Del amor y la transparencia Entrevista a Javier Lostalé, por Carlos Fonseca

Javier Lostalé nació en Madrid en 1942. Se ha dedicado al periodismo cultural en Radio Nacional de España, a la promoción de la lectura y a la poesía. Sus libros: Jimmy Jimmy (1976), Figura en el paseo marítimo (1981), La rosa inclinada (1995), Hondo es el resplandor (1998), La estación azul (2001), Tormenta transparente (2010). También es autor de las antologías Antología del mar y la noche, de poemas de Vicente Aleixandre, y Edad presente. Poesía cordobesa para el siglo XXI.

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Conocí a Javier Lostalé el 21 de marzo de 2012, en un recital de poetas jóvenes realizado en el Ateneo de Madrid en celebración del Día Internacional de la Poesía. Si bien Javier publicó sus primeros poemas en 1971 dentro de una antología colectiva, esas cuatro décadas de trayectoria, de búsqueda constante nunca apresurada, no resultan impedimento para que esa noche de marzo él sea una voz más entre las voces más jóvenes, dispuesto a escuchar y aprender de ellas. —La poesía no la buscamos, sino que viene en nuestra búsqueda. Al terminar un poema, no se sabe si se podrá escribir otro —dice Javier esa noche, y me recuerda a Juan Gelman, a quien alguna vez escuché decir que la poesía es una señora que, a veces, toca a la puerta y se sienta a platicar con uno. Me presento ante Javier y él acepta conversar conmigo sobre su poesía, una propuesta personalísima, difícil de catalogar, que ha madurado un poco al margen de los grupos y tendencias en la escena poética en lengua española de las últimas décadas, pero que a la vez se reconoce heredera de la tradición de Cernuda, de Aleixandre, de la mística. Volvemos a reunirnos unas semanas después en el Café Gijón, un histórico lugar de tertulia que durante el siglo XX albergó a numerosos escritores y protagonistas de la vida cultural madrileña. Llueve mucho esa tarde de abril. Javier me cuenta que hace algunos años visitó como periodista la Feria del libro de Guadalajara en México.

CF.- De tu primer libro, “Jimmy Jimmy”, se dijo que era un poemario sobre el deseo amoroso. En mi lectura también encontré que la voz del poeta está muy pendiente del cielo: mira el alba, el atardecer, la noche. Le interesa buscar la luz, una luz que en el mundo de imágenes del poemario se relaciona constantemente con el deseo y con el amor. ¿Cómo funciona esa relación?

JL.- Es cierto lo que dices sobre la luz. Ese libro, “Jimmy Jimmy”, el primero de todos publicado en 1976, nace de experiencias de vida concretas, es el más autobiográfico en ese sentido. Se abre con un poema llamado “Con el alba...”, que tiene cierta influencia de Vicente Aleixandre, a quien yo visitaba entonces una vez a la semana. Él fue para mí casi como un padre, éramos muy amigos y hablábamos de todo, sobre todo del amor, y entonces la construcción del poema, salvando las distancias, tiene algo de alexandrino. Ahí está esa unión con la naturaleza a través de la luz:
Los pájaros se ciegan con tanta luz/ y estrellan su frágil cabeza contra una roca./ Allí quedan sus alas tronchadas bajo un cielo ceniciento./...

Hay otro poema acerca de la soledad que habla de “una luz en pliegues”. Yo creo que la luz está muy relacionada con la transparencia. Ya pasado el tiempo, mi último libro se llama “Tormenta transparente”, es un libro de amor, en donde la tormenta implica las turbulencias amorosas, pero a la vez, todo eso contenido, aquietado a través de la luz o de la transparencia que da calma y hace que no haya desbordamiento. Entonces, la luz y la transparencia de alguna forma se corporalizan y representan a la soledad, el dolor. En mi primer libro hay otro poema, “Consumación”, en el que un amante, después de una noche de amor, va andando por el campo, por la sierra madrileña y entonces la fusión de la luz, una especie de transparencia, hacen que todo cobre sentido para él, que entienda lo sucedido en esa noche de amor:
En el resplandor del mediodía/ hay una tensión de pájaros carbonizados/ mientras un aire en brasas/ abre heridas en tus ojos./ La soledad es una transparencia sin memoria/ y es fácil perderse en un aroma, o en esa gota de agua/ que, como chispa, llega a tu rostro./ Una lluvia de luz trae/ hasta tu pecho el dolor más hondo;/ aquél que no tiene límites,/ que es ave, deseo, extensión,/ oscuro placer a veces/ consumación serena en la impotencia./...”

La luz es inasible, de alguna manera es la nada, pero a la vez puede entenderse como el punto de partida de todo, porque sólo a través de la luz podemos conocer las cosas. Verlas.

La luz como algo invisible. En mis poemas, en el último del libro “Tormenta Transparente” aparece esa invisibilidad, porque yo tengo la idea de que lo invisible, es a la vez lo que más existencia tiene, lo más visible. Igual que la sombra, está la luz. Decía Ana María Matute que cuando a ella la encerraban de pequeña en un cuarto oscuro, al principio tenía miedo por la oscuridad, pero después a través de esa oscuridad veía más cosas que afuera con la luz. De modo que en la sombra, y en lo invisible, se puede ver mucho más, y lo invisible tiene una existencia más real que lo corpóreo.

Esa oscuridad o invisibilidad puede ser una entrada al mundo de lo imaginable. En ese mismo libro “Jimmy Jimmy” hay unos versos que dicen: "No siempre la luz nos acerca a la verdad de un rostro... No siempre la palabra nos acerca a la verdad de un labio”. Y ese poema concluye: “Por eso todavía nos engañamos... Y vamos uniendo palabras. Aunque sabemos que la verdad tampoco es ésta...” ¿Cómo es ese engaño y esa búsqueda de la verdad en tu universo poético?

La verdad, la que nos sostiene, puede ser la continuidad de un engaño. En el sentido de que el engaño en el que vivimos puede ser nuestra única verdad, cuando no existe lo que nosotros realmente desearíamos...

Sobre eso mismo, en tus poemas, el amor aparece como conocimiento, como verdad en algunas partes, pero también como engaño. ¿Puede ser como una misma cosa con dos caras, que a veces lo veamos como nuestra verdad, pero luego lo veamos como el engaño?

Lo que pasa es que convertimos el engaño en verdad. En una poética que se llama “Confesión”, y que figura al frente del libro “La Rosa Inclinada”, digo que: “Escribo porque nunca fue más bello el engaño”. La creación poética, como toda creación artística, es una mentira. Pero como bien dice Vargas Llosa en ese libro

“La verdad de las mentiras”, es una mentira, pero que está diciendo mucha verdad. Y eso ocurre en esa relación que tú puedes aludir entre verdad y engaño.

En ese poema que mencionas, “Confesión”, entre los motivos que pones para escribir, encuentro el tratar de acceder a lo otro. A lo otro y al otro. En algún momento dice: escribo “para tener lo que no tengo y escuchar lo que nunca me dijeron.”

En eso, yo he pensado que muchas veces lo que uno escribe es lo que desearía vivir y que no vive y que existe sólo en la escritura. Comparto la idea de todos los poetas que dicen que en el poema se construye una vida autónoma. El poema tiene vida por sí misma. Por ejemplo, el libro “Tormenta Transparente” lo escribí a lo largo de un año después de hacer otros trabajos, durante la tarde estaba trabajando haciendo reseñas y eso, y entonces viví durante un año sentado a la mesa donde estaba escribiendo, una historia de amor intensísima. Que estaba nada más en el poema, porque en la realidad no existía nada de eso. Lo que quiere decir que en el poema se crea vida autónoma. El poema suple la vida que no se vive. Por eso no estoy muy de acuerdo con aquellos que unen de forma absoluta vida y creación artística o vida y poesía, porque en la poesía puede haber un aliento, por ejemplo de pureza, que no exista en tu vida, que en la poesía exista un amor que tampoco exista. Hay escritores, poetas en general, que en su vida son malas personas y que sin embargo escriben obras llenas de solidaridad, de amor, de bondad. Quiero decir, ¿quién es más verdadero, el hombre o lo que se ha escrito? Eso ya no lo sé, pero la escritura no es reflejo inmediato de la vida, sino sustitución de la vida.

Un mundo separado...

Puede haber una vinculación mayor o menor. Un poema puede partir de una experiencia muy real, pero eso en la escritura del poema se transforma, y

surge una realidad diferente, aunque algo haya de la biografía del autor. El autor se crea su propio mundo. Hay quienes dicen que en la poesía no existe ficción y yo considero que sí. Un poema hace ficción, incluso el poeta crea personajes para expresar determinados sentimientos o ideas, sólo que el lenguaje actúa de manera diferente en la poesía.

¿Te refieres a una poesía narrativa?

Pues sí, se utilizan personajes para expresar sentimientos ocultos íntimos pero a través de un personaje, un tercero. Esa creación de otros “yo”, la solía hacer Luis Cernuda. Y otras veces, lo interpuesto no es un personaje, sino que puede ser otra obra de arte, una pintura, incluso películas. Que sirven como catalizador de lo que se quiere decir, y para expresar los sentimientos de quien escribe, que lo articula a través de ese medio.

Sobre eso mismo, de que en el mundo poético se puede crear aquello que no existe en el mundo real. Si en el mundo fáctico el amor es una imposibilidad o una ausencia, ¿el que aparezca en el otro mundo, en el poético, puede ser el engaño?

A través de las palabras se puede crear realmente ese amor que no existe en la realidad. A mí me gusta, en mi poesía amorosa, especialmente “Tormenta Transparente”, es un canto, una celebración del amor en sí mismo. Hay un poema que se llama “No llega”, que todo el poema es cómo estamos pendientes, desde que nos levantamos hasta acostarnos, de algo que deseamos que ocurra, y que no va a ocurrir. Estamos seguros, de un encuentro que sabemos no se va a producir, cada día se renueva el deseo de tener ese encuentro:
Aunque no vengas/ yo saldré a esperarte/ en mi cultivo diario/ de un sueño mío contigo,/ ...

Al final del poema vengo a decir que, por encima de que se produzca, sea o

no un engaño, el amor es inmortal. Por encima de eso. Más allá de la figura, de la existencia de una figura:
Tempero de humo amor es hoy,/ pero amor siempre,/ pues hasta en lo que niega es inmortal.

También otro de tus libros, “Hondo es el resplandor”, lo leí como un canto al amor, pero al amor como un recuerdo. Mientras en el primer poema hablas de que: "la memoria alumbra un cuerpo con la forma de los dos,/ pero sabes que la memoria late sin superficie:/ es sólo resplandor", en el último poema, dos amados se toman de la mano y van hacia lo que “es sólo resplandor”, hacia la memoria.

Ese libro, de 1998, reeditado en 2011, es un intento de entrar en lo que es el dolor. Hay un poema de una radiografía aplicada a un acto amoroso:
En la radiografía del paciente/ se observan pliegues de soledad/ formados por las pinzas de unas manos/ que sin duda algún día fueron al encuentro de las suyas/...

Se van recorriendo como una radiografía las diferentes partes de un cuerpo, pero es un cuerpo que estaba muerto. Y un poema de la cabeza. Qué sucede cuando estás en un lugar y la cabeza de otro ser se apoya en la tuya, que al principio te puede provocar cierto disgusto o molestia que se vuelve desasosiego, y luego cedes a que haya una cabeza en tu hombro y eso se vuelve algo erótico.

Hay más dolor y soledad en ese libro. Hablas en un poema del amor no recíproco, de cuando alguien “dice no”.

En ese poema, las palabras nunca son inocentes. Si tú dices “No”, eso de pronto abre dentro una cantidad de sentimientos y de frustraciones, de alguna forma se abre otro horizonte a que si se hubiera dicho que sí. Eso es lo que busco expresar en ese poema. Del dolor, yo pienso que el dolor es peor que la tristeza. El dolor físico, sobre todo, que fragmenta e impide cualquier sentimiento. Ahora hay muchos medios paliativos, se puede curar el dolor, un dolor terrible se puede mitigar en

media hora, aunque se siga con la enfermedad; pero antes, cuando no se curaba, el dolor interrumpía. Aunque tuvieras a tu lado al ser más querido no le podías prestar atención. Se forma un muro. En cambio, en la tristeza no. Es más suave. Alguien que está triste puede estar esperando a que suceda algo. La tristeza nos lleva a algo que no se sabe cuando llegará, y en cambio el dolor lo que hace es cercenarnos, interrumpirnos, fragmentarnos. En el poema sobre el dolor hablo un poco de eso. Luego, en ese libro hay un poema llamado “Mantel” que es un poema que refleja una situación concreta: en todas las casas siempre hay una mantel olvidado. Cuando lo escribí, eso lo uní a la adolescencia. La idea nació porque efectivamente mi tía siempre dejaba un mantel olvidado en una habitación. Y luego por la noche, cuando se daban esos encuentros clandestinos en esas casas de los tíos, cuando alguien subía a las tres de la mañana procurando descalzarse para que nadie oyera, y se llegaba a la última habitación separada del resto de las habitaciones, ahí donde transcurría el acto amoroso había también un mantel. Y luego un tren que pasaba cerca, y las ráfagas de luz que el tren reflejaba eran como algo lunar... El poema termina cuando hay un cadáver en la habitación, que antes se velaban los cadáveres en las casas, resulta que ahí mismo donde está el muerto hay otro mantel. De modo que el mantel es la representación, la encarnación de la culpa, “el olor de la culpa”, al final digo. Ese poema yo tuve claridad al pensarlo. Relacionarlo con el momento de la comida; para mí tiene cierto erotismo pasar la mano por el mantel, sobre todo cuando tiene pequeños dibujitos. En esa etapa de la pubertad, mediante esa operación de tocar el mantel, y mirando luego que era verano, la nube fija que se veía, esas nubes de verano translúcidas que se veían desde la ventana, pues empieza uno a imaginar una historia erótica a suceder por la tarde. Por eso digo ahí que: “la encendida nube fija/ que desde el cielo de la ventana/ mojaba nuestro pecho con los pétalos de una presencia.” Es un poema sensorial que suelo leer mucho en público. Cuando llevo ese libro a recitales siempre me piden que lea “El Mantel”. Es un poema dedicado a un

poeta amigo mío llamado Luis Alberto de Cuenca; publicamos una antología cuando jóvenes con los poetas Luis Antonio de Villena, Ramón Mayrata, que luego han seguido otros caminos. Esa antología se llamó “Espejo del Amor y la Muerte”, que tuvo un texto inicial dedicado a los jóvenes de Vicente Aleixandre. La Antología la hizo un profesor Antonio Prieto, novelista, catedrático ya jubilado.

En ese poema del que has hablado, “El mantel”, no es difícil identificar la fuerza del símbolo. Aun sin conocer la anécdota, un mantel es ese objeto que cubre la mesa, la mesa que es como una cama, están relacionadas, el cuerpo siempre está ahí presente, en la mesa o en la cama.

La poesía no se puede explicar. Yo te puedo explicar de donde partió el poema, pero cada que explicó la anécdota lo hago de una manera diferente, y al hacerlo casi construyo otra cosa distinta. Lo hago porque en general, cuando doy lecturas de poesía me gusta. Ahora estoy escribiendo un libro llamado “El pulso de las nubes”. Está en la línea de “Tormenta transparente”, pero es más cercano a lo metafísico. En los últimos años he escrito un libro, luego he preparado la antología y ya tengo veintitantos poemas nuevos...

Ahora escribes más... entre tus libros anteriores esperaste mucho, ¿alguna razón para ese silencio?

Catorce años. De todas maneras tardo mucho en escribir. Después de “Hondo es el resplandor” escribí un libro de poemas en prosa que se llama “La Estación Azul”. Ese libro me gusta mucho, tiene textos que siempre suelo leer, que no son prosas poéticas, sino poemas en prosa. Ese libro lo escribí en Marbella, estuve trabajando ahí dos años, y lo hice para unos artículos literarios que publicaba ABC y que yo mandaba cada quince días. Tardaba mucho en escribirlos, y luego cuando dejé de publicarlos, yo los vi y me di cuenta que no eran artículos literarios sino poemas en prosa. Entonces los reuní. Corregí algunos, añadí otros

que no se habían integrado en el periódico y publiqué el libro. Además fue un libro premiado, con el Premio Francisco de Quevedo aquí en Madrid. Yo pensaba: ¿por qué tardo tanto en escribirlos, un simple artículo literario? Pero en realidad yo seguía haciendo poesía. Luego de “La Estación Azul” pasaron seis o siete años hasta “Tormenta Transparente”. Y al terminarlo, en un año ya he escrito más de veinte poemas de otro libro. En relación con lo que hacía antes, ahora estoy más activo.

Ahora llega la poesía, porque a veces llega y a veces no.

Efectivamente. Precisamente un gran amigo mío, Francisco Brines, y Vicente Gallego decían eso, que la poesía es esa la que viene, tú no puedes forzarla. Además hay que procurar dejar que el poema sea un campo libre, que tú no te metas demasiado en el poema, que se vaya construyendo, que luego incluso cuando tú lo leas la lectura sea una cosa nueva y desconocida para tí mismo.

Alejarse...

El poema debe tener autonomía.

Hablábamos hace rato del dolor. En el poemario de “Figura en el Paseo Marítimo”, también hay dolor. El poemario termina con una pérdida terrible, como la del ahogado.

Ese libro tiene también su explicación. Ocurrió lo siguiente: estaba yo trabajando en la emisora, comencé a trabajar en la emisora de Palencia. Y yo había tenido en Madrid una relación sentimental, y habíamos quedado que la continuaríamos por cartas. Y efectivamente, la continuamos durante dos años, y en una de las cartas ella me dijo que debería irme a Canarias para que viviéramos juntos ya toda la vida. Cuando se es joven en seguida se piensa que las cosas son

para toda la vida. Entonces me acuerdo que estaba trabajando, era el mes de septiembre que había ferias y mucho trabajo y me dijo el Director de la emisora que justo entonces no podía irme porque había mucho trabajo, y yo le decía que tenía que irme porque iba en ello mi vida; tanto insistí, le dije que si no me daba oportunidad me iría igual aunque perdiera el trabajo. Entonces él se asustó un poco, porque me consideraba mucho, y al verme en esa tesitura me dijo, pues nada, vete. Y me fui, hice un viaje en avión, el primero que realizaba. Me acuerdo que un hermano más pequeño me acompañó para orientarme porque yo era muy torpe, no tenía idea de los aeropuertos, me perdía, era un desastre. Ya cuando iba en el avión iba como transfigurado, porque era mi primer viaje, y pensar que ibas a encontrarte con la persona que teóricamente iba a ser la compañera de tu vida... Llegué, efectivamente me estaban esperando. Me llevaron al hotel, me dijeron descansa un poco, y luego vengo yo a buscarte. Yo dormí la siesta, pero nunca regresaron. No volvió. Me quedé tres días ahí solo. Estaba tan bloqueado que no pude, no se me ocurrió algo tan normal como cambiar el billete y regresar antes, para qué quedarse ahí dos días más. Pero no lo hice, y entonces durante las noches iba por el paseo marítimo, y ahí en esas noches nació el libro, aunque lo escribí mucho después. Es un libro en alguna medida cernudiano. Al preparar la obra completa algún poema de este lo pasé a “La Rosa Inclinada”. Entonces se quedó como algo muy breve en medio de lo demás.

Ya que lo mencionas, que hay sobre el título de ese libro, “La Rosa Inclinada”.

Bueno, los títulos de mis libros me gustan. Suelen tener éxito, han gustado. El último también le gusta al editor. Con “La rosa inclinada” lo que quiero dar a entender es la fragilidad de todo. Independientemente de que la rosa ha sido utilizada como símbolo por ochenta mil, pero yo añado lo de inclinada porque

acentúa la fragilidad de la rosa. Si de por sí es frágil, si está inclinada es todavía mucho más frágil.

La rosa aparece en muchos versos. La rosa negra, rosa de humo...

Igual que en tormenta transparente, de forma natural las palabras del título aparecen en el poemario.

En especial, me gusta cuando hablas de “La rosa decapitada de la adolescencia”.

Ese es un poema que dediqué a mi tía. Ella tenía Alzheimer y yo estaba frente a ella, y ahí es donde hablo de eso.

Y también las rosas quemadas de los ojos del mendigo...

El mendigo como un símbolo, que representa otras muchas cosas.

En ese mismo poemario de la rosa, los elementos que han servido para construir tu mundo poético, como la luna, la luz, al final se revelan como letales. En uno de los últimos poemas hablas de que “mortal es la luna, mortal es la luz, mortal es el amor...

Bueno ese poema lo saqué de “Jimmy Jimmy”, cuando publiqué la obra reunida lo encajé ahí. Eso me indica que hay bastante unidad entre mis poemarios, porque puedo mover un poema del primer libro al tercero y encaja dentro de mi mundo poético.

Pues sí, tu voz es identificable, de una sensibilidad y emotividad que a mí me parece poco común, entre los poetas contemporáneos.

Siempre he sido un poeta un poco clandestino y olvidado. Gente de mi generación ha figurado en antologías y yo siempre me quedaba fuera porque mi poesía no era encajable, no era afín a ninguno de los grupos. Sobre todo por mi entrega a la radio, me he dedicado a hacer lecturas y textos sobre otros, más que dedicarme a mí mismo. Aun cuando publicaba libros, cuando estaba trabajando, pues tampoco les prestaba mucha atención. Era leído y reconocido por otros poetas, por ejemplo Antonio Colinas que era compañero de mi generación más o menos, y por amigos que me ayudaron a salir un poco del ostracismo. Ahora me siento de alguna manera como si estuviera empezando. Cada libro me ha hecho sentir como si reempezara. Siempre he sido más conocido por minorías, por lectores anónimos. No he tenido presencia en antologías. Ahora creo que empiezo a ser más leído. Considero que el poeta no debe aspirar a ser famoso, pero sí reconocido. Ese reconocimiento es lícito, querer que se reconozca la obra en la medida en que deba ser reconocida. Cada una, mayor o menor, dentro de los límites de cada uno, el reconocimiento es fundamental. Aleixandre decía que con que hubiera un sólo lector de su obra, ya daba por bien utilizado el tiempo de toda su vida dedicado a escribir. Yo me acuerdo de una anécdota. Fui a presentar un espectáculo en un pueblo del norte de la provincia de Palencia, cuando estaba allá en la radio, y acababa de publicar “Jimmy Jimmy”, y cuando fui a reservar la habitación del hotel, había allí un chico joven que era el recepcionista. Y cuando yo le dije mi nombre se quedó callado, y luego cuando bajé para que me devolviera el carné de identidad, veo que me adelanta el libro de “Jimmy Jimmy”, que había leído. Eso es algo que te produce gran satisfacción. Que de pronto en un pueblo perdido quién sabe dónde, alguien haya leído tu libro, y que lo tenga en cuenta, lo tuviera cerca y te lo pudiera presentar a firmar.

Que el otro lea tu trabajo es un privilegio. No siempre es posible encontrar

al otro, al que quiera escuchar.

La poesía es el medio más profundo para llegar al otro. Eso lo dice mucho Brines. Y también es el camino mayor de la tolerancia. Fíjate tú que puede haber un poeta que escriba una poesía social política, pero que sea verdadera poesía. Aunque sean ideas totalmente antípodas a las propias, se impone el poema, asientes al poema y lo integras. Puede ser una poesía amorosa, que parta de una experiencia totalmente diferente y de un mundo ajeno al propio, pero si hay verdadera poesía, también ese poema emociona. Más allá. Algo todavía más interesante, un misterio de la poesía, es como un poema doloroso, terrible, escrito por un poeta al borde del suicidio, si tú estás en una situación semejante, que has perdido toda esperanza, al leer ese poema no te induce a ti al suicidio, sino que te da ganas de vivir. A pesar de la situación dolorosa, que añade dolor al que tú ya de por sí sientes. Si es verdadera poesía, la poesía puede sacarte del agujero.

Te hace latir, sentirte parte de una comunidad...

Claro fuera de ti. Por eso decir que más vale sentir algo aunque sea doloroso, que no sentir nada. Carlos Bousoño otro poeta de posguerra, solía decir que la pérdida amorosa es horrible, pero lo más terrible es la incapacidad amorosa. Parece que en el mundo hay seres que son incapaces de amar. Y eso es lo más terrible. La enfermedad. No el amar y que luego te abandonen o el desamor. Lo peor es no poder amar. Igual que Aleixandre en un poema de “Poemas de la consumación” que yo lo parafraseo porque no lo digo tal cual, dice: recordar la vida por los besos dados es triste, pero más triste es haberlos dado sin memoria. Los que han ido besando en uno y otro lado y luego no se acuerdan ni el nombre de la persona a la que besaron. Eso es lo realmente triste. Aunque luego la relación desaparezca, lo triste es luego no recordar nada. Ni siquiera el nombre. Yo conozco a amigos que han estado con muchas personas y se han olvidado de

los nombres. No han estado con un ser, han podido estar con un cuerpo, pero no con alguien plenamente vivo. Yo confieso, con Aleixandre de nuevo, que la única forma de llegar al alma de una persona es a través del cuerpo, lo que pasa es que el cuerpo es más que la piel y el tacto. Es eso, pero mucho más. Una comunicación entre dos seres.

Eso me recuerda lo que encontré en los textos de “La Estación Azul”. Ahí la voz poética es distinta. Sigue presente la búsqueda del otro como objeto del amor, pero ya es algo más amplio, una comunidad.

Efectivamente. La Estación Azul es mi libro más solidario y más fuera de mí, importan más los otros y los demás que lo que me ocurra a mí. El libro “Jimmy Jimmy” estaba lleno de poemas tristes. Ese libro cuando lo escribí tuve verdadera conmoción física, reacciones físicas, emocionales. Algún poema casi lloraba mientras lo escribía, contaba algo muy dentro de mí. Luego en los otros libros ya no.

La ocasión anterior nos vimos en un encuentro de “poesía joven”. En todos estos años, sin duda has visto y conocido a muchos poetas. ¿Cómo han ido cambiando los poetas en España?

Yo he ido conociendo varios poetas. Cuando hubo el movimiento de los Novísimos, en los sesentas, tenían una serie de características que parecía un grupo que ya iba a funcionar así, pero rápidamente cada uno fue adquiriendo su propia voz y ya no tuvieron nada que ver con las características de los novísimos. Y eso así va funcionando. Yo creo que cada poeta es único, el desarrollo de su poesía es único. Si no es así, se trata de un poeta epigonal que de alguna manera sigue a otros, y no hay nada peor que ser un discípulo en el sentido de imitar a otro. Porque claro, el que imita nunca será como el imitado, por muy bueno que sea, por eso los poetas que han querido escribir como Lorca, pues... No se le

puede imitar. Otra cosa es que hay atmósferas, influencias. Yo por ejemplo, en mis primeros poemas de “Jimmy Jimmy” sigo mucho de Aleixandre, aprendí un poco por ejemplo el uso de la “o”, que él la utiliza con carácter identificativo y no disyuntivo. Al decir amor o muerte no es disyuntivo, sino amor igual a muerte. En alguno de esos poemas utilizo la “o” con ese carácter. Yo creo que la poesía es muy variada. Hay todo tipo de voces. Hubo una etapa que hubo poesía de la experiencia, ahora alguno de esos poetas han evolucionado a algo más metafísico y esencial. A mí me gusta más esa poesía metafísica y esencial, que no quiere decir que eso esté reñido con la emoción ni con lo sensorial. Puede haber una poesía metafísica con carnalidad. En general, yo creo que hay muchos poetas y muy buenos, en España dentro de Europa, y ya no digo en Latinoamérica de donde conocemos a los grandes poetas, pero los jóvenes de ahora que están escribiendo es más difícil que se conozcan aquí.

Y respecto a la tradición, cuándo nos conocimos en el Ateneo te escuché decir que los poetas se deben a su tradición, pero no sólo la pasada, sino también la presente. ¿Cómo es esto?

Lo que quiero decir es que todas las lecturas influyen y nos hacen. Entonces, las lecturas de los grandes autores del pasado por supuesto, pero también las de los libros de hoy, si son libros buenos y tras leerlos me han dejado huella, pues se integran y forman parte de la tradición como Góngora o Quevedo. No quiere decir que Góngora deje de ser mejor o peor que el nuevo autor, sino que ya están todos integrados en mi tradición. Y por tanto, la obra que escribe uno no la crea solo, muchas cosas de algún modo ya están escritas.

Algo más sobre tu trabajo publicado más reciente...

Mi último libro, “Tormenta Transparente”, es un libro de amor, aunque del

amor sin figura, sin que exista nadie detrás. Sí hay una figura, pero está trascendida. La imagen que abre el libro, en el primer poema, la del vagón como un fulgor en una vía muerta, iluminado por los rayos, fue algo que me subyugó, de ella salió todo el libro:
Como un vagón abandonado entre luces de tormenta,/ recorrido por el fantasma transparente de tu ausencia,/ me despido de ti hundido en la ortiga fría de tu pecho/ que con su relámpago, ya líquido, me crucifica a tu memoria/ entre deltas de nubes ardiendo con tu rostro abatido,/ donde todavía la sangre canta/ la aurora eterna de lo extinto en su final sentido.

También hay un poema que se titula “El hueco”, y que aborda todo lo que sucede en el hueco que hay entre dos seres, o entre dos miradas, o dos silencios. El hueco que hay entre dos desnudos es en verdad donde sucede todo, más que en la fusión de los cuerpos. Lo mismo en el cruce de dos miradas, una cosa instantánea. Ese hueco es lo inexistente pero no es el vacío. Tengo una preocupación por lo inexistente, o por una existencia más profunda, siempre he pensado que hay fuerzas que no conocemos, que están actuando

constantemente, igual que hay seres. Entre mis poemas en prosa hay un texto que se llama “Los ausentes” y habla de eso, de como actúan los ausentes entre nosotros cuando abrimos una ventana o empujamos una puerta, hay otra mano que es la que abre la ventana, la mano de los ausentes, que pueden ser nuestros padres, amigos... Encabeza este libro de “Tormenta transparente” una cita del pensador francés Jules Renard, que dice: “He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas”. De alguna manera, esa cita resume un poco todo el libro. Y también mi poesía.