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Tres €uros tras el tren de las turbas

“Según lo dispuesto en el artículo 33, apartado 12, párrafo 8, del Reglamento de


Viajeros, la falta de calefacción en un trayecto, cuyas condiciones climáticas así lo
requieran, devengará una indemnización correspondiente al 30% del importe del billete,
por lo que le corresponden 3€ (Tres €uros) como compensación por la referida falta de
calefacción”.
Las heridas de la cara empezaron a dolerse de una forma punzante, como si unas
finas agujas le atravesaran la piel, hurgándole en el fondo de unas llagas que ya creía
cerradas. Habían pasado quince días, y las cicatrices de la carne parecían cerradas,
mientras continuaban supurando los daños más profundos y duraderos de la memoria.
“Tres €uros, tres jodidos €uros, es lo que vale para la Renfe la dignidad de un
viajero”, pensó mientras rompía el sobre con rabia y guardaba la carta con el talón
grapado, que podía presentar en cualquier estación de ferrocarril para hacerlo
efectivo.“Vaya un fastidio. Aunque sean tres €uros de mierda iré a cobrarlos. Pero no
tengo nada que hacer en estos días por el barrio de la Estación. Tendré que acercarme
hasta allí sólo para eso. Un engorro añadido a la rabia que me producen los recuerdos de
aquel viaje”.
Estuvo bien el fin de semana en Soria. Había ido a visitar a unos amigos, había
tomado el tren el día anterior, y se había extrañado del estado en que estaba el tren que
le había traído de Madrid: un convoy pequeño, antiguo, de los que ya no se ven por el
área metropolitana, con un pequeño puñado de viajeros, como si el viaje le llevara a un
lugar remoto, y fuera del tiempo. Lo había pasado bien con los amigos, pero el lunes no
perdona y siendo domingo había que regresar. Además, en Soria hacía mucho frío, lo
que no era de su agrado.
El tren había salido a su hora, puntualmente, como correspondía a una estación
que era origen y final de trayecto. Una estación por donde apenas transitaban un
centenar de viajeros cada día, bajando de los dos convoyes que llegaban de Madrid, o
subiendo a los dos convoyes que llevaban a la capital del reino. Una estación
inaugurada por el mismísimo Rey de España, D. Alfonso XIII, en los años veinte del
pasado siglo, según le habían contado los amigos; una estación grabada en la retina de
miles de espectadores por haber servido como escenario en “El doctor Zhivago”; una
estación orgullosa, otrora, por su tráfago intenso, como corresponde a un cruce de
caminos: confluían trenes procedentes de Castejón de Ebro, de Ariza, de Torralba del
Moral, con destinos a Burgos, Madrid, Pamplona, Zaragoza; ocho vías, casi todas
muertas y varios hangares, todos ellos arrumbados; hacia el noroeste dos túneles en
deshuso, y al mediodía dos edificios, el de las viviendas de los ferroviarios y el de la
estación, con la cantina cerrada y un cartel de “Se alquila”. “Un buen local para montar
un bar de copas”, comentó con sus amigos, mientras paseaban por el andén, apurando la
despedida; “hay un buen aparcamiento, y como no hay viviendas cerca, no se molestaría
a los vecinos; además si algún borracho quisiera tirarse a las vías, no tendría ningún
problema: no había circulación por la noche”. La tarde plomiza amenazaba lluvia, o
quizá nieve. “No nieva del frío que hace, dicen en Soria”.
Se había acomodado en un departamento vacío, lo cual no era difícil: apenas un
puñado de viajeros había subido al tren. Un Regional, le llama la RENFE. Era un
convoy largo, de dos cuerpos, con dos vagones cada uno, y dos departamentos en cada
vagón. Ocho filas de cuatro asientos, distribuidos por parejas, con un estrecho pasillo en
medio; amplios ventanales, sobre los que se podían abatir unas pequeñas ventanillas
alargadas; y sobre ellas los portaequipajes, unas láminas de metal cromado, sujetas por
unas escuadras, también de metal.
“Hace frío, pero cuando se ponga en marcha comenzará a funcionar la
calefacción”. La primavera ya había cumplido una semana. “Ya hace dos semanas de
los atentados”, revivió un escalofrío. Trató de ahuyentar el dolor del recuerdo buscando
unos versos de Machado (“¡Primavera soriana, primavera/ humilde como el sueño de un
bendito,/ de un pobre caminante que durmiera/ de cansancio en un páramo infinito”).
La calefacción tenía un sistema bastante desagradable: un aire caliente y seco
salía por una rejilla situada a la altura de los pies, bajo los ventanales, tan caliente que
cuando funcionaba bien no era conveniente ocupar el asiento junto a la ventana, mejor
el del pasillo. “¡Qué pena. Me gusta pegarme a la ventana y mirar a través del cristal
cómo se aleja corriendo el paisaje con el traqueteo del tren!”, pensaba, mientras decidía
si se volvía a poner el anorak forrado que había dejado en el portaequipajes.
El tren traqueteaba de tal modo que parecía que iba a salirse de los raíles.
Pasaban los minutos y el aire caliente no llegaba. Palpó en otras rejillas, y nada. “Pues
no, parece que no funciona en este departamento. Vaya un tren viejo”. Le recordaba los
trenes de cercanías de Madrid de hacía lo menos veinte años: las paredes forradas de
sintasol con mugre; los asientos tapizados de suciedad; las láminas del portaequipajes
entrechocando con las escuadras, que producían un ruido metálico, bronco y molesto.
Tendré que buscar otro departamento. Cogió la mochila y el anorak; y se dirigió hacia
la cabecera del tren; abrió una puerta, que se cerró tras él, y sintió más frío, al cambiar
de vagón, y ver los guijarros y las traviesas bajo sus pies; abrió otra puerta, que se cerró
tras él, y buscó un asiento junto a una rejilla de calefacción. Por aquélla tampoco salía
ese incómodo vaho ardiente, que ahora anhelaba con cierto enfado. De nuevo tomó la
mochila y el anorak, abrió una puerta, que se cerró tras él, cruzó el descansillo donde
estaba el retrete y las puertas, una a cada lado, por donde se accede a los andenes; abrió
otra puerta, que se cerró tras él, y accedió a un nuevo departamento, donde encontró dos
viajeros; había varias planchas del sintasol despegadas de las paredes, y los
portaequipajes también hacían ruido. Saludó y se acomodó junto a una rejilla, pero allí
tampoco había calefacción; preguntó a sus compañeros de viaje, pero ellos no habían
caído en la cuenta de ese detalle. Buscó al revisor: abrió una puerta, que se cerró tras él,
pero ya no pensó en los guijarros, ni en las traviesas, ni en el traqueteo, sino sólo en el
frío, más intenso, entre las puertas; abrió otra puerta, que se cerró tras él, y, al cruzar el
departamento, se topó con el revisor; le pidió explicaciones por la falta de calefacción;
“no se preocupe; voy a hablar con el maquinista y, en un momento, estará arreglado”.
Volvió a su asiento, les comentó a los viajeros la charla con el revisor, se puso
el anorak y sacó el periódico de la mochila. Otra vez se acordó de Machado: “Yo para
todo viaje/ -siempre sobre la madera/ de mi vagón de tercera-,/ voy ligero de equipaje”.
Humilde equipaje es una mochila, y aunque el asiento no es de madera, esto es un tren
de tercera. El traqueteo del tren más parecía un terremoto, y se hacía difícil seguir la
lectura.
Apenas había ojeado los titulares cuando apareció el revisor, informándoles de la
conveniencia de cambiar de departamento, mientras se solucionaba la avería; en el
siguiente vagón encontrarían calefacción. Cuando llegaron se encontraron con cinco
viajeros, ya instalados, que comentaban los avatares del viaje. Poco a poco fueron
llegando los demás, hasta completar la docena. Se estaba mejor allí, pero el calor no lo
producía sistema alguno de calefacción, sino que emanaba de las personas allí presentes,
embutidas en sus abrigos, chaquetones y cazadoras. Echaba de menos una manta, sobre
todo cuando vió la ventisca de nieve que azotaba el tren; éste había ascendido
lentamente hacia una serranía, y al coronar la meseta el viento fuerte del noroeste venía
cargado de pequeños copos blancos. Nevando y sin calefacción; “papá ven en tren….”
recordaba una antigua campaña publicitaria, “y te pudrirás de frío!”.
El tren había hecho varias paradas ante pequeños apeaderos, desde los que
habían subido tres o cuatro viajeros más. Ahora el traqueteo incesante descendía
ligeramente hacia una vaguada, y se podía ver, a lo lejos, sobre un cerro, la
reproducción de un mamut prehistórico. Unos kilómetros más adelante, y después de
una breve parada, el tren enfiló un largo túnel, al tiempo que aminoraba el terremoto, ya
convertido en un ligero vaivén. Al salir de nuevo a campo abierto, Ramón sintió que
necesitaba estirar las piernas, para que los pies entraran en calor. “Pasearé por los otros
departamentos, y echaré un cigarro en algún descansillo”. Dejó la mochila cerrada en el
asiento contiguo al que ocupaba, y dirigió sus pasos en sentido contrario a la máquina.
Pasaron unos pocos minutos cuando el tren se detuvo en una estación y subieron una
veintena de viajeros, a quienes el revisor fue indicando que se acomodaran en el mismo
departamento, informándoles del problema de la calefacción que ya quedaría completo.
“¿Y esa mochila?”, preguntó una señora que acababa de sentarse, después de hacer
varios comentarios sobre la Renfe y el mal servicio que ofrecía.
“¡Una mochila sola, abandonada!”, respondió otra voz femenina, olvidándose del frío y
de las apreturas en el departamento.
“De quién es esa mochila?”, inquirió un varón.
“Había un señor que viajaba junto a ella, pero que se ha levantado justo de antes de
parar en Sigüenza”, refirió un viajero que venía desde Soria
“¿Y, dónde se ha ido? La mochila está sola, y ese viajero se ha ido, desatendiendo su
equipaje”, dijo una tercera mujer sentada frente a las otras dos –los respaldos eran
móviles y habían preparado dos asientos frente a otros dos-.
“A lo mejor se ha bajado en Sigüenza y se ha olvidado la mochila”, comentó otro
viajero recién incorporado.
“Sí claro, va a olvidarse el único equipaje que llevaba”, afirmó un señor con bigote, que
había tomado el tren en Tardelcuende.
“Se habrá ido al servicio y, lógicamente, no se ha llevado la mochila para orinar.
Además no cabría con ella encima en retrete. Apenas si cabe una persona”, manifestó
uno de los viajeros que había cambiado de departamento con el dueño de la mochila.
“Parecía un hombre muy reservado. Apenas ha hablado durante el trayecto. El solo, con
su periódico, mirando por la ventana. Mira que hemos estado comentado la falta de
calefacción y el frío y la nieve; y él apenas ha abierto la boca. Un poco raro era”,
comentó un anciano que viajaba con su mujer desde el inicio del trayecto.
“¿Y su abrigo?. Para ir al baño uno deja el abrigo junto al resto de sus pertenencias,
¿no?, insistió la primera señora.
“Efectivamente. Lo único que ha dejado ha sido la mochila”, volvía la carga el señor
del bigote.
“Vamos, señores, se olvidan que todos llevamos puestos nuestros abrigos, cazadoras y
chaquetones?, contestó uno de los viajeros que había cambiado de departamento con el
dueño de la mochila.
“En cualquier caso, no están los tiempos para dejar mochilas abandonadas”, dijo la
segunda señora.
“Deberíamos llamar al revisor”, afirmó un señor con americana y corbata, bajo el
abrigo.
“A mí esto no me gusta nada. Una mochila abandonada es algo muy sospechoso”,
insistía el señor del bigote.
“¿Y por qué no miramos a ver qué tiene dentro?”, dijo uno de los viajeros que había
cambiado de departamento con el dueño de la mochila.
“¡Está Ud. loco?!, ¡vamos a hurgar en una mochila que puede ser peligrosa!”, terció
airado
Ya los murmullos eran incesantes. Sobre ellos se alzaba el recuerdo que todos
tenían en mente y nadie se atrevía a poner en palabras: fueron unas mochilas
abandonadas bajo los asientos de los trenes las que guardaban las bombas el pasado día
once. Y ahora tenían ante sus narices una mochila olvidada por un viajero.
“¡Deberíamos tirarla a la vía!”, intervino de nuevo la primera señora, con evidentes
signos de nerviosismo.
“¡Como!. Las ventanas están cerradas y por esos ventanucos no cabe una mochila”,
respondió el señor con americana y corbata, bajo el abrigo.
“Las puertas sólo se abren cuando el tren se detiene. ¿No ha ido nadie a avisar al
revisor?, volvía la carga el señor del bigote.
“Eso, ¿dónde está revisor?”, preguntó con un ligero temblor la segunda voz femenina,
ya contagiada del nerviosismo de la primera.
“Voy a buscar al revisor y a avisar al maquinista”, terció el señor con americana y
corbata, bajo el abrigo, y salió del departamento en dirección hacia la cabecera del tren.
Los cuchicheos iban en aumento, contagiando una excitación que ya tomaba
tintes histéricos, cuando se abrió la puerta contraria por la que se había marchado el
señor con americana y corbata, bajo el abrigo, y apareció Ramón, con el anorak
abrochado hasta el cuello, frotándose las manos. La puerta se cerró tras él. Cesaron los
murmullos; el silencio se cortaba con las miradas de todos los viajeros, vueltos hacia el
dueño de la mochila. El señor del bigote y otro viajero, con pantalón de pana, jersey de
punto y chaquetón de paño, se abalanzaron sobre Ramón, quien, sorprendido por la
fuerza de cuatro brazos que le sujetaban el torso, y el peso de dos cuerpos varoniles,
perdió el paso y cayó hacia el suelo. En la caída su cara tropezó con un reposabrazos,
produciéndole un corte en el mentón, y después se estampó contra el suelo, golpeándose
la nariz y sangrando abundantemente.
Ramón estaba aturdido; trataba de recobrar el sentido cuando notó la suela de un
zapato sobre su cabeza, que le mantenía la cara aplastada contra el piso, sucio de polvo
y tierra, y unos brazos que le asían con fuerza los suyos, sujetos a la espalda. Oía voces,
pero no lograba descifrar lo que decían, aunque parecieran dirigirse a él.
“¿Es suya esta mochila?,
¿por qué la ha dejado aquí abandonada”,
¿Qué quería, que voláramos todos pos los aires?,
¿eres de la ETA?,
¡Contesta!,
¡Asesino, criminal!”
Terciaron varios viajeros más, con las mismas y otras cuestiones parecidas, que
Ramón apenas podía oír y mucho menos comprender. Le dolía la nariz, la mejilla y la
cabeza en su totalidad, aplastada contra el suelo; no lograba entender qué ocurría a su
alrededor. Sentía miedo.
Se abrió la puerta y entró el revisor, seguido del señor con americana y corbata,
bajo el abrigo. “¡Lo tenemos, hemos conseguido reducirle!, afirmó exultante el señor
del bigote.”Es un terrorista peligroso, lleva una bomba en la mochila”, ratificó el otro
viajero, con pantalón de pana, jersey de punto y chaquetón de paño, “pero lo hemos
atrapado”.
El revisor miraba a unos y a otras tratando de comprender qué estaba ocurriendo
allí. Pidió que levantaran a aquel hombre; ante la inmovilidad de los viajeros, tuvo que
repetirlo otra vez, con más firmeza. Cuando tuvo frente a sí a Ramón el ferroviario se
puso pálido, atónito ante aquella escena: el viajero de la calefacción, que le había
expresado sus quejas con cortesía, con quien había charlado brevemente el día anterior,
camino Soria, sobre conocidos comunes, tenía ahora el pelo revuelto, le sangraba la
nariz, y la sangre corría por sus mejillas, parecía aturdido y daba muestras de no tenerse
en pié. Enrojeció de cólera, tomó aire y midió sus palabras. “¡Por favor, suéltenlo!, no
ven que se va a marear. Déjenlo en su asiento”.
“Pero, ¿cómo lo vamos a soltar?. ¡Es peligroso!. ¡No sabemos lo que lleva en esa
mochila!”, vociferaron varios pasajeros.
“Déjenlo en su asiento!”, subió ligeramente la voz el revisor, enfatizando las tres
palabras, dando un tono marcial a su ruego.
El señor del bigote y el otro viajero, soltaron al viajero, que se desplomó sobre el
asiento. El revisor pidió al señor con americana y corbata, bajo el abrigo, que fuera en
busca del botiquín, a la sala del conductor.
“Ahora me van a explicar qué está ocurriendo aquí”. Los viajeros hablaban todos al
unísono, sin importarles la cara de estupor del empleado de la Renfe, incluso
increpándole por su consideración hacia el terrorista. Ramón se limpiaba la cara con un
pañuelo.
“¡Basta. ¿Que hable uno solo. Ud. el del bigote, explíquese, ¿por qué estaban
agrediendo a este señor?.
“Mire, esa mochila estaba abandonada, y con lo ocurrido estos días en Madrid…, todos
estamos muy nerviosos…, y pensamos que una mochila sin dueño, en un tren, pues…
que podía ser una bomba, que ese señor podía ser uno de la ETA….”.
“¡Hombre, con los tiempos que corren, como para fiarse!, terció una mujer.
“¡Cállese, señora!. Este caballero es un viajero como cualquiera de ustedes. Yo
respondo por él. Pero si no confían en mi palabra, les advierto que en pocos minutos
llegaremos a Jadraque, donde nos espera la Guardia Civil. Entonces podremos
explicarnos todos. Mientras, van todos ustedes a pedirle disculpas. Yo, por mi parte, y
con todo respeto, le pido que nos permita ver el contenido de su mochila.”
Regresó el viajero con el botiquín, y una mujer de mediana edad comenzó a
lavarle las heridas con suero, y con delicadeza. Apartó la cara Ramón para abrir la
mochila y ofrecérsela al revisor, quien fue sacando el periódico, el suplemento semanal
del periódico, dos latas de mantequilla, una dulce y otra con sal, dos paquetes de
paciencias y uno de yemas, todo ello envuelto con el papel de la confitería.
Uno a uno fueron disculpándose, tratando de excusar su conducta con
comentarios alusivos al miedo, a la inseguridad ciudadana, al terrorismo…., que la
mirada dura del revisor cortaba en seco. El tren aminoraba la marcha.
“Estamos llegando a Jadraque. Los guardias nos esperan. Si quiere Ud. poner una
denuncia….”.
“No gracias”, balbuceó Ramón. “Dígales a los guardias que todo está aclarado y que no
necesitamos sus….sus servicios.” Continuó con voz entrecortada. “Ah, y....¡muchas
gracias!. Una cosa más. Me gustaría cambiar de departamento. Me ayuda con la
mochila, por favor”.

Torcuato Trevijano