You are on page 1of 8

VIAJE POR EL MUNDO DE LOS SUEÑOS

Nako

Obra dedicada a la gran pequeña locura que todos llevamos dentro...

Barcelona, 2012

Un día, estaba andando por la calle y se me ocurrió utilizar mi creatividad para, tal y como indica el nombre de la habilidad, si así se le puede llamar, escribir algo digno de ser leído. Después de profundas meditaciones determiné que quizás el mejor modo de empezar un relato sería mediante la apelación directa al lector, puesto que este sería el receptor del mensaje que yo, en forma narrativa, transmitiría. ¿No obstante cuál sería la mejor manera para dirigirme a éste?, mediante el usted, el tu... Quien sabe. Tras reflexionar más amplia mente al respecto emprendí una mayor labor, y quizás más pragmática, la de escribir mentalmente la narración que en la hipotética obra me gustaría realizar. De este modo empece refiriéndome al lector, y a este como querido, pues siendo sincero a mis sentimientos afectivos, es para mi un placer que alguien lea los que yo escribo. Consiguientemente empece a pensar las siguientes palabras, frases, oraciones, párrafos, que constituirían mi narración, empezando del modo en que el texto sigue: No se si a ti, querido lector, alguna vez te habrá ocurrido que durante tus meditaciones más profundas has logrado transgredir las delimitaciones existentes entre lo real y lo irreal. A mi parecer, este hecho, que puede empezar manifestándose mediante simples digresiones en el pensar puede resultar una placentera e interesante experiencia por nuestro mundo interior. Este acto puede manifestarse de muchos modos, incluso ahora mismo me podría suceder, no obstante y para conservar la coherencia del texto, el cual sin quererle dar una connotación científica desearía darle un mínimo rigor, intentare evitarlo a toda costa. En este mismo marco, ¿porque no hacerlo?, empezar un largo viaje por mi mente, y tu lector, emprenderlo conmigo como espectador omnisciente, siendo tu testigo, tanto de lo que piense, como de lo que en mi pensamiento crea ver, oír y sentir. Retomando el inicio de este humilde texto, tu lector, imaginate que estás en un sueño, una situación irreal producto de tu subconsciente, ya sea esta efecto de un sueño, un ensueño o un simple desvarío producido por otros factores,¿Como suelen iniciarse estos viajes?, ¿cual sería el mejor lugar ficticio o real para emprender tal marcha por nuestro subconsciente?. A mi un día me sucedió que, andando por la calle, me plantee cual podría ser la mejor manera de utilizar mi creatividad, para crear de forma obvia algo digno de interés. Esta simple cuestión me llevó un rato de reflexión, finalmente decidí seguir andando y abandonar tan difícil tarea, puesto que creí que no estaba lo suficientemente motivado como para escribir. Al seguir andando por la calle, y teniendo en cuenta que hacía un invierno realmente caluroso me senté en un banco a descansar un rato, era el diciembre más caluroso que recordaba, hacía unos veinticinco grados de temperatura, cosa que me obligaba a ir en tirantes, aunque quizás con esa descripción era verano, no lo recuerdo. Lo que si recuerdo de forma muy nítida, es que una vez sentado en el banco me sumergir en mis pensamientos; en ese mismo instante me vino a la cabeza la imagen de una playa, soleada, fresca, grande. Esa playa estaba formada por una cala natural entre dos peñascos de roca viva recubiertos en sus cimas por frondosa vegetación y largas palmeras cocoteras; no estaba seguro de como había llegado hasta aquel lugar paradisíaco, lo que si tenía claro es que la finísima y blanquinosa arena me acariciaba y masajeaba los pies, cuando me levante del banco de madera que me sostenía y me puse a andar por aquel magnifico lugar. El aire era muy limpio, y en el mar cristalino se podían avistar barcas fabricadas con caña de los pescadores nativos de la zona, algunas gaviotas rodeaban con sus gritos esas naves, aunque lo que más recuerdo era el olor producido por la sal del mar y las cosquillas que me hacía la arena en los pies. Me dirigí con paso relajado hacía la orilla del mar, respirando lentamente y desahogándome de todos mis problemas materiales, había encontrado el bienestar. Cuando llegué a la orilla no me detuve, sino que seguí avanzando hasta que el agua me llegó hasta las rodillas, en ese momento empece a andar siguiendo el curso de la orilla mientras el aire me refrescaba con su olor salino y el ligero sol me bronceaba ligeramente los hombros. Al final de la playa había una pequeña casa de pescadores de un color tan blanco que deslumbraba la vista, tenía una altura de dos plantas. Mientras andaba avisté a dos nativas de la zona, llevaban túnicas finísimas de lo que podía suponer era lino u otro tejido de origen vegetal similar. Las muchachas estaban peleándose amigablemente por un jarrón con agua, me quedé un rato contemplándolas. Mientras veía sus bronceadas pieles, sus exóticas vestimentas y sus brunas melenas moverse ligeramente me percaté de que algo en el medio físico que me sostenía había empezado a cambiar.

Empece a notar como el agua, sin hacer variar en absoluto el paisaje que estaba observando, había empezado a cubrirme por la cintura. El agua estaba cálida en su superficie, pero ligeramente fresca a partir de su cierta profundidad. Intente salir pro era inútil, el agua seguía cubriéndome, cuando llego está a mi cuello lance un grito a las nativas que hacía rato habían dejado de jugar y tan solo me miraban con cara interrogante y de forma estática , no hicieron nada salvo decirme adiós inanimadamente con la mano. En un instante el agua me había cubierto por completo, a pesar de ello podía, misteriosamente, respirar. El agua me movía los miembros de forma graciosa y comoda, todo miedo que pudiera haber sentido en un principio se disipó y me sumergió en un profundo sueño. Cuando creí despertar me encontré, sin recordar como había llegado hasta allí, en una zona montañosa, formada por reducidas elevaciones del terreno, que por cierto, tenía un color intensamente rojizo. Estaba rodeado de pequeños alcornoques y oliveros, desconcertado seguí andando por ese misterioso paraje. El cielo tenía una tonalidad rosada, las hojas de los arboles ensuciadas por el polvo rojizo ayudaban a crear un ambiente mágico o místico. Tras andar ensimismado por tan cautivador paisaje pude divisar una montaña con la misma vegetación encabezada por un castillo medieval de piedra blanca ruinoso. Por el color del cielo pude determinar que estaba oscureciendo, contradictoriamente con mi suposición pero, la cantidad de luz no disminuyo en absoluto, así como el color rojizo del cielo, ni tan siquiera una brisa de aire acariciaba aquel remoto lugar. Levaba unas grandes botas marrones en los pies y un curioso pantalón y chaqueta de color verde oscuro muy gastado y harapiento, que al igual que las hojas de los arboles había cogido un color rojizo al entrar en contacto con el polvo que desprendía el suelo reseco y agrietado. A pesar del aspecto inhóspito del lugar, no hacía calor, más bien y por lo que podía notar en mi rostro, hacía fresco. Seguí andando en línea recta manteniendo la antigua fortificación a mi derecha, al cabo de un breve intervalo de tiempo encontré delante mío una especie de agujero rectilíneo que atravesaba el campo por el cual estaba andando. A simple vista parecía una trinchera de origen militar, para comprobarlo me introduje en él ascendiendo agarrado al nivel natural del suelo. En el interior, a pesar de estar totalmente despoblada la infraestructura, habían algunos objetos metálicos muy oxidados que parecían piezas de metralla y proyectiles de medianas dimensiones. También pude observar trozos de tela, muy similares en aspecto a los que yo llevaba encima, así cómo botas parecidas a las mías. Lo que sin embargo no vi, era ningún arma, ya fuera fusil, cañón o pistola, nada. Seguí andando por la trinchera, dentro la temperatura era algo más cálida y húmeda, impregnada de un olor a tierra mojada. La zanja, conforme la iba resiguiendo delimitaba un trazado en forma de zig-zag, acompañado siempre por restos que parecían efecto de alguna antigua batalla olvidada. Pasado algún tiempo llegué a una encrucijada, no había ningún cartel que indicará el lugar hacía dónde se dirigía esa desviación, a pesar de ello, y motivado por la curiosidad la seguí. La zanja, tras hacer varios giros, me condujo a una puerta de madera, algo putrefacta por la intemperie. El ruido del silencio era desolador, ni un pájaro, ni el remor de las ramas de los arboles en contacto con el viento, ni siquiera las pisadas de mis pesadas botas parecían romper esa paz. Decidido a saber que había detrás de esa puerta, construida inmediatamente en la pared de la trinchera, la abrí. Unas escaleras aparecieron delante de mi figura a la expectativa. A pesar de la oscuridad que reinaba en esa escalera, configurada en forma de caracol, me introducí en ella, dejando la puerta abierta para asegurarme algo de luz. En cuanto empece a avanzar escucha des del exterior voces de hombres, el sonido de fusiles y ametralladoras, el ruido ensordecedor de las explosiones. Cuando me guiré y subí corriendo para ver que sucedía, la puerta se cerro en mis narices, intente forcejear pero el parecer era inútil. De repente puede escuchar en el exterior hubo una gran exterior que destrozo la puerta y me catapulto hacía el interior de las escaleras. Durante algún tiempo perdí la consciencia, cuando desperté, una tenue luz procedente del interior de la caverna iluminaba tenuemente el espacio dónde me encontraba. Ya no existía la puerta, pero tampoco se veía el exterior, y había desaparecido toda voz humana. Una avalancha de arena y piedras habían tapado absolutamente el acceso a las escaleras, ahora solo de vez en cuando se escuchaba de forma muy confusa explosiones y leves temblores de tierra, en ese momento una horrible sensación producto de la expectativa de haber sido enterrado en vida me invadió todo el

cuerpo. El airé tenía un olor muy viciado, probablemente de hongos. La atmósfera de ese lugar era cálida y húmeda. Empecé a descender por las escaleras, formadas por la misma piedra blanca que había podido observar en el castilla ruinoso. Cuando levanté mi vista pude ver que el techo estaba formado, no solo con ese mismo material, al igual que las paredes, sino con una especie de retablo esculpido y con restos de un policromado deteriorado por el tiempo. No me pude fijar más en ese inmenso grabado porque me percaté de que ahora el ruido procedía del final de las escaleras, que a medida que avanzaba parecían estar más iluminadas. Cuanto más iva descendiendo el temblor y frágil ruido producto de las hipotéticas explosiones que arrasaban el exterior iba desapareciendo, mientras otro sonido, más desgarrador todavía surgía de entre las entrañas de la tierra. Se escuchaban sollozos de desesperación, crudos y secos, de alguien que llevaba horas y quizás dias lamentándose, cuando descendí un poco más, hacercandome más al habitáculo de donde emanaban aquellas lamentaciones me percaté de que no era una persona la que lloraba, sino dos. Finalmente la escalera de piedra blanca dejo de dar vueltas en forma de espiral abriéndose delante de mi un amplio pasillo con la misma estructura, solo dos cosas habían cambiado substancialmente en el ambiente pero, el clima; notaba como las manos y la cabeza se me congelaban lentamente, y la iluminación; al final del pasadizo pude observar una luz muy potente que iluminaba toda la estructura subterránea con mayor o menor intensidad. Instintivamente avance hacía la luz, hacía ese misterioso lugar des de dónde procedían aquellos lastimosos lamentos no sin sentir un gran miedo y desamparo. Al llegar a la puerta la intensa luz ceso por completo, y me sumí en las más oscuras tinieblas. En ese preciso momento experimente un miedo brutal así como un desasosiego grandioso, al verme víctima de todo tipo de calamidades y desventuras en ese laberinto subterráneo. La luz no se apago sola, también cesaron por completo las lamentaciones, todo quedo oscuro y en silencio. Al cabo de unos instantes de desconcierto y temor una pequeña luz parpadeante se ilumino en el habitáculo que tenía justo en frente, al final del pasillo. La luz, tal y como pude ver era producto de un candelabro, probablemente de plata y con muchos ornamentos. Impulsivamente me introducí en la habitación. Antes de avanzar dos pasos me fije de forma rápida y a la defensiva, ya que el temor aun no me había abandonado, de la configuración de la habitación, y me sorprendí gratamente. La habitación era totalmente cubica y con un techo bastante alto, las paredes eran blancas con chapado de madera noble hasta la altura de la cintura y con numerosas ornamentaciones pictóricas de tipo floral, una chimenea de mármol blanco con adornos de tipo clásico y unas cortinas de color granate; por lo que respecta al mobiliario estaba formado por varias estanterías también de madera noble trabajada con numerosos volúmenes cuidadosamente encuadernados, delante de la chimenea había un sofá que en ese momento estaba de espaldas a mí, así como un sillón verde oscuro con una elaborada tapiscara, entre la gran chimenea y los sofás había una mesa de una altura reducida, de aspecto muy trabajado y de color oscuro, encima de esta el candelabro. Seguí avanzando por la habitación dando cuatro pasos hacía delante, al cuarto paso un grito chirriante me estremeció. En ese preciso instante la atmósfera de la habitación cambio; repentinamente el candelabro se había apagado, siendo su luz substituida por una ligera luz provinente de detrás de las cortinas, en ese momento me giré, no pudiendo encontrar la puerta por la cual había entrado, no había ninguna puerta ya en la habitación. Una figura masculina se levanto del sofá mostrándome solo su espalda. Vestía una casaca ricamente ornamentada con adornos dorados, un faldón así como una peluca blanca coronada con un gorro tricornio. La hablo, una voz profunda surgió, no de dónde estaba el hombre sino de toda la habitación, de todo el mobiliario, incluso de mi mismo diciendo: -Soy la guerra y la paz, soy el mal y soy el bien, soy el egoísmo y el altruismo, son la crueldad y también la misericordia, soy el hombre, porque soy la contradicción, soy la antítesis. Yo soy tu y tu, eres yo. Ante estás extrañas palabras me quede sin aliento, sin palabras, mudo ante la afirmación producida por ese hombre de extraña naturaleza. La figura, sin girarse ni moverse, rígido de forma impasible prosiguió: -Si estás aquí es porque a pesar de vivir en paz estás constantemente en guerra, porque a pesar de ser bondadoso haces está por maldad, porque eres altruista por propio interés, porque tu misericordia se basa en la crueldad, Porque tu eres yo, y yo soy tu.

La figura seguía impasible, un profundo nerviosismo histérico surgió del interior de mis entrañas, ¿quien era ese o eso que dándome la espalda decía esas cosas?, ¿que esperaba que dijera?. Vacilante dije: -Quién eres?, que hacés aquí?, Porque estoy aquí? -Ya sabés el porqué y el quién, aquí no he hecho nada más que esperarte. -Cómo es posible, porque a mi? -Porque yo soy tu y tu eres yo. -Porfavor, date la vuelta, quiero verte. -En mi rostro no hallarán una respuesta a una pregunta que ni siquiera has formulado, a pesar de ello que así sea. Yo , que durante toda la conversación al igual que mi interlocutor, no me había movido ni un centímetro observé como se dio la vuelta, sin enseñarme su rostro, pues no lo tenía. -Y tu rostro, qué eres? -Yo soy tu, y tu eres yo, teniendo tus ojos porque tener rostro... Era esa cosa, pues no lo podía nombrar de otro modo, parte de mi?, En ese momento empece a planteármelo de forma seria, pero no obstante como era posible?... -No es posible, la posibilidad da lugar a la no posibilidad, y esto es un hecho consumado. No había lugar a dudas, ese ser formaba parte de mi, conocía lo que en mi interior más profundo había, era testigo de mis pensamientos, de mis sentimientos, era yo y al fin lo comprendía. Y ahora que debía hacer me pregunté, como reaccionar ante algo que formaba parte de mi mismo pero que no obstante no podía controlar. -Exactamente, no puedes controlar mi existencia porque no puedes controlar la tuya propia, no podéis controlar vuestra propia existencia; producís en abundancia para vivir en la indigencia, aprendéis para seguir viviendo en la ignorancia, inventáis para mataros más eficientemente; pensáis si, nuevas formas de humillación, dominación, penalidades, tortura y muerte... -Y yo que puedo hacer ante esta cruda realidad, solo soy una minoría de uno ante un mundo entero basado en el egoísmo, la codicia, la corrupción y la miseria. -El que se puede hacer no es una pregunta válida, valido es preguntarse que no estoy haciendo. Sígueme! Después de pronunciar el imperativo el ser que tenía plantado delante mio se acerco a la ventana y corrió las cortinas dejando los cristales de la ventana desnudos. Detrás del cristal habían unos verdes prados que recorrían el trazado de un riachuelo, todo el paisaje estaba amurallado por unas grandes formaciones montañosas que constituían todo lo mencionado en un basto valle. En el lado izquierdo del valle se podía divisar una pequeña aldea formada por casas de piedra gris oscuro y tejados de pizarra galardonados con chimeneas que humeaban sin cesar. Estando al lado del ser que me había mostrado ese vello paisaje me dijo en voz voz baja y desde toda la habitación así como desde dentro de mi mismo: Vuela! Sentí como salía volando atravesando el cristal sin causar ningún tipo de perjuicio, note el aire fresco en mis ojos, me giré para ver como era el edificio del cual había partido, era una mansión señorial de ladrillo rojo con grandes ventanas oscuras, solo una estaba iluminada y allí vi la figura sin rostro y a su lado me vi a mi mismo mirándome. Intente ver mi cuerpo volar pero no era cuerpo, ora era aire, ora montaña, pero ya no era cuerpo. Seguí el valle fijándome en las pequeñeces que en este se podían observar, vi un rebaño de bacas pastando mientras mugían cerca del riachuelo, vi salir de una casa a un grupo de campesinas vestidas con anchas y abrigadas faldas ir a tender la colada. Seguí avanzando, cada vez el terreno parecía más abrupto, a medida que avanzaba había menos vegetación y todo se convertía en afiladas rocas y desfiladeros. Cuando avancé aun más, en ese vuelo que no podía controlar, las rocas se convirtieron en pastos blancos nevados, y los valles en glaciales. Finalmente observe delante mío una montaña que sacaba de sus entrañas humo, al avanzar unos centenares de metros más vi más claramente que no había nieve en su cumbre ni en la totalidad de la estructura que la conformaba, y que esta no era de roca grisácea como las demás sino negra como el carbón. Era un paisaje bellísimo, estaba rodeado de extensas cordilleras nevadas, y en el centro de todas estás una montaña negra, que determiné, era un volcán. Empece a descender,

dirigiéndome implacablemente hacía el cono de la montaña negra, un olor a azufre y pólvora me lleno el sentido olfativo, solo veía rocas negras y cavernas que entre estás surgían. La velocidad con la que avanzaba aumentó substancialmente, yendo contra la montaña. En ese momento solo sentí pánico aunque ya no era cuerpo sino solo aire, y ahora humo y roca pulverizada. Cuando creí estamparme contra el volcán vi una pequeña grieta en la tierra, solo fue un instante, depúes el oscuro calor sulfúrico. Estaba adentrándome a una velocidad vertiginosa por grutas y cavernas sofocantes, iluminadas solo algunas por una rojiza luz producto de riachuelos de magma incandescente puntuales. Solo escuchaba el ruido sordo de las gotas de lava que resbalaban por las oscurecidas paredes de esas oscuras cavernas. Solo habían dos colores, el rojo del fuego y el negro de las rocas. Solo había un olor, el del azufre. Solo una temperatura, un calor asfixiante. Finalmente llegue a una gran caverna, iluminada vorazmente por una luz azafranada encendida por doquier, una cueva inmensamente grande, no alcanzaba a ver el final. Debajo de mi, inmuerables sombras gritaban de dolor, sombras totalmente negras, sin rostro, todas iguales sufriendo un mismo dolor indescriptible... Dejé de volar y caí entre la multitud de sombras; estaba horrorizado. Me había convertido en una de ellas, solo sentida odio, desprecio y dolor, un dolor tan profundo que difícilmente se puede describir con meras palabras. Me dolía todo el cuerpo, aunque estaba desposeído de él, me dolían las entrañas, a pesar de que tan solo era una sombra, sentía fuego, calor, pestilencia, y una cegadora impotencia bañada por el mayor de los odios. Repentinamente solo podía actuar como todas esas sombras, solo podía gritar obscenidades, solo podía moverme desesperadamente hacía ninguna parte. En ese momento solo la muerte me habría calmado, pero ni tan siquiera eso logré pensar, pues el odio monopolizaba mis pensamientos. Creía que llevaba una eternidad en esa caverna cuando una figura rojiza como la luz que en la estancia reinaba, con los ojos grises se me apareció delante mío, las demás sombras se arrodillaron ante el, yo no lo hice. En mi interior tan solo había odio, y con odio iba a responder. La figura me miro y me dijo: -Bienvenido al infierno, aquí serás torturado eternamente bajo el fuego abrasador de mi persona. -Hijo de puta, me cago en tu existencia, ni siquiera he muerto desgraciado, te mataré... Un dolor aun mayor me impido seguir despotricando contra aquella figura demoníaca, me levanto con una de sus garras infringiendome aun más dolor, creí morir sin saber del cierto si vivía. Desperté en una caverna del tamaño de una habitación grande, había recuperado mi cuerpo, yacía desnudo junto a la pared y ya no sentía dolor. En esa estancia habían unos recipientes metálicos en forma de tubo de unos dos metros de altura aproximadamente dispuestos en dos hileras. El metal estaba visiblemente oxidado y desprendían un gran calor, en el fondo, ubicado entre las dos hileras, había una puerta igualmente metálica. Me levanté. Desnudo en esa estancia me sentía frágil y vulnerable. Delante mío apareció una gran humareda de color gris con tonos rojizos. Una figura con patas de cabra, piel rojiza y cuernos de carnero igualmente rojizos y retorcidos. Le miré a la cara, y no tenía ojos, solo dos manchas oscuras que parecían quemaduras ocupaban el espacio que deberían ocupar los globos oculares. La extraña criatura demoníaca me miro y dijo: -Estás aquí por pecador, te torturaremos eternamente con las peores torturas que jamás hayas podido imaginar. Aquí, en la habitación del fondo. La puerta metílica del final se abrió causando un gran estruendo de tuercas oxidadas. La ranura de apertura, situada de forma vertical estaba dentada. Mientras se abría lenta y ruidosamente del interior aparecía una nube de vapor acompañada de una luz rojo oscuro. Ante el imaginarme una eternidad de torturas me estremecí, palidecí, pero conseguí mantener la calma para no derrumbarme. Mire fríamente a la cara de aquel ser, lo miré desafiante, inquebrantable, y formule las siguientes palabras: -No podrás conmigo, el hombre es más fuerte, y yo soy el hombre. Yo soy la paz forjada con la guerra, yo soy la malévola bondad, soy el altruismo interesado, soy la cruel misericordia, soy la contradicción, soy el ser humano... Y tu no eres nada. La figura se evanecido ante mi convencimiento de que podía destruirlo con tan solo saber que él era solo un fantasma de los desviaros del pasado y yo una parte del todo, el hombre. Busqué una saluda de esa caverna, me fijé en la composición de las pareces, y vi una avalancha de barrio seco rojizo que conducía a un estrecho agujero en el techo. En cada esquina de la habitación

habían cámaras de vigilancia de color blanco. Trepe por el montón de escombros, cuando estaba a punto de aventurarme por el agujero que me sacaría de ese infierno una mujer vestida con ropas de saco, de larga melena castaña y de mirada fija y penetrante me miró. Su mirada desprendía amor y odio, pasión y repulsión... Instintivamente le dije adiós y que lo sentía, luego lloré. Ella siguió andando por la estancia perdiéndola yo de vista. Me introducí en el conducto que se extendía varios centenares de metros oscuros, finalmente la luz. Salí en unas obras, estaba en un agujero lleno de barrio y rodeado de vallas de color amarillo. Era de noche y varias farolas me iluminaban. Trepé por el borde del agujero y salí de él. Estaba en medio de una calle desierta, desnudo y lleno de barro. Al otro lado de la calzada se extendían los muros de una cárcel, con sus rejas y alambres de espino electrificados, detrás de mí había un descampado. Seguidamente me dirigí confuso y exhausto hacía la cárcel, por el camino divise un banco y me propuse sentarme un banco. No hacía ni frió ni calor, ni viento, ni siquiera había ningún olor particular. Una vez estuve sentado cerré los ojos. Cuando los abrí seguí reflexionando sobre como podría plasmar en el papel esa gran historia que había desdeñado mentalmente. Sin duda sería una actividad muy productiva y reconfortante poder escribir esa narración de forma completa e invitar a mis mejores compañeros y al público en general a que la leyeran para que me pudieran dar su opinión y así en un hipotético futuro poder escribir con mayor corrección en función de los consejos de mis queridisímos lectores...

Nako.