diáfanas aguas de las acequias corriendo serviciales a mojar la tierra; y ese manto azulado del cielo cubriendo el primoroso paisaje, disputándole el pincel al más consagrado pintor. Todo empezaba a recobrar su encanto natural borrado por el malhadado imperio. Las gentes experimentaban la confortable sensación de liberación de una culpa no cometida; era el indulto que venía de un milagro que los excarcelaba de una prisión impuesta sin proceso ni causa. La muerte de Lucrecia era la misma justicia, el fallo a una contienda que le devolvía a un pueblo el derecho a decidir su destino que estuvo librado al capricho de una emperatriz del mal.

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V
ahora, la conciencia colectiva de la privilegiada comunidad, con su aguda p e r c e p c i ó n , empezaba a sentir una extraña vibración que provenía de algún confín lindante con un más allá que los mantenía en expectante alerta. Pareciera, ahora, que una inteligencia cósmica les enviaba mensajes en un código que intuían descifrar. Se presentía que Quinua sería escenario de algún hecho excepcional, el que se venía presagiando sostenidamente en la íntima sensación de cada habitante de la villa, pero sin sospechar su exacta dimensión. Era el segundo día de plenilunio de aquel martes de un setiembre de estío, a ocho días de la muerte de quien había trastornado la comuna. Ya las lluvias se habían marchado meses atrás y sólo aparecen muy leves en cambios de luna. Los días 49

Y

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en estos meses de la Virgen lucen siempre soleadas y clarísimas con una y otra nubecilla calcando figuras caprichosas, que juguetean acosadas por los vientos que soplan del otro lado de la montaña. Sus noches son dramáticamente silenciosas, custodiadas por relucientes estrellas, charlando entre ellas con sus incansables parpadeos; se las ve contentas llamándonos con sus coquetos guiños incitándonos a acercárceles a su misteriosa lejanía. La nitidez de su cielo con sus tres marías, sus osas, sus escorpiones y sus tantas formaciones astrales, nos hacen sentir vecinos de esa maraña galáctica, con sus estrellas fugaces trazando coordenadas cual estelas guía señalándonos rutas para irrumpir en sus dominios. Aquel martes, el sol, como siempre radiante, apareció muy temprano por un extremo del Kondorkunka, pintando el lindo paisaje en sus originales formas y colorido; el cielo lucía pulcro, animado por copos de nube, haciendo giros al ritmo de los suaves vientos del amanecer. Ese día se reunían en el Cabildo, al lado oeste de la plaza, las autoridades locales, hermandades, algunos vecinos notables y el Mayordomo que tenía a cargo la fiesta patronal para ese año. Allí estaban el Alcalde y sus alguaciles, el Gobernador, los Barayoq, el Juez de Paz y el Sacristán encargado de la custodia del templo. El Mayordomo Tinoco era el contento en persona por el entusiasta apoyo que recibía de los asistentes 50

a la alborotada asamblea. Todos pronosticaban que la fiesta, ese año, sería la mejor de los últimos tiempos, pese a las desventuras a causa de la desaparecida Lucrecia. Ya al atardecer, casi al ponerse el sol, retornaba la gente de los campos tras los animales con destino a sus corrales; una de las rezagadas era Mama María, esposa del Mayordomo Tinoco, quienes moraban frente a la casa de la difunta Lucrecia; Mama María venia acompañada de su hijo Pedrucha, de doce años, arreando algunas acémilas, varias ovejas y unas cuantas cabras; ella llevaba un kipe de leña atada a la espalda; Pedrucha corría de lado a lado reventando su waraka, apurando a los animales que se distraían con la yerba que encontraban en el camino. El sol se había puesto y una tensa calma flotaba en el ambiente. La caravana estaba recién por ingresar a la plaza, para luego cruzarla y llegar a la esquina opuesta y tomar la calle principal. Mama María comandaba la marcha tirando una soga atada al bozal de una yegua algo chúcara. Al arribar a la plaza, el animal se detuvo bruscamente, Mama María jalaba con furia a la potra, pero la bestia se negaba a dar un paso adelante. Pedrucha que venía en retaguardia, hacía supremo esfuerzo con la waraka, castigando- tenazmente a los animales para que avancen, pero la porfía era inservible, de ningún modo querían penetrar en esa plaza. Había

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transcurrido buen tiempo en la pugna y ya la villa se teñía de penumbra. La mujer y el niño estaban por agotar la precaria energía que les restaba. Pedrucha, jadeante, con los brazos caídos y el inútil látigo colgado por sobre el hombro, exhausto, tras los animales, gritó dos preguntas casi al borde del llanto: —¡Mamay...¡ ¿Qué está pasando...? ¿Qué está sucediendo con nuestros animales...? — ¡ N o sé, m i W a w a y . J —contestó la madre angustiada e impotente, sin tener una explicación de lo que acontecía. —¡Nunca ha pasado esto...i ¿Qué vamos a hacer ahora Mamay...? —preguntó nuevamente Pedrucha. — ¡ N o sé...¡ —volvió a contestar turbada y acongojada sin atinar otra respuesta por lo insólito del fenómeno. Mientras todavía pugnaban en la ociosa brega, m u y de pronto, como por arte de magia, el cielo se cubría de nubes que iban tornándose cada vez más oscuras, a b a r c a n d o aprisa más espacios d e l firmamento, lo que hacía presagiar u n a tormenta totalmente inusual para la época del año. U n buen hombre, de cierta edad, que moraba en aquella esquina, al ver el sufrimiento de la mujer y el niño, bajó a socorrerlos; el buen hombre luego de vana y afanosa lucha, tuvo que abandonar el intento de

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doblegar a las bestias, que no cedieron un ápice del lugar donde se trancaron terminantemente. La lobreguez de una noche de tormenta era ostensible. De pronto, estalló la primera descarga seguida de la centella que iluminó la villa. Los asustados animales apenas podían sostenerse en sus temblorosas patas sólo queriendo huir de esa plaza, donde era evidente la presencia de un poder invisible, vedado a la percepción humana, pero tan patente en los animales que parecían atrapados por manos invisibles. La repentina alteración del tiempo llamó fuertemente la atención de la gente; lo que sugería variadas especulaciones, sin descartar una catástrofe o algún suceso de magnitud impredecible. La situación se venía agravando a medida que corrían los minutos: rayos explotando, a ratos, seguido de deslumbrantes relampagueos, truenos retumbantes como enormes piedras rodando desbocadas sobre un inmenso tambor tendido sobre las negras y cambiantes nubes; dos enloquecidos vientos se trenzaban allá en las alturas del Kondorkunka, formando un turbulento remolino que descendía zigzagueante por sus laderas en dirección al poblado. La apacible calma de una noche de setiembre estaba tornándose en extraño escenario. La naturaleza estaba convulsionada, igual ocurría con las gentes que corrían de un punto a otro, intuyendo que algo inusual ocurriría esa noche.

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Los vecinos salían y entraban a sus casas reiteradamente indagando cualquier novedad en la calle; luego, se encerraban en su interior muy presto, buscando protección de ese algo extraño que los inquietaba. El remolino d e s c e n d í a como un hongo descomunal, contorneándose fieramente, haciendo crujir alisos y eucaliptos, elevando al aire los techos de ichu, tumbando indolente humildes chocitas de descanso; al pasar sobre la lagunilla artificial al pie de la pampa desbordó sus aguas; por fortuna su paso fue rápido, lo que habría producido grave inundación, arrasando las casitas enclavadas a cada lado de la quebrada baja. Los tres cautivos de la esquina seguían atrapados, estáticos y desorientados, ya sin pretender nada porque todo lo ensayado fue totalmente baldío contra la tozudez de las bestias que no cedían una pizca para ningún lado, menos hacia adelante. En el otro ángulo de la plaza se veía una ventana que se abría y cerraba a ratos, de cuyo interior asomaba una mujer. La reunión del Cabildo proseguía a puerta cerrada y nadie transitaba por las calles. La plaza estaba desolada, en cuyo centro se podía ver un añejo y frondoso aliso bordeado por un muro bajo de adobe. El remolino, ingresaba por los linderos de la villa y se aproximaba al corazón mismo del poblado,

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haciendo rechinar puertas y ventanas, techos y caballerizas, e s p a n t a n d o a los animales que descansaban apacibles en sus corrales; arriba, rayos y truenos con sus potentes luces poniendo el marco o r q u e s t a l c o n su r e t u m b a n t e s i n f o n í a . L o s moradores, en esa noche singular, sentían sus carnes crisparse y sus mentes inundado por una extraña e inexplicable vibración, fascinante, terrífica pero a la vez dulcificante. El torbellino arribó a la plaza misma; pasó por sobre el templo, estremeciéndolo, batiendo las lenguas de sus campanas y haciéndola tañer como anunciándose a sí mismo; siguió avanzando al centro, hacia el árbol, allí detuvo su marcha; pero seguía girando con ímpetu, agrediendo sin piedad al indefenso aliso que se debatía entre la vida y la muerte ante el gigante polvoriento que lo quería aniquilar. Los tres testigos seguían atentos de lo que ocurría en torno al árbol. Experimentaban temor y expectación reflejado en sus pálidos y ceñudos rostros, sin dudar que asistían al advenimiento inequívoco de un inusual hecho. Ahora, estaban muy tomados de manos y apegados a la robusta yegua que se mantenía en pie, pero bastante nerviosa; los otros animales con dificultad se sostenían en sus flaqueantes patas, sus cuerpos eran presa de temblores, emitiendo quejumbrosos gemidos, lo que recrudecía el nerviosismo de los tres, en especial, la 55

mujer que era la más impresionable y sensitiva. H a b í a cesado un tanto el tronar de rayos y relampagueos. Una clarísima sensación de espera obligada se percibía en el ambiente. Todo hacía presumir que habían hilos misteriosos que estaban guiando el acontecer de esa noche preñada de sorpresas. De pronto, la turbulencia del remolino adquirió gran brío e imitando una exótica danza macabra, exhalando un ruido intenso como el crepitar de un vasto incendio, y el estridente silbido de un huracán, se elevó veloz y se perdió en lo alto; dejando en la plaza un tenso ambiente inundado de rarísima vibración. Había quedado algo, ahí, al pie del aliso; era perceptible, aun en la oscuridad, su evidente presencia por el enorme halo de gruesas líneas, más oscuras que la noche misma que parecía envolver una masa informe poco distinguible, pero allí estaba. Mama María y sus acompañantes, los más cercanos testigos de la inquietante escena, estaban conectados en cuerpo y alma, anciando conocer el desenlace de la insólita secuencia de hechos por demás preocupantes. Tenían impuesta en mente una dicotomía del bien y el mal claramente distinguibles, cada cual aspirando prevalecer como válidos; siendo ambas tendencias las que parecían tener el control de los acontecimientos. Los embates de la naturaleza se habían calmado momentáneamente, las gentes percibían 56

la dominante vibración que emanaba de esa plaza que iba «in crescendo» a medida que corrían los segundos. Cuando, de pronto, de la oscuridad de la noche, se oyó algo que al principio pareció un sonido proveniente de un instrumento musical, como la de un trombón soplado por un novato en tono grave; luego, instantes después se repitió algo más alto, en un timbre metálico y gangoso como la resonancia de un eco distante; era un ¡Ay...¡ prolongado que parecía salir de un altavoz averiado. Pedrucha en voz baja cuchicheo a su madre y a Don Gerónimo: «¿Han oído eso...?» «¡Sí...!» Respondieron, de inmediato ambos, también en voz baja en ademán de espera por volver a escuchar la voz. —¿Quién será...? —preguntó Mama María, dirigiéndose a Don Gerónimo. Éste, con la mirada clavada en el centro de la plaza, no encontraba una respuesta, ya que el mismo se hacía la misma pregunta; se quedó callado, hurgando en su sabia experiencia una explicación razonable; pero antes que asome una idea esclarecedora, se escuchó nuevamente la voz con más claridad en tono altísimo, con un llamado estremecedor, como un doloroso quejido de un condenado a la hoguera: —¡¡¡MAMA M A R I . A . . . ! ! ! ¡¡¡DON GERO...NIMO...Ü! ¡ÜPEDRU...CHA...Ü! Fue indescriptible el terror que se vio en los rostros 57

de los tres, de la mujer y el niño más intensamente, al escuchar sus nombre en esa noche tan oscura y saturada de tensión. Los tres quedaron paralizados con los ojos abiertos, exorbitantes; palidecieron como si hubiesen recibido un soplo venido de la muerte; sus piernas parecían no servirles, temblaban como si un mordiente frío hubiese penetrado hasta sus propios huesos. Mama María, a punto de desplomarse, con sus manos y brazos desesperantemente apretados contra Don Gerónimo, alcanzó a decir con voz entrecortada: —¡Vamonos de aquí...¡ ¡Tengo mucho miedo...¡ ¡Esa voz me asusta... nunca he oído cosa igual...¡ ¿Quién será? —e insistió con miedo cerval—. ¡Vámonos, por favor, Don Gerónimo... ¡ ¡Cobígenos en su casa ...¡ —Sí, vámonos —dijo Pedrucha muy asustado, contagiado por el pánico de su madre. —Esperen un momento —dijo Don Gerónimo, disimulando su asombro, y prosiguió—, la voz viene de allá, del árbol, del aliso. Es una persona que está sufriendo; creo que debemos ayudarla; parece ser una mujer —y prosiguió: —Debemos averiguarlo, cálmense no pasará nada —les dijo agitando y apretando sus manos, en tono paternal y cariñoso, lo que les transmitió tranquilidad y confianza. — ¿ C ó m o vamos a averiguarlo? — p r e g u n t ó 58

Pedrucha, todavía asustado, pero muy dispuesto a correr lo que para él sería la gran aventura de su vida. —Está bien..., diga Ud. Don Gerónimo —asintió Mama María, algo sosegada, pero turbada todavía con el rostro marcado por el impacto del estremecedor llamado. —Muy bien..., ahora vamos..., yo iré en medio de ustedes, tomémonos de las manos y avancemos juntos, lentamente, hacia el árbol ordenó Don Gerónimo. Los tres iniciaron la marcha, pausada, en dirección al aliso sin decir palabra. Entre tanto, sin que lo notaran, ocurría lo inesperado, que por lo oscuro de la noche no veían más allá de su esquina. En varios puntos de la plaza se veía numerosas personas, algunas paradas sobre la calzada, otras en el corredor exterior de sus casas y desde el balcón, apoyada en la baranda, la mujer hablaba con los vecinos que ya estaban apostados en varios puntos de la calle. A esa hora también se retiraban del Ayuntamiento la gente reunida en la asamblea. Todos parecían estar enterados de los extraños hechos que se venían sucediendo. El ambiente era lóbrego y tirante con esas nubes negras, pintando en carbón figuras fantasmagóricas, moviéndose en desorden amenazando volcarse en tormenta. La marcha de la mujer, el niño y el buen 59

hombre proseguía y ya habían adelantado buen trecho en medio de angustiante tensión. Cuando se hallaban a unos treinta pasos cortos del árbol un rayo de tenue intensidad detono muy cerca y el destello iluminó la plaza por un instante: «¡¡¡Es ella...¡¡i» —gritó aterrada Mama María «i¡Sí... es ella...!!!» —volvió a repetir, conteniendo el pánico que la envolvía en patética convulsión. —¡¡¡Si, Mamay...!!! ¡¡¡Esella...!!! —aseguró Pedrucha muy asustado, apretándose con fuerza a Don Gerónimo. — i i Dios mío...!! ¡ i Qué estamos viendo...!!! —volvió a insistir la mujer con un nudo en la garganta. —¡No puedo creer...! —exclamó nerviosamente Don Gerónimo y seguía— ¡No puede ser...! ¡Está penando...! ¡Debe ser su alma...! ¡Ha vuelto...! ¡Está penando..!, ¡sí, está penando! —parecía delirar Don G e r ó n i m o profundamente impresionado, y proseguía: —Yo mismo vi que la enterraron bien hondo...! ¡Es su alma...! ¡Sí, es su alma...! ¡Ha vuelto...! ¡Sí, ha vuelto...! ¡Es su alma..! ¡Esta penando...! ¡Sí, está penando...! —Don Gerónimo quedó atrapado en una enajenación repentina que balbuceaba frases inconexas como una letanía para sosegar su conmoción. Era la configuración de la imagen dejada por Lucrecia al morir, lo que se vio bajo el árbol por 60

breves instantes: allí estaba, parada, rígida, apoyada de medio lado en el muro que circunda el aliso, con el rostro blanco como el papel, demacrado; los ojos desorbitados, enrrojecidos, secos, expresando dolor profundo; la cabeza inclinada a un lado, su brazo derecho retorcido formando ángulo en el codo y la palma volteada atrás; el otro brazo, igualmente deforme con el que se apoyaba en el muro; su horrenda lengua que sobrecolgaba la barbilla. En medio de la oscuridad, una multitud venia congregándose y ya colmaba la plaza con gentes que llegaban de todos lados. Avanzaban lentamente hacia el centro t o m a d o s de brazo, f o r m a n d o numerosas filas; estaban también Lucía e Inés en las primeras líneas; allí estaba también la fiel Juanita, ya ganada por los años, tan atrapada por el viejo estigma de los Valdemarín, tan soldada a su silencio y alzada como elocuente elogio a una promesa; cuando, de súbito, el cielo tronó nuevamente y u n vigoroso resplandor iluminó nítidamente la plaza. Al instante, se escuchó un gran estruendo por la colosal exclamación de las cientas de personas que vieron con claridad esa caricatura espantosa de lo que fue la bella Lucrecia, allí bajo el aliso. Todos los asistentes al patético drama cayeron de rodillas terriblemente conmocionados por la descarnada escena; y, haciendo una cruz con el pulgar y el índice de la mano derecha, trazaron al aire otra cruz en dirección a esa imagen y gritaron en coro, al infinito, 61

la letanía del misterio de la Trinidad Cristiana: — Ü D I U S YAYA..!! ÜDIUS CHURY...Ü Ü D I U S I S P I R I T U SANTU...Ü Las alegorías de una ficción imaginada de un cielo y de un infierno recorrió al instante por la mente de los allí presentes, veían mezcladas la presencia del m a l que encarnaba esa figura de mujer; y a la vez, la representación del bien transformado en un poder invisible y tranquilizador que estaba manejando los acontecimientos esa noche. Había transcurrido pocos instantes del último estallido de luz, cuando en medio de la oscuridad, se volvió a escuchar la voz que provenía de Lucrecia, calmada, humilde, dolida pero vibrante y conmovedora: —¡¡¡PUEBLO DE QUINUA ...!!! PERDONENME — y prosiguió tras breve pausa. —¡¡¡PERDONENME T O D O S ... PERDONEN M I M A L D A D . . . ! ! ! ¡i¡ARRANQUENME DE ESTE INFIERNO ...BUENOS CRISTIANOS...!!! Fue en verdad increíble la respuesta que tuvo el llamado. Ese m a r h u m a n o d e t o d a casta y condición que sufrió-en carne viva por causa de esa mujer que hoy clamaba perdón, sin vacilar, elevando sus brazos y en retumbante coro gritaron al cielo: —¡¡¡SI...!!! ¡¡¡TE PERDONAMOS...!!! ¡¡¡QUE DIOS TE PERDONÉ..,!!!

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Inés y Lucía que estaban en primera fila junto a autoridades y h e r m a n d a d e s , r o m p i e r o n en profundo llanto al oír y ver a su madre en aquel terrífico trance; también se veía correr lágrimas de los ojos de esa m u l t i t u d , c o n m o v i d o s p o r el desgarrador llamado que estremecía sus almas. Casi seguido se escuchó nuevamente la voz, siempre en medio de la oscuridad, esta vez, con tono firme e imperativo: —¡¡¡HIJAS MIAS, Q U E R I D A S . . . INES... L U C I A ! ! ! — y siguió—. ¡¡¡DEVUELVAN . . . H O Y MISMO ...TODO....!!! — y continuó— ¡¡¡ENTREGUEN A S U S D U E Ñ O S : T I E R R A S CASAS... ANIMALES... DINERO...TODO!!! ¡¡¡QUE M E P E R D O N E N . . . ! ! ! ¡¡¡YO S E L O S Q U I T E . . . ! ! ! ¡¡¡DEVUELVANLOTODO... H I J A S MIAS... TODO... TODO...!!! Inés y Lucía que seguían desbordando lágrimas de dolor intenso, ante el mandato de su madre, de inmediato contestaron con vibrante alegría: —¡¡¡Sí... Madre...!!! ¡¡¡Lo haremos...!!! ¡¡¡Lo juramos ante Dios... ante el pueblo...!!! — y lo ratificaron entre llanto y alegría: —¡¡¡Lo haremos...!!! ¡¡¡Lo haremos... madre...!!! ¡¡¡Que Dios te perdone...!!! El i m p r e s i o n a n t e c o l o q u i o era el elíxir vivificante que le concedía a Lucrecia la dimensión opuesta a la que ostentó hasta esa noche. Era, 63

ahora, no la abyecta figura de la villana malquistada a fondo con ese pueblo, sin duda, con toda esa gente congregada en la plaza; era una Lucrecia disímil, duro de asimilar; era, ahora, la formidable, la dominante contraparte de la cara negra de la medalla. El mensaje del diálogo la mostraba, ahora, como la impronta de la bondad teñida de santidad, las gentes experimentaban la catarsis de Platón expulsando lo malo, lo que corroe, el odio; un libro en blanco se abría para editar una versión de vida con valores cambiados. Era hoy, otra, la conciencia colectiva de ese singular pueblo. Tras el impacto de la fuerte escena, la multitud seguía prosternada, deslumbrada por el prodigioso acto que trastornó sus espíritus; bullía el gozo inefable por la redención de la gran pecadora. Ellos la perdonaron sin vacilar y Lucrecia que volvió a redimir su alma caída, e indultada del castigo, lo daba todo sin arreglos. La naturaleza que amenazaba con su tormenta había sosegado su ímpetu. Las brunas nubes eran arrastradas por soplos suaves al otro lado del Kondorkunka; el gigantesco remolino reapareció en la plaza, apacible, manso y silencioso; cuando inesperadamente el estruendo de un rayo retumbó nuevamente y alumbró clarísimo aquel escenario montado en la plaza... La muchedumbre ya colmada, esa noche, de intensas emociones, fue

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nuevamente impactada por lo que vieron bajo el aliso, una ardiente conmoción se apoderó de todos, que prorrumpieron en aluvión de exclamaciones de asombro y alegría inenarrables: — ¡ ¡ O H . . . ! ! ¡¡¡DIOS...!!! i¡ i A L E L U Y A . . . ! ! ! — y volvían a repetir incesantemente: —¡¡OH...!! ¡¡¡DIOS...!!! ¡¡¡ALELUYA...!!! —¡¡¡OH... GLORIA A DIOS!!! ¡¡¡ALELUYA!!! Allí la vieron a Lucrecia, la otra Lucrecia, radiante, ganada por la cara buena de la medalla en su plenitud más asombrosa, gozando del milagro de su transfiguración; restituida en su imagen primigenia perdida por el mal. Allí estaba ella, erguida bajo el árbol, con el rostro terso, sin las arrugas que marcaron el suplicio de sus días finales, d e s b o r d a n d o f e l i c i d a d ; sus o j o s e s t a b a n descansados, húmedos, expresivos; la cabeza enhiesta y la frente limpia y alta; su cuerpo entero sin la grotesca deformación, y aquel h o r r i b l e apéndice que brotaba de su faz se había borrado; se la veía esbelta, distinguida, como en su mejor tiempo. En medio del contento, los ruidosos aleluya y la voraz euforia de los asistentes a la colosal asamblea, el remolino empezó a rotar con brío alrededor del resentido aliso; luego, fue alzándose lentamente en el torbellino de un polvo fulgurante

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de diminutos puntillos de luz que giraban al interior de la sosegada vorágine. Se podía ver con claridad la imagen rutilante de una silueta de mujer ocupando el centro mismo de aquel vórtice en fuga; luego, se perdió en lo alto, dejando un inquieto punto de luz centelleante en el firmamento... «Es la estrella de Lucrecia» decía la gente, después.

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CUENTOS

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r

Mi amigo el Jorobado
ntenté muchas veces sacudirme de aquella pertinaz obsesión, de esas que aprisionan y se injertan como tumor grave y extirparlo hiere y deja el espíritu vacío y más dolido aún. Pero el intento se traducía casi siempre en acusación de culpa que me obligaba volver a las andadas. No obstante, el asedio me dispensaba un gozo exótico que parecía provenir de alguna sibilina entraña. Era para mí inaccesible ubicar su origen en algún punto de mi aún novel conciencia que me explique el desvarío. El endémico exabrupto era el constante bordoneo que venía acompañando mis actos, mis decisiones, sin que la voluntad tenga parte ni opción para evitarlo. Era, en definitivo, mi fantasma de adolescente que se hizo crónico hasta el inconcluso desenlace, el día que me enteré de su muerte; porque hasta hoy revolotea en el recuerdo las pinceladas describiendo

I

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alegorías de Tomás, el campanero del templo de la Compañía. Me fascinaba observado sentado bajo las campanas, mirando con fijeza el horizonte por encima de los tejados de la ciudad, con los pies siempre desplegados hacia el atrio. Las escasas veces que nos topábamos, cara a cara, en la calle, le decía, «Hola, Tomás» el respondía, «Humm...», con su avaro lenguaje, eructando la palabra entre gruñido y geminación. Su sordera y mudez no le eximía aptitud para transmitir parte de su extraño mundo, y parecía ser yo su más calificado interprete. No obstante, se guardaba lo esencial, aquello que era el enigma que sustentaba su infranqueable misterio. Su rostro h a b í a elaborado un c ó d i g o de comunicación tan eficiente. Había concentrado en su faz un intrincado juego de gestos, que en complicidad con sus expresivos ojos, y aun su tullida mano, eran innecesarias las palabras; cada acto gesticular resumía la abstracción de un predicamento. Cuando delicadamente cerraba los ojos e inclinaba la cabeza, apretando suavemente los labios, me estaba confirmando que yo era su amigo, su mejor amigo, que confiaba plenamente en mí. Ello era enternecedor, e n t a b l á n d o m e una r e l a c i ó n comprometida que cada vez se ahondaba. Tomás venía ocupando espacios tan amplios dentro de mi, todavía frágil, personalidad y mis vivencias. Mis

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coloquios de pareja estaban invadidos por la obligada mención —tal vez más apasionante que el romance mismo— a mi amigo. Alicia intentó explicar mi adicción por Tomás como un excesivo afecto y mucha dosis de fantasía; más tarde, descubrimos que nuestra relación era sólo la caja de resonancia de mi obsesión por el campanero. Por ese ser informe, aparentemente nulo, con su prominente joroba que sobresalía a cinco dedos de la nuca; el brazo derecho entumecido, cuya mano empuñada parecía apretar la llave del misterio que escondía. Sentía lástima por él las veces que lo veía caminar por la calle arrastrando su cojera; era como verlo transportado a cuestas, tan grotescamente, un pecado grave que no había cometido; pero, a la vez, se descubría una mirada sorprendentemente serena, un rostro solemne que inspiraba obligada reverencia; y, a pesar de sus graves deformaciones y falencias, translucía una actitud de natural dignidad. Últimamente, Tomás se había instalado en mí como una molesta obsesión que asediaba mi mente con hipótesis y presunciones, intentando descifrar su hermética interioridad, de esa su parte arcana que parecía ser la reserva que sustentaba su adusta personalidad. Había en la obsesión una mezcla de especulaciones, muchas de ellas absurdas, sobre ese ente mudo, inexpugnable, del que no era posible 71

extraer indicios que establezcan un punto de partida para definirlo. ¿Qué contenía ese insignificante personaje que, no obstante, su deprimente apariencia, hacía que alguien sensato y racional, como me consideraba, sea perturbado tenazmente al punto de profesar gran respeto y hasta una inexplicable admiración? En ese estado de cosas abandoné Huamanga, al término de la secundaria, para seguir estudios en la capital. Por influencia de un pariente de alta graduación de la Escuela de Policía de Investigaciones del Perú, ingresé a tal escuela; pero mi vida de cuartel no duró más de tres semanas; el primer día de franco, un domingo, deserté y nunca más regresé a la Academia. No había sido hecho para la rígida vida militar, tampoco era la carrera que había aspirado alguna vez; y, es probable que mis objetos personales, abandonados en el interior de una pequeña maleta atada con una cuerda, hayan sido echados al fuego por pertenecer a un desertor. Dos años más tarde ingresé a la Universidad, precedida de la penosa carrera del provinciano inexperto con el estigma de serrano, en el afán de asimilarme a la cultura y al dialecto capitalino. Me costó adquirir el hábito fonético de la «r» vibrante, cambiar la palatal-lateral «11» por la semivocal «y»; modificar mi sintaxis del redundante doble posesivo, típico del español ayacuchano; ya no decir : «de mi 72

amigo su papá.» Tuve que abandonar la entonación y el ritmo de mi castellano e imprimir mayor velocidad al acto del habla; en fin, aprender las expresiones idiomáticas e idiotismos del argot limeño y abordar en la conversación temas de actualidad. Mi aculturación, no obstante, continuó en la Universidad donde, en verdad, era menos penosa; tenía como aliado y maestro los libros que se encargaban de afinar mis ideas y mis enunciados. Q u é decir ahora de Tomás. Parecía, en apariencia, relegado a la modesta categoría de un recuerdo del pasado; sin embargo, no fue así tanto, ni mucho menos. Tomás seguía vigente matizando mis vivencias con su imagen grotesca, su expresivo rostro y su fascinante misterio. Seguía siendo mi cautivo fantasma que ya a nada podía apelar para descartarlo; más aún, sabía con seguridad que yo era para él su alter ego, tal vez el único y no podía traicionarlo. Los años habían pasado. Tenía la graduación en Filosofía y había hecho el doctorado previo algunos cursos de postgrado en dos Universidades del país y otros tantos fuera. Había también publicado ensayos y dos libros sobre temas de la especialidad. Ultimamente, venía dictando conferencias sobre el existencialismo, tema que estuvo muy en boga. Una de mis tesis planteaba la posibilidad de integrar en un hipotético supuesto único concertado, a partir del cual, las distintas

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corrientes y escuelas del existencialismo podrían concebir al hombre en cuanto a su m o d o de ser en el m u n d o , a n a l i z a b l e s en t é r m i n o s de u n a posibilidad, y sea aplicable como u n aporte de la filosofía al bienestar de la humanidad; sin embargo, la discusión decaía siempre en polémica ociosa y estéril, donde el culto a lo suyo era lo gravitante; y n i n g u n o q u e r í a a r r i e s g a r su m a r c o t e ó r i c o primigenio, que después de todo, era la razón misma de su vigencia y el sustento de sus individualidades. Hace algún tiempo volé a París invitado por la vieja Universidad de la Sorbona a u n Congreso Extraordinario de Filosofía. Allí debía exponer, en representación de m i Universidad, el tema que mencioné. El certamen se prolongó por ocho días, incluyendo sábado y domingo, el que fue harto agotador, porque además se trabajó en comisiones s e p a r a d a s . M e t o c ó p r e s i d i r el t e m a «El Existencialismo de Hoy», el que concitó interés por el carácter pragmático que se intentó establecer en su tratamiento. Concluido el evento tuvimos dos días libres antes de partir a nuestros países. M i último día salí por las calles de París sin r u m b o definido y había llegado hasta la Torre Eiffel; quedé maravillado por su gigantesca altura, su agudo vértice parecía perderse en el infinito, 300 metros. Visité también M o n t m a r t r e , y los C a m p o s Elíseos. C u a n d o 74

atravesaba frente a la pequeña Chapelle Du Saint Clement, al ver su linda fachada recordé la Compañía de Jesús de Huamanga; de inmediato, cruzó por mi mente Tomás, mi amigo el jorobado, y lo asocié con aquel jorobado de París, el campanero de la catedral de Notre-Dame. Casi instintivamente, empujado por un repentino impulso, detuve un taxi y le pedí al chofer que me llevase a la Basílica de Notre-Dame. —Nuestra siggnora du París —tradujo el chofer en tono festivo, en un mal español, al notar el acento hispánico de mi pésimo francés. —Sí, mi querido señor —le respondí, en español, en el mismo tono, devolviendo la agradable cortesía. Cruzamos la ciudad bastante rápido a pesar del intenso tráfico de esa hora y llegamos hasta el gran río; de allí atravesamos toda la rivera del Sena y en un corto tiempo más, en medio de interesante conversación, ya ingresábamos a la isla y estábamos frente a aquel conjunto arquitectónico de la obra maestra del estilo gótico; cuya construcción, según me informaba el conductor, se inició en 1162 y la terminaron en 1245. El propósito era indagar sobre aquel jorobado de Nuestra Señora de París; si realmente existió, o sólo fue un personaje de ficción creado por el autor de una obra que yo vi en un film hacia mucho

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tiempo y del que recordaba vagamente. M i ignorancia del asunto me inquietaba y quería averiguarlo en la misma fuente, que tal vez podría darme luz verde para entender a mi enigmático jorobado de Huamanga. Me dirigí a un lado de la Catedral; pasé a un vestíbulo, toqué un timbre mecánico de mesa puesto sobre el tablero de una pequeña ventana enrrejada. Podía verse desde allí el interior; era una oficina amplia con un ventanal posterior que daba vista a un gran jardín; a un lado de la oficina, una persona sentada frente a un escritorio revisaba papeles extendidos sobre el mueble. En ese instante sonó el teléfono y la persona, aparentemente, un sacerdote de porte muy erguido, me indicó que aguardase. Terminada la conversación se aproximó a la ventanilla y me preguntó muy gentil en un sobrio francés: —¿Hay algo que puedo hacer por Ud.? —Quiero sólo alguna información sobre el Jorobado de Notre-Dame —le r e s p o n d í de inmediato. —Lo siento. Hoy no tenemos atención a turistas. Puede venir mañana; el encargado salió muy temprano por una comisión —me contestó en tono de disculpa. —Que lástima para mí —le dije—, ya mañana no estaré aquí. Soy el Doctor Gustavo Arraigada,

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vine al Congreso Extraordinario de Filosofía invitado por la Sorbona. Hoy es mi último día en París. —Mire..., yo no sé mucho sobre el jorobado, veamos cómo puedo ayudarlo, pase adelante — abrió la puerta del costado y me dejó pasar. En efecto, era un religioso: «FRERE ANDRE REVOIR», se leía en el pequeño rótulo sobre su escritorio. —¿Quería saber si realmente existió aquel jorobado que se vio en un film y alguna información que tenga de él? —lancé la pregunta tan rápidamente porque temía importunar al verlo muy ocupado y agitado. —Sí —respondió de inmediato con bastante seguridad—, él vivió aquí hace mucho tiempo, no sé exactamente la fecha, usted debe saber, soy nuevo en la Catedral. Luego, poniéndose de pie me pidió aproximarme al ventanal que da al jardín y me dijo: «¿Ve usted esa puerta junto al segundo arco en la galería alta...?» «Sí» le respondí, y continuo: «Aquella era su habitación; allí vivió solo y no permitía a nadie ingresar a ella.» —¿Cómo era él, su personalidad, su carácter? S ó l o en términos generales. S é que estoy invadiendo su hora de trabajo —le dije. —Era un hombre muy solitario, huraño y oseo aparentemente; aunque, en sí, poseía especial sensibilidad por los animales y también por las 77

personas débiles y desvalidas a quienes asistía con m u c h o afecto; era m u y responsable con sus obligaciones en el campanario; era además m u y artista con sus campanas, sabía extraerle verdaderas sinfonías, y lo hacía frenéticamente como si dirigiese una orquesta; tenía mucha vitalidad y le gustaba contemplar a la gente desde las torres. — ¿ C ó m o era su a p a r i e n c i a externa? — pregunté. —Tenía deformación en el rostro, su joroba era prominente y caminaba con una inclinación hacia adelante por su cojera. — ¿ T e n í a d i f i c u l t a d c o n la gente p o r su apariencia? — L a gente, especialmente los niños, lo molestaban arrojándole objetos las raras veces que salía a la calle. —¿Hallaron algo especial en su habitación después que murió?. — N a d a en especial, sus objetos personales, una cantidad de pequeñas estampas religiosas, fotografías de personas; ¡Ah! una biblia forrada en cuero bastante gastado en su cabecera. — ¿ O sea q u e s a b í a leer? — p r e g u n t é sorprendido. — N o , era analfabeto —aseguró. —Entonces, ¿por qué o para qué tenía la Biblia? —volví a preguntar esperando algo revelador

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en la respuesta del hermano André. —Suponían que Louis sabía que era un libro sagrado; porque dicen, que a menudo lo llevaba muy apretado contra su pecho y tocaba con ella su rostro con mucha devoción. —¿Usted dijo Louis. Se refiere al jorobado de Notre-Dame? Pues, ese no es el nombre del personaje por q u i é n le p r e g u n t é —le dije sorprendido por una posible equivocación. —Sí, Louis se llamaba el jorobado del que hablo y el que hizo algo de historia real hace más de dos siglos en París. Fue la época de la Revolución. Participó directamente asistiendo a heridos y enterrando muertos con espíritu humanitario, sin mirar el bando de donde provenían. También era reconocido por su generosidad; el dinero que ganaba como campanero y las propinas que recibía los empleaba para ayudar a los desocupados, enfermos y personas desamparadas. Bueno, la historia es aún algo más larga y es una lástima que usted parte mañana. Nuestro encargado de atender visitantes fue llamado a la Corte de Lyon por un peritaje, precisamente sobre temas históricos de la Catedral.Recién retorna mañana. El Padre Fedinand Lebrec es experto en Historia de París. —Sé que dice la verdad, Frere André, pero es desconcertante, porque el film muestra un personaje distinto al que usted describe. 79

—Es probable que el autor que usted refiere, modificó los hechos y lo presenta como un ser con tendencias demoníacas o algo así, lo cual es una lástima y no guarda relación con los registros que se tiene aquí; es probable que utilizó el tema para crear, con su imaginación, un personaje siniestro y obtener efectos patéticos y terríficos, que es lo que gusta a los lectores —Frere André, me pareció en ese momento el abogado del diablo; pero su relato era tan convincente siendo difícil.negarle crédito. Luego de breve reflexión continúo:'. —Hay también la posibilidad que el escritor combinó los caracteres de más de un jorobado campanero; porque éstos parecen tener fuerte vocación por las torres. Hubieron personajes con esas características no sólo en Notre-Dame, también en monasterios y basílicas y templos menores —en ese instante timbró el teléfono y el religioso se disculpó y corrió muy presto a atender la llamada un tanto preocupado. Creí que mi tiempo se había terminado y no podía estorbar su trabajo. Luego que colgó el fono, me puse de pie y le dije: —Realmente le agradezco mucho por la información y me disculpo por la visita inoportuna. Ha sido Ud. muy gentil. —Ni lo mencione. Usted debe disculpar por no atenderlo debidamente. —Bien, Frere André, encantado de conocerlo. 80

Espero volver alguna vez a París. Mañana salgo al Perú. ¡Adiós...! —y le estreché la mano y él muy amigable me dijo: «¡Adiós...!», en español. Salí de inmediato a la calle y me dirigí a una avenida que atraviesa el flanco izquierdo de la Basílica. Me detuve ante una pequeña tienda de souvenirs: vendían postales, posters, artesanías alusivas a la Catedral; en una vitrina alta, alineadas sobre un exhibidor de terciopelo azul, se mostraban réplicas en bronce de las campanas de la Basílica, tenían grabada en relieve «CLOUCHE DU NOTREDAME» en la parte central y más abajo «PARIS». Pedí dos iguales, las más grandes, cuatro pulgadas aproximadamente, una, en paquete de regalo y la otra sólo en su estuche. Luego salí de la tienda y me marché directamente al Barrio Latino donde está el campus de la universidad en el que residimos algunos participantes del Congreso. A día siguiente estaba de regreso al Perú. Durante el vuelo hacía mis conjeturas sobre Louis y Tomás a partir de la escasa información que tenía de ambos; por lo menos, parecía existir algunas semejanzas y también diferencias; aunque, ahora, creo que sabía más del campanero de Notre-Dame, aun sin haberlo conocido y esto me molestaba un poco; pero, me consolaba una idea cierta que alguna vez desentrañaría el insondable misterio que parecía guardar Tomás. 81

Lo había intuido siempre. Algo me decía con su magistral juego seductor de sus gestos insinuando abstracciones. L a plasticidad de su rostro, sus' inquietos ojos y su traviesa mano parecían pincelar esquemas de una concepción, objetivando u n drama, su drama; porque sin duda, Tomás, sumado a su joroba, cargaba un pesado fardo de incalculable dimensión que sólo él sabía lo denso de su tragedia. Había vuelto a m i rutina con renovada actitud para abordar mis inquietudes; pero, esta vez, como nunca, se hacía insufrible m i nostalgia por la tierra, por el hogar. Estaba siendo abatido por un intenso home-sick que me azotaba sin piedad y me obligaba una cura; había sólo una terapéutica: retornar a Huamanga, no sabía hasta cuando, pero debía salir. Aplicando la receta, decidí tomar vacación por ocho días y al otro día estaba de viaje. Había vuelto a pisar H u a m a n g a después de diez años. Quedé extasiado con su maravillosa quietud. Parecía que t o d o lo anterior quedaba mustio y borrado por ese vigor incambiable de m i identidad con lo telúrico. Era el alma de mi pueblo con su inconfundible genio que cobraba vigencia total en m i espíritu. Todo estaba tan igual como lo había dejado; parecía que nada había ocurrido en m i ausencia; sus calles, sus gentes, su bellísimo cielo azul, sus 33 iglesias; sus costumbres y tradiciones; su enorme plaza, la única en el país, bordeado de

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pétreos portales por sus cuatro costados; en fin, el tiempo parecía haberse estancado en esa hermosa ciudad, que posee el encanto de un medioevo español entrampado en un recodo de los Andes. Hubo regocijo general. La familia no muy extensa, mis amigos y yo gozamos del alborozo. Todos se glorificaban por alguno de mis méritos, que por su gran afecto por mí, eran magnificados en exceso. El tonificante encuentro con mis raíces fue como la tourné de un alma que estuvo vagando por otros mundos, y que de pronto, se encuentra en su hábitat, identificándose con el paraíso que abandonó; y, ahora, estaba ahí otra vez tan cerca, respirando su aire, trotando su suelo, comiendo su fruta, sintiendo su magnetismo. Sin embargo, el regreso a mi génesis tocaba su fin. Había terminado la vacación y debía volver a mi otro mundo, a mis ramas, a mis frutos. Pero quedaba algo por atender antes; algo privativo y sustancial, impostergable, algo tan soldado a mi identidad: Tomás, mi amigo, el campanero. Ningún ser humano viviente me había fascinado de modo tan perturbador que me hacía sospechar en la exhumación de una ancestral patología; no obstante benigna, pues, era consciente de su singularidad y sabía que r e s p o n d í a a p a r á m e t r o s muy personales —sesgados, en definitiva—, pero había aprendido a convivir con

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ella. Era sí, evidente, que Tomás tenía algo que también yo tenía; tal vez, una de esas coincidencias que se suele compartir con un amigo o una amante; o con alguien que alguna vez se tuvo un trance vital por lo que quedamos involucrados por siempre. Debía ver a mi amigo. Sólo verlo y saludar al campanero de las torres de la Compañía de Jesús; por unos instantes, como siempre lo hacía al toparnos cara a cara, raras veces, en la calle, para decirle: «¡Hola, Tomás!» y él me conteste «iHUMM!»; tocarle el hombro y decirle como siempre «¡ADIOS!» y él me responda «¡HUMM!»; y, también como siempre, por breves segundos, contemplar su rostro, su mirada serena y su venerable dignidad. Era así, todo ocurría muy rápido, no h a b í a oportunidad para más; yo me conformaba con su escueto y sobrio «¡HUMM!»; algunas veces le agregaba algún gruñido cuando estaba de mejor ánimo, o movía la cabeza en señal de nuestra gran amistad; y siempre seguía adelante, imperturbable, muy seguro con su grotesca pisada sobre la irregular vereda. Pero ahora habría algún cambio. Debía entregarle el regalo que traje de París para él, la réplica de la campana de Notre-Dame, lo que en verdad no sabía si le gustaría el objeto, o que significado podría tener para él; en todo caso, sería sólo el obsequio de un amigo a otro, sin más ... Aquella mañana, la víspera de mi viaje de

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retorno, poco antes del medio día, pensando que Tomás estaría en el campanario para el toque del «doce», salí con dirección alTemplo, muy ansioso, y en un corto tiempo había llegado frente al templo. Ahí estaba mi amigo, en lo alto de la torre, sentado en la plataforma, con los pies tirados a la calle. Corrí al atrio y desde allí abajo traté de llamar su atención batiendo oscilante los brazos en alto. Tomás parecía no percatarse del esfuerzo avisándole de mi presencia y de mi retorno; Tomás seguía inmóvil contemplando el horizonte por encima de los tejados de la ciudad igual que hace diez años. Seguí insistiendo, pero nada podía perturbar su absorta meditación. Pasado un buen rato, estuve por retirarme renunciando a la intención, de siquiera decirle «!Hola Tomási» y luego marcharme; cuando de pronto, pareció reconocerme desde esa altura. Levantó el brazo izquierdo y lo retuvo así por un momento, luego me indicó con la palma que aguardase. Esperé varios minutos frente a la puerta lateral del templo por donde se ingresaba al antiguo convento de los Jesuítas, que después de su expulsión del país, seguía ocupado por el Seminario de San Cristóbal. La iglesia y el convento abarcan casi media manzana, a pocos metros de la plaza de armas. En el interior hay tres patios rodeados de arquerías en sus dos plantas. A la entrada, un jardín; el conjunto es una bella muestra de la arquitectura

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romana, por la profusión de arquerías y bóvedas de medio punto. El ambiente invita a la meditación y al estudio por la majestuosa paz que imponen sus sólidas columnas pétreas que han sobrevivido siglos; se mantienen incólumes, inamovibles, eternas. De pronto, se oyó el crujir de los cerrojos que aseguran el postigo del inmenso portón. Se abrió... Ahí estaba mi viejo amigo Tomás. ¡Que extraordinario...! ¡Que grata sorpresa! Yo era aún joven, pero había cambiado mucho; pero, Tomás, estaba igual, no podía notarse una diferencia de cambio en él; se había mantenido intacto como la última vez que lo vi hace diez años. —¡¡Hola, Tomás...!! —le grité emocionado. El como siempre me respondió ¡HUMM...! y agregó otros monosílabos descubriendo su alegría al verme después de tanto tiempo de ausencia. Esta vez le alargué la mano y quería abrazarlo; él también alargó la suya y nuestras manos quedaron entrabadas fuertemente que parecían dialogar entre ellas; las movíamos con oscilaciones y ritmos variados, como si acabásemos de inventar un nuevo código de comunicación tan eficaz y plenamente expresivo; nos sentíamos compenetrados aun sin decirnos nada. — ¡ ¡ ¿ C ó m o estás, Tomás...!! —le dije, mirándole la cara hondamente enternecido, sin estar seguro que entendería mi pregunta. 86

—ÜHUMM...Ü! —respondió m o v i e n d o la cabeza en afirmativo. Yo estaba conmovido con el encuentro; fue más de lo que esperaba; era la primera vez que nos tocábamos físicamente, eso me hizo sentir tan cerca de él; pareció haberme entregado u n mensaje que me traducía su interioridad; percibí que había dentro de esa criatura, aparentemente desvalida, intensa v i d a que bullía u n a dinámica desbordante de espiritualidad. Después de esto, pensé que el encuentro debía tocar su fin y concluiría como siempre con m i ¡Adiós! y su infalible ÜHUMMÜ. Saqué d e l b o l s i l l o d e l saco el p a q u e t e conteniendo el regalo; lo tomé con las dos manos y lo alargué por una vez hacia él para decirle que era m i obsequio; Tomás lo tomó seguido de u n ¡HUMM!; luego alargó la mano, la única que podía mover, y la puso sobre m i h o m b r o mostrando su agradecimiento. De inmediato, rompió la envoltura con dificultad, abrió el estuche, sacó la campana y la tomó por la cinta azul que enganchaba la orejita; luego, detuvo su mirada en la inscripción, la volvió a colocar en su caja y lo guardó en el bolsillo del saco. M i amigo el jorobado intentaba decirme algo; me mostró el índice y el pulgar de su mano hábil, lo traduje como: «un momento» o tal vez «sirvámonos

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una copa»; pues no estaba seguro que se traía en mente; en seguida, indicando que lo siguiese empezó a caminar hacia el interior del edificio; yo lo seguí m u y obediente y curioso p o r saber d o n d e me llevaría; no lo podía adivinar, pero intuía que se trataba de algo especial. Cerró el postigo, cruzamos el amplio vestíbulo y pasamos al primer jardín; levantó el brazo y con el índice apuntaba una puerta, a la derecha de la cúpula que da a la iglesia, en una segunda planta cerca a una columna; luego, se tocaba el pecho para decir que esa era su habitación y quería conducirme a ella. Mientras subíamos lentamente la empinada y larga escalera, recordaba la habitación del jorobado de París que tenía parecida ubicación. También hacía mis comparaciones. Tomás no era oseo ni huraño, la gente no le arrojaba cosas en la calle; parecían tener algo en común. Una especial sensibilidad con una vida interior rica en sentimientos y ternura natural; el u n o volcado a los animales y a los desvalidos; y el otro, que sabía transmitir, aun sin palabras, sentimientos y afectos a quien como a mí me conmovía; a ambos les gustaba sentarse en las alturas de sus torres para ver el m u n d o desde allí: Tomás oteaba absorto el horizonte y el campanero de París miraba a las gentes, pasar. Llegamos con dificultad frente a la habitación. Introdujo la m a n o al bolsillo interior del saco y 88

extrajo un manojo de llaves ensartadas en una argolla plateada. La puerta estaba asegurada con un candado y tenía además una chapa. Le tomó más de un minuto abrirlos. Me invitó con un movimiento de cabeza que pasase a la habitación; así lo hice, enseguida entro él. La pieza era relativamente p e q u e ñ a , rectangular, tres por cuatro metros, alargada de derecha a izquierda. De frente al entrar, colgado en la pared había un viejo cuadro algo difícil de identificar por su mal estado; parecía una copia de Las Bodas de Caná del Veronés, por la suntuosidad arquitectónica, la grandeza de las escenas y por el movimiento evolucionando al barroco; se veía claramente la influencia de Tiziano y Tintoreto por la magnificencia en su composición; debió ser un cuadro desechado que él lo tomó para decorar su modesta habitación. A la derecha, al fondo, un catre antiquísimo de metal dorado muy bien arreglado, tenía encima un poncho nogal de lana de oveja como cubrecama; al costado como velador, una mesita redonda, con un candelera y su gruesa vela incrustada; sobre la misma mesa, un libro forrado en un cuero amarillento; más allá del cuadro, en la pared, un tablero angosto que era a la vez repisa y ropero por su parte baja, donde se veían algunos sacos y un abrigo azul marino de paño; sobre la repisa, un cofre grande de madera chapeado con 89

listones de hierro, asegurado con urt gran candado y se veía además dos ojos de cerradura a los lados; en la pared de entrada, a la derecha, una larga mesa angosta con varios objetos puestos encima: otro candelera igual al del velador, dos pomos de tinta roja y negra, varios lapiceros de madera con plumas de acero, dos lápices puntiagudos, algunos papeles en b l a n c o ; y , que c o i n c i d e n c i a , habían dos campantes talladas en piedra de Huarrianga, tenían grabadas en alto relieve, al centro, «CAMPANA DE L A COMPAÑIA» y más abajo, «HUAMANGA». Lo que me llamó la atención fue el estante de libros de tres cuerpos entre el cuadro y la repisa. Me acerqué y empecé a revisar con la mirada los títulos impresos en el l o m o : H O M E O M E R í A S de Anaxágoras; C O N F E S I O N E S de Agustín de H i p o n a ; S U M A TEOLÓGICA de Tomás de Aquino; DISCOURS DE METAPHYSIQUE de Leibnitz; CRITICA DE L A RAZON PURA de Kant; LAS EDADES DEL M U N D O de S c h e l l i n g . H a b í a obras de S h o p e n h a u e r , Kierkegaard, Marks, Engel y otros; y, para sorpresa mía, estaba también m i primer libro, CRITICA A JEAN PAUL SARTRE de Agusto Arraigada. Mientras y o leía los títulos, Tomás ya tenía dos copas de vino no muy oscuro colocadas en una bandeja de cristal, y me indicaba que cogiese m i copa, tomando él la suya; levanté la copa y le dije muy contento: «¡Por tu salud... Tomás...!», pero algo 90

confuso por algunos objetos, los libros, en especial. Chocamos las copas y nos la bebimos hasta la mitad: —¡Qué buen vino...! — l e dije, haciendo un gesto con los labios, paladeando un poco en exceso para que entendiese y agradecer su gentileza. Tomás dejó la copa sobre la bandeja, se sentó en la silla, cogió u n papel y un lápiz y empezó a escribir algo, luego me lo entregó, decía: «Es vino de Misa» ¡Yo mismo lo había visto... con mis propios ojos, porque lo hizo delante mío! Incrédulo, todavía, tomé el mismo lápiz y escribí, más abajo: «¿Sabes escribir, Tomas?» y le devolví la nota. El cogió el otro lápiz y anotó seguido: «Se también leer.» ¡Dios mió...! ¡Esto no lo esperaba! Tomás sabía leer y escribir; pero era sordo y m u d o ¿ C ó m o había adquirido esa habilidad? Me senté en la silla, puse el papel en la mesa y con el lápiz que ya tenía en la mano anoté: «Cómo aprendiste a leer y escribir, m i querido amigo Tomás» Leyó y me miró sonriente; nunca lo había visto sonreír de ese modo. Una sonrisa, mezcla de complacencia, brotes de temor decayendo en notoria angustia. Tomó una nueva hoja y escribió pausadamente: — E l anciano Guardián, Fray Clemente, me enseñó hace muchísimo tiempo, ya murió ... Era u n sabio. Nunca quiso ordenarse. Me sentía grandioso, parecía abrirse un portón a la gloria. ¡Que alegría! ¡¡¡Podía comunicarme con

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Tomás!!! Pero, a la vez, me sentía engañado; me sentía como un tonto frente a mi amigo, a quien ya lo estaba reprochando, intimamente, por no haber intentado alguna vez decirme algo con una simple nota en nuestros muchos encuentros. Lo estaba considerando como una burda ironía de alguien que estimaba mucho. Con esas reflexiones en mente, tomé el papel y le dije: —Por qué no me lo habías dicho antes que podías dialogar conmigo. Me siento como un tonto frente a tí, Tomás, mi más querido amigo. El leyó la nota cautelosamente. Al terminar, repentinamente, asumió una actitud defensiva echando el cuerpo atrás, rehuyendo la mirada y algo turbado. Parecía no querer contestar la pregunta; notaba ahora su mirada esquiva y parecía arrepentido de algo que había cometido; luego su rostro se fue tornando pálido y empezaba a dibujarse una profunda tristeza; agachó la cabeza y vi que de sus ojos caían gruesas lágrimas. Se quedó sentado en la silla muy silencioso, tomándose la cabeza con la mano y el codo apoyado en la mesa. Ahora me sentí culpable del deprimente estado en que había caído mi amigo; pero, yo no encontraba explicación razonable del súbito decaimiento; porque en lo que dije no había ofensa ni daño, sólo un reproche natural que se hace a un amigo por algo que le falló. Harto preocupado, jalé el papel

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y escribí más abajo: —Perdóname, Tomás, si por algo te ofendí. Tú sabes que yo te estimo mucho y no podría lastimarte ... Dime algo, por favor, Tomás, mi querido amigo ... ¿Qué te ocurre? tal vez quieres que me marche ... No te quedes callado. Puse la hoja frente a él, sobre la mesa, al alcance de su vista. El miraba la nota y lo fue leyendo sin tocarla, casi de reojo, como algo obligado; luego permaneció en una suerte de trance con la mirada perdida, aparentemente, dirigida al papel; paulatinamente, se veía en su rostro, aún agachado, una expresión de calma forzada como cuando se tiene que enfrentar un peligro que se aparece de improviso y hay que hacerle cara. Dejó caer la mano sobre la mesa, se puso de pie y tomó una campanita de piedra de huamanga, se aproximó a mí y me lo extendió con un frío gesto indicándome que era para mí. Luego, volvió a sentarse y pausadamente se puso a escribir sobre un nuevo papel, mientras yo miraba atento la habilidad con que manejaba el lápiz y admiraba su bella caligrafía. Cuando terminó de escribir me miró fijamente, aún dudando, si debía darme el papel. Yo quería arrancárselo de la mano; pero, él, muy decidido, me alargó la nota; decía: —Hay dos cosas que me entristecen: la ignorancia de algunos y mi vida que debe acabar. Estoy de acuerdo con tu crítica a Sartre, pero

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te falta entender que la «Angustia» del hombre no es la determinación absoluta, es sólo una condición que puede ser revertido bajo el control del hombre mismo, a través de la luz de la «Gran Orden Secreta de la Sabiduría.» Me sentí como atrapado entre las rejas de una cárcel frente a Un fiero guardián custodiándome. Había entendido perfectamente lo de m i crítica a Sartre, y podría considerar la réplica de Tomás, el filósofo, como tema de una posible discusión; pero, esto me tomaba por sorpresa; como si de pronto pasara de u n acto idílico a la trama abstracta de una pugna filosófica. Lo de su muerte lo interpretaba en dos direcciones; o me habla de una muerte física, o de la muerte de su «ser», del hombre en el m u n d o con su «angustia» a cuestas. Debía aclararme. Tomé el papel y escribí: —Tomás, acepto tu crítica como válida, que en c i e r t o m o d o p u d i e r a ser así, p e r o n o necesariamente a través de esa luz que haces mención, porque la «Angustia» como condición inmanente en el hombre puede determinar el curso de su particular devenir; y en condiciones especiales, puede el mismo hombre, transformar su «Angustia» en «Felicidad», por ejemplo. Pero, ¿de qué clase de muerte estás hablando? ¿acaso la sabiduría para ti, es la guadaña que debe acabar con tu «Ser»? o ¿hay otra muerte, la muerte física?

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Tomás leyó cuidadosamente la nota, luego haciendo una leve sonrisa de suficiencia se puso a escribir: — H a y dos calidades de ignorancia: el que nada sabe y el que sabe las cosas incompletas: entre los primeros, está m i colega, el Campanero de NotreDame, que murió en las tinieblas, sin la luz de la sabiduría, porque no tuvo u n Fray Clemente como yo. Ahí está su triste historia en las «Ocurrencias en las abadías, conventos y monasterios.» Eso me duele, porque él, como yo, fuimos abandonados por nuestras madres al nacer, por ser contrahechos, con el sustento de ser hijos del mal; entre los segundos están los que creen tener la verdad, pero no están alumbrados por «La Gran Luz de la Orden Secreta de la Sabiduría.» En cuanto a m i muerte, debo morir físicamente, para ser reemplazado por otro Filósofo Guardián, porque así está escrito en «El Gran Libro de la Sabiduría.» Leí sorprendido la respuesta de m i amigo Tomás, quien estaba demostrando que realmente era un filósofo con cierta coherencia; pero la profusa reiteración a los tantos «gran», creaba en mí un desconcierto, transportándome a un m u n d o esotérico que me era intraducibie; y, sobre su muerte, igual, pareciera que yo era el causante de esa muerte, pero no podía engarzar este hecho con mi condición de filósofo. Alarmado por ello, escribí:

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—Lo siento igual que tú por tu colega de Notre-Dame; pero no puedo entender sobre tu muerte, y eso me preocupa ¿Qué puedo hacer para ayudarte? ¿Qué es la Gran Orden Secreta de la Sabiduría y quién escribió ese Gran Libro? y ¿Por qué está escrito que tú debes morir? Tomás, como un ente p o s e í d o de una enajenación repentina, adquirió una postura asombrosamente dominante e inquisitiva sobre mí. Me miraba fijamente a los ojos escudriñando algo en mi retina; empezó a asustarme la forma severa y persistente de esa inescrutable mirada; adquirió otra personalidad, impenetrable, fría, ensimismada, hipnotizante. Era evidente que había un hecho extraordinario a revelar. Su imponente actitud descubría la grandiosidad del mensaje; y, parecía que ya nada p o d í a postergar esa decisión. Lentamente, tomó una hoja en blanco y .empezó a redactar: —Ni tú ni nadie pueden revertir lo.que está escrito en el Gran Libro, que fue esculpido por revelación más allá de los tiempos de la vida en el planeta; cuya luz muestra con diáfana claridad la verdad eterna, única, inmutable; y, explica la causa ' última de todas las cosas. La Gran Orden está siempre personificada por un Sabio Guardián único,. cuya presencia en la tierra establece el gran equilibrio de la vida del hombre con el universo; sin 96

el Guardián la quiebra total de la humanidad es la única alternativa. El hermano Clemente fue el último Guardián del «Gran Escudo» y del «Gran Libro» de la «Gran Orden Secreta de la Sabiduría» que controla el universo. Murió el mismo día que y o descubrí la existencia del «Gran Secreto». Antes de morir, dijo, que yo tenía que ser el nuevo Guardián del «Gran Libro» y del «Gran Escudo», porque así estaba escrito y para ello fui educado por el Sabio Fray Clemente, porque también así estaba escrito; y, nadie debió conocer m i secreta autoridad de ser el Filósofo Guardián de la Gran Orden. También está escrito que siempre existirá un Guardián en potencia que necesariamente ocupará la posta; y ahora, que estás enterado del gran secreto, debes saber también que tú fuiste escogido hace diez años y fuiste inducido por el espíritu de la Gran Orden a prepararte para la gran tarea; y, hoy mismo, se te entregará las tres llaves del cofre que guarda el «Gran Libro» y el «Gran Escudo» y serás el nuevo Guardián de la Gran Orden Secreta de la Sabiduría que controla el universo; y, yo, tal como lo hiciera Fray Clemente, beberé la pócima sagrada que me llevará a la eternidad . La sorprendente revelación fue terriblemente sobrecogedora para mí, el estar involucrado en algo que jamás, siquiera, lo había imaginado ni deseado. Quedé petrificado. Sentí que todo m i cuerpo era

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aprisionado por una suerte de telaraña gigante que me apretaba; experimenté la sensación del peso de un enorme disco frío posarse sobre mis hombros; el corazón me latía a gran prisa imitando el retumbar de tambores locos en una cita macabra; mis entrañas se revolvían y amenazaban desbordarse y tenía la urgente necesidad de detenerlas, por sobre todo, porque era inminente u n colapso. Desesperado, ante la actitud de sorpresa de Tomás, d o m i n a d o por una angustia insostenible, cogí apurado el lápiz y el papel y escribí: —Tomás, debo salir al instante. Regresaré pronto para estar contigo otra vez. Le entregué la nota; m u y apurado, pillé de paso la c a m p a n i t a que me o b s e q u i ó . Le dije «Adiós...» y él me respondió «!HUMM!»; luego salí de la habitación a la carrera y en brevísimo tiempo llegué a m i casa; de inmediato, entré directamente al cuarto de b a ñ o porque tenía necesidad de usarlo... Estando allí, escuché la voz de m i madre que me gritaba desde el vestíbulo: — ¡ ¡ G u s t a v o . . . Gustavitoü! ¡Hijo...! ¿Estás todavía ahí ? —¡¡Sí, madre...!! ¡Estoy aquí! ¡Ya salgo! —le respondí gritando a media voz turbado y nervioso. — ¡ S e enfría tu chocolate... Te lo hice como a ti te gusta! —volvió a gritar m i madre. 98

Salí del baño y pasé al comedor; en efecto, ahí estaba la taza de chocolate humeante, el jugo de naranja, las chaplas recién salidas del horno, la mermelada de durazno y un molde de queso amarillento. Me senté a la mesa; luego, vino mi madre de la cocina trayendo un plato de humitas recalentadas a la brasa y lo dejó frente a mí. —Debes ir a visitar a tu tío Enrique. Se enfermó hace dos días. No vendrá esta noche para la cena de despedida. ¡Ya...hijo! No te olvides —ordenó mi madre autoritaria como siempre. —Sí, madre — c o n t e s t é no con mucha seguridad. —Ya lavé toda tu ropa para que te la lleves limpiecita. Debo lavar también el pijama que llevas puesto. Me lo dejas en el lavandera —ordenó y prosiguió—: — ¿ Q u é te pasa, hijo...? Te veo muy preocupado y cansado. Ya sé... Estás apenado porque te vas mañana. Puedes creer, hijo mío — continuó mi madre—, yo estoy muy triste porque mi engreído se me marcha. Pero, acuérdate que en adelante vendrás más a menudo, lo prometiste. —Sí, madre, claro, así va a ser —respondí, algo más despejado del sopor en que estaba sumergido, sintiendo el delicioso aroma del chocolate. —No olvides de entregar ese misterioso regalo 99

que está sobre la credenza —me lo recordó y prosiguió— ¿No quieres decirme para quién es, no...? —y continuó: —Anda, pues... Gustavito, dime, ¿quién es esa persona? —insistió mi madre muy curiosa, pensando que era, tal vez, para una mujer aun sabiendo que yo tenía novia. —No es para lo que estas imaginando con tu incurable fantasía de ver amoríos por todas partes. —Anda pues...hijo. ¿Ya no confías en tu madre...? Dímelo. . . ¡ya!—insistió casi suplicante con su convincente melindre de madre consentida. —Está bien, obstinada curiosa. Te lo diré antes que te dé un infarto, no quiero quedar huérfano de una mamá tan linda y tozuda sin perdón... Es para un gran amigo mío. —Ah, sí.... Pero tú tienes tantos amigos buenos, ¿quién es ese afortunado? —Es para mi amigo Tomás, lo traje de París para él —le dije notoriamente emocionado como cuando uno revela un preciado secreto a alguien en quien se confía plenamente. —¿Tomás, dijiste...? Recuerdo que hace mucho tiempo mencionabas alguna vez a Tomás, el campanero de la Compañía ¿Te refieres a él? —Sí madre, es para él mismo. Nunca te dije que tenía gran aprecio y cariño por él —mi madre se quedó callada por un momento notando el modo

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exultante como le respondí. Luego, muy calmada y con aire consolador, mirándome compasivamente a los ojos, dijo: —Mira, hijo... Tomasito, como le decían las beatas, era casi un santo. El... ya no está con nosotros. Se ha ido... El Señor se lo ha llevado hace tres años... Es una pena. De aquella vez, las campanas de la Compañía ya no cantan igual. Tomás era un artista, sabía arrancarle hermosas melodías. Daba gusto escucharlas; invitaba a correr, especialmente a las novenas. La abrupta noticia del suceso me hizo sentir la turbulencia devastadora que sacudió todo mi ser obligándome a llorar; pero, no lo hice. Me retraje en un pasmoso estado de dolor mudo con el espíritu a punto de romperse. Mi madre al ver mi dolor ahogado en silencio sepulcral, tratando de reanimarme, prosiguió: —Muchas hermandades a c o m p a ñ a r o n el entierro; lo mismo los Seminaristas de San Cristóbal y muchísima gente; coronas tuvo en cantidad. Tomasito, ahora, está en el pabellón San Clemente —luego, conmovida y muy impresionada por el efecto que había causado su noticia, se levantó de la mesa, se sentó a mi lado, y pasando su mano por mis cabellos, como cuando yo era un niño, empezó a hablarme muy dulcemente de todo cuanto sabía sobre mi pobre amigo; a quien, nunca más volvería

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a verlo renquear penosamente, cabalgando en su dramática historia que sólo yo tuve el privilegio de oiría.

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UMA
Ya nadie podía imaginar, en estos tiempos., lo que habría de ocurrir aquel viernes en el apacible cacerío de Umaqasa, aquel edénico paraje donde sus gentes habitan un claustro de ritos y creencias milenarias, sumisos de ancestrales mandatos, mezcla de religión y norma de vida. Confesos de fe profunda y devoción por la pacha mama, la madre tierra; allí donde viven un eterno romance de flores y canto, de pajarillos, de luz y viento; de vivencias pastoriles en pacto total con sus raíces. A sólo una jornada de Huamanga, vecino de Aqoqro, (dominio de brujos y hechiceros) Umaqasa pinta un cacerío de informes chacritas ceñidas de tankares, airampo y rosas enredaderas silvestres. Rociadas de blanqueadas casuchas acicaladas de rojizas tejas, todas, en sus cumbres, ornadas con i m á g e n e s tutelares, moldeadas con excepcional arte en búcaro y

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hojalata; (Cristos, iglesias, plantas, animales, etc.) a sus lados, cimbreantes acequias apurando alegre sus limpias aguas para- cebar campos y gentes. El conjunto copia paradisíacos paisajes con su eterno verdor y sus animales pastando en la yerba fresca; sus lomas y laderas en planos dispares, en agradable equilibrio de espacios, suscita apacible comunión con la naturaleza. Su rústica placita bordeada de modestas edificaciones aloja el Cabildo, la Gobernación, la capilla con su campanario, la escuelita mixta y algunas viviendas. Al interior de esta obra maestra del paisajismo bucólico, moraba Marcelino y su familia y las, no muy numerosas, familias sin más autoridades que cuatro Barayoq-—símbolo del poder comunal—. El cura la visitaba una vez cada año para acompañar la procesión de la Virgen Candelaria y celebrar la gran misa el día central para la Santa Patrona, el dos de febrero. Nuestro personaje, joven labrador, dado al campo de sol a sol, era ya señalado como el prominente vecino y potencial líder del pueblo por su recia personalidad y pugnaz espíritu de empresa. Su moderada introversión lo mostraba, a veces, como un hombre solitario recluido en sus inquietudes y preocupaciones; una de ellas, su destino de varón. Ya transponía, en exceso, los

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límites de su soltería, no obstante tener a tantas casaderas esperando tan sólo un gesto del codiciado nubil; entre ellas, la dulce y recatada Eugenia o la alegre y coqueta María que no cesaba en perder algún cabrito que siempre lo hallaba en las chacras del inaccesible, in abstracto, donjuán; lo asediaba también Romualda, la mayor de todas, seria y calculadora, que en las ferias dominicales le ofrecía absurdos cambalaches de un anillo o un prendedor por las patatas o el maíz moro de Marcelino; que decir de la romántica Mariana, le amaba en silencio y nunca se atrevía a mirarlo a la cara por el gran miedo de recibir un frío gesto o un desplante. Marcelino amaba a Zumilda, sólo a ella. Traía sembrada en el corazón la abrasadora pasión que ardía en llama de vida, que no otra mujer podía sofocar. Ella le llevaba en años y vivía tres chacras abajo; esbelta, de facciones agradables, dueña de una linda y l a r g u í s i m a cabellera azabache. Misteriosa, de talante seductor cuyo extraño encanto lo subyugaba. Era, sin embargo, esquiva, misántropa; poco se la veía y nunca acudía a las reuniones del pueblo ni a sus grandes fiestas; tampoco iba a las ferias de semana de Sacharumi y nadie la vio compartir con amigas o allegados; sólo se deslizaba con reserva por la cercanía de su casa y sus chacras, que eran numerosas. Escasamente saludaba a los vecinos y no accedía a la charla, se 105

limitaba a expresiones formales de rutina cuando se topaba con alguien. Vivía sola en la casa. Fermín, un viejo campesino solitario, le hacía los recados y organizaba las tareas de campo. Este habitaba una cobacha alejada y sólo acudía los días fijados por su patrona. Los padres de Zumilda, su madre antes, se h a b í a n marchado h a c í a mucho tiempo expulsados por una rara depresión. Ellos nunca se explicaron la pesadilla que les costaba vivir cerca de su hija; pero, sí sabían que Zumilda tejía los hilos que era la trama para alejarlos. Marcelino había hecho una decisión. Creía, sin absoluta duda, que Zumilda debía ser la compañera de su vida. Iniciaría, entonces, el asedio a la aparente inaccesible torre de marfil. Era casi nula la oportunidad de abordarla como ordena las consagradas costumbres para el menester; esto es, correr hacia la elegida, arrancarle una prenda y ella brincar tras del pretendiente al monte o al maizal y ser tumbada allí, previos forcejeos, corridas y escapes, hasta que la prenda quede sólo como un arrugado testimonio de la iniciación del sirbinakuy (Relación premarital. Una institución ancestral que pervive con variados matices en las comunidades andinas). Debido al impase en el cumplimiento de la norma comunal por lo esquiva de Zumilda, Marcelino hubo de inventar una versión muy 106

personal, inusual por cierto, de asedio. Muchas tardes, a veces de madrugada, al pasar por el camino que corre por lo alto de la casa de Zumilda, Marcelino lanzaba objetos diversos al patio de su pretendida: mazorcas de maíz de colores, pequeños objetos de madera fabricados por él, warakas tejidas de lana y otras fruslerías. Sin embargo, el novel procedimiento no tenía respuesta y ya parecía nublarse la esperanza de acceder a lo tan preciado y trascendente para él. Tener paciencia era su consolación y así se mantuvo por buen tiempo; mas, con la duda de la eficacia del método, y lo peor, que Zumilda no tuviera interés por él; pero, el hecho no enervó su pasión por la hembra que había elegido. Se hacía más intensa. Desde casi el comienzo del singular acoso, Zumilda se había esfumado, ya no se la veía ni por asomo; esto exacerbaba su delirante pasión por esa mujer tan zafada de lo proverbial; sin embargo, al cabo de más de una luna, sucumbió al fin la angustia. Su agonía de la espera incierta por la ansiada réplica se había tornado en gozo inefable. Marcelino estalló de alegría, cuando al filo del camino, en medio de racimos de capulí, se topó con una bella vasija de barro cubierta con un vistoso mantelillo bordado a mano, donde estaban algunas de las piezas que el enamorado lanzó por el aire al recinto de su bien amada Zumilda. Al interior del preciado mensaje

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halló otra diminuta vasija, con dos sortijas de compromiso matrimonial entre deshojadasfloresde retama, planta ceremonial de la comunidad. Era, en supuesto, la aceptación al requerimiento. El trastornado enamorado al llegar a casa alborotó a la familia con festivas charlas, con planes fantasiosos en futuro. Decía que la vida era muy hermosa; y, ahora sí, decía: «se tiene que trabajar mucho para progresar» y siguió insujetable con su contagiante algazara. Sus padres y hermanos y su cuñado, esposo de la hermana menor, se sumaban al inusitado contento; pero, Marcelino no dejaba entrever la causa del repentino cambio de ánimo; la gente, por eso, decía: «Usan cha wacharun china ta kama.» («sus piojos le habrán parido puras hembras». Dicho que explica, en kechua, sorpresiva alegría sin anunciar su causa). Marcelino guardó en reserva la razón de su felicidad; tal vez, porque no traducía claramente el mensaje recibido esa tarde, o quizá, porque la ortodoxia del modelo de apareamiento había sido vulnerado por no actuar como todo varón umaqasino. La noche se la pasó pensando y especulando tantísimas cosas. Qué iría a decirle cuando vaya a buscarla. Cómo manejaría su primer encuentro, cara a cara, con la mujer de sus desvelos que ya la sentía suya. Trataba de sosegarse y ordenar las ideas, pero éstas bullían incesantes, variadas, que parecían no

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acabar. Se durmió bastante tarde esa perturbadora noche, pero, igual, se levantó muy temprano y se lanzó al trabajo con brío y gran entusiasmo como nunca antes. El domingo de m a ñ a n a , vio a Zumilda acarreando agua de la acequia en un porongo de una asa. Aprovechó el momento para abordarla y hacer lo que todo enamorado debe en ocasión como ésta. Corrió de prisa hacia ella y le arrancó el sombrero que tenía puesto y se internó en el bosquecillo a corta distancia de la acequia; ella debió correr tras él para, aparentemente, recobrar su prenda, pero no lo hizo; se quedó muda y sin intentar movimiento alguno. Esto significaba con la ley no escrita de Umaqasa que Zumilda no abrigaba interés por Marcelino, quien se sintió ridículo y humillado; pero, Zumilda, a paso lento, caminaba en dirección a la casa volviendo el rostro a intervalos, insinuando sutilmente que la siguiese. Marcelino desconcertado por la no usual modalidad, muy obediente, caminaba al mismo compás tras ella. Zumilda seguía avanzando y había llegado hasta la puerta, luego ingresó a la casa. El despistado enamorado, muy presto, corrió a la puerta que Zumilda la dejó abierta y penetró al interior. Allí estaba el gran patio y algunos animales menores rondando en él. La cocina, al frente, donde ardían dos trozos de leña alimentando fuego a una paila y

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junto, otro recinto, el gallinero, ambos sin puertas. Por la izquierda, dos habitaciones; una, abierta, el granero y cerrada la otra con un abultado candado. Al entrar, a la izquierda, un largo corredor con dos piezas, el dormitorio y el cuarto de aperos agrícolas, recados de montar, vasijas y chucherías. Por la derecha, dos corrales: el chiquero y el de acémiles y ganado diverso. Ya había corrido buen tiempo y Zumilda no asomaba por ningún lado. El ancioso amante se movía por todo el patio tratando de avistarla y no la ubicaba; luego, sorpresivamente, la singular amante se apareció del interior del dormitorio con una vistosa y alegre llikllita (tapadillo) azul pastel asegurada con una tipa (alfiler) de oro engastada con una perla muy grande; un lindo sombrero de fieltro chocolate adornado con flor de suncho; una graciosa blusa celeste y un faldón plisado bien ceñido a la cintura; tenía puestos zapatos blancos de medio taco. Le colgaban dos largos pendientes dorados con engaste de perlas finas; y en los dedos traía varias sortijas incrustadas de pedrería. Marcelino quedó deslumhrado por el sorpresivo cambio, por la exuberante belleza que parecía una figurita dulce escapada de un catálogo. Desde el corredor, Zumilda, con suaves movimientos de cabeza y subliminales gestos cargados de provocativo erotismo, insinuaba a Marcelino a acercársele, a tomarla. Marcelino en

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terrible desconcierto, tentó un rápido inventario de lo que habría de hacer ante el salaz reto. De partida, sintió la convulsión de su naturaleza de macho ante la hembra que lo estaba provocando. Ya iba imaginando corriendo sombrero en mano hacia el corral y Zumilda, tras él, siendo luego derribada sobre la chala ante el asombro de asnos y bueyes. Las otras opciones: correr y tomarla por asalto allí mismo o conversar, antes, para decirle lo mucho que la amaba; pero la cabra que tira al monte, optó por la tradición. Brincó y se puso frente a ella y la despojó del sombrero que tenía puesto. Zumilda, con energía, lo tomó de las manos y le dijo: «Marcelino, e s p é r a t e . No hagas eso. Puedes tumbarme aquí no más.» Marcelino, invitado al gran banquete, eufórico y goloso, abrazó a su amada tan apasionado y desenfrenado que ambos cayeron al piso. Allí, al principio, sus labios se anudaban en diálogo de salibas dulces, sumergidos en embriagada sensación de gloria. Marcelino, presto a iniciar su ascenso al monte venus, con el sexo desplegado, bajaba las manos para explorar el campo y había llegado a rozar las hebras que custodian las fauces que acceden a la batalla final; y, cuando, en el fervor de la contienda y tener más espacios que invadir, quizo arrancar el pañuelo que cubría el cuello, Zumilda, de inmediato, se deshizo de su ardiente atacante y se puso de pie. Muy calmada, con la cara

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sonrojada y aparente sensación de contento, le dijo a Marcelino: «Ya esta bien por ahora, querido Marcelino... ¿Cuándo vas a venir otra vez?» El desventurado nubil que no había logrado su galardón de amante pleno, ante el abrupto cambio, compungido y con rabia reprimida, estuvo a tumbarla de nuevo como ordena la ley del campo y ejecutarla como indica la ancestral costumbre, pero de inmediato, la mirada hipnótica de Zumilda lo retuvo y sólo se limitó a decir: —Está bien. Será como tu quieras. Vendré m a ñ a n a después de las faenas cuando se haya puesto el sol. Marcelino salió de la casa desencajado, defraudado, castrado y d o m e ñ a d o sin hallar explicación del absurdo coloquio. Al llegar a la puerta de calle, se detuvo un instante, hizo un recuento de lo acontecido y ningún incidente coincidía, en nada, con los cánones en vigencia; luego, armado de las ideas clásicas volvió ante Zumilda bien apuesto y decidido a retarla; muy erguido y desafiante le dijo: —¡¡Zumilda...!! ¿Qué significa lo que acabas de hacer?—y prosiguió—.¿Acaso no quieres estar conmigo...? ¿o, sólo te estás burlando de mí...? — más eufórico y con algo de rabia continuó—. Dilo ahora mismo. Terminemos con el juego, porque yo no vine para eso. Yo te quiero y deseo que seas mi mujer y para siempre —luego de breve pausa, al 112

no tener la respuesta inmediata, prosiguió en tono conciliatorio: — ¿ P o r q u é no eres como las d e m á s , Zumilda...? Yo soy el hombre y tu la mujer, si quieres ser mía debes darte totalmente ... Así lo han hecho tu madre, la mía, nuestras abuelas y todas las mujeres en Umaqasa —Zumilda, con mucha calma y en tono cariñoso, dijo: —Marcelino, no debe preocuparte eso. Haremos lo que tu dices y algo más; pero lo haremos en su debido tiempo. —Pero, éste es el debido momento —replicó de inmediato con el ánimo inquieto y casi suplicante, como si le negasen la golosina al niño; luego prosiguió —. Tú me aceptaste y debe ser ahora; porque así como tú quieres no va a estar bien; todo saldrá mal y nuestra vida no será como de los demás. Seremos raros y la gente se reirá de nosotros. —Ten sólo un poco de paciencia, Marcelino —dijo Zumilda—, te prometo que así será mejor y verás que seremos distintos pero muy felices. —Zumilda —dijo Marcelino como confesión de parte —, yo te amo, te amé desde siempre y seguiré queriéndote a pesar de todo, pero debes explicarme tu e x t r a ñ a conducta —Zumilda aparentemente conmovida por el vehemente rostro de Marcelino, dijo: —Querido Marcelino, yo te quiero también; 113

pero, te quiero a mi modo; te quiero, tal vez, más que tú a mí. Debes creerme, sonqollay, yanallay (intraducibie en su exacta connotación. Aprox. mi corazoncito, mi hombre mi amorcito) —.Te repito, así seremos muy felices —luego con su coqueta sonrisa y segura de haber convencido a Marcelino, corrió hacia él y lo abrazó. Ambos con las mejillas apretadas se mecían perdidos cada uno en sus propios pensamientos. De pronto, en medio del dulce idilio, un griterío de voces de niños riñendo entre sí, se escuchó. Marcelino despertado de su modorra de amor, sorprendido preguntó: «¿Quiénes son...? ¿Dónde es eso...?». Zumilda, dijo: «No sé, deben ser los chicos jugando en la chacra». El hecho quedó sin mucha explicación. Zumilda algo turbada, dijo: —Marcelino, ¿cuándo vienes para hablar de nosotros? —Marcelino que ya tenía la intención de establecerse allí de acuerdo a las reglas de juego, con notoria sorpresa e inocultable frustración, en tono frío dijo: —Vendré por la tarde después que caiga el sol. Sólo recuerda que te quiero mucho. —Está bien Marcelino, te estaré esperando sonqollay. No olvides traer los anillos de nuestro compromiso. Hoy haremos el trueque de aros. Si te parece bien. —¡¡Sí, claro, está muy bien!!. Lo traeré. 114

Seremos novios como los mistis (blancos) — Marcelino, asombrado y contentísimo por la sorpresiva proposición, selló un beso en sus semiabiertos labios y salió muy orondo. Esa tarde Marcelino era un hombre transformado en dicha viviente. Celebraron delirantes la ceremonia del canje que marcaba, según la nueva pauta, el inicio del noviazgo. Así se mantuvieron felices viéndose casi a diario; excepto, las veces que la misma Zumilda indicaba que no debía visitarla. Un viernes, al anochecer fue a verla, tocó la puerta y salió a hurtadillas y en voz baja dijo a Marcelino: «Sabes una tía acababa de llegar de Huamanga, de paso a Aqoqro, se queda hasta el sábado. Puedes venir el domingo, te estaré esperando. Adiós mi amor». Marcelino se retiró maldiciendo a la bendita tía por arrancarle dos días de dicha. El domingo luego del ocaso, Marcelino ya estaba ante la puerta de su felicidad. Salió Zumilda muy alegre, pasaron y se sentaron sobre mullidos pellejos de cordero tendidos en el poyo del corredor. Marcelino, desde el inicio, insistía abordar el tema del futuro, pero Zumilda desviaba sutilmente la charla a otros temas. El flamante novio tenía prisa por establecer una relación definida, para echar a los vientos la noticia y se enteren de la gran conquista, de quien era codicia de los más serios pretendientes en la comarca. Ya, en un momento

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de la noche, se volvió a oír el mismo griterío de voces infantiles que venía de m u y cerca. Marcelino, con preocupación y tono de sospecha, preguntó: —¿Quiénes son esos niños y dónde están... ? — Z u m i l d a h a c i e n d o u n gesto de e s t u d i a d a despreocupación, dijo: —Yo no oigo nada de niños. Deben ser los pajarillos asustados por el vuelo de los murciélagos luego, insinuando que la cita había concluido, continuó—. Parece que es tarde. Mañana es lunes, hay harto trabajo. Mis hombres vendrán m u y temprano para el barbecho. Debemos descansar. Marcelino se puso de pie y salieron abrazados hasta la puerta. Ella le besó delicadamente en los labios; él trató de apretarla en un fuerte abrazo, pero Zumilda lo apartó con agradable lisura y le dijo: «Hasta mañana, Marcelino. Te espero a la caída del sol.» El comportamiento de Zumilda era tan raro como ella misma; pero Marcelino decidió seguir el compás marcado por su amada; y parecía estarle gustando el novedoso estilo de como Z u m i l d a estaba manejando el romance. El viernes de la éegunda semana del noviazgo, fue a verla. Zumilda, ya sin abrir la puerta, por la rendija, le susurró que no podía pasar. Dijo que la tía regresó de Aqoqro, de paso a Huamanga, y la acompañaría hasta el sábado; también le dijo que lo esperaba el domingo.

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Marcelino sintió por primera vez el tormento de los celos. Temió que no era la tía sino un hombre el que visitaba a su prometida. De inmediato, corrió a su casa. Se armó de cigarrillos, aguardiente y coca, y envuelto en su poncho se apostó frente a la casa tras un grueso árbol. Allí permaneció en vigilia hasta la madrugada. La puerta no se había movido en ningún instante y el sol ya asomaba por Luichuqasa. Marcelino siguió rondando por el área hasta pasado el medio día, pero nada ocurría alrededor; sólo el pastor que llegó temprano y condujo los animales a los pastizales. Marcelino con el virus de los celos que taladraba su corazón, se lanzó a destapar el misterio. Ingresó por la puerta que dejó destrancada el pastor y fue al dormitorio, pero antes, ojeo todas las habitaciones y no vio a nadie. Tocó la puerta. Zumilda con voz apagaba y en tono enfermizo gritó desfalleciente: «¿Quién es ... ?» De inmediato, con angustia, Marcelino respondió: «¡Soy yo, Marcelino... ¡Zumilda! ¿Estás bien? ¡Abre la puerta... ! ¿Qué está pasando contigo... ?» No hubo más respuesta. Marcelino asaltado por un embrollo de ideas catastróficas de lo que ahí ocurría, con furia, arremetió contra la puerta y derribó la tranca. Ingresó al dormitorio, buscó con la mirada lo que presagió encontrar, pero Zumilda estaba sola en la habitación. No había ni tía ni el otro hombre. Allí estaba ella, tendida sobre la cama, con los cabellos

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desgreñados, pálida y muy desganada. Se la veía gastada, el rostro desencajado como si acabara de salir de una prueba de tormento. Al verla así, Marcelino se arrodilló al pie del lecho y muy conmovido le dijo: «Zumilda, mi amor, dime que ha pasado contigo. Te veo muy mal. ¿Quieres que vaya a traer un curandero ...?.» —Zumilda con voz entrecortada y sin aliento, dijo: —Parece... que me hadado... el aire. También ... estoy con mi sangre. Todo se me ha juntado, pero estoy bien. No te preocupes, ya me pasará... En efecto, la presencia de Marcelino la reanimó y quizo levantarse pero él la detuvo y la ayudó a sentarse. «No está la tía ni el hombre. Otro misterio de Zumilda» se decía Marcelino. De inmediato preguntó: —Zumilda, no veo por ningún lado a tu tía; tampoco la he visto salir de la casa. ¿Dónde está metida? —Zumilda, todavía con el ánimo decaído, pero muy suelta de huesos dijo: —¡Ah... ! Se marchó anoche, justo después que te fuiste. Decidió irse al tambo y esperar allí a los arrieros, para viajar muy temprano con ellos. Marcelino creyó haber despejado el misterio, más bien, ningún misterio, porque todo estaba ahora muy claro: no existía el otro hombre y la tía se fue esa misma noche por una repentina decisión. La grieta que estuvo por abrirse quedó sellada y todo 118

continuó como el primer día. La felicidad había vuelto a reinar y un nuevo esplendor, a cambio del desaliento roto, brillaba. Sus noches eran cálidos encuentros de pasión, de sólo tiernos besos y caricias de un amor platonizante; era la antítesis de la dogmática versión del amor de Umaqasa. La sempiterna ideología de ese amor pastoril había perdido vigencia. Surgía, ahora, una nueva tesis de apareamiento, más pensaba, racional, sin la mácula de lo carnal. Todo había de hacerse con una metodología, con las reglas que Zumilda imponía; Marcelino era ahora el abanderado del nuevo evangelio del amor, lo exaltaba y lo enriquecía; y, su devoción por Zumilda crecía; era, ahora, su diosa viviente que traía inédita la edición de un libro de romance fascinante, exclusivo, privativo sólo para ellos dos. Ya no se hablaba de las ceremonias tradicionales del Yaykupakuy, (pedida de mano) del ayni (ayuda) para construir la vivienda, ni del futuro ni de los hijos que vendrían, ni la boda. La furtiva vida de la pareja estaba d i s e ñ a d a sólo para encuentros bajo la sombra del ocaso; se presumía que nadie conocía del enredo pasional; aunque ya corrían voces de la extraña relación. Durante el día, Marcelino rumiaba cada idea, cada palabra surgida la noche anterior y la hacía suya como una lección aprendida; y, elaboraba su nuevo manual de amor con los códigos totalmente cambiados. Marcelino

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era ahora dueño de un estilo de vida diferente: parco, poco comunicativo, muy apartado de su gente, sólo esperando la noche donde era vivida su felicidad. Sin embargo, al cumplirse la cuarta semana del primer encuentro, vino el cambio abrupto. Fue aquel viernes, al atardecer. Zumilda salió a la puerta a decir a Marcelino que no podía pasar. Su tía estaba allí nuevamente y debía quedarse hasta el sábado. Marcelino muy prudente, se marchó a esperar el domingo. Pero esa noche fue despertado por una fea pesadilla. Vio a la gente de su pueblo en calle abierta con los rostros cambiados, deformes, monstruosos, que lo asediaban con grotescas muecas al pasar por entre ellos. Al final del horrible túnel una desagradable caricatura de Zumilda estaba, quien parecía presidir la dantesca asamblea; y, con la mirada lo instaba a sentarse junto a ella. Marcelino se negaba a hacerlo, entonces, Zumilda montó en ira y le dijo: «¡¡Ven aquí mi esclavo mayorü». Al instante, los rostros mudaron a su apariencia original y gritaron en coro: « ¡ ¡ ¡ J E S Ú S ! ! ! » y Zumilda d e s a p a r e c i ó . Marcelino impresionado por el angustioso sueño, pensó que algo malo podría estarle ocurriendo a su prometida. Ya era pasada la media noche; de prisa corrió a casa de Zumilda y nadie respondía a los golpes en la puerta. Bordeó la casa y no había modo de ingresar por lo alto de los muros. Cogió entonces, una caña delgada y por

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una rendija derribó la tranca. Llegó a la puerta del dormitorio y se mantuvo quedo, silencioso con el oído pegado a la madera. Se oía dentro un ronquido incesante. Un diminuto resquicio revelaba que había luz en la pieza, pero no había modo de ver el interior. Se notaba que el resoplido era diferente a la bulliciosa respiración del sueño. Decidió tocar la puerta y lo hizo con insistencia, pero nadie respondía y el rítmico sonido seguía igual. Volvió a insitir con más fuerza, pero tampoco había quien responda, sólo el ruidoso toma y daca del extraño aire burbujeante. Marcelino en angustiante decisión forzaba la puerta con el peso de su cuerpo, pero esta vez no cedía, tampoco podía derribarla, era casi un portón de recia factura. Fue al corral y allí había una ventana alta que daba al dormitorio. Llevó del corredor una desvencijada mesita, una silla y una pequeña banqueta con los que armó una torre para escalar; aún así, al subir, le faltaba un trecho por alcanzar el filo de la ventana; previo cálculo de un posible fallido salto, se lanzó al aire y apenas pudo asirse con una mano, balanceándose peligrosamente sobre los muebles esparcidos en el suelo. Se decía: «Si caigo, hasta aquí llegó mi vida». El atlético Marcelino se mantuvo oscilante, buscando apoyo para los pies y no lo hallaba. Flaqueante, con un sudor frío que inundaba su cuerpo alcanzó el filo con la otra mano y en supremo esfuerzo logró 121

elevar su pesado cuerpo quedando suspendido de vientre en el piso de la ventana por buen rato. De allí se oía la ronquera con más intensidad porque no había puerta de por medio. Recobrado el aliento se incorporó apoyándose en las jambas de la ventana cuya altura apenas llegaba al metro. Lo que vio en la habitación lo horrorizó y gritó despavorido: ¡¡¡Zumilda... Qué han hecho contigo...!!! No podía seguir viendo cuadro tan horrendo. Cerró los ojos sin creer que escena tan cruel pudiese existir. Quizo huir del lugar aterrado al borde de la demencia; pero se quedó unos instantes sin entender ni que hacer ante el brutal hecho. Luego decidió bajar al dantesco sarcófago, insostenible a los ojos de un mortal. Dio un salto suicida y cayó al piso con estruendo. Adolorido con algún hueso averiado se puso de pie y no pudo soportar el otro gran dolor y gritó enloquecido: «¡¡¡Zumilda... m i amor... que te han hecho ... ¡Ü». Buscaba por los rincones y bajo los muebles la cabeza del cuerpo decapitado de Zumilda; buscaba también al autor del horrendo c r i m e n ; p e r o , n i n g u n o de ellos estaba en el d o r m i t o r i o . Lentamente se acercó a su amada descabezada, recostada en la cama sobre mullidos almohadones y en medio de dos gruesas velas a cada lado del lecho. Del centro mismo de esa garganta cercenada fluía e ingresaba un bullicioso aire teñido de u n tenue líquido sanguinolento.

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Marcelino se acercó más y tocó su mano extendida sobre la cama. Estaba tibia y el cuerpo hacía movimientos leves. Siguió tentado más partes del cuerpo y todo era muy tibio; en un momento, el cuerpo quizo levantarse apoyado con las manos, pero sólo fue un intento y se quedó muy quieto apurando el ritmo de su r e s p i r a c i ó n . Repentinamente, incitado por una fuerza extraña a él, Marcelino, sintió la morbosa tentación de invadir la intimidad de ese cuerpo viviente y cálido que irradiaba contaminante lascivia, creando en él una incontenible voluptuosidad. Empezó, entonces a tocar los hombros y brazos delicadamente; siguió por el pecho y acariciaba los exuberantes senos que eran ardientes montañas de sensualidad; allí se detuvo mimándolos gentilmente con las yemas y cuando los quizo tocar con los labios, las dos manos de ese cuerpo lo tomó del cuello y quería arrancarle la cabeza; eran como una tenaza de acero casi imposible de zafarse. Las manos seguían apretando y Marcelino sin aire, al borde del colapso, casi muerto, en postumo esfuerzo, levantó en vilo el cuerpo y lo golpeo contra el piso; de inmediato le descargó una rotunda puñada en el vientre, y el cuerpo cayó con los brazos todavía levantados buscando el cuello de Marcelino. Q u e d ó tendido en el suelo convulsionando e intentando levantarse con un líquido rosáceo manando de esa garganta abierta,

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haciéndose más ruidosa y apurada las exhalaciones. Marcelino se asfixiaba en ese antro demoníaco. Quitó las dos trancas, la aldaba y el picaporte de la puerta y salió al corredor a tomar aire. Allí p e r m a n e c i ó apoyado en el poste agotado y flaqueante a punto de desplomarse. Estaba abrumado por el misterio del dormitorio convertido en gabinete macabro que parecía extraído de la más espeluznante obra de terror. De pronto, en medio del sopor en que había caído sintió muy cerca, tras él, el horrible ronquido; de súbito, volteó y vio que el cuerpo mutilado avanzaba hacia él, muy silencioso, con los brazos extendidos con evidente intención de volver a aprisionarlo. Marcelino se puso en guardia y cogió el trillo apoyado en la pared; y antes que trasponga la puerta lo embistió con el tridente derribándolo al piso. Allí se debatía en repugnantes contracciones intentando ponerse de pie para atacar; Marcelino inundado de ira repelía furioso con la pungente vara hasta dejarlo desfallecido. Arrancó, luego, el alambre de secar la carne tendido en el patio; con él, ató los pies y manos del monstruo y lo arrastró al pie del catre sujetándolo a una pata del mueble. Marcelino, extenuado y asfixiado, salió nuevamente al corredor y permaneció allí por largo rato sentado en el poyo con la cabeza gacha y un torbellino de presunciones, urgando explicaciones de lo que estaba ocurriendo.

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Era bien pasada la media noche, y cuando recien asomaba a su mente el barrunto tenue de recuerdos de su mundo infantil conectados con el hecho; de pronto, se oyó el griterío de niños que provenía del flanco izquierdo de la casa. Cogió una de las velas del dormitorio y fue a inspeccionar el lugar. No era del cuarto de granos, salía directamente de la habitación encandada. De inmediato, derribó la puerta de un contundente e m p u j ó n . Era ensordecedor el vocerío: ¡¡¡FUERA, LÁRGATE. ..¡¡¡ ¡¡¡FUERA...LÁRGATE...¡¡¡ ¡¡¡FUERA...FUERA... LÁRGATE...iii Era sólo eso, griterío que venía de una habitación donde no había ningún niño. Había sólo tres largas repisas de madera. En la pared izquierda, en el estante bajo, descansaban varias ollas de barro graciosamente adornadas con cintas de colores; algunas con rozones vistosos que pendían de diminutas ventanas abiertas alrededor de los artísticos recipientes. En el tablero alto, asegurados con candados, habían varios cofres de madera; y en la repisa de enfrente, muy ordenados, numerosos objetos pequeños: muñequitos, ropas diminutas, aretitos m i n ú s c u l o s , igualmente escarpines y zapatitos y otros objetos en miniatura. Había cesado el estridente bullicio. Marcelino avanzó vacilante hacia la repisa de ollas, de donde parecía provenir las voces. Quitó la orlada tapa de madera de una de ellas. ¡¡¡Que horrible sorpresa...¡¡¡ Tres

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enormes sapos, con las patas delanteras asidas al filo de la olla y las fauces rabiosamente abiertas, empezaron a gritar: ¡¡FUERA...!! ¡¡LARGATE... FUERA... FUERA...!! Marcelino se apartó atrás fuertemente impresionado... Y de repente, como un estallido de imágenes muy brillantes, al igual que en instantes de la muerte, acude a la conciencia el veloz recuento de todos los hechos de la v i d a pasada, Marcelino empezó a rodar por su mente las viejas historias que, en su niñez, contaba la abuela en noches de luna. Recordó que los sapos tenían que ver con brujas. Estas enterraban u n huevo de pato cerca al fogón o en el corral en medio del estiércol; y luego de treinta días del entierro, que coincide con luna llena, el engendro rompe el cascarón y llama a gritos a su procreadora. La bruja debe acudir presto a cobrar su vástago. El batracio es llevado a su nueva morada con cánticos y arrullos y será vestido y festejado. Para la celebración, las ollas son bajadas y uno a uno los infantes van saltando sobre una alfombra, en cuyo centro la bruja se sienta y los crios danzan y cantan a su alrededor. La solícita madre, al son de sus canciones baila con cada uno de ellos tomada de las manitas. Este recuerdo clarificaba totalmente el misterio. Se dijo muy seguro: «Zumilda es una bruja y yo su esclavo mayor, también tiene otros, los menores a quienes les cobra cupos». De inmediato, fue al corral y

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regresó al cuarto con abundante pienso y lo echó a un rincón, luego le prendió fuego. Con incontenible furia cogió uno a uno el albergue de las chillonas criaturas y los estrellaba contra la pared, donde el fuego arreciaba; y los odiosos engendros del diablo, (así dicen los relatos de Umaqasa) al principio, gritaban : «¡Ü FUERA ... LARGO... LARGATE... FUERA!!! ¡¡¡FUERA... LÁRGATE... !!!» Después, cuando la llama los iba tocando proferían lastimeros quejidos, luego enmudecían, quedando de ellos sólo un carbón mal oliente, repugnante. Ya cantaban los gallos esa madrugada y era inminente la llegada del alba. Marcelino volvió al dormitorio. Allí seguía el cuerpo mutilado y yacente con su incesante ronquido, y lo que veía ahora era tan distinto de lo que percibió momentos antes. Arribó clarísimo los recuerdos de sus lejanas noches de luna sobre la UMA. (cabeza) Decía la abuela que la UMA se desprendía del cuerpo de las brujas y salía volando los viernes por la noche, pasada las doce y debían regresar antes del amanecer. Salen a buscar viajantes nocturnos para esclavizarlos. Para ello, la UMA debe atravesar por entre las piernas de su víctima, entonces, el esclavo menor debe pagar cupos en dinero para liberarse. Si no lo hace sufre estragos cayendo en incurable enfermedad. Por eso, los arrieros llevan siempre consigo ramas de espina para enredar a la UMA, entonces, la bruja debe 127

pagar para ser liberada; para ello, la UMA viaja asegurada en la alforja del jinete hasta llegar a su casa; allí, le indica el escondite de la recompensa que las brujas reservan para estos casos; cobrada la gratificación la UMA es dejada libre. Marcelino decidió destruir el maligno cuerpo, recordando que la ceniza es su veneno mortal. Trajo, entonces, un plato hondo repleto del polvo gris y arrojó puñados llenos en la misma boca de esa faringe abierta; de inmediato, el cuerpo herido de muerte convulsionaba, sintiendo que su final se acercaba. Marcelino siguió administrando más veneno y la masa agonizante se contorcionaba en horrible estertor, que cada vez se iba apagando y perdiendo aliento; y muy pronto, quedó flácido y silencioso. Había muerto una parte de Zumilda. Quedaba la UMA. Ya debía estar de regreso. ¿Qué debía hacer? Atraparla, era lo que tenía que hacer y acabar con ella, o ella lo atraparía a él. Quedaba poco tiempo, ya el alba se anunciaba y la UMA debía ingresar por la ventana. Una de sus viejas noches de luna saltó al recuerdo, donde la abuela decía: «cuando el cuerpo de la bruja muere, la UMA busca un cuerpo para injertarse, va al hombro de un varón y se suelda a él.» Marcelino sería el hombre y su cuello su morada perpetua, porque era su esclavo mayor y era quien la había partido. La bruja lo perseguiría hasta unirse

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a él y tenerlo cara a cara por vida. Por un instante quizo huir por la idea de ser vencido y ser el gran esclavo bicéfalo, y ya no ser más el Marcelino notable, el prohombre en ciernes que la comunidad lo estaba ungiendo. La duda lo quizo paralizar y esperar inerme la llegada de la enemiga, pero pudo más su libertad, su honor y decidió enfrentarla. Tenía que cazarla y entregarla a la justicia de su pueblo. Salió muy rápido de la casa con una soga al hombro, recorrió los cercos vecinos y recolectó abundante espina y la llevó al dormitorio. Trancó la puerta. Armó, primero, en la punta del tridente una carga enorme de espinas de tankar, para cubrir la ventana luego que la UMA ingrese e impedir la fuga; preparó un gran manojo de la misma espina para atraparla; luego, cubrió su cuello y hombros con tallos de espinosas rosas silvestres. Ya el día se asomaba en * penumbra y era inminente el regreso de la cabeza voladora. De pronto, como un bólido de negra cola, la UMA penetró por la ventana y voló vivaz hacia su cuerpo derribado; trataba de conectarse revoloteando en torno a él, pero la UMA lo rechazaba, sentía que el cuerpo estaba sin vida. Hizo algunos intentos más y al final comprobó que había perdido su cuerpo; sintió la fetidez de la muerte que emanaba de ese conducto ya frío y silente, totalmente envenenado por la ceniza; entre tanto, Marcelino ya había cubierto la retirada. La ventana

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estaba cerrada y no había modo de escape. La UMA surcaba los aires de la habitación y no encontraba una salida. Con la puerta trancada y la ventana atascada le quedaba sólo un camino, apoderarse del cuello de Marcelino. La cabeza inició vuelos razantes en torno a Marcelino pugnando por desorientarlo. Este batía la rama de tankar para atraparla. Se había entablado la más desesperante guerra; la bruja por instalarse en el cuerpo de su esclavo mayor y Marcelino por atrapar la macabra testa. La contienda era dura y angustiosa para ambos. Los ágiles y sinuosos vuelos de la UMA agudizaban el nerviosismo del combatiente en tierra que se mantenía en el centro del campo, tenso y muy asustado. Zumilda con sus horripilantes chillidos y como saeta desbocada hacía giros alrededor del hombre que ya estaba por ser derribado por los incesantes ataques. La UMA tenía gran dominio del aire y se escurría con extraordinaria habilidad. Marcelino batía la rama de tankar inútilmente y ya estaba agotado sin resultados a su favor. La bruja manejaba el espacio con absoluta precisión. Marcelino, había caído al piso, de inmediato la UMA voló presto al cuello que h a b í a perdido su protección; al instante, sólo ya por un efecto casual, cuando la bruja hacía el vuelo final para instalarse en el hombro del batido Marcelino, éste logró, por fracción de tiempo, desviar con la mano, un ápice,

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la trayectoria del fatídico vuelo, haciendo que la UMA se estrelle contra el montón de espinas regadas en el piso. Pugnaba todavía por alzar vuelo, pero el enredo era grave; la azabache melena q u e d ó enmarañada totalmente y Marcelino le agregó la rama que t e n í a en la mano. La l e v a n t ó ensangrentada, herida por las espinas y la arrojó al montón de las pungentes ramas que había sobrado. La UMA totalmente inmovilizada sin posibilidad de escape languidecía; suplicaba que la suelte ofreciéndole pagar con toda su fortuna: —¡¡Marcelino, déjame libre, por favor... !! — y seguía: —¡ ¡Déjame vivir... me iré a otras tierras y nunca más volveré... !! ¡¡Te dejaré mis chacras, mis casas, mis animales y mi dinero escondido en esta casa!! —y continuaba con ofrecimientos tentadores—, ¡¡suéltame, te lo ruego, ya no serás mi esclavo, yo seré tu prisionera, cada luna llena tendrás en el techo de tu casa mis pagos!! —y seguían las ofertas— ¡¡Suéltame, por favor Marcelino; suéltame por nuestro gran amor y serás el hombre más rico si lo haces...!! Sin atender las suculentas ofertas, m á s , considerándose el prohombre del pueblo, no podía ni debía aceptarlas, tampoco debía ceder porque sabía que era la engañosa tentación para hacerle caer en su juego y aprisionarlo. Marcelino armado 131

de coraje y aparente insensibilidad ante la suplicante y medrosa bruja encarcelada, como la descarga de un rayo, estalló en un patético bramido mezcla de dolor y extraña alegría demencial. —¡¡¡Ya, basta, Zumildaü! Ya nada de ti vale como tu muerte. Eres la maldad viviente, eres el engendro del demonio, eres la maldita bruja que quería enrrejarme en su hechizo. Ya no tienes salvación, hoy debe terminar tu pacto con satanás. ¡ i ¡ADIOS BRUJA MALDITA...!!! ¡ i ¡CORRE AHORA AL INFIERNO... ALLÍ TE ESPERAN TUS ÚNICOS AMANTES, TU DIOS...!!! Marcelino, sin esperar respuesta de la bruja, salió de la habitación y corrió a la capilla y desde la torre hacía tañer frenéticamente la campana; luego, bajó y desde el centro de la plaza gritaba: —¡¡¡VENGAN TODOS... L L A M E N A L PUEBLO... !!! —y siguió eufórico y enajenado: —¡ÜZUMILDA ES UNA BRUJA... !!! ¡¡¡VENGAN A VERLA... !!! ¡¡¡ESTA ATRAPADA... !!! ¡¡¡SU CUERPO ESTA MUERTO!!! ¡¡¡LA UMA ESTA TODAVIA VIVA...!!! La noticia corrió por la comarca y ya la gente se congregaba ante la casa de la hechicera; luego ingresaban una a una hasta el dormitorio y miraban horrorizadas el cuerpo mutilado que yacía muerto en el piso; y en el otro ángulo la cabeza viva de la bruja profiriendo gritos e insultos a los que iban

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dejando su carga del castigo. Ahí en el patio, estaba Marcelino, acongojado, viendo como se acercaba el final de su trágica historia de amor. Ya todos habían depositado su mortal aporte y el dormitorio estaba repleto de él. Los cuatro Barayoq, representantes de la ley en el pueblo, portando cada uno sus varas de mando, ingresaron con paso firme hasta el dormitorio. Uno de ellos cogió la gruesa vela que todavía estaba encendida, y cuando quizo lanzarla a la preparada pira, un temblor sacudió la habitación y la vela se apagó. Dos de ellos encendieron sus fósforos, pero de inmediato se apagaban. Fueron muchos intentos pero el resultado era el mismo. Sorprendidos por el insólito hecho, salieron al corredor y de allí informaron a la improvisada asamblea lo que ocurría ahí dentro. Desde muy atrás, una voz llamó la atención y todos voltearon hacia lugar. Era una anciana de cabello muy cano apoyada en un bastón, gritaba: —¡¡¡El credo... es satanás... hay que rezar el credo... !!! La anciana avanzó y desde lo alto del corredor dijo: —Es satanás el que apaga la llama, son dos: Uno es dueño del cuerpo de la bruja y el otro de la UMA. Debemos rezar el credo, todos, nadie debe dejar de hacerlo. Todos, entonces, en resonante coro rezaron el

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credo; luego dirigidos por la anciana, se persignaron en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Reconfortados por la o r a c i ó n , los Barayoq retornaron al recinto, acompañados de la anciana quien seguía rezando a media voz. Nuevamente uno de los Barayoq encendió el fósforo y ahora sí logró encender la vela, pero, cuando intentó prender fuego a la paja extendida sobre los montículos del combustible, dos fuertes ráfagas de viento apagaron nuevamente la vela. La anciana muy tranquila y sonriente dijo. —Son ellos... se han marchado. Sienten hielo cuando hay oración cerca. Ya no regresarán. Prendan ahora el fuego. La obra de satanás debe destruirse. Los cuatro Barayoq encendieron sus fósforos y prendieron fuego a la paja. La llama empezó a tomar cuerpo y ya se sentía el calor asfixiante de un horno en calentamiento. El fuerte crepitar de hojas y espinas ponía el marco sonoro al antisatánico acto. Los cuatro verdugos y la anciana salieron de ese infierno p e r s i g n á n d o s e en medio de los desesperados gritos de la UMA que imploraba perdón, suplicando que no la quemen y la dejen salir. Nadie más escuchó después a Zumilda y todos se alejaban de la gigantesca pira que estaba acabando con la historia de la hechicera. El fuego creció rápidamente. Había caído el techo y las llamas

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se alzaban a gran altura como fogarata infernal que podía verse a leguas de distancia. Marcelino ya había salido del lugar y se iba en camino a la capilla. Tras él le s e g u í a la gente en silencio al notarlo hondamente afligido y triste. Entró a la capilla y fue directamente ante la Virgen Candelaria y mirándola fijamente parecía dialogar con Ella. Al salir, en la puerta, estaban en primera línea sus grandes admiradoras: Jobita, María, la Leandra y otras tantas muchachas. Todas querían abordarlo con abrazos para felicitar por su heroica acción. Marcelino, era consciente de la admiración del pueblo por lo que había hecho; pero era incapaz de sentirse el héroe de una hazaña que lo dejaba con el espíritu quebrado, desolado y en tinieblas; con el corazón roto y vacío. Marcelino seguiría amando, en secreto, a esa otra Zumilda. Aquella dulce e inteligente Zumilda quien le enseñó la dimensión fascinante de un gran amor, inédito, imbricado de pasión tan honda e inolvidable.

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Wallpa sita
/ q u e m e n bien las plumas. Los Castro tienen V i ^ mucho olfato, basta que vuele una y sabrán quetuimos nosotros —recomendaba Don Rafael a las empleadas que ya habían degollado una gallina mora que voló por la cerca que colinda con el corral de los Castro. La esposa de Don Rafael irrumpió en la cocina y algo fastidiada, dijo: —¡Rafael... ¡ Vino el semanero de los Castro. Dice que le entreguen su gallina mora. Su cocinera la vio volar a nuestro corral. —Aquí, no hay ninguna gallina mora. Que pase a buscarla; dile que entre nomás —indicó Don Rafael a su esposa. El pongo de los Castro ingresó a la casa y buscó la gallina por toda la mansión: corrales, cocina, despensa, los cuartos de depósito y no la encontró. —La cocinera dice que ha visto volar, hace un 137

rato, a su corral, Don Rafael —dijo el semanero con intensión inculpatoria. —¡Ah...¡ seguramente, se pasó al corral de los Morales; ya ves que aquí no está —aseguró Don Rafael al semanero. —Bueno, Don Rafael, así le diré a mi patrón —dijo el hombre con la duda traducida en el rostro. —Oye, Pascual, llévale a tu patrón esta gallina. Que se la coma a mi nombre —Don Rafael entregó al hombre una gallina mas robusta que la mora. Vaya m a n í a de mis paisanos, los huamanguinos. Se roban una gallina; luego a cambio, a veces, entregan otra aún mejor de la que se apropiaron. Yo no alcanzaba a comprender la absurda conducta. Convertirse en vulgares ladrones de gallina, y lo curioso, algunos, sólo de gallina y no de otra cosa. Por eso, el apelativo de «Huamanguino wallpasua.» («huamanguino ladrón de gallina.») El comportamiento de mi padre, un respetable caballero, me molestaba desde que tuve el uso de razón. Lo hacía con la misma naturalidad con que se recibe el agua del cielo y se la toma sin el mínimo sentimiento de culpa. Casi todos, sino todos, nos convertíamos en cómplices del ramplón hurto. Un día abordé el tema con mi abuelo paterno y le dije: —Abuelo, dime... ¿Por qué mi papá, siempre que toma las gallinas de los vecinos, manda hacer 138

almuerzos especiales ese día?. —Verás, Carlitas... Esto que a ti te preocupa tanto no es sino una vieja manía que viene de tiempos antiguos. A los huamanguinos nos fascina comernos una gallina ajena, es algo difícil de explicar, pero se experimenta la grata sensación de triunfo; es, algo así, como ganar una presa en una cacería. —Abuelo, el catecismo nos enseña en los diez mandamientos, no robar; entonces, el que se apropia de lo ajeno es un pecador. Mi papá es un pecador. —Es verdad, Carlitos. Pero tu p a p á generalmente repone, en algún modo y casi siempre, otra gallina mejor —dijo el abuelo justificando a mi padre. —Pero, abuelo, el pecado sigue siendo pecado —repliqué. —Sí, mi hijito, pero cuando se devuelve con creces hay algo de perdón —insistiendo justificar la conducta. —Entonces, abuelo, ¿ p o r q u é no nos comemos nuestra propia gallina? Así no pecamos y, todavía, podemos comer una mejor.. —T odo esto tiene una larga historia —dijo el abuelo y prosiguió—. Se remonta a los primeros españoles que llegaron al Perú con la conquista; sin embargo, sólo trataré de contártelo, tal como me lo contaron cuando yo era un niño como tú. —Sí, abuelo, cuéntame, quiero saberlo, soy 139

puro oídos —insistí muy ansioso. — B i e n . . . , d i c e n , q u e c u a n d o se f u n d ó Huamanga en el siglo X V I se asentaron muchísimos españoles de las distintas clases y estirpes en esta ciudad. A más de gentes de abolengo, habían también algunos a v e n t u r e r o s y m a l h e c h o r e s reclutados en los puertos de la península; gente sin escrúpulos y sin muchos principios morales, que sólo buscaban hacer fortuna, apropiándose sin reparos de lo que no era suyo. Pero con el tiempo, estos alcanzaron riqueza y posición social, y algunos llegaron a formar parte de la aristocracia local. Estos, también, asimilaron las costumbres y estilo de vida de gentes de alcurnia; y algunos, hasta consiguieron ostentar títulos nobiliarios otorgados por la Corona Real; habían, entonces, dejado de ser ladrones y malhechores. Se habían transformado en personas, supuestamente, honorables — e l abuelo prosiguió, encendiendo, antes, u n cigarrillo: —Pero, hay un dicho: «Gallina que come huevo aunque le quemen el pico.» Pues, a esta casta de hombres, nada podía quitarle la manía de disfrutar de lo ajeno. Entre ellos, había u n tal Negro Ruiz, cejudo y grandulón, dueño único de un patético rostro de imbécil y escaso de sesos, quien deliraba por las indefensas plumíferas del vecindario. Decía que gallina robada sabía más sabrosa y él mismo se encargaba de los hurtos. Este venerable «wallpa sua» 140

murió ahogado al caer en su propia letrina persiguiendo a una atlética gallina de los Toledo que se resistía ser atrapada... ¡Que final tan dramático de este consagrado memo... ! ¿No te parece Carlitos?. —Sí, abuelo. Que nauseabunda forma de morir. Pero, sigue contando —y el abuelo continuó: —Bueno..., y como el mal ejemplo cunde, más aún viniendo de personas en apariencia honorables, el robo de gallinas se puso en boga por toda la colonia y d e s p u é s de ella; hasta hoy, todo huamanguino lleva de apellido la imborrable etiqueta de «roba gallina.» —Dime, abuelo. ¿Y cómo hacen para robar las gallinas de los vecinos, teniendo paredes tan altas de por medio? —Muy fácil. No es necesario ingresar al corral; y, ni siquiera hay que verlas. Basta saber dónde están las avecillas y éstas irán a parar a la olla del «wallpa sua» —y prosiguió: —Se calcula la altura del muro; si son tres metros, por ejemplo, tener una cuerda delgada de seis metros y un poco más que pueda soportar el peso de una gallina; se perfora, por el centro, un grano de maíz almidón, el más grande, y se ata a un extremo de la cuerda; a diez dedos del grano se amarra un peso, una piedra pequeña; luego, se arroja el grano y la piedra al corral de las aves. Con 141

seguridad, una emplumada charlatana se habrá tragado el maíz; finalmente, cuando la cuerda empieza a tirar, se jala enérgicamente el cordel y ésta abra cambiado de dueño. —Pero, si la gallina grita y el verdadero dueño se percata del robo. ¿Cómo queda el «wallpa sua»?. Cuando la ingenua se traga el grano queda anclado en la faringe al tirar la cuerda; sólo se escucha un leve aleteo. La desdichada cacarera pierde la voz y sé queda totalmente indefensa, quien, de inmediato, es llevada al tronco del sacrificio a entregar su alma candorosa al filo del cuchillo; por seguridad, la maniobra se lleva adelante a la hora de almuerzo, cuando todos están ocupados en comer y servir; pero, a veces, las incautas vienen solas volando por su cuenta y riesgo; entonces, se ahorra el trabajo; aunque es m á s excitante conseguirlas por el método de la infalible pita. Hay otras formas, pero, aquella es la más efectiva.

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Porque me jodia

L

eí rápidamente el informe del crimen, «Pedro Wamankusi casado, de 30 años de edad, natural de Lircaypampa, dio muerte a José Mariño de 28 años, casado, atravesándole el abdomen con un puñal de 30 centímetros; comprometiendo órganos vitales de necesidad mortal. El hecho ocurrió el 15 de Agosto de 1984 a las 17:00 horas, frente a la casa del occiso. La causa del homicidio según manifestó el culpable, fue por defensa de su honor y su hombría; debido a que el difunto Mariño venía a c o s á n d o l o con insultos, perturbando su tranquilidad con palabras en doble sentido; según su propia versión, porque le jodia mucho. El autor luego del crimen se dirigió a su domicilio; y, a la media hora, se presentó ante esta comisaria para entregarse y confesar su delito. Los testigos presenciales del homicidio, Manuel Sarmiento, Raúl

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Padilla y Mariana Gómez, han confirmado los hechos, coincidiendo sus testimonios con el del victimario.» Wamankusi permaneció parado, observándome muy atento, y al notar que había, concluido la lectura, muy presto dijo: —Usted me dirá, doctorcito. He venido a pagar mi culpa —este era un procedimiento novísimo para mí. El criminal se presentaba ante la justicia, solo, llevando su propio atestado entregado por la policía. El hombre mostraba apariencia sosegada, la cabeza erguida y la mirada firme dirigida a mí; parecía respirar profundo aire de paz por el modo tan natural y seguro como me dirigió la palabra. Era de mediana estatura, en traje de diario, muy pulcro. Traía una frazada de lana enrrollada en forma tubular enganchada al hombro, cruzando en sesgo por el pecho; en la mano derecha, enfundado en un cuero delgado, un objeto alargado semejante a un puñal cuyo mango de madera se podía ver. Mientras esto ocurría, observaba al secretario y al conserje cruzar miradas con sonrisas a punto de romper en risotada, lo que no lograba traducir; parecían sonrisas cómplices que sólo ellos conocían el origen de la extraña hilaridad. —¿Qué significa esto, secretario...? —pregunté sorprendido. 144

—Así es aquí, doctor Sarvena —respondió el secretario, Con esa molesta sonrisa. El conserje me miraba con su risible faz por mi supuesta pregunta de inocencia. —¿Por qué no viene con resguardo policial este hombre...? —volví a preguntar. —Así nomás es aquí, doctor. Los homicidas por honor no se fugan, ellos mismos exigen que su sentencia salga cuanto antes. La policía lo sabe y ya no se molesta en venir al juzgado. —Diga usted, Pedro Wamankusi... ¿Por qué m a t ó usted a J o s é Mariño? — p r e g u n t é para establecer la causal del crimen. —Porque me jodia, doctorcito... Me jodia mucho, doctorcito. Por eso lo maté. Peleamos como hombres y él perdió. Yo lo maté para que sepan que soy un hombre y todos me respeten. —Oiga usted, Wamankusi... Dígame con precisión la causa específica que lo llevó a cometer el crimen, y no use esa palabra vulgar que no me dice nada de la verdadera causa que lo indujo a matar. —El Mariño me jodia, por eso lo maté y ahora quiero pagar mi culpa. Usted póngame en la cárcel, porque no soy un cobarde. Qué dirían mis paisanos y mis parientes en mi pueblo. Yo soy un hombre de verdad por eso me entrego a la justicia. Usted debe sentenciarme pronto, doctorcito. 145

—Diga, Pedro Wamankusi. ¿Usted, para considerarse un hombre, ha tenido, necesariamente, que dar muerte a una persona por el único hecho de molestarlo con palabras?. —Si te joden, tienes que pelear a matar, doctorcito. Sino, ¿Dónde está tu hombría? ¿Dónde está tu valentía? ¿Cómo queda tu honor?. —Por último, dígame. ¿Cómo lo jodia el difunto Marino?. —Así como a usted lo joden, a veces, cualquiera que se cree valiente y hombre, entonces tienes que pelear, y si lo matas debes pagar tu culpa. Así me jodia, doctorcito. Ahora debo cumplir mi condena y volver limpio a mi pueblo para que me respeten. —Sólo quiero hacerle una pregunta más. Usted, Pedro Wamankusi, ¿no se arrepiente del acto criminal que ha cometido en agravio de José Mariño? —hice la pregunta casi a sabiendas que la respuesta sería negativa. —Doctorcito, cuando uno nace hombre y valiente no puede arrepentirse por defender su honor, sino, nadie te respetaría y tu prestigio lo habrás perdido para siempre y nadie te hablará. El hombre dejó el arma homicida sobre mi escritorio, una especie de daga aún manchada de sangre y se sentó frente al secretario. Yo firmé la orden de detención definitiva para ser enviado a la cárcel. La 146

carceleta de la Comisaría es el único establecimiento penal del pueblo. Pedro Wamankusi solicitó se le entregue la orden. El secretario se la dió. El criminal la tomó y agradeció cordialmente; abandonó la oficina y se dirigió a la Comisaría. Yo salí hasta la puerta para constatar el extraño procedimiento; efectivamente, Wamankusi ingresó al puesto policial ubicado a seis puertas del juzgado en la misma plaza del pueblo. Durante el almuerzo, en la pensión de doña Marcela, también instalada en la plaza, encontré al doctor Laynez, Juez de Paz de la jurisdicción. Un abogado de experiencia y larga trayectoria en el Poder Judicial. El doctor Laynez fue la primera persona que conocí a mi llegada a la Provincia; fue también quien me puso al corriente sobre aspectos de la tarea judicial en la zona. De inmediato, toque el tema del día. —Doctor Laynez, acabo de despachar el caso Wamankusi por homicidio calificado —le dije, y proseguí—. Me ha sorprendido su insistencia para ser juzgado a la brevedad, constaté que él mismo realizó la diligencia de su presentación ante mi despacho; y también, él mismo se dirigió a la Comisaría para su detención definitiva. Pero, lo que no puedo entender es la causal del crimen. ¿Cómo es que alguien sea capaz de matar por el solo hecho de ser molestado y únicamente de palabra? ¿Usted

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tiene alguna explicación sobre este fenómeno, doctor Laynez? —Vea usted, doctor Sarvena, en casos de homicidio calificado como el que acaba ver, aquí, se resuelve del modo como lo hizo hoy. Claro, debe haber sido para usted algo salido de la norma establecida por Ley y realmente es así; pero, sabemos que las leyes mismas no son sino las reglas de juego que surge de la necesidad de normar las variadas relaciones que se dan entre los hombres, y de éstos con la sociedad a través del estado; pero, si se da, en su proceso de aplicación, procedimientos más efectivos, como en este típico caso, no existe inconveniente en aplicarlo. —En efecto, doctor Laynez, estoy de acuerdo con usted sobre este punto; pero, todavía no puedo asimilar eso que alguien quite la vida a otro por el sólo hecho de ser molestado de palabra. Wamankusi mató a Mariño porque éste, simplemente, según la declaración, le jodia, y al parecer, esa fue la única causal del acto criminal. —Mire usted doctor Sarvena. Hay todavía sociedades donde perviven rezagos de valores ancestrales con vigencia real; tan real, de modo sorprendente, y ciertamente increíble, como en este caso, donde el hombre para ser tal, debe mantener una reputación para ser aceptado por su comunidad; y es aquí, un factor de prestigio, que el hombre debe,

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cuando la ocasión se dé, demostrar su hombría y defender su honor peleando a matar fríamente y sin absoluto remordimiento. Esto recuerda a las mujeres de cierta tribu del Africa, que deben ir a la ciudad a prostituirse, aparentemente por dinero; luego, al retornar a su pueblo, adquieren un nuevo status social. Son las mujeres más codiciadas por los hombres y empiezan a recibir las mejores ofertas de matrimonio... Es, pues, sólo cuestión de cultura, mi querido colega; por ello, en estos apartados del mundo la total abstinencia de joder es nuestro único seguro de vida, o no caer entre rejas. Esto aconseja que el instinto nato de lidiar que nos subyase, lo sujetemos tenazmente hasta el último segundo de nuestra partida de esta reserva brutal del genio de las cavernas.

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!

La Muía

Y

a los candiles de la ciudad habían devorado su última gota de aceite y sus mortecinas luces anunciaban la media noche. La densa penumbra mudaba el ambiente en sombrío escenario donde los genios perversos de las tinieblas empezaban a dispurtarse la noche. Aquel viernes, propiciatorio de duendes y fantasmas, en el silencio de esa hora , se escuchó el trote de una acémila acompasado de un ruidoso cascabeleo: chai, chai ...chai, chai... chai, chai... —Y eso, madre, ¿Qué es? —preguntó Amalia. —Es la muía, hija. A esta hora pasa los viernes como hoy —contestó la madre a la hija, quien retornaba a Huamanga después de tres años. Amalia había concluido la secundaria en un internado de monjas en Lima y parecía tener vocación por el hábito.

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—El martes también pasó por esta hora, pero los pasos traían otro ritmo, era algo más rápido — dijo Amalia. —Ahora hay tres muías en Huamanga, sin contar las que todavía no han llegado a ese estado. Hubo tiempos en que eran numerosas y formaban grandes círculos. —Madre, ¿podemos salir a verlas pasar? — preguntó Amalia revelando singular interés. —Hay un riesgo, hija. Las muías, dicen que tratan de corromper a otras mujeres, especialmente a las jóvenes como tú. —Y, tú, ¿las has visto alguna vez? —No, hija, nunca. Sólo las he escuchado pasar por los caminos, jamás me he atrevido a mirarlas. Todas salen después de media noche. La que pasó es del Yaya Alanya, vive cerca de aquí, los pasos desaparecen pronto. La muía que sale los martes es del Yaya Moravejo, sus pasos se pierden muy lentamente; la del domingo, dicen que es del Yaya Alfargo. —¿Por qué salen sólo por las noches? —preguntó Amalia. —Sólo en la oscuridad y la soledad de la noche, pueden salir al mundo, para que nadie vea su humillación de ser hijas del mal. Las mujeres que conviven con los ministros de Dios sufren esa metamorfosis, mudan su apariencia. Al principio en cria152

turas simplemente pecadoras; si no intentan el arrepentimiento en su tiempo permitido se convierten en muías negras y salen por las noches montadas por su demonio. —¿Y, por qué en muías y no en caballo u otro animal? —Insistió Amalia con sus preguntas, mostrando obsesiva atracción por el fenómeno. La madre respondió casi de memoria: —Dicen que las muías son hijas infecundas del demonio, Dios las hizo así para que no se multipliquen; por ello, las mujeres que sucumben al placer en brazos de un clérigo, contraen esa naturaleza simbólica de esterilidad espiritual; pues, aunque lleguen a procrear, esas criaturas no llevan el estigma de sus padres —Amalia, entre suspicaz y recato porfiaba explicaciones a su madre sobre la muía. —Ese estremecedor ruido en la noche con su acompasado bullicio que pareciera convocar a una cita, que nos hacen sentir cautiva de u n extraño mundo de fantasía. ¿Qué es eso, madre? —preguntó Amalia, algo perturbada y en actitud de manifiesto desafío, pensando que su madre o era ingenua o encubría la verdad sobre el hecho. L a madre algo ajada por el tono áspero de la pregunta, dijo: —Todo lo que digo, hija, sólo lo he escuchado y no sé más de eso. El ruido, en verdad perturbador, dicen que son las espuelas gigantes del demonio que suenan por cada paso de la muía; dicen,

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también, que las muías llevan brazaletes de metales precisiosos en las patas delanteras; esos sonidos combinados hechizan a las mujeres; por ello, no se debe uno acercar, tampoco intentar verlas. —¿Hay algo que pueden hacer estas mujeres para liberarse del castigo? —preguntó Amalia denotando cierta angustia como si el hecho le tocara a ella. —La madre en postura de autoridad sobre el asunto, dijo: —Deben, primero, abandonar al cura pecador con inquebrantable propósito de enmienda; luego, purificar su cuerpo con baños de agua bendita las noches de Semana Santa; después confesarán su pecado a un padre santo para que las absuelva; finalmente, por tres años, llevarán el hábito de la Virgen Dolorosa. Hay algunas que pierden esa gracia por ir más allá del tiempo permitido. Cuentan en la familia, que una antepasada nuestra convivió con un sacerdote, habiéndose convertido en muía, muriendo en ese estado; se llamaba Amalia como tú. Te pusimos ese nombre en agradecimiento al Señor, porque hace veinte años se cumplió los setenta años de plegarias por la salvación de su alma, y nuestra antepasada recibió ese año la indulgencia y ya vive en la gracia de Dios. La joven Amalia con su agudo espíritu inquisitivo, su ostensible sensibilidad y, en apariencia, preocupada por el bien de las gentes, ahora, mostraba 154

sumo interés por el castigo que sufrían estas mujeres. El fenómeno empezó a sacudir su inquieta imaginación que la impulsaba a hacer algo para curar el mal. Sentía, a la vez, un íntimo deseo de penetrar ese extraño mundo que la estaba fascinando tercamente y quería desentrañar el misterio. La decisión había sido hecha. Para empezar, salió sola al camino un martes a media noche y esperó el paso de la muía. Pasada las doce, se podía escuchar algo distante el trote del animal con el ritmico sonido de espuelas y brazaletes tintineando. Amalia se ocultó tras un árbol a un lado del camino y esperó vigilante en el escondite; le ahogaba el deseo de constatar la existencia del tabú que no debía mirarse ni asomarse. No era para ella suficiente oír lo que se decía sobre el asunto; su intención de actuar adrede contra lo que todos, especialmente las mujeres, estaban impedidos de hacerlo, la colocaba en el sitial de pionera de una hazaña nunca tentada. El cascabeleo llegó al lugar donde estaba apostada Amalia, y pudo ver de cuerpo entero al animal que se detuvo frente al árbol. La joven se estremeció, pero trató de mantenerse firme en el lugar. La muía estaba parada en medio del camino, ensillada con una montura sevillana enchapada en plata, un abultado pellón sanpedrano negro, los estribos y las riendas engalanadas también de plata que brillaban al resplandor de las estrellas. Sobre el

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lomo iba montada una figura claramente perceptible, aun en la oscuridad, envuelto en un halo rojizo. Era la imagen inconfundible del demonio. Una voz en ritmo lento y pesado provino del camino: —¡Amalia...! Sé que estás allí, tras el árbol. Sé también tus intenciones, no necesitas decirlo — Amalia escuchó algo asustada al principio, pero la voz le pareció familiar y casi podía identificarla; sin embargo, preguntó con mucha seguridad: —¿Quién eres que sabes mi nombre? —¿Nosotras conocemos a todas las gentes en este pueblo, con nombres y apellidos y con sus historias completas. Yo te conozco y tú también a mí. Pero eso no importa ahora. Sé también tus intenciones de redimirnos; pues, entérate que ya no tenemos salvación; ya nuestro tiempo se ha vencido. Debemos quedarnos así hasta nuestra lejana redención después de la muerte; mientras, debemos cargar este pesado cuerpo en nuestras noches de expiación inútil. ¡Vuélvete mujer! ¡No intentes nada, podrías caer en nuestro círculo...! ¡Hasta nunca! — y la muía continuó su marcha: chai... chai, chai... chai, chai... chai... Amalia estaba segura que era Ramona, la amante de Yaya Moravejo, el párroco de la iglesia de la esquina, quien vivía a pocas cuadras de la casa de la joven. Amalia muy obediente con sus obligaciones religiosas, fue al Templo al siguiente día para

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el rosario en la novena de la Virgen Dolorosa; luego, se acercó al confesionario para hablar con el sacerdote. Le contó lo sucedido la noche anterior y le confesó su intención de ayudar a esas mujeres. El religioso le dijo: —Lo que tú me cuentas, hija, es sólo imaginación tuya; no existen tales muías; ni tú tienes que preocuparte por ellas. Debe ser un sueño que has tenido y crees haber visto y oído esas cosas absurdas. Reza tres padre nuestros y las avemarias, y no te inquietes más por eso. Anda con Dios, hija. Amalia dudó por un momento de lo ocurrido esa noche; pero ella estaba convencida de su encuentro con la muía; no obstante, continuó en el empeño de seguir adelante con la tarea impuesta por su propia cuenta y algún probable riesgo que no era considerado por ella. El viernes, aún más inquieta y decidida, volvió a la vera del camino minutos antes de medianoche y esperó tensa el tránsito de la segunda muía. Esta arribó ruidosa pasado algunos minutos y se plantó a cortísima distancia del lugar donde se escondía Amalia. Era más briosa, más corpulenta y mejor enjaezada que la anterior. Estaba montada por un aguileño y cachudo demonio, cuya larga cola jugueteaba en el aire batiendo las ancas de la muía. La muía, muy rápido y en tono conminatorio, dijo: 157

—¡Amalia...! Sé que estás ahí tras el árbol. Sabemos también tu propósito de querer salvarnos; y, ya sabes que nadie podrá cambiar nuestro destino; es mejor que olvides tus buenos deseos, puedes caer en el mismo abismo que nosotras — luego se marchó con su tintinar de espuelas y cascabeles. Amalia reconoció la voz. Era Lucinda, la amante del Yaya Alanya. Al siguiente día, habló con el mismo sacerdote pasada la novena. Insistió que todo era muy real y no había duda de su encuentro con la muía; y todo sucedió estando completamente despierta; todavía más, a la mañana siguiente, estaban aún frescas las huellas de enormes herrajes en el camino; también, encontró el diminuto pañuelo que dejó como señal tras el árbol. El joven sacerdote español quien recién iniciaba su apostolado en Huamanga tuvo, esta vez, cautela en responder a la muchacha, sólo se limitó a repetir el sermón del martes. El no tenía antecedentes sobre el caso; su deber, sin embargo, lo obligaba a indagar sobre el asunto, porque en verdad, era evidente que Amalia estaba muy segura de su relato, aunque no convencía del todo al padrecito. Este le dijo: «Si otra vez ocurre lo que tu aseguras, yo mismo iré contigo al lugar; mientras tanto, reza mucho y encomiéndate a la Virgen.» El modesto deseo de hacer el bien se había 158

tornado en pasión por ir más allá, en necesidad de desnudar ese terrífico mundo para liberar a las desdichadas mujeres. Ese domingo, de aquella semana del gran vuelco en la vida de Amalia, la joven, perdida por su obsesión, fue tras el árbol en espera de la tercera muía y aguardó hasta pasada las doce. La muía, más vigorosa que las anteriores, llegó y detuvo su marcha frente al refugio escogido por Amalia. La muía con voz grave mostrando reverencia y en tono sumiso, dijo: —¡¡Amalia... !! Sé que estás allí, ya puedes salir a verme tal cual soy. Te hemos advertido y te han advertido otros, ahora ya no hay salida para tí; has penetrado en nuestros dominios; pero tú no serás como nosotras, tú serás desde esta noche la reina de nuestro círculo... Tu no serás la amante de ningún Yaya, tú serás la amante del rey de los Yayas perdidos y serás la muía más grande, más hermosa y la más rica de Huamanga —Amalia, fríamente le respondió: —Yo sé también que tú eres Florencia, la amante del Yaya Alfargo. Debes saber también que yo no seré ni muía ni reina de nadie —la muía, sobre cuyo lomo cabalgaba un enorme demonio rojizo con descomunales espuelas, dijo: —Lo que acabas de decir no son más que palabras huecas —dijo la muía y prosiguió lentamente—. Tú has deseado entrar a nuestro mundo, por159

que tú eres la muía auténtica, la elegida por el designio del espíritu satánico de nuestro gremio, que aparece una vez cada cien años. Tú eres, pues, ahora, nuestra soberana a quien esperábamos este año. La última, era como tú, hace un siglo, se llamaba también Amalia, y tú llevas su sangre. Ahora ya no puedes escoger, porque ése ha sido tu deseo; y, porque tú misma lo has buscado y tú misma lo has encontrado... ¡Mi reina...! ¡Nuestra reina, Amalia...! Luego que la muía concluyó con su anuncio, se escuchó el chasquido de hojas secas caídas en el suelo producida por recias pisadas; de pronto, .un demonio gigante, el rey de los clérigos perdidos, apareció de entre los arbustos que circundan la vía; en ese instante Amalia que ya había salido al camino se transfiguraba en una muía descomunal, briosísima, muy hermosa e impresionantemente esbelta. Tenía puesta montura y rienda adornadas de oro puro, enormes brazaletes dorados en sus patas delanteras, llevaba un bellísimo pellón tejido con hilos de platino tachonado de piedras preciosas. El-demonio, rojo púrpura, con inmensos cachos negros, larguísima cola y afilados dedos, corrió veloz hacia la muía reina, la montó al vuelo y empezó a galopar ruidoso hacia su palacio, allá, en las cavernas del otro lado del río.

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MISTERIOS DE AYACUCHO, peculiar estilo de una narrativa que vulnera la sofisticación elaborada en la cuentística y la novela con su lenguaje sencillo y directo típico del léxico y la sintaxis dialectal ayacuchano. La realidad y lo fantástico se asocian en armónica simbiosis creando sostenida tensión en cada uno de sus cautivantes pasajes. El autor, un escritor free - lance, encarna ese íntimo deseo de incontables lectores que alguna vez quisieron contar sus propias historias, despreocupados de la técnica y los preciosismos literarios, agitados sólo por el genio estético que subyace en cada uno de nosotros; creando, esta vez, relatos inéditos sobre los misterios que esconde el mundo, allá en uno de esos parajes del Ande peruano; allí, donde bullen increíbles historias vivientes que confluyen en lo místico y lo diabólico, lo esotérico, las psicopatías y extravíos de la mente y el rezago brutal del espíritu de las cavernas. Los cinco cuentos y la novela corta, envueltos en relatos que evocan preludios que contrastan con epílogos desmentidos, fascinan al lector de principio a fin: Milagro de Quinua, novela corta, la abyecta figura de una mujer malquistada a fondo con todo un pueblo, redime su alma perdida regresando del más allá después de su espantosa muerte. Mi Amigo el Jorobado, la psicosis del narrador, atrapado en su obsesión crea un conmovedor drama. UMA, la terrífica historia del oscuro mundo satánico que involucra a algunos pueblos andinos. Wallpa Sua, una versión no escrita sobre el apelativo que llevan todos los hombres nacidos en Huamanga. Porque me Jodia, matar sólo por eso, un pueblo cuyo honor y hombría tienen el valor por encima de la vida misma. La Muía, transmutación que sufren las mujeres que comparten el lecho con un clérigo.