Los muy occidentales orígenes del fundamentalismo islámico

¿La traición original? Poco después del ataque de 11 de septiembre de 2001 contra las Torres gemelas y el Pentágono los medios masivos repetían al unísono, a manera de explicación-confesión, que los Estados Unidos habían abandonado a Afganistán poco después de que los mujaedines habían expulsado a las tropas soviéticas, con la ayuda financiera, técnica y de material de los Estados Unidos. Muchos comentaristas explicaban que Afganistán se había desintegrado como país, había caído en las garras del talibán y transformado en santuario para terroristas, en particular para Al Qaeda, debido a que los EUA, aún inmersos en la mentalidad de la Guerra fría, se habían retirado de ese conflicto con la impresión de haber triunfado cuando vieron a los rusos derrotados. La ayuda en tiempo de guerra no continuó cuando hacía falta reconstruir y salvar del hambre a la población. En este recuento la historia del fundamentalismo islámico comenzaba con los “freedom fighters” del mundo árabe, que por despecho o traición habían vuelto sus armas en contra de sus exbenefactores. Se infería que el vacío de poder y las pugnas entre líderes milicianos habían fomentado el nihilismo que a su vez se tradujo en la proliferación del islamismo más radical. Robert Dreyfuss: El juego del diablo. Como los EU ayudaron a desatar el fundamentalismo islámico.

El juego del diablo. Obviamente esta visión de la historia es de una miopía asombrosa. Primero Inglaterra y después los EUA han utilizado y explotado el factor Islam en su beneficio desde hace más de un siglo. En su notable libro Devil’s Game (El juego del diablo. Como los EU ayudaron a desatar el fundamentalismo islámico), Robert Dreyfuss (Metropolitan Books, 2005) traza la historia del intervencionismo anglo Estadounidense en Oriente Próximo y de ese engendro maligno que se conoce como Islam político o panislamismo. Esta extraña filosofía no tiene nada que ver con el Islam tradicional y desde muchos puntos de vista es una perversión de esa fe. Este islamismo trató de ser utilizado por los británicos para crear un cerco en torno a la frontera oeste de Rusia (para neutralizar cualquier ilusión de los zares de acercarse al océano índico) y para aplastar cualquier destello nacionalista en las entonces colonias musulmanas (desde el norte de la India hasta Egipto). Después de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos tomaron la

batuta para hacer algo similar contra los soviéticos, así como para destruir los movimientos socialistas y nacionalistas de izquierda. Jamal Eddine al-Afghani La triple apuesta británica. Dreyfuss señala que las tendencias reaccionarias del Islam datan de hace por lo menos trece siglos, cuando oscurantistas e irracionalistas competían contra los religiosos progresistas, abiertos y moderados. Pero la versión contemporánea del jihadismo aparece en la era del “Gran Juego”, cuando el sol nunca se ocultaba en el imperio británico, y su padre es Jamal Eddine al-Afghani (1838-1897), un aventurero (“quijotesco”, escribe Dreyfuss) que sirvió a la inteligencia británica, ofreció sus servicios de espionaje al zar (o al mejor postor), era masón y ateo, pero se hacía pasar por musulmán devoto. Afgani creó los cimientos del fundamentalismo con la intención de crear una organización que sirviera a los británicos para apoderarse del Califato que dejaba vacante el imperio otomano y que no querían perder al avance francés (quienes tomarían Líbano y Siria) o alemán (que a través de Turquía querían llegar a Bagdad). Los ingleses conocían bien la región, sabían explotar, seducir y amedrentar a los nativos. Tenían además vínculos con las espurias aristocracias locales. Para asegurar su poder apostaron por la imposición de dos monarquías en la región. Por un lado dieron su apoyo y financiamiento a la familia Hashemita para crear una monarquía con dos ramas, una en Jordania y otra en Irak. Pero al mismo tiempo dieron su apoyo a la familia Saud de la península arábiga, una banda de ultrafundamentalistas a los que ayudaron a crear Arabia Saudita, el primer Estado islámico radical. El espíritu de la versión Saudita del Islam proviene de un predicador viajero, violento, mojigato e ignorante de comienzos del siglo XVIII: Mohammad ibn Abdul Wahab, conocido como Al sheik o el maestro. Este polemista formó un verdadero ejército de seguidores, y convirtió al fundador de la dinastía Mohammed Ibn al Saud, el patriarca de la familia, a su credo, el wahabismo. En 1920 las familias Saud y Sheik formaron el Estado Saudita. Soldados Wahabis Los wahabis destructores de domos. Al final de la Primera Guerra Mundial Inglaterra tenían la mira puesta en el Oriente próximo e hicieron una apuesta triple: 1. dieron su aprobación a la familia Hachemita para que asumieran el cargo de guardianes de la Meca y por tanto el liderazgo del mundo árabe, 2. Apoyaron a la familia Saud (a la que financiaban desde mediados del siglo XIX) y 3. Aprobaron la propuesta de Jamal Eddine al-Afgani de “revivir al Islam” para crear un movimiento político religioso ortodoxo y estrechamente vinculado a la corona británica. En su libro Dreyfuss describe la trayectoria de los Sauditas, quienes a partir del siglo XVIII se dieron a conocer por sus incontables saqueos, carnicerías y masacres en la península arábiga, así como por su afición a destruir los domos de las mezquitas de sus enemigos. En 1902 los sauditas tomaron Riyadh y crearon la temida Ikhwan, o la Hermandad, una banda de beduinos sanguinarios y fanáticos que no parpadeaban ante ningún enemigo. Aproximadamente al mismo tiempo las potencias europeas “firmaron” las primeras concesiones petroleras

con los sheiks locales (los cuales eran acuerdos impuestos bajo amenaza, soborno o extorsión). El Ikhwan El imperio se equivoca. La “conspiración” británica parecía una fórmula infalible. Los ingleses creyeron que los Hachemitas serían “revolucionarios” románticos perfectos (rodeados del aura heroica de Lawrence de Arabia) y que expulsarían a los otomanos de la región, controlarían los actuales Estados de Siria, Líbano, Irak, Jordania y el Hijaz, en la costa oeste de Arabia, además de que crearían alianzas con el futuro Estado judío que pensaban establecer en Palestina. El plan se desmoronó. La alianza entre árabes y sionistas resultó un fracaso y los sauditas estaban muy lejos de dejarse gobernar por los Hachemitas. Dreyfuss señala que la familia al Saud y su Ikhwan dejaron en 1920 una estela de 400.000 muertos y heridos, llevaron a cabo 40.000 ejecuciones públicas, (un entretenimiento al que siguen siendo afectos hasta la fecha) y unas 350.000 amputaciones para imponer su versión estricta y fantasmagórica del Islam. Hussein, el líder del clan Hachemita, pidió a los ingleses que obligaran a los sauditas a desmantelar al Ikhwan, ya que anticipó el inmenso potencial que tendrían. El fundamentalismo armado fue esencial para la creación del Estado Saudita ya que con él unieron a las tribus de la región. Hacia el final de la I Guerra Mundial los ingleses sabían que el poder de Hussein sería limitado y de hecho los Hachemitas fueron expulsados de Hijaz. Arabia Saudita obtuvo su independencia en 1927 y dos años después el emir desintegró al Ikhwan y lo integró al ejército del reino y a la policía religiosa encargada de imponer las estrictas minucias del wahabismo: la prohibición de la inmoralidad, la imposición de la plegaria cinco veces al día y del severo código del vestir. Hassan al-Banna La Hermandad En 1928 en Egipto surgió otra pieza importante del rompecabezas del extremismo islámico: la Hermandad musulmana, la cual fue fundada por Hassan al-Banna, quien contaba con fondos de la Compañía de canal de Suez inglesa. La Hermandad creció de manera imponente, en poco tiempo contaba con más de 100 mil miembros y ramas en Palestina, Siria y Jordania. La Hermandad fue usada como ariete para atacar a los comunistas y a los nacionalistas egipcios y posteriormente al presidente Gamal Abdel Nasser. Dreyfuss señala que al-Banna junto otro protegido de los ingleses, el muftí de Jerusalén, Haj Amin al- Husseini (un fanático, feroz y pronazi) fueron los principales responsables de la proliferación del Islam político incluyendo su versión terrorista. Esta organización es en esencia la madre de al-Qaeda y de los demás grupos de extremistas que hoy en día han hecho del atentado suicida su modus operandi preferido.

El joven rey Faoruk en camino al Parlamento Las dos derechas El auge moderno del fundamentalismo islámico comienza precisamente al mismo tiempo en que la derecha cristiana comienza a conquistar el poder en los EUA como reacción a décadas de liberalismo: es decir con el régimen de Ronald Reagan. Es muy importante señalar que en ese momento la derecha moderada de ese país comenzó a dejar de ser conservadora para inclinarse más y más hacia el extremismo religioso y apocalíptico. No obstante, como señaló Kevin Phillips, uno de los teóricos del partido republicano y autor del libro American Theocracy (Viking, 2006), Reagan podía ser conservador y fanático pero también fue el primer presidente divorciado y el primero en ser exestrella de Hollywood. Desde la década de los veinte los movimientos nacionalistas en Oriente Cercano fueron objeto de ataques por parte de los grupos fundamentalistas que se extendían desde la península arábiga hasta Turquía. Estos grupos, a través de organismos como la Sociedad para la propaganda y la orientación, creada en el Cairo, lograron exacerbar pasiones religiosas, obtener dinero de árabes e hindúes ricos y explotar la ambición de los ingleses que deseaban controlar la región sin ensuciarse las manos. Estos grupos pregonaban un retorno a la simplicidad de la vida que reinaba en los tiempos del profeta Mahoma. El Corán sería la única constitución y su aplicación sería la ley sharia, la cual debía sustituir a las legislaciones existentes. Este anacronismo en realidad era una expresión de rechazo por las interpretaciones académicas de la religión, las cuales estos fanáticos denunciaban como perversiones occidentales del Islam. Pero a la vez atacaban con ferocidad a los nacionalistas que buscaban la expulsión de los ingleses del Medio Oriente. Robert Dreyfuss señala que en 1936, tras la primera conferencia nacional de la Hermandad Musulmana en Egipto, los fanáticos comenzaron a formar grupos paramilitares moldeados en los movimientos fascistas europeos, algunos de los cuales, como el Aparato Secreto, se dedicaban a aterrorizar y asesinar a sus rivales, ya fueran políticos, policías, jueces, comunistas, sindicalistas y comerciantes judíos. Más tarde se formaron pequeñas células que eran entrenadas en lo religioso y lo militar, las cuales pasaron a darse a conocer como Hermanos Activos. Paradójicamente muchos de los fundamentalistas que organizaron estos grupos pronazis, terminaron exiliándose en Inglaterra al término de la Segunda Guerra Mundial. Estos grupos eran fieles al fundador de la Hermandad, Hassan al-Banna, quien los ofreció como tropas de choque para cuidar el orden durante la coronación de Farouq, el corrupto e incompetente rey egipcio al servicio de los británicos (varios recuentos señalan el pasmoso desprecio con que era tratado en su cara por el embajador inglés en Egipto). Al-Banna prácticamente se integró a la corte real al tiempo en que coqueteaba con los panislamistas y el ejército. Pero cuando el poder del rey comenzó a desmoronarse se distanció del monarca, aunque la Hermandad siguió espiando y asesinando enemigos mientras los ingleses miraban hacia otro lado. Dreyfuss señala que más que un movimiento la Hermandad, “era un culto, una operación de espionaje, una unidad paramilitar y una organización internacional…”.

Gamal Abdel Nasser El factor Israel Pocas cosas dieron mayor impulso a los fundamentalistas que la creación del Estado de Israel y la derrota de los ejércitos árabes. La Hermandad aprovechó la pérdida de Jerusalén para incendiar la imaginación de las masas y apropiarse de un lugar prominente en la política árabe de la posguerra. Pero este acontecimiento también fortaleció a los nacionalistas árabes. Ambos creían que era indispensable confrontar al Estado judío pero no podían ponerse de acuerdo en nada más. Mientras Nasser veía ahí una oportunidad para barrer con los emires, reyes y noblezas decadentes de la región. La Hermandad encontró apoyo en los regímenes más reaccionarios y en la burguesía más decadente, mojigata y rancia para crear brigadas de combatientes para pelear contra los judíos. Estos recibieron armas de diversos orígenes pero gran parte fue proporcionada por el Aparato Secreto. Los fanáticos preparaban una guerra y diseminaban propaganda antijudía, como los muy famosos y ampliamente revelados como apócrifos Protocolos de los sabios de Sión. Este tema está muy bien explorado en el libro: Conspiraciones, de Julio Patán (Paidós, 2006).

Anuar Sadat Sadat y el oportunismo. Uno de los miembros más famosos de la Hermandad Musulmana fue el expresidente egipcio Anwar el Sadat, quien en la década de los cuarenta, era parte del grupo de los Oficiales Egipcios Libres, una organización que fue determinante para que Nasser llegara al poder. Sadat se volvió el enlace entre al-Banna y Nasser y eventualmente los usó a todos en beneficio propio. Nasser lo nombró para dirigir Congreso Islámico Pero a su vez la CIA comenzó a usar a Sadat para infiltrar el gobierno egipcio con la idea de darle un golpe de Estado, como señaló el exagente de la CIA, Ed Kane, o bien de asesinar a Nasser, como quería el entonces primer ministro británico Anthony Eden. A finales de la II Guerra Mundial, los EUA decidieron establecer contactos regulares con un grupo internacional abiertamente terrorista como la Hermandad Musulmana, el cual era abiertamente profascistas y contaban con el apoyo de nazis refugiados en el mundo árabe. Sin embargo, así como los ingleses habían usado a los fundamentalistas en su expansionismo colonialista, los estadounidenses, quienes no contaban con un cuerpo de expertos y veteranos en la región como los ingleses, decidieron reciclarlos como mecanismo anticomunista. En ese momento los británicos veían disolverse su inmenso poder en la región por lo que trataron de crear alianzas (como el Pacto de Bagdad) entre las naciones que esperaban seguir manipulando. Pero en gran medida no tuvieron la influencia esperada y no pudieron detener el avance estadounidense en el Oriente Próximo.

Milicias palestinas tras una batalla contra el ejército jordano

Qtub en una prisión egipcia La trágica epopeya de Nasser. Nasser logró sobrevivir a la Guerra del Canal Suez en 1956, cuando Francia, Inglaterra e Israel atacaron Egipto. La guerra parecía perdida pero la intervención soviética y una orden de Eisenhower obligó a las potencias europeas a retirarse del Canal de Suez antes de lograr su principal objetivo que era derrocar al presidente egipcio. Esto provocó la renuncia de uno de los principales enemigos de Nasser, el primer ministro británico, Anthony Eden (quien declaró: “Quiero que lo asesinen… Y me importa un demonio si se desata la anarquía y el caos en Egipto”, como cita Stephen Dorril). Nasser en 1954 (cuando trataron de asesinarlo con ocho disparos durante un discurso público que se negó a suspender y siguió hablando: “Déjenlos que maten a Nasser. ¿Quién es Nasser sino uno entre muchos? Mis queridos compatriotas. No se muevan de ahí. No estoy muerto, estoy vivo e incluso si muero todos ustedes son Gamal Abdel Nasser”) confrontó y logró controlar a la Hermandad Musulmana (a quienes llamaba “terroristas medievales”). Al mismo tiempo se convirtió en la pesadilla de los servicios de inteligencia estadounidenses quienes lo veían como su principal enemigo en Oriente próximo. Allen Dulles, el director de la CIA, y John Foster Dulles, el secretario de Estado, ni siquiera imaginaban la clase de amenaza que representaba la Hermandad, pero estaban obsesionados con la fantasía de que Nasser era comunista. Nada podía estar más lejos de la verdad, Nasser persiguió a comunistas y socialistas en quienes no confiaba y veía como enemigos, además de que el apoyo que recibía de los soviéticos era siempre cauteloso y limitado. La hermandad se reorganizó y volvió a lanzar ataques a mediados de los años 60. Nuevamente Nasser los confrontó, logró desmantelar a la organización, envió a prisión a muchos líderes e incluso ejecutó a su principal teórico Sayyid Qutb (conocido como la principal inspiración ideológica de Bin Laden). Al llegar John F. Kennedy al poder trató de cambiar el rumbo de su administración y establecer relaciones con el gobierno egipcio, pero la buena voluntad del joven presidente fue saboteada por cabilderos prosauditas y proisraelíes y porque Egipto se involucró en la guerra revolucionaria de Yemen, la cual era percibida como una amenaza directa contra Arabia Saudita. Nasser, quien era célebre por fumar cinco paquetes de cigarrillos al día se salvó de varios intentos de asesinato (por lo menos uno en el que trataron de envenenar su tabaco) y más conspiraciones, pero en cierta forma fue culpable de su catástrofe y de la debacle del nacionalismo árabe, la cual tuvo lugar tras la terrible derrota de los ejércitos egipcio, sirio y jordano en la guerra de los Seis Días contra Israel, en la cual todos perdieron parte de su territorio, pusieron en evidencia su inferioridad militar y dejaron un amargo sabor de boca en todo el mundo árabe que eventualmente llevó a muchos a buscar esperanza en el fundamentalismo religioso. Tres años más tarde, un afligido y agotado Nasser (tras décadas de jornadas de 18 horas de trabajo) murió a los 52 años de un

infarto, el 28 de septiembre de 1970, al tiempo que en Jordania tenía lugar la masacre de palestinos conocida como Septiembre negro. Su sucesor, Anwar Sadat, quien había sido miembro de la Hermandad Musulmana, restableció el viejo orden e hizo todo lo posible para borrar el legado de Nasser. Hafez al Assad Nuevos liderazgos. La Guerra de los Seis días dejó al mundo árabe en una ruina moral que propició que entre 1967 y 1970 varios líderes de izquierda influenciados por Nasser tomaran el poder, como Hafez el Assad en Siria, Muammar Khaddafi (quien logró finalmente hacer las paces con los EUA después de renunciar a su inexistente programa de armas de destrucción masiva y su apoyo al terrorismo) en Libia, Jaafar Numeiri en Sudán y Ahmed Hussein al-Bakr y el partido Baz en Irak. Pero estos regímenes “revolucionarios”, independientemente de las debilidades características de los gobiernos golpistas (autoritarismo, militarismo, corrupción, inexperiencia, paranoia, etc.) enfrentaban a enemigos muy poderosos: los intereses estadounidenses, Israel y un movimiento fundamentalista que crecía, se internacionalizaba y se radicalizaba. Mohammed Mossadegh La catástrofe de la democracia iraní. Fuera de la órbita del mundo árabe, el Islam político también estaba en vías de volverse una monstruosidad aberrante debido al apoyo que ese movimiento recibió de la CIA con el fin de contrarrestar a los nacionalistas y comunistas. El ejemplo más conocido es el de Mohammed Mossadegh, que por ser un ferviente defensor de la nacionalización del petróleo iraní, terminó en la mira de la Anglo Persian Oil Company (que hoy es la empresa supuestamente comprometida con el medio ambiente: British Petroleum) que gozaba de los derechos exclusivos del petróleo iraní. En 1951 Mossadegh fue nombrado por el Sha para el puesto de primer ministro tras el asesinato del general Ali Razmara por un fanático fundamentalista. Mossadegh era un moderado que tenía una buena relación con el Sha, sin embargo tuvo el atrevimiento de pensar que el pueblo iraní debía ser dueño de su petróleo. Inicialmente, el extravagante Mossadegh (quien era dado a aparecer en publico en su bata de baño y que era dado a expresar sus emociones estruendosamente) fue bien recibido por Washington. La Casa Blanca intercedió por él para calmar la furia de los británicos (quienes contaban con ese petróleo como su principal reserva) e incluso le vendió armas. Todo cambió cuando el nuevo líder rechazó la propuesta estadounidense de tomar el relevo de los ingleses y controlar el petróleo iraní. El 19 de agosto de 1953 Mossadegh fue víctima de un golpe de Estado planeado por la inteligencia inglesa, MI6, y la CIA, quienes coordinaron las acciones de las fuerzas monarquistas y de las hordas islámicas, principalmente aquellas comandadas por el Ayatolá Abolqassem Kashani, quien fue el padre espiritual del Ayatolá Khomeini. Con Mossadegh depuesto, el Sha otorgó a los EUA una buena tajada de la industria petrolera, pero no premió a los islamistas que lo ayudaron, sino que los cercó y oprimió, ya que deseaba modernizar y occidentalizar al Estado. Esto eventualmente lo llevó a su caída y a la aparición del gobierno de los mulás. De manera

semejante, Anuar Sadat fue asesinado por miembros de la Hermandad a los que había restituido sus libertades y privilegios, a cambio de usarlos para golpear a la izquierda. Las secuelas de esa alianza pueden verse en Egipto hoy, donde fanáticos y criminales son empleados rutinariamente por el gobierno para atacar a intelectuales, manifestantes y políticos de la oposición. El rey Faisal El feroz y dócil reino de Saudi Arabia. El reino saudita quería ganarse el respeto del resto del mudo árabe por ser los guardianes de los sitios sagrados de Meca y Medina, sin embargo como Estado carecía de mucha credibilidad. El monarca, Saud, sobresalía por ser alcohólico, adicto al sexo, incompetente y corrupto, pero no por saber cómo gobernar un Estado moderno. En Arabia Saudita la enseñanza se reducía a memorizar y estudiar el Korán en escuelas, academias y universidades pero no había un sistema educativo formal. Pero los EUA decidieron que el reino era el mejor bastión contra el comunismo por lo que optaron darle su apoyo económico, político y militar. Y a su vez los sauditas invertirían en la Hermandad musulmana, una organización que apoyaban pero no toleraban dentro de sus propias fronteras. En 1964 Saud fue relevado de su cargo por el rey Faisal, quien era ligeramente menos incompetente y era mucho más útil a los intereses estadounidenses. Su tarea consistía en crear la ilusión de ser un hombre piadoso que defendía a sus hermanos árabes y luchaba contra el sionismo mientras se encargaba de mantener el flujo de petróleo hacia Occidente y de dinero hacia los fundamentalistas. Ayman al-Zawahiri en una prisión egipcia La primera víctima. Una de las tres ocasiones en que la humanidad estuvo cerca de una guerra nuclear fue durante la Guerra del Ramadán en octubre de 1973, cuando Egipto y Siria atacaron Israel en los territorios que había ocupado en la Guerra de los Seis Días. Al reponerse a la sorpresa, los israelíes contraatacaron y despedazaron a ambos ejércitos enemigos. Si la URSS hubiera intervenido apoyando a Egipto es muy probable que hubiera tenido lugar una confrontación de potencias. Pero Egipto aceptó la propuesta estadounidense con lo que terminó la alerta nuclear. Esta derrota monumental contra los árabes fue paradójicamente aprovechada por el presidente egipcio Anuar Sadat. No sólo fue una campaña bélica rodeada de verborrea religiosa (lanzada en pleno ramadán-yom kippur) sino que además dio oportunidad a Sadat de restablecer vínculos con EUA para negociar un cese al fuego y mediar los términos de la paz con Israel. Dreyfuss señala que es imposible saber si toda la aventura bélica no fue simplemente una estratagema para que Sadat se creara un aura de guerrero musulmán y, armado con ese prestigio, renunciar al idealismo nacionalista, romper con los demás países árabes y resolver de manera independiente sus diferencias con Israel. Por medio de una campaña propagandística Sadat presentó la derrota militar como una especie de triunfo. En su nueva encarnación piadosa, Sadat permitió que los fundamentalistas se reorganizaran y al fortalecerse adoptaron una retórica más antioccidental, más antidemocrática, más

antifemenina y más beligerante. Una de las primeras víctimas de esta transformación fue el propio Sadat, quien fue asesinado por miembros de la organización Jihad islámico durante un desfile militar el 6 de octubre de 1981. Entre los cómplices del ataque destacaba Ayman al-Zawahiri, quien se volvería la mano derecha de bin Laden. Muhsin al Hakim El islam económico. La Hermandad musulmana siempre estuvo del lado de las grandes fortunas, a favor de las privatizaciones de empresas del Estado, de las reformas y medidas de austeridad impuestas por el FMI y el Banco Mundial; pero en contra de las huelgas, los sindicatos y los programas de beneficio público. Varios miembros de la Hermandad publicaron textos en los que aseguraban que Mahoma creía en el capitalismo y el libre mercado, mientras que estaba en contra de impuestos y regulaciones. De creer a estos “econo-teólogos” el Profeta hubiera podido ser confundido con una especie de Milton Friedman del desierto (ver Islam and the Free Market, de Peter J. Ferrara y Khaled Saffuri en:http://www.islamicinstitute.org/freemrkt.htm). La Hermandad, como otras sectas religiosas piensa que su labor con los pobres se lleva a cabo a través de la caridad, no la justicia social. Enredados en esta ideología nacieron los bancos islámicos (el primero fue el Mit Ghamr, de Egipto), creados con las fortunas de miembros ricos de la Hermandad y el apoyo de los gobiernos saudita, egipcio y jordano entre otros, quienes dieron todas las facilidades, crearon nuevas leyes e ignoraron las existentes para establecer un sistema que propulsaría una “economía islámica” para confrontar a la “banca judía” y “anti islámica” de sus pesadillas paranoides y xenófobas. Estas instituciones eran corruptas, incompetentes y caóticas por lo que necesitaron de la asesoría de bancos occidentales como Citibank, HSBC y Chase. Su función originalmente era ayudar al desarrollo de negocios islámicos pero pronto fueron usados para subsidiar a grupos extremistas y terroristas en el mundo. El principal teórico del “Islam económico” fue Mohammed Bakr al-Sadr, quien junto con al Muhsin al-Hakim formaron en los años 50 el partido al Dawa (o el llamado) para contrarrestar la popularidad que comenzaban a ganar las ideas socialistas entre las masas pobres (principalmente shiítas). Este grupo creado por los patriarcas de las dos principales dinastías de líderes religiosos en Irak, al Sadr y al Hakim, se dedicó al sabotaje, el asesinato, la intimidación y el terrorismo para disuadir y recuperar almas para la fe. Al Dawa, originalmente incluía a shiítas y sunitas, y recibía asesoría y material de la temida SAVAK, los servicios de inteligencia del Sha de Irán. Hussein mandó al paredón a cientos de miembros de al Dawa por haber colaborado con el enemigo en la guerra contra Irán. El actual Primer Ministro iraquí, Nouri al-Maliki, es miembro de al Dawa.

Yasser Arafat La fundamentalización de Palestina. A partir de 1967 Israel y Jordania comenzaron a apoyar a la Hermandad musulmana para debilitar y sabotear al gobierno sirio y a la Organización para la Liberación de Palestina. Hashemitas y sionistas mantenían una relación fría y tensa pero pragmática para combatir a sus enemigos mutuos. Arabia Saudita por su parte daba un entusiasta

apoyo financiero a los fundamentalistas en Palestina. De tal manera cuando se formó la organización que se volvería la OLP, el movimiento se dividió en una rama laica, el Movimiento Nacional para la Liberación de Palestina o Fatah (1958-59), y otra islámica que permaneció aliada a la Hermandad y fue formada en buena parte por palestinos que habían estudiado y habían sido endoctrinados en Egipto. Mientras el primer grupo tenía metas nacionalistas e independentistas, el segundo en cambio se oponía a la creación de un Estado palestino, tenía lealtad con el rey jordano y soñaba con crear un califato islámico en todo el mundo árabe (lo cual no era una idea atractiva para los palestinos cristianos). Hasta la guerra de 1967 los movimientos y partidos palestinos nasseristas, socialistas y comunistas eran extremadamente populares. Pero a medida en que la organización que lideró Yasser Arafat hasta su muerte fue víctima de toda clase de ataques, represión, sabotaje y corrupción endémica, los palestinos fueron buscando otras opciones y lamentablemente muchos encontraron una respuesta a su desesperanza en la Hermandad. Ahmed Yassin El golem fundamentalista. Más tarde Israel vio a un aliado en Ahmed Yassin (al cual el gobierno israelí decidió asesinar con un misil), el frágil pero flamígero líder de la Hermandad en la franja de Gaza. Inicialmente las autoridades israelíes en los territorios ocupados lo toleraron y se hicieron de la vista gorda de sus actividades mientras el número de mezquitas pasó de 200 a 600 en Gaza (entre 1967 y 87), la Hermandad creó una infraestructura económica y social considerable, llegaron a controlar alrededor del 10% de las bienes raíces en Palestina (incluyendo comercios, viviendas y tierra de labrado) y fundaron numerosas instituciones islámicas de caridad, las cuales ante la ausencia de un Estado se convirtieron por default en la red de seguridad social. Dreyfuss recoge el testimonio de Charles Freeman, un exembajador de los EUA en Arabia Saudita, quien afirma que Hamas fue producto de la organización de inteligencia doméstica israelí Shin Bet. En 1973 la solicitud de Yassin para establecer un Centro islámico fue aprobada por el gobierno de ocupación a pesar de que era una institución religiosa que buscaba controlar a todas las mezquitas y servir como centro de reclutamiento. En 1978 el gobierno de Menachem Begin, autorizó a Yassin a crear una asociación islámica diseñada para restar presencia a la OLP y de hecho, como señala Ray Hanania algunos militantes (organizados en lo que se denominaba Liga de aldeas, que eran consejos locales impuestos por las fuerzas de la ocupación para combatir a la OLP) recibieron entrenamiento paramilitar del propio ejército israelí además de que muchos fueron reclutados (por su voluntad o mediante diversos medios de extorsión y chantaje) como informadores. Yassin formó en 1987 al grupo Hamas, el cual como se convirtió en un grupo terrorista que durante la década de los 90 adoptó el atentado suicida con bomba como modus operandi y ahora ha llegado al poder en Palestina por medio del voto popular. Es inevitable comparar a este engendro con el monstruo de Frankenstein, o mejor aún, con el Golem del rabino Eliyahu de Chelm, quien en la tradición judía es un prodigioso defensor de su pueblo cuya obsesiva determinación lo convierte en una amenaza para los judíos y termina aplastando a su creador.

El golem, en el filme del mismo nombre de Carl Boese de 1920 La guerra fundamental. El Islam político se ha convertido en una bestia destructora de sociedades que está provocando una cisma entre el mundo árabe y occidente, un huntingtoniano “choque de civilizaciones” (que reduce a miles de millones de seres humanos a meros estereotipos y clichés), pero más grave es que está disolviendo vertiginosamente el tejido social del Medio Oriente. Entre hombres bomba, células terroristas durmientes, mujeres con burkas y libros de texto sauditas en los que se enseña a los niños de primer año que el judaísmo, el cristianismo y el paganismo son falsas religiones y a los de quinto año se les prohíbe “ser leales a cualquiera que no crea en Mahoma”, la liberación de esta peligrosa ideología reaccionaria no se ve cercana y esto es una tragedia gigantesca. Sin embargo, es inevitable que tarde o temprano aparecerá en el mundo islámico un movimiento rebelde que se oponga al criptofascismo teológico, esperemos que para entonces Occidente deje incitar, apoyar y financiar a los sectores más retrógrados, criminales e ignorantes de la sociedad musulmana. Naief Yehya, 7 december 2010.

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