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TÓCALA OTRA VEZ, CHARLIE

¡Vamos, Charlie, ponte a escribir de una vez! Pero si es lo que continuamente te


estoy repitiendo: “La inspiración no viene de otro modo sino trabajando”. Es verdad, si
me quedo sentado esperando a que venga a visitarme la Musa Inspiración, me parece que
no voy a pegar clavo... y... ¡veremos de qué paso yo este mes! Realmente es triste que un
artista deba mercantilizar su producción, es como vender los propios hijos, pero es que a
veces no hay otro remedio... Mi caso es evidente: nacido en una sociedad capitalista en la
que si no tienes dinero no puedes hacer nada; para conseguir dinero tienes que trabajar,
y, he de confesar que yo, si conozco esa palabra es por el diccionario. ¡En mi vida he
trabajado! He estado viviendo del cuento (y del dinero de mi padre) durante treinta y no
sé cuántos años y ahora que me he de sacar las castañitas del fuego yo solito (porque a
mi padre se le ocurrió la brillante idea —muy a pesar de mi madre— de echarme de
casa) no se me ocurre otra cosa que escribir. ¡Claro! ¡Ah, perdón, no me había percatado
de que ustedes estaban ahí! Si me lo permiten les tutearé, me resulta más cómodo. Pues
bien no me había percatado de que estabais ahí y creo que aún no me conocéis. Lo que
ocurre es que a estas horas de la mañana, recién levantado y sin ideas claras en la cabeza,
ante un artefacto que constantemente me dice desde sus tentáculos: “Tócame, tócame”,
y pensando que si no escribo, no pago mis deudas, y pensando en muchas otras
cuestiones que ahora no vienen a cuento o no quiero yo que vengan a cuento, pues la
verdad, no he percibido vuestra presencia y que al igual que yo no os conozco a
vosotros, vosotros tampoco me conocéis a mi. Aunque pensándolo bien, jugáis con
ventaja, habéis sido leoespectadores (¡a que no encontráis esa palabra en el diccionario!
¡Premio!) de mis tontos o no tan tontos soliloquios matutinos, porque os he de confesar
que cada despertar es exactamente igual al anterior: dos Charlies debatiendo sobre mi
existencia, mientras que yo, el pobrecito Charlie, el verdadero y real Charlie, me limito a
escucharlos, claro que luego hago lo que me viene en gana (que no siempre es lo que me
apetece). Pido disculpas otra vez, creo no haberme presentado todavía, pero a veces la
espera da emoción al asunto, al menos origina curiosidad. ¿No opináis lo mismo? Me
parece no haber obtenido respuesta, da igual, me la imagino, eso es algo que nunca me
ha faltado, especialmente cuando tenía que dar cuentas a mi padre sobre los gastos que
me impedían terminar la quincena que restaba del mes por haber fulminado la paga
mensual, una verdadera fortuna si se tenían en cuenta mis escasos trece años. No he
dicho cuánto me daba mi padre al mes a esa edad, ¿verdad? Pues os quedáis con las
ganas de saberlo. ¡Y que conste que no pretendo ser grosero! Nada más lejos de mi
intención. Tan sólo es que opino que no es conveniente mentarlo ahora, y no por
vosotros, sino por mí, pues me parece irrisorio que a un niño de trece años se le diera ese
fortunón para quemar en un mes y ahora ese mismo niño, un hombre de treinta y no sé
cuántos años, no tenga ni para llevarse un mal pitillo a los labios. Si no recuerdo mal, os
decía que nunca me había faltado imaginación, y es que uno ha de inventar lo que sea
para convencer a un severo padre de que la expulsión de clase había sido injusta; las
expulsiones del colegio ya eran más complicadas de justificar, no obstante he de confesar
(y que conste que no me jacto de ello) que durante el bachillerato aún salí airoso, y eso
que en ocasiones tenía que lidiar en el despacho del director con él, mi padre y el
profesor de turno; creo no haberme dejado a ninguno del instituto sin pasar por mis
torneos personales e intransferibles... y es que, como suele pasar, todos disfrutan con

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esta clase de historias pero nadie quiere ser partícipe de ellas, y, mucho menos
protagonista. Me estaba refiriendo a mis compañeros de clase... ¡Pobres infelices! Pero
creedme que no les reprocho nada. No se acaba ahí todo. También tenía que echar de
mente cuando no aparecía hasta bien entrada la madrugada por casa... ¡Me gustaba tanto
la calle y las dudosas compañías! Pienso que el mayor inconveniente era mi corta edad y
la independencia de que gozaba en todos los sentidos. Mi inventiva siempre resultó, al
menos con mi padre, hasta mis últimos años de Universidad en los que mi padre, hombre
docto y versado en la literatura de su hijo, notaba ya ciertos matices de ciencia-ficción en
sus relatos y dejó de creer plenamente en ellos, a pesar de que mi madre —santa mujer—
viendo mi declive, lanzaba continuamente cables de salvación para rescatar a su adorado
hijo. He de deciros que con mi madre nunca me sirvieron mis argucias ni mis engaños,
tampoco es que tuviera que utilizarlos con ella; ella me animó en los peores momentos de
mi vida, me comprendía, sabía el porqué de mis increíbles historias (que todos creían
excepto ella). Por la noche, tras la cena, nos reuníamos ella y yo, con la excusa de jugar
nuestra partidita de cartas, y comentábamos lo que yo había contado ese día para salir
airoso de alguna situación. Nunca le dijo nada a mi padre, lo mantuvo en secreto durante
todos esos años y pienso que todavía mantendrá el secreto. También yo mantenía uno
referente a ella: mi madre también tenía mucha imaginación y la había utilizado en casa,
con su padre, pero no con su madre, con la que mantenía charlas respecto a su inventiva.
Podéis observar que es cosa de familia. Más tarde hizo uso de ella en su propia casa, con
su propio marido —mi padre—, el cual, a pesar de ser catedrático en la Universidad,
nunca se percató de estas simpleces. Creo haberos dicho algo sobre mis estudios... sí...
algo sobre mis últimos años de Universidad, pues bien. Soy licenciado en Filosofía y
Letras, tras nueve años de duro esfuerzo. Como estaréis pensando, con cinco años que
duraba esta carrera me hubiera bastado, pero no, yo necesité nueve años y la licenciatura
fue el último favor de mi padre, ya que por esos días aún tenía poder e influencia en la
Monstruosidad digo... Universidad. Gracias a esa licenciatura, a mi apellido y a esa
maravillosa máquina, fruto del avance tecnológico, y regalo de mi madre, pude
colocarme en uno de los periódicos de la ciudad. Mi puesto de trabajo consistía en dar
una valoración nada subjetiva (si algún caso subjetiva de otros) sobre las películas del
cine en cartel de la semana. Con el tiempo y muchas sutilezas por mi parte, me dejaron
intercalar opiniones verdaderamente personales sobre las películas en cuestión, pero duró
poco tiempo la libre expresión pues se me transparentaban las ideas y eran duros tiempos
para tales devaneos. Continué en el periódico pero en una sección diferente. Según
palabras textuales del director, fue como recompensa a mi buen comportamiento y
obediencia. ¡Si lo hubiese oído mi padre!, aunque supongo que estaría al corriente pues
eran íntimos amigos... De ahí os explicáis mi empleo, ¿no? Pues bien, la nueva sección
era la página literaria. Todavía recuerdo mi expresión de júbilo al oír de aquella sebosa y
arrugada boca “La página literaria”. Tal fue mi emoción que no supe qué decir. ¡Con la
fama de hablador que yo tenía! Automáticamente mi mente fue recorriendo a fugaz
velocidad un sinfín de temas que de mis manos saldrían. De súbito, una lastimera (para
mí) noticia salió de aquel ingente cuerpo: “Naturalmente tus relatos pasarán por el
departamento de censura, aunque si eres buen chico, no te recortarán apenas nada. ¡Ah!
Y cuida tu vocabulario y así no los obligarás a variar vocablos... Tú ya me entiendes,
¿verdad?” “Sí, señor” me limité a contestar, y, para probarme a mí mismo que a pesar de
todo, mi opinión también contaba, le propuse cambiar el nombre de la sección que a
partir de ahora se llamaría “El rincón del escritor”, a lo cual no puso ninguna objeción,
incluso le pareció una buena idea, y lo que no sabía era que aquel “Rincón del escritor”
llevaba consigo unas connotaciones que tarde o temprano quedarían al descubierto.

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“Bueno muchacho, a trabajar”. “Sí, señor”. Mis relatos sufrieron uno tras otro las
malditas tijeras hasta que me percaté de que lo que cortaban eran simplemente cuestiones
referidas al sexo y a las modas extranjeras, especialmente a las modas anglosajonas
(jóvenes pervertidos y descarriados, como ellos llamaban), pero no así las ideas
transfronterianas que muy sutilmente yo me encargaba de disfrazar y que por seguro
tenía que llegaban a vista y oídos de los progresistas del momento. Aquel “Rincón del
escritor” se había convertido en mi exilio particular. El periódico incrementó su tirada y
se recibieron innumerables cartas solicitando participación en mi sección. Yo estaba que
no cabía dentro de mi asombro. Se amplió la sección y el jefe tenía más en cuenta mis
opiniones, con lo cual mi ego iba creciendo, y, con él, yo. “El rincón del escritor” era
ahora una página abierta al público, a determinado sector intelectual del público, lo cual
suscitó muy pronto las sospechas de suspicaces jefecillos del periódico y de otros
periódicos, claro está, movidos por la cochina envidia. Un buen día, mejor dicho, un mal
día, pues fue el principio de mi final fui citado por el director en su despacho. Por su
forma de dirigirse a mí, intuí algo aunque no quería ni pensar en ello. “Muchacho, has
estado jugando con mi confianza, has abusado de ella. Si empezaste aquí fue por hacerle
un favor a tu padre; vi que trabajabas de acuerdo a mis reglas y continuaste, ya no por tu
padre, sino por ti... pero para ti, ¿no es eso?”. “No sé a qué se refiere, señor”. “No te
hagas el ingenuo, no va contigo ese papel. Y da gracias a que no te denuncie a las
autoridades competentes”. Yo lo miraba fijamente, sin parpadear apenas y con cara de
estar pensando “Chico, no sé de lo que estás hablando” que fue exactamente lo que le
dije, pero claro está, con otras palabras que siguieran presentándome como un educado y
letrado chico que era. Ni siquiera me escuchó y me hizo saber mediante un papel
debidamente firmado que estaba despedido. Por lo pronto me quedé sin trabajo con el
que sustentarme y a mi casa no podía recurrir. Mi padre tuvo noticias al respecto tan
pronto como sucedió el hecho, así que se engrosaba la lista de razones por las que no
quería saber nada de mí; pero no así mi madre, la cual, en un descuido de mi padre vino a
visitarme y se las arregló para traerme algún dinero que desde que salí de casa había
estado ahorrando. De esto hace ya cinco años y recuerdo como si fuera ayer todos y
cada uno de los gestos de mi madre, todas y cada una de sus palabras, recuerdo su
emotivo abrazo final. Decidí marcharme al extranjero con el dinero que me había dado
mi madre y con lo poco que yo tenía, sin olvidar mi querida máquina de escribir (con la
que ahora me pongo en contacto con vosotros y de la que tanto me he servido) y aquí
estoy, en un país ajeno al mío, aunque la verdad, no me importa porque para lo que allí
sucede, prefiero estar aquí, escribiendo lo que me da la gana, eso sí, en un idioma
diferente, pero que como veis, domino a la perfección. ¡Por cierto! Todavía no me he
presentado, ¿verdad? Pues creo que a estas alturas ya no lo voy a hacer porque mirad:
sabéis que me llamo Charlie, sabéis un montón de mi vida y yo no os conozco a
vosotros, no sé tan siquiera si me leéis por curiosidad, porque no tenéis otra cosa que
hacer, porque conocéis a mi padre, porque... ¡Yo qué sé por qué! Y que conste que no
pretendo ser ni maleducado ni grosero. Hablando de groseros... Ayer me ocurrió un
hecho desagradabilísimo con uno de los vecinos de esta cutre escalera. No os lo he
dicho. Pues bien, estoy escribiendo historias y relatos para un conocido escritor el cual
me paga lo justo para tener un techo y no morirme de hambre, pero naturalmente, no os
puedo decir más, creo que ya os he dicho bastante. Por eso nos hemos conocido, ¿no?
Sí. Recuerdo que yo pretendía escribir algo pero no se me ocurría nada y ahí estabais
vosotros, espiándome... bueno no, espiándome, no. Veo que hay personas muy
susceptibles, pido disculpas. Y resulta que he de escribir un relato cada día, relatos
cortos y a mi gusto, pero... firmados con el nombre y el apellido de otro. Es triste,

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¿verdad? Me siento como podría sentirse un mercenario cualquiera si analizase sus actos,
aunque pensándolo fríamente, de algo tendré que vivir. ¿Sabéis? De pequeño me gustaba
escribir. Es lo único que he de agradecer a la escuela, que me enseñaran a leer y a
escribir... todo lo demás sobraba. ¿Quién me iba a decir a mí, hombre que si hubiera sido
un hijo como mandaban los cánones, ahora estaría viviendo de las rentas de su padre —
pues además de ser catedrático, estaba metido en varios chanchullos empresariales—,
que acabaría escribiendo, lejos de su casa, lejos de su adorada mamá, para ganarse la
vida? A mis treinta y no sé cuantos años, bueno,os confesaré que sí que sé cuántos son,
exactamente son... mañana es mi cumpleaños, día cinco de febrero, cumplo cuarenta...
así que dentro de poco ya os estaré diciendo a mis cuarenta y no sé cuántos años y es
que la vida es tan fugaz, verdaderamente se me está pasando volando. ¡Cáspita! ¡Es hora
de comer! ¡Es hora de comer y yo sin relato! Veremos qué le llevo esta tarde al míster.
Tengo de tiempo hasta las ocho y media. Ahora me voy a comer que ya está bien de
tonterías. Disculpadme y dentro de un momentito vuelvo, o tal vez no.
Pues sí, he vuelto... ¡Qué remedio! ¿Y a que no os habéis dado cuenta de una
cosa? Bueno, yo os digo de qué se trata y luego cada cual que se conteste. Se trata de...
no sé si decirlo... puede resultar una tontería y como hoy en día hay personas que se
limitan a criticarlo todo... no sé... pero... ¿Qué me ha importado a mí nunca lo que hayan
podido decir de mí? Allà voy: la cosa de la que os preguntaba si os habíais percatado era
¿Cuántos puntos y a parte hay en este escrito? Claro... ¡Premio para los que hayan
acertado! No había ninguno hasta ahora mismito que he vuelto de comer. Tan sólo os
diré que es por la sencilla razón de que había quitado el papel de la máquina y ahora no
tenía ganas de ponerme a medir y remedir espacios. No puedo evitar arrancar de mis
labios una sonrisa al pensar en todos esos estudiosos y doctos en Literatura (según ellos)
que se empeñan en dar explicaciones a todo. Puede que ellos trataran de explicar este
punto y a parte como yo qué sé... Incluso querrían explicar el hecho de que esté en todo
mi escrito utilizando punto y seguido y no punto y a parte. Creo que os merecéis que os
cuente la verdadera razón por la que está así. Sencilla y llanamente es porque me resulta
muy incómodo darle a la manivela de la máquina de escribir cada vez que llega al tope
para que vuelva a empezar en el renglón de abajo, más que incómodo, yo diría molesto,
(el “dinggg” de la campanita me mata), y, entonces cuantos más puntos y a parte ponga,
son más campanitas, “dingggs” extra. Además... ¡Qué carajo! Si esto es tan sólo un
escrito por el que yo, Charlie, mente rápida, me pongo en contacto con vosotros. ¿Sabéis
lo que os digo? Que a estas alturas del día si no se me ha ocurrido un relato para llevarle
al míster, ya no se me ocurrirá, pero creo que me está sirviendo mucho más el contactar
con vosotros... Me está sirviendo de desahogo: sois mis confidentes, mis primeros
confidentes, sin contar a mi madre. Mirad, no lo había pensado, pero ahora que caigo,
puede que hasta alguno de vosotros se atreva a interpretar toda esta palabrería, con lo
cual tengo hasta psicoanalista gratis. Si queréis que os diga la verdad, eso de interpretar
las cosas que dicen los demás es muy peligroso y atrevido por parte del que lo hace. Mi
opinión respecto a los psicoanalistas es clara y contundente: no deberían existir. Todo
empezó un buen día en el que alguien se dio cuenta de que la gente necesitaba
desahogarse... ¿Cómo? Pues contando todo lo que le pasaba, sus estados de ánimo, sus
sueños, sus fantasías, sus pensamientos, lo que había vivido anteriormente y de alguna
manera le pesaba o le molestaba porque no quería reconocer que así había sido.... No
digo que no sirva de nada, de algo servirá para ciertas personas, pero he de confesar que
los “psicos” no son santos de mi devoción (ni los santos tampoco). Todo esto no sé
exactamente a lo que venía. ¡Ah, sí, ya recuerdo! Decíamos que a lo mejor (o a lo peor,
nunca se sabe), alguno de vosotros se atrevería a interpretar sobre lo que yo escribo. A

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mí, más que interpretar, me gusta opinar; naturalmente que todo pasa por el tamiz
subjetivo de cada cual, pero sigo pensando que no es lo mismo... yo ya me entiendo.
Modestia a parte, además de entenderme a mí mismo, suelo gozar de buen entendimiento
hacia los demás. Sin ir más lejos, mi vecina de aquí al lado y yo os podría decir lo bien
que nos entendemos... Desde luego, hay cada persona más mal pensada por ahí; seguro
que alguno de vosotros ya se estaría figurando otro tipo de “entendimiento”, pero no,
tened por seguro que no nos entendemos de esa manera y, además, aunque así fuera, no
os lo diría, de ese tema sí que no os hago confidentes. Pienso que es un tema demasiado
personal e intransferible como para ir haciendo alardes de él. Si os habéis fijado, en todo
el escrito no he hecho referencia al tema en ningún momento y es que opino que el amor
y todo lo que esa palabra significa, es demasiado íntimo y deja de tener su encanto
cuando haces partícipe a una tercera persona, pues el amor es cosa de dos... Y ya no os
digo más porque al final acabaréis tirándome de la lengua. ¡Hablando de lengua!
Recuerdo que tuve una profesora de Lengua y Literatura que era una verdadera bruja del
siglo XX... tras su sonrisa se escondía una cínica y malévola variación del estado habitual
de sus finos labios. Era de lo más maniática que os pudiérais encontrar... no sé cómo no
me hizo odiar las letras... Aprender, lo que se llama aprender, desde luego que sí que
aprendimos con aquella “enciclopedia viviente” pero ¡con qué sudores nos veíamos en
los exámenes! Y es que era doña perfecta, seguramente nos quería legar ese título a
todos nosotros. ¡Saben los dioses del Olimpo cuán grande sería mi alegría y mi gozo si
pudiese caer este escrito en sus manos y observar yo, con plena satisfacción, la cara de
estupor que pondría la buena mujer al ver que no utilizo los párrafos delimitados por
punto y a parte, que me he inventado alguna palabra que no aparece en el Diccionario de
la Real Academia como por ejemplo “leoespectadores” y seguro que me encontraba más
de una falta. Yo creo que las buscaba con lupa para poner las puntuaciones de los
exámenes más bajas... ¡Pobre mujer!... debió pasar algún trauma de joven porque ese
comportamiento con nosotros no sé a qué podía ser debido... Nos contaba como falta
incluso si poníamos coma y ella consideraba que en ese lugar debía ir punto y coma...
Bueno, menos mal que sólo fueron dos años de suplicio. ¡No hay mal que cien años
dure! Y como algún otro pudiese decir: “¡Ni quien los pueda aguantar!”. Y bien,
francamente, no sé a qué venía todo este rollo... ¡Ah, sí, ya recuerdo! ¿Sabéis? Yo tuve
un profesor que decía que la memoria no se hacía, sino que se tenía. Tenía razón el
hombre. Lo podéis comprobar vosotros mismos en este momento: yo no os hago
memoria, eso es algo que cada cual tiene y usa como quiere o más bien como puede.
¿Estáis de acuerdo? Si no es así, da igual, no me importa porque también pienso que
cada cual puede opinar lo que le plazca. Esa es una de las razones por las que no me
encuentro en mi lugar de nacimiento, aunque no me importa demasiado... tal vez vaya
pronto... me han llegado noticias de que está muy malito y que no durará mucho.
Cuando suceda lo que muchos de allí y de fuera estamos esperando, aumentará el censo
del país, y, no precisamente porque se den más natalidades, incluso pienso que el número
de natalidades descenderá. ¡Uy! Ahora que digo “descenderá”, lo que sí que descenderá
será mi sueldo de esta semana como no le lleve al míster algo escrito para que él pueda
firmarlo. ¡Vaya! ¡Maldito invento! A lo tonto a lo tonto, ya es tardísimo; hora de salir a
la calle con el fin de entregarle en el bar de costumbre al míster la producción de hoy...
siempre cae algún cafetito a su cuenta... ¡Sólo faltaría que lo tuviera que pagar yo! ¡Pues
sí! Bueno ¿ y qué le llevo? Va venga, ayudadme, ¿qué le llevo?... Ahora que caigo... lo
que estoy haciendo todo el santo (o endemoniado) día es escribir. ¿A que ya sabéis lo
que estoy pensando? ¡Afirmativo! Voy a llevarle estas páginas con toda la jeta del
mundo... ¡A ver qué opina! Respecto a vosotros, sólo me queda despedirme y

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agradeceros de corazón que me hayáis aguantado hasta el final. Me alegro de haberos
conocido, quizás volvamos a encontrarnos... ¡Hasta siempre!

Charlie, mente rápida (que no rápida-mente)

Adela Ruiz Sancho