El encuentro de Jesús con la mujer samaritana

Oración inicial pronunciada por Mons. Oscar Ojea, obispo coadjutor de San Isidro, en el Encuentro de Agentes de Pastoral del 19 de abril de 2010 en el Colegio Marín.

En primer lugar vamos a reflexionar sobre el encuentro de Jesús con la samaritana, para ver el encuentro con el otro; cómo Jesús se encuentra con su prójimo, con su hermano, como hombre, como misionero. Luego nos detendremos en el encuentro de la mujer samaritana con el Mesías, con el Señor; esto ilumina nuestro encuentro con el Señor. Finalmente reflexionamos sobre la misión: la mujer samaritana sale a misionar. Este texto pasa como un telón de fondo de nuestra tarea pastoral de este tiempo, inspirada en Aparecida y en las líneas que los Obispos argentinos nos van marcando en sus documentos. Jesús se encuentra solo, los apóstoles lo han dejado. Esta cansado. Podemos comparar este cansancio de Jesús con el cansancio de la mujer. Jesús esta cansado por nosotros, nunca se cansa de nosotros. El Señor camina, podemos decir que en este caminar de Jesús hay una búsqueda incesante del corazón del hombre, el Señor busca nuestro corazón, y se cansa de buscarnos, se cansa de golpear puertas. El Señor nunca se cansa de nosotros, se cansa por nosotros. Nosotros en cambio, nos hartamos del otro, decimos: “estoy harto… de fulano de fulana”. Y la samaritana era una pobre mujer, que iba al mediodía, a la hora de más sol a sacar agua, para que nadie la viera. Normalmente en un pueblo se va a sacar el agua - generalmente lo hace la mujer - a la mañanita, cuando hay más fresco o a la tarde, al atardecer, pero nunca al mediodía. Ella iba al mediodía porque todo el pueblo hablaba de ella. Y uno se siente tan mal cuando es señalado, cuando es marginado, cuando es dejado de lado. Era una mujer pecadora. Leyendo el texto nos damos cuenta que había tenido cinco maridos y ninguno de ellos era su marido. No es feliz. Está vacía, su cansancio tiene que ver con esto, con la amargura, con el no estar plena, con el sentirse quejosa de su suerte. Dos cansancios distintos. Y el Señor en el encuentro se va a sentar en el pozo, se va a poner en el mismo nivel que ella. Los obispos nos van a recordar en el último documento sobre la misión continental, que la misión tiene esencialmente un carácter vincular, relacional, es decir: la misión supone junto con el contenido y al mismo tiempo que el contenido, un vínculo, un vínculo humano, concreto, en el cual el otro no es solo el destinatario de la misión sino que el otro es un interlocutor en el terreno de la misión. Dicho con otras palabras, Jesús tiene una actitud de cercanía y de ponerse de igual a igual: “tengo sed”. Lo deja expresado en un pedido. Jesús con esta actitud, está viviendo en carne propia la enseñanza de la parábola del buen samaritano: el fariseo le pregunta “¿Quién es mi prójimo?” como si fuera una cosa, “¿A quien tengo que querer? ¿Dónde tiene que estar dirigida mi atención?”, Jesús le responde al final de la parábola, después de hablar al samaritano, que se detuvo en oposición al levita, al sacerdote… “¿Quién se hizo prójimo?” ¿Quién tuvo la actitud de proximidad?, le da vuelta la pregunta. Aquí Jesús al sentarse y ponerse al mismo nivel buscando hacerse amigo, buscando la amistad de la mujer, buscando entrar dentro del corazón de la mujer. El Señor está haciéndose prójimo.

Los obispos van a insistir en el estilo de Jesús, el estilo de la misión, el estilo que es inseparable del contenido de la misión, no se pueden separar. Jesús tiene un estilo cercano: Jesús se acerca. La mujer pecadora está sola, tiene su problema, está harta de muchas cosas, está insatisfecha con su vida ¡Pero esto para Jesús no importa! Es quien es. Y Él haciéndose prójimo, le pide de beber. Luego ira corriendo el diálogo hasta que el Señor pueda hablar del Agua Viva, del Agua del Bautismo, al cual todos estamos llamados, el Agua del Espíritu Santo que nos hace hijos. Pero bueno, tratemos nosotros en esta primera mirada, de examinar nuestra relación con los hermanos, nuestra actitud misionera, nuestro estilo misionero, nuestra proximidad, nuestra cercanía y la búsqueda de esta cercanía. El Señor la vive con total sencillez. Ella le va a poner un muro, enseguidita, “¿Cómo vos, que sos judío me vas a pedir de beber a mí, que soy samaritana?”. Enseguida levantamos murallas cuando nos queremos acercar, nos defendemos, tenemos miedos, queremos preservarnos, entonces ponemos delante los muros que impiden todo dialogo, toda comunicación. Fijémonos que aquí la mujer ni siquiera le dice “te voy a dar agua” o “no te voy a dar agua” sino que la mujer pone una pared: “¿Cómo vos me vas a hablar a mí?, si nosotros somos distintos”. Nosotros vivimos el mundo de la diversidad, de la pluralidad, de la diferencia. Por eso es clave en este evangelio el contacto con el diferente, con quien es diferente a mí, con quien no tiene afinidad conmigo, ni la misma educación, ni el mismo origen, ni la misma raza, este caso, ni la misma religión. El Señor trasciende todo eso, pasa todo eso, porque quiere llegar al corazón haciéndose prójimo de la mujer. Utiliza el agua que es el elemento más común, más universal, todos somos agua, estamos hechos de agua, necesitamos agua, por eso la mujer va a entrar por ese lado el dialogo, entusiasmada con el agua que promete va a decir: “Dame de esa agua, para que nunca más tenga sed”, porque a nosotros el agua nos es esencial, el Señor busca el elemento más universal. Es la materia de nuestro bautismo, por el que somos hijos de Dios y estamos llamados todos a ser hijos de Dios, a recibir el agua viva del Espíritu… esta cercanía de Jesús. El segundo punto es el fruto de este acercarse, misionero, de Jesús. Esto es el encuentro pleno con la mujer, la mujer se siente descubierta, se siente conocida, como el hermoso Salmo 138 “Señor tú me sondeas y me conoces, tú sabes cuando me siento, cuando me levanto, de lejos percibes lo que pienso, sabes si camino o si descanso, todas mis sendas te son familiares”. La mujer se siente descubierta, “Andá, llama a tu marido y vení” “No tengo marido” “Bueno es verdad no tenés marido porque tuviste cinco, y el que tenés ahora no es tu marido. Esta diciendo yo conozco tus lastimaduras, yo se porque venís solita a sacar el agua, yo entiendo lo que te pasa, yo estoy al lado de tu herida, de tu lastimadura, de tu falencia, de tu humillación, de tu pobreza, de tu nada. El Señor entra dentro de su corazón, el Señor se va revelando. El encuentro con el Señor siempre empieza por Él, Él nos descubre, Él nos llama, Él nos amó primero, Él tiene la iniciativa. Entonces la mujer comienza a preguntar: nosotros decimos una cosa; ustedes dicen otra; esperamos al Mesías… “Soy yo, el que habla contigo”, es la revelación, ese hombre que se había puesto a la par de ella, se había puesto al mismo nivel, haciéndose cercano, haciéndose prójimo, con ese lenguaje sencillo, pidiéndole agua. Ese hombre mantiene una conversación con quien las estructuras sociales no permitían. Ese hombre que trasciende todo, esta revelando que Él es el Mesías, que Él

es el esperado. Entonces la mujer se queda absorta del encuentro con el Señor, de ahí la importancia de nuestros encuentros con el Señor. Este evangelio es un modelo de vida contemplativa. La mujer representa la Iglesia, que viene del paganismo: es una samaritana, y llega a la fe. Pero representa la Iglesia contemplativa, la Iglesia que está contemplando al Señor desde el fondo de su corazón, ni en esta montaña, ni en Jerusalén, sino que los verdaderos adoradores adorarán al Señor en Espíritu y en verdad. Las cosas que el Señor le dice a esta mujer no se las había dicho a los apóstoles, se las confía a esta mujer. Nuestra oración, nuestro encuentro con el Señor, nuestro encuentro diario con el Señor… no hay cercanía posible, no hay misión posible, si no hay encuentro hondo, verdadero, autentico, con el Señor. Esta mujer absorta, ve venir a los apóstoles, pero prácticamente esta como ida. Los apóstoles llegan, se asombran y lo ven a Él hablando con una mujer, pero no le preguntan. Y de pronto la mujer que había venido a buscar agua ese día de calor, al mediodía, tira el cántaro, ya no le importa, no le importa aquello para lo que fue al pozo, tira el cántaro y se va a la ciudad a anunciarle justamente a aquellos que hablaban mal de ella, que no la podían ni ver, que además siempre que la veían se ve que cuchicheaban, la señalaban, la marginaban, la separaban… No le importa nada, ¡no le importa nada!, se ha encontrado con el Señor. Y como se ha encontrado con el Señor, necesita… necesita contarlo, necesita decirlo, necesita proclamarlo. Pero vamos a las palabras de Jesús sobre la alegría a la que estamos llamados por cosechar. El que siembra es Él, a nosotros nos llama para cosechar, pero compartimos la alegría del trabajo. Que hermoso que es trabajar con Él y para Él, en la Iglesia, no hay alegría mayor. Esto es lo que dicen los Obispos en Aparecida, cuando en la primera parte del documento dicen: “El mejor regalo para todo hombre es conocer a Jesucristo”. Para nosotros es lo mejor que nos paso en la vida, y darlo a conocer es nuestro mayor gozo y la mayor alegría que puede tener una persona. La samaritana tira el cántaro, se va a anunciar a los paisanos de su pueblo la novedad, vengo de ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice, que ha conocido mi corazón, ¿No será el Mesías? Entonces todos van a ver a Jesús. Ella es la misionera, ella que no era nada se convierte en misionera, por el encuentro con el Señor que se le hizo cercano. Y yo diría que la misión es tan perfecta que finalmente los que se encuentran con Jesús le dicen a la mujer: “Ahora ya no creemos por lo que vos nos decís, sino que creemos porque nosotros también nos hemos encontrado con Él”. ¡Que maravilla!, ni siquiera disfruta ese poder que da el haber hecho algo y sentirse dueño de una misión, ni siquiera tiene esta posibilidad de que ella es la jefa, de que ella es la que ha provocado todo, no… no, ella ha sido instrumento y medio, ella ha anunciado al pueblo, y el pueblo mismo le dice con sencillez: “Ahora creemos, pero no solo por lo que nos has dicho vos, sino porque nosotros también hemos tenido experiencia de Jesucristo”. Queridos hermanos que este camino, el camino del encuentro con el hermano, la cercanía, el modo, el estilo evangelizador, misionero, sea el estilo de Jesús. Que podamos encontrarnos de verdad en el fondo de nuestro corazón con Cristo. Porque esto

asegura que estamos en sus manos, y que estando con Él, y trabajando juntos en la Iglesia alcanzaremos verdadera fecundidad, trabajando en comunión. Finalmente el impulso misionero. Imitemos a esta mujer, que con su pobreza, con su miseria, con su nada, habiendo conocido al Señor se lanza con valentía, con coraje a hacerse ella cercana a sus hermanos, como Jesús se había hecho cercano a ella. Que el Señor así nos lo conceda.