Reunión de Gárgolas

Meredith A. Pierce

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Reunión de Gárgolas

Meredith A. Pierce

Meredith Ann Pierce

REUNION DE GARGOLAS
2° Trilogía Dark Ángel

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Reunión de Gárgolas

Meredith A. Pierce

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deberá abandonarle y efectuar la peligrosa travesía del Mar del Polvo. si logra desentrañar. las grandes bestias exánimes que esperan en alguna parte que se las devuelva a la vida. por encima de todo. 4 . Aeriel lleva adelante su desesperada empresa. Ha de buscar y reunir a los Iones perdidos. Si desea liberarle. iluminará su misión y su destino. de la que depende el futuro mismo del mundo.1 1 Agradecimientos especiales a Fede por digitalizar el libro y a Carmen por montarlo. Enfrentada con peligros tanto humanos como sobrenaturales. Y. Aeriel tiene que buscar a la antigua sibila para que le revele el significado del enigma que.Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce ARGUMENTO Para Aeriel estaba claro que Irrylath continúa ligado por el hechizo de la Bruja Blanca.

Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce Para Joy 5 .

............................7 CAPITULO 02...............................................................................................................................................................................................................................................16 CAPITULO 03...................... Pierce INDICE C CAPITULO 01...........................................................................................129 CAPITULO 14...........................................................................................................................................41 CAPITULO 06..........................................................................................................................22 CAPITULO 04...........................................................................................................................................71 CAPITULO 09......................................................................................................................................................................................................................................................................................142 CAPITULO 15......................................................................................................................................................................................................................................61 CAPITULO 08..............................................153 CAPITULO 16.............................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................117 CAPITULO 13............................................................................................................................52 CAPITULO 07.............................................................................................................................................................................................................................................................................................................83 CAPITULO 11.......107 CAPITULO 12..........................................................30 CAPITULO 05.....Reunión de Gárgolas Meredith A..........163 6 ..................................

Siempre le había olido a eso la ciudad. Mujeres con raros atuendos y hombres de ojos almendrados se agolparon curiosos a su alrededor. negras como la noche. al igual que una vela. Se habían dirigido al este. se alejaban y ponían a salvo de sus garras. Irrylath y ella. surcando los aires. Habían tomado ese chal. arrojando sus chorros y atronando el espacio con descomunales mugidos. los levantó muy por encima de ellas y los depositó suavemente en mitad de la plaza mayor. bañándose e inflando el buche en el fino y ondulante polvillo de arena. incluso el polvo que llegaba en ráfagas desde el mar. Hasta que divisaron la ciudad allá en la orilla opuesta del mar: Isternes. Pierce 1 ISTERNES Aeriel estaba sentada en el poyete junto al ventanal. los había transportado sobre la llanura blanca de Avaric. pasaban hombres de tez bruna con largos velos a la cabeza. caldeada por la luz de Solstar. en tanto que las plumas de su vela. Arriba se extendía el cielo negro tachonado de estrellas. dos largas quincenas de oscuridad. a sus espaldas. Todos sus edificios de piedra blanca. La muchachita de tez clara cerró los ojos e intentó representarse una vez más el gigantesco chal que Irrylath y ella habían tejido con las plumas de un ángel oscuro. —¿Hacía sólo tres días-meses que había llegado? Tres lentas pasadas de Solstar por el cenit. y. desde el primer día. Abajo. 7 . que pendía lejano sobre el horizonte a dos horas de su ocaso. El solo recuerdo la hacía estremecerse todavía. Los chapiteles de la ciudad se desplegaban delante de ella. Y el alarido. Llamaban a su ciudad Isternes. Casi quemaba la piedra. aunque allá en el remoto país de donde venía Aeriel la había conocido toda su vida por Esternesse. Y sobre el árido mar en seco habíanse ofrecido a su mirada las ballenas del polvo. por encima del mar de Polvo. Se levantaba el viento del crepúsculo que traía el aroma de la mirra. por las calles.Reunión de Gárgolas Meredith A. se volvían blancas a medida que el joven príncipe y ella. resonando estridente en la lejanía. tendiéndolo a los vientos. Sonaron trompetas en las atalayas cuando el viento los trajo al fin hasta las puertas mismas de la ciudad. Recordaba el alarido de la Bruja Blanca. mujeres con pantalones anchos de una pieza ceñidos a los tobillos. La guardia de palacio y la de la ciudad acudieron a paso ligero. siempre. Aeriel escuchaba los largos y fluctuantes gemidos de los pregoneros que llamaban al pueblo a la oración. al otro lado de los muros del palacio. y aves marinas como motas en la distancia.

y se estremeció. Pero ahora soy Dama de nuevo en Isternes. pero en los años que fue el «hijo» de la bruja robó las almas de trece doncellas. Tus ojos son los ojos que mi Irrylath tenía —hizo una pausa—. Los ojos de la Dama no se apartaban de Aeriel. donde la había conocido Aeriel. volvió los ojos a Irrylath. —Fui la esposa del rey. Pierce La Dama salió del palacio y vino hacia ellos.. en Avaric. ¿Y quiénes sois vosotros. tu hijo ha sido un ángel oscuro. Cobarde. La muchacha de Terrain fijó de nuevo la mirada en Syllva—. Se arrodilló. desde el costado. en Avaric. y se ahogó. tantísimo tiempo atrás—. que habéis hecho esta larga travesía de la mar? —Yo soy Aeriel —contestó la muchacha— y vengo de Avaric para devolverte a tu hijo. y después.. hace veinte años o más. pasando junto a ella. Pero yo he deshecho ese encantamiento —ahora sí. Aeriel alcanzaba a ver el rostro del joven tan sólo un poco. Aeriel no podía verle el pelo. —¿Eres Syllva? —preguntó Aeriel. pero tampoco la verdad entera. A la cabeza llevaba un turbante de seda. la verdad—. La Bruja Blanca del lago Muerto roba niños y los convierte en ícaros: criaturas pálidas.. En el desierto. hace ya veinticinco. Dirna. pero sus pestañas eran de color de hebra de lino.. se reprochó a sí misma. tomando la mano de la Dama cuando ésta hizo ademán de retirarse. volví a convertir a tu hijo en criatura mortal. Eso fue un embuste que te contó su aya —se le puso la carne de gallina con el recuerdo de Dirna: la que había sido aya del principito en Avaric fue posteriormente vendida en Terrain y pasó a ser sierva en casa del síndico. Tenía los ojos violetas. Los 8 .. se lo entregó a la sirena. el aya de tu hijo. y luego catorce más bajo encantamiento en Avaric —no era una mentira. —No se ahogó. Luego respiró hondo. Pero mi hijo murió cuando contaba seis años. La Dama examinó detenidamente a Aeriel durante un largo momento. Aeriel bajó los ojos al suelo.. —Diez años cautivo de la bruja en el lago —dijo—. —Tienes la tez dorada de los habitantes de las llanuras —dijo con un soplo de voz— y su cabello lacio y negro.. una bruja acuática que lo tuvo diez años prisionero bajo el fondo del lago. sin sangre. con una docena de alas negras. Aeriel negó con un gesto. Irrylath se mantenía de pie junto a ella. En realidad no le había mirado hasta entonces. No se ahogó. Syllva había bajado la vista. Tu hijo es libre. Volvió a encontrarse con los ojos de la Dama—. ¿La reina de Avaric? La Dama del turbante asintió con la cabeza.Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel sintió a su joven esposo adelantarse. ¿Cómo iba a decirlo? La Dama la miraba con atención. Irrylath alargó de repente el brazo. Juntó las manos y se inclinó en una reverencia como la habían enseñado en casa del síndico. La Dama clavó la vista en él. Era alta y vestía una túnica de raso gris. De haber vivido. pero Aeriel sentía la presión de su mano sobre el chal volador. ¿Qué iba a decir? Señora. y se bebió su sangre. envuelta todavía en su sari de boda. Yo le libré del hechizo. Titubeó. y las asesinó. —Mi hijo cayó en un lago del desierto. El príncipe guardaba silencio. sin rozarla. contaría ahora treinta y tú eres un mocito de no más de dieciséis. luego los envía a hacer sus presas por el mundo. que se extendía en el suelo tras ellos cual vela en reposo con la que todavía forcejeaba el viento.

en la oscuridad. Las lámparas ardían con llama muy baja. ni siquiera a intervalos. FALTA IMAGEN (pag 14-15 del libro) Aeriel se reclinó en el respaldo de su asiento. El joven seguía de rodillas perfectamente inmóvil. Pero estaba sola en el aposento del alto palacio y los recuerdos acudían..Reunión de Gárgolas Meredith A. Pero cuando. reponer el aceite en las lámparas y marcharse. — tomó aliento entonces y Aeriel advirtió que era incapaz de decirlo. sorprendida. no habría ya puerto seguro para ellos en todo el mundo. Mi hijo. indecisa. Porque sí que lo eres. Había transcurrido un día-mes desde que ambos llegaron a Isternes. Sólo la alcoba estaba alumbrada por una luz difusa. recorriendo con los dedos las cinco largas cicatrices. —Dilo ya —clamó Irrylath de repente. Aeriel tenía en sus manos una aceitera. Mírame. que no soy Irrylath. —Madre —dijo el joven arrodillado ante ella—. —Señora —comenzó el príncipe—. pues el hijo de la Dama no podía dormir. le observaba. Su intención había sido pasarse por allí antes de que él llegara. a juzgar por las apariencias. y se estremeció. Di que no soy tu hijo. se extendía suelto sobre la almohada. Entonces la Dama suspiró de nuevo y se le acercó. Pero había calculado mal el tiempo. Entró Aeriel en la alcoba y se arrodilló junto a él. Pierce guardias de la escolta se pusieron alerta. Pero cuando viví en Avaric me hallaba bajo el efecto de un hechizo y ya no cambié. Hacía ya un rato que el joven dormía. Si no conseguían allí refugio. cambié de niño a mozo y me hice mayor. ni trenzado ni recogido ahora. 9 . Y ordénales que disparen. pero aunque la Dama retrocedió una pizca. Aeriel pasó la mano por las suaves plumas blancas. en silencio. —No puedo decirlo —respondió suavemente—. mientras la otra continuaba sin hablar. El largo cabello del príncipe. como poseída por un tremendo anhelo. no toda la verdad al menos—. al pie del ventanal. Tocó la camisa que colgaba hecha jirones de su hombro y a continuación le acarició la mejilla. Dejó el instrumento de madera de plata en equilibrio sobre las rodillas y trató de poner fin a los recuerdos. como le había pasado a ella. no podía decir la verdad. Veintiún lampadarios rodeaban su lecho. a salvo de la Bruja Blanca. Recordó los salones de los apartamentos de Irrylath y de ella: oscuros cortinajes impedían que entrase la luz de las estrellas. Aun a la luz de Solstar sentía frío. señalando a los guardias—. parada en el umbral. no se soltó la mano que el joven retenía en la suya. pero todavía te conozco. Aeriel vio a la Dama suspirar una vez más. Mi Irrylath.. Volvió la cabeza con gesto airado. Los pregoneros del templo seguían con sus llamadas plañideras. soltando con despecho la mano de la Dama. mucho ha cambiado en ti desde que te vi la última vez. La Dama le observó con detenimiento. cuando vivía con la Bruja Blanca bajo el fondo del lago. Aeriel contuvo la respiración.... levantando sus arcos. Aeriel sintió un mareo. Aeriel. El chal de plumas que les había transportado por el aire a Isternes desbordaba del lecho en grandes pliegues y se extendía hasta los pies mismos de los lampadarios. La Dama continuaba guardando las distancias. temió caer desmayada allí mismo.

Esposo. El otro la siguió con la mirada. El joven se estremeció.Reunión de Gárgolas Meredith A. sus anteriores «hermanos». dispuesta a matarle. parpadeando. alarmada. era el que ahora latía en el pecho de ella. —Esposo —dijo con voz queda—. Luego se pasó el dorso de la mano por los labios. buscar un corcel alado que le sirviera de montura en esta guerra contra ella y contra sus otros «hijos». despierta —y luego. Sostuvo ella entonces una daga sobre su pecho. en voz aún más baja. cuando aún era el hijo de la bruja por pura conveniencia. Aeriel dejó la pesada aceitera en el suelo y corrió tras él. Aeriel se inclinó entonces. Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Aeriel—. y cayeron dos gotas más. —He venido a repostar las lámparas —balbuceó y se echó atrás. Era tan hermoso. Aeriel le tocó la mejilla. nunca más un ángel oscuro. Aeriel puso los labios en sus labios. Se incorporó sobresaltado. Había yacido en el suelo igual que ahora en el lecho. aquella quincena última. Aeriel se sintió dominada por un súbito anhelo. Su mano descendió hasta el hombro. La respiración del joven se había hecho irregular. Aeriel contemplaba a Irrylath: su esposo. ya un mero susurro—: Irrylath. —No —le dijo—. Ya era mortal. envenenado por su licor nupcial. aquel demonio alado de rostro blanco que la raptó en Terrain y se la llevó a su castillo de la llanura de Avaric. Se había llevado una mano a la mejilla. Pierce Sabía que tenía que irse. Y al fin se había casado con ella. salió de la habitación. El joven contuvo el aliento un instante y se despertó. mirándola con extrañeza. Y este corazón de plomo. áspera la respiración. pero sólo de nombre. Aeriel negó con la cabeza. Había jurado luchar contra la bruja. Irrylath. En la 10 . el príncipe de Avaric. vuelve a mí. despierta. La sintió percutir en su mejilla y en la del durmiente. La tenía manchada de aceite. Cerró ella los ojos y se puso a recordarle como en otro tiempo había sido: el ángel oscuro. Se atrevía a tocarle únicamente cuando dormía. Retrocedió. se deslizó bajo el embozo de la cama. La tenía caliente. No se le ocurría nada. Sintió su aliento cálido en la piel. el hijo de la Dama. acercándose un poco más. De modo que lo que hizo fue rescatarle. Pero no se despertó. pero no pudo descargar el golpe. —¿Me has besado? —-dijo en un susurro. Cayó una gota de aceite de la aceitera que sostenía en la mano. levantándose. porque necesitaba una novia para completar la cuenta. y los dedos del joven se crisparon sobre la colcha. los ícaros. —Algo me ha tocado —murmuró. que extrajo de su pecho e introdujo en el del esposo en sustitución del de plomo que le había puesto la bruja. hecho carne de nuevo. No. Oscilaban sus ojos bajo los párpados: estaba soñando. sosteniendo la aceitera ante ella con ambas manos ahora. Los labios del durmiente temblaron un poco. se envolvió en él y. donándole su propio corazón. De repente agarró el cubrecama. ¿Me has tocado tú? Aeriel sintió que toda su audacia se desvanecía. Se inclinó y le acarició los párpados con los labios. por los ojos. pues. y por un momento Aeriel creyó que iba a despertarse. —Irrylath —dijo—.

el chal blanco remolineaba ceñido a su cuerpo como una túnica. iluminada por las estrellas. respirando con ansiedad la noche pura. Fui yo. En el ventanal. Irrylath descorrió violentamente la cortina. Pierce penumbra del salón exterior.Reunión de Gárgolas Meredith A. se dijo a sí misma. ¿Por qué viniste? 11 . Tendió la mirada sobre Isternes. y Aeriel pudo ver en ella las señales donde otrora estuvieron sus alas. Se apartó el pelo que le caía sobre los ojos sin volverse para mirarla. No le cubría del todo la espalda. —¿Por qué? —inquirió—. fui yo quien se las quitó.

12 . Habría dado cualquier cosa por despertar de todo aquello. Por poder echar a correr. Pierce Aeriel se llevó ambas manos a la frente.Reunión de Gárgolas Meredith A.

no podía hacerle hablar. los ojos y la boca. allá abajo.. en voz tan baja que Aeriel apenas lo captó. Y desapareció en el interior de la alcoba. —No puedes dormir dos horas seguidas. En los alminares del templo. Secos como el polvo del desierto. Aeriel sonrió. pero no pudo. Dijo algo. salvo el chisporroteo de las mechas agonizantes. En el liso banco de piedra donde estaba sentada. Aeriel dio la espalda a la alcoba y escapó de allí. — ¡No! —su voz era bronca—. pasó los dedos por el mástil de su mandolina. suavemente.. Pierce —Tus sueños. a medio mundo de distancia de ella. Permíteme que llame al sacerdote-médico de la Dama. —¿Y no te necesitan en el templo? —preguntó. Todos han acudido al gran templo a oír las parábolas. Parecía como si él estuviese a muchas leguas. Las lámparas de dentro se estaban apagando. Syllva negó con la cabeza. Hubiera preferido estar sola. —Todo está en silencio —dijo la Dama. contemplando la plaza por el ventanal—. Y entonces por un momento casi pareció que su expresión cambiaba. Entonces él se volvió. No le digas nada.Reunión de Gárgolas Meredith A. en las calles. Las plumas de la túnica blanca rumoreaban y suspiraban. era mucho menor el tráfico de peatones. Su semblante mostraba una expresión atormentada a la tenue luz de las estrellas. —Entonces déjame que llame a la Dama. Pasó junto a ella con brusquedad. y su cabello claro aparecía recogido en tupidas trenzas aseguradas con peinetas. El umbral quedaba muy oscuro. Aeriel se le acercó para verle mejor. un tanto sin ganas. 13 . ¿Qué había dicho? «No puedes hacer nada por mí». Yo no te pedí que vinieras. los pregoneros habían dejado de plañir. te despiertas estremecido a causa de tus sueños —empezó—. pues había vuelto a fallar en su intento.. No tienen nada que ver contigo. Le habría hecho falta llorar. Aeriel se corrió para dejarle sitio en el banco. —Vete.. las cuatro piedras melódicas y el bordón. que la fogosidad de su mirada se dirigía hacia otra cosa. Aeriel dejó su mandolina. —empezó a decir. El se endureció aún más y no quiso mirarla. La Dama no llevaba turbante esta vez. Aeriel bajó las manos. Tres díasmeses llevaba ya en Isternes. Nada se oía en el silencio. Aeriel abrió los ojos. ¿Es que no puedes dejarme? —musitó—. Tenía tan tensos los músculos del brazo que su carne parecía piedra. o «nadie puede hacer nada por mí». Aeriel volvió a llevarse las manos a los ojos. Oyó un movimiento y se volvió hacia la puerta.. No podía tocarle. Era la Dama Syllva la que entraba.. —Mis sueños son mis sueños —casi le chilló—. Se apartó de la muchacha. Aeriel se detuvo. retirándose. Casi no le veía con la oscuridad. Ella comenzó de nuevo. No pudo verle ya. con insistente audacia: —Cuéntame lo que sueñas. Brazos y piernas le temblaban. —No.

mientras que Aeriel pulsaba y rasgueaba. Conque le he dejado la alcoba de los apartamentos que nos diste y duermo fuera. Pierce —Hasta que Solstar se ponga. cómo van las cosas entre mi hijo y tú. no. dijo ésta con cierta cautela: —Cuéntame. no los referiste. La Dama parecía estar observándola. Mi esposo no es ya el ángel oscuro. pues se sentía aún atraída por su belleza. os pedí a los dos me refirieseis los sucesos que os habían traído aquí. Pero ya no es un ángel oscuro. fueron casi como hermanas. pensó Aeriel. pero no podía abandonar a Irrylath. El león de Pendar. Aprendió a tocar hacía muchísimo.. las palabras brotaban apagadas de sus labios. Se puso a juguetear con la cenefa de su sari de boda. en vez de destruirle. —Cuando llegasteis. me parece a mí.. Tuvieron siempre más de compañeras que de ama y sirvienta. aunque comprendía que debía contestar de un modo u otro. Aeriel volvió a tomar el instrumento en sus manos. Ángel oscuro. Hay tiempo. ¿En qué consistía el encantamiento que padeció mi hijo? ¿Cómo se hizo las cicatrices que tiene en el hombro y la mejilla? El león se lo hizo. si no te importa. Tócame tu mandolina. La Dama suspiró. entonces —dijo Syllva dulcemente —. Aeriel meneó la cabeza. Iban devanándose las palabras. —Mis servidores dicen que tiene sueños agitados. Syllva guardó silencio unos instantes. Pero Irrylath no quiso hablar y dejó que lo contaras tú todo. Aeriel volvió el rostro y se puso a mirar por la ventana. hace tres días-meses. Había elegido amarle.. Le había enseñado su ama. Aeriel bajó la vista y guardó silencio. A Aeriel le temblaron los labios. Aeriel no la miraba. no muy segura de dónde quería ir a parar. hasta que el ángel oscuro raptó a Eoduin. Algunos hechos.Reunión de Gárgolas Meredith A. —El no entra en una estancia donde esté yo durmiendo ni se acuesta donde yo me haya acostado. Aeriel se encontró de pronto hablando.. La muchacha de tez clara se mordió el labio hasta que dejó de pensar. Pulsó las cuerdas del pequeño instrumento.. Sentía unas ganas desesperadas de volar. Irrylath. Ahora es Irrylath. ¡Si llegara al fin ese día En el que tú no me rehúyas!. Fatigado el mundo camina. —Pero no nos contaste todo lo sucedido. en Terrain. Aeriel sintió un nudo en la garganta. Al cabo de un rato. Eoduin. —No dormís en el mismo cuarto —dijo la Dama muy afablemente. y esta elección era un fuerte lazo que la sujetaba todavía. El ángel oscuro me habría matado si no llega a presentarse el león. de huir volando de Isternes. con trinos y modulaciones. —Es una canción triste —dijo la Dama Syllva cuando concluyó— para que la cante una persona tan joven y recién casada. al rescatarme. Sobre la mar pesa la bruma. sin habérselo propuesto. y la voz la había abandonado. Retornó la 14 . Solstar yacía parcialmente escondido por las montañas del oriente. Los nudillos de la mano con que asía el instrumento palidecieron.

como quien considera las cosas. entristecida—. —Eryka —murmuró—. en Terrain. —Señora. hacia occidente —la Dama dejó escapar un leve suspiro. su ama Eoduin la había tomado el pelo inmisericordemente por el color tan singular de sus ojos. Cuando regresé. —Cómo pasa el tiempo. Durante toda su infancia. no me había dado cuenta —dijo la Dama Syllva—. No he tenido noticia de ella en muchos años. 15 . ella se marchó en viaje de negocios. si lo estima conveniente. Aeriel sintió afluir el rubor a su tez clara. Mi hermana se llamaba Eryka. querida mía.Reunión de Gárgolas Meredith A. Son cosas que corresponde decir a mi esposo. Estoy preocupada por él y por ti. y luego pareció cambiar de idea. Se calló de repente. Me recuerdan a mi hermana melliza. tendiendo la mirada por encima de Aeriel. La muchacha de Terrain volvió el rostro y vio que Solstar estaba ya oculto en sus tres cuartas partes tras el horizonte. chiquilla —dijo—. la observó un momento. acerca de mi hijo. yo no puedo contároslo. pero luego quisiera seguir hablando contigo. Pierce voz a sus labios. De nuevo guardó silencio su interlocutora. —Qué ojos tan verdes tienes. a través del Mar de Polvo. que quedó aquí de regente cuando yo me casé con el rey de Avaric y le seguí. Me harás la merced de cenar conmigo. son como piedras de berilo. tomó aliento y se puso en pie. Pero ya Syllva hablaba de nuevo. Tengo que ir al templo ahora.

estaban sentados en cojines azul y verde pálido. cual un inmutable ojo azul.Reunión de Gárgolas Meredith A. Allá a lo lejos refulgía el mar. descubrió a los seis hijos segundogénitos de la Dama bajo los sauces de hoja en encaje. Aeriel se encontró de improviso a la orilla del riachuelo de aguas claras y oyó que alguien la llamaba por su nombre. El planeta. con sus largos capisayos negros y rojos. el benjamín de sólo diecisiete. Pierce 2 IRRYLATH Ariel asintió con un gesto. arrodillado junto a los otros. — ¡Hermana! —llamaron Arat y Nar—. le rogó: —Cuéntanos una de las tuyas. de dieciocho abriles. El estudioso Poratun. No surcaba Oceanus los cielos. hierbafina y uña-de-gato. habíase escabullido tras el borde del mundo antes de que Irrylath y ella llegaran a Isternes. tumbado cuan largo era en el suelo. Estaban los dos plantados. enrollando su pergamino de cantos dorados—. —Háblanos de Ravenna —dijo Poratun. Contempló Aeriel el negror que envolvía las estrellas y tuvo la misteriosa sensación de algo sin terminar. El aposento se había quedado de pronto a oscuras. Sentía como si hubiera perdido algo. La Dama se levantó y se marchó. de diecinueve años. de una misión que quedara por cumplir. Eran los hijos que había tenido después de Irrylath. en la estancia del alto palacio. La sombra de la noche se extendió a galope tendido sobre la ciudad. mellizos. encontró una puerta que daba al jardín. de veinte y veintiún años. todo de amarillo. Syril y Lern. ¡Aeriel! —eran los dos mayores. Caminando aprisa por los largos y desiertos pasillos. y ella se quedó sentada a solas. Estamos hartos de las historias de los libros. inquieto a la luz de las estrellas. Se levantó. dejó la mandolina y cruzó el pulido piso de piedra hasta el vestíbulo. después de que el rey de Avaric la repudiara y regresara ella a Isternes. una vez más. sinuosas veredas se perdían entre montecillos de ginerios. Levantando la vista. reflejando su propio fuego interior. —Ven —gritaron. 16 . Aeriel no pudo menos de sonreír. —Porque si no vamos a morirnos —concluyó Hadin. apoyado el mentón en las palmas de las manos. los brazos en jarras. Allí. Lern y Syril se corrieron a un lado para dejarle sitio entre ellos.

. saber que pronto tendrá a su disposición un corcel alado.. Siempre está allí. el último en caer. Estos Iones. —Nada de historias. trayéndole el agua y el aire y dando el ser a brutos y plantas y criaturas humanas que lo poblasen. Tengo que ir a ver a Irrylath —y sólo entonces se percató de que era ésa la verdad. podía ser traído nuevamente a la vida. habían surcado los cielos en carros de fuego para despertar a la vida a este mundo. Pero Aeriel continuaba dominada por el desasosiego. Ravenna fue la última en retirarse.Reunión de Gárgolas Meredith A. Es una historia que no habíamos oído nunca antes de que tú vinieras. Nada le da satisfacción sino eso. Pero ¿por qué no estáis los seis en el templo? Arat. aun en el aire templado del jardín. 17 . además del Avarclon. pues antes dedicó un tiempo a modelar y dar vida a los Iones. pasado cierto tiempo. hermana. procedentes de Oceanus. guardianes del mundo. que no sabía ni palabra de brujería y artes antiguas. hacer regresar del vacío el alma del corcel sideral y crear para él carne. y había traído a Isternes una pequeña parte suya: una pezuña. Se ve que necesitas algo que te alegre los ánimos. Dónde yacían sus huesos. Sin embargo. —Nos vamos de juerga a la ciudad. Una vana impaciencia la corroía. ¿No se cansaban nunca de esa historia? Apenas había transcurrido un año desde que ella la supo: en días remotos. estaban llamados a vigilar y preservar la vida. Aeriel sentía escalofríos. el grifo de Terrain. sangre y huesos nuevos. —Nuestro hermano está en el templo —saltó Lern—. un formidable animal para cada territorio: el corcel sideral Avarclon para la llanura blanca de Avaric. Perdidos. una sirena que tenía por «hijos» ángeles oscuros. no. el basilisco de Elver. decían. hasta un ignoto futuro en el que Ravenna había prometido volver. Era suficiente. os lo ruego —les dijo—. En otra ocasión. Aeriel había encontrado sus restos en el desierto. háblanos de Ravenna —decía Syril—. enclaustrados en sus ciudades de cristal. Hadirí tomó a Aeriel por el brazo. se echó a reír. Pero Aeriel negó con la cabeza y se soltó de un tirón. a esto. Si había derrotado al ángel oscuro fue sólo gracias a una buena suerte muy grande. Nada más había que pudiese hacer ella para remediar el mal. satélite de su planeta. —Ven con nosotros. Avarclon. De éstos. el séptimo. —Sí. Les llevaría un año — ¡un año entero!—. Seis de estos ícaros campaban ya por sus fueros. Luego. Las sacerdotisas del gran templo estaban ya trabajando para devolver al corcel sideral al mundo de los vivos. seis de los guardianes de Ravenna ya no existían. habían caído ya bajo su atroz imperio. Pierce Aeriel suspiró. No pasaba de ser una muchachita iletrada. no lo sabía nadie. y seis Iones. —No. Había salido al jardín en busca de Irrylath. Pero a partir de entonces había irrumpido en el mundo una bruja. los antiguos habían regresado a su mundo azul de agua y de nubes: sólo unos pocos se quedaron. Lo único que podía hacer ahora era esperar.. Sin duda su papel en la lucha contra la bruja estaba ya cumplido. los antiguos. en nombre y representación de su creadora. —Espera ver renacer al corcel sideral —dijo Syril—.

Reunión de Gárgolas Meredith A. le vi a través del seto. Incurrió en la descortesía de despedirse abruptamente. Llevaba un arco en la mano. al otro lado de la hierba de lis. Aeriel se puso en pie. —Allí —dijo—. 18 . me uniría a nuestro hermano en su campaña contra los ícaros. Aeriel volvió el rostro. como si el mundo dependiera de su marcha. Le llamé. salió a escape por el jardín. Tenía que encontrar a su esposo. hace un rato. Irrylath. Pierce —Si hubiera más corceles alados en el mundo —oyó murmurar a Nar—. Le he visto aquí. —No está en el templo —les interrumpió Hadin—. Dando las gracias a Hadin y a los otros con una inclinación de cabeza. —Dime dónde puedo encontrarle. en el jardín. se alejó con paso rápido. siguiendo la línea del brazo del muchacho. pero no me contestó. Hadin se había levantado con ella.

La cuerda del arco se 19 . Pierce El príncipe estaba de pie. frente a una diana plantada a unos cien pasos de distancia. tendido el arco.Reunión de Gárgolas Meredith A. la aljaba en la cadera.

y se quedó callado. —Tu madre vino a verme hace un momento —dijo ella con voz queda— y me ha hablado de ti.Reunión de Gárgolas Meredith A. Finalmente: —Seño. Le escocían los párpados.. Irrylath se volvió. —Cuando me hallaba bajo el hechizo de la bruja —dijo al fin. Me ponía la fría mano en el pecho y me llamaba «hijo» —su semblante aparecía ojeroso y adusto a la luz de las estrellas. Le vio palidecer. antes de nuestra venida. Irrylath contuvo el aliento. Aquello era lo más que le había dicho de una sola vez desde que llegaron a Isternes. No —susurró—. zumbó y las flechas centellearon como rasgos de luz.. salvo el extraño canturreo de la bruja. La mirada del joven pasaba a través de ella sin verla y su expresión se había tornado sombría. tres. La miró. Su casa está hecha toda ella de piedra cristalina. —Aquella casa es fría —dijo—. ahora que estás de nuevo entre las cosas vivas. quedamente— y oí tus relatos de cosas mortales que crecían y vivían y cambiaban.. como si la vista de los ojos de ella de alguna manera le asustara—. 20 .. —¿Qué te ha dicho? —Me ha pedido que hablara de. desde el principio. —Ahora estás en casa de tu madre. Un temblorcillo aleteó en su pecho. con vivo fulgurar de sus ojos azules. —Tú tampoco me conoces —escupió casi. Había cerrado los ojos. librándola de sus ansias de saber y a mí de esta. Se sintió respirar lentamente dos veces. Se sentía rodar como en una caída sin término que le apartara de él. Ya no estás en la mansión de la bruja. Al acercarse Aeriel. Aeriel meneó la cabeza. todo tan inmóvil. —Ya no la perteneces —clamó Aeriel—. —Y ahora —musitó ¿qué sueñas? Silencio. —comenzó. Yo deshice al ángel oscuro. —¿Y tú qué le has contado? —Nada —dijo Aeriel— que no le haya referido ya en tu presencia. Aeriel le contempló con pausada sorpresa. acaso sueñas. No se oye más que el silencio o el estrépito. Si la tocas se te lleva la piel de los dedos. abriendo la boca como si se ahogara. No me conoce.. me asaltaron sueños acerca de esas cosas y me volvieron medio loco. —Cuando era pequeño —dijo Irrylath—. casi con un gemido. la sirena se llamaba ella misma mi madre. simulación —hablaba con los dientes fuertemente apretados—. con la mansión de la sirena? El joven espiró el aire con fuerza. Jamás música alguna. Nada. Era como si el príncipe hubiese olvidado que estaba allí.. —¿Acaso sueñas —comenzó—.. Luego desvió rápidamente la mirada. —Eres su hijo.. —Hay momentos —murmuró él— en que quisiera que se lo hubieses contado a Dama Syllva todo. Aeriel entrelazó los dedos. Sabe que sueñas. Allí nada cambia nunca. se acercó más a él.. Pierce soltó. tan seca que las prendas de vestir que se rozan con ella se quedan pegadas. Aeriel se le quedó mirando. no lo voy a decir. pues quería tenerlas de nuevo y no podía.

se sobresaltó al verla.Reunión de Gárgolas Meredith A. No era capaz de mirarle. ¿Qué he hecho yo? La bruja hizo de ti un ángel oscuro en otro tiempo. ¿Es por eso por lo que me aborreces? —preguntó con vehemencia. Se desprendió de él y huyó a través del inmenso jardín. Le vio arrancar las saetas de la diana. allá en el fondo. ¿Qué he hecho yo de ti. Cuando dio media vuelta. Sintió apretarse la mano del príncipe en torno a su brazo. Apenas le oyó. ¿Qué soy entonces.Ahora lo veo. de la cabeza a los pies. sin mirar atrás. ¿Yo tu esposo. que se extendía en todas direcciones. la luz espectral de Oceanus derramándose desde las alturas. Giró sobre sus talones. Estaba temblando toda. quimérico y lujuriante. sus vestiduras. Aeriel? ¿Crees que un brindis de boda puede unirnos? Y con esto se alejó de ella a grandes pasos. Esposo mío. brotaban entre sollozos. no —dijo con voz entrecortada—. Al acercarse a ella. Aeriel. de pura sorpresa.. se le deshiciera en polvo. —Estás llorando. —Tu novia. Aeriel casi creyó que volvía a ser el ángel oscuro. Se detuvo en el acto. Al cabo de un momento.. pálidas. Aeriel parpadeó. azules y furiosos.. y sólo entonces notó las lágrimas. —¿Tu esposo yo? –clamó—. —Aeriel —dijo él—. Su tono era mucho más benigno ahora. ardían como lámparas mortecinas a punto de extinguirse por falta de aire. tu atormentadora? —él dijo algo. Pierce —Esposo mío —consiguió articular. Sólo quería librarte del poder de la sirena. al sentir su mano en el brazo. Por un instante. no llores. No quería oír. Si Irrylath fue tras ella. llamándola. No acertaba con el camino y añoró desesperadamente sus tierras del oeste. Intentó hablar pero las palabras se le atragantaban. Aeriel se mantuvo en una inmovilidad casi absoluta. que eres tan cruel? —No quería causarte ningún daño —Consiguió decir al fin— cuando te saqué el corazón. Aquellas tierras de Istern a las que había llegado eran sin duda un mundo más tenebroso y sombrío. Era la primera vez que la tocaba desde que llegaron a Isternes. ensombreció sus rasgos un ceño pasajero. Los ojos de él. Esto la arrancó de su inmovilidad. no se había sosegado aún su respiración. .—Espera —le gritó él. Le estaba magullando el brazo —. a la débil luz de las estrellas. y ella comprendió que había esperado que le siguiese. 21 . cruelmente. El desaliento le hacía flaquear todos los miembros. fulgían en contraste con la noche. el príncipe vino de nuevo a su lado. corrió. dijo en su pensamiento. Se tapó los oídos con las manos y corrió. no le oyó. Sentía de pronto el corazón todo de piedra y temía que si se movía con demasiada presteza o respiraba demasiado profundo. deslizándose cálidas por sus mejillas. con voz quebrada y balbuciente.

los fueguecillos crecieron. había hilado para sus 22 . y que algo. Sin volverse. Pierce 3 MENSAJERAS Aeriel estaba echada en un diván en la sala principal de los aposentos que le había destinado la Dama. Estaba mojada. comenzó a desplazarse y perdió su figura. La luz de las estrellas que entraba por las ventanas proyectaba cuadros de tenue claridad en el suelo. Vacilantes llamitas doradas. La estancia hallábase a oscuras. Sus mejillas estaban mojadas Aeriel se incorporó. Parpadeó. como alguien que hiciera subir las mechas de trece lámparas a la vez. Cerró los ojos y se recostó en la fría piedra de la pared. A escasa altura sobre la línea del oeste. Debería dormir. en absoluto silencio. Había despedido a todos los sirvientes. podía percibir el cielo de la noche sobre Isternes. no mayor que una mano cada una. posáronse en el oscuro suelo formando un corro. No había nadie más en ellos. Aeriel sintió un soplo cálido. su resplandor se hizo más intenso. hasta que se irguieron espigados y altos como mujeres. una especie de hilo. o doncellas en danza. suspirando. salía de ella y penetraba en la noche. lo mismo que luciérnagas. —Esto es insensato —se dijo—. Aeriel las había socorrido. Llegaron calladamente. las novias raptadas por el vampiro. Y entonces. Aeriel seguía con los dedos el pulido y desigual relieve de la madera de uno de los lados del diván. Sólo tres días-meses aquellas mujeres eran los espectros. Abrió los ojos y vio trece doncellas de luz dorada. momentáneamente mareada por haber estado tumbada tanto tiempo. muy tranquila. el círculo de estrellas amarillas formó como una corona.Reunión de Gárgolas Meredith A. casi una presión en el hombro. sin lámparas encendidas tampoco en otros cuartos. La luz empezó a cambiar a su alrededor. con Aeriel a la cabeza. y penetraron en la estancia por los amplios ventanales que abrían a sus lados. Estoy agotada de tanto llorar. Trece puntitos de luz áurea avanzaban hacia ella por encima del Mar de Polvo. mandando recado a la Dama con el ruego de que la excusara de acompañarla en la cena. Notó que se iba quedando tranquila.

toda del frío cristal de roca de que está hecha la 23 . —La región etérea es un sitio como no hay otro. —En sueños. la llamada Marrea. —Mirad ahí un hilo. —Quien una vez supo manejar el huso de oro —dijo Marrea— no pierde nunca el tino. —Habéis vuelto conmigo. —Sólo podemos venir por el camino que tú tiendes. y podemos danzar juntas cuanto queremos. y hasta el momento tu corazón no había hilado ninguna hebra lo bastante larga para alcanzarnos ni lo bastante recia para sostenernos. dejad eso ya —dijo Marrea de pronto. con tono severo. aunque sintió un raro y sutil estironcillo en el corazón. viendo cómo sus cuerpos marchitos se desmoronaban y sus almas ascendían.Reunión de Gárgolas Meredith A. compañera. Allí todo es luz y libertad sin trabas. A su lado. ¿Conocéis sus sueños? —Sueña —dijo Eoduin. ¿Por qué no habéis venido antes? Eoduin se arrodilló. Sentía el corazón contuso. Aeriel se llevó ambas manos al pecho. —Fuera. alegría. —Ya no es el mismo que os raptó. y a su izquierda. La doncellaluz sonrió. Las doncellas cesaron precipitadamente en sus enredos y se dirigieron entre sí miradas de culpabilidad. —Sueños —musitó Aeriel—. como para aliviar un dolor. la última novia del ícaro antes de Aeriel. —Pero vimos que tú eras desdichada —dijo otra. —Aquí en un país extraño. —Sí. —Eoduin —dijo Aeriel. Aeriel —dijo otra doncella. A su derecha estaba la primera a quien salvó. —La próxima vez tienes que hilar alegría.. Aeriel movió la cabeza. —La desesperación es una hebra pesada. Aeriel se incorporó entonces y dejó caer las manos que tenía sobre el pecho. Pierce vestidos en un huso que extraía el hilo del corazón mismo de la hilandera. —Con el hijo de tu soberana. —Por un ratito —dijo otra—. —He estado tan sola. poniendo las manos a Aeriel sobre las rodillas— con una sala larga y angosta. La doncella que estaba a su lado suspiró. Luego había estado con los espectros en la torre del ángel oscuro.. —No he hilado ningún hilo. Y dio un tironcito de algo que Aeriel no pudo ver. —Pero todavía la Bruja Blanca le susurra palabras. Marrea se arrodilló como había hecho Eoduin. sin comprender. Hemos seguido el hilo que hilaste para nosotras. enredando con algo que tenía entre los dedos. —Sí. a los cielos.. Nos encanta. libres. aunque muy fuerte. —Eso sí es cierto —dijo una doncella. —Nunca le quisimos. No es ya el ángel oscuro. —¿Por qué habéis venido? —preguntó Aeriel..

cariño —dijo Eoduin. —¿Vuelve con ella? —dijo Aeriel en un soplo—. Aeriel se echó hacia atrás. Ardían silenciosamente. Las doncellas tampoco hablaron. cual pálida lumbre áurea. intentó mirar a otra parte.Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel. repite sin cesar. Las doncellas negaron con sendos movimientos de cabeza. bajó la vista. —No lo sabe él mismo. Lo sé.. amor mío. —No puede saberlo. —Estás equivocada. Aeriel preguntó: —¿Adonde iré? —Al otro lado del Mar de Polvo —dijo Edouin–. Todas estaban ahora de rodillas. —Tiene en la mano una fina cadena de plata que amarra la muñeca del joven. en un trono blanco como la sal. Hasta que tú le dejes. ¿Qué pasa en el sueño? —No lo sabemos —dijo una doncella. —Cada vez que sueña. pero las doncellas la rodeaban. o le despiertas tú. El resto corresponde a Irrylath.. observándola. —Hasta. No dijo nada más por el momento. al fondo de la sala —dijo otra doncella—. se despierta. estremecida. Aeriel volvió el rostro. Al cabo de un buen rato. Ninguna doncella despegó los labios. —Y empieza a tirar de la cadena de plata. Te aguarda allí una misión. —Lo sé —dijo Aeriel—. «Vuelve a mí. —Debes dejarle que sueñe —dijo Marrea. hijito de mi alma». —Hasta —dijo Aeriel—. —¿Una misión? —Aeriel movió la cabeza—. Mi parte en esto ya está cumplida. —La bruja espera sentada frente a él.. —No quiere contármelo. ¿Hasta? —Hasta que concluya el sueño —repuso Eoduin—. —Debes dejarle —repitió otra como un eco. Nunca me ha contado lo que sueña. Repítenos los versos que aprendiste para la destrucción del ángel oscuro. Pierce casa de la bruja. 24 .. Sus dedos de luz dorada descansaban aún sobre las rodillas de Aeriel—.

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Meredith A. Pierce

Aeriel la miró y trató de hacer memoria. Se acordó del duaroc, que le había enseñado aquellos versos. Un hombrecillo de sólo la mitad de su estatura, con sus ojos gris piedra y su luenga barba enroscada... Aeriel volvió los
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ojos a otra parte. Las palabras de la estrofa del duaroc le venían muy despacio a la memoria, pero las sabía demasiado bien para olvidarlas. —En la llanura blanca de Avaric, donde el ícaro con [su negra estela desde la Torre de los Reyes a las escarpas de Terrain vuela, y de catorce púberes ha hecho sus desposadas: Lejísimos del cielo y aún más de sus moradas... La imperiosa pezuña del corcel sideral ha de consagrarle en secreta misión, si el filo de diamante ha de extraer su corazón. Sólo entonces podrán el Caballo de Guerra y el Guerrero levantarse y juntar las legiones y atronar los espacios con ímpetu fiero. Marcó una breve pausa para tomar aliento. —Deshice el embrujo que pesaba sobre el ángel oscuro valiéndome de una copa hecha de la pezuña del corcel sideral —dijo Aeriel con voz apagada e indiferente—, y consagré su corazón en misión tan secreta que ni yo misma la hubiera sospechado; haciéndole mortal de nuevo. Irrylath será el Guerrero, y Avarclon el Caballo de Guerra, que personas dotadas de sabiduría trabajan por restaurar. —Escucha esto, entonces —dijo Marrea—. ¿Qué significa esto para ti? Pero antes han de unirse aquellos que los ícaros reclaman, una novia en el templo ha de entrar en la llama, y a los segundogénitos, allende el Mar de Polvo, hay que hallarles bridón, contar con nuevas flechas, dar alas a un bastón... Y así, cuando haya probado del árbol una princesa real, entonces, lejos de la ciudad de Esternesse, sucederá: una junta de gárgolas, en la piedra un festín, derrocada la arpía de la Bruja por fin. Aeriel movió la cabeza. —Nada. No significa nada para mí. Es la primera vez que lo oigo — arrugó levemente el entrecejo—.Tiene la misma cadencia que los versos del enigma, pero no le veo ningún sentido. —Tampoco se lo veías a la primera parte, la primera vez que la oíste — dijo Eoduin. —Esto es lo que faltaba del poema —dijo una de las doncellas. —Parte de lo que falta —le corrigió su hermana. De alguna manera, todas se habían acercado más a ella, advirtió Aeriel. Y, sin embargo, no recordaba que se hubieran movido. Los espíritus la contemplaban con sus ojos fluctuantes y dorados. —Pero yo creía que sólo los Iones conocían el enigma que Ravenna recitaba al crearlos —objetó Aeriel—, y el duaroc, por el Libro de los Muertos. —Nosotras alcanzamos a ver muy lejos desde nuestra ventajosa atalaya de las alturas —respondió Marrea—, medio mundo, y gran parte del firmamento.
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—Vemos en el alma de las mujeres. —Y en el corazón de los hombres. —En arcas cerradas con candado y en aposentos bajo llave. —En los sueños del príncipe. —O en el libro de Ravenna. Aeriel temblaba, pero aún sentía el extraño letargo que paralizaba sus miembros. —Eso es un sueño —murmuró—. No puede ser el resto del poema. —Lo es —dijo Eoduin—, y así te lo confirmaría el pequeño mago, si tuvieras tiempo para esperar su venida. —Pero el tiempo apremia. —Ya la bruja ha enviado sus observadores. —Sus exploradores. —Exploradores —dijo Aeriel—. ¿Qué buscan? Y las doncellas contestaron: —Los Iones de aquellas tierras que hoy detentan los hijos de la bruja. —Pero esos Iones están muertos —dijo Aeriel—.Los mataron los ícaros cuando llegaron al poder. —No los mataron —respondieron al punto las doncellas—. No los mataron. —Los derrocaron. —Los dejaron inermes. —Para que los hijos de la sirena pudiesen reinar y despojar. —Y saquear. —Y regalarse. Aeriel meneó la cabeza. —¿Cómo es posible que vivan? La bruja no lo habría consentido. Es despiadada. —Ah, despiadada —dijo una doncella—, pero también astuta. —Los Iones muertos son peligrosos... Se les puede restituir la vida. —Alguien tiene que encontrar a los Iones perdidos, Aeriel —dijo Marrea —. Alguien tiene que congregarlos... —Porque se han escabullido de las garras de la bruja. —Sus ícaros están ya buscando. —«Pero antes han de unirse aquellos que los ícaros reclaman» — murmuró Aeriel—. ¿Dónde están? —Dispersos por ahí —dijo una. —Escondidos. —Tú deberías saberlo. —¿Y por qué iba a saberlo yo? —objetó Aeriel. Pero ya Eoduin estaba recitando: —«Allende el Mar de Polvo...» —El verso dice que «a los segundogénitos hay que hallarles bridón...», monturas... —comenzó Aeriel. — ¡Chitón! —dijo de pronto Marrea, y Aeriel se dio cuenta de que ahora hablaban todas en voz baja. Las doncellas se miraron unas a otras—. ¿Qué va a montar tu príncipe en el curso de un año —preguntaba Marrea, diligente—, cuando salga a pelear contra la bruja? Aeriel meneó la cabeza. Nada de aquello tenía sentido para ella. —El Avarclon.
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—No alcanzamos a ver tan lejos. Los hijos segundogénitos de la Dama han dicho que se unirían a él si tuvieran los medios. por último. los trece lampadarios montaban su guardia. hasta que. —Sólo que emprendas en seguida la travesía del Mar de Polvo. Aeriel se puso una mano en el pecho y comprobó que apenas sentía ya aquel leve e insistente tironcito de antes. —Y «contar con nuevos flechas.» —empezó a decir otra. —Sí. tocándose a su vez el vestido. —Sus hermanos —murmuró—. Pierce Eoduin asintió con un gesto. Alrededor de su lecho. —No podemos esperar más —dijeron las doncellas. En Terrain. una montura para cada segundogénito.Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel sintió que el peso de infinita fatiga que embargaba sus miembros empezaba a aliviarse. Aeriel querida. pero todos a oscuras ahora. contra seis ícaros? —dijo Marrea. —¿Un solo jinete... apagados. algunas levantándose. Ya algunas de las doncellas habían menguado lo suficiente para lucir sobre los pabilos. Y Aeriel vio que habían empezado a menguar y a levantarse en el aire. —Nuestro tiempo es breve. —«Hay que hallarles bridón» —concluyó Eoduin—. —Y encuentres a los Iones antes que la bruja. las siguió al aposento interior: el dormitorio de Irrylath. La que estaba a la izquierda de Aeriel comenzó a fluctuar. Algún servidor se había olvidado de repostarlos. Cada una de las doncellas del círculo repitió estas palabras. —Por amor a ti —repitió su hermana como un eco. en el alto 28 . Aeriel se puso en pie de un brinco. El poema habla de «en la piedra un festín». —¿Pero qué significa el resto del enigma? —dijo Aeriel—. hacerse menos doradas y más blancas.. Se iban alejando de ella poco a poco. Eoduin se tocó el suyo y dijo: —Por amor a ti. Cosa rara: notaba el corazón más ligero de lo que en días-meses lo había sentido. El Ion de Avaric. ¿La princesa y la novia? —No es necesario que lo comprendas todo —contestó una doncella. Marrea sonrió y se tocó el vestido. pues había empezado a invadirla un temor frío—. —Eoduin. nuestras formas.. —¿Tú crees que los Iones perdidos son los bridones de que habla el enigma? —Sí —respondieron a coro las doncellas.. espera —clamó. Estaba mirando a Eoduin. Los espíritus se habían levantado todos ya. —¿Y cómo podré encontrarlos? Pero los espíritus movieron todos la cabeza y bajaron la vista al suelo. a su lado. amortiguar su brillo. Las vio perder sus formas de doncella.. —Ya flaquea el hilo que hilaste para nosotras. —Sí. pero Aeriel apenas le prestó oídos. demasiado etéreas para aguantar mucho rato en este lugar de pesantez. —Un Ion. —Aunque hemos venido por amor a ti.

sólo sintió una corriente ascendente. Las otras doncellas habíanse achicado hasta el tamaño de llamitas minúsculas que lucían sobre los lampadarios. ¿Debía requerir la ayuda de la sibila entonces? ¿Era eso lo que el verso aconsejaba? Pero una vez en Terrain.. su cabello claro y el tinte malva pálido de su tez la señalarían a los ojos de cualquier tratante de esclavos: no había nacido libre. comenzaba a desvanecerse. Mi padre y yo fuimos una vez allí a sacrificar cuando mi madre se puso enferma. hasta que al fin la última desapareció también. se hizo muy pequeña. todavía no —se sorprendió Aeriel. y su voz como viento. Aeriel movió la cabeza. y una tras otra se fueron apagando. Aeriel tragó saliva. tenía la garganta seca. persistente y cálida. pero te hablé de ello. volviéndose a medias y haciendo una pausa—. no debía pensar en ello. —Para resolver enigmas e interpretar oráculos. tornábase azuladas. Pero ya Eoduin se alejaba. corazón mío —dijo Eoduin..Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce templo de Orm. La doncella asintió con la cabeza. No. empellones del mayoral de esclavos. Las doncellas habían dicho que la necesidad era apremiante. dejando sólo un soplo de humo dulzón en el aire. y a Aeriel sola en la oscuridad. Sus dedos de oro pálido acariciaron la mejilla de Aeriel. donde había estado la figura. Y luego también su forma se disipó. —Ten cuidado. hay un altar al que llaman la Piedra del Festín. sombra por sombra. sus compañeros y compañeras cargados de cadenas. —No vayas. a interrogarle sobre el significado del enigma y preguntarle dónde puedo encontrar a los guardianes perdidos. Tú no nos acompañaste. El aposento iba quedándose más y más oscuro. Tenía que ir a Orm. 29 . Menguaban y menguaban. —Lo recuerdo —dijo Eoduin. Aeriel se quedó contemplando las luces sobre los pabilos. La llama de Eoduin se unió a las demás. Aeriel alargó el brazo tras ella. Ya su perfil se había tornado indistinto. A su memoria volvió el recuerdo de las ferias de esclavos de Orm: los gritos y burlas y ofertas de los compradores. sin tocar nada sólido. —Me hablaste de una sibila que estaba sentada. —Iré a ver a la sibila —dijo Aeriel—.. envuelta en un velo — dijo Aeriel. musitando.

en silencio.Reunión de Gárgolas Meredith A. hay que hallarles bridón. —Todo lo que necesito ahora es mi bastón —murmuró para sus adentros —.. dar alas a un bastón. sucederá: una junta de gárgolas. aunque no lo entendía todo: Pero antes han de unirse aquellos que los ícaros reclaman. Afuera el círculo de doncellas ardía. y luego retirarse a dormir. No había vuelto aún ningún servidor de palacio. a un largo camino. Se puso. Se le había pasado toda fatiga. los aposentos estaban todos tranquilos. Por el sesgo del cielo pudo comprobar que habían transcurrido pocas horas de la larga quincena. una novia en el templo ha de entrar en la llama. El enigma de las doncellas persistía con claridad en su memoria. Con sus grandes sobaqueras para dejar entrar el aire y un amplio escote sin vuelta ni solapa. en el oeste. en la piedra un festín. Y así. Sólo unas diez o doce horas después del ocaso despertaban de nuevo la ciudad y el palacio. Contaba con poco tiempo. caía suelto y sin cinturón hasta las rodillas. levantó la tapa y sacó la única prenda de vestir que poseía aparte del sari: la saya sin mangas que llevara entre los Ma'a-mbai. empero. y volvería a ser una auténtica viajera del desierto. Aeriel se puso en pie. Era costumbre en Isternes cenar inmediatamente después de la puesta de Solstar. Pierce 4 EL MAR DE POLVO Abrió Aeriel los ojos y vio que estaba sentada en la sala exterior. allende el Mar de Polvo. cuando haya probado del árbol una princesa real. La sibila y su templo se hallaban. Luego se dirigió a un enorme baúl de madera color de rosa. En torno suyo. bajo y amarillo. 30 . pues. derrocada la arpía de la Bruja por fin. entonces.. lejos de la ciudad de Esternesse. y el terror que le inspirara su viaje a Orm se había quedado en un vago malestar. Aeriel aquel hábito del desierto y volvió a sorprenderse de lo ligero que lo sentía. y a los segundogénitos. contar con nuevas flechas. Aeriel desenrolló el sari de boda que aún envolvía su cuerpo y dobló sus muchísimas varas de tejido sutil como el aire.

Aeriel se apresuró por los corredores desiertos. Lió todas estas provisiones en el sari. —Es mía —se dijo—. Estibó sus provisiones en la bodeguilla. cuando te vi pasar —Aeriel había llegado a la punta del muelle—. el mozo. Me voy contigo. que constituían la ropa interior de los varones de Istern. Descalzo. Los pescadores solían llevarlos en lugar de cantimploras de agua. El joven pelirrubio súbitamente se serenó de su embriaguez. volviéndose rápidamente para coger el sari doblado. desató su sari.. sucediéndose el agua del pelo. sólo llevaba puestos los calzones hasta la rodilla. Suspendidas en medio. —Me he caído al río cuando llevaba a Arat a casa después de la juerga.Reunión de Gárgolas Meredith A. Arrancó bulbos blancoamargos de hierba somorguja que crecían a la orilla del riachuelo de límpida corriente. salió de la estancia. préstame tu barca —dijo. — ¡Aeriel! La voz la sobresaltó. La Dama me la ha regalado. Los servidores del palacio habían desaparecido horas antes. cubriéndolas con la lona para que no se llenaran de polvo. Llegó por fin a la punta del pequeño promontorio y siguió pegada al muro hasta los escalones que descendían a la ribera.. uniéndose a ella en el embarcadero —. Pierce Dejó caer la pesada tapa del baúl y. se descolgó del hombro la mandolina. se mantenían sobre las secas olas sin tocarlas. la túnica amarilla echada al hombro. Los otros han seguido. Todas de madera clara a medio desbastar. Encontró el barquito. Allí recogió almendrolas del pequeño huerto. Aeriel buscó el barquichuelo de Hadin. con las babuchas de punta vuelta en una mano. Giró sobre sus talones. 31 .. Corrió por el amplio salón recibidor sin que nadie la viera y salió de nuevo al jardín.. Aeriel recogió su mandolina de la sala de música y se la llevó colgada del hombro por su correa. bogaban por el polvo ondulante con el auxilio de dos remos grandes y planos llamados patines. Aeriel desamarró y empujó el barquito para sacarle de entre los demás. retorciendo y escurriendo mi túnica. Hermana. y algún medio habré de tener para ganarme la vida. —Hermana. mirando hacia el mar. Hadin estaba de pie en el promontorio. Estaba en la orilla. Allí estaban amarradas las embarcaciones hechas a surcar el polvo. Los cortesanos estaban todos ya en la cama. Cada una tenía un solo mástil con una vela latina. sacudiendo los árboles de pálida corteza para hacer caer sus almendradas nueces de cáscara fina como papel. Hadin se acercó entonces y Aeriel vio con sorpresa que estaba empapado. Pero Aeriel movió la cabeza. —¿Te vas de viaje? —comenzó el otro. luego hizo acopio de dátiles granate oscuro y de higos de pellejo recio. El benjamín de la Dama se echó a reír. ¿a dónde vas? —cuando Aeriel se volvió para mirarle. El hijo menor de la Dama le había dado algunas lecciones sobre el arte de la navegación por el polvo: cómo hacer virar la nave y cómo amorrar el balanceante botalón. ¿a dónde vas tú sola a estas horas? —Hadin. se echó el pesado bulto a la cadera y se apresuró aguas arriba hacia el acantilado desde donde se dominaba el mar.

—No vinieron por ahí. y se volvió para otro lado. Aeriel empuñó la barra del timón en el momento en que Hadin daba un empujón al barquichuelo. No había razón para marcharse entristecida. La barca se mecía en las olas de polvo. toma. estaba ahora cubierto de un fino polvillo de oro. en ascuas ya por partir. —¿No quieres decir adonde te diriges? —Tengo una misión que cumplir —repuso ella. dominada por el miedo. Aeriel no pudo menos que reír. Hadin le cogió la mano. Aeriel. —No ha pasado ningún mensajero por las puertas de la ciudad. —Aeriel —dijo él de improviso—. El viento hinchaba la vela. Hizo ella girar la vela para dar una bordada y el patín-canalete se apartó con fuerte impulso de la orilla. Hadin lo miró. El ventarrón reinante la alejó con rapidez. pero al mismo tiempo muy aliviado y contento. el brazo. simulando estar ocupada en la embarcación.. Hadin la miró.. ¿Qué es esto? Entonces Aeriel comprobó que su mejilla. Tomó la túnica de seda amarilla del muchacho. Ella intentó sonreír. —Pues entonces toma tú esto —dijo. Ella soltó la amarra y se introdujo en la embarcación. Aquí tienes mi túnica. —Vuelve con nosotros. alargó el brazo y le tocó el hombro y la mejilla—. Ese sayal que llevas puesto no abrigaría ni a un gato. Te traeré un buen corcel a cambio de tu barco.Reunión de Gárgolas Meredith A. Sentía dolorido el corazón en el pecho. —¿Con quién has tenido cita? Aeriel miró para otra parte. —Me han dejado encima su oro —murmuró. —Con mensajeras —dijo. —¿Y qué voy a hacer con ello? —Dáselo a Irrylath —repuso ella con voz queda. Estaba húmeda y fresca al tacto. Quisiera estar bien lejos antes de que Irrylath lo sepa.. Debo darle comienzo en seguida — plantó el mástil. todo arrugado. Luego dijo: —Todos nos hemos dado cuenta. —Antes de que el Avarclon vuelva a la vida. Pierce todo sorprendido. Iluminaba la oscuridad. Mirando atrás. como era costumbre en Isternes al partir. pero lo único que pretendía era acercarla a él lo suficiente para besarla en ambas mejillas. sacudiéndoselo. El hijo de la Dama guardó silencio. y le entregó su sari. de que eres más de lo que aparentas. de repente—. casi desde el primer momento. perplejo. y volvió a sentirse... dondequiera que las doncellas la habían rozado o acariciado. Volvió a mirar a Hadin. —Hablas como si fuese yo una hechicera. y por un momento la muchacha temió que fuese a tirar de ella para hacerla volver. Lo desechó—. una mano. Aeriel desplegó la vela. sin mirarle. vio a 32 . Pero no en seguida. Tal vez la necesites. Hadin se arrodilló en el embarcadero.

contenía un inacabable surtido de deliciosos manjares. sacó de entre sus provisiones un bulbo de hierba-somorguja e hincó el diente en la piel blanca. a babor. por lo general. achicaba cada pocas horas y dormía sólo a ratitos. antes de transcurridas muchas horas notó que se le iba secando la garganta. oteando la orilla. Transcurría. almendrolas de cáscara fina como papel. ni los sentía casi cuando respiraba. y a Aeriel se le levantó el corazón. le era dado observar a las ballenas del polvo: enormes brutos con figura de pez. Era monótono el avío: más de una vez se sorprendió añorando el saquito de terciopelo que en otra ocasión le prestó el duaroc. en dirección a Westernesse. Después. lenta. Pierce embarcadero. Sentía los ojos granujosos y los dedos como papel de lija. Bandadas de aves daban vueltas sobre estos islotes en apretadas columnas. higos. Algunas veces se erguía en la proa. al pasar a la vista de las ballenas. encontró en la bodeguilla dos pulgadas de polvo acarreado por el viento. Arrojaban sus chorros al aire y lo atronaban con sus berridos. Poco a poco fue ascendiendo el planeta sobre el horizonte. apergaminada. Por dos veces la embarcación de Aeriel pasó cerca de altos y mellados picos que surgían del polvo como agujas. En una ocasión. Algunas veces las olas presentaban tonalidades malva. encontró Aeriel flotando en el mar una masa compacta de material verde pálido. Pero a medida que se alejaba de la costa y se internaba en el mar. Los colores del mar eran cambiantes ahora. Aeriel divisaba las finísimas partículas sedimentarias en constante movimiento. sin aparente espacio en su interior. allá en los bordes del mundo. La primera vez. y luego violeta. El viento arrebataba unas cuantas de las crestas de las olas y las hacía girar y desplazarse en torbellinos de polvo que se dibujaban sobre el fondo negro y estrellado del cielo. Saquito maravilloso que. Navegaba guiándose por Oceanus y por las estrellas. La pulpa interior era dura. al despertar. Tan finos eran los granos que Aeriel apenas los veía. y sólo de vez en cuando había que ajustar el rumbo. pero satisfactorio. Aeriel comió dátiles. muy semejante a la 33 . reconfortado. retozaban con sus crías o se alzaban en imponentes parejas obedeciendo a algún ritual de cortejo amoroso. sólo consciente al principio de su aroma tenue y acre. El punto cenital de la quincena llegó y pasó. casi de piel de ante. cabalgando las olas que ondulaban como si fuesen de agua y relucían a la luz de las estrellas con su propio fuego interior. El viento se mantenía constante. el polvo se iba tornando más pálido. La embarcación de Aeriel corría sobre el Mar de Polvo. o afianzaba el timón y la vela y dormía. Hadin empequeñecerse de pronto en el distante Viró de nuevo. En las proximidades de la orilla. el polvo tenía un tono grisáceo. Sin embargo. Giraban las estrellas. el jugo. A veces. Asomó por fin Oceanus.Reunión de Gárgolas Meredith A. en la distancia. Todo el aire se llenó de su luz espectral. masticó bulbos de hierba-somorguja. Afianzando la vela y la barra del timón. astringente. la noche. de un verde amarillento claro. Le bastó con unos pocos mordiscos para que la sensación de sequedad se aliviara. de un centenar de pasos de la cabeza a la cola y llenos de un gas liviano. Bajo la superficie.

dos ojos pequeñitos y negros sobre sendos pedúnculos. ocultándose de nuevo. Se habia reunido un enjambre de ellos a comer de las algas que se extendían como una vasta floración rojiza sobre el mar. había envuelto su mandolina en aquella prenda para preservarla del polvo. aves de voz bronca. El polvolangostín recogió cuidadosamente los pocos granos de azur que habían caído en la cala y los devoró. se encontró casi encima de un arrecife. olvidada de gobernar la embarcación. todo desnudo salvo un faldellín enrollado a las piernas. En otra ocasión pasó cerca de un archipiélago de islas dispuestas en un amplio semicírculo. pues desaparecía rápidamente de la vista. Sobre una de aquellas escabrosas rocas estaba de rodillas un niño. Pierce cera de las abejas. que era agridulce. En la distancia. navegando a una milla de sólo una de ellas. para evitar estrellarse. el enjambre y la bandada quedaban trás. largas alas y ojos orlados de negro. En cosa de un instante se enterró en el polvo que cubría la bodeguilla. Miró el sitio donde el pequeño crustáceo había desaparecido. y lo mismo hizo con la cera verdegris. como un perfume muy añejo. Tuvo que virar con prontitud. divisó barcas en la playa: barcas largas y delgadas vueltas para arriba en la punta como las zapatillas de Istern. y después se volvió azul su caparazón cristalino. En cuanto se secó. mientras ella le daba bocaditos de dátil. Pronto el pequeño langostino se refugiaba en los pliegues de su ropa en vez de hacerlo en el polvo cuando Aeriel achicaba.Reunión de Gárgolas Meredith A. pero el polvo que manaba de él no era verde ni oro. de un manotazo rápido. pudo comprobar que lo que pescaban eran unos diminutos langostinos. salvo por su olor. Estaba sacando del polvo un retel y echando en un cesto de apretado 34 . graznando. que engulló en su totalidad. muy negro. pero Aeriel lo espantó. Su cuerpo segmentado era de una transparencia cristalina. ni violeta ni gris. como si llevaran antifaz. Aeriel recogió un puñado al pasar. con tersos cuerpos de plata. sin especial razón para ello. echó uno de aquellos bichejos dentro de la embarcación. pues había estado mirando la isla. En otra ocasión pasó entre medias de una bandada de skias. al parecer más pesado. No tenía ni idea de lo que era. Al principio el animalillo se le escurría entre los dedos. Tenía profusión de bigotes en el morro. Volaban juntas y se lanzaban en picado sobre las olas. Y entonces. patas articuladas y una cola ancha y plana. Una vez pasaron junto a una especie de manantial que brotaba en surtidor en medio del mar. depositándolo en un tocón de la bodeguilla. atrapando bocados de algo que había entre el polvo. pero a poco se amansó y se le posó en la palma de la mano. la que formaba la punta de un cuerno del creciente. azul intensísimo: oscuro como vidrio soplado de ese tono turquí. para su sorpresa. Un rato después el plancton. dejando polvo suficiente para que el polvolangostín tuviera su pequeño refugio en un rincón de la bodeguilla. Lo recogió y guardó. le pareció ver figuras oscuras que se movían. aunque ahora no achicaba nunca del todo. Destacándose sobre la pálida arena de la costa. Aeriel se inclinó sobre la borda y. Un skia se posó sobre la borda. Corría en reguerillos entre las otras vetas de color. Cuando Aeriel se acercó. firmemente. Transcurría el tercer cuarto de la quincena. Aeriel escarbó en el polvo. sino azul. era tan bonito. y lo ató en una manga de la túnica de Hadin. Aeriel le dio otra pulgarada.

fuertemente apoyada en la driza de la vela y la barra del timón para inclinar la nave en la bordada. 35 . De pronto notó movimiento debajo de la barca. pero la corriente la había arrastrado mucho más cerca de la costa. Orzó con fuerza y ciñó el viento. enterrándose en el polvo que rompía en la orilla. empujándola mar adentro. más próximo al litoral. La luz del alba rozaba los picachos de allende el litoral. el mar se había vuelto verdoso y la quincena había transcurrido casi en su totalidad. distinguió rocas puntiagudas y cortantes como dientes de perro. Aeriel divisó la costa occidental: los pálidos y boscosos montes de Bern que se alzan allende la ribera. entonces la vio y se irguió con sobresalto. intentando hacer virar el barquichuelo para alejarlo del peligro. Aquí. un estrecho promontorio se proyectaba en el mar. Pierce tejido los cangrejos atrapados en aquel arte de pesca. El viento que soplaba de la isla arreció entonces. Aeriel estuvo a punto de perder el equilibrio. uno de los patines emergió del polvo. Aeriel forcejeó con las drizas. Al acercarse a la costa. cuando de tan cansados tenía ya los brazos entumecidos. a través de los senos de las olas. Aeriel empuñó la barra del timón y las drizas de la vela. ¿Pero es que esto va a ser eterno?. hinchó la vela y arrancó bruscamente a Aeriel de su contemplación. Dos cangrejos se escaparon de su retel balanceante. al pasar ella veloz: el muchacho cimbreño de tez oscura —hasta sus ojos eran negros— y la muchacha de tez clara. Más como levantara luego los ojos al pasar ella. Vio alzarse allá delante por los aires el salpicar de la rompiente —polvo con reflejo sideral. No muchas horas y siestas después. Esta se inclinó a un lado. bañándolos en su crudo resplandor blanco. más fino que fino— y luego. Se miraron con curiosidad y sorpresa. pero las rocas se extendían interminables. Aeriel percibió un fuerte retumbo.Reunión de Gárgolas Meredith A. Los oscuros acantilados y el pescador de cangrejos quedaron atrás. descollando muy por encima de las olas que azotaban tumultuosas el morro del promontorio y brincaban sobre las melladuras de las rocas. cayeron al arrecife y se escabulleron en él. No la había visto. La embarcación empezó a enderezarse. En su extremo se alzaba un alto torreón. impidiendo el acceso a tierra firme. a menos de cuatro pasos. se preguntó al fin. Las encrespadas olas pasaban por encima y entre medias. A menos de media milla frente a ella. Durante una hora entera dio bordadas a lo largo de la costa.

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Estaba echada sobre la tibieza de una playa de duras rocas. Era de día. Se asfixiaba en polvo. Sintió la barra del timón arañar las rocas. sus manos y rodillas palparon algo sólido. una ancha cinta de tonalidad rosa rojizo. La luz daba de lleno ahora sobre el promontorio. desatado con furia en torno al morro. todavía envuelta en la túnica amarilla de Hadin. ciñó el viento con todas sus fuerzas. a lo que fuese. Su fuste se hizo astillas. Con no poca sorpresa pudo ver que era su mandolina. pero no halló nada sólido bajo los pies. aferró algo recio y duro. rompérsele en la mano. a manera de placas imbricadas. Forcejeó angustiada. Se tumbó de espaldas y contempló el cielo negro del amanecer. Por un momento. corriendo delante de ella bajo la superficie misma del verde y reluciente mar. Aeriel vio entonces. ¿Alguna corriente de polvo de distinto color? Ondulaba como una anguila a través del estrecho pasaje. En sus tentativas. Salió de la rompiente a gatas y dando boqueadas como un pez. cerró los ojos y contuvo la respiración. La hilera interior desaparecía justo antes de que la exterior se curvara netamente hacia dentro. corcoveaba bajo sus pies. En un instante se vio en la orilla. Notó cómo se soltaba la vela. Las olas la impulsaban hacia la playa. Volvió a sentir el aire a su alrededor y respiró a bocanadas. perdiéndose de vista más allá del morro del promontorio.Reunión de Gárgolas Meredith A. envuelto en seda. Sintió el patín derecho raspar la piedra. La embarcación se encabritaba. no fresco como el fino polvo inconsistente. surgió del mar y la miró con ojos fijos y estáticos de serpiente. levantándola en alto y transportándola hacia la orilla. entre parpadeos. Algo arrastraba por el suelo a su lado. amenazando volcar. se 37 . cálido al tacto. El verdor del mar habíase tornado carmesí. La embarcación se inclinó violentamente a babor. Los peñascos la cercaban por ambos lados. poniéndose boca abajo. superponiendo sus curvas en un breve pasillo. Esa imagen de los ojos de serpiente persistió en sus sueños hasta que se despertó. Aeriel orzó. Algo surgió entonces debajo de ella. El viento la empujó hacia la orilla. Espuma seca corría por sus piernas lo mismo que corre el agua por los intersticios de las rocas. precipitada contra las guijas lisas y duras. Aeriel estaba totalmente rendida. emergió la curva del arrecife de la derecha. El muro de rocas que la separaba de la playa tocó a su fin. Una enorme cabeza. hizo por ver. Pierce Dos hileras de arrecifes corrían allí paralelas. La siguió. Se quitó el polvo de los ojos y alzó la cabeza de las secas guijas. viró. Aeriel se encontró entonces con que se hundía en el mar. cómo empezaba a arrastrarla tras ella. Sentía la impetuosa corriente colorada. Medio cegada. orlada de plumas carmesí. tosco. Hizo esfuerzos desesperados por agarrarse. Se vino abajo el mástil. Se lanzó hacia adelante. aunque la ancha playa que se extendía debajo se hallaba todavía en sombra. La playa estaba a sólo treinta pasos y no conseguía alcanzarla. la tracción ejercida en la vela por el viento. Se le iba resbalando la mano por la driza hasta que la vela se le escapó de golpe. intentando vadear. Su pesadilla de la cabeza de serpiente se había disipado. gemir. bajo los patines. Se dio la vuelta.

se arrodilló y acomodó al animalito en un pliego de su sayal. La playa se extendía desierta hasta donde alcanzaba la vista. Su estómago protestaba a todo protestar. La desenvolvió a toda prisa: el pequeño instrumento de madera de plata no parecía haber sufrido daño alguno. 38 . pero la madera estaba hecha astillas. Aeriel vio una fruta. Los escalones sólo tenían medio paso de ancho y eran bastante abruptos. era retorcido y muy ramoso. riendo de nuevo. — ¡Ladrona! Aeriel se volvió. pero. presentaba una forma casi acorazonada. Su aroma era como de miel de canela. Aeriel se sorprendió. De tamaño no era más que la mitad de su puño y. — ¡Ladrona de albérzigos! La voz procedía del torreón. Solstar le había dado el punto de horno. De color de oro rosado. —Bien —dijo—. detrás de ella. al principio. Unos cuantos bocados más y quedó sólo el duro hueso. Las hojas cristalinas tintinearon. al acercarse. sorprendida. —Jamás llegaré a ver a la sibila de Orm ni encontraré a los lones perdidos de Westernesse —se dijo— si me muero de hambre en esta playa —rió un poquito—. justo a la altura de sus ojos. reparó en algo que parecía bullir en la destrozada cala del barquito. ¡La verdad. Debajo. muy oscuro.'El último pedacito de pulpa empezó a dárselo al polvolangostín. Al pie mismo de la torre crecía un árbol. una franja de playa se perdía en la distancia bajo idénticos acantilados blancos. Colgando de la rama más próxima. su cristalino polvolangostín asomó entre un montón de polvo agitando sus menudas pinzas en el aire. La fruta era cálida al tacto. El acantilado cortado a pico que se alzaba delante parecía. Limpió la pelusilla. Su piel suave estaba cubierta de un vello fino como el del cuerpecillo de las abejas. delgado. Aeriel subió despacio. piedra blanca y sin relieves. Al llegar a la cima vio que el promontorio era muy estrecho. tierna y con sabor a especia. éste sí que es el momento en que me vendría al pelo la bolsa del duaroc! Justo en el instante en que se volvía para alejarse de aquellos restos. Su debilidad comenzó a aliviarse. Al otro lado. Las nudosas ramas se mecieron. Sus provisiones habían desaparecido. arrastradas por la furia de los elementos. A escasa distancia de ella se hallaban los restos destrozados de su embarcación. Su néctar era cálido y dulce. con corteza rojizo oscuro y hojas pequeñas y pálidas. Aeriel estaba desmayada de hambre. En un santiamén. jirones. lucía como ámbar a la luz de la mañana. Aeriel suspiró y apretó los dientes. la piel era dorada.Reunión de Gárgolas Meredith A. configurada en lóbulos. Le dio un bocado. Pierce incorporó sobre las rodillas y pudo comprobar que aún tenía allí la mandolina envuelta en seda. El polvolangostín se escondió en un pliegue de su sayal. Se encontraba muy cerca del torreón circular de piedra. y el lienzo de la vela. se desprendió fácilmente de la rama. Se levantó y acercó. descubrió Aeriel una escalera tallada en la roca. Comió y paladeó con deleite. Cuando tiró de ella. veremos qué encontramos por ahí para comer los dos. Su tronco. la pulpa. frotándola: se desprendió como un polvo rojizo.

pero tienes que darme el hueso. Pensaste que la torre se construyó sola. —No tengo parientes. El milagro es que no acabaras tú igual.. estaba oscuro. Aeriel se dio cuenta de que aún tenía el hueso de la fruta en la mano. No puede uno dar una cabezadita un momento porque llegan los ladrones a la chita callando.. Aeriel movió la cabeza. —y el sujeto aquél volvió a escudriñarla con atención—. querrás decir? —Asintió ella con la cabeza—. El sujeto parpadeó. de regreso—. Pierce Una persona muy harapienta y encorvada apareció en la puerta que había a un lado del árbol. El torreón. Bueno. —¿Compraron? —exclamó el otro—. digo yo.. Hummm. —Yo he hecho la travesía del Mar de Polvo —dijo Aeriel. Pero. y en otras tierras. Esta prenda que llevo es de Pendar.. murmurando—. —Yo no soy una ladrona —insistió Aeriel—. en su interior. —Sí. Hecha trizas. Cuánto tiempo debo de haber pasado dormitando —se dirigió a ella de 39 . El otro salió de su ensimismamiento. también. —No tengo nada que ver con eso —gruñó el otro—. No vistes como los que solían venir de Esternesse. Sólo los viajeros que cruzan el Mar de Polvo pueden probar mis albérzigos. El viejo se lo arrebató antes de darle tiempo a ofrecérselo. Nadie ha cruzado el Gran Mar desde hace años. —Me llamo Aeriel —añadió Aeriel pasado un momento— y vengo de Isternes. ¿Compraron? —y meneó la cabeza. He destrozado mi barco contra las rocas.... aunque después he vivido en Avaric. luego se acercó cojeando al borde del acantilado y se asomó. —Ladrona de albérzigos.. en ese caso.. En el umbral crecían espesos yerbajos. voto a tal —de un par de tirones se compuso el largo y andrajoso manto—.. si es que en Terrain lo hacían. Me compraron de recién nacida y no conocí a mi madre. —¿Qué vas a hacer con él? El otro respondió apenas con un bufido mientras daba vueltas al carozo en sus huesudas manos. —Pues yo acabo de hacerlo —respondió Aeriel—. —Mi primer lugar de residencia fue Terrain. —¿No lo sabías? —gritó aquella personificación de la vejez—. —Sí que has viajado —musitó el individuo—. entiendo que tu parentela es de Terrain. valiéndose de una garrota. Acabo de llegar de un viaje larguísimo y no he comido ni bebido nada en muchas horas. por lo que has dicho. El sujeto la escudriñó con los ojos entornados. Aeriel lo miraba todo estupefacta. sumido al parecer en sus pensamientos. —No sabía que viviera aquí nadie —empezó a decir. en efecto. veo tu nave —musitó.. Nadie se había ocupado de podar el árbol.Reunión de Gárgolas Meredith A. está a tu disposición la fruta. No sabía que el árbol fuera tuyo. Malos tiempos aquéllos en los que se compraban niños en Terrain. ¿Creíste que podías coger uno y largarte sin más? La escuálida figura se le acercó renqueando. —Imposible. —¿Esternesse.

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nuevo. –. Pero veo que ya no eres esclava. Rapsoda ambulante..., ¿es eso lo que te lleva por los caminos? Aeriel tocó la correa de su mandolina, que llevaba colgada en bandolera. —Es lo que espero ser, con un poco de suerte —el otro no dijo nada; una vez más parecía sumido en sus pensamientos—. ¿Y tú qué eres? —se aventuró a preguntar Aeriel. El individuo suspiró. —¿Eh? Oh yo guardo la torre. Cuido del árbol —y echó a andar hacia la puerta por donde había salido—. Ven conmigo, sí quieres ver lo que hago con el hueso de la fruta.

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5 EL GUARDIAN DE LA LUZ
Aeriel siguió al guardián al interior de la torre. Una escalera de caracol ascendía pegada al muro. Aeriel y su guía salieron a la parte alta del torreón, cubierta por un techo abovedado. El viento racheado del Mar de Polvo soplaba con fuerza. En el centro de aquella rotonda se alzaba una plataforma oscura y sobre ella descansaba un aro de metal argénteo con pestañas todo alrededor como una corona. De cada punta salía una pequeña lengua de llama azul. —¿Qué es eso? —inquirió Aeriel, inclinándose para verlo más de cerca. La llama ardía sin olor, exenta de humo. —¿Qué es eso? —respondió como un eco el individuo, calentándose las manos sobre la llama. Aeriel no sentía calor alguno—. Pues la baliza luminosa; qué va a ser si no. Esto es un faro, viajera.¿Por qué lo habías tomado? —Un faro... —murmuró Aeriel. Le sonaba extraña la palabra, se le hacía raro pronunciarla—. ¿Y qué es un faro? El otro soltó un bufido y resolló. Al cabo de un momento, Aeriel se percató de que aquello era risa. —Hace una señal para avisar a los barcos del peligro de las rocas y enseñar a los navegantes la única recalada segura de estos alrededores..., ¿te parece poco? ¿Cómo es posible que hayas hecho la travesía entera del Mar del Polvo y no hayas oído hablar de un faro? Aeriel no tuvo tiempo de contestar. El guardián suspiró. —Ah, bien que me acuerdo, antes de que dejaran de venir, cómo los grandes buques acostumbraban a tenerse al pairo frente a la costa. Yo, con mi balsa, transportaba sus mercancías hasta la orilla. Entonces sí que había trabajo ... y jamás un naufragio —el guardián miró a Aeriel con severidad—. Tú tampoco habrías estrellado tu embarcación, viajera, si hubieras seguido las indicaciones de la señal. Aeriel movió la cabeza. —No vi ninguna señal. El sujeto la miró de arriba abajo. —Nadie encuentra la brecha por casualidad —dijo—. Estas torres las

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hicieron los antiguos, ¿sabes? Para guiar a los peregrinos que pasaban el mar y ayudarles luego a recalar entre los acantilados. Están conectadas todas ellas, bajo tierra, de forma que cuando se alimenta a una, lucen las demás. El guardián dejó vagar su mirada en la distancia, moviendo la cabeza. Aeriel no le entendía muy bien del todo... ¿Había otras torres igual que aquélla? El guardián suspiró. —Pero ahora dan muy poca luz. No hay con qué alimentarlas desde que cesaron las peregrinaciones... Oh, no sé; he pasado tanto tiempo dormitando... Lo menos cien años —e hizo un gesto afirmativo entonces—. Sí, peligrosísimamente poca luz. Bien, tengo un remedio para eso. Aparta un poco. Aeriel retrocedió, al gesto del otro. El sujeto arrojó la semilla de albérzigo sobre la plataforma, dentro de la corona de luz. La llama siseó, aumentando su brillo, pasó de azul a violeta y luego a rosa. Aeriel observaba sin moverse. Las lenguas de fuego se hicieron más largas, más vividas, fundiéndose todas ellas en una sola llama más elevada. Su color se mudó al verde, al amarillo, y entretanto el fuego crecía hasta hacerse tan alto como Aeriel. La llama cambió, por último, al blanco: un blanco purísimo, brillantísimo y, sin embargo, Aeriel comprobó que podía mirarlo sin que le deslumbrara. Ahora se mantenía fija y constante sobre su corona, y aunque Aeriel aún sentía soplar el viento en ráfagas desde el mar, su sereno esplendor no vacilaba. Ah, cuánto mejor —dijo una voz junto a ella, y al volverse, Aeriel vio al torrero del faro..., pero no a la forma en que se le había aparecido antes, ni muchísimo menos. Su vestidura no era ya ni andrajosa ni de un tono grisáceo polvoriento, sino azul. Un azul que, según lo miraba, iba haciéndose más intenso y magnífico. La propia persona se erguía ahora más derecha, no parecía ya ni greñuda ni anciana, y su delgadez era esbeltez y no demacración por hambre. El bastón en que se apoyaba no era ya una garrota nudosa, sino un bordón alto y derecho. —Ah, sí, mucho mejor —repitió, acercando de nuevo las manos a la llama —. Qué frío le entra a uno entre viajero y viajero, y qué sueño. Aeriel le miraba perpleja. —Pero... yo no noto que dé calor —dijo por fin, al no ocurrírsele otra cosa que decir. El individuo la miró, como si sólo entonces reparara en ella. —No, claro que no —sonrió—. No puedes notarlo, porque has comido del árbol, y por eso puedes ves la luz del faro..., cosa que no puedo yo, pues no he probado nunca esa fruta. A propósito, ¿estaba bueno tu albérzigo? —Buenísimo —todavía le quedaba en la boca un resto de su sabor. El torrero asintió con la cabeza. —Así me consta, por los viajeros. Yo no lo sé. —¿Pero por qué razón? —inquirió Aeriel—, cuando el árbol crece a tu puerta... El individuo se echó a reír. Se apartó de la llama, encaminándose, sin más que una leve cojera, a uno de los amplios ventanales. No parecía necesitar
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que no tomas ningún alimento mortal? El torrero sonrió y negó con la cabeza. Uno es el Bernalon. Acaso no le hiciera falta ir a Orm. No nací de madre. un monstruo alado que derrotó a BernaIon y se la llevó. el de Avaric. —Un ángel oscuro —susurró Aeriel. Había regresado del ventanal. y estaba otra vez junto a la llama. Aeriel tomó aliento. El torrero suspiró. —Hay una bruja en la linde del desierto —repuso Aeriel— que roba niños de corta edad para criarlos como propios. Aeriel contuvo la respiración. —¿Es eso lo único que alimenta la luz? —preguntó Aeriel—. sí. la llama. pues el séptimo. Cuando los 43 . Bernalon es una enorme loba que ronda por los acantilados y el litoral entero. mientras que yo ni siquiera me he aventurado nunca a ir desde este promontorio hasta el bosque. Pierce apenas de su bastón. —El árbol se alimenta del corazón del mundo. del corazón del fruto. ha sido devuelto a la vida antes de que el embrujo a que lo tenía sujeto pudiera completarse. Tú eres el Ion de Bern. haciendo de ellos vampiros alados. cuanto antes. Pero hay seis más que tengo que encontrar antes de un año.. —Malos tiempos —murmuró—. Pero ya no. y yo. de la llama. —Yo no soy un Ion —le dijo afablemente—. guardando el territorio. Seis ángeles oscuros tienen ahora. Pero Aeriel no podía con su desasosiego. En la frontera de Zambul.. El último peregrino que pasó por aquí habló de una batalla en el oeste. Bernalon? Porque debo encontrarla. —¿Dónde puedo encontrarla. Aeriel examinaba con curiosidad a la persona que tenía delante. riéndose esta vez. Me hizo Ravenna. que contemplan brujas y sus hijos entre nosotros. —Hay unos versos —dijo. La viva esperanza que había concebido pocos momentos antes estaba desvaneciéndose. Pero el torrero meneó de nuevo la cabeza. ¿Las semillas de albérzigo? El torrero asintió con la cabeza. el Avarclón. y a los otros lones. la que hizo los Iones. que beben almas de mujer..Reunión de Gárgolas Meredith A.. los peregrinos se alimentan de su fruto.. Quizá pudiera informarse sobre los Iones aquí en Bern. —Yo no lo sé. — ¿Y eso qué es? —preguntó el torrero. Una desesperada urgencia la acuciaba. ahora. los ícaros. otro de los «hijos» de la bruja.. No el suyo. el de Abarric. Cada Ícaro derrotó a un lon. Sus ojos volvieron a encontrarse con los del torrero. —Porque yo no soy viajero —dijo—. —¿Y tú no eres mortal —le preguntó—. A uno de ellos ya lo he encontrado. pero no como tú. El torrero se apartó nuevamente. Solían venir a montones los viajeros. He pasado cien años adormilado. —Mortal. y el árbol da fruto sólo en caso de estricta necesidad: una sola fruta para cada viajero que hace la travesía del Gran Mar —suspiró y echó hacia atrás la cabeza—. A mí no me hicieron para correr mundo. sino su «hermano». —Ravenna —susurró—. Ni una sola vez en todo ese tiempo he oído aullar a la gran loba. Se aferró a ella—.

una novia en el templo ha de entrar en la llama. Aeriel se echó la prenda sobre los hombros y. Ravenna profetizó el advenimiento de la bruja. Pierce antiguos se retiraron de entre nosotros. siempre hacia el norte. Y a los segundogénitos. No te apartes de la carretera. por fuera de un tono crema pálida o gris: su color parecía tornadizo. todas estas tierras son un hervidero de ladrones. No viajes de noche y ve con alguna caravana si puedes. La capucha picuda. Y el miedo. Echó mano a una percha que había junto a la puerta. hace largas edades. allende el Mar de Polvo. Pero no tengo nada con qué pagarte. Dio al torrero las gracias por su aviso acerca de los ladrones mientras descendía. y buscar allí mi respuesta —vaciló un instante. —Tendré que ir a Orm.Reunión de Gárgolas Meredith A. ¿quieres? El último viajero se lo dejó y a mí no me sirve para nada. pues los bosques son inhóspitos. ajustaba perfectamente. —A mí me hicieron mucho antes que a los Iones. Y así. El borde le caía un poco por debajo de las rodillas. cuando haya probado del árbol una princesa real. porque desde que fue expulsada Bernalon. —Fue ella quien compuso los versos y se los recitaba a los Iones al tiempo que los hacía. La vestimenta que el torrero le tendía era muy pequeña. en la piedra un festín. sucederá: una junta de gárgolas. hay que hallarles bridón. Aeriel bajó los ojos. Jamás he oído antes ese enigma. hasta que llegues a Talas. montar con nuevas flechas. Procura llegar al atardecer. La llama. cuando se la probó. tras él. dar alas a un bastón. Aeriel sonrió lo mejor que pudo. La decepción le corroía el alma. Por la mañana. como con visos.. las mangas quedaban a medio camino entre el codo y la muñeca. la encontró exactamente de su medida. El torrero atalayaba el mar. Tú no eres un Ion. No conozco su significado. que es todo el camino que yo conozco. entonces —respondió con calma—. con no poca sorpresa. 44 . pero quizá puedas decirme lo que significan: Pero antes han de unirse aquellos que los ícaros reclaman. El torrero movió la cabeza. El interior era de un hilo algo más oscuro. alta y vertical. entonces. —Pero antes de partir —dijo— toma esto. lejos de la ciudad de Esternesse. viajera. Aeriel no había reparado antes en ella. derrocada la arpía de la Bruja por fin. —Muchas gracias —dijo Aeriel. pero éste movió negativamente la cabeza.. Aeriel miró con expectación al torrero. toma la calzada que va al oeste por las montañas. echándose atrás la capucha—. Pasarás así el desfiladero y te presentarás en Zambul. pues las puertas de la ciudad se cierran a la puesta del sol. luego se resolvió a decirlo—: ¿Puedes indicarme el camino? —Tienes que seguir la carretera de la costa —dijo el torrero—. por la escalera de la torre. proyectaba su sombra ante ella. dándole sombra al rostro.

—Tienen exactamente la misma pinta que la primera: color áureo rojizo y reluciente a la luz. pero de cuando en cuando. con sobresalto. La carretera discurría entre la linde del bosque y el borde de los acantilados que se asomaban a la marina. cuando vivía entre las gentes del desierto. y se marchó con él por algún tiempo para ser su esposa en Westérnesse. Arrancó las frutas maduras de la rama. —Tómalas —dijo—. entreveía ciervos selváticos de una alzada 45 . Se volvió de nuevo y echó a andar por la carretera. —Torrero —dijo—. Emprendió la marcha. protegiéndose los ojos del resplandor de Solstar. Pero lo perdí. Vas a necesitarlas —Aeriel las introdujo cuidadosamente en el envoltorio de seda amarilla de mandolina. Al cabo meneó la cabeza. — ¿Cinco viajeros más de camino a través del mar de Polvo? Un nuevo sentimiento de inquietud se apoderó de ella. un arriscado príncipe de Avaric.Reunión de Gárgolas Meredith A. y él a ella. Pero guarda las semillas —dijo—. No había esperado persecución desde Isternes. pero no había dado más de diez o doce pasos cuando el otro voceó: — ¿Cómo es eso. y otros relatos por el estilo.. Aeriel siguió rumbo constante hacia él norte. entre los claros de los árboles.. Pierce —Qué falta hace. de regreso a Avaric. a la espalda. El torrero la acompañó hasta la carretera—. desconcertada. en Pender —dijo—. Hizo al torrero una reverencia de despedida. —Lo tuve en otro tiempo. No se arriesgaba a penetrar en los bosques. inerte.. Un don distinto para cada uno que llega —el torrero se dirigió al árbol y Aeriel le siguió—. que los yerbajos habían desaparecido. la capucha le caía.. Salieron del torreón a la luz de la mañana. —Entonces deben de ser tuyas. Lo que antes era suelo roqueño estaba cubierto ahora de frutecidas enredaderas. El torrero estaba sumido en reflexiones.. Levantó la capucha de su capa de viaje. Un angosto sendero llevaba a la carretera. —No hemos visto vela alguna desde la torre.. para guardarte del polvo de la carretera. El árbol nunca frutece lo mismo dos veces. Algunas veces desenvolvía su mandolina y recitaba las historias que había aprendido en Isternes: cómo la joven Dama Syllva fue cortejada por un extranjero. ¿Cómo te parece que son las frutas? Aeriel las miró. pero ya el torrero había desaparecido en el interior de su faro. Caminó así muchísimo tiempo sin sentir hambre ni fatiga. con una marcada arruga en el entrecejo. En mi vida he visto cosa semejante. una viajera que no lleva bastón? A esto se volvió Aeriel y retrocedió unos pasos. ¿qué significa esto? El torrero se detuvo. que un sólo viajero reciba tanto. Encierran una inmensa virtud. pero su sonrisa estaba llena de pesadumbre. Acéptalo como regalo mío. Y el árbol da fruto sólo en caso de necesidad —se rascó la cabeza un momento. miró atrás por encima del hombro y alzó la mano para decir adiós. Aeriel volvió a ajustarse la capa a los hombros. y Aeriel observó. Aeriel descubrió cinco frutos más que colgaban del árbol. bajo el horizonte. no sabría decir por qué. mirándola de soslayo —.

como el batir de una vela sacudida por el vendaval. recostada en un árbol.. pues en ese mismo momento. de un blanco de nieve.. remontándose al punto.. retrocedió un paso. y luego tinieblas. —¿A quién buscas? —gritó. El mundo se volvió todo estrellas. de debajo del árbol. Soletar. esplendía casi en su cénit. Aeriel se levantó precipitadamente y miró hacia arriba a través de las ramas entretejidas. — ¡Demonios! —exclamó el ave. Pierce que no sobrepasaba la altura de sus rodillas. su caperuza cayó para atrás. No tuvo tiempo de musitar nada más. agachada. Todavía sentía en la boca el recuerdo del albérzigo. Sintió un fuerte golpe en la cabeza. como una gema deslumbrante. tornándose aún más trabajoso el batir de sus alas. y sostenía en sus garras un objeto pesado. Un ave de largo pico cerníase con apuro justo en la vertical de su mirada. De pronto se encontró con que ya era mediodía. — ¿Dónde podrá haberse metido esa muchacha —oyó susurrar a una voz extenuadísima—. 46 . contemplando el negro y estrellado cielo. con lo que sus garras perdieron la presa del largo objeto oscuro. sorprendida. Le flaquearon las rodillas. ratas arborícolas con su doble cola y revolantes de melodioso canto. — ¿Es posible que haya viajado sin descanso la mitad de un día-mes? — murmuró.! Al salir Aeriel. Sus ramas se extendían sobre la carretera. —¿Se habrá internado en la selva? —jadeó el ave. dándose cuenta demasiado tarde de que esto la situaba más directamente debajo del palo que caía. oyó un enorme palmoteo y vapuleo. se sentó Aeriel en la linde del bosque. Cayó de bruces en la calzada. ¡A ver si se ha caído por el acantilado. —Agáchate —le intimaba alguien.. con asombro. Estoy segura de que divisé a alguien muy parecido a ella caminando por esta ruta. casi a plomo sobre su cabeza. Aeriel levantó los brazos. Levantándose la capucha. Hizo alto. Miró al lado opuesto—.Reunión de Gárgolas Meredith A.. Había caminado las últimas horas con la capucha a la espalda. Tenía largo cuello y vigorosas alas. recto y oscuro.

Pierce 47 .Reunión de Gárgolas Meredith A.

Aeriel recordó al león de Pendar que en cierta ocasión le refirió cómo una garza de ese nombre se había presentado a él trayéndole noticia de la llegada de la muchacha. — ¡Viento-en-el-Agua! —exclamó. Aeriel se dio bruscamente la vuelta. Tan alto era como la propia Aeriel. pegó un guantazo a las largas y gráciles patas de la garza. —He estado en Isternes. Tenía la visión borrosa. muy recio. Súbitamente lo apartó de sí. Creí que te había matado. Aeriel respiró a fondo. alisado por la intemperie. no objetos pesados.Reunión de Gárgolas Meredith A. —No merezco tenerle. —Mi bordón —exclamó con voz queda—. Y al cabo reconoció aquella cosa polvorienta. Navegó entonces hasta donde la pequeña embarcación la pudo llevar. Era del tamaño de un huevo de iguana montes—. En cierta ocasión mató con él a un chacal de la bruja. El pájaro blanco se apartó dando torpes traspiés. Pierce Cuando despertó. Se me escapó de las manos. Me he pasado días-meses registrando todo Westernesse en busca tuya. y al mirar atrás. Se acordó de la barca que le hizo el duaroc para que escapara del castillo del ángel oscuro y que tenía figura de garza en su proa. agarró el largo y oscuro bordón que yacía en mitad de la calzada y avanzó a saltitos hacia Aeriel—. A Aeriel se le empezaba a despejar la vista. sobre el talle. Pasó los dedos por el derecho fuste. Aeriel la de Terrain? Aeriel asintió con la cabeza. — ¡Gracias a Ravenna! —exclamó el ave—. Lo apartó de un manotón. Aeriel sonrió un poquitín. sino únicamente un ave blanca de largo cuello aleteando a baja altura entre las riberas del río. La garza levantó un ala y se puso a arreglarse las plumas. medio aturdida. —¿Así que eres tú la que ando buscando —decía a todo esto la garza—. aunque en esta forma me llamo Ala-en-elViento. ¿Qué me ha caído encima? —Perdóname —respondió el ave—. y se incorporó. —Te ha faltado bien poco —murmuró Aeriel. luego emprendió viaje por tierra. Algo le andaba con pasitos leves por la espalda. Los Antiguos me hicieron para que llevara mensajes. con una contera puntiaguda para hender la arena y rematado por un puño pesado y firme. —La misma —contestó—. —Bien. El que Orroto-to hizo para mí. —Te conozco —dijo de pronto. La garza depositó el objeto a sus rodillas. recordando cómo la capitana de los nómadas del desierto había tallado aquel bastón de un leño de madera oscura. Un agudo dolor le palpitaba en la coronilla. muy delgado. no había visto ya embarcación alguna. frotándose el chichón de la coronilla. Lo perdí en el desierto por imperdonable descuido. 48 . Sosteniéndose sobre una sola pata. pues debes tomar esto —suspiró la garza. Aeriel sintió algo que le daba tironcitos de la ropa.

—Quizá tú no perdiste realmente el tuyo. —No sabía yo que tus ojos verdes hubieran aprendido a ver las figuras de nuestros bastones —le había dicho—. Aeriel recogió su bastón del polvo del camino. Pierce La garza se rascó la cabeza un momento con una de sus patas desmañadas. había empezado a distinguir un mascarón en el puño de cada bordón. Pero poco a poco. que son jabalinas de caza y picas para excavar. Se desvaneció el desierto a su alrededor y se vio de nuevo sentada en la carretera de la costa de Bern. Tu espíritu me confunde incluso a mí. había creído que los puños de sus bastones no eran más que boliches sin forma determinada. cumplida su misión del momento y sin tiempo ya para volver por él. al oír hablar a la garza. dijo. —Pero algo me dice. y cuando Aeriel le preguntó por qué. para los Ma'a-mbai. ni siquiera entre nosotros mismos. Poseen una virtud especial. palpando y acariciando la madera y familiarizando de nuevo los dedos con su forma. Durante un buen rato no dijo nada. el pueblo de las dunas. la jefe nómada de tez oscura repuso: —Carita pálida. sorprendida. no he hecho figura alguna en el puño de tu bastón porque no tenía el menor atisbo de lo que hacer. Cuando llegue el momento. entonces. Una sola cosa le faltaba para hacer de él un auténtico bordón del desierto. y mil cosas más. 49 . recién llegada entre los Ma'a-mbai. ¿soy yo una niña. sin nada. —Mi bordón no tiene ninguna figura en el puño —dijo Aeriel. la mejor vidente-de-espíritus de nuestra partida. Aeriel vio entonces apartarse los ojos de la sesuda y experta mujer. al llevar más tiempo viviendo entre aquellas gentes. Al fin. y a nuestros hijos no se les puede llamar adultos hasta que lo han visto. sino que sólo lo dejaste a un lado por un rato. La garza inclinó la cabeza del otro lado. Sólo entonces se les puede entregar un bastón personal con su mascarón en el puño. Pero Orroto-to había dado a Aeriel un bordón rematado por un puño liso. encontrarás una. Vagas figuras todas ellas. eso es lo que le falta. como si sus formas verdaderas estuviesen un poco más adentro bajo la superficie de la madera.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Algo me dijo el león acerca de estos bordones —comentó—. la capitana morena se había echado un poco hacia atrás. que no necesitas todavía figura en tu bastón. puesto que me has concedido un auténtico bordón y me adiestras en su empleo. Se lo puso de través sobre el regazo. No es cosa de la que hablemos mucho. para que mi bastón no tenga rostro? Pero claro que no se me considera una niña. Orroto-to le había enseñado todos sus usos. —El mascarón del puño —murmuró Aeriel—. niña hermosa que estás haciéndote ya tan alta. y mástiles de tienda de campaña. Al principio. La verdad es que le costaba mucho retirar de él sus manos. —Pero Orroto-to —le había objetado Aeriel—. —¿Cómo va eso? Aeriel alzó la vista. A esto se volvió y miró a Aeriel de nuevo. insinuadas de forma imperfecta y singular.

medio consigo misma— si tu nombre cambia con cada nueva forma que tomas. Puedo quitar cerrojos y abrir puertas. que se dejaron olvidado: una portadora de noticias. sé arreglármelas bien yo sola. como si se hubiera fundido con él. Yo había pensado que fue la magia del duaroc lo que hizo de ti una barca y luego te transformó otra vez en ave. —Un mero juguete de los Antiguos.. una mensajera. Pierce —Eso es de fácil remedio —repuso la garza. pareció totalmente como si su bordón fuese todo él madera oscura de la contera al puño. —Oh. Cerráronse sus ojos grises y su forma se hizo de pronto más semejante aún a la madera. ¿qué voy a llamarte ahora. la textura de sus plumas a cambiar. me ha fatigado muchísimo. Sus contornos se desvanecieron y difuminaron.Reunión de Gárgolas Meredith A.. si puede saberse? —inquirió. Su color comenzó a oscurecerse.. Continuaba sentada con el bordón puesto de través sobre las rodillas. arrepentida al instante—. En lo demás. No vas a necesitar llamarme nada por ahora. —Me tomas a chacota —dijo—. sacándome de la pasividad y poniéndome en acción de nuevo.. Sus movimientos se hacían lentos y torpes. frunciendo el entrecejo. —¿Pues qué eres. tan cargada. de suerte que al cabo de sólo media docena de latidos del corazón. La garza cerró entonces los ojos e introdujo el pico debajo de un ala. Aeriel dio vuelta al bordón en sus manos. Y en su reposo estático pareció disminuir. a mí. —No. y dormiré. No era esa mi intención. entrar por donde está cerrado el paso. Conque puedes llevarme por algún tiempo. La garza dispuso el ala más cómodamente sobre el pico. Aeriel seguía observándola con curiosidad. él simplemente me conjuró. sin comprender. La garza fue tornándose más y más pequeña hasta no rebasar su dimensión la del puño mismo. A esto rió la garza con una risita cloqueante. El ave blanca se acomodó plegando sus largas alas y acoplando su largo pico en el pecho. Aeriel tenía ahora el bordón de pie derecho y lo miraba sin pestañear. Antes de que Aeriel tuviera tiempo de respirar tres veces. —Ya hice de mascarón de proa en una barca —murmuró—. de ninguna manera —dijo Aeriel. que he encabezado báculos de mujeres sabias y cetros de reyes. Aeriel lo contemplaba fascinada. De pronto parecía haberle entrado sueño. —¿Cómo has hecho eso? —exclamó—. Pero ahora estoy muerta de fatiga. El volar tantos y tantos días-meses. Aeriel no podía 50 . La garza levantó el vuelo y se posó en el puño del bastón. El ave blanca se encogió de hombros. —Pero —murmuró. —No importa —musitó—. Pájaro-en-unBastón? La garza abrió el ojo como por resorte. descubrir caminos ocultos y cosas enmascaradas. contemplándolo. Puedo hacer otro tanto en un bastón. pero que en éste la veta se trocara en un nudo de tonalidad rubia con forma de garza. Aeriel miró al ave. su voz como chisporroteo de leña verde.

Pierce discernir. que el puño de su bordón tuviese ahora figura de ave. antes de que lo haga la Bruja Blanca. Miró el puño de madera de su bastón y se echó a reír. con paso raudo y seguro. Recogió su mandolina de debajo del árbol y echó a andar rumbo al norte. Aunque el camino fuese largo. Aeriel se sintió de improviso más ligera. se dijo. 51 . llevaba ahora una compañera. El terror que Orm le inspiraba se amortiguó un poco. tal como quedaba. por la carretera que se dirigía a Talis..Reunión de Gárgolas Meredith A.. con fuerzas renovadas. Encontraré a los Iones perdidos de Westernesse. sin mirar muy atentamente.

Aeriel vio a un joyero sacarse de la manga una diminuta ampolla de cristal llena hasta la mitad de un fluido azul. Su tez era pálida. A plena luz del sol. ni las mujeres que vestían largas túnicas hasta los pies. La ciudad era más pequeña que Isternes. pero. Corindón puro. carecía de los graciosos arcos y chapiteles del oriente. nadie le prestó la menor atención.Reunión de Gárgolas Meredith A. ni los hombres con pantalones y jubones. Hizo girar la ampolla. Era la primera vez que Aeriel veía el cutis de los berneanos. acercándose más. y estaría dispuesto a desprenderse de ello por sólo mil veces su peso en plata. decía en voz baja. Los cuchilleros ofrecían empuñaduras guarnecidas de rubíes y perlas. le mantendría joven a uno para una docena de años. y tampoco el menudo polvolangostín oculto entre los pliegues de su ropaje parecía requerir alimento alguno. Aeriel alzó la capucha de su capa de viaje. Los edificios de Talis eran todos rechonchos y cuadrados. Vio la ciudad de Talis en la distancia frente a ella. agitándose como agua. directamente a su costado. Solstar se cernía sobre el horizonte del este. Los perfumistas elaboraban sustancias de singulares aromas. De cuando en cuando dirigía la palabra al mascarón de su báculo. construidos mitad por mitad de madera argéntea y de piedra marina gris nácar. No topaba con nadie. ofreciéndoselo al hombre con quien regateaba: la sangre del mar. Estaba edificada sobre una rocosa lengua de tierra que se proyectaba en el mar. Pierce 6 CIUDAD DE LADRONES Solstar iba poco a poco deslizándose por el firmamento. Había empezado a levantarse el viento del mar. Un chorreo constante de viajeros se aproximaba desde el norte y el oeste. y su contenido emitió destellos. Aeriel estaba ya recorriendo calles de mercado y de orfebres. Aeriel no sentía aún fatiga ni hambre. Cuando quiso darse cuenta. el terreno comenzó a allanarse. Por último. pero la garza no despertaba. y muy semejante a la 52 . Los acantilados no se alzaban ya a tanta altura sobre la orilla. Un sorbo. Aeriel vio que era polvo. Cuando se unió a los que pasaban por las altas puertas dobles de la muralla. decía. de un azul cetrino.

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materia que ella recogió del mar, aunque de azul no tan oscuro. Ni el mercader ni su comprador dirigieron a la intrusa una sola mirada, aunque momentos antes el vendedor había expulsado a dos chiquillos harapientos. Aeriel siguió su camino. Cruzó una plaza y se encontró delante de un mesón. Un alto tapial cercaba su patio, y a la entrada del salón comedor estaban plantados dos porteros de buena estatura, despidiendo a gente que pretendía pasar sin invitación y a curiosos y mirones. Aeriel se acercó, esperando que la echaran como a los demás, pero ni siquiera la miraron, y pasó entre ellos sin contratiempo. Se encogió de hombros, desconcertada, y supuso que un mero juglar que cantaba para ganarse la cena y un rincón donde dormir junto al hogar debía de pasar por fuerza inadvertido. El local era amplio, pero comensales y mesas abarrotaban el espacio. La última luz crepuscular penetraba a raudales por las ventanas. Una inmensa chimenea-hogar ocupaba la mitad de la pared del fondo. En su vida había visto Aeriel tanta leña ardiendo de una vez. En Terrain, donde la leña era escasa, quemaban aceite en lámparas, pero aquí llameaban grandes ramas y chamarasca, y su resplandor no era blanco o amarillo como el del aceite, sino rojo. Sólo otras dos personas estaban sentadas a la lumbre; una, un mozo de complexión vigorosa con el cabello rubio y la tez aceitunada. Su compañera era una chica más joven que Aeriel, todavía escurrida y largirucha. Una diadema de paño trenzado le mantenía apartado de los ojos el pelo color canela. Su piel era del azulado berneano típico. Aeriel se arrodilló en el hogar, arrimó su báculo a un rincón y se echó para atrás la caperuza. La muchacha de tez azul, que había estado mirando distraída en dirección a ella, se sobresaltó de repente, clavando en Aeriel unos ojos atónitos. Aeriel le echó a su vez una mirada. —¿Sucede algo anómalo? —inquirió. Se desabrochó y quitó la capa, la dejó a un lado y comenzó a desenvolver la mandolina. La chica siguió un momento más con la mirada fija; luego movió la cabeza y pareció recobrarse. —¿Cuánto tiempo llevas ahí? No te había visto. Aeriel sonrió. —Sólo un momento. Soy Aeriel. —Se sentó y empezó a tañer la mandolina. La expresión de la muchacha se iluminó de pronto. —¿Una rapsoda? Me figuro que debes de ser la única en todo Talis, esta noche. No es extraño que los porteros te dejaran pasar. ¿Te han pedido mucho? —Nada. Ni siquiera se han fijado en mí. —¿Te han permitido entrar por nada? —exclamó la muchacha, que se había puesto de pie con los brazos en jarras, echando miradas furibundas a la puerta—. Nosotros hemos tenido que pagar por entrar. Miró a su compañero, pero el joven, aunque estaba mirándolas atentamente a Aeriel y a ella, no dijo nada. Al cabo Aeriel empezó a preguntarse si tendría lengua. La moza de tez azulina se encogió de hombros y volvió a sentarse. —Bien, no importa. Tendremos que repartir entre tres esta noche. Se recostó de espaldas en su compañero y se desperezó. Un mozo de
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servicio pasaba junto a la chimenea. Con un movimiento tan rápido que los ojos de Aeriel apenas pudieron seguirlo, la muchacha arrebató de la bandeja seis aceitunas. El mozo siguió su camino sin una mirada. Entonces la muchacha se puso a lanzar los frutos al aire ante ella en un círculo. Su trayectoria formaba la figura de un ocho. Con igual prontintud se volvió su compañero, y eran ya los dos los que se arrojaban las aceitunas entre sí formando intrincados bucles en el aire. Inopinadamente Aeriel se percató de que la chica había pasado todas ellas a su mocetón, que hizo danzar un grupo con una sola mano en un círculo mientras formaba un ocho entre su mano ya ocupada y la libre. Aeriel miraba sin pestañear. En su vida había visto cosa semejante. La muchacha pegó un brinco, dio dos volteretas apoyándose en las manos, delante de la amplia chimenea-hogar, para volver a caer limpiamente de pie con un gesto dirigido primero a sí misma y a su compañero después. —Nat y Galnor, artistas ambulantes. Juegos de manos nunca vistos. Su compañero atrapó en el aire las seis aceitunas, al parecer todas a un tiempo. Arrojó tres a Nat, que ofreció a Aeriel una de ellas. Aeriel la aceptó agradecida; mordió la pulpa oscura y salada. Empezaba a sentir de nuevo el hambre y la sed. Dejó la mandolina en el suelo y echó un vistazo alrededor a ver cuándo tenían a bien servir la cena. Fuera, la luz de Solstar poniente era ya muy débil. Aun tan cerca del fuego como estaba, sintió Aeriel el frío del atardecer. Los mozos de servicio empezaron a cerrar y atrancar las contraventanas. Se encendieron antorchas y se cerró la puerta de entrada principal. Los comensales sentados a las mesas empezaron a reclamar la pitanza. La trajeron casi de inmediato. Enormes fuentes de crujientes tortas y bollos, y carne de diversos animales, y cestas de ciruelas violáceas... Nada se sirvió a los artistas acomodados junto a la chimenea, y así, sin más que el sabor de una sola aceituna en la lengua, Aeriel sintió que la boca se le hacía agua y que le flaqueaban las piernas de debilidad. —Vaya —murmuró Nat al cabo de un rato—. Ya veo que pretenden que nos las arreglemos por nuestra cuenta —dirigió a Aeriel una mirada y media sonrisa—. Unos dedos ágiles sirven para algo más que para hacer malabarismos. Se levantó y se deslizó entre las mesas, haciendo juegos con jarros y platos vacíos, al principio, por un bocado de comida o un sorbo de cerveza. Un rato después, satisfecho ya su apetito, algunos comensales empezaron a arrojarle tajadas y bocados más sustanciosos, que ella se metía en el bolsillo, para volver por fin bien cargada junto al hogar. Aeriel comió con fruición: manzanas nuevas y buñuelos y alas de lagartos arbóreos. También dio migajas al pequeño polvolangostín, y en una ocasión, Galnor arrebató jarros llenos de una bandeja que pasaba, con tan increíble destreza que el mozo ni siquiera los echó de menos. En el momento en que Aeriel se llevaba a los labios la dulce y espumosa cerveza de miel, fuera del mesón se oyó un alarido extraño y salvaje. Atragantándose, dejó el jarro a un lado. La conversación de la concurrida sala hízose de pronto mucho más queda. Algunos habían vuelto los ojos a la puerta que daba al patio del mesón. Estaba entornada. El clamor proseguía. Oyéndolo, Aeriel sintió que se le ponía la carne de gallina. Luego el sobrecogedor plañido se extinguió, y los comensales
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Reunión de Gárgolas

Meredith A. Pierce

volvieron a sus viandas y a sus compañeros de mesa. El guirigay poco a poco se restauró. Aeriel miró a la muchacha que estaba a su lado. —¿Qué ha sido eso? Nat alzó la mirada, lamiéndose la grasa de los dedos. Se encogió de hombros. —Nada de particular, la Bestia. Lleva aullando de ese modo, de cuando en cuando, desde que la trajeron. —¿Y qué bestia es ésa? —preguntó Aeriel. La muchacha la miró ahora con expresión más seria. —¿No lo sabes? La Bestia que he tenido aterrorizado al país entero estos últimos días-meses. Aeriel meneó la cabeza. —¿Qué ha hecho? —Dicen —repuso Nat— que jamás ha hecho nada a ningún viajero honrado, salvo mirarlos con fijeza y gemir..., aunque ha puesto en fuga a los ladrones y más de uno ha sentido sus dientes. La chica se acercó un poco más. —Los mercaderes han empezado a no venir, por miedo a encontrársela, y los viajeros a temer las jornadas por las carreteras, incluso de día, como no sea en grandes caravanas bien armadas, lo cual ha dado al traste con el lucrativo negocio de los ladrones. Por eso, al amanecer de este día-mes, los bandidos de Arl salieron en busca de ella y la han capturado. Hace sólo unas horas que la han traído a la ciudad en una jaula de madera —señaló con un gesto—. Son esos que están allí sentados. Aeriel siguió la dirección de su mirada y localizó una cuadrilla de mujeres y hombres toscamente vestidos en una de las mesas centrales: apenas si había reparado antes en ellos. La mayoría llevaban oro en los lóbulos de las orejas, y su capitán, un brazalete de plata en la parte superior del brazo desnudo. Todos tenían puñales. Estaban comiendo del mejor plato de la casa. —Han instalado su Bestia enjaulada en el patio —seguía diciendo Nat—, y todos los demás huéspedes están aquí con la esperanza de darle un vistazo. De nuevo resonó el pavoroso gemido, y de nuevo la charla general se hizo más queda. —¿Qué van a hacer con ella? —inquirió Aeriel. El timbre de aquel alarido aterrador le producía dentera. Nat se encogió de hombros. —Venderla, supongo. Para rescate de algún jefe. Sabr, la reina de bandidos, mantiene una cuadra de animales raros en el norte: caballos, creo que los llaman. Quizá ella la compre. Iba a decir más, pero los comensales, bien satisfechos de comida y bebida, habían empezado a pedir diversión. Nat y Galnor se levantaron de su sitio junto al hogar y se pusieron a dar volteretas y hacer malabarismos, describiendo círculos, y arcos, y complicadas figuras que Aeriel no sabía cómo llamar. Los espectadores les arrojaban frutas y bollos al principio; luego, cucharas y cuchillería fina. Por último, monedas... que parecían desaparecer insospechadamente cada vez que intervenía Nat con sus escamoteos. Los espectadores se reían y le arrojaban más. Pero al fin llegó el turno de Aeriel. Galnor y Nat se retiraron a la chimenea. Aeriel recogió del suelo su mandolina. Se proponía referirles alguna historia
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el belfo remangado sobre los mellados dientes. Grisela. Le flaquearon las rodillas. Los huéspedes más próximos a ella se dispersaron despavoridos cuando un animal enorme. A nadie se le ocurrió cerrarla ni atrancarla. las vértebras prominentes a lo largo del lomo. Gritos. Jadeaba broncamente. estábamos atentos al relato. emitiendo un extraño. Algunos esgrimieron dagas. se fueron extinguiendo. se introdujo en el local. Aún no había llegado Aeriel al final de su relato: hallábase en el punto en que la chica vuelve del desierto con la pezuña del caballo alado que era cáliz y talismán y decide libertar a las gárgolas de sus prisiones de plata. La gárgola la miró con perplejidad un momento. hosco. Debe de haber roído los barrotes. estrépito de madera hecha astillas.. Así. El animal llegó a sus rodillas.. rugían pidiendo un relato de monstruos fantásticos. pues. Se le encogió el corazón.. Sus encorvadas garras deshacían las esteras de junco. grandes voces. arruinaban el entarimado del piso. A su lado. pero nadie se atrevió a asestar un golpe. Gruñía. Nat se estrechó junto a Galnor. Los que estaban en su camino se echaban atrás con espanto. —No te di libertad para que vinieses a parar en esto. los cuchicheos. la primera gárgola que amansé.Cantando unas veces y recitando otras. el tintineo de las copas. la puerta quedó abierta de par en par. abriendo desmesuradamente sus ojos grises. macilento. En ese mismo momento la Bestia descubrió la presencia de Aeriel.. como hacen los perros. Aeriel se levantó a medias y apartó a un lado su mandolina. Aeriel se interrumpió en mitad de una frase. Era. suelta y colgante la lengua. Irrumpieron dos bandidos por la puerta del patio. dientes y lengua eran grises. Pudo ver el costillar esquelético del pobre animal. greñuda y sin lustre. Aeriel la miró con detenimiento desde el hogar donde se encontraba. al torreón de las marchitas esposas del vampiro. y se acercó con paso lento y tranquilo hacia ella. —Grisela —dijo en voz baja—. el silencio se hacía más y más profundo. gutural. pero los huéspedes del mesón. En la sala. Tras de los dos. les relató la historia del ángel oscuro.. —Jefe —gritó uno de ellos—. y tiraba mordiscos a diestro y siniestro.. La Bestia se tendió delante de ella en el suelo y avanzó a la rastra. y de su soberano Imrahil. carreras precipitadas. Aeriel le tendió los brazos. De repente se oyó una tremenda conmoción en el patio. ¿Qué ha sido de ti? Estás en los huesos. los espectros. lamento. de un matiz gris uniforme: hasta sus ojos. La mujer salió de estampía con un chillido. la Bestia está suelta. Pierce de las aprendidas en Isternes.. Traía erizada la pelambre.Reunión de Gárgolas Meredith A. y Aeriel se inclinó para acariciarla cuando la Bestia gris reclinó en su 56 . Un collar de metal amarillo ceñía su cuello. en un clamor que se sobreponía al alarido que venía de fuera. luego. Parecía tranquila. todo él. Sus orejas pendían lacias como pingajos. y habló de unas horripilantes gárgolas que eran sus perros guardianes.. los espeluznantes gañidos del patio cesaron. habló Aeriel de una muchacha de Terrain que siguió a su dueña hasta el castillo del ángel oscuro. se nos olvidó vigilar. quizá. acerca de Syllva.

que se le había plantado en el hombro y agitaba en el aire sus minúsculas pinzas. A esto la gárgola se le fue de un brinco. la anudó con destreza y alargó el brazo para coger su bordón.Reunión de Gárgolas Meredith A. se dio cuenta de que los huéspedes del mesón se removían inquietos. avanzaba cautelosa con el sable desenvainado. — ¡Un demonio! ¡Un familiar! —gritó alguien. Grisela —musitó—. Aeriel se volvió a medias. medio gritó—: Nos echará mal de ojo a todos. — ¡Una hechicera! —susurró alguien entonces—. Aeriel lo metió de nuevo entre los pliegues de su sayal. tragando con dificultad a causa del collar que llevaba al cuello. qué? —inquirió una voz de hombre—. —Vamos. Volvió Aeriel el rostro y vio a una de las de la cuadrilla que. —No es más que una ciruela —murmuró Nat. La gárgola se quedó mirándolos. —La semilla. le dio un mordisco. Ved cómo ha encantado a la Bestia. la gárgola alargó hacia él el morro. Galnor echó mano a un grueso leño de los que había junto al fuego. Los bandidos de Arl la miraban con franca y no disimulada cólera. apartándose de Galnor un poco. —¿Y esos dos. A juzgar por la pinta que tienes no has probado bocado desde que me dejaste. No me gusta la compañía. se puso la capa de viaje y se colgó en bandolera la mandolina. —Más brujerías —gritó una mujer—. pues aún gañía y temblaba. Aeriel alzó entonces la cabeza y vio a la gente retroceder al levantar ella la vista. Aeriel acariciaba la pesada y estrambótica cabeza de la gárgola.. Esta vio a la muchacha de tez azul sacar un puñal de nadie sabe dónde. —¿Qué ha sido de ti? —musitó de nuevo—. bajo la mirada de su capitán. toda confusa. Babeaba su lengua gris al relamerse los churretes de zumo color de sangre. Estaban con ella. farfullando gruñidos ininteligibles. casi con desesperación.. Larguémonos de aquí. Cómete esto —metió mano en su envoltorio. —Brujería —oyó cuchichear a alguien. pasaba los dedos por su desgreñado y ralo pelaje. al lado opuesto de la sala. En la estancia no se oía ahora más ruido que la respiración queda y áspera de los espectadores y el sisear y crepitar de la lumbre. He prometido guardar las semillas. fruncido el belfo en un sordo gruñido. Han hecho sus juegos de manos por maleficio. no —le dijo—. Y entonces descubrió al polvolangostín. ¿Qué es lo que tiene en la mano? —Una joya… —Una daga. Puso el carozo a buen recaudo en la túnica de Hadin. de que Nat no le quitaba ojo desde los brazos de Galnor. Galnor y Nat estaban a medio paso detrás de Aeriel. Y otra voz. Pierce regazo su descomunal. Dispuso la mandolina sobre la seda amarilla. pavorosa cabezota. Aeriel no levantó la mirada. La gárgola dio un berrido y arremetió contra ella. La recitadora es una bruja. que lo comió con avidez. Los duros rostros de los bandidos de Arl le daban escalofríos. La mujer dejó caer su arma y huyó precipitadamente. Cuando ya sólo le quedaba en la mano el hueso mondo. mientras acariciaba una y otra vez la cabeza de la bestia gris. pero Aeriel lo retiró suavemente. Aeriel quitó la pelusilla del albérzigo y se lo puso delante a la gárgola. 57 .

una hechicera no tiene poder alguno. y otro tanto que se ha perdido ya entre las rendijas. —Te has quedado con mi Bestia —contestó al cabo—. ¿Qué se me da a mí que por la mañana sea ceniza? Anda. pero acaso encuentres que esto merece la pena. Pero los ojos del capitán de bandidos estaban clavados en la mano de Aeriel. señor —dijo uno de los suyos—. Uno de los bandidos se abalanzó como una flecha y arrebató el largo bordón que seguía apoyado contra la pared. con tu cántico y tus hechicerías. con el borde romo de su arma. cinco fortunas. no hizo más que dar un golpecito en la mano de Aeriel de suerte que el polvo cayó en un torrente azul encima de la mesa. se desparramó entre los platos. Poco tengo yo que los ladrones de Talis estimen de valor. El mozallón arrojó el bastón lejos de sí con un aullido. Recogió lo que quedaba sobre la mesa en un plato vacío. Pero el jefe de los bandidos estaba ya trasvasando el polvo azul desde el plato a la cantimplora que llevaba al cinto. la garza se despertó con un chillido de sobresalto. El jefe de bandidos la observó con inquietud. Yo no soy ninguna bruja. por encima de la mesa. Galnor y Nat habían seguido tras ella—. La sangre del mar. Aeriel lo recogió y puso la mano en el collar de la gárgola. pero las brujas pueden hacer dones maravillosos —murmuró—. —Lo venderemos por buena plata antes de que transcurra la noche —dijo con sorna—. Yo no os he hecho nada. Metió la mano en la manga de la túnica de Hadin y extrajo un puñado de polvo azul oscuro—.. Se acercó al capitán de los ladrones. —¿Es bastante? —¿Bastante? —rió el capitán de bandoleros—. —Tu prisionera —dijo Aeriel—. —¿Quieres rescate? —dijo Aeriel. —No lo toques. Pura ilusión. Es una fortuna. tirándose de una punta del bigote. — ¡Suéltame! —gritó. —La Bestia vale el rescate de una reina —dijo con brusquedad el bandido. agitando las alas. rebañando lo que caía. La gárgola gruñó y enseñó los dientes. Antes de que Aeriel lograra detenerle.. Mañana por la mañana será agua o arena. —Ah. pero el jefe de bandidos. —Corindón auténtico —murmuró el capitán de la cuadrilla—. bruja. Tendió hacia él la mano ahuecada en forma de copa. Otro andaba a gatas por el entarimado. se coló entre los hilos del mantel y se esparció como agua por entre las tablas mal ajustadas del suelo.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Son polvos de bruja —gritó la mujer que había perdido el sable—. Uno de los suyos arrojó la bebida de una copa de hizo caer en ella el chorro de azul que goteaba del borde de la mesa. 58 . La cólera brotaba por primera vez en su pecho. Aeriel no había retirado aún la mano. ya estaba el mancebo fuera de su alcance. tú. Está embrujado. Sin él. Pero al cerrarse rudamente su mano sobre la madera. —¿Por qué instigas a tu gente contra mí? —preguntó. Pierce —Quitadle el báculo —gritó el capitán de ladrones—. ¿O no? Sacó el puñal.

¿me oyes? El capitán de los bandidos de Art. dijo: —Llevas una compañía muy rara. y un bastón no menos raro. pues no soy una ladrona tan grande como dicen. y quedarse con la sangre del mar y con la Bestia? Aeriel echó un vistazo atrás.. pero antes de darle tiempo a hablar. eres ladrona entre los hosteleros. —Me quedo sólo con este poco —dijo—.. la agarró por la manga. Aeriel seguía con los ojos puestos en la mesonera. Ninguno de mis porteros te ha dado paso. Sus compañeros la esperaban pasada la puerta. Aeriel sintió maquinar a sus labios una sonrisa... señora —le dijo—. El personal se apartaba para abrirle paso. pero sin ceder terreno. Todos los ojos estaban fijos en el polvo sangreazul. Es bastante. y cosas extraordinarias en tu hatillo. Vale su peso en oro —tendió la mano hacía él.. en cuanto se le ocurra. Rió Aeriel a esto con risa parca y comedida. jovencita. Aeriel se encaminó hacia la puerta. —He cantado para ganármela. ¿qué va a impedirle echar detrás de ti. pero voy a darte lo único que aún me queda para tu desagravio. Extrajo de su envoltorio el voluminoso terrón verde cera que encontró flotando sobre el mar. Sus dedos se abalanzaron al fin y arrancaron un pedacito. pero yo he visto brujas en mi vida y tú no eres ninguna bruja. —¿Y el alboroto que has armado? Perjuicio para la reputación de mi establecimiento. —Vamos a ver —dijo con brusquedad—. vueltas sus dagas ahora hacia el gentío agolpado en torno suyo. Lo seguiré.Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel fue a reunirse con ellos y se internaron en la noche. El bálsamo que todo lo cura. Luego. cuando ya Aeriel salía. adiós a buena parte de mi vajilla. Miraba con cautela a la gárgola y al bastón de Aeriel. —Tranquila. pero se contuvo—.. bajando mucho la voz. la mujer meneó vivamente la cabeza y. pero sin apenas mirarla ahora. Los ojos de la posadera se abrieron como platos. Pero al ir a trasponer el umbral. Pierce Llévate la Bestia contigo —devolvió el puñal a su funda—.. —Muchas gracias por tu consejo. Tomando a la gárgola por su collar de bronce. —Nadie pasa por mi puerta sin pagar la entrada... guardando el resto del ámbar gris. 59 .. entre las sombras. Tú has entrado aquí valiéndote de alguna arte diabólica.. —Me han dejado pasar sin decir palabra —repuso Aeriel. La mesonera frunció los labios y cruzó sus monumentales brazos. y desde luego. y además se te ha servido cena. una mujerona robusta con el manojo de llaves de una posadera se le plantó delante cerrándole el paso. —Ambar gris —murmuró—. —Sal a toda prisa de la ciudad. que los ladrones aún forcejeaban por recoger. Un médico daría más por ello que por el corindón.. Al llegar a la puerta del mesón se percató Aeriel de que Nat y Galnor salían tras ella. señora —dijo—. Nat y Galnor traspusieron el umbral junto a ella.

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cerró el ojo y se fundió de nuevo con la madera recia y oscura.Reunión de Gárgolas Meredith A. Nat estaba apretada a su costado. y lanzó un grito claro y penetrante. se detuvo y se dirigió a la garza del puño de su bordón. —Soy una mensajera. Galnor la miró a los ojos. Y éste es un nidal excelente. y en seguida vio que no era ningún desconocido el que hablaba. El descomunal cerrojo que aseguraba la doble puerta de madera —demasiado pesado. —Sí que eres una hechicera —dijo una voz de hombre. mirando sin pestañear a Aeriel. La gran puerta de la ciudad tenía echado el cerrojo. pues nuevamente tiraba la gárgola de ella. sorprendida. Ya fuera. —Yo creía que no hablabas. aún no se había convertido de nuevo en madera. A Aeriel no le quedó tiempo siquiera para tomar aliento. sino Galnor. Las 61 . vive el cielo. pues al parecer también en Bern. Pierce 7 EL DESFILADERO DEL DEMONIO Apresuraron el paso por las calles de Talis. pero la garza le echó una mirada significativa. no obstante. La garza desplegó sus alas. Aeriel hizo intención de decir algo más. pero Aeriel siguió contra su voluntad. a remolque de la Bestia. y la guardia se había ido. Aeriel movió la cabeza. Su aspecto era todavía claro y plumoso. era costumbre regalarse en la mesa y dormir inmediatamente después de la puesta de sol. en el puño del báculo. —Pero es fatigosísimo.. De modo que soy capaz de abrir puertas. Metió el pico bajo el ala. Aeriel se volvió.. —Hablo cuando hace falta —y apartó la vista. desiertas ahora. Aeriel oyó a Nat y a Galnor pararse a su lado. Los antiguos me hicieron para viajar sin obstáculo que me lo impidiera. La muchacha de tez azul y su galán se detuvieron desalentados. Las puertas de la ciudad se abrieron de par en par. para haberlo podido mover ellos solos— se soltó y descorrió de pronto por sí mismo. lo mismo que en Isternes. fijándola en la carretera. a todas luces. —¿Cómo lo has conseguido? La garza se encogió de hombros. Tengo que dormir.

. Aeriel tomó a la gárgola por el collar y los siguieron. Atrancaron tras él las puertas del pueblo. —Nos van a seguir muy de firme al principio. —Esa chica —se aventuró a decir—. Poco después habló Galnor. Nat. Al ángel oscuro. O creí rescatarle. Aeriel oyó el topetazo de las puertas al cerrarse y el chirriar del cerrojo al correrse de nuevo. Nadie que no esté desesperado viaja por esta carretera después de hacerse de noche. la de tu relato del mesón. a no muchas horas de la noche. pero el joven pasaba ya adelante a grandes pasos. más reacios se mostrarán a perseguirnos.. frotándose los brazos frioleros—. Nat no dijo nada más. pasado un rato. cogió una antorcha y salió en mi busca. Pero cuanto más nos adentremos en las montañas. mirando por encima del hombro—. echando una mirada a Nat. horripilantes. sí. Y con esto pasó delante de ella y de la gárgola. va ganando terreno poco a poco sobre el resto de Bern. —Habrá entrado más la noche —dijo Nat— y estaremos más cerca de los bosques de las apariciones. y rescaté a un príncipe que era su prisionero —apartó la mirada. muy avanzada ya una tarde. Nadie está dispuesto a ir allí. La gárgola trotaba delante de ellos con sus patas fantásticamente articuladas. entre espeso arbolado que se extendía a un lado y a otro. jadeando. Luego asintió con la cabeza. 62 . hace casi dos años.Reunión de Gárgolas Meredith A. Alzó la vista entonces. Prosiguieron la subida. Eras tú. abiertas las fauces. medio año. por donde se va a Zambul. —Nosotros las vimos en una ocasión —susurró la muchacha—. —Yo lo vencí —respondió Aeriel— con el cáliz mágico y. Se interrumpió bruscamente. —¿Y al final qué pasó? —preguntó—. La carretera subía en empinada cuesta por la montaña. Galnor y Nat estaban ya a seis palos carretera arriba. Yo me disloqué un tobillo en los bosques. posando los ojos de nuevo en los de Galnor. pero que en cierta ocasión me enseñó algunos juegos de manos. dicen.. —Sólo el leñador. me figuro yo. Aeriel la miró. porque es donde viven las apariciones nocturnas. que apenas si me había dirigido nunca la palabra. cobró valor y volvió atrás para caminar al lado de Aeriel. Pierce puertas estaban cerrándose tras ellos—. llevando aún enlazada a Nat. era yo. sorprendida. La muchacha de piel azulada bajó la vista.. La muchacha de la tez azul miró hacia atrás. Aeriel volvió hacia él la mirada. ni siquiera de día. Seres espectrales. No debemos demorarnos aquí. —¿Apariciones nocturnas? —murmuró Aeriel. —Hace un año. De año en año. que vagaban por los bosques mucho antes de que esa bestia diurna tuya apareciese —dio un bufido. —¿Qué sitio es ése? —Un sitio espantoso —repuso Nat— que rodea el desfiladero del Demonio. con la amargura del fracaso al pensar en Irrylath—. Y nadie de mi pueblo quiso salir a buscarme. hasta que un día termine por cubrirlo todo. —Espantos del Averno —respondió Galnor. Aeriel la vio que temblaba.

Reunión de Gárgolas Meredith A. —Algo por el estilo. Aeriel apartó la mirada y dio unos cuantos pasos en silencio. Antes de que él llegara. Nadie temía los bosques de noche ni las carreteras de día. Ella y los suyos vinieron de Zambul no mucho antes de que se estableciera él en las inmediaciones del desfiladero. encendimos fuego para mantenernos a salvo hasta que llegó la mañana. —Ese demonio —insistió Aeriel—. —Los bosques. Un demonio alado ha sentado sus reales en el desfiladero. Pernlyn? —musitó Aeriel—. Háblame de ella. Cuando los caminantes oían el largo aullido de la Loba. —Hasta hoy —dijo Aeriel. ¿Un ángel oscuro? El otro meneó la cabeza. luego reaccionó y buscó de nuevo los ojos de Galnor. aunque a punto estuvimos de morirnos de hambre. No se les vuelve a ver. sonreían y lo tomaban por buen agüero. Rehúye toda luz excepto la de Oceanus y la de las estrellas. entonces. —Desde aquel día llevamos juntos por los caminos. buscando los ojos de Galnor—. pues Pernlyn los perseguía y ahuyentaba. —Nadie lo sabe. no las había. —¿Qué es el desfiladero del demonio? —preguntó al fin. Esta carretera conduce a él. —La Loba Oscura —susurró Aeriel. —¿Y así es como la llamaban. —Un demonio alado —dijo. ¿es hijo de una sirena? —Lo único que sé —repuso Galnor— es que se apareció por primera vez en tiempos de mi abuela. ¿Sabes adonde se ha ido? Galnor suspiró. —En Bern no empleamos ese término. —Yo no sé de ella nada más que lo que contaba mi abuela: cuando era guardiana de Bern. ¿Se les bebe la sangre o el alma? El otro se encogió de hombros. se le aceleró la respiración—. Dicen que derrocó a la Loba Oscura. No había ladrones. Los ladrones conocen bien estos 63 . Algunos dicen que se convierten en apariciones nocturnas. Galnor miró hacia atrás y se encogió de hombros. que era la guardiana de Bern. Aeriel sintió helársele la piel. —Pero si esta carretera va por los bosques de las apariciones —dijo— y al desfiladero del demonio. Aeriel guardó silencio un rato. no había demonio ni apariciones. —Estamos demasiado cerca de la ciudad. No me acuerdo. Una vez que me hubo encontrado. Pero desde aquella vez no ha habido ni un solo anochecer que no nos encuentre al abrigo de pueblo o posada. —¿Qué hace con los que rapta? —volvió a la carga—. El torrero le dio el nombre de Bernalon. un raptor de criaturas humanas en la noche. ¿no sería mejor tomar otro camino? El joven se echó a reír. acariciando el puñal que llevaba al cinto. —No hay otro camino. Nat bajó la vista. Pierce Fijó en Aeriel la mirada. —El único paso para llegar a Zambul —repuso Galnor—.

Una se mantenía erguida. He sido esposa durante cuatro días-meses. Acamparon después de mucho tiempo de andar sin descanso. sólo tenía ocasionales vislumbres de él entre los árboles. Aeriel sintió una punzada de nostalgia y frustración... y me agitaba y chillaba en la cama asustada por las pesadillas. una niña en casa del síndico de Terrain. medio dormida aún. Nat sacó un puñal del cinto. Todavía le pesaba la fatiga en el cuerpo. al poco tiempo. Habían perdido ya de vista Talis y el Gran Mar luminescente. Excepto en los de Bomba. Sobre sus cabezas. y se esforzó por desechar su inútil sentimiento de desesperación. blanca y lampiña. acariciándole la estropajosa pelambre. De cuando en cuando. la otra. La gárgola estaba a su lado. Le tocó a Galnor. Nat había espabilado también a Galnor. Los árboles crecían más enmarañados. con figura casi humana. El silencio era absoluto. Galnor la zarandeó. Dejó vagar la mirada por la oscuridad. Entonces despertó a Nat. Al cabo de un tiempo. Miró Aeriel a su alrededor los oscuros y retorcidos árboles. que se hizo cortísimo. Aeriel se incorporó y quedó sentada junto a la gárgola. salvo su propia respiración casi inaudible. incluso un poquitín de envidia al verlos. Durante un momento. Galnor se maldijo por no habérsele ocurrido traer una antorcha del mesón. de un negro más intenso cuanto más subían. Aeriel y Nat se tendieron y durmieron. pensó. Cuando era muy pequeña. —Por ahora —decía Galnor— la carretera es bastante segura. Aeriel reclinó los ojos cerrados en el recio pelaje de Grisela.. No hacía viento. y no he dormido nunca en brazos de nadie. pues no había horizonte contra el que medir el movimiento de las estrellas. Se acomodaron juntos en un sitio ancho de la carretera y echaron suertes a ver a quién le tocaba la primera guardia. Permaneció así en vela hasta que estimó transcurridas tres o cuatro horas. Nat dormía arrebujada en los brazos de Galnor. Aeriel no supo calcular cuánto había transcurrido de la noche. Dos formas pálidas acechaban medio escondidas entre los árboles. algún crujido en el bosque. Oceanus estaba bajo. Lo único que nos queda es huir y esperar que desistan antes de que lleguemos al desfiladero. levantando la cabeza. la noche se tornaba más silenciosa. que estaba ya de pie junto a la linde del bosque. No tenían fuego ni nada con lo que encenderlo. se mantenía siempre junto a ellos. Nat señaló con el dedo. pensó. Pierce bosques. en cuatro patas. No tengo esposo ni familia. Huesos. atrás en la distancia. levantaba el hocico venteando. Grisela no caminaba ya delante. Nat la zarandeaba: — ¡Eh. eran todo huesos de catadura extraña. entonces dormía en brazos de mi vieja niñera Bomba. y estoy totalmente sola en el mundo. 64 . despierta! Aeriel se incorporó aturdida. —No malgastes un puñal —dijo. el cielo era una franja negra salpicada de estrellas. La carretera serpenteaba montaña arriba. No tardarán en encontrarnos. Se despertó con fuerte sobresalto.. Pero en seguida reaccionó. bajo un pellejo fino como papel. se acostó y cayó en un profundo sueño. Y los bosques pronto estarán llenos de fantasmas.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Apariciones nocturnas.. Galnor echó mano a una piedra del camino y se la arrojó. enseñando los dientes.

Galnor se arrodilló a su lado. todavía medio dormida. le tomó el rostro en sus manos. pareció desplomarse como un montón de huesos. horriblemente escuálida. Aeriel saltó. lo espolvoreó sobre la pequeña roncha de la mejilla de Nat. llevándola como a una niña. Observó que donde habían estado aquellos dos la tierra aparecía pelada. La gárgola gruñía con ferocidad. Oceanus y las pálidas estrellas daban algo de luz. —Vámonos de aquí —dijo Galnor. más pálidas y esqueléticas figuras se les aparecían. parpadeando. pero rezumando sangre. El mancebo estaba temblando. No mucho tiempo después se reunió la gárgola con ellos. Grisela se abalanzó en su persecución. los árboles se la tragaron. Galnor arrancaba la corteza interior de algunos árboles. Nat lanzó un grito. Aeriel vio sangre. que había dado una cabezada en su turno de guardia. La piel allí estaba gris. Aeriel se dio la vuelta. agazapada detrás de la muchacha. Y se esforzaron de nuevo. Al final Aeriel acabó por olvidarse de ellas y se preguntaba qué temían los viajeros en aquellas apariciones. meramente se paraban y miraban. —Mejor —musitó Nat. Sin saber cómo. se había puesto precipitadamente en pie. alargaba su manecita. la hemorragia se había detenido. otras. El flujo de sangre no cesa. llevándose la mano a la mejilla. Nat dormitando en brazos de Galnor. Inexplicablemente. Me quedé dormida sin querer. El turno de guardia de Nat había sido el último. Galnor la tomó en sus brazos y se levantó. La gárgola. Arrancó un trocito del terrón que guardaba en el paquete y. la capa vegetal. Se mantenían de bayas y manzanas silvestres. y arrojó su bastón. dando un grito. y vio a Nat. ya que nunca se acercaban. —Me ha tocado —chilló. —Quería tomar algo de mí —murmuró—. aparentemente intacta. Levantaron la acampada. La voz le temblaba también: —Podía haberte matado —gritó. Galnor rajaba calabazas maduras que suplían el agua. hasta tocar a Nat en la mejilla. que era correosa y tenía un gusto como a queso. Pierce La pareja se asustó y se desvaneció como humo entre los árboles. a su lado. Ahora no duele. Galnor la puso de pie en el suelo. No pasaron por ningún río ni arroyo.Reunión de Gárgolas Meredith A. blanca. carretera adelante. Al principio Nat y Galnor tiraban piedras a todas las que veían. Cuando más tarde despertó. —Estaba tan cansada. Nat prorrumpió en llanto. —Pararemos más a menudo —dijo. Aeriel recordó la cera de ballena que llevaba y lo que le había dicho la posadera. Algunas seguían a los viajeros un trecho de camino. desmenuzándolo. y su prolongado y tenue gemido se perdió en el aire. Fue durante su quinta acampada cuando despertó con sobresalto de un profundo sueño. Una figura fantasmal. pero pronto se hicieron tan frecuentes y tan abundantes que no era cosa de pasarse el tiempo intentando ahuyentarlas. pero la figura lo esquivó agachándose. Aeriel captó entonces una vaharada de algo que olía como a lejía. muerta. despierta ya. frente a ella. Cuanto más ascendían por las montañas. La gárgola no comía nada. dejándose arrastrar de nuevo por el sueño—. 65 . se escabulló.

distinguía Aeriel el rosario de hachones rojos. extenuados.Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel distinguió un rosario de luces serpenteando por el camino que ellos habían recorrido poco antes: alfileretazos de rojo vivo entre los árboles negros y lejanos. las estrellas de un blancor más vivo. A través de un hueco entre los árboles. pero al menos las apariciones nocturnas parecían haberse desvanecido. 66 . La noche hacíase aún más negra. El animalucho gris no temblaba de frío. Los bandidos de Arl vienen por su Bestia. con sólo algún matorral que otro. vigilando el camino delante de ellos con no menor atención que detrás. descubrió Aeriel las primeras señales de persecución. La noche se había puesto muy fría. Pierce Traía las fauces manchadas de algo que parecía harina de huesos y se le apreciaban arañazos en un costado. los árboles eran ahora achaparrados y rugosos. Apresuraron el paso de inmediato. la carretera discurría en su mayor parte sin árboles. hasta que al fin su lumbre —amortiguada y azul ahora con la tenuidad del aire— brillaba a una hora escasa de distancia tras ellos. Volvía Oceanus a dejarse ver en el cielo. entrecortada voz se mantenía como antes. Aeriel abrigó al pequeño polvolangostín en un pliegue interior de su ropa y se ató firmemente a los brazos las anchas mangas de su manto de viaje. Pero siempre. Su rara. y las apariciones nocturnas más audaces. Menos de doce horas después. Galnor asintió con un gesto. cada vez más atenuado. La comida se iba haciendo más escasa. Aeriel se preguntó si encontrarían la luz de Oceanus difícil de soportar. ahora que los bosques embrujados quedaban atrás. azul pálido y fulgente. Se habían detenido en la mitad de una pendiente extraordinariamente abrupta. aunque a Aeriel le dolían tanto las piernas como no recordaba que le hubieran dolido en su vida. y Galnor juraba y maldecía. Aeriel podía ver a sus perseguidores muy claramente a la luz de las estrellas. Las antorchas de los bandidos ganaban terreno constantemente. Nat y Galnor caminaban envueltos en una sola capa. —¿Están locos? ¡No van a cejar hasta que nos hayan metido entre los dientes el mismísimo demonio! Andaban con cien ojos. sino prácticamente nada. Más tarde se cruzaron con muchos sin una sola hoja. —Como yo me temía. articulación muda. no era ya ni leve susurro. algunos. hasta que. Estaban ya muy dentro de los montes cubiertos de bosque. cubiertos por escaso follaje. Luego empezaron a escasear los árboles mismos. pero daban la impresión de ser muy leves y no sangraban. A su alrededor. que el son de sus voces. entre sus acampadas novena y undécima. Tanto se había enrarecido el aire a tal altura. Sólo a la gárgola parecía no afectarle aquello. cuando miraban a su espalda.

Nat se agarró con fuerza a la mano de Galnor. Un ángel oscuro aguardaba allí. —El desfiladero del demonio.Reunión de Gárgolas Meredith A. El propio joven mostraba un ceño sombrío y contrariado. Se le puso la carne de gallina. señalando hacia arriba. sólo un momento. La carretera iba 67 . Aeriel divisó la brecha entre los picos. Pierce Galnor se detuvo.

con la rara embriaguez de la altitud. Pierce derecha y sin escapatoria posible: las laderas alzábanse ahora demasiado escarpadas para permitirles la huida a un lado o a otro. Vio que su ropaje no era como el de Avaric. Nat abrió la boca en una exclamación muda y se agazapó tras el reborde de un peñasco a la vera del camino. Sentía opresión en el pecho. las antorchas de los bandidos seguían ganando terreno.. La incredulidad la anonadaba: no era él. Aeriel empuñaba el bordón en una mano y llegaba el collar de la gárgola con la otra. La bestia gris forcejeaba como si rabiara por abalanzarse pendiente arriba contra el demonio del desfiladero. Sentía como si se hubiera convertido en piedra. Eran habitantes del litoral. No podía ser él. Aeriel lo advirtió de inmediato. Su negror era más intenso que el del cielo de la noche. sino tan sólo parecida a la que ella conociera. a aquel otro ángel oscuro. que caían como una capa gruesa y oscura.Reunión de Gárgolas Meredith A. Las estrellas lucían lo alto como minúsculos soles. el vampiro se contrajo y 68 . Allá arriba. y una capa negra le caía hacia atrás desde los hombros. eso sí. Galnor hizo un gesto de asentimiento. Sobre el tejado de la casa de peaje apareció una figura. Abajo.. mientras que Aeriel se había criado en las escarpas de Terrain. Galnor y Nat. jadeantes. Se había enrarecido tanto la atmósfera que Aeriel sólo conseguía avanzar muy despacio.. Daba la impresión de que iba a permanecer en mitad de la calzada mirando sin pestañear a aquella figura tan conocida hasta desmoronarse transformada en polvo. Pero Aeriel no pudo resistir la tentación de mirar y mirar. Galnor la imitó. No reflejaban el más mínimo destello de luz estelar. se valían de las manos para ayudarse a trepar. fija en las antorchas que lucían más abajo en la ladera. sujetando a la gárgola. Aeriel se mantenía a la expectativa. El ángel oscuro ahuecó sus doce alas. un rugido sordo amagaba en su garganta. las cabezas gachas.. Sólo sus alas negras. El liviano reír y gritar de los bandidos continuaba. La gárgola levantó el hocico y Los bandidos abajo cantaban y gritaban. Galnor y Nat forcejeaban delante de ella. pero no ese alegre atontamiento que motiva la altura.. De repente. y el corazón enorme y transido por el esfuerzo. Sólo cuando Galnor la agarró del brazo y la arrastró con brusquedad bajo la sombra de la cornisa. La gárgola temblaba. la guarnición y la casa de peaje —dijo—. —En tiempos era. Bien agachada en su refugio y boqueando para recobrar el aliento. Tenía la vista tendida más allá. haciéndola callar. sin aliento. Le había derrocado ella misma en Avaric. Un sopor extraño le insensibilizó la epidermis. protegiéndose los ojos con la mano de su débil resplandor. se dio cuenta Aeriel de que la figura encaramada en el tejado de la guarnición no era la misma. Aeriel distinguió algo. Llevaba vestiduras claras. Nat y Galnor estaban apretados tras del peñasco. lo examinó ahora detenidamente. Ahora. un súbito relumbre de la luz de las estrellas.. Rió ceñudamente. el único que reside ahí es el demonio. No habían visto al ícaro. en la boca del desfiladero. divisó un edificio de piedra. No los miraba a ella y a sus compañeros. eran idénticas: enormes y tenebrosas. Aeriel y sus acompañantes emprendieron la subida al desfiladero.

Reunión de Gárgolas levantó el vuelo. El vampiro se caló como un ave de presa. La gárgola todavía forcejeaba por lanzarse contra el Ícaro. no cayó de bruces al suelo. extrañamente parecido al de un ave. enfilando el rocoso y angosto desfiladero. Finalmente.. Aeriel gritó. Tenía en la mano el bordón de ella. no había cerca en ningún sitio. deteniéndose. Galnor.. Allá abajo.. que le hizo perder el equilibrio. Transpusieron la casa de peaje y penetraron en el desfiladero. Aeriel siguió en pos. hasta que oyó a Galnor que le decía al oído: — ¡Al desfiladero! ¡Aprisa. Algunos de ellos chillaban. levantó por los aires al individuo desarmado. se quedó parada chillando. Su collar se le escapó de la mano y. Aeriel vio a dos de los bandidos arrojar sus antorchas y retroceder. —Pero el jefe de los bandidos —clamó Aeriel. Abajo. luego. gracias a que Galnor le tenía asido el brazo. Sus risas cesaron. y la vio refrenarse y 69 . Los ecos rebotaron de risco en risco por toda la montaña. esta vez llamando a la gárgola. ya! Salieron a trompicones del abrigo de las peñas. arrastrada por el ímpetu de la gárgola. De nuevo dio voces. Por un momento se resistió. Entonces el ángel oscuro hundió los dientes en el cuello del capitán de los bandidos. delante. Aeriel chilló. Los bandidos que habían retrocedido se precipitaban ahora hacia delante. —Eh —dijo casi sin voz—. vamos adelante mientras podamos. El vampiro se cernía sobre ellos. El ángel oscuro se batió veloz. volando así a su alcance. Allá abajo. los bandidos habían levantado la vista. Aeriel miró la madera oscura en la mano ajena. — ¡No le miréis a los ojos! —oyó gritar al jefe de los bandidos. Pierce Lanzó un grito. hizo una finta y luego agarró a uno de los ladrones por la muñeca. Meredith A. los bandidos se aprestaban a sacar sus armas. — ¡Está perdido! —gritó Galnor. El duro collar metálico le había cortado los dedos hasta hacerlos sangrar.. ¿Cuándo? Se dio cuenta de que ahora empleaba las dos manos en sus esfuerzos por refrenar a la gárgola. Aeriel sintió que una mano la asía por el brazo y tiraba de ella. el bandido presa del vampiro se sacó del cinto una hoja de acero corta y corva y la hundió en el hombro del ícaro. Galnor volvió a tomar a Aeriel por el brazo.. Las azuladas luminarias se apagaban con las ráfagas de las alas del vampiro. Debía de habérsele caído. a la carretera de nuevo: Nat.. Era su capitán el que había capturado. en los aceros de sus armas destellaba la luz de las estrellas. Luego echó a andar a trompicones. apenas pareció sentir el arma. desarmándolo. Y Galnor le lastimaba el brazo que le tenía cogido. Aeriel sintió el viento del ángel oscuro al pasar: un furor de alas oscuras batiendo violentamente el aire. De la herida no brotó ni gota de sangre. Un grito inhumano. como si se burlara. confusa: el ángel oscuro estaba más abajo. corriendo a la desesperada. El mancebo se la llevó consigo a tirón limpio. pero Aeriel la dominaba y retenía. El vampiro ni se dio por enterado de la lesión. Mirando atrás.

Aeriel apenas veía nada. derramando su blanca luz sobre los collados. tan poco firmes ya las piernas como las de ella. el bandido colgaba. Nat se dejó caer al suelo. no se percató Aeriel de que por fin habían dejado Bern atrás y se encontraban en Zambul. Se precipitaron como por un tobogán. y cabello verdeamarillento. Estos arbustos tenían hojas y algunos frutos. galopando por la cuesta abajo sin muestras de sofoco. Pierce echarle una mirada hacia atrás por encima del hombro. jadeando al límite de sus fuerzas. dio media vuelta y siguió corriendo ciegamente junto a Galnor. Oyó gritos. le quemó los dedos: frío como el hielo. Finalmente. cuando se levantó Solstar sobre el horizonte. una vez que hubieron caminado y comido. con riesgo de romperse la crisma. Galnor se arrodilló a su lado. sin mirar mucho dónde ponían los pies.Reunión de Gárgolas Meredith A. Le habían arrancado puñados de crin de los hombros. con altos paredones cortados a pico a un lado y a otro. tan tenebrosa se había tornado la noche y tan escasa la luz de las estrellas a pesar de la extraordinaria tenuidad del aire. Dejaron que la gárgola vigilara y se entregaron al sueño los tres. la gárgola saltó y se precipitó hacia el ícaro y su víctima. bamboleante y fláccido. Orilla del camino crecían arbustos y matorrales. Al poco rato la gárgola se unió de nuevo a ellos. Corrieron y corrieron hasta no poder más. El camino era muy estrecho. Hasta que llegaron a él y pararon entre lugareños con tez de un verde pálido. sin atreverse ya a mirar atrás. La embocadura de la escarpada garganta le ocultaba el panorama. como si tal cosa. montaña abajo. 70 . también como el de Galnor. Nat señaló un pueblo allá abajo. y de sus mandíbulas colgaba una hilacha de paño gris mate. Luego el desfiladero se abrió entre ellos y la carretera empezó de pronto a bajar. Cuando Aeriel se lo quitó de entre los dientes. el inhumano alarido del ícaro. Aeriel los perdió de vista. en las garras del ángel oscuro. Con un tremendo alarido. hacia el final de su segunda marcha desde que salieron del desfiladero. Más allá. Aeriel se estremeció. No presentaban el atormentado aspecto de los de Bern. el furioso parloteo de Grisela. Fue bastante más tarde. La propia Aeriel no podía apenas hablar. del tremendo agotamiento. como la de Galnor. pedregoso.

Nat le puso algo en la mano. como era costumbre en Terrain al despedirse. dejando que ellos dieran razón de sí cuando quisieran. reacia a tratar del asunto. Orm la llamaba. Volvieron a su memoria los versos de las doncellas. olvidándose de todo lo demás por el momento en aquella serenidad bucólica. a medida que Aeriel sentía retornar sus fuerzas. Me he detenido aquí demasiado tiempo —había transcurrido ya un cuarto del día-mes. 71 . Se había puesto su capa de viaje. Aeriel se inclinó y le besó en la mejilla. entonces. Nat y yo permaneceremos aquí un poco más. hacia Terrain. la familia de mi abuela. y luego a Nat. Pagaron a sus anfitriones con exhibición de volatines y juegos de manos. Pero cuando ya se volvía. Les dieron alimento y un sitio donde dormir. hacían malabarismos con nueces aún sin cascar. —¿Tienes allí familia? Aeriel negó con la cabeza. y no les asediaron con preguntas. los lugareños se daban a la tarea de triturar nuez moscada y convertirla en harina. sentados por allí cerca. —Buen viaje. Aeriel se acercó a ellos. Su gárgola dormitaba echada junto a su bordón. —¿Adonde vas? —Al oeste. colgándose su hatillo en bandolera. Comenzaban a hacerse las horas interminables. En el lado umbrío de la plaza del pueblo. ¿Vosotros os quedáis aquí? —Yo tengo parientes en el norte —repuso Galnor—. y Aeriel sabía que tenía que ponerse de nuevo en camino. Galnor y Nat. Pero poco a poco. —Tengo que irme —dijo—. Aeriel contó cuentos a los niños del pueblo. Nat interrumpió su juego y la miró. Llegó un momento en que se levantó de donde estaba sentada. Recogió sus cosas y silbó a Grisela. —No tengo familia. Pierce 8 LA MUCHACHA PINTADA Los notables del pueblo los recibieron amablemente.Reunión de Gárgolas Meredith A. luego partiremos. —Toma esto —dijo. Parecía como si pudieran quedarse allí todo el tiempo que les apeteciera. la paz y contento de aquel pueblecito zambulense fueron disipándose.

Fue cruzando Zambul siempre al oeste. en Talis —dijo—. Lo hice así. — ¿El ángel oscuro de Bern llega tan lejos? Pero el mozalbete movió la cabeza. sin entender.. se encontró con una ladera ennegrecida. La garza continuaba enmaderada en el puño de su bastón. indiferente. alzando la vista del caramillo que estaba tocando. hechos con harina de agallas de roble.Reunión de Gárgolas Meredith A. —No puedo. Pero no vio corrientes de agua por ninguna parte. — ¿Hay un ángel oscuro en Zambul? El zagal asintió con un gesto. luego prosiguió el camino que descendía y cruzaba el estrecho valle. El nuestro. ásperos y dulces. Aeriel lo guardó cuidadosamente.. Aeriel recitaba sus cuentos. Pasó por prados. Aeriel sintió un escalofrío por las vértebras. No hay ningún azote que retuerza los árboles. ofreciendo cuencos a los caminantes por un precio. las cimas de los cerros eran mucho más bajas que las escarpadas alturas de Bern. cuando el día-mes había transcurrido en casi sus tres cuartos. Aunque el territorio era todavía montañoso. El pequeño polvolangostín corría por sus brazos cuando tocaba la mandolina. Besó de nuevo a la muchacha de piel azulada y luego se dirigió al encuentro de los notables del pueblo para despedirse de ellos antes de ponerse de nuevo en camino. —Se lo quité a uno de los bandidos de Arl. En los cruces de caminos había vendedores del precioso líquido. pero en lugar alguno arrasada y maldita. no. Algunas veces recitaba y cantaba a cambio de alimento: queso de habas. El hombre dijo que me daría una moneda de plata si hacía juegos con doce cucharas a la vez. las ramas de los arbustos enroscadas y quebrajosas. se encogió de hombros. o chicas al cuidado de manadas de gansos. o unos bizcochos. níspolas. Aeriel se detuvo un momento a mirarlo. 72 .. o recolectores de bayas. donde mordisqueaban la hierba algunas cabras. Preguntó a un zagal que cuidaba cabritos en la ladera opuesta cuál había sido la causa de aquel estrago. Aeriel meneó a su vez la cabeza. El paraje entero olía a chamuscado. Conque lo tomé por mi cuenta. —comenzó a decir. como en los bosques de Bern. Aeriel tenía que cantar para beber lo mismo que para comer.. A veces vio también rebuscadores que recogían grano silvestre. Pero es demasiado grande para mi mano. y él. para regocijo de los aldeanos. Otros hacían acopio de ramas secas en los montes. yendo y viniendo inquieta. La tierra seguía mostrándose muy pobre y árida. La gente parecía sacar de pozos toda su agua. La gárgola se puso a gemir. Pierce Aeriel miró y vio en su mano el puñal de Nat. cobrizas y ácidas. —El de Bern. Puede que se acople bien a la tuya. pero la muchacha de la tez azul no aceptó que se lo devolverá. entre pedregales. —El ángel durmió ahí hace unos días-meses. En cualquier sitio donde parara. —Pero vuestra tierra está bien —dijo Aeriel—. con su empuñadura de marfil. Aeriel la aplacó. y a cambio se rió de mí y no me dio nada. Pero hete aquí que. insípido y suave. Estos llamabas a la gárgola su perro gris.

—Eso es porque el suyo se asienta sólo en una parte. por familias. Los pueblos no tienen murallas ni cerrojos las puertas. que se había acomodado otra vez en su sitio. Así. dicen. —Pero lo mejor del territorio de Bern.. Pierce El cabrerizo tendió la mirada al lado opuesto del valle. años y años. Aeriel empezó a decir algo.. su veneno se concentra y se extiende. La zarandeó para acallarla. — ¿Y la gente de Zambul entrega a los de su familia de tan buen grado? — preguntó.. Es un estúpido de ángel oscuro. Eso es porque nosotros tenemos hecho un trato con nuestro ángel oscuro... De pronto la gárgola dio un alarido y los cabritos que guardaba el muchacho se asustaron y recogieron en un grupo apretado. Los cabritos ramoneaban sus matorrales. Los niños mueren al nacer.. Ninguno de nosotros va por allí. Entretanto mantenemos lejos de él nuestro ganado. ni abortan las mujeres. pero el mozuelo tenía la mirada perdida en la lejanía. Un grato vientecillo le acariciaba la mejilla. o no mucho después. ¿sano? Ni la mitad de entero y sano de como estaba antes de que él viniera. Y antes de que pasen otros sesenta años no vivirá ya en Bern nadie en absoluto. Así de sencillo. estaba arrasado por causa del oscuro. sin mirar a la viajera. y por el tufo a podrido. Ninguno de los que he visto en esta tierra parece andar temeroso ni hablar con aprensión de la noche. por ese motivo. Aeriel sintió hacérsele un nudo en la garganta. Aeriel estaba confusa. Había creído que Zambul estaba limpio de los hijos de la bruja. El zagal continuaba sentado manoseando su flauta.. como les pasa en Bern. — ¿Cómo. ¿cómo es que Zambul continúa. y pude ver casi la mitad. — ¡Caray. despectivamente. un día-mes tras otro. y la casa a la que le toca la china tiene que entregar uno de los suyos al vampiro para la caída de la noche. —Sí que lo hay. ¿entiendes? Así. qué quieres decir? —Que allí donde él se posa a esperar que el sol se oculte. más que los ladrones. sujeta a tu perro! —exclamó el cabrerizo. —Ahora no queda en Bern casi nadie. Aeriel se arrodilló al pie de su interlocutor sobre la áspera ladera. pero la angustia que le oprimía el pecho era tanta que no entraba en él ni un soplo de ese aire. El chico se echó a reír entonces. arrancándole a su caramillo unas cuantas notas agudas y melodiosas—. la población de los alrededores lo sabe porque los árboles empiezan a secarse. —Pero —replicó Aeriel— si vosotros también tenéis un ícaro. Grisela empezó a regruñir a su lado.. Cincuenta años lleva aquí. Echa a perder sus propios terrenos de caza. la ponzoña no agarra. Entonces echan a suertes. 73 . Pero nunca para dos veces en el mismo sitio. Aeriel aquietó a la gárgola y volvió de nuevo con el zagalillo.Reunión de Gárgolas Meredith A. De esa manera no morimos.. — ¿Que el lugar donde se asienta queda inficionado? Pues en un año o dos comienza a recobrarse. —Pero un ángel oscuro tiene que cazar —dijo Aeriel al fin—. sobre el otero donde se apacentaban. ¿Cómo pueden tus paisanos sentirse seguros? —Ah —sonrió el muchacho.? — ¿Entero? —Dijo el chico—. harto asombrada para acertar a hablar.

le vio recoger apresuradamente su hato y alejarse por la ladera arriba. intentando mitigar el pánico que le nacía en el alma. ni siquiera a sus buenos sirvientes. pueblo llano. El cabrerizo lanzó un grito de pronto. volviendo la cabeza. Era talmente como si mirase directo a través de ella. con tal de que el ángel se vaya? Se satisface así y vuela a otra parte. Oyó gritar al cabrerizo detrás de ella: « ¡Bruja! ». apartando a un lado el pelo que le caía sobre los ojos. —Hijas —le respondió el cabrerizo—. — ¿Esclavos? No he visto esclavos en Zambul. examinando de nuevo a Aeriel—. pero no dan a sus hijas ni a sus hijos.. se puso en pie de un brinco. mirándola con ojos redondos de asombro. No enfermos ni moribundos. como buscando algo. El zagal se echó a reír. La gárgola trotó en pos suyo. ¿Qué más da. Aeriel movió la cabeza. —Continúa —dijo—. Aeriel se volvió e inició el descenso de la pendiente. se vuelven a casita y dejan al otro en manos de la noche. — ¿Que no? ¿En todas las ciudades donde has actuado? La mitad de nosotros. ¿De dónde eres tú? —De Terrain —repuso ella. o delincuentes. — ¿Y a quién suelen entregar al ángel oscuro? —preguntó al muchacho. que ahora indagaba con la vista detrás y delante. ¿A ellos qué les importa? Refunfuñan. Pierce El mozalbete se encogió de hombros. La negra parece caerles casi siempre a los ricos. Por un momento. Ellos son los únicos que tienen dinero para comprar esclavos auténticos. —¿De Terrain? —dijo—. por toda la ladera. No comprendía lo que hacía el mozuelo. supongo —dijo de improviso. ¿o no? No digo cómo ni por qué. y. Se notaba vacía y recordó que hacía lo menos seis horas que no había comido. —Unos de buen grado y otros no. Algo más allá encontró perarrosas que crecían silvestres en la margen del 74 . Estabas hablándome de los grandes y de sus esclavos. Aeriel se miró ella misma. luego volvió a mirar al muchacho. Tenía el estómago en un puño.. sonriendo—. o pieles rubias de Avaric. Se alzó la capucha de su capa de viaje para protegerse del resplandor del sol. Aeriel movió la cabeza de nuevo. pajizo sobre su tez verdeclara. además: pieles rosas de Ranil. Aeriel sintió mareos. el viento seco y ligero trajo el hedor de la asolada y marchita ladera opuesta. ¿no es así? Y los ricos son los amos de los pozos. —Y de los sorteos —contestó el muchacho. o forasteros. a menos que se conserven robustos. hijos. Pero la mayor parte de los ofrendados al ícaro son esclavos. Ni viejos. Entonces sabes de esclavos. y le traía sin cuidado. Aeriel se puso de pie. Blancos también. Recién nacidos. de cualquier color raro que sea. o azulosos de Bern. somos siervos a merced de los grandes. ¿qué te parece? Cogen al rapaz o rapaza más rústico que encuentran a tiro. es verdad. El chico alzó la vista que tenía puesta en su flauta. Tenemos que comprar el agua.Reunión de Gárgolas Meredith A. y lo atan a un árbol próximo al rodal apestado donde el ángel aguarda. y no vuelve a perturbar ese mismo sitio en años.

. Eso nunca.Reunión de Gárgolas Meredith A. «¿no les será aún más fácil inmolar a cualquier forastero transeúnte?» Prosiguió. En el primer pueblo donde la llevó el camino. Aeriel cantó para ganarse la cena y le quedó dinero para comprar una pequeña cantimplora de agua. se puso a dar bruscos tirones de su haz. ¿Querrías contarme lo que pasa? El arrugado rostro de la leñadora se cuarteó de nuevo en una sonrisa. Las comió de todos modos. le pareció observar que se sucedían con mayor proximidad. echándose la carga ella misma sobre la cadera—. — ¿Por qué razón? La mujer encorvada descargó el haz de leña de su espalda y se enderezó un poquito. y vio a una anciana parada al borde mismo del camino. —Mi choza pilla de camino —dijo—. doblada casi hasta el suelo bajo el peso de una carga de leña. jovencita? ¡Esto de recoger leña la deja a una seca! Aeriel le tendió su cantimplora. eso que andabas murmurando es más verdad de lo que quizá te figuras. y la otra bebió con avidez. quizás a tres horas de su ocaso. —Puede que no le guste la vianda que le han servido por estos contornos y por eso se queda para obtener algo mejor. su viaje. hallándose ya Solstar a baja altura. El ha puesto todo su empeño. El polvolangostín tomó pedacitos. luego se enjugó la boca con la manga y devolvió a Aeriel el recipiente vacío. No había terminado siquiera de pronunciar estas palabras cuando oyó crujir una risa que sonaba como el rechinar de un gozne oxidado. pero no volvió a dormir en ningún pueblo. y Aeriel la siguió. Va para tres días-meses que le tocó a él la mala suerte.. «Si no tienen escrúpulos en entregar sus esclavos a las tinieblas». el zagal dijo que este ángel oscuro nunca pernocta mucho tiempo en una misma comarca. Aeriel detuvo el paso. —No te molestes —dijo Aeriel. La gárgola correteaba 75 . Con gesto contrariado... como si de pronto se hubiera vuelto demasiado pesado para poder levantarlo en vilo. La fruta no tenía nada de malo. levantándose a menudo la capucha de la capa. pues. Acarició la estropajosa pelambre de la gárgola y atisbo con atención entre los árboles. Al cabo de un tiempo. se sorprendió murmurando: —A lo que creí entender. sorprendida. Conque vamos. en satisfacer al diablo alado. Tocaba la mandolina para obtener comida y bebida. pero ese brezal asolado que acabamos de bordear es el tercero con que nos cruzamos en dos horas de camino. Pasó por más laderas atizonadas y apestadas. pero su sabor era empalagoso y le dejaba mal gusto de boca. Todas estas tierras pertenecen al majis. de suerte que. —¿Llevas algo de agua. Alzó la vista.. Quiá. pero no paró en él. —¿Y se negó a cumplir? —¿Negarse? —clamó la vieja—. jovencita —voceó—. Pierce camino y se llenó de ellas el bolsillo interior del sayo. renca y torpe. pensó. Pasaban a la sazón por una zona de bosque. por tres veces ya y van para cuatro. Echó a andar. —Vaya. Me da igual ir hablando que no. sólo que el ángel no se da por satisfecho.

Pierce delante entre los árboles... La anciana leñadora suspiró y meneó la cabeza. Pensé que se había vuelto loca. pero ya nunca visitan el mundo. —Han pasado ya casi cuatro días-meses que el hombre-ave tomó un alma por última vez. El majis tiene que ofrendar a alguien más de su predilección. tan grande era el terror que la dominaba.. Lástima que no lo crearan más duradero —la leñadora suspiró—. de tanto correr y llorar. que son dueños del agua —volvió a chascar la lengua—. y traía las muñecas llenas de cardenales. Se encerraron en sus ciudades. el guardián de este país. pero el ángel había menospreciado su don. Yo di con ella en el bosque no hace dos días-meses. mientras el mundo se viene abajo. La otra hizo chascar la lengua contra los dientes. El último dios bueno que tuvimos. La llevé allí. Parecía sin aliento. Y entonces empecé a 76 . Ya casi no corren las noticias entre unos reinos y otros. El comercio decae. —El aire se nos diluye en el vacío. cuando recogiendo mi leña se me hizo tarde lejos de casa después de la puesta del sol. recordé haber oído referir que el majis había hecho su ofrenda el día-mes anterior. pero que había salido del bosque un monstruo descomunal. —Cuando yo era moza. En Zambul hay ahora un nuevo dios y sus sacerdotes —de repente se echó otra vez a reír. Samalon. al mando de su gente. pero no quiso parar. Los majis mandan y gobiernan. Prometió volver. implorábamos a los antiguos. Vive. pero eso no es porque el majis no haya cumplido. A continuación me metí en mi choza y atranqué la puerta. había cortado a mordiscos sus ligaduras y la había dejado libre. Desapareció. ¿Te refieres al Zambulon. Los sacerdotes del ave dicen que su dios está descontento. La anciana movió la cabeza de nuevo. El majis está que echa bombas. una clase de sacrificio distinta. Luego puso pies en polvorosa y no quiso volver por muchas voces que le di. —¿Samalon? —dijo Aeriel—. Y allí sola toda la larga quincena sin sol. Me figuro que deben de estar ya todos muertos. tiene que vivir.Reunión de Gárgolas Meredith A. hubo una chica. chirriando como la rueda de una carretilla—. para encontrarse con los cordones de seda corlados y la ofrenda desaparecida. —Hasta la pantera manchada. —¿Cómo es eso? —Aeriel se cambió de posición el haz sobre la cadera. Las ramitas le pinchaban. como si hubiera estado atada. Me contó que era esclava en casa del majis. Yo creo que Ravenna se retrasa ya demasiado. —Ravenna no ha muerto —protestó Aeriel—. Aeriel no dijo nada.. Nunca se había visto cosa igual. que la habían destinado al ángel oscuro. ¿Han hecho un dios de este ícaro? La anciana se encogió de hombros.. No llueve. Yo no era más que una niña. —No sé nada de eso. los sacerdotes del ave dicen que conocen a su dios. Y el hombre-ave no vuela a otra parte. De este asunto del majis saben aún menos que yo. —Verás —dijo la anciana—. pero no pasan de hacer conjeturas.. Ah. Cada amanecer se aposenta en un campo nuevo de las tierras del majis. Tres mañanitas temprano ha vuelto al lugar. y los demás vivimos sometidos a ellos. que el ángel desdeñe ofrendas jóvenes y saludables. Mi choza no quedaba lejos. —Sacerdotes —susurró Aeriel—.

Luego volví a mi recogida de leña. »Esa quincena. Aeriel dejó caer el haz donde le había dicho. y algún tiempo después desaparecieron. enormes. desde luego. Luego se bifurcaba. »Dijo que un chico había pasado corriendo por delante de casa de su hija cuando aún no habían transcurrido dos horas de la noche y que. Pierce preguntarme si no sería tal vez que ese bicho gris con alas que mencionó la chiquilla había puesto en libertad a las dos criaturas ofrendadas. sino de seda trama. temiendo que en sus trompadas se rompiera un brazo.Reunión de Gárgolas Meredith A. Ansiaba desesperadamente salir de Zambul y no tenía la menor idea de la distancia a que se encontraba la frontera de Terrain. se había enganchado en las enredaderas de su cerca. nada más rayar el día. sino mascujado y húmedo. Allá abajo acertó a distinguir una ciudad. Yo lo pondré en su sitio en un santiamén. pero a poco reanudó su relato. Salió ella con una antorcha a ver qué pasaba. El polvolangostín mordisqueaba su miguita de torta. hija mía. Aeriel no quiso quedarse. Aeriel silbó a la gárgola. un cabo de grueso cordón azul que había sido atacado a mordiscos. Todavía se asentaba en aquella vecindad. y me contó la cosa más extraña que pueda oírse. Y la ropa del chico no era de lino común y corriente. esa tela más suave que la seda que llevan en las casas grandes hasta los criados. enrollado a una de sus muñecas. Al salir otra vez al camino de entre los árboles del bosque. de suerte que el majis tendría que hacer aún una tercera ofrenda antes de ponerse el sol si no quería perder más tierras apestadas. pero me entró tanto miedo que dejé mi haz en el suelo y escapé en dirección opuesta lo más aprisa que mis piernas me permitieron. no estaba cortado. y dos plumas grandísimas. la anciana le volvió a llenar de agua la cantimplora y le dio una torta de salvado en agradecimiento. los árboles a ambos lados del mismo. Pero cuando salió de nuevo. 77 . pero el muchacho no hacía más que gemir y revolverse dando patadas y manotazos. Habían llegado a la cabaña de la anciana leñadora. grises. Y en una ocasión oí un maullar muy raro. y Aeriel tomó por el ramal que iniciaba una subida. acudí a una vecina a ver si sabía algo. topé con unas huellas extrañas en el bosque: huellas de garras. y no cabía hablar de desprecio del ángel. mucho mayores que las de cualquier ave conocida. La anciana siguió andando un ratito en silencio. recogiendo mi leña. A la mañana siguiente. porque no hacía más que pensar y pensar. Conque le dije a mi vecina lo que me había sucedido a mí dos quincenas antes y lo que pensaba. »La hija de mi vecina volvió a la casa por un hacha para liberarle. Deja eso ahí en la puerta. El camino serpenteaba por un largo y anchuroso valle. y muy lenta. pues iba atrasada en la faena ese día. Por último. »La mujer vio. cayéndose. —Al mes-día siguiente. me metí en casa mucho antes de la puesta del sol y atranqué la puerta. pero aunque la mujer le ofreció comida y un sitio donde dormir. el chaval se había soltado de alguna manera y se había ido. que acudió a su lado. »Bien entrada la tarde del mismo mes-día me encontré con un caminante y me dijo que la ofrenda del majis había vuelto a ser desdeñada y que pudieron oírse los gritos de cólera del vampiro.

El que la encabezaba venía murmurando. Aeriel silbó. Aeriel se quedó mirando las figuras que se alejaban. desplomándose de nuevo al suelo. Aeriel se echó atrás la caperuza de su capa de viaje y se dirigió a ella. por el amor de los antiguos dioses. arruinado. luego perdió pie en la hojarasca y cayó pesadamente. Estaba muy quieto el aire. pero la gárgola se soltó súbitamente de un tirón y brincó carretera arriba. excepto algunos puntos y vetas que dejaban traslucir lo claro. forcejeó. dio de improviso con un huerto todo atizonado y echado a perder. —Mi mejor huerto. Solstar. Sobre la cabeza y la cara tenía un velo que sólo dejaba al descubierto los ojos. además de dos tierras de cultivo y un prado en cuatro días-meses. Aeriel oyó gritos. Aeriel se había levantado la caperuza de su capa de viaje para protegerse los ojos del resplandor del sol. ayúdame. caídas y resecas las hojas en el suelo. Tengo que soltarme de aquí antes de que Solstar se ponga. tras un recodo del camino.Reunión de Gárgolas Meredith A. una llavecita de metal. El camino iniciaba una subida rápida. —Espíritu —dijo por fin la muchacha pintada. torpe. El ángel. Aeriel no captó nada más de lo que decían. La corteza del tronco se desprendía hecha virutas con el violento roce de la cadena. El metal de los grilletes desollaba sus muñecas. Era ella la que había gritado. Tras de la comitiva se alzaba una asfixiante nube de polvo. bajo ya sobre el horizonte. y el pueblo alzado en armas. miró con ojos de pasmo y rehuyó su presencia con un grito. luego sollozos. Aeriel fue a seguirla y a punto estuvo de darse un encontronazo con una muchacha. no puedo responder de lo que vaya a sobrevenir. percibió ruido de voces y de pisadas.. 78 . Al volver un recodo. Ahora jadeaba en sus esfuerzos desesperados por librarse de una cadena que la tenía amarrada a un árbol. pues delante de ella. —El ángel —le corrigió amablemente uno de sus acompañantes vestidos de blanco—. más al parecer para sus adentros que para la mujer y el hombre con vestiduras blancas que le flanqueaban. Pierce No tuvo tiempo de mirarla despacio. pero la bestia gris no quiso volver. y consiguió apoyarse sobre una rodilla.. majis. pero había observado dos cosas al paso de la partida: que los sacerdotes llevaban golas de plumas negras y que el majis jugueteaba nervioso con algo que traía en las manos. Si el demonio no encuentra eso de su agrado —y el hombre. Ninguno de ellos le dirigió siquiera una mirada de soslayo. sin asomo de viento. señaló hacia atrás de la carretera con un ligero ademán de la cabeza por encima del hombro—. Aeriel se paró a un lado para dejarles paso. La cadena se había escurrido por detrás del árbol: la prisionera no podía levantarse—. el fruto acorchado y negruzco en las ramas. Con un esfuerzo. Espíritu. Le habían pintado todo el cutis de negro. La gárgola se precipitó entre el enrejado de la oscuridad y de luz. No puedo permitírmelo. al decir tal. Estaba ataviada con hermosas prendas y relucían ajorcas en sus tobillos. Sólo tuvo un atisbo de ello. En la vuelta del camino apareció una pequeña partida de funcionarios y militares. muy bajo ya en el cielo del este. por último.. arrancó detrás de ella. arrojaba largas sombras negras. La chica se sobresaltó. en un jadeo.

La muchacha pintada contorsionaba los brazos. El árbol atizonado parecía casi gris en contraste. ya está ahí a la espera! Aeriel se dio la vuelta y.. —Rómpeme la mano —clamó—. dejó el bordón en el suelo y se arrodilló. Dos de ellas se hallaban ya plenamente extendidas. Aeriel meneó lentamente la cabeza. Fueron desplegándose de él capas de oscuridad como los pétalos de una inmensa flor nocturna. exclamó—: ¡Mírale. intentando reducir las manos hasta hacerlas pasar por los grilletes que las aprisionaban. —Los eslabones están soldados todo en una pieza —dijo. Las alas plegadas sobre la rama bajera del árbol comenzaban a agitarse. le vio. Solstar se había ocultado ya en su mitad. El ángel oscuro estaba vuelto de espaldas: Aeriel lo advirtió con sobresalto. El bulto se estremeció. —Ni tan siquiera rota te pasaría la mano por ahí. Otro par se mantenía a medio desdoblar. dijeron. Vendría a liberarme. los dioses me amparen —sollozó la muchacha pintada. La muchacha pintada había dicho algo. La punta de la hoja se partió. Era su dorso lo que veía. se alzaba un árbol corpulento.. Una viajera nada más. pero ¿qué animal puede quebrar una cadena con los dientes? Aeriel sacó el puñal de marfil. alguien debe de habérselo contado a él. Fuérzala a pasar. Aeriel sintió refluir la sangre acobardada bajo la piel. — ¿Qué sabes tú acerca de una bestia? —Alguien me refirió la habladuría del pueblo. que un monstruo había venido a Zambul a desbaratar la caza del Ave. Era el negror de las alas de un ángel oscuro. Sobre una de sus ramas estaba acurrucada una forma oscura. Tomó la cadena en sus manos y la examinó atentamente. ¡OH. La muchacha pintada pugnaba por romper sus cadenas. —No soy ningún espíritu —dijo—. Detrás de ellos. —Los dioses me amparen.Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce Comenzó a forcejear de nuevo. Tuvo conciencia de unas manos que la tocaban. — ¡Se despierta! ¡Se despierta! —gritó la muchacha pintada. de la misma talla que Aeriel y casi otro tanto de circunferencia. Ni siquiera el cielo resultaba tan umbrío. la Bestia. volvió a aquietarse. —No es mi padre —dijo como escupiendo las palabras—. La muchacha puso la muñeca con resolución en las manos de Aeriel. Aeriel puso a un lado su hatillo. En el centro de la espesura. luego descansó un momento y volvió a tirar. Me crucé con tu padre en el camino. ¿Puedes soltarme? —Su voz era otra vez desesperada—.. Bestia-Salvadora.. Aeriel se sentía incapaz de moverse. a treinta pasos de distancia. Era en sí misma tiniebla totales. Su aspecto era el de un bulto de terciopelo negro. Estoy de esclava en su casa. su cara se mantenía oculta a la luz.. de lo contrario no habría empleado una cadena! Aeriel tiró con todas sus fuerzas. Aeriel desechó el puñal por inútil. luego hizo por cortarlo. luego se agitó de nuevo. De repente. pues aquella cosa no reflejaba ni un ápice de la luz de Solstar. El despliegue de aquellas alas la fascinaba. súbitamente. Apalancó con él uno de los eslabones.. 79 . medio vuelta ahora hacia ella.

un rostro desencajado de hambre y unos ojos inexpresivos. La muchacha buscaba desesperadamente algo entre las hojas. Vio a la garza imprimir a su cuello un singular movimiento de acometida y torsión. tender la muñeca en él y apoyar en el arranque de la mano la punta rota. Aeriel giró sobre sus talones para seguirla. de que en sólo pocos minutos más Solstar se habría puesto por completo. Garza —susurró. El cielo allá en lo alto era ya negro como la nada. Aeriel se dio cuenta de pronto. incoloros. La mitad de las alas del ángel oscuro estaban ya abiertas del todo y las otras comenzaban a desplegarse. ¡Pájaro-en-un-Bastón. Aeriel 80 . vio a la muchacha pintada recoger la daga del suelo. El vampiro se dio la vuelta en su árbol. Aeriel se preguntaba. Ahora se cernía en el aire sobre ella. La muchacha inopinadamente lanzó un grito. — ¡Se levanta! Aeriel se volvió.. —¿Qué pasa? —inquirió— ¿Por qué me llamas por nombres ridículos? El ave blanca se aferró con sus patas al puño del bastón.. todavía de espaldas al declinante sol. Solstar. era apenas una uña de luz sobre las lomas. La garza examinó el orificio del cierre del grillete. Aeriel la arrimó al grillete que sujetaba la muñeca de la muchacha pintada. iluminado ahora por la luz espectral de Oceanus y de las estrellas. dejó oír un graznido malhumorado. Se volvió. —¿Puedes abrir una cerradura? —dijo Aeriel—. aleteando para guardar el equilibrio. adonde habría ido su gárgola y dónde andaría la extraña bestia de que le hablara la vieja leñadora. ¿Puedes hacer saltar esa cerradura? La muchacha pintada miraba con ojos incrédulos a la garza. Pero no había ni tocado tierra cuando ya el ritmo de las alas cambió. exasperada. y el huerto en torno suyo estaba embebido en sombra. le hizo hondear el cabello. La garza aplicó el ojo al de la cerradura. El bastón se ladeó en sus manos. pero ya venía el vampiro volando. sin aliento. El vampiro estaba de pie ahora sobre la rama negra. como sacada de un hechizo. se puso a golpearle con el pico. Aeriel oyó un ruido rechinante.Reunión de Gárgolas Meredith A. El hedor a materia corrupta era cada vez más sofocante. Aeriel se inclinó y le agarró el brazo. se hizo carne. La muchacha pintada se sacudió el grillete de la muñeca. La punta de su pico giró en el orificio de la cerradura. El ícaro hizo oscilar y contraerse sus alas. despierta! La garza se estremeció. —Aguarda —dijo—. sobresaltada. ahogados sus sollozos en exclamaciones mudas. Aeriel tuvo sólo una vislumbre de pálidas vestiduras que envolvían la figura de un joven. El viento de sus alas le ciñó la ropa al cuerpo. Aeriel se tiró de bruces al suelo con la esperanza de que el ícaro no reparara en ella si volvía para dar otra pasada. En Talis nos franqueaste la puerta. Pierce — ¡Pues entonces córtala! —chilló la muchacha. tornándose uniforme y constante. Solstar había desaparecido tras el horizonte. Asomaba Oceanus. —Sujétame firme —regañó la garza. azul pálido entre los árboles crispados y negros. cogiendo su bordón—. ya casi oculto del todo. La muchacha pintada lanzó un chillido y escapó como una centella. acaba de ocurrírseme una idea.

La luz de la Tierra se difundía a su alrededor. Aeriel respiró con ansia el aire puro. La caída la había dejado sin aliento. Esta. Detrás. con un esfuerzo de sus flacas alas. abriendo la boca en sus esfuerzos por respirar. Pierce se puso precipitadamente de rodillas y empuñó su bordón. comprobando que no lo había dejado en ningún momento. De improviso salieron del huerto a terreno despejado. Grisela cayó. Aeriel echó a correr con ella y se internaron entre los árboles. hacia otro valle.Reunión de Gárgolas Meredith A. El ícaro se le vino encima. acababan de salir con ímpetu de entre los árboles. —Gatavolanda —jadeó Aeriel—. Saltaron sobre Aeriel y Grisela enganchó el antebrazo del ángel oscuro entre los dientes. — ¡Huye. de un azul pálido. más blanca que humo de leña al pálido resplandor de la Tierra. porque el hijo de la bruja había retrocedido de pronto. gris como la primera. La muchacha tiró de ella hasta que Aeriel recobró su paso de carrera. Y planeó a baja altura. y saltó. se oían bufidos gatunos. armando un guirigay. Cerca de ella. Alguien tiraba de Aeriel. dos formas. consiguió ponerse de pie. vacilante y torpe. La garza había levantado el vuelo y se deslizaba ante ellas por el aire. en la distancia. Yo encontraré el mejor camino. Al poco rato se dio cuenta de que le pesaba menos el bastón. y se sacudió de encima a sus atacantes como si nada. huye! —le gritaba la muchacha pintada. pero luego era la chica la que se agarraba a Aeriel. fantásticamente huesudos. Grisela rodaba por el suelo. El ícaro lanzó un chillido penetrante. pero en seguida contrajo sus miembros. Una forma. Lo miró. atrapó la pierna del vampiro con sus zarpas de poderosas uñas. sobre sus hombros. Aeriel se agarraba el costado. La otra bestia. ni el hatillo tampoco. gañidos perrunos y gritos estridentes como de pájaro. pálido. Aeriel asestó con fuerza el báculo. —Seguidme —gritó—. y logró atrapar una de las del ángel oscuro. Gatavolanda! El bruto alado hundió sus dientes romos en la pierna del vampiro. jadeando y trompicando. pero la bestia alada se recobró en el aire. Un collar de latón le ceñía el cuello. pero no dio en el blanco. 81 . no menos poderosas. Dos pares de alas descarnadas batían. ladera abajo. ¡Gárgola. inhumano. El tufo a vegetación enferma se disipó.

Pierce 82 .Reunión de Gárgolas Meredith A.

De pronto. Ellas siguieron a la garza hasta que la muchacha del velo comenzó a tambalearse: no podía más. pero ésta volvió la cabeza. Yo no he notado en el suelo 83 . peinaba los montes con la vista. —Criaturas mortales —murmuró—. pero no percibió ninguno de los sones característicos de las gárgolas. describiendo un arco a baja altura. La muchacha apretaba los dientes y emitía grititos ahogados. y se mordía el labio temerosa por ellas: el ícaro parecía capaz de liquidarlas de un sopapo. toda temblorosa. por áridos barrancos y umbrosos senderos. Vio que en la planta tenía incisiones y sangre. Al rato. Aeriel escuchó atenta. Aeriel al principio no entendió lo que quería decir. La muchacha pintada se enjugó las muñecas en su velo al tiempo que movía la cabeza. —¿Cómo te has hecho esto? —preguntó—. allá atrás en la distancia. y se posó. Lo había olvidado. luego se la ofreció a la chica. Aeriel se recostó en un árbol. pero tengo un ungüento que le irá bien. Aeriel se las lavó con una pizca de agua de la cantimplora. extenuada. —Mis pies —acertó a decir al cabo de un momento. El ícaro escudriñaba el terreno por encima de los árboles. El ave blanca giró. cuando les parecía que llevaban ya corriendo muchísimo tiempo. oyeron a su espalda un formidable grito de cólera. respirando anhelante y penosamente. La sangre de sus muñecas aparecía negruzca y seca. el gañir de las dos gárgolas. el hijo de la bruja dio la vuelta y se alejó hacia la ciudad y la casa del majis. Aún podía percibir Aeriel los chillidos del vampiro. Aeriel se detuvo en una espesura de árboles. El vampiro irrumpió en el aire sobre los cerros. Aeriel y la muchacha se internaron más hondo en la quebrada por la que huían.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Siento mucho que duela —dijo Aeriel—. Pierce 9 EL SOBERANO La garza los guió a través de espesos bosques. Tenemos que descansar. —Garza —voceó—. La muchacha pintada se derrumbó a sus pies. Aeriel tomó un sorbo de su cantimplora. describiendo círculos. Sus vestiduras blancas fulgían entre la nada-tiniebla de sus alas. Cambió de postura con mil cuidados. Colocó sobre sus rodillas un pie de la muchacha pintada de oscuro y le limpió el polvo. aguzando el oído. con un trino de furor salvaje.

—Fue antes de tu llegada. —«Amo tu belleza oscura» —dijo con tono de asco y menosprecio—. De repente había surgido en ella el recuerdo. Falso amante. recostada en el árbol. y los pieles-azules: «A Bern. de modo que se introdujesen suavemente en las heridas. tiritando. Los puntos y vetas de sus mejillas no eran sitios claros sin pintar. —¿Esto? —el blanquete se le vino en la punta de los dedos—. utilizando para ello su propio velo. frotándole las plantas de los pies y las muñecas con los gránulos verdes de consistencia cérea. También yo he sido la novia de un ángel oscuro. que no era pintura lo que hacía negra la tez de la muchacha. daré al Ave mi propia hija antes que a ti. Allí nací. mi negro amor.Reunión de Gárgolas Meredith A. Cuando sea libre. La muchacha se llevó una mano a la mejilla. Aeriel le tocó de nuevo los pies.. Irrilath. De pronto no podía apartar de su mente el recuerdo del príncipe y no sabía por qué. Allí están los míos. —Era lo que él solía decirme —prosiguió la muchacha—. La chica meneó la cabeza. Aeriel se quedó de una pieza. Habló con Pirsimonia. empleando a guisa de paño el borde de su sayo del desierto. Creía que la pintura.. Aeriel guardó silencio un momento. negra como la del chico que vio en aquel islote del mar. Se lo quitó a restregones. ¿dónde están? ¿Dónde nací yo? Se encogió de hombros.» Pero los míos. —No me había dado cuenta de que eras tan morena —musitó al fin—.» Volvió de nuevo la cabeza. Luego se las vendó con muchísimo cuidado. —¿Te duelen todavía? —la otra negó con la cabeza. «Mi belleza negra. con no poca sorpresa. no pudiera correr. sino manchones de pintura blanca sobre el cutis oscuro. calentándose los brazos a restregones. Pierce nada cortante ni punzante.. con súbito enojo.. sin invocarlo.. Sacó de su hatillo un poco de ámbar gris y lo desmenuzó. Aeriel contuvo el aliento entonces. Manchaba de lo lindo. Aeriel lavó las mejillas y las manos de la muchacha pintada. iré a Rani». Su respiración se había sosegado. Tenía el pelo separado en cuadritos.» Estaba llorando y con las lágrimas se le embarraban las vetas claras que tenía en las mejillas. los pieles-rosa solían decir: «Cuando sea libre. «Amo tu belleza oscura. Nunca he oído hablar de ningún país 84 . Pintura de novia. aun en caso de que escapara de su cadena. recogido en trenzas pegadas al cráneo—. Aeriel no comprendía lo que había dicho. Miró la piel de la muchacha pintada. La otra se quitó el velo del rostro y Aeriel pudo advertir entonces. —Mi primera dueña me compró a un mercader berneano que no quiso decir dónde me había conseguido. y otro tanto hizo con la pintura blanca que le embadurnaba el dorso de las manos. Falso amor. El majis me hizo cortes en los pies para que. se figuraron que esta vez debía de querer algo distinto de una simple colación.. Irrilath.. —Cuando estaba en casa del majis. Entonces ¿por qué lloras? La muchacha morena se sentó blandamente. Con la mayor suavidad que pudo lavó los pies a la muchacha pintada. De pronto la respiración de la chica del velo se hizo ruidosa.

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donde la gente sea como yo. Miró a Aeriel. —El majis me permitía salir de la casa y andar por ahí lejos cuando yo quería. Sabía que no podría escaparme a ningún sitio. «Tú nunca me dejarás, mi rapazuela negra», decía. «No tienes adonde ir.» Aeriel se arrodilló, poniendo la mano sobre la mano morena de la muchacha, y cosa extraña, por vez primera desde que la garza le trajo su bastón, no tenía miedo de Orm. —Por el momento, vente conmigo —dijo—. También yo fui esclava, comprada de recién nacida. No tengo parientes ni hogar... Voy adonde se me antoja. Pero sé de dónde procedes tú. Pasé por allí cuando hacía la travesía del Mar de Polvo: había un chico pescando en un islote y su piel era como la sombra. Ahora voy a Terrain, pero luego tengo que cruzar de nuevo el Gran Mar. Te llevaré, si quieres venir. La chica morena la miró. —¿Cómo te llamas? —Erin —repuso la otra. Habían dejado de correr sus lágrimas. —Yo soy Aeriel —ofreció a la muchacha el agua que quedaba y esta vez Erin bebió—. ¿Por qué me llamaste «espíritu» en la arboleda? La otra devolvió la cantimplora. —No te vi llegar. Fue como si te aparecieses en el aire. Tu piel era tan blanca, el sol te traspasaba con su luz. Te tomé por el genio del huerto. Aeriel se echó a reír. La muchacha se levantó, apoyándose en el árbol. Aeriel hizo ademán de ayudarla, pero ella la apartó. —Puedo andar. Los cortes no son profundos. Es demasiado cobarde para haberme hecho heridas hondas. Pero restregó sal en ellas para que me escociese. ¿Qué les has puesto tú...? —Ámbar gris. —Me ha quitado el escozor. Continuaron a través de Zambul, sin seguir ningún camino en particular, tan sólo el vuelo de la garza. Los montes eran más boscosos. No llevaban mucho de su segunda marcha cuando las dos gárgolas les dieron alcance. Aeriel las abrazó, riendo con alivio. Con las lenguas colgando por la carrera, la colmaron de fiestas y halagos. Parecían molidas y descompuestas, pero por lo demás sin grave daño. Aeriel acarició a la que tenía alas. Ella restregaba la cabeza contra su mano y de su garganta salía un son monótono y vibrante, como el del vuelo de los abejorros. Sacó Aeriel de su hatillo el segundo de los albérzigos y se lo dio, recuperando el hueso, y vio cómo desaparecía algo de su escualidez. —Gatavolanda —murmuró, acariciéndole la costrosa barbilla. El aire fue haciéndose más fresco a medida que transcurría la quincena sin sol. Cuando Erin y ella dormían, Aeriel echaba sobre sus cuerpos la capa de viaje. No tenían agua ya ni medio de procurársela, pues evitaban el paso por caseríos y poblados, pero Erin enseñó a Aeriel a buscar suculenta fruta-denoche, o brezos vinateros en flor, y a cocinar huevos de lagartos y pájaros recién puestos sobre piedra hornera, especie de roca roja que conservaba el calor de Solstar- hasta muy entrada la noche. Aeriel cantaba relatos a Erin cuando acampaban. El terreno que recorrían parecía elevarse, y la vegetación se hacía más abundosa y lozana. Los árboles estaban más cargados de fruta; las hierbas
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cañihuecas que chupaban para absorber la savia eran ahora más jugosas. Expiraba ya la quincena de sombra cuando Aeriel percibió un son plácido y susurrante. —¿Qué es eso? —dijo con voz queda, deteniendo la marcha. Erin, que jugueteaba con el polvolangostín, levantó la vista. —No oigo nada. Aeriel dio unos pasos entre los árboles. Era un ruido tenue, familiar..., no acertaba a reconocerlo. Erin devolvió el polvolangostín a la manga de Aeriel. A la garza blanca no se la veía por ninguna parte. Las dos gárgolas tenían el hocico en alto, venteando el aire. También Aeriel lo olió ahora: —Agua —murmuró—. Agua corriente. Saltaron las gárgolas, abriéndose paso entre los matorrales. Aeriel avanzó a través del follaje. Siguiendo el ruido del agua, vino a parar a un claro. Ante ellas se extendía un pequeño remanso del que salía un riachuelo de aguas diáfanas que se derramaban entre los árboles. Las gárgolas se habían arrojado al agua. La garza se posó junto al cauce. Las gárgolas luchaban y se mordisqueaban, juguetonas. Aeriel y Erin tenían que agacharse para esquivar las salpicaduras. El polvolangostín se escondió en un pliegue de su ropa para no mojarse. Aeriel dejó sus cosas en la linde de los árboles, se despojó de su capa de viaje y su sayo y se metió en la poza. El agua estaba caliente y exhalaba vapor en el aire fresco de la noche. Las gárgolas se aquietaron. La garza sacó un pez ensartado en el pico. Erin se quitó el vestido sucio del viaje, se arrodilló al borde del remanso y tomó agua en las manos ahuecadas en forma de copa. Aeriel se tendió de espaldas y se dejó sostener a flote. El agua tenía un sabor ligerísimamente dulce. La luz de la Tierra era azul y la de las estrellas de un gris pálido, pero en la poza rielaban con destellos amarillos y blancos. Erin se introdujo en el remanso, y Aeriel observó por primera vez que aunque era muy delgada no tenía el pecho tan liso como el de un muchacho ni las caderas tan flacas. Se bañaron en el agua tranquila, límpida y humeante, y bebieron. Aeriel alzó la vista de pronto. Las gárgolas hacía ya buen rato que habían salido a la orilla, sacudiéndose el agua, y ahora estaban tumbadas las dos, dormitando una y mordisqueándose el greñudo pelaje la otra. Por encima del chapoteo del agua, susurrante y blando, Aeriel percibió otro ruido. Erin, tendida de espaldas en el agua, abrió los ojos. —¿Eso qué es? El ruido había sido tan débil, tan distante y amortiguado... No se volvió a sentir. Aeriel movió la cabeza. —Nada. Debe de haber sido el viento entre los árboles. No hacía viento. La noche estaba en calma. Erin cerró los ojos de nuevo, pero Aeriel permaneció alerta unos momentos, escuchando. No se movía ni una hoja. Salió del agua y dejó que el aire fresco la secara. Luego se vistió y se sentó a jugar con su mandolina. Al poco rato se sintió otro ruido, más fuerte, más cerca que el primero: un berrear agudo como de macho en celo, como de toro herido. Luego, nada. Y de súbito, mucho más cerca, crujir de maleza rota. Grisela y Gatavolanda se pusieron en pie de un brinco.
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La garza miró también. Hasta Erin, tendida en el agua, lo había oído. Se levantó. Una bestia gris salió de entre los árboles del lado opuesto del remanso. El costillar le palpitaba con fuerza. El aliento exhalado en sus bufidos formaba volutas blancas en el aire. Su cuerpo tenía la figura de un ternero o ternera esquelético, con pezuñas en las nudosas patas. En la testuz, un surtido de complicados cuernos. Al principio no pareció verlos. Tambaleante, se echó de rodillas junto a la poza y bebió a lametones, pasando el agua con apuros a causa del collar de latón que le ceñía el cuello. Aeriel la reconoció entonces. —Terneralunera —exclamó: la última de las seis gárgolas que consiguió amansar; la que, aun amansada, se había mostrado tan esquiva y caprichosa. Ahora estaba medio muerta de hambre, en los puros huesos—. Terneralunera —susurró Aeriel. La bestia gris se levantó de un respingo, bufó, miró con asombro. Erin, en la poza, la rehuyó asustada. El animal se mantuvo en la linde del bosque, cabeza en alto, ostensiblemente a punto de salir de estampía. Grisela gañía. Gatavolanda emitió un maullido gutural y los vidriosos ojos de la bestia gris parecieron aclararse. Aeriel metió la mano en su hatillo, sacó en ella un albérzigo. El rico y penetrante aroma impregnó el aire. A la terneralunera se le ensancharon las ventanas de la nariz. Se metió en el agua, pasó nadando junto a Erin sin mirarla ni de soslayo, dobló las patas delante de Aeriel y se tendió en el suelo, permitiéndole tomar entre las manos su erizada cabeza. El animal se comió el albérzigo y aparentemente se quedó dormido. Sus ojos grises se cerraron y se aliviaron sus jadeos. Se atenuó la escualidez de sus ijares. Aeriel guardó la semilla del fruto y acarició el hocico a la terneralunera. Erin salió del agua mirando con asombro a la nueva bestia y a Aeriel, pero la muchacha morena no dijo nada mientras se secaba y vestía. Luego de repente se sintió otro ruido: una gritería de persecución, como resonar de cuernos de caza. La terneralunera se levantó de un brinco y escapó entre los árboles. Grisela y Gatavolanda la siguieron sin rechistar siquiera. Una partida de jinetes apareció entre la arboleda. Su piel era de color de ámbar pálido; sus caballos eran negros. Hombres a pie sostenían las traillas de elásticos, moteados galgos. Aeriel lo miraba todo atónita. Jamás en su vida había visto caballos que no tuvieran alas. Uno de los jinetes, el que encabezaba la partida, se adelantó unos pasos, levantando una mano para indicar a los otros que aguardaran, e hizo que los de a pie acallaran a los perros que ladraban y gañían. Llevaba a la cabeza un turbante como los de las damas de Isternes. — ¡Eh!, ¿qué es esto? Llevamos toda esta larga quincena persiguiendo a la Becerra Gris, pero es otra caza la que encontramos. Doncella, eres valiente para estar lejos de poblado en estos andurriales completamente sola. Sus palabras la desconcertaron. —¿Por qué dices que sola? —preguntó. Erin estaba arrodillada en la hierba detrás de Aeriel. El jinete le dirigió una mirada. Sonrió. —Un mozo desarmado te serviría de bien poco contra los bandidos, doncella.
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sorprendida. Luego soltó una risa. Aeriel hizo intención de apearse del corcel. —llamó en tono perentorio a uno de sus jinetes. ofreciéndole la mano—. entonces? Y no te molestaremos más. montada de lado como si fuera un diván. entonces? —dijo Aeriel. En mi tierra no los hay. Montarás conmigo. confundiéndose con la madera. pero su jefe simplemente echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada. —Mi quinta de recreo está por ese camino —dijo—. Pierce Erin no dijo nada. — ¿Puedes indicarme el camino de Terrain. pero Aeriel le tocó en el brazo. ya la había izado junto a él. aunque los bosques no se parecían en nada a lo que ella había visto en Terrain. se removió impaciente—. aliviada cuando el caballero 88 . Aeriel se levantó. Esto es Pirs —el caballero contuvo a su montura que tascaba el freno. Me llamo Aeriel. El jinete sonrió. —Bienvenida. Erin se erguía a su lado. Tu mozo puede venir detrás. No queda lejos. El corcel avanzó un paso y Aeriel se agarró al arzón posterior de la silla para no caerse. Aeriel examinaba con atención al hombre a caballo que tenía delante. jovencita. Detente un poco y honra mi casa.. He de proseguir el viaje hacia Orm lo antes que me sea posible —recogió su hatillo del suelo—. negándose a hablar.. hablaba en broma. Los jinetes que aguardaban tras él se miraron unos a otros. Aeriel —aclamó el jinete. quien tomó a Erin del brazo y la izó a su grupa. Nocherniego puede llevar muy bien doble carga. —Sujétate con los brazos a mí —dijo el cazador. Y en lo de los bandidos. Sin duda debes de estar cansada del viaje. Pero lo que hizo Aeriel fue pasar una pierna por encima del lomo del caballo hasta quedar a horcajadas y poder aferrarse con las rodillas. la garza había vuelto a acomodarse en su sitio. en absoluto silencio. Aeriel preguntó: —¿Es Zambul un país de bandidos como Bern? Si es así. mirando a Erin. —Como quieras —hizo seña de partir a sus jinetes y arreó a su caballo.Reunión de Gárgolas Meredith A. El caballero la retuvo por la cintura y se apresuró a decir en tono más amable: —Aguarda. con los perros. pero no acertaba a conocer su calidad ni sus intenciones.. eres tú el primero con quien me encuentro. —Iremos contigo —dijo prudentemente— si tienes a bien indicarnos el camino de Terrain. Habéis venido demasiado al norte si os proponíais pasar a Terrain desde Zambul. — ¿Zambul? —Dijo — ¿Tomas esto por Zambul. El jinete le echó una mirada por encima del hombro. En principio el cazador no la contestó. jovencita. El cazador frenó. ese secarral sin agua? — ¿Hemos llegado a Terrain. —Te he dicho nuestros nombres —dijo Aeriel.. Aeriel palpó su bastón. se inclinó hacia delante en su silla. No es preciso. y la miró con curiosidad. sobre el lomo del caballo.. aguarda. —Terrain queda al oeste de aquí. doncella. Y antes de darle tiempo a decir ni palabra. —Erin tiene que venir conmigo. Volvió a reírse de ella—. En algún momento impreciso entre la llegada de la terneralunera y la de los cazadores.

la muchacha morena se volvía para otro lado. El hombre del turbante se echó a reír-—. Aeriel observó en su sonrisa un rictus de dureza. ¿No nos vas a dar el tuyo? — ¿El mío? —dijo el cazador. El caldo. Sólo entonces advirtió que él se había vuelto en la silla para ofrecerle su mano. pero paseemos un rato por el jardín y después te prometo un banquete digno de tu bienvenida. que había venido calladamente a su lado. pues qué le vamos a hacer. apretados los dientes en los repentinos traqueteos y tumbos por un terreno que sin cesar descendía. También Erin se había deslizado de la grupa del escolta al suelo. Aeriel se apeó de un salto y se mantuvo a cierta distancia. El camarero que le había servido le quitó suavemente de la mano la taza vacía. y aunque seguía sonriendo. Al cabo de sólo un momento. Aparecieron sirvientes que traían tapas y bandejas. Pasaron bajo el arco de una verja y entraron al patio. Yo soy aquí el soberano —le contestó —. Era de elevada estatura. El soberano apuró el contenido de la suya de un trago. Adriel vio jardines. mi huéspeda. pensó. En cuanto el soberano detuvo su montura. El soberano hizo un gesto a sus acompañantes indicándoles que pasaran al otro lado del patio. Pierce la soltó para empuñar las riendas—. la confortó de maravilla. El soberano de Pirs. porque en verdad no le agradaba mucho que la subieran y bajaran de lomos de caballo como si fuera un fardo. pudo comprobar Aeriel ahora que le veía de pie. Aeriel se dio cuenta de lo muy hambrienta que estaba. Bueno.Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel se lo tomó a sorbos. Los otros jinetes se quedaron atrás. Por fin llegaron a la vista del palacio del soberano. el soberano dio una palmada y los servidores se fueron. Sé que estás muy cansada. picando espuelas. Con esto el soberano desmontó. pero notó que cuando los sirvientes ofrecían a Erin taza y bandeja. Adriel soportó como pudo el recorrido a caballo. Entre el verdor. Le pusieron en la mano una vasija caliente y humeante. El soberano dijo: —Vamos. Erin. Era todo de piedra color crema que rielaba a la fría luz de Océanos. examinaba también con atención al caballero del turbante. fragante y sabroso. Aeriel se aferraba a su bordón y al arzón de la silla. 89 . jugueteaban fuentes. Con aquello a Aeriel se le había abierto aún más el apetito y contempló anhelante las bandejas que desaparecían. Tomó un bocadito de una bandeja.

Pero por mucho que aminoraba el paso.Reunión de Gárgolas Meredith A. 90 . Pierce El soberano dio paseos y vueltas por los terrenos de su palacio. una nube de cortesanos parecía interponerse siempre. Pasado un rato. Aeriel comprobó con inquietud que se había o la habían separado de Erin.

medio arrastrando. preguntándose por qué razón el soberano no tomaba simplemente una de las copas vacías que había por allí y la llenaba de cualquiera de los jarros de vino que tenían delante. y luego comentó en voz más baja—: Haraganes de criados. La llevó por sinuosos senderos. Sólo cuando empezaba a sentirse satisfecha se dio cuenta Aeriel de que no se le había ofrecido nada que beber desde su llegada. Erin no estaba entre la concurrencia. 91 . se sentía más que confortada. todo sonrisas—. qué soberanía había construido aquel acuífero. Volvió el maestresala. Había panecillos no mayores que el puño. alejándose sigilosa entre los árboles.. tuvo la vislumbre de una figura que se escabullía en la sombra.Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel percibió el olorcillo de todo ello y sintió auténticos vahídos de hambre. observó de pronto. Parecía como si estuvieran siempre escrutándola. Pierce Tampoco le permitía el soberano quedarse rezagada o esperar. Alzando la vista del plato. Echando un vistazo atrás hacia la escalinata. al punto que a Aeriel empezó a darle vueltas la cabeza y se preguntaba si no iban a parar nunca. vio que todos los cortesanos tenían copas. ¿Qué se propondría? Nadie más pareció haber reparado en la retirada de la muchacha morena. A punto estuvo de caer desfallecida. —Tened cuidado con eso —dijo con enojo el soberano cuando el maestresala casi motivó que el camarero vertiese el jarro que traía en las manos. terminaban de colocar y arreglar los últimos platos. Volvió ligeramente la cabeza para evitar los ojos del soberano. Ante ellos se extendían cojines y manteles blancos. soperas de caldo suculento. Algunos sirvientes. —Vino —voceó. Algún retraso en la cocina. Pero ahora. arrodillándose. Aeriel se aflojó los cordones del cuello de su capa de viaje. Aeriel frunció el entrecejo. supongo. con la comida y el calor de los braseros. Se trataba de Erin. pues ocúpate de ello. Había fuentes colmadas de perdigones asados. —y más alto—: ¿Dónde está el vino que he pedido para mi invitada? Se adelantó un maestresala y se inclinó a musitar algo al oído de su soberano. No notó apenas cuando el soberano le puso la mano en el brazo. Se los había apretado para protegerse contra el frío viento nocturno durante la cabalgada y los había mantenido así desde entonces. Aeriel sentía el gaznate craso y reseco. Se regalaron en silencio durante un breve espacio. Se arrodilló y echó mano a lo que tenía más cerca. Fulgían braseros y lampadarios.. cuencos de gajos de nuez. El maestresala salió a escape. —Bueno. Aeriel no dijo nada. le refería de qué tierras procedían aquellos árboles o matas. —Mis más sentidas disculpas. ¿no puedes? —dijo el soberano. Pero la espera fue breve. dispuestos en el suelo. y le volvió la inquietud. frutas confitadas con guarnición de nueces y pescado al horno servido en lecho de berros. mi señor —murmuraba el maestresala.. medio empujando ante él a otro sirviente. También él tenía una copa de la que bebía. El soberano reparó en su mirada y pareció sorprendido.. Miró al soberano. Luego el soberano siguió guiándola hasta salir del jardín y la hizo subir por una escalinata a una amplia terraza con balaustrada de piedra. El señor de la casa se volvió de nuevo hacia Aeriel.

Toma del mío.. Era un color de ojos raro. Cuando dejó el jarro.. 92 . —Bueno. Aeriel vio que le temblaba ligeramente la mano—. —Tus ojos —dijo. — contestó. es exactamente. Levantó la copa. y Aeriel no estaba segura de si bebía para sosegarse o para mostrarle a ella que el vino era bueno—. A ella le extrañó. Le siguió el jarro. De pronto el soberano se había quedado mirando muy atento. —Imbécil —gruñó el soberano—. bébelo. —Ten. —No había reparado antes en el color de tus ojos. la mano del soberano asió la del camarero y le arrebató la vasija. —Señor. un tanto sofocado. Ella le miró a su vez.Reunión de Gárgolas Meredith A. — ¿Ves? Este es vino viejo. Siempre han sido así.. lo sabía—. y ésos se pasarán la quincena entera para encontrar algo a propósito. No consiento que esa porquería de tan pocos años se sirva en mi mesa. —Yo no puedo remediar que sean de ese color. excelente —tomó un sorbo. —clamó el maestresala. con las especias que se necesitaban. y le llenó la copa de su propio pichel. Le puso la copa en las manos. ¿cómo voy yo a saber todo lo que hacen mis criados? —murmuró—. señor. De improviso. obligándola casi a llevársela a los labios. De la boca de la vasija salió un líquido oscuro que se derramó por los arriates donde crecían helechos y lirios a lo largo de la balaustrada de piedra. Toma. visiblemente irritado. Aeriel asintió con la cabeza. ante la fulminante mirada del soberano. pero él no quiso admitir la protesta. Aeriel alargó el brazo para tomar la copa. Este no es el vino que ordené que trajeras. sobre las baldosas de la terraza. porque la noche estaba gratamente fresca. Las herboristas han dicho que tuvieron alguna dificultad. toma del mío.. Pierce indicando al camarero que llenara la copa que sostenía en la otra mano —. tienes que beber mi vino —dijo. Aeriel fue a protestar. El sirviente llenó la copa del contenido del jarro. El camarero le tendió la copa. —Sí —repuso. ¿Es mi vino diferente en algo del de los demás? El soberano se encogió de hombros. Sobre los dedos extendidos de Aeriel se derramó un sorbo del líquido. —se interrumpió de golpe. moviéndose con desasosiego bajo aquella mirada tan atenta. si puede ser. pues he cambiado de idea —dijo su señor con mirada furibunda —. No se os ocurra volver a ponérmelo delante. con un zurrido metálico. Yo estoy saciado. —Son verdes. —¿Cómo es eso? —inquirió Aeriel—. Se enjugó la frente con un pañolón de lino. y prosiguió tartamudeando —: Con. Quizá tratan de agasajarte con algún vino especial.. Arrojó el contenido de la copa lejos de sí. Un brillo de sudor se había formado sobre la frente del soberano. Dale la copa. casi sin pestañear. Con un gesto brusco.. —Oh. el soberano despidió a su maestresala y al camarero.

. cuando compartió aquella copa nupcial con Irrylath. Aeriel observó que Erin no se apartaba de ella en todo el camino. —No me gusta ese hombre. Y encontré otra cosa en el jardín. Erin se queda conmigo. el amojanado personaje bajó los ojos y musitó: —Como tú quieras. Aeriel alzó la vista. sentía una gran pesadez en ella—. El vino le había producido sofocación y calor. aunque no había bebido vino en su vida. cálido y dulce. excepto medio año atrás. —Encontré fruta en el jardín —respondió la muchacha morena— y agua clara. y lo de la cama no importa. Aeriel se encaminó hacia la puerta. Al cabo. Cuando el chambelán del soberano se marchó. a su lado. —¿Cuándo ha hecho eso? —Después del banquete. devolvió a Aeriel su pesado cansancio. Poco después el soberano dio por terminado el ágape e hizo que las acompañaran a sus habitaciones.. Fue entonces cuando reparó en Erin. —No has tomado nada —comenzó. Pierce Aeriel bebió entonces. —El soberano te ha puesto cuatro guardias. La fresca corriente de que entraba por las ventanas cesó. Tus pies. no hay más que una cama. Erin la 93 . y en abundancia. Erin se levantó tranquilamente de donde había a sentarse y cerró la puerta. Aeriel dejó bastón recostado en un ángulo de la pieza. hacia el ancho pasillo. Aeriel tomó asiento y se quitó la capa de viaje.Reunión de Gárgolas Meredith A. —¿Por qué no has comido nada? —preguntó—. —Mis pies están bien —dijo Erin con brusquedad. El vino del soberano. —Pero mi señor ha dispuesto otro cuarto para tu mozo —dijo el chambelán.. Erin. El chambelán miró a Aeriel y ésta al chambelán. que subía por la escalinata y fue a acomodarse silenciosamente en un cojín desocupado. Están ahí mismo en el extremo del pasillo. El anciano pareció desconcertado. Y cuando llegaron al aposento destinado a Aeriel. ¿No has visto? —Aeriel negó con la cabeza. Le pesaban tremendamente los párpados. no hay nadie por ahí cerca. ¿Por qué te escabullíste? Erin desvió la mirada. —Compartiremos éste —replicó Aeriel. —¿Por qué has hecho eso? Erin volvió y se sentó junto a la ancha y alta ventana que daba a la terraza. Miró fijamente al soberano y luego a Aeriel. tenía la mirada tendida más allá del hombre. —Pero señora. no quiso que las separaran. Aeriel se sintió aliviada con el regreso de su compañera. sin apenas fijarse en que la muchacha morena traía el semblante extrañamente desencajado. luego cambio de idea. —Pero igual podemos hablar con la puerta abierta ¿no? —dijo Aeriel. además. —No soy una señora —dijo Aeriel—. Aeriel se frotó el cuello. —Para poder hablar contigo —dijo.. abanicándose con la mano—. —Continúa —dijo. —No nos quedaremos aquí mucho tiempo —dijo Aeriel—.

vi que aún tenías la copa vacía y que el camarero del soberano te servía vino. Aeriel suspiró.Reunión de Gárgolas Meredith A. Erin negó con la cabeza. No estaba acostumbrada al vino. Aeriel movió la cabeza. apoyándose pesadamente en una de sus manos.. desde esa distancia. Me dio unas pocas. El calor la ahogaba. Notaba como si se le aflojasen los brazos y las piernas. No comprendía lo que Erin estaba tratando de decirle. sin duda. El vino del soberano le estaba produciendo dolor de cabeza.. —Cuando dijo eso. —Dijo que la cosecha era mala —musitó Aeriel. Parecía como si todo le diese vueltas. —¿Y eso por qué? —Le apremié..» Te había tomado por un mancebo. Pierce observaba. pero Aeriel no la oyó apenas. —Dijo que las hojas se utilizaban para hacer tinte azul. toda furiosa. Le era imposible mantener los ojos abiertos. Cuando llegué a la escalinata de la terraza. —Un chico. pero Aeriel apenas podía seguir ya el hilo de su discurso. vestido muy elegante. mozo. —Sería una especia. Erin hablaba. demasiado sofocada y sin aliento para dar una voz de aviso. volví corriendo al banquete. Un cortesano. – ¡Dijo que había cambiado de idea! —exclamó Erin. aunque el joven clamaba con sorpresa: «Pero. 94 . y entonces él se sacó del peto una hierbecita mustia que había visto recoger a una de las herboristas entre las plantas que se emplean para condimentación. Aeriel se tendió en la cama: no podía más. entonces —suspiró Aeriel. Estaba vareando ciruelas. supongo. sus pensamientos. —Me dijo que mirara bien lo que me servían en la mesa del soberano — dijo la muchacha morena. cuando de pronto su señor te arrebató la copa de la mano. ¿qué se te da a ti que tu amo beba la pócima de mi tío? Con ello quedarás libre.. ni le importaba. y éste hacía vagar. El vino del soberano entumecía sus miembros. y a mí por un lacayo.. un joven más o menos de tu edad. pero que la raíz contenía un jugo capaz de matarle a uno en un santiamén. indolentes. No me siguió. Estaba entrando ya en las brumas del sueño.

. de que había encontrado ciruelas en el jardín del soberano. El soberano le mostró también todas las estancias de su palacio. la inmensa biblioteca con sus muchos rollos y libros. era huérfana según todas sus referencias.. no sabía bien por qué. Erin no dijo ni palabra. con cara de no haber dormido. esforzándose por pensar. —Pronto habré de irme —dijo en una ocasión al soberano. Suspiró y meneó la cabeza. Pero de algún modo todo parecía muy lejano. Sentía un malestar difuso. inmóvil. El soberano desenrollaba o abría algunos para ella. para que viese las ilustraciones. la interrogaba incesantemente sobre su persona. Aeriel reía y les echaba golosinas. Aeriel frunció el entrecejo. y tengo tan escasos visitantes. y de su poema. pero él le puso la mano en el brazo. Pirs es un territorio pequeño al que raras veces llegan viajeros. con surtidores que se alzaban en estanques con peces rojos y dorados. resolviendo pensar sobre todo ello más tarde. le confesó.. ¿camaradas que la esperaban en el bosque? Qué raro. Siempre que el soberano dispensaba a Aeriel su compañía. Aeriel estaba sentada junto a la ventana... hasta que el animalejo le daba tironcitos de la ropa y pinchacitos a través de la tela.. levantándose —. Pero el pensamiento de Terrain la desazonaba sin saber por qué. Le dolía la cabeza. Pierce 10 LA ESPECIA DEL HAMBRE Cuando Aeriel se despertó. Una misión.Reunión de Gárgolas Meredith A. sus fuentes. —No creo que vuelva a beber vino en mi vida —dijo Aeriel. hacía ya dos horas que Solstar estaba en el cielo y se cernía medio grado sobre el horizonte del oeste. su familia y el lugar de su procedencia... Lo cierto es que aún no tenía la cabeza muy despejada: sólo nebulosamente recordaba cómo habían llegado a la mansión del soberano. Quédate algún tiempo más. A menudo. Me atonta el sueño. —Todavía no. El soberano continuó enseñándole sus jardines. olvidándose a veces por completo de su polvolangostín. La memoria no acudía. Procedía de Terrain. un propósito por el que se había puesto en camino. al principio. Recordó que la muchacha morena le había hablado de algo unas horas antes. al parecer. de muy atrás en el tiempo. Las horas del día-mes iban pasando. Se apartaba de él. Había algo más que se le olvidaba. como por casualidad. Al cabo de un tiempo se acordó de Isternes. Ella no tenía familia. ya que no sabía leer. de lo que las doncellas le habían dicho. mientras andaban sin rumbo por las 95 .

hallándose a solas. Nunca volvió a aceptarle nada de vino. Todo el día-mes. sus pensamientos parecían divagar cuando comían. Oyó que el soberano se decía a sí mismo: —¿Qué podrán ser.Reunión de Gárgolas Meredith A. ella se negó diciendo que no sabía nadar. pasado un tiempo. comprendió que se había negado porque habría tenido que dejar desamparado su bastón. —¿Qué es lo que cazan —preguntó al soberano—. Pierce veredas del jardín o los salones del palacio. no podía menos de asaltarle el recuerdo de Irrylath: aquel que jamás había paseado. Pero en otra ocasión le dijo: —El pasado día-mes había sólo una Becerra Gris en mis bosques. A través de una especie de niebla. El soberano no pudo menos que reír. Entonces el soberano era su servidor. Algún recuerdo despuntó en Aeriel entonces. Son cazadores. cuando estaba sola. Aeriel ahuyentaba los recuerdos. Y ahora el soberano se esmeraba por ajustar en todo su talante al de ella. y volvía a sentir hambre sólo un ratito después. Tienen que cazar. A veces veía a los jóvenes de la corte del soberano salir montados en sus corceles negros. Y a Erin no le gustaba su anfitrión. en compañía del soberano experimentaba siempre una singular congoja. Cuando paseaban lo llevaba consigo. La quincena nocturna llegó. ni conversado con ella amenamente sobre nada en absoluto. me pregunto yo? Y se sorprendió respondiendo: «Gárgolas». Entonces se dio cuenta de que desde su llegada a la mansión del soberano se había aferrado a su bordón como a un arma. que no hacen más que galopar por ahí. pero el comer nada que no le fuera ofrecido la hacía sentirse ridículamente culpable. sin saber bien por qué. de día y de noche? El soberano se encogió de hombros. ni comido. Sólo ahora se daba cuenta de que la negativa se debió más a que no habría podido llevar su bastón. pero ella declinó la invitación diciendo que estaba ya un poco harta de caballos. pero lo perdió de nuevo antes de poder atraparlo. —Nada en particular. pues ella no le encontraba nada como para disgustar. pero sin ningún camarero a la vista. venían a dar con alguna mesa ricamente servida y con todo dispuesto. Una vez que él le ofreció llevarla en una barquita a una isla que había en el mayor de los estanques. No se había separado de él ni un momento. Entonces cogía fruta en el jardín. y ahora en la noche. pues aunque los manjares estaban siempre deliciosamente condimentados. No obstante. La palabra no significaba nada para ella. Algo la esperaba más allá de los muros del palacio. En una ocasión le ofreció dar un paseo a caballo con él más allá de los terrenos de la finca. pero del mismo color gris piedra con collares de latón. Con esto. lo cual preocupaba mucho a Aeriel. Sólo algún tiempo después. le llenaba la copa y le tendía la bandeja. Tampoco conseguía disfrutar de veras con los festines que él le ponía delante a cada paso. comenzó a percatarse de que él le pedía constantemente que hiciera todo aquello que pudiera obligarla a 96 . había oído trompas de caza y el ladrar de los galgos en el bosque. sin embargo. y cuando estaban sentados se lo ponía de través sobre las rodillas. también él bebía sólo agua clara en su presencia. Ahora mis caballeros me dicen que hay tres: todas distintas en planta y figura. de suerte que. sin saber por qué.

Ahora tendía cada vez más a escabullirse y desaparecer. Siempre que nos sentamos juntos o charlamos. Era de madera de ébano. cuando. Al principio la muchacha morena se había mantenido muy cerca de Aeriel casi todo el tiempo. Sin darse cuenta apenas. A Aeriel le resbaló el vaso entre los dedos y se volcó. —¿Y te miro yo así? —preguntó el soberano. La hacía subir por angostos e inseguros escalones para pasear por el antepecho del muro. al volver a su cuarto. Su anfitrión había empezado a arrimarse más a ella cuando estaban solos. la bruma pesa en el mar. ¿Cómo es que no te he oído nunca tocar? —Toco para pagarme el sustento —el agua límpida y fría no le apagaba la sed—. —¿Por qué vuelves siempre la vista a otra parte? —le preguntó él de improviso—. —En Terrain. Aeriel nunca se daba cuenta precisa del instante en que se iba. cosa extraña. El otro paró y lo corrigió. muy quieta. Acababan de dar fin a un ágape en el que las viandas se habían servido más picantes de condimentos y especias que nunca. Cansado el mundo camina. —Sí —repuso ella. La quincena de noche tocaba a su término: sólo faltaban doce horas para que amaneciese. El tono del bordón era todavía demasiado alto. Pierce separarse de su báculo. aunque esto ahora sucedía con frecuencia. —Cuando viniste tenías una mandolina —dijo él—. Aeriel se había bebido medio jarro de agua para refrescar el ardor de su gaznate. entonces —respondió. Sólo notaba su ausencia después. jamás me miras. adornado el mástil de nácar y marfil. o bajar por intrincados senderos en el jardín. rasgueando las cuerdas. Cuándo llegará ese día en que me quieras mirar. no es costumbre mirar fijo a la cara. comprobó Aeriel con sobresalto. Se sentía aturdida y. Un sirviente había traído a su señor una mandolina. se había puesto de pie. con más hambre todavía. Erin no le decía dónde había estado. y entonces le hablaba más cálida y familiarmente. —Tocaré yo para ti. Todavía le ardía la garganta. El soberano la estaba afinando. con las cuerdas de plata. buscando su vaso. tan sigilosa era su marcha. Aeriel se estremeció.Reunión de Gárgolas Meredith A.. de donde vengo —dijo Aeriel—. El soberano dejó de tocar. Estaba sentada con el soberano en uno de sus grandes salones. Únicamente procedía así cuando Erin no estaba con ella. El tono no se ajustaba aún al diapasón por un pelo. se encontraba a la chica morena allí sentada. o recorrer enormes salas del palacio donde la contera de su bastón producía un estruendo que despertaba las resonancias y ecos. 97 . Aeriel conocía ya la letra de la canción.. ¿No soy tu invitada? El soberano se echó a reír.

pensó. El soberano dejó su mandolina a un lado. —¿Y cómo te sientes? —preguntó Erin.. La fragancia de las ciruelas le daba náuseas. jugueteando con algo que tenía en las manos. La cara que tenía ante sí era una cara demacrada. dejando a un lado el disco de plata.. decidida a no llevarse la fuente —. No sabía lo que le había pasado.Reunión de Gárgolas Meredith A. casi a la carrera.... —Es la especia del hambre lo que te está dando en las comidas —clamó 98 . —Con el soberano —repuso Aeriel. Se había apoderado de ella un extraño y vehemente anhelo de estar con Irrylath.. quitándose la fuente de delante—. Es comida sana y sencilla como la que tú y yo tomábamos antes de venir aquí. La muchacha morena dijo—: Y ¿qué te da de comer que te estás quedando tan delgada? Aeriel la miró. —No puedo —dijo Aeriel. Se palpó las costillas bajo la piel. Aeriel se sorprendió. —Mareada —murmuró Aeriel. Es raro. sólo con que esto fuera Isternes. llena de inmenso alivio. En un primer momento él la siguió.. —¿Comiendo y bebiendo? —inquirió la muchacha morena. Aeriel se dejó caer pesadamente en la cama. Debo irme a mi cuarto y descansar. no es por eso —se oyó decir a sí misma. luego pareció cambiar de idea. Aeriel asintió con un gesto. Y tú fueras Irrylath. Huyó por el vestíbulo. —¿Te encuentras mal? Siéntate. hizo por serenarse. Erin se levantó y se le planto delante con un espejo en la mano para que pudiera verse. Sentía los miembros extrañamente ingrávidos. Estoy hambrienta. y Aeriel pudo ver lo que tenía en la mano: un disco de plata bruñida. —Come esto. Pero Aeriel volvió el rostro a otra parte. —Pero —balbució— he comido bien. contuvo el aliento.. —No puedo comer eso. Le oyó detenerse. —No hace falta. Y le dejó apresuradamente. confusa. Creí que te gustaría. Miró de soslayo al soberano y se sintió estremecer. No había recobrado aún el aliento. No la seguía. No tiene aliciente ni sazón. sólo con que. —la había cogido del brazo. arrodillándose. —¿Dónde has estado? —preguntó Erin.. —Pues sí —murmuró Aeriel—. Erin alzó el rostro por fin. Ahora no quieres comer nada más que lo que el soberano te sirve.. Aeriel parpadeó y meneó la cabeza. —Te ruego que no interpretes esa canción. Es que estoy muy fatigada. El soberano se había levantado. La muchacha morena trajo una fuente de fruta y pan. No. —Desfallecida de hambre —dijo Erin. Encontró a Erin sentada junto a la ventana.. Llamaré a mis herboristas. marcadas y prominentes. Dominó su voz para que dejara de temblar. —No. —¿Por qué no? —dijo Erin. —Perdóname. como huecos. Cosas así me encantarían. Aeriel se soltó y apartó de él torpemente. Pierce —¿Qué ocurre? —dijo.

Le flaqueaban las rodillas. levantándose. hablar con firmeza. Bajo sus pies no había sombra alguna. pero advirtió con sobresalto que desde que anocheció no había siquiera pensado en partir. Sus ojos negros la miraban —. brusca y tajante—. Pero poco a poco. ¿Y te figuras que él tampoco? —se tocó las muñecas—. vacilante e inquieta en la luz blanca de la lámpara. —Toma —dijo—. Intentó sosegar la voz. De pronto la voz se le había calmado de nuevo.. ¿qué quieres decir? —¿Crees que no lo había observado? —repuso Erin—. ¿Por qué no tengo sombra? Cuando atravesaba el Mar de Polvo la tenía. —Era ámbar gris —repuso Aeriel. ¡Llevamos aquí un día-mes entero! Aeriel le echó una mirada fulminante. ¿Dónde se ha ido? Erin dejó la lámpara en el suelo. Maga. trajo de nuevo la fuente de fruta y pan. Por eso te tomé por un duende. Come esto. Come esto antes de que te caigas desmayada. No me has dicho ni media palabra sobre la misión que te ha lanzado al camino o te requiere con tanto apremio. miró a su alrededor.. miró detrás de ella. Tú no tienes sombra.. todo la tenía menos ella. hará que te olvides de ti misma. le quitó la especia de la lengua. Se bamboleó un poco donde había quedado parada. —Y en el huerto te me apareciste como salida del aire. Pudo así probar la fruta de nuevo y luego el pan. la pulpa de las ciruelas le amargaba terriblemente en la boca. Dio un salto. con sus agasajos y su palacio de fuentes y jardines? ¿Cómo se había quedado tanto tiempo? —¿Maga? —murmuró.. Al principio.. Su cuerpo entero comenzó a agitarse en un arrebato de llanto irreprimible. Pierce Erin—. Aeriel comió. Roshka me ha hablado de ello.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Aeriel —dijo Erin. pero sé que no tiene nada que ver con ese hombre ni este lugar. mira —clamó Erin entonces. Aeriel miró hacia el suelo. —Yo nunca me aparezco de esa manera —gritó Aeriel. Aeriel se detuvo. para complacerla. Aeriel la miraba atónita. Ya te hablé de ese remedio.. te producirá un hambre insaciable que no podrá satisfacerse con nada.. Aeriel sintió que las rodillas empezaban a doblársele. Se llevó las manos a la cara. Le dolía 99 . Su voz era un puro chillido—. —¿Dónde está mi sombra? —jadeaba—. sorprendiéndose ahora irritada sin razón alguna—. jadeando. Por fin. Jamás en su vida había sentido semejante acceso de cólera. —¿De qué estás hablando? —¿Crees que no sé que eres una especie de maga? —dijo la muchacha morena—. Estabas aterrorizada y no me viste llegar. ¿Qué había hecho de ella el soberano. —¿Qué quieres decir? —Mira. cosa extraña. y se encontró con un apetito voraz. No la tenías en el huerto. Ningún mortal anda por ahí con un emplasto que lo cura todo. Cada objeto que había en la habitación tenía su sombra. Te embrollará las ideas. tomando una lámpara y sosteniéndola cerca. Dejó de arderle la garganta.

—¿Vienes de Esternesse? Dice Erin. Me ha referido algo acerca del soberano. Aeriel puso un ceño de extrañeza. —Nunca había visto a nadie que tuviera los ojos verdes —dijo por fin—. Le he dicho que no soy un chico. —El joven con quien me encontré —repuso Erin—. Es el sobrino del soberano. —¿Quién es Roshka? —musitó Aeriel. —¿Y por qué me ha hecho tal cosa? —susurró Aeriel. Aeriel lo observaba—. El joven hizo una pausa. —Príncipe heredero Roshka para servirte. Pronto dio buena cuenta de lo que había en la fuente de la muchacha morena. —Para retenerte —dijo Roshka—. Sus pestañas eran oro pálido con un cierto matiz verde. observándolos a los dos.. Aeriel volvió el rostro a otra parte. el joven respiró y se echó un poco hacia atrás. como si alguien lo escalara desde abajo. Su voz le resultó a Aeriel extrañamente familiar.. —Sé que aquí estás en peligro. y no partieras. —Allí no hay otra dama que la Dama de Isternes. enjugándose los ojos enrojecidos y echando una mirada furtiva a ver si descubría su sombra. Alzó él la mirada y pareció regresar de sus pensamientos. el mismo tono que tenía la de Aeriel antes de que el sol del desierto se la aclarara con el ardor de sus rayos. Es él quien ha sospechado que su tío debía de estar dándote en las comidas la especia del hambre. La muchacha morena estaba sentada en silencio. El recién llegado se hincó de rodillas. El follaje del otro lado de la balaustrada había empezado a temblar. —Me llamo Aeriel y no soy señora —comenzó Aeriel.. pero me ha aconsejado que no deje que lo descubra nadie más. —He llegado recientemente de allí. Era dama de Esternesse. 100 . señora. Pero el joven movió la cabeza. ¿no has observado nada raro en esta mansión en todo el día-mes que llevas aquí? Aeriel frunció un poquito el entrecejo. Pierce todo el cuerpo. El joven saltó la balaustrada con facilidad. El del ciruelo.. Su tez era malva. —Tienes que hablar con Roshka —dijo Erin—. pero dejaré que te lo cuente él mismo. y un turbante como el de su tío. Erin dice que deseabas hablar conmigo. pero dice que tiene que verte. Erin se volvió entonces hacia el amplio ventanal que daba a los jardines y los bosques. —¿Por qué? —inquirió Aeriel. Se llama Syllva y tiene los ojos violeta —el mancebo había vuelto a quedarse callado.Reunión de Gárgolas Meredith A. Apareció un par de manos y a continuación la cabeza y los hombros de un mancebo. Erin acudió a ayudarle a pasar por la ventana y entrar en el aposento. —Dime. Llevaba pantalones y borceguíes de punta vuelta. —Tienes los ojos verdes. pero antes de darle tiempo a concluir. Aunque dicen que mi madre los tenía de ese color.. Mi tío te ha dado especia del hambre. —Y tú también —dijo Aeriel. Aeriel siguió la dirección de su mirada. sorprendido. Para que no te apeteciesen otros manjares más que los suyos. pensando.

Lo ha vendido.... Aeriel sintió frío de repente... ya inútiles para tener hijos. heredera de las tierras de mi padre. Ella fue Dama de la ciudad durante doce años mientras Syllva estaba en Avaric... ¿Tienes una hermana de tu misma edad? El príncipe heredero asintió con la cabeza. no lo sé —dijo. —¿No tiene nombre? —dijo Aeriel—. Pero por qué me preguntas.. como a todo el mundo.. Luego partió en viaje de negocios y ya no volvió nunca. Roshka la miró.. pero ya no lo tiene. preguntándose si era a la Dama de Isternes a quien le recordaba. No se llama nada ni le llama nadie de ninguna manera. —Tú eres sobrino de Syllva —dijo lentamente—.. —¿Cómo se llama mi tío? Aeriel se interrumpió en seco. No era capaz de seguir el hilo de su discurso. —¿Qué? —Que no he visto mujeres. Le pusieron un nombre. —¿Mellizos? —dijo Aeriel—.. ¿Cómo puede una persona no tener nombre? —En otro tiempo lo tenía —respondió el príncipe—. viejísimas. pero su hermano se adueñó del poder después de su muerte y de la muerte de mi madre. Se llamaba Erika.. las dos. Aeriel levantó una mano. —Voy a intentar explicártelo —dijo— lo más claramente que pueda. que es como decir «pequeña Eryka». —Ojos verdes —murmuró de pronto Aeriel—. aunque nosotros la llamábamos Erryl. ahora que había sido lavada de su boca la especia del hambre.Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce Se le había aclarado algo la cabeza.. —Ella era la mayor por una diferencia de minutos. Es mucho tiempo ya. Roshka bajó la mirada. —¿Tienes tú algún parentesco con esa Dama de Esternesse? —preguntó 101 . No lo ha dicho.. La dama Syllva me dijo en una ocasión que su hermana tenía los ojos verdes. Mi padre era el soberano. Cualquier recuerdo de Irrylath le resultaba doloroso. ni en todo Pirs. Aeriel le examinó de nuevo con atención. y con ello eres primo de m.. No lo sé. Ni nadie en este palacio lo sabe. —No. pero había callado a tiempo. —¿Qué quieres decir? —preguntó. Y el de mi hermana. Conforme a derecho debería ser sólo regente. —había estado a punto de decir «de mi esposo». Mi hermana y yo teníamos sólo un año y algo.. salvo que. ¿es que no sabes tú el nombre de tu tío? Roshka negó con la cabeza. Señora. —Ese era el nombre de mi madre. —No soy señora —comenzó. —¿Ninguna en todo el palacio? —Ninguna con excepción de las dos herboristas. Todos sus movimientos y hasta su manera de hablar eran increíblemente parecidos a los de alguien que ella conocía. Le han dejado sin él. —No. —Nada —murmuró—. Mi tío no es el señor legítimo de Pirs.. sorprendida—. —No hay mujeres —dijo Roshka.

entonces —dijo el príncipe heredero. Pero voy a referirte lo que me contó en cierta ocasión el escudero de mi padre. u otro de su misma laya. Uno de esos rucs vino pocas horas antes de que saliera y te encontrara. Aeriel desvió la mirada. »Esta vez el pájaro voló casi en seguida. a una hora tranquila. —Mi padre salió al monte a caballo al rayar el día —dijo Roshka—. »Dijo que una quincena antes de que mi padre saliera de cacería. Pero no quiso irse y no molestaba a nadie. Mi padre cayó violentamente al suelo y se mató. de forma que pronto se desentendieron todos de su presencia. Tenía nombre. La lámpara que Erin había puesto entre Aeriel y él daba muy buena luz. un nombre por el que todos le llamaban. Aeriel alzó la mirada. dijo a mi padre que no se encontraba bien y que no iba a la cacería. La muchacha morena escuchaba sentada en la sombra. —Sólo un ligero parentesco. En accidente de caza. Luego. hasta que murió mi padre. Nocherniego. Nadie vio lo que había volado ante la cara misma de Nocherniego. pero lo oyeron alejarse entre los árboles con fuerte batir de alas. Cada vez que lo hace vuelve con aspecto transido y descompuesto. »Hacia la mitad de la quincena. Un rato después. Estaba aterida de frío. Aeriel negó con la cabeza. Luego a mi tío se le vio aún más silencioso y meditabundo que antes. con aspecto muy exánime y desencajado. La llama de la lámpara no le 102 . Mi tío acude a departir con ellos. un pájaro negro se posó en la atalaya del torreón más avanzado de la muralla. Nadie supo qué clase de pájaro podía ser. —Pero estabas hablándome de tu tío. El joven príncipe hizo una pausa y echó una mirada en torno a la habitación. y mi tío acudió de nuevo a despacharle. Ni siquiera mi padre consiguió sonsacarle. el pájaro negro volvió.Reunión de Gárgolas Meredith A. el pájaro negro levantó el vuelo y se fue en dirección norte y oeste. »Todos menos mi tío. —Oh. hacia Pendar y más allá. —Debo llamarte prima. Fue después de eso cuando ya nadie volvió a recordar su nombre. que miraba y miraba al torreón. mi escudero dijo que alcanzó a ver a mi tío que iba a lo largo de la muralla. Pierce Roshka. según dicen. Mi tío parecía saber que estaba allí antes de que se lo dijeran. »Mi tío se proclamó soberano entonces. »Y sólo unas seis horas antes de amanecer. sí —dijo Roshka—. Mi tío bajó del torreón entonces y se le veía muy callado. Cuando lo hizo. Pero algo que salió de repente de la espesura le espantó e hizo respingar. para lo cual las herboristas le administran brebajes. pero no dijo a nadie lo que había sucedido entre el pájaro y él. pero mi tío no bajó en algún tiempo. que no tiene nombre. aunque desde entonces no ha vuelto a aparecer ninguno. La caza era óptima. y al principio los centinelas trataron de ahuyentarle. Respiró hondo. Le llamaban 'señor' o 'el hermano del soberano'. y acudió sin mediar palabra. y a partir de esa fecha no han dejado de venir pájaros negros al torreón. volvió el ruc una vez más al torreón. el corcel de mi padre. todo negro. cuando los servidores de mi padre hacían los preparativos para la cacería. corría muy delante de los demás.

Pero el escudero de mi padre había mostrado a la dama una enorme pluma negra que encontró en el lugar donde mi padre perdió la vida.. y sus ojos verdes se habían oscurecido y endurecido. Le administró en las comidas la especia del hambre para hacerla olvidar su primer amor y anhelar sólo el de su carcelero. ¿En los sueños de cuántos más hablaba la sirena? ¿Qué iba a ser del mundo si capturaba a los Iones perdidos de Westernesse antes de que Aeriel pudiese hallarlos? Cerró los ojos y casi se le escapó un gemido. no. ¿Qué estoy haciendo aquí?. Tenía los hombros envarados de estar tanto tiempo sentada. Roshka fijó los ojos en la lámpara que lucía entre Aeriel y él. pero mi doncella asegura que mi tío fue incapaz de quitarle a la niña de los brazos sin violencia.. pensó. y ella comió. —No corro ningún peligro por ahora. Cuando mi tío usurpó el trono. Dijiste que era la primogénita. fingiendo no sospechar nada. Y si tu tío quería ser señor de Pirs. que podía pasar a través de la estrecha ventana de la celda. con el propósito de volver y llevársela mientras Eryka dormía. pero como se había quedado tan delgada y endeble. Pero yo creo que debía de estar enloquecida de dolor y que mi tío asesinó a la princesa heredera. no puede dormir. ¿No debería ser ella. y apartó la mirada. y ella rechazó su proposición.Reunión de Gárgolas Meredith A. la legítima princesa heredera? El joven asintió con la cabeza. renunciaría a tener hijos propios y haría de los hijos de ella sus únicos herederos. no sobrevivió a la caída. pero no encontraron a la princesa real. Empezó a hablar y se interrumpió. —La doncella de mi madre dice que registraron la torre. sobrecogida. Aeriel se echó atrás. entonces. — ¿Qué tiene nada de eso que ver conmigo? —Preguntó—. —No me gusta la pinta de esos pájaros —dijo— ni el cuadrante hacia el que vuelan. ¿cómo te ha dejado con vida? Roshka sonrió a medias. 103 . —A eso quería venir a parar. Se habían tensado sus labios. Aeriel se removió en su asiento. Para estas fechas podría haber estado en Orm. y dijo que no la libertaría nunca como no fuese para ser su mujer. Aunque he oído comentar a los criados que después de las venidas y las idas del pájaro. se queda simplemente traspuesto y habla en sus sueños de una dama blanca.. y llevarse a la niña. Mi tío no tiene esposa. «Entonces él la recluyó en una torre. hasta que al fin se quedó tan flaca. No cayó desde mucha altura. »La doncella de mi madre jura que vio un gran pájaro blanco posarse en la ventana de su señora justo antes de que cayera. »Su doncella le había traído retazos de seda para hacer una cuerda. y que por eso la dejó. Pierce daba calor. A mí ya me habían arrebatado de la tutela de mi madre. Abrió los ojos y volvió a fijarlos en Roshka. ¿Ha mencionado tu tío alguna vez a la Bruja de la Laguna? ¿No ha hablado de una sirena? —¿Bruja? —dijo Roshka—. pero el antepecho de piedra rozó y partió el cordel antes de que ella llegara al suelo. con los labios tensos. tan flaca. —¿Pero qué ha sido de tu hermana? —dijo—. Que yo sepa. el torreón donde había tenido sus citas con el pájaro. dijo que si la Dama Erika accedía a casarse con él.

—Esposa que le dé un heredero —dijo el príncipe—.meses. —Un serafín alado —repuso Roshka—. En todos los años que lleva cazando ha capturado a cinco mujeres. que la Antorcha resplandecerá de nuevo.? —El poderoso ciervo —dijo Roshka—. podría emplearla para negociar la devolución de su nombre. también. La Antorcha se ha oscurecido. con excepción de los jardines privados y los terrenos de caza del soberano. cuando nos encontró —miró a Erin. Viven como vivía en otro tiempo el pueblo subterráneo. Los lucíferos no tienen ya faro que les guíe al interior. Nadie cuida ya de la tierra. y en cierto modo no le había importado. Nada de cuanto el príncipe había dicho tenía sentido para ella más que esto: el soberano se había pasado el día-mes entero dando caza a sus gárgolas. Se estremeció violentamente. Quizá si consigue él capturarla antes de que lo haga ella. —Yo busco a Pirsalon —dijo—. —Hay una profecía —decía el joven—.. No acertaba a pensar. sumida ahora la mirada en la distancia. y no a otra caza. pero todas han encontrado medios o de escapar de él o de morir. de noche. Lo expulsó el serafín cuando llegó. se la gritó en la cara momentos antes de quitarse la vida con una esquirla de hueso.. Su voz había decaído hasta trocarse en su susurro. Aeriel se sobresaltó. Había perdido el hilo. —Otro procedimiento. —murmuró Aeriel. lo mismo que una sombra. Clamó que estaba escrito en las rocas. —Los perlificas —dijo—.. porque el serafín de la dama blanca ha estado acosándola también.. Tengo que encontrarle. un hombre sin nombre. y el heredero legítimo reinará otra vez en el país. hace cuatro días. Y tiene otro procedimiento de darles caza por la noche. Pierce — ¿Esposa? —dijo Aeriel. —Pero —dijo Aeriel— si andaba ojeando a la Becerra Gris. de eso no cabe duda. Todas las mujeres de esta mansión huyeron hace ya tiempo. En tiempos hicieron a Pirs tan esplendorosa que la llamaban la joya del oeste. Fijó los ojos en Aeriel. la Bruja Blanca? —Dijo Aeriel—. Las cosas no podrán seguir así. Tenía que habéroslo dicho. Estos últimos díasmeses ha dado en perseguir a la Becerra Gris. —¿Pirsalon. Aeriel sintió volverle el calor a la sangre. Traían la sal azul del mar. — ¿Lucíferos? —inquirió Aeriel.. esculpido bajo las eras pretéritas por el pueblo subterráneo. las campesinas. todo ha quedado estéril. La muchacha morena observaba con atención. Las hijas de las familias nobles se esconden en el subsuelo. El mancebo continuaba arrodillado.. Un regalo de la señora de sus sueños. — ¿Porque el soberano no tiene esposa? —Ninguna mujer le quiere. se sentía enmudecer como Erin. Especia del hambre. mi tío no. 104 . Ahora. — ¿La quiere. y Pirsalon volverá.Reunión de Gárgolas Meredith A. guardián de Pirs.. Dicen que sus alas son más negras que las tiniebla mismas. —Ah —asintió Roshka—. antes de su emigración. Pero ella le da algún valor. Hasta que eso ocurra. Mi tío envía a sus cazadores diariamente a buscarlas. ¿Por qué? — ¿Quién sabe? Desde luego. Aeriel no dijo nada. y ella lo había sabido.. La última mujer que atraparon sus cazadores. su único heredero soy yo.

Las grandes familias no lo quieren. 105 . Aeriel.. la miró y dijo: —Se propone tomarte por esposa. Le dolía la cabeza de tanto escuchar. El mancebo de ojos verdes se arrodilló. Sólo consiguiendo una esposa.Reunión de Gárgolas Meredith A. un heredero. —Yo tendré la edad dentro de un año —dijo—. Pierce Roshka no parecía prestar oído apenas. puede demostrarles que se equivocan. Saben que pesa sobre él alguna maldición.. Y mi tío teme ser derrocado. —Pero ¿qué tengo yo que ver en todo esto? —volvió a inquirir Aeriel.

Pierce 106 .Reunión de Gárgolas Meredith A.

Podemos huir al oeste. Las grandes familias nos acogerán. —Hay una puerta en la muralla de la que ya hace años forcé la cerradura para poder entrar y salir sin que me vieran. Se puso de pie. Escuchó con atención. —No podemos pasar la verja. podemos dar por seguro que nos 107 . Erin tiró de Aeriel de la manga. Erin se despertó.. Pierce 11 UN HOMBRE SIN NOMBRE Aeriel se halló por fin en la salida de sus pensamientos. Ahora que aún tenemos la oportunidad. Aeriel se puso en pie. —¿Quién llama? —dijo. —No vayas —susurró la muchacha morena—. Aeriel se volvió a mirar. Erin dio un brinco. La lámpara que Erin había puesto en el suelo ardía con luz muy mortecina. —Vamos aprisa. —Di a tu señor —repuso Aeriel— que me reuniré con él dentro de un rato. mientras quede algo de oscuridad. —Venid. Yo lo intenté en una ocasión. —El chambelán de mi señor —fue la respuesta—. Roshka se mordió los labios. No me atrevo a seguir una hora más. El soberano te ruega que salgas a verle en a terraza. Roshka se encontraba ya en el balcón. Di que estás enferma. sino que en la estancia entraba más luz. —Me mandaría a sus herboristas. Roshka se desperezó a su vez. Junto a la ventana. —¿Señora? —inquirió el chambelán. Entonces alzó la vista y comprobó que no era que la llama se hubiese amortiguado. y al ver la claridad del día lanzó un grito. Si podemos llegar hasta. no lo sabía.. Erin también se había levantado.Reunión de Gárgolas Meredith A. La guardia no me lo permitió. Cuánto tiempo se había pasado allí sentada. Sus palabras fueron interrumpidas por unos golpecitos de llamada a la puerta. Me acabo de despertar ahora mismo. —Tenemos que escapar de aquí en seguida. Al otro lado de la puerta se oyó un rumor de muchachas que se alejaban. El alba iluminaba los chapiteles más altos del palacio. perdida en meditaciones. —Si nos vamos ahora —dijo—. Pero Aeriel retrocedió.

. dormido mal —musitó ella. Estás cosas te daría si. empuñando su bastón. 108 . A ellas les costó la vida. Tú comprendiste su juego desde el momento en que le viste. Aeriel le observó un instante o dos.. Iré en cuanto pueda.. besándola en la mejilla—. Al acercarse Aeriel. —Aeriel —dijo.. todo cuanto yo tengo podría ser tuyo —y abarcó con la mirada los jardines. voy a llevarte a ver a alguien. Aeriel salió a la terraza que dominaba el jardín. Sólo se salvó él. como esperando que ella la tomase. le siguió. Con un esfuerzo. —Si yo fuera la heredera de tu hermano. pero ahora ya estaba. se volvió. —He. Aeriel se aferró a su bordón de caminante. y yo debería haberte hecho caso al comienzo. tensos los labios. Finalmente. El estaba de pie junto a la balaustrada. Solstar se levantaba. No te pertenecen para que puedas darlas. Luego se dio media vuelta y. no dudarás más. Pierce prenderán. despacio. Luego. y habló antes de pensar. Transcurría una hora desde que despuntaba sobre los altos cerros vecinos su primer borde de luz hasta quedar enteramente visible la totalidad de su disco. por lo que veo. su sonrisa. Has hablado con Roshka. Aeriel no le contestó. serían mías. me figuro yo. pues el soberano no tardará en impacientarse y enviará a ver por qué no acudo. —Mi sobrino está loco. pero está loco desde entonces y anda diciendo a todos que fui yo el autor de sus muertes. Le tendió la mano. Esperadme al pie del ciruelo. —Roshka —susurró—. —No —dijo Erin. se volvió y echó a andar. —Perdona si te he despertado —dijo—. Marchaos vosotros dos y yo seguiré. pero él no se detuvo ni volvió la cabeza. sus tierras y heredades que se extendían más allá —. Nunca podrá ocupar el trono.Reunión de Gárgolas Meredith A. el soberano recobró la calma. Pero el amanecer sobre mi jardín es un espectáculo demasiado hermoso para que te lo pierdas por segunda vez. Su madre y su hermana. —Te ha engañado bien. todo Pirs. ya no tan forzada. volviendo del ventanal—.. Aeriel notó de pronto la cabeza más clara. ¿Dudas de mí todavía? Ven. —No comeré nada que él me dé —dijo Aeriel. El soberano giró bruscamente la mirada y clavó los ojos en ella. —Pareces fatigada —aventuró el soberano. No era su intención decir lo que había dicho.. también. Yo no me separaré de ti. Aeriel se sentía extenuada y confundida. El soberano parecía ahora más sereno. El soberano alzó la mano. Contrajo unas fiebres poco después de la muerte de mi hermano. Aeriel se reunió con él. El soberano se encogió de hombros. protegiéndose los ojos del resplandor. Sonrió levemente. sonriendo. salió de la estancia tan presto que a Erin ni siquiera le quedó la posibilidad de gritarle que mirase bien lo que hacía. mirando al oeste hacia el claror del alba.

Lo sostuvo hecho un rebujo contra su pecho mientras hablaba. —Tú has estado en el desierto. —Yo quise una vez a una mujer que tenía los ojos verdes. 109 . sin mirar atrás. ¿lo querrías llevar para mí? Aeriel negó con la cabeza. Junto al cofre. Y tus ojos son verdes. —Es mi bordón de caminante. De complexión fina. Pero advierto muy bien que tu cutis fue malva en otro tiempo. El soberano se volvió y se dirigió a un cofre de madera gris con cuarterones tallados al estilo de Istern. El soberano andaba con paso vivo.Reunión de Gárgolas Meredith A. como tú. sin apenas mobiliario ni adornos. ordinaria. cediéndole el paso. Pierce La condujo a lo largo de la muralla que bordeaba los terrenos de su mansión. Pero vendrá. —Ah. Aeriel —dijo el soberano— y te enseñara a leer. —¿Dónde está esa persona a quien querías que viese? El soberano se asomó a la angosta ventana. El soberano desapareció en el interior del portal abovedado. —Es una prenda de otra mujer. de no haber tenido la pared a su espalda. luego continuó tras él Subieron por un tramo de escalones que ascendían en redondo hasta el pequeño recinto de lo alto de la torre. —Si yo te regalara este vestido —dijo el señor de Pirs—. Aeriel aguzó el oído. Quitó él el pestillo de la puerta y la sostuvo. Se habría retirado. Aeriel. cogida por sorpresa. sorprendido. Aeriel vio que era como los que llevaba la dama Syllva. El soberano alzó la mirada. —Si yo te regalara esta varita. —Igual que Roshka —dijo Aeriel. ¿dejarías de una vez ese malhadado bastón al que te agarras siempre de esa manera? De nuevo negó Aeriel con la cabeza. —Era de tu misma talla —dijo el soberano—. pero no sentía pasos en la escalera. Quién si no él te iba a decir su nombre. El parapeto sólo tenía anchura para una persona. Sacó una varita de marfil. El señor de Pirs sacó del cofre un vestido de color verde claro. Lo había olvidado —tenía los dientes apretados tras de los labios—. al lado mismo de la puerta. Y tu pelo tenía visos verdes antes de aclararse de esa manera. Roshka. Aeriel había visto una vez en Isternes a los hermanos de Irrylath usar un objeto como aquél para volver las páginas de un libro. Se quedó parada con la espalda pegada a la pared. pero Aeriel no quiso entrar hasta que no hubo pasado él delante. extendió el vestido verde claro. Se arrodilló y levantó la tapa. guardó silencio.. sobre sus rodillas. La pieza era reducida. —No está aquí todavía —dijo—. oteando el exterior. No había en ella nadie más que ellos dos. Aeriel retrocedió al pronto. —Se llamaba Eryka de Isternes —dijo Aeriel. Llegaron así a una torre que se alzaba en el ángulo de las murallas. Era del mismo paño fino que gastaban en Isternes. —Igual que tú.. Tenía la tez malva y el pelo rubio claro con un reflejo verde. El soberano dejó caer el vestido y se puso a revolver en el cofre. El soberano hizo un gesto afirmativo.

Con las grandes familias puedo entendérmelas. El soberano meneó la cabeza. dijo.. Te amo —dijo con vehemencia. Sus labios se endurecieron. Tengo que casarme. volvía siempre. Servía a una dama blanca. temerosa de hacer cualquier movimiento. Alargó el brazo. Dice que las grandes familias desconfían de ti. pero que hiciese mío el deseo de mi corazón. La tranquilidad de su tono le paró en seco. en silencio. Lo único que apetecía era huir de él. Aeriel le miró fijamente. —Cuando Eryka de Esternesse vino a Pirs —dijo—. Se enjugó los ojos. que necesito un heredero? —El tendrá la edad legal en un año. que tomara lo que fuere. «Entonces me dijo: 'Túmbate'. Aeriel le miró con firmeza. »Pero a mí no me gustaba la pinta del avechucho. una nadería. —Me interpretas mal. y entretanto yo soñaba con Eryka. Aeriel estaba preparada para echar a correr si no le quedaba otro remedio. —Querría hacerte mi esposa —avanzó hacia ella y Aeriel se arrimó más a la puerta—. El soberano se echó a reír. ¿Ha adivinado eso mi sobrino. Ni siquiera Roshka lo sabe todo. ¿Eso es lo que te ha contado. dos. 110 . El soberano se puso en pie. —Me conoces sólo de un día-mes. Es una mujer. lo despedí con viento fresco. que me quería bien. Pierce El soberano dejó caer la varita. Pero volvía. —Me casaré contigo —le respondió al fin— cuando me hayas dicho tu nombre. Por último. y yo así lo hice. Aeriel. Dame la mano. Entonces vino el pájaro negro y me dijo que podría ver cumplido el deseo de mi corazón sin más que un pequeño pago.. —Roshka —musitó el soberano—. pero al final le prefirió a él. —¿Hasta eso? —dijo—. Era una risa bronca y desesperada. Dos veces... Tengo que casarme. Le dio hijos.. fui a verle y dije que sí. y yo vivía muerto de celos.Reunión de Gárgolas Meredith A. Sus ojos se estrecharon. No es un heredero lo que necesito. —Aeriel —dijo en voz baja—. y tal vez al final te compadezcas de mí. también? Bueno. mi hermano y yo la cortejamos. La dueña de aquel pájaro murmuraba en mis sueños. te lo revelaré todo. —Te admiro. —Necesitas un heredero.

el pájaro estaba otra vez en la ventana. nada. — ¡Yo no necesitaba vender mi nombre a ninguna bruja para que me dijeran que si mi hermano moría obtendría yo sus tierras! —dio media vuelta y se puso a recorrer con vehementes pasos el recinto. Pero se refería a Pirs. Mas para entonces no quedaba ya en Pirs ni 111 . Nadie lo volverá a usar jamás. Me introdujo el pico en la sien. El soberano la miró de hito en hito. En un momento su voz se sosegó de nuevo. Cuando volví en mí. pero no salgas a caballo con tu hermano por la mañana... y me zumbaban un poco los oídos. —Durante varios años después no pude soportar la vista de las mujeres... Noté una quemadura y otra sensación como de algo tenue y sutil que se escapara de mí lo mismo que un hilo. Cualquier mujer serviría. No salí con mi hermano de caza ese día y fue cuando le tiró el caballo.. pero me sentía muy mal. »Con esto levantó el vuelo y yo bajé de la torre. excepto mi señora. para llamarte en tus sueños. 'Bien poca cosa. durante un rato. observándome.. Mi amor se mató y yo obtuve Pirs en su lugar. Yo no lo quería ni quería la muerte de mi hermano. Ahora tendrás el deseo de tu corazón. para quebrantar la influencia que la bruja tenía sobre mí. Personalmente. Quizá supo leer en el tuyo mejor de lo que te figurabas. Las apartaba de mí o huían. frías como la noche. Pierce Dijo: 'Vuelve la cara a un lado'. y obedecí. Después. ¡El deseo de mi corazón! ' El soberano se echó a reír. —Erika no quiso aceptarme por esposo. —Entonces ¿por qué sigues siendo soberano de Pirs? —le espetó Aeriel—. 'He tomado el pago debido a mi señora'... se refería a Eryka. nunca lo usas. graznó el pájaro negro. La sirena de la Laguna es una magnífica lectora de corazones..Reunión de Gárgolas Meredith A. Había creído yo que cuando la bruja decía «el deseo de mi corazón». Había dejado de sangrarme la sien.. Luego sentí una de sus garras en el cuello y la otra en la mejilla: frías. Pero luego empecé a comprender que necesitaba una esposa. »Le pregunté: "¿Qué has hecho?' Me llevé la mano a la sien y la retiré manchada de sangre. No importaba quién. Sólo quería a Eryka.. Sólo tu nombre..

en los bosques del otro lado de la muralla.. En el mundo subterráneo. las alas negras como la nada en la blanca luminosidad del sol.? Pero sus palabras fueron interrumpidas por un batir de alas. Tenía una talla equivalente al antebrazo de Aeriel. No saldrá de esta finca ni molestará a tu señora. Me dijo que comprendía mi aflicción. se hizo casi suplicante—. dile que tengo a la que me encomendó que buscara. como si se hubiera mordido la lengua... el serafín de la dama ha venido acosándola de noche. Lo único que ahora sentía era desaliento. —Pues le daré a la Becerra Gris. Su tono se dulcificó entonces. Pero a partir de entonces no ha servido de nada. —Nuestra señora —rectificó. pero el Ciervo desbarataba siempre las asechanzas de mis cazadores. pues la maldición sólo se mantendrá hasta el día de mi boda — tenía el semblante desencajado. Envié a mis caballeros a darles caza. Se interrumpió bruscamente. en un 112 . Desde que tuve noticia de su llegada.Reunión de Gárgolas Meredith A.. que le encantaría cumplir los términos de nuestro contrato. seco y brusco. mirándole. había mujeres en alguna parte. el soberano—. Debía encontrar una esposa.. bajo mi protección. la quiere. crueles. Se le había puesto lívido el semblante bajo el tinte cobrizo de su piel. —Vaya —dijo el pájaro negro. Claro que sí. y yo de día. —¿Y la creíste? La sirena es maestra en el arte de hacer promesas en falso. balanceando el cuerpo—. Los ojos del hombre que tenía delante se encendieron. Entonces oyó resonar cuernos de caza débilmente. entonces —repuso—. Y las mujeres. Por alguna razón. »Bueno. Su serafín capturó a Pirsalon y lo expulsó del territorio. antes que someterse. pero ahora es mía.. —Nuestra señora. Un pájaro negro se había posado en el antepecho de la ventana. —Pile a tu señora. Con vida. a su hijo alado. para hacer con ella lo que se me antoje. La bruja prometió liberarme el día de mi enlacé matrimonial. preferían quitarse la vida. Aeriel dejó escapar un suspiro. »Por eso la dama me envió a su serafín. Se la entregaré en lugar tuyo.. ¿Conque ésta es ella? ¿La de la que mi señora mandó aviso? —Ella es —dijo el soberano.. Para entonces estaban ya informadas de cuanto concierne a mi persona: un hombre sin nombre. los ojos llenos de desesperación. —No la molestará más —medio gritó el soberano. —comenzó el soberano. Pierce una sola mujer. Permanecerá aquí conmigo. —¿Te proponías venderme a la Bruja Blanca cuando llegué aquí —le preguntó—. »¡Necesito una esposa! —exclamó el soberano—. —Nuestra señora —cloqueó el pájaro. a cambio de tu nombre. Me hace que le envíe niños como sustento. observando a Aeriel—. Respiró hondo. —Cht —cloqueó el pájaro negro. ¿Por qué? —su ojo era tan negro que Aeriel sólo acertaba a distinguirlo por su brillo entre el plumaje sin lustre. El soberano y ella se volvieron. Cht. Tengo que conseguir una esposa. Aeriel le miró. Soy más su esclavo que su señor. para que me auxiliara.

. —¿Eres un mensajero o la señora misma? —dijo en un susurro—. medio a rastras. —Hombre sin nombre —musitó. Tenía rota un ala. Era más oscuro que su propia sombra. que lanzó un chillido e hizo esfuerzos por alejarse de ella. y pasando por delante de él como una exhalación. a juguetear con la varita de marfil. Pero es mía.! Aeriel descargó el bastón una vez más y sintió crujir los huesos bajo las plumas. Aeriel se escabulló entre la espesura de árboles.Reunión de Gárgolas Meredith A. Subió y 113 . hacia la luz. El soberano la llamaba a voces. Divisó el ciruelo al lado opuesto del jardín. El soberano dio un paso atrás.. La prenda de seda y la piedra del piso humeaban un poco donde la sangre las tocaba. Agarró su bastón y descargó sobre el pájaro el formidable nudo rubio de la empuñadura. Aeriel bajó a escape por la escalera de caracol y siguió por el angosto parapeto.. De su cuerpo brotaba un hilo de sangre. se puso a picotearlo. —murmuró—.. sino oscura. ¿Te tomas la libertad de hablar por ella? Hala. ¿Crees que yo no he intentado matarlos? Aeriel volvió a asestar su bordón contra el pájaro. lleva mi recado a nuestra señora y déjame en paz. No parecía abrigar ningún temor de perderla. El pájaro se quedó en el sitio: bulto exánime sobre el vestido de seda verde. —Eso es un bastón mágico. ¿Pero qué más da? —dijo amargamente—. no estaba segura Aeriel si de terror o de ira. El ruc negro tosió. —¿Es que no sabes lo que soy? —graznó—. pero sin correr. — ¡Y di a tu señora que me devuelva mi nombre! El ruc abandonó la apañuscada seda de un saltito. —Me lo figuro —el pájaro estaba de nuevo sobre la seda—. Jadeando. El soberano contemplaba el pájaro. Echó a andar hacia el pájaro.. bajó en un salto de la ventana al interior de la pieza. temblando. El soberano le miraba sin pestañear. —Para entonces hará ya mucho tiempo que me he ido —respondió Aeriel. La dama enviará a otro cuando vea que éste no vuelve. Aeriel se abalanzó hacia adelante antes de darse cuenta de lo que hacía. alcanzándolo de lleno en el aire. Yo no logré matarlo con una maza el día que lo intenté —quedó un momento en silencio—. ¡Mi señora no quiere hacerte daño. exhalaban un hedor acre. La vegetación del jardín se cerraba a su alrededor y de improviso se encontró perdida. deslizándose hacia la ventana. sin aliento. con paso rápido. ahuecó las plumas. casi riéndose de él. sólo hablar contigo. Encontró una escalera y bajó por ella. se vio al pie de otra escalera. —No era eso lo que nuestra señora exigía de ti —dijo el pájaro—. en son de befa. —Idiota —gritaba el soberano—. Luego dio un par de saltos con fuerza y levantó el vuelo.. Pierce esfuerzo por recobrarse—. salió disparada por la puerta. saltó sobre él. La Bruja Blanca fabrica las alas de sus hijos con las plumas de los de tu ralea. El soberano venía tras ella. Muchacha. no clara como la de los demás mortales. ¿no lo sabes? Aeriel siguió tras él. —Déjame en paz —chilló el pájaro negro—.. con un graznido. Cayó aleteando al suelo. si dabas con la que ella anda buscando —llegó hasta el vestido de seda verde claro.

deslizando los dedos sobre las losas manchadas de oscuro—. levantándose—. Daré a la Becerra Gris y a sus compañeras como rescate por tu vida. —Nunca tendrás mi consentimiento —susurró Aeriel— y no puede haber boda si yo no doy el sí. Si te vas de aquí. —No había visto tus ojos —susurró él—. Lo que dije en la torre. una mancha oscura se extendía por las baldosas donde el soberano arrojó el vino de su copa un díames atrás.. Vaya si lo darás. de repente—.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Grisela y Gatavolanda y Terneralunera —dijo ella. —Aeriel —dijo el soberano. No se volvió.. y ya se dirigía hacia los escalones para bajar y correr veloz hacia el árbol. por haberlas dejado a merced de los cazadores del soberano todo ese tiempo—.. Pierce vino a parar a la terraza desde la que el soberano y ella habían contemplado el amanecer. A dos pasos de ella. eres una hechicera —musitó el soberano. —prosiguió él—. De pronto descubrió el ciruelo de nuevo.. diciendo que yo debía buscarte y apresarte si podía. Al lado del néctar yacían dos mariposas muertas. Se interrumpió. Tiró del bastón con brusquedad.. pero no cofines ni fuentes de viandas. Luego su tono se hizo también vehemente. Dice que eres una hechicera. en uno de los ángulos de la terraza y desde hacía tiempo seca. La mitad de su enojo era consigo misma.. Sobre las baldosas había ahora tendidos blancos manteles. acercándose a ella. desde la balaustrada. —Darás el sí —dijo el soberano. cuantío de repente se detuvo en seco. quebradizos y mustios. Sé mi esposa. Te proponías envenenarme —volvió a tocar los huesos del lagarto. —Erin tenía razón —dijo Aeriel. luego alzó los ojos para encontrarse con los del soberano. Aeriel le miró. Las libré del poder de un ángel oscuro en Avaric. Sólo quería hacerte ver el peligro en que te encuentras. Quiere tu muerte. El soberano frunció el entrecejo. —¿De qué hablas? Son bestias salvajes. y los huesos de un lagarto ya deshaciéndose en polvo.. y la muchacha se dio cuenta de que había aparecido su anfitrión en la terraza. Aeriel se arrodilló y lo tocó. —El ruc. llena de odio. —¿Gárgolas? —dijo. Uno de sus pájaros vino a verme aquella quincena. —Deja a mis gárgolas en paz. Se volvió. el del primer banquete que diste. las mariposas. Los lirios del arríate por donde parte del vino había corrido aparecían ahora rígidos. —Sí. Quédate conmigo. como esperando que ella soltara. Son mis bestias.. Aeriel levantó su bastón como un escudo entre los dos y el soberano lo agarró—. Mi vino era diferente. Continuó mirando con ojos atónitos los lirios.. antes de encontrarte. El soberano movió la cabeza... comenzó de nuevo: —La Bruja Blanca te persigue.. Sus ángeles oscuros te buscan por todas partes. —Son mis bestias —dijo Aeriel con vehemencia. Casi sin 114 . Pero te casarás conmigo.

tras ella. Se volvió. La mano con que le tenía asida la muñeca se soltó. mirando. La garza voló por el aire. pero no así la que agarraba el bastón. Aeriel retrocedió. Aeriel se afianzó con los brazos. Entonces ella sacudió el bastón con ambas manos para arrebatárselo. sintió un grito. La terraza basculó. pero permanecía allí consternada. Todos sus movimientos eran tardos. ¿Por qué no puedes llamarme por mi nombre auténtico? 115 . El soberano aterrizó de espaldas. rodando hacia atrás como le había enseñado Orroto-to en el desierto. —¿Qué pasa? —gritó el ave. Garza. Aeriel oyó al soberano lanzar una exclamación. desplegó sus alas. levantándose para descargar un nuevo golpe. Abrió los ojos y respiró con esfuerzo. Sintió movimiento a su lado. —Ave —jadeó—. intentando desasirse de él. Se arrodilló a su lado. Vio al soberano incorporarse con agilidad y comprendió que su desvanecimiento había sido fingido. se levantó de un salto y se abalanzó sobre ella. El soberano dio con su cuerpo contra las losas y Aeriel oyó el golpe seco de su cabeza al chocar con ellas. ¿Le habría matado? Se acercó un poquito más. se hizo más clara. Aeriel se aferró con vigor a la oscura madera y relajó el cuerpo totalmente. Perdiendo el equilibrio. La madera rubia de su mascarón relumbró. Aeriel forcejeó. sintió sus costillas bajo los pies. Aeriel se puso en pie de un brinco. Oyó confusamente gritar al soberano: —Alto ahí. cerniéndose con dificultad—. despierta. sin poder hacer otra cosa. y al soberano dando tirones. Luego. Inmediatamente tiró de él con fuerza. Pierce pensarlo. cuando el mozo de servicio dejó caer la bandeja al suelo. ¡Vuela! Sintió estremecerse el bordón en sus manos. muchacho. y vio a uno de los servidores de palacio con una bandeja en las manos. Le sabía la boca a cobre. De repente oyó un estrépito y sintió un tremendo golpe en la coronilla. No parecía recobrar el aliento. inopinadamente. Se dejó caer. Dio patadas al soberano. el soberano cayó. que lo aferraban con ahínco. enganchando con el puño a su adversario por las corvas. luego un estrépito. Quedó inmóvil entonces y Aeriel comprendió que debía echar a correr sin perder un instante. sofocado su grito de sorpresa porque el tremendo impacto le había dejado sin aliento. Todavía sentía los dedos ceñidos al báculo. Con una de sus manos le aferró la muñeca de la mano que sostenía el bastón y con la otra agarró el bastón mismo. amparar con un brazo el costillar maltrecho.Reunión de Gárgolas Meredith A. vio al soberano darse la vuelta trabajosamente. se desplazó a un lado y describió un arco a baja altura con su bastón esgrimido por la punta. Entonces sintió otro golpe estrepitoso en la cabeza. Solstar apagó su luz. sostenerse sobre manos y rodillas. — ¡Ala! —clamó—. remolcándole las piernas y haciéndole caer de nuevo hacia atrás. apoyó las rodillas en el pecho y disparó las piernas con todas sus fuerzas. Se aferró a él desesperadamente con la otra mano. Apenas respiraba. Sus manos resbalaron y soltaron el bordón. que tiraba y tiraba del bordón para quitárselo. No la quiero muerta. aturdida. furioso.

Pierce —Erin y Roshka —dijo Aeriel sin aliento—. de pronto. que la atrapó por una de sus frágiles patas. flechas que volaban. Diles que huyan.. ruido de pasos en los escalones. pero tenía todos los huesos descoyuntados. Oyó una gritería. comprendió. Su piel no tenía ya mayor cohesión que el agua o el polvo. Se le dobló una pierna. No sirvientes. La piedra de la terraza había perdido su dureza. El soberano la tenía ahora presa por ambas muñecas. Sentía como si todo su cuerpo estuviese cayendo hacia la entraña de la piedra. La garza se lanzó contra él. Soldados. cedía la superficie suavemente. Estaba fría. — ¡Vuela! —dijo Aeriel.Reunión de Gárgolas Meredith A. luego con la sien y el mentón. Chasquidos como de látigos. despacio. especie de zumbidos o de silbos: cuerdas de arcos. le alanceó los dedos con el pico. despacio. El ave blanca graznó. Cayó de costado. llevándose la mano a la cabeza. Vuela —murmuró. Intentó ponerse de pie. Pegó en la piedra primero con el codo. El cielo se desplomaba. 116 . daba bandazos.. Bajo su cuerpo. y muy quieta. Todos sus músculos habían perdido las fuerzas—. Pies con calzado recio. No podía guardar el equilibrio. Parecía hundírsele la mejilla en ella. La garza debía de haberse soltado.

sin duda. —Oh. —Y tu bastón no se convirtió en un pájaro. y luego hizo lo mismo con el brazo. Se pasó la mano por la sien y por la coronilla. igual que un tronco. A su derecha. Pequeña hechicera. Las tenía doloridas. sin tu bastón. —Me propongo tomar contigo las mayores precauciones. sólo con un hueco estrechito. estimó que debían de haber transcurrido unas doce horas desde el alba y que llevaba muchísimas sin comer. Quizá cuando haya 117 . —¿Qué te propones hacer conmigo? —preguntó. Sus ojos desaparecieron. Pero ahora. irrumpía la luz de la mañana. poca de esa virtud puede quedarte. Empujó a través de la hendedura un mendrugo de pan—. no soy tan tonto. El soberano sonrió. Intentó incorporarse. casi toda ella en sombra. me figuro yo. Aparecieron dos ojos en la hendedura. Por la ventana enrejada del muro de piedra. Se encontraba aturdida y un poco mareada. —Vaya. Pierce 12 PRISIONERA Aeriel tuvo noción de una frialdad en la espalda. —No soy una hechicera —dijo Aeriel. la otra pared caía en declive: tierra y piedra de alguna ladera. Asomándose a la ventana. despabilada por fin. tras ella. no de frío.Reunión de Gárgolas Meredith A. Delante mismo de sus narices se alzaba una pared de albañilería. El otro se echó a reír. ¿eh? Buen cuidado pusiste en ocultarme tus poderes mágicos. Lo supo por los pliegues que se le formaron en la piel inmediata a los ojos. Aeriel identificó entonces el leve olor que percibía: argamasa fresca. Notaba un vivo hormiguillo por las piernas. Aeriel se sintió temblar: de ira. sin puerta alguna. porque no se me ocurre nada que llamarte que pueda ser más inmundo que tu nombre. mientras tabicaban este pasadizo sin salida. la pequeña bruja —dijo el soberano—. Las flexionó y se las frotó. pongo por caso. —Mozuela impertinente —respondió el hombre del otro lado del tabique. frente a ella. Llénate con esto la boca. de la rodilla para abajo. Cómo has dormido. —¿Por qué me has emparedado? —Las cerraduras pueden forzarse —repuso el soberano—. en el que no habían puesto ningún ladrillo. pues se sentía muy entumecida. menos mal que eres un hombre sin nombre. a media altura. Pero esta celda no tiene puerta que descerrajar. Abrió los ojos y se encontró recluida en un pequeñísimo espacio. Tenía un brazo amarrado al muro de la ventana por medio de una cadena.

—Roshka y Erin hace ya tiempo que se marcharon. Estaba sola. A veces llegaban a sus oídos pisadas recias de soldados y resonar de cascos de caballos. pero en seguida se contuvo—. de cazadores que galopaban por los bosques. Aeriel sintió subírsele la sangre al rostro. La mirilla se abría como una boca inútil. Ensayaba relatos. se dio vuelta y vio a la garza en la ventana. rechazando todas las migas de pan que se le daban. Un movimiento en el hombro la sobresaltó. Aeriel dio algunos pasos por su reducida celda en la medida que la cadena se lo permitía. parecía perfectamente feliz. Aeriel dejó el mendrugo mucho tiempo en el suelo antes de tocarlo. Corría inquieto por su brazo. pues empezaba a afectarla tanto la falta de actividad que se sentía como amodorrada todo el tiempo. En más de una ocasión se limitaba él a arrojarle un mendrugo y largarse con paso muy digno. ¡Bruja maldita! Entrevió su marcha. 118 . casi contra su voluntad—. Irrylath. amenazando a veces. oyó alejarse sus pasos por el corredor. – Con el tiempo me darás el sí —dijo—. Pierce atrapado a mi sobrino y a ese mozo que te acompaña no te muestres tan insolente. Se desvanecieron. porque ya soy la novia de otro. La informaba sobre la marcha de la búsqueda. no le miraba siquiera. El soberano no pareció haberla oído. Entonces comió con apetito voraz. de pronto. investigando todas sus grietas y concavidades. La celda quedó tranquila. El recuerdo de él era. Se volvió a mirar y vio a su polvolangostín allí plantado. destacándose blanca sobre el cielo negro del mediodía. Jamás podría ser tu novia. ninguna especia del hambre. Aeriel no decía ni palabra. lo limpió con la mano y lo probó con suma cautela. En su inmovilidad. Sus ojillos sobre pedúnculos la contemplaban. Al cabo de un rato descendió al suelo y comenzó a explorar la exigua celda. o el gemir de las enormes verjas. Finalmente encontró una rendija en la pared de tierra y se quedó allí quieto. Dirás que sí. Se sentó bruscamente y sintió el tirón del grillete en la muñeca. sin la mandolina. Le flaqueaban las piernas. pensó —y luego.Reunión de Gárgolas Meredith A. Oyó una exclamación al otro lado del tabique. ¿Por qué no estás con Roshka y Erin? El ave blanca se balanceaba. —Eryka —dijo Aeriel— no dio el sí. El soberano solía presentarse ante la celda de cuando en cuando. Había transcurrido la mitad del día-mes cuando la cautiva sintió un garabateo detrás de ella. — ¡Ala! —exclamó. Le hablaba a través de la hendedura horas enteras. al ser abiertas o cerradas. ¿Había permanecido oculto entre los pliegues de su ropa todo aquel tiempo? Le ofreció una migaja del mendrugo. que se estremeció violentamente del golpe que le propinó. suplicándole. Por último. agarrándose torpemente a los barrotes de la ventana. con referencias de soldados que peinaban el jardín. pero no pudo descubrir en él nada anormal. Aeriel se dio cuenta de que continuaba temblando. —Bruja —vociferó—. Si te dejo sola mucho tiempo seguido terminarás por apreciar mi compañía. pero no quiso tomarla. y miraba lo que alcanzaba a ver a través de los barrotes del ventanuco. lo único a que agarrarse que tenía frente al soberano.

Pierce —Es que no se han ido. desazonado—. —¿Y de qué viven? —preguntó al cabo. El ave blanca ladeó la cabeza. No me va a hacer caso. —Pero si siguen ahí los atraparán —protestó Aeriel—. Aeriel tomó la fruta y comió. El ave blanca se encogió de hombros. Tu centinela vuelve. —¿Fue así como me localizaste. suaves de piel y acidas. las grosellas. Hasta ahora no se les ha ocurrido a los soldados mirar allí. Alguien te ha 119 . Se había acostumbrado al grillete de tal modo que casi lo había olvidado—. dile a Erin que debe irse ya. Aeriel se frotó la muñeca. —Se lo diré. Aeriel hizo como le decía. el visitante la miró sorprendido. La garza se alejó con lento batir de alas. Roshka llevó a Erin en una barca a una isleta que hay en mitad del estanque del jardín. El soberano está registrando los bosques palmo a palmo.Reunión de Gárgolas Meredith A. Y la garza voló. Aeriel se lo tiró a la cara a través de la abertura del tabique. Aeriel miró. sin pensarlo más. Inclinando la cabeza. La garza se encogió de hombros. Aeriel le observaba. ¿Y tú qué tomas? —Lo que el soberano me trae —suspiró Aeriel—. No puedes vivir con eso. Aeriel sintió un clic y el grillete se soltó y cayó al suelo. —Dile a Erin —suplicó Aeriel—. le oyó pasear. Asomándose por ella. La próxima vez que acudió el soberano con un mendrugo. Pan mohoso. la garza insertó el pico en el ojo de la cerradura y lo hizo girar. —Tienes el brazo encadenado —dijo la garza. estaré aquí de nuevo la próxima vez que se vaya. —Alguien te ha dado la llave —se lamentó él. algún pez. —¿Dónde está la cadena? —clamó—. Aeriel guardó silencio. Y sorbo el agua que puedo de un chorrito que rezuma por la pared. Desapareció de la hendedura. —No he podido venir antes —decía la garza— porque había un centinela apostado bajo tu ventana pero hace un rato que se largó a hurtadillas al jardín con un paje de palacio. Aguarda un poco —dijo. sin mí. De todos modos no se atreven a moverse ahora. Pon la muñeca ahí encima. —¿Tan sólo pan y agua? No es de extrañar que estés tan paliducha. —De lo que yo puedo llevarles: fruta del jardín. Chitón. en pleno día. acercando el brazo al ave blanca todo lo que pudo. Roshka y ella deben huir. ¿la cadena con que te amarré? —Me cansé de llevarla. tengo que irme —dijo el ave de pronto —. Los melones amarillos eran de un dulce delicioso. con lo que Aeriel estuvo a punto de echarse a reír. Casi de inmediato ya estaba de vuelta. por el centinela? —Roshka tuvo un barrunto. ¿Por qué no huyeron inmediatamente como yo dije? —Erin no quiso irse sin ti. con un melondurazno en cada pata y un ramito de suculentas grosellas en el pico.

El ave blanca se presentó a Aeriel entonces. en profundidad. los sentía alejarse por el corredor. porque aunque de entonces en adelante tuvo Aeriel centinelas delante de su celda. comprendiendo que si los centinelas del soberano la vigilaban por la mirilla. Jamás te devolverá tu nombre. Sintió una penosa contracción en el estómago. Siempre que venía la garza con su carga de fruta. En sesenta horas llegaría a su ocaso. Antes nunca habían faltado tanto tiempo. Aparecieron sus ojos por la abertura. Aeriel y ella hablaban en voz baja. a decirte adiós. dejó de roer el último mendrugo que le habían traído los centinelas. con la esperanza de hallar adonde conducía. El temor se desvaneció en seguida. Investigando.. El día-mes iba transcurriendo poco a poco. La última vez que te visité estuve observando.Reunión de Gárgolas Meredith A. Le oyó abroncar furioso a sus soldados por jugar a los dados en el cruce del pasillo en lugar de montar la guardia junto a la celda. —He decidido que me causas más molestias de lo que vales. El soberano no volvió más. Erin y él habían comenzado a explorarlo. momentos antes de la puesta del sol. con el pájaro negro picoteando en tus sueños? — ¡Guardias! —gritó el soberano. —¿Qué tal has dormido estas últimas horas —preguntó Aeriel—. Reaparecieron sus ojos. ya no te volverá a encontrar.. Bien —rió con crueldad—. Aeriel alzó la mirada. como doce horas después. diciendo que Roshka y Erin habían bajado de nuevo al subterráneo y no habían salido todavía. La dama blanca me ha hecho saber que me devolverá mi nombre cuando capture a tus gárgolas. pasada la primera hora de vigilarla con inquietud asomándose de cuando en cuando. pequeña bruja. La punzada fue ya una conmoción cuando la garza volvió. Aeriel empezó a desesperarse cuando. Solstar descendía más y más. No quiero una bruja por esposa. No mucho tiempo después se presentó el soberano. Aeriel sintió una punzada de temor. —Eres una bruja —gritó el soberano—. Aeriel comía la fruta y sentía que empezaban a volverle las fuerzas. 120 . —Vengo. Al pronto sintió Aeriel un momento de pánico. Aeriel se sintió bañada por un sudor frío. Las sombras se alargaban. por debajo del estanque. llegaban hasta ella sus cuchicheos y el repiqueteo de las fichas en los tableros cuando jugaban a los dados. Oyó sus pasos por el corredor. la garza ya no podría volver. había encontrado un túnel que se prolongaba. con grandes ojeras oscuras. Comenzó a darles por perdidos. La comida se la traían los centinelas. Aeriel intercambiaba mensajes con Erin y el príncipe por medio del ave blanca. He visto a tu avechucho en la ventana. Pierce traído comida y una llave —murmuró—. ¿Es que los míos me traicionan? De ahora en adelante tendrás centinelas apostados aquí también. el ave blanca apareció por tercera vez sin noticia alguna. sin embargo. El soberano sonreía. con la entrada cubierta enteramente por la vegetación del cenador. —Es una embustera. Roshka mandó recado de que había descubierto una cavidad en la isla. y dijo que Erin y el príncipe no habían salido aún del subterráneo. inyectados en sangre.

—Me da lo mismo —dijo el soberano—. cosa extraña. ¿Cuánto tiempo había pasado? La cabeza le daba vueltas. —Adiós. y Aeriel pudo discernir que tenía figura humana. Hasta que. Aeriel le vio arrojar sobre el vano una pared argamasa. pues no cedían. —Pues entonces déjame marchar —clamó. —Mátame tú mismo. frenéticamente. intentó apalancarla. En los intersticios. Aeriel se encontró en tinieblas. se acercaba y acercaba. Todo clamor había expirado en su garganta.Reunión de Gárgolas Meredith A. pequeña bruja —respondió el soberano—. distinguió una luz. delante de la pared de la minúscula celda. muchísimo tiempo después. arremetió contra él. Mucho. pero debían de estar reforzados por fuera. Era pequeñita. Metió la mano en un saco que llevaba colgado al cinto y extrajo un ladrillo. Pero ya he probado lo suficiente de tu fuerza mágica. —No puedo. El último mendrugo que trajo el centinela contenía una droga. —Eoduin —exclamó casi sin voz—. cobarde —gritó Aeriel. contra la pared. llevas ya horas durmiendo. Apretó la mejilla contra la fresca pared de piedra. —¿Despertarme? —Aeriel movió negativamente la cabeza—. No pienso enzarzarme otra vez contigo. Ya el aire comenzaba a oler a viciado. De un amarillo pálido. excepto aquella fisura de claridad en torno a los ojos del soberano. eso te gustaría. como una llama. Le temblaban los miembros. El soberano soltó la carcajada. pero estaba bien firme. Con ojos atónitos. sin aliento. Avanzó a ciegas hasta el sitio de la ventana. Jadeando. Tentó los barrotes. La palpó a tientas. Si tabicas el respiradero ya no tendré aire. Toda luz desapareció de pronto de la pieza. En el exterior. y halló la cuña que cerraba la grieta. —Vas a matarme —dijo sin aliento—. la argamasa aún estaba blanda. sentía opresión en el pecho. La señora no lo permite. se irguió frente a ella. iba creciendo despacio. —No puedo quedarme —dijo la doncella—. por último. muy distante: aunque. La otra sonrió. Ya no te necesito. detrás. alta y oscilante. La raspó con las uñas y empujó los ladrillos entre los barrotes. Oyó su risa detrás de la mirilla. La luz no era ya más que un filo de cuchillo. Eoduin. No he dormido. ajustar el ladrillo y echar mano a otra. los ladrillos recientes. La pared ya no tenía fisuras. Aeriel se dejó caer al suelo. pequeña bruja —dijo el soberano. No podía tenerse en pie. comenzar a apretarlo. La empujó con fuerza. 121 . brillaba sin duda alguna allí mismo. Y entonces Aeriel le vio aplicar algo a la hendidura. ¿eh? Que echara abajo esta pared y me abalanzara sobre ti. —No me has olvidado en todos estos días-meses. iluminándola. clavados los ojos en la oscuridad sin aire. Pierce Aeriel giró en redondo.. —Sí que has dormido —dijo la otra—. Sólo he venido a despertarte. —Ah. el guardia puso en la ventana el último ladrillo. Aeriel dio voces.. e introdujo la cuña en la última rendija que quedaba. entonces. Por fuera de su ventana maniobraba uno de los guardias de palacio suspendido en una cuerda. —Eoduin —imploró Aeriel—. No puedo salir.

Pero ya Eoduin se alejaba de ella. ahora. Examinó por completo el resquicio condenado. Se ha resquebrajado y deja pasar el aire. despierta. —Pues abre bien los ojos. Encima mismo de ella. Pierce Aeriel abrió la boca en un esfuerzo por tomar aliento. Quedándose muy quieta. de figura ovalada. sino únicamente su caparazón. —El aire está viciado —dijo Aeriel con un gesto de asfixia. pero la exigua celda continuaba iluminada. como si hubiera servido de alojamiento a otra criatura que acabara de liberarse. Es el miedo el que te produce esa opresión en el pecho. Aeriel.. Incluso aquella débil iluminación la obligaba a entornar los párpados. Pero hay una fuente de aire en esta pieza de la que el soberano no sabe nada. Ya se ha pasado el efecto de la droga. Entonces escarbó en la pared de tierra. lo mismo que la mirilla. dando vueltas y vueltas sin cesar. empequeñeciéndose y palideciendo. Aeriel inspiró lenta. más puro. Si esta mazmorra tan chica estuviera realmente tabicada y sellada. habrías muerto mucho antes de que el soberano venga a sacarte de ella.. Respira hondo.. despedían una luz fresca y clara. ante la bloqueada ventana de la celda. —La ventana está cerrada a cal y canto. Aeriel parpadeó. siguiendo las resquebrajaduras. Tienes que descubrirla. revoloteaba un diminuto animalillo no mayor que su mano. No estás en una trampa mortal. Dos pares de alas sutiles como de encaje.. El soberano no pretende que mueras. La otra negó otra vez con la cabeza. volaba lentamente. Este aire fresco que percibes procede de esa fuente.. —Me ha encerrado en. La droga que venía en aquel mendrugo tenía por objeto hacerte dormir tan profundamente que pudieras permanecer emparedada en esta pieza doce horas sin asfixiarte. Podía respirar y el aire de la celda era ahora más fresco. como buscando algo. y.. al descubrirle. Sólo quiere asustarte. De pronto se acordó del polvolangostín. La doncella movió la cabeza. — ¿Despierta? —Dijo Aeriel—. notó una leve corriente en la mejilla. profundamente. más húmedo. Date prisa o perderás la luz. Cada blando aleteo intensificaba brevemente el resplandor. Aeriel lanzó una exclamación de desaliento. Despierta. El fanalvolante se cernía sobre su hoyito. Luego se contuvo.. renovó sus intentos en la mirilla y la ventana: ni una ni otra cedían. Revoloteaba en torno al ventanuco tapiado. En aquel rincón el aire parecía más fresco. No era su polvolangostín lo que veía. Tenía el cuerpo alargado en forma de dedo y de aspecto blando. por su parte. en alguna parte. Sin patas.Reunión de Gárgolas Meredith A. rajado a todo lo largo de la espalda y vacío. cosa extraña. El animalillo no se asustaba de ella. Luego se dirigió a la pared de tierra. Pero sólo comiste «una cortecita del mendrugo. si bien ahora la luz era blanca en vez de amarilla. Aeriel se acercó a esa pared. iluminada por un fulgor tenue. Al cabo de un rato pareció desinteresarse de la ventana y se puso a revolotear por el rincón opuesto de la celda. ya no sentía aquella especie de corsé apretándole las costillas ni le temblaban los miembros. explorando las fisuras una por una. Eoduin ya se había ido. Despierta estoy. 122 . —Escúchame bien —dijo Eoduin—... —No lo está. Allí había un respiradero. —La argamasa —dijo Aeriel—.

luego escogió una salida. —¿Eres tú mi polvolangostín? —inquirió con voz queda. 123 . y Aeriel seguía. removiéndola y trayéndola hacia sí. La criatura de alas de encaje se alejó revolando.Reunión de Gárgolas Meredith A. Ecos de deslizamientos de tierra le decían que. hasta venir a parar a un suelo de fría piedra. Le llevó un instante recobrar el aliento. se irguió en toda su estatura y oteó alrededor. Se empleaba Aeriel con todas sus fuerzas. más allá. Aeriel se enderezó. Aeriel forcejeaba y se iba introduciendo con habilidad. La lucecita desapareció por una estrecha abertura del lado opuesto de la cueva. Esta pudo ver que tenía muchos y largos bigotes. Aeriel cavó. El pasadizo tenía el techo de dura roca. Aeriel vio aberturas semejantes a cada lado. Parpadeando. La luz de las alas de encaje era muy tenue e iluminaba sólo una pequeña esfera de aire a su alrededor. El suelo. pero la corriente de aire fresco que procedía de la del fondo parecía más fuerte. El fanalvolante se alejó revoloteando a través de la gruta. el túnel se abrió en una cueva más amplia. el espacio era amplio. pero el aire que salía por ella era puro. Sus ojos estaban dispuestos sobre diminutos pedúnculos. El fanalvolante se puso a revolotear en torno al hoyo ensanchado. se sacudió la tierra. Se sintió resbalar por un suave declive. Al otro lado se extendía un túnel angosto y oscuro. Aeriel le siguió. Aeriel entreveía paredes a unos veinte pasos de distancia. Al cabo de un tiempo. de vuelta hacia la pared. empujando con los hombros para vencer la resistencia de la tierra. flojo y movedizo. Pierce El fanalvolante describía círculos en torno a la cabeza de Aeriel. Y justo en el ángulo donde pared y techo se encontraban. de paredes oblicuas que se juntaban por arriba. Aeriel se volvió de costado y se deslizó por ella. El fanalvolante se detuvo un momento en el aire. pero el suelo estaba seco bajo sus pies. como pulidas por el agua. Era de sólo dos palmos de larga y medio de alta. cedió inesperadamente. El fanalvolante revoloteaba en el espacio que se abría encima. El fanalvolante llevaba la delantera. Parecían lisas. Se hallaba en una cámara natural toda de piedra. distinguió Aeriel una fisura. El fanalvolante pasó volando por la abertura. Aeriel atacó la tierra.

Pierce Este pasillo era más ancho. 124 .Reunión de Gárgolas Meredith A. Aeriel tuvo que trotar. medio doblada. Aeriel tenía que caminar despacio. Empezó a dolerle la espalda y a agarrotársele las piernas. pero más bajo. El fanalvolante se le adelantaba más y más.

otras con escamas. para alcanzarla de nuevo. lagartos. tuvo la impresión de hallarse en subterráneos muy profundos. Se lo metió en el bolsillo del sayal y siguió al fanalvolante por un plegamiento de la roca. Miró a ver qué era y vio un pico diminuto. Todas ellas eran anguilas: algunas lisas. como si los hubieran ensanchado adrede en determinados puntos. ¿Pero dónde estaban ahora esos pobladores? Emigrados. y luego a elegantes golondrinas de mar con la cola ahorquillada. El suelo parecía más llano y más liso. El fanalvolante seguía volando delante de ella. las anguilas dieron paso a un surtido de peces. También éstos corrían derechos. sin embargo. pero corto y rechoncho. El suelo comenzó a bajar en marcado declive. los relieves tallados en las paredes se hicieron más 125 . Parecía volar con más apremio ahora. pensó. El fanalvolante se cernía inmóvil sobre su cabeza. Aquí los túneles cambiaban. De vez en cuando. Diminutos murciélagos parecían hervir a lo largo de la piedra. con estrías o branquias. Lo tocaba sin estirar el brazo. y algunas con aletas. Después. No mucho después. Con sobresalto. No había comido nada desde aquel último mendrugo con el narcótico. dando paso a una cámara mucho mayor que la de antes. De mala gana. pero corrían rectos. A intervalos aparecían pasillos transversales. como hecho para manos más pequeñas y vigorosas que las suyas. Aeriel se enderezó. El friso se elevaba en arcos sobre las puertas por donde pasaban. Pierce encorvada y todo. estirándose hasta hacer crujir la espalda. Debía de ser de noche. tan delicadamente talladas sus alas que Aeriel temía se rompiesen si las tocaba. El techo no era alto. Tendrían que volver a subir para emerger al aire. bastante pesado cuando lo levantó del suelo. Y la galería era amplia. Dirigiendo la mirada a la pared. vio figuras esculpidas que se extendían en un amplio friso. como en otro tiempo los pobladores del mundo subterráneo. Se dejó caer de hinojos un momento para descansar. había dicho el príncipe. El fanalvolante reanudó su vuelo. Al cabo de un rato. todo de metal pálido. Parecían en su mayor parte naturales. escarabajos y cangrejos. Acarició el pequeño y pesado zapapico que llevaba en el bolsillo interior del sayal y se preguntó qué clase de gente podría haber vivido allí. la luz del fanalvolante hacía destellar una gema pulida y abrillantada que figuraba un ojo. se percató de que el relieve de la piedra había cambiado bajo su mano. Aeriel podía extender los brazos y no tocar ambas paredes a la vez. salamandras y estincos. Eran todos criaturas que vivían en el subsuelo. como los corredores de una casa o las calles de un pueblo. Aeriel trompicó tras él. Considerando la altura del techo. a continuación. Debía de hacer ya tiempo que se había puesto Solstar. ¿Qué los había llamado Roshka? El pueblo subterráneo. Aeriel caminaba apoyándose con la mano en la pared. irregulares. Hacia la mitad del ancho recinto tropezó con algo. A poco el túnel se volvió a ensanchar.Reunión de Gárgolas Meredith A. Se agachó a frotarse los tobillos y las pantorrillas. muchas horas antes.

El fanalvolante se hallaba ahora a pocos pasos ante ellos. —Aeriel —susurró Erin—. Gritó ella misma. A la vuelta del recodo. Tú eres quien se está durmiendo. y comenzó a aporrearla—. más abajo. —No hay luz que valga —musitó el otro—. El corredor daba una vuelta brusca a la derecha. muy débilmente. luego otra vez a la izquierda. Pierce toscos y. Rompió a reír. mientras que la muchacha morena. continuaba delante. — ¡Corre. La luz del fanalvolante sólo era visible. dejaron de verse. Entonces reconoció Aeriel las voces. —Basta —boqueó Aeriel. como temerosa de que pudiera desvanecerse de pronto. Erin! Me tiene cogido por el brazo... no podía parar. inclinada sobre el brazo que tenía agarrado. tras la vuelta del recodo. lenta al principio. 126 . sin trabas de ningún género.. tan hecha a avanzar sin tregua. en la oscuridad. apagada. oyó un grito de alarma. que no se detuvo. luego puso ojos de asombro. allí —siseó la primera voz—. Chocó con algo. ¡Levanta! Una inspiración súbita. Aeriel. Doblado el cuerpo. en un susurro más vivo. forcejeando por soltarse.. Se agarró a ello. El fanalvolante. La muchacha morena escudriñó. a la luz del fanal volante otra vez. no te abandonaré —protestó Erin. haciendo muecas. ¡Una luz! Le contestó otra voz. soltando a Roshka para agarrar a Erin por las muñecas—. será un sueño. sin aliento. El príncipe la llevaba a remolque. a tropezones. la dominaban. La primera voz graznó: —Levántate. Roshka hizo visera con la mano para protegerse de la luz. —Me escapé de la celda del soberano cavando un túnel. El mareo. El hambre la extenuaba. ofuscada por la luz. por fin. llegaron los tres a la revuelta del túnel. como por agotamiento. He visto una luz. Basta —repitió—. Aeriel oyó movimiento delante de ella.. —No... Aeriel estaba tan asustada. El resplandor del fanalvolante se percibía ya muy lejano y tenue. dejó de pelear. La fatiga era como plomo en sus miembros. sin hablar al principio. Aeriel tuvo que aminorar el paso. no más que un rumor gutural. la arañaba y molía. de sorpresa. Algo la golpeó... Los ojos empezaron a cerrársele solos mientras caminaba. pero démonos prisa o perderemos la luz. que por primera vez hablaba alto ahora.Reunión de Gárgolas Meredith A. más bronco—: Una luz. —Allí. ruido de algo que se pone precipitadamente en pie. ¿cómo. Aeriel. Si soy yo. Aeriel se metió.? ¿Un trasgo de las cavernas? A trompicones.. por el estrecho recodo.. y el declive del piso era tan pronunciado. Una voz. y de repente se encontró en tinieblas. Se apresuraron por la galería abajo. Tenía la garganta terriblemente seca. Erin llevaba puesta una mano en la manga de Aeriel. por último. no puedo soltarme. tan reventada de cansancio. el enervamiento.. murmuró: —¿Qué es eso? —y luego.? —ahora era ella la que se agarraba al brazo de la muchacha rubia. —¿Qué es? —inquirió la voz inicial. El túnel descendía en pendiente más escarpada y se hacía tortuoso. Te estás quedando dormida. ¿Qué es esto.

Ariel tenía la sensación de que se hallaba ahora a mayor altitud que en ningún otro punto desde que penetrara en las cavernas. Se detuvo. La pulpa verde del frutarazo era resbaladiza y henchida de jugo. la besó y la atrajo hacia sí. titilando.. Pero Aeriel se atragantó de pronto. luego daba una vuelta cerrada. El príncipe alzó algo que acarreaba consigo y empezó a hurgar en ello. Pero daba mil vueltas y revueltas. Su pánico se disipó cuando tentó los dos albérzigos restantes. Sintió debilidad de repente. volvió la esquina y vio un arco que daba paso a otro corredor. Aeriel lo aceptó de buenísima gana. —Es todo lo que nos queda. correosos y dulces. Perdimos todo sentido de la orientación y encima se nos apagaron las antorchas. Palpó su mandolina. seguía su marcha revoloteando. Erin negó con la cabeza.. La segunda luz. había dicho Roshka? Le arrebató el hatillo y se puso a registrarlo como una desesperada. Quedó en silencio un momento. Roshka sacó dos frutarazos verdes y un puñado de sarmientos comestibles. Había prometido al Torrero conservar aquella fruta. El fanalvolante dobló el recodo y su luz pareció desvanecerse de repente. La muchacha morena caminaba a su lado. Roshka y Erin no los habían descubierto o no habían querido tocarlos. —¿Tenéis comida? —clamó Aeriel. Debéis de estar hambrientos. —Intentábamos ir en busca tuya —balbució—. Se me ocurrió que el pasadizo subterráneo de la isla podría conducir hasta él. Roshka la miraba y remiraba. Yo descubrí un túnel una vez. secándose los ojos. Allá abajo se extendían los bosques. Aeriel miró a Erin. Hace ya tiempo que se puso Solstar.. Tenía el estómago engurruñido y hecho una pelota—. interminablemente al parecer. abriéndose en fisuras cavernarias. Se hacía más escabroso. Pierce El corredor era ya completamente natural. en la oscuridad. No sé cuánto tiempo hemos pasado aquí abajo —dijo el príncipe.. Roshka traía provisiones. El techo se elevaba y elevaba. Aeriel se encontraba en una ladera escarpada. mirando con ojos atónitos Allá delante. Aeriel la enlazó con un brazo. —Más de setenta horas —dijo Aeriel—. oscilaban dos luces. pero ahora lo reconoció: la seda amarilla en que envolvía su mandolina. sin decir palabra. Pronto dieron alcance al fanalvolante. de niño. Aeriel se esforzó por seguirla. en una de las bodegas próximas a la cocina. el fanalvolante. Aeriel suspiró con alivio. lleno de la fragancia de los bosques y de la noche. de pronto. Una de las luces se mantenía fija. Siguieron al fanalvolante por las galerías ascendentes. se alzaba en una pendiente brusca. Lo último que comí fue un mendrugo de pan drogado antes de la puesta del sol. Sintió en la mejilla un golpe de aire fresco. el terrón de ámbar gris.Reunión de Gárgolas Meredith A. perdiéndose en la lobreguez de las alturas. —No hemos pasado hambre. lleno de recovecos. pero Erin y Roshka se 127 . ¿Todo lo que quedaba. y había tantos ramales. los pámpanos. las tres semillas de albérzigo. Estaba llorando. Aeriel no había prestado atención antes. y Aeriel pudo ver mejor a sus compañeros. El techo se elevaba a veces. El arco referido era una abertura. El camino. Una estrella. El camino comenzaba ahora a subir. Estrecho.

Pierce detuvieron junto a ella.Reunión de Gárgolas Meredith A. Permanecieron así un momento. mirando a su alrededor. respirando el aire deliciosamente embalsamado. 128 .

pero Roshka se interpuso entre ellos. y tan rápidamente que hizo bailar a la otra para quitarse de en medio. distinguió Aeriel la quinta del soberano. se cernía en el firmamento frente a ellos. Pero Aeriel reconoció la figura nívea. Ya podías haber acudido en busca nuestra —clamó Erin—. Lo asió y levantó con una exclamación de asombro. figuras que corrían.. Aeriel distinguió algo alargado. levantándose—.. lo dejó sin custodia. apretándose contra Aeriel. Ya podías. Pierce 13 LOS LUCÍFEROS La ladera era elevada. aunque no llevaba ningún arma. Allá abajo. Algo rebulló entonces junto a la boca de la cueva. se las acicaló con el pico. descollando por encima de otras. La mano de Roshka se fue derecha al cinto. —¿Bajo tierra? —exclamó el ave blanca—. si es que aparecíais. —Mirad. —Por fin —suspiró la garza. allá abajo. de madera oscura. no un murciélago. Aquí está tu bastón. sacando el pico de debajo de un ala. Erin se asustó y se echó atrás. La garza se encogió de hombros. El largo cuello se desplegó hacia arriba. Aeriel pasó los dedos por la madera nudosa y oscura. —Garza —exclamó Aeriel. y 129 . Pensé que tal vez lo necesitaras. Aeriel vio guardias. —¿Dónde. bajo los pies del ave blanca. al otro lado de los árboles. Aeriel siguió la línea de su brazo. Se advertía gran movimiento en los terrenos de la quinta. Aeriel vio a Erin torcer el gesto. Oceanus. como un enorme ojo nebuloso.? —comenzó Aeriel. —Qué gusto. Llevo qué sé yo las horas a la espera de que aparecieses. con la mayor negligencia. Esta es la salida más próxima de las vías que corren bajo la quinta del soberano.. También sé encontrar el principio y el fin de cualquier camino. saber que estabas tan segura de nuestra buena fortuna —la garza se volvió y fijó los ojos en ella—. Su piedra blanca rielaba al pálido fulgor de la Tierra. Sabía que tendríais que aparecer por aquí.. —Soy una mensajera —dijo— y puedo seguir todas las rutas que existen. La muchacha morena empezó a decir algo más.Reunión de Gárgolas Meredith A. Soy una garza. —Tu soberano. —¿Cómo supiste dónde tenías que esperarnos? El ave blanca esponjó las plumas. Flexionó las dos.

Pero tras ellos oían siempre perseguidores. Aeriel oyó entonces un son retumbante y profundo que ahogó las últimas palabras del ave blanca. gañidos y berridos. El soberano no tardará en enviar a sus cazadores. —Vamos —dijo—. me figuro yo. por detrás de alturas y elevaciones y a lo largo de cauces por donde no corría el agua. en su persecución. Aeriel creía ver al fanalvolante revoloteando. muy detrás de ellos. observando a los soldados que pululaban allá abajo. Parecían tan distantes. que seguían a la garza y bajaban ya por la ladera opuesta. Yo puedo enseñaros caminos ocultos para los cazadores. Ella y los otros prosiguieron su carrera. Aeriel salió disparada con los demás. Luego se volvió y se unió a los otros. en silencio. Aeriel. El soberano lanzó un grito y espoleó su montura. Aeriel le miró expectante. Erin tiraba a Aeriel del brazo. a poca altura sobre los montes. Luego hicieron un alto para dormir. Cuando Aeriel se despertó pocas 130 . —Aquí no hay más camino que éste —dijo—. vieron encontrarse dos partidas. Corrieron a la luz de las estrellas. Pero mi tío le da otro uso. La garza los guiaba a través de quebradas entre colinas. y luego Roshka. me temo. La garza ensayó sus alas. Aeriel permaneció parada sólo un momento más. tan pequeños. —Para llamar al ángel oscuro. —En otros tiempos se empleaba para convocar al pueblo a las armas o para que el soberano volviese de la montería si llegaba algún mensaje urgente. en las posesiones del soberano. una.. que no se destaquen los cuerpos sobre el cielo. a la luz de la Tierra.. Aeriel creyó oír.. El gong de Pirs. Su voz era tensa. Pierce en el silencio del aire nocturno percibió débilmente exclamaciones y gritos. —Parece que han descubierto tu fuga —dijo—. vamos. Chisss! Aprisa.Más vale que nos larguemos. En otra. caballero en su soberbio bridón negro. durante todo el tiempo que sus exhaustas fuerzas les permitieron. unas veces más cerca y otras menos: el resonar de los cascos de los caballos.. atrás en la distancia.. Pero no mucho después pareció como si hubiesen burlado a sus perseguidores. es para lo único que lo utiliza ahora. La garza los conducía a la sazón por un paso entre dos montañas. Oía perfectamente a los caballos patear entre la tupida maleza del monte. Entonces. allá muy lejos. pero también ese ruido se desvaneció pronto. —¿Y eso qué es? El príncipe no se volvió. ahora. volviéndose y mirando atrás. En una ocasión se acurrucaron en un barranco seco mientras una docena de jinetes pasaban con estrépito. A veces. —El gong —dijo en voz baja—. unos raros maullidos. Su respiración se hizo anhelante y dificultosa. Los jinetes se precipitaron en tromba hacia adelante. bajo las sombras de los árboles. El ave blanca planeaba delante de ellos. Tenemos que huir.. mandada por el propio soberano. los gritos de los jinetes. La garza se lanzó a los aires. las llamadas de los cuernos de caza entre los árboles. Sintió a Roshka contener el aliento. pero no para los ícaros. Erin montó la guardia.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Vamos —le rogaba—. oyó Aeriel a uno de los jinetes dar la alarma y le vio señalar con el dedo hacia ellos.

sorprendida. hacía esfuerzos por hablar. —Tantos —murmuraba Erin—. Ante su mirada se abría un valle ancho. todos encendidos en un inmenso torrente aéreo. deteniéndose—. para unirse a la corriente principal. pero. no detrás. que Aeriel. Aeriel se volvió hacia Roshka con un nudo en la garganta. lenta. —empezó a decir. con tal ausencia de temor.. la tierra por donde discurrían empezó a mostrarse árida y yerma. No tenían ya comida ni agua. También ella se había detenido. Entonces corrían. se dio cuenta. Llenando todo el valle de un lado a otro. Ahora se puso en marcha. borrando las estrellas en su avance hacia donde ella le aguardaba. —Esta es la traza que tiene el resto de Pirs —dijo el príncipe heredero— desde que mi tío detenta el poder. murmurando: —Mira. sino plantas de corteza lisa y cérea que podían abrirse golpeándolas con un canto. de acá y de allá. Una de estas luminarias pasó junto a Aeriel en su rumbo hacia abajo. millares de millares. no comprendía al principio. pero fue Erin la que súbitamente agarró a Aeriel por el brazo. Luego advirtió que la muchacha morena tenía la mirada puesta delante. Pequeños retazos de firmamento desaparecían. Roshka explicó que habían salido de las posesiones privadas del soberano. Iba transcurriendo. Frente a ellos estaba posándose la garza. Han vuelto.Reunión de Gárgolas Meredith A. Reanudaron la caminata. Tan brillantes. En la lejanía ardía una gigantesca hoguera.. Acababan de coronar una loma... Le vio venir de lejos aquel día sobre la llanura blanca de Avaric. Aeriel la interrumpió en seco. sobreponiéndose a sus 131 . No había ninguno en Pirs desde que vino el serafín. A partir de entonces ya no volvieron a oír ruidos de persecución. Se acordó de otra ocasión en que había visto un ángel oscuro. la noche. Iba a cogerle del brazo. de que la habían dejado dormir. A Aeriel se le paralizó la sangre en las venas.. Había miles y miles. de empinadas laderas. a trompicones y traspiés. a poca altura sobre el horizonte. Eran fanalvolantes. Sus palabras conmovieron a Aeriel.. y dormían tan sólo cuando ya no podían correr más. todos volando. Plantada sobre las altas escarpas de Terrain. allá atrás en la lejanía volvía a sonar el runrún de los cazadores. creyó vislumbrar Aeriel que algunas estrellas momentáneamente se eclipsaban. Vivían de ellas y de los frutos que encontraban... De improviso.. comprobó Aeriel y algunos venían revoloteando desde los cerros. deslizábase un río de bullidoras estrellas. —El ángel oscuro. hacia sus compañeras. recordando. A veces.. —Los lucíferos —exclamó Roshka. Aeriel no alcanzaba a verla: sólo distinguía sus resplandores en el cielo. Lo dijo con voz tan queda. siguiendo los meandros del valle. Hacia ella corría el caudal de criaturas aladas. Pierce horas más tarde y ellos la apremiaron a seguir la marcha. más. en su atontamiento. pero Roshka les enseñó una especie de piedras que había en los cauces secos y que no eran piedras ni muchísimo menos. volvían a aparecer: un borrón de tiniebla avanzaba. que se perdía serpenteante en la distancia. Habían transcurrido ya tres cuartos de la noche cuando allá detrás de ellos. destacándose sobre la oscuridad. y Aeriel imploró que ojala hubieran descaminado definitivamente a los cazadores.

Delante. Aeriel no podía llevar la cuenta. O nos siente por algún medio del que no tenemos idea. zarandeando a Erin—. casi encima de ellos. Aeriel miró atrás. Aeriel le había visto. Pero vamos. Frente a ellos. El alarido del ángel oscuro rasgaba de cuando en cuando el silencio. quizá. Erin y Roshka giraron en redondo. abatiéndose desde lo alto. —Pronto —gritó Aeriel—. Horas y horas. Era aquel fuego el que proyectaba en el cielo el resplandor hacia el que los fanalvolantes orientaban su rumbo. pero no pueden soportar la luz —calló y ayudó a Roshka a ponerse de pie—. blanca en mitad de su fulgor. el grito del ícaro desgarró el aire. pero las estrellas aladas le quitaban toda visibilidad. —Mira —musitó. Detrás. Todo alrededor de este faro los fanalvolantes giraban en torbellino. Erin soltó una exclamación. Aeriel y sus compañeros se dejaron caer. —Tal vez. —comenzó Erin. y oyó que Roshka venía detrás. No podía ver dónde estaba el ángel oscuro. —No ha llegado a. allá delante. La Antorcha está encendida. Aeriel acudió en su ayuda. La garza remontó el vuelo. Los ángeles oscuros tienen ojos penetrantes para la oscuridad. —No nos ha visto —dijo—. Debemos hacer lo mismo. —¿Nos oye? —inquirió Erin en voz baja. Sobre una altura escarpada que dominaba el valle. dando vueltas unos en torno a otros por turnos y parejas. No se atrevían a dormir. Llegaron al pie del peñón y subieron por la breve y abrupta pendiente hasta la base de la torre. La caída le había cortado el resuello—. Todo el valle estaba inundado por su luz. planeando en descenso hasta confundirse con el torrente de fanalvolantes. se tiró de bruces al suelo.. Los fanalvolantes giraron. —La Antorcha —musitó Roshka—. Cuando llegaron al fondo del valle.. Estaremos a salvo sólo mientras nos mantengamos en el torrente. pero de algún modo tiene que haber percibido que andamos por aquí. Aeriel sintió el viento de las alas del ícaro. Estridente y salvaje. vuelta la cara a un lado y haciendo pantalla con un brazo para protegerse los ojos de la luz de los fanalvolantes. Y nos huele. Cuando llegaron más cerca. para seguir luego su curso como si nada. por la cuesta abajo. espectral. Los lucíferos flotaban y revolaban alrededor. las montañas se separaban. Se iba quedando dormida mientras caminaba sin poder más.Reunión de Gárgolas Meredith A. los fanalvolantes los envolvían por completo. ¿Qué es eso? Los otros salieron de su modorra. La garza se posó un poco más allá. al pie de la 132 .. La garza se deslizaba. aceleraron su vuelo. Aeriel vio que la torre estaba hecha de piedra negra. delante de ellos. aprisa —dijo—. Pierce palabras.. Aeriel se pasó la mano por los ojos. Continuaron sin más demora. Flotó entre ellos. alzábase una soberbia torre toda coronada de lumbre resplandeciente. exhaustos. Siguieron con paso dificultoso y lento su camino. Su vivo fulgor habría rivalizado con el de Solstar. —No nos ha visto —murmuró el príncipe—. levantándose. Aeriel movió la cabeza. Ha pasado de largo. Empujó a Erin delante de ella. en la lejanía. De pronto le oyó chillar.

Erin se quitó de encima la capa de Aeriel y se incorporó. La minúscula criatura apenas se movía ya. que tiritaba de frío. Aeriel vio en ellas una perla. La perla destellaba en su mano. sin patas. dejaban de girar en torno a la torre. Aeriel se quitó la capa de viaje y se la echó por encima a Erin. revoloteando hasta tierra. Sus alas se oscurecían. —¿Eres mi polvolangostín? —preguntó con voz queda. 133 . desprendían un polvillo de plata sobre sus dedos. La garza la observaba encaramada sobre las rocas. Aeriel lanzó una exclamación entonces. —de pronto se pasó la mano por los ojos. —Pero aquella mujer dijo —murmuraba Roshka—. comenzaban a enfriarse. Aeriel ahuecó las manos. por algún medio que no se alcanzaba. Unos pocos se le posaron en los hombros. Lo tomó delicadamente en las manos. pero se agarraba a ella. pero el cuerpecillo se puso rígido y acabó por quedar inmóvil. Aeriel sintió rebullir algo en su hombro y vio sobre él un fanalvolante que se movía débilmente. No habían oído el grito del vampiro desde que entraron en la luz de la torre.. muchos otros a sus pies. Su cuerpo era dúctil como el más flexible de los guantes. revoloteaban sin dirección fija y mucho más despacio. Sus alas oscilaban inútilmente. al volver a la torre. Dirigió una mirada a Erin y Roshka y vio que se habían quedado traspuestos. al suelo. Uno tras otro. pues no tenían patas. Le temblaban las piernas por falta de sueño.Reunión de Gárgolas Meredith A. como percatándose de lo fatigadísimo que estaba. Los fanalvolantes empezaron a dispersarse. Aeriel se figuraba que no podría soportar tanta claridad. Pierce torre. Intentó sacudírselo a fin de que pudiese revolotear hasta el suelo como los demás. Los que habían aterrizado sobre los hombros de Aeriel se lanzaban al aire de nuevo. con escaso sentido de las muchas horas que pasaban. Tuvo que parpadear. Erin y Roshka estaban despiertos. en tanto que a su alrededor los lucíferos iban descendiendo a tierra. dando una vuelta y otra en sus manos juntas con las palmas hacia arriba. Aeriel se arrodilló para examinar a los fanalvolantes más de cerca. Sentía zumbidos en la cabeza. La luz de sus alas comenzó a amortiguarse. fluctuantes y lentos. y suspiró aliviada por haberse librado de él. Se guardó la perla en el seno. Luego dejaba poco a poco de moverse. Continuó mirando la danza. Aeriel lo comprobó en seguida. echándole el aliento con el propósito de calentarlo. El fanalvolante se contorsionaba. A Aeriel se le nubló la vista. Contemplaban la danza de los fanalvolantes. Cada uno excavaba una depresión en el terreno y descansaba sobre ella. Pestañeaban y miraban con asombro. Una de sus quebradizas alas se rompió y desprendió en su mano. descendían. desperezándose como un gato. como exhaustos. Ahora reptaban por el suelo como gusanos. aterciopeladas y levemente cálidas. haciendo pausados esfuerzos hasta haber depositado en el suelo una perla del tamaño de un garbanzo. La luz de sus alas se extinguía.. reclinados en la piedra. la campesina dijo que hasta que el heredero legítimo no. Sus alas. Dejó el animalillo en el suelo. como desconcertados por haberse dormido. pues los fanalvolantes estaban cayendo.

Aeriel se volvió. Tengo sombra —clamó. Aeriel vio encogerse sus sombras. señalaba. Soltó una exclamación. —Aeriel —gritó el príncipe—. El príncipe estaba desperezándose—. Roshka —la firmeza de su voz la sorprendió. si aquella avanzaba otro paso. y a pesar de todo. se erguía una figura. y no hay ningún sitio adonde escapar. abajo en la ladera. Los fanalvolantes habían caído ya todos. tírate al suelo.. Tres docenas de horas para que salga Solstar. La sangre corrió de pronto por sus venas fría como agua de pozo. Sus sombras no se proyectaban tan lejos. como si percibiese la sombra de Aeriel por el tacto. —Aeriel. Aeriel —gritó. La torre.. Estamos en la luz más viva que hay. —Vosotros dos debéis huir —dijo Aeriel—.Reunión de Gárgolas Meredith A. De pronto se quedó boquiabierta de pasmo. camina sobre tu sombra. Oyó a Roshka detrás de ella gritar y ponerse precipitadamente en pie. no arrojaba sombra alguna sobre la pendiente. miró y sintió escogérsele el corazón en el pecho con la impresión de un alfilerazo. Las alas negras que cubrían sus hombros se agitaron. jadeante—. Apártate. Con la otra mano tanteaba el aire ante él. Sentía las piernas como si estuvieran convirtiéndosele en polvo. Roshka se tiró de bruces al suelo. Erin y él se hallaban los dos a sus espaldas. a mayor altura en la ladera. viene. Cada vez que sus dedos se acercaban a la luz. arrastrando a Erin consigo. Que me lleve a mí en vez de 134 . Se le hizo un asfixiante nudo en la garganta. Aeriel extendió una mano indicándole que se mantuviese atrás. fija la vista más allá de Aeriel. La figura que se alzaba en su extremo avanzó un poco. retrocedían con presteza. con esta luz. Aeriel se apartó de la torre y se estremeció con violento sobresalto. protegiéndolos de la luz. —No —musitó Roshka—. La sombra de Aeriel se alargaba ante ella como un camino. —Tengo sombra —musitó. —No permitiré que te lleve —dijo. mirando con ojos atónitos. —Me ha encontrado por mi sombra. —Ya lo sé. amparada en la oscuridad de su sombra. Pierce Roshka bostezó. Queda un poco de noche todavía. con la otra. Al pie de la pendiente. Miraba sin respirar siquiera. No se volvió. sin color alguno. Mantenía un brazo cruzado sobre los ojos. que descollaba por encima de ellos. comenzó a hablar. Vestía los andrajos de lo que en otro tiempo debieron de ser hermosas galas. Vio la sombra de Erin alargarse de pronto en el suelo. No viene por vosotros. ¡Debemos huir! —¿Adonde? —preguntó Aeriel.. —se volvió hacia Erin y Roshka. Tengo sombra. Dio otro paso. despacio. sin salirse ni un ápice de su sombra. Aeriel sentía mucho frío y una paralización extraña: demasiado agotada para huir. Su piel era gris como ramaje muerto. oyó a la muchacha morena levantarse con precipitación. Con una mano asía el brazo de Roshka. no podía apartar los ojos de aquel ser que avanzaba a tientas hacia ella—. vuelve atrás. La sombra se extendía en el suelo como un retal de paño negro—. Erin alzó la mirada. —Es el serafín —chilló Erin—.

sosteniéndolo con la contera hacia adelante como una jabalina. Por un instante. mirándola con estupor. ningún acceso de debilidad en sus piernas. y se preguntó si la mirada del serafín la mataría antes de poder asestar un golpe. Pero aquel ícaro era hermoso: singularmente vibrante. el ícaro abrió los ojos: incoloros. latiéndole el corazón a tal punto que parecía querer salírsele por la boca.Reunión de Gárgolas Meredith A. los párpados permanecieron cerrados. La vio herir el brazo del ángel oscuro. como si hasta la escasa luz que llegaba amparado en su sombra le resultara penosa. que había ella rescatado en Avaric.. no mostró reacción alguna. a diferencia de aquel ícaro joven. y soltó un alarido. no! —oyó Aeriel gritar a Roshka. Por un momento. Pues. Aeriel oyó silbar una piedra. -Ni siquiera el miedo la dominaba ahora. y Roshka daba gritos que resonaban por encima de sus chillidos. Luego. toda su voluntad. Separó los labios. Todavía tenía un brazo cruzado sobre el rostro. desplegando sus alas ante ella sobre las escarpas de Terrain para descubrir un rostro tan hermoso que le hizo perder todo su temple. — ¡Erin. todos los músculos marchitos bajo la piel traslúcida. Aeriel! Dicen que mata con la mirada. extrañamente aplanados. Al parecer. cogió algo del suelo. Aeriel le veía hacer muecas. Lentamente. como si la visión de los ojos de la muchacha fuese algo demasiado 135 . Curiosamente familiar: tan semejante a aquel otro ángel oscuro que ella conociera. El ángel oscuro alzó los brazos. La sombra de la mano de Roshka aferró la de la muñeca de Erin. Aeriel casi tuvo la sensación de que podría perderse en ellas.. Sólo experimentaba repugnancia. bello y perfecto como de otro mundo.. Hizo una rara mueca. La expresión del ángel cambió de pronto: de hostilidad a extrañeza. Recordaba Aeriel bien a lo vivo aquel otro ángel oscuro. cubriéndose con ellos el rostro. Aeriel aferró con fuerza su báculo. y habría caído postrada ante él sin otra súplica que la de servirle o morir. Aeriel levantó de golpe su bastón.. No podía apartar los ojos de aquella cosa gris que tenía enfrente. Abrió la boca. — ¡No le mires a los ojos. Su carne blanquecina no se digno sangrar. éste era un verdadero ángel oscuro: un ente vacío. Su sombra se inclinó veloz. la muchacha morena intentaba abalanzarse hacia adelante. más calavera que carne. y luego a pasmo. y Aeriel vio con estremecimiento que su semblante era gris. el que se la llevó en las escarpas de Terrain. inacabado. Pierce a ti. Pero aquel ser no se inmutó. Con el otro brazo tanteaba el camino hacia ella. El serafín de Pirs se erguía ya a menos de dos pasos frente a ella. El ángel oscuro avanzó un paso más. agachó la cabeza. flotando en su vacío hasta quedarse también en nada.. Sólo las pupilas eran negras. todavía en la sombra. Pero el momento pasó. Sus sombras contendieron. las negras alas en reposo. intensas y parecían ir a sumirse a las tinieblas para la eternidad. Erin estaba chillando ahora. Aeriel se sintió a sí misma extrañamente impávida. como los de un pez o como culos de vaso. Ninguna fuerza que la atrajese ya.. El ángel retiró el brazo de sus ojos. No tenía alma La criatura fijó en ella su mirada.

porque mi hermana ha muerto. los ecos se desvanecieron. Se alejó veloz sobre las montañas. llenando la noche con sus alaridos. —Y decías que no eres una hechicera. trompicando ladera abajo por el camino de su sombra.. Hablaba Roshka: —Pero la vidente dijo. bajó el brazo. —Cuando vine a través del mar de Polvo —dijo—. ¿Esta torre? Se dirigía a Aeriel. pensé yo que querría decir. buscándola. El hijo de la bruja huía despavorido de ella. En Aeriel despuntó un recuerdo. Su Torrero me dijo que había muchas así. Pierce terrible de soportar.. Este parecía pender inerte y fláccido de su hombro. Dicen que en otro tiempo resplandecía con una luz semejante a la de Solstar. —La llamamos la Antorcha y señala el camino a Terrain. hasta que el heredero legítimo volviese. pero fue Roshka quien respondió. La miró de un modo muy intenso. Chilló de nuevo y. junto a la torre. sin dejar de mirar al ícaro. desembarqué junto a una torre como ésta. Aeriel se desplomó de cansancio. Se volvió y echó a andar. cual si el aire que a ella la envolvía fuese de alguna manera veneno para él. porque la gente no recorría ya los caminos en peregrinación —se interrumpió un momento para mirar hacia arriba—. dijo que todo Pirs estaba en tinieblas a causa de mi tío y de su serafín. El heredero legítimo soy yo. fluido y fresco. Pero con los años se fue amortiguando. porque tenía frío. haciéndola esplender. Erin había llegado a sus pies. oscuro. Volvió a serenarse el aire. Cuando llegó a la punta de la sombra. —¿Este sitio qué es? —preguntó—. Otra vez me he quedado sin sombra.. de suerte que cuando se alimentaba una llama se alimentaban todas —se acordó de la semilla de albérzigo que había arrojado a la luz. todas conectadas de algún modo. todavía con el bastón en alto. mucho frío. con estertores de asfixia. y se puso la capa de viaje. aunque se hallaba ya muy lejos. Miró por el suelo. —No lo soy. —Nada. La luz no volvería. Cuando Aeriel se cercioró de que otra vez podía moverse. —No tengo sombra —susurró de pronto. —Has ahuyentado al serafín —clamó Roshka—. Ella negó con la cabeza.. El bastón colgaba flojamente de su mano. Hasta que al fin éstas recobraron su ritmo y le elevaron por los aires. pero no la encontraba por ninguna parte. El valle quedó de nuevo en silencio.. ¿Qué has hecho? De nuevo negó ella con la cabeza. No lo entendía—. La muchacha morena la siguió con la vista. Volviese al poder. dijo. Ahora luce de nuevo.Reunión de Gárgolas Meredith A. Súbitamente miró a Aeriel. huyó a escape. dando media vuelta. dejando atrás al príncipe y a Erin. Finalmente. bien abiertos 136 . Aeriel se quedó como paralizada. agitando descompasadamente sus alas negras. Apareció el príncipe detrás de ella. saltó desde la pendiente con un tremendo azotar de alas. sin poder salir de su sorpresa. Le he mirado.

—Son aljófares —dijo Roshka. Pierce los ojos verdes en su afán escrutador. con cierto remilgo.. Erin le ayudaba en la faena. haciendo visera con la mano sobre los ojos. Terneralunera. —Son huevos de fanalvolante.». Ellas gañían y lloriqueaban. Entretanto. el silencio era frío y estático. —¿Por qué hacéis eso? —preguntó Aeriel. el animal relinchó. pero sin jinete. pero Aeriel estaba ya en los umbrales del sueño. Aeriel se puso de rodillas. —¿Qué habéis hecho? La sangre era añeja y no de ellas. cuando súbitamente se detuvo. Se recostó en la torre. Grisela y Gatavolanda bajaban brincando hacia ella por la ladera.. Subían y se arremolinaban lo mismo que hojas transparentes. incorporándose.. Había sangre reseca en el belfo de la Grisela y en una de las garras de la Gatavolanda. La muchacha morena la tocó y dijo algo. Sólo quedaron las perlas. La otra figura se mantenía apartada. —Mis gárgolas —exclamó. la tierra será fértil de nuevo. mira. lo primero que vio fue a Roshka recogiendo perlas. Aeriel alzó la vista y reparó en la terneralunera que descendía por la pendiente arreando delante de ella un arrogante y esbelto caballo negro. les pasó las manos por el huesudo pellejo. Cerró los ojos. como si hasta ese momento no hubiese reparado en ellas. —Debemos recogerlas —dijo Roshka —y llevárselas a las grandes familias. Sólo sal mineral. A la llamada del príncipe. — ¡Nocherniego! —la terneralunera brincó a un lado. sino de cuatro pies. El príncipe movió la cabeza. Aeriel supo lo que se le había pasado por las mientes en ese momento con la misma certeza que si lo hubiera pensado ella misma.. barriendo los fanalvolantes muertos. —Terneralunera —la llamó Aeriel—. Y silbó. se tendió en el suelo. Oyó al príncipe exclamar de pronto: « ¡Perlas! Erin. Se había quitado el turbante de la cabeza y atado las puntas. Ella le devolvió la mirada y el príncipe apartó la suya de pronto. A su alrededor. —Debo dormir. —Corindón —dijo Aeriel. Y estaba Aeriel masticando sin interés el seco y amargo liquen. —Los lucíferos proceden del Mar de Polvo. ensillado y embridado. En la parte alta del valle habían aparecido unas figuras grises: no humanas. Grisela y Gatavolanda llegaron a su lado. 137 . inquisitivo. Tenía el cabello corto y rubio. —Nos traen una montura —clamó Roshka. Erin dejó la recolección y trajo a Aeriel algo de comer. Aeriel se sobresaltó. jadeando revolcándose y mordisqueándose juguetonas. pero el corcel del soberano se vino derecho a hocicar al príncipe. doblando y jugando sus miembros extrañamente articulados y moviendo sus esqueléticos cuerpos con una gracia fantástica. Aeriel se sentía abrumada por un intenso cansancio. Dentro de estas perlas no hay crías. Erin vino a arrodillarse al lado de Aeriel. Cuando despertó. una maraña de cuernos en la cabeza.Reunión de Gárgolas Meredith A. Entonces se levantó el viento de la noche. desviando su trayectoria. Donde se siembren estas perlas. reclinando la frente en un brazo.

La terneralunera se acercó un poco más. seguro indicio de que se sustentaban cazando por su cuenta. —Tu pelo —dijo con voz suave— y tu piel son muy semejantes a los míos. Mi vieja nodriza en casa del síndico. te lo aseguro. —Miraba sin intención. Por fin rayó el alba en un resplandor blanco que cubría toda la extensión del valle. y tu complexión —se apartó entonces del caballo negro—. El príncipe se arrodilló frente a ella. arrimándose del todo por fin. —La doncella de Erika dijo que vio cómo se llevaban a mi hermana. Pierce Este le acarició la larga crin—. Aeriel no contestó. Las otras gárgolas desaparecían de cuando en cuando. o debí de nacer. un poco apartado de él el rostro. más forzadamente de lo que se proponía—. No tengo recuerdo de parientes de ninguna clase. Roshka continuó su recogida de perlas para llenar las alforjas de Nocherniego. Roshka desvió la mirada. dejaremos que sus mujeres videntes decidan. —Crees que soy ella. El soberano opinaba que me parezco a tu madre. mientras que el caballo negro y la terneralunera pacían en la yerma ladera del valle. Hasta tu nombre. —Al comienzo. Porque la Antorcha luce. Las grandes familias están al norte de nosotros. — ¿Se la llevó un pájaro blanco? —Clamó Aeriel—. Porque tengo los ojos verdes —le miró—. ¿verdad? —dijo Aeriel—. con sus gruesos tallos semejantes a piedras.. Dejó pasar en silencio las horas de la quincena de sombra. Llevas mirándome así desde que llegamos a este sitio. bebiendo a sorbos de una matadepiedra—. La luz de la torre se atenuó mucho. la silla de su lomo. —Ese te lo daría algún tratante de esclavos —exclamó Roshka—. —Fue Bomba quien me puso mi nombre —contestó Aeriel. Yo procedo de Terrain. —Terneralunera —repitió Aeriel suavemente.. —Cuando nos presentemos ante las grandes familias —dijo—. La garza desapareció en su bordón. y se preguntaba cuánto les quedaría aún para Orm. Estaba sentada. Nocherniego. —Nocherniego nos llevará cuando partamos —dijo—. El joven dejó de simular que ajustaba la cincha. —-Mi nombre es Aeriel. Iba transcurriendo la quincena de noche.. les quitaba la sangre de la piel.Reunión de Gárgolas Meredith A.. pensando en el poema de las doncellas. El bridón de mi padre. El príncipe bajó rápidamente los ojos. Erin entretanto acariciaba a las otras dos. el nombre de mi hermana. Roshka quitó el bocado y la brida de la boca del caballo. Erin hizo provisión de matas acuíferas. Roshka ensilló y embridó a Nocherniego. diciendo que estaba cansada y quería descansar. Nací allí. por contraste. Se puso a tensar la cincha de Nocherniego. Tocó a Aeriel con su morro gris.. No tengo familia y mi nombre es Aeriel. —¿Por qué me miras de esa manera? —le preguntó Aeriel al fin. La quería mucho —quedó un momento en silencio—. y un poco al este. cuando emprendí este viaje. Tañía su mandolina. hace muchos días-meses —le 138 .. Tu nombre auténtico es Erryl. ahora. Aeriel rebuscó semillas y líquenes para la comida. aunque mucho más pálidos. Aeriel pasaba los dedos por su bordón con aire malhumorado. Tu voz es como la mía. Tu hermana murió.

resignándose.. Id con las grandes familias y esperadme allí. reteniéndola. una novia en el templo ha de entrar en la llama. me guiaba por unos versos: Meredith A. encontrándose de nuevo con los ojos de sus interlocutores—. Vete con Roshka. —No me abandones —dijo. Y luego. —No me iré con él —dijo—. El príncipe enlazó con sus brazos a la muchacha morena. cruzando el mar. derrocada la arpía de la Bruja por fin. La muchacha morena se apartó de ella. —No me dejes —imploró Erin. También ella movió la cabeza negativamente. no consientas que me siga. ¿Tienen algún significado para ti? El príncipe negó con la cabeza. Aeriel se inclinó y la besó en los ojos. Erin —dijo—. Y a los segundogénitos. te llevaré —dijo Aeriel—. Roshka —murmuró Aeriel con voz ahogada. forcejeando por librarse de los brazos de Erin—. con voz más suave—: Yo no soy tu hermana Erin la asió por la manga. Pirs necesita a su soberana. Yo no me separaré de ti. Aeriel se volvió. —Terrain es un país de tratantes de esclavos —dijo—. Erin se debatió contra él. contar con nuevas flechas. ¿Tú crees que soy la princesa de Pirs. Te seguiré a ti. —Tú eres su soberano —dijo Aeriel. lejos de la ciudad de Esternesse.. La Bruja Blanca me persigue. Aeriel bajó los ojos. Tú eres Aeriel. Aeriel le acarició la mejilla. Ahora estoy convencida de ello. en una piedra un festín. Aeriel miró entonces a Erin. —Y tú. hay que hallarles bridón. Quiero ir contigo adonde tú vayas. —Casi se me habían olvidado —echó una mirada a Roshka—. frente a ella. Aeriel suspiró. Tenía las mejillas humedecidas. 139 . Y así. La muchacha morena se había acercado y estaba escuchando. Pierce Pero antes han de unirse aquellos que los ícaros reclaman. —No —musitó—. Erin. Volveré por ti. reaccionó con vivo sobresalto. que miraba a Aeriel. también? —No lo sé ni me importa —clamó la muchacha morena—. cuando haya probado del árbol una princesa real. ¿Cómo te volveré a encontrar si no estás con Roshka? —Prometiste llevarme —dijo Erin—. dar alas a un bastón. entonces. —Entonces tendré que preguntar lo que significa a la sibila de Orm —alzó la mirada. —Y te llevaré. sucederá: una junta de gárgolas. —No debes hacer eso —exclamó Aeriel—.Reunión de Gárgolas dijo—. Llévame contigo. —Hermana —clamó Roshka—. allende el Mar de Polvo. le soltó la manga. a esas islas donde habita la gente morena. —Volveré por ti —la muchacha morena se aferró a ella y se resistía a soltarse—. pero sus ojos brillaban con vehemente resolución y su voz sonó muy tranquila. Allí no estaré segura y tampoco lo estarías tú.

prorrumpió en llanto. y la estrechó junto a él. —Volveré con vosotros —voceó Aeriel. con una expresión de estupor tan enorme que Aeriel se quedó perpleja. Erin exhaló un leve gemido. Yo tampoco puedo retenerte. pero tienes que prometer que volverás. —No tardaré mucho —dijo Aeriel. caminando de espaldas. y Erin dio un grito. Silbó a sus gárgolas. El caballo se movía de lado. Aeriel se echó al hombro su hatillo y recogió su bastón.Reunión de Gárgolas Meredith A. —No puedo llevarte conmigo —susurró—. a la descubierta. Aeriel se apartó de ella. Sentía en la garganta un nudo que la estrangulaba. desorbitaba los ojos. No me atrevo. Gatavolanda y Grisela caminaban a sus flancos. y esperó que fuese verdad. Y así emprendió Aeriel su viaje. no me abandones —decía Erin con voz entrecortada—. 140 . por el camino abajo hacia Terrain. entre la luz de la torre y la de Solstar. La muchacha morena forcejeaba en los brazos del príncipe. Con la otra mano. Detrás de ella sintió a Erin y a Roshka soltar una exclamación al unísono. pero su vista se tendía más allá de ella. Era como si no la viesen. Miraban hacia ella. no te vayas. Sé que lo eres. como si hubiera desaparecido súbitamente de su campo de visión. Se cubrió el rostro con las manos. hacia el sol. alejándose de ellos. Volvió la cabeza y los vio a los dos patidifusos. se deslizó de los brazos de Roshka al suelo. Roshka se arrodilló. —No. que brincaron y acudieron al galope. Aeriel dio media vuelta mecánicamente y siguió a las gárgolas. La vista se le borraba. Finalmente se volvió y se desprendió del todo. se le iba. Pierce —Eres mi hermana —dijo Roshka—. como a su través. Aeriel. Se levantó la capucha para protegerse del blanco resplandor solar. sin sombra. temblando violentamente. asió la brida de Nocherniego. y la Terneralunera iba delante.

Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce 141 .

Y cansadísima. El camino orientaba su rumbo muy aproximadamente hacia el norte. se sorprendió añorando a Talb el duaroc y su saquito de terciopelo. comprobó. La muchacha rubia no le quitaba ojo. allá delante. el lampo de estrella y el piorno de mírame y no me toques. Acá y allá los aludes habían dejado cicatrices en la quebrajosa superficie de los barrancos. Una figura doblaba el recodo del camino. registrando su hatillo. crecían tupidamente el abeto frondoso y la recia avena rastrera. a la sombra del peñasco. pero no.. El viajero era de muy corta estatura. Aeriel salió con sobresalto de sus cavilaciones. Debía de haber acabado con lo poco que traía de Pirs en su última acampada. Una vez más. Allá abajo. firme y rápido el paso. Caminaba Aeriel con la capucha subida para escudarse del sol. en vez de grises. fuente de exquisiteces. Dos de sus gárgolas estaban echadas. La figura venía envuelta en un largo sayal oscuro con un gran capuchón que le tapaba la cara y los ojos. pero enderezó a tiempo su rumbo. El faldón arrastraba por tierra. Se sentía además aterida de frío. Contempló un instante los dos últimos albérzigos. Se detuvo en una vuelta que daba la carretera en torno a un peñasco y se sentó al sol. Al cabo de un momento se levantó y avanzó en diagonal por la 142 . Hasta que se dio cuenta de que estaba terriblemente hambrienta. A punto estuvo de desviarse y caer por el barranco. poco más de la mitad de la suya propia. Aeriel tenía un hambre canina. pero el viajero pasó casi rozándola sin dar muestras de haberla visto. La figura tropezó con el faldón de su sayal y cayó de bruces en mitad del camino. Las gárgolas que le flanqueaban habían empezado a gruñir. La viajera no se encontraba con nadie. y en las laderas altas. por haber marchado la última hora a la sombra de un precipicio. Las rocas eran ahora color crema. los acarició. Los volvió a guardar y se puso a otear el árido camino. y se tomaba poco descanso. Y no llevaba nada de comer.. preguntándose qué raíz o simiente podría rebuscar allí. advirtió Aeriel al acercársele. en los valles donde se recogía el aire más denso. jadeantes. La tercera ramoneaba a la orilla del camino.. La terneralunera se espantó.Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce 14 EL MAGO Un tercio de su recorrido hacia el cénit llevaba ya cubierto Solstar cuando Aeriel supo que había cruzado la raya de Terrain. como le aconteciera en la playa de Bern. Las mangas le cubrían hasta la punta de los dedos. evitaba las poblaciones. más adelante.

Grisela había comenzado a farfullar y Gatavolanda a ulular—. ¿Dónde conseguiste una capadiurna. confundida—. monstruosidades. parpadeando. arrodillándose delante del hombrecillo—. La figura giró en redondo.. —Eh. —Talb —dijo alborozada—. directamente delante de él ahora. — ¡Basta ya! —exclamó el pequeño mago—. palpando el aire con las manos totalmente cubiertas por las mangas. forcejeando con su caperuza—. ¿Es que no me ves? —se echó atrás la capucha para verle a él mejor. Terneralunera.. El duaroc miró a un lado y a otro. ¿Dónde estás. Aeriel soltó una pequeña exclamación. y luego pasó los dedos apreciativamente por la textura de la capa de ella. Pierce vereda. ¡qué asco le tengo! ¡Uf! Volvió a chocar con la ladera. frente a la muchacha. soy un hechicero. —No soy hechicera —respondió— y no pienso hacerte ningún mal. Aeriel aquietó a las gárgolas con una palabra. ahora. La figura se zambulló en la sombra de la roca y se echó atrás la capucha. más allá. Grisela se puso a gañir y Gatavolanda a bufar. ¿Pero dónde estás? Bonita salutación es ésta. —Es una simple capa de viaje —dijo la muchacha. — ¡Mala peste se coma este sayo! Así se lo lleve la bruja. poniéndose de pie—. enfocó la vista derecho a través de ella. pues había reconocido la cara amojamada. chiquilla? —Aquí —dijo Aeriel. Aeriel agarró a la Grisela por el pellejo de la cerviz y la zarandeó para aquietarla. Soy Aeriel. —¿Aeriel? —dijo—. Pequeño mago de Downwending. Sólo quería prevenirte de que el mal te lo vas a hacer tú si no miras por dónde andas.. El duaroc estaba allí parado. Te aviso —gritó la figura—. y más te valdrá serlo tú también si piensas hacerme algún mal. envió para abajo un diluvio de piedrecillas. De pronto reparó en las gárgolas. No tardó en darse contra la ladera. si se puede saber? Bien podía yo haber llevado una estos últimos días-meses. La 143 . —¿Aeriel? —exclamó la figura. que lo observaba todo boquiabierta. Gatavolanda se escabulló por detrás de ella. Miró un momento con asombro y luego se echó a reír. ¿Dónde hay una sombra? Tanteó con los brazos un momento hasta que toparon con la sombra del peñasco. encaramada en la falda del monte. Acabad de una vez. —Estoy aquí mismo —contestó. los ojos gris piedra y la larga barba retorcida.. —Claro que te veo. —¿Qué es eso? ¿Quién está ahí? —inquirió una voz sofocada en paño. por fin.Reunión de Gárgolas Meredith A. Señaló con un gesto el sayo que vestía y que tan mal le sentaba. ¿qué te propones? Quítate esa caperuza o te vas a matar.. amigo —le dijo. deteniéndose con una maldición ahogada. Aeriel. Los ojos del duaroc la descubrieron de súbito.. El pequeño mago frunció el entrecejo. ¿Has dicho Aeriel? No oigo bien con este saco. sal y apacigua a tus bestias. en vez de este desdichado ropón. hija. con vivo sobresalto.

palpó el material ella misma. Los que llevan capadiurnas siempre se ven a sí mismos —se puso la capa. El duaroc la extendió de una sacudida—. —Dame tu capa —dijo. ¿Únicamente obra a la luz del sol. al fin. porque es invisible a la luz de Solstar. entonces. Vio huellas de pasos. porque los Antiguos nos hicieron para habitar el mundo subterráneo. —Te sienta bien —las palabras le salieron solas. Aeriel continuaba viéndole. Las gárgolas gimotearon. ninguna forma. Y apártate de la sombra... pero ninguna sombra. tenemos que vestir una capadiurna. Pero Aeriel apenas si le escuchaba ya. me convertiría en piedra. ¿Qué tiene de particular? —¿No me irás a decir —exclamó el duaroc— que has hecho todo el recorrido desde Bern hasta aquí con una capadiurna y no te has dado cuenta? Aeriel miró y remiró la prenda. —Es una virtud de las capadiurnas.. —Ante tu propia vista. al pasar de nuevo a la sombra del peñasco. no.. Pierce conseguí en Bern hace cuatro días-meses. — pasó a la luz de Solstar. y Aeriel así lo hizo. como tú. o envolvernos por completo en otra cosa. pero como soy un duaroc. Hasta que el pequeño mago reapareció. con muchos pliegues. No podemos soportar la luz de Solstar. Pero levántala. Eso. —¿Pero en qué se diferencia mi capa de la tuya? —preguntó Aeriel. —Son los míos los que hacen estas capas —dijo el hombrecillo—. alto y esbelto. holgado. —Naturalmente. no se me ocurrirá echarme atrás la capucha a pleno sol —dijo—. claro por fuera. sin saber qué decir.. más oscuro por dentro. por supuesto. desde luego —repuso el hombrecillo—. —lo hizo así. Yo nunca me esfumé. y por eso Roshka y ella me miraron de pronto tan asustados cuando los dejé. No sucedía nada. Volvió a fijar la atención en el duaroc. La fibra y la textura son de tal naturaleza (un arte antiguo. total y perfectamente. amoldándose a su cuerpo mucho más bajo y rechoncho exactamente como se había ajustado al de ella. y se echó a reír—. por eso se sobresaltó Nat de aquella forma la primera vez que me vio. dices? Por eso porfiaba Erin que me aparecí como si saliera del aire —clamó—.. El zagal de las cabras me llamó hechicera. el ser siempre de la talla justa del que 144 . El duaroc asintió con la cabeza. Oía la risita del duaroc y un rumor como de alguien que andaba medio arrastrando los pies. Aeriel se llevó un buen susto. —Naturalmente —respondió el mago—. a la sombra de la roca—. pues efectivamente la capa le venía pintiparada. El pequeño mago se despojó entonces de su capa polvorienta. Le pareció como siempre le había parecido. y se esfumó. porque tengo la capucha bajada.. que lamento no haber aprendido) que hacen invisible de día al que lleva puesta la capa. —¿Invisible? —dijo Aeriel. —Pues yo te veo ahora —dijo Aeriel. —La capucha —murmuraba—..Reunión de Gárgolas Meredith A.. Podemos viajar de noche sin dificultad. Debajo llevaba la vestimenta que recordaba bien Aeriel: un traje gris. pero cuando nos vemos precisados a salir a la superficie de día.. muy suave. Del camino se alzaban nubéculas de polvo... con mucho cuidado de permanecer enteramente a la sombra del peñasco. Entonces me haría visible.

con luz artificial. junto con un ramito de hojas aromáticas secas. gajos de nuez sin cascara y las suculentas setas blancas a las que era tan aficionado. El hombrecillo refirió a Aeriel todo lo que había acontecido desde que se separaron en Avaric medio año atrás. Aeriel le miró. Aeriel recordó de pronto lo hambrienta que estaba. Entonces no es de extrañar que la Bruja Blanca no haya logrado encontrarte todavía. a fin de que Aeriel y su príncipe tuvieran tiempo de tejer su vela con las plumas del ángel oscuro y huir a Isternes. forzado a evitar ya siempre desde entonces a los sabuesos de la bruja. aunque él se encuentra a salvo en Esternesse. porque ahora no tenía puesta la capadiurna. Aeriel recogió unos palitos y el pequeño mago encendió lumbre. el duaroc sacó de uno de sus bolsillos un perol chiquitín. que llenó de agua de una cantimplora. Empezó a hurgar en los innumerables bolsillos de su traje. fingiendo ser sirviente de su «hijo». bajas y lamedoras. envuelta en binzas. y se comieron las setas entre puñados de gajos de nuez.Reunión de Gárgolas Meredith A. Vamos a comer primero. —Oh. sorbiendo su té. Pierce las lleva. Finalmente su relato concluyó. Asaron también la raíz licorosa. y supongo que al príncipe Irrylath también. La mención del nombre de su esposo produjo a Aeriel una dolorosa sensación en el pecho. Asaron los melones hasta que se abrieron. Contó a Aeriel el grito que pegó la bruja cuando al fin supo que Irrylath se había perdido para ella y la fuga que él hubo de emprender en aquel mismo momento. Pero tengo apetito. amarilla. bañándola con el jugo de las zarzapomas. vio con súbito alivio que proyectaba sombra de nuevo. zarzapomas gordas y sonrosadas. en medias cortezas de melón a guisa de tazas. sí. ¿La has llevado con la capucha levantada durante las horas de sol. Luego. y puso las hojas en infusión hasta obtener un té de color verde oscuro que olía a jengibre y sabía a lima. con no poca sorpresa de Aeriel. Lo bebieron despacito. una vez más el hombrecillo se echó a reír—. no tengo sombra —pero mirándose los pies. estirando los miembros como quien está muerto de cansancio tras un largo viaje. El viaje que hizo hasta el palacio de la bruja. —¿Qué sabes tú de la persecución de la Bruja Blanca? —le preguntó con voz queda. El hombrecillo escrutó a Aeriel un momento. El otro cambió de postura en su asiento. a ti y a mí. recostándose en la peña—. hija —respondió al cabo—. Lleva todos estos días-meses persiguiéndonos. —Quien lleva una capa diurna no proyecta sombra con ninguna luz —se sentó. de fría piedra blanca. Volvió el rostro para que el pequeño mago no la viera. habían comido hasta no poder más. El duaroc sacó meloncitos del tamaño de puños. —¿Te sentías muy desdichada en Esternesse? 145 . raíz licorosa. Incluso por la noche. hija mía? —y cuando Aeriel movió la cabeza afirmativamente. —Pienso ponerte al corriente. —¿Por eso es por lo que no tenía sombra? —preguntó Aeriel—. Y se pusieron a comer. crujiendo y siseando sobre las llamas. saboreándolo. El duaroc volvió a asentir con el gesto.

. entonces. Al llegar a este punto. —¿Tú crees? —preguntó afablemente el pequeño mago—. Me recitaron la segunda parte del poema de Ravenna — miró al duaroc—. ¿Es que nunca iba a encontrar la respuesta? ¿No había nadie capaz de ayudarla más que la sibila de Orm? Le daban escalofríos sólo de pensarlo. derrocada la arpía de la Bruja por fin. Por eso me puse en camino. bridón. El hombrecillo hizo un gesto de asentimiento. recítamelo. —¿Ah. reclinando la cabeza en Grisela.. más pequeña. —Apenas entendía la primera parte. No quería pensar en Irrylath. Aeriel miró para otro lado. El duaroc pasó los dedos por él. Aeriel se abrazó a Grisela. probando el astil. cuando nos separamos. hija. dar alas a un bastón. allende el Mar de Polvo. No puedo asegurarlo —lo guardó en el bolsillo de la capadiurna—. y le habló del soberano de Pirs y de las cavernas del pueblo subterráneo que allí existen. las que fueran esposas del vampiro en Avaric. Tan fatigada y tan harta de viajar como estaba.. y la misión apenas había comenzado siquiera. hay que hallarles bridón. o un martillo de herrero —murmuró—. El único aborrecimiento que vi en él fue el de sí mismo. cuando haya probado del árbol una princesa real. es lo único que comprendo —dijo—. Y Aeriel dijo: Pero antes han de unirse aquellos que los ícaros reclaman. En todo el viaje desde Avaric no he visto a ningún otro de mi especie. sí? —murmuró—. le enseñó el pequeño zapapico que había encontrado. Pierce Aeriel suspiró. lejos de la ciudad de Esternesse. Le contó la plaga que asolaba Zambul. el encuentro con Erin y Roshka. temblando levemente. Aeriel rió. No te lo habría enseñado mejor yo mismo. —Esa parte que se refiere a encontrar monturas. Pero es extraño. —Una piqueta de minero. una novia en el templo ha de entrar en la llama. —Voy a Orm —le dijo— a preguntar a la sibila el significado. contar con nuevas flechas. y Aeriel sintió elevársele el ánimo un poquito. Sus 146 . —Te lo has aprendido a la perfección —dijo—. del guardián de la luz y de la ciudad de los ladrones. Se adaptaba perfectamente a su mano. ¿Se le notaba tanto? —Irrylath aborrece mi presencia —dijo. y a los segundogénitos. Le sonrió agradecida—. ¿Lo entiendes tú? Pero el duaroc negó con la cabeza. —Iré contigo —respondió el pequeño mago... Y Aeriel habló entonces de la travesía del Mar de Polvo. sucederá: una junta de gárgolas.Reunión de Gárgolas Meredith A. en la piedra un festín. —Se me presentaron unas doncellas —dijo—. El mago enarcó las cejas. A ver. Y así. Pero cuéntame lo que ha sucedido para traerte hasta aquí —dijo el duaroc.

¿Por qué? El hombrecillo que tenía delante se encogió de hombros. sin embargo. pero con las tres que tú tienes. ¿Dónde las he puesto? Aquí está.. Puedes tener la seguridad de que todavía nos persigue. Cuando salía de Elver. y la única contestación que he obtenido de los superficiales que todavía nos recuerdan es: «Los pobladores subterráneos se han marchado.. la bruja da caza a mis gárgolas. —Es raro. 147 .. Movió la cabeza—. lo ignoro. Cualquiera que sea el designio de la bruja a su respecto.. y de la Antorcha resplandeciente. acariciándose la larga barba gris.. —¿Casi todas? —dijo Aeriel—. Ahora lo miraba fascinada. pues aquí dentro —respondió. Para mayor seguridad. me puse a buscarlas y reunirlas.. Estaba todo más allá de su comprensión. Sólo he dado con tres. Pierce galerías están desiertas. ¿Crees que un serafín no es capaz de ver eso cuando te mira al fondo de los ojos? El duaroc meneó la cabeza. Aeriel lo reconoció en seguida. Aeriel le miró. Tú las tienes. aquel saquito contenía todos los alimentos que ella necesitó por espacio de días-meses. y huido. Pero si la bruja ha mandado llamar a esos dos. pero se detuvo en mitad de la operación. —Caramba. Una cosa es cierto. Son un misterio para mí.. Has escamoteado al último «hijo» de la bruja y le has devuelto a la mortalidad. —Toma. Aeriel cerró los ojos. chiquilla. y ahora los ha convocado a todos a su palacio. realmente. entonces los ha convocado a todos sin duda alguna. Y me chocó. Y me preocupa mucho.Reunión de Gárgolas Meredith A. Tú eres una exterminadora de ángeles oscuros.. muy raro. —Son mansas —dijo.. Aeriel estaba de pie antes de darse cuenta de ello. —Talb —dijo—. y se le unió el ícaro de Terrain. Dos borrones de tinieblas sobre las estrellas. Y desde luego. Se disponía a guardar el perolito. Cuando emprendió su viaje en busca del Avarclon. a las rocas. lo que se dice domadas no están.. sosteniendo el saquito en alto—.. —La sirena ha sido una estúpida intentando asustarte con ángeles oscuros. Aeriel habló de los lucíferos. al cruzar la frontera vi al ángel oscuro de ese territorio volando al nordeste hacia Pendar. —No lo sé. perpleja. Yo tenía seis gárgolas en Avaric. abandonadas hace mucho tiempo. ¿no te lo había dicho? Qué distraído me he vuelto —comenzó a rebuscar en su traje—.. No se le alcanzaba el sentido de nada de aquello. Me ha llevado días-meses y sólo he capturado dos. De una manga sacó un taleguito de terciopelo negro con cierre de cordón no mayor que su mano. sacudiéndose las migas de la ropa. Llevas su santo corazón en el pecho. —Cuando supe que la bruja andaba persiguiendo a tus gárgolas —decía el duaroc—. El pequeño mago alzó la vista hacia ella. ¿dónde? Miró a su alrededor. y del ángel oscuro que la había mirado a los ojos.» Se quedó pensativo. Por último. —Mis gárgolas —clamó—. —¿No lo comprendes? —repuso el mago—. no puede ser nada halagüeño. pero no creo que vuelva a emplear ángeles oscuros contra ti. El otro se había puesto de pie. —¿Por qué lo haría? —le preguntó. Menos mal que están casi todas ya en nuestras manos y no en las de ella. No lo comprendo. al camino. De dónde proceden o qué son. y había gritado.

. agarrada con los dientes al pulgar del mago. el saquito. La gente de la comarca estaba aterrada con ella. Acarició las deslucidas plumas de la nueva gárgola. Nombres infantiles.Reunión de Gárgolas Meredith A. basta ya. La gárgola dejó oír un silbido entre los dientes. El pequeño mago soltó un quejido de pronto y sacó precipitadamente la mano. —Esa la encontré en Elver —decía entretanto el duaroc—. unos nombres bobos. riéndose. amenazando morderle. y se volvió con un grito de reconocimiento. pues su cuerpo se alargaba formando una enorme cola de anguila que se extendía y enroscaba detrás. —Un día-mes o dos nada más. soltando al mago. restregándose contra ella y lanzó un grito fantástico y extravagante. la tenía por un dragón. Tenía el aspecto de un ave de largo pescuezo sin patas ni plumas timoneras. so espantajo —ordenó el hombrecillo—. Pierce —Contigo puede que lo sean. La Pajaranguila se dio la vuelta y súbitamente se apaciguó al descubrir su presencia. puso el saquito boca abajo y lo sacudió—. Ya tienes a tu ama para que te atienda. Aeriel echó una mirada a la bolsa de terciopelo negro y preguntó: —¿Cuánto tiempo las has tenido ahí dentro? El duaroc se encogió de hombros. Tenía la piel fría y seca. cola de reptil y miembros flexibles a medio camino entre los de lagarto y hombre. lo frotó con las manos. Su bífida lengua gris se adelantó. antes de convertirse. clamando: —Pajaranguila. en una enorme criatura lampiña con alas como de murciélago.. pareja. Aeriel movió la cabeza. La Pajaranguila batía sus alas. paseando la mirada por las dos. Aeriel vio el saquito moverse y agitarse. inerte y lacio... Salid de ahí —dijo—. —Bah. visto y no visto.. Algo muy pequeño cayó de él al suelo. —¿Es que no quieres salir? —murmuró. Sus raídas plumas eran de color gris piedra y su cuerpo de sierpe exactamente lo mismo. —Apártate. hija —el duaroc tiró de los cordones anudados. Aeriel le rascó la piel fría y granulosa. ¿eh? —inquirió el duaroc. aunque por lo que Aeriel alcanzaba a ver. —Suéltame —gritó el duaroc. Aquí está. parecía tan vacío como antes—. Mona-lagarta. oscilante. —Lagarta —murmuró Aeriel—. —A ésta la encontré en Rani —dijo el pequeño mago. En un primer instante. curándose la mano.. —Les has puesto nombres.. Aeriel distinguió una miniatura de gárgola. 148 . al encuentro de su mano. Aeriel corrió a acariciarla. Aeriel se abalanzó entonces hacia ella. Pajaranguila. sus ásperas escamas. hurgando dentro con la mano. El animal se estremeció. no mayor que dos dedos. para alcanzar al instante siguiente la corpulencia de dos personas. Un collar de latón ceñía su cuello. Eran todo huesos. ¿pero dónde anda la otra? Sacudió el taleguito de terciopelo. —Están medio muertas de hambre —exclamó Aeriel. Aeriel retrocedió precipitadamente. El arete de latón que le ceñía el cuello brillaba con brillo apagado y mate. Lanzaba chillidos contra el mago.

pensaba. guardando las semillas.. recogiendo y guardando sus últimos utensilios. Y metiendo la mano en el hatillo sacó los dos últimos albérzigos que quedaban y dio uno a cada animal. Casi sentía las asfixiantes ligaduras en sus carnes. caravanas de esclavos: cautivos harapientos que andaban a tropezones detrás de sus apresadores. Al cabo de un momento añadió—: No querían comer lo que les daba. —Vamos —dijo el duaroc. Utilizó el capotón viejo del mago para hacer su hatillo y se puso la túnica de Hadin.. la que yo llamaba Rapaz. Por dos veces Aeriel divisó. Echó tierra con el pie sobre su fogata. y todavía queda mucho camino para Orm. La sibila sabrá. —Tomad —dijo Aeriel. Se pusieron a dar vueltas alrededor de ellas y de las otras gárgolas. Pierce —Ya lo veo —respondió el mago. que ardía con llama azul. con las manos atadas y unidos todos por una misma cuerda. 149 . me moriría. vio Aeriel rellenarse un poco sus deprimidos costillares y hacerse más flexible y más suave su costroso pellejo. Hablaba a las gárgolas—. El duaroc y ella tomaban por otros derroteros. No parecían sangrar. El terror y la angustia la invadían entonces. flexionando los dedos. El duaroc llevaba la capadiurna puesta. suavizando el tono. toda fuego amarillo en el fulgor sin sombra del mediodía. Jamás podría vivir otra vez así. Si me cogieran los tratantes de esclavos.Reunión de Gárgolas Meredith A. —Ahora ya sólo falta una —le dijo—. Aeriel se volvió de nuevo hacia el duaroc. Cuando se los comieron. No me quedan más albérzigos. allí abajo. hacia la capital. Comed estos. Comed esto. Aeriel no podía soportar la vista de las caravanas. Tomaban por caminos de montaña y evitaban el encuentro con otros viajeros. porque tenía traza de ave de presa por delante y de fiera cuadrúpeda por detrás — frunció levemente el entrecejo—. y se puso la caperuza de la capadiurna antes de salir a la luz de Solstar—. ¿Por dónde andará? ¿Qué habrá sido de ella? —movió la cabeza—. Aeriel sólo le veía cuando su camino pasaba por alguna sombra. Viajaron hacia el norte.

cuando llegaron a Orm. Talb insistió en que las gárgolas volvieran a 150 .Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce Solstar estaba ya bajo en el este. una ciudad de casas de adobe blanco que se extendía en una depresión entre tres alturas escarpadas. casi poniéndose.

A éstos sí los miraba. enjugándose el sudor de la frente. Por la ladera casi vertical subían trochas. Aeriel echó a andar. Quedó atrás el centro de la ciudad. A ambos lados se alzaban edificios de adobe de hasta cuatro y cinco pisos.. pues todas las vías públicas conducían. algunos murmurando: «Ojos verdes. —Sé poco de ella. El hombrecillo le hizo seña con 151 . Aeriel sintió como si le quitaran un gran peso de encima. Aeriel movió la cabeza. Es muy anciana. Y otros. Alzábanse allí altos riscos: blancos. Aeriel sintió al hombrecillo detenerse. Hubo de taparse los oídos con las manos para no ensordecer con el vocerío de las subastas y de la multitud. más allá de Orm. pero sólo tras muchos ruegos y halagos de Aeriel. La Bruja Blanca puede haber llamado a los ángeles oscuros a su palacio. fijándose en su bordón alado. en el centro de la ciudad. aparentemente sola. no pensar en nada. Bien. desmoronadizos. salpicados de santuarios y capillas. la creían una esclava. A ninguno de ellos prestaba Aeriel la menor atención. pero tiene otros agentes en persecución tuya. lo que he oído contar únicamente. ojos verdes». Algunos transeúntes. murmuraban que debía de ser alguna sacerdotisa y la dejaban ir en paz sin más.. Pasa la larga noche en ayuno y oración. observando la finura de la capa de Hadin. Gritaban palabras de mofa y escarnio u ofertas a sus amos imaginarios. intentando soslayarlo.Reunión de Gárgolas Meredith A. escarpados. y por fin llegaron al límite septentrional de Orm. sacerdotisa de los Desconocidos sin Nombre. El duaroc y ella iniciaron la escalada. Aeriel tomó por calles laterales. —Ahora debemos ir lo más discretamente posible —dijo el pequeño mago —. Pierce ocultarse en la bolsa de terciopelo negro. por las anchas y empedradas calles de Orm. pues quería él que su presencia se mantuviera de incógnito. Aun con el duaroc a su lado. al ver a Aeriel descalza. Aeriel tuvo que empinarse y alargar el cuello para divisar el templo de la sibila allá en lo alto. como los radios de una rueda. un poco ya sin aliento: habían sostenido una marcha muy recia. El miedo la hacía caminar tensa y rígida. Paró ella también. y sólo recibe a interpelantes de día.. Con esto entraron en la ciudad y el duaroc guardó silencio. frente al cual se montaba el mercado. Respiraba de nuevo. háblame de esa sibila que buscas. las cinco. temía detener el paso o volver la cabeza. No habló ya nada más con el pequeño mago. Mediada la estrecha y tortuosa senda. Así lo hicieron. que caminaba invisible a su lado. en fin. Tiene el rostro oculto por un velo.» Tuvo que pasar muy cerca del mercado de esclavos. y en una ocasión uno dijo a media voz: «Hechicera. intentó aclarársela. y casi todos retrocedían de inmediato. al palacio del sátrapa. excepto para mirar a los que se acercaban demasiado. Es una ermitaña que vive en el templo más alto que se yergue sobre los riscos del sacrificio. Todo el que se presenta ante ella debe depositar una ofrenda en su escudilla. la tomaban por alguna extranjera llegada para comprar esclavos y le daban voces invitándola a examinar sus mercancías. Su sombra recayó sobre el mago y pudo verle recostarse en la peña. Otros. aunque pudo ver el tejado del palacio que descollaba sobre todos los demás tejados.

Salía calor de allí como de un brasero de carbón que se consume soterrado y lento. Se esforzó hasta coronar otra pendiente más y se encontró delante del santuario de la sibila. iré detrás. metió mano en su hatillo y sacó el terrón de ámbar gris verde pálido. Distinguió el tejado del palacio. Nunca en su vida había entrado en un templo. una leona de piedra con cara y pecho de mujer parecía vigilar desde arriba un gran cuenco humeante en el que se apilaban las ofrendas. De niña. Dejó el terrón sobre las otras ofrendas. Siempre la habían aterrado. el sol flotaba a escasa altura sobre los picachos. sin saber qué hacer. 152 . la plaza del mercado. Tendida sobre el tejado. el enorme montón de flores y de frutos. Estaba excavando en la roca misma. Ella no tenía nada que ofrecer. Columnas exentas se alzaban en un estrecho pórtico de piedra. Mi naturaleza no está hecha para estos esfuerzos en un aire tan tenue de superficie. Déjame descansar un poco. piezas de seda y copas de oro-cinc tachonadas de gemas preciosas. —Sigue tú. dejó al pequeño mago y continuó subiendo hasta que por último la senda se hizo tan abrupta y empinada que no veía ya el templo. allá arriba. Pierce la mano de que siguiera adelante. Pero tú debes darte prisa. tallada la piedra de encima a semejanza de un tejado. hija —jadeó—. Tras un momento de vacilación.Reunión de Gárgolas Meredith A. en efecto. Contempló el recipiente depositado en el suelo ante el pórtico del templo. Aeriel miró a su espalda y. Te esperaba. en casa del síndico. Aeriel se quedó parada un momento. había oído relatos acerca de esclavos inmolados en los riscos del sacrificio de Orm. Todo Orm se extendía a sus pies. flanqueando la entrada. y hubo de valerse del bastón en la dura escalada. —Entra en el templo —dijo alguien detrás de ella—. Arrodillándose. Lo sostuvo sobre el montón humeante. Solstar ya casi está rozando el horizonte. monedas de plata. Entonces se acordó de algo que llevaba consigo.

Vengo desde Isternes a exponerte un enigma. dispuesta horizontalmente. y lisa. La mujer tenía vuelto el rostro para evitar el sol. y era ella la que murmuraba la tonada sin palabras. necesito tu ayuda. ¿Aeriel. Delante de esta piedra había un pequeño cráter incandescente. Aeriel se sobresaltó violentamente. El interior de la cueva no era mayor que una habitación. pero no había nadie delante del templo. muy suave. echando humo. Pierce 15 LA SIBILA Aeriel se dio la vuelta. Su lana gris amarillenta procedía de ortigas contundidas. Al fondo del recinto. —Sibila —dijo—. en compañía de una mujer loca de Avaric que le contaba horripilantes historias. La salmodia continuaba. Ahora vio que la entrada era una abertura natural en las rocas. había una laja de piedra. de frente al sol. —¿Eres tú la sibila? —preguntó Aeriel. Me llamo Aeriel. —¿Aeriel? —susurró la anciana. La mujer alzó la cabeza. oscura como la obsidiana. reconociéndola de pronto. Aeriel entró. Dentro comenzó a oírse un extraño canturreo sin palabras. como la de haber empujado una vez al hijo de su soberana arrojándolo a un lago del desierto como tributo pagado a una sirena. La luz de Solstar penetraba de lleno por la puerta. Unas manos coriáceas se fueron derechas a su rostro. el contenido se removía. al lado del cual estaba sentada una mujer hilando. —Dirna —dijo Aeriel en un soplo. la que fue compañera mía en casa del síndico? Sus flacas. Su enorme huso era de hierro negruzco.Reunión de Gárgolas Meredith A. Tenía la cara llena de arrugas. 153 . — ¡Eh! ¿Hay alguien ahí? Su voz era suave. La manipulación del ámbar gris había dejado a Aeriel la mano impregnada de cera. —¿Sibila? —dijo. Recordó sus años en casa del síndico. Se restregó en un brazo la olorosa sustancia. Un débil zumbido parecía provenir de ella. No llevaba velo. cual papel sobre arena. sólo una venda que le cubría los ojos. No hubo respuesta. Aeriel se postró de rodillas. En el recipiente de las ofrendas. desprovista de puertas. y una leve emanación acre. los dedos manchados de jugo de ortiga—. La leona de piedra yacía inmóvil. Tenía el cabello desgreñado. El fulgor de las brasas daba a sus rasgos insólitos relieves. encallecidas manos buscaban a tientas por el aire.

¿Pero qué haces aquí. —Aquí no. —No me ayudó nadie —respondió Aeriel—. Dirna seguía también sentada. La cueva estaba desnuda. a pesar de que soy ciega. —¿Yo te hablé? —movió la cabeza. El ángel oscuro se presentó de nuevo y me llevó con él. hace muchísimo tiempo. pero aguarda —y agarró por la muñeca a Aeriel cuando ésta hizo intención de levantarse—. Aeriel asintió con un gesto. Volverá. Tuve que huir. —Sí. No se ofrecía nada a la vista. ¿Después de esa subida? Vamos.Reunión de Gárgolas Meredith A. ¿Pero tú qué haces aquí? Tengo que hablar con la sibila. encontró un cucharón y una taza. como cuando se mira en el agua de un pozo. dijo que alguien tenía que haberte ayudado. La cosa aquélla sabía a vinagre. como si sólo si la miraba bastante tiempo le fuera dado verla en profundidad... comenzaba a retorcerla. ni siquiera una cama. ahora recuerdo. Algo cocía allí a fuego lento en una marmita. pero ahora sirvo en el templo. Aeriel dejó su bastón apoyado en un ángulo junto a la laja de piedra oscura. —¿Qué es esa venda? —inquirió Aeriel.. amor mío? Todos oímos comentar que te habías escapado.. ¡La pobre Bomba! —¿Qué le ha pasado a Bomba? —dijo Aeriel. Sacó un poco en el cucharón. —Pero escucha. casi inaudible para ella. Quédate un ratito conmigo. Háblame de Bomba. pero tenía en cierta manera la apariencia de ser clara y diáfana. Había una cosa que quería decirte. devanando su lana en la bobina. lo sirvió en la taza y se lo puso a Aeriel en las manos. La subida hasta aquí es larga y dura.. —¿Está aquí la sibila? —preguntó Aeriel. No recuerdo —sus ojos vendados parecían buscar los de Aeriel—.. Mi pequeña Aeriel. como en un sueño —. ¿Pero de qué te estaba 154 . Aeriel se sentó de nuevo. Te vas a desmayar si no tomas algo. —La luz de Solstar me hace daño en los ojos —murmuró—. Pierce —Eres tú —exclamó la ciega—. Volvió a negar la otra con la cabeza. Aeriel paseó la mirada por el recinto. ¿Fuiste tú quien me habló ahí fuera? Los dedos de Dirna se agitaron en el aire. El síndico montó en cólera cuando descubrió tu fuga. ¿Está enferma? —¿Que no tienes hambre? —canturreó Dirna—. lo mismo que tú —sus dedos de araña se apartaron de la cara de Aeriel–. —¿No tienes hambre. Esta era casi negra. bayas silvestres y harina de cebada. En otro tiempo era maligna y rencorosa. Volví a las escarpas donde raptaron a Eoduin. Pasando los dedos sobre el hoyo de fuego. La mano de Dirna frotaba una ortiga desperdigada. La otra dejó a un lado su huso. pero no te quería mal.. Aeriel lo dejó a un lado sin apenas tocarlo. alzando la mirada. —No tengo hambre —dijo—. Oh. Dirna tocó la gasa. —Oh. cariño? —preguntó vagamente. frunciendo el entrecejo—. bebe. Continuaba emitiendo su zumbido. y el olor que exhalaba era levemente como de alquitrán o como el del rayo. nunca te traté con cariño —gimoteó Dirna—. Ya sabes cómo me olvido algunas veces.

Temblaba de firme. Suspiró de nuevo. derramó el resto. antes de serlo de Eoduin. A poco. La ciega estaba envolviéndola en el Chal de nuevo. Se le iba la cabeza. desde que vine aquí. y luego notó un extraño y frío contacto a lo largo de la espalda. —¿Cómo? —murmuró la otra—. ¿Es que vas a rechazar el Chal de Dirna? Lo he confeccionado para ti. — ¿Qué? —clamó Aeriel. sería ella. se le olvidó llevarle agua. Lo he terminado ahora mismo. Soltó una risa inconsistente y frágil—. pero las piernas no la sostenían. Aeriel se sintió desfallecer. la pieza de paño grande y tosco estaba casi concluida—. Apenas había cubierto Solstar la mitad de su carrera al cénit cuando murió. Entrevió a Dirna retirando el paño del telar. De nada serviría apremiarla. había un telar de mano. Dijo que no la dejaría salir hasta que revelase dónde estabas. anda. medio arrastrada. En el suelo. ciñéndoselo bien a los hombros.. Se volvió hacia él y comenzó a tejer.Reunión de Gárgolas Meredith A. Bomba era una vieja gordinflona: podría haber vivido un día-mes sin una miga. Dirna levantó la cabeza. Un zumbido sordo llegaba hasta sus oídos. —Bueno. La superficie sobre la que yacía se agitaba en temblores. Se le nublaba la vista. Dirna la había acostado sobre la laja de piedra. La dejó en el suelo. Aeriel sintió vértigo de pronto. Sentía pesadez en la cabeza. Había sido también nodriza suya. la mató después de escaparte tú. Sí. Ahora me acuerdo. Aeriel no podía verla ya con claridad. tengo un sitio para que descanses. Jugueteaba con una piedrecilla que había en el suelo. —La encerró en un almacén vacío —los dedos de Dirna se movían con agilidad. ponte esto. —¿Estás muy cansada? —dijo—. Ven. 155 . Aquella tela era áspera y viscosa al tacto. con más fuerza. siempre lo había estado desde que Aeriel la conocía. Estaba hablando de Bomba. tomó unos sorbos más de la taza. El síndico nunca tuvo intención de matarla. ¿cómo.? Dirna dejó oír un ruidito que bien podría haber sido un lloriqueo. parecía casi adherírsele a la carne. Pero no sin agua. Dijo que si alguien sabía dónde te habías ido. Tu vieja nodriza. Pierce hablando? Aeriel suspiró. —¿Tienes frío? —preguntó—. —Yo no le confié a nadie adonde iba —protestó Aeriel—. Le castañeaban los dientes. Dirna estaba loca. Aeriel alzó la mirada. Dirna desenrolló la burda lana del huso y la pasó a una lanzadera. —No comprendo —murmuró—. a su lado. sí —dijo la otra. agarrando un puñado de tierra.. Las manos de la mujer que tenía delante se agitaban ciegas. ¿no? —susurró Dirna con tono entre burlón y perverso. pasando la lanzadera por la urdimbre al tacto. Fue una lástima. —Ah. Aeriel hizo un débil intento de quitárselo. Aeriel se sintió medio levantada en vilo. Pobrecilla. Cayó pesadamente sobre Dirna. percibió oscuramente. De Bomba. Aeriel pugnó por levantarse. Si le daba de comer. Hizo chascar la lengua—. y mucho frío. buscando algo. Ha muerto. —El síndico la mató —afirmó la ciega—. Llevaba días-meses tejiéndolo. Para entonces se había bebido casi toda la taza. Con prontitud y destreza. la nodriza de Eoduin. Nadie lo sabía. La envolvió con él.

—Así que eres una de las criaturas de la sirena —susurró Aeriel. pronto. Alguna palabra extranjera. sin aliento. Dirna se inclinaba sobre ella.. pero la Piedra todavía se regala con sus buenos banquetes. No te servirá de nada. cariño. No permitía a Eoduin llamarte Sissa. Era yo la encargada de llevarle el agua.Reunión de Gárgolas Meredith A. Bomba. La maté yo y se la di a la piedra. Aeriel miraba con asombro. ¿Quién podía distinguirme a mí de ella? Estate quieta. Es la Piedra del Festín. —¿La bebida? —dijo la otra—. Dijo que su señora no se 156 . —Malvada —jadeó Aeriel—. ni pupila. Y yo lo contemplaré. La Piedra del Festín. el lecho donde estás tendida. —Te mantenía alejada de mí. que al cabo de un tiempo se filtra a través de los poros de la roca y desaparece. Se preocupaba por ti como una gallina. la trepidación que la agitaba. y otro tanto ocurría con su sayo del desierto y con el paño de la túnica de Hadin. Su rostro carniseco y marchito se resquebrajó en una sonrisa—. —Sí. No dormirás.. La hicieron los antiguos. erryl! ». Apenas podía rebullirse. Los ojos de aquella mujer eran de color rojo vivo: el color de los carbunclos. Mis lindos ojos. inclinándose sobre Aeriel—. Las sibilas la toman para procurarse visiones y ensueños. ¿Quién sabe para qué la emplearían? —Dirna se acercó de nuevo. Aeriel cesó en sus forcejeos. Aeriel forcejeaba por desasirse. El pelo se le pegaba a su superficie. Lisos y pulidos como cristal. La sibila ha muerto. Su zumbido. los chacales de la Bruja Blanca tenían unos ojos idénticos. la vieja borrega chocha —murmuraba Dirna—.. para sosegarte. —Pues mira. aquí no hay ninguna sibila. moverse. Las víctimas que se depositan sobre ella se convierten en polvo. Dirna se apartó de ella. Aquí viene poca gente y la sibila siempre iba cubierta por un velo.. Un año después de tu fuga el emisario de la dama blanca vino a verme y me trajo estos ojos. Como tú vas a pulverizarte y a desaparecer. Pierce intentando resistirse. al cuerpo. —Tontuela. Cómo la odiaba.. mirando atónita a la mujer de los ojos vendados. amor mío. Dirna asintió con la cabeza. ¿o no? Decía que yo estaba loca. Y fuiste siempre su predilecta. Dirna se quedó un momento parpadeando a la luz de Solstar. diciendo que debías de tener un nombre mejor. Le llaman la sangre de la piedra. La piedra en la que estaba echada era dura y al mismo tiempo resbaladiza. En el desierto de Pendar. desde los tiempos en que eras tan chiquitina que la única palabra que sabías decir era: « ¡erryl. sin iris. —Tengo que ver a la sibila —dijo Aeriel. pronto. —Sí —dijo Dirna. —¿Qué me has hecho? —musitó Aeriel. deja de forcejear. Arpía. ¿por qué? —el chal que le ceñía los hombros la oprimía de tal modo que comenzaba a asfixiarla. Así que lo único que consintió fue que te llamase Aeriel. Entonces la invidente alzó una de sus correosas manos y se quitó la venda de los ojos. El chal la retenía con firmeza como si se lo hubieran cosido. ni córnea. « ¡Aeriel! » ¿Qué clase de nombre es ése? Oh. parecían ir haciéndose más fuertes..

La gárgola. la sexta se encuentra ya bajo mi custodia. me llamó.Reunión de Gárgolas Meredith A. dijo. pero se detuvo acobardado. —Rapaz —susurró Aeriel—. Sus ojos encarnados relucían. Le había dado de comer. so esperpento. y Aeriel se estremeció al oír otro grito detrás de la hendedura. Aeriel se debatía. —¿Dónde están sus compañeras? —preguntó Dirna—. —No. La rapaz se retorció de dolor. amagando con sus garras. Algo muy fino y filamentoso salía de ella y penetraba en la piedra. Dirna se sacó una cadena de debajo del manto. apareció una criatura gris como la piedra. El animal ululó al verla. El zumbar de la piedra murmuraba en sus oídos. por estos lindos ojos. La gárgola siseó. Tiene que obedecerme. o daré un pitido que te rompa los tímpanos. soltó una risita alborozada. —La tenía la sibila —dijo la mujer de ojos como carbunclos—. lo único que había que hacer. Su alegría. tan desmedrada y esquelética que a duras penas pudo adivinar Aeriel que en tiempos había tenido la forma de un gerifalte. y de ella pendía un silbato de plata. Parecía como si estuviesen iluminados por dentro. Se ha quedado en los huesos. no te atreves —rió Dirna—. Levantó de nuevo el silbato. pero no descargó el golpe. pero no tenía ni fuerzas para moverse ni aliento para gritar. Se inclinó un poco más sobre su víctima. en el rincón. Pobre animal. reptando a través de ella. Y traerías gárgolas. destellaban en la luz. Aeriel alargó el brazo libre para asir su bastón. al interponerse Dirna en su camino. Tenía que servirla de nuevo.-y no había reparado antes en ella. Aeriel apenas podía volver la cabeza: tenía el cabello pegado a la roca. Pierce había olvidado de mí. como ves. Pues. Emitiendo un silbido. a gritar. —Gárgolas —repitió—... la mujer de ojos encarnados se volvió y la agarró por el collar. Aeriel probó a moverse. pugnaba por levantarse.. Me lo envió la dama blanca para ayudarme a dominar a sus compañeras. La piel de ese brazo no se pegaba a la Piedra. Se llevó el pito a los labios y dio un pitido tan desaforado y agudo que Aeriel apenas alcanzó a oírlo. La dama las quiere. Pero el silbato la enloquece. era ir a Orm y esperarte. se quejaba y chillaba. estaba suelto. dijo. ¿Dónde las has escondido? Debes de tener ya cinco a estas alturas. Al otro lado de la grieta se sintió un gemido. Gárgola. 157 . bufando. —Sal de ahí —ordenó la mujer de ojos encarnados—. pues el tejido no se adhería a él. gimoteando. que estaba arrimado a la pared al lado de la Piedra. como me envió el huso para hacer tu chal —miró a la gárgola y chascó la lengua—. Dirna juntó las manos. se las frotó de gusto. aunque le hizo trepidar la cabeza.. Entonces. El brazo en el que se había restregado el ámbar gris resbalaba. Tengo el silbato. Dirna la zarandeó. se abalanzó hacia ella. No dejarías de venir. Volvió el rostro y Aeriel distinguió entonces una grieta en la pared. pero el chal se había deslizado un poco y comprobó que podía respirar. Sal de ahí. de cómo le entregué al principito en el desierto hace ya años.. La luz de Solstar la dejaba en la sombra. fuera de su alcance. La clavija de plata que sujetaba el aro de latón brillaba con vivos destellos. Sus vestiduras la mantenían sujeta a la Piedra. —Su orgullo. Lo último que comió fue el corazón de la sibila.. Rapaz.

—Conque ya vienen de camino. ¿Eres un emisario de mi señora? ¿Dónde estás? De pronto lanzó un grito y se cogió la muñeca. medio alzados los brazos. hizo presa de nada y pegó un fuerte tirón. giró hacia atrás de nuevo. en alto el silbato. ¿Confundirme con embrujos? Fui ciega en otro tiempo. por supuesto. Fijos los ojos en Dirna.. Aeriel oyó entonces un arrastrar de pies. se puso a dar fieros golpes al aire. ¿Así que se las has confiado a alguien para que te las guarde? No importa. La rapaz. A Aeriel ni siquiera la miraba. Un guijarro lanzado al ras del suelo cruzó el recinto. ¿Qué es eso? ¿Quién anda ahí? —Aeriel no veía nada. rozando su bastón con el pie. La mujer de ojos encarnados se volvió. La gárgola gimoteaba en el rincón. Aún tenía agarrada a la rapaz por el collar.. Pierce escabullándose por delante de Dirna. Dirna buscaba a tientas con las manos.. —¿Eh? —voceó—. ¿Crees que no voy a localizarte por el son de tu propia respiración. haciéndolo caer hacia ella.. en pie frente a ella. Aeriel se esforzaba por gritar. Ah. pero se le escapó. Luego se detuvo. por advertirle del 158 . restregándose los ojos. la dama quedará complacida. pero el ave blanca salía ya por la puerta del templo. La arpía se dio la vuelta. Algo con mucho poder y muy hermoso.. Con un gruñido de cólera. y en el silencio alcanzó Aeriel a oír el gañir de las gárgolas. muy débil y como distante.Reunión de Gárgolas Meredith A. retrocedió dando traspiés. —Garza —gritó—. Aeriel probó a extirpar una pierna. hasta dar la impresión de que iba a venirse abajo la montaña. pasaba por su lado. La tarasca chilló. ¡ve en busca de Talb! Dile que mantenga las gárgolas bien guardadas. Luego.. La tarasca sonrió. Muy bien —se envolvió el cuerpo con los brazos. propinaba golpes al tuntún. en son de amenaza. Luego cesó. que ya avanzaba despacio detrás de ella. la garza se había estremecido con un brillo tenue. Un puñado de tierra surgió de la nada. ¿Qué me dará en recompensa? Algo poco común. con un gesto de asombro en el semblante.. pues la nota perforaba los tímpanos.. se dispersó en el aire. En el momento en que el bastón. sin duda. La arpía miraba perpleja a su alrededor—. volviéndose hacia Aeriel—. Aeriel sintió cómo se le arrancaba el cabello al torcer bruscamente la cabeza para otro lado. la gárgola se agachó presta para saltar. se abalanzó en pos de aquel ser alado. aunque no había nada de qué soltarse. ensordecedora. vendrán a mí. Y también apareció el duaroc. un duaroc con una capadiurna? Súbitamente saltó. —¿Pretendes cegarme? —dijo—. Cerró los ojos. Aeriel logró dar al bastón un leve puntapié. Si están lo bastante cerca para oír mi silbato. —¿Dónde están las otras gárgolas? —preguntó Dirna bruscamente. al caer. volvió a acurrucarse en el suelo con un gemido. vuela. como si se hubiera soltado de repente. Se echó a reír. —Pobre idiota —vociferó Dirna. Intentó atraparlo según caía. De pronto su forma perdió la rigidez y echó a volar. a su sombra. Una capa gris apareció en su mano. Agarrando el silbato con más fuerza. Se llevó el pito a los labios y lo hizo sonar de nuevo. riéndose—. Dirna giró en redondo. Tienen que venir. Garza.

. así que he traído a otra persona que dice que andaba 159 . —No he podido encontrar a tu invisible duaroc con esa capadiurna que lleva puesta —dijo—. Esa tierra. El sol estaba ya muy bajo. tanteando con las manos. Y en ese mismo punto le fueron arrebatadas rudamente de las manos las dos preciadas alhajas. sobándose los ojos con las manos. El no te ha causado ningún daño. La garza se deslizó por la puerta del templo. Sentándose en cuclillas. Di por cierto que te irías con aquella mujer del rey cuando se marchó de Avaric a su tierra de Esternesse. pero ya Dirna se apartaba de un brinco. —Están rayados? ¿Están rayados? En seguida lo veremos. Luego comenzó a sacarles brillo concienzudamente con el faldón de su saya de arpillera. todavía metida la mano bajo su vestimenta. Arrojó entonces la capadiurna lejos de sí. Sus fuerzas se desvanecían. Una sombra se proyectó sobre su engibada figura. voy a machacarte y convertirte en cascajo antes de que se ponga Solstar.. Dirna escrutaba la estatua que tenía delante. La tarasca no le hizo caso. El temblor de la Piedra se había hecho terriblemente fuerte. —Maese guardián del tesoro —exclamó—. —No —musitó Aeriel. nunca hubiera esperado volver a verte.. se dio la vuelta. se sacó los carbunclos de debajo de los párpados y se puso a limpiarlos y suavizarlos frotándolos contra la palma de la mano. pequeño Belcebú. Sentía sus vestimentas deshacerse en polvo—. si me has estropeado mis preciosos ojos. Sin ojos ahora. posándose al lado de Aeriel.. muy diminuto y débil. Haré que la dama me regale un par nuevo a cambio de las gárgolas. bajísimo. y el hombrecillo que por un instante había sido carne se petrificó: el color de la piedra lo anegó como una ola. la mano del duaroc se introdujo veloz bajo su ropa. Mientras permaneció en la sombra. Al cabo de tanto tiempo. Pierce peligro. no la pudo advertir.. Aeriel oyó de nuevo el gañir de las gárgolas. La mujer acuclillada lanzó un grito.Reunión de Gárgolas Meredith A. La luz de Solstar cayó sobre él. Me he ganado un par nuevo. —No veo bien.

—Tú vendiste mi vida a la Bruja Blanca —dijo con voz queda—. ¡Vivo! Te daba por ahogado en un lago del desierto. seguida de una loca alegría. Cuando habló. volviéndose hacia Aeriel. —Tú me empujaste al agua. ¿Qué tal te ha ido? No parece haberte ido muy bien. Es una moza malvada y astuta. muy pálido y demacrado. se arañaba las mejillas.. Su voz sonó más sosegada. Son mentiras lo que te ha contado. en estos veintitantos años. —Te caíste. ligeramente separados los labios. aya —dijo Irrylath. — ¡No! —chilló. Irrylath no contestó. Una exclamación se escapó de sus labios. mordiéndose un nudillo. La primera reacción de Aeriel fue de incredulidad.. Luego hizo una inspiración profunda. Su rostro había perdido toda dureza. —Eso no es lo que contaste una vez a esta muchacha y que luego ella me refirió. que tenía los maltrechos ojos de la mujer en la mano—. Es mi esposa. El joven se apartó entonces.. nunca hubiera esperado volver a verte.. Te escurriste. por lo que está a la vista... Dirna se deshacía en quejas. La figura que se erguía junto a Dirna la miró un momento.. —No. Pierce buscándote. diez de ellos pasados en casa de la bruja y catorce más como ángel oscuro.. por un 160 . Al cabo de tanto tiempo. muy remendado en el hombro y polvoriento del viaje. Tenía la mirada fija en Aeriel. Mi querido príncipe.. gargarizó.. Dirna susurró—: Pero estás vivo. Pero no hablaba. reteniendo los carbunclos bien apretados en sus manos. amor mío. —Dame mis ojos. dejando truncas las palabras. por culpa tuya. Tendí la mano. su voz no sonaba muy firme.. Tampoco me ha ido bien a mí. A lo cual Dirna. Junto a él. Se contuvo de pronto. ¿eh? Dirna se agarró el borde del sayo.. Aeriel casi sintió temor de él entonces. ¿Dónde estás? No puedo verte —sus manos se agitaban ahora desesperadamente a un lado y a otro. y Aeriel no acertaba a interpretarlo. ¿No te acuerdas? Yo te llevé al lago para enseñarte el lamelodo —sus manos rastreaban ahora el suelo. buscándole—. ¿no lo recuerdas? Irrylath dio vuelta a los carbunclos sobre la palma de la mano. ¡Irrylath! —Conque me reconoces. apartada del sol. La mujer sin ojos lanzó una exclamación. Su atuendo era el traje blanco de Avaric. Yo intenté agarrarte. —Muy bien. Su tez era dorada y llevaba la negra cabellera sujeta por detrás en una larga cola de caballo. cariño mío. Sólo el tenue resplandor del pequeño cráter le iluminaba fantasmagóricamente desde abajo.. —Estoy casado con ella —musitó—. carraspeó Dirna—. —Mi chiquitín guapo. pero su rostro viril era duro. —¿Irrylath? —susurró la mujer sin ojos—. Sus ojos eran de un frío azul corindón. pero Irrylath se escabullía de ella. No. Irrylath tenía ahora la cara enteramente en sombra. como si estuviera a punto de decirle algo.Reunión de Gárgolas Meredith A. más dulce. Cinco cicatrices le cruzaban una mejilla. dijo con acento sibilante: —¿De qué la conoces? Aeriel lo miraba todo sin poder moverse. yo nunca. no.

Esta vez no se soltó. vio alzarse del hoyo una vaharada de humo amarillo y percibió un olor a azufre. Lo blandió. Dirna avanzó a tropezones hasta la entrada de la cueva. —Al fuego. — ¡Mala peste te lleve! —chilló la tarasca—. Los dedos de Dirna recorrieron a tientas el brazo tendido. —Pues sácalo —musitó Irrylath. lanzó un grito y se volvió. No eras antes tan cruel con tu vieja aya. Dirna hizo presa en ella. Pierce sorbo de agua inmunda.. ¡Mala peste te lleve. El príncipe se estremeció. En ese instante. Irrylath la abrió. pero los dedos de su oponente se cerraron aún con más fuerza—. dirigiéndose a Aeriel. —Las rocas —gimió-—. cayendo sobre una rodilla. príncipe mío. Este. Volando sobre el borde del precipicio. —Tú me arrancaste de quienes podrían haberme enseñado a ser bueno y amable —dijo con desprecio— y me pusiste en manos de la que me enseñó otras cosas. mirándola de hito en hito. no —chilló—. El calor lo hará trizas. corrió a la puerta del templo y arrojó fuera la piedra.. resistiéndose a la tracción de la Piedra... El zumbido de ésta era más intenso y la trepidación más fuerte. aquí lo tienes. —Verás si voy a tener ojos nuevos —dijo—¿Crees que la vas a sacar de la Piedra? Demasiado tarde. mi ojo. que emitió destellos rojos a la luz blanca de Solstar. —Todavía queda otro —le recordó el príncipe. pero tendré sus ojos antes de que se pulverice. ¿no? Se desasió entonces de ella.. Vino a dar entre las brasas del cráter abierto en el suelo. Las manos de Dirna le encontraron por fin.. Dirna lanzó una exclamación. por haber destrozado mis ojos! Se arrastró detrás de él... Dirna había soltado ya el huso y avanzaba a trompicones hacia el fondo de la cueva. Anda a buscarlo —y cruzó a paso largo junto a ella. —¡Por nuestras vidas! —clamó Dirna—.. tanteando con una mano por el suelo. retorciéndose las manos—. Dirna pasó como una exhalación por su lado. dejando caer un carbunclo. —¿Quieres un ojo? Toma. Lo has destruido. — ¡Destruido! —gritó Dirna—. Jamás lo encontraré entre las rocas. el brazo del hombrecillo completó su movimiento: extraer de debajo del sayo la bolsa de 161 . Está perdida. La sombra de Dirna pasó sobre el duaroc. Alargó el brazo. En el momento en que llegaban a la mano. su ropa iba quedando reducida a ceniza.. con tu Dirna. momento en el que Aeriel oyó un crujido. Dirna echó mano a un atizador que estaba al borde del fuego y empezó a remover febrilmente entre las brasas. y alcanzó al joven en la nuca.. Y con uno basta para ver por dónde se anda. pillado por sorpresa.Reunión de Gárgolas Meredith A. Habríamos perecido en el desierto si no te hubiera entregado a ella. El sol estaba ya medio oculto tras las montañas. Sentía la piel como polvo. asestándolo con fuerza. Sus dedos hicieron presa en el huso de hierro. —Quizá lo encuentres —respondió cruelmente el príncipe—. Qué cruel te has vuelto —la mujer sin ojos gemía. levantándolo en la mano. Aeriel gritaba. El pegajoso chal se desprendía en jirones. el carbunclo desapareció.

Tenía levantado el flaco y correoso brazo. y el pequeño mago volvió a petrificarse. Cogió la bolsa de terciopelo con los dientes.. rehuyéndola. planeando suavemente. luego buscad mi ojo entre las peñas. Dirna les plantaba cara. Con un alarido terrible. le agarró la muñeca. El ave cruzó en su vuelo frente a la tarasca y le arrebató el silbato de la mano. Los dedos del duaroc. había conseguido ponerse de pie. pero la mujer sin ojos se agachó a tiempo y la espantó de un manotazo. bañado de nuevo por el color de la roca a la luz de Solstar. Sus manos palpaban el aire. muy débil y como lejano todavía.Reunión de Gárgolas Meredith A. Logró volverse. en un torbellino de gritos y alaridos. Aeriel dio puntapiés. Con la otra mano. Aeriel la golpeó... Aeriel vio el saquito bullir y contorsionarse. forcejeando. La arpía profirió una exclamación. Aeriel hacía esfuerzos desesperados por alcanzar su bastón. El brazo de ese lado y parte de la espalda quedaron libres. Sentía cómo iba desmenuzándosele. Irrylath. tambaleándose. Y entonces. tendió los brazos en un esfuerzo desesperado por atraparla. gruñendo y embistiendo. Todavía tengo el silbato de la bruja. rasgándosele la piel. La garza levantó el vuelo y se lanzó sobre la arpía. 162 . salió huyendo de la cueva. Yo sirvo a la dama blanca y vosotros tenéis que servirme a mí. sobrevino un frenesí de gárgolas: chillando y ululando. deshaciéndose en polvo. Dio media vuelta. carne y hueso por un instante. La sombra de Irrylath daba sobre el duaroc ahora. y el hombrecillo volvía a ser carne una vez más. buscando a Aeriel. se tambaleó y desapareció tras el borde de los riscos del sacrificio.. Aeriel lanzó un grito. se llevaba ya el silbato a los labios. Era la garza. La rapaz. que yacía en el suelo más allá del alcance de su brazo atrapado. la arpía asió el bastón. Aeriel arrebató su bastón del suelo. acobardada en el rincón. Las gárgolas se abalanzaron tras ella. Las gárgolas frenaron su turbulenta embestida. conforme las bestias grises pugnaban furibundas por salir. Vio a la rapaz saltar. oyó el gañir de las gárgolas.. Las uñas de Dirna le rasguñaron la mejilla. El canto del precipicio se desmoronó bajo uno de sus talones.. luego cedió también la tierra debajo de su otro talón. Matad al príncipe de Avaric y a su duaroc y a su esposa. Una humedad caliente rezumó de debajo de su hombro sobre la Piedra. gruñó. Irrylath la agarró del brazo. forcejeando contra la recia presa de la mano de piedra. las gárgolas se precipitaron tras ella por el hondo barranco. blandiendo un objeto pequeño y plateado. giró. sino hacia el mago. volvió la cara. manipularon el cordón de la bolsa. El saquito se hacía jirones. Dirna gritó. Al borde del precipicio se detuvo y giró en redondo. —Quietos ahí. Pierce terciopelo negro. Logró incorporarse. pero ella forcejeó y se soltó. cuando algo blanco y alado se deslizó por la puerta del templo. de repente. Por un momento pareció quedar suspendida en el espacio. pero ya la sombra de la tarasca había pasado. La luz de Solstar fulgía en sus alas. La tarasca salió del pórtico del templo. pareció recobrar el perdido coraje. Dirna tropezó contra la piedra. Escabullándose por detrás de él. Y con un aullido como el de una jauría tras de su presa. monstruos —vociferó la arpía—. pero no sobre Dirna.

. Estamos a muchísima distancia de allí. —Despierta. Se sentía tan cansada. Sí. —Hemos seguido tu hilo —le dijo Eoduin. Pierce 16 LA ESFINGE Estaba todo muy oscuro. Las que otro tiempo fueran marchitos espectros.. —protestó ella. o hizo intención de ello. Se hallaba suspendida en un vacío.. —Pero Dirna dijo.. —No es seguro. Lo que más deseaba era dormir. en corro. —No tienes familia. Llamitas de luz de oro. como lucíferos.. Llamas vacilantes en la oscuridad. Marrea no había despegado los labios. —Si quieres venir. las novias del vampiro. Roshka es mi hermano. —¿Irme con vosotras? —murmuró. —Nosotras te amamos. —Prometí a Erin. El cielo profundo está todo lleno de luz.. —¿La quieres más que a mí? —Las otras doncellas le tendieron los brazos. Aeriel no veía ni sentía nada. —Pero debes venir —clamaron las otras—.. —No —respondió Marrea—. Marrea continuaba sin decir palabra. pues comprobó que no tenía cara ni cejas que mover. despierta. —Dirna estaba loca —aseguró Eoduin. Aeriel la miraba. Aeriel —dijo Marrea. —Sí —contestaron las doncellas—. Las doncellas la rodeaban. Aeriel. pero se sentía todavía con peso.Reunión de Gárgolas Meredith A. Lo mismo que estrellas. —¿Estoy en el cielo? —preguntó Aeriel. Aeriel frunció el entrecejo. No tenía cuerpo ya. Todas tan bellas ahora. —Roshka —murmuró Aeriel—. —comenzó Aeriel. —Pero podemos ir allá —dijo otra doncella. Aeriel resistía el impulso de irse con 163 . —Es que no quiero ir. —Aeriel. Debes venir. grávida como tierra. —Eso tú no lo sabes.. nadie que te ampare en el mundo. tan extenuada que apenas podía hilvanar las ideas.

Aeriel no puede unirse a nuestra compañía hasta que haya sido aniquilada la sirena. Pero no tenía cuerpo. —Con nosotras. cerrar los oídos a sus palabras. —No —susurró Aeriel al fin. Alguien le hablaba.. No podía resistírseles más—. —Alguien me llama —dijo a las doncellas. la zarandeaba. hasta tocar a Aeriel la mejilla: ahora tenía mejilla.Reunión de Gárgolas Meredith A.. Su carne estaba entumecida. Ni es ésta la manera. no muy conforme. —Pues que se fastidie —clamó la voz primera—. —No ha llegado aún el momento —dijo Marrea. La oscuridad no era ya una oscuridad absoluta. Las doncellas se habían ido. fría como agua de pozo. Vuelve. Vas a echar a perder ese filo. Casi contra su voluntad. —Ven con nosotras. Sentía su cuerpo. Hay que sacarla de ahí. ni ojos. dejar atrás la amargura de aquel dolor y todo lo demás. Eoduin se había acercado mucho. recordando cuánto la había querido en la infancia. Otra voz: —Deja. amarrándola a la tierra. escarbar. empezó a pelear. Aeriel sintió que comenzaba a regresar su cuerpo. a resistirse. No podía dar la espalda a las doncellas ni apartarse de ellas en modo alguno. —No te llama nadie. y anhelaba volverse. La superficie sobre la que yacía temblaba ligeramente.. por entero: envolviéndola. cerrar los ojos. pero al fin se retiró. le decía algo desde una grandísima distancia. pero se contuvo a tiempo. terrible. 164 . Pero la luz y las voces de las doncellas iban debilitándose. Vuelve conmigo. —Aeriel. Aeriel se estremeció traspasada por un dolor lancinante. Aeriel. —Compañera. Zumbaba algo en sus oídos. —Que tendríamos a nuestra Aeriel. A punto estuvo de darles el «sí». Aeriel —decía la voz—. sofocante. —Hadin —susurró—. —No escuches —dijo Eoduin. —No —terció inopinadamente Marrea. —Todavía no —les respondió Marrea—. había un olor acre. —Pero se nos ha prometido. y le entraron ganas de irse con ella. —No es nada —le aseguró otra. deseo con todo el alma que te vengas con nosotras. Pierce ellas.. Eoduin titubeó. pues temía que estaban diciendo la verdad. —Que se nos una ya —protestó Eoduin— y no le importará nada más de lo que pase en el mundo. La sensación de su propia sustancia era insoportablemente abrumadora. sentía el contacto. —Aprisa. Sintió entonces grandes deseos de renunciar al mundo. Aeriel oyó cavar. aunque lo hubiera deseado. Alguien le hablaba. —Pero Irrylath no te quiere. en el lugar donde debía haber tenido el corazón. ni oídos. los príncipes de Isternes y la Dama me quieren. Las doncellas se sobresaltaron y se miraron entre sí. La Bruja Blanca sigue aún en el mundo. de nuevo. —Pronto. —clamaron las doncellas. No habría podido seguir ya a las doncellas. No me quiere.. Pero Marrea se interpuso entre las dos. de irse con ellas. Aeriel la miró.

tiene que quererme. Ella estaba tendida en el suelo del templo. 165 . ¿Me ha besado?. —Aeriel —dijo la voz masculina—. —Yo no. Se acordó de respirar. Aeriel oyó entonces un repique sonoro. Retiró rápidamente la mano y se apartó de la muchacha con sobresalto. Talb había dejado a un lado el zapapico de plata. —He sentido algo —murmuró. Apenas podía mover los dedos ni despegar los labios. lo necesito tanto. como si de pronto le asustara. la levantaba en vilo. mirándola con ojos atónitos. No guardaba el calor. Ahora estaba arrodillado junto al hoyo de fuego. y volvió el rostro. y no ya sobre la Piedra. varas y más varas de paño. Pero él se había echado atrás. Aeriel tiritaba de frío. Algo en su interior protestaba la negativa de él. que me quiera. Aeriel se incorporó penosamente y consiguió sentarse. Aeriel se llevó una mano a la cara. Se puso en pie con dificultad. los ojos. Ay. crepitante. Tenía una mano suspendida sobre su mejilla. estremecido. El recinto del templo se hallaba muy en penumbra. Pero una inmensa sensación de desesperanza la dominaba. Una finísima hoja de acero berneano yacía hecha trizas en el suelo. como si el dejarla fuese arduo para él en algún sentido. que todavía crepitaba. Alguien la había envuelto en paño de oro pálido. No he sido yo. ¿Había imaginado simplemente su contacto? Se sentía desfallecer. El duaroc hizo una infusión de té sobre las brasas y se lo dio a beber.. los labios ligeramente entreabiertos. Otra vez el repiqueteo de metal. o martilleo tintineante. demasiado abrumada para llorar. junto a la Piedra. Una vaharada acre. Los abrió. A esto sintió un dolor muy agudo y profirió una queja.. Sentía la piel como la sombra de la noche. Y sintió casi quería morir si no.Reunión de Gárgolas Meredith A. Su fuerza de sujeción se debilitaba. pestañeó con sorpresa. muy ligero y fino. Alguien tiraba de ella. Alguien la levantaba en alto y la retiraba de allí. pues estaba blanca de frío. Estaba demasiado agotada. como de metal precioso contra la piedra. echando combustible sobre las brasas. Aeriel. luego el chasquido seco de una fractura súbita. Había oscuras esquirlas de piedra cristalina dispersas por el suelo. —No —musitó. El zumbido de la Piedra chisporroteó en un último destello mortecino. pensó para sus adentros. Aeriel todavía temblaba. pues Solstar se había ocultado.. Pierce —Tengo un medio mejor. Irrylath vio entonces que ella le miraba. Todavía está sujeta ahí. El pequeño mago sostenía en la mano el martillo de plata que había traído Aeriel de los subterráneos de Pirs. Llegaban sones horribles de las gárgolas. hasta que finalmente cesó. los ojos medio en arrebato. El duaroc se hallaba de pie a escasos pasos de distancia. Su zumbido se extinguió del todo. Era Irrylath. Algo le rozó los labios. Me quiere. La superficie se estremeció bajo su cuerpo. Extendió una mano hacia Irrylath. Oyó saltar esquirlas.. Irrylath se apartó de ella. —Ahí. allá abajo en el despeñadero. inclinado sobre ella. A excepción de la espalda y el dorso de los brazos: todas aquellas partes de su cuerpo que habían estado en contacto con la Piedra le ardían.

las llamas se extinguieron. luego con gran belleza y maestría. La reina de los bandidos. que mi madre se llevó de Avaric. Le palpitaban las cicatrices de la mejilla—. mucho mejor que yo. creyéndome muerto. zarpé en una barca en pos tuyo —sus palabras eran ahora más firmes y seguras. ¡Que fuera capaz de tan delicada hermosura y. he comenzado a recordar —guardó silencio un momento y luego. De nuevo quedó en silencio. Me sorprendió una calma chicha. ya no tan entrecortadas—. dijo—: Esta era mi mandolina. tratando de recordar dónde había oído ese nombre. Le temblaba la mano. sorprendida y algo herida en sus sentimientos. Poco a poco le vino a la memoria: unas palabras de Nat en la hostería de Taris—. No miraba a su interlocutora. Algunos la llaman la reina de Avaric. ¿Dónde has estado? He pasado en Terrain dos días-meses. Llevaba puesto su sari de boda. No se hablaba en todo el país de otra cosa más que de la hechicera de ojos verdes que se había llevado una bestia extraña de la ciudad de los ladrones y desaparecido por el paso del demonio. Sabr —continuó Irrylath—. Estuve a punto de morir de hambre. ¿Conque no había sido un sueño? Contempló a Irrylath. jamás podría ella alcanzarle. Aeriel bajó la vista. casi dolorosas para sus oídos. 166 . —En casa de la bruja —dijo— olvidé estas cosas. ¿Cómo es que no te había oído nunca tocar? Irrylath dejó la mandolina. El pequeño mago los dejó para ir en busca de leña. No tenía derecho a dártela. La luz del fuego ahondaba las cuencas de sus ojos. Aeriel reconoció la melodía: las notas dulces. con violencia casi. que a lo largo de su cara inferior parecía gravemente erosionado..! Sin duda. Entonces Aeriel recordó la gran cabeza emplumada que había surgido de entre las olas y se había quedado mirándola. —Cuando Hadin me contó que te habías ido —dijo—. No se le había ocurrido antes. Se daba cuenta ahora. Irrylath había sacado la mandolina del hatillo de Aeriel y estaba de rodillas mirando el instrumento. —Sabr —dijo Aeriel. ¿Has traído esto de Isternes? —preguntó. según jugueteaba con una piedrecilla al borde del hoyo de fuego. apartando la mirada. buscándote.. desde que estoy en Isternes. Irrylath hizo una inspiración profunda. En el hoyo. Sus dedos acariciaban las cuerdas. Irrylath le dirigió una mirada furtiva. y dijo que te había visto a salvo en las costas de Bern. —En Bern conseguí ayuda de mi prima. Durante todo este tiempo Irrylath se mantuvo a distancia. —Qué bien tocas —murmuró Aeriel al fin—. al principio como prueba y ensayo. —Es hija de una hermana de mi padre y capitanea una banda de fugitivos de las llanuras. sin embargo. ¿Así que había venido en seguimiento suyo? ¿Estaba aquí en Orm por ella? Movió la cabeza.Reunión de Gárgolas Meredith A. El pequeño mago rasgó algo en tiras y le vendó el brazo. No tenía ungüento. —Perdí tu pista en Zambul —murmuró. Pero me encontró Marelon. persistentes. como si estuviera enrareciéndose el aire. Pierce El dolor que le atenazaba los hombros y la espalda era cruel. Sólo ahora. se mantuviese aún apartado. Tomó una punta entre los dedos y alzó de nuevo la mirada—. la Serpiente del Mar de Polvo. Tenía la boca tensa. reduciéndose a ascuas.

La sirena había vencido—. Irrylath la miraba ahora como si no la creyera. que el ángel oscuro de Avaric que tú derrocaste no era otro que yo mismo. —¿Por qué. La sibila había muerto. los que los ícaros derrocaron? Pero la esperanza chisporroteó y murió al negar Irrylath con la cabeza. en vez de corceles —volvió la mirada de nuevo hacia él—. Pierce —Estuve en Pirs —dijo Aeriel. Pero no podía dejar de preguntar. Pero se limitó a decir: —Siete ángeles oscuros. Habló con dificultad: sabía ella cómo aborrecía el príncipe recordar nada que tuviera que ver con la bruja. —No lo sé —dijo distantemente—. —¿Por qué te marchaste de Isternes? ¿No imaginaste que la bruja lo sabría en seguida? Ella asintió con la cabeza. 167 . Irrylath tomó asiento. poco más que un susurro—. tan cansada.Reunión de Gárgolas Meredith A. Le dolían el cuerpo y el alma. todavía? ¿Y eso qué importaba ya. creyó que era porque no había oído. entonces? ¿Por qué te fuiste? Yo te tenía a salvo en casa de mi madre. —Lo sabía —la vehemencia de él la desconcertaba. —¿Qué fue de los Iones del oeste? —le preguntó—. —Antes de salir de Isternes. Aeriel miraba ahora fijamente al suelo. Syllva lo supo desde el primer momento. Ahora ya no podría encontrar a los Iones de Westernesse antes que la bruja. no podía verle la cara. y con palabras mesuradas. aquí exactamente. y dijo que ya se lo había figurado —se le ensombreció la voz. Apartó la mirada. Cuando yo capturara al Ion de Avaric.Vine en busca de corceles alados. Aeriel alzó la mirada. —¿Por qué viniste? ¿Qué se te da a ti lo que pudiera ocurrirme? —hablaba con voz queda. El había vuelto la cabeza. Una mínima esperanza se encendió de pronto en Aeriel. amargamente. Pero el Ion supo esquivarme. No puede derrotar una sola a seis ángeles oscuros. Estaba tan cansada. Aeriel abatió la cabeza. de puro cansancio. tenía que llevárselo a ella. Se atrevió a respirar. si la bruja consigue raptar otro niño. revelé a Syllva lo que tú sabías que era mi deber revelar. ¿Era sólo una niña para él. —Pero he encontrado gárgolas. ¿Qué había importado que lo supiera o no? El príncipe volvió a la carga. murió en el desierto —nuevamente se estremeció—. Miró hacia arriba—. Luego rió un poquito. —Tenía una misión que cumplir —aun eso carecía ya de importancia. Aeriel suspiró. Los Iones había que llevárselos a ella. Eso es todo lo que sé. Como no contestaba. Pero por fin habló. —A lo cual me puso la mano en la mejilla —se palpó las cicatrices—. Eres mi esposo nada más que de nombre. de todos modos? El mundo estaba perdido. como si no diera crédito a lo que acababa de decir o no creyese que se atreviera a acometer semejante empresa. No eres ni mi amante ni mi amigo.

Aeriel se apoyaba en su bordón. Aeriel. —Era su amante. había algo que importaba de nuevo. involuntariamente. Alzó la cabeza. una respiración inconsistente y difícil. Hace tantísimo tiempo. Es con la Bruja Blanca con la que sueño.. Aeriel le miraba curiosa. No podía respirar. —Por supuesto que lo sabía —¿cómo no lo iba a saber? La Dama era su madre. Estaba sentado con el torso echado hacia atrás. Sigo soñando con ella. Su amante. hallando que. extrañamente. Todo estaba en tinieblas ahora. —Oh —suspiró—. —¿Qué le revelaste? —murmuró—.. Ante ella se extendía Orm. 168 . Poco a poco se dio cuenta de que junto a las lejanas luminarias de Orm había otra luz. separada de él por un mundo. Aeriel. —No puedo amar a ninguna mujer mortal mientras ella viva. Las espectros me lo dijeron una vez. ya sabía eso. Una llama azul oscilaba en la vasija de las ofrendas. que tenía reclinada sobre el puño del bastón. Aeriel no encontraba la voz. Le sangraba la piel. El cielo se desplegaba en lo alto acribillado de estrellas. El frío la traspasaba. ¿cómo no lo iba a saber?—. alabastrino y azul.. Aeriel se detuvo en el estrecho pórtico. en Avaric. oscuro. Pareció luchar consigo mismo un momento. Conserva ese poder sobre mí todavía. luego se volvió y la miró de cara. No podía soportar seguir pensando en todo ello. Los rollos de paño de seda comenzaban a arder. Si eras un crío. Le sentía respirar.. le hubieran herido. No le veía la cara. iluminado con antorchas. A Aeriel se le secó de pronto la garganta. hacia la puerta. Necesitaba su bastón para sostenerse en pie. hacia lo abierto. ¿Es que creías que era tonta? Irrylath dejó escapar el aliento en un breve y vago siseo. vacía interiormente.Reunión de Gárgolas Meredith A. como si aborreciera el contacto de la ropa con su piel. Y tenía muchísimo frío. —Ámbar gris —dijo con un hilo de voz—. Se sentía aturdida. —Y luego un mozo —dijo—. Tocó el vendaje que le cubría el brazo. lo sabía. Sintió la sangre. Pierce Aeriel le observaba. Duele. como si sus palabras. Eras Irrylath. La noche en derredor suyo era negra. El dolor era lumbre en su carne. ¿Qué cosa le había revelado?—. Su desesperación acababa de vislumbrar un indicio: de repente. Y se apartó de Irrylath.. al igual que la noche. como ahora. el de su propia carne con los huesos. nada de todo aquello la sorprendía. Aeriel pugnó por levantarse. un chico. —Y por eso no puedes amarme. Su voz habíase tornado ahora absolutamente firme y muy tranquila. No les prestaba atención. El príncipe meneó la cabeza y se estremeció. No podía verle ya. Sentía los huesos como descoyuntados. —¿Qué quieres decir? —susurre—. meneando la cabeza. lo había olvidado. Pasaba rauda sobre guirnaldas y tesoros. lo que era yo en casa de la bruja antes de que hiciese de mí su ángel oscuro. —Le revelé también otra cosa —dijo—. hacia la noche. mirándola como si se encontrase a leguas de distancia. En el templo ya no había aire ni luz. y sobre las escarpas se cernía Oceanus. como si la Piedra hubiera devorado alguna parte de su persona que no hubiese de tornar jamás.

Aeriel se acercó a ella y se arrodilló al borde de la vasija ardiente. Aeriel vio desaparecer bizcochos y flores. humeante. —Una especie de acceso de los Antiguos en sus ciudades —respondió la esfinge—.. —La sibila ha muerto —repuso Aeriel. En la cima del montón. El aroma del ámbar gris lo llenaba todo en torno. Las monedas de plata. El vendaje de su brazo se prendió fuego. —¿Eres un Ion? La leona negó con la cabeza. y no ya de piedra. llenando el aire con su delicado aroma. Aeriel incrustó la contera de su bastón en el suelo. Arqueó el lomo igual que un gato y desplegó las garras.. Observó a Aeriel con detenimiento. Les confiere longevidad y ensueños. —Tú debes de ser la nueva. Las ofrendas aquí depositadas les eran remitidas. luego a rosa. La alborotaba el pelo. manteniéndose erguidos en mitad del gran plato llameante. sorprendida de que aún fuera capaz de experimentar sorpresa. llevan años y años sin hablarme. por lo menos. —No. junto a la vasija de las ofrendas. Aeriel sintió algo. Entonces sintió algo que entraba en ella. verde. pero la ingente llamarada no parecía dar calor. —¿No eres mi sibila. aunque me hicieron los Antiguos. entonces? El sátrapa siempre me enviaba una para 169 . —No importa. La leona se encogió de hombros. con una sensación de ardor suave. Ya no servía para nada. saturada de energía. consumirse el paño. Ellos estudiaban estas cosas. La llama se levantaba ahora más alta que ella. intensificando su fulgor. bostezando—. Aeriel se acercó al recipiente. a la temperatura de la sangre. Tocó la lumbre. entonces —dijo la leona. que la llenaba nuevamente. hacía ondear su vestimenta. Bostezó de nuevo. Pierce La llama cambió de azul a púrpura. —¿Eres tú la sibila? —dijo alguien. Sintió que el frío salía de ella. áurea.. Debo de llevar dormitando una edad entera.Reunión de Gárgolas Meredith A. Se arremolinó en torno a su mano. Aeriel se volvió y observó que la leona con cara de mujer que estaba echada sobre el tejado del templo se movía. las copas de oro-zinc blanco empezaron a fundirse. y pasó sobre el borde de éste. Era su portavoz en estas tierras y guardaba la Piedra del Festín. Los Antiguos han muerto todos o se han ido. Ahora era de color leonado. —¿Quién eres tú? —preguntó. El tesoro había formado una poza de plata líquida que hervía en remolino. Sólo los que han bebido la sangre de la Piedra pueden entrar en mi fuego sin quemarse. luego blanca. el bloque de ámbar gris burbujeó. pero el sari nupcial no se quemaba. alrededor de sus pies. Vio la sangre que había en él ennegrecerse y consumirse. La llama se tornó ambarina. —¿Y la Piedra qué es? —inquirió Aeriel. para rescatarme —dijo Aeriel. —Qué amodorrada estoy. Arrimó las manos al fuego. —El duaroc ha destruido la Piedra. cierta esperanza insólita que renacía. pero no quemaba. Únicamente mis sibilas hacen tal cosa. El fuego se agitaba a su alrededor como una nube ardiente. —Me llaman la esfinge.

Su expectativa de respuesta se había visto frustrada antes tantas veces que hubo de hacer un esfuerzo para obligarse a hablar—. he comenzado a sentir el fuego. Y así. Sus ojos exploraban la ciudad. —El mercado de esclavos —dijo. a través del frío. 170 . la Piedra ha sido destruida. Aún tenía enarcadas las cejas leoninas—. con una mano sobre la sien. oteando el panorama tras el precipicio—. Cuando era portavoz de los Antiguos venía gente a verme en busca de respuestas a lo que no sabían. ¿Qué es lo que veo en mi ciudad. deleitosamente fresco. derrocada la arpía de la Bruja por fin. —¿Mercado de esclavos? —murmuró la esfinge—. —Si. allende el Mar de Polvo.. Es la llama lo que me nutre. entonces. por su piel. —En otro tiempo esta llama tenía también su árbol. —¿Un enigma? —dijo la esfinge. mirando atrás ahora por encima del hombro—. He venido para exponérselo a la sibila. sucederá: una junta de gárgolas. A mí se me dan bien los enigmas. Pierce que atendiese la luz. aunque llevaba sin arder cien años. pero mi sibila no lo atendió como es debido y se secó —frunció el entrecejo. una novia en el templo ha de entrar en la llama. cierta esperanza a la que no osaba dar nombre. —¿Pero por qué arde ahora —se sorprendió preguntando—. y a los segundogénitos. El aire de la noche se deslizó.Reunión de Gárgolas Meredith A. en la piedra un festín. hay que hallarles bridón. Aeriel se bajó del recipiente donde ardía la llama. —Aguarda —dijo Aeriel.. mientras que antes no lo hacía? La esfinge abatió lánguidamente los hombros. lejos de la ciudad de Esternese.. dar alas a un bastón. Es la segunda parte lo que necesito: Pero antes han de unirse aquellos que los ícaros reclaman. ¿Cómo es que mi sátrapa trafica ahora con esclavos? —descendió del tejado con un elástico salto gatuno. como dices. pero se quedó cortada. El calor de la vasija ardiente la estaba haciendo marearse—. contar con nuevas flechas. allá abajo? Aeriel se volvió para mirar y sintió que un temblor la traspasaba. cuando haya probado del árbol una princesa real. pero la sibila ha muerto. —Tengo un enigma —comenzó. entonces esa llama no bebe ya de la fuente del fuego. es porque alguien ha alimentado alguna de las otras llamas con una semilla del árbol del mundo. Suspiró. —Pues sal de ahí —respondió la leona. pero supongo que. si arde ahora. Lo dijo sin volverse. Y algo más había empezado también a arder en ella. allá en lo hondo. Aeriel sintió acortársele la respiración.. Ahora sabía ya qué era lo que esperaba. Aeriel empezaba a sentir ahora el calor del fuego. Tengo que ocuparme de eso —y se lanzó hacia adelante. —La mitad del enigma ya la sé —dijo—.. Esfinge.

Se acordó de Roshka y de las palabras de Dirna. La esfinge se levantó. su tronco. Quizá la raíz de este árbol. Aeriel la miraba sin pestañear. Aeriel lo miró con ojos atónitos. Los Iones perdidos del oeste. nudoso. entonces —dijo la leona—. —¿Ha comido la Piedra? Aeriel asintió con la cabeza. —¿Puedes revelarme su significado? La esfinge la contempló con calma. ya conocen las respuestas a lo que preguntan. según mi experiencia. más recio. Derrocada por el precipicio abajo. El bastón. —¿Los bridones y los segundogénitos? —Los segundogénitos son los hermanastros de Irrylath. La esperanza la subyugaba ahora hasta hacerla estremecer. Se acerca una procesión de antorchas. Una parte de él. Del puño habían brotado ramitas. —¿Y la novia? —preguntó la leona. —Pues ya está resuelto tu enigma. —Casi todos los que proponen enigmas. Pierce —Es el poema de Ravenna —repuso la esfinge—. en la llama que ardía como faro en la noche. Había echado raíces en la tierra. Era distinto en cierto modo: todavía de madera oscura y delgado como antes. Aeriel se adelantó a tocar su bastón. como el tronco menudo de un árbol. —La princesa real soy yo —dijo—. Y el árbol es el del faro de Bern. el sátrapa ha visto la señal. pero ahora parecía extrañamente retorcido. Aeriel distinguió una hilera de luminarias que ondulaba desde el palacio hasta los riscos. —Ámbar gris —observó la esfinge. Aeriel vio un fruto formándose en una rama. estremecida de espanto. venteando el aire—. 171 . Los bridones son los Iones también. —¿Y las gárgolas se han juntado? —le preguntó la esfinge. en su sari de boda. Las ramas del delgado arbolillo se habían hecho más largas. El bastón es mi báculo de viaje.Reunión de Gárgolas Meredith A.. Mira. hojuelas. Se volvió y lo vio. Las ballenas del polvo viven muchos miles de años y cuanto proviene de ellas es prodigioso. —Pero volvamos al poema —continuó la leona—. Aeriel calló un momento. —Sí. —se interrumpió de nuevo—. los seis hijos menores de la Dama de Isternes. fijó la vista en el templo. ¿Quién es la princesa real? ¿Qué árbol es ese árbol? Aeriel calló de nuevo. —El árbol cuya raíz alcanza al corazón del mundo —repuso la esfinge—. —La novia soy yo —dijo con voz queda. —¿Y la arpía de la bruja? —Dirna —musitó Aeriel—. erecto donde lo había plantado junto a la vasija de las ofrendas. —¿Las flechas y el bastón? Aeriel movió la cabeza. —Las flechas no sé lo que son: algo con que batallar contra los ángeles oscuros. Asomándose al barranco.. supongo. haga lo mismo. Aunque toda señal de aquello sobre su cuerpo había sido ya borrada por la llama. ¿Quiénes son ésos que los ícaros reclaman? —Son Iones —dijo Aeriel—. —Voy a su encuentro —dijo. con el tiempo. Sus hojas susurraban al rozarse.

como si no las hubiera visto nunca. La leona desapareció con un elástico brinco gatuno. y terneralunera. y gatavolanda.. ululando y armando bulla. Las flechas. —Pero si ya tienes a los Iones —respondió la esfinge—. precipitándose hacia adelante. ¡Nada! La frustración se apoderó de su ánimo.? —preguntó Aeriel. y pajaranguila. limpio. el animal perdió algo de su escualidez. Llena de desaliento. —Ah. Tenía en la mano el hueso de la fruta. Han venido contigo. Rondaron por delante de ella al borde del barranco. Le latía desenfrenadamente el corazón. En la rama estaba creciendo un albérzigo.. Aeriel las miró con asombro. Me llevaron a Terrain. Aeriel se sorprendió pensando en las palabras de la esfinge. Un ave blanca descendió volando de la oscuridad y se posó en las ramas del árbol. el poema no tiene sentido si no consigo encontrarlos. se volvió y lo arrojó al fuego.. en cierta ocasión. mas en seguida se contuvo.. pues observó que permanecían en el fuego como ella había hecho y no daban muestra de sentir el calor. y también la rapaz. —No. luego sacó de su hatillo el resto de las semillas de forma acorazonada e hizo lo mismo con ellas. Los versos esenciales —las flechas y los Iones— seguían sin significar nada para ella. Esta se volvió y llamó suavemente: —Rapaz. tendió los brazos tras ella desesperadamente. Con ello. —¿Desde Pirs? —concluyó la garza por ella y asintió con un gesto—.. La esfinge la miró un momento. ¿Resuelto? Aeriel apretó los dientes. Sí. Cuando volví. ven aquí. saltaron por delante de ella y entraron en la llama. La última de las gárgolas acudió entonces y Aeriel le dio a comer el fruto rojo-dorado. Rapaz. Primero la rapaz. todas enardecidas y macilentas en la luz. La garza se inclinó y lo arrancó. luego las otras. —¿Llevaste una vez a una niña de ojos verdes. pronto tuvo un aspecto menos famélico. Un momento después aparecieron: grisela. Esta había dado el enigma por resuelto. ya no logré encontrarla. Aeriel dejó a las gárgolas y se dirigió a ella. Tenía que llevar a la criatura a cierta familia del norte. Pierce Aeriel negó con la cabeza. aguarda —clamó. Los collares de las gárgolas empezaron a fundirse: el latón derretido corría 172 . Al igual que las otras. La garza exhaló un suspiro. Aeriel lanzó una exclamación. y Aeriel observó por vez primera que los ojos de la mujer felina eran de un intenso violeta. —No sé porqué las he tenido tan guardadas —dijo— ni por qué el torrero del faro me pidió con tanto empeño que las conservara. llena de desaliento—. esfumándose por la senda abajo en dirección a las antorchas que subían. pero me persiguió un ángel oscuro y la pequeña se me escurrió de las manos. dándoselo a Aeriel. Me lo suplicó encarecidamente su madre. Ya hace años. al fin me has llamado por mi nombre correcto. —La encontraron unos tratantes de esclavos —dijo Aeriel—. los Iones..Reunión de Gárgolas Meredith A.. —Bastón-con-Alas —murmuró. Después de haber estado tan cerca. Pero no había terminado de pronunciar estas palabras cuando las gárgolas rompieron a ulular y aullar todas a una. y monalagarta.

—Zambulon —dijo Aeriel. acrecentaban su brillo con el calor. sangre nueva y nos has quitado los collares de la bruja. valiéndose de sus hijos —dijo el felino pálido. Una intensa alegría comenzó a surgir en ella. El perfume del ámbar gris ascendía en la noche. Entonces Grisela salió del recipiente. —Pajaranguila —dijo Aeriel—. su pelaje y sus plumas se suavizaban. uno tras otro. y la sirena no ha ganado aún la partida. apeándose del fuego. Pero las clavijas de plata que los sujetaban no se derretían. el vientre y las extremidades de plata. a cierta distancia de la vasija. Un soberbio venado. sin masticar. y nuestros pensamientos. disueltos. Elverlon. y luego bebieron a lametones la plata líquida como si fuera leche. sino una loba negra con el cuello. cayendo como relumbrantes estrellas en el suelo. pezuñas y astas de oro. Su piel era tan negra como la tez de Erin. se volvió y vio a Irrylath de pie en la puerta del templo. —La Bruja Blanca nos derrocó. como el grano en el caldo. dotada de largos miembros y de figura casi humana. Las semillas de albérzigo flotaban sobre el tesoro fundido y no ardían. sus pellejos o escamas de contextura rugosa tornábanse pulidos y tersos. —Nos arrancó el corazón y nos puso collares para ahogar nuestras fuerzas. fue el tercero en aparecer. Habían comenzado a hincharse. Bien al contrario. Cada gárgola tomó en la boca una de estas semillas. —Bernalon —susurró Aeriel. Sus miembros cambiaban de forma y disposición. con cola de serpiente verde oscuro. salpicada toda ella de manchas rojizas. con ojos. impregnando todo su ser. para servir de corceles contra la bruja. Advirtiendo movimiento con el rabillo del ojo. Su expresión parecía preocupada por una idea 173 . Las gárgolas agitaron la cabeza y seis alfileres de plata salieron disparados por el aire. —Terneralunera —clamó Aeriel. —Pero tú nos has dado corazones nuevos. A continuación salió una salamandra alada. Aeriel sintió renacer sus ánimos. respiró el aire de la noche. todo de color de bronce. una pantera con alas. Pierce por sus pelambres grises igual que sangre dorada. pálida con manchas de plata oscura.Reunión de Gárgolas Meredith A. Los collares terminaron por desaparecer. pensaba. Siguió Gatavolanda. Iremos contigo a Isternes de buen grado. —Ranilon —dijo Aeriel. y no era ya Grisela. y nuestras palabras —dijo. pero rectificó en seguida—. Las gárgolas se las tragaron enteras. Los he encontrado. No he fracasado. —El mundo no está perdido mientras nosotros vivamos —aseguró este último—. que habían alcanzado el tamaño de dos puños y la forma exacta de un corazón revestido de oro. Emergió entonces un ave del paraíso color de cobre. Aeriel las vio que comenzaban a transformarse. —Yo soy la que nombras —contestó el Ion— y nosotros todos los que vienes buscando. Pirsalon.

Aeriel le sentía tras ella en la oscuridad. Sin pensarlo. y Pendarlon. Marelon. En este momento salía del fuego el último de los Iones. Aeriel se quedó mirando a línea descrita por su velo. bien duro y fino. un grifo de color leonado. Aún resplandecía. refrenada su exultación. Aeriel se volvió. pero ahora no la miraba. Aeriel se retrajo un poco. voló sobre el borde del precipicio y se alejó sobre los picos de la montaña. Aeriel vio asimismo al Duaroc. donde le había golpeado el huso de Dirna. El hombrecillo la golpeaba con el lado romo de su zapapico. Nuestra misión no ha hecho más que empezar. Pierce fija. 174 . y pronto —añadió Pirsalon —. Aeriel buscó el rostro de su esposo. Ahora está bastante caliente. —Yo les pediré que se reúnan con vosotros en Esternesse —respondió. —Tenemos que celebrar un consejo de guerra en Isternes —dijo el grifo. creo que lo llaman. –Aprisa. Aeriel —dijo suavemente—. radiante con la euforia del triunfo. para moldearlo. Aeriel se llegó a él. Irrylath había descendido del pórtico del templo. haciendo flechas. Y desplegando sus alas. con figura de gerifalte la parte delantera y de gato corpulento la trasera. —Sube a mi lomo —dijo el grifo. llenaba la noche. a la luz pura de la llama. y luego se echó hacia atrás sorprendida. Hemos de volver a Isternes y reunir en cónclave a los Iones. sin embargo. Habrá guerra. pues Roshka y Erin están esperándome. También nosotros debemos volar. La miraba como si no la conociera. —Singular metal es éste —murmuró el artífice—. Tenía sangre en el pelo. —Ven. Plata de los Antiguos. Todo parecía posible. Podrían hacerse puntas de flecha con estas clavijas. —Hay una muchachita en Pirs —comenzó—. dicen. observándole cuidadosamente. Con mucha pausa. Prometí volver por ella. pues todavía la miraba como si fuera una cosa rara. motivo de pasmo. pues el príncipe estaba tendiéndole la mano. alargo Aeriel el brazo para tocarlo... El persistente tintineo del martillo del duaroc. y más. aprisa —dijo el ave del paraíso—. aunque ya no la rehuía como antes.Reunión de Gárgolas Meredith A. acomodándola entre las grandes alas color de ante de Terralon. arrodillado junto a una de las clavijas de plata. e Irrylath la aupó. El ave blanca que descansaba sobre el árbol nudoso se irguió. y miraba también con asombro a los Iones. para asombro suyo. y. Sus golpes eran más seguros y expertos a medida que la relumbrante clavija se aplanaba. Ningún fuego mortal puede fundirlo. dándole forma. —Y quedan por congregar aún los Iones libres —dijo Bernalon—. Se sentía llena de arrojo. —Terralon —rió Aeriel. Antes de que la Bruja Blanca secuestre otro niño para volver a tener siete ángeles oscuros. él no se apartó ni rehuyó su mirada. —La bruja ha llamado ya a sus hijos a palacio —avisó la pantera—. —Tenemos que trazar los planes para atacarla. adquiriendo un filo como el de una navaja barbera. de un pálido espectral que destacaba sobre las laderas ensombrecidas por la noche. Irrylath se detuvo. —Tenemos que volver por Pirs —se sorprendió diciéndole—.

Ante ellos se extendía el cielo inmenso y estrellado. Quizá no puedas amarme todavía. Después. El Ciervo y la Loba. ¿quién sabe? El grifo se remontó en el aire. El martillo del pequeño mago resonaba y resonaba. Las puntas de flecha fulgían con blancor de plata. Aeriel le contemplaba desde su montura. Dejadme una montura y os seguiré en cuanto haya terminado con esto. hasta que nuestro cometido se cumpla. se lanzaron por el borde del precipicio. deteniéndose un momento en su trabajo —. La pantera Zambul fue a sentarse al lado de Talb. 175 . carentes de alas. Aeriel se agarró al suave y tupido pelaje de su montura mientras pasaban volando sobre Orm y su iluminación de antorchas. pegando unos saltos vertiginosos que ninguna criatura mortal habría podido imitar. pensó. en dirección a Isternes. Pero al menos ahora podemos trabajar juntos. seguido por la salamandra y por el basilisco del príncipe. y aceleraron hacia el este. Pierce —Adelante —oyó decir al duaroc. Irrylath saltó sobre el lomo del ave del paraíso.Reunión de Gárgolas Meredith A.

Pierce 176 .Reunión de Gárgolas Meredith A.

Reunión de Gárgolas Meredith A. Pierce 177 .

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