El divan como caja de Skinner (extracto del libro "Las ilusiones del psicoanálisis", de Jacques Van Rillaer. Ed.

Ariel, 1985)

LA MAGIA DEL «MHM» Un buen número de psicoterapeutas creen que las palabras de los pacientes son reflejo de su vida interior. En particular los psicoanalistas y ciertos terapeutas «no directivos» se imaginan que ellos no son más que un «fermento catártico» (Ferenczi). Y en realidad, las entrevistas están muy lejos de ser situaciones objetivas. Ya a finales de los años 30 Skinner intentaba probar que la palabra (o «comportamiento verbal») es una conducta sometida a las leyes del aprendizaje. Adoptando el modelo del condicionamiento operante, Greenspoon (1951) establecía luego que si un oyente va murmurando débiles farfúlleos, ello actúa sobre la elección de palabras del hablante. El experimentador le pedía al sujeto que enunciase durante 50 minutos todas las palabras que le pasasen por la cabeza, evitando formar frases. Cada vez que el sujeto pronunciaba una palabra en plural, Greenspoon emitía un ligero «mm-hmm»; y cuando la palabra estaba en sin¬gular, «huh-uh». Con otro grupo de sujetos, Greenspoon hacía lo contrario, emitiendo el sonido «mm-hmm» después de los términos en singular, etc. Un recuento de términos demostraba que el «mmhmm» aumentaba la frecuencia de las palabras, mientras que el «huh-uh» la hacía bajar. Antes incluso de que fuesen publicadas, las experiencias de Greenspoon eran citadas por Dollard y Miller (1950) en apoyo de la tesis de que los refuerzos mal identificados se producen en toda psicoterapia, y en particular en la cura analítica. Estas primeras indicaciones dieron origen a un número impresionante de experiencias según el esquema siguiente: cada vez que el sujeto utiliza ciertos tipos de palabras o evoca unos términos determinados, el psicólogo, siguiendo un plan establecido previamente y sin que el sujeto lo pueda conocer, proporciona de manera discreta un «reforzamiento», como por ejemplo, una expresión facial o un ligero cabeceo de aprobación, un «sí» pronunciado en tono neutro, o bien demanda un detalle, una repetición o una explicación, a veces sonríe ligeramente, o dice «mhm», «¿ah?», etc. El análisis del contenido de las grabaciones demuestra que los reforzamientos en cuestión hacen aumentar sensiblemente las expresiones correspondientes, incluso si nos limitamos a los sujetos que no se han dado cuenta de la estratagema. En 1958, L. Krasner enumeraba 46 estudios, entre los cuales 34 daban resultados fuera de toda discusión. En otro artículo de síntesis publicado por el mismo autor unos años más tarde (1965), hablaba de «varios centenares de estudios, cada vez más complejos». Veamos aquí tres ejemplos a título de ilustración, elegidos entre los más sencillos.

Quay (1959) les pidió a unos estudiantes, que eran entrevistados uno por uno,

que evocasen libremente recuerdos de su primera infancia. En algunos sujetos reforzaba con un ligero murmullo los recuerdos relativos a la familia; en los demás, los recuerdos que se referían a personas extrañas a la familia. Los resultados confirmaron plenamente la hipótesis. J. M. Rogers (1960) demostró que juicios negativos referidos a uno mismo pueden ser condicionados en un paciente, sin que se dé cuenta, por medio de simples «mm-hm» y por movimientos con la cabeza. Rickard y otros (1960) observaron que los delirios se exacerban o se atenúan según la atención que el entorno pone de manifiesto. A partir de esta investigación, así como de otras del mismo género, podemos deducir que el personal psiquiátrico obstaculiza muchas veces los progresos del paciente, y ello tanto por su interés particular hacia las expresiones mórbidas como por una faita de atención para con los comportamientos normales de los pacientes. Paralelamente a estos experimentos, algunos psicólogos analizaron grabaciones de sesiones de psicoterapia y probaron que los terapeutas orientan sutilmente la evolución de lo que dicen los pacientes, incluso cuando aquéllos declaran ser no directivos, cuando hablan extremadamente poco y no son conscientes del impacto que ellos mismos producen. Uno de los estudios que siguen siendo ejemplares en esta cuestión es el de Charles Truax (1966) sobre las entrevistas realizadas por Karl Rogers. Al hilo de las sesiones van apareciendo cada vez más a menudo los temas que el promotor de la terapia «centrada sobre el cliente» escucha manifestando de manera discreta su aprobación, su empatia o su «calor humano». Los pacientes de Rogers aprenden así a hablar de sí mismos, a distinguirse como personas de sus propios sentimientos, etc. Los terapeutas comportamentalistas hacen hoy un uso metódico de refuerzos de este tipo. Se distinguen de los psicoterapeutas precientíficos por el uso meditado de un proceso que estos últimos dejan actuar inconscientemente.

EL PSICOANALISTA COMO REFORZADOR

a) La experiencia princeps de Skinner Una rata se encuentra en una caja en la que una palanca le permite obtener alimentos. Al comienzo el animal toca por azar las paredes y por fin la palanca. Luego de esto acciona el distribuidor cada vez más a menudo. Esta situación es el ejemplo más simple de un comportamiento orientado hacia un fin. Ahí encontramos además los elementos escenciales de un esquema explicativo de una fecundidad sorprendente. Esa palanca es un estímulo discriminativo, esto es, un elemento en presencia del cual el sujeto reacciona; la presión sobre la palanca es un comportamiento operante, una acción del sujeto sobre su entorno con vistas a la obtención de ciertas consecuencias; el

alimento es aquí un reforzamiento. El conjunto de las interacciones que se establecen entre las circunstancias, la acción y sus consecuencias reforzantes se llama las contingencias de reforzamiento. Skinner demostró que la conducta depende de las incitaciones producidas por el medio y del efecto que la conducta es susceptible de producir. De este modo Kluge Hans golpeaba el suelo porque percibía ciertas señales y porque era recompensado cuando actuaba de esta manera. El individuo que participa sin saberlo en una experiencia de condicionamiento verbal habla de los temas determinados por el psicólogo porque es aprobado sutilmente cada vez que actúa en el mentido deseado. Se podrían multiplicar intermináblemente los ejemplos que demuestran que el comportamiento es modelado por las consecuencias que tiene.

b)

Los postes indicadores

La conducta de un analizado, al igual que cualquier otro comportamiento, puede ser objeto de un análisis funcional en términos skinnerianos. Resulta entonces de lo más comprensible que J. Wortis escribiese, refiriéndose no más lejos que a su segunda sesión de análisis: «Le dije a Freud que experimentaba una imposibilidad para dejar flotar libremente mi pensamiento pues me sentía seguramente influido por su presencia y por lo que ella me hacía pasar por la cabeza: el sexo y la neurosis. Él no hizo ningún comentario, y me dijo tan sólo que continuase. Me parecía algo evidente que nuestros pensamientos no pueden ser sino diferentes cuando de situaciones distintas se trata, y que ya la simple presencia de un psicoanalista tiende a hacer surgir electivamente ciertas ideas, ciertos recuerdos» (p. 34). S. Blanton comienza su análisis de la manera siguiente: «Para empezar me detuve en el sentimiento de contrariedad que había experimentado por haberme presentado con retraso a mi sesión. Luego le dije lo contento que estaba de emprender mi análisis con él, pues siempre le había apreciado extremadamente, mientras que ni Jung ni Adler me gustaban. Cuando Freud me preguntó por qué, le respondí que no hubiera sabido expresarlo con exactitud, pero que simplemente sentía asi las cosas» (p. 15). Estas líneas ilustran a pedir de boca el hecho de que a menudo ya desde sus primeras palabras el analizado busca llamar la atención del analista para gozar así de sus favores. Freud observó, aunque de manera incidental, que las asociaciones «libres» del paciente se van moldeando según la teoría psicoanalítica. En el relato de la primera sesión del Hombre de las Ratas, escribe: «El enfermo causa la impresión de ser una persona clara y perspicaz. Al preguntarle sobre lo que le lleva a poner en primer plano las informaciones relativas a su vida sexual, responde que eso es lo que conoce de mi doctrina» (VII 384). Lamentablemente Freud no examinó esta cuestión más de cerca. Al hilo de las sesiones el analizado se siente regularmente desamparado. Va recibiendo entonces algunas decisiones, más o menos sutiles, sobre el interés

que tiene aquello que enuncia. El modelo arcaico de esas maniobras es aquel juego tan conocido del «caliente, caliente...». El analista hace preguntas. Por ejemplo, en el relato de su 7ma sesión, Wortis anota: «Volví sobre el relato de mi primera infancia. Freud me hizo algunas preguntas particularmente precisas sobre mis experiencias sexuales precoces.» Por su parte, el maestro vienes escribió que según su experiencia una pregunta bien orientada iluminaba a un hombre acerca de lo que ignoraba (IV 23). Sócrates ya lo había «demostrado»... Lo que todos los psicólogos y sociólogos saben hoy es que la respuesta a una pregunta está ampliamente determinada por la propia pregunta.

Discretos postes indicadores están constituidos por las interjecciones del tipo: «¡ah!», «¿ah sí?», y claro está, el famoso «mhm» sobre cuyo poder se hace inútil volver ahora. Vamos a limitarnos aquí a una nota de S. Blanton que aparece ya en su 5ta sesión: «Estoy muy sorprendido por una manera especial que tiene Freud de producir un sonido con la garganta —una especie de gruñido, de exclamación no verbal—, de modulación en suma, destinada a manifestar su acuerdo o su simpatía con el paciente, pero sin interrumpir el flujo de sus asociaciones» (p. 26).

No es necesario que el analista haga uso de muchas palabras para establecer una comunicación con el paciente. Es lo que H. Doolittle observa en relación con Freud: «Una significación particular proviene de la más mínima de sus observaciones, del más insignificante de sus gestos» (3ra sesión). Veamos un ejemplo: «Tranquilamente se quedará sentado, como un viejo buho en su árbol (...) En cierto momento extenderá bruscamente el brazo de una manera un poco alarmante, para insistir en algún punto. O bien entonces, convirtiendo la cosa en una "fiesta", se levantará para decir: "Ah, ahora hemos de festejar eso", y procederá al ritual elaborado, consistente en elegir y luego encenderse un cigarro» (p- 137).

Vamos a terminar este apartado citando un ejemplo de lo que sería un «poste fronterizo». Wortis se había puesto a hablar de Kraepelin, y en¬tonces «Freud volvió a ponerse a golpear con los dedos como si teclease en la cabecera del diván, gesto que acostumbraba a hacer cada vez que estaba impaciente o descontento» (p. 171). Este indicio bastaba evidentemente para reorientar en el «buen» sentido el tren de las asociaciones.

c)

Los reforzamientos positivos

La explicación del comportamiento no puede limitarse al esquema «estímulorespuesta», es decir, al examen de la situación que precede a la conducta. Hay que analizar también lo que le sigue al comportamiento, los elementos que ocurren como reacción a la conducta.

El analista no sólo proporciona indicaciones, sino que también concede a su modo «recompensas». Puede por ejemplo felicitar al paciente que ha hablado bien o que ha interpretado adecuadamente. El diálogo que termina la primera sesión de Kardiner con Freud ilustra muy bien este hecho: «Freud me interrumpió para preguntarme: "¿Ha preparado usted esta sesión?". Yo le respondí: "iNol Pero ¿por qué me hace usted esta pregunta?" — "Porque esta presentación era perfecta. Quiero decir druckfertig, como se dice en alemán. Hasta mañana." Me dio la mano y me fui, encantado, impresionado por la idea de que podía realmente retener su atención". Al separarme de él soportaba con gran dificultad la idea de esperar la sesión del día siguiente» (1977 S9).

Otro ejemplo: Hilda Doolittle, después de haberse analizado a sí misma un sueño en el transcurso de su sesión, oyó como el «Profesor» le decía: «Pero es usted muy inteligente», intervención que la poetisa comenta con garbo: «Pero no soy yo quien es inteligente. Yo no hago más que aplicar a mi propia ecuación algunos de sus descubrimientos» (p. 64).

Los reforzamientos más frecuentes son pequeñas señales de atención, como por ejemplo bajo la forma de exclamaciones por el estilo de: «perfectamente», o «exactamente», que Wortis observa en reacción a algunas de sus explicaciones durante su análisis con Freud. Y está evidentemente el famoso «mhm», que con ingenuidad relata S. Blanton con ocasión de su segundo fragmento de análisis: «Una vez más quedo sorprendido por la aptitud de Freud para mostrarse a la vez totalmente distante y sin embargo amable, cálido y cordial. La manera muy particular con la cual manifiesta su asentimiento modulando unos sonidos inarticulados le da al paciente la impresión de ser escuchado con una gran atención —lo cual además es cierto—, el sentimiento de que su discurso tiene importancia y se encuentra de acuerdo con los puntos de vista del Profesor» (p. 68).

En un estilo más directo, una de las pacientes que cita D. Fischer declara: «Estaba muy preocupada porque el analista no se aburriera, hacía esfuerzos de imaginación y de humor para que las sesiones no fuesen pesadas... Estaba muy contenta cuando él se reía... Al cabo de un cierto tiempo, debió encontrar que la cosa comenzaba a quedar bien» (p. 210).

El lector que relea según esta misma perspectiva el caso del pequeño Hans descubrirá, casi en cada página, hermosísimos reforzamientos otorgados por un padre encantado de mandarle al famoso Profesor unas historias que confirman sus teorías. Vamos a ver algunas muestras de lo que decimos. Una mañana al levantarse, Hans fue a encontrar a su padre diciéndole: «Vamos a escribir alguna cosa para el Profesor» (VII 333), y luego inventó historias extravagantes. Otro día el chaval se puso a contar cosas de todo punto contradictorias, añadiendo luego: «de todas maneras está bien, para que se las podamos escribir al Profesor» (p. 307).

En el psicoanálisis el reforzamiento más típico es la interpretación. El paciente, convencido por adelantado de que sus dificultades provienen de los complejos soterrados en el fondo del Inconsciente, acoge la más mínima explicación como recogería una gota de agua un viajero en el desierto. El analista se toma todo su tiempo para destilar el precioso brebaje. Sigue el consejo de Freud: «No podemos comenzar a interpretar hasta que se ha establecido una transferencia segura, una relación regular con el paciente» (VIII 473). En otras palabras: es sólo cuando el analizado ha dado pruebas de sumisión cuando el analista puede, como dice también Freud: «intervenir espontáneamente para completar las alusiones y sacar conclusiones acerca de lo que el paciente no ha hecho sino rozar» (XV 12).

Las interpretaciones le permiten a! analista enunciar en voz alta sus puntos de referencia teóricos, que devienen así inyecciones de concentrado de doctrina en el proceso asociativo.

Hay una técnica sofisticada que sirve para atrapar a los papanatas, y que es la interpretación enigmática. Los lacanistas han hecho de ella su especialidad. Lacan la justificó con gran habilidad: «este procedimiento viene a acercarse a la técnica que se designa bajo el nombre de zen, y que es aplicada como medio de revelación del sujeto en la ascesis tradicional de ciertas escuelas del extremo oriente» (1966:315). El analista habla como un mistagogo; y el paciente se dice que aún no ha negado lo bastante lejos en su análisis para comprender adecuadamente, usa intervenciones sibilinas son por lo general muy gratificantes; el paciente siempre saca de ellas «alguna cosa», sobre todo si puede discutirlas con algún amigo que está más «avanzado» que él. Y en todo caso le dan la sensación de estar participando en un proceso (muy lento) de adivinación, por el lado del analista la ventaja es enorme, pues de este modo no corre nunca el riesgo de equivocarse.

Observaremos de pasada que Freud había ya hecho uso de la técnica de la palabra enigmática. Kardiner relata (p. 111) que en la época en que hacía su análisis con Freud, uno de sus colegas, que había hecho su análisis didáctico con el maestro vienes, se había vuelto impotente con su mujer después de haberla engañado. Dejémosle la palabra a Kardiner: «Cuando su mujer llegó — cuando él no estaba ya en cura con Freud— descubrió que era impotente. Después de algunos intentos fue presa del pánico: "¿Cómo? ¡Impotente después de un análisis!" Completamente desesperado, se decidió por fin a escribirle a Freud para solicitarle una cita (no se podía tomar contacto con Freud por teléfono). Le hizo una breve descripción de su situación y de su embarazo. Freud le concedió una cita y escuchó su historia. Pensaba que Freud, torturado por los remordimientos, le volvería a tomar en análisis. Pero Freud no dijo ni una palabra durante toda la entrevista. Al acabar la hora, se levantó y le dio la mano como de costumbre diciendo: "Und jetzt sehe ich dass Sie ein wirklich und anstandiger Kert sind" ("Y bien, veo ahora que es usted todo un hombre") y le condujo a la puerta de salida. «Todos los de nuestra banda que estaban aún en Viena fueron invitados a reunirse en un café de la Wáhringerstrasse para examinar lo que esta frase lacónica quería decir. La discusión duró horas. Pero llegamos finalmente a una conclusión plausible. Esto es pues lo que Freud había querido decir: hasta ahora —esto es, antes de su análisis— usted era poco más o menos un canalla. Después de su análisis tiene usted al menos la elegancia de ser impotente con la mujer a la que ha traicionado. Así terminó nuestra deliberación». Podríamos comentar este relato, y en muy diversos sentidos...

d)

Las intervenciones aversivas

El experimentador que quiere hacer desaparecer un comportamiento en una rata dispone de dos métodos: la descarga eléctrica (técnica punitiva) o la supresión de todo reforzamiento positivo (procedimiento de extinción). El psicoanalista dispone de los mismos procedimientos, pero hace uso de ellos de una manera más sutil y tomando en cuenta las particularidades de su sujeto.

Cuando el analista oye hablar de los temas que considera poco o nada interesantes, sólo discierne ahí unas «resistencias». Puede entonces recurrir a una amplia panoplia de estímulos punitivos: la entonación de la voz, un bostezo, una risa irónica, un silencio persistente, el acortamiento de las sesiones (esta técnica la puso de moda Lacan), la expresión de la cara al salir, la manera dé dar la mano al despedir al paciente), etc. Puede incluso llegar a mostrarse abiertamente descontento y amenazar con ponerle un término a la cura. Asi, después de un mes y medio de análisis, Wortis oyó como le decía Freud: «El análisis no progresa. No sé por qué. No hemos descubierto nada: todo es tan simple. Le propongo que sigamos probando, digamos durante dos

semanas, y que si la situación no mejora lo dejemos» (p. 91). En el relato de esa misma sesión, Wortis sigue anotando: «Creo que declaró que yo tenía "resistencias caracteriales' (Charakterwiderstdnde). Esto era nuevo para mí, y esta observación sonaba de manera muy desagradable. "Espero que podremos continuar", dije. "Ya veremos como se presentará la cosa", respondió Freud» (p. 93).

Por regla general el analista es más discreto en su emisión de «estímulos negativos». Tras su 5ta sesión Blanton escribe: «Hoy he dado muestra de una fuerte resistencia charlando de cosas superficiales. Freud me ha producido la impresión de estar aburriéndose un poco. Quizá no sea ésa la palabra apropiada, quizás es que no estaba satisfecho» (p. 25). El mismo analizado proporciona una hermosa ilustración del «procedimiento de extinción». En la 4ta sesión Freud le declara: «Cuando alcancemos niveles más profundos, no me quedaré tan a menudo silencioso, le daré más de mí mismo» (p. 23). (Lo que es tanto como decir: hábleme de masturbación, de homosexualidad, de fantasmas de incesto y de matar al padre... y entonces oirá usted mi voz; si no lo hace mi boca seguirá estando cosida.)

Un hecho digno de ser notado: algunos pacientes no se atreven a abordar las cuestiones que se refieren directamente al analista, como por ejemplo la del montante de los honorarios. Frischer cita a una mujer que le confía: «La sesión cuesta 70 francos; si yo le doy a mi analista 100 francos, se niega a coger el billete y la vez siguiente debo pagar las dos sesiones a la vez. Por todas esas razones yo hubiese preferido pagarle por meses, pero es probable que todo eso para ella sea importante... Nunca me atreví a hablarle de ello» (p. 25). H. Doolittle está constantemente paralizada por el temor a evocar ideas que a Freud le puedan fastidiar, como el antisemitismo, la vejez, la muerte (pp. 50, 52, 57, etc.). No pocas veces estos «comportamientos de evitación» —así se les llama en psicología— permanecen incomprendidos por parte del analista y a veces por el propio paciente.

e)

La diversidad de los programas

El psicólogo designa como «programas de reforzamiento» las diferentes maneras que hay de proporcionar unos mismos estímulos. Experiencias muy bien controladas demuestran que la disposición de los reforzamientos importa tanto o incluso aún más que su cantidad. En consecuencia algunos comportamientos poco recompensados pueden mantenerse durante mucho tiempo si los reforzamientos aparecen de una manera intermitente o aleatoria.

Las máquinas tragamonedas son una buena demostración de ello... Y en el psicoanálisis, desde el punto de vista del paciente, las intervenciones del analista ocurren precisamente de esta manera. Una vez está bien instalado el comportamiento —ya se trate de jugar a la ruleta o de hablar acostado en un diván—, los reforzamientos pueden ir escaseando sin que por ello el sujeto abandone la partida. Se habla en este caso de un programa de proporción variable, favorablemente dispuesto...

f)

El reforzador reforzado

Skinner cuenta una pequeña fábula que es particularmente instructiva. Un ratón le dice a su compañero de «trabajo»: «mira qué bien condicionado está mi psicólogo; cada vez que aprieto la palanca, me da una albondiguilla».

El condicionamiento es por regla general un proceso que tiene un feedback; de tal modo que el individuo que parece tirar de los hilos es a su vez condicionado. El niño que recibe de su madre unas señales de atención cada vez que llora es «reforzado» por ella para que llore, pero recíprocamente, al dejar de llorar así que la madre lo coge en brazos, él la condiciona a actuar de ese mismo modo. Un experimentador sólo puede modelar fácilmente a un sujeto cuando aquél va regulando sus intervenciones sobre las reacciones de este último. Los comportamientos del segundo, al orientarse según la dirección deseada por el primero, constituyen para éste unos refuerzos que le incitan a continuar reforzando de tal o cual manera... De este mismo modo, el psicoanalizado acaba ejerciendo cierto control sobre el analista. Así que el paciente ha captado qué temas hacen reaccionar al «reforzador», aquél va preparando sus cebos, de modo que «como por azar», los dos actores van volviendo a encontrar en el análisis todo lo que buscaban...

g) El diván como Skinner-box

Los psicoanalistas proclaman que su diván es el lugar de una liberación de la Palabra. Pero un estudio funcional de los relatos de las curas de los cuales disponemos demuestra por lo contrario que el diván es un lecho de Procusto. El paciente se encuentra, mutatis mutandis, en una especie de caja de Skinner; su «discurso» es un comportamiento operativo, una conducta controlada por las respuestas del analista. La frecuencia de la evocación de un tema se

explica menos por un complejo subyacente que por el programa de los esfuerzos.

Algunos sujetos se llegan a dar cuenta de esta superchería que las más de las veces permanece inconsciente. Así por ejemplo J. Wortis, después de un mes de análisis le declaró a Freud lo siguiente: «Me parece que en presencia de usted me han sucedido muchas cosas, y también que he dicho muchas de ellas porque sentía que eso concordaría con sus ideas o con sus intereses. Y sé que usted está interesado en el material neurótico. Cuando estoy con un amigo al que le interesa pongamos por caso el socialismo, pienso en el socialismo y hablo de él» (p. 73).

Por su parte, Kardiner, en su libro Mi análisis con Freud, dice: «Al comparar mis notas con las de los demás estudiantes, me he dado cuenta de que la homosexualidad inconsciente, al igual que el complejo de Edipo, formaba parte de la rutina de un análisis» (p. 92). «Una vez que Freud había localizado el complejo de Edipo y conducido al paciente hasta su homosexualidad inconsciente, no quedaba ya gran cosa que hacer. Se desmadejaba el caso del paciente y se le dejaba que volviera a pegar las cosas juntas lo mejor que pudiese. Cuando éste no lo conseguía, Freud le echaba un cabo por aquí o por allá con el fin de alentarlo y de apresurar un poco las cosas» (p. 125). Se comprende así esta observación de D. Frischer: «En el transcurso de algunas sesiones el sujeto toma consciencia de estar bajo el imperio de una voluntad extranjera, dominadora y poderosa, que le sustituye, y habla en su lugar» (P232).

Un analista puede a veces llegar a querer abiertamente un lavado de cerebro. Citemos a título de ejemplo una carta d« Freud a Pfister: «Me ensaño en este momento en exigir de él que se resista expresamente a la masturbación fetichista con el fin de confirmar, con aquello que le es personal, todo lo que he adivinado a propósito de la naturaleza del fetiche; él no quiere creer que esa abstinencia nos haya de conducir a ello» (11-4-1927; el subrayado es mío).

Por regla general, el nuevo Inquisidor se comporta de una manera infinitamente más delicada que su predecesor de la Edad Media. Bastan un clima de intimidad y una voz suave para hacerle «confesar» al neurótico una serie de conductas sexuales, perpetradas cuanto menos de forma fantasmática. No se puede condicionar cualquier comportamiento con cualquier cosa; sin embargo sí se pueden condicionar muchos con muy pocas cosas, incluso sin tener intención de hacerlo.

El analista no tiene la costumbre de ser muy hablador; pero ello no le quita un ápice de su poder. Cuanto menos habla, más importante llegará a ser la más mínima de sus palabras para indicarle al paciente la dirección que ha de tomar para buscar («asociar») con el fin de encontrar la supuesta fuente escondida de los trastornos. El psicoanalista sostiene que él trabaja «a la medida»; pero en realidad sólo se dedica al «prét-á-porter». A lo largo de las sesiones las asociaciones del analizado son digeridas lentamente por la teoría analítica, del mismo modo que la col que es absorbida por un conejo se convierte en conejo. Una parte, claro está, no es asimilable y resulta luego evacuada como «Widerstand*.

Lo que el paciente dice en análisis está a veces en relación con sus verdaderos problemas, pero siempre estará en relación con los dogmas del analista. Éste filtra aquello que está de acuerdo con sus propias premisas y doblega las asociaciones del paciente a sus marcos de interpretación; el analista es por lo demás altamente responsable de los temas que van apareciendo. Las predicciones que formula ya desde las primeras sesiones se verifican porque son planteadas en el comienzo. El psicoanalista declara que una serie de fantasmas sólo aparecen en la cura: ello es exacto, pero olvida que es la situación quien los suscita y los modela.

Cuando las confesiones del analizado están de acuerdo con sus propios prejuicios, el psicoanalista dice que las resistencias" han sido vencidas y que la transferencia es positiva. El buen paciente es el buen estudiante cuyas palabras son el eco de la doctrina. El analista cree ser el espejo de su paciente, pero en realidad es el paciente quien ocupa el lugar del espejo. El analista se siente muy feliz cuando vuelve a encontrar en las palabras del analizado la escenificación que le había «apuntado»; y cada día está más convencido de ser el detentador de la Verdad. No puede comprender cómo los analistas en ejercicio de las demás Escuelas (la junguiana, la adleriana, etc.) puedan llegar a observar otra cosa. Olvida que los pacientes de estas últimas fueron «programados» tanto como él programa a los suyos. De modo que el material que «sale a la luz» dice tanto o más sobre el reforzador que sobre el sujeto. La cura es un «role-playing» inconsciente: el paciente desempeña el papel que se le apunta.

Un último punto. En el diario de su análisis, H. Doolittle escribe, dos semanas después del inicio de la cura: «Quizá Freud se ha dado cuenta de que yo estaba haciendo esfuerzos para transformar en acontecimientos dramáticos una historia que no era en resumidas cuentas más que una "atmósfera"...» (p. 82). Por su parte Wortis anota después de un mes de análisis: «En este estadio he comenzado a examinar seriamente la marcha de este análisis, y me ha quedado la impresión de que se tomaban simples cerrillos por montañas» (p. 73). El principal inconveniente del condicionamiento sufrido por el analizado es que este ultimo busca generalmente en una

dirección inadecuada y que concede a menudo gran importancia a unos elementos que no son determinantes. Asistimos entonces a una patologización de lo cotidiano y a una complicación nefasta de una existencia que ya es de por sí problematica.