Los dhimmis del Reino de España El trato que da el Estado español a las minorías religiosas, étnicas y políticas Por

Pere Bonnín Los contribuyentes españoles que quieran que el 0,7% de su impuesto sobre la renta vaya al sostenimiento de la Iglesia Católica pueden marcar con una cruz la casilla 105. Si quieren que esa cantidad se destine a fines sociales —Cruz Roja y otras ONGs no especificadas—, pueden marcar la casilla 106. Hacienda advierte que esta asignación es independiente y compatible con la asignación tributaria a la Iglesia Católica. Ninguna otra confesión religiosa aparece como posible destinataria de los impuestos. Y hay muchas: cristianas (ortodoxas y protestantes), judía, musulmana, budista, sintoísta, bahaí, etc. Todas ellas tienen que costear su respectivo culto y financiar a la Iglesia Católica mayoritaria. Aún así, deben dar gracias a la Constitución de 1978, que en su artículo 16-1 garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto. Además: “Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias.” (art. 16-2) “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.” (art. 16-3) En la práctica las demás confesiones son dhimmis de la católica España. Según la Charia o ley musulmana, dhimmis son los infieles tolerados y protegidos a cambio de pagar ciertos impuestos y de aceptar una posición social inferior. El 11 de marzo de 2004 los terroristas islámicos causaron 191 muertos y 1.858 heridos en la estación de Atocha. El Reino de España honró a las víctimas con un solemne funeral de Estado que cardenal arzobispo de Madrid ofició en la catedral de la Almudena con asistencia de la familia real, el gobierno y los más altos representantes institucionales. No hubo resquicio para honrar oficialmente a las víctimas no católicas, que eran muchas. Simplemente fueron ignoradas. Ante la diversidad confesional, la monarquía y los políticos se repliegan y escudan detrás de la uniformidad católica. No obstante, los españoles pasan de curas y sermones cuando les interesa. Han legalizado el aborto, los matrimonios homosexuales y otros pecados, pero en cuestión de celebraciones y fasto social siguen acudiendo al catolicismo. Es más vistoso. Ello da pie a que la Conferencia Episcopal Española, con su nacional catolicismo militante, crea que tiene derecho a imponer sus postulados morales y políticos de forma exclusiva como hacía en la época de Franco. Esta actitud tiene raíces muy profundas, que arrancan de la obsesión de la oligarquía hispana por homogeneizar la diversidad de naciones, etnias y culturas que viven en el territorio ibérico. Los Reyes Católicos pretendieron hacerlo a través de la religión. Por ello, tras la conquista de Granada, expulsaron a los españoles de religión judía y posteriormente a los creyentes musulmanes. Crearon la Inquisición castellana como instrumento religioso-político para someter no sólo a judaizantes, sino también a todos cuantos violasen la ortodoxia doctrinal. Fueron 450 años de represión constante al servicio de la unidad política bajo la enseña católica romana. Los dos intentos de liberación, la primera y la segunda República, fueron derribados a cañonazos por los poderes fácticos a través de militares sublevados, en amalgama con la doctrina católica tridentina. El escudo del Tribunal de la Inquisición sintetiza las claves de la estrategia que emplea el poder fáctico para lograr la sumisión. En él se ve claramente que la corona y sus intereses están por encima de la cruz y su

mensaje de paz y amor. A un lado de la cruz está la espada; al otro lado una rama de olivo que se tiende a los herejes reconciliados y arrepentidos. Es decir, se exige la capitulación de las minorías disidentes a la ideología general impuesta por la espada. Igual que había ayudado a Hitler en Alemania, la Iglesia Católica se volcó en el apoyo a Franco y a los militares sublevados contra la segunda República, confiriéndoles la necesaria cohesión doctrinal: “Por Dios, España y la Revolución Nacional Sindicalista.” El Concilio Vaticano II intentó un aggiornamento doctrinal que superase el desprestigio de la Iglesia Católica ante las democracias triunfantes en la segunda guerra mundial. Esto dio la flexibilidad necesaria a la Conferencia Episcopal Española para aceptar una Constitución monárquica que, sobre el papel, le restaba privilegios seculares. La transición del franquismo a la monarquía siguió en la práctica el esquema del escudo inquisitorial: Espada para los disidentes recalcitrantes, olivo para los reconciliados, entre ellos Santiago Carrillo, jefe del Partido Comunista Español. Para tener paz y una parcelita de poder, Carrillo tuvo que renunciar a la bandera republicana, por la que habían muerto sus camaradas, y subirse a la carroza del monarca y de los poderes fácticos que lo sostenían. Lo mismo hicieron los dirigentes catalanes, vascos y gallegos en lo que el fraile catalanista Lluís Maria Xirinacs llamó “la traición de los líderes”. La España plurinacional La frustración de las aspiraciones catalanas, vascas y gallegas por recuperar tras la muerte de Franco los privilegios de soberanía que les arrebató Felipe V de Borbón en el siglo XVIII queda reflejada en el artículo 2 de la Constitución borbónica vigente: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.” ¿Qué diablos es una “nacionalidad”? Este barbarismo fue inventado expresamente para designar las naciones catalana, vasca y gallega sometidas a la idea de España como una ampliación de Castilla. No la pudieron imponer los Habsburgo mediante la Inquisición, pero la impusieron por “la fuerza de las armas” Felipe V de Borbón y sus sucesores a través de los decretos de Nueva Planta y de una adecuada política domesticadora. El mayor inconveniente con que tropezaron fue la diversidad de idiomas. La lengua propia, distinta del castellano, configura el sentimiento nacional de los pueblos catalán, vasco y gallego. Ésta sigue siendo la pata coja de la España borbónica, puesto que la Iglesia Católica en este aspecto se mostró dividida. Mientras la jerarquía española impulsaba el castellano como idioma único, los clérigos catalanes y vascos fueron los principales defensores, cultivadores y depositarios del respectivo idioma minoritario. Numerosos y egregios poetas y escritores de la Renaixença o renacimiento catalán de finales del siglo XIX fueron clérigos. El acoso a las lenguas minoritarias, particularmente el catalán, comienza en 1482 con la quema de la Biblia Valenciana. La Inquisición exigió en 1560 el uso exclusivo del castellano en todos sus documentos. En Francia, Luis XIV impuso el francés a los catalanes y prohibió a los del Rosselló estudiar en el Principado de Catalunya. Los decretos de Nueva Planta, ya citados, proscribieron el uso oficial del catalán en Valencia, Mallorca, Catalunya y Sardenya. En 1768 se prohibió la enseñanza del catalán en la escuela y su uso en los juzgados. En 1799 se obligó a representar, cantar y bailar piezas exclusivamente en castellano. A partir de 1862 se impuso el castellano en la

instrucción pública, registros notariales y civiles, teatro, etc. prohibiendo incluso hablar por teléfono en otra lengua. El franquismo renovó las prohibiciones. Al mismo tiempo, se fomentaba la degradación del catalán a “dialecto del castellano” y su división, nombrando la lengua catalana por sus dialectos: valenciano, mallorquín, rosellonés… Todavía hoy, el PP exige que el valenciano sea considerado oficialmente un idioma distinto del catalán. El Parlamento de Catalunya aprobó en 2005 un nuevo estatuto declarando que Catalunya es una nación y que es obligatorio conocer el catalán en Catalunya, de acuerdo con el artículo 2 de la Constitución. El PP organizó una protesta general, con boicot a los productos catalanes, y presentó una demanda de nulidad ante el Tribunal Constitucional. El gobierno del PSOE, que en principio apoyaba el estatuto, dio marcha atrás y, con las enmiendas aprobadas en Madrid, el estatuto se quedó en papel mojado. Al cabo de tantos siglos de opresión, los catalanes sienten la misma inseguridad étnica que los judíos. Se disculpan por hablar su idioma y cambian de inmediato al castellano ante un desconocido. Muchos sufren auto odio: militan en el anticatalanismo igual que los judíos en el antisionismo. Idioma y soberanía Los pueblos de habla catalana, siendo más industriosos, sufrieron no sólo el acoso lingüístico, sino también el expolio económico para mantener el Estado que los oprimía. Si un valenciano va a Madrid, goza de una amplia autopista gratuita. Pero si desea desplazarse a Barcelona, Gerona u otros territorios donde se habla su idioma, la autopista es de pago, lo que resta competitividad a las exportaciones de España a Europa. El gobierno socialista construyó primero el tren de gran velocidad (TGV) de Madrid a Sevilla, y ahora de Madrid a Barcelona. No se ha proyectado el TGV en el corredor mediterráneo, que sería el más rentable. Un residente en cualquier comunidad de habla catalana paga comparativamente más impuestos que el residente en Madrid o en una comunidad de lengua castellana. El déficit fiscal de Catalunya —dinero que va al Estado y no vuelve en forma de inversiones— asciende desde 1986 hasta hoy a 214.682 millones de euros y sigue creciendo. La España monolingüe es reacia a aprender catalán, vasco o gallego. A raíz de la normalización lingüística, la enseñanza se imparte en catalán en los territorios donde este idioma es cooficial con el castellano. El PP e intelectuales afines intentan por todos los medios revertir la obligatoriedad del catalán, el vasco o el gallego, pero también les ayuda el PSOE. Resulta paradójico que Alemania tenga más cátedras de filología catalana que los territorios castellanos españoles. Al fin y al cabo, ambos partidos mayoritarios son los herederos privilegiados del franquismo. El PP agrupa las familias del nacional catolicismo —propagandistas católicos y Opus Dei—, mientras que en el PSOE militan las antiguas familias falangistas, además de gente de la oposición republicana que se subió al carro de la monarquía. Todos esos nacionalistas españoles de larga prosapia se llaman a sí mismos “no nacionalistas” y combaten el nacionalismo reivindicativo de catalanes, gallegos y vascos comparándolo con el nacional socialismo alemán de infausta memoria. Es la misma tergiversación que se hace al equiparar Israel con la Alemania nazi. Las minorías nacionalistas de España son las víctimas, los dhimmis, no los opresores. El Reino incumple con frecuencia sus propias leyes para evitar que sus dhimmis adquieran la soberanía que les fue arrebatada. Si ven peligro de perder el poder, los partidos mayoritarios se unen. Hacen leyes ad hoc para excluir, por ejemplo, a la

izquierda vasca (abertzale) con el pretexto de que apoya el terrorismo de ETA. Aplican así un castigo colectivo a todos los simpatizantes de una determinada ideología, violando el artículo 16 de la Constitución. Con estos asuntos y otros aún más espinosos, los jueces suelen mirar a otra parte. Es menos arriesgado meterse con Pinochet o los militares israelíes, que perseguir los crímenes pasados o presentes de los poderes fácticos. Al Parlamento se accede mediante listas cerradas. La dirigencia de cada partido, sin elección interna, decide los candidatos, de modo que los diputados deben su escaño al partido, no al elector. Esto tiene consecuencias sorprendentes. Un diputado de Esquerra Republicana de Catalunya solicitó una auditoría a las cuentas de la Casa Real. El caso fue llevado a votación y todos los partidos, excepto el solicitante, votaron en contra. Los contribuyentes españoles no deben saber lo que les cuesta su rey ni en qué gasta el dinero que tan arduamente les costó ganar. Otras minorías, por ejemplo los gitanos, son oficialmente ignoradas. Los gitanos han sido tradicionalmente una minoría folklórica, aplaudida por sus habilidades artísticas, pero también discriminada y perseguida por su vida nómada y su sentido peculiar del derecho a la propiedad. España no es un país racista, decimos con orgullo los españoles. Pero es un país judeófobo sin judíos, islamófobo —cada vez más receloso por el terrorismo islamista—, que siente aversión hacia los inmigrantes de sus antiguas colonias y del Este europeo, exactamente igual que cualquier otro país de Europa occidental. Sin embargo, la anarquía inherente en el español hace que la vida en España sea más libre y menos rígida que en otros lugares. Los españoles se pelean por cosas que no entienden, pero comparten el pan y el vino con un desconocido. (La versión alemana fue publicada en Das Jüdische Echo, vol. 58, nov. 2009)

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