OM-42-08 Conferencias del Maestro

OMRAAM MIKHAËL AÏVANHOV
Suiza - Izvor 241-

Sobre El tema de

LA PIEDRA FILOSOFAL
DE LOS EVANGELIOS
A LOS TRATADOS ALQUÍMICOS Sala conferencias Centro Fraternal de VIDELINATA – SUIZA Sala diseñada por el Mismo Maestro Omraam

“Los Evangelios pueden ser comprendidos e interpretados a la luz de la ciencia alquímica. En apariencia, relatan solamente lo que fue la vida de un hombre, Jesús, nacido hace dos mil años en Palestina; pero, en realidad, a través de las diferentes etapas de su vida, desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección, describen también procesos alquímicos.” “A pesar de las condenas de las que fue objeto por parte del clero, desde la edad media la alquímica ha impregnado profundamente la mística y el esoterismo cristianos. Y si estudiamos ciertas figuras del exterior y del interior de NotreDame de Paris o de Notre-Dame de Chartres, (Renombradas Catedrales de Francia) descubriremos que los constructores de las catedrales poseían unos conocimientos alquímicos de los que la arquitectura y la escultura llevan numerosos testimonios.”

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OM-42-08
LISTADO CONFERENCIAS

LA PIEDRA FILOSOFAL
01.- Sobre la interpretación de la escrituras “La letra mata y el espíritu vivifica” 01.- “La palabra de Dios” 02.- No es lo que entra en la boca lo que puede ensuciar al hombre. 03.- “Vosotros sois la sal de la tierra” A. Marcar la materia con el sello del espíritu. B. La fuente de las energías. 04.- “Y si la sal pierde su sabor”. 05.- Saborear el sabor de la sal: El amor Divino 06.- “Vosotros sois la luz del mundo” 07.- La sal de los alquimistas 08.- “Y como todas las cosas son y provienen de Uno” 09.- El trabajo alquímico; el 3 sobre el 4 10.- La Piedra filosofal, fruto de una unión mística 11.- La regeneración de la materia: La cruz y el crisol. 12.- El rocío de Mayo. 13.- El crecimiento del germen Divino. 14.- El oro del saber verdadero: (El alquimista y el buscador de oro).
¿Qué hacemos en la tierra? ¿Por qué razón hemos bajado a ella? Por una razón de gran importancia: hemos bajado para estudiar la materia y trabajar con las fuerzas que la animan. Somos espíritus a quienes se les ha dado un cuerpo para actuar en la materia. Algunos piensan que el Señor ha hecho muy mal las cosas: puesto que el hombre es un espíritu, en vez de encarnarse en un cuerpo que le limita y le encarcela, hubiera sido preferible para él permanecer en el mundo del espíritu, en la luz y la magnificencia del Cielo. Pues bien, no, la gran sabiduría del Señor ha decidido otra cosa y, contrariamente a las apariencias, nuestro descenso a la materia no nos exilia lejos de Él, porque la materia pertenece a la esencia misma de Dios, es una condensación de la fuerza divina. SI HAS RECIBIDO ESTE TEMA COMPLETO CON LAS 16 CONFERENCIAS NO TE OLVIDES DE DEJARNOS UN MENSAJE EN LIBRO DE VISITAS CON TUS IMPRESIONES Y SUGERENCIAS. GRACIAS. LA WEB DEL CENTRE OMRAAM SOMOS TODOS. EL MAESTRO, VOSOTROS Y NOSOTROS.
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Conferencia del Maestro

OMRAAM MIKHAËL AÏVANHOV
Paris - Izvor 241 Capítulo 1

SOBRE LA INTERPRETACIÓN DE LAS CONJETURAS «La letra mata y el espíritu vivifica» Cuando tengo que aclararos un punto importante de la vida espiritual, me apoyo muy a menudo en la Biblia, en los Evangelios sobre todo, lo habéis constatado. Pero, al hacerla, me doy cuenta de que algunos están pensando: « ¿Pero por qué da tanta importancia a lo que está escrito en estos pobres Evangelios? Se ha demostrado tantas veces que fueron amañados, falsificados, mutilados ¡y que incluso contienen contradicciones! ¿Cómo sigue basando su enseñanza en estos textos?» Pensar así es la prueba de que no me han comprendido bien. Yo no doy un valor absoluto a la letra de los Evangelios, pero me sirven de punto de partida para reencontrar las verdades eternas enseñadas por Jesús. Os daré una imagen. El cielo estrellado es una de las maravillas más grandes de la naturaleza. Pero hay diferentes mane ras de mirar las estrellas. Podemos coger un mapa del cielo y un libro de astronomía que exponga en detalle todo lo que se sabe sobre los astros y los planetas: su nombre, las distancias que los separan, las diferentes materias que los componen, cómo nacen, viven y mueren, a qué leyes físicas obedece el sistema solar, etc. Ciertamente esto es muy útil y muy interesante para nuestra comprensión del universo, pero ¿qué aportará todo esto a nuestra alma y a nuestro espíritu? He leído libros de astronomía, he escuchado a astrónomos presentar sus investigaciones y, a menudo, me he quedado muy impresionado. ¡Pero qué diferencia con las experiencias que pude

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hacer contemplando el cielo estrellado sin otra preocupación que la de fundirme en esta inmensidad! La paz, que poco a poco me invadía, me elevaba; mi único deseo era despegarme de la tierra, trasladarme muy lejos en el espacio para entrar en relación con las entidades espirituales cuyas manifestaciones físicas son los astros. En esas regiones dónde había sido proyectado, sentía que no había nada más importante que unirme al Espíritu cósmico, dejarme penetrar por él para llegar a la verdadera comprensión de las cosas, una comprensión que impregnaba todas mis células. A veces podemos sentimos perdidos ante la inmensidad y el esplendor del cielo. Pero perderse en la contemplación del cielo no es el objetivo, hay que ir más allá. Porque el cielo estrellado es también un libro, un libro que no sólo se dirige a nuestro intelecto. El saber que nos da se imprime en nosotros y puede transformar nuestra vida. Éste es el verdadero saber: nos iluminamos con una luz que nos sobrepasa, y esta luz alimenta nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestros actos. Los astrónomos observan el cielo nocturno, pero la mayoría de ellos se limitan a su realidad material. No saben que existen inteligencias que pueblan estos cuerpos celestes y que trabajan sobre ellos; todo se resume en leyes mecánicas y, así, su alma y su espíritu no ganan gran cosa con este tipo de estudios. Se parecen a los alpinistas que escalan una cima con la única meta de hacer proezas deportivas, de estudiar la naturaleza de las rocas o las variaciones atmosféricas: se olvidan de mirar la montaña, de comulgar con su belleza, con su pureza, con su poder. La contemplación del cielo estrellado, lo mismo que la ascensión de una cima, debería dar a los humanos la solución a todos sus problemas, porque les abre las puertas de su cielo interior. El que se acostumbra a mirar las estrellas con amor,

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meditando en la armonía cósmica, en estas luces que vienen desde tan lejos en el espacio y en el tiempo, recorre con el pensamiento las regiones espirituales que están también en él Pues bien, sabedlo, así es como yo leo los Libros sagrados, y en particular la Biblia, como si me acercase a un cielo cuyos astros iluminan e impregnan toda mi vida. La Biblia ha jugado un papel inmenso en la formación del espíritu humano. Ha sido leída y re1eída, ha sido traducida a todas las lenguas del mundo; se dice incluso que es el libro del que se han impreso el mayor número de ejemplares. Muchos de los que la poseen no la leen, o muy poco, pero la conservan como una especie de talismán; y muchos de los que la leen confiesan que no comprenden demasiado estos textos y que a veces se sienten desanimados. Durante siglos, los cristianos han leído la Biblia, sencillamente, sin hacerse preguntas. En algunas casas no había otros libros. Incluso muchos aprendieron a leer con la Biblia e hicieron de ella su alimento cotidiano. Pero actualmente se diría que este texto se vuelve cada vez más ajeno a las mentalidades contemporáneas. ¡Cuántos, católicos, protestantes, ortodoxos, me han confiado que, a pesar de sus esfuerzos, esta lectura no les aporta gran cosa! Entonces, ¿qué comprendían los lectores de épocas antiguas que ya no comprenden los hombres y las mujeres de hoy? Algunos dicen que se comprende la Biblia a fuerza de leerla y de releerla, y también que hay que prepararse para esta lectura con la oración y el ayuno... Otros aconsejan estudiar los escritos de los comentaristas. Estos consejos contienen sin duda algo de positivo, pero la verdadera respuesta no está ahí. E incluso, en muchos casos, los exégetas que se han puesto a estudiar la Biblia

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desde el punto de vista científico han disminuido su virtud. Su trabajo de análisis ha hecho aparecer, sobre todo, errores de copia, lagunas, contradicciones y, en vez de encontrar la inspiración y la luz, no han hecho sino acumular materiales para discusiones y controversias sin fin. Los métodos científicos son siempre útiles, desde luego, pero según los campos en que se apliquen, su eficacia es desigual, y los misterios del alma se les escapan, sólo sirven para estudiar una ínfima parte de la realidad. Sin duda es interesante preguntarse en qué época fue escrita tal o cual parte del Antiguo o del Nuevo Testamento, si tuvo uno o varios autores, examinar su vocabulario y compararlo con el de las lenguas vecinas. Pero este enfoque que consiste en analizar, indagar, disecar, a menudo no deja detrás suyo más que polvo y ceniza. La comprensión de los Libros sagrados, cualesquiera que sean, los Vedas, el Zend-Avesta, el Corán, exige otra forma de disciplina. La primera regla es ponerse en estado de receptividad, para dar a las imágenes, a las sensaciones suscitadas por la lectura, la posibilidad de llevar a cabo un trabajo sobre el subconsciente. De esta manera, cuanto más leáis la Biblia, más sentiréis que una claridad se instala dentro de vosotros. Si no, sólo conseguiréis alejaras del sentido. Acabaréis incluso adoptando una actitud de indiferencia y de escepticismo, como si todo eso no mereciese más que un poco de curiosidad. Diréis que siempre es interesante descubrir de lo que es capaz el cerebro humano, porque los que inventaron a Dios, el alma, el espíritu y los otros mundos, dieron buena prueba de originalidad e imaginación. Pero con semejante punto de vista no alimentaréis vuestra vida interior. Todo lo que dicen los Libros sagrados es exacto, quizá no exacto según los criterios del intelecto, que se limita siempre a la

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letra de los textos, pero sí exacto para el alma y para el espíritu. Éste es el sentido de las palabras de san Pablo en la Segunda Epístola a los Corintios: «La letra mata y el espíritu vivifica.» Las verdades expresadas en la Biblia fueron vividas por unos espíritus excepcionales. Para comprenderlas, hay que esforzarse siguiéndoles hasta las regiones a las que ellos mismos llegaron a elevarse, para entrar así en su visión de las cosas. ¿Acaso se saben interpretar mejor las parábolas de Jesús por haber estudiado la gramática de una lengua antigua, la historia de un pueblo, o la arqueología? No, para interpretar las parábolas de Jesús hace falta otra ciencia, la ciencia de los símbolos que sólo puede adquirirse con el ejercicio de las facultades del alma y del espíritu. No podemos comprender los textos sagrados mientras no lleguemos a vibrar en la misma longitud de onda que sus autores: su lengua, su verdadera lengua, sigue siéndonos extraña. Hay que sentir lo que ellos sintieron, vivir lo que ellos vivieron, es decir, elevarse hasta su nivel de conciencia; y entonces, verdaderamente, ¡la luz brota! Pero este nivel de conciencia elevado sólo puede ser alcanzado si mejoramos nuestra manera de vivir, si nos mostramos más atentos, más respetuosos con las leyes del mundo espiritual. ¡Cuántos creen que podrán proyectarse a los planos superiores sin cambiar nada en sus hábitos de vida y de pensamiento! Pues no, por mucho que se entreguen a elucubraciones de todo tipo, se quedarán en «la letra» y no comprenderán. Los patriarcas, los profetas, que eran Iniciados, pudieron elevarse hasta el mundo divino gracias a una disciplina de vida. Esta disciplina de vida es la que nosotros debemos adoptar para subir, en pos de ellos, hasta ese lugar en el que tuvieron

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revelaciones, no hay otros métodos. Así que, si queréis leer la Biblia, empezad por preguntaros lo que debéis mejorar en vuestra existencia, y no os inquietéis si no lo comprendéis todo inmediatamente. ¡Hay tantos textos difíciles! El Génesis, por ejemplo, o el Apocalipsis... Pero leed sin turbaros, y tratad de elevaros con el pensamiento rogando al Espíritu santo para que venga a iluminaros. En varias ocasiones os he leído, en el Evangelio de san Juan, el pasaje que se llama la Oración sacerdotal: «Padre, ¡ha llegado la hora! Glorifica a tu hijo, para que tu hijo te glorifique, puesto que Tú le has dado poder sobre toda carne, para que conceda la vida eterna a todos aquellos que Tú le has dado»... Lo que dice este texto quizá no sea comprensible en el sentido intelectual del término; pero, puesto que viene del alma y del espíritu de Cristo, es a nuestra alma y a nuestro espíritu a los que se dirige, y sobre ellos ejerce su poder; y, una vez que estas palabras han alcanzado nuestra alma y nuestro espíritu, todo nuestro ser, hasta nuestro cuerpo físico, siente sus vibraciones. «He hecho conocer tu nombre a los hombres que Tú me has dado del medio del mundo. Eran tuyos y Tú me los has dado; y han guardado tu palabra... Les he dado la gloria que Tú me has dado para que sean uno, como nosotros somos uno - yo en ellos y Tú en mí - para que sean perfectamente uno y que el mundo conozca que Tú me has enviado y que Tú les has amado como Tú me has amado. Padre, quiero que allí donde estoy, aquellos que Tú me has dado estén también conmigo, para que vean mi gloria, la gloria que Tú me has dado, porque Tú me has amado antes de la fundación del mundo.» Sí, estas vibraciones que vienen del mundo del alma y del espíritu son sentidas por todo nuestro ser, y algo que dormitaba en

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nosotros se despierta y se pone en movimiento. Los textos bíblicos, cuyo estilo critican a menudo ciertos eruditos, son comparables a corrientes de fuerzas que tienen el poder de despertar las almas, de colmarlas, de curarlas. La Oración sacerdotal es uno de los textos más auténticos, más verídicos, más profundos que podamos leer. ¡Y peor para aquellos que se limitan a hacer un análisis crítico! En el transcurso de la última cena que hizo con sus discípulos, Jesús les dijo: «Ahora, me voy hacia Aquél que me ha enviado. Todavía tengo muchas cosas que deciros, pero no podéis llevar/as ahora. Cuando el Consolador haya venido, el Espíritu de Verdad, él os conducirá en toda la verdad.» Con estas palabras Jesús atraía la atención de sus discípulos hacia el papel esencial del espíritu. Sí, el espíritu, ¡no la letra! Así que, impregnaos de la palabra evangélica meditándola, exaltando su esencia en vosotros mismos, conectándoos con las entidades celestiales. El día en que lleguéis a experimentar estas grandes verdades como realidades vivas y activas dentro de vosotros, todo vuestro ser interior será purificado por ellas, iluminado, regenerado.

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Conferencia del Maestro

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Paris - Izvor 241-TITULO 2

LA PALABRA DE DIOS

Ninguna interpretación correcta de la Biblia es posible sin la luz de la Ciencia iniciática. Nos acercamos a esta Ciencia con el estudio, claro, con la lectura, con la enseñanza que recibimos de un sabio, de un Maestro. Pero lo esencial se adquiere gracias a una disciplina basada en el desarrollo de nuestros órganos espirituales, porque, al desarrollar estos órganos, adquirimos la facultad de proyectamos a otras regiones del espacio para hacer investigaciones en ellas. Son estas experiencias las que menciona san Juan en el Apocalipsis, así como san Pablo en su Segunda Epístola a los Corintios. San Juan escribe: «Yo, Juan... fui arrebatado en espíritu, y oí detrás de mí una voz fuerte como el sonido de una trompeta que decía: Lo que ves, escríbelo en un libro.» Y san Pablo: «Conozco a un hombre en Cristo que fue, hace catorce años, arrebatado hasta el tercer cielo (si lo fue en su cuerpo, no lo sé, si lo fue fuera de su cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe). Y sé que este hombre (si fue en su cuerpo o sin su cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe) fue llevado al paraíso y oyó palabras inefables que no le son permitidas a un hombre expresar.» Sólo semejantes experiencias pueden damos acceso a la realidad del mundo divino. Los libros que tratemos de leer nos harán entrever un resplandor, una orientación, pero eso es insuficiente, hay que poder ir después a instruirse a otra parte, a vivir algo en otra parte. Este viaje a otra parte, que los místicos llaman éxtasis, es una proyección del ser fuera de su cuerpo. Yo

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también, para conocer lo que conozco ahora tuve que pasar por estas experiencias; no lo encontré en los libros. En los libros, encontré menciones, confirmaciones, justificaciones, pero los descubrimientos mismos los hice yo, lejos, muy lejos de mi cuerpo. ¿Y por qué es necesario proyectarse así a los mundos superiores? Porque solamente desde arriba se tiene una percepción exacta de las cosas. Desde abajo, sólo se puede ver una realidad dispersa, troceada. Y mientras no percibamos un orden, una estructura, es decir, las conexiones que unen a todos los elementos, a todos los niveles de la creación, no podemos interpretar correctamente unos textos que han sido inspirados por la visión de la unidad divina. Los Libros sagrados son la transposición de experiencias que los seres hicieron en el mundo de arriba, un mundo que no es el que perciben nuestros cinco sentidos. Para comprender, pues, a estos seres, para conocer su pensamiento, hay que ir también a buscar arriba para ver lo que vieron y sentir lo que sintieron. ¿Pero dónde están aquellos que se lanzan a esta ascensión con la firme resolución de alcanzar la cima? Trabajan durante unos días, después, decepcionados por no haber obtenido rápidamente resultados, renuncian: se contentan con estudiar en los libros de algunos religiosos, filósofos, o científicos. Esto es más fácil, claro, pero sólo en apariencia, porque las respuestas que en ellos encuentran ¡son a menudo tan contradictorias! Tomemos solamente las obras filosóficas. ¡Cuántos filósofos fabrican sistemas que sólo expresan su propia visión del mundo! Esta visión, necesariamente limitada, refleja sus insuficiencias espirituales, psíquicas, intelectuales, ¡y hasta físicas! Sin hablar de aquellos que buscando cultivar la originalidad, se esfuerzan

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por presentar teorías nuevas. Y entonces, ¡tantos filósofos, tantas filosofías! La verdad es que sólo existe un único sistema de explicación del universo, quiero decir un único sistema que explique adecuadamente lo que son el Creador, la creación y las criaturas, y cada uno debe esforzarse en reencontrar sus fundamentos. Que luego exprese los resultados de sus investigaciones según su temperamento propio, según su carácter, según su sensibilidad, o también podemos decir con «su voz», es algo normal. Un cantante que debe interpretar una partitura sólo puede hacerlo con su propia voz, y expresa a través de ella todo lo que él mismo es en profundidad; pero debe respetar la partitura, no tiene derecho a cantar otras notas que las que están escritas. De la misma manera, un filósofo no tiene derecho a cantar otras palabras que aquéllas que están inscritas en el gran libro de la vida, solamente tiene derecho a cantarlas con su propia garganta. Esto es lo que yo me esfuerzo en hacer, desde que descubrí la luz de la Ciencia iniciática. Ahora que he encontrado la única filosofía, la única ciencia, la única religión verdaderas - y las tres no hacen más que una - procuro conformarme a ellas sin preguntarme si eso corresponde a mis gustos o a mis tendencias. Claro que ciertos libros ricos, profundos, pueden ponemos en la vía, pero el verdadero conocimiento, el que se vuelve en nosotros carne y hueso, sólo se adquiere verdaderamente si llegamos a elevamos hasta el mundo divino, allí donde se encuentra el origen de todas las cosas. Los grandes fundadores de religión recibieron su inspiración de arriba. Según la tradición, fueron los arcángeles quienes les instruyeron; así, Metatrón habría instruido a Moisés, el arcángel Gabriel a Mahoma, etc. Lo que es otra manera de decir que el verdadero conocimiento viene de arriba y que es arriba dónde hay que ir a buscado. A todos

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aquellos que son capaces de elevarse hasta las regiones superiores de la conciencia les son reveladas las mismas verdades; las formas, las expresiones son diferentes, pero los principios son los mismos. Creéis que sólo existen bibliotecas en la tierra: la vuestra, la de vuestros allegados, o bien las bibliotecas públicas a las que podéis ir a leer o a pedir prestados libros. Pues no, sabed que existen otras bibliotecas, con otros libros que también podéis consultar. Y estos libros, son todas las grabaciones conservadas en el universo y en el ser humano, porque todo, hasta el más mínimo acontecimiento, hasta la mínima palabra, sí, todo se graba. ¡Cuántas veces os he explicado que los fenómenos del mundo físico pueden ilustramos sobre las realidades de los mundos psíquico y espiritual! Escucháis la radio, miráis la televisión: estas emisiones han sido, a menudo, previamente grabadas, o bien lo son en el momento de su emisión. Así, cada cadena de radio y de televisión posee sus archivos que pueden ser consultados en todo momento y revelar lo que ha sido realmente dicho o mostrado. Al llegar a poner a punto aparatos capaces de grabar imágenes y sonidos, los humanos han dado pruebas de un gran ingenio. Pero la naturaleza, también ella hace grabaciones ¡desde el origen del universo! Y si estas grabaciones son posibles, es porque la materia no es inerte e insensible. La materia es sensible, y no sólo es sensible, sino que está dotada de memoria: todos los acontecimientos que se producen dejan huellas en las capas profundas de la materia; nada sucede que no sea grabado, y nada desaparece. Es el ser humano el que todavía no ha desarrollado los medios de leer o de oír estas grabaciones.

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Sí, el ser humano no se conoce, no tiene ni idea de los medios que el Creador ha puesto a su disposición. Y no sabe tampoco que representa un microcosmos, reflejo del macrocosmos, del universo, y por tanto, que él mismo es depositario de toda la memoria cósmica. En esta sustancia tan sutil, imponderable, que forma parte de la quintaesencia de su ser, hay sitio para el universo entero. Porque, dada la estructura de la materia, la infinita diversidad de los fenómenos que se producen puede reducirse a un punto infinitesimal Los acontecimientos más lejanos del cosmos, las conmociones de los mundos desaparecidos, las noticias del mundo entero llegan hasta nosotros a unos aparatos que las graban. Evidentemente, estas informaciones permanecen en nuestro subconsciente, es raro que lleguen a la conciencia. Podemos decir que sucede como con las ondas de radio. La existencia de los aparatos de radio prueba que una masa de informaciones circula a través del espacio; estas ondas escapan a nuestra conciencia, pero unos aparatos especiales permiten captarlas. En este mismo momento, un número incalculable de ondas surcan el espacio, viniendo de todas las partes de la tierra, pero también de los otros planetas y de las constelaciones. Estas ondas se cruzan, se enmarañan sin destruirse mutuamente, y cada una de ellas puede ser captada por un aparato que esté regulado con su frecuencia. Nosotros mismos somos atravesados por estas ondas, pero no las sentimos. ¡Afortunadamente! Porque si nuestro cerebro se pusiese a grabar todo lo que sucede en el universo, aunque no fuese más que un instante, ¡sería insoportable! Otro ejemplo: el director de una biblioteca que diariamente recibe, no sólo libros, sino periódicos, revistas de toda clase, no se

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dedica a leerlo todo: pronto se agotaría psíquicamente y no le bastarían las veinticuatro horas del día. Son, pues, los empleados responsables de las diferentes secciones los que se encargan de clasificarlos y, si tiene necesidad de consultar un documento, pide que se lo traigan. Como el bibliotecario, nosotros somos también los depositarios de todas las informaciones que ya han aparecido o que están apareciendo. Cuando deseamos reflexionar sobre ciertos temas para profundizarlos, podemos pedir que nos suministren talo cual documento. Cuando os expliqué la parábola del Administrador infiel os mostré que, debido a las aparentes contradicciones que contiene, este texto no puede revelar su sentido si nos contentamos con trabajar como hacen los exégetas. Pero, si nos elevamos hasta la biblioteca cósmica, podremos completar las lagunas que comporta el texto del Evangelio. Es allá arriba donde todos los discípulos de la Escuela divina pueden tratar de leer este gran Libro del que Jesús había extraído su saber. Solamente que esta biblioteca no está abierta a todos, como las bibliotecas de la tierra; está guardada por unas entidades muy poderosas que sólo permiten su acceso a aquellos que se han preparado durante mucho tiempo, y no es fácil subir hasta allí. Pero también es verdad que existe una biblioteca a la que podemos acceder cada día, porque se encuentra dentro de nosotros. Diréis: «Pero entonces, ¿por qué no vamos más a menudo a consultarla?» Para daros una imagen, os diré que los libros que contiene están escritos en caracteres tan minúsculos que hay que aumentarlos con ayuda de una gran lupa; y, como los humanos no poseen esta lupa que permitiría aumentar los caracteres, renuncian a 1eerlos. Debéis empezar, pues, por adquirir la lupa que os permitirá leer todos los documentos de vuestra biblioteca interior. Sí, la única dificultad es la dimensión

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de las imágenes. Cada petición dirigida a esta biblioteca es satisfecha: cualquiera que sea la pregunta formulada, recibís una respuesta, pero, como los clichés que os son entregados son minúsculos, creéis no haber recibido nada. Si el universo entero se encuentra representado en el hombre, ¿cuántas miles de veces ha tenido que ser - reducido?... Es, pues, normal que no podamos ver las imágenes, ni sobre todo descifrarlas sin una instalación apropiada que comprenda una lupa así como un aparato de proyección. Quizá hayáis tenido en las manos la banda de un film: habréis visto, entonces, qué pequeñas y borrosas son las imágenes; por transparencia, podemos distinguir apenas ciertas formas. Pero, una vez proyectadas en una pantalla, estas imágenes aumentadas se vuelven claras y precisas. Os falta, pues, el aparato de proyección que permite tener unas imágenes de buenas dimensiones. «Pero ¿dónde encontrarlo?», preguntaréis. En la conciencia. Mientras que el aparato de toma de vistas se encuentra en el subconsciente, en donde todo se graba automáticamente. Pero, para adquirir este aparato de proyección gracias al cual podréis descifrar los documentos de vuestra biblioteca personal, son necesarios un saber iniciático y una disciplina. Únicamente este saber iniciático y esta disciplina os darán los medios de desarrollar en vuestra conciencia los elementos que os permitirán interpretar las respuestas recibidas. Encontraréis extraño quizá que os presente esta cuestión del conocimiento y de la interpretación de los textos sagrados mencionando la radio y el cine. Pero éstas son las explicaciones más claras que pueda daros. Y, como ya os he mostrado varias veces, los progresos de las ciencias y de las técnicas, lejos de combatir la religión y la espiritualidad, nos dan, al contrario, los

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medios de comprender mejor los principios en los que éstas están basadas. Por eso, si la Biblia y todos los Libros sagrados desapareciesen, podríamos restablecerlos, porque estos libros tienen su origen en el único verdadero libro, el Libro de la vida, es decir, el universo y el ser humano mismo, que son los depositarios de la palabra de Dios. La palabra divina que transmiten los textos sagrados no es, evidentemente, una palabra en el sentido habitual de este término. Piensen lo que piensen algunos, Dios no se ha dirigido nunca a un ser humano, en un lenguaje humano, para revelarse a él o para darle instrucciones. Es el ser humano el que llega a leer, a escuchar la palabra de Dios en la naturaleza y en sí mismo. Porque el Verbo divino, la luz original, forma la sustancia de todo lo que existe. Pero no se ha comprendido todavía lo que significa el tercer versículo del Génesis: «Dios dijo: Hágase la luz», ni el primer versículo del Evangelio de san Juan que le hace eco: «Al principio era el Verbo». De esta palabra divina, de este Verbo divino, la palabra humana no es más que una expresión muy lejana y muy debilitada. Y, al emplear los mismos términos para designarlas, se generan muchas confusiones. Se dice que Dios habló a los Iniciados, a los hierofantes, a los profetas. En realidad, Dios habló y continúa hablando a través de toda la creación y en el corazón del hombre mismo. Es, pues, inexacto decir que habló solamente a uno u otro: sería más justo decir que ciertos seres le oyeron mejor que otros. Y habría que añadir también que lo que oyeron y relataron estaba necesariamente determinado por la situación, los problemas y las mentalidades de su tiempo. Con respecto a los grandes principios, todos dijeron lo mismo, pero, cuando entramos en el detalle, nos damos clara cuenta de que prescripciones que eran sin duda aceptables y hasta quizá necesarias hace algunos siglos, porque

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respondían a ciertas necesidades y representaban entonces un verdadero progreso, no pueden ser aceptadas hoy. Todos los Libros sagrados son incompletos o imperfectos, y a menudo ni siquiera sabemos por quién ni en qué condiciones fueron escritos y transmitidos. Y, además, ¡cuántos seres excepcionales, sabios, místicos, poetas, supieron, también ellos, oír y leer la palabra divina! Muchos no escribieron o, si escribieron, se perdieron sus obras. O, si no se perdieron, la tradición no los presenta como Libros sagrados, cuando contienen ellos también revelaciones esenciales sobre el mundo del alma y del espíritu, así como sobre sus habitantes. Ha llegado el momento en que los creyentes de todas las religiones dejen de enfrentarse blandiendo sus Libros sagrados como únicos depositarios de la palabra de Dios, porque esto es falso; sí, falso y ridículo. La verdadera fe no gana nada con estas querellas. La forma en que las religiones presentaron al Señor fue sin duda buena para una época en la que la gran mayoría de los humanos no estaban muy desarrollados mentalmente. Ahora que su capacidad de comprensión se ha afinado, ¿por qué seguir contándoles que fue Dios mismo quien habló a los profetas y que los textos llamados sagrados sólo contienen verdades eternas? Que quede, pues, bien claro. Todos los Libros sagrados no son todavía sino migajas, copias incompletas e imperfectas del único Libro verdaderamente escrito por Dios: el universo, con el ser humano creado a imagen del universo. Algunos clamarán contra el sacrilegio, la herejía. Bien, que griten todo lo que quieran. Yo sé que el Cielo me escucha y me aprueba. Sólo los ignorantes pueden estar indignados, porque no saben cómo ha pensado el Creador el universo y el hombre.

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Aun habiendo sido inspirados por el Cielo - y es cierto que fueron inspirados por el Cielo - los Libros sagrados no contienen únicamente verdades irrefutables y definitivas. Además, sabemos muy bien que las redacciones con las que los conocemos hoy pasaron por toda clase de peripecias. Por ejemplo, los cinco libros del Pentateuco, atribuidos a Moisés, fueron en realidad fijados en su forma definitiva varios siglos después de él, bajo la autoridad de Esdras. Incluso para el Antiguo Testamento, los judíos, los católicos, los protestantes y los ortodoxos no aceptan el mismo número de libros. En cuanto a los Evangelios, es evidente que los cuatro cortos opúsculo s que se repiten más o menos no pueden representar la totalidad de la enseñanza de Jesús. ¡Habría tantas cosas que decir sobre la redacción y la difusión de los Libros sagrados! Pero yo no soy historiador, y no me interesa entrar en estos detalles. Sé lo que sé, y eso me basta. ¿Y qué es lo que yo sé? Que aunque los Libros sagrados no son ni definitivos ni completos, tal como son, si aprendemos cómo leerlos, nos muestran el camino hacia Dios. Nunca un verdadero Iniciado presentará un Libro sagrado como el libro absoluto, ni siquiera la Biblia, aunque muchos la consideren como el Libro por excelencia, puesto que la palabra «biblia» significa libro. En todos los Libros sagrados hay algo que rectificar, que quitar o que añadir. Aquél que llega a elevarse hasta la comprensión de las obras de Dios, puede redescubrir la quintaesencia de todos los Libros sagrados, porque las verdades que contienen están inscritas en la vida del universo y en su propia vida. Dios mismo es inaccesible, insondable, más allá de todo entendimiento, pero ha puesto en nosotros y en el universo que ha creado todos los elementos que nos permiten acercamos a Él y descifrar algunos de sus mensajes. El primero de estos mensajes es la luz, puesto que gracias a la luz

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se manifestó al principio del mundo, cuando dijo: « ¡Hágase la luz!» Así que, si queremos oír a Dios «hablamos», debemos buscar la luz, porque a través de la luz Él se dirige a todas las criaturas.

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«NO ES LO QUE ENTRA EN LA BOCA LO QUE PUEDE ENSUCIAR AL HOMBRE... »

Después de haber leído, en uno de mis libros en el que hablo de la nutrición, el capítulo relativo al vegetarianismo alguien me preguntó: «Pero ¿es tan importante no comer carne? En un pasaje de los Evangelios, Jesús dijo que no es lo que entra en la boca, sino lo que sale de ella lo que ensucia al hombre.» Es cierto, Jesús dijo eso, pero visto lo que esta persona añadió, vi que no había comprendido verdaderamente el sentido de las palabras de Jesús. Por eso me gustaría volver a este pasaje para interpretarlo. Así pues, dirigiéndose a la muchedumbre que le seguía, Jesús dijo: «Escuchad y comprended: no es lo que entra en la boca lo que ensucia al hombre, sino lo que sale de su boca.» Cuando Jesús hubo pronunciado estas palabras, sus discípulos fueron a decide que había escandalizado a los fariseos. Después, Pedro le pidió: «Explícanos esta parábola.» Y Jesús respondió: « ¿Todavía no tenéis inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y después es expulsado en los lugares secretos? Pero lo que sale de la boca viene del corazón y eso es lo que ensucia al hombre». ¿Qué es lo que entra en nuestra boca? Principalmente el alimento, y salvo trastornos digestivos, este alimento no vuelve a salir por ella; lo que sale de nuestra boca, son, sobre todo, las palabras. Pero ¿acaso podemos decir que los alimentos no nos ensucian nunca? Si no están bien lavados, si están contaminados con productos tóxicos, pueden enfermamos. Pero la palabra «ensucian» se refiere más bien al mundo moral. Algunos

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alimentos, algunas sustancias pueden influir en nuestro mundo moral por los efectos que producen: la carne, el alcohol, la droga, tienen, en diferentes grados, consecuencias en la vida psíquica y, por tanto, en la vida moral del hombre. Por eso, desde su origen, la mayoría de las religiones impusieron unas reglas muy estrictas respecto al alimento y las bebidas. Estas reglas tenían ciertamente sus razones de ser, pero muchos de los que las respetaban no tenían, en cambio, ningún escrúpulo para transgredir los principios elementales de la justicia, de la honestidad, de la bondad. Eso es lo que Jesús les reprochaba a los fariseos, y eso es lo que se les podría reprochar todavía en nuestros días a ciertos fieles de otras religiones. «Lo que sale de la boca viene del corazón, y eso es lo que ensucia al hombre.» Para comprender las palabras de Jesús, debemos remontamos a aquello que la Ciencia iniciática revela sobre el ser humano y los diferentes cuerpos que lo constituyen: los cuerpos físico, astral, mental, causal, búdico y átmico. El cuerpo astral es la sede de la afectividad, de los sentimientos, de los deseos: por tanto, en nosotros está representado por lo que llamamos corazón. Acordaos ahora de lo que os expliqué en la conferencia «Lo que revela el rostro humano». Allí os presenté las relaciones que existen entre la frente y el espíritu, los ojos y el alma, la nariz y el intelecto, la

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boca y el corazón. Y la boca expresa lo que viene del corazón, del cuerpo astral. Éste es, pues, el significado de las palabras de Jesús: lo que sale de la boca viene del corazón, y eso es lo que ensucia al hombre si no ha aprendido a purificar su cuerpo astral. La boca de la que aquí se trata es, evidentemente, la boca astral. Nada material sale de la boca física: ésta no hace más que tragar, absorber. En cambio, muchas cosas salen de la boca astral, porque a través de ella se expresan los sentimientos, las emociones, los deseos, y si estos sentimientos, estas emociones y estos deseos le son inspirados por su naturaleza inferior, el hombre se ensucia. Antes de ensuciar a los demás, se ensucia a sí mismo. En realidad, existe una conexión muy fuerte entre las dos bocas, la física y la astral. Si dais satisfacción a la boca física, inmediatamente la boca astral expresa su placer y su satisfacción con una mirada, una sonrisa, y también con una palabra. La gente lo sabe bien, y por eso cuida la selección de los alimentos y su preparación cuando invitan a sus parientes y a sus amigos. Ofreciendo una comida suculenta, que agrada a las bocas físicas, esperan satisfacer también las bocas astrales. Inversamente, el que está mal alimentado, que traga cualquier cosa sin discernimiento o porque no tiene otra cosa que comer, no puede expresar después muy buenas cosas con su boca astral, su corazón. Por tanto, no hay que tomar al pie de la letra las palabras de Jesús, y, aunque no debemos dar demasiada importancia a lo que comemos, tampoco es bueno exagerar en el otro sentido descuidando ciertas reglas de higiene. Jesús no aconsejaba comer cualquier cosa y de cualquier manera. Lo que entra, pasa por la boca física, y lo que sale, pasa por la boca astral. Pero, en realidad, ¿acaso no entra verdaderamente

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nada en nuestra boca astral? Sí, porque de la misma forma que sentimos y expresamos sentimientos y deseos, recibimos también los sentimientos y los deseos sentidos y expresados por los demás. Y a veces estos sentimientos y estos deseos son verdaderos productos tóxicos, venenos que pueden hacemos mucho daño. Es posible volverlos inofensivos transformándolos, pero hay que haber hecho un gran trabajo sobre uno mismo para soportar ver y oír todas las sandeces y los crímenes de los que son capaces los humanos sin dejarse envenenar y destruir. Únicamente los Iniciados, los grandes Maestros, saben quitar a estos «alimentos» su veneno y su poder de hacer daño para emitir después con su boca astral sólo sentimientos nobles y generosos. Las palabras de Jesús no se dirigen, pues, ni a los débiles ni a los ignorantes. Y vosotros mismos, cada día estáis expuestos a las influencias y a las agresiones del mundo exterior. Éstas son alimentos que vosotros absorbéis. Pero si una mirada, una palabra, un gesto, un acto, logran quitaros vuestra fe, vuestro amor, vuestra luz y, por tanto, ensuciaros, eso significa que no sabéis alimentaros: deberíais haber escogido vuestros alimentos o mantener vuestra boca cerrada, simbólicamente hablando. ¿Por qué la habéis abierto a estos alimentos? Si no sabéis después cómo transformarlos, no debéis aceptarlos. Diréis: «Pero ¿cómo no sentimos molestos, heridos, por ciertas reflexiones o actitudes malévolas?» Evidentemente, en el plano físico, eso es imposible, pero, justamente, las palabras de Jesús no se refieren al plano físico. Interiormente, nuestra boca astral puede muy bien no aceptarlas, y entonces no nos sentimos disminuidos, heridos, porque no atentan ni contra nuestra integridad ni contra nuestra dignidad de hijos de Dios. Las injurias, las calumnias, o cualquier otra cosa tenebrosa que entre

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en la boca astral del hombre, puede llegar a no ensuciarle nunca. Únicamente lo que viene de él puede ensuciarle. No es responsable de ninguna otra cosa. Para el sabio, para el Iniciado, las palabras de Jesús son, pues, totalmente justas. En los siglos pasados, el honor de los hombres y de las mujeres estaba basado ante todo en valores sociales y, por tanto, externos. Una palabra o un gesto atentando contra el honor obligaban inmediatamente a los nobles a batirse en duelo. Tenían que defender su reputación o la de su familia ante la sociedad y las generaciones futuras. Todo aquello que atentaba contra el ser humano, lo que «entraba en su boca» le ensuciaba. Debían «lavar su honor» e interminables tragedias nacían por casi nada. El que no respondía era considerado como un cobarde, un «gallina» y perdía la estima de los demás que le rechazaban. La literatura del siglo XVII francés, lo sabéis, está llena de historias de este género. Es cierto que esta costumbre y esta manera de ver las cosas obligaron a los hombres a hacer actos de valor. Pero, desde el punto de vista moral y espiritual, esta concepción del honor es falsa, deplorable, estúpida, porque no desarrolla realmente la nobleza y el valor, sólo sirve para salvar la cara, el prestigio social que, en realidad, es poca cosa. Para no perder su prestigio ante los humanos, esta gente se disminuía mil veces ante Dios. La verdadera nobleza consiste en buscar soluciones más inteligentes, recurriendo a la conciliación. Pero eso exige en primer lugar todo un trabajo interior: el que ha sido ofendido debe comprender que ninguna maldad, ninguna acusación puede disminuirle a los ojos de Dios; si es inocente, las acusaciones y calumnias no cambian en nada lo que él representa para los ángeles y para Dios mismo.

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Hay gente que no resiste un pequeño vaso de vino, inmediatamente están borrachos y cuentan todo tipo de sandeces. De la misma manera, ante la menor contrariedad ciertas personas pierden toda su sangre fría. El verdadero espiritualista, al contrario, es aquél que puede beber todos los licores embriagadores que le presenta el plano astral y conservar, a pesar de todo, una mirada límpida, un pensamiento claro, un paso recto y seguro. Jesús no ignoraba que ciertos alimentos pueden ensuciamos, pero sabía también que nosotros tenemos la facultad de resistir. Todos los días se nos proponen alimentos que se presentan como tentaciones. Ser tentado, es recibir una influencia. Y ¿qué es una influencia? Una corriente que trata de penetrar en nosotros, y por tanto, una especie de alimento. No siempre es posible oponerse a que surjan estas corrientes, pero una vez que se han introducido, nosotros debemos esforzamos en transformadas. Si sucumbimos, si nos dejamos ir en un gesto de debilidad, nuestro tribunal interior anota que no hemos sabido asimilar estas sustancias, y éstas van a reaparecer, de una u otra manera, bajo forma de impurezas, de trastornos psíquicos o hasta físicos. Los alimentos nocivos que no dejamos pasar, seguro que no saldrán; debemos, pues, vigilar para no dejados penetrar. Pero, como no siempre lo conseguimos, una vez que han entrado, debemos trabajar para transformados y volverlos asimilables. En la antigüedad existió un rey, Mitridatos, que temiendo ser envenenado por la gente de su entorno, trató de inmunizarse con la ingestión progresiva de venenos, y lo consiguió muy bien: cuando, después de haber perdido una batalla, se tragó toda clase de venenos para no caer vivo en manos de sus enemigos, ninguno le hizo efecto y, finalmente, tuvo que pedir a uno de sus soldados

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que le apuñalase. Es cierto que podemos hacemos físicamente invulnerables a los venenos, otros lo hicieron también, además de Mitridatos. Pero ¿es eso tan necesario? Es probable que ninguno de vosotros corra el riesgo de ser envenenado, mientras que cada día, todos estáis expuestos a toda clase de venenos psíquicos, y ahí, si no sabéis cómo reaccionar, sucumbís. Los discípulos de una Escuela iniciática deben ejercitarse para digerir todos los venenos que la gente estúpida o malévola pueda verter sobre ellos en el plano astral. De estos venenos es de los que hablaba Jesús cuando decía: «Bienaventurados seréis cuando os ultrajen, os persigan y digan falsamente toda clase de mal de vosotros». Así pues, suceda lo que suceda, alegraos, y el Cielo se alegrará por vosotros: habréis superado bien la prueba. En uno u otro momento, todo hombre es calumniado, ensuciado. El verdadero discípulo de Cristo es aquél que sabe neutralizar las suciedades que recibe sin que su boca profiera una palabra contra Dios o contra los hombres. Y aunque deje escapar, quizá, palabras de irritación, de indignación, de venganza, que vuelva al menos a entrar en sí mismo diciéndose: «Nunca debo olvidar qué lo que sale de mi boca es lo que me ensucia... Me han dado unos ingredientes que no he sabido utilizar, pero, en el futuro, trataré de transformar mi cólera y mi impaciencia en dulzura, en amor y en bondad.» Como una buena cocinera, el discípulo debe aprender el arte de la transformación y sacar partido de todo lo que se le presenta para preparar los mejores platos. Sí, ¡la cocina también tiene algo que decir! Mirad los árboles: se les pone estiércol y dicen: «Nosotros sabemos bien que lo que entra en nuestra boca no puede ensuciarnos.» Entonces, se ponen a trabajar operando todas las transformaciones cuyo secreto poseen, y después nos devuelven

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unos frutos tan bellos, perfumados y sabrosos como feo, maloliente y repugnante era el estiércol que habían recibido. Sin embargo, ¿cómo actúan generalmente los humanos? Reciben una pequeña salpicadura ¡y devuelven un cubo de basura! Si hubiesen comprendido los preceptos de Cristo, cuando recibiesen veneno, se esforzarían por devolver miel. Entonces, ¿cómo debéis reaccionar cuando un gesto, una palabra, una mirada, introducen en vosotros turbación, cólera o algún otro estado negativo? En primer lugar, debéis deteneros, hacer una pausa. Porque, si os dejáis llevar por vuestras reacciones instintivas, os arriesgáis a producir más daño del que os han hecho. La cólera es la irrupción de una fuerza bruta, y esta fuerza bruta no es mala necesariamente, incluso puede ser benéfica para vosotros y para los demás, siempre que sepáis controlarla para poder dirigirla después. Y para controlarla, debéis, en primer lugar, deponer las armas que esta reacción instintiva acaba de poner bruscamente a vuestra disposición. Así que, en primer lugar, debéis deteneros, callaras y razonar; porque el razonamiento es la única rama, la única roca a la que podéis agarraras para no ser arrastrados y llevados por las aguas del torrente. El hecho de detenemos prueba que hemos sabido a qué agarramos, que no hemos sido arrastrados por las fuerzas salvajes del torrente. Pero, una vez que nos hemos detenido, ¿cómo reparar la turbación que hemos experimentado? Haciendo una respiración profunda, haciendo algunos movimientos armoniosos y rítmicos con las piernas, los brazos, la cabeza. Sabed que, aunque estéis atados, un solo dedo que tengáis libre os permitirá restablecer el equilibrio, la paz y la armonía dentro de vosotros. Podéis también escribir con el pensamiento en el espacio unas palabras mágicas con letras de luz: paz, sabiduría, amor, belleza... Estos medios tan

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sencillos dan grandes resultados; pero debemos ser capaces de mantener la suficiente lucidez y dominio de nosotros mismos para pensar en utilizarlos. «Lo que sale de la boca viene del corazón... » En realidad, podemos decir que esta boca de la que habla Jesús representa las diferentes bocas de nuestro ser psíquico, no sólo la del corazón, sino también las de nuestro intelecto y nuestra voluntad. La palabra «boca» simboliza, pues, el conjunto de nuestras actividades. Igual que nuestro corazón es la boca por donde pasan nuestros sentimientos, nuestro intelecto es la boca a través de la cual se expresan nuestros pensamientos, y nuestra voluntad la boca que producirá nuestros actos. Vale la pena meditar sobre los poderes de la boca: ella construye o destruye, ensucia o purifica, encarcela o libera, puede ahorcar a un hombre o arrancarlo del suplicio. He ahí otro de los significados del primer versículo del Evangelio de san Juan: «Al principio era el Verbo». ¡Cuántas dichas y desgracias empiezan por la boca! En el libro del Génesis, se dice que cuando Adán y Eva hubieron comido la fruta prohibida, se escondieron del Señor que recorría el jardín con la brisa de la tarde. Dios llama a Adán: « ¿Dónde estás?» y entonces se entabla toda una conversación. Adán responde: «He oído tu voz en el jardín y he tenido miedo, porque estoy desnudo y me he escondido. Y Dios Eterno dijo: ¿Quién te ha dicho que estás desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer? El hombre respondió: La mujer que pusiste junto a mí me dio del árbol y comí. Y Dios Eterno le dijo a la mujer: ¿Por qué hiciste eso? La mujer respondió: La serpiente me sedujo y comí. Una tradición dice que la fruta comida por Adán y Eva fue una manzana, otra que era un higo... Poco importa: lo que hay que

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ver en este texto, es que, de alguna manera, toca el mismo tema que la palabra de Jesús: el alimento. La serpiente, que es una personificación del mal, tienta a Eva proponiéndole comer de la fruta prohibida; después, Eva se la propone a Adán. Y cuando Dios les pregunta lo que ha sucedido, Adán acusa a Eva y Eva acusa a la serpiente. En realidad, hacer recaer la responsabilidad de nuestras faltas sobre un tentador (o una tentadora) no nos excusa. Si hemos actuado mal, somos culpables. No debemos sucumbir, no debemos «comer», eso es todo, para no tener vergüenza de presentamos ante el Señor cada vez que nos pregunta. « ¿Dónde estás?». Ahora, cuando se habla de tentación, es fácil considerar únicamente aquéllas que nos vienen del exterior, pero las tentaciones vienen también, y sobre todo, de nosotros mismos. Estamos habitados por voces interiores que nos hacen toda clase de sugerencias pretendiendo que son en interés nuestro y para nuestra felicidad. Y, en realidad, si las escuchamos, quedamos atados, y bien atados, porque estas voces no venían del mundo de la luz, y las entidades maléficas que han logrado la victoria se ríen después de este ingenuo al que han logrado capturar. Un cuento búlgaro ilustra bien esta verdad. Un hombre había cometido toda clase de tropelías: raptos de mujeres seducidas, robos, asesinatos, etc. Finalmente, fue apresado y condenado a la horca. Cuando le ponían la cuerda al cuello, el Diablo se presentó ante él y le preguntó: « ¿Ves algo allí abajo? No. - Mira mejor. - Veo veinte mulos. - ¿Qué llevan encima? Parecen sandalias, montones de sandalias. - Sí, pues bien, dijo el Diablo, son todas las sandalias que yo usé para llevarte hasta este cadalso en donde te van a ahorcar,» Aquél que no sabe resistirse a todas estas voces que hablan dentro de él para extraviarle, irá hasta el cadalso. Allí, el Diablo le mostrará todas las sandalias

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que usó para conducirle hasta ahí, y no le servirá de nada acusar al diablo, porque siempre es el hombre el que es considerado responsable de sus actos. Es evidente que lo que comemos y bebemos tiene siempre consecuencias para nosotros. El que toma excitantes se agita; el que ha recibido un calmante está tranquilo; y el que ha tomado un somnífero se duerme. Igualmente, el pan enmohecido, los frutos estropeados o el vino malo con los que debe contentarse el mendigo, no sólo destruyen su organismo físico, sino que afectan también a su vida moral. Comer platos exquisitos o porquerías no puede producir exactamente los mismos efectos sobre nuestra salud física y psíquica. Pero el estado en el que comemos es todavía más importante, porque también podemos envenenamos con el alimento más sano y más suculento cuando no tomamos ciertas precauciones. ¿Cómo? Si al mismo tiempo que os lleváis a la boca los alimentos, estáis nerviosos por las preocupaciones, la cólera u otros estados negativos, estos alimentos se impregnan de los venenos de los que tales estados son portadores, y van a difundirlos en todo vuestro organismo. Sí, tenéis que saberlo: el alimento, a medida que lo absorbéis, se impregna con los elemento s nocivos que vosotros estáis emitiendo, y os envenena. Evidentemente, lo inverso también es verdad. Es normal estar momentáneamente turbados o irritados por ciertos acontecimientos; pero entonces, aunque sea la hora de la comida, esperad un poco para comer hasta que hayáis vuelto a encontrar la paz y la armonía interiores. Y, si no podéis, si vuestras obligaciones os exigen comer en ese momento, haced al menos el esfuerzo de concentraros en el alimento impregnándolo con vuestro respeto y vuestra gratitud: estos sentimientos, de los

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que el alimento se vuelve soporte, al penetrar en vosotros, transformarán vuestros estados negativos. Así que, ¿veis?, también ahí se verifican las palabras de Jesús: es lo que sale de nuestra boca, de nuestra boca astral (nuestros pensamientos y nuestros sentimientos), lo que ensucia al hombre, puesto que eso ensucia también aquello que entra en él: el alimento. Pero nada de lo que viene del exterior puede ensuciarle si él es verdaderamente puro. Incluso cubierto de barro, un diamante conserva su pureza y su belleza; bastará con limpiarlo para que brille de nuevo con todo su esplendor. Y el verdadero espiritualista es comparable al diamante: nada puede ensuciarle, salvo si él mismo renuncia a su cualidad de diamante y se deja ir hasta volver a convertirse en carbón. A veces sucede que aquél a quien se le han hecho reproches y críticas exclama: « ¡Lo que he tenido que tragarme!» ¿Verdad? Ésta es una expresión que todo el mundo conoce y utiliza. Todo el mundo sabe, pues, que existe una boca psíquica, una boca astral. Gracias a la fe, el amor, la sabiduría, la paciencia y todas las virtudes, nosotros podemos transformar la materia bruta, grosera e impura que recibimos, en alimento digerible para poder merecer el diploma de buen cocinero. Alguno dirá: «Pero un diploma de cocinero, ¡no es algo muy glorioso!» Digamos, entonces, si lo preferís, ¡un diploma de alquimista! Hay muchos puntos comunes entre la cocina y la alquimia. Os lo dije, la nutrición es un tema inagotable, porque concierne a la totalidad de nuestro ser. Todo lo que absorbemos nos enseña sus secretos. Conocer es introducir en uno mismo las cosas y los seres para estudiarlos. La nutrición es la llave del conocimiento: debemos empezar siempre por absorber aquello que queremos conocer. La boca es, pues, el principio, el primer

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órgano de la sabiduría. Ella responde a nuestras preguntas sobre la naturaleza de los alimentos que se nos presentan: ¿tienen gusto? ¿Son benéficos para nuestra salud?... La boca nos enseña, pues, el discernimiento. Al poner en todas las criaturas, incluso en las más ínfimas, la obligación de alimentarse, la Inteligencia cósmica las obliga a adquirir al menos un saber rudimentario: al comer empiezan a estudiar la naturaleza de las cosas. Para desarrollarse y aprender, hay que empezar siempre por saborear. Y lo que es cierto para los microbios lo es todavía más para los humanos. Pero para ellos, evidentemente, comer ya no se limita al plano físico. Su corazón, su intelecto, su alma y su espíritu tienen también necesidad de alimento. Cuando rezáis, meditáis, leéis, estudiáis... cuando contempláis los colores, las bellezas de la naturaleza, cuando escucháis música, ¿qué hacéis sino alimentaros en los planos superiores? Ahí también, si no comemos, nos debilitamos y, después, morimos. Los que no quieren estudiar, rezar, meditar, están abocados a la anemia y, después, a la muerte espiritual. Éste es el argumento que hay que dar a los perezosos que no quieren salir de su inercia psíquica: « ¿No quieres comer? Pues bien, morirás.» Pero volvamos de nuevo a las dos funciones esenciales de la boca: la nutrición y la palabra. El alimento entra en nuestra boca y la palabra sale de ella. Pero ¿acaso no hay una relación entre el alimento y la palabra? Sí, y esta relación es particularmente clara en la figura de Cristo. Cristo, es el Hijo, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo creador proferido por el Padre. Y se manifiesta igualmente como comida, cuando Jesús dice: «Yo soy el pan bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente.» O también, en el momento de la Cena, cuando da

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el pan y el vino a sus discípulos diciendo: «Tomad, comed, esto es mi cuerpo... Bebed, ésta es mi sangre. » Hasta podemos encontrar en los Evangelios un pasaje en el que el pan es claramente identificado con la palabra. Cuando, después de haber ayunado cuarenta días en el desierto Jesús tuvo hambre, el diablo vino a tentarle sugiriéndole transformar las piedras en pan. Pero Jesús le rechazó diciendo: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. » En el plano espiritual, Cristo es el Verbo de Dios, está conectado con Dios lo mismo que la palabra está conectada con el hombre que la pronuncia; y, en el plano físico, es el pan. He ahí otro aspecto de las relaciones que existen entre el mundo de abajo y el mundo de arriba, entre el mundo físico y el mundo espiritual.

OMRAAM Institut Solve et Coagula Reus

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Primer Centro De difusión de la obra Del Maestro OMRAAM En lengua Española

Conferencia del Maestro

OMRAAM MIKHAËL AÏVANHOV
Paris - Izvor 241-TITULO 3

«VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA»
MARCAR LA MATERIA CON EL SELLO DEL ESPÍRITU

Nuestro cuerpo físico está hecho de materia, y como la materia está sometida al tiempo, se gasta, se desmorona, se desintegra. Eso es lo que llamamos envejecer, y las arrugas, los cabellos blancos, el reuma, etc., son los signos evidentes de este envejecimiento, y desde luego no son una constatación agradable. Pero nosotros no somos únicamente un cuerpo físico, y si el envejecimiento de éste está en el orden natural de las cosas, interiormente nada nos obliga a envejecer con él. ¡Así que no hay por qué inquietarse tanto! Las personas que se apenan tanto por las marcas de la edad que constatan cada día delante de su espejo ya son, en general, viejas interiormente. En vez de preocuparse de mantener lo que hay en ellas de cálido y vivo: su corazón, se identifican con su cuerpo, se identifican con la materia. Pero es su corazón, no su cuerpo, el que hace que sean jóvenes o viejas y, si su corazón envejece, es porque ellas se lo permiten. ¿Cómo? Perdiendo su amor por los seres y las cosas, perdiendo su interés, su curiosidad por la vida que está ahí, a su alrededor, tan rica y abundante. Al llegar a una cierta edad muchos hombres y mujeres se creen viejos, se dicen viejos, y se dejan ir, dejan de instruirse, de informarse, ya no hacen esfuerzos. Es verdad que se encuentran ancianos de ochenta, de noventa años que siguen interesándose por todo y que incluso comienzan algunos estudios. En mi juventud, en Bulgaria, conocí a unos ancianos que empezaban a aprender a leer. Pertenecían a familias pobres, no habían podido ir

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a la escuela, se habían casado jóvenes, habían tenido hijos, habían trabajado duramente durante toda su vida, y como en su vejez habían mejorado las condiciones y disponían también de más tiempo, se disponían a aprender. ¡Es tan conmovedor ver a un viejo abuelo, a una vieja abuela, repetir el alfabeto y deletrear una simple palabra! Pero muy pocos siguen este ejemplo. ¡Cuántos se arrinconan ellos mismos como si fuesen chatarra!... Envejecen y mueren. Diréis que vosotros hace ya mucho tiempo que sabéis leer y escribir. Claro, pero siempre hay algo nuevo que aprender, siempre hay esfuerzos que hacer, y sólo así seguimos siendo jóvenes y vivos. En nuestra época, en los países industrializados y prósperos, a pesar de los inmensos progresos de la medicina, aparecen enfermedades ignoradas antaño. ¿Por qué? ¿Y por qué tantas personas tienen depresión, angustia y trastornos nerviosos?... Porque, aunque trabajen, los humanos tienen siempre el ideal de una vida de confort, de facilidad y de placeres. Pero, en la naturaleza, el programa de una vida fácil no está inscrito en ninguna parte. El confort, la facilidad, la búsqueda de placeres, introducen en el hombre los gérmenes de la enfermedad y aniquilan la vida misma: las células se vuelven perezosas, ya no eliminan las impurezas, se dejan envenenar y el organismo pierde sus capacidades de resistencia. Desconfiad de la facilidad, del confort y de los placeres, expulsad de vuestra cabeza este ideal que es, en realidad, portador de muerte. El hombre está sobre la tierra para trabajar; y cuando digo trabajar, ello significa, en primer lugar, trabajar sobre nosotros mismos, hacer esfuerzos para superamos, para sobrepasamos. Todos los días vemos que la gente va a trabajar, claro, pero los esfuerzos que hacen son, sobre todo, para asegurar su

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subsistencia, su bienestar, su seguridad material; para eso, sí, aceptan trabajar. Pero para hacer el trabajo del pensamiento, que les convertiría en dueños de todas las situaciones, no están muy dispuestos. Cuentan con tener una existencia fácil en la que nunca les suceda nada penoso o molesto: el Señor mismo debe protegerlos, darles tranquilidad, salud; incluso le dirigen sus oraciones para eso. En cuanto a los incrédulos, esperan protección y socorro de la sociedad. Así que se aseguran contra los accidentes, el robo, los incendios, las inundaciones, etc., y, si una dificultad o una desgracia imprevista les cae encima, van a los tribunales para hacer reconocer que son víctimas y pedir reparación: ¡tenían que haber sido preservados! Pues bien, no, piensen lo que piensen y hagan lo que hagan, los humanos deben saber que nunca estarán a resguardo y protegidos totalmente. Si uno quiere estarlo totalmente, no debe bajar a la tierra, porque la existencia terrestre es, para todos sin excepción, una aventura arriesgada. Estamos en la tierra para aprender, para desarrollamos, y las dificultades, las pruebas, están ahí justamente para obligamos a ello, no nos podemos escapar. Así que, en vez de correr a uno y otro lado para exigir, protestar y quejarse, cada uno debe hacer un trabajo interior, porque es dentro de sí mismo donde encontrará en primer lugar los remedios, las reparaciones, los consuelos y la esperanza. Un mínimo de confort y de comodidades materiales es, evidentemente, indispensable. Pero si queréis preservar en vosotros la verdadera vida, no deis tanta importancia al confort, sea material o moral, porque entonces la pereza os acecha y os conecta con unas corrientes que os embotan y obstaculizan vuestra evolución. Procurad dejar a un lado todas vuestras pesadas maletas, todas estas preocupaciones por cosas materiales

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que no son absolutamente necesarias, para poder ir siempre más lejos, siempre más arriba. Es el trabajo el que nos fortifica, es el trabajo el que nos refuerza, si lo acompañamos de un pensamiento. Cada gesto que impregnáis con una idea divina se inscribe en los archivos de vuestra conciencia superior, de donde brotarán después todas las energías benéficas: el gozo, la pureza, la luz, la paz. Sí, por modesta que sea, cada tarea que emprendáis con la convicción de participar en el buen orden de las cosas, en la armonía en la tierra y en el Cielo, os refuerza. Incluso en la vida cotidiana, lo que debilita a los humanos y los destruye, es que no saben con qué estado de espíritu deben hacer ciertas tareas. O bien lo que hacen no les gusta y lo hacen gruñendo; o bien piensan que otros deberían encargarse de ello en su lugar y que se abusa de ellos, etc. En tales condiciones, evidentemente, la menor obligación se convierte en una carga insoportable. Pero, poneos a trabajar con la convicción de que hacéis algo bueno para vosotros mismos y para los demás, de que contribuís al buen funcionamiento de un conjunto al cual pertenecéis, y observaos: podréis continuar durante mucho tiempo sin estar cansados. Ciertamente hay que ser razonables y no lanzarse a la ligera a tareas aplastantes. Lo que os digo concierne a vuestras actividades cotidianas. Esforzaos por llevadas a cabo con la mejor disposición posible, porque, si no, vale más que paréis, porque el estado de descontento produce un veneno que mina el organismo. Yo no estoy en contra del progreso material que hace la vida más fácil, más confortable; pero, tal como es vivido por mucha gente, el confort es peligroso, porque se opone a la actividad del espíritu. Toda actividad física tiene relaciones con el espíritu y,

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por tanto, esta forma de pasividad, de pereza incluso, favorecida por el progreso técnico, obstaculiza las facultades del espíritu. Os guste o no la idea, la falta de confort estimula la inteligencia, estimula la necesidad de creación. La mayoría de las grandes obras maestras de la humanidad han sido creadas en condiciones de falta de confort. Y ahora, diréis ¿ya no se crean obras maestras? Sí; sólo que las obras maestras de nuestro tiempo no son tanto obras maestras del arte o del pensamiento, sino aparatos y máquinas extremadamente sofisticados. Los aparatos, las máquinas, éstas son las realizaciones más notables de nuestra época; y es verdad que provocan la admiración, pero estas realizaciones tan admirables están paralizando, cloro formando al ser humano. Estamos en la tierra para desarrollamos. Y desarrollamos significa ejercer el poder del espíritu sobre la materia: no sólo sobre la materia que está en nuestro exterior, sino, sobre todo, sobre la que está en nosotros; y sólo sabremos dominar inteligentemente la materia exterior cuando hayamos aprendido a dominar, en primer lugar, nuestra materia interior, si no, seremos aplastados. Éste es el significado de las palabras de Jesús a sus discípulos en el Sermón de la montaña: « Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal pierde su sabor ¿con qué se lo devolveremos? Ya sólo sirve para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.» Y las aplicaciones que podemos dar a estas palabras ¡son tan vastas! «Vosotros sois la sal de la tierra». ¿Cómo hay que entender esta palabra «sal»? La sal viene del mar, con lo que está relacionada con el misterio de nuestros orígenes. Hasta el más ignorante de los hombres sabe hasta qué punto es valiosa la sal. Nuestro

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organismo tiene absolutamente necesidad de sal y muchos alimentos nos parecerían insípidos y sosos si no les añadiésemos un poco de sal. En Bulgaria, como en otros países, sin duda, hay la tradicional costumbre de ofrecer el pan y la sal en signo de bienvenida. La sal no sólo da gusto a los alimentos, sino que tiene también la propiedad de conservarlos, es decir, de mantenerlos resguardados de la putrefacción. Está, pues, relacionada con la idea de purificación y es utilizada en ciertas ceremonias religiosas, como en el bautismo cristiano, por ejemplo, en el que el sacerdote pone unos granos de sal en los labios del niño. Ya en el Antiguo Testamento hay un pasaje en el que el profeta Eliseo sanea las aguas de una fuente echando sal en ella. Pero, ante todo, la sal era para los hebreos el símbolo de la alianza establecida con Dios. Cuando Dios instruye a Moisés sobre el ritual de los sacrificios, le dice: «Pondrás sal en todas tus ofrendas, no dejarás que tus ofrendas falten de sal, signo de la alianza de tu Dios.» Como la sal está relacionada con la purificación, también es utilizada en los ritos de exorcismo para expulsar a los demonios y liberar a los seres de los embrujos y de la magia negra. También oí en Bulgaria esta recomendación: «Contra la magia negra, ¡sal y agua!» No hay, pues, profundamente, ninguna diferencia entre ciertos ritos religiosos y los ritos mágicos. La ceremonia del bautismo, en el curso de la cual el sacerdote vierte agua sobre el niño y le pone sal en los labios, tiene como finalidad lavado del pecado original y proteger su alma de los ataques del demonio. La mayoría de los ritos religiosos cristianos, igual que los de otras religiones, son ritos mágicos. Por eso me asombra siempre ver que los cristianos ponen caras horrorizadas cuando me oyen pronunciar la palabra «magia». Pero, evidentemente, la magia es

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un terreno que hay que abordar con mucha prudencia, y sobre todo, cuidar de no utilizar sus métodos más que para el bien, para manifestarse como un mago blanco, que aporta, por todas partes por donde pasa, la paz y la luz. Pero volvamos a las palabras de Jesús. Dados los poderes y las virtudes de la sal, si Jesús dijo a sus discípulos «Vosotros sois la sal de la tierra», es que les confiaba una misión grandiosa. Y esta misión también nos la ha confiado a nosotros. Es como si nos dijese: «Gracias a vosotros, la tierra tomará sabor. Vosotros conservaréis todo lo que es bueno y bello y le daréis sentido a la vida. Porque el sentido es eso: un sabor. Vosotros sois portadores del sentido de la vida que yo represento y con vosotros todo tomará un sentido en el mundo. Permaneced, pues, vigilantes, no os metáis en situaciones en las que perdáis esta cualidad de la sal, porque entonces ya no dominaréis los acontecimientos, seréis triturados.» Hay filósofos que hacen interminables disertaciones sobre el sentido de la vida. En realidad, es muy sencillo: el sentido de la vida está en el gusto que encontramos en las cosas, y es el espíritu, sí, el espíritu en nosotros el que les da este gusto. Se dice de ciertas personas que tienen encanto, salero, algo indefinible que atrae la atención de los demás y hace que se las busque. Nos sentimos atraídos por esta «sal» que ellas poseen y que da sabor a sus palabras, a sus miradas, a sus gestos. Pero, como no siempre son conscientes de que esto es un don del Cielo que deben preservar, se dejan ir a una existencia prosaica y pierden esta sal, se vuelven insignificantes, apagadas, y ya nadie tiene ganas de buscarlas. Entonces sufren y se quejan: «Ya no me quieren, ni siquiera se dan cuenta de que existo.» Sí, han perdido su sal.

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Podemos considerar la sal como una condensación del magnetismo de la tierra; de ahí le vienen sus virtudes y su poder de atracción. Este poder de atracción, estas virtudes, Dios nos los ha dado a nosotros también, y nosotros debemos, no sólo conservarlas, sino buscar también cómo desarrollarlas. Sí, comprendedlo bien, la sal representa todos los poderes que el Creador ha puesto en nuestro espíritu, todos estos elementos que nos ha dado para que nosotros seamos capaces de proveemos en nuestras necesidades sin tener que ir siempre a buscar algo en el exterior. Ahora que las ciencias y las técnicas les han dado las posibilidades, nuestros contemporáneos se lanzan a cuerpo descubierto a la explotación de todos los recursos que les ofrece el mundo físico. Y, sin embargo, si aceptasen desarrollar más sus posibilidades interiores, no sólo tendrían menos necesidad de saquear los recursos del planeta y de explotar a sus hermanos humanos, sino que sentirían que, contrariamente a lo que ocurre con las riquezas materiales, las riquezas interiores son inagotables, infinitas. Por todas partes se escuchan voces quejándose de que la gente se vuelve cada vez más materialista. Y lo que es extraordinario es que ¡incluso los materialistas se quejan de ello! ¿Por qué? Porque, para el que se queja, son siempre los demás los materialistas, no él. Él tiene aspiraciones elevadas, generosas, mientras que los demás, ¡esos egoístas, esa gente sin escrúpulos!... Sí, es extraordinario, ¡cuántos no se dan cuenta de que están, ellos también, habitados por estas mismas tendencias materialistas que subrayan en los demás! Y muchos de los que se dicen espiritualistas deberían analizarse un poco mejor.

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Experimentar sin cesar nuevas necesidades es, evidentemente, un signo de evolución. No tener ganas de nada, no tener gusto por nada, no tratar de adquirir cada día algo más, no es muy bueno que digamos. Pero esta codicia, esta voracidad con la que tanta gente busca sus satisfacciones en el plano físico, todo eso va a arrastrar a la humanidad a la catástrofe. ¿Y por qué hasta los que son conscientes de todo eso se obstinan en esta vía? Simplemente, porque no se conocen. Si supiesen que el Creador ha puesto en ellos, en estado sutil, el equivalente de todo lo que es posible encontrar en el universo, en vez de querer acaparar la tierra, se alimentarían y se embellecerían con las riquezas que descubrirían dentro de ellos, las riquezas del espíritu. Y entonces, todo lo que realizasen después en el plano físico estaría marcado por el sello del espíritu. Quizá esta idea sea difícil de comprender para muchos, pero os daré un ejemplo muy sencillo que, sin duda, os recordará a algunos de vosotros experiencias vividas. El médico al que vamos a consultar puede contentarse con prescribir medicamentos. Para ejercer su profesión se sirve de conocimientos adquiridos en los libros; examina al enfermo exactamente igual que un mecánico examina un coche que se ha averiado, y sus cuidados tendrán ciertamente alguna eficacia. Pero he ahí otro médico que está verdaderamente movido por la necesidad de ayudar a los demás, de aliviar sus males, de reconfortarles: su bondad, su compasión son tan fuertes que impregnan todo su comportamiento; entonces, cuando está ante sus pacientes, lo que emana de su mirada, de su voz, de su apretón de manos, despierta en su corazón y en su alma unos poderes que van a actuar imperceptiblemente sobre su cuerpo físico. Por tanto, son estos elementos sutiles emanados por el médico los que tienen también un efecto curativo sobre los enfermos, porque despiertan

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en ellos ciertas energías que actuarán benéficamente sobre su organismo. Pero eso no es más que un ejemplo. Los sacerdotes con respecto a los fieles, los padres y los educadores con respecto a los niños, los jefes con respecto a los empleados, etc., en todos los campos de la existencia, podemos constatar que lo que emana de lo más profundo de los seres influye en la materia psíquica y, consecuentemente, en el comportamiento de aquellos con los que se está en relación. Vosotros mismos también lo habréis constatado. ¿Acaso no hay seres que os gusta frecuentar porque al estar con ellos tenéis la impresión de volveros mejores, más inteligentes, más confiados en la existencia, y físicamente os sentís mejor? Así que, puesto que habéis constatado que los elementos de los planos sutiles pueden suscitar en vosotros unos estados de conciencia tan benéficos, en vez de ir a buscar siempre en el exterior, en el mundo material, aquello de lo que tenéis necesidad, decidíos, por fin, a buscar y a indagar dentro de vosotros mismos: no sólo os veréis menos impulsados a apropiaros de lo que pertenece a los demás, o de lo que los demás necesitan más que vosotros, sino que, puesto que la fuente de las riquezas dentro de vosotros es inagotable, con pocas cosas os sentiréis contentos, saciados, colmados. ¿Veis?, siempre volvemos a la misma cuestión: cómo liberar al espíritu en nosotros, este espíritu al que Jesús llama «la sal de la tierra». Es con nosotros mismos, con el espíritu en nosotros con lo que debemos contar. Sí, con el espíritu, porque en los momentos de pruebas y de trastornos en los que nos sentimos abandonados, rechazados, únicamente el espíritu tiene el poder de serenarnos, de consolamos y de darnos los medios para rehacemos. Todo

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puede abandonamos, podemos perderlo todo, todo, salvo nosotros mismos, nuestro espíritu. Entonces, ¿por qué no buscar ahí, en nosotros, puesto que ahí está la única posesión, la única certeza que verdaderamente tenemos? Nos encontremos en la tierra o en el otro mundo, siempre estaremos con nosotros mismos, inseparables. Para seguir siendo en todas las circunstancias dueños de la situación, todos disponemos de algo que nada ni nadie puede quitamos. Y lo que nada ni nadie puede quitamos es nosotros mismos. En la vida, en la muerte, estaremos eternamente con nosotros mismos. Sí, ésta es la cosa más segura, todo lo demás no es seguro y se nos puede escapar. Y este «nosotros» que nada puede quitarnos, es la conciencia de la chispa divina que nosotros somos y, por tanto, la conciencia de las capacidades que hemos recibido del Creador y de las ocasiones que nos son dadas cada día para poner estas capacidades en acción. Todo lo que nos sucede sólo toma sentido y valor en tanto que estamos decididos a sacar partido de ello. Entonces, incluso los fracasos, los oprobios, se transforman en piedras preciosas; mientras que los éxitos, los honores acaban volviéndose contra nosotros, si no alimentamos en nuestro corazón un gran ideal que nos permita utilizarlos para el bien. El Cielo se sirve de todo para empujar a los humanos a buscar esta sal que vivificará y purificará la tierra, su propia tierra, en primer lugar, y después todas las tierras a su alrededor. ¡Pero cuántos hombres y mujeres, a medida que se instalan en la existencia, dejan volver insípida su sal! En cuanto representan algo que cuenta en la sociedad, sólo piensan en consolidar su posición y sus adquisiciones; se creen los únicos artífices de sus éxitos y cortan la conexión con la Fuente divina. Muy pocos son

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conscientes de todas las bendiciones que cada día puede aportarles si se esfuerzan por vivirlo en la luz del espíritu. Sólo se dan cuenta en el momento en que han perdido esta luz; exactamente de la misma manera que sólo aprecian verdaderamente la salud cuando la han perdido. El Creador ha puesto en el hombre todo lo que éste necesita para hacer frente a cada situación en la existencia: debéis trabajar con esta verdad toda vuestra vida. Suceda lo que suceda, cualesquiera que sean las dificultades y las pruebas, acordaos de que Dios os ha equipado con una especie de laboratorio en el que podéis entrar y trabajar. Los líquidos, los polvos, los gases, así como las instrucciones para su uso están ahí, en vuestro laboratorio interior. Incluso los desheredados, los réprobos, los criminales, poseen todos los elementos necesarios para regenerarse. Como han acumulado dentro de ellos montones de obstáculos, ahora les es muy difícil franquearlos para acceder a este laboratorio; pero está ahí, dentro de ellos y, un día, tendrán acceso a él. Desde hace dos milenios los cristianos repiten que Dios es Amor, pero ¿acaso han comprendido verdaderamente esta verdad? Decir que Dios es Amor, es tener conciencia de que Él ha dado todo a todos los seres, sin excepción. Sufrís, estáis en la desgracia y le rogáis a Dios que venga a socorreros; pensáis que es ahí, ahora, cuando tenéis necesidad de su ayuda y que Él debe dárosla. Pues bien, os equivocáis. Dios no tiene que hacer nada por vosotros ahora, porque ya lo ha hecho todo. Al crear al hombre, lo previno todo, se lo dio todo. Así que, dejad de pedir. Los verdaderos hijos de Dios son aquellos que no piden nada, porque saben que ya lo tienen todo. Si reclamáis manos para trabajar, pies para caminar, ojos para ver, es ridículo, porque ya los tenéis, tanto en el plano espiritual como en el plano físico.

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Debéis rezar solamente para pedir la luz, que os dirá la mejor manera de emplearlos. Cualesquiera que sean de momento nuestras insuficiencias aparentes, en realidad, nada nos falta, y con lo que poseemos podemos acercamos cada día más a la santidad, a este estado de pureza y de luz que es el atributo de Dios mismo/puesto que los Serafines que permanecen delante de su Trono repiten sin cesar: «Santo, santo, santo es el Señor Dios... » Pero Dios nos ha provisto tan completamente que también nos ha dado elementos que van contra la santidad. Y nosotros debemos trabajar para transformar estos elementos, porque es así como alcanzaremos la santidad verdadera. La santidad es un estado al que se llega con plena conciencia. ¿Qué ventaja obtendríamos en ir por la vía del bien como autómatas, sin saber ni por qué ni cómo vamos por ella? Para apreciar la luz, hay que haber vencido a las tinieblas, porque nuestro conocimiento de la luz se enriquecerá con el de las tinieblas. El día en que toméis conciencia de esta verdad, que todo lo que necesitáis ya está en vuestra posesión, descubriréis cuán ricos sois. ¿Por qué no hacéis sondeos? Haréis brotar petróleo. ¿Por qué no ahondáis en vuestra tierra? Descubriréis en ella piedras preciosas. Pero esperáis sin hacer nada, sois como esos mendigos que acosan a los viandantes: no cesáis de importunar al Señor y a sus ángeles. Con los medios técnicos que tienen ahora a su disposición, los químicos logran extraer de los metales y de los minerales muchos elementos que son utilizados después para la fabricación de diferentes productos; y lo mismo sucede con las plantas. Pero la cosa no ha terminado, cada vez más penetrarán en los tesoros secretos de la naturaleza, descubrirán que todo lo que existe está

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compuesto de elementos dotados de propiedades particulares de las que podemos beneficiamos. Tomemos solamente los productos farmacéuticos: todos vienen de uno o de otro reino de la naturaleza. Para oponerlos a los productos naturales, se dice de algunos de ellos que son productos químicos. Pero, cualesquiera que sea es producto químico, tiene su origen en la naturaleza. Y el ser humano también es naturaleza. Así que, decidíos a penetrar en este inmenso laboratorio que sois y en el que se encuentran reunidos todos los elementos que necesitáis para vuestro desarrollo físico, psíquico y espiritual. Nada nos prohíbe ir a buscar estos elementos en el exterior, pero no olvidéis nunca que todo está en vosotros y que es esta conciencia de vuestras riquezas, de vuestros poderes, la que debéis esforzaras en adquirir, en desarrollar. El día en que os sintáis realmente portadores de todos estos elementos, procuraréis concentraros en este tesoro interior. Hoy quisiera que os impregnaseis de esta verdad, la más importante para vuestra evolución. Ya está expresada aquí o allá en los libros de algunos autores, pero insuficientemente; y es esta verdad la que Jesús nos obliga a profundizar al decir: «Vosotros sois la sal de la tierra» Id, pues, a buscar dentro de vosotros para encontrar todas las riquezas que Dios ha depositado allí. Claro que estas riquezas no son muy aparentes. Lo más valioso que Dios nos ha dado está profundamente escondido, no se ve. ¿Por qué? Porque Dios es un padre muy sabio: si hubiese expuesto todas las riquezas ante los humanos, éstos no harían ningún esfuerzo, se contentarían con tomarlas. ¿Y cómo las utilizarían, puesto que no conocerían su valor? Mientras que así, como se ven obligados a trabajar para descubrirlas, sabrán cómo apreciarlas y servirse de ellas para el bien.

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Cualesquiera que sean las circunstancias, acostumbraos a descender dentro de vosotros mismos para encontrar allí estas quintaesencias que se llaman amor, sabiduría, dulzura, bondad, paz, inspiración, pureza, gratitud. Simples objetos que tomáis en vuestra mano pueden ayudaros a remontar lo que está oculto en lo más profundo de vosotros. Una pluma de pájaro, una hoja de árbol, una piedra... todo puede convertirse en un intermediario, en un medio para entrar en relación con vuestro mundo interior. Una palabra escrita basta también: escribís esta palabra sobre una hoja de papel y, gracias solamente a esta palabra que repetís, entráis en vuestro laboratorio interior en el que encontráis el frasco que lleva el mismo nombre. Esta palabra escrita es como un testigo, un detector: lo sostenéis con una mano, y con la otra mano buscáis el frasco y, como existe afinidad entre esta palabra y cierto frasco, acabaréis encontrándolo. Nunca cesaré de repetíroslo: ¡existen tantas cosas a vuestra disposición!, ¡pero sólo si hacéis el esfuerzo de utilizarlas!

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LA FUENTE DE LAS ENERGÍAS

El Maestro Peter Deunov decía un día: «Os quejáis de tener el estómago vacío porque os habéis tenido que contentar con un pedazo de pan. En realidad, no es vuestro estómago el que está vacío, sino vuestra cabeza y vuestro corazón. El pedazo de pan contiene la suficiente sal para alimentaros durante mucho tiempo si, a cada bocado, le añadís un pensamiento de sabiduría, un sentimiento de amor. No descuidéis, pues, esta pequeña cantidad de sal: en ella están contenidos grandes tesoros.» ¿Cómo interpretar estas palabras del Maestro? ¿Nos dice acaso verdaderamente que debemos contentamos con un pedazo de pan por día? ¡Claro que no! Solamente quiere hacemos comprender que, para alimentamos bien, lo más importante no es la cantidad, sino la calidad. Y, sin embargo, la calidad, la verdadera calidad, es difícil encontrarla, porque no nos la proporciona talo cual tienda. La calidad es un elemento que debe venir de nosotros. Hay que comer suficientemente, y comer alimento sano, pero cada uno debe añadir un elemento de sí mismo al alimento más simple para darle gusto, este gusto que será fuente de energías. Un simple pedazo de pan puede convertirse así en un alimento exquisito y vivificante. Existen medios para añadir cualidades a lo que comemos, y es en esta cuestión, aparentemente insignificante, en la que quiero detenerme. Pero empecemos por estudiar lo que el Maestro Peter Deunov llama «sal», porque eso nos ayudará a profundizar

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todavía más en las palabras de Jesús « Vosotros sois la sal de la tierra». Más allá de la atmósfera terrestre, en aquello que los antiguos denominaban éter, existe una sustancia esencial difundida a través del espacio. Y todo lo que existe en la tierra, tanto los seres como las cosas, tiene la propiedad de atraer y de retener una cierta cantidad de esta sustancia portadora de vida. La absorbemos de diversas maneras, porque está contenida en el alimento, en el aire, en el calor, en la luz. Sería deseable que incluso los científicos estudiasen esta cuestión y que, mediante investigaciones de laboratorio, nos informasen sobre la naturaleza de esta quintaesencia, de esta «sal» tan necesaria para nuestra salud física, psíquica y espiritual. A esta sal los hindúes la llaman «prana»; tienen métodos para captarla, particularmente mediante la respiración. Pero existen otros muchos medios además de la respiración. Está la contemplación de la salida del sol y la del cielo estrellado por la noche, el contacto con las potencias de la naturaleza en los bosques, las montañas, en los ríos, los lagos y los mares. Y también está la nutrición, porque todos los alimentos que comemos contienen algo de esta quintaesencia difundida por todas partes en el espacio, desde las rocas hasta las estrellas. Por tanto, detengámonos una vez más en la nutrición, que nos ofrece cada día posibilidades de recoger esta sal con la que el sol, a través de sus rayos, impregna todos los productos de la tierra. Las verduras, las frutas están llenos de ella, pero ¿llegáis a daros cuenta? No, sólo os interesáis por ellas porque son necesarias para vuestra subsistencia. Evidentemente, escogéis aquéllas que son agradables al gusto, pero la conciencia de lo que ellas representan no está ahí: durante las comidas, vuestras

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preocupaciones, la mayoría de las veces, no tienen ninguna relación con el acto de comer. Procurad, de ahora en adelante, tener una consideración para con lo que habéis puesto en vuestro plato, y decid al menos: «Gracias Señor por poder saborearte a través de estas verduras y estas frutas que son portadoras de vida.» Y las verduras y las frutas se alegrarán de sentirse apreciadas como portadoras de la vida divina. No encontráis todo esto muy serio, claro, y una vez más en lugar de profundizar la cuestión de la nutrición, preferiríais que os dijese cómo haceros ricos, cómo triunfar en vuestra profesión, cómo atraer el amor... Pues bien, si supieseis escucharme mejor, comprenderíais que no os hablo más que de riqueza y de éxito. Os explico de la manera más sencilla una realidad muy profunda: si tomáis conciencia de que el alimento es portador de la vida divina, introduciréis en vuestra cabeza y en vuestro corazón pensamientos y sentimientos capaces de atraer, de recoger esta sal que da el verdadero sabor. Y cuando tenéis esta sal, ¿qué os falta? El pensamiento y el sentimiento actúan sobre el funcionamiento de las glándulas en todo nuestro organismo, y en particular en el de las glándulas salivares. Estas glándulas, una vez activadas, segregan unos elementos químicos que extraen las energías del alimento. No es el estómago, sino la boca y la lengua las que reciben la quintaesencia de los alimentos gracias a los sentimientos de amor y al pensamiento unido a este amor. La lengua y la boca están equipadas para extraer del alimento aquello que es esencial, vital, y lo envían al cerebro así como a todo el sistema nervioso. Por tanto, antes incluso de que los alimentos pasen al estómago, y después a los intestinos, el organismo ya ha absorbido de él los elementos etéricos, los que dan la vitalidad.

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La prueba: si no habéis comido desde hace veinticuatro o cuarenta y ocho horas y os traen una fruta, apenas la habéis llegado a saborear y ya vuestro pensamiento es más lúcido, vuestros sentimientos son más cálidos, sentís gozo y esperanza. ¿De dónde ha podido venir esta energía? Antes de que el alimento llegue al estómago para ser digerido en él, el sistema nervioso ya se ha alimentado. Pero ¿qué científicos se han detenido a estudiar este lado sutil de la nutrición?' Los físicos revelan que pueden sacar del átomo, esta partícula infinitesimal de la materia, la suficiente energía para hacer funcionar poderosas máquinas, y todo el mundo está maravillado. ¿Pero quién se ocupa de que un fenómeno análogo, del que somos cada día los actores y los beneficiarios, pueda producirse con la nutrición? A nadie le interesa que una parcela de materia que recibimos baste para llenar todo nuestro ser de energías puras, ni siquiera se lo creen. Pero decidme, ¿por qué razones el ser humano, el ser humano que ha sido creado a imagen de Dios, tendría que hacer menos bien las cosas que los especialistas de física nuclear? Ahora comprendéis por qué el Maestro Peter Deunov dice: «No es vuestro estómago el que está vacío, sino vuestra cabeza y vuestro corazón.» Porque es con vuestros pensamientos y vuestros sentimientos que extraéis del alimento esta sal que os dará las verdaderas fuerzas, las verdaderas energías. Es una ley de la vida espiritual: para beneficiamos plenamente de lo que recibimos, debemos añadirle algo de nuestra alma y de nuestro espíritu. Pero, al mismo tiempo que tratáis de llenar vuestros depósitos con esta sal de vida, estad vigilantes, para no perder por un lado lo que acabáis de ganar por otro. Un sentimiento de

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cólera, por ejemplo, suscita un gran desperdicio de energías: el sistema nervioso se agota. Cuando sentís que se despierta en vosotros la cólera o la exasperación, ¿cuántos de vosotros pensáis en canalizar esta energía, en serviros de ella para iluminar vuestra ciudad o para hacer girar la rueda de vuestro molino? (Hay que transponer, evidentemente, estas imágenes...) La mayoría se dejan llevar y después se vanaglorian: « ¿Qué? ¡Le he dado una buena lección a este imbécil!» En su explosión de cólera, han dicho lo que pensaban, claro, pero, sobre todo, se han vaciado, y necesitan mucho tiempo después para recuperar estas energías despilfarradas. Pero la cólera es sólo un ejemplo. ¡Hay tantos otros casos en los que despilfarramos preciosas energías! Tomemos solamente la maledicencia, que es un defecto tan extendido. Hablar de los demás para quejarse de ellos, criticarles, acusarles, inmiscuirse en sus asuntos, eso vacía el cerebro y el corazón. A vosotros os corresponde, pues, estudiar y observar las circunstancias en las cuales vuestra fuerza se va o vuelve, y analizar las causas de este estado. Encontrad también qué alimentos y bebidas os reaniman, os refuerzan, os vuelven ligeros, o al contrario, aquellos que os hacen pesados, os embotan. Hay animales que pueden ser fácilmente capturados después de la comida, porque la digestión los vuelve somnolientos, y de la misma manera, los humanos también, después de ciertas comidas pueden dejarse ir a una somnolencia que les expone a ser capturados. Estas comidas que toman en los planos astral y mental inferior les son ofrecidas por las entidades tenebrosas del mundo invisible. ¡Y qué comidas! Es todo un desfile de manjares y de vinos que encuentran particularmente suculentos. ¿Y qué son estos manjares y estos vinos? La ambición, la sensualidad, los celos, la venganza, la traición, el odio...

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Cada día las entidades maléficas tratan de tentar a los humanos con esta clase de festines, y les atraen a sus trampas para capturarlos y vaciarlos de sus energías divinas. Así que, estad vigilantes, observaos, poco a poco, la realidad de esta energía que Dios ha puesto en vosotros se hará evidente y haréis todos vuestros esfuerzos para protegerla y amplificarla. Todos tenéis en vuestras casas unos contadores muy prácticos que funcionan y registran sin fallos vuestro consumo de gas, de agua y de electricidad. Regularmente, viene un empleado a leer las cifras inscritas en estos contadores que no podéis tergiversar: las cantidades están inscritas y debéis pagar la suma correspondiente a vuestros gastos. Pues bien, antes de existir en las casas, hace ya mucho tiempo que estos contadores existen en el hombre mismo. Sí, vosotros poseéis los tres contadores de agua, gas y electricidad; y no sólo poseéis estos tres contadores, sino que hay también unos empleados que vienen a leerlos. La Inteligencia cósmica ha pensado bien las cosas. El contador de agua, es la boca; en ella, en los labios, se registra la cantidad de agua que habéis hecho correr. El agua, son los sentimientos, y, según vuestra boca, el empleado, que sabe leer los signos, puede decir si habéis sido ahorradores o derrochadores, y también si habéis respetado o transgredido las leyes. Porque este contador, que registra la cantidad, revela también la calidad: dice si el agua está o no limpia y si es rica en elementos vivificantes. Todo es anotado con precisión. El contador de gas, es la nariz. La nariz permite conocer la importancia que el hombre concede al pensamiento y apreciar el uso que hace de él. Porque no basta con pensar, hay que considerar la precisión de nuestros pensamientos, apreciar sus

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consecuencias para nosotros mismos y para los demás: ¿iluminan el camino? ¿Son constructivos, creativos?... El contador de la electricidad, son los ojos, que revelan qué clase de corrientes, armoniosas o caóticas, han atravesado el sistema nervioso. Y si la boca está relacionada con el elemento agua, y la nariz con el elemento aire, los ojos están relacionados con el fuego y, por tanto, con la luz. Ellos son los que reciben la luz, la luz física; pero en la mirada de los seres podemos también leer si saben recibir y dar la luz espiritual. Cómo conservar y hasta aumentar nuestras energías aún permaneciendo lo más activos posible, he ahí algo que es esencial aprender. Porque el trabajo es también una fuente de energía, y prolonga la vida si sabemos cómo trabajar. Muchos trabajan con agitación, fiebre, tensión, y no hacen sino agotarse. Sea por necesidad de activarse, sea porque les han inculcado la convicción de que trabajar es la mayor de las virtudes, trabajan, no paran y acaban estropeándose el estómago, el hígado, el sistema nervioso... Hasta los objetos que manipulan sufren por esta febrilidad. Saber que el trabajo prolonga la vida no basta; hay que aprender a trabajar en el equilibrio y la armonía, para poder extraer de cada actividad algunos granos de esta sal que da su verdadero sabor a la vida.

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Paris - Izvor 241-TITULO 4

«Y SI LA SAL PIERDE SU SABOR» ¿Qué hacemos en la tierra? ¿Por qué razón hemos bajado a ella? Por una razón de gran importancia: hemos bajado para estudiar la materia y trabajar con las fuerzas que la animan. Somos espíritus a quienes se les ha dado un cuerpo para actuar en la materia. Algunos piensan que el Señor ha hecho muy mal las cosas: puesto que el hombre es un espíritu, en vez de encarnarse en un cuerpo que le limita y le encarcela, hubiera sido preferible para él permanecer en el mundo del espíritu, en la luz y la magnificencia del Cielo. Pues bien, no, la gran sabiduría del Señor ha decidido otra cosa y, contrariamente a las apariencias, nuestro descenso a la materia no nos exilia lejos de Él, porque la materia pertenece a la esencia misma de Dios, es una condensación de la fuerza divina. Tratad ahora de seguirme bien en lo que voy a explicaros. Cuando estudiamos los diferentes reinos de la naturaleza, constatamos que cada uno de ellos sirve de alimento al que está situado por encima de él. Así, los minerales sirven de alimento a las plantas: con sus raíces las plantas absorben y elaboran los elementos contenidos en el suelo. Las plantas son, pues, los primeros obreros encargados de transformar la materia; ellas le dan movimiento porque poseen el movimiento en sí mismas: son capaces de crecer, de orientarse en función de la luz, sus flores se abren y se cierran... Pero las plantas, a su vez, sirven de alimento a los animales; a través de éstos, la materia vegetal recibe una vitalidad y una sensibilidad mayores. Después, los hombres utilizan los animales para comérselos, y al comérselos, les hacen evolucionar. Diréis: «Pero entonces,

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¿por qué preconiza Vd. el vegetarianismo si comiéndonos a los animales hacemos que evolucionen?» Esperad, no os apresuréis a poner en vuestro menú bistec s o aves de corral con el pretexto de hacer evolucionar a los bueyes, a los pollos o a los pavos. Alimentarse de los animales no significa necesariamente comer su carne. Podemos contentamos con tomar sus productos: la leche, con la que hacemos mantequilla y queso, los huevos, la miel, etc. Pero volvamos a lo esencial. La materia, que es inerte en la piedra, recibe el movimiento a través del vegetal, después la sensibilidad a través del animal y, finalmente, el pensamiento a través del ser humano. Pero el proceso no se detiene ahí, porque los humanos sirven también de alimento a otras entidades: a los Ángeles. ¿Y cómo se alimentan con nosotros los Ángeles? A su manera, también ellos son «vegetarianos»; toman nuestros buenos pensamientos, nuestros buenos sentimientos, todo lo que en nosotros está inspirado por la sabiduría, por el amor, por el espíritu de abnegación y de sacrificio. Los Ángeles nos consideran como plantas que producen flores y frutos. Cuando vienen a recogerlos, no rompen nuestras ramas, al contrario, nos riegan, nos cuidan, nos aportan todas sus bendiciones para que demos frutos todavía más suculentos. Evidentemente, existen también unos «ángeles» de otra especie, las entidades tenebrosas, los demonios. Como todas las criaturas vivientes, ellos también deben alimentarse, y van a regalarse con los humanos, cuyos malos designios, sentimientos de odio, de envidia, de rebeldía, son para ellos manjares suculentos: entonces les chupan todas sus energías y les dejan agotados. Si nada es más deseable que servir de alimento a los Ángeles de luz, nada es peor que ser devorados por los espíritus tenebrosos.

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Y ahora, como los Ángeles también están hechos de materia, de una materia muy sutil, sirven, a su vez, de alimento a los Arcángeles, y los Arcángeles a los Principados... Y después, a través de las Virtudes, las Potestades, las Dominaciones, los Tronos, los Querubines, esta materia, que se vuelve cada vez más sutil, llega hasta los Serafines, que la preparan para que sirva de alimento a Dios mismo. Así pues, desde la piedra hasta Dios, asistimos a la evolución de la materia. Esta evolución pasa por el ser humano, y ésta es la razón profunda de su encarnación en un cuerpo físico; si no, es verdad, habría podido quedarse bien arriba, en la luz y la felicidad. Por consiguiente, todos los seres que no tratan de perfeccionarse trabajando su propia materia regresan hasta volver al estado del mineral, de la piedra. ¿Podéis comprender eso? El amor de Dios es infinito. Como rayos que salen de su corazón, este amor abreva, sostiene, vivifica a todas las criaturas para conducirlas hasta la perfección. Pero si éstas no dejan penetrarse por las fuerzas del espíritu que trabajan en la materia para animarla, para volverla más sensible, más receptiva a la luz de arriba, mueren, porque eso es la muerte, verdaderamente. Hay que comprender la muerte como el rechazo a evolucionar, a vibrar al unísono con las corrientes del espíritu. La muerte es 1ma caída en la materia más densa, más compacta, y esta caída se produce en la conciencia: el hombre pierde la luz, pierde el recuerdo de la impronta celestial inscrita en él, se convierte en una piedra cuya vida está tan ralentizada que ya no tiene la fuerza de producir pensamientos y sentimientos. La vida es un perpetuo movimiento hacia delante, y aquél que se niega a avanzar, regresa, vuelve hacia la inconsciencia de la piedra que no es otra cosa que una conciencia dormida; todas sus

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manifestaciones físicas y psíquicas no son más que la expresión de esta vida petrificada. Sin embargo, en lo más profundo de la piedra subsiste todavía algo de la chispa divina. En las piedras, en el suelo sobre el que caminamos, viven unos seres que antaño estuvieron dotados de movimiento, de sentimiento, de pensamiento, pero que descendieron tanto en la materia que ahora los pisoteamos. Mirad cómo se aclaran las palabras de Jesús: «Si la sal pierde su sabor, sólo sirve para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.» Todos aquellos que han perdido su ideal, su luz, su sal, han sido echados fuera. Simbólicamente, fuera, es la materia, y dentro, es el espíritu. Todas las criaturas que han perdido su sal, que han abandonado el espíritu, son pisoteadas. Todas las sociedades, las naciones, las familias, que han perdido su sal son pisoteadas. ¿Con qué fin? Para obligarlas a encontrar de nuevo su sabor. Evidentemente, este punto de vista que os expongo aquí les parecerá insensato a muchos, y no habrá ningún geólogo, ningún paleontólogo que lo acepte. Y, sin embargo, ésta es la verdad: nosotros caminamos sobre unos seres que antaño perdieron su sal. No me creáis si queréis, pero eso no cambia nada a la realidad. ¿Qué sabemos nosotros de las humanidades que han precedido a la nuestra? Para remover la materia inmóvil de las piedras, Dios creó a las plantas, sobre las que la ciencia ignora muchas cosas todavía. Las plantas son entidades inteligentes, pero su alma flota muy lejos de ellas en el espacio, de forma que nosotros no podemos entrar en comunicación con ellas de la misma manera que entramos en comunicación con los animales, y, más aún todavía, con los humanos, los cuales están habitados por un alma individual.

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A través de las plantas se manifiesta el primer rayo del amor de Dios. Las plantas son las primeras en vivificar la materia inerte, y se dirigen a ella de esta forma: «Oh, vosotras, criaturas que vivís en las piedras, que estáis ahí desde hace miles de millones de años y os creéis abandonadas. Pero Dios piensa en vosotras y volveréis a tomar, poco a poco, el camino de la luz. Será largo, pero lo conseguiréis.» Y siguen trabajando la materia mineral, flexibilizándola, humedeciéndola. Después vienen los animales que prosiguen esta elaboración. Y después los humanos... Así es como la materia se vivifica, se enriquece, se ilumina. Los humanos tienen la misión de transformar la materia con el poder del espíritu. Sin embargo ¡cuántos hombres y mujeres están aún embotados, petrificados! Encuentran normal seguir en este estado, semejantes a piedras, y además, ni siquiera llegan a darse cuenta de ello. Pero está claro, lo que caracteriza a las piedras es su incapacidad de moverse, hay que empujadas sin cesar para hacerlas cambiar de lugar. Entonces, algún día las romperán a martillazos para hacer con ellas carreteras, puentes, casas, etc. Todos debéis, al menos, tratar de salir del reino mineral para convertiros en plantas y crecer; y, más tarde, aprender a moveros sin tener necesidad de ser recogidos o arrancados. ¡Mirad las ventajas que tiene el poder ser autónomos, poder desplazarse sin intervención exterior! Los animales pueden buscar su alimento, escapar a los peligros, ponerse a resguardo de las intemperies. El día en que los humanos en su vida interior hayan desarrollado estas posibilidades, habrán hecho grandes progresos. Pero les quedará aún el acceder realmente al reino humano, es decir, al

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mundo del pensamiento, de la razón, para hacerse dueños de su destino. « Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal pierde su sabor ya sólo sirve para ser echada fuera y pisoteada... » La sal representa la quintaesencia de la tierra, y si perdéis vuestro sabor, a vosotros también os echarán fuera. ¿Y qué sucederá allí? Os convertiréis en abono químico y, entonces, sufriréis. Para aquél que pierde su sabor, ya nada tiene sabor tampoco. Haga lo que haga, todo es soso, aburrido, triste. Aunque coma o beba lo más delicioso que existe, aunque multiplique las bodas y las conquistas amorosas, está hastiado, ya no siente gusto por nada. ¿Por qué ha perdido este sabor de los seres y de las cosas? Porque se ha dejado ir a la facilidad, porque todos sus esfuerzos se han encaminado a las adquisiciones materiales y a los placeres. Ha abandonado al espíritu que hay en él y ha perdido el sentido de la vida, el sabor de la vida, ya no es más que una piedra. ¿Y qué hacer, entonces, con un ser así? Ni siquiera el Señor puede hacer nada por él. Diréis: «Pero, si encontrara a un Iniciado, a un gran sabio... » Los Iniciados, los sabios, no son todopoderosos, y lo saben; por eso se ocupan solamente de aquellos que, en la escala de la evolución, representan plantas, animales, hombres. ¿Qué se puede hacer con las piedras, que ni siquiera se mueven? Puesto en presencia de una planta, un sabio dice: «Me voy a ocupar de ella, la plantaré y se desarrollará. De vez en cuando, claro, tendré que regarla, nutrida, pero crecerá.» En cuanto al animal, es capaz de satisfacer por sí sólo sus necesidades de alimento, y aún es mejor. Un Maestro espiritual no puede ocuparse de los humanos que se han quedado como piedras, es inútil, porque siempre hay que empujarles, darles un impulso para hacerles mover Una vez

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agotado el impulso, se paran, hasta que alguien desde el exterior venga a dar les otro impulso. Aunque tenga necesidad de un poco de agua y de abono, una planta, cuando ha recibido un impulso, continúa creciendo. Pero la piedra... La empujamos, rueda un poco, y después se para definitivamente. ¡Qué gasto de energía para unos resultados casi nulos! Algunos se extrañarán e incluso se indignarán: « ¿Cómo? ¡Pero un Maestro espiritual debería tener suficiente amor para ocuparse de todos los seres!» Desgraciadamente, por grande que sea su amor, no puede hacer nada por los que son piedras y quieren seguir siéndolo. Para hacer algo, es necesario, al menos, que las piedras deseen llegar a ser plantas. Si su condición de piedras les satisface, nadie podrá persuadirles de cambiar. Preguntadle a un profesor, incluso al más paciente, al más abnegado, si puede enseñar algo a un niño que permanece obstinadamente cerrado a todo lo que se le enseña y que utiliza todos los pretextos posibles para faltar a clase. Hay que esperar a que la vida le zarandee para hacerle comprender todo lo que ha perdido no queriendo instruirse. Pues bien, lo mismo sucede con ciertas personas: la vida les zarandeará, les romperá incluso en pedazos hasta que comprendan que las piedras que son deben convertirse al menos en plantas. Estas correspondencias entre los humanos y los diferentes reinos de la naturaleza son, evidentemente, esquemáticas; pero son reales. Aquellos que se dejan absorber por los asuntos materiales se conectan con el mundo mineral y hasta los rasgos de sus rostros se petrifican, se espesan. Otros, que tienen una actividad desbordante, se vuelven como plantas a las que nada les impide crecer. Los que están dominados por sus impulsos instintivos, por sus emociones, por sus sentimientos, están aún en

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el estadio animal, pero que estudien, que reflexionen ¡y entrarán en el reino de los hombres! En cuanto a entrar en el reino de los Ángeles, sólo lo conseguirán el día en el que pongan en primer lugar al espíritu, la luz del espíritu, la fuerza del espíritu. Ahora, comprendedme bien. El que el ser humano deba arrancarse interiormente a la inercia del mundo mineral no quiere decir que las piedras no merezcan ninguna consideración. Las piedras son seres vivos. Puesto que el universo entero está vivo de la vida de Dios, las piedras también están vivas, lo que significa que pueden alegrarse y hasta pensar. Diréis que, al no haber recibido cuerpo etérico, a diferencia de las plantas, y todavía menos cuerpo astral y mental, no pueden ni alegrarse, ni pensar... Es verdad, las piedras no tienen ni cuerpo etérico, ni cuerpo astral, ni cuerpo mental, y si las ponemos abajo en la escala de la evolución, es porque su ser espiritual está tan alejado que no tiene ninguna comunicación con ellas. Las piedras son el receptáculo de un ser espiritual, pero este ser espiritual todavía no ha descendido suficientemente en ellas para vivificadas. Las plantas han recibido del espíritu un cuerpo etérico; los animales han recibido un cuerpo etérico y un cuerpo astral. En cuanto a los humanos, dado que el espíritu se ha encarnado todavía más profundamente en ellos, han recibido también un cuerpo mental. Hasta qué punto ha descendido el espíritu en las criaturas para manifestarse, he ahí el criterio de la evolución; es muy sencillo. En los humanos, por lo menos en algunos de ellos, el espíritu ha penetrado profundamente. En las piedras, sin embargo, apenas percibimos un ligero movimiento. Pero ¿existe una real oposición entre el hombre y la piedra? No, en lo absoluto la piedra no es inferior al hombre. ¿Y qué es lo que se alegra y piensa en la piedra? El espíritu, arriba, y no la piedra

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misma. Cuando desplazamos o rompemos piedras, éstas se alegran, porque sienten que van a participar en una construcción, en algo nuevo. Cuando estábamos con el Maestro Peter Deunov en las montañas de Rila, a veces nos pedía que regásemos unas piedras; nos explicaba que ellas tenían a veces necesidad de nuestra ayuda, y que estaban también conectadas con otras criaturas en el mundo y podían ser visitadas por seres superiores. La ciencia sólo estudia un aspecto de la naturaleza, su anatomía, y por eso de este estudio saca conclusiones erróneas. Para ser completa y verídica, debería también estudiar los otros dos aspectos, fisiológico y psicológico, como hacen los Iniciados y también los verdaderos poetas. Han sido, pues, algunas palabras sobre las piedras. Las piedras se conforman a la misión que el Creador les ha dado. Pero a nosotros, a los humanos, el Creador nos ha dado otra misión: la de hacer descender el espíritu para ser habitados por el espíritu. Para lograrlo, debemos consagrar más tiempo a la oración, a la meditación, aumentar el amor con el fin de que lo que estaba muerto en nosotros resucite. Tenemos que hacer grandes esfuerzos y vencer grandes dificultades antes de que el espíritu penetre profundamente la materia de nuestro ser interior. Pero ahí está nuestro trabajo: despertar los poderes que el Creador ha puesto en nosotros para realizar plenamente nuestra predestinación divina. Nunca os he dicho tan sencillamente en qué consiste nuestro trabajo. Ya no podéis decir que no sabéis lo que tenéis que hacer. Basta con querer hacerla. En realidad, es cuando no queremos trabajar cuando declaramos no saber claramente en qué consiste el trabajo; no somos honestos con nosotros mismos, eso es todo. Aquél que quiere verdaderamente trabajar recibe la enseñanza y

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los consejos necesarios; si no quiere, será como esa sal que ha perdido su sabor, y deberá pasar por sufrimientos para recuperarlo. Éste es el significado de este otro pasaje de los Evangelios en el que Jesús hace mención a la sal: «Porque todo hombre será salado de fuego» ¿Qué relación hay entre la sal y el fuego? El fuego es un símbolo del espíritu, como la sal. Y la sal, lo mismo que el fuego, quema; pero el fuego existe bajo diferentes formas, y produce, por tanto, diferentes tipos de quemaduras. Quizá os acordéis de que hace años os hablé de tres clases de fuego. Releed esta conferencia. El fuego es sinónimo de vida, pero es también sinónimo de sufrimiento y de muerte. El fuego sostiene la vida, pero tiene igualmente el poder de destruida, y la destruye radicalmente: no queda nada. Lo mismo sucede con la sal: la sal, que está tan relacionada con los orígenes de la vida, tiene el poder de destruirla. Al que los antiguos hebreos llamaban Mar salado, hoy llamamos Mar muerto, porque la sal ha destruido en él toda vegetación. En el Antiguo Testamento, cuando Dios quiere castigar a los hombres por su maldad, sucede que «cambia el país fértil en país salado» Igualmente, hizo llover azufre, sal y fuego sobre Sodoma y Gomorra y transformó en estatua de sal a la mujer de Lot que había desobedecido sus órdenes. Por tanto, la sal, como el fuego, puede ser portadora de muerte como portadora de vida. Así, cuando Jesús dice: «Todo hombre será salado de fuego», ello significa que nadie puede escapar a la sal y al fuego. Pero aquéllos que han acogido al espíritu en ellos y trabajado con él, serán salados con el fuego de la vida; mientras que aquéllos que se han opuesto al espíritu, serán salados con el fuego del sufrimiento y de la muerte. Es triste, pero ésta es una ley de la que es imposible escapar.

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Diréis: «Pero, si se sabe conservar y aumentar la sal en uno mismo ¿no se sufre nunca?» Sí, claro, se sufre, porque en la tierra es imposible escapar al sufrimiento. Pero no es el mismo tipo de sufrimiento. El sufrimiento que os sobreviene por la pérdida de vuestra sal es terrible, porque habéis introducido la muerte en vosotros y, una vez que la muerte está ya en vosotros, ¿qué armas tendréis para luchar y obtener la victoria? Pero, si habéis sabido conservar vuestra sal, el sufrimiento se convertirá para vosotros en una bendición, porque sabréis cómo utilizarlo para crecer e iluminaros.

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Paris - Izvor 241-TITULO V

SABOREAR EL SABOR DE LA SAL: EL AMOR DIVINO
Cuando veo en el mundo tantos chicos y chicas, magníficos, llenos de vida, de espontaneidad, me gustaría decirles: «Conservad el mayor tiempo posible este frescor de vuestra alma, esta luz de vuestra mirada. Todavía no sabéis qué precioso es todo eso; es un sabor, una sal con la que podréis ganar el amor del mundo entero: todos os amarán, os buscarán.» Pero, al mismo tiempo, debo dirigir los mayores reproches a los adultos que no se dan cuenta del daño que hacen a los adolescentes exponiéndoles a todas las tentaciones del materialismo y de la sexualidad. A menudo se oyen críticas: « ¡Mirad en qué se interesan los jóvenes de hoy día!... ¡Mirad lo que leen... lo que escuchan... con qué se divierten!» Pero ¿quién fabrica y pone a su disposición todas estas cosas inútiles, frívolas, o hasta peligrosas, por las que son atraídos? ¿Acaso no son los adultos? Estos jóvenes tienen catorce, quince años, y no sólo se les presenta como ideal el éxito social, material, sino que se encuentra natural que tengan, desde esta edad, cualquier experiencia sexual. Los libros, las películas, la radio, la televisión, la música, etc., todo les empuja a vivir unas aventuras que van a hacerles envejecer prematuramente y a hacer de ellos unos seres apagados, prosaicos, cínicos, sin ideal. Entonces, los mismos que les han arrastrado por esta vía ya no les encuentran tanto encanto, y les rechazan para reemplazarles por otros, más frescos, a quienes reservan la misma suerte.

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Los adultos buscan la juventud, aman la juventud, se alegran con su frescor, con su inocencia, pero la están saqueando sin cesar. Y, llegado el momento, cuando estos chicos y estas chicas sienten un día que lo han perdido todo, ¡qué decepción, los pobres!, ¡qué pena! En realidad, esta situación no es buena para nadie, ni para los jóvenes ni para los adultos. Y no hay más que una solución: que todos aprendan qué es lo que deben buscar los unos en los otros para amar y ser amados; que cada uno se esfuerce por descubrir lo que es este sabor, esta sal que hace a los seres tan valiosos y que, al mismo tiempo también les hace sentir qué es lo que da tanto valor a todas las criaturas. ¿Veis?, esta cuestión de la sal va muy lejos. La belleza, el encanto, las cualidades morales o intelectuales... cada uno cree saber qué es lo que ama en un hombre o una mujer. En realidad, siempre se ama al Único, al Creador, que ha hecho de los seres lo que son. Sí, es a Él a quien amáis a través de todas las criaturas. Cuanto más se manifiesta en ellas lo divino, como bondad, sabiduría, belleza, luz, fuerza, tanto más las amáis. Lo divino es esta sal que les da el sabor. Por eso, a pesar de vuestros esfuerzos, nunca podréis encontrar la plenitud y el gozo perfectos si en el ser al que amáis no buscáis, más allá, una realidad más vasta, más rica. Muy pronto os habréis cansado, os aburriréis, estaréis decepcionados. Entonces buscaréis otro amor, pero, muy pronto también, va a repetirse el mismo aburrimiento, la misma decepción. Todos los reproches, todos los esfuerzos que podáis hacer no cambiarán nada: mientras no busquéis la Divinidad en aquél o en aquélla que amáis, no conoceréis la plenitud, porque os habréis equivocado de camino. Amad al Creador, a Aquél que está en el origen de toda vida, y le sentiréis manifestarse a través de cada criatura. Es a Él, al Único, a quien amaréis en ellas, y entonces vuestro corazón y

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vuestra alma encontrarán lo que buscan. Por no haber comprendido esta verdad es por lo que tantos hombres y mujeres, cuyas aventuras y conquistas amorosas nos relata la historia, tuvieron destinos trágicos. Los seres de carne y hueso a los que pretendéis amar y buscar no son más que intermediarios, conductores destinados a transmitir las energías divinas, y si queréis seguir amándoles, pensad en restablecer cada día el contacto con el mundo de arriba. No os preocupéis, pues, por saber a quién debéis amar o por quién deseáis ser amados. Amad a Dios, en primer lugar, y Él se presentará a vosotros. Os sonreirá y os colmará de gozo a través de las criaturas. Las amaréis y seréis amados por ellas, porque amaréis la Divinidad que las habita y ellas la descubrirán también a través vuestro. Los que abandonan a Dios, los que cortan el contacto con Él, dejan secar en ellos la fuente del amor y, un día, ante los sucesivos fracasos de su vida sentimental, se preguntan: ¿cómo es posible que haya amado tanto a todos estos hombres, o a estas mujeres? En el momento del encuentro les parecieron irresistibles, y después, poco a poco, acabaron encontrándoles completamente mediocres o hasta insoportables. Es, sencillamente, porque el Ser único que habitaba en ese hombre, o esa mujer, ya no está ahí para ellos. No era a él, o a ella, a quien amaban, sino al Ser que les miraba a través de ese hombre, o de esa mujer, y no supieron hacer lo necesario para retenerle. Se mostraron descuidados, despreocupados, egoístas, y el Ser que vivía en ese hombre, o en esa mujer, se alejó. No busquéis pues a los hombres o a las mujeres por sí mismos, sino para descubrir en ellos al Ser único que os visitará a través de ellos. Entonces, todos vuestros allegados, todos los que

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os rodean se volverán fuentes de gozo constante, porque el Ser único no os abandonará; adondequiera que vayáis, Dios vendrá a manifestarse, Le sentiréis, Le saborearéis. Podréis dejar vuestro país, ir a cualquier parte, Le encontraréis sin cesar y en todo lugar a través de los demás. Pero, el día que rompáis esta conexión con Él, no contéis con nadie para daros este sabor. Si os olvidáis de dónde vienen las bendiciones, vuestra fuente acabará secándose. Es como si os hubieseis detenido ante una fuente pensando que es ella el origen del agua: sacáis agua de ella, bebéis como si eso debiese durar eternamente; y, sin embargo, basta con que alguien desvíe la corriente que alimenta esta fuente para que el agua deje de llegar: la fuente ya no os da nada. Permaneced, pues, conectados con la Fuente primordial, porque ésta nunca cesará de verter agua en vosotros, el agua del gozo. El amor... No hay nada de lo que los humanos tengan tanta necesidad, pero tampoco hay nada que sientan con tanta incertidumbre. Un día recibí la visita de un joven: me contó que se había prometido, que amaba a su novia, que estaba seguro de que ella le amaba también, pero que se hacía, sin embargo, ciertas preguntas. Tenía dificultades para expresar lo que sentía, y acabó diciéndome: «Cuando fijo mis ojos en los ojos de mi novia, no sé, verdaderamente, a quién miro, y tampoco sé quién es el que mira en mí.» Me llamó la atención lo sutil de esta observación, porque, es cierto, la identidad de los seres es un gran misterio. ¿Quiénes son las entidades que nos habitan y las que habitan, también, a los miembros de nuestra familia, a nuestros amigos, a todos aquellos que nos rodean? No lo sabemos. Cada persona es, en realidad, una morada que espíritus de naturalezas diferentes vienen sucesivamente a ocupar, y en el fondo es imposible saber exactamente a quién tenemos ante nosotros.

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Así que le dije a este joven: «Mire lo que puedo explicarle. La joven a la que ama está habitada por unas entidades que ponen en ella lo que hace que Vd. la ame. Rece, pues, a Dios para que no permita que estas entidades la abandonen y le abandonen a Vd., porque entonces perdería su amor. Y rece también para que las entidades que le habitan a Vd., y que hacen que ella le quiera, no le abandonen tampoco.» Sentí que me escuchaba muy atentamente y se fue muy pensativo. Así que, ¿verdad que también a vosotros esto os da que pensar?...

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Paris - Izvor 241-TITULO 6

«VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO» No aceptéis nunca la filosofía materialista de la evidencia que hace decir a la mayoría de la gente: las cosas son así, la situación es ésa, se ve bien, es evidente, no podemos hacer nada. Y rechazad también todos los razonamientos y los argumentos lógicos que justifican vuestras debilidades atribuyéndolas a causas naturales: estoy hecho así, ésa es mi naturaleza, y no se puede luchar contra la naturaleza. Igualmente, si la enfermedad se presenta y quiere instalarse en vosotros, procurad resistir. Incluso enfermos, esforzaos por mantener la idea de salud, porque, en un cuerpo enfermo, quedan siempre algunas células sanas que pueden salvar a las demás. Si cada célula sana logra atraer a su credo algunas células enfermas, progresivamente vuestro organismo se restablecerá. En cambio, si las últimas células sanas adoptan el punto de vista de sus vecinas enfermas, estáis acabados. Basta con que, al menos, un átomo de vuestro cuerpo permanezca sano para lograr convencer a los demás, afirmándoles, demostrándoles que todo es posible, ¡hasta lo imposible! Con la fuerza de vuestro espíritu, rechazad pues todas las evidencias: evidencias de enfermedad, evidencias de debilidad, de situaciones difíciles, de fracaso... Con esta actitud salvaréis, por lo menos, a un átomo cuya influencia acabará manifestándose en todos los demás. Aquellos que no captan esta verdad o que se niegan a ponerla en práctica serán siempre presa de sus debilidades, de sus

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limitaciones, de la enfermedad. La magia, que es la ciencia de la fuerza del espíritu, no se queda parada ante ciertas evidencias. Cuando está enfermo, el mago blanco dice: «Mi cuerpo está enfermo, es verdad, pero yo, hijo de Dios, chispa divina, no puedo estar enfermo, ni postrado, ni débil.» Y esta convicción le pone por encima de su enfermedad: no se identifica con su cuerpo sino con su espíritu que vive en la luz y en la eternidad. Decidíos, pues, a hacer entrar esta verdad en vuestra existencia, aunque al principio os parezca imposible. ¡El ser humano se ha acostumbrado tanto a aferrarse a lo que llama evidencia! Alguien dice: «Estoy enfermo, Vd. lo ve bien, no puede decirse lo contrario.» Pero lo que no sabe, es que al afirmar así su enfermedad, la refuerza. Está enfermo, de acuerdo, pero su forma de admitido le quita algo de su capacidad de reaccionar. Aunque la enfermedad afecta sólo a una parte de su cuerpo, se identifica con ella, y en su cabeza le permite ocupar la totalidad del terreno. En cuanto a aquél que, al constatar ciertos errores o anomalías, cree bueno anunciar por todas partes las catástrofes que éstas van a producir, contribuye con su actitud a que se produzcan efectivamente. Luego podrá exclamar: « ¡Ya lo había dicho!» Conociendo los hechos, mejor hubiera sido que buscara los medios de remediar la situación. Porque siempre existen soluciones, y aunque éstas sean insuficientes para arreglado todo, pueden, al menos, evitar lo peor. Procurad, pues, imprimir en vosotros esta verdad: que el espíritu puede triunfar de todo. Creedme, no hay que ceder ante la evidencia, porque ceder es limitarse. Aquellos que sucumben ante la evidencia se vuelven sus esclavos. Mientras que aquéllos que en todas las circunstancias ponen en primer lugar los poderes del espíritu, ejercitan su pensamiento, luchan, avanzan y se hacen

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dueños de todas las situaciones: unos tras otros, los obstáculos acaban cediendo. Cuando decidimos aplicar en nuestra existencia esta ley de la superioridad del espíritu, producimos, en primer lugar, cambios en la región del pensamiento. Estos cambios influyen después en la región de los sentimientos, de las sensaciones, de las emociones, en las que, poco a poco, todo se vuelve más ligero, más fluido. Y, finalmente, estos cambios se concretizan en el plano físico, en donde las cosas se aclaran y se organizan. Ni la tierra ni nuestro cuerpo físico son las moradas en las que habitaremos durante toda la eternidad. Por eso, en nuestra vida psíquica, en nuestra vida espiritual, nunca debemos inclinamos ante lo que el mundo físico nos presenta como evidente, sino buscar siempre los medios de hacer triunfar el espíritu. La materia, con todas las oposiciones que nos presenta, nos es dada como estímulo para el espíritu; y por «materia» hay que entender no sólo el mundo físico, sino también el mundo psíquico, que también es materia; una materia menos opaca que la del mundo físico, pero materia, al fin y al cabo. Así que, no digáis más: «No puedo hacer nada, Vd. lo ve bien, hay esto, siento aquello... » Al constatar esta realidad creéis que os da la razón, puesto que ésta es la realidad; pero existen otras razones que se os escapan. Claudicáis ante una razón material, objetiva. Pero si sabéis cómo actuar, es otra razón, también evidente, la que tendrá la última palabra: la Razón divina. Os abro una puerta hacia la luz, os muestro la vía de los poderes que hay que poner en acción en vuestras luchas interiores. Comprometeros en esta dirección nueva y, poco a poco, con el tiempo, triunfaréis. Si me habéis oído bien, comprenderéis que sólo tenéis que caminar, y nadie podrá ya deteneros.

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Hace ya mucho tiempo, el Maestro Peter Deunov nos dio esta fórmula: «Dios es en mí la luz, los ángeles son el calor, los hombres son la bondad», que había que pronunciar tres veces. Después: «Dios es en mí la luz, mi espíritu es el calor, y yo soy la bondad», que también había que pronunciar tres veces. Estas fórmulas son afirmaciones. «Yo soy la bondad». Sí, incluso el malvado acabará siendo bueno si repite estas palabras con convicción y con el deseo sincero de mejorar. Estas fórmulas del Maestro Peter Deunov recuerdan ciertas palabras pronunciadas por Jesús, y que son, también, poderosas afirmaciones: «Mi Padre y yo somos uno» «Mi Padre celestial trabaja, y yo también trabajo con ÉI», «Yo soy la resurrección y la vidas.' «Yo soy la luz del mundo.» Cuando Jesús dice: «Yo soy la luz del mundo», se identifica con el sol. ¿Quién es, en efecto, la luz del mundo sino el sol, imagen visible, deslumbrante, de la Divinidad? E identificarse significa reconocer que somos otra cosa que lo que revela nuestra apariencia física, que poseemos otra naturaleza, que estamos hechos de otra quintaesencia a la que hemos decidido ceder el sitio. Para que pudiera decir: «Yo soy la luz del mundo», para haber encontrado en él esta luz y haberse elevado hasta ella, es que Jesús había llegado a identificarse con el sol espiritual, con Cristo. Y eso es el verdadero amor, esta fuerza irresistible que empuja a un ser a buscar lo que hay de más puro, de más divino en sí mismo y, cuando lo ha encontrado, fundirse en esta realidad. Sí, el amor es esta atracción que hace que, debido a la chispa divina que Dios ha depositado en su alma, el hombre tiene necesidad de volverse a encontrar con Él y de fundirse con Él.

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Los humanos no conocerán ni comprenderán nada de Dios en tanto no sientan que Él está en ellos como vida, como fuerza, como amor, como luz. La verdadera revelación está ahí, en la sensación, en la certeza de que el Señor está en nosotros y de que nosotros estamos fusionados con Él, que no hay ninguna separación entre Él y nosotros. Todas estas frases que Jesús pronunció representan la meta que, nosotros también, debemos alcanzar para llegar a ser verdaderamente hijos de Dios. De nada sirve pretender ser cristianos, discípulos de Cristo, si no trabajamos para realizar lo que Jesús mismo realizó para poder afirmar: «Mi Padre celestial trabaja, y yo también trabajo con Él», «Mi Padre y yo somos uno», «Yo soy la resurrección y la vida», «Yo soy la luz del mundo». No soy yo quien lo dice, es Jesús. ¿Pero acaso habéis leído bien los Evangelios? Sí, a esta multitud que le seguía en la montaña, Jesús no solamente afirmó «Vosotros sois la sal de la tierra», sino también « Vosotros sois la luz del mundo». Lo que dijo para él, lo dijo, pues, también para nosotros. La luz, es el fuego celeste, y la sal es una manifestación de esta luz. Si, a partir de esta chispa que habita en vosotros, a partir de vuestro espíritu, llegáis, poco a poco, a iluminar todo vuestro ser, no sólo os convertiréis en esta sal que vivifica la tierra y la vuelve sabrosa, sino que poseeréis los mismos poderes, aportaréis las mismas bendiciones que la luz. Ahora, claro, cualquiera puede decir: «Yo soy la luz del mundo»; pero, si no ha hecho el trabajo previo que le permite pronunciar semejante frase, se expone a grandes peligros y se verán obligados a encerrarle en alguna parte. Sí, muchos, a los que se llama locos, poseen, sin duda, una intuición de su verdadera naturaleza divina; pero no basta con tener esta intuición

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y proclamada, también hay que tratar de realizada y, mientras tanto, seguir siendo humildes y trabajar. « Vosotros sois la sal de la tierra», « Vosotros sois la luz del mundo», estas verdades representan el más alto ideal a alcanzar. N o las pongáis nunca en duda, pero, al mismo tiempo, velad para ajustadas a vuestra vida en la tierra, a vuestra condición de seres humanos. Cualquiera que sea vuestro ideal espiritual, no olvidéis que participáis del mundo físico. Podéis muy bien rechazar la filosofía materialista de las evidencias, pero permaneciendo conscientes de que vivís en el plano físico. Pero, el plano físico se opone, resiste y se obstina en contradecimos, ¡y ha fulminado a tantos hombres poderosos, geniales, formidables! El plano físico no se somete tan fácilmente, sólo obedece cuando lo atacamos con fuerza, con medios igualmente físicos, porque sólo comprende la fuerza física. He ahí su razonamiento: «Decís sobre el poder del espíritu unas cosas muy justas, pero todo eso no concierne a mi mundo. Sólo los poderes de la materia pueden imponérseme.» Nos vemos obligados a admitirlo: el plano físico sólo conoce y reconoce a nuestro cuerpo físico, es decir, lo que podemos hacer con los músculos de nuestros brazos, de nuestras piernas, o bien con útiles y aparatos; nuestras facultades psíquicas y espirituales no le impresionan. Así que, esta afirmación de que es posible negar la evidencia de la materia para inscribirse en la escuela de la verdadera fuerza, en la escuela de la luz, en la escuela del espíritu, debemos llegar a conciliarla con las realidades del plano físico, porque ambos coexisten, el espíritu y la materia. Y esto es, justamente, lo que los cristianos se obstinan en negar con el concepto que se han formado de Jesús.

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Claro que Jesús no sólo se afirmó como «la luz del mundo», sino también como «el pan bajado del cielo», como «el camino, la verdad y la vida» y decía también: «Yo soy la puerta. Si alguien entra a través de mí, será salvado»... Y, sin embargo, no pudo sustraerse a las exigencias del plano físico: tenía hambre, tenía sed, tenía sueño, era vulnerable como lo prueban ciertos pasajes de los Evangelios en los que se menciona que debía huir para escapar de los fariseos que querían lapidarle; y sintió, al final, todas las angustias de la muerte. Sí, y si Jesús puede ser para nosotros un tal ejemplo, es precisamente porque estaba hecho como nosotros, de materia y de espíritu, y supo cómo conciliar ambas cosas. Si hubiese sido «el Hijo de Dios» en el sentido en que lo entienden los cristianos, es decir, Dios mismo, la segunda persona de la Trinidad, Cristo, y no un ser humano, ¿cómo podríamos tomarle como modelo puesto que sería de otra esencia distinta a la nuestra? Jesús dijo también: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», para enseñamos a no inclinamos ante lo que llamamos la debilidad humana. Pero ahora nos corresponde a nosotros, en nuestra existencia, no confundir el mundo de la materia y el mundo del espíritu, poner a cada uno en su sitio dando siempre la preponderancia al espíritu, a la luz. Esforzaos pues a aficionaros al trabajo con la luz, no solamente con la luz del sol, sino también con esta luz invisible que impregna toda la creación:" porque sólo la luz es capaz de restablecer el orden en nosotros, de hacer vibrar en armonía todas nuestras células, de restablecer nuestra salud. ¿Pero quién piensa en la luz como el remedio más poderoso?... Claro, no es el más rápido, pero sus efectos son definitivos.

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Pensad en la luz, más que en toda otra cosa en la vida, porque con sus vibraciones, de una extrema sutileza, ella nos acerca al mundo del espíritu. Cada día, al menos durante unos minutos, pensad solamente en la luz y en nada más. Será como un haz de partículas puras que pasarán a través vuestro para alcanzar a todas las criaturas de la tierra y despertar su naturaleza divina. Concentrarse en la luz, ahí está la verdadera salvación. Porque Dios es luz. En cuanto pensáis en la luz, os conectáis con Él. Cuando Jesús decía: «Yo soy la luz del mundo», eso significaba: «Dios está en mí y yo estoy en Él.» Pero también nos dijo a nosotros: «Vosotros sois la luz del mundo.»Vale la pena reflexionar en esta capacidad de identificación que posee el ser humano. Físicamente, tenemos una cierta apariencia que hace que nos reconozcan como fulano o zutano; ante ciertas formas físicas, no podemos equivocamos. Pero, interiormente, tenemos esta facultad de identificamos con todo lo que existe, y esto es, por otra parte, lo que hacemos más o menos inconscientemente a lo largo de la jornada: algo en nosotros no cesa, por mimetismo, de identificarse con lo que tocamos, vemos, oímos. Así que ¡hay que estar vigilantes! Cada día debemos detenemos unos instantes para preguntamos con quién o con qué nos estamos identificando. Porque, tarde o temprano, nos volveremos como los seres y las cosas con los que nos identificamos. Y, puesto que Jesús dijo: «Vosotros sois la luz del mundo», debemos identificamos con la luz para llegar o ser realmente, un día, esta luz.

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OMRAAM MIKHAËL AÏVANHOV
Paris - Izvor 241-TITULO 7

LA SAL DE LOS ALQUIMISTAS
La nutrición es un tema inagotable. Sin cesar atraigo vuestra atención, de muchas maneras, sobre este acto cotidiano tan indispensable para todas las criaturas: comer. A menudo he comparado el alimento a una carta de amor enviada por el Creador, una carta que nosotros debemos aprender a descifrar. Cuando los alimentos llegan a nuestra mesa para traemos vida, salud y gozo, ya tienen toda una historia. Los cuatro elementos han contribuido a su formación y nos hablan ahora de la tierra, del agua, del aire y del sol, pero también de entidades que, desde tiempos inmemoriales, se ocupan de infundirles sus propiedades y sus virtudes particulares. Cada día la sal forma parte de nuestra alimentación. La ponemos en la mesa como ponemos el agua y el pan, y parece muy natural. Pero ¡cuántas peripecias jalonan la historia de la sal desde que apareció en el océano primitivo del que, poco a poco, emergió la tierra! La sal es inseparable de nuestros orígenes, de ella tenemos una necesidad vital, y no solamente da sabor a los alimentos, sino que los conserva. Pero ¿pensáis en todo eso cuando ponéis sal en un manjar o en vuestro plato? Probáis un poco para comprobar si está bien de sal, y vuestra lengua es la que os responde mientras que vuestra cabeza se pasea por otra parte. Sin embargo, ¿no creéis que éste sea el momento de descifrar esta carta que Dios os envía por intermedio de la sal? Venida del mar, secada por los rayos del sol, hasta que llega a vuestra casa, a vuestra mesa, ¡qué largo camino ha recorrido! Y ahora, que va a penetrar en vosotros, hay que profundizar también

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su significado simbólico meditando las palabras de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra» En otro pasaje de los Evangelios, Jesús dice también: «Tened sal en vosotros y estad en paz los unos con los otros» ¿Qué relación hay entre la sal y esta paz que debe reinar entre los seres? Os recordé que en ciertos países ofrecen la sal con el pan en signo de bienvenida. Ahí están sobreentendidas las relaciones armoniosas que deben establecer entre ellos los hombres y mujeres que comen juntos. No nos sentamos en la misma mesa para peleamos... ¡aunque eso suceda! Comer juntos es considerado, generalmente, como señal de buena armonía. Cuando sentimos afecto, simpatía por alguien, pensamos inmediatamente en invitarle a comer. Entonces, ¿cuál es esta sal en nosotros que nos permite vivir en paz los unos con los otros? En una de sus conferencias, el Maestro Peter Deunov decía: «Sólo gracias a la sal, gracias a este equilibrio entre vuestro intelecto y vuestro corazón, restableceréis la paz en vosotros y comprenderéis el mundo divino.» Para interpretar qué es esta sal que representa el equilibrio entre el intelecto y el corazón, debemos interrogar a la química, e incluso a la alquimia. La química llama sal al producto resultante de la acción de un ácido sobre una base. El ácido es una sustancia activa, dinámica, que puede ser asimilada al principio masculino; y la base, una sustancia pasiva, receptiva, que puede ser asimilada al principio femenino. En presencia de un ácido, la base reacciona para dar una sal. La sal es, pues, el hijo, el fruto del padre ácido y de la madre base. Padre, madre, hijo, he ahí la primera célula familiar. Sea en el plano físico, psíquico o espiritual, toda manifestación está

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basada en tres principios, dando los dos primeros nacimiento al tercero. Este esquema es la repetición del esquema original: los dos grandes principios cósmicos, masculino y femenino, el Padre celestial y la Madre divina, que se unen para crear. Todo lo que existe es el producto de la unión de estos dos principios. Todas las manifestaciones en el universo son el resultado del encuentro de un principio masculino y de un principio femenino. Sobre este modelo de padre, madre, hijo, se pueden formar así varias familias: sabiduría, amor, verdad; intelecto, corazón, voluntad; pensamiento, sentimiento, acción; luz, calor, movimiento; ácido, base, sal. En efecto, la verdad es el hijo de la sabiduría y del amor; la voluntad, el del intelecto y del corazón; la acción, el del pensamiento y del sentimiento; el movimiento, el de la luz y del calor; la sal, el de un ácido y de una base. Volvemos a encontrar a esta misma familia en la alquimia, con el azufre, el mercurio y la sal. Los alquimistas, lo mismo que los químicos, trabajan pues con un elemento al que llaman sal. Sí, pero lo que ellos llaman sal, igual que lo que llaman mercurio y azufre, no tienen nada en común con las sustancias químicas del mismo nombre. Sólo la correspondencia es idéntica: igual que la sal es en química el producto de un ácido sobre una base, en alquimia es el producto del azufre sobre el mercurio. Por azufre, debemos entender pues el principio masculino que se manifiesta en nosotros como espíritu e intelecto; por mercurio, el principio femenino, que se manifiesta como alma y corazón. Y la sal, en tanto que voluntad, representa el equilibrio que debe reinar idealmente entre ambos. La voluntad se expresa mediante actos, y es con sus actos como el hombre revela hasta qué punto ha sabido crear la armonía entre su intelecto y su

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corazón, entre sus pensamientos y sus sentimientos. A través de su cuerpo físico, expresa las riquezas de su espíritu y de su alma de los que el intelecto y el corazón son los instrumentos. Gracias a su cuerpo físico, instrumento de su voluntad, debe hacer descender lo divino en el mundo. Al final de la Tabla de Esmeralda, Hermes Trismegisto dice: «Por eso he sido llamado Hermes Trismegisto (es decir, tres veces grande), por tener las tres partes de la Ciencia universal.» La Ciencia universal es la ciencia de los tres mundos: el mundo divino (podemos decir también mundo espiritual, dando a la palabra «espiritual» su sentido más elevado), el mundo psíquico y el mundo físico. Los alquimistas trabajan en el tercer mundo, el mundo físico, el de la concretización, de la materialización. Si repartimos las cuatro ciencias, alquimia, astrología, magia y Cábala, entre los tres mundos, físico, psíquico y espiritual, podemos decir que la alquimia corresponde al mundo físico, la astrología y la magia al mundo psíquico, y la Cábala al mundo espiritual. Estas cuatro ciencias pueden, igualmente, ser puestas en relación con nuestro propio organismo. La Cábala, que estudia el mundo de los principios, de los números, corresponde al cerebro. La astrología corresponde al corazón y a los pulmones, y la magia a las manos. La astrología estudia las influencias, las corrientes de fuerzas que circulan en el universo, lo mismo que la sangre y el aire circulan en nuestro organismo; y la magia estudia los medios para actuar con estas corrientes. El mundo psíquico, en efecto, está formado por dos regiones que representan lo que la Ciencia iniciática llama alma. Acordaos de lo que os dije del alma: está formada por dos regiones (plano mental y plano astral)

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y constituye una vía de transformación y de paso de las energías entre el espíritu y el cuerpo. Finalmente, la alquimia, que estudia el arte de la transformación de la materia, corresponde al estómago, órgano en el que se acumulan los materiales que serán, después, elaborados. La ciencia alquímica está basada pues en tres principios: el azufre, el mercurio y la sal... Pero, puesto que no deben ser confundidos con las sustancias químicas del mismo nombre, ¿qué son exactamente? Los alquimistas explican así su origen: el fuego, actuando sobre el aire, ha formado el azufre; el aire, actuando sobre el agua, ha formado el mercurio; y el agua, actuando sobre la tierra, ha formado la sal. Y cada uno posee una representación simbólica: el azufre, el mercurio, y la sal. Pero aquí también, este fuego, este aire, esta agua y esta tierra no son lo que nosotros llamamos generalmente los cuatro elementos. Para comprender lo que representan, hay que remitirse a lo que enseñan los cabalistas cuando hablan de los Hayot Hakodesch, los cuatro Animales santos, estas entidades que sitúan en la cima de la jerarquía angélica y que, día y noche, no cesan de cantar ante el Trono de Dios: «Santo, santo, santo, es el Señor, que era, que es y que viene. Estos cuatro Animales santos que son el León, al que corresponde el fuego, el Hombre, al que corresponde el aire, el Águila, a la que corresponde el agua, y el Toro, al que corresponde la tierra, representan la quintaesencia de la materia, tal como apareció en su pureza primera. Para los alquimistas, son estos cuatro elementos originales los que, actuando el uno sobre el otro, han formado lo que ellos llaman el azufre, el mercurio y la sal. Del fuego a la tierra, la sal es pues el resultado final de todo un proceso de condensación

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Pero este azufre, este mercurio y esta sal de los alquimistas, no los encontraréis nunca en la naturaleza, porque no existen materialmente. Representan a unos principios que actúan en la creación. Por eso, el azufre, principio masculino, puede designar al fuego, o al espíritu, o al intelecto; y el mercurio, principio femenino, puede designar el agua, el alma, o el corazón. En cuanto a la sal, representa el fruto de su unión. Para expresar esta idea, los alquimistas han utilizado la figura del triángulo equilátero. Y, si os acordáis, yo también me serví de esta figura en mi primera conferencia, para explicar la estructura del psiquismo humano.

Esta figura es el símbolo del equilibrio que reina entre los tres principios en nosotros cuando éstos están igualmente y armoniosamente desarrollados. Ahora comprenderéis por qué el Maestro Peter Deunov llama sal al equilibrio entre el corazón y el intelecto. Y comprenderéis también las palabras de Jesús: «Tened sal en vosotros y estad en paz los unos con los otros.» Cuando tengamos esta sal, resultado del acuerdo entre los dos principios del intelecto y del corazón, el equilibrio, la armonía y la paz se instalarán en nosotros y también podremos estar en paz los unos con los otros.

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¿Cómo pueden estar en paz los humanos los unos con los otros mientras son interiormente verdaderos campos de batalla?' Todo aquello que vale la pena ser vivido obedece a las leyes de la armonía, Toda la Ciencia de los Iniciados y sus poderes tienen como fundamento la armonía. Y esta armonía, que descansa sobre el equilibrio de los dos principios, debe empezar por el hombre mismo. Entonces sí, ¡la ensalada está bien hecha!... Evidentemente, estáis sorprendidos de que os hable ahora de ensaladas. Pues bien, no lo estaríais tanto si, justamente, como os decía hace un rato, prestaseis más atención a lo que ponéis en vuestros platos. Estos vegetales a los que llamamos «ensaladas» serían insípidos si no los aliñásemos con una salsa compuesta generalmente de aceite, vinagre y sal. El aceite, con su dulzor, atenúa la acidez del vinagre, y la sal destaca y armoniza sus sabores. Ahí también existe una correspondencia por descubrir entre estos elementos y los de nuestra vida interior, y os dejo este tema para que también lo meditéis.

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OMRAAM MIKHAËL AÏVANHOV
Paris - Izvor 241-TITULO 8

«Y COMO TODAS LAS COSAS SON Y PROVIENEN DE UNO»
Así, el azufre y el mercurio de los alquimistas representan a los dos principios creadores masculino y femenino, que actúan en el universo y en el hombre; y la sal es el resultado de esta acción. Debemos pues considerar estas tres sustancias, azufre, mercurio y sal, como los símbolos de los factores psíquicos con los cuales tenemos que trabajar. Diréis: « ¡Pero ésta no es la idea que nos hacíamos de la alquimia! Nosotros siempre hemos leído y oído que aquellos que la practicaban buscaban el secreto de la transformación de los metales en oro.» Es cierto, pero la alquimia es también otra cosa; la transformación de los metales en oro no es más que un aspecto secundario y limitado de la misma. La alquimia es el arte de la transformación de la materia, de la materia física, pero también, y sobre todo, de la materia psíquica. Por eso, antes de sumergirse en la lectura de libros de alquimia que no comprenderán, y sobre todo, antes de lanzarse a hacer experimentos que no conducirán a nada, todos aquellos que tengan curiosidad por esta ciencia deberían empezar por estudiar los principios filosóficos en los que está basada. Y el primero de estos principios es el de la unidad de la materia. Cuando abrimos nuestros ojos al mundo, lo primero que nos llama la atención es su riqueza, su diversidad. ¡La vida se manifiesta con expresiones, con formas, con colores, con movimientos tan diferentes! Sin embargo, esta diversidad tiene como origen una esencia única: la emanación divina. El universo

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se formó por condensaciones y diferenciaciones sucesivas, tal como se dice en la Tabla de Esmeralda en la que se enuncian los principios de la alquimia: «y como todas las cosas son y provienen de Uno, por mediación de Uno, todas las cosas han nacido de esta cosa única por adaptación.» Y debido a que el universo está hecho de una materia única es por lo que, en el interior de esta materia, es posible el paso de un estado a otro, de una forma a otra. A esta materia única, la materia primordial, que es la fuente de todas las formas de vida, los alquimistas la llaman «caos». Y el caos es el abismo que mencionan los primeros versículos del Génesis: «Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. Y la tierra era informe y vacía. Había tinieblas en la superficie del abismo y el espíritu de aguas. Dios dijo: ¡Hágase la luz! Y la luz se hizo.» Dios se movía por encima de las Antes de que Dios llamase a la luz, sólo existían las tinieblas. Sí, Dios hizo brotar la luz de las tinieblas. Los alquimistas lo comprendieron, ellos que titularon uno de sus tratados: «La luz saliendo por sí misma de las tinieblas». La luz es una proyección de las tinieblas. De estas tinieblas originales surgen, de vez en cuando, focos de luz, todos estos fenómenos cósmicos llamados nebulosas, galaxias, que los astrónomos y astrofísicos contemporáneos siguen explorando. « Y el espíritu de Dios se movía por encima de las aguas.» Ya he tenido ocasión de explicaros varias veces por qué el agua es asimilada a la materia, en oposición al fuego, que es asimilado al espíritu. Cuando hablamos del agua, pensamos espontáneamente en estas extensiones líquidas que encontramos en la naturaleza (ríos, lagos, mares) y que, una vez canalizadas, llegan a nuestras casas, en donde las usamos de diferentes maneras. Pero, en la naturaleza,

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el agua no es necesariamente visible: por todas partes en la atmósfera está presente bajo forma de humedad; después, al condensarse, se convierte en vapor, en bruma, en nubes, en niebla, hasta acabar cayendo en gotas de lluvia. Bajo el efecto del frío, puede solidificarse y convertirse en hielo: es tan dura, entonces, que a veces hace estallar tuberías, rompe rocas, paraliza barcos; y, cuando cae del cielo, puede tomar, no sólo la forma de gotas de lluvia, sino también la de ligeros copos de nieve o de pedruscos de granizo capaces de abatir a la gente y de destrozar los cultivos y los tejados de las casas. Sí, el agua es este elemento de múltiples aspectos que, por analogía, nos hace comprender cómo la misma materia original pasa alternativamente por diferentes estados, más densos o más sutiles. Así, nuestro cuerpo físico, nuestra alma y nuestro espíritu, no son sino manifestaciones diferentes de una materia única. No existe ninguna ruptura real entre ellos. Pero, evidentemente, la conexión no es directa, el paso se hace a través de los diferentes

cuerpos sutiles, desde el cuerpo etérico al cuerpo átmico.

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¡Qué diferencia entre el vapor de agua y el hielo! y, sin embargo, se trata de la misma materia. Entre el espíritu y el cuerpo físico, ¡qué diferencia también! Se diría que no existe ninguna relación entre ellos. Y, sin embargo, sí: la materia del cuerpo físico tiene su origen en el espíritu; siguiendo la comparación con el agua, podemos decir que ésta se ha condensado, endurecido por «enfriamiento». Y cuando, al final de la Tabla de Esmeralda, Hermes Trismegisto afirma: «Yo me llamo Hermes Trismegisto porque poseo la ciencia de los tres mundos», revela también la continuidad que existe entre los diferentes planos del universo y, por tanto, la unidad de la creación. Si estudiamos ahora el agua desde el punto de vista químico, constatamos que está hecha de la combinación de dos gases que se fusionan bajo el efecto de una chispa eléctrica. La fórmula del agua es H2O, lo que significa que una molécula de agua está compuesta por dos átomos de hidrógeno y un átomo de oxígeno. El hidrógeno es, pues, 2, el número del principio femenino; y el oxígeno es 1, el número del principio masculino. Así, el agua es el hijo de un padre oxígeno y de una madre hidrógeno. ¿Podemos, acaso, comprender este misterio que quiere que el encuentro de dos gases, representantes del elemento aire, produzca un líquido? Dos gases, símbolos de los principios masculino y femenino, unidos por el fuego del amor, dan nacimiento al agua. Con respecto a estos gases, materias sutiles, a partir de los cuales está constituida, el agua es ya una concretización, una materialización, y es esta agua la que nos aporta la vida. Las diferentes formas bajo las cuales aparece el agua nos dan pues una idea de los diferentes estados, desde el más denso al más sutil, por los cuales pasa la materia, tanto la materia psíquica como la materia física. El fuego (el espíritu) tiene todo poder

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sobre el agua (la materia); pero, igual que el agua, hay que comprender el fuego en los diferentes planos, físico, psíquico y espiritual. Así, el trabajo que debemos hacer en nuestra vida interior puede igualmente resumirse en un trabajo del fuego sobre el agua. Calentada por el fuego del espíritu, la materia en nosotros se vuelve cada vez más pura y sutil. Entonces, ¿qué aplicaciones podemos sacar de estos conocimientos sobre el agua y el fuego para nuestra vida interior? Hay muchas, pero aquí tenéis al menos una: puesto que el fuego tiene todo poder sobre el agua, es posible reducir los tumores psíquicos formados por la acumulación de nuestros estados negativos haciendo pasar la materia en nosotros, el agua, al estado de vapor por medio del fuego, el espíritu. En el fondo, los verdaderos magos, lo mismo que los verdaderos alquimistas, tienen como único objeto el estudio del fuego y del agua, a los que el aire y la tierra sólo sirven de recipientes, como se dice también en la Tabla de Esmeralda: «El sol es su padre, la luna es su madre, el viento la ha llevado a su seno y la tierra es su nodriza»; y ahí, el sol representa el fuego, y la luna el agua. Después, Hermes Trismegisto añade: «El padre de todo, el telesma del mundo, está aquí: su fuerza permanece entera si es convertida en tierra.» Lo que significa que el poder del espíritu puede actuar en la materia más espesa que está representada por el elemento tierra. Todo ser, todo objeto, puede ser impregnado por esta fuerza «telesma» que viene del sol. Es esta fuerza la que, introducida en los objetos, hace de ellos talismanes. Y es ella también la que podemos captar y acumular en nosotros cuando vamos por la mañana a contemplar la salida del sol. En este trabajo, todo nuestro ser es movilizado: el espíritu, el alma, el intelecto, el

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corazón, para hacer de nuestro cuerpo físico el receptáculo de la fuerza solar, símbolo de la Divinidad. El agua contiene aún misterios más grandes, y estos misterios están relacionados con la sangre. La sangre es un agua sublimada. Entre el agua y la sangre existen grandes analogías, y no solamente entre el agua y la sangre, sino también entre el agua, la sangre y la luz. La luz del sol, que es su sangre, es también una forma de agua, una forma superior de agua. Por eso Cristo dijo: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eternas» Esta sangre, es la luz que viene del sol. Creéis conocer el agua, porque forma parte de vuestra vida cotidiana. No, sólo conocéis de ella algunos aspectos y algunos usos. Pero el día en que lleguéis a pensar y a sentir el agua como sangre y como luz, entonces, y sólo entonces, la conoceréis.

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Paris - Izvor 241-TITULO 9

EL TRABAJO ALQUIMICO EL 3 SOBRE EL 4
Al concentrar sus esfuerzos en la transformación de la materia, los alquimistas tenían una mejor comprensión del trabajo espiritual que muchos supuestos espiritualistas que se empeñan en huir de la materia y en separar el cuerpo del espíritu. La alquimia no corta al hombre en dos partes: un espíritu, que es el único digno de nuestra atención, y un cuerpo, al que hay que ignorar, despreciar, maltratar. El espíritu y la materia, el espíritu y el cuerpo, tienen un trabajo que hacer juntos. El cuerpo no es la tumba del espíritu. O, más exactamente, el cuerpo sólo es la tumba del espíritu para aquél que no ha comprendido el significado del primer versículo del Génesis: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra», Sí, no sólo el cielo, sino el cielo y la tierra. Por «cielo» hay que entender el espíritu, y por «tierra» hay que entender la materia, y si Dios creó a uno y a otra, es porque tienen algo que hacer juntos. Separar el cuerpo del espíritu, es como separar una casa de su tejado: expuesta a las intemperies, ésta se desmorona. ¿Y qué hace el tejado si no tiene cuatro paredes sobre las que ponerse?... Retengamos esta imagen de la casa. Esquemáticamente, una casa es un cuadrado sobre el que hay un triángulo. El triángulo está sobre el cuadrado, el 3 está sobre el 4. El 3, son los tres principios, intelecto, corazón y voluntad a través de los cuales se manifiesta en nosotros la Trinidad divina: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; representa pues el mundo espiritual. Y el 4, son

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los cuatro elementos (o los cuatro estados de la materia), las cuatro direcciones del espacio, es decir, el mundo físico.

Sobre los tres principios y los cuatro elementos, ya lo vimos, los alquimistas basaron su ciencia y su trabajo. Los tres principios son el azufre, el mercurio y la sal; y los cuatro elementos son la tierra, el agua, el aire y el fuego. Sumando el 3 y el 4, obtenemos el 7, que simboliza la unión del espíritu con la materia. Cuando reflexionamos sobre la materia, pensamos necesariamente en la extensión, en el espacio. Y el espacio no es algo vago e indefinido, obedece a una estructura que corresponde al número 4: los cuatro puntos cardinales. Y el ser humano, microcosmos creado a imagen del macrocosmos, también está, de alguna manera, construido según el número 4: cuando separa los brazos - con la línea vertical pies-cabeza cortada por la línea horizontal de los dos brazos - reproduce las direcciones del espacio. Preguntaréis: «Pero la cabeza, ¿está en el norte o en el este?» No importa. Cuando alguien pierde el control de sus pensamientos, se dice de él que ha perdido el norte. Pero también podemos decir que está desorientado; y, puesto que el oriente es el este, el lado por donde sale el sol, este y norte tienen, simbólicamente, un significado idéntico. Desde otro punto de vista, podemos decir que la cabeza, que representa la parte espiritual del hombre, corresponde al 3 puesto sobre el 4: los cuatro miembros. La cabeza es pues el triángulo, y

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el triángulo, al girar, engendra una esfera. ¿Por qué debe girar? Para mantenerse en equilibrio, porque si no se cae, como la peonza cuando deja de girar. La cabeza está puesta arriba para darle movimiento al hombre, porque el movimiento es la ley de la vida, y este movimiento, este impulso debe venir siempre de arriba. Pero volvamos al 4, que representa el cuerpo de la casa sobre el que se pone el tejado, el 3. Sí, es extraordinario, la casa, esta morada de los hombres, está ahí como un recordatorio del trabajo que el espíritu realiza continuamente en la materia. Y este trabajo, que es la condición misma de la vida, cada uno debe también realizarlo en sí mismo para llegar a ser, en palabras de san Pablo, la morada del Señor, «el templo de Dios vivo» Y ahora, salgamos del espacio de dos dimensiones (cuadrado y triángulo) para entrar en el espacio de tres dimensiones: el cubo rematado por una pirámide. El cubo, que representa, en el orden de los volúmenes lo que representa el cuadrado en el orden de las superficies, tiene, por su forma compacta, todavía más capacidad de representar la materia, su solidez, su estabilidad. Sí, pero la materia debe esta estabilidad sólo al trabajo del espíritu simbolizado por la pirámide, los cuatro triángulos puestos sobre el cubo. Porque, cuando la materia no es animada, vivificada por el espíritu, se desmorona. La pirámide está compuesta de cuatro caras triangulares que representan los dos principios psíquicos (el corazón y el intelecto) y los dos principios espirituales (el alma y el espíritu). Corazón, intelecto, alma y espíritu, trabajan sobre la materia del cuerpo físico, el cubo.

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Para escapar a las limitaciones de la materia, hay que salir del 4 y entrar en el 3, el espíritu. Mientras permanezcamos en la materia, mientras esperemos nuestra expansión, nuestras satisfacciones y nuestra salvación de la materia, nos es imposible escapar a las dificultades y debilidades; estamos limitados, aprisionados. Salir del 4 para subir al 3, ésta es la única salida en el momento de las pruebas. El 3, el tejado, ahí es donde debemos subir, o donde debemos permanecer, ¡suceda lo que suceda! Éste es el significado de las palabras de Jesús: «Cuando veáis la abominación de la desolación anunciada por el profeta Daniel, que el que esté en el tejado no descienda para coger lo que hay en la casa.» No descender del tejado... Esta recomendación debe ser comprendida, evidentemente, en el plano espiritual. Porque, en el plano físico, ¿qué protección podemos esperar de un tejado cuando estamos en peligro? Excepto, claro, en caso de inundaciones, cuando el agua sube sin cesar... Para aquél que busca un refugio físico, es preferible bajar a las cavas o a los subterráneos, y eso es lo que hace, razonablemente, la gente en tiempo de guerra. En el lenguaje eterno de los símbolos, el tejado es el espíritu, en donde siempre estamos seguros, en paz. El consejo de Jesús concierne pues a la vida psíquica. Cuando estallan trastornos en el mundo, o dentro de nosotros mismos, nunca debemos buscar la ayuda abajo, sino esforzamos por subir lo más arriba posible, y por mantenemos allí, en la cima, es decir, reflexionar, razonar, conectamos con el Cielo, para encontrar la paz y la luz. Sólo entonces vemos las cosas claras y encontramos los medios para actuar, para salvamos y salvar también a los demás. ¡Cuántas veces ha sucedido que, en vez de huir de un incendio, la gente se precipitaba en el fuego! ¿Por qué? Porque

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«descendieron» del tejado, perdieron la cabeza, se dejaron llevar por el aturdimiento y las emociones. El consejo de Jesús es extremadamente valioso, porque afecta a todos los aspectos de nuestra existencia. Cualesquiera que sean los peligros, físicos o psíquicos, a los que podamos estar expuestos, permaneciendo en este tejado, que representa el mundo espiritual, es como tenemos las mayores oportunidades de salvamos; es allí, arriba, donde encontramos exactamente lo que tenemos que hacer para actuar después en la materia. La salvación nunca se encuentra en la materia; las condiciones materiales, incluso las mejores, jamás nos pondrán definitivamente a resguardo. ¿Por qué? Porque si dejamos de recurrir al espíritu para descubrir la mejor manera de utilizar estas condiciones, éstas pueden incluso volverse contra nosotros. Diréis: «Pero entonces, ¿qué debemos hacer ahora? ¿Quedamos en el tejado y abandonar el edificio que está debajo?» No, nunca hay que separarlos: puesto que tenemos que vivir en la tierra, en la materia, no debemos olvidamos ni del cubo, ni de la pirámide, sino que debemos trabajar en el cubo desde la pirámide. Entonces es cuando nos convertimos en una verdadera casa, en una morada para el Señor y para sus ángeles. No hay que ser como estas casas sin tejado, porque una vez arrancado el tejado, nos quedamos sin protección. Evidentemente, es más fácil descender del tejado que subir a él; y cuando hemos logrado subir, es difícil permanecer allí arriba. Descender no pide ningún esfuerzo, basta con dejarse deslizar, ¡y es tan agradable! Sí, pero a pesar de ello debemos subir y permanecer en la cima, porque en la cima hay aire puro, luz, libertad. Todos nosotros poseemos un cubo, pero ¿por qué llenarlo de plomo? Es decir, ¿por qué aferramos a la materia más

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densa, más grosera? Debemos llenar este cubo de oro, y para llenarlo de oro, debemos poner sobre él la pirámide del espíritu. Tomemos ahora una imagen de la astronomía. ¿Qué es lo que representa el tejado en nuestro universo? El sol. Porque está en el centro y, simbólicamente, la cima es idéntica al centro. El centro y la periferia, lo mismo que la cima y la base, lo mismo que la pirámide y el cubo, representan los dos polos entre los cuales los seres humanos que somos oscilamos sin cesar. No debemos alejamos del centro para ir a perdemos en la periferia. ¿Y qué es la periferia? Todas las tentaciones, todas las supuestas buenas razones que nos hacen abandonar este lugar, ahí, en el medio, en el que no sólo controlamos nuestra propia existencia, sino que somos capaces de asumir también nuestras responsabilidades para con los seres, sin favorecer a unos en detrimento de otros. Cada hombre, cada mujer que tiene deberes, en tanto que padre, docente, educador, jefe de empresa, responsable político, etc., debe encontrar este centro, o esta cima, desde donde le será posible manifestar la misma atención, la misma benevolencia hacia todas las criaturas. Para contribuir al bien de la humanidad, hay que permanecer en el tejado, por encima de los prejuicios y de los recelos. El 13 y e14 nos hablan de dos mundos regidos por sus leyes propias: el 3, el espíritu, siempre en movimiento, y el 4, la materia, inerte. Toda la vida en el universo puede resumirse en esta oposición del 3 y del 4. Tomemos el ejemplo del zodíaco. Las constelaciones forman un conjunto inmutable. Se desplazan en el espacio cósmico, pero juntas; no se produce ningún cambio

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en su sucesión, ninguna adelanta a otra: no vemos que Acuario se ponga detrás de Piscis, o justo delante de Capricornio. Son los planetas los que forman sin cesar figuras diferentes, a veces delante, otras detrás, o al lado. Podemos decir, pues, que el zodíaco representa el cuerpo y los planetas el espíritu. Igualmente, en nuestro cuerpo físico, los órganos tienen un lugar fijo, mientras que en el interior, la sangre, los fluidos, las corrientes, no cesan de circular. Pero ante todo es el pensamiento el que posee la facultad de movimiento: corre en todas direcciones, es libre, el espacio está abierto ante él. En la naturaleza, igual que en el hombre, la materia sigue siendo materia y el espíritu sigue siendo espíritu; no debemos confundirlos, sino aprender cómo trabaja el uno sobre el otro. El espíritu, el 3, trabaja sobre el 4, la materia. El 3 y el 4 juntos dan el 7, que representa una criatura viva en la que el espíritu y la materia coexisten armoniosamente. El número 7 es una de las expresiones de la totalidad: los siete días de la semana a los cuales corresponden los siete planetas y los siete cielos, los siete colores, y también la lira de siete cuerdas que es un símbolo de los siete cuerpos del ser humano. Y si contamos las seis caras del cubo, a las que se añaden las cuatro caras de la pirámide, el 7 se convierte en 10: la plenitud. Diréis: «Pero ¿se aprende algo verdaderamente jugando así con los números?» Sí, sin duda, ya que en algunos juegos los Iniciados han puesto mucho de su ciencia de los números. El juego de dados, por ejemplo. Sobre las diferentes caras de un dado están inscritos unos puntos que representan a los números del 1 al 6, y éstos están dispuestos de tal manera que la suma de los puntos inscritos sobre las caras opuestas da siempre 7. Ahí

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tenéis otra cosa para reflexionar: el 6 y el 7. Y el dado también es un cubo. Los seres y las cosas pueden ser estudiados bajo tres aspectos: anatómico, fisiológico y psicológico, que corresponden a la forma (anatomía), al contenido (fisiología) y al significado (psicología). Y eso también es cierto para los números. La mayoría de las veces sólo consideramos el aspecto anatómico de los números, y debido a la forma en que trabajamos con ellos, son abstractos para nosotros, cuando, en realidad, son concretos, vivos y portadores de significado. Lo constatamos cuando pasamos del aspecto anatómico al fisiológico y estudiamos los intercambios que hacen entre ellos. Considerados desde el punto de vista de la anatomía, 1 + 1 = 2; pero, desde el punto de vista fisiológico, 1 + 1 = 3. Pero hay que ir aún más lejos para interpretar los números desde el punto de vista psicológico, y os daré también un ejemplo. Para imponerse a la materia, que es representada por el 4, los cuatro elementos, el hombre debe elevarse hasta el l. Esta sumisión del 4 al poder del 1, que es espíritu y voluntad, es uno de los significados del número 5. E1 5 es el hombre perfecto simbolizado por el pentagrama: en la cima, la cabeza, el espíritu que gobierna al 4: los cuatro miembros, los cuatro elementos. « ¿Y e16?», preguntaréis. Al 6 le corresponde otra realidad. En efecto, 6, es 2 x 3, y con esta estructura está construido el sello de Salomón: dos triángulos invertidos que se interpenetran; estos dos triángulos simbolizan en el universo la unidad de la materia y del espíritu, y en el ser humano la fusión de su naturaleza inferior y de su naturaleza superior. A través del sello de Salomón se expresa pues el equilibrio de las fuerzas antagonistas en el universo y en el ser

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humano: la materia ya no se opone al espíritu, y nuestra naturaleza inferior se convierte en la sirviente de nuestra naturaleza superior. Comprendidos así, los números se convierten en llaves que abren las puertas de todos los misterios. Pero la gente no está acostumbrada a ver los números con su significado profundo, y por eso tantos pasajes de los Libros sagrados permanecen oscuros. Únicamente los cabalistas poseen la verdadera ciencia de los números. Igual que el cuadrado con un triángulo sobre él, la figura de la piedra cúbica con una pirámide encima, es decir el 3 sobre el 4, representa el trabajo del espíritu sobre la materia, es decir el trabajo de los dos principios, masculino (el espíritu) y femenino (la materia) que están en el origen de todas las manifestaciones del universo. En el lenguaje de los alquimistas, estos dos principios son el azufre (principio masculino) y el mercurio (principio femenino) cuya unión da la sal. La sal de los alquimistas está pues en relación con la piedra cúbica rematada con una pirámide, y la piedra cúbica con una pirámide encima es un símbolo de la piedra filosofal.

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Paris - Izvor 241-TITULO 10

LA PIEDRA FILOSOFAL, FRUTO DE UNA UNIÓN MÍSTICA
La palabra «alquimia» evoca generalmente una ciencia y unas técnicas misteriosas que habrían permitido a algunos personajes del pasado fabricar oro. Pero también habría arrastrado a muchos otros buscadores, iluminados o charlatanes, a unas experiencias en las que se agotaban, perdían todos sus bienes, y a veces incluso la razón. Porque, para transmutar los metales en oro, había que obtener primero esta sustancia de propiedades maravillosas llamada «piedra filosofal» cuya preparación es extremadamente larga y complicada. Los alquimistas han presentado la preparación de la piedra filosofal como «trabajo de mujer y juego de niño». Pero ¿qué puede comprender de esta fórmula el que no ha estudiado los grandes principios que están obrando en el universo? En primer lugar, los alquimistas, que tenían la costumbre de revelar las cosas disimulándolas, lo que hace que sus tratados sean tan difíciles de comprender invirtieron el orden de los términos, que debía ser: juego de niño y trabajo de mujer. ¿Y qué es este juego de niño? ¿Los bolos, los soldados de plomo, la muñeca?... ¿Y trabajo de mujer? ¿La limpieza, la cocina, hacer punto?... Evidentemente no, se trata de un juego y de un trabajo bien determinados en relación con el papel y la vocación de los dos principios masculino y femenino. El trabajo de la mujer es el de llevar dentro y traer al mundo un hijo. Lo demás no es esencial, incluso el hombre puede hacerlo. El verdadero trabajo de la mujer es aquél que el hombre

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no puede hacer. Mientras que el «juego de niño» es exclusivo del hombre, él es el que tiene que «jugar» para darle a la mujer este germen que ella llevará y madurará en su seno. Este juego dura poco tiempo, mientras que el trabajo de la mujer, mucho más largo, dura meses enteros. El que quiera penetrar el secreto de la piedra filosofal debe conocer pues los elementos y los procesos que entran en acción cuando el hombre y la mujer conciben un hijo, y después, cuando el hijo es concebido, cómo se forma en el seno de la madre. La preparación de la piedra filosofal obedece a las mismas leyes que la concepción y la gestación, porque son las mismas leyes las que rigen los diferentes reinos de la creación. En la alquimia, los dos principios masculino y femenino son el azufre y el mercurio que se unen para producir un hijo: la sal. Volvemos a encontrar, pues, el mismo proceso cósmico: el trabajo del espíritu sobre la materia. El espíritu fertiliza la materia introduciendo en ella su quintaesencia; y el hijo nacido de este trabajo es el universo entero, con la multitud de criaturas que lo pueblan. En nuestros días, la alquimia no es tomada en serio por la mayoría de los químicos; la consideran, a lo más, como la antepasada de su ciencia, una antepasada evidentemente muy primitiva y totalmente superada. No entraré en esta discusión. Recordaré solamente que uno de los fundamentos de la química es la reacción: ácido + base = sal (+ agua), y que la piedra filosofal, que es el objetivo del trabajo alquímico, es una sal producida por la unión del azufre y del mercurio. El ácido, lo mismo que el azufre, representa el principio masculino; la base, lo mismo que el mercurio, representa el principio femenino, y en ambos casos su unión produce una sal. Ahora bien, puesto que las

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realizaciones, las metas hacia las que tienden los químicos y los alquimistas no son las mismas, no tienen por qué criticarse ni despreciarse. La piedra filosofal, la cual los alquimistas describen como un polvo rojo, tiene las propiedades esenciales de transformar los metales en plata u oro, y las piedras ordinarias en piedras preciosas, de curar las enfermedades y de prolongar la vida, y finalmente, de desvelar los secretos de la naturaleza. A lo largo de la historia se ha hecho hincapié sobre todo en la transmutación de los metales, y, particularmente en la del plomo en oro. Durante mucho tiempo esta búsqueda fue considerada como una fantasía de algunos soñadores. Pero los progresos de la física nuclear han acabado revelando que esta transmutación es posible. Un átomo de plomo contiene ochenta y dos electrones y ochenta y dos protones, mientras que el átomo de oro contiene setenta y nueve electrones y setenta y nueve protones. Para transmutar el plomo en oro, basta pues con modificar su estructura atómica quitándole tres electrones, tres protones y algunos neutrones. Sí, basta con esta pequeña modificación. Ya se han hecho experimentos con éxito, pero los medios necesarios son tan costosos que es más ventajoso seguir buscando el oro en la naturaleza. Pero los alquimistas no quieren contentarse con lo que les da la naturaleza. En las entrañas de la tierra, los procesos de transformación de la materia mineral son extremadamente largos. ¡Cuántos millones de años han sido necesarios para que se formen los primeros yacimientos de oro o de piedras preciosas! Los alquimistas tratan de acelerar los procesos, pero también de «mejorar», de «perfeccionar» la materia transformando los metales viles en metales preciosos. Y el secreto de un tal

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perfeccionamiento reside en esta sustancia llamada piedra filosofal cuya preparación fue, y es aún, objeto de tantas búsquedas y experimentos. La preparación de la piedra filosofal consiste en cocer una materia puesta en un recipiente llamado huevo filosófico que se mete después en un horno llamado atanor. Pero los alquimistas no precisan a qué temperatura debe ser cocida. Y sobre todo, no dicen jamás lo que es exactamente esta materia, a la que dan una gran variedad de nombres, excepto que se produce del encuentro de un metal y un mineral: afirman que, de entre todos los metales y minerales de la tierra, uno sólo de cada categoría puede entrar en combinación con el otro. Pero juntos en el crisol, el metal que representa el principio masculino, y el mineral que representa el principio femenino, se devoran mutuamente. Aparece entonces una tercera materia, que no es ni un mineral ni un metal, sino una sustancia que ya no podemos descomponer. En eso también los alquimistas se oponen a los químicos. Cada vez que un químico a1ea metales y minerales, puede, después, con ayuda de ciertos procedimientos, volver atrás y deshacer la combinación efectuada. Pero los alquimistas, en cambio, dicen que conocen un mineral y un metal que, al devorarse mutuamente, producen la base de la materia de la que será extraída la piedra filosofal, y que esta materia ya no puede ser descompuesta, porque la combinación es irreversible. Esta teoría es comprensible y aceptable si la trasponemos a otro terreno. El hijo que viene al mundo es el resultado del encuentro de un padre y de una madre. Pero ¿cómo se puede, ahora, «descomponer» a este hijo para volver, por un lado al padre, y por otro a la madre? Es imposible. Este hijo es una entidad nueva, producido por una combinación que ya no puede

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ser deshecha para remontarse hasta sus dos padres. La piedra filosofal es el hijo nacido de una unión mística. A pesar de todas sus oscuridades, la alquimia no es una ciencia que deba descuidarse, al contrario. Si nos molestamos en profundizar sus principios, descubrimos que, en realidad, sólo trata de cuestiones vitales para nosotros. Ya os dije que, al participar en la transformación de la materia, el alquimista quiere ayudar a la naturaleza. Pues bien, nosotros también podemos ayudar a la naturaleza en los esfuerzos que ésta hace con nosotros. La preparación de la piedra filosofal está inscrita en el gran libro de la vida, y el libro de la vida es tanto el universo como el ser humano. Trabajando sobre nuestra propia materia, podemos convertirnos más rápidamente en aquello en lo que nos queremos convertir: este «oro trabajado por el fuego» que menciona el Apocalipsis. Porque es el fuego el que permite acelerar el proceso, y este fuego es el amor. Cuando hayáis comprendido que vosotros mismos sois la materia que hay que cocer, y que el amor es el fuego con el que debéis cocerla, poseeréis lo esencial de lo que hay que conocer para preparar la piedra filosofal y obtener oro. Gracias al calor, la naturaleza lleva al oro así como a todos los metales a su madurez; es algo semejante a un alimento que la cocinera mete en el horno: necesita calor. En la naturaleza, el oro se forma muy lentamente, porque el calor que lo cuece es muy débil. Para producir oro en nosotros tenemos la posibilidad de proceder más rápidamente: basta con aumentar el calor. Pero hay que tener también cuidado de no quemarlo todo. Podemos comparar al aprendiz de alquimista con el aprendiz de cocinero que todavía no sabe medir el fuego: o bien deja quemar los

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manjares, o bien el calor es tan débil que éstos no están suficientemente cocidos. Para llevar a buen término la gran obra y encontrar la piedra filosofal, debemos encender en nosotros la llama del amor y aprender a regularla. Gracias al amor aceleramos el proceso: al aumentar el amor, disminuimos el tiempo de preparación. Pero el amor necesita también un gran autocontrol, porque si no, corremos también el riesgo de quemarlo todo. El amor es el fuego más terrible que pueda haber, si no sabemos controlarlo, por eso debe ser siempre temperado por la sabiduría. Ahora lo comprendéis mejor... La piedra filosofal es este estado de conciencia divino que podemos alcanzar gracias al amor y a la sabiduría. Si el fuego ocupa un lugar tal en el proceso alquímico, es porque la vida misma es un proceso de combustión. La maduración de los metales, igual que la de los frutos, no es más que una combustión. La vida es mantenida por un fuego, pero por un fuego que no consume, que no calcina. Y en nosotros esta maduración se hace gracias al fuego del amor que trabaja sobre nuestra materia psíquica. ¿Veis?, volvemos a encontrar siempre las manifestaciones de los dos principios: el principio femenino, la materia, simbolizada por el agua, sobre la que trabaja el principio masculino, el espíritu, el fuego. Todos los trabajos que ejecutan los alquimistas, y para los que usan diferentes recipientes e instrumentos: crisoles, retortas, alambiques, atanores, los volvemos a encontrar en la vida espiritual. El crisol, la retorta, el alambique, el atanor, es el hombre mismo, y él es también la materia sobre la cual se harán las operaciones. Para estas operaciones, tiene necesidad de fuego,

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pero de un fuego completamente especial que necesita de un gran saber para proceder según las reglas. Así que, ¿veis?, está claro: la materia, nosotros la poseemos, y nosotros tenemos también el recipiente para hacerla cocer, puesto que nosotros somos este recipiente. Pero el fuego y el saber debemos adquirirlos. Este fuego es pues el amor, pero no cualquier amor, no el amor que consume y destruye, no, sino el amor que conserva, que vivifica. Manteniendo el fuego del amor, llegamos a extraer la quintaesencia de nuestra materia, y es esta quintaesencia la que introducimos en todo lo que hacemos para transformarlo en oro. Los alquimistas no dicen en qué consiste la materia de la piedra filosofal. Pero, en lo que se refiere a nuestra materia, nosotros sabemos lo que es. Todo aquello que no es la pura esencia de Dios en nosotros es materia. Ya os lo expliqué cuando os hablé de los diferentes cuerpos, físico, astral, mental, causal, búdico y átmico de los que está constituido el ser humano. Con respecto a la chispa divina que habita en nosotros, estos diferentes cuerpos son la materia, una materia más o menos pura, más o menos sutil, pero materia. Sobre estas diferentes materias es sobre las que debemos trabajar, sabiendo que están en correspondencia con los cuatro elementos en el universo. Cada vez que obramos con la luz y el calor, cada vez que actuamos con la sabiduría y el amor, formamos en nosotros la piedra filosofal que transmuta toda materia en oro. Y ahí es cuando nos convertimos en verdaderos alquimistas. La ciencia alquímica no está destinada solamente a unos seres que se encierren durante años en un despacho, en medio de viejos tratados indescifrables y de alambiques con formas extravagantes. Incluso si logran hacer oro, ¿para qué va a servirles? Estos años

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de trabajo les habrá envejecido, gastado, ya no estarán ni siquiera en condiciones de utilizar este oro, y pronto van a abandonar la tierra, y cuando la dejen, no se lo llevarán consigo. Algunos dirán: « ¡Pero Vd. predica a convencidos! Nosotros no tenemos ninguna intención de buscar la piedra filosofal para fabricar oro, eso no nos interesa.» Muy bien, pero interiormente no podéis escapar a la búsqueda de esta piedra. Tarde o temprano, la vida os coge y os pone en el crisol sin pedir vuestra opinión. La vida del hombre, su expansión, su evolución, está basada en el poder que éste posee de transformar la materia: la materia física y la materia psíquica. La nutrición es el ejemplo más instructivo. ¿Cómo no estar maravillados ante la complejidad, la sutileza de todos los procesos que entran en acción desde el momento en que metemos un pedazo de pan o una fruta en nuestra boca hasta aquél otro en el que la quintaesencia de estos alimentos entra en nuestra sangre para convertirse en salud, pensamiento, sentimiento, inspiración? En el plano psíquico también podemos transformarlo todo, hacer servir todo para nuestra evolución. E incluso todo esto va más lejos... Sí, salvo casos excepcionales, el organismo físico no puede absorber cualquier sustancia, y no sólo es necesario escoger los alimentos, sino también prepararlos, porque siempre, más o menos, hay algo que quitar: las espinas del pescado, la corteza de los quesos, la piel de ciertas verduras y frutas, los huesos, las pepitas, etc. Sin embargo, en el plano psíquico, todo puede ser absorbido y transformado: no sólo las energías brutas que llevamos en nosotros bajo forma de venenos, de vicios, sino también los venenos que nos llegan del exterior. La verdadera ciencia a1química está ahí, en la vida. No sólo transforma en oro los metales viles, todo aquello que en nuestro

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organismo físico y en nuestro organismo psíquico se opone a que recibamos la luz para alimentamos y abrevamos, sino que transforma también los pedruscos y las piedras ordinarias en piedras preciosas. La lapidación, este suplicio que consiste en matar a hombres y mujeres a pedradas, ya no es practicada en los países llamados civilizados. ¡Pero hay tantas otras formas de echar piedras contra alguien: la sospecha, la maledicencia, la calumnia...! Y de estas piedras, ¡yo he recibido montañas! No tenéis idea de todo lo que me han acusado, y de lo que me acusan aún... Pues bien, en vez de dejarme enterrar bajo estas piedras, las he recogido, una tras otra, he trabajado con ellas, las he transformado en piedras preciosas, y son ellas las que os doy ahora bajo forma de luz y de amor. No diré que poseo la piedra filosofal, nunca hay que decir grandes palabras, pero trabajo con ella, y cada día acumulo oro, rubíes, esmeraldas, zafiros, topacios, carbúnculos, para distribuíroslos. Pero ¿sois conscientes de ello? ¿Comprendéis que yo extraigo también mi saber de todas las piedras que me han lanzado? Y sobre todo, ¿estáis preparados para utilizar los mismos métodos que yo para transformar todo lo malo y oscuro, en vosotros y fuera de vosotros, para hacer con ello oro puro y piedras preciosas? No tenéis que buscar la piedra filosofal en otra parte más que en vosotros mismos, porque no existe piedra filosofal más poderosa que el espíritu. El día en que lleguéis a este estado de conciencia en el que sintáis que vuestro espíritu, que vuestro Yo superior, es un principio inmortal, eterno, una entidad indestructible que viaja por el espacio y penetra en todo lugar, comprenderéis que nada es más importante que utilizar este poder para trabajar sobre la materia, vuestra propia materia, para purificarla, vivificarla, resucitarla.

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La piedra filosofal es esta quintaesencia que lo transforma todo en oro, en luz, primero en vosotros mismos, pero también en todas las criaturas a vuestro alrededor. Porque todo se propaga. Ésta es la dimensión sublime de la piedra filosofal.

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LA REGENERACIÓN DE LA MATERIA: LA CRUZ Y EL CRISOL
El 3 sobre el 4, el triángulo sobre el cuadrado, la pirámide sobre el cubo, simbolizan, lo vimos, la unión del espíritu y la materia. El cubo es un sólido con seis caras. Desarrollado, se convierte en una cruz. Desde el punto de vista alquímico, este paso del cubo a la cruz está lleno de enseñanza.

La forma compacta, apretada del cubo, ha hecho de él un símbolo de estabilidad, pero también una figura del límite, del encarcelamiento, de la prisión. Así que, en el momento en que se abre y se desarrolla en cruz, asistimos a una especie de liberación. Si profundizamos esta idea, descubrimos cómo la cruz puede convertirse en un símbolo de liberación. Algunos de vosotros estarán escandalizados: « ¿Cómo? ¡Ver en la cruz, en este instrumento de suplicio horrible, un símbolo de liberación!» Les responderé que hay que dejar de ver en la cruz sólo un instrumento de suplicio, y particularmente del suplicio de Jesús como hacen los cristianos. La cruz es un símbolo que tiene su origen en la naturaleza misma. Reflexionad, es una cruz la que nos permite situamos en

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el espacio: los cuatro puntos cardinales. Las cuatro direcciones norte-sur, este-oeste, forman la cruz que estructura el espacio. Volvemos a encontrar esta cruz en la astrología: los dos ejes perpendiculares Ascendente-Descendente, y Medio Cielo-Fondo del Cielo que dividen el círculo del zodíaco; es la cruz del destino, esta cruz que debemos aprender a llevar para ganar la inmortalidad. La línea vertical representa el principio masculino, y la línea horizontal representa el principio femenino, estos dos principios que están en el origen de toda creación en el universo. El principio masculino está asociado con el fuego que se eleva, y el principio femenino con el agua que se extiende. En cuanto al ser humano, en tanto que resumen, síntesis del universo, también él es la figura de la cruz: la vertical cabeza-pies cortada por la horizontal de los brazos. Y la cruz es también un árbol que nos enseña cómo subir de la tierra al cielo. La descubrimos en el Árbol de la Vida de los cabalistas, el Árbol sefirótico. En este Árbol, Dios no sólo está representado en sus diferentes manifestaciones, sino también en las jerarquías angélicas, en el hombre y en el cosmos entero. Cuando os expliqué en detalle la oración dada por Jesús, el Padre Nuestro, os mostré las relaciones que existen entre las diferentes peticiones

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que la componen y los sefirots. Así pues, en el Padre Nuestro también volvemos a encontrar el símbolo de la cruz. Podemos mencionar también la cruz ansada que los dioses y los faraones egipcios sostienen en la mano derecha. Esta cruz está identificada con una llave: la llave que permite abrir la puerta del templo de los misterios. Así, ¿veis?, la cruz es uno de los elementos más ricos del lenguaje de la naturaleza. Cada forma nos habla, y la cruz es un símbolo alquímico, cabalístico, astrológico, mágico que resume por sí sólo un saber inconmensurable. ¡Cuántos planos de iglesias, de catedrales, de basílicas, han sido inspirados por la forma de la cruz! Pero ¿acaso hay muchos cristianos que, al ver una iglesia, sientan la dimensión simbólica de un edificio así? En el origen siempre está el cubo, la piedra cúbica, la misma que menciona Jesús cuando le dice a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»; y la Iglesia, es la asamblea de las almas, de los hijos y de las hijas de Dios. Cuando hayamos sondeado los misterios de la cruz, las puertas de la vida eterna se abrirán ante nosotros. Pero volvamos ahora a la figura del cubo. Desarrollado, el cubo se convierte pues en la cruz de dos dimensiones. Ahora, si la proyectamos a la tercera dimensión: longitud, anchura y altura, se convierte en un sólido compuesto por cinco cubos (ver figura página anterior). Estos cinco cubos presentan veintidós superficies externas: cinco sobre la cara anterior, más cinco sobre la cara posterior, más doce sobre el contorno. Pero, 22 es el número de letras del alfabeto hebraico que representan los veintidós elementos mediante los cuales Dios creó el mundo, tal como se dice en el Sépher Iétsirah: «Grabó y marcó dentro veintidós letras de fundamento: tres madres y siete dobles y doce

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sencillas.» Y 22 es también el número de las cartas del Tarot, en las que podemos descubrir un resumen de la Ciencia iniciática. Constituida de cubos, la cruz de tres dimensiones corresponde al plano físico, al mundo de la realización; la cruz de dos dimensiones corresponde al plano espiritual; y la cruz de una sola dimensión, la formada por dos rectas que se cortan, corresponde al plano divino, al mundo de los principios. Así pues, la cruz de una dimensión resume y condensa la cruz de dos dimensiones, que, a su vez, resume la cruz de tres dimensiones. Pero la cruz verdadera sigue estando escondida para nosotros. La cruz verdadera es el crisol de los alquimistas, este recipiente en donde mezclan, funden y depuran la materia de la gran obra para transformarla en oro. Ahora, ¿Por qué es tan importante pasar de la cruz al crisol? Porque el crisol es el lugar de las transformaciones; y por tanto, mientras hay transformación, hay vida. Es un error asociar automáticamente la cruz con la muerte, aunque esta asociación exista en el lenguaje corriente. Al decir que hacemos una cruz sobre algo, o sobre alguien, significamos que los consideramos de ahora en adelante inexistentes, muertos. En cuanto a los cristianos, con su comprensión tan estrecha de la cruz, son responsables del hecho de que ésta haya acabado siendo objeto de burla. ¿Por qué ver sólo en una cruz sufrimiento, agonía y muerte, cuando la cruz expresa todas las posibilidades de la vida? En el texto mismo de los Evangelios, ¿acaso a la muerte de Jesús no le sigue su resurrección? La muerte no es un final, no es una meta, sino que sólo es una etapa necesaria que prepara la resurrección. Evidentemente, aquí hablo desde el punto de vista simbólico y espiritual. La resurrección supone primero la muerte, es un proceso de

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transformación que se hace por fases sucesivas, y así comprendida, puede ser asimilada a un nacimiento. Por eso algunos alquimistas presentaron la materia de la gran obra como una Virgen negra que debe traer al mundo al Niño Rey, la piedra filosofal. La materia puesta en el crisol es sometida al fuego. Cocida y recocida bajo ciertas influencias planetarias, pasa por una sucesión de colores. El primero es el negro, y por eso recibe el nombre de «cabeza de cuervo». Es el estadio de la putrefacción al que se llama también «la obra en negro». La materia pasa después por el color blanco, «las palomas de Diana», y acaba con el color rojo, «el fénix», el pájaro que se sacrifica con el fuego y que, tres días después, renace de sus cenizas. Negro, blanco y rojo son los tres colores principales de la obra alquímica. Pero, en el transcurso de esta transformación de la materia, que pasa del negro al rojo, ciertos alquimistas observan también colores intermedios, como el verde, el amarillo, el naranja, y a veces incluso todos los colores del arco iris, a lo que llaman «cola de pavo real». La muerte no es nunca un estado definitivo, es una transición, un paso de una antigua vida a una vida nueva. Ésta es la principal enseñanza de la alquimia, y los alquimistas sacaron esta enseñanza de la observación de la naturaleza. En efecto, ¿por qué describen la transformación de la materia de la gran obra como una sucesión de colores? Porque observaron esta sucesión en la vida vegetal. Tomemos los árboles frutales: con algunos matices diferentes, porque la naturaleza es rica en diferencias, pasan por una serie de colores, y siempre en el mismo orden. Durante el invierno, los árboles son negros y están desnudos; en primavera, se vuelven blancos con las flores y verdes con las hojas. Después, llega el verano: los frutos, al madurar, se vuelven

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amarillos y rojos; y, en otoño, es el follaje el que se vuelve rojo y oro. Con el rojo y el oro, el proceso ha terminado, es el final del ciclo como en la obra alquímica. A imagen de la vegetación, el ser humano debe atravesar interiormente todas las fases de la obra alquímica: muere, y después resucita; pero resucita con unas virtudes y unos poderes nuevos. La muerte nunca es el fin último. El hombre muere para resucitar, o renacer: resurrección y segundo nacimiento tienen, en el fondo, el mismo significado. La Virgen negra representa también a cada hombre, o a cada mujer que se esfuerza por dar nacimiento al Niño divino, al Yo superior. Y puesto que los alquimistas tienen como meta participar en el trabajo de la naturaleza para acelerar sus procesos, es lógico que hayan empezado por observar estos procesos para reproducirlos en sus laboratorios. Por eso el huevo juega igualmente un papel importante en la obra alquímica. Un huevo es un cuerpo orgánico gracias al cual se transmite la vida; se compone de una cáscara, del blanco y del amarillo. En el huevo también volvemos a encontrar los tres principios y los cuatro elementos. Simbólicamente, el fuego, que ha actuado sobre el aire, ha formado el azufre (el amarillo), el aire, que ha actuado sobre el agua, ha formado el mercurio (el blanco), y el agua, que ha actuado sobre la tierra, ha formado la sal (la cascara). Y ahora, ¿por qué los alquimistas llaman «huevo filosófico» al recipiente en el cual ponen la materia prima? Porque la cáscara del huevo, que es una forma cerrada, puede ser comparada con el crisol en donde cuece esta materia una vez que ha sido introducida en el horno alquímico llamado atanor. De la misma manera, el pájaro que incuba el huevo mantiene un cierto calor que el polluelo necesita para desarrollarse. Antes de que el

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polluelo salga de la cáscara, la putrefacción que se produce en el huevo es comparable con la putrefacción de la materia prima en el crisol. Cuando la materia llega al color blanco, si el alquimista decide parar el proceso, puede, gracias al resultado obtenido, transformar los metales en plata. Y si el proceso es llevado hasta el final, hasta el color rojo anaranjado, puede transformarlos en oro. Los dos colores del huevo, blanco y amarillo anaranjado, son los colores filosófales. ¿Veis?, ahora es fácil comprender de dónde viene la asociación del huevo con la fiesta de Pascua, fiesta de la resurrección. En ciertas tradiciones incluso, Jesús resucitado es comparado con el polluelo que sale de la cáscara, la tumba. Todas estas correlaciones entre los fenómenos de la naturaleza, los procesos alquímicos y la vida de Jesús, no deben sorprendemos. Para los alquimistas, estas analogías son muy claras: en el sacrificio de Jesús en la cruz para la salvación del mundo, ven la muerte de la materia prima a partir de la cual preparan la piedra filosofal que transmuta los metales en oro. El cuerpo de Jesús en la cruz representa esta materia prima que debe morir para resucitar. Se trata del mismo proceso de transmutación. Y eso es lo que explica también la interpretación que dan los alquimistas al golpe de lanza asestado al costado de Jesús por el soldado romano. Se dice, en efecto, en los Evangelios, que para asegurarse de que Jesús había muerto, un soldado romano le penetró el costado con su lanza. Ahora bien, en la tradición alquímica, la lanza representa al principio masculino, el espíritu, que trabaja sobre el principio femenino, la materia. Esta misma idea está presente en la figura del dragón traspasado por una lanza que encontramos en ciertos tratados alquímicos; porque el dragón representa también la materia, principio femenino, puesto que está relacionado con el mundo del agua. Esta lanza está igualmente en

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la mano del Arcángel Mikhaël, así como en la de san Jorge que, tanto el uno como el otro, según la tradición, se enfrentaron con el dragón y lo vencieron. Ciertos cuentos populares de numerosos países relatan aventuras que tienen el mismo significado. Pero ahí, es un caballero el que debe matar a un dragón para llegar hasta la princesa retenida prisionera en un castillo en el que se amontonan los tesoros. El caballero, es el alquimista que trabaja sobre la materia prima, el caos primordial, este dragón cuyas fauces abiertas proyectan unas emanaciones pestilentes. El caballero debe matar al dragón con una lanza puesta al rojo vivo. De la misma manera, en una cierta fase del proceso, el alquimista debe vencer a la materia que produce unas emanaciones envenenadas. Y es en el crisol y por tanto en la cruz, donde la traspasa con su lanza. Esta materia muere y resucita. La materiay.la lanza siempre han tenido un trabajo que hacer juntas. Los alquimistas mencionan a la materia prima con diferentes nombres: el mercurio, el dragón, lo húmedo, lo radical, el disolvente universal. Y la lanza tiene también sinónimos: el azufre, el imán, el acero. El alquimista Basilio Valentín, llama a la lanza «león» y a la materia «águila». El águila ataca al león, y un terrible combate se libra entre ambos. Este combate ha sido representado también con perros que se enfrentan. En este enfrentamiento, que representa siempre los esfuerzos que hace el espíritu para dominar a la materia, la materia es vencida y muere, y después resucita y trae al mundo la piedra filosofal, al Niño Rey, el Cristo que tiene el poder de curar a los leprosos. ¿Y qué son estos leprosos? Los metales viles, es decir los defectos, los vicios de los que sólo puede curarse el ser humano si recurre al poder de Cristo en él.

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Así pues, los Evangelios, también pueden ser comprendidos e interpretados a la luz de la ciencia alquímica. En apariencia, no hacen más que relatar lo que fue la vida de un hombre, Jesús, nacido hace dos mil años en Palestina; pero en realidad, a través de las diferentes etapas de su vida, desde su nacimiento hasta su muerte y su resurrección, son también procesos alquímicos lo que describen. La alquimia fue condenada por la Iglesia, cuando los mismos Papas se dedicaban a esta práctica. Y si estudiamos solamente las esculturas del exterior y del interior de las catedrales, como Notre-Dame de París o Notre-Dame de Chartres, por ejemplo, descubriremos cuál era la ciencia de los cristianos en la época en que estos monumentos fueron construidos. Los constructores de catedrales poseían unos conocimientos alquímicos de los cuales la arquitectura y la escultura llevan numerosos testimonios. Así, inscribieron en la piedra todas las fases por las que pasa la materia en el transcurso de la preparación de la piedra filosofal. Incluso el episodio del Diluvio en el Antiguo Testamento, que está en ellas representado, puede ser considerado desde el punto de vista alquímico. La lluvia cae durante cuarenta días y cuarenta noches; así pues, 40 es el número de la muerte. El arca en la que Noé y su familia se encierran con una pareja de cada especie animal representa el vaso alquímico en el cual se hace la transmutación. En cuanto al cuervo, Horev, y a la paloma, lona, que Noé suelta sucesivamente para ver si la tierra firme ha vuelto a aparecer, representan dos etapas esenciales de la gran obra: el paso de lo negro a lo blanco. Y puesto que hacer oro es el final de una larga y difícil aventura, ciertos investigadores han podido ver también en las leyendas antiguas, las de la mitología griega, por ejemplo, representaciones del trabajo alquímico. Entre estas leyendas, las más conocidas son las de Jasón navegando con sus compañeros

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en la nave Argos para ir a conquistar el toisón de oro, o bien la de Hércules yendo a coger las manzanas de oro en el jardín de las Hespérides... Lo que hace que las exposiciones alquímicas sean difíciles de comprender, es que, al querer, a la vez, revelar y esconder su ciencia, nunca nombran nada directa y claramente: utilizan figuras, imágenes, símbolos, dándoles unos significados que sólo ellos conocen. Pero no los utilizan de cualquier manera, y estos significados no son arbitrarios. Así, los colores, las representaciones de los mundos, animal, vegetal y mineral, las figuras geométricas, los personajes mitológicos, los episodios de la vida de Jesús, pueden ser interpretados muy bien por aquellos que han profundizado en el origen y la naturaleza del lenguaje simbólico. ¿De dónde vienen los símbolos? Tienen su origen en las relaciones que existen entre el Alma universal y el inconsciente humano. A las correspondencias percibidas por el inconsciente les han sido dadas unas expresiones concretas: objetos, figuras de los reinos mineral, vegetal, o animal, formas geométricas. Los símbolos se explican pues por el hecho de que las leyes que rigen la creación y las criaturas son las mismas, y por tanto nosotros volvemos a encontrar instintivamente las correspondencias que existen entre los diferentes mundos. Sin embargo, también hay que ver esto: puesto que el lenguaje simbólico es la expresión de nuestra vida profunda, cuando nosotros nos encontramos ante unos símbolos que nos presentan la Ciencia iniciática, o ciertas obras de arte, para poder comprenderlos, debemos vivirlos. Aquél que no vive lo que un símbolo representa, nunca lo comprenderá, aunque alguien le dé su interpretación. Debemos, pues, penetrar lejos, muy lejos dentro de nosotros mismos, y vivir los símbolos

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para poder conocer su significado. Esta regla se verifica particularmente con el símbolo de la cruz. Han sido pues algunas palabras a propósito de la cruz, pero de la cruz de la vida, no de la cruz de la muerte. Cuando comprendemos la cruz viviente, todo se pone a hablar, no sólo la naturaleza, sino también los mitos, las leyendas, y todos los Libros sagrados. Aunque los símbolos con los cuales se revela no sean idénticos de una cultura a otra y de una época a otra, bajo tantas formas diferentes se esconde siempre la misma y única ciencia. Desde hace siglos, los cristianos se han concentrado en la cruz, la contemplan, la llevan encima, y creen conocerla. Pero no, todavía no la conocen. ¿La prueba? Se ve bien que, interiormente, sus metales viles - sus debilidades, sus vicios - no están fundidos; y no están fundidos porque no han sabido encender dentro de ellos, en su crisol, el fuego divino del amor. Así pues ¿qué amor es ése que no logra fundir los metales?... El amor, es este poder que hace florecer una rosa en el centro de la cruz, porque la verdadera cruz es símbolo de resurrección y de vida eterna.

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Paris - Izvor 241-TITULO 12

EL ROCÍO DE MAYO
En su voluntad de actuar sobre la materia, ciertos alquimistas ambicionaron, no sólo de transformarla, sino también de animarla. La creación de los homúnculos, por ejemplo, de la que ya os hablé, es una tentativa de alquimista, lo mismo que el procedimiento llamado «palingenesia». La palingenesia (del griego «palin»: de nuevo, y «génesis»: nacimiento) es el fenómeno mediante el cual los alquimistas afirmaban poder volver a dar vida a plantas resecas después de haberlas reducido a cenizas. Ponían estas cenizas en un frasco, añadían algo de un cierto líquido al que llamaban «espíritus universalis», espíritu universal, y después cerraban el frasco herméticamente. Este líquido era preparado a partir del rocío de mayo que, expuesto a las influencias celestes durante cuarenta días y cuarenta noches, tenía, decían, la propiedad de fijar el espíritu universal. Una vez añadido el líquido a la ceniza, calentaban esta mezcla, y unos momentos después veían la planta aparecer bajo forma etérica. Mientras mantenían el calor, la planta se mantenía, y después, poco a poco, la forma se desvanecía. La experiencia podía ser repetida a voluntad. Es interesante conocer estas experiencias, pero es mucho más importante aún comprender cómo podemos utilizar nosotros los poderes de la vida para emprender sobre nosotros mismos un trabajo de regeneración. Desde el instante en que nos decidimos a contar solamente con el espíritu, esta entidad divina que nos habita, ponemos en marcha todo un proceso: como si fuesen atraídos magnéticamente, llegan elementos y fuerzas del espacio y

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actúan sobre nosotros. Este proceso de regeneración es posible para cada uno de nosotros, siempre que preparemos primero la materia, nuestra propia materia. Los alquimistas dicen también que en el momento en que la materia sobre la que trabajan está por fin preparada, el espíritu universal penetra en ella y le infunde sus poderes; basta entonces con una pequeña cantidad de esta materia para transformar los metales en oro. Y lo mismo sucede con nosotros: el espíritu no desciende a cualquier sitio, y a nosotros nos corresponde preparar nuestra materia para recibido. Esta preparación es muy larga, pero cuando estamos preparados, el espíritu desciende, y entonces nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos son marcados por su sello. Añadamos todavía unas palabras sobre este «espíritus universalis» que los alquimistas preparan con el rocío de mayo. Pero, primero ¿qué es el rocío? Una condensación de vapor de agua que, bajo el efecto de la irradiación de la tierra, se deposita, por la noche, en finas gotitas. De la tierra al cielo y del cielo a la tierra, el agua hace un inmenso circuito. Al evaporarse en la atmósfera, se purifica, porque las diferentes capas que atraviesa son como tamices que la desembarazan de sus impurezas. Así pues, se dice en los tratados de alquimia que, cuando está por fin preparada, una noche, el espíritu universal viene a visitada; y la fertiliza impregnándola con sus quintaesencias. También cuando vuelve a caer como rocío sobre la hierba, las flores y toda la vegetación, es feliz porque sabe que aporta la vida. Los efectos del rocío son más poderosos que los del agua ordinaria, y alimenta y abreva a las plantas incluso en las regiones desérticas, en las que, durante meses, no cae ni una sola gota de lluvia. Sin el rocío, toda esta vegetación moriría. Cuando

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pensamos en el rocío, tenemos la costumbre de quedarnos en el final de su recorrido: el momento en que desciende para depositarse en la tierra. Pero no hay que olvidar que, para llegar a ser rocío, el agua debe primero elevarse bajo forma de vapor a la atmósfera en donde el espíritu universal, al pasar, la fertiliza. Gracias a que primero subió es por lo que, cuando se condensa de nuevo para volver a caer a la tierra, es portadora de todos los elementos vivificantes, la sal del espíritu. Diréis: «Pero ¿por qué los alquimistas utilizan especialmente el rocío de mayo?» Porque el mes de mayo, que se sitúa aproximadamente en medio de la primavera, corresponde al periodo en que la naturaleza está en plena renovación. Las tres primeras semanas de mayo están bajo la influencia de Tauro, signo de fertilidad, en el que Venus, planeta de la generación, tiene su domicilio, y en el que la Luna, símbolo del principio femenino, está en exaltación. Es pues el momento en el que la naturaleza recibe las nuevas corrientes de energía que circulan por el espacio; y el vapor de agua, que volverá a caer después bajo forma de rocío, se impregna de estas corrientes. Hombre o mujer, cada uno posee en él esta materia simbolizada por el agua que llamamos alma y que tiene la facultad de elevarse hasta las más altas regiones del mundo espiritual. Entonces es cuando el espíritu universal, al pasar, la acaricia con su aliento, y la operación alquímica de transmutación de los metales viles en oro puede comenzar. Evidentemente, el agua que se eleva a la atmósfera no lo hace por sus propios medios. Es el sol el que, al transformarla en vapor, la atrae hacia arriba. Pero a nosotros, que somos a la vez materia y espíritu, nos es dado, gracias al poder del espíritu, nuestro sol, hacer subir nuestra agua, nuestra materia psíquica. Pero comprendedme bien: si, para aclarar ciertos procesos de la vida interior, procedo a

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menudo por analogía, no soy tan ingenuo hasta el punto de creer que existe una equivalencia exacta entre los procesos físicos y los procesos espirituales. Yo era muy joven cuando empecé a leer libros de alquimia, pero enseguida me llamaron la atención las correspondencias que se descubren entre la transmutación de la materia física que en ellos se describen y el trabajo de transformación que el espiritualista debe realizar sobre su materia psíquica. Y es de estas correspondencias de las que os hablo sin cesar. Para preparar la piedra filosofal, los alquimistas tratan de captar y de condensar una quintaesencia de origen solar que, puesta en contacto con los metales, aumenta su intensidad vibratoria, operando así su transmutación. Esta quintaesencia de origen solar que los alquimistas tratan de condensar, nosotros la poseemos: es el principio divino que cada día debemos esforzamos en alcanzar muy arriba en nosotros mismos, para hacerlo descender a través de nuestros diferentes cuerpos hasta nuestro cuerpo físico. A este principio divino en nosotros, lo llamamos Yo superior. Él es nuestro Yo verdadero, y este Yo verdadero está siempre más arriba que nosotros mismos. Para emplear otra imagen, os diré que debemos esforzamos por echar cuerdas hacia él, como los alpinistas, que escalan atando su cuerda a unas escarpias clavadas cada vez más arriba. Sólo podemos encontrar a nuestro verdadero Yo proyectándonos sin cesar hacia las alturas; por eso la imagen del sol, símbolo del espíritu, puede actuar tan benéficamente sobre nuestra vida interior. Se lee también en ciertos tratados que el mejor periodo para empezar el trabajo alquímico es aquél en que, habiendo entrado el Sol en Aries, la Luna se encuentra en Tauro. En el círculo del zodíaco, Tauro sigue a Aries. Después viene Géminis, en donde

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Mercurio tiene su domicilio; y, para los alquimistas, Mercurio es un símbolo de la piedra filosofal, hijo del Sol y de la Luna. Acordaos de que en la mitología, Mercurio (o Hermes) siempre es presentado como un niño o un adolescente, activo, inteligente, ingenioso, hábil con sus manos y, por tanto apto para trabajar sobre la materia para transformarla. Así, las bases del trabajo alquímico están presentes hasta en el zodíaco. Y también están presentes en el Árbol sefirótico. Cuando estudiamos los símbolos relacionados con los Séfirots del pilar central, vimos que la piedra filosofal está asociada con Malkut, la Tierra, es decir, la concretización, la materialización. Encima está situado Yesod, la Luna, el principio femenino, y más arriba aún, Tiphereth, el Sol, el principio masculino. En esta sucesión Sol, Luna, Tierra, volvemos a encontrar la misma sucesión Aries, Tauro, Géminis: la realización como fruto de la unión de los dos principios masculino y femenino. Cuando los alquimistas dicen que el trabajo debe empezar en el momento en que el sol ha entrado en Aries y la Luna en Tauro, ello significa que, para que haya creación, el espíritu y la materia deben encontrarse en el momento más propicio para su manifestación. El Sol, principio masculino, está representado en nosotros por el espíritu o el intelecto; la Luna, principio femenino, está representada por el alma o el corazón. Así pues, el principio femenino en nosotros, la Luna, el agua, que simboliza la materia, debe tratar de elevarse sin cesar, tender hacia el fuego del Sol, el fuego del espíritu, para ser fertilizado y volver a caer después como rocío vivificante. En la vida cotidiana, según las circunstancias, pasáis por diferentes estados interiores, unos completamente vulgares, o hasta a veces groseros, y otros poéticos, luminosos, espirituales.

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Así que, de ahora en adelante, cuando viváis un momento de gran elevación, tomadlo como una cima que habéis podido escalar, y esforzaos por manteneros en ella. Haced de este estado como una especie de diapasón interior que da la nota a todas las otras fuerzas que os habitan con el fin de crear en vosotros la unidad y la armonía.

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EL CRECIMIENTO DEL GERMEN DIVINO
El trabajo alquímico es un trabajo de regeneración y, bajo diferentes formas, todas las religiones mencionan este trabajo. La tradición cristiana lo presenta como la transformación del viejo Adán en Cristo. El viejo Adán es representado por el plomo, Saturno, mientras que Cristo es el hombre nuevo, el que ha llegado a adquirir las preciosas cualidades del oro, el Sol. ¿Y cuáles son estas cualidades? El oro no sólo brilla con un resplandor magnífico, sino que también es inalterable, inoxidable. Evidentemente, nunca llegaremos a realizar completamente este ideal en nuestro cuerpo físico, y esto no es, además, lo más importante, pero en nuestro cuerpo espiritual, en el cuerpo de gloria, sí, podemos hacerlo. Este cuerpo espiritual, incluso el hombre más miserable lo posee en germen: es el Creador quien se lo ha dado, como una semilla, como un germen que ha introducido en él, que es el signo, la marca, la impronta de su origen divino. Si trabaja sobre este germen, él también encontrará el modelo divino conforme al que ha sido creado, él también será capaz de reconstruir el Reino de Dios en su ser. Y para que este germen pueda crecer, debe ser expuesto cada día al sol de la sabiduría y del amor. Si podemos regeneramos, resucitamos, es porque ya poseemos al menos un átomo como punto de partida de esta reconstrucción. Los alquimistas dicen que, para fabricar oro, hay que tener, desde el comienzo, por lo menos un átomo de oro, como semilla. En la naturaleza, nada puede reproducirse sin una simiente, una semilla, ni las plantas, ni los animales, ni los

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hombres. Y esta misma ley es igualmente válida para las operaciones alquímicas; los alquimistas necesitan al menos una partícula de oro: es esta partícula la que, gracias al poder de la piedra filosofal, debe transformar cualquier cantidad de metal fundido en oro. El proceso a1químico es pues semejante al crecimiento o a la multiplicación de una semilla. Un grano de trigo empieza por dar una espiga, y después un día, ¡todo un campo! Igualmente, un grano de oro, para aquél que conoce el secreto, puede «multiplicarse» hasta el infinito. Nosotros también poseemos este grano de oro, el germen divino dado por el Creador. Ahora que nos lo ha dado, nada ni nadie tiene el poder de quitárnoslo o de hacérnoslo perder, pero somos nosotros quienes debemos tomar conciencia de la existencia de este germen y despertarlo, vivificarlo, para que se desarrolle hasta convertirse en un árbol…, en un templo..., en la Nueva Jerusalén..., en el Cristo-Niño... ¡Tantas imágenes y símbolos han servido para traducir esta realidad! Todos los seres humanos poseen esta semilla, pero pueden pasarse la vida entera sin hacer nada con ella, porque nunca han oído decir que existe. Algunos tienen una vaga idea de ello, una vaga sensación, pero no saben dónde buscar esta semilla, ni cómo buscarla, y todavía menos cómo trabajar con ella. El día en que lo sepan, las palabras «vida» y «resurrección» tendrán, verdaderamente, sentido para ellos. La vida se alimenta de vida. La mujer que ha recibido en su seno un germen de vida, lo alimenta durante nueve meses con su propia vida. Este germen así alimentado se desarrolla para dar nacimiento a un niño provisto de miembros y de órganos gracias a los cuales podrá, a su vez, comer, respirar, tocar, sentir, ver, oír,

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desplazarse, pensar, trabajar. Lo mismo sucede con este germen divino en nosotros si sabemos desarrollarlo, porque nosotros tenemos en el plano espiritual las mismas posibilidades que en el plano físico. Y el trabajo que hayamos hecho en el plano espiritual acabará por producir, también en el plano físico, ciertas transformaciones. No debemos pues preguntamos si podremos realizar sobre los metales las mismas operaciones que describen los alquimistas en sus tratados. La única cosa importante que debemos saber, es que éstas son realizables en nosotros, en el plano espiritual, y cómo vamos a realizarlas. Os daré un método, y admitiendo incluso que nunca os haya dado ningún otro más que ése - ¡lo que, evidentemente, no es así! - tendréis todas las posibilidades de transformación. Así que, aquí tenéis este método. Descubrís una verdad, una idea divina. Considerad que es una semilla que podéis plantar. Una vez que la hayáis sembrado en vuestra tierra, es decir en vuestro corazón, en vuestra alma, observad su crecimiento: sentiréis cómo la vida nace y se desarrolla en vosotros mismos y en todo el universo. ¿Por qué, para muchos creyentes, la religión se ha convertido en una práctica vacía sin sentido? (¡sin hablar de los incrédulos, lo que es otra cuestión!) Porque no saben trabajar con las verdades que ésta contiene. Y para trabajar con estas verdades, sólo hay un método, hay que sembrar, como se siembran las semillas; sí, sembrarlas en nuestra tierra interior, y cada día cuidar de ellas, regarlas, calentarlas, quitando a su alrededor todas las malas hierbas que pueden ahogarlas, y desembarazarlas también de los bichos que se aprestan a comisquearlas. ¿Qué significa eso? Que si queremos que crezcan en nosotros las verdades que hemos sembrado en nuestro suelo espiritual, debemos alimentarlas, pero

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también evitar que pensamientos y sentimientos inferiores vengan a atacarlas, como hacen los parásitos. Yo he sembrado muchas semillas que Jesús nos dejó en los Evangelios, y las riego, las vigilo, por eso crecen... Las verdades de la religión no pueden ser comprendidas realmente sólo con el intelecto. Hay que sembrarlas, plantarlas en uno mismo hasta que se conviertan en carne y hueso. Y eso es lo que hacemos aquí cuando vamos por la mañana a contemplar la salida del sol, dejándonos penetrar por su luz, su calor y su vida. Ayudamos a las simientes a germinar, a crecer, a florecer y a fructificar. La semilla puesta en tierra contiene al árbol en potencia. Nadie podría adivinar dónde están las raíces, el tallo, las hojas, las flores, los frutos, y sin embargo pronto aparecerán a plena luz. Para que de esta semilla salga un árbol, son necesarias cuatro condiciones: ponerla en tierra, regarla, dejarle aire, y asegurarle el calor y la luz del sol. Los cuatro elementos están, pues, ahí presentes: la tierra, el agua, el aire y el fuego. A medida que las raíces se hunden en el suelo, sale un pequeño tallo que se convierte en un tronco, y este tronco se ramifica en ramas en las que crecen brotes. Cuando los brotes estallan, las hojas y las flores aparecen, y estas flores darán frutos. Finalmente, los frutos producen de nuevo simientes, y el ciclo comienza de nuevo. Podemos considerar también el árbol como un símbolo del trabajo alquímico. A las raíces corresponde el mercurio, el principio femenino, la madre, el agua de los orígenes; a las ramas que se cubren de hojas, en las cuales se realiza la fotosíntesis, gracias a la luz solar, corresponde al azufre, principio masculino, el padre, el fuego creador; finalmente, al tronco y a todo lo que en el árbol va a crecer y convertirse en una materia dura, compacta, corresponde la sal, el hijo. Estudiado desde el punto de vista de la

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ciencia alquímica, el árbol se nos aparece en toda su dimensión cósmica. Todo lo que existe en el universo pasa por las mismas fases, y es a esta sucesión de fases a lo que llamamos vida. En función de las criaturas y de los diferentes reinos o planos en donde se producen, ciertos procesos son más largos, y otros más cortos. Lo que destaca en los árboles, y particularmente en los árboles frutales, es que estos procesos se repiten invariablemente todos los años: las cuatro estaciones son las cuatro etapas y, para subrayar su importancia, la tradición iniciática ha puesto cada una de estas etapas bajo la influencia de un arcángel. La semilla está bajo la influencia del arcángel Gabriel, que condensa y solidifica los elementos. Es puesta en tierra en el momento más sombrío, en el más frío del año, y Gabrielle transmite la memoria, los genes de la herencia que mantienen las características de una generación a otra. Todas las particularidades y las virtudes de la planta, las introduce en la semilla, las condensa en este volumen minúsculo que contiene su devenir en potencia. Y actúa de la misma manera con las semillas de los animales y de los humanos. Cada generación conserva en sus cromosomas todos sus caracteres propios, la memoria no se pierde. A la inversa del arcángel Gabriel que condensa las energías, el arcángel Rafael las libera. Y, para liberadas, hace morir primero a la semilla para que todo lo que ella contiene pueda salir y convertirse en raíces, tallo, ramas, hojas, flores y frutos…, frutos que darán nuevas semillas. Hasta ahí, la semilla era una criatura petrificada, paralizada, estancada, quizá incluso desde hacía miles de años, en espera de buenas condiciones. Un poco como un cadáver abandonado en un féretro, la semilla parece

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muerta. Pero en primavera, con la vuelta del calor, por todas partes en donde hay semillas, es la resurrección: cada una es como una pequeña tumba que se entreabre; el arcángel Rafael se pone a trabajar, la piedra es quitada por los ángeles de la jerarquía de los Bnei-Elohim a los que gobierna, y el germen aparece. El calor es la causa de esta resurrección, y todavía debe aumentar para que venga la madurez. Es el arcángel Uriel el encargado de eso. Uriel, es el fuego, la llama, todo el calor del verano. Desde hace ya mucho tiempo el árbol ha florecido. Pero ¿qué es una flor? Es el órgano de la planta que más se acerca al reino animal. Esta parte animal de la planta posee la sensibilidad, con algo que se parece al sistema nervioso: se abre a la luz y se cierra a la oscuridad. Podemos ir más lejos aún y decir que es en la flor donde se forma el cuerpo astral de la planta. La flor es, de hecho, el sexo de la planta, y es ahí donde tiene lugar la fertilización. Y Uriel trabaja pues con el calor para que las flores produzcan frutos. En otoño, el arcángel Mikhaël viene a separar el fruto del árbol, como separa también la cizaña del buen trigo. Durante el verano, lo bueno y lo malo, lo útil y lo perjudicial crecieron juntos y hay que separados, hacer una selección. Ésta es la función de Mikhaël: con su espada, corta las ataduras. Pero esta separación debe tener lugar en el buen momento, exactamente como para el nacimiento de un niño. El niño es como un fruto que se desprende de su madre, el árbol, pero esta separación debe hacerse en un momento preciso, no hay que cortar el cordón umbilical antes de hora. El arcángel Mikhaël viene en el momento propicio a separar la madre del hijo. Así pues, cuando viene el otoño, el arcángel Mikhaël, a la cabeza de la jerarquía de los Malahim (las Virtudes), separa el

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fruto del árbol, y la envoltura y la semilla del fruto. A menudo son los animales y los hombres los que hacen el gesto de quitar las cortezas a los frutos, las pepitas, o el hueso, antes de comer la pulpa. De esta manera ayudan a la naturaleza a realizar todas sus posibilidades de renovación para que las especies sigan subsistiendo. Si no hubiese esta separación, no habría vida nueva. También es en otoño cuando la paja es separada del buen grano que será puesto en el granero. De la misma manera, el arcángel Mikhaël arranca el alma humana del cuerpo, su corteza; y el alma también, en cierta forma, es puesta en el granero, es decir, en un lugar apacible del mundo invisible en el que no hay ni ratas, ni enfermedades, y en donde el dueño del lugar vela por ella. Más tarde, será sembrada de nuevo, es decir, enviada a la tierra para reencarnarse. Una vez más, será el invierno para ella: sufrirá al acordarse con nostalgia del lugar que ha dejado, de ese lugar en el que reinaban la paz y la luz, y se quejará: «Allí, me cuidaban, me protegían; ahora he sido precipitada a este lugar oscuro en donde a veces uno se olvida. A menudo, ni siquiera sabe uno que existe.» ¿Dónde? En el seno de una madre, porque una nueva vida ha comenzado; y es verdad que, a veces, pasa un cierto tiempo antes de que la mujer sepa que lleva esta vida en ella. ¿Veis, ahora, cómo en la vida del árbol, podemos leer los ciclos de nuestra propia vida? Pensando en la imagen del árbol, descubriremos aún muchas otras cosas. El árbol está presente en la Biblia, desde el comienzo del libro del Génesis hasta el final del Apocalipsis. Así que, aprended a mirar a los árboles tratando de entrar profundamente en ellos: sentiréis, hasta veréis quizá, un día, a las entidades que los habitan y que se ocupan de ellos. Aunque no las veáis, año

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tras año, ellas os enseñarán cómo desarrollar la semilla de oro, esta quintaesencia de Sí mismo que el Creador os ha

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EL ORO DEL SABER VERDADERO: EL ALQUIMISTA Y EL BUSCADOR DE ORO
Incluso aquellos que no conocen nada de alquimia y no sienten ningún interés por esta práctica, saben que tiene algo que ver con la fabricación de oro. Eso es, evidentemente, muy insuficiente, pero es así: el oro siempre ha exaltado la imaginación de los humanos. ¿Por qué? Porque les pone en relación con el sol, fuente de la vida. Si el oro posee un valor muy real, es porque viene del sol, porque es una condensación de la luz solar. El sol produce el oro etérico y la tierra lo fija: desde hace miles de millones de años, sus rayos atraviesan el espacio y penetran hasta las profundidades de la tierra en donde hay entidades que trabajan en su materialización. Y ahí es, ahora, donde podemos recoger el oro, igual que recogemos, en verano, los frutos de un árbol cuando están maduros. Los humanos se pelean por el oro, se matan por el oro, pero esto no es lo que quiere el sol. El sol quiere realizar algo bueno, algo glorioso en ellos por medio del oro. Hace tanto tiempo que lo ven brillar encima de su cabeza que los humanos hubieran debido comprender ya los proyectos del sol; y estas fuerzas benéficas de las que el oro está lleno, tendrían que haber aprendido a utilizadas no sólo para su salud física, sino también para el desarrollo de sus cuerpos espirituales. Porque es posible remontar el curso del proceso de condensación del oro para encontrar de nuevo en él la luz, el calor y el poder del sol.

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El oro no perderá nunca su valor mientras exista el sol, puesto que es en el sol donde se encuentra «el banco» que lo emite. Un embajador es poderoso por el poder de la nación que le envía: es recibido con respeto y consideración porque detrás de él se encuentra todo el país que él representa. Detrás del oro se encuentra el sol, y por eso lo admiramos, lo buscamos. Y si la vista del oro produce un bienestar, un gozo, una dilatación del plexo solar, es porque posee la vida, la radiación del sol. Nos servimos del plomo para protegemos de ciertas vibraciones nocivas, pero el oro tiene un poder de protección muy superior al del plomo, y se podrían también hacer pantallas de oro para recibir solamente influencias favorables, e incluso amplificar estas influencias. Sí, imaginaos una pequeña celda tapizada de hojas de oro en la que cada uno podría ir a recogerse para hacer un trabajo benéfico para sí mismo y para el mundo entero... Valdría la pena intentar un experimento así, pero como esta instalación tendría un precio desorbitado, ¡es impensable, evidentemente!, al menos de momento. Así que, mientras tanto, debemos tomar conciencia al menos del oro que ya poseemos, para trabajar con él. Porque nosotros también poseemos oro en nuestro cuerpo físico. Sí, nuestra sangre contiene oro, y este oro que tenemos en la sangre nos da la energía para trabajar y, por tanto, para adquirir riquezas. Y nos mantiene también protegidos de la enfermedad, porque emite una especie de vibración que se opone a la intrusión de los microbios y de los virus. Finalmente, bajo otra forma, el oro ilumina nuestra conciencia; aquél que lo posee adquiere la sabiduría y penetra los secretos de la naturaleza. Sin duda es útil atesorar oro en nuestras cajas fuertes, ¡pero es mucho más útil, indispensable, aumentar el oro en nosotros mismos!

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Los alquimistas buscaron pues la piedra filosofal porque ésta posee la propiedad de transformar los metales en oro, de curar las enfermedades y de prolongar la vida, y finalmente, de desvelar los secretos de la naturaleza. Éstas son las tres clases de oro: la riqueza material, la salud y la sabiduría. Sí, la sabiduría, que no hay que confundir con los conocimientos teóricos que se adquieren en los libros, porque no son estos conocimientos los que nos enseñan a dirigimos por los caminos de la vida. Los conocimientos librescos sólo son buenos durante un tiempo, y su ámbito, así como su eficacia, son limitados. Cuando llegan las pruebas, vengan éstas del mundo exterior o de vosotros mismos, este saber os deja sin ayudas, os sentís débiles, desorientados, impotentes. Hurgáis en vuestros cofres interiores, pero ¿qué encontráis en ellos? Billetes sin valor a cambio de los cuales los bancos del sol no os darán nada. Los espíritus solares os dirán: « ¡Aquí no conocemos estos billetes!» Y aunque les demostréis que se trata de moneda de curso legal en la tierra, os responderán: «Es posible, pero aquí no tienen valor. Aquí, sólo tiene valor el oro verdadero.» El oro representa el verdadero saber, este saber que es primero luz, el saber iniciático, gracias al cual aprendemos a leer el libro de la naturaleza y a desarrollamos para entrar al servicio del Señor. ¿Y por qué entrar al servicio del Señor? Porque es en él dónde encontraremos la libertad. Sí, así es cómo nos instruye el oro verdadero, y no sólo nos instruye, sino que también nos propone las mejores actividades. Así que, ¡cuántos descubrimientos, cuántos viajes en perspectiva para aquél que posee este oro! Ahora comprendéis de qué oro se trata y cómo obtenerlo para vuestro trabajo espiritual. Todos los conocimientos humanos no tienen ningún valor en comparación a unos gramos

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de oro verdadero, porque, con este oro, obtenemos seguridad, apoyo y protección. El discípulo de una escuela iniciática es como el alquimista que busca la piedra filosofal para transformar de un solo golpe todos los metales en oro. Y es, al mismo tiempo, como el buscador de oro que se ocupa en pasar por el tamiz la arena de un río. Trabajar sobre la piedra filosofal es una empresa tan larga y difícil que, aunque consagre su vida a ello, el alquimista no está seguro de que llegará a la meta. Pero, para el discípulo, esto no es razón suficiente para desanimarle: aunque no encuentre el secreto para transformar instantáneamente toda su materia en oro, en luz, ninguno de sus esfuerzos se pierde jamás. En efecto, como el buscador de oro que cada día encuentra al menos una pepita, el discípulo gana él también cada día una pepita, una gota de luz, y así, pepita tras pepita, gota tras gota, se acerca a la perfección. Así que, la conclusión a sacar es simple: nunca hay que dejar de trabajar y de hacer esfuerzos, sino ejercitar sin cesar la voluntad. Sí, la voluntad, ¡eso que falta tan a menudo!... Los humanos desean el bien, aspiran al bien... Pero esto se queda ahí, no van más lejos, no ponen su voluntad en marcha para realizar este bien que desean, y siguen viviendo como lo han hecho siempre, instintivamente, mecánicamente, descuidadamente. La existencia cotidiana exige, claro, un mínimo de voluntad: levantarse de la cama por la mañana, ir a trabajar, cuidar de la familia, etc., pero, eso, todo el mundo lo hace, no tiene mucho mérito. La voluntad de la que os hablo es una decisión del corazón y del intelecto, inspirados, a su vez, por el alma y el espíritu. ¿Queréis desarrollar vuestra voluntad? Empezad por estudiaros con el fin de conoceros, y después decidíos a tomar una cierta

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orientación interior que os obligue a desarrollar vuestras cualidades y a corregir vuestros defectos. Es cierto que vemos a algunos manifestar una voluntad extraordinaria para triunfar socialmente, ganar competiciones, eliminar a contrincantes o adversarios. Y ahí, claro, sería mejor que fuesen menos resueltos porque lo que hacen es poner su voluntad al servicio de su naturaleza inferior. Pero el Creador nos ha dado una voluntad para que, al contrario, hagamos de ella el instrumento de nuestra naturaleza superior, para que la pongamos al servicio de un alto ideal. ¿De qué manera? Todo empieza con la luz, con la comprensión de las verdades esenciales. En cuanto hemos comprendido una verdad esencial, debemos emplear la voluntad para poned a en práctica, sabiendo que éste es el único medio de comprenderla verdaderamente. Enunciar verdades es fácil, cualquiera puede ir a encontradas en las obras de algunos sabios para repetidas después como un loro. Puede ser que así se gane la estima de los ciegos, que no ven lo débil y miserable que es interiormente. ¡Pero engañar a los ciegos no es ninguna proeza! En todo caso, hay otros que no se dejan engañar: las entidades luminosas del mundo invisible. Así pues, la estima que debemos ganamos es la de estas entidades, y nos la ganaremos poniendo en aplicación las verdades que los Iniciados nos revelan. Estas verdades son armas, y nunca encontraremos otras mejores para obtener victorias en la vida; pero si no tenemos brazos para servimos de ellas, es decir, una voluntad para aplicadas, son ineficaces. Cuentan que bajo el reino del sultán otomano Mehmet II, llamado el Conquistador, un guerrero se había hecho célebre por las veintidós victorias que había obtenido sobre los ejércitos enemigos. ¡Era aún la época en la que luchaban con sables!... Así

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que, un día, el sultán pidió que le trajesen este sable siempre victorioso que, en su opinión, debía poseer algunas particularidades excepcionales. Así que, se lo trajeron. Lo cogió, le dio la vuelta, le dio la vuelta otra vez... Era un sable completamente ordinario y el sultán, decepcionado, lo devolvió diciendo que no quería para nada un arma tan mediocre. Cuando el héroe, que había vencido en tantos combates se enteró de la reacción del sultán, dijo: «Pero sólo ha visto el sable, no ha visto mi brazo. Fue mi brazo el que obtuvo las victorias.» Yo os doy también un sable, es decir, unos métodos que son eficaces, siempre que los apliquéis. Hasta un pequeño cuchillo puede hacer maravillas si nos ejercitamos todos los días para manejado, y una sola cerilla puede hacer arder una ciudad entera. Con un método en apariencia insignificante podemos hacer también un inmenso trabajo; todo depende del brazo, es decir, de la voluntad. Así pues, decidíos a utilizar el saber y los métodos que habéis recibido y ganaréis, un día, las veintidós batallas, las veintidós batallas de la Iniciación: tres para los mundos físico, espiritual y divino; siete para los planetas; doce para las constelaciones zodiacales. Interpretad eso como podáis... En el lenguaje de los símbolos, la voluntad, la fuerza combativa que triunfa de los enemigos, que dispersa las tinieblas interiores y exteriores, es representada por el sable, la espada. Pero estas armas no tienen únicamente una función simbólica, podemos servimos de ellas: la Ciencia iniciática explica que los espíritus del mal acosan a los humanos envolviéndolos en fluidos espesos, como nubes negras; pero, si dirigimos hacia ellos la punta de un filo, estos fluidos se disgregan, y las entidades tenebrosas huyen.

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Parace1so, dicen, poseía una espada de la que se servía para rechazar las corrientes de odio que le perseguían. Su ciencia, sus conocimientos, su carácter también, le habían atraído muchos enemigos que fomentaban su perdición. Así que, cuando se sentía atacado en el invisible por las fuerzas oscuras que proyectaban sobre él, blandía su espada y la agitaba en todos los sentidos. Pero, evidentemente, no basta con agitar un arma para desembarazarse de las entidades tenebrosas, sino que uno ya tiene que poseer esta arma en sí mismo: una voluntad entrenada, orientada por un pensamiento lúcido, poderoso, y sostenida por un sentimiento de amor desinteresado. Sí, las armas materiales no son de gran ayuda en la vida espiritual, y no os aconsejo utilizadas. Para obtener las verdaderas victorias, contentaos con trabajar con vuestro intelecto, vuestro corazón y vuestra voluntad. Cada día os son descubiertos algunos nuevos aspectos de la verdad, cada día recibís algunas partículas de luz, algunos rayos del sol divino. ¿Los sentís? ¿A qué esperáis aún? La única cosa que os falta es el gusto por el esfuerzo, la paciencia, la tenacidad. Diréis: «Pero eso es largo, largo, los años pasan... » Sí, para nosotros es largo, pero para el Espíritu universal que vive en la eternidad, no es largo. Aprended también vosotros a vivir en la eternidad y tendréis otra percepción del tiempo. La paciencia y la tenacidad de los alquimistas, ¡éstas son las cualidades que debéis esforzaras en adquirir! La historia de algunos es bien conocida. Durante años y años, trabajaban, y a veces no encontraban nada, ¡O tan poco! Pero nunca se desanimaban, porque estaban convencidos de que había algo que encontrar y de que, este algo, más valioso que los tesoros de cualquier palacio, valía todos los sacrificios.

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El alquimista (como por otra parte también el químico), que no trabaja correctamente fracasa en el experimento: o bien no ha sabido dosificar los elementos, o bien ha mezclado lo que no debía mezclarse, y el resultado puede ser una explosión. Lo mismo sucede para el espiritualista: si no obtiene ningún resultado, no es porque la enseñanza que ha recibido sea errónea, o porque los métodos que le han sido indicados sean ineficaces; es porque él no ha sabido proceder correctamente. Y, sobre todo, si tiene prisa, porque es perezoso, pronto se cansa de hacer esfuerzos y cree que existen otros medios para superar rápidamente las dificultades. Claro que también sucede un poco algo así con la medicina: unas píldoras, unos pinchazos, y ya está, a veces estamos en pie de nuevo. Desgraciadamente, en el trabajo espiritual nunca sucede así; ahí, no hay píldoras, ni pinchazos, ahí, hay que emprender un largo trabajo sobre nuestra propia materia, cocerla, amasarla, modelarla. Y aquél que pretenda revelaros unos secretos que de la noche a la mañana, van a transformaros, a vosotros y a vuestra vida, es un charlatán. Lo que puede suceder de golpe, es la revelación de una verdad, o de una nueva orientación a tomar, pero después hay que trabajar, trabajar... Aunque os traigan todos los tesoros del mundo, para saborearlos verdaderamente tenéis que aprender a hacer algo con ellos, porque, si no, seguiréis siendo interiormente tan pobres como si no tuvieseis nada. Imaginaos que os ponga ante una mesa llena de los manjares más deliciosos: incluso ahí, tenéis que hacer, al menos, el esfuerzo de tender la mano para llevaros a la boca este alimento y masticarlo después. Una vez más, ¡es tan instructivo el ejemplo de la nutrición! Os den lo que os den, vosotros siempre tenéis que hacer esfuerzos, físicos, afectivos o

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intelectuales, para apropiaros verdaderamente de ello. Mientras que no lo hayáis comprendido, es inútil hablar de espiritualidad. ¡Cuántos de vosotros se imaginan que bastaría con encontrar un método extraordinario que diese resultados en poco tiempo! En realidad, sucede exactamente lo contrario: sólo necesitáis métodos sencillos y mucho tiempo. Debéis comportaros, a la vez, como el alquimista y como el buscador de oro. Para volver a encontrar la luz, la paz, el amor, la fuerza, haced un gesto o unas respiraciones profundas, pronunciad una fórmula o una oración, concentrándoos en ella, y, poco a poco, sentiréis que, de nuevo, encontráis los ritmos de la armonía cósmica. Entonces, la Naturaleza os dirá: «Reconozco estas palabras, estos gestos, vibran en armonía con lo más bello y luminoso que existe en mí. Toma, te doy mis bendiciones.» Sí, es muy sencillo, pero debéis volver a hacerlo de nuevo cada día, y varias veces por día, a lo largo de toda vuestra vida. Contrariamente a lo que algunos creen, la alquimia no es una rama de la química. Un químico que ha hecho unos buenos estudios y que dispone de un laboratorio bien equipado, puede llevar a cabo con éxito cualquier experimento. Pero no le sucede lo mismo al alquimista. El alquimista no puede contentarse con reunir las condiciones materiales para su trabajo; debe preparar también su alma, su intelecto, su corazón, y hasta su cuerpo físico, esforzándose por mantenerlo en un estado de verdadera pureza. Incluso si aún no ha llegado a vencer todas sus debilidades, la naturaleza puede concederle el éxito. Pero, para que estos éxitos no se transformen en trampas, debe velar para hacer buen uso de ellos. Podemos adquirir poderes sobre la materia, pero, para aquél que no pone en primer lugar el trabajo

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sobre sí mismo, el único que es capaz de mantenerle al abrigo de las tentaciones, estos poderes son peligrosos. Los alquimistas tienen como divisa: «Ora et labora», es decir: ora y trabaja. Sí, primero orar, y después, trabajar, ¿Por qué? Para dar la mejor orientación a su trabajo, porque si bien el trabajo engrandece y ennoblece al ser humano, no todos los trabajos y las metas que se fijan al trabajar son de igual valor. Debemos saber para quién y para qué trabajamos. Y únicamente la oración, al ponemos en relación con el mundo divino, nos aporta la luz, nos orienta en nuestras actividades. Gracias a la oración recibimos la luz sobre lo que debemos hacer para emplear nuestras energías para el bien de todos. Algunos dicen que trabajar es orar. Sí, en cierta manera, es verdad; pero, de todos modos, es mejor orar antes de trabajar. Un día, comprenderéis que recibís aquí el oro verdadero, un oro que os servirá incluso más allá de esta vida terrestre. Así que, no pidáis otra cosa. ¡Orad y trabajad!

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