Francisco Arriaga – XXIX Libres libros de a libra. 21 May.

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El nombre de la rosa: una novela de protesta
  Asesinatos, literatura y protesta El 9 de mayo de 1978 Aldo Moro, cristiano demócrata, fue asesinado por las Brigadas Rojas Italianas. Su proyecto político buscaba alcanzar la unión entre el comunismo y el catolicismo italianos. Figura emblemática de una época, su asesinato caló hondo en el ánimo de Umberto Eco –a la sazón simpatizante de la izquierda y profesor de la Universidad de Bolonia, ‘la Universidad Roja italiana’-, quien se lanzó a la escritura de una novela que sería una forma de protesta contra ese atentado, y contra la ideología encubierta en ese atentado. Gonzalo Soto Posada en su ensayo ‘Sagrada Escritura y Filosofía en el Medioevo: Una analítica desde El nombre de la rosa de Umberto Eco’ desbroza minuciosamente las causas que llevaron a Eco a escribir su primer novela ya pasados los cincuenta años y con un prestigio académico bien establecido, y las consecuencias que se desprendieron automáticamente de la estructura e intencionalidad que rigen esa novela: nos encontramos quizá ante la obra literaria más ambiciosa de la segunda mitad del siglo XX, y una de las referencias obligadas en la cultura libresca de los últimos treinta años.

Open and/or close El acentuado aspecto visual de la novela, con sus descripciones detalladas pulcramente y los diálogos de dimensiones cinematográficas no se deben al azar: Eco ha confesado reiteradamente haber pasado un año completo armando esquemas, construyendo su abadía, cronometrando el tiempo que se empleaba en ir del refectorio a la entrada de la biblioteca, o de las caballerizas al huerto. Dibujó también los rostros y contornos de los monjes implicados en la trama, convivió día a día con ellos, y los conoció a la perfección antes de escribir la primer línea de su novela. Empero, una vez comenzada su escritura ya no había marcha atrás: la inserción de citas cultas en latín de autores oscuros, la exposición psicológica de los pensamientos más retorcidos y del misticismo oculto en la locura, las dicotomías personificadas tajantemente en las figuras de Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos son el punto de partida que soporta incluso el servir para hacer una interpretación del quehacer político de Italia –y gran parte del mundo- a principios de la década de los ochenta. Existe un punto a menudo olvidado incluso por quienes conocen de cerca la historia de Aldo Moro y el origen del Partido Demócrata Italiano: antes de ser asesinado Aldo fue

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secuestrado por aquellos que se oponían al acercamiento entre la Iglesia y el sector comunista; su cautiverio duró 54 días, durante los cuales miembros de las llamada entonces ‘Segunda Brigada Roja’ –ya que los jefes de las Brigadas Rojas se encontraban todos encarcelados, y quien llevó a cabo el secuestro y ejecución del político italiano fue una célula de las mismas- le permitieron incluso enviar correspondencia a familiares y amigos. El tamaño y los alcances de estas acciones fueron tales que el mismo Pablo VI se ofreció para ser intercambiado por Aldo Moro.

Secuestro, silencio y verdad Las similitudes entre los hechos acaecidos a Moro y los crímenes de la abadía de Eco ahogan a quien quiera intentar una hermenéutica política del texto. La biblioteca secuestrada por Jorge sería finalmente destruida por él mismo en su afán de defenderla de aquello que consideraba más pernicioso y dañino: un libro de teología pagana. A su vez, el gobierno italiano no quiso negociar la liberación de Aldo, y echó mano de un recurso que le funcionó muy bien a Giulio Andreotti -contrincante político de Moro-: la doble moral. Al detener a un sospechoso del secuestro, un agente de los Servicios de Seguridad sugirió el uso de la fuerza para obtener información. El gobierno italiano declaró en boca del general Carlo Alberto Dalla Chiesa: ‘Italia puede sobrevivir a la pérdida de Aldo Moro. Pero no podría sobrevivir a la institución de la tortura’. Las cartas de Moro permanecieron ocultas, inéditas por más de diez años. En ellas pidió que el gobierno italiano cediera ante las demandas de las Brigadas Rojas que eran prácticamente el intercambio de su persona por la de algunos jefes detenidos. Fue precisamente Carlo Alberto quien encontró copias de las cartas en una casa de seguridad de los terroristas, corre el rumor de que dichas cartas pudieron ser dadas a conocer fragmentariamente, es decir, incompletas. Se supone que las partes faltantes contendrían mensajes crípticos cuyos destinatarios fueron la familia y amigos de Aldo. Y de nada valieron las peticiones de su familia al gobierno italiano, como tampoco sirvieron las peticiones del Papa a favor de Moro: su cuerpo sería encontrado en un automóvil aparcado entre las oficinas del Partido Demócrata Cristiano y el Partido comunista, hecho considerado ‘eminentemente simbólico’.

Una ballena demasiado grande El 26 de agosto del 2006 Antonio Gnoli entrevistó a Umberto Eco a propósito de los 25

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años de El nombre de la rosa. En dicha entrevista Eco repite algunas otras observaciones escritas previamente en sus Apostillas, y en infinidad de entrevistas anteriores, aunque en esta ocasión se tomó el tiempo para arrojar un poco más de luz sobre el momento inmediatamente anterior a la escritura de la novela misma, y el momento inmediatamente posterior a su conclusión. Según relata Eco, al intentar buscar editor en Francia para la publicación de su novela, la casa editora Seuil –quien años antes publicara su Opera aperta- rechazó el ofrecimiento de la novela. François Wahl, su director editorial le pidió el manuscrito, y lo regresó con una carta donde escribió: ‘Estimado Umberto, la novela es interesante, pero la ballena es demasiado grande para hacerla caminar’. La pregunta que forzosamente se hace quienquiera que sepa este detalle, es ¿qué pensarán los actuales editores de la casa Seuil y la decisión de Wahl? Y la tentación es mayúscula, ya que la historia vista en retrospectiva es más fácil de entender, y también de justificar. Respecto a la ejecución de Aldo Moro, se sabe que antes de matarlo le pidieron que abordara un coche, y se cubriera con un cobertor. Apenas lo hizo, Mario Moretti le disparó diez veces. El simbolismo del número invita a jugar con un sinfín de referencias: los diez mandamientos, las diez plagas de Egipto, el Diez de mayo [10/5] que sería un número perfecto, y a la usanza de los judíos menos 1 significaría imperfección, la cifra de un proyecto inconcluso… como sea, el mensaje llegó a propios y extraños, y en el homenaje a Aldo Moro en el trigésimo aniversario de su muerte, el suplemento ‘Magazine Roundup’ en su sección ‘Caffe Europa’ del 4 de mayo del 2008 declaró magistralmente: ‘Moro was shot and we should not forget that one of the reasons he was kidnapped was that several parties wanted to prevent the Church and the communists from moving towards one other. Whatever you think of him, Aldo Moro did something that was light years away from the lost-in-the-detail politics of today that has become the norm. He stood for a vision, a vision which is so terribly lacking in politics today.’ [Moro fue muerto y no debemos olvidar que una de las razones por las que él fue secuestrado era que distintas partes querían evitar que la Iglesia y los comunistas se movieran uno hacia otro. Sea lo que sea que piense de él, Aldo Moro hizo algo que estaba a años luz de distancia de la política-perdida-en-losdetalles actual que hoy ha devenido en norma. Él se mantuvo por una visión, una visión que es una carencia terrible en la política actual]. Al igual que Moro, Umberto Eco estaba a punto de dar un paso decisivo con su novela, a partir de la cual ninguna otra novela en el orbe volvería ser leída como hicieran antaño

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nuestros padres y abuelos. La diferencia fue que a Eco le tocó en suerte ver la impresión de su obra y la realización de su proyecto, tan es así que apenas ocho meses después de la publicación de su novela en Italia -el 9 de julio de 1981- recibiría el premio Strega, que es, como dice Gnoli: ‘un reconocimiento que consagra un libro que ya vendió 300 mil ejemplares y está a punto de convertirse en un caso mediático de proporciones monstruosas.’

Fuego, papel y memoria El Gruppo 63 fue calificado por Eco como un grupo dado a los minimalismos. De ser así, y refiriéndose a su novela, él sería un ‘maximalista’. En palabras del escritor, ‘Mi opinión es que si no hubiera existido el Gruppo 63 yo no habría escrito El nombre de la rosa’. Tampoco Eco puede escapar a la tentación de buscar razones, los motivos ocultos, las primeras intenciones. Y en esa misma tentación yace encerrada la trágica conmoción universal que sufre todo ciclo al cerrarse: la única salida para una novela de tales proporciones era el cataclismo, la tragedia, lo terrible. Las lágrimas de Guillermo de Baskerville y sus manos ennegrecidas por el tizne y los cuerpos muertos de los libros reducidos al polvo son nuestras propias lágrimas y manos: es poco lo que podemos rescatar para aquellos que vendrán después de nosotros, y menos aún lo que será digno de rescatarse. No obstante, ni Eco ni Moro retrocedieron ante el panorama que tuvieron enfrente; emprendieron, en la medida de sus fuerzas y capacidades, la construcción de un mundo donde era posible encontrar una salida, y donde el caos es sólo el ingrediente indispensable de donde serán tomados los elementos que constituirán un nuevo orbe, una nueva sociedad, y una nueva conciencia.

Epílogo Emanuel Amara entrevistó en el 2006 a Steve Pieczenik, enviado por Jimmy Carter como ‘psicólogo experto’ para ayudar al Ministro Interior Francesco Cossiga a integrar el ‘Comité de crisis’. En dicha entrevista, Pieczenik declaró: ‘We had to sacrifice Aldo Moro to maintain the stability of Italy.’ [Tuvimos que sacrificar a Aldo Moro para mantener la estabilidad de Italia]. Quizá Umberto Eco en su momento no advirtió la semejanza de su novela con el transcurrir histórico: él tuvo que sacrificar la abadía y su biblioteca para insertar su novela en la memoria colectiva, lugar de donde jamás podrá ser desterrada.

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