El problema de la individuación es sin duda uno de los grandes problemas de la filosofía.

Aunque las raíces de tal problemática subyacen al pensamiento de los presocráticos fue Platón el primero en plantearla de un modo riguroso y a decir verdad absolutamente genial. Hasta tal punto, que en la filosofía platónica hallamos sus claves esenciales. Las grandes tensiones dialécticas del pensamiento filosófico occidental: esencia-existencia, universalidad-individualidad, unidad-multiplicidad, identidaddiferencia, sensibilidad-razón, inteligibildad-ininteligibilidad, temporalidad-eternidad, …, se encuentran todas contenidas en la compleja filosofía platónica, sin la cual el desarrollo histórico de tales tensiones es sencillamente inconcebible. Tradicionalmente la oposición que más peso ha tenido es la que se establece entre aquellas teorías que sostienen la existencia de entidades universales y aquellas otras para las que lo único realmente existente es lo concreto individual. No obstante, cabe una tercera posición -menos frecuente- según lo cual no sólo lo universal posee existencia, sino que que la plena totalidad se agota en lo universal. Veamos un poco más en detalle en qué consisten estos tres modelos: 1) La existencia de universales ha sido sostenida por sistemas muy diferentes: su significado ontológico, génesis, valoración, etc., varían enormemente de acuerdo al sistema de que tales entidades son parte esencial. En cualquier caso, lo que tienen de común pensamientos tan distitintos como el de Platón, Aristóteles, Kant, Hegel o Husserl, es que todos ellos asumen de algún modo la dualidad individuo-universal como supuesto ontológico fundamental. El dualismo implícito en tales teorías presenta como principal dificultad la reconciliación de dos esferas del ser en principio extrañas y difícilmente armonizables; entre el individuo y lo universal se establece una fractura que es fuente de aporías e inconsistencias. En el caso del realismo de los universales, el problema de la participación fue ya puesto de manifiesto por el propio Platón en el Parménides. Nos referimos desde luego al conocido argumento del tercer hombre: si entre la idea y el individuo, en la medida que ejemplifica tal idea, debe haber alguna semejanza, entonces existirá una tercera entidad que de razón de esta semejanza; pero a esta nueva entidad le sucederá lo mismo, de tal modo que el absurdo del regressus in infinitum amenaza con hacer imposible una explicación satisfactoria de la participación. De más calado aún es a mi juicio la fractura que se da en la filosofía moderna entre sensibilidad y entendimiento. En la experiencia concreta la encarnación de lo sensible (impresiones, datos hiléticos, sense data) en lo inteligible (conceptos, categorías, estructuras de la subjetividad) requiere determinar un principio que haga posible la individuación (principium individuationis), así como de una explicación de cómo es ello posible. El abismo que se crea entre lo sensible, la pura individualidad, y lo inteligible es fuente de serias dificultades. En primer lugar, la de encontrar un fundamento de la individuación: ¿cómo es posible la multiplicidad? Las muy distintas soluciones propuestas (sustancia, materia, espacio, tiempo, relaciones) nos pone ya sobreaviso de la dificultad. En cualquier caso, lo realmente relevante es a nuestro entender, que la distinción radical entre lo temporal ininteligible y lo atemporal inteligible hace imposible la fusión que tiene lugar en el factum de la experiencia. Lo que nos lleva a una crítica de la noción de sensación tal como es entendida en las teorías dualistas. Concretamente, lo que no se comprende es cómo la subjetividad constituye sus objetos de experiencia teniendo por fundamento un material absolutamente pasivo y desprovisto de toda inteligibilidad. O expresado de otro modo, cómo y porqué lo absolutamente individual y desprovisto de organización deviene sentido en la experiencia.

2) Todas las dificultades que se derivan del dualismo encuentran una solución radical en el nominalismo. Desde el momento en que es negada la existencia de entidades abstractas dejan de tener sentido como es obvio problemas como el de la participación o el de la misteriosa relación sensibilidad-entendimiento. En definitiva, para el nominalismo tan sólo hay individuo: ser = individuo. Las entidades abstractas no son sino vagas generalizaciones con un valor puramente pragmático: hacer posible la comunicación por medio del lenguaje. Según Ockham, los conceptos universales no son sino meros signos de carácter lingüístico. Pero la ruptura del dualismo a través de esa especie de monismo de lo dado empiricamente (lo sensible) presenta aún mayores problemas que la posición dualista. La primera y más evidente es que el nominalismo –como todas las posiciones positivistas- debe asumir, como el propio Hume reconoce, el escepticismo como única salida coherente. Es más: toda filosofía que haga depender como fundamento último del ser lo individual puro, bien sea como dato empírico (Hume) o como pura facticidad (Heidegger), están abocadas por principio a una u otra forma de escepticismo. La segunda es simplemente que el nominalismo es imposible. Dos son a nuestro entender los prejuicios básicos en que se basan la teorías nominalistas: 1) El primero, de naturaleza gnoseológica, es el de la negación del acontecimiento fenomenológico inobviable de la organización de la experiencia y del conocimiento en general. Una mirada a lo que hay revela desde el primer instante el mundo como una totalidad de sentido. Lo individual por sí mismo es insuficiente y absolutamente incapaz de dar razón de la experiencia más elemental. La ininteligibilidad de lo puramente individual sume todo en una indiferencia de la cual resulta de todo punto imposible –si somos fieles a nuestro principio- construir algo con sentido. Frente al supuesto, aparentemente fundado en el sano common sense, de que el conocimiento se enfrenta a lo individual, lo cierto es más bien lo contrario, esto es: que el conocimiento encuentra en todo momentos lo universal viéndose en serias dificultades para delimitar que sea lo individual, como muestra la diversidad de opiniones en torno al principium individuationis. En síntesis, diremos que el nominalismo es descriptivamente falso. 2) El segundo prejuicio es ontológico. Al caracterizar el ser como individuo, el

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