Mitología sin fin Como un grupo de serpientes que se enroscan, el mito y la realidad, la imaginación creadora y el mundo cotidiano, luchan

, se aparean o intentan en vano darse muerte, son dos fenómenos que vuelven la vida personal más profunda, le otorga una realidad, una consistencia que va más allá del instante, del ahora. Tres de las inteligencias más destacadas de nuestro país, verdaderos maestros, tienen en la mesa de novedades sus más recientes libros donde analizan historia y mito. Alfredo López Austin (Ciudad Juárez, Chihuahua, 1936); Enrique Florescano (Coscomatepec, Veracruz 1937); y Eduardo Matos Moctezuma (Ciudad de México, 1940) nos ofrecen en estas entrevistas su idea del mito y su importancia para la vida actual, cotidiana; y a través de este tema, casi sin sentir, no hablan de la educación, el nacionalismo, la marginación de lo que consideramos extraño, e incluso de política.

Alfredo López Austin: México no es un país donde impere una cultura mexicana, como nos lo han querido hacer creer. El conejo en la cara de la luna. Ensayos sobre mitología de la tradición mesoamericana (ERA/INAH, México, 2012) es un conjunto de texto donde López Austin analiza los mitos relacionados con el cacao, el diluvio, el “milagro” del águila y el nopal, o el tlacuache “que va al otro mundo para robar las propiedades divinas y traerlas al mundo de los hombres, tiene mucho —demasiado— en común con el antiguo dios Quetzalcóatl, que era entre varios atributos, el señor de los ladrones”. Para López Austin, “si la vida cotidiana es el caldo de cultivo del mito, el mito se convierte, recíprocamente, en un instrumento y en unas guía de la vida cotidiana”. —A lo largo de su libro, va relatando algunos mitos que encuentran ecos en civilizaciones alejadas tanto en el tiempo como en el espacio. ¿Esas coincidencias podrían hacernos pensar que existe una mitología en común? —Tendríamos que ser muy cuidadosos para señalar que hay mitos comunes. Hay que entender que el mito es algo sumamente complejo; algunos mitos coinciden con otros en su sentido profundo, y otros coinciden sólo en determinados tipos de episodios. —Pongamos un ejemplo, usted trata en su libro el mito del diluvio.

—La versión del diluvio más antigua que conocemos no tiene como fundamento principal el ser un mito que nos hable de un castigo. Mientras que en la versión bíblica, ya tiene el sentido de un castigo, que se impuso a una humanidad antigua; más tarde. derivado también de la versión bíblica, el diluvio tuvo un sentido diferente en el Corán donde se ha interpretado como un presagio de todo aquello que pasaría con aquellos que no siguieran las enseñanzas del profeta. —Entonces cada cultura… —Tiene sus propias necesidades de explicar a través de un episodio, y dentro de una tradición muy precisa, porque estamos hablando de un solo mito de origen que fue derivando a culturas del medio oriente; pero cuando nosotros vemos el mito mesoamericano, nos encontramos con una cosa totalmente diferente, aquí el mito del diluvio no es sino una parte de un complejo que nos está explicando cómo los dioses están instaurando en el mundo un gran aparato constituido por cuatro grandes postes. El diluvio para estos pueblos supone la caída de una capa superior del cielo que tenía agua, entonces los dioses ponen remedio a esto, montando postes de contención del cielo y los detenían sobre la tierra. Aquí no hay ninguna idea de castigo, no tiene que ver absolutamente nada y por tanto no se puede separar de su contexto de complejidad que es precisamente la fundación de las vías por donde posteriormente van a circular muchas cosas, entre otras el tiempo. Sin embargo, si vamos al sentido de los mitos, vamos a ver que distintas civilizaciones totalmente separadas unas de otras, van a tener las mismas inquietudes y necesitan responder los mismos problemas fundamentales y entonces hacen mitos, pero totalmente diferentes. La conclusión del mito bíblico del diluvio es que al final de aquella inundación se explica cuál es el origen de las tres razas humanas en la que los hebreos creían en aquel tiempo. Para los mesoamericanos, en cambio, es una sola la creación de la humanidad, pero aunque es una la creación, ellos tenían necesidad de explicar porqué entonces hay distintas razas, y convierten el mito original del nacimiento del primer hombre en un pre-mito, es decir en un mito inicial, que dará lugar a otros en donde se va a explicar que los seres humanos ya creados se reproducen en otro mundo y van a vivir en otro mundo, hasta que son expulsados de siete en siete, y estas expulsiones se hacen a través de un monte que tiene siete úteros, siete cuevas, y son las cuevas de Chicomoztoc, el monte que pare de siete en siete a todos los pueblos.

—Dice en su libro que la “concepción mítica ordena al mundo con las mismas leyes cósmicas a lo social que a lo natural”, ¿estoy significa que los mitos siempre están en busca del origen? —El mito necesariamente busca el origen, porque si vamos a dividir el pensamiento de la humanidad en grosso modo, tenemos que separarlo en una concepción del cosmos en la que no existe evolución, y una concepción del mundo en la que sí hay evolución. Para los que creen en el mito hay un punto en el que todo absolutamente es creado de la misma manera en que existe en la actualidad, es decir no hay evolución. Así fueron creados los animales, las plantas, los cielos, las montañas todo desde el primer momento. El otro sector, el que cree en la evolución, no parten de una idea de creación, sino de un desarrollo paulatino de todo cuanto existe. Y esta división continúa. —¿Quiere decir que seguimos creyendo en mitos? —¡Claro! Esto no es cosa del pasado, el mito es algo muy vigente. —Usted dice que es “un instrumento para la vida cotidiana”. ¿Existen mitos que cohesionen a un país como el nuestro? —No creo porque no todos pensamos igual, hay gente que concibe, actualmente, el cosmos de manera evolutiva y dinámica y otros que lo conciben de manera estática a partir de un punto de creación. Eso, por sí solo, impide que una población pueda uniformarse bajo el mismo criterio. Véalo usted en Estados Unidos, en el centenario del Darwin hicieron censos sobre la población creía en la evolución y aquella que creía en el origen del hombre a partir de Adán y Eva. El resultado fue que aún aventajan los que creen en Adán y Eva, frente a los que creen en la evolución del ser humano. ¿Usted cree que el mito no está vivo? Seguimos viviendo en un mundo básicamente mítico. —¿Y incluso en nuestras ideas sociales y políticas? —Sí, claro. Mire usted, la gente no hace un recuento de congruencia filosófica, uno debería hacerse una suerte de examen de conciencia para saber si nuestras ideas son congruentes con leyes racionales; pero regularmente dividimos nuestro ser, como si nos cambiáramos de camisa dependiendo dónde nos encontramos. Hay muchos mitos en los que todavía se cree y que funcionan plenamente en el mundo contemporáneo, como los que ya señalé, como Adán y Eva. —¿Y en México? —Hay comunidades que tienen una visión mítica del cosmos, y viven intensamente esos mitos que nacen de sus propias perspectivas culturales e incluso van transformando

o creando nuevos mitos para adaptarlos a la vida actual. —¿Sentimos alguna nostalgia por el mito que siempre tiene una respuesta, y muchas veces incluso poética? —En México es muy peligroso hacer afirmaciones generales, México no es un país donde impere una cultura mexicana, como nos lo han querido hacer creer. No, México es un mosaico cultural, donde no podemos generalizar nada ni mucho menos imponer nuestra forma de pensamiento, debemos pensar que cada conjunto o estructura social tiene sus propias creencias, sus propias ideas y que todas deben convivir armónicamente. Nosotros tenemos, todavía, un pensamiento muy colonial en el sentido de que vemos al otro, cualquiera que sea el otro, a quien califiquemos así, como alguien que no merece ser conocido; y eso es gravísimo y es una herencia de la cultura colonial. El “nosotros”, cualquiera que sea el “nosotros” que está hablando, una clase social, una clase racial, un punto de vista gubernamental hegemónico, busca eliminar las culturas que atentan contra la hegemonía, sobre todo en el aspecto del lenguaje. El español es el idioma hegemónico. México es uno de los países donde la discriminación es más fuerte, cada pueblo tiene una lengua, que es la que le sirve para enfrentarse al mundo, ¿qué es lo que se ha hecho durante siglos? (y todavía hay tendencias de esto desde la esfera del poder): enseñar el español nada más, y denigrar las otras lenguas al punto que no se les llama idiomas como al español, se les considera “dialectos”. ¿Quién pone esos nombres? Gente que no tiene ni idea de la complejidad de la gramática náhuatl o maya, es un desprecio porque las consideran sublenguas, cuando a veces tienen reglas gramaticales mucho más rígidas y expresivas que las del español. —Regresando al mito, ¿la mitología mesoamericana permitía una convivencia entre los diferentes pueblos? —Sí, el mito es una de las vías de mayor cohesión social y cultural. El mito no es nada más una narración, está estructurando pensamientos, está dando razón de ser, y es una expresión de la cosmovisión. —¿Deberíamos conocer la mitología mesoamericana para conocernos mejor? —Sí, claro. No creer artificialmente en esos mitos, sino conocerlos y a través de ellos podremos reconocer orígenes y tradiciones; y, al final, descubriremos que esas tradiciones nos han formado. Ese es uno de los graves problemas que tenemos ahora, se pretende que haya un nivel de comprensión de lo que es México, pero siempre se está

menospreciando y excluyendo de la educación oficial el estudio de la historia y de la sociología, es decir se está haciendo todo lo contrario para que nosotros podamos desarrollarnos intelectual y materialmente a partir del conocimiento. —¿Entonces somos una nación en formación? —Todas lo son, no hay naciones hechas, tampoco hay naciones jóvenes o viejas, lo que hay es una construcción negativa, confundimos la modernidad con el progreso. Lo que hay son sociedades que han tenido mucha conciencia de su papel en la historia y otras que lo han olvidado. —¿México tiene conciencia de lo que es, de lo que vale y carece? —No, tenemos una conciencia muy pobre. Se presenta el pasado prehispánico como superable o superado, se nos enseña que todos somos descendientes de los aztecas, y no es así. En aquella época también había un mosaico cultural, se nos enseña que todos venimos de una tradición mesoamericana entendida como una tradición fundada en la agricultura y eso tampoco es completamente cierto. Tenemos que pensar en el norte del país, allí hay culturas muy importantes, pero no de agricultores porque las condiciones no eran propicias, ellos también son nuestros antepasados. Nos han enseñado que lo que vale son las pirámides, las plumas, las piedras de jade, los lujos… ¡No, señor! Lo que vale es la forma en la que el hombre, en muy distintas situaciones, ha podido desarrollar su pensamiento y su acción. Lo que nos gusta ver son los grandes acontecimientos históricos, pero no las raíces profundas. —¿Entender el mito serviría para llegar a esas raíces? —Evidentemente, mire, yo no soy antropólogo, soy historiador, pero una de las grandes ventajas de la antropología no es nada más enseñar cómo es el otro, y cuando me refiero al otro puede ser incluso yo mismo cuando tenía otra edad, porque no pensaba igual que ahora, la antropología nos enseña no sólo a entender al otro sino a entendernos a nosotros mismo por comparación con el otro y más allá, a entendernos como una otredad en un mar de otredades. Somos tan otros como los otros y cuando rechazamos al otro, estamos dando pie a que nos rechacen por “extraños”. No podemos forjarnos una conciencia de lo que es el ser humano sin entender la relatividad de la cultura, yo no poseo “la” verdad sino “mi” verdad.

Enrique Florescano: Los mexicanos ya no se puedan identificar con una identidad

nacida del estatismo. En Quetzalcóatl y los mitos fundadores de mesoamérica (Taurus, México 2012) Enrique Florescano hace un análisis exhaustivo de una figura mítica que lo ha obsesionado a lo largo de muchos libros. Para Florescano, Quetzalcóatl es una síntesis de tres metáforas: “la metáfora del dios creador y proveedor, la metáfora del Tollan, el reino paradigmático, y la metáfora del gobernante sabio. Según mi interpretación, estas metáforas reúnen los mitos fundadores de Mesoamérica”. Para Florescano “el propósito último del mito es negar el paso del tiempo, anular la historia”. —¿Quetzalcóatl, como mito, es un símbolo de identidad en Mesoamérica? — Mire, después de haber trabajado tantas veces y durante tantos años la figura de Quetzalcóalt, hoy estoy convencido que es el mito fundador, que cohesiona una diversidad de mitos que en su conjunto definen las características esenciales de lo que llamamos Mesoamérica. Es decir, a Quezalcóatl lo vemos primero a través de la concepción nahualt y española, a través de una concepción que era vigente en el siglo XVI, —1520, 1521— cuando los españoles entran en el territorio mesoamericano y se imponen y dominan al Imperio Mexicano. Ellos recogen la visión que se tenía de este personaje a través de la cultura náhuatl que es la cultura de los mexicas. Hoy sabemos que esa cultura se remonta por lo menos a Teotihuacán, es decir a principios de la era actual. Y es entonces cuando ese mito adquiere una configuración mesoamericana, porque los teotihuacanos crean el imperio más grande de Mesoamérica. Un imperio que conquista a los mayas de Tikal, de las selvas de Guatemala, Honduras, Belize y se prolonga hasta Zacatecas, y hacia las dos costas las del Golfo de México y el Pacífico; y ese imperio, hoy sabemos, tenía como lengua el náhuatl. La figura entonces de Quetzalcóalt es transformada por los teotihuacanos que la heredan de los olmecas y de los mayas y la vuelven un mito integrador de la cultural náhuatl. Lo sabemos gracias a que se ha descifrado la escritura maya ,y gracias a que se ha desarrollado la iconografía, la lectura de las imágenes antiguas, hoy sabemos que ese dios era un dios ya entre los olmecas, es decir, 1500 años antes de Cristo. Entonces el Quezalcóatl del siglo XVI que nos pintaron los primeros frailes y los indígenas que consultaron esos frailes, se nos vuelve el mito más antiguo de Mesoamérica, pero entonces no tenía los rasgos que nos describieron Sahagún, Motolinía, Torquemada y los grandes cronistas españoles de los siglos XVI y XVII.

—¿Y entonces qué era? —Era nada menos que la representación del dios del maíz, era para los olmecas, como después lo fue para los mayas, los zapotecos, los teotihuacanos y los aztecas, era el dios creador del cosmos, porque estos pueblos que son fundamentalmente agrícolas le otorgaron al nacimiento de la semilla de maíz los atributos más importantes de la civilización, porque era el grano que permitió el nacimiento de sus ciudades, de sus reinos, y que alimentó a su población. Tuvo distintos nombres, J´un Ixxim entre los mayas, no sabemos cómo se llamaba entre los olmecas pero está representado como semilla de maíz, está representado iconográficamente. —En su libro hay un uso muy fuerte, muy acentuado de la imagen… —Porque esos pueblos, como los actuales eran pueblos de una cultura de las imágenes. Lo primero que aprendían, no lo aprendían por medio del lenguaje sino por la imagen visual que es mucho más universal que el lenguaje, este puede ser náhuatl, maya, zapoteco y hay que tener el conocimiento para poder entenderlo y transmitirlo, en cambio la imagen la puede comprender cualquiera. Entonces todos los mensajes políticos y religiosos lo transmitieron a través de la imagen. —¿Cuál es para usted, la versión iconográficamente más bella de Quezalcóatl? —Tal vez es la que le dan los mayas, ya no es la semilla, el grano o la planta del maíz, es un dios con figura humana, lo pintan como un ser extraordinariamente bello, siempre muy joven y que tiene los atributos de la renovación, es el dios que nace y muere continuamente y siempre aparece como un símbolo de la fertilidad, del renacimiento, de la recreación de la vida. —Usted lo relaciona a este dios con tres metáforas simbólicas: El dios que crea la civilización, el dios del Tollán y el rey sabio… —Es que he encontrado que otro mito ligado a este dios es el mito de la ciudad original, la ciudad que introduce la civilización: Tollan [se pronuncia tólan], como se llamó a Teotihuacán, la capital del reino, por eso los teotihuacanos eran los toltecas; y el símbolo mayor de sabiduría era la toltecáyotl o sea el conocimiento del conjunto de saberes que implicaban la civilización; el arte la arquitectura, la astronomía, las matemáticas, la pintura. La toltecáyotl resumía el conjunto de las artes y las ciencias que un pueblo podía desarrollar. Alrededor de todo esto se desarrolló el mito de la Tollan primordial que es Teotihuacán. Y luego viene otro mito, ligado a los dos anteriores, la ciudad principal y el origen

de la civilización, que es el del Rey Sabio, que también lo encontramos en Teotihuacán, la ciudad de los dioses, de la civilización y la cuidad donde se concentra y se otorga el poder, donde se dan las insignias que muestran que ese poder está presente y es legítimo. —¿Aún es posible reconocernos en una identidad simbólica? —Cada región y cada país tiene sus imágenes míticas, nacionales, regionales, pero ya no sólo existen las imágenes producidas por el Estado como la bandera, las imágenes de los héroes que fundaron la historia nacional, ahora también nos acompañan las imágenes que vienen de los grandes productores de medios de comunicación, la televisión, el cine, las tiras cómicas y ahora la Internet. Lo que encontramos en nuestro calendario cívico, en nuestras historias nacionales, ya no es la parte fundamental en el imaginario de nuestros niños, estos niños están influidos y permeados por los símbolos del exterior, tenemos que definir una nueva estrategia, educativa, cultural y política para defender las identidades locales, regionales y nacionales que no se deben extinguir; ahora bien, podemos participar de varias identidades, podemos ser partidarios de las Chivas de Guadalajara y al mismo tiempo ser adictos a la música de tal o cual país y beneficiarios de las tradiciones cinemáticas, escritas, simbólicas que nos afectan o seducen y llegan de otro país. —Déjeme reformular la pregunta, ¿tenemos una identidad cultural? —Yo creo que los procesos de identidades culturales siempre han sido cambiantes. La que en México ha sido la más fuerte, fue durante el periodo de 1930 a 1970, durante el dominio del partido único, ahí sí se impuso una idea de la identidad mexicana: centralista, pero no representativa de las identidades locales y regionales de este país; sin embargo, al tener el Estado todo el poder para influir por medio de la educación, el calendario cívico y los libros de historia patria, se creó una identidad mexicana identificada por unos cuantos símbolos, hoy con el desarrollo de nuestra sociedad democrática no se puede pensar en que los mexicanos se puedan identificar con una identidad nacida del estatismo.

Eduardo Matos Moctezuma: Dios y la religión son fenómenos culturales creados por el hombre.

Escultura monumental mexica (Fondo de Cultura Económica, México, 2012) volumen a cargo de Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján, es un recorrido por piezas como la Piedra de Sol, la Coyolxauhqui y la recién descubierta Tlaltecuhtli, donde los autores detallan su significado, sus funciones litúrgicas, su contexto histórico y su belleza, mezclando en un libro hecho para leerse claro, pero sobre todo para contemplarse, la historia y la antropología, la estética y la arqueología. Y cada texto le da la oportunidad a Matos Moctezuma de hablar de la muerte, tema que ha desarrollado a lo largo de varios libros como Muerte a filo de obsidiana, Vida y muerte en el templo mayor, y La muerte entre los mexicas, este último, por cierto, dedicado a Alfredo López Austin y a Miguel León Portilla “unidad dialéctica que se expresa a través de la lucha de contrarios”. Para Matos Moctezuma, la muerte “resalta la importancia de la vida”. —¿Qué tan creativa es la muerte como mito? —Todos los pueblos de la tierra tienen una forma de entender a la muerte, y sobre todo de resolver el enorme problema que implica enfrentarla. El hombre se niega a aceptar a la muerte y quiere evadirla a como de lugar, y entonces acude a crear otros mundos, ya sean cielos, infiernos, mictlan. Claro que en el sentido estricto no se logra, pero tratan de trascenderla, y desde esa perspectiva surgen los mitos necrológicos. Si en el cristianismo tenemos que ese mito está relacionado con el aspecto moral, en el mundo prehispánico, no, era muy diferente. En el cristianismo lo que va a indicar el lugar a donde vas después de la muerte, es la manera en que te portas. Si tú te portas bien vas a gozar, pero si pecas vas al infierno. En el concepto mesoamericano y particularmente entre los mexica no era así, lo que contaba era la forma de muerte, cómo morías era lo que determinaba el lugar a donde te irías. Entonces tienes tres lugares a donde se va después de la muerte: si morías en guerra o capturado y sacrificado a los dioses, entonces ibas a acompañar al sol; si morías en relación al agua, irías al Tlalocan; y si morías de cualquier otra manera irías al Mictlan, al inframundo. —Usted ha comparado del Mictlan con de los círculos del infierno de Dante… —Es puramente un paralelismo, quise encontrar una relación entre ambas culturas, occidente y el mundo prehispánico. Hay nueve pasos para llegar al Mictlan, y hay nueve infiernos en el Dante, y ambos tienen que ver con las nueve lunaciones del embarazo — digo lunaciones, porque los meses en el mundo prehispánico eran más cortos, eran 18 meses de 20 días—; entonces yo pienso que ese elemento por medio del cual se va a dar

vida, que es el embarazo, el hecho fundamental para dar vida, era observado también en el sentido de que podía traer muerte. Todas las culturas han hablado de la muerte, es algo que le pesa al hombre desde siempre, ves morir a tus familiares, a tus amigos, y sabes que tú vas a morir y al tratar de trascender eso, se crean, se inventan otros mundos. —¿La idea de la muerte en el mundo prehispánico se exagera por el hecho de que existió el sacrificio humano? —En ese aspecto hay algo interesante, algunos grandes psicoanalistas, por ejemplo Erich Fromm, hablaba de que el sacrificio era una sed de sangre del mundo arcaico, pero yo no lo creo, hay que entenderlo antropológicamente. El hombre trata de ofrendar al dios lo máximo que posee, ¿y qué es?, la vida misma. Entonces entrega su vida. ¿Cuál era, en el mundo hispánico, la necesidad de sacrificar al hombre? Era la necesidad de que el sol se alimentara, recibiera corazones para tener movimiento; si no se hacía el sacrificio del hombre por el hombre, el sol iba a detenerse y entonces todo iba a morir. Todo. En el fondo y al contrario de como lo ven ciertos estudiosos, no es una posición necrofílica, sino biofílica: está a favor de la vida. —¿Ha persistido en la cultura mexicana la muerte como mito? —Se dice mucho que del mundo prehispánico nos vienen todas nuestras ideas sobre la muerte, que nos reímos de la muerte, por ejemplo; es una idea que Octavio Paz alimentó mucho, que nos reímos y nos acostamos con la muerte. En realidad, es muy poco lo que ha quedado del mundo prehispánico, lo que sí hay es un sincretismo con el catolicismo; lo que predomina actualmente, sobre todo en áreas rurales, porque en áreas urbanas —aunque hay una presencia rural a través de gente que inmigra— todo nuestro pensamiento, el tuyo, el mío, el todos los mexicanos es totalmente occidental, es católico: nos meten en un cajón de madera, nos entierran en un cementerio o campo santo, nos rezan cosas del rito católico… ya nada tiene que ver estrictamente con el rito prehispánico. Como mito, vivimos la muerte como este precepto moral del que hablábamos al principio: si te portas bien gozas, si no te vas al infierno. La muerte es un mito de un carácter universal, como el de la creación del universo, y el de la creación del hombre. Estos tres grupos tienen una extensa mitología a lo largo de los siglos y los pueblos. Todas las culturas tratan de explicarse cómo se creó el universo, cómo se creó el hombre y qué pasa después de la muerte. Ahora bien, existe el carácter particular que es riquísimo, cada sociedad, cada cultura, influenciados por su

medio ambiente, por sus relaciones internas, tienen mitos particulares que pueden referirse a muchas otras cosas. En nuestro caso, el catolicismo prevalece, el mito de la creación del universo por Dios mismo, el mito de Adán y Eva, y las ideas del Cielo y del infierno. Sin embargo, para mí, Dios y la religión son fenómenos culturales creados por el hombre. —¿Se pueden crear mitos actualmente? —Sí se puede, puedes mitificar a una persona o determinados hechos. —¿Y sirven para legitimar actos o dichos? —Te pongo un ejemplo. ¿Realmente vieron los mexicas el águila parada sobre un nopal? Es un mito que a ti y a mí, desde chicos, nuestras maestras nos lo enseñaban como un hecho: “llegaron los mexicas y allí donde vieron un águila parada sobre una serpiente fundaron su ciudad”. Sólo que jamás ocurrió. Pero los pueblos necesitan crear mitos. El pasado mexica era un pasado triste, en el sentido de que era un pueblo sometido y explotado, cuando finalmente se liberan del yugo de los de Azcapotzalco, ya habían fundado Tenochtitlán, pero cuando consiguen esa liberación crean un mito: donde se asentaron es el lugar en que su dios Huitzilopochtli les había dicho que iban a ver su emblema, un símbolo, el águila parada sobre un nopal devorando a una serpiente. La historia nos dice otra cosa, nos dice que los de Azcapotzalco les impusieron ese lugar, “ustedes se van allí, me van a pagar tributo y van a ser mis mercenarios en mis guerras de expansión”, los tienen sometidos. Esa es la realidad histórica; ahora bien, tanto el mito como la realidad histórica son igualmente valiosos, y esto es muy importante, al punto en que el águila y la serpiente es nuestro símbolo nacional. Y nunca ocurrió. —¿El nacionalismo aún funciona como tal, es decir como idea que… —Acaban de pasar las Olimpiadas y todos se emocionaron cuando “México”, no un individuo, ganó una medalla. Ganamos nosotros. Y los otros pueblos igual, hay un punto de unificación, la gente trae en sus chamarras deportivas los colores nacionales, el mito nos unifica. “México”, el nombre, tiene un origen nahua. Vivimos los mitos, vivimos en ciertos mitos. —¿La política actual inventa mitos? —¡Cada seis años urge el Quinto Sol! (Soltamos una carcajada) Y cada Quinto Sol viene acompañado de su mitología que en ocasiones es muy endeble, porque estas personas pueden no dar el ancho para lo que fueron elegidas.

Daniel Barrón