6u|tura, ||bertad e |ndependenc|a

Amartya 3en
Ecoror|sla y l||ósolo.
Vasler por e| Tr|r|ly Co||ege, Caror|dge (Re|ro ur|do)
La dimensión cultural de la vida humana
Los especialistas del desarrollo, más preocupados por alimentar a los hambrientos y por
eliminar la pobreza, se irritan a menudo ante un interés por la cultura que les parece
prematuro en un mundo donde las privaciones materiales son todavía tan numerosas.
¿Cómo, se preguntan, puede hablarse de cultura –poesía, música, pintura- mientras la
gente muere de hambre, de desnutrición o de enfermedades que serían fáciles de
prevenir? Estas objeciones están inspiradas en consideraciones que no pueden ser pura y
simplemente rechazadas, pero una concepción del progreso que disocia tan
artificialmente los elementos y las etapas es poco realista e indefendible. Incluso la
economía, como apunta Adam Smith, resulta inoperante si no se comprende el papel de
los "sentimientos morales". La cínica observación de Bertold Brecht en la Ópera de tres
peniques según la cual lo primero es comer y lo moral viene después, es más un grito de
desesperación que una toma de posición sobre las prioridades.
La cultura no es independiente de las preocupaciones materiales, ni tampoco espera
pacientemente su turno detrás de ellas. La decisión de publicar un informe mundial sobre
la cultura puede considerarse como una medida importante para la afirmación de nuestra
voluntad de evaluación y de comprensión, con mejor conocimiento de causa, de la
profundidad y extensión de la dimensión cultural de la vida humana. Tal iniciativa, sin
embargo, tiene el riesgo de enfrentarse a dos tipos de problemas: puede chocar con una
oposición decidida, o suscitar una adhesión ciega. La primera de estas reacciones
proviene a veces de mentes "prácticas", apegadas a poner "primero" orden en el mundo
material. Yo no volvería más en este capítulo sobre las tesis de los que desean proceder
por etapas y me contentaría con citar un viejo dicho bengalí: "la mujer que cocina platos
sabrosos puede querer también, después de todo, peinarse con elegancia". Me inquietan
mucho más los peligros de las adhesiones ciegas. Añadiría que el universo de los
indicadores culturales –índices del conjunto de logros culturales y medidas escalares
irreductiblemente complejas- me inquietan otro tanto. Éste es el tema de este capítulo.
Preocupaciones y peligros
Comenzar por mencionar algunos motivos de escepticismo.
La heterogeneidad de la cultura. La palabra "cultura" no designa una sola cosa, sino que
es un término genérico que cubre un conjunto de actividades y ocupaciones diversas. Los
habitantes de un mismo país pueden tener opiniones muy diferentes sobre lo que son
hechos culturales, y las culturas difieren radicalmente de un país a otro, o según las
tradiciones y las herencias históricas. Así, la búsqueda de un conjunto único de
indicadores de la actividad cultural sólo puede ser contraproducente en el mundo
completamente diversificado en el que vivimos.
La importancia de la unicidad. Más allá de la necesidad de reconocer esta
heterogeneidad, es necesario ver la importancia de cada cultura como tradición única. En
un mundo bombardeado constantemente por el "imperialismo" cultural de las metrópolis
occidentales (se trata aquí más de MTV y Kentucky Friend Chicken que de Shakespeare
o Aristóteles), es ciertamente más necesario reforzar la resistencia que buscar indicadores
culturales universales para las comparaciones internacionales.
Los peligros derivados de indicadores demasiado genéricos. El campo a cubrir es amplio
y una cultura determinada comprender elementos diversos. La música, por ejemplo,
difiere de las bellas artes, la poesía de la danza, la escultura del teatro. Buscar un
indicador agregado del nivel o del progreso cultural, como se recomienda de vez en
cuando, no puede más que inducir a error. ¿Cómo se puede siquiera pretender elaborar un
indicador cultural general sobre elementos como el desarrollo humano?
Homogeneidad y condiciones de capacitación
Los temores relacionados con la heterogeneidad cultural son ciertamente legítimos. Todo
esfuerzo de evaluación –incluso la comunicación de datos- debe tener en cuenta este
hecho esencial. Pero una vez establecido el principio elemental que consiste en evitar la
búsqueda de indicadores que puedan ser aplicados a una cultura y no a otra, es necesario
pasar a afirmaciones más constructivas.
Como ha dicho John Rawls al proponer que el análisis del "principio de la diferencia"
(que examina en el marco de su teoría de la "justicia como equidad") se concentre sobre
los bienes primarios, hay más uniformidad en las condiciones de capacitación que se
aplican a todos que en las diversas realizaciones a las que diferentes individuos acuerdan
dar importancia. Los "bienes primarios" son recursos de carácter general que ayudan a los
individuos a alcanzar sus metas respectivas por diversas que puedan ser.
Rawls se interesa fundamentalmente en los medios de acción, pero nosotros podemos ir
más lejos e intentar delimitar las capacidades sustentadas en recursos diversos que
ayudan a individuos diferentes a perseguir objetivos distintos –incluso dispares- y a
alcanzar funcionamientos diversos. Así, la capacidad de leer, de escribir, de contar, no es
útil solamente en una cultura, sino en casi todas ellas. Lo mismo puede decirse de la
libertad de leer lo que se quiera o de escribir como nos plazca.
Al poner así el acento sobre las condiciones de capacitación, no doy por sentado que todo
el mundo tenga la misma concepción de la cultura, y no niego que el mundo sea
culturalmente heterogéneo. Damos importancia a cosas diferentes, pero tenemos
necesidad de las mismas capacidades. Incluso un Charles Darwin pudo lamentarse: "He
intentado leer a Shakespeare y lo he encontrado mortalmente aburrido" . Pero Darwin y
Shakespeare han hecho un buen uso, cada uno a su manera, de su capacidad de leer y
escribir, capacidad elemental que, junto a otras competencias, les ha ayudado a
desarrollar sus respectivas vocaciones.
Esto es válido también para los talibanes, incluso si no sienten la necesidad de transmitir
estas competencias a otros, es decir, a las mujeres y los hombres de las "clases
inferiores". En un informe sobre el estado de la cultura en el mundo, el interés para todos
los seres humanos –y la preocupación por tenerlos a todos en cuenta- puede conciliarse
con la evaluación de las capacidades básicas susceptibles de ser útiles para todos, incluso
aunque una minoría de privilegiados, que hace un gran uso de esas competencias, pueda
elegir negar a los demás las ventajas que ellos les procuran.
Es necesario reconocer la diversidad de formas y de valores culturales, pero esto no
impide evaluar ciertas facultades y posibilidades fundamentales para el acceso a la
cultura y parece deseable que un informe sobre el estado y los progresos de la cultura en
el mundo se concentre en particular sobre las capacidades básicas. Conviene
evidentemente completarlo con informaciones más específicas (sin perder de vista la
necesidad de cubrir un abanico suficientemente amplio de actividades diversas), peor el
hecho de que ciertas capacidades fundamentales son absolutamente indispensables para
diferentes formas de actividad cultural debe evidenciarse claramente. Esto conduce
necesariamente a una perspectiva en la que deben entrar en consideración los derechos
humanos, ya que se trata de una dimensión ineludible dada la naturaleza de la tarea.
Originalidad, conservación e interdependencia
No es necesario decir que la cultura de cada país presenta ciertas características que no se
encuentran en ninguna parte. Probablemente no podamos tener en cuenta como
convendría lo que tiene de original cada una de las diversas culturas del mundo. Es un
hecho del cual debemos estar conscientes, pero que no invalida las ventajas de un análisis
comparado. Ciertos aspectos son compatibles y ciertas cosas son comunes en diferentes
culturas, por única que sea cada una de ellas. El hecho de que un marco común no aporte
ciertas cosas, no es razón suficiente para negar todo valor a las que pueda suministrar.
El peligro que amenaza a las culturas locales en el mundo globalizado de hoy es bastante
inevitable. La única solución, que no está realmente en nuestra mano, consistiría en frenar
la globalización del comercio y la economía, porque es difícil resistir la dinámica de los
cambios económicos y de la división del trabajo en un mundo sometido a la competencia.
Esto, que plantea un problema, tiene también su lado bueno, porque el comercio mundial
–como había previsto Adam Smith- puede traer la prosperidad a todos los países. Sin
embargo, aunque las cifras netas tengan tendencia a aumentar, puede haber tanto
perodedores como ganadores. En un contexto de desigualdad económica, conviene
ofrecer a los que de otra forma perderían su empleo, la posibilidad de reciclarse y de
adquirir nuevas competencias, así como es necesario crear sistemas de seguridad social (y
otros sistemas de ayuda que tengan la función de "red de protección social") en beneficio
de los perjudicados –al menos de forma inmediata por los cambios relacionados con la
globalización.
Medidas de este género tendrían también un cierto efecto en el plano cultural. La
formación para la utilización de los ordenadores y para la recogida de los datos
disponibles en Internet y en otras redes de información abren nuevas perspectivas
económicas, transformando la vida de los afectados por esta evolución tecnológica. De
nuevo, esto no tiene por qué ser lamentable necesariamente. Quedan, sin embargo, dos
problemas (uno de los cuales se plantea también en el mundo de la economía). Las
comunicaciones y los intercambios modernos exigen una enseñanza y una formación de
base. Mientras que ciertos países han hecho importantes progresos en este terreno (se
pueden citar sobre todo los países del este y del sudeste) de Asía, otros (como los países
del sur) de Asia y África tienden a retrasarse. La igualdad de oportunidades en materia
cultural así como en materia económica puede tener una gran importancia en un mundo
globalizado. Es un desafío compartido por el mundo de la economía y el de la cultura.
El segundo problema es bastante diferente. En caso de ajuste económico, no hay muchos
lamentos sobre los modos de producción y las teconologías que es necesario abandonar.
Éste no es el caso por lo que se refiere a la cultura. El abandono de los antiguos modos de
vida puede provocar la angustia o la nostalgia. Sucede un poco como con la extinción de
ciertas especies animales: la conservación de otras especies, más resistentes y mejor
adaptadas, no es siempre suficiente para consolarnos de las pérdidas.
Es un problema grave, pero es la sociedad la que determina lo que quiere hacer (si es que
quiere hacer algo) para preservar antiguas formas de vida, incluso con un coste
económico elevado. Es posible a menudo conservar los antiguos modos de vida cuando la
sociedad decide hacerlo: se trata de poner en paralelo el coste de esta preservación y el
valor que la sociedad le atribuye a los objetos y modos de vida preservados. Este análisis
coste-beneficio no puede apoyarse, evidentemente, en fórmulas preestablecidas, y es
esencial, para llegar a elecciones racionales, que los individuos puedan participar en
debates públicos sobre estas cuestiones. Esto nos lleva de nuevo al punto de vista de las
capacidades: diferentes segmentos de la sociedad ( y no solamente los privilegiados)
deben ser capaces de tomar parte en las decisiones relativas a lo que es necesario
conservar y lo que se puede dejar desaparecer. Nada obliga a las sociedades a conservar
modos de vida que resulten costosos, pero todos los que deseen deben tener el derecho de
participar en las decisiones de esta naturaleza. Es una razón más para dar importancia a
las capacidades fundamentales como la lectura y la escritura ( resultantes de la educación
básica), la capacidad de información (gracias a la libertad de los medios de información)
o la de participar libremente en la vida pública (elecciones, referendos y ejercicio de los
derechos civiles). Los derechos humanos, en su sentido más amplio, entran igualmente en
esta problemática.
Además de estas observaciones generales, conviene recordar que no hay fatalidad alguna
que condene al fracaso los intercambios culturales y la comprensión de otras culturas, o
los considere materia de vergüenza o escándalo. Somos perfectamente capaces de
apreciar cosas que vienen de fuera, y el nacionalismo y el chovinismo culturales
representan una concepción muy debilitante de la vida.
Al igual que puede ser peligroso desconocer el carácter único de diferentes culturas, la
idea de que el aislacionismo podría reinar en todas partes es un espejismo. Es importante
en efecto reconocer que hay más interacción entre las culturas que lo que se quiere
admitir a veces. La afirmación de una "tradición nacional" oculta a menudo, de hecho, las
influencias extranjeras que se han sucedido a lo largo de la historia. La guindilla es sin
duda, por poner un ejemplo, un ingrediente esencial de la cocina india tal como la
concebimos hoy, pero era desconocida en la India antes de la llegada de los portugueses.
El curry picante no es por eso menos típicamente indio. Y –teniendo en cuenta la
popularidad actual de la cocina india en el Reino Unido-a nadie le choca que la Oficina
de Turismo de este país presente el curry como "auténticamente" británico.
No quiero negar la importancia de la originalidad de cada cultura, sino sólo señalar la
necesidad de una comprensión más profunda de las influencias interculturales y recordar
nuestra capacidad fundamental parra apreciar los productos de otras culturas y otras
tierras. Los alegatos apasionados en pro del respeto del carácter único de cada cultura no
deben hacernos perder nuestra capacidad de comprensión mutua y de apreciación de los
productos culturales de países diferentes.
Los límites de la agregación
La agregación puede llevar a confusión, ya que objetivos diferentes no llegan a ser
idénticos por el solo hecho de que se les reagrupe con fines de evaluación. Podemos
juntar manzanas y naranjas para elaborar un índice relativo a las frutas de las que
disponemos, pero al final tendremos siempre una cesta de frutas diferentes. Cualquier
agregación, cualquier elaboración de indicadores es necesariamente un compromiso, y los
reagrupamientos operados deben cambiar de naturaleza en función del objetivo
perseguido.
Ésta es una de las razones principales por las que es necesario manejar las agregaciones
con prudencia. Las informaciones no agregadas pueden ser instructivas e interesantes.
Los datos básicos pueden cumplir diversas funciones, pero ningún indicador agregado del
nivel cultural servirá por sí solo para cumplir todas ellas.
Algunas agregaciones son inevitables en cada campo, por ejemplo, para comunicar datos
sobre tal o cual área específica de la actividad cultural y educativa. Pero es importante
utilizar estas agrupaciones con discernimiento. Todo el mundo sabe que ciertas
agregaciones –y en consecuencia una cierta pérdida de información- son inevitables en la
práctica. El mapa de un país que tuviera la misma medida que el país mismo no sería muy
útil: elaborar un mapa supone sacrificar algunas informaciones. Pero no es necesario
poner toda la carne en el asador para llegar a un indicador único del nivel cultural o del
respeto de los derechos humanos. Las consideraciones prácticas y la preocupación por la
utilidad no exigen que se sea tan radical.
Algunas respuestas
Las diferentes objeciones que he examinado en este estudio piden diferentes respuestas.
En primer lugar, es importante reconocer la heterogeneidad, pero importa otro tanto sacar
partido de los puntos comunes que tengan relación con las capacidades . Se tiene pues
buenas razones para privilegiar las condiciones de capacitación y el derecho humano a
adquirir las capacidades básicas.
En segundo lugar, es necesario tomar en serio los desafíos de la globalización, pero
también señalar la necesidad de un desarrollo equitativo de las capacidades requeridas
para participar en la vida política y económica.
En tercer lugar, es necesario tener bien presente en el ánimo los peligros inherentes a las
agregaciones demasiado generales. Nada se opone a que se reagrupen ciertos datos
elegidos en áreas concretas, pero el interés de una "mezcla total" de todas las formas de
cultura –o incluso de los derechos humanos- debe ser seriamente cuestionado.
En fin, reconociendo el valor singular de la cultura, no debemos subestimar la
importancia de la comunicación y de la interdependencia de las culturas. El amor a
nuestra propia cultura no debe llevarnos al aislacionismo.