Francisco Arriaga – Libres libros de a libra. 04 Dic.

2008

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Historia y Fe
En la última mitad del siglo XIX se desató en México una controversia histórico-religiosa que aún en tiempos recientes no ha podido ser dirimida: la veracidad histórica de las apariciones guadalupanas. Historiador mexicano mundialmente reconocido, hombre de fe e inquebrantables valores morales, Joaquín García Icazbalceta escribió en 1883 una carta dirigida al entonces arzobispo de México don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, quien le pidiera su opinión sobre un libro titulado ‘Apología de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe de México’ escrito a su vez por José Antonio González. García Icazbalceta se excusó aduciendo que no era hombre entendido ni en cánones ni teología, a lo que respondió el arzobispo que le pedía su opinión ‘como persona muy versada en la historia eclesiástica de este país’. Lo que recibió no fue un análisis ni confirmación o refutación del libro de José Antonio González, sino un detenido estudio sobre los puntos históricos absolutamente verificables referentes a la imagen del Tepeyac, y a las apariciones guadalupanas: la ‘Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México’, hoy comúnmente conocida como ‘Carta antiaparicionista’. Uno a uno, a lo largo de los 70 párrafos numerados de su carta –numeración moderna, pero útil- discurre García Icazbalceta como un historiador concientemente desligado de los puntos de vista subjetivos y personales de la fe. En los párrafos uno a cinco se dedica a hacer un deslinde, exponiendo de manera sinóptica y exacta las razones que tiene para escribir su carta, y el método que utilizará para abordar el tema: ‘prefiero poner sencillamente a la vista de Vuestra Señoría Ilustrísima lo que dice la historia acerca de la Aparición de Nuestra Señora de Guadalupe a Juan Diego’. Los siguientes veintitrés párrafos [6 a 29] hace un recorrido exhaustivo por los distintos documentos históricos, libros, folletos, existentes o perdidos que versan sobre el tema, resaltando que a la intención original de la mayoría de ellos, a saber: la demostración irrefutable del origen divino de la imagen y la certeza histórica y verificable de las apariciones, rebasa y con mucho el cúmulo de argumentos negativos que pueden reducirse a uno sólo y que ‘consiste principalmente en que el silencio sea universal, y que

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los autores alegados hayan escrito de asuntos que pedían una mención del suceso que callaron.’ Resalta enseguida que algunos personajes históricos a quienes se vincula directamente con las apariciones guadalupanas no mencionan ni de paso dicho suceso ni los milagros atribuidos a ellas: Fray Juan de Zumárraga el principal y más sobresaliente: ‘El primer testigo de la Aparición debiera ser el ilustrísimo señor Zumárraga, a quien se atribuye papel tan principal en el suceso y en las subsecuentes colocaciones y traslaciones de la imagen. Pero en los muchos escritos suyos que conocemos no hay la más ligera alusión al hecho o a las ermitas: ni siquiera se encuentra una sola vez el nombre de Guadalupe.’ Los párrafos treinta a cincuenta y cuatro examina con detenimiento el cúmulo de ‘argumentos negativos’, y a partir del cincuenta y cinco comienza a repasar los estudios [‘informaciones’] que pretendían aclarar puntos oscuros de los sucesos acaecidos. Uno a uno son abordados y uno a uno dejados de lado, sin poder sostenerse como pruebas documentales e históricas de las apariciones, al llegar al párrafo sesenta y cinco termina con esas cuestiones, y a partir del párrafo sesenta y seis y hasta el sesenta y ocho aborda el problema espinoso de el nombre ‘Guadalupe’, tajantemente apuntó que ‘Realmente es extraordinario que la Virgen, cuando se aparecía a un indio para anunciarle que favorecería especialmente a los de su raza, eligiese el nombre, ya famoso, de un Santuario de España: nombre que ninguno de sus favorecidos podía pronunciar, por carecer de las letras d y g el alfabeto mexicano.’ Los dos párrafos finales definen completamente su postura: ‘[…]Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia.’ Pareciera que dicha carta hubiese sido redactada por un enconado y acérrimo enemigo de la devoción a María la madre de Jesús en su advocación de la Virgen de Guadalupe, o por alguien que actuara movido por un especial interés en ridiculizar algo que se encuentra entre lo más íntimo, preciado y poderoso como lo era, y sigue siendo, la devoción guadalupana. García Icazbalceta creció y vivió como un católico ejemplar, sufriendo las leyes de la expulsión de los españoles promulgadas en la primera mitad del siglo XIX. Estudió constantemente la historia antigua y más reciente de México, legando a la posteridad un cúmulo de documentos y preciosos tesoros que no cayeron en el olvido perdiéndose para siempre, gracias a su labor de impresor, editor, crítico, historiador, bibliógrafo. Como hombre de su tiempo, interesado en la Historia como una forma de preservar el pasado y

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la fuente donde ha de encontrarse una explicación a los problemas, miedos, aspiraciones, frustraciones y gozos de una nación, moralmente hablando le resultó imposible abordar un tema tan delicado como el que desarrolla a lo largo de su carta buscando justificaciones personales que falsearan precisamente aquello que se le pedía, la corroboración y justificación histórica de una tradición. Habiendo perdido a su esposa en un parto malogrado en 1862, aún tuvo fuerza para seguir trabajando y todavía pudo sobreponerse a la depresión profunda que le causó el asunto de la carta, en 1885, sorprendiéndole la muerte el 26 de noviembre de 1894, con varias obras por imprimir y mientras aún trabajaba en otras que quedaron a medias. Como historiador dejó un legado riquísimo para el pueblo mexicano, y como creyente consciente de serlo, tuvo el valor de escribir –hablando de sí mismo-: ‘Católico soy, aunque no bueno, Ilustrísimo señor, y devoto, en cuanto puedo, de la Santísima Virgen: a nadie querría quitar esta devoción: la imagen de Guadalupe será siempre la más antigua, devota y respetable de México.’

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