Los saqueadores errantes. Imagine un país donde los derechos individuales son ultrajados.

Donde ningún acto moral está claramente permitido o prohibido, puesto que la ley es un imperativo errático. Donde todo da lo mismo; sin una clara diferencia entre el vicio y la virtud. Un lugar donde los derechos son un accesorio ocasional, al servicio de quienes gobiernan y dependen del cristal con que se mire. Una región donde cualquier cosa puede ser verdad o mentira, según quien la manifieste. Una sociedad donde nadie tiene garantizado su derecho de propiedad. Donde cualquier bien puede ser sustraído, si se hace en nombre del bien común o la justicia social. Donde cualquiera puede robar si lo hace a causa de su alimentación deficiente, su corta edad, su estado de enajenación o su cercanía a ciertas personas. Una sociedad en la que nadie quiere invertir, por temor al inestable marco legal y al despojo ideológico. Pero por sobre todas las cosas. Imagine un país donde la depredación está tolerada. Donde la delincuencia tiene diversas justificaciones, que impiden la vida pacífica de sus ciudadanos. Un país fragmentado, en donde los ciudadanos viven una especie de guerra de todos contra todos. Donde pocos respetan los contratos y la violencia lucha por convertirse en ley. Donde las leyes y regulaciones están al servicio de unos pocos, mientras se esquilma a las mayorías silenciosas. En una anarquía de este estilo, el saqueo y el latrocinio se convierten en norma. Haciendo referencia a la China de los años 20; en la que buena parte del territorio estaba bajo el control de bandas armadas, el economista Mancur Olson, intenta explicar como funcionan este tipo de sociedades anárquicas. Sostiene que los territorios conquistados podían padecer dos tipos de saqueadores. A estos bandidos los divide en “estables” o “estacionarios”. “En una anarquía no hay demasiada producción y, por tanto, no hay gran cosa para robar. Si el líder de una banda ocasional que sólo obtiene pobres botines tiene la fuerza suficiente como para apoderarse de un territorio dado y mantener alejados de él a otros bandidos, podrá monopolizar el crimen en ese territorio; se convertirá en un bandido estacionario… él es el único que puede poner impuestos o robar en el territorio en cuestión”1. Cuando saquear o vivir de las dádivas estatales, tiene más incentivos que producir o invertir, nos encaminamos hacia un estado de enfrentamiento popular. Este estado de anarquía impide el comercio, la producción y la vida pacífica. “Cuando se obtienen más beneficios de la predación que con las actividades productivas… las sociedades se hunden en una anarquía”2. Pero dentro de ese estado anárquico, los ciudadanos prefieren dar un porcentaje de sus ganancias a un saqueador estable, antes que sentirse permanentemente hostigados por los saqueadores errantes. El saqueador estable deberá diferenciarse de los errantes, en que se quedará con un poco menos de lo producido por los pobladores. Además, el ladrón estable debe dejar algún incentivo a los ciudadanos, para que produzcan y le transfieran una parte de sus bienes. Creer que existe algún genio, capaz de organizar saqueos simultáneos a lo largo todo el país, resulta algo ilógico. Los saqueadores errantes no pueden tener tanta eficiencia en sólo un par de días de descontrol. Creer que alguien maneja a los saqueadores errantes, no es más que buscar un chivo expiatorio, sobre quien descargar las ineficiencias de los bandidos estables. Desconocer la marginalidad, la miseria, la anomia y el estado anárquico de los últimos días es una burla a todos los argentinos. La verdad de que hay millones de marginales desesperados y hartos de la pobreza en que viven. Hay miles de ciudadanos que soñaron con un gobierno que los cobijaría y les
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Mancur Olson, Poder y prosperidad, Siglo XXI editores, Argentina 2001, pág. 9. Op. cit, pág 1. 1

dieron su voto. Hoy se sienten defraudados, mientras visten ropa de segunda, se ven sometidos a permanentes cortes de luz, comen polenta desabrida, no consiguen repuestos para sus destartaladas netbooks, descartan sus celulares rotos y consumen gaseosas de segundas marcas. Soñaban con acceder a todos los bienes que hoy posee la clase media; pero debieron conformarse con entretenidos saqueos. Entre sus nuevas diversiones, cientos de chicos ríen frente a un chino saqueado, exultan de alegría arrojando piedras a la gendarmería, sonríen mientras un comerciante intenta expulsarlos a los tiros o gozan con el sabor de unos chocolates robados. Cuando las migajas con que los estables mantienen tranquilos a los errantes no alcanzan; el malhumor se hace sentir. Los gobernantes los tomaron por idiotas y calmaron su instinto delictivo, mientras los usaban como monos. Ellos soñaban con una sociedad de consumo, repleta de bienes hoy inaccesibles para sus vastos deseos. Pero han debido conformarse con televisores, fideos, dentífrico o papel higiénico, mientras deliraban a causa de la adrenalina del saqueo. Así, quienes no han logrado participar del negocio del populismo, comenzaron a mostrar su indignación. Entonces, cuando a los pibes les pintó el saqueo de algún super chino, no tuvieron escrúpulo alguno, en dominar sus instintos destructivos. Y como la cosa venía fácil, continuaron por el resto del barrio. Si el saqueador estable se vuelve ineficiente en la distribución de los recursos; los errantes buscarán suplir esas dificultades por sus propios medios. Unidos bajo el amparo legal del 54% de los votos, su estabilidad parece tambalearse. Bajo la protección de las supuestas mayorías, se han creído con derecho a esquilmar a los ciudadanos. Hace años que vivimos inmersos en esta cultura del saqueo organizado. La confiscación de empresas, la apropiación de los fondos de pensión, los impuestos confiscatorios, la inestabilidad monetaria y la corrupción de los poderosos, han saqueado cuanto han podido a los impávidos ciudadanos. La línea divisoria entre el reparto social y el saqueo se ha hecho tan fina, que quienes hoy se ven desprotegidos, buscan suplir las supuestas injusticias. Las masas acostumbradas a recibir las dádivas y a delinquir sin castigo alguno; han buscado suplir la ineficiencia estatal por sus propios medios. Los saqueadores estables ya no pueden parar a los saqueadores errantes. Durante años les ha hecho creer que otros deben mantenerlos. Pero la miseria hacia la que nos encaminamos, hace imposible que todos vivan el dulce bienestar del consumo, sin ofrecer nada a cambio. Los saqueadores estables, ya no tienen la autoridad, la fuerza, ni el ánimo para controlarlos. Su botín se hace escaso y no alcanza para mantener la calma de los errantes. Policías impotentes, defendiéndose con gomeras, piedras o palos, son una muestra de ese desborde incontrolable de los indignados errantes. Es que Argentina se ha convertido en un paraíso para los saqueadores y en este estado de anarquía algunos buscan su propio botín. Ellos pueden andar con absoluta impunidad por las calles in ser aprendidos. Y mientras la anarquía crece, en un país que se aleja de la prosperidad soñada, los saqueadores sólo buscan divertirse.

http://www.horaciohernandez.blogspot.com.ar/

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