Víctor Guerrero Hernández

Sacramento
Es increíble la forma en que los elementos materiales u objetos, van volviéndose trascendentes a lo largo de nuestra vida, hasta el grado de convertirse en sacramentos que transforman nuestra cotidianidad, y por ende existe una metamorfosis interna maravillosa que se proyecta hacia el exterior con los que nos rodean, donde Dios, en esa manifestación pura, nos toca con su inmenso Amor. Si los objetos provocan transformaciones de vida al evocar momentos, sensaciones y personas, que sucederá al convertirnos los seres humanos en sacramento para los demás. Considero que, antes de llegar a tan significativa trascendencia, ese ser humano tendría que dar testimonio de vida, no exigiendo ser para ello un dechado de valores y virtudes, porque sería difícil encontrar alguien con tan significativa presencia, aunque no imposible, sino donde quedarían seres tan importantes para el mundo por su testimonio, como: Morelos, Martin Luther King, Mahatma Gandhi, el Dalai Lama, Buda, Madre Teresa de Calcuta y muchos más que se comprometieron consigo mismos y decidieron ser y estar, y por añadidura trascender para otros. No podemos olvidar que a nuestro rededor, existen cotidianamente, seres maravillosos, inmortales, con grandes superpoderes, que transforman nuestras vidas, con acciones tan inverosímiles, que van desde el llevarte dentro de su vientre por nueve meses, transmitirte su calor sin tocarte, protegerte de cualquier virus enemigo mortal que pudiera acercarse, vencer las leyes de la gravedad para hacerte volar con sólo llevarte hacia sus brazos, utilizar su mirada de rayos X al penetrar en tus pensamientos, o el sujetarte la mano para que con un lápiz realices la mejor obra de arte del mundo, y que decir de aquel hombre tan alto que tiene toda la fuerza del mundo y que posee el poder de transformarse en un “caballito”, en un “chango”, o que su rostro puede realizar miles de caras distintas, y al hablar de su fuerza; te puede sostener con una sola mano y levantarte como pluma, o que puede realizar una de las más grandes proezas: el sentarse junto a ti tranquilamente, y sólo sonreír apaciblemente. Pero existen tantas personas más de trascendencia en nuestras vidas, que van desde el buen vecino que cuida con gran cariño a cada una de las flores de su jardín, la señora del mercado que siempre muestra una sonrisa a cualquier cliente que se acerca, el que bolea los zapatos con tanta energía que cual espejos deja aquellos vejestorios, como nuevos, o el policía de la esquina que ayuda a las viejitas a cruzar la calle, o don “x” que todas las mañas llega temprano a barrer la calle con una actitud de responsabilidad como si lo hiciera en su propio hogar, o el compañero de escuela que día con día comparte su almuerzo con el primero que muestre una cara de hambre, o aquel maestro que siempre encuentra el tiempo para escucharte sin importar lo ocupado que se muestre. Son tantos seres humanos, que están tan cerca o alrededor de cada uno de nosotros que con su testimonio, contribuyen conciente e inconcientemente a transformar nuestra

Víctor Guerrero Hernández vida presente con cada momento vivido, con la esperanza de un mejor futuro en la medida de poder ver a través de cada uno de ellos.

Acaso concientemente podría dejar a un lado el hablar de un hombre que, a través de más de dos mil años ha trascendido de tal forma que, hoy en el 2010 sigue siendo un tema actual, innovador, excitante, luminoso, sutil, transformador, de fuerza, sublime, de división, ¡vaya!, para qué tantos adjetivos, Él es el Tema, y es que, hablar de Él, indudablemente, no sería solo escuchar bonitas historias, no, sería como “volver a percibir el olor de aquella vieja y lejana carpintería de la que habla el libro sagrado, sería el verlo llegar del desierto y mirar las flores que se abrían a su paso, también el como se embellecían las casas con los colores más amorosos en su caminar, y percibir el humo de las chimeneas al tornarse perfumado, o mirar a la gente de su rededor preguntándose si sería un Ángel, y es posible, porque solo un Ángel podría sacar peces de un rió seco y multiplicar los panes con una mirada, o verlo alejarse caminando sobre las aguas, para después escuchar a los marineros dolorosamente comentar que, del otro lado del mar, no lo entendieron…” Es Jesús de Nazaret, sin lugar a duda, el Sacramento. Todo su actuar, su entrega, su vida, van más allá de la transparencia, ese más allá es ver, es escuchar, es hablar, es saborear, y sentir la presencia de Dios en nuestra vida, por lo tanto Jesucristo se convierte en el Sacramento que nos hace encontrarnos con Dios, pero indudablemente dependerá sólo y únicamente de cada uno de nosotros, de nuestra libertad y voluntad de querer hacer como él, de pasar por la vida haciendo el bien, tarea nada fácil si no logramos fundamentar nuestra vida en el amar y perdonar, él ya hizo lo que le correspondía, no le fue fácil; Jesús no tiene otro Plan, más vale que este funcione, porque ahora solamente depende de ti y depende de mi el que nos convirtamos en un sacramento de amor para cada una de las personas que nos rodean.

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