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MONSTRUOSO REGIMIENTO[1

]

por Terry Pratchett

Polly se cortaba el pelo enfrente del espejo, sintiéndose ligeramente culpable de no sentirse muy culpable por hacerlo. Se suponía que era la coronación de su belleza, y todos decían que era hermoso, pero generalmente lo llevaba en una red cuando estaba trabajando. Siempre se había dicho que era un desperdicio sobre ella. Pero ponía cuidado en que todos los largos rizos dorados cayeran en el pequeño lienzo extendido para tal propósito. Si llegara a admitir alguna emoción fuerte en este momento, era el absoluto fastidio porque un corte de pelo era todo lo que necesitaba hacer para pasar por muchacho. Ni siquiera necesitaba vendarse el pecho, que según había oído era práctica normal. La naturaleza se había asegurado de que apenas tuviera problemas en esta área. El efecto de las tijeras era... irregular, pero no era peor que los demás cortes de pelo masculinos por aquí. Serviría. Sentía frío en la nuca, pero sólo era parcialmente debido a la pérdida de su largo pelo. Era también por la Mirada. La Duquesa la observaba desde arriba de la cama. Era una pobre talla, pintada a mano en colores principalmente azul y rojo. Mostraba una mujer franca y de edad madura cuya barbilla hundida y ojos ligeramente prominentes le daban la cínica sensación de que alguien había puesto un gran pez en un vestido, pero el artista había logrado captar algo adicional en esa expresión extraña y en blanco. Algunas imágenes tenían ojos que te perseguían por la habitación; ésta miraba directo a través de ti. Era una cara que se encontraba en cada casa. En Borogravia, crecías con la Duquesa observándote.[2] Polly sabía que sus padres tenían una de las imágenes en su habitación, y también sabía que cuando su madre vivía solía hacerle una reverencia todas las noches. Extendió la mano y giró esta imagen de modo que mirara hacia la pared. Un pensamiento en su cabeza dijo No. Fue anulado. Se había decidido. Entonces se vistió con ropa de su hermano, volcó el contenido del lienzo

en una pequeña bolsa que colocó al fondo de su mochila junto con la muda, puso la nota sobre su cama, recogió la mochila y salió por la ventana. Por lo menos, Polly salió por la ventana, pero fueron los pies de Oliver los que aterrizaron livianamente en el suelo. El amanecer comenzaba a convertir el mundo oscuro en monocromo cuando se escurrió a través del patio de la posada. La Duquesa también la observó desde el cartel. Su padre había sido un gran leal, por lo menos hasta la muerte de su madre. El cartel no había sido repintado este año, y una cagada de ave al azar le había provocado bizquera a la Duquesa. Polly verificó que el carro de reclutamiento del Sargento todavía estaba enfrente del bar, con sus brillantes estandartes ahora sin gracia y pesados por la lluvia de la noche anterior. Por el aspecto de ese gran Sargento gordo, pasarían horas antes de que se pusiera en marcha otra vez. Ella tenía mucho tiempo. Parecía un lento comedor de desayunos. Salió por la puerta del muro posterior y se dirigió cuesta arriba. En la cima se volvió y miró el pueblo que despertaba. El humo surgía de algunas chimeneas, pero ya que Polly era siempre la primera en despertar, y tenía que sacar a las empleadas fuera de sus camas a gritos, la posada todavía estaba dormida. Sabía que la Viuda Clambers se había quedado toda la noche (‘llueve demasiado fuerte para que ella se vaya a casa’, según el padre de Polly) y, personalmente, esperaba para su propio bien que se quedara todas las noches. El pueblo no tenía escasez de viudas, y Eva Clambers era una cariñosa dama que cocinaba como un campeón. La larga enfermedad de su esposa y la larga ausencia de Paul habían dejado sin mucho ánimo a su padre. Polly se alegró de que algo de él estuviera regresando. Las viejas damas que pasaban los días mirando por la ventana podían espiar y rabiar y mascullar, pero lo habían estado haciendo demasiado tiempo. Ya nadie las escuchaba. Levantó su mirada. El humo y el vapor ya estaban ascendiendo del lavadero de la Escuela de Trabajo para Niñas. Se alzaba en un extremo del pueblo como una amenaza grande y gris, con ventanas altas y angostas. Siempre estaba silenciosa. Cuando era pequeña, le habían dicho que allí iban las Niñas Malas. La naturaleza de la ‘maldad’ no era explicada, y a la edad

de cinco años Polly tenía la vaga idea de que consistía en no ir a la cama cuando le ordenaban. A los ocho años había aprendido que era el lugar donde tenías la suerte de no ir por haberle comprado una caja de pinturas a su hermano. Le dio la espalda y se puso en camino entre los árboles, que estaban llenos de cantos de aves. Olvida que alguna vez fuiste Polly. Piénsate muchacho, ésa era la cuestión. Tirarse pedos ruidosamente y con la satisfacción de un trabajo bien hecho, moverse como una marioneta con un par de cordeles cortados, nunca abrazar a nadie y, si te encuentras con un amigo, golpearlo. Algunos años de trabajo en el bar le habían provisto de abundante material de observación. No tenía problemas en no balancear sus caderas, al menos. La naturaleza también había sido muy escasa allí. Y entonces, para completar, estaba la caminata de muchacho. Al menos las mujeres sólo balanceaban sus caderas. Los muchachos balanceaban todo, desde los hombros para abajo. Tienes que tratar de ocupar mucho espacio, pensó. Te hace parecer más grande, como un gato mullendo su cola. Lo había visto muchas veces en la posada. Los muchachos trataban de caminar a lo grande en defensa propia contra todos esos otros muchachos grandes de ahí. Soy malo, soy feroz, estoy tranquilo, me gustaría una pinta de cerveza con limonada y mi mami me quiere en casa antes de las nueve... Veamos, ahora... brazos lejos del cuerpo como si sujetara un par de bolsas de harina... revisado. Los hombros deben balancearse como si se estuviera abriendo camino a través de una multitud... revisado. Las manos ligeramente cerradas y haciendo movimientos cíclicos y rítmicos como si giraran dos asas independientes conectadas a la cintura... revisado. Las piernas moviéndose hacia adelante con holgura y como las de un simio... revisado... Resultó durante unas pocas yardas hasta que hizo algo mal y la resultante confusión muscular la lanzó dentro de un arbusto de acebos. Después de eso, se rindió. El trueno regresó mientras se apuraba a lo largo del sendero; a veces uno podía andar por las montañas durante días. Pero por lo menos aquí el sendero no era un río de barro, y los árboles todavía tenían las hojas

suficientes para darle alguna protección. No había tiempo para esperar un mejor clima, de todos modos. Tenía un largo camino por delante. La partida de reclutamiento cruzaría en el trasbordador, pero los hombres conocían de vista a Polly y el guardián querría ver su permiso de viajar, que indudablemente Oliver Perks no tenía. De modo que eso representaba un largo desvío hasta el puente troll en Tübz. Para los trolls todos los humanos se veían igual y cualquier trozo de papel serviría como un permiso, ya que no sabían leer. Luego podría bajar por los bosques de pino hasta Plün. El carro tendría que parar allí a pasar la noche, pero el sitio era uno de esos pueblos que existían sólo para evitar la vergüenza de tener grandes espacios en blanco sobre el mapa. Nadie la conocía en Plün. Nunca nadie fue allí. Era un basurero. Era, a decir verdad, exactamente el lugar que necesitaba. La partida de reclutamiento se detendría allí, y podría enrolarse. Estaba bastante segura de que el Sargento grande y gordo y su Cabo pequeño grasiento no habrían notado a la muchacha que les sirvió la noche anterior. Ella no era, según decían, convencionalmente hermosa. El Cabo había tratado de pellizcarle el trasero, pero probablemente por hábito, como si matara una mosca, y no fue un gran pellizco, tampoco. Se sentó sobre la colina por encima del trasbordador y tomó un último desayuno de papa fría y salchicha mientras observaba al carro cruzar. Nadie marchaba detrás de él. Esta vez, ningún muchacho había sido reclutado en Munz. La gente se mantuvo alejada. Demasiados jóvenes partieron durante los últimos años, y no regresaron los suficientes. Y, de los que sí volvieron, a veces no había regresado con lo suficiente del hombre. El Cabo podía golpear su gran tambor todo lo que quisiera. Munz se estaba quedando sin hijos casi tan rápido como acumulaba viudas. La tarde llegó pesada y húmeda, y una curruca amarilla la seguía de arbusto en arbusto. El barro de la noche pasada echaba vapor cuando Polly llegó al puente troll, que cruzaba el río en un desfiladero angosto. Era esbelto y garboso, construido, se decía, sin argamasa en absoluto. Y se decía que el peso del puente lo anclaba cada vez más profundamente en la roca de ambos lados. Se decía que era una maravilla del mundo, excepto

que pocas personas por aquí alguna vez se preguntaban algo sobre cualquier cosa y apenas eran conscientes del mundo. Costaba un penique cruzarlo, o cien piezas de oro si tenías un macho cabrío.[3]1 A mitad camino, Polly espió sobre el parapeto y vio que el carro, lejos y abajo, avanzaba a lo largo del angosto camino justo encima de las blancas aguas. La tarde iba cuesta abajo, a través de los pinos oscuros de este lado del desfiladero. No se apresuró y, hacia la puesta del sol, descubrió la posada. El carro ya había llegado, pero por su aspecto el Sargento de reclutamiento ni siquiera se había molestado en hacer un esfuerzo. No se escuchaba ningún retumbar de tambores parecido al de la noche anterior, ningún grito de ‘¡Enrólense, mis jóvenes! ¡Hay una gran vida en los Entrar-y-Salir!’ Siempre había una guerra. Generalmente era una disputa fronteriza, el equivalente nacional a las quejas porque el vecino dejaba crecer su seto demasiado alto. A veces era más grande. Borogravia era un país pacífico en medio de enemigos traicioneros, engañosos y belicosos. Tenían que ser traicioneros, engañosos y belicosos, de otra manera no estaríamos luchando contra ellos, ¿eh? Siempre había una guerra. El padre de Polly había estado en el ejército antes de que se hiciera cargo de La Duquesa del abuelo de Polly. No hablaba mucho de eso. Había traído su espada, pero en lugar de colgarla sobre la chimenea la usaba para atizar el fuego. A veces aparecían viejos amigos y, cuando los bares se cerraban a la noche, se reunían alrededor del fuego y bebían y cantaban. La joven Polly encontraba excusas para quedarse levantada y escuchar las canciones que cantaban, pero eso había terminado cuando se metió en problemas por usar una de las palabras más interesantes enfrente de su madre; ahora que ella era mayor, y servía la cerveza, se suponía que presumiblemente conocía las palabras o que pronto averiguaría qué significaban. Además, su madre se había ido donde las malas palabras ya no la ofenderían y, en teoría, nunca se dirían. Las canciones habían sido parte de su infancia.[4] Sabía toda la letra de ‘El Mundo Patas Arriba’, y de ‘El Diablo Será Mi Sargento’, y de ‘Johnny Se

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Los trolls podían no ser pensadores rápidos pero no olvidan aprisa, tampoco. (Nota del autor)

Ha Hecho Soldado’, y de ‘La Chica Que Dejé Atrás’, y después de que la bebida había estado circulando durante un tiempo, había memorizado ‘Coronel Crapski’, y ‘Ojalá Nunca La Hubiera Besado’. Y luego, por supuesto, hubo una ‘Dulce Polly Oliver’. Su padre solía cantarla cuando era pequeña y estaba irritable o triste, y se reía al escucharla simplemente porque tenía su nombre en ella. Sabía al dedillo las letras antes de conocer qué significaba la mayoría de ellas. Y ahora... . . . Polly empujó la puerta. El Sargento de reclutamiento y su Cabo levantaron la mirada de la manchada mesa donde estaban sentados, los jarros de cerveza a medio camino de sus labios. Ella respiró hondo, caminó con paso firme, e hizo un intento de saludo. —¿Qué quieres, muchacho? —gruñó el Cabo. —¡Quiero alistarme, señor! El Sargento se volvió hacia Polly y sonrió, lo que hizo que sus cicatrices se movieran curiosamente y que un temblor agitara todas sus barbillas. Con honestidad, la palabra ‘gordo’ no podía aplicarse a él, no cuando la palabra ‘obeso’ se movía pesadamente hacia adelante para captar tu atención. Era una de esas personas que no tenían cintura. Tenía ecuador. Tenía gravedad. Si cayera en cualquier dirección se mecería. El sol y la bebida habían quemado su roja cara. Unos pequeños ojos oscuros brillaban en la rojez como el destello del borde de un cuchillo. A su lado, sobre la mesa, había un par de anticuados alfanjes, armas que tenían más en común con una cuchilla de carnicero que con una espada. —¿Sólo así? —dijo. —¡Sísseñor! —¿De veras? —¡Sísseñor! —¿No quieres que te pongamos completamente borracho primero? Es tradicional, ¿sabes? —¡Nosseñor! —No te he contado sobre las maravillosas oportunidades de progreso y buena fortuna, ¿verdad? —¡Nosseñor!

—¿Mencioné que el flamante uniforme rojo significará que tendrás que quitarte a las muchachas con un palo?[5] —¡No lo creo, señor! —¿O la comida? ¡Cada comida es un banquete cuando marchas con nosotros! —El Sargento se palmeó el estómago, lo que causó temblores en regiones remotas—. ¡Soy la prueba viviente! —Sí, señor. No, señor. ¡Sólo quiero alistarme para luchar por mi país y el honor de la Duquesa, señor! —¿De veras? —dijo el Cabo, incrédulo, pero el Sargento pareció no escucharlo. Miró a Polly de arriba para abajo, y ella tuvo la definitiva impresión de que el hombre no estaba tan borracho ni era tan estúpido como parecía. —Se lo juro, Cabo Strappi, parece que lo que tenemos aquí es nada más ni nada menos que un buen patriota a la antigua —dijo, mientras sus ojos examinaban la cara de Polly—. ¡Bien, has venido al lugar correcto, mi muchacho! —Empujó un fajo de papeles hacia él con aire cómplice—. ¿Sabes quiénes somos? —El Décimo de Infantería, señor. Infantería ligera, señor. Conocido como los ‘Entrar-y-Salir’, señor —dijo Polly, rezumando alivio. Era evidente que había pasado alguna especie de prueba. —Correcto, muchacho. Los alegres viejos Queseros. El mejor regimiento que hay, en el mejor ejército del mundo. ¿Ansioso por alistarte, entonces? —¡Sumamente ansioso, señor! —dijo Polly, consciente de los ojos recelosos del Cabo sobre ella. —¡Buen muchacho! El Sargento destapó una botella de tinta y mojó una pluma en ella. Su mano se sostuvo en el aire sobre el papel. —¿Nombre, muchacho? —preguntó. —Oliver, señor. Oliver Perks —dijo Polly. —¿Edad? —Diecisiete este domingo, señor. —Sí, correcto —dijo el Sargento—. Tienes diecisiete y yo soy la Gran Duquesa Annagovia. ¿De qué estás escapando, eh? ¿Tienes una dama joven

encinta? —Tendrían que haberle ayudado —dijo al Cabo, sonriendo torcido—. Chilla como un muchacho pequeño. Polly se dio cuenta de que estaba empezando a ruborizarse. Pero entonces, el joven Oliver se ruborizaría también, ¿verdad? Era muy fácil hacer que un muchacho se ruborizara. Polly podía hacerlo con sólo mirarlo. —No importa de todos modos —dijo el Sargento—. Pon tu marca sobre este documento, besa a la Duquesa y eres mi pequeño muchacho, ¿comprendido? Mi nombre es Sargento Jackrum. Seré tu madre y tu padre, y aquí, el Cabo Strappi será exactamente como tu hermano mayor. Y la vida será filete y tocino todos los días, y alguien que quiera arrastrarte de aquí tendrá que arrastrarme también, porque estaré colgando de tu cuello. Y bien podrías estar pensando que no hay nadie que pueda llevar todo eso, Sr. Perks. —Un pulgar grueso señaló el papel—. Justo ahí, ¿correcto? Polly recogió la pluma y firmó. —¿Qué es eso? —dijo el Cabo. —Mi firma —dijo Polly. Escuchó que la puerta se abría detrás de ella, y giró. Algunos jóvenes... se corrigió, algunos otros jóvenes habían entrado en el bar ruidosamente, y miraban a su alrededor con cautela. —¿Puedes leer y escribir también? —dijo el Sargento, echando un vistazo a los otros y luego a ella—. Sí, ya veo. Una bonita cursiva, también. Tienes material de oficial. Dele el chelín, Cabo.[6] Y la imagen, por supuesto. —Correcto, Sargento —dijo el Cabo Strappi, sosteniendo un marco por el asa, como un espejo—. Enderézate, Soldado Parts. 2 —Es Perks, señor —dijo Polly. —Sí, correcto. Besa a la Duquesa ahora. No era una buena copia de la famosa imagen. La pintura detrás del vidrio estaba descolorida y algo como una especie de musgo —o algo— estaba creciendo en el interior mismo del vidrio rajado. Polly lo rozó con los labios mientras contenía la respiración.

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Chiste perdido. El Cabo dice Private Parts, o sea literalmente ‘partes íntimas’. (Nota del traductor)

—Huh —dijo Strappi, y empujó algo en su mano. —¿Qué es esto? —dijo Polly, mirando el pequeño cuadrado de papel. —Un vale. Estamos escasos de chelines ahora mismo —dijo el Sargento mientras Strappi sonreía tontamente—. Pero el posadero te servirá una pinta de cerveza, gentileza de su gracia. Se volvió y miró a los recién llegados. —Bien, nunca llueve pero ahora diluvia. ¿Ustedes muchachos vinieron aquí a enrolarse también? Caramba, y ni siquiera tuvimos que tocar el tambor. Debe ser el asombroso carisma del Cabo Strappi. Acérquense, no sean tímidos. ¿Quién es el siguiente candidato? Polly miró al siguiente recluta con un horror que deseó que quedara oculto. No lo había notado en la penumbra, porque vestía de negro —no el negro elegante y con estilo, sino un negro polvoriento, la clase de traje que le ponen a una persona para ser enterrada. Por el aspecto, esa persona había sido él. Estaba cubierto de telarañas. El muchacho tenía puntadas a través de la frente. —¿Tu nombre, muchacho? —dijo Jackrum. —Igor, sseñor. Jackrum contó las puntadas. —¿Sabe? Tenía un presentimiento de que iba a suceder —dijo—. Y veo que tiene dieciocho.

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—¡Despertad![7] —Oh, dioses... —El Comandante Samuel Vimes se puso las manos sobre los ojos. —Le ruego me disculpe, su gracia —dijo el cónsul de Zlobenia en AnkhMorpork—. ¿Está enfermo, su gracia? —¿Cuál es su nombre otra vez, joven? —dijo Vimes—. Lo siento, pero he estado viajando durante dos semanas, sin dormir lo suficiente, y me he pasado todo el día conociendo personas con nombres difíciles. Eso es malo para el cerebro.

—Es Clarence, su gracia. Clarence Chinny. —¿Chinny? —dijo Vimes, y Clarence leyó todo en su expresión. —Eso me temo, señor —dijo. —¿Era usted un buen luchador en la escuela? —preguntó Vimes. —No, su gracia, pero nadie podía golpearme después de una carrera de cien yardas. Vimes rió. —Bien, del Patricio? —Er... no, su gracia —dijo Chinny. —Bien, ya lo averiguará. Continúe, entonces. —Sí, señor. —Chinny se aclaró la garganta—. El Himno Nacional de Borogravia —anunció, por segunda vez. ¡Despertad, lo siento, su gracia, hijos de la patria! Nunca vuelvan a probar el vino de manzanas ácidas ¡Leñadores, agarrad las hachas! ¡Granjeros, masacrad al enemigo con la herramienta antes usada para levantar remolachas! Frustrad las interminables artimañas de nuestros enemigos En la oscuridad marchamos cantando Contra todo el mundo que viene en armas ¡Pero ved la luz dorada sobre las cumbres! ¡El nuevo día es un grandioso pez! —Er... —dijo Vimes—. ¿Esa última parte...? —Es una traducción literal, su gracia —dijo Clarence, nervioso—. Significa algo como ‘una asombrosa oportunidad’, o ‘un brillante premio’, su gracia. —Cuando no estemos en público, Clarence, ‘señor’ será suficiente. ‘Su gracia’ es sólo para impresionar a los nativos. —Vimes se reclinó en su incómoda silla, con la barbilla en la mano, y luego hizo una mueca de dolor. Clarence, cualquier himno nacional que comience con ‘¡Despertad!’ va a terminar en problemas. ¿No se lo enseñaron en la oficina

—Dos mil trescientas millas —dijo, cambiando de posición—. Y es helado viajar sobre un palo de escoba, sin importar qué tan bajo vuele. Y luego la barcaza, y luego el coche... —Hizo otra mueca de dolor—. Leí su informe. ¿Cree que es posible que una nación entera esté loca? Clarence tragó. Le habían dicho que estaba hablando con el segundo hombre más fuerte de Ankh-Morpork, incluso si el propio hombre actuaba como si ignorara el hecho. En esta habitación fría de la torre, su escritorio estaba destartalado; había pertenecido hasta ayer al jefe conserje de la guarnición de Kneck. Los papeles atestaban la superficie marcada y se apilaban detrás de la silla de Vimes. Según Clarence, el propio Vimes no se veía como un duque. Parecía un vigilante que de hecho, y según Clarence entendía, lo era. Esto ofendía a Clarence Chinny. Las personas en la cima deben verse como si pertenecieran allí. —Es una muy... interesante pregunta, señor —dijo—. Quiere decir que las personas... —No las personas, la nación —dijo Vimes—. Para mí, Borogravia está mal de la cabeza, por lo que he leído. Espero que las personas sólo hagan lo mejor que puedan y continúen criando a sus niños lo cual, podría decir, yo debería estar haciendo ahora mismo también. Mire, sabe lo que quiero decir. Considere un puñado de personas que no parecen diferentes de usted y de mí, pero cuando las pone todas juntas atrapan esta especie de inmenso desvarío maniático con las fronteras nacionales y un himno. —Es una idea fascinante, señor —dijo Clarence, diplomáticamente. Vimes miró la habitación a su alrededor. Las paredes, piedra desnuda. Las ventanas, angostas. Era condenadamente fría, incluso en un día soleado. Toda esa mala comida, ir de un lado al otro y dormir en malas camas... y todo eso de viajar en la oscuridad, también, sobre barcazas enanas por sus canales secretos bajo las montañas —sólo los dioses saben a qué intrincada diplomacia ha recurrido Lord Vetinari para conseguirlo, aunque el Rey Bajo le debe a Vimes algunos favores... ... todo eso por este frío castillo sobre este frío río entre estos países estúpidos, con su estúpida guerra. Sabía qué quería hacer. Si hubieran sido

personas peleando en una zanja habría sabido qué hacer. Les habría golpeado cabeza contra cabeza y tal vez les habría hecho pasar la noche en las celdas. No se podía golpear las cabezas de los países. Vimes levantó algunos papeles, los ojeó, y los dejó otra vez. —Al infierno con esto —dijo—. ¿Qué está ocurriendo ahí afuera? —Tengo entendido que hay algunos focos de resistencia en algunas de las áreas más inaccesibles del torreón, pero lo están solucionando. Para todo propósito práctico el torreón está en nuestras manos. Ése fue un truco ingenioso, su gra... señor. Vimes suspiró. —No, Clarence, fue un truco viejo y aburrido. No debería ser posible meter hombres en una fortaleza vestidos como lavanderas. ¡Tres de ellos tenían bigotes, por amor del cielo! —Los Borogravianos son bastante... anticuados sobre cosas como ésas, señor. Sobre ese tema, parece que tenemos unos zombis en las criptas más bajas. Cosas horribles. Muchos militares Borogravianos de alto rango fueron enterrados ahí abajo durante siglos, aparentemente. —¿De veras? ¿Qué están haciendo ahora? Clarence levantó las cejas. —Tambaleándose, señor, creo. Gimiendo. Cosas de zombis. Algo parece haberlos inquietado. —Nosotros, probablemente —dijo Vimes. Se levantó, cruzó la habitación a grandes pasos, y abrió la puerta pesada y grande—. ¡Reg! —gritó. Luego de un momento, apareció otro vigilante y saludó. Era de rostro gris, y Clarence no pudo evitar notar que la mano y los dedos estaban cosidos cuando el hombre saludó. —¿Conoce al Agente Shoe, Clarence? —dijo Vimes alegremente—. Uno de mi equipo. Ha estado muerto por más de treinta años, y ama cada minuto de ese tiempo, ¿eh, Reg? —Correcto, Señor Vimes —dijo Reg, sonriendo y mostrando muchos dientes marrones. —Hay algunos de tus compatriotas abajo en el sótano, Reg. —Oh, cielos. Tambaleándose, ¿verdad?

—Eso me temo, Reg. —Iré y tendré una palabra con ellos —dijo Reg. Saludó otra vez y salió con un atisbo de tambaleo. —¿Es, er, de aquí? —dijo Chinny, que se había puesto muy pálido. —Oh, no. Del país no-descubierto —dijo Vimes—. Está muerto. Sin embargo, para dar crédito donde se debe, no ha permitido que eso lo detenga. ¿No sabía que tenemos un zombi en la Guardia, Clarence? —Er... no, señor. No he estado en la ciudad por cinco años. —Tragó—. Deduzco que las cosas han cambiado. Para empeorar, según la opinión de Clarence Chinny. Ser cónsul en Zlobenia era un trabajo fácil que le dejaba mucho tiempo para continuar con sus asuntos. Y entonces las grandes torres de semáforo desfilaron a lo largo del valle, y de repente Ankh-Morpork estaba a una hora de distancia. Antes de los clacks, una carta desde Ankh-Morpork tardaba más de dos semanas en llegar, y por tanto nadie se preocupaba si demoraba uno o dos días en responder. Ahora las personas esperaban una respuesta al día siguiente. Se sintió muy feliz cuando Borogravia destruyó varias de esas condenadas torres. Y entonces, se había soltado todo el infierno. —Tenemos todos los tipos en la Guardia —dijo Vimes—. Y los necesitamos ahora, Clarence, con los Zlobenianos y Borogravianos peleando en las calles por alguna maldita pelea que comenzó hace mil años. ¡Es peor que los enanos y los trolls! ¡Todo porque la bis-bis-bis-bisabuela de alguien le dio una bofetada al bis-bis-bis-tío de alguien! Borogravia y Zlobenia ni siquiera pueden acordar una frontera. Escogieron el río, y cambia de curso cada primavera. De repente, las torres de clacks están ahora sobre tierra de Borogravia —o barro, en todo caso— así que los idiotas las queman por razones religiosas. —Er, hay más que eso, señor —dijo Chinny. —Sí, lo sé. Leí la historia. La riña anual con Zlobenia es sólo la competencia local. Borogravia lucha contra todo el mundo. ¿Por qué? —Orgullo nacional, señor. —¿Por qué? ¡No hay nada ahí! Hay algunas minas de sebo, y no son malos granjeros, pero no hay gran arquitectura, ni grandes bibliotecas,

ningún compositor famoso, tampoco una montaña muy alta, ningún maravilloso panorama. Todo lo que se puede decir sobre el sitio es que no está ningún otro lugar. ¿Qué hay de tan especial en Borogravia? —Supongo que es especial porque es suya. Y por supuesto está Nuggan, señor. Su dios. Le he traído una copia del Libro de Nuggan.[8] —Ojeé uno allá en la ciudad, Chinny —dijo Vimes—. Me pareció bastante estú... —No sería una edición reciente, señor. Y sospecho que no estaría, er, muy actualizado tan lejos de aquí. Éste lo está —dijo Chinny, poniendo un libro pequeño pero grueso sobre el escritorio. —¿Actualizado? ¿Qué quiere decir con eso? —dijo Vimes, perplejo—. Los textos sagrados son... escritos. Haz esto, no hagas eso, no codiciar el buey del vecino... —Hum... Nuggan no lo pone sólo de esa manera, señor. Él, er... actualiza las cosas. Principalmente las Abominaciones, para ser franco. Vimes tomó la nueva copia. Era perceptiblemente más gruesa que la que había traído consigo. —Es lo que llaman un Testamento Viviente —explicó Chinny—. Ellos... bien, supongo que podría decir que se ‘mueren’ si son sacados de Borogravia. No podrían... actualizarse. Las Abominaciones más recientes están al final, señor —dijo Chinny, servicial. —¿Es un libro sagrado con un apéndice? —Exactamente, señor. —¿En una carpeta de anillas? —Muy cierto, señor. Las personas ponen páginas en blanco y las Abominaciones... aparecen. —¿Quiere decir como por arte de magia? —Supongo que quiero decir religiosamente, señor. Vimes abrió una página al azar. —¿Chocolate? —preguntó—. ¿No le gusta el chocolate? —Sí, señor. Ésa es una Abominación. —¿Ajo? Bien, no me gusta mucho, de modo que de acuerdo... ¿Gatos? —Oh, sí. Realmente no le gustan los gatos, señor.

—¿Enanos? ¡Aquí dice ‘La raza enana que venera al Oro es una Abominación para Nuggan’! Debe estar loco. ¿Qué ocurrió allí? —Oh, los enanos que estaban aquí cerraron sus minas y desaparecieron, su gracia. —Apuesto a que sí. Reconocen un problema cuando lo ven —dijo Vimes. Dejó pasar ‘su gracia’ esta vez; evidentemente, Chinny sacaba alguna satisfacción de hablar con un duque. Hojeó las páginas, y se detuvo. —¿El color azul? —Correcto, señor. —¿Qué tiene de abominable el color azul? ¡Es sólo un color! ¡El cielo es azul! —Sí, señor. Los Nugganitas devotos tratan de no mirarlo estos días. Hum... —Chinny había sido educado como un diplomático. No le gustaba decir directamente algunas cosas—. Nuggan, señor... hum... es bastante... cascarrabias —articuló. —¿Cascarrabias? —dijo Vimes—. ¿Un dios cascarrabias? ¿Qué, se queja por el ruido que hacen sus niños? ¿Pone objeción a la música fuerte después de las 9 de la noche? —Hum... recibimos el Times de Ankh-Morpork aquí, señor, eventualmente, y, er, diría, er, que Nuggan es muy semejante, er, a la clase de personas que escriben en su columna de lectores. Ya sabe, señor. De la clase que firma su carta como ‘Disgustado de Ankh-Morpork’... —Oh, quiere decir que realmente está loco —dijo Vimes. —Oh, nunca diría algo así, señor —dijo Chinny apresuradamente. —¿Qué hacen los sacerdotes sobre esto? —No mucho, señor. Creo que simplemente ignoran algunas de las, er, Abominaciones más extremas. —¿Quiere decir que Nuggan pone objeciones a los enanos, a los gatos y al color azul y que hay mandamientos más locos? Chinny tosió cortésmente. —Muy bien, entonces —gruñó Vimes—. ¿Los mandamientos más extremistas?

—Ostras, señor. No le gustan. Pero no es un problema porque nadie jamás ha visto una ostra allí. Oh, y los bebés. Los Abominaba, también. —Supongo que las personas todavía los hacen por aquí. —Oh, sí, su gra... lo siento. Sí, señor. Pero se sienten culpables por ello. Los perros que ladran, era otra. Las camisas con seis botones, también. Y el queso. Er... las personas sólo más bien, er, evitan las más duras. Incluso los sacerdotes parecen haber renunciado a tratar de explicarlas. —Sí, creo que puedo ver por qué. Así que lo que tenemos aquí es un país que trata de organizarse sobre los mandamientos de un dios que, según sienten las personas, puede estar llevando los calzoncillos sobre su cabeza. ¿Ha Aborrecido los calzoncillos? —No, señor —suspiró Chinny—. Pero probablemente sólo sea cuestión de tiempo. —¿Así que cómo se las arreglan? —En estos días, las personas principalmente ruegan a la Duquesa Annagovia. Puede ver sus íconos en cada casa. La llaman Pequeña Madre. —Ah, sí, la Duquesa. ¿Puedo verla? —Oh, nadie la ve, señor. En más de treinta años nadie la ha visto excepto sus criados. Para serle sincero, señor, probablemente está muerta. —¿Sólo probablemente? —Nadie lo sabe en realidad. La historia oficial es que está de luto. Es algo triste, señor. El joven Duque murió una semana después de que se casaron. Recibió una cornada de un cerdo salvaje durante una cacería, creo. Ella entró en duelo en el viejo castillo en Príncipe-Marmaduke-Piotre-AlbertHans-Joseph-Bernhardt-Wilhelmsberg y no ha aparecido en público desde entonces. El retrato oficial fue pintado cuando tenía aproximadamente cuarenta años, creo. —¿Ningún hijo? —No, señor. A su muerte, la línea habrá quedado extinta. —¿Y le rezan? ¿Como a un dios? Chinny suspiró. —Puse esto en mi resumen informativo, señor. La familia real en Borogravia siempre ha tenido un estado casi religioso, sabe. Son la cabeza

de la iglesia y los campesinos, por lo menos, les rezan en la esperanza de que intercederán con Nuggan. Son como... santos vivientes. Intermediarios celestiales. Para serle sincero, así es cómo estos países funcionan en todo caso. Si quiere que algo sea hecho, tiene que conocer a las personas correctas. Y supongo que es más fácil rezar a alguien en una imagen que a un dios a quien no puede ver. Vimes se sentó y observó al cónsul durante algún tiempo. Cuando habló después, asustó al hombre hasta sus botas. —¿Quién heredaría? —dijo. —¿Señor? —Sólo si la monarquía continúa, Sr. Chinny. Si la Duquesa no está en el trono, ¿quién estaría? —Hum, es increíblemente complejo, señor, debido a los matrimonios y a los diversos sistemas jurídicos, que por ejemplo... —¿Quién es la apuesta segura, Sr. Chinny? —Hum, el Príncipe Heinrich de Zlobenia. Ante el asombro de Chinny, Vimes rió. —Y se está preguntando cómo es que la tía sigue viva, supongo. Lo conocí esta mañana, ¿verdad? No puedo decir que me caiga simpático. —Pero es un amigo de Ankh-Morpork —dijo Chinny con tono de reproche—. Estaba en mi informe. Educado. Muy interesado en los clacks. Tiene grandes planes para su país. Solían ser Nugganáticos en Zlobenia, pero ha prohibido la religión y, francamente, casi nadie se opuso. Quiere que Zlobenia vaya hacia adelante. Admira mucho a Ankh-Morpork. —Sí, lo sé. Parece casi tan loco como Nuggan —dijo Vimes—. Está bien, de modo que lo que probablemente tenemos es una charada elaborada para mantener fuera a Heinrich. ¿Cómo es gobernado este lugar? —No hay mucho. Un poco de recaudación de impuestos, y eso es todo. Pensamos que algunos de los funcionarios superiores de la corte sólo continúan como si la Duquesa estuviera viva. Lo único que realmente funciona es el ejército. —Muy bien, ¿y qué dice de los policías? Todos necesitan policías. Por lo menos tienen sus pies en el suelo.

—Creo que los informales comités de ciudadanos hacen cumplir ley de Nuggan —dijo Chinny. —Oh, dioses. Toca-narices, agitadores de cortinas y vigilantes —dijo Vimes. Se puso de pie y espió la llanura más abajo a través de la angosta ventana. Era de noche. Las hogueras en el campamento enemigo formaban demoníacas constelaciones en la oscuridad. —¿Le dijeron por qué he sido enviado aquí, Clarence? —dijo. —No, señor. Mis instrucciones eran que usted, hum, supervisaría las cosas. El Príncipe Heinrich no está muy feliz por ello. —Oh, bien, los intereses de Ankh-Morpork son los intereses de todos los amantes del diner... ups, lo siento, de todos los amantes de la libertad en todos lados —dijo Vimes—. No podemos tener un país que devuelve nuestros coches de correo y sigue derribando las torres de clacks. Eso es costoso. Están cortando el continente por la mitad,[9] son el cuello en el reloj de arena. Voy a llevar las cosas a un final ‘satisfactorio’. Y francamente, Clarence, me pregunto incluso si vale la pena atacar a Borogravia. Será más barato sentarnos aquí y esperar a que estalle. Aunque noto... dónde está ese informe... ah, sí... que morirán de hambre primero. —Lamentablemente cierto, señor.

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Igor estaba de pie, callado, enfrente de la mesa de reclutamiento. —No veo a menudo a tu gente en estos días —dijo Jackrum. —Sí, están escasos de cerebros frescos, ¿verdad? —dijo el Cabo, de mala manera. —Bueno, Cabo, ningún reclamo por eso —dijo el Sargento, reclinándose en la silla, que crujió—. Hay muchos muchachos ahí afuera caminando sobre unas piernas que no tendrían si no hubiera sido por un Igor amigable, ¿eh, Igor? —¿Sí? Bien, yo supe de personas que se despertaban y encontraban que su amigable Igor les había robado el cerebro en medio de la noche y que salían a la disparada a venderlo —dijo el Cabo, mirando furioso a Igor.

—Le asseguro que ssu sserebro esstá completamente a sslavo de mí, Cabo —dijo Igor. Polly empezó a reírse, y paró cuando se dio cuenta de que absolutamente nadie más lo estaba haciendo. —Sí, bien, conocí a un Sargento que dijo que un Igor le puso las piernas de un hombre hacia atrás —dijo el Cabo Strappi—. Qué bien para un soldado, ¿eh? —¿Podía avanssar y retirarsse al missmo tiempo? —dijo Igor tranquilamente—. Ssargento, conossco todass lass hisstoriass, y no sson nada máss que infamess calumniass. Ssólo bussco sservir a mi paíss. No quiero problemass. —Correcto —dijo el Sargento—. Ni nosotros. Pon tu marca, y tienes que prometer no tontear con el cerebro del Cabo Strappi, ¿de acuerdo? ¿Otra firma? Caramba, puedo ver que tenemos un condenado colegio de reclutas hoy. Dele su chelín de cartón, Cabo. —Grassiass —dijo Igor—. Y me gusstaría limpiar la imagen, ssi a ussted le da lo missmo. —Sacó un pequeño paño. —¿Limpiarla? —dijo Strappi—. ¿Está permitido, Sargento? —¿Para qué quieres pasarle un trapo, mister? —dijo Jackrum. —Para quitar loss demonioss invissibless —dijo Igor. —No puedo ver ningún demon... —empezó Strappi, y se detuvo. —Sólo lo permitiremos, ¿de acuerdo? —dijo Jackrum—. Es una de sus pequeñas manías graciosas. —No me parece bien —farfulló Strappi—. Prácticamente una traición... —No veo por qué sería un error sólo dar una lavada a la vieja muchacha —dijo el Sargento brevemente—. El siguiente. Oh... Igor, después de limpiar cuidadosamente la imagen manchada y darle un somero beso, se paró junto a Polly, con una sonrisa avergonzada. Pero ella estaba mirando al siguiente recluta. Era bajo y muy delgado, que era bastante usual en un país donde era poco frecuente conseguir suficiente comida para engordar. Pero estaba vestido de negro y con lujo, como un aristócrata; incluso tenía una espada. Por consiguiente, el Sargento se veía preocupado. Era evidente que un hombre podía meterse en problemas si hablaba mal a una persona de clase

que puede tener amigos importantes. —¿Está seguro de haber venido al lugar correcto, señor? —dijo. —Sí, Sargento. Deseo enrolarme. El Sargento Jackrum se removió, inquieto. —Sí, señor, pero no estoy seguro de que a un caballero como usted... —¿Va a enrolarme o no, Sargento? —No es normal que un caballero se inscriba como soldado común, señor —masculló el Sargento. —Lo que usted quiere decir, Sargento, es: ¿viene alguien detrás de mí? ¿Hay precio por mi cabeza? Y la respuesta es no. —¿Y qué me dice de una multitud con horcas? —dijo el Cabo Strappi—. ¡Él es un maldito vampiro, sarge! ¡Cualquiera lo puede ver! ¡Es un Cinta Negra! ¡Mire, tiene la insignia! —La que dice ‘Ni una gota’ —dijo el joven tranquilamente—. Ni una gota de sangre humana, Sargento. Una prohibición que he aceptado durante casi dos años, gracias a la Liga de Abstinencia. Por supuesto, si tiene una objeción personal, sargento, sólo tiene que dármela por escrito. Lo que decía era bastante ingenioso, pensó Polly. Esa ropa costaba bastante dinero. La mayoría de las familias vampiras eran muy refinadas. Nunca sabías quién estaba conectado con quién... no exactamente conectado con quién, a decir verdad, sino con quiénes. Esos quienes eran posiblemente más molestos que tus quienes ordinarios de todos los días. El Sargento estaba divisando una milla de áspero camino. —Hay que moverse con la época, Cabo —dijo, decidiendo no ir por allí— . Y ciertamente necesitamos a los hombres. —Sí, ¿pero suponga que quiere chuparme toda la sangre en medio de la noche? —dijo Strappi. —Bien, sólo tendrá que esperar hasta que el Soldado Igor termine de buscar su cerebro, ¿verdad? —replicó el Sargento—. Firme aquí, mister. La pluma rascó sobre el papel. Después de uno o dos minutos, el vampiro lo giró y continuó escribiendo del otro lado. Los vampiros tenían nombres largos. —Pero usted puede llamarme Maladict —dijo, colocando la pluma de

nuevo en el tintero.[10] —Muchas gracias, debo decir, señ... soldado. Dele el chelín, Cabo. Qué bueno que no sea uno de plata, ¿eh? ¡Ja ja! —Sí —dijo Maladict—. Así es. —¡El siguiente! —dijo el Sargento. Polly observó mientras un muchacho de granja, pantalones cortos sujetos con cordel, se movió hasta ponerse enfrente de la mesa y miró la pluma con la perplejidad resentida de aquellos confrontados con las nuevas tecnologías. Ella fue hasta la barra. El propietario la miró a la manera de los malos propietarios de todos lados. Como su padre siempre decía, si tienes una posada te gustan las personas o te vuelves loco. Curiosamente, algunos de los locos eran los mejores a la hora de cuidar su cerveza. Pero por el olor del sitio, éste no era uno de ésos. Se inclinó sobre la barra. —Una pinta, por favor —dijo, y observó abatida mientras el hombre hacía un gesto de reconocimiento y se volvía hacia los grandes barriles. Estaría avinagrada, lo sabía, porque cada noche volverían a poner dentro las gotas que caían en el balde bajo el grifo, y la espita sin reponer, y... sí, sería servida en un pichel de cuero que probablemente nunca había sido lavado. Un par de nuevos reclutas ya estaba golpeando sus pintas vacías, sin embargo, con cada signo audible de placer. Pero esto era Plün, después de todo. Cualquier cosa que te hiciera olvidar que estabas ahí era probablemente digna de ser bebida. —Deliciosa pinta ésta, ¿eh? —dijo uno de ellos. Y el muchacho a su lado eructó y dijo: —La mejor que he saboreado, sí. Polly olfateó el pichel. El contenido apestaba como algo que no daría de comer a los cerdos. Tomó un sorbo, y su opinión cambió totalmente. Sí se lo daría de comer a los cerdos. Esos muchachos nunca antes han probado cerveza, se dijo. Es como papá decía. En el país hay muchachos que se enrolarían por un par de pantalones desocupados. Y beberán esta mugre y fingirán disfrutarla como hombres, oigan, bebimos un poco anoche, ¿eh, muchachos? Y luego lo siguiente...

Oh, cielos... eso la hizo recordar. ¿Cómo sería el retrete aquí? El de los hombres en el patio trasero allá en casa era bastante malo. Polly lanzaba dos grandes baldes de agua en él todas las mañanas mientras trataba de no respirar. Había un raro musgo verde sobre el piso de baldosas. Y La Duquesa era una buena posada. Tenía clientes que se quitaban las botas antes de acostarse. Estrechó los ojos. Este tonto estúpido enfrente de ella, un hombre que trataba que una ceja larga hiciera el trabajo de dos, les estaba sirviendo bazofia y asqueroso vinagre justo antes de que marcharan a la guerra... —Essta sservessa —dijo Igor, a su derecha—, ssabe a piss de caballo. Polly retrocedió. Incluso en un bar así, era acabar con la charla. —Oh, lo sabrías, ¿verdad? —dijo el barman, acercándose al muchacho— . Has bebido pis de caballo, ¿verdad? —Ssí —dijo Igor. El barman puso un puño enfrente de la cara de Igor. —Ahora escúchame, tú pequeño ceceoso... Un delgado brazo negro apareció con velocidad asombrosa y una pálida mano golpeó la muñeca del hombre. La única ceja se retorció en repentina agonía. —Ahora, así es como va —dijo Maladict tranquilamente—. Somos soldados de la Duquesa, ¿de acuerdo? Sólo diga ‘aargh’. Debe haber apretado. El hombre gimió. —Gracias. Y usted está sirviendo como cerveza un líquido mejor descrito como agua fétida —continuó Maladict en el mismo tono coloquial—. Yo, por supuesto, no bebo... orina de caballo,[11] pero tengo un sentido del olfato muy desarrollado, y preferiría no decir en voz alta la lista de cosas que puedo oler en estas tinieblas, así que sólo diremos ‘excremento de rata’ y lo dejaremos así, ¿quiere? Sólo gima. Buen hombre. —Al final de la barra, uno de los nuevos reclutas vomitó. Los dedos del barman se habían puesto blancos. Maladict asintió con satisfacción. —Incapacitar a un soldado de su gracia en tiempo de guerra es un delito de traición —dijo. Se inclinó hacia adelante—. Sancionable, por supuesto, con la... muerte. —Maladict pronunció la palabra con cierto

deleite—. Sin embargo, si ocurre que hay otro barril de cerveza por el lugar, usted sabe, cosa buena, lo que usted guardaría para sus amigos si tuviera algún amigo, entonces estoy seguro de que podremos olvidar este pequeño incidente. Ahora, voy a soltar su muñeca. Puedo deducir por su ceja que es pensador, y si está pensando en volver corriendo aquí con un gran palo, me gustaría que en cambio pensara en esto: me gustaría que usted pensara en esta cinta negra que llevo. Sabe qué significa, ¿verdad? El barman hizo una mueca de dolor, y masculló: —Liga de Abstinencia... —¡Correcto! ¡Bien hecho! —dijo Maladict—. Y un pensamiento más para usted, si tiene lugar. Sólo hice la promesa de no beber sangre humana. No quiere decir que no puedo patearle la ingle tan duro que se quede sordo repentinamente. Soltó la muñeca. El barman se enderezó despacio. Bajo la barra tendría un corto garrote de madera, Polly lo sabía. Cada barra tenía uno. Incluso su padre tenía uno. En épocas de preocupación y confusión era una gran ayuda, decía. Vio que los dedos de la mano utilizable se encogían. —No lo haga —dijo—. Creo que habla en serio. El barman se relajó. —Un pequeño malentendido, caballeros —masculló—. Puse el barril equivocado. Sin intención de ofender —Se alejó, con su mano latiendo casi visiblemente. —Ssólo dije que era piss de caballo —dijo Igor. —No causará problemas —dijo Polly a Maladict—. Será tu amigo desde ahora. Ha averiguado que no puede derrotarte así que va a ser tu mejor compañero. Maladict la sometió a una mirada pensativa. —Yo lo sé —dijo—. ¿Cómo es que tú lo sabes? —Solía trabajar en una posada —dijo Polly, sintiendo que su corazón empezaba a latir más rápido, como siempre que las mentiras formaban fila— . Se aprende a conocer a las personas. —¿Qué hacías en la posada? —Barman.

—Hay otra posada en este agujero, ¿verdad? —Oh no, no soy de por aquí. Polly protestó ante el sonido de su propia voz, y esperó la pregunta: ‘¿Entonces porqué vienes aquí a enrolarte?’ No llegó. En cambio, Maladict sólo se encogió de hombros. —No debería pensar que alguno es de por aquí. Un nuevo par de reclutas llegó al bar. Tenían el mismo aspecto; avergonzados, un poco desafiantes, con ropa que no les quedaban bien. Ceja reapareció con un pequeño barrilete, que colocó reverentemente sobre una base y palmeó con suavidad. Sacó un genuino pichel de peltre de abajo de la barra, lo llenó, y lo ofreció a Maladict, con algo de turbación. —¿Igor? —dijo el vampiro, desechándolo. —Me quedo con la orina de caballo, si le da igual —dijo Igor. Miró a su alrededor en medio del silencio repentino—. Mira, nunca dije que no me gustaba —continuó Igor. Empujó su jarro al otro lado de la pegajosa barra— . ¿Lo missmo otra vess? Polly tomó el nuevo pichel y lo olió. Entonces tomó un sorbo. —No es mala —dijo—. Por lo menos sabe como... La puerta se abrió de golpe, dejando entrar el sonido de la tormenta. Entró aproximadamente dos tercios de un troll, y luego se las arregló para pasar el resto de sí. A Polly le caían bien los trolls. A veces los encontraba en los bosques, sentados entre los árboles o caminando resueltamente a lo largo de los senderos hacia donde fueran los trolls. No eran amigables, eran... resignados. El mundo tiene humanos, vive con eso. No merecen una indigestión. No puedes matarlos a todos. Camina alrededor de ellos. Pisarlos no resulta a largo plazo. Ocasionalmente un granjero podía contratar alguno para hacer el trabajo pesado. A veces aparecían, a veces no. A veces aparecían, caminando alrededor de un campo y arrancando tocones como si fueran zanahorias, y luego se iban sin esperar a ser pagados. Muchas de las cosas que los humanos hacían dejaban perplejos a los trolls, y viceversa. En general, se evitaban.

Pero no veía a menudo trolls tan... troll como éste. Parecía una roca que había pasado siglos en los húmedos bosques de pinos. Los líquenes lo cubrían. El musgo gris colgaba en cortinas desde su cabeza y barbilla. Tenía el nido de un ave en una oreja. Tenía un genuino garrote troll, hecho de un árbol arrancado. Era casi un troll de broma, excepto que nadie se reiría. El extremo de la raíz del árbol rebotaba sobre el piso mientras el troll, observado por los reclutas y un horrorizado Cabo Strappi, se acercaba con dificultad a la mesa. —Dezeo En Rolarme —dijo—. Haré mi parte. Deme chelín. —¡Es un troll! —explotó Strappi. —Bueno, bueno, nada de eso, Cabo —dijo el Sargento Jackrum—. No pregunte, no cuente.[12] —¿Que no pregunte? ¿Que no pregunte? ¡Es un troll, sarge! ¡Tiene peñascos! ¡Hay hierba que crece bajo sus uñas! ¡Es un troll! —Correcto —dijo el Sargento—. Enrólelo. —¿Quieres pelear con nosotros? —chilló Strappi. Los trolls no tenían sentido del espacio personal, y lo que era —para propósitos prácticos— una tonelada de roca se inclinó sobre la mesa. El troll analizó la pregunta. Los reclutas permanecieron en silencio, los jarros a mitad de camino a las bocas. —No —dijo el troll por fin—. Voy a pelear con el Ejérzito. Loz diozez zalven a... —El troll hizo una pausa y miró el techo. Sea lo que fuera que estaba buscando allí parecía no ser visible. Entonces se miró los pies, donde crecía hierba. Entonces miró su mano libre y movió los dedos como si contara algo—... la Duqueza —dijo. Había sido una larga espera. La mesa crujió cuando el troll colocó una mano sobre ella, palma hacia arriba—. Deme chelín. —Sólo tenemos trozos de pape... —comenzó el Cabo Strappi. El Sargento Jackrum le clavó un codo en las costillas. —Lo juro, ¿está loco? —siseó—. ¡Hay una recompensa de diez hombres por enrolar a un troll! —Metió su otra mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó un verdadero chelín de plata, y lo puso con delicadeza en la inmensa mano—. ¡Bienvenido a tu nueva vida, amigo! Ahora escribiré tu nombre,

¿quieres? ¿Cómo te llamas? El troll miró el techo, los pies, el Sargento, la pared y la mesa. Polly vio que sus labios se movían. —¿Carborundum? —probó. —Sí, probablemente —dijo el Sargento—. Er, ¿te gustaría afei... cortar algo de ese pel... musgo? Tenemos una, una especie de... regla... Pared, piso, techo, mesa, dedos, Sargento. —No —dijo Carborundum. —Correcto. Correcto. Correcto —dijo el Sargento rápidamente—. No es una regla en sí, en realidad, es más una advertencia. Una absurda, también, ¿eh? Siempre lo he pensado. Me alegro de tenerte con nosotros —añadió fervientemente. El troll lamió la moneda, que brillaba como un diamante en su mano. Tenía hierba que crecía bajo las uñas también, notó Polly. Entonces Carborundum se acercó a la barra. La multitud se abrió en un instante, porque los trolls nunca tenían que estar en la parte posterior del dique de cuerpos, agitando el dinero y tratando de captar la mirada del barman. Partió la moneda en dos y dejó caer ambas mitades sobre la barra. Ceja tragó. Se veía como si hubiera dicho ‘¿Está seguro?’, excepto que ésta no era una pregunta que los barman dirigían a personas que pesaban más de media tonelada. Carborundum pensó durante un rato, y luego dijo: —Deme trago. Ceja asintió, desapareció brevemente en la habitación detrás de la barra, y volvió portando un jarro de doble manija. Maladict estornudó. Los ojos de Polly lagrimearon. Era esa clase de olor que se siente con los dientes. El bar podría hacer fétida cerveza como siempre, pero esto era vinagre que picaba los ojos. Ceja dejó caer la mitad de la moneda de plata en él, y luego sacó un penique de cobre del cajón del dinero y lo sostuvo sobre el jarro humeante. El troll asintió. Con apenas un atisbo de ceremonia, como un camarero de cóctel dejando caer el pequeño paraguas en un Doble Sentido, Ceja dejó caer el cobre. Más burbujas brotaron. Igor observaba con interés. Carborundum

recogió el jarro con dos dedos de cada mano del tamaño de palas, y tragó el contenido de una vez. Se quedó de pie, inmóvil, por un momento, entonces puso el jarro cuidadosamente sobre la barra. —Ustedes caballeros podrían desear retroceder un poco —murmuró Ceja. —¿Qué va a ocurrir? —dijo Polly. —Les da a todos de manera diferente —dijo Ceja—. Parece que éste... no, allí va... Con considerable estilo, Carborundum se fue para atrás. No hubo ninguna flexión en las rodillas, ningún femenino intento de suavizar la caída. Sólo pasó de estar de pie, una mano fuera, a echado, una mano arriba. Incluso se meció suavemente durante algún tiempo después de golpear el piso. —No tienen cabeza para su bebida —dijo Ceja—. Característico de los jóvenes. Quiere jugar al troll grande, entra aquí, ordena un Electrick Floorbanger,[13] y no sabe cómo manejarlo. —¿Va a volver en sí? —preguntó Maladict. —No hasta el amanecer, calculo —dijo Ceja—. El cerebro deja de trabajar. —No debería afectarlo demasiado, entonces —dijo el Cabo Strappi, acercándose—. Correcto, montón miserable. Van a dormir en el cobertizo de la parte posterior, ¿comprendido? Prácticamente impermeable, apenas ninguna rata. ¡Saldremos de aquí al amanecer! ¡Están en el ejército ahora!

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Polly estaba tendida en la oscuridad, sobre una cama de paja rancia. No tenía sentido que nadie se desvistiera. La lluvia martillaba sobre el techo y el viento se colaba a través de una rajadura bajo la puerta, a pesar del intento de Igor de taparla con paja. Hubo un poco de conversación desganada, durante la cual Polly descubrió que estaba compartiendo el frío y húmedo cobertizo con ‘Tonker’ Halter, ‘Shufti’ Manickle, ‘Wazzer’ Goom y ‘Lofty’ Tewt. Maladict e Igor no parecían haber adoptado apodos reproducibles. Ella

se convirtió en Ozzer por acuerdo general. Ante la absoluta sorpresa de Polly, el muchacho ahora conocido como Wazzer había sacado una pequeña imagen de la Duquesa de su mochila y la colgó, nervioso, en un viejo clavo. Nadie dijo nada mientras le rezaba. Se suponía que así debía ser.

Dijeron que la Duquesa estaba muerta... Polly se estaba lavando cuando escuchó a los hombres conversar, tarde una noche, y es una pobre mujer la que no puede escuchar mientras hace ruido al mismo tiempo. Muerta, dijeron, pero las personas en Príncipe-Marmaduke-PiotreAlbert-Hans-Joseph-Bernhardt-Wilhelmsberg no lo admitían. Eso era porque al no haber ningún niño allí, y con las realezas casándose con los primos y las abuelitas de los otros todo el tiempo, el trono ducal sería para el Príncipe Heinrich de Zlobenia. ¡Ahí tiene! ¿Puede creerlo? Es por eso que nunca la vemos, ¿de acuerdo? ¿Y no ha habido una nueva imagen todos estos años? Le hace pensar, ¿eh? Oh, dicen que ha estado de luto por el joven Duque, ¡pero eso fue hace más de setenta años! Dicen que fue enterrada en secreto y... En ese punto su padre silenció al que hablaba. Hay algunas conversaciones donde ni siquiera quieres que nadie recuerde que estabas en la misma habitación. Muerta o viva, la Duquesa velaba por ti.

Los reclutas trataban de dormir. Ocasionalmente, alguien eructaba o pedeaba ruidosamente, y Polly respondió con algunos falsos erutos propios. Eso pareció inspirar mayor esfuerzo de parte de los otros durmientes, hasta el punto donde el techo traqueteó y cayó polvo, antes de que todos amainaran. Una o dos veces escuchó que alguien salía tambaleante a la ventosa oscuridad, en teoría hacia el retrete pero probablemente, teniendo en cuenta la impaciencia

masculina en estos temas, mucho más cerca de la casa. Una vez, entrando y saliendo de un sueño problemático, creyó escuchar que alguien sollozaba. Tomando cuidado para no hacer demasiado ruido, Polly sacó la última carta de su hermano, muy plegada, muy leída y muy manchada, y la leyó a la luz de la solitaria vela que se fundía. Había sido abierta y excesivamente mutilada por los censores, y llevaba la estampilla del Ducado. Decía: Mis queridos todos, Estamos en XXX que es XXX con una XXX cosa grande con pomos. En XXX haremos XXX que es lo mismo porque XXX afuera. Estoy bien de salud. La comida es XXX. XXX iremos XXX en el XXX pero mi compañero XXX dice que no me preocupe, que todo terminará cerca de XXX y que todos recibiremos medallas. ¡No se desanimen! Paul Estaba escrita con la mano cuidadosa, excesivamente clara y bien formada de alguien que tiene que pensar cada letra. La dobló despacio otra vez. Paul quería medallas, porque eran brillantes. Había sucedido casi un año atrás, cuando alguna partida de reclutamiento que pasó se fue con la mejor parte de un batallón, y hubo personas que los despidieron con banderas y música. A veces, ahora, volvían partidas más pequeñas de hombres. Los que tenían suerte sólo les faltaba un brazo o una pierna. No había banderas. Desplegó otro trozo de papel. Era un panfleto. Estaba encabezado ‘¡De las Madres de Borogravia!’ Las madres de Borogravia estaban muy seguras de querer enviar sus hijos a la guerra contra el Agresor de Zlobenia y usaban muchos signos de exclamación para decirlo. Y esto era raro, porque las madres en Munz no parecían muy entusiastas con la idea de enviar sus hijos a la guerra, y positivamente trataban de traerlos de regreso. Parecía que algunas copias del folleto habían llegado a cada casa, aun así. Era muy patriótico. O sea, hablaba de matar extranjeros. Polly había aprendido a leer y escribir en cierta forma porque la posada era grande y era un negocio y las cosas tenían que ser contadas y anotadas.

Su madre le había enseñado a leer, que era aceptable para Nuggan, y su padre se aseguró de que aprendiera a escribir, que no lo era. Una mujer que sabía escribir era una Abominación para Nuggan, de acuerdo con el Padre Jupe;[14] algo que ella escribiera sería por definición una mentira. Pero de todos modos Polly había aprendido porque Paul no, por lo menos con el nivel necesario para administrar una posada tan concurrida como La Duquesa. Podía leer si pasaba el dedo despacio a lo largo de las líneas, y escribía cartas a paso de tortuga, con mucho cuidado y pesada respiración, como un hombre montando una pieza de joyería. Era grande, amable y lento y podía levantar barriletes de cerveza como si fueran juguetes, pero no se sentía cómodo con el papeleo. Su padre había sugerido a Polly, muy suavemente pero muy a menudo, que debería estar detrás cuando le llegara el momento de administrar La Duquesa. Solo, sin nadie que le dijera qué hacer, su hermano se quedaría parado mirando las aves. Paul insistió en que le leyera todo el ‘¡De las Madres de Borogravia!’, incluso las partes sobre los héroes y que no habría mejor bien que morir por su país. Ahora deseaba no haberlo hecho. Paul hacía lo que se le decía. Desafortunadamente, también creía lo que le decían. Polly dejó los papeles a un lado y dormitó otra vez, hasta que su vejiga la despertó. Oh, bien, por lo menos a esta hora de la mañana tendría el camino despejado. Tomó su mochila y caminó hacia la lluvia tan silenciosa como pudo. Principalmente caía de los árboles ahora, que rugían en el viento que soplaba desde el valle. La luna estaba escondida en las nubes, pero había luz suficiente para distinguir los edificios de la posada. Cierta grisura indicaba que se aproximaba lo que pasaba por amanecer en Plün. Localizó el retrete de los hombres que, efectivamente, apestaba por mala puntería. Un montón de planificación y práctica se pusieron en marcha en este momento. Era ayudada por el diseño del pantalón, que era del tipo anticuado con generosa bragueta abotonada, y también por los experimentos que hizo muy temprano por la mañana cuando hacía la limpieza. En pocas palabras, con cuidado y atención al detalle, había descubierto que una mujer podía hacer pis de pie. Indudablemente había

resultado en casa, en el retrete de la posada, que había sido diseñado y construido para la segura expectativa de falta de rumbo de los clientes. El viento hacía temblar el frío y húmedo edificio. En la oscuridad pensó en la Tía Hattie, que se había puesto un poco extraña cerca de su sexagésimo cumpleaños y acusaba a los jóvenes que pasaban de mirar su vestido. Se ponía aun peor después de un vaso de vino, y tenía una broma: ‘¿Qué hace que un hombre se ponga de pie, que una mujer se siente, y que un perro levante la pata?’ Y luego, cuando todos estaban demasiado avergonzados para responder, triunfalmente chillaba: ‘¡Dar la mano!’, y se caía hacia atrás. La Tía Hattie era toda una Abominación por sí sola. Polly se abotonó el pantalón con una sensación de euforia. Sentía que había cruzado un puente, una sensación que era reforzada por la comprensión de que había mantenido los pies secos. Alguien dijo: —¡Psst! Fue apenas había terminado de mear. El pánico le estrujó todos los músculos en un instante. ¿Dónde se estaba escondiendo? ¡Éste era sólo un viejo cobertizo podrido! Oh, había algunos cubículos, pero sólo el olor sugería muy enérgicamente que los bosques más allá serían una mucho mejor propuesta. Incluso en una terrible noche. Incluso con el agregado de lobos. —¿Sí? —tembló, y luego se aclaró la garganta y preguntó, con un poco más de rudeza—: ¿Sí? —Necesitarás esto —susurró la voz. En la fétida penumbra distinguió algo que asomaba sobre el borde de un cubículo. Extendió la mano nerviosa y tocó blando. Era un bulto de lana. Sus dedos la exploraron. —¿Un par de medias? —dijo. —Correcto. Póntelas —dijo roncamente la voz misteriosa. —Gracias, pero he traído varios pares... —empezó Polly. Se escuchó un apagado suspiro. —No. No en tus pies. Mételas en la parte delantera de tu pantalón. —¿Qué quiere decir? —Mira —dijo el susurrador pacientemente—, no abultas donde no

deberías abultar. Eso es bueno. Pero no abultas donde debes abultar, tampoco. ¿Sabes? ¿Más abajo? —¡Oh! Er... yo... pero... no pensé que las personas se dieran cuenta... —dijo Polly, encendida de vergüenza. ¡Había sido descubierta! Pero no había agitación ni gritos, ninguna cita enfadada del Libro de Nuggan. Alguien la estaba ayudando. Alguien que la había visto... —Es algo gracioso —dijo la voz—, pero más notan lo que falta que lo que está. Sólo un par, sugiero. No te pongas ambiciosa. Polly vaciló. —Hum... ¿es obvio? —dijo. —No. Es por eso que te di las medias. —Quiero decir que... que no soy... que soy... —No realmente —dijo la voz oculta—. Eres bastante buena. Vienes como un muchacho joven y asustado que trata de parecer grande y valiente. Podrías hurgarte la nariz un poco más a menudo. Sólo un consejo. Pocas cosas interesan más a un joven que el contenido de su nariz. Ahora tengo que pedirte un favor a cambio. Yo no le pedí ninguno, pensó Polly, totalmente molesta al ser tomada por un muchacho joven y asustado cuando estaba segura de haber dado la impresión de un muchacho joven, fresco y tranquilo. Pero dijo con calma: —¿Qué es? —¿Tienes algún papel? Sin palabras, Polly sacó ‘¡De las Madres de Borogravia!’ de la camisa y se lo pasó. Escuchó el sonido de un fósforo que se encendía y un olor a azufre que solamente mejoró las condiciones generales. —Vaya, ¿es éste el blasón de su gracia la Duquesa lo que veo enfrente de mí? —dijo el susurrador—. Bien, no estará enfrente de mí durante mucho tiempo.[15] Lárgate... muchacho. Polly salió rápidamente en la noche, conmocionada, aturdida, confundida y casi asfixiada, y llegó a la puerta del cobertizo. Pero apenas la cerró y todavía estaba parpadeando en la negrura cuando se abrió de golpe otra vez para dejar entrar al viento, a la lluvia y al Cabo Strappi. —¡Muy bien, muy bien! ¡Manos afuera de... bien, ustedes no serían

capaces de encontrarlas... y arriba con medias! Hup hup hi ho hup hup...[16] De repente unos cuerpos saltaron o cayeron alrededor de Polly. Sus músculos debían haber obedecido directamente la voz, porque ningún cerebro se puede poner en marcha tan rápidamente. El Cabo Strappi, en obediencia a la ley de los suboficiales, respondía haciendo la confusión más confusa. —¡Santo cielo, un montón de ancianas podría moverse mejor que ustedes! —gritó con satisfacción mientras las personas se agitaban a su alrededor buscando abrigos y botas—. ¡Atención! ¡Afeitarse! ¡Todos los hombres del regimiento deben estar bien afeitados, es una orden! ¡Vístanse! ¡Wazzer, tengo mis ojos sobre usted! ¡Moverse! ¡Moverse! ¡Desayuno en cinco minutos! ¡El último no recibe salchicha! ¡Oh cielos, qué condenada llovizna! Los cuatro jinetes menores, Pánico, Perplejidad, Ignorancia y Gritos tomaron el control de la habitación, para el obsceno regocijo del Cabo Strappi. Polly, sin embargo, se escurrió por la puerta, sacó de su mochila un pequeño jarro de estaño, lo metió en un tonel de agua, lo acomodó sobre un viejo barril detrás de la posada, y empezó a afeitarse. También lo había practicado. El secreto estaba en la vieja navaja de degollar que había desafilado cuidadosamente. Después de eso, todo estaba en la brocha y el jabón. Ponerse mucha espuma, afeitar mucha espuma, y has tenido una afeitada, ¿verdad? Debe hacerlo, señor, sienta qué suave está la piel... Había llegado a la mitad cuando una voz gritó junto a su oído: —¿Qué crees que estás haciendo, Soldado Partes? También por eso la hoja estaba desafilada. —¡Perks, señor! —dijo, frotándose la nariz—. ¡Me estoy afeitando, señor! ¡Es Perks, señor! —¿Señor? ¿Señor? No soy un señor, Partes, soy un maldito Cabo, Partes. Eso significa que tú me llamas ‘Cabo’, Partes. Y te estás afeitando en un jarro oficial de regimiento, Partes, qué no te ha sido entregado, ¿correcto? ¿Eres un desertor, Partes? —¡No, señ... Cabo!

—¿Un ladrón, entonces? —¡No, Cabo! —¿Entonces, cómo es que tienes un maldito jarro, Partes? —¡Lo tomé de un hombre muerto, señor... Cabo! La voz de Strappi, elevada hasta el grito en todo caso, se convirtió en un chillido de rabia. —¿Eres un saqueador? —¡No, Cabo! El soldado... ... casi había muerto en sus brazos, sobre el piso de la posada. Había media docena de hombres en esa partida de héroes que regresaban. Deben haber caminado con la cara triste por días, volviendo a los pequeños pueblos en las montañas. Polly contó nueve brazos y diez piernas entre todos, y diez ojos. Pero los aparentemente enteros estaban peores, en cierto modo. Mantenían sus hediondos abrigos bien abotonados, en lugar de vendas, sobre cualquier desastre indescriptible que hubiera debajo, y tenían el olor de la muerte sobre ellos. Los clientes habituales de la posada les hicieron espacio, y hablaron bajo, como personas en un lugar sagrado. Su padre, generalmente un hombre no propenso al sentimentalismo, puso silenciosamente un generoso trago de brandy en cada jarro de cerveza, y rechazó todo pago. Entonces resultó que llevaban cartas de los soldados que todavía peleaban, y uno de ellos había traído la carta de Paul. La empujó a través de la mesa hacia Polly mientras les servía estofado y entonces, con muy poco alboroto, se murió. El resto de los hombres se marcharon tambaleantes más tarde ese día, llevando con ellos, para darlas a los padres, la medalla de metal que estaba en el bolsillo del abrigo del soldado y la mención de honor oficial del Ducado que venía con ella. Polly le había echado un vistazo. Estaba impresa, incluso la firma de la Duquesa, y el nombre del hombre había sido llenado, algo apretado, porque era más largo que el promedio. Las últimas letras se apiñaban. Son los detalles pequeños como ésos los que se recuerdan, mientras la rabia candente sin dirección llena la mente. Aparte de la carta y la medalla,

todo lo que el hombre dejaba era un jarro de estaño y, sobre el piso, una mancha que no se borraría. Cabo Strappi escuchó impaciente una versión ligeramente ajustada. Polly podía ver su mente trabajar. El jarro había pertenecido a un soldado; ahora pertenecía a otro soldado. Ésos eran los hechos del asunto, y no había mucho que pudiera hacer sobre ello. En cambio, recurrió al terreno más seguro del abuso general. —¿Así que piensas que eres inteligente, Partes? —dijo. —No, Cabo. —Bien, me alisté, Cabo —dijo Polly mansamente. En algún lugar detrás de Strappi, alguien se rió con disimulo. —Tengo mis ojos sobre ti, Partes —gruñó Strappi, temporalmente derrotado—. Sólo pon un pie equivocado, eso es todo. —Salió a grandes zancadas. —Hum... —dijo una voz junto a Polly. Se giró para ver a otro joven que llevaba ropa usada y un aire de nerviosismo que no ocultaba totalmente algo de cólera bullente. Era grande y pelirrojo, pero tenía el pelo tan corto que era sólo pelusa. —Eres Tonker, ¿correcto? —dijo. —Sí, y, er... ¿podrías prestarme tu navaja de afeitar, correcto? Polly miró una barbilla tan libre de pelo como una bola de billar. El muchacho se ruborizó. —Tengo que comenzar algún día, ¿correcto? —dijo desafiante. —La navaja necesitará ser afilada —dijo Polly. —Está bien, sé cómo hacerlo —dijo Tonker. Polly le entregó el jarro y la navaja sin palabras, y aprovechó la oportunidad de meterse en el retrete mientras todos los demás estaban ocupados. Era trabajo de un momento poner las medias en su lugar. Fijarlas era el problema, que solucionó desenrollando parte de una y metiéndola bajo el cinturón. Se sentían raras, y extrañamente pesadas para ser un pequeño paquete de lana. Caminando un poco torpemente, Polly entró para ver qué horror traería el desayuno.

Trajo pan-caballo pasado, salchicha y cerveza muy aguada. Agarró una salchicha y una rebanada de pan y se sentó. Tenías que concentrarte para comer ese pan-caballo. Había mucho más en estos días, un pan hecho de harina molida con guisantes deshidratados, frijoles y restos de verdura. Solía ser hecho para los caballos, para ponerlos en buena condición. Ahora a duras penas veías otra cosa sobre la mesa, y también tendía a ser cada vez menos. Necesitabas tiempo y buenos dientes para abrirte camino por una rebanada de pan-caballo, así como necesitabas una total falta de imaginación para comer una salchicha moderna. Polly se sentó y se concentró en mascar. La única otra área en calma estaba alrededor del Soldado Maladict, que bebía café como un joven relajado en una mesa en la acera, con el aire de alguien que tiene la vida totalmente resuelta. Inclinó la cabeza hacia Polly. ¿Era él en el retrete?, se preguntó. Volví a entrar justo cuando Strappi empezó a gritar y todos empezaron a correr de un lado para otro y adentro y afuera. Podría haber sido cualquiera. ¿Usan los vampiros el retrete? Bien, ¿lo hacen? ¿Alguien alguna vez se ha atrevido a preguntar? —¿Dormiste bien? —preguntó. —Sí. ¿Y tú? —dijo Polly. —No podía soportar ese cobertizo, pero el Sr. Ceja me permitió gentilmente usar su sótano —dijo Maladict—. Los viejos hábitos tardan en morir, ¿sabes? Por lo menos —añadió—, los viejos hábitos aceptables. Nunca me he sentido feliz si no cuelgo de algo. —¿Y conseguiste café? —Llevo mi propio suministro —dijo Maladict, señalando una pequeña máquina de hacer café, exquisita y dorada, sobre la mesa junto a su taza—, y el Sr. Ceja hirvió gentilmente un poco de agua para mí. —Sonrió, mostrando dos largos dientes caninos—. Es asombroso lo que se puede lograr con una sonrisa, Oliver. Polly asintió. —Er... ¿Es Igor tu amigo? —preguntó. En la siguiente mesa Igor había obtenido una salchicha, presumiblemente cruda, de la cocina, y la estaba observando atentamente. Un par de alambres corrían de la salchicha a un

horrible jarro de cerveza avinagrada, que estaba borboteando. —Nunca lo he visto en mi vida —dijo el vampiro—. Por supuesto, si conoces uno, conoces a todos ellos en cierto sentido. Teníamos un Igor en casa. Maravilloso trabajador. Muy leal. Muy confiable. Y, por supuesto, tan bueno para coser cosas, si sabes qué quiero decir. —Esas puntadas alrededor de su cabeza no parecen muy profesionales —dijo Polly, que estaba empezando a molestarle la permanente expresión de superioridad fácil de Maladict. —Oh, ¿eso? Es un cosa Igor —dijo Maladict—. Es una Moda. Como... marcas tribales, ¿sabes? Les gustan para mostrarlas. Ja, una vez tuvimos un criado que tenía puntadas todo alrededor del cuello, y estaba sumamente orgulloso de ellas. —¿De veras? —dijo Polly débilmente. —¡Sí, y lo gracioso de todo eso era que ni siquiera era su cabeza! Ahora Igor tenía una jeringa en la mano, y observaba la salchicha con aire de satisfacción. Por un momento, Polly creyó ver que la salchicha se movía... —¡Muy bien, muy bien, el tiempo se ha terminado, ustedes horrible montón! —ladró el Cabo Strappi, entrando en la habitación—. ¡Atención! ¡Eso quiere decir alinearse, ustedes partida! ¡Eso va para ti también, Partes! Y tú, Sr. Vampiro, señor, ¿te nos unirá para una ligera marcha militar matutina? ¡Sobre tus pies! ¿Y dónde está ese maldito Igor? —Aquí, sseñor —dijo Igor, a tres pulgadas detrás del espinazo de Strappi. El Cabo dio media vuelta. —¿Cómo llegaste allí? —bramó. —Ess un don, sseñor —dijo Igor. —¡Nunca te ponga detrás de mí otra vez! ¡Ponte en línea con el resto! Ahora... ¡Atención! —Strappi suspiró teatralmente—. Eso significa ‘pararse derecho’. ¿Lo tienen? ¡Una vez más con sentimiento! ¡Atención! ¡Ah, ya veo el problema! ¡Tienen pantalones que están permanentemente en descanso! ¡Creo que tendré que escribir a la Duquesa y decirle que debe pedirles que le devuelvan su dinero! ¿Por qué estás sonriendo, Señor Vampiro? —Strappi se colocó enfrente de Maladict, que se cuadró perfectamente.

—¡Feliz de estar en el regimiento, Cabo! —Sí, correcto —masculló Strappi—. Bien, no serás tan... —¿Todo en orden, Cabo? —preguntó el Sargento Jackrum, que apareció en la entrada. —Podríamos esperar mejor, Sargento —suspiró el Cabo—. Deberíamos devolverlos, oh cielos, sí. Inútiles, inútiles, inútiles... —Está bien, muchachos. Descansen —dijo Jackrum, echando una mirada menos que amigable a Strappi—. Hoy bajaremos hacia Plotz, donde nos reuniremos con las demás partidas de reclutamiento y les serán suministrados sus uniformes y armas, muchachos con suerte. ¿Alguno de ustedes ha usado un arma? ¿Tú, Perks? Polly bajó la mano. —Un poco, sarge. Mi hermano me enseñó un poco cuando estaba en casa de permiso, y algunos de los ancianos en el bar donde trabajaba me dieron algunos, er, consejos. —Lo habían hecho, seguro. Era gracioso observar a una niña que agita una espada a su alrededor, y habían sido bastante amables cuando no se estaban riendo. Aprendía rápido, pero se había propuesto parecer torpe mucho después de haber logrado el tacto para la hoja, porque usar una espada era también ‘trabajo de un Hombre’ y una mujer que lo hacía era una Abominación para Nuggan. Los viejos soldados, en general, se tomaban con calma las Abominaciones. Sería graciosa mientras fuera inútil, y estaría a salvo mientras fuera graciosa. —Experto, ¿verdad? —dijo Strappi, sonriendo desagradablemente—. Un verdadero genio con el florete, ¿verdad? —No, Cabo —dijo Polly mansamente. —Muy bien —dijo Jackrum—. Alguien más... —Espere, sarge, calculo que a todos nos gustaría un poco de instrucción del maestro de esgrima Partes —dijo Strappi—. ¿No es correcto, muchachos? —Se escuchó un murmullo general desde el escuadrón y se encogieron de hombros; reconocían a un correcto pequeño bastardo intimidante cuando lo veían pero se alegraban de no haberse metido con él. Strappi sacó su propia espada. —Préstele una de las suyas, sarge —dijo—. Vamos. Sólo un poco de

diversión, ¿eh? Jackrum vaciló, y echó un vistazo a Polly. —¿Qué me dices, muchacho? No tienes que hacerlo —dijo. Tendré que hacerlo tarde o temprano, pensó Polly. El mundo estaba lleno de Strappi. Si retrocedías, sólo seguían avanzando. Tenías que pararlos desde el principio. Suspiró. —Está bien, sarge. Jackrum sacó uno de sus alfanjes de la funda y lo pasó a Polly. Parecía asombrosamente afilado. —No te lastimará, Perks —dijo mientras miraba al sonriente Strappi. —Trataré de no lastimarlo tampoco, señor —dijo Polly, y luego se maldijo por la idiota bravata. Deben haber sido las medias las que hablaban. —Oh, bien —dijo Strappi, retrocediendo—. Veamos de qué estás hecho, Partes. De carne, pensó Polly. De sangre. De cosas que se cortan fácilmente. Oh, bien... Strappi agitó su sable como los viejos muchachos habían hecho, bien abajo, en caso de que fuera una de esas personas que pensaban que toda la idea era golpear la espada del otro hombre. La ignoró, y observó sus ojos, que no era ningún placer. No la clavaría, no a muerte, no con Jackrum observando. Intentaría algo que doliera y que hiciera a todos reírse de ella. Ése era el estilo de Strappi hasta la médula. Cada posada contaba con uno o dos entre sus clientes habituales. El Cabo la probó más agresivamente un par de veces, y por dos veces, con suerte, logró quitar la hoja del camino. La suerte se acabaría, sin embargo, y si parecía que estaba ofreciendo un espectáculo decente, Strappi la pondría en vereda con ganas. Entonces recordó el consejo del viejo Gomoso Abbens, un Sargento jubilado que perdió su brazo izquierdo por una espada ancha y todos sus dientes por la sidra: ‘¡Un buen espadachín odia toparse contra un novato, chica! ¡La razón es que no sabe qué va a hacer el cabrón!’ Movió el alfanje alocadamente. Strappi tuvo que bloquearlo, y por un momento las espadas se trabaron.

—¿Es lo mejor que puedes hacer, Partes? —se burló el Cabo. Polly extendió la mano y agarró su camisa. —No, Cabo —dijo—, pero esto lo es. —Tiró duro y bajó la cabeza. La colisión dolió más de lo que había esperado, pero escuchó crujir algo y no le pertenecía. Retrocedió rápidamente, ligeramente mareada, con el alfanje listo. Strappi había caído de rodillas, chorreando sangre por la nariz. Cuando se levantó, alguien iba a morir... Jadeante, Polly apeló silenciosamente al Sargento Jackrum, que había cruzado los brazos y miraba el techo con inocencia. —Apuesto a que no aprendiste eso de tu hermano, Perks —dijo. —No, sarge. Aprendí eso de Gomoso Abbens, sarge. De repente, Jackrum la miró, sonriendo. —¿Qué, el viejo Sargento Abbens? —¡Sí, sarge! —¡Ése es un nombre del pasado! ¿Todavía está vivo? ¿Cómo está ese viejo borrachín malvado? —Er... bien conservado, sarge —dijo Polly, todavía tratando de recuperar la respiración. Jackrum rió. —Sí, lo apostaría. Hizo lo mejor peleando en bares, eso hizo. Y apostaré a que ése no es el único truco que te dijo, ¿eh? —No, señor. —Y los otros hombres habían regañado al viejo por decírselo, y Gomoso había reído en su jarro de sidra, y de todos modos había pasado mucho tiempo antes de que Polly averiguara qué significaba ‘joyas de la familia’. —¿Escucha eso, Strappi? —dijo el Sargento al hombre que maldecía, goteando sangre sobre el piso—. Parece que usted tiene suerte. Pero no hay ningún premio para peleas justas en tumultos, muchachos, como ya aprenderán. Muy bien, la diversión ha terminado. Vaya y póngase un poco de agua fría sobre eso, Cabo. Siempre se ve peor de lo que es. Y éste es el final, para los dos. Es una orden. Una palabra para el sabio. ¿Comprendido? —Sí, sarge —dijo Polly mansamente. Strappi lanzó un gruñido.

Jackrum miró al resto de los reclutas. —Está bien. ¿Alguno del resto de ustedes muchachos ha sujetado un palo? Correcto. Veo que vamos a tener que empezar despacio y trabajar mucho... Se escuchó otro gruñido de Strappi. Tenías que admirar al hombre. De rodillas, con la sangre chorreando a través de la mano que cubría la nariz lastimada, podía encontrar tiempo para hacerle a alguien la vida difícil de alguna manera. —El Foldado Chupafangre tiene una efpada, Fargento —dijo acusadoramente. —¿Eres bueno con ella? —dijo el Sargento a Maladict. —No realmente, señor —dijo Maladict—. Nunca tuve entrenamiento. La llevo por protección, señor. —¿Cómo puedes protegerte llevando una espada si no sabes cómo usarla? —No yo, señor. Otras personas. Ven la espada y no me atacan —dijo Maladict pacientemente. —Sí, pero si lo hicieran, muchacho, no serías nada bueno con ella —dijo el Sargento. —No, señor. Probablemente me conformaría con sólo arrancarles la cabeza, señor. Eso es lo que quiero decir con protección, señor. La suya, no la mía. Y recibiría un infierno de la Liga si lo hiciera, señor. El Sargento lo miró durante un rato. —Bien pensado —masculló. Se escuchó un ruido sordo detrás de ellos y una mesa se volcó. El troll Carborundum se incorporó, gimió, y cayó hacia atrás otra vez. En el segundo intento logró mantenerse erguido, con ambas manos agarrando su cabeza. El Cabo Strappi, ahora sobre sus pies, debía haberse sentido intrépido por la cólera. Se dirigió hacia el troll a toda velocidad, y se paró enfrente de él, vibrante de rabia y todavía rezumando sangre en chorros pegajosos. —¡Tú, pequeño hombre horrible! —gritó—. ¡Tú...! Carborundum bajó la mano y, con cuidado y sin aparente esfuerzo, lo

levantó por la cabeza. Lo acercó a un ojo cubierto de costras y lo giró de un lado al otro. —¿Me uní al ejérzito? —tronó—. Oh, coprolito... —¡Efto ef afalto a un ofifial fuperior! —gritó la voz amortiguada del Cabo. —Baja al Cabo Strappi, por favor —dijo el Sargento Jackrum. El troll lanzó un gruñido, y dejó el hombre en el piso. —Lamento ezo —dijo—. Creí que uzted era un enano. —Ecfijo que efte hombre fea arreftado por... —empezó Strappi. —Claro que no, Cabo, claro que no —dijo el Sargento—. No es el momento. Ponte de pie, Carborundum, y en línea. Te lo juro, si intentas ese pequeño truco una vez más tendrás problemas, ¿comprendido? —Zí, Zargento —gruñó el troll, y se puso de pie ayudándose con los nudillos. —Correcto, entonces —dijo el Sargento, retrocediendo—. Veamos, mis muchachos con suerte, hoy vamos a aprender sobre algo que llamamos marchar... Dejaron Plün hacia el viento y la lluvia. Aproximadamente una hora después de que se esfumaron detrás de una curva en el valle, el cobertizo en el que habían dormido ardió hasta los cimientos, misteriosamente.

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Hubo mejores intentos de marcha, y la habían hecho unos pingüinos. El Sargento Jackrum, trepado a la parte trasera del carro, gritaba instrucciones, pero los reclutas se movían como si nunca antes hubieran tenido que ir de un lugar a otro. El Sargento gritaba el ritmo de sus pasos; detuvo el carro y le dio a algunos una lección improvisada sobre conceptos como ‘derecha’ e ‘izquierda’ y, gradualmente, dejaron las montañas. Polly recordaba esos primeros días con sentimientos encontrados. Todo lo que hicieron fue marchar, pero ella estaba acostumbrada a las largas caminatas y sus botas eran buenas. Los pantalones dejaron de raspar. Un sol acuoso se tomaba la molestia de brillar. Hacía frío. Habría sido bueno, sin

el Cabo. Se preguntaba cómo haría Strappi para manejar la situación entre ellos, con una nariz que tenía el mismo color de una ciruela. Resultó que tenía la intención de fingir que no había ocurrido, y también teniendo que ver con Polly lo menos posible. No se salteó a los otros, aunque era selectivo. Maladict era estrictamente dejado solo, también Carborundum; fuera lo que fuera, Strappi no era suicida. Y estaba desconcertado con Igor. El pequeño hombre hacía cualquier tarea estúpida que Strappi encontraba para él, y la hacía rápidamente, con eficiencia, y daba la impresión de que se sentía feliz con el trabajo, y eso dejaba al Cabo totalmente perplejo. Se metía con los otros sin ninguna razón en absoluto, los sermoneaba hasta que cometían algún error trivial, y luego los regañaba. Su blanco preferido era el Soldado Goom, mejor conocido como Wazzer, que era delgado como un palo, con ojos redondos, y nervioso; bendecía en voz alta antes de las comidas. Al final del primer día, Strappi podía hacerle vomitar con sólo gritarle. Y entonces se reía. Pero Polly notó que él nunca reía realmente. Lo que se escuchaba en cambio era una especie de gárgara chillona de saliva en la parte posterior de la garganta, un ruido como ghnssssh. La presencia del hombre estropeaba todo. Jackrum rara vez se inmiscuía. Observaba a Strappi a menudo, sin embargo, y una vez que Polly captó su mirada, le hizo un guiño. Durante la primera noche, sacaron del carro una carpa a los gritos de Strappi, y levantada a los gritos y, después de una cena de pan pasado y salchicha, les gritaron enfrente de una pizarra para ser gritados. A través de la pizarra Strappi había escrito PARA QUÉ PELEAMOS y al costado y hacia abajo había escrito 1, 2, 3.[17] —¡Correcto, presten atención! —dijo, golpeando la pizarra con una varilla—. Hay algunos que piensan que ustedes muchachos deben saber para qué estamos peleando esta guerra, ¿de acuerdo? Bien, aquí viene. Punto Uno, ¿recuerdan el pueblo de Lipz? ¡Fue violentamente atacado por soldados de Zlobenia hace un año! Ellos...

—Perdone, pero pensé que nosotros atacamos Lipz, ¿verdad, Cabo? El año pasado dijeron... —dijo Shufti. —¿Estás tratando de ser listo, Soldado Manickle? —preguntó Strappi, nombrando el pecado más grande en su lista personal. —Sólo quiero saberlo, Cabo —dijo Shufti. Era robusto, tirando a regordete, y una de esas personas que se esfuerzan por ser útiles de una manera suavemente molesta, encargándose de los trabajos pequeños que no te hubiera molestado hacer por ti mismo. Había algo raro en él, aunque tenías que considerar que estaba actualmente sentado junto a Wazzer, que tenía suficiente rareza para todos y probablemente era contagiosa... ... y había captado la mirada de Strappi. No era divertido ir contra Shufti, pero Wazzer, bueno, Wazzer siempre merecía un grito. —¿Estás escuchando, Soldado Goom? —gritó. Wazzer, que estaba sentado y mirando hacia arriba con los ojos cerrados, despertó con una sacudida. —¿Cabo? —tremoló, mientras Strappi avanzaba. —Dije, ¿estás escuchando, Goom? —¡Sí, Cabo! —¿De veras? ¿Y qué escuchaste, puedo preguntar? —dijo Strappi, con una voz de melaza y ácido. —Nada, Cabo. Ella no está hablando. Strappi tomó una bocanada intensa y deliciosa de aire malvado. —Tú eres una inútil y despreciable pila de... Se escuchó un sonido. Era un sonido pequeño, anodino, uno que escuchabas todos los días, un ruido que hacía su trabajo pero que nunca esperaba ser, por ejemplo, silbado ni formar parte de una interesante sonata. Era sólo el sonido de piedra raspando metal. Del otro lado del fuego Jackrum bajó su alfanje. Tenía una piedra de afilar en la mano. Miró al grupo. —¿Qué? Oh. Sólo mantengo el filo —dijo inocentemente—. Lamento si detuve su discurso, Cabo. Continúe. Un instinto básico de supervivencia animal llegó en ayuda del Cabo. Dejó al tembloroso Wazzer tranquilo, y regresó a Shufti.

—Sí, sí, nosotros atacamos Lipz también... —dijo Strappi. —¿Fue antes de que los Zlobenianos lo hicieran? —preguntó Maladict. —¿Quieren escuchar? —exigió Strappi—. ¡Atacamos Lipz valientemente para reclamar lo que es territorio de Borogravia! Y entonces los traicioneros comedores de colinabo lo volvieron a robar... Polly dejó de escuchar un poco en este punto, ahora que no había una posibilidad inmediata de ver a Strappi decapitado. Conocía lo de Lipz. La mitad de los ancianos que venían a beber con su padre habían atacado el sitio. Pero nadie esperaba que ellos quisieran hacerlo. Alguien simplemente había gritado, ‘¡Al ataque!’ El problema era el Río Kneck. Corría a través de la llanura cenagosa y fértil como un trozo de cordel, pero a veces una repentina inundación o incluso un gran árbol caído provocarían su apertura como un látigo, lanzando partes de río sobre regiones a millas de su lecho previo. Y el río era la frontera internacional... Volvió al presente para escuchar: —... pero esta vez todos están de su lado, ¡bastardos! ¿Y saben por qué? ¡Por culpa de Ankh-Morpork! Porque detuvimos los coches de correo que iban por nuestro país y derribamos las torres de clacks, que son una Abominación para Nuggan. Ankh-Morpork es una ciudad sin dios... —Creía que tenía más de trescientos lugares de culto —dijo Maladict. Strappi lo miró con una rabia que era incoherente hasta que logró tocar fondo otra vez. —Ankh-Morpork es una ciudad terrible —continuó—. Venenosa, exactamente igual que su río. Apenas apta para los humanos ahora. Dejaron entrar a todos —zombis, lobizones, enanos, vampiros, trolls... —Recordó a su audiencia, titubeó y continuó—... quienes en algunos casos pueden ser buenos, por supuesto. Pero es un lugar asqueroso, obsceno, sin ley y superpoblado, ¡y por eso el Príncipe Heinrich lo ama tanto! Ha sido absorbido por él, comprado con juguetes baratos, porque ésa es la manera en que Ankh-Morpork juega, hombres. Los compran, ellos ¡quieres dejar de interrumpir! ¿Cómo puedo tratar de enseñarles bien las cosas si vas a seguir haciendo preguntas?

—Sólo me preguntaba por qué está tan lleno de gente, Cabo —dijo Tonker—. Si es tan malo, quiero decir. —¡Es porque son un pueblo degradado, Soldado! Y han enviado un regimiento aquí para ayudar a Heinrich a apoderarse de nuestra patria amada. Ha abandonado el camino de Nuggan y abrazó el espanto sin dios de Ankh-Morpork. —Strappi parecía contento por haberlo señalado, y continuó—. Punto Dos: además de sus soldados, Ankh-Morpork ha enviado a Vimes el Carnicero, el hombre más malvado en esa ciudad malvada. ¡Están empeñados en nada menos que nuestra destrucción! —Escuché que Ankh-Morpork estaba enojada porque derribamos las torres de clacks —dijo Polly. —¡Estaban en nuestro territorio soberano! —Bien, era Zlobenia hasta... —empezó Polly. Strappi agitó un dedo enfadado hacia ella. —¡Escúchame, Partes! ¡No se puede llegar a ser un gran país como Borogravia sin hacer enemigos! Lo cual me lleva al Punto Tres, Partes, que estás sentado allí pensando que eres muy listo. Como todos ustedes. Puedo verlo. Bien, sean listos con esto: podría ser que no les guste todo en su país, ¿eh? Podría no ser el lugar perfecto, pero es nuestro. Podrían pensar que no tenemos las mejores leyes, pero son nuestras. Las montañas podrían no ser las más lindas o las más altas, pero son nuestras. ¡Estamos luchando por lo que es nuestro, hombres! —Strappi estampó su mano sobre el corazón. ¡Despertad, hijos de la patria! Nunca vuelvan a probar el vino de manzanas ácidas... Se unieron, en diversos niveles de zumbido. Tenías que hacerlo. Incluso si sólo abrías y cerrabas tu boca, tenías que hacerlo. Incluso si sólo decías ‘ner, ner, ner’, tenías que hacerlo. Polly, que era exactamente esa clase de persona que mira subrepticiamente a su alrededor en momentos como éstos, vio que Shufti lo estaba cantando perfectamente y que Strappi realmente tenía lágrimas en sus ojos. Wazzer no estaba cantando en absoluto. Estaba rezando. Ése era un buen resuello, dijo una de las áreas

más traicioneras de la mente de Polly. Ante la perplejidad de todos, Strappi continuó —solo— a lo largo de la segunda estrofa, que nunca nadie recordaba, y luego les sonrió a la manera petulante del que cree que soy-más-patriota-que-ustedes. Después, trataron de dormir sobre tanta blandura como dos mantas podían suministrar. Permanecieron tendidos allí en silencio durante algún tiempo. Jackrum y Strappi tenían carpas propias, pero instintivamente sabían que por lo menos Strappi espiaría y escucharía por las solapas. Después de aproximadamente una hora, cuando la lluvia repiqueteaba sobre la lona, Carborundum dijo: —Eztá bien, entonzez, creo que lo he entendido. Zi laz perzonaz zon zoder estúpidaz, entonzez pelearemoz por la zoder eztupidez, porque ez nueztra eztupidez. Y ezo ez bueno, ¿zí? Varios del escuadrón se incorporaron en la oscuridad, asombrados ante esto. —Me doy cuenta de que debería saber estas cosas, ¿pero qué significa ‘zoder’? —dijo la voz de Maladict en la húmeda oscuridad. —Ah, bien... cuando, correcto, un papá troll busca a una mamá troll... —Bien, correcto, sí, creo que lo tengo, gracias —dijo Maladict—. Y lo que tienes allí, mi amigo, es patriotismo. Mi país, bien o mal. —Deberías amar a tu país —dijo Shufti. —De acuerdo, ¿qué parte? —preguntó la voz de Tonker, desde la otra esquina de la carpa—. ¿La luz matutina sobre las montañas? ¿La horrible comida? ¿Las malditas Abominaciones locas? ¿Todo mi país excepto el lugar donde Strappi está parado? —¡Pero estamos en guerra! —Sí, allí es donde te tienen —suspiró Polly. —Bien, no lo estoy comprando. Todo es engaño. ¡Te mantienen reprimido y cuando hacen pis en algún otro país, tienes que luchar por ellos! ¡Es solamente tu país cuando quieren que te hagas matar! —dijo Tonker. —Todas las buenas partes de este país están en esta carpa —dijo la voz de Wazzer. Un silencio avergonzado descendió.

La lluvia amainó. Después de un rato, la carpa empezó a gotear. Al final alguien dijo: —¿Qué ocurre, hum, si te alistas pero entonces decides que no quieres hacerlo? Ése era Shufti. —Pienso que lo llaman desertar y te cortan la cabeza —dijo la voz de Maladict—. En mi caso sería una desventaja pero tú, Shufti querido, descubrirías que significa un obstáculo en tu vida social. —Nunca besé su maldita imagen —dijo Tonker—. ¡La hice girar cuando Strappi no miraba y la besé por atrás! —Sin embargo, todavía dirán que besaste a la Duquesa —dijo Maladict. —¿B-b-besaste horrorizado. —Era la parte de atrás de la imagen, ¿de acuerdo? —dijo Tonker—. No fue su real parte trasera. ¡Huh, no la habría besado si así fuera! —Se escuchó una risita no identificada desde varias esquinas y sólo un asomo de risa tonta. —¡Eso fue ver-vergonzoso! —siseó Wazzer—. ¡Nuggan desde el cielo te vio ha-hacerlo! —Era sólo una imagen, ¿de acuerdo? —farfulló Tonker—. De todos modos, ¿cuál es la diferencia? ¡Delante o detrás, estamos todos juntos aquí y no veo filete y tocino! Algo rugió por encima. —Me alizté para ver lugarez ecztranjeroz eczitantes y conozer perzonaz eróticaz —dijo Carborundum. Eso trajo un momento de reflexión. —Creo que quiere decir exóticas —dijo Igor. —Zí, eza claze de cozaz —aceptó el troll. —Pero ellos siempre mienten —dijo alguien, y luego Polly se dio cuenta de que había sido ella—. Ellos mienten todo el tiempo. Sobre todas las cosas. —Amen a eso —dijo Tonker—. Luchamos por unos mentirosos. —Ah, podrán ser mentirosos —respondió Polly, en una pasable imitación a la D-Duquesa por a-a-atrás? —dijo Wazzer,

del ladrido de Strappi—, ¡pero son nuestros mentirosos! —Bueno, bueno, niños —dijo Maladict—. Tratemos de dormir un poco, ¿quieren? Pero he aquí un pequeño sueño feliz de su Tío Maladict. Sueño que cuando entremos en batalla, el Cabo Strappi nos esté conduciendo. ¿No sería divertido? Después de un rato, Tonker dijo: —¿Delante de nosotros, eso quieres decir? —Oh, sí. Puedo ver que estás conmigo, Tonk. Justo enfrente. Sobre un campo de batalla ruidoso y desesperado y confuso, dónde oh tantas cosas pueden salir mal. —¿Y tendremos armas? —dijo Shufti pensativo. —Por supuesto, tendremos armas. Somos soldados. Y el enemigo está justo enfrente... —Ése es un buen sueño, Mal. —Duerme con él, muchacho. Polly se dio la vuelta, y trató de acomodarse. Son todas mentiras, pensó para sí misma. Algunas son apenas más lindas que otras, eso es todo. Las personas ven lo que creen que está ahí. Incluso yo soy una mentira. Pero me está saliendo bien.

Un cálido viento otoñal volaba las hojas de los serbales 3 mientras los reclutas marchaban entre los pies de las colinas. Era la mañana del día siguiente, y las montañas quedaban detrás. Polly pasaba el tiempo identificando las aves en los setos. Era un hábito. Conocía la mayoría de ellas. Ella no estaba preparada para ser un ornitólogo. Pero las aves le recordaban a Paul vivo. Toda la... lentitud del resto de sus pensamientos se convertía en un destello de relámpago en presencia de las aves. De repente, él conocía sus nombres, hábitos y hábitats, podía silbar sus canciones y, después de que Polly ahorrara para comprarle una caja de pinturas de un
3

Árbol rosáceo, de hojas imparipinadas, flores blancas en corimbo y fruto en pomo, comestible cuando está

pasado (Sorbus domestica) (Nota del traductor)

viajero en la posada, había dibujado un chochín tan real que podías escucharlo. Su madre estaba viva entonces. El jaleo había continuado por días. Las imágenes de criaturas vivientes eran una Abominación a los Ojos de Nuggan. Polly preguntó por qué había imágenes de la Duquesa por todos lados, y fue castigada por hacerlo. La imagen fue quemada, las pinturas desechadas. Fue algo terrible. Su madre era una mujer amable, o tan amable como una mujer devota podía ser, que trataba de seguir los caprichos de Nuggan, y que murió lentamente entre imágenes de la Duquesa y ecos de oraciones sin respuesta, pero ése era el recuerdo que se escurría traicioneramente en la mente de Polly todo el tiempo: la cólera y la reprimenda, mientras la pequeña ave parecía aletear en las llamas. En los campos, unas mujeres y unos ancianos estaban entrando en el trigo malogrado después de la lluvia de la noche anterior, esperando salvar lo que pudieran. No se veía a ningún hombre joven. Polly vio que algunos de los otros reclutas echaban una mirada furtiva a los grupos que rebuscaban, y se preguntó si estaban pensando lo mismo. No vieron a nadie en el camino hasta mediodía, cuando la partida marchaba a través de un paisaje de colinas bajas; el sol había evaporado algunas nubes y, por un momento al menos, el verano regresó —húmedo, pegajoso y suavemente desagradable, como un invitado que no se iba a casa. Un bulto rojo en la distancia se convirtió en un bulto algo más grande y se resolvió en un grupo suelto de hombres. Polly supo qué esperar tan pronto como lo vio. Por su reacción, también supo que algunos de los otros no lo sabían. Hubo un momento de choque y confusión cuando las personas caminaron unas contra otras, y luego la partida se detuvo, y los miró. A los hombres heridos les llevó un poco de tiempo llegar hasta ellos, y un poco de tiempo pasar. Dos hombres sanos, según Polly pudo distinguir, movían una carretilla sobre la cual un tercer hombre estaba tendido. Otros cojeaban con muletas, o tenían los brazos en cabestrillos, o llevaban chaquetas rojas con una manga vacía. Tal vez los peores eran ésos como el

hombre en la posada, de rostro gris, mirando derecho adelante, las chaquetas firmemente abotonadas a pesar del calor. Uno o dos de los heridos echaron un vistazo a los reclutas mientras pasaban tambaleándose, pero no había ninguna expresión en sus ojos aparte de una terrible determinación. Jackrum refrenó al caballo. —Muy bien, veinte minutos de respiro —farfulló. Igor se giró, hizo un gesto hacia la partida de heridos que se dirigían inexorablemente hacia adelante, y dijo: —¿Permisso para ver ssi puedo hasser algo por elloss, ssarge? —Tendrás Sargento. —¿Ssarge? —dijo Igor, y parecía herido. —Oh, muy bien. Si debes hacerlo. ¿Quieres que alguien te dé una mano? El Cabo Strappi lanzó una risa desagradable. —Algo de assisstencia ssería una ayuda, ssí, Ssargento —dijo Igor, con dignidad. El Sargento miró al escuadrón, y cabeceó. —¡Soldado Halter, un paso adelante! ¿Sabes algo sobre doctores? El pelirrojo Tonker se adelantó rápidamente. —He matado cerdos para mí mamá, sarge —dijo. —¡Genial! Mejor que un cirujano del ejército, lo juro. Puedes ir. ¡Veinte minutos, recuerden! —¡Y no permitas que Igor traiga ningún recuerdo! —dijo Strappi, y lanzó su risa rasposa otra vez. El resto de los muchachos se sentó sobre la hierba junto al camino, y uno o dos de ellos desaparecieron en los arbustos. Polly fue por el mismo mandado, pero mucho más lejos, y aprovechó la oportunidad para hacer un pequeño ajuste en las medias. Tenían tendencia a deslizarse si no tenía cuidado. Se congeló al escuchar un crujido detrás de ella, y luego se relajó. Había tenido cuidado. Nadie habría visto nada. ¿Así que, qué tal si otra tu oportunidad bastante pronto, muchacho —dijo el

persona estaba pishando? Simplemente volvería al camino y no haría caso... Lofty se levantó de un salto cuando Polly separó los arbustos, el pantalón en los tobillos, la cara roja como una remolacha. Polly no pudo evitarlo. Tal vez fueron las medias. Tal vez fue la suplicante expresión en la cara de Lofty. Cuando alguien transmite ‘¡No mires!’, los ojos tienen mente propia, y van donde no son deseados. Lofty saltó, arrastrando su ropa. 4 —No, mira, todo está... bien —empezó Polly, pero era demasiado tarde. La muchacha se había ido. Polly miró los arbustos, y pensó: ¡Maldición! ¡Hay dos de nosotras! ¿Pero qué habría dicho después? Está bien, también soy una chica. Puedes confiar en mí. Podíamos ser amigas. Oh, y aquí tienes un buen consejo sobre medias.

Igor y Tonker regresaron tarde, sin una palabra. El Sargento Jackrum no dijo nada. El escuadrón arrancó. Polly marchaba en la retaguardia, con Carborundum. Esto significaba que podía mantener un ojo precavido sobre Lofty, sea quien fuera. Por primera vez, Polly realmente la miró. Era fácil perderla, porque siempre estaba por así decir a la sombra de Tonker. Era baja —aunque ahora que Polly sabía que era una chica podía usar la palabra ‘pequeña’ decentemente—, oscura y de cabello oscuro; tenía una expresión extraña y abstraída, y siempre marchaba con Tonker. Ahora que lo pensaba, también dormía siempre cerca de él. Ah, así que de eso se trataba. Está siguiendo a su muchacho, pensó Polly. Era un poco romántico, y sumamente tonto. Ahora que sabía ver más allá de la ropa y el corte de pelo, podía ver todas las pequeñas pistas de que Lofty era una chica, y una que no había planeado lo suficientemente. Vio que Lofty susurraba algo a Tonker, quien medio se giró y le lanzó una mirada de odio y un atisbo de amenaza.
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Cuestión de gramática. El original dice ‘her clothes’, lo cual significa ‘las ropas de ella’. Ahora sabemos que la

remolacha Lofty es una chica, y entenderemos lo que Polly dice a continuación. (Nota del traductor)

No puedo decírselo, pensó. Ella se lo diría. No puedo permitirme que lo sepan. He puesto demasiado en esto. No sólo me corté el pelo y me puse un pantalón. Hice planes... Ah, sí... los planes. Había comenzado como una extraña fantasía repentina, pero continuó como un plan. Primero, Polly empezó a observar de cerca a los muchachos. Esto fue retribuido esperanzadamente por algunos, con su posterior decepción. Observó cómo se movían; escuchó el ritmo de lo que pasaba, entre ellos, por una conversación; notó cómo se daban puñetazos al saludarse. Era un mundo nuevo. Ella ya tenía buenos músculos para ser una chica, porque llevar una gran posada implicaba mover cosas pesadas, y se encargó de una cantidad de tareas más enérgicas, que curtieron bien sus manos. Incluso se puso un viejo pantalón de su hermano bajo su larga falda, para acostumbrarse al tacto. Podían golpear a una mujer por esa clase de cosas. Los hombres se visten como hombres y las mujeres como mujeres; hacer lo contrario era ‘una Abominación blasfema contra Nuggan’, de acuerdo con el Padre Jupe. Y ése era probablemente el secreto de su éxito, pensó, mientras caminaba con dificultad por un charco. Las personas no buscaban a una mujer en pantalones. Para el observador casual, la ropa, el pelo corto y un poco de meneo al caminar era lo que se necesitaba para ser un hombre. Oh, y un segundo par de medias. Eso la había estado royendo, también. Alguien sabía de ella, tal como ella sabía de Lofty. Y él no la había delatado. Sospechaba que era Ceja, pero lo dudaba; se lo habría dicho al Sargento, era de ese tipo. Ahora mismo suponía que era Maladict, pero quizás se debía a que él parecía saber todo y todo el tiempo. Carbor... no, había estado afuera en frío, y en todo caso... no, no el troll. E Igor ceceaba. ¿Tonker? Después de todo, sabía de Lofty de modo que podía ser... no, porque ¿por qué querría ayudar a Polly? No, no había nada más que peligro en confesarse con Lofty. Lo mejor que podía hacer era tratar de asegurarse de que la chica no las delatara a ambas.

Podía escuchar que Tonker le susurraba a su chica. —... acababa de morir de modo que le cortó una de sus piernas y un brazo y se los cosió a los hombres que los necesitaban, ¡exactamente como yo hubiera zurcido un roto! ¡Deberías haberlo visto! ¡No podía ver cuando sus dedos se movían! Y tiene todos estos ungüentos que son... —La voz de Tonker se apagó. Strappi estaba sermoneando a Wazzer otra vez. —Eze Ztrappi realmente me tiene hazta miz peñazcoz —farfulló Carborundum—. ¿Quierez que le zaque la cabeza? Lo haría parezer un aczidente. —Será mejor que no —dijo Polly, pero consideró la idea por un momento. Habían llegado a un cruce, donde el camino que bajaba de las montañas se unía con lo que parecía una ruta principal. Estaba llena de gente. Había carros y carretillas, personas que conducían manadas de vacas, abuelas que llevaban todas las pertenencias de la familia en la espalda, un alboroto general de cerdos y niños... y todos se dirigían hacia una dirección. Era la opuesta a la que seguía el escuadrón. Las personas y los animales vacas. El Sargento Jackrum se paró sobre el carro. —¡Soldado Carborundum! —¿Zí, Zargento? —tronó el troll. —¡Al frente! Eso ayudó. La corriente todavía fluía, pero al menos la multitud se abría a una distancia un poco más adelante y esquivaban al escuadrón con más espacio. Nadie quiere abrirse paso contra un troll de lento movimiento. Pero las caras miraban mientras las personas pasaban rápidamente. Una anciana se apartó por un momento, metió a presión una rebanada de pan pasado en las manos de Tonker, y dijo: ‘¡Ustedes pobres muchachos!’, antes de ser arrastrada por la multitud. —¿De qué se trata todo esto, sarge? —preguntó Maladict—. ¡Éstos parecen refugiados! los evitaron como una corriente alrededor de una roca inconveniente. Los reclutas se apretujaron. Era eso o ser separados por las

—¡Una charla como ésa difunde Alarma y Desaliento! —gritó el Cabo Strappi. —¿Oh, quiere decir que sólo son personas que se van temprano de vacaciones para evitar los apuros? —dijo Maladict—. Lo lamento, me confundí. Debe haber sido esa mujer que acabamos de pasar y que llevaba todo un almiar. —¿Sabes qué puede pasarte por replicar a un oficial superior? —gritó Strappi. —¡No! Dígame, ¿es peor que cualquier cosa de lo que estas personas están huyendo? —¡Tú firmaste, Señor Chupasangre! ¡Tú obedeces órdenes! —¡Correcto! ¡Pero no recuerdo que nadie me ordenara no pensar! —¡Basta de eso! —interrumpió Jackrum—. ¡Menos gritos ahí abajo! ¡Sigan adelante! Carborundum, les das un empujón a las personas si no abren camino, ¿me escuchaste? Siguieron adelante. Después de un rato la presión de las personas se redujo un poco, de modo que lo que había sido una corriente se convirtió en un hilo. Ocasionalmente venía un grupo familiar, o sólo una mujer apurada, cargada con bolsas. Un anciano estaba luchando con una carretilla llena de los nabos. Incluso están sacando los cultivos de los campos, notó Polly. Y todos se movían en una especie de media carrera, como si las cosas fueran un poco mejores cuando hubieran alcanzado la masa de personas adelante. O simplemente pasaban el escuadrón, quizás. Hicieron sitio para una anciana doblada en dos bajo el peso de un cerdo blanco y negro. Y entonces sólo quedó el camino, desigual y embarrado. Una neblina vespertina subía de los campos a cada lado del escuadrón, silenciosa y húmeda. Después del ruido de los refugiados, el silencio del campo bajo era repentinamente agobiante. El único sonido eran los pasos y el chapoteo de las botas de los reclutas. —¿Permiso para hablar, sarge? —dijo Polly. —¿Sí, soldado? —dijo Jackrum. —¿Qué tan lejos está Plotz? —¡No tiene que decirles, sarge! —dijo Strappi.

—A unas cinco millas —dijo el Sargento Jackrum—. Recibirán sus uniformes y armas en el depósito ahí. —Es un secreto militar, sarge —gimió Strappi. —Podríamos cerrar los ojos de modo que no veamos qué estamos vistiendo, ¿qué me dice? —dijo Maladict. —Para con eso, Soldado Maladict —dijo Jackrum—. Sólo sigue moviéndote, y cuida esa lengua. Continuaron a paso lento. El camino se puso más embarrado. Se levantó una brisa, pero en lugar de llevarse la neblina simplemente la movía a través de los húmedos campos con formas tortuosas, pegajosas, desagradables. El sol se volvió una pelota naranja. Polly vio que algo grande y blanco ondeaba al otro lado del campo, movido por el viento. Al principio pensó que una pequeña garceta migratoria que estaba un poco retrasada, pero claramente estaba siendo movido por el viento. Se desplomó una o dos veces y luego, cuando una ráfaga lo atrapó, voló a través del camino y envolvió la cara del Cabo Strappi. Gritó. Lofty agarró la cosa que ondeaba, que estaba húmeda. La rompió con sus manos, y la mayor parte liberó al forcejeante Cabo. —Es sólo un trozo de papel —dijo. Strappi lo manoteó. —Lo sabía —dijo—. ¡Nunca te lo pregunté! Polly recogió uno de los restos rotos. El papel era delgado, y estaba manchado con barro, aunque reconoció la palabra Ankh-Morpork. La ciudad terrible. Y el genio de Strappi consistía en que cualquier cosa que rechazaba automáticamente parecía atractivo. —El Times de Ankh-Morpork... —leyó en voz alta, antes de que el Cabo se lo arrebatara de la mano. —¡No puedes leer cualquier cosa que veas, Partes! —gritó—. ¡No sabes quién lo escribió! —Dejó caer las páginas rotas y húmedas al barro y las pisoteó—. ¡Ahora sigamos adelante! —dijo. Siguieron adelante. Cuando el escuadrón tomó más o menos el ritmo, y sin mirar otra cosa que sus botas o la neblina por delante, Polly levantó la

mano derecha hasta la altura del pecho y giró cuidadosamente la palma hacia arriba para poder ver el fragmento de papel que se había quedado pegado cuando le quitó el resto.

‘Ninguna rendición a la Alianza’ dice la Duquesa (97) De William de Worde, Valle del Kneck, 7 de Sektober Las tropas de Borogravia ayudadas por Lord V Infantería Ligera tomó el Torreón Kneck en este mo después de una feroz pelea cuerpo a cuerpo fig Escribo que sus armas son apuntadas a los rest fuerzas de Borogravia acr Su Gracia Comandante Señor S dijo al Times que la rendición ha sido rech ver el comandante enem montón de tontos testarudos, no en el papel. Se comprende situación muy grave familias disper a través de t Ningún altern invas

Estaban ganando, ¿verdad? ¿Así que de dónde venía la palabra ‘rendición’? ¿Y qué era la Alianza? Y entonces estaba el problema de Strappi, que empezaba a aumentar. Podía ver que también le crispaba los nervios a Jackrum, y que lo tenía bajo examen, un cierto... adelantarse, como si realmente estuviera a cargo. Quizás era sólo antipatía general, pero... —¿Cabo? —dijo. —¿Sí, Partes? —dijo Strappi. Su nariz todavía estaba muy roja. —Estamos ganando esta guerra, ¿verdad? —dijo Polly. Había dejado de

corregirlo. De repente, cada oreja del escuadrón escuchaba. —¡No te preocupes por eso, Partes! —respondió con brusquedad el Cabo—. ¡Tu trabajo es pelear! —Correcto, Cabo. De modo que... estaré peleando del lado ganador, ¿verdad? —¡Oho, tenemos alguien aquí que hace demasiadas preguntas, sarge! —dijo Strappi. —Sí, no hagas preguntas, Perks —dijo Jackrum, distraídamente. —¿Así que estamos perdiendo, entonces? —dijo Tonker. Strappi se volvió hacia él. —¡Eso es difundir Alarma y Desaliento otra vez, eso es lo que es! — chilló—. ¡Eso está ayudando al enemigo! —Sí, termínala, Soldado Halter —dijo Jackrum—. ¿De acuerdo? Ahora tomen un... —Halter, te estoy poniendo bajo arresto por... —Cabo Strappi, una palabra en su oreja con aspecto de concha, ¿por favor? ¡Ustedes hombres, paran aquí! —rugió el Sargento, bajándose del carro. Jackrum caminó unos cincuenta pies camino abajo. Mirando furioso al escuadrón, el Cabo se pavoneó tras él. —¿Estamos en problemas? —preguntó Tonker. —Adivina —dijo Maladict. —Es seguro —dijo Shufti—. Strappi siempre puede tenerte para algo. —Están discutiendo —dijo Maladict—. Lo cual es raro, ¿no creen? Se supone que un Sargento le dé órdenes a un Cabo. —Estamos ganando, ¿verdad? —dijo Shufti—. Quiero decir, sé que hay una guerra, pero... quiero decir, tenemos armas, verdad, y nosotros... bien, tienen que entrenarnos, ¿correcto? Probablemente habrá terminado para entonces, ¿correcto? Todos dicen que estamos ganando. —Le preguntaré a la Duquesa en mis oraciones esta noche —dijo Wazzer. El resto del escuadrón se miró con una expresión compartida.

—Sí, correcto, Wazz —dijo Tonker gentilmente—. Hazlo. El sol se ponía rápidamente, medio escondido en la neblina. Aquí, sobre el camino embarrado entre campos húmedos, de repente se sintió muy frío. —Nadie dice que estamos ganando, excepto tal vez Strappi —dijo Polly—. Sólo dicen que todos dicen que estamos ganando. —Los hombres que Igor... reparó ni siquiera lo decían —dijo Tonker—. Decían ‘ustedes pobres bastardos, huyan si tienen algún juicio’. —Gracias por compartirlo —dijo Maladict. —Parece como si todos se sintieran apenados por nosotros —dijo Polly. —Ssí, bien, también yo, y ssoy nossotross —dijo Igor—. Algunoss de essoss hombress... —¡Muy bien, muy bien, dejen esos corrillos, todos ustedes! —gritó Strappi, acercándose a la marcha. —¿Cabo? —dijo el Sargento con calma, subiéndose otra vez al carro. Strappi hizo una pausa, y luego con una voz que goteaba almíbar y sarcasmo continuó: —Discúlpeme. El Sargento y yo mismo estaríamos agradecidos si ustedes valientes héroes se unen a nosotros para marchar un poco. ¡Muy bien! Y habrá bordado más tarde. ¡El mejor pie adelante, damas! Polly escuchó la exclamación de Tonker. Strappi giró, con los ojos centelleando de expectación siniestra. —Oh, a alguien no le gusta ser llamado dama, ¿eh? —dijo—. Santo cielo, Soldado Halter, tienes mucho que aprender, ¿verdad? Eres una pequeña dama mariquita hasta que hagamos un hombre de ti, ¿de acuerdo? Y tengo miedo de pensar cuánto tiempo va a tomar. ¡A moverse! Lo sé, pensó Polly, mientras se ponían en camino. Toma unos diez segundos, y un par de medias. Una media, y puedes hacer un Strappi.

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Plotz resultó ser como Plün, pero peor porque era más grande. La lluvia empezó otra vez mientras marchaban en la plaza adoquinada. Parecía que aquí siempre llovía. Los edificios eran grises, y salpicados con barro cerca

del suelo. Las canaletas de los techos rebosaban, vertiendo lluvia sobre los adoquines y lanzando un rocío sobre los reclutas. No había nadie por allí. Polly vio puertas abiertas golpeándose por el viento, y trozos de escombros en las calles, y recordó las apresuradas líneas de personas sobre el camino. No había nadie aquí. El Sargento Jackrum se bajó del carro mientras Strappi les gritaba que se alinearan. Entonces el Sargento tomó el mando, dejando al Cabo con el ceño fruncido a un costado. —¡Esto es el maravilloso Plotz! —dijo—. ¡Echen una mirada alrededor, de modo que si los matan y van al infierno, no será como una conmoción! ¡Harán vivaque en ese barracón ahí, que es propiedad militar! —Agitó una mano hacia un ruinoso edificio de piedra que se veía tan militar como un establo—. Les será suministrado su equipo. Y mañana será una larga y bonita marcha hasta Crotz, donde llegarán como niños y partirán como hombres ¿dije algo extraño, Perks? ¡No, eso pensé, también! ¡Atención! ¡Eso significa que se pongan derechos! —¡Eso es derecho! —gritó Strappi. Un hombre joven cruzaba la plaza sobre un caballo marrón, cansado y flaco, que era muy apropiado porque él era un hombre cansado y flaco. La flacura era reforzada por el hecho de que llevaba una guerrera que habían hecho evidentemente para alguien un par de tallas más grande. Lo mismo era aplicable a su yelmo. Debería haberlo forrado, pensó Polly. Si tose lo tendrá sobre los ojos. El Sargento Jackrum hizo un saludo cuando el oficial se acercó. —Jackrum, señor. ¿Usted será el Teniente Blouse, señor? —Bien hecho, Sargento. —Éstos son los reclutas de río arriba, señor. Buen cuerpo de hombres, señor. El jinete se fijó en el escuadrón. En realidad, se inclinó hacia adelante sobre el cuello del caballo, y la lluvia se volcó de su yelmo. —¿Esto es todo, Sargento? —Sísseñor. —La mayor parte de ellos parece muy joven —dijo el teniente, que no

parecía muy viejo. —Sísseñor. —¿Y no es ése un troll? —Sísseñor. Bien señalado, señor. —¿Y hay uno con puntadas alrededor de la cabeza? —Es un Igor, señor. Una especie de clan especial de las montañas, señor. —¿Pelean? —Puede desarmar a un hombre muy rápidamente, señor, según entiendo —dijo Jackrum, sin que su expresión cambiara. El joven teniente suspiró. —Bien, estoy seguro de que son todas buenas personas —dijo—. Bueno entonces, er... hombres, yo... —¡Presten atención y escuchen lo que el teniente tiene que decir! — gritó Strappi. El teniente se estremeció. —... gracias, Cabo —dijo—. Hombres, tengo buenas noticias —añadió, pero con la voz de uno que no las tenía—. Probablemente esperaban una o dos semanas en el campo de entrenamiento en Crotz, ¿sí? Pero me alegro de poder decirles que la... la guerra está avanzando de modo que... de modo... de modo, bien, ustedes irán directamente al frente. Polly escuchó uno o dos gritos entrecortados, y una risilla del Cabo Strappi. —Todos ustedes irán a las líneas —dijo el Teniente—. Eso lo incluye también, Cabo. ¡El momento de la acción ha llegado por fin para usted! La risilla se detuvo. —¿Perdone, señor? —dijo Strappi—. ¿Al frente? Pero usted sabe que soy... bien, usted conoce los deberes especiales... —Mis órdenes dicen todos hombres sanos, Cabo —dijo Blouse—. Supongo que está ansioso por entrar en la refriega después de todos estos años, ¿eh, un joven como usted? Strappi no dijo nada. —Sin embargo —dijo el Teniente, rebuscando bajo su capa empapada—

, tengo aquí un paquete para usted, Sargento Jackrum. Uno muy bienvenido, no lo dudo. Jackrum tomó el paquete cautelosamente. —Gracias, señor, lo veré más tarde... —empezó. —¡Todo lo contrario, Sargento Jackrum! —dijo Blouse—. ¡Sus últimos reclutas deben ver esto, ya que usted es tanto un soldado como, por así decir, un ‘padre de soldados’! ¡Y es sólo correcto que vean a un buen soldado recibir su recompensa: una licencia honrosa, Sargento! —Blouse dijo las palabras como si tuvieran nata y una pequeña cereza encima. Aparte de la lluvia, el único sonido ahora era el dedo regordete de Jackrum abriendo despacio el paquete. —Oh —dijo, como un hombre conmocionado—. Bien. Una imagen de la Duquesa. Ya tengo dieciocho ahora. Oh, y, oho, un trozo de papel que dice que es una medalla, de modo que parece que incluso nos hemos quedado sin metal de olla ahora. ¡Oh, y mi baja con una firma impresa de la propia Duquesa! —Giró el paquete y lo sacudió—. No mis tres meses de sueldo, sin embargo. —¡Tres fuertes hurras para el Sargento Jackrum! —dijo el teniente a la lluvia y el viento—. Hip-hip... —¡Pero pensé que necesitábamos a todos los hombres, señor! —dijo Jackrum. —A juzgar por todas las notas agregadas en ese paquete, lo ha estado siguiendo por años, Sargento —dijo Blouse—. Usted conoce la milicia. Ésa es su baja oficial, me temo. No puedo rescindirla. Lo siento. —Pero... —empezó Jackrum. —Tiene la firma de la Duquesa, Sargento. ¿Discutirá con eso? Dije que lo siento. En todo caso, ¿qué haría usted? No estaremos mandando más partidas de reclutamiento. —¿Qué? caballo... —Usted era el único hombre para regresar con reclutas, Sargento. Así es este asunto. ¡Pero siempre necesitamos hombres, señor! —protestó Jackrum—. Y estoy en forma y bien otra vez, tengo la resistencia de un

El Sargento vaciló por un momento, y luego saludó. —¡Sísseñor! ¡Muy bien, señor! ¡Veré que los nuevos muchachos se acomoden, señor! ¡Placer de haber servido, señor! —¿Puedo preguntar algo? —intervino Maladict. —No te diriges a un oficial directamente, Soldado —dijo Jackrum. —No, permita que el hombre hable, Sargento —dijo el teniente—. Éstos son... tiempos anormales, después de todo. ¿Sí, mi hombre? —¿Le escuché decir que vamos a entrar en batalla sin entrenamiento, señor? —Oh, bien, casi indudablemente la mayor parte de ustedes serán lanceros,[18] jaja —dijo el teniente, nervioso—. No se necesita mucho entrenamiento, ¿eh? Sólo tienen que saber cuál extremo es cada uno, jaja. —Parecía que quería morir. —¿Lanceros? —dijo Maladict, perplejo. —Escuchaste al teniente, Soldado Maladict —dijo el Sargento. —Sí, señor. Gracias, señor —dijo Maladict, regresando a las filas. —¿Hay alguna otra pregunta? —dijo Blouse, mirando a lo largo de la línea—. Muy bien, entonces. Partimos con el último bote, a medianoche. Continúe, Sargento... por ahora. Qué era lo otro... oh, sí. Y necesitaré un ordenanza. 5 —¡Voluntarios para ser el ordenanza del teniente, dar un paso adelante! ¡No tú, Soldado Maladict! —dijo el Sargento. Nadie se movió. —Oh, vamos ya —dijo el teniente. Polly levantó una mano lentamente. —¿Qué es un ordenanza, señor? El Sargento sonrió sin alegría. —Pregunta justa —dijo—. Un ordenanza es, bueno, un criado personal que cuida al oficial. Le busca sus comidas, cuida que se vea elegante y resplandeciente, ese tipo de cosas. De modo que quede libre para llevar a cabo sus deberes más adecuadamente.
5

Un detalle interesante. Ordenanza, en inglés ‘batman’, que nosotros entendemos como hombre vampiro. (Nota

del traductor)

Igor se adelantó. —Loss Igor esstamos acosstumbradoss a sservir, Ssargento —dijo. Usando los asombrosos poderes de sordera y visión restringida a veces disponibles incluso para los oficiales más nerviosos, el teniente pareció no notarlo. Miraba a Polly fijamente. —¿Y qué me dices, Soldado? —dijo. —El Soldado Perks solía trabajar en un bar, señor —dijo el Sargento. —Genial. Preséntate en mi cuartel en la posada a las seis, Soldado Perks. Continúe, Sargento. Mientras el flaco caballo se alejaba tambaleándose, el Sargento Jackrum lanzó una mirada intensa al escuadrón, pero no había verdadero fuego en ella. Parecía estar operando en automático, con la mente en otro lugar. —¡No se queden allí parados tratando de verse bonitos! ¡Adentro hay uniformes y armas! ¡Busquen su equipo! ¡Si quieren comida, cocínenla! ¡Inmediatamente! ¡Váyanse! El escuadrón corrió hacia el barracón, propulsado por el volumen. Pero Polly vaciló. El Cabo Strappi no se había movido desde que le cortaron la risilla. Miraba fijo el suelo sin comprender. —¿Está bien, Cabo? —le preguntó. —Vete, Partes —dijo el Cabo, con una voz baja que era mucho peor que su normal grito caprichoso—. Sólo vete, ¿de acuerdo? Se encogió de hombros, y siguió a los otros. Pero había notado que la humedad echaba vapor alrededor de los pies del Cabo. Adentro era el caos. El barracón era realmente sólo una gran habitación que hacía las veces de comedor, habitación de reunión y cocina, con grandes habitaciones con literas más allá. Estaba vacío, y en buen camino a la decadencia. El techo goteaba, las altas ventanas estaban rotas, unas hojas muertas habían entrado y corrían sobre el piso, entre excremento de rata. No había lanceros, ni centinelas, ni personas. Había una gran olla hirviendo sobre la chimenea tiznada, sin embargo, y su siseo era la única cosa viva en el sitio. En algún momento parte de la habitación había sido montada como una especie de tienda de oficiales, pero la mayoría de los estantes estaban vacíos. Polly esperaba alguna clase de cola, alguna clase de orden,

posiblemente alguien que entregara pequeñas pilas de ropa. Lo que había, en cambio, era un puesto de objetos usados. Muy parecido a un puesto de objetos usados, de hecho, porque nada parecía ser nuevo y muy poco parecía digno de tener. El resto del escuadrón ya estaba manoseando lo que podía ser mercadería si hubiera alguna posibilidad de que alguien pudiera ser convencido de comprarla. —¿Qué es esto? ¿Único Tamaño, No Le Queda Bien A Nadie? —¡Esta guerrera tiene sangre! ¡Sangre! —Bien, ess una de lass manchass rebeldess, ssiempre muy durass de quitar ssin... —¿Dónde está la armadura correcta? —¡Oh, no! ¡Hay un agujero de flecha en ésta! —¿Qué ez ezto? ¡Nada le queda bien a un troll! Un anciano pequeño y curtido estaba atrincherado detrás de la mesa, y se encogía bajo la feroz mirada de Maladict. Llevaba una chaqueta de uniforme roja y mal confeccionada, con las barras de Cabo manchadas y desteñidas sobre la manga. El pecho izquierdo estaba cubierto con medallas. Un brazo terminaba en un gancho. Tenía un ojo cubierto por un parche. —¡Vamos a ser lanceros, dijo el teniente! —dijo el vampiro—. Eso significa una espada y una lanza por hombre, ¿correcto? Y un escudo por las dudas haya una tormenta de flechas, ¿correcto? Y un yelmo pesado, ¿correcto? —¡Incorrecto! ¡No puedes gritarme de ese modo! —dijo el hombre—. ¿Ves estas medallas? Soy un... Una mano cayó desde arriba y lo levantó por encima de la mesa. Carborundum sujetó al hombre cerca de su cara y asintió. —Zí, puedo verlaz, señor —tronó—. ¿Y...? Los reclutas se habían quedado en silencio. —Bájalo, Carborundum —dijo Polly—. Suavemente. —¿Por qué? —No tiene piernas. El troll enfocó. Entonces, con cuidado exagerado, bajó al viejo soldado al suelo. Se escucharon unos pequeños sonidos cuando las dos patas de

madera tocaron el entablado. —Lamento ezo —dijo. El hombrecillo se apoyó contra la mesa y colocó los brazos alrededor de un par de muletas. —Muy bien —dijo rudamente—. No ha pasado nada. ¡Pero observa, otra vez! —¡Pero esto es ridículo! —dijo Maladict, volviéndose hacia Polly y agitando una mano a la pila de trapos y metal doblado—. No podría equipar a tres hombres con esta basura. ¡Ni siquiera hay botas decentes! Polly miró a lo largo de la mesa. —Se supone que seremos bien equipados —dijo al hombre de un solo ojo—. Se supone que somos el mejor ejército del mundo. Es lo que nos dijeron. ¿Y no estamos ganando? El hombre la miró. Por dentro, ella se miró a sí misma. No había querido hablar de ese modo. —Así que eso dicen —dijo él, con una expresión ausente. —¿Y q-qué dice usted? —dijo Wazzer. Había tomado una de las pocas espadas. Estaba manchada y mellada. El Cabo echó un vistazo arriba a Carborundum, y luego a Maladict. —¡No s-soy estúpido, sabe! —continuó Wazzer, la cara roja y temblando—. ¡Todas estas cosas son de hombres m-muertos! —Bien, es una lástima desperdiciar buenas botas... —empezó el hombre. —Somos los u-últimos, ¿no? —dijo Wazzer—. ¡Los últimos r-reclutas! El Cabo de patas de madera echó el ojo a la entrada distante, y no vio que llegara ningún alivio en su dirección. —Tenemos que quedarnos aquí toda la noche —dijo Maladict—. ¡Noche! —continuó, provocando que el viejo Cabo se tambaleara sobre sus muletas— . Cuando quién sabe qué maldad cruza fugazmente las sombras, dando muerte sobre alas silenciosas, buscando a una víctima desafortunada que... —Sí, muy bien, muy bien, ya vi tu cinta —dijo el Cabo—. Miren, voy a cerrar después de que se hayan ido. Sólo administro las provisiones, eso es todo. ¡Es todo lo que hago, honestamente! ¡Estoy al décimo de mi sueldo,

yo, por la situación de la pierna, y no quiero problemas! —¿Y es todo lo que tiene? —preguntó Maladict—. ¿No tiene algo pequeño... por decir...? —¿Estás diciendo que soy deshonesto? —dijo el Cabo ferozmente. —Digamos que estoy abierto a la idea de que podría serlo —dijo el vampiro—. Vamos, Cabo, dijo que somos los últimos en ir. ¿Qué está guardando? ¿Qué tiene? El Cabo suspiró, y se dirigió con sorprendente velocidad hacia una puerta, que abrió. —Es mejor que vengan y miren —dijo—. Pero no es bueno... Era peor. Encontraron algunos petos más, pero uno estaba cortado por la mitad y otro era una gran abolladura. Un escudo estaba en dos partes, también. Había espadas dobladas, yelmos aplastados, sombreros destruidos y camisas rotas. —Hice lo que pude —suspiró el Cabo—. Martillé cosas y lavé la ropa, pero han pasado semanas sin nada de carbón para la forja y no se puede hacer nada con las espadas sin una forja. Han pasado meses sin recibir nuevas armas y, déjenme decirles, desde que los enanos se robaron el acero hemos estado recibiendo porquería de todos modos. —Se frotó la nariz—. Sé que piensan que los intendentes son un montón de ladrones y no diré que no podamos tomar un poco de nata cuando las cosas están saliendo bien, ¿pero estas cosas? Un escarabajo no podría vivir de esto. —Sorbió otra vez—. Ni ser pagado cada tres meses, tampoco. Supongo que un décimo de nada no es tan malo como nada, pero nunca fui tan bueno en filosofía. Entonces se animó. —Tengo mucha comida, por lo menos —dijo—. Si les gusta el caballo, o sea. Personalmente prefiero la rata, pero sobre gustos no hay nada escrito. —¡No puedo comer caballo! —dijo Shufti. —Ah, ¿serías un hombre de rata? —dijo el Cabo, saliendo de la gran habitación. —¡No! —Ya aprenderás a serlo. Todos aprenderán —dijo el pequeño Cabo de un décimo, con una sonrisa malvada—. ¿Han comido scubbo alguna vez?

¿No? Nada como un cazo de scubbo cuando uno está hambriento. Puedes poner cualquier cosa en el scubbo. Cerdo, res, carnero, conejo, pollo, pato... cualquier cosa. Incluso ratas, si las tienes. Es comida para el hombre que marcha, el scubbo. Tengo un poco en la olla ahí afuera ahora mismo. Pueden tomar un poco, si quieren. El escuadrón se animó. —Ssuena bueno —dijo Igor—. ¿Qué tiene adentro? —Agua hirviendo —dijo el Cabo—. Es lo que llamamos ‘scubbo ciego’. Pero tendrá un viejo caballo en un minuto a menos que tengan algo mejor. Mejora con algunos condimentos, al menos. ¿Quién está cuidando al rupert? Se miraron unos a otros. El Cabo suspiró. —El oficial —explicó—. Todos se llaman Rupert o Rodney o Tristram o algo. Reciben mejor comida que ustedes. Podrían tratar de gorrear algo en la posada. —¿Gorrear? —dijo Polly. El anciano blanqueó su único ojo. —Sí. Gorrear. Gorrear, birlar, tomar prestado, pedir, robar, recoger, adquirir, apoderarse. Es lo que aprenderán, si van a sobrevivir a esta guerra. Que ellos dicen que estamos ganando, por supuesto. Siempre recuerden eso. —Escupió vagamente en dirección al fuego, errándole a la olla posiblemente sólo por accidente—. Sí, y todos los muchachos a quienes veo volver por el camino de la mano de Muerte probablemente exageraron la celebración, ¿eh? Es tan fácil perder la mano si abren una botella de cham-pa-ña de la manera equivocada, ¿eh? Veo que tienen un Igor con ustedes, demonios con suerte. Ojalá hubiéramos tenido uno cuando marché a la batalla. No habría quedado despierto por la carcoma, entonces. —¿Tenemos que robar nuestra comida? —preguntó Maladict. —No, puede morirse de hambre si es su deseo —dijo el Cabo—. He pasado hambre pocas veces. No hay futuro en eso. Comí la pierna de un hombre cuando la nieve en la campaña de Ibblestarn pero, lo justo es justo, él se comió la mía. —Miró sus caras—. Bien, se trata, verdad, de no comer la propia pierna. Probablemente se quedarían ciegos.

—¿Ustedes intercambiaron piernas? —dijo Polly, horrorizada. —Sí, yo y el Sargento Hausegerda. Fue su idea. Hombre sensato, el Sargento. Eso nos mantuvo vivos por una semana y para entonces el relevo había cruzado. Nos sentimos indudablemente aliviados por eso. Oh, cielos. ¿Dónde están mis modales? Cómo les va, muchachos, mi nombre es Cabo Scallot. Me llaman Trespartes. —Extendió el gancho. —¡Pero eso es canibalismo! —dijo Tonker, retrocediendo. —No, no lo es, no oficialmente, no a menos que se coma a toda una persona —dijo Trespartes Scallot tranquilamente—. Reglas militares. Todos los ojos se volvieron hacia la gran olla burbujeando sobre el fuego. —Caballo —dijo Scallot—. No tengo otra cosa que caballo. Se los dije. No les mentiría, muchachos. Ahora tomen el mejor equipo que puedan encontrar. ¿Cuál es tu nombre, hombre de piedra? —Carborundum —dijo el troll. —Tengo un decente bocadillo de antracita guardado allá atrás, entonces, y un poco de decente pintura roja oficial porque todavía nunca me encontré con un troll que quisiera llevar chaqueta. Al resto de ustedes, recuerden lo que les digo: llénense con comida. Llenen la panza con comida. Llenen la panza con comida. Llenen sus botas con sopa. Si cualquiera tropieza con un pote de mostaza, lo recogen... es asombroso lo que ayudará la mostaza. Y cuiden a sus compañeros. Y no se pongan en el camino de los oficiales, porque no es saludable. Eso es lo que aprenden en el ejército. Los enemigos realmente no quieren luchar contra ustedes, porque el enemigo es principalmente un tipo como ustedes que quiere irse a casa con todas sus partes todavía. Pero los oficiales harán que los maten. —Scallot los miró en redondo—. Bueno. Lo he dicho. Y si hay un político entre ustedes: señor, puede ir y contarles cuentos y al demonio con usted. Después de unos pocos momentos de embarazoso silencio Polly dijo: —¿Qué es un político? —Como un espía, pero de tu propio lado —dijo Maladict. —Eso es correcto —dijo Scallot—. Hay uno en cada batallón estos días, chivando a sus compañeros. Consiguen los ascensos de ese modo, ¿lo ven?

No quieren disenso en las filas, ¿eh? No quieren charla disoluta sobre perder batallas, ¿correcto? Lo cual es un montón de condenados soplos, porque la infantería masculla todo el tiempo. Gemir es parte de ser soldado. — Suspiró—. De todos modos, hay un cuarto con literas allí atrás. Golpeo las cosas regularmente así que es probable que no haya muchas pulgas. —Otra vez miró las caras inexpresivas—. Eso es colchones de paja para ustedes. Vamos, sírvanse. Tomen lo que les guste. Voy a cerrar después de que se vayan, de todos modos. Debemos estar ganando ahora que estos muchachos se alistan, ¿correcto?

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Las nubes se habían abierto cuando Polly salió a la noche, y una media luna llenaba el mundo con frío plateado y negro. Al frente de la posada había otro edificio desvencijado que vendía mala cerveza a los soldados. Apestaba a viejas sobras, incluso antes de abrir la puerta. El cartel estaba desconchado e ilegible, pero pudo distinguir el nombre: El Mundo Al Revés. Empujó la puerta. El olor empeoró. No había ningún cliente ni señal de Strappi o Jackrum, pero Polly vio que un criado desparramaba metódicamente la suciedad de la posada a través del piso con un trapeador. —Disculpe s... —empezó, y luego recordó las medias, levantó la voz y trató de sonar enfadada—. Hey, ¿dónde está el teniente? El criado la miró e hizo un gesto con un pulgar hacia arriba de la escalera. Había sólo una vela encendida allá, y llamó a la puerta más cercana. —Entre. Entró. El Teniente Blouse estaba de pie en medio del piso en pantalones y mangas de camisa, sujetando un sable. Polly no era ninguna experta en estos temas, pero creyó reconocer la pose de estilo extravagante que tienden a adoptar los principiantes justo antes de ser apuñalados en el corazón por un luchador más experto. —Ah, Perks, ¿verdad? —dijo, bajando la hoja—. Sólo, er, calentándome. —Sí, señor.

—Hay alguna ropa sucia en la bolsa ahí. Espero que alguien en la posada la lave. ¿Qué hay para cenar? —Preguntaré, señor. —¿Qué están comiendo los hombres? —Scubbo, señor —dijo Polly—. Posiblemente con cab... —Tráeme un poco entonces, ¿quieres? Estamos en guerra, después de todo, y debo dar el ejemplo a mis hombres —dijo Blouse, envainando la espada en el tercer intento—. Eso sería bueno para la moral. Polly echó un vistazo a la mesa. Había un libro abierto en la cima de una pila de otros. Parecía un manual de manejo de la espada, y estaba abierto en la página cinco. Al lado, unas gafas con gruesos cristales. —¿Eres un hombre de leer, Perks? —dijo Blouse, cerrando el libro. Polly vaciló. Pero, entonces, ¿qué le importa a Ozzer? —Un poco, señor —admitió. —Sospecho que tendré que dejar la mayoría de éstos aquí —dijo—. Toma uno si lo quieres. —Agitó una mano hacia los libros. Polly leyó los títulos. El Arte De La Guerra. [19] Principios De La Confrontación. Estudios De Batalla. Defensa Táctica. —Todos un poco pesados para mí, señor —dijo—. Gracias lo mismo. —Dime, Perks —dijo Blouse—, ¿están los reclutas con, er, buen espíritu? Le lanzó una mirada con aparentemente genuina preocupación. Realmente no tenía barbilla, notó. Su cara simplemente se convertía en cuello sin mucha perturbación en el camino, excepto su nuez, vaya, ésa era un campeón. Subía y bajaba por su cuello como una pelota en un resorte. Polly había servido como soldado solamente un par de días, pero ya había desarrollado un instinto. En resumen, era mentir a los oficiales. —Sí, señor —dijo. —¿Consiguieron todo lo que necesitan? El instinto mencionado anteriormente sopesó las oportunidades de conseguir algo más de lo que ya tenían como resultado de una queja, y Polly dijo: —Sí, señor.

—Por supuesto, no es para nosotros cuestionar nuestras órdenes —dijo Blouse. —No perpleja. —Incluso a veces podríamos sentir... —empezó el teniente, y comenzó otra vez—. Obviamente la guerra es algo muy imprevisible, y la marea de la batalla puede cambiar en un momento. —Sísseñor —dijo Polly, todavía mirándolo. El hombre tenía una pequeña mancha donde las gafas rozaban su nariz. El teniente parecía tener algo en mente, también. —¿Por qué te alistaste, Perks? —preguntó, palpando la mesa y encontrando las gafas al tercer intento. Tenía guantes de lana, con los dedos cortados. —¡Deber patriótico, señor! —dijo Polly inmediatamente. —¿Mentiste sobre tu edad? —¡Nosseñor! —¿Sólo deber patriótico, Perks? Había mentiras, y luego había mentiras. Polly se movió torpemente. —Me gustaría averiguar qué le pasó a mi hermano Paul, señor —dijo. —Ah, sí. —La cara del Teniente Blouse, que no era una imagen de felicidad para empezar, de repente tenía una expresión acorralada. —Paul Perks, señor —dijo Polly. —Yo, er, no estoy realmente en posición de saberlo, Perks —dijo Blouse—. Estaba trabajando como un... estaba, er, a cargo de, er, estaba comprometido en un trabajo especial allá en los cuarteles, er... obviamente no conozco a todos los soldados, Perks. ¿Era... es tu hermano mayor? —Sísseñor. Se unió el año pasado a los Entrar-y-Salir, señor. —Y, er, ¿tienes otros hermanos menores? —dijo el Teniente. —No, señor. —Ah, bien. Eso es algo porque estar agradecido, de todos modos —dijo Blouse. Eran palabras extrañas. La frente de Polly se arrugó con perplejidad. —¿Señor? —dijo. Y entonces sintió una desagradable sensación de movimiento. Algo lo estaba haciendo, señor —dijo Polly, momentáneamente

estaba resbalando despacio por el interior de su muslo. —¿Hay algún problema, Perks? —preguntó el Teniente, viendo su expresión. —¡Nosseñor! ¡Sólo un... un poco de calambre, señor! ¡Por toda la marcha, señor! —Sujetó la rodilla con ambas manos y retrocedió hacia la puerta—. ¡Sólo iré y... veré lo de su cena, señor! —Sí, sí —dijo Blouse, mirando la pierna—. Sí... por favor... Polly hizo una pausa fuera de la puerta para levantar sus medias, metió la punta de una bajo el cinturón como ancla, y bajó deprisa a la cocina de la posada. Una mirada le dijo todo lo que quería saber. La higiene de la comida consistía en hacer un poco de esfuerzo para no escupir en el estofado. —Quiero cebollas, sal, pimienta... —empezó. La empleada que estaba revolviendo la olla negra de hollín sobre la cocina negra de hollín levantó la vista, se dio cuenta de que le había hablado un hombre, y se quitó el pelo húmedo de los ojos apresuradamente. —Es estofado, señor —anunció. —No quiero nada. Sólo quiero las cosas —dijo Polly—. Para el oficial — añadió. La empleada de la cocina apuntó un pulgar ennegrecido por el hollín a una puerta cercana y le lanzó a Polly lo que probablemente pensó que era una sonrisa pícara. —Estoy segura de que puede haber algo que atraiga sus deseos, señor —dijo. Polly miró los dos estantes que habían sido dignificados con el nombre de despensa, y agarró un par de cebollas grandes, una en cada mano. —¿Puedo? —preguntó. —¡Oh, señor! —rió tontamente la empleada—. ¡Espero que no sea uno de esos soldados toscos que se aprovecharían de una doncella indefensa, señor! —No, er... no. No soy uno de ellos —dijo Polly. —Oh. —No parecía ser la respuesta correcta. La empleada puso la cabeza a un lado—. ¿Ha tenido mucho que ver con mujeres jóvenes, señor? —preguntó.

—Er... sí. Mucho —dijo Polly—. Er... un montón, realmente. —¿De veras? —La empleada se acercó. Olía principalmente a sudor, matizado con hollín. Polly levantó las cebollas como una especie de barrera. —Estoy segura de que hay cosas que le gustaría aprender —ronroneó la empleada. —¡Estoy seguro de que hay algo que usted no! —dijo Polly, y giró y corrió. Mientras salía al aire frío de la noche, una voz dolorida detrás de ella gritó: —¡Salgo a las ocho!

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Diez minutos después, el Cabo Scallot estaba impresionado. Polly tuvo la sensación de que esto no ocurría a menudo. Shufti había calzado un peto viejo junto al fuego, había martillado algunas lajas de carne de caballo hasta que estuvieron tiernas, las untó en un poco de harina, y las estaba friendo. Las cebollas cortadas chisporroteaban junto a ellas. —Siempre sólo las hiervo —dijo Scallot, observándolo con interés. —Sólo pierde todo el sabor si lo hace —dijo Shufti. —¡Hey, muchacho, las cosas que he comido, no querrías probarlas! —Saltee las cosas primero, especialmente las cebollas —continuó Shufti—. Mejora el sabor. De todos modos, cuando las hierve debe hervirlas despacio. Eso dice siempre mi mamá. Asar rápido, hervir despacio, ¿de acuerdo? No es carne mala, para ser caballo. Lástima hervirla. —Asombroso —dijo Scallot—. Podría haber venido bien en Ibblestarn. El sarge era un buen hombre pero un poco, ya sabe, duro de pierna. —Un adobo habría ayudado, probablemente —dijo Shufti distraída, volteando una rebanada de carne con una espada quebrada. Se volvió hacia Polly—. ¿Había más cosas en la despensa, Ozz? Puedo hacer un poco de caldo para mañana si podemos... —¡No voy a entrar en esa cocina otra vez! —dijo Polly. —Ah, ¿sería Molly Talonesredondos? —dijo el Cabo Scallot, levantando

la mirada y sonriendo—. Ha enviado muchos muchachos al camino del placer. —Metió un cucharón en la olla de scubbo hirviendo junto a la cacerola. Una carne gris desintegrada se cocinaba en unas pulgadas de agua. —Eso servirá para el rupert —dijo, y recogió un tazón manchado. —Bien, dijo que quería comer lo que comen los hombres —dijo Polly. —Oh, esa clase de oficial —dijo Scallot poco amablemente—. Sí, algunos jóvenes prueban esas cosas, si no han estado leyendo los libros equivocados. Algunos tratan de ser amigos, los bastardos. —Escupió expertamente entre las dos cacerolas—. Espera a que pruebe lo que comen los hombres. —Pero si vamos a comer filete y cebollas... —No gracias a las personas como él —dijo el Cabo, sirviendo el puré en el tazón—. Los soldados de Zlobenia reciben como mínimo una libra de res y una libra de harina al día, más grasa de cerdo o mantequilla y media libra de guisantes. A veces, una pinta de melaza, también. Nosotros recibimos pancaballo pasado y lo que gorreamos. Él comerá scubbo y le gustará. —Nada de verduras frescas, nada de frutas —dijo Shufti—. Es una dieta muy severa, Cabo. —Sí, bien, en cuanto comience la batalla calculo que ustedes descubrirán que el estreñimiento es lo último en su mente —dijo Scallot. Extendió la mano hacia arriba, empujó algunos trapos, y sacó una polvorienta botella de un estante. —El rupert no tendrá nada de esto, tampoco —dijo—. Lo tomé del equipaje del último oficial que pasó, pero lo compartiré con ustedes, porque son buenos muchachos. —Golpeó casualmente la tapa de la botella contra el borde de la chimenea—. Es solamente jerez, pero los pondrá borrachos. —Gracias, Cabo —dijo Shufti y tomó la botella. Volcó mucho sobre la carne que se freía. —¡Hey, lo que está desperdiciando es buen trago! —dijo Scallot, recuperando la botella. —No, sazonará la carne realmente bien —dijo Shufti, tratando de tomar la botella—. ¡Será... azúcar!

La mitad del líquido se fue al fuego mientras las dos manos peleaban por ella, pero no fue eso lo que se había sentido como una pequeña vara de acero disparada a través de la cabeza de Polly. Miró al resto del escuadrón, que parecía no haber... Maladict le hizo un guiño y un ademán diminuto con la cabeza hacia el otro extremo de la habitación, y caminó tranquilamente en esa dirección. Polly lo siguió. Maladict siempre encontraba algo donde recostarse. Se relajó en las sombras, miró las vigas, y dijo: —Bueno, digo que un hombre que sabe cómo cocinar no es menos hombre por eso. ¿Pero un hombre que usa ‘azúcar’ para maldecir? ¿Alguna vez has escuchado a un hombre decirlo? No, ¿verdad? Puedo asegurarlo. De modo que fuiste tú quien me dio las medias, pensó Polly. Sabes de mí, puedo asegurar que es así, ¿pero sabes de Lofty? Y tal vez Shufti fue educado muy cortésmente... pero una mirada a la sonrisa perspicaz de Maladict le hizo decidir no probar ese camino. Además, en cuanto mirabas a Shufti con la idea de que tal vez era una chica, veías que lo era. Ningún hombre diría ‘¡azúcar!’ Tres muchachas hasta ahora... —Y estoy bastante seguro sobre Lofty, también —dijo Maladict. —¿Qué vas a hacer con... ellas? —dijo. —¿Hacer? ¿Por qué debo hacer algo sobre alguien? —dijo Maladict—. Soy un vampiro que oficialmente finge no ser uno, ¿correcto? Soy la última persona que dirá que alguien tiene que jugar la mano que le dieron. De modo que buena suerte para... él, digo. Pero podría gustarte llevarlo a un lado más tarde y tener una palabra con él. Ya sabes... de hombre a hombre. Polly asintió. ¿Había un reconocimiento en ese comentario? —Es mejor que vaya y lleve el scubbo al teniente —dijo—. Y... maldición, olvidé su ropa sucia. —Oh, no me preocuparía por eso, viejo amigo —dijo Maladict, y mostró una sonrisa pequeña—. Por la forma en que las cosas están sucediendo aquí, probablemente Igor sea una lavandera disfrazada.

Polly lavó la ropa sucia, al final. No estaba segura de poder eludir a Molly por segunda vez, y no tenía tanto problema. Después la colgó enfrente del fuego, que rugía. El caballo estuvo asombrosamente bueno, pero no tan asombroso como la reacción de Blouse ante el scubbo. Se sentó ahí vestido con su uniforme de gala —ponerse ropa especial sólo para sentarse y comer completamente solo era nuevo para Polly— y lo saboreó y la envió con el tazón por más. La carne estaba blanca de tanto hervir y tenía verdín encima. El escuadrón se preguntó qué clase de vida podía haber llevado un oficial que lo predisponía a gustarle el scubbo. —No sé mucho de él —dijo Scallot, a las preguntas—. Ha estado aquí por dos semanas, ansioso por llegar a la guerra. Trajo todo una carga de libros, escuché. Me parece un típico rupert. Estaban todos detrás de la puerta cuando repartieron las barbillas. Un Sargento que pasó dijo que no es realmente un soldado, sólo algún cerebrito de los cuarteles que es bueno con las sumas. —Oh, grandioso —dijo Maladict, que estaba preparando su café junto al fuego. La pequeña máquina gorjeaba y siseaba. —No creo que pueda ver muy bien sin sus gafas —dijo Polly—. Pero es muy, er, cortés. —No ha sido un rupert durante mucho tiempo, entonces —dijo Scallot— . Son más de ‘¡Hey allí! ¡Tú! ¡Malditos tus ojos, fuá fuá fuá!’ Sin embargo, he visto al Sargento antes, el viejo Jackrum. Ha estado por todos lados, já. Todos conocen al viejo Jackrum. Estaba con nosotros en la nieve allá en Ibblestarn. —¿A cuántas personas comió él? —preguntó Maladict, y hubo risa general. La cena había sido buena, y todavía había suficiente jerez para un vaso cada uno. —Digamos que escuché que no bajó mucho más delgado que cuando subió —dijo Scallot. —¿Y el Cabo Strappi? —dijo Polly. —Nunca lo vi antes, tampoco —dijo Scallot—. Pequeño cabrón intratable. Político, diría. ¿Por qué se fue y los dejó aquí? Tiene una cómoda

cama bonita en la posada, ¿verdad? —Espero que él no vaya a s-ser nuestro Sargento —dijo Wazzer. —¿Él? ¿Por qué? —dijo Scallot. Polly relató los eventos de esa la tarde más temprano. Para su sorpresa, Scallot rió. —Están tratando de librarse del viejo cabrón otra vez, ¿verdad? —dijo— . ¡Eso es gracioso! Benditos sean, necesitarán más de un puñado de gawains y rodneys para arrancar a Jackrum de su propio ejército. Vaya, lo han llevado a corte marcial dos veces. Se salvó en ambas. ¿Y saben que una vez que le salvó la vida al General Froc? Ha estado en todos lados, consigue lo bueno de todos, tiene más recursos que yo y yo sé unos cuantos, recuerden lo que digo. Si mañana quiere marchar con ustedes lo hará, y ningún pequeño rupert flaco se cruzará en su camino. —¿Entonces qué estaba haciendo como oficial de reclutamiento un hombre así? —dijo Maladict bruscamente. —Porque se cortó la pierna entrando a Zlobenia y mordió a los serrucha-huesos que trataron de examinarlo cuando la herida se puso mala, chico ingenioso —respondió Scallot—. Se limpió él mismo con gusanos y miel, entonces bebió una pinta de brandy y se cosió, y estuvo acostado en su cama con fiebre por una semana. Pero el general lo atrapó, escuché, vino y lo visitó mientras estaba demasiado débil para protestar y le dijo que iba a tocar el tambor por un año y sin discusión. Ni siquiera el mismo Froc le entregaría sus papeles, no después de que Jackrum lo cargara en la espalda por catorce millas a través de las líneas enemigas... La puerta se abrió y entró el Sargento Jackrum, las manos metidas en el cinturón. —No se molesten en saludar, muchachos —dijo, mientras se giraban con culpa—. Nas tardes, Trespartes. Es bueno ver su casi toda persona otra vez, ingenioso evasor de dioses. ¿Dónde está el Cabo Strappi? —No lo hemos visto en toda la noche, sarge —dijo Maladict. —¿No vino con ustedes aquí? —No, sarge. Pensábamos que estaba con usted. No se movió ningún músculo en la cara de Jackrum.

—Ya veo —dijo—. Bien, ya escucharon al teniente. El bote se marcha a medianoche. Deberíamos estar bien río abajo en el Kneck antes del amanecer del miércoles. Duerman unas horas si pueden. Mañana va a ser un largo día, si tienen suerte. Y con eso, giró y salió otra vez. El viento aullaba fuera, y se cortó cuando la puerta se cerró. Estaremos bien río abajo en el Kneck, notó Polly. Bien hecho, Trespartes. —¿Un Cabo perdido? —dijo Scallot—. Ahora sucede algo. Generalmente es un recluta el que se larga. Bien, escucharon al Sargento, muchachos. Es tiempo de lavarse y acostarse. Había un baño y una letrina, de estilo tosco y precario. Polly encontró un momento en que ella y Shufti estuvieron a solas. Se había devanado el cerebro sobre cómo mejor plantear el tema, pero como resultó sólo se necesitó una mirada. —Fue cuando me ofrecí a hacer la cena, ¿verdad? —farfulló Shufti, mirando dentro del sumidero de piedra, que tenía musgo. —Ésa fue una pista, sí —dijo Polly. —¡Muchos hombres cocinan, lo sabes! —dijo Shufti ferozmente. —Sí, pero no los soldados, y no con entusiasmo —dijo Polly—. No hacen adobos. —¿Se lo has dicho a alguien? —masculló Shufti, con la cara roja. —No —dijo Polly, que era, después de todo, estrictamente verdad—. Mira, lo hacías bien, me engañaste hasta ‘azúcar’. —Sí, hombres! Nosotros los hombres, pensó Polly. Oh, cielos. —Somos la soldadesca tosca y licenciosa. Me temo que sea mierda o traste —dijo—. Er... ¿por qué estás haciéndolo? Shufti miró dentro del sumidero de piedra, frío y húmedo, como si el extraño lodo verde fuera muy interesante, y masculló algo. —Lo siento, ¿qué dijiste? —dijo Polly. —Voy a buscar a mi marido —dijo Shufti, sólo un poco más alto. sí, lo sé —susurró Shufti—. Puedo eructar y caminar estúpidamente y picarme la nariz, ¡pero no me sale jurar como ustedes los

—Oh, cielos. ¿Cuánto tiempo habías estado casada? —dijo Polly, sin pensar. —... no nos casamos aún... —dijo Shufti, en una voz tan alta como una hormiga. Polly echó un vistazo a la gordura de Shufti. Oh, cielos. Oh, cielos. Trató de sonar razonable. —No creo que deberías... —¡No me digas que me vaya a casa! —dijo Shufti, volviéndose hacia ella—. ¡No hay nada para mí en casa excepto la desgracia! ¡No voy a casa! ¡Voy a la guerra y voy a encontrarlo! ¡Nadie va a decirme que no lo haga, Ozzer! ¡Nadie! ¡Esto ha ocurrido antes, de todos modos! ¡Y terminó bien! ¡Hay una canción sobre eso y todo! —Oh, eso —dijo Polly—. Sí. Lo sé. —Deberían dispararle a los cantantes folclóricos—. Lo que iba a decir era que podrías encontrar que esto ayuda al disfraz... —Sacó un suave cilindro de medias de lana de su mochila y se lo ofreció silenciosamente. Era algo peligroso, lo sabía, pero ahora sentía una especie de responsabilidad por ésos cuya repentina fantasía extraña no había sido seguida por un plan. De camino de regreso a su colchón, vio a Wazzer colgando su pequeña imagen de la Duquesa en un gancho cercano en la ruinosa pared encima de su cama. Miró furtivamente a su alrededor, no descubrió a Polly en las sombras de la entrada, y se inclinó rápidamente y con cortesía ante la imagen. Una cortesía, no una reverencia. Polly frunció el ceño. Cuatro. Apenas estaba sorprendida, ahora. Y le quedaba un par de medias limpias. Esto pronto iba a ser un ejército descalzo.

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Polly podía saber el tiempo por el fuego. Tenías una sensación de cuanto tiempo ardía un fuego, y los troncos en éste eran grises con brillo debajo de la ceniza. Habían pasado las once, decidió. Por los sonidos, nadie estaba durmiendo. Se levantó después una hora

o dos de estar acostada en el ruidoso colchón de paja, mirando la oscuridad y escuchando cosas que se movían debajo de ella; se habría quedado más tiempo allí, pero algo en la paja parecía querer empujarle la pierna fuera. Además, no tenía mantas secas. Había mantas en el barracón, pero Trespartes les había advertido contra ellas porque provocaban, como lo dijo, ‘la Picazón’. El Cabo había dejado una vela encendida. Polly leyó la carta de Paul otra vez, y echó otra mirada al trozo de papel impreso rescatado del camino embarrado. Las palabras estaban incompletas y no estaba segura de todas ellas, pero no le gustaba el sonido de ninguna de ellas. ‘Invas’ tenía un sonido particularmente desagradable. Y luego estaba el tercer trozo de papel. No podía evitarlo. Había sido un completo accidente. Lavó la ropa sucia de Blouse y por supuesto una registraba los bolsillos antes de lavarla, porque nadie que alguna vez haya tratado de desenrollar una salchicha empapada y desteñida que una vez fuera un billete de banco no quería hacerlo dos veces.[20] Y allí estaba este trozo de papel doblado. Indudablemente, no necesitaba desdoblarlo y, después de desdoblarlo, no necesitaba leerlo. Pero hay algunas cosas que simplemente haces. Era una carta. Presumiblemente Blouse se la metió en un bolsillo y se olvidó de ella cuando se cambió de camisa. No necesitaba leerla otra vez pero, a la luz de vela, lo hizo. Mi muy querida Emmeline, ¡Fama y Fortuna aguardan! ¡Después de solamente ocho años como Segundo Teniente he sido ascendido y voy a tener un comando! Por supuesto, esto significa que no quedarán oficiales en el Departamento de Mantas, Camas y Forraje de Caballo del General Ayudante, pero he explicado mi nuevo sistema de clasificación a Cabo Drebb y creo que es Sensato. Sabes que no puedo entrar en cuestiones de detalle, pero creo que ésta será una perspectiva muy excitante y estoy ansioso de estar ‘frente al enemigo’. Soy bastante audaz para esperar que el nombre de Blouse entre

en historia militar. Mientras tanto, estoy repasando mis ejercicios de espada y ‘recuerdo’ todo definitivamente. Por supuesto, el ascenso trae no menos de un chelín adicional ‘per Diem’,[21] más un subsidio de tres peniques para forraje. A este fin he comprado un ‘caballo de batalla’ al Sr. Jack ‘Honesto’ Slacker, un caballero muy entretenido, aunque me temo que su descripción de las ‘destrezas’ de mi corcel puede haber sido propensa a un poco de exageración. Sin embargo, por fin me estoy ‘moviendo’, y si Destino me sonríe esto adelantará mucho el día cuando pueda... Y eso era todo, afortunadamente. Después de pensarlo un poco, Polly fue y mojó la carta cuidadosamente, entonces la secó rápidamente sobre los restos del fuego y la deslizó en el bolsillo de la camisa lavada. Blouse podría regañarla por no sacarla antes de lavar, pero lo dudaba. Un mostrador de mantas con un nuevo sistema de clasificación. Un alférez durante ocho años, en una guerra donde el ascenso podía ser rápido. Un hombre que ponía comillas alrededor de cualquier palabra o frase que pensara como incluso ligeramente ‘atrevida’. Repasando sus ‘ejercicios de espada’. Y tan miope que le había comprado un caballo a Jack Slacker, que pasaba por todas las ferias de caballos-basura y vendía viejos tornillos retorcidos que perdían una pierna antes de llegar a casa. Nuestro líder. Estaban perdiendo la guerra. Todos lo sabían, pero nadie lo diría. Era como si sintieran que si no decían las palabras en voz alta entonces no estaba ocurriendo realmente. Estaban perdiendo la guerra y este escuadrón, sin entrenamiento y sin práctica, peleando con las botas de hombres muertos, sólo podía ayudar a perderla más rápido. ¡La mitad eran chicas! Por alguna maldita canción estúpida, Shufti estaba metiéndose en una guerra para buscar al padre de su niño, y ése era un mandado desesperado para una chica, incluso en tiempos de paz. Y Lofty seguía a su muchacho, que probablemente era romántico hasta cinco minutos dentro de una batalla. Y ella... ... bien, sí. También había escuchado la canción. ¿Entonces qué? Paul era su hermano. Siempre le había vigilado, incluso cuando era pequeña.

Mamá estaba siempre ocupada, todos estaban siempre ocupados en La Duquesa así que Polly se había convertido en una hermana mayor de un hermano quince meses mayor que ella. Le enseñó a soplarse la nariz, le enseñó a formar letras, fue y lo encontró cuando unos niños crueles lo dejaron perdido en los bosques. Correr detrás de Paul era un deber que se había convertido en un hábito. Y entonces... bien, no era la única razón. Cuando su padre murió, su lado de la familia perdería La Duquesa si no había ningún hombre que la heredara. Ésa era la ley, clara y simple. La ley de Nuggan decía que los hombres podían heredar ‘las Cosas de los Hombres’, como tierra, edificios, dinero y todos los animales domésticos excepto los gatos. Las mujeres podían heredar ‘las Cosas de las Mujeres’, que eran principalmente pequeños artículos de joyería personal y ruecas que pasaban de madres a hijas. Por cierto, no podían heredar una taberna grande y famosa. Así que La Duquesa pasaría a Paul si estaba vivo, o si estaba muerto se permitía que pasara al marido de Polly si estaba casada. Y ya que Polly no veía la posibilidad de eso, necesitaba a un hermano. Paul podía ser feliz cargando barriles por el resto de sus días; ella administraría a La Duquesa. Pero si estaba sola, una mujer sin hombre, entonces como máximo todo lo que conseguiría era tal vez la oportunidad de vivir allí mientras las escrituras pasaban al primo Vlopo, que era un bebedor. Por supuesto, todo eso no era la razón. Ciertamente no. Pero era una razón, a pesar de todo. La razón era, simplemente, Paul. Siempre lo había encontrado y llevado a casa. Miró el sombrero en sus manos. Había yelmos, pero ya que todos tenían agujeros de flecha o rasgaduras el escuadrón se había inclinado por los sombreros más blandos, silenciosamente. Uno moriría de todos modos, y por lo menos no tendría dolor de cabeza. La insignia del sombrero mostraba el símbolo del regimiento: un queso llameante. Tal vez un día averiguaría por qué. Polly se lo puso, recogió su mochila y la pequeña bolsa de ropa sucia, y salió a la noche. La luna se había ido, las nubes habían regresado. Cuando terminó de cruzar la plaza estaba empapada; la lluvia caía horizontal.

Abrió la puerta de la posada y vio, a la luz de una vela que chorreaba... el caos. Ropa desparramada sobre las baldosas, alacenas abiertas. Jackrum bajaba la escalera, un alfanje en una mano, una linterna en la otra. —Oh, eres tú, Perks —dijo—. Limpiaron el sitio y se largaron. Incluso Molly. Escuché cuando se iban. Empujando un carro, por el sonido. ¿Qué estás haciendo aquí? —Ordenanza, sarge —dijo Polly, sacudiendo el agua de su sombrero. —Sí. Correcto. Ve y despiértalo, entonces. Está roncando como un aserradero. Espero por el demonio que el bote esté todavía ahí. —¿Por qué se lar... fueron, sarge? —preguntó Polly y pensó: ¡Azúcar! Si se trata de eso, ¡tampoco digo palabrotas! Pero el Sargento no parecía darse cuenta. Le lanzó una mirada que era conocida como anticuada; ésta tenía dinosaurios adentro. —Se olieron algo, no lo dudo —dijo—. Por supuesto, estamos ganando la guerra, lo sabes. —Ah. Oh. Y no seremos invadidos en absoluto, supongo —dijo Polly, con un cuidado igualmente exagerado. —Muy correcto. Detesto a esos demonios traicioneros que nos hacen creer que un vasto ejército está a punto de barrer el país cualquier día —dijo Jackrum. —Er... ¿alguna señal del Cabo Strappi, sarge? —No, pero no he volteado cada piedra por el momento... ¡sh! Polly se congeló, y se esforzó por escuchar. Eran pisadas de pezuñas, que se oían más fuertes a medida que se acercaban, y cambiaron de ruidos sordos a sonidos resonantes de herraduras sobre adoquines. —Patrulla de caballería —susurró Jackrum, dejando la linterna sobre la barra—. Seis o siete caballos. —¿Nuestros? —Lo dudo, condenación. El ruido disminuyó la velocidad, y se detuvo afuera. —Hazlos hablar —dijo Jackrum, bajando la mano y corriendo el cerrojo de la puerta. Giró y fue hacia la parte trasera de la posada.

—¿Qué? ¿Sobre qué? —susurró Polly—. ¿Sarge? Jackrum había desaparecido. Polly escuchó murmullos afuera de la puerta, seguidos por un par de golpes secos. Se quitó la chaqueta. Arrancó el sombrero de su cabeza y lo tiró detrás de la barra. Ahora no era un soldado, al menos. Y, mientras la puerta era agitada contra el cerrojo, vio algo blanco tirado entre los escombros. Era una terrible tentación... La puerta reventó al segundo golpe, pero los soldados no entraron inmediatamente. Tendida bajo la barra, luchando por ponerse la enagua sobre el pantalón arremangado, Polly trató de encontrar sentido a los sonidos. Hasta donde pudo deducir de los crujidos y ruidos, cualquiera que esperara dentro de la entrada con una emboscada en mente lo habría lamentado de manera breve y terminal. Trató de contar a los invasores; sonaba como si al menos fueran tres. En el silencio tenso, el sonido de una voz que hablaba en tono normal llegó como una conmoción. —Escuchamos que corría el cerrojo. Eso quiere decir que está aquí en algún lugar. Hágalo fácil para usted mismo. No queremos tener que buscarlo. Tampoco quiero que lo haga, pensó Polly. ¡No soy un soldado! ¡Váyase! Y entonces el siguiente pensamiento fue: ¿Qué quieres decir, que no eres un soldado? Tomaste el chelín y besaste la imagen, ¿verdad? Y de repente un brazo se metió bajo la barra y la agarró. Por lo menos no tuvo que actuar. —¡No! ¡Por favor, señor! ¡No me lastime! ¡Sólo me asusté! ¡Por favor! Pero por dentro había cierta... hombría de medias que se sentía avergonzada, y quería salir a las patadas. —Por los dioses, ¿qué es usted? —dijo el caballero, levantándola en alto y mirándola como si fuera alguna clase de objeto. —¡Polly, señor! ¡Camarera, señor! ¡Sólo que ellos se largaron y me dejaron! —¡No haga tanto ruido, chica! Polly asintió. Lo último que necesitaba ahora era que Blouse bajara corriendo la escalera con su sable y su Práctica para Principiantes. —Sí, señor —chilló.

—Camarera, ¿eh? Tres pintas de lo que probablemente llame su mejor cerveza, entonces. Eso podía ocurrir en automático por lo menos. Había visto los jarros bajo la barra, y los barriles detrás de ella. La cerveza era floja y ácida pero probablemente no disolvería un penique. El soldado de caballería la observaba mientras llenaba los jarros. —¿Qué le pasó a su pelo? —dijo. Polly estaba lista para esto. —¡Oh, señor, lo cortaron, señor! ¡Porque sonreí a un soldado de Zlobenia, señor! —¿Aquí? —En Drok, señor. —Era un pueblo mucho más cerca de la frontera—. ¡Y mi mamá dijo que estaba avergonzando a la familia y me envió aquí, señor! Sus manos temblaban cuando puso los jarros sobre la barra, y apenas estaba exagerando. Apenas... pero un poco, sin embargo. Estás actuando como una niña, pensó. ¡Sigue así! Ahora podía hacer el inventario de los invasores. Llevaban uniformes azul oscuro,[22] y botas grandes, y pesados yelmos de caballería. Uno de ellos estaba junto a las ventanas cerradas con contraventana. Los otros dos la estaban observando. Uno tenía las barras de un Sargento y una expresión de sospecha profunda. El que la había agarrado era capitán. —Esta cerveza es terrible, chica —dijo, olfateando el jarro. —Sí, señor, lo sé, señor —parloteó Polly—. No me escuchaban, señor, y les dije que tienen que poner un lienzo húmedo sobre los barriles en este clima tormentoso, señor, y Molly nunca limpia la espita y... —Este pueblo está vacío, ¿lo sabe? —Se largaron todos, señor —dijo Polly seriamente—. Iba a haber una invasión, señor. Todos lo dicen. Tienen miedo de ustedes, señor. —Excepto usted, ¿eh? —dijo el Sargento. —¿Cómo se llama, chica que sonríe a los soldados de Zlobenia? —dijo el capitán, sonriente. —Polly, señor —dijo Polly. Su mano encontró lo que estaba buscando bajo la barra. Era el amigo del barman. Siempre había uno.

—¿Y tiene miedo de mí, Polly? —dijo el capitán. El soldado junto a la ventana soltó una risilla. El capitán tenía un bigote bien recortado, encerado en punta, y unos seis pies de altura, calculó Polly. Tenía una bonita sonrisa también, que de alguna manera era mejorada por la cicatriz sobre su cara. Un círculo de vidrio le cubría un ojo. Su mano agarró el garrote escondido. —No, señor —dijo, mirando un ojo y un vidrio—. Er... ¿para qué es ese vidrio, señor? —Es un monóculo —dijo el capitán—. Me ayuda a verla, de lo que estoy eternamente agradecido. Siempre digo que si tuviera dos haría un espectáculo de mí mismo. 6 Eso recibió una risa de cumplido del Sargento. Polly parecía en blanco. —¿Y va a decirme dónde están los reclutas? —dijo el capitán. Se esforzó para que su expresión no cambiara. —No. El capitán sonrió. Tenía buenos dientes, pero ahora no había calidez en sus ojos. —No está en posición de ser ignorante —dijo—. No los lastimaremos, se lo aseguro. Se escuchó un grito en la distancia. —Mucho —dijo el Sargento, con más satisfacción que la necesaria. Se escuchó otro grito. El capitán hizo un gesto hacia el hombre junto a la puerta, que se escurrió. Polly tomó el sombrero de abajo de la barra y lo se puso. —Uno de ellos le dio su gorra, ¿verdad? —dijo el Sargento, y sus dientes no eran ni cerca tan buenos como los del oficial—. Bien, me gusta una chica que le sonríe a un soldado... El garrote le dio a lo largo de la cabeza. Era viejo endrino, y bajó como un árbol. El capitán dio un paso hacia atrás mientras Polly salía de detrás de la barra con el garrote preparado otra vez. Pero no había sacado la espada, y se estaba riendo.

6

Jugo de palabras entre espectáculo y gafas, ambas spectacle en inglés. (Nota del traductor)

—Ahora, chica, si quiere... —Le agarró el brazo mientras lo balanceaba, la arrastró hacia él con fuerza, todavía riéndose; se dobló casi en silencio mientras la rodilla de Polly conectaba con su cajón de medias. Gracias, Gummy. Mientras él caía, ella retrocedió y bajó el garrote contra su yelmo, haciéndolo sonar. Estaba temblando. Se sentía enferma. Su estómago era un bulto pequeño y ardiente. ¿Qué más podía haber hecho? ¿Se suponía que pensara Hemos encontrado al enemigo y es amable?[23] De todos modos, no lo era. Era petulante. Sacó un sable de su vaina y se deslizó afuera, a la noche. Todavía estaba lloviendo, y una neblina que llegaba a la cintura subía del río empujada por el viento. Afuera había más o menos media docena de caballos, pero sin atar. Un soldado esperaba con ellos. Débilmente, contra el ruido de la lluvia, le escuchó hacer sonidos tranquilizadores para calmar a uno de ellos. Deseaba no haberlo escuchado. Bien, había tomado el chelín. Polly agarró el garrote. Había dado un paso cuando la neblina entre ella y el hombre se levantó despacio mientras algo surgía de ella. Los caballos se movieron inquietos. El hombre se volvió, una sombra se movió, el hombre cayó... —Aceite —susurró Polly. La sombra giró. —¿Ozzer? Soy yo, Maladict —dijo—. El sarge me envió para ver si necesitabas ayuda. —¡El maldito Jackrum me dejó rodeada por hombres armados! —siseó Polly. —¿Y? —Bien, yo... golpeé a dos de ellos —dijo, sintiendo que cuando lo decía se estropeaba su caso como víctima—. Uno salió al camino, sin embargo. —Creo que teníamos a ése —dijo Maladict—. Bien, digo ‘teníamos’... Tonker casi lo destruyó. Hay una muchacha con lo que llamaría asuntos sin resolver. —Dio media vuelta—. Veamos... siete caballos, siete hombres. Sí. —¿Tonker? —dijo Polly. —Oh, sí. ¿No la habías descubierto? Se puso loca cuando el hombre

cargó contra Lofty. Ahora, echemos una mirada a tus caballeros, ¿quieres? —dijo Maladict, dirigiéndose hacia la puerta de la posada. —Pero Lofty y Tonker... —empezó Polly, corriendo para seguirle el paso—. Quiero decir, la manera en que actúan, ellos... pensé que era su chica... pero pensé que Tonker... quiero decir, sé que Lofty es una chi... Incluso en la oscuridad, los dientes de Maladict brillaron cuando sonrió. —El mundo se está desplegando indudablemente ante ti, ¿eh? ¿Ozzer? Cada día, algo nuevo. Práctica de travestismo ahora, veo. —¿Qué? —Tienes puesta una enagua, Ozzer —dijo Maladict, entrando en el bar. Polly se miró, con culpa, y empezó a tirar de ella, y luego pensó: Espera un momento... El Sargento había logrado levantarse contra la barra, donde estaba mareado. El capitán gemía sobre el piso. —¡Buenas noches, caballeros! —dijo el vampiro—. Por favor, presten atención. Soy un vampiro reformado, que es decir, soy un manojo de instintos reprimidos sujetos con saliva y café. Sería un error decir que la carnicería violenta y desgarrante no me viene fácilmente. No es eso de arrancarles la garganta lo que no me viene fácilmente. Por favor, no lo hagan más penoso. El Sargento se apartó del borde de la barra y lanzó un embotado manotazo a Maladict. Casi distraídamente, Maladict se alejó de él y luego le devolvió un golpe que lo hizo caer. —El capitán se ve mal —dijo—. ¿Qué trataste de hacerles a los pobres pequeños? —Trátame bien —dijo Polly, mirando furiosa a Maladict. —Ah —dijo el vampiro. Maladict tocó suavemente a la puerta del barracón. Se abrió una mínima parte, y luego del todo. Carborundum bajó su garrote. Sin palabras, Polly y Maladict arrastraron adentro a los dos soldados de caballería. El Sargento Jackrum estaba sentando sobre un taburete junto al fuego, bebiendo un jarro de cerveza. —Bien hecho, muchachos —dijo—. Pónganlos con los otros. —Agitó el

jarro vagamente hacia la otra pared, donde cuatro de los soldados estaban acurrucados hoscamente bajo la mirada de Tonker. Habían sido esposados juntos. El último soldado estaba sobre una tabla, e Igor trabajaba en él con aguja e hilo. —¿Cómo lo está llevando, Soldado? —preguntó Jackrum. —Esstará bien, ssarge —dijo Igor—. Sse veía peor de lo que esstaba, realmente. Menoss mal, porque hassta que lleguemos al campo de batalla no consseguiré ningún repuessto. —¿Tienes un par de piernas para el viejo Trespartes? —dijo Jackrum. —Está bien, sarge, nada de eso —dijo Scallot sin tono. Estaba sentado del otro lado de la chimenea—. Sólo déjeme sus caballos y sillas de montar. A sus muchachos les vendrán bien sus sables, no tengo duda. —Nos estaban buscando, sarge —dijo Polly—. Somos sólo un grupo de reclutas sin formación y nos estaban buscando. ¡Incluso pudieron matarme, sarge! —No, conozco el talento cuando lo veo —dijo Jackrum—. Bien hecho, muchacho. Tuve que largarme, porque un hombre grande con todo el uniforme enemigo no es fácil de no ver. Además, ustedes muchachos necesitaban despertar. Ése es el pensamiento militar, eso es. —Pero si no los hubiera... —Polly vaciló—. Si no los hubiera engañado, ¡podrían haber matado al teniente! —¿Lo ves? Siempre hay un costado positivo, de cualquier manera que lo mires —dijo Scallot. El Sargento se puso de pie, se secó la boca con el revés de la mano y se ajustó el cinturón. Se dirigió hacia el capitán, bajó la mano, y lo levantó por la chaqueta. —¿Por qué estaba buscando a estos muchachos, señor? —preguntó. El capitán abrió su ojo y lo concentró en el hombre gordo. —Soy un oficial y un caballero, Sargento —farfulló—. Hay reglas. —No hay muchos caballeros por aquí en este momento, señor —dijo el Sargento. —Condenadamente cierto —susurró Maladict. Polly, sintiéndose borracha por el alivio y la relajación, tuvo que ponerse la mano sobre la

boca para dejar de reír tontamente. —Oh, sí. Las reglas. Prisioneros de guerra y todo eso —continuó Jackrum—. Eso significa que incluso tiene que comer las mismas cosas que nosotros, pobres diablos. ¿Así que usted no va a hablarme? —Soy el... Capitán Horentz del Primero de Dragones Pesados. No le diré nada más. —Y algo en la manera en que lo dijo codeó el cerebro de Polly. Está mintiendo. Jackrum lo miró sin comprender por un momento, y luego dijo: —Bien, ahora... parece que aquí tenemos un problema el cual, mis muchachos de los Queseros, es definido como un obstáculo en el camino del progreso. ¡Propongo enfrentarlo de este modo! —Soltó la chaqueta del hombre y el capitán cayó hacia atrás. El Sargento Jackrum se quitó el sombrero. Entonces se quitó la chaqueta, también, mostrando una camisa manchada y brillantes tiradores rojos. Todavía era casi esférico; de su cuello, unos pliegues de piel caían hacia las regiones tropicales. El cinturón debía estar ahí sólo conforme a las reglas, pensó Polly. Levantó una mano y desató un trozo de cordel de alrededor de su cuello. Hacía un lazo a través de un agujero en una moneda sin brillo. —¡Cabo Scallot! —dijo. —¡Sí, sarge! —dijo Scallot, saludando. —Notará que estoy quitándome la insignia y que le estoy entregando mi chelín oficial; lo cual significa, ya que la última vez que firmé era por doce años y fue hace dieciséis, ¡que ahora soy completa y legalmente un condenado civil! —Sí, Señor Jackrum —dijo Scallot alegremente. Entre los prisioneros, unas cabezas se alzaron al sonido del nombre. —Y que siendo ése el caso, y ya que usted, capitán, está invadiendo nuestro país de noche y bajo la cubierta de la oscuridad, y que yo soy un humilde civil, creo que no hay ninguna regla que evite que golpee a siete tipos de porquería hasta que me diga por qué vino aquí y cuándo va a llegar el resto de sus compañeros. Y eso podría llevarme un poco de tiempo, señor, porque hasta ahora sólo he descubierto cinco tipos de porquería. —Se

enrolló las mangas, levantó al capitán otra vez y mandó atrás un puño... —Sólo teníamos que poner a los reclutas bajo custodia —dijo una voz—. ¡No íbamos a lastimarlos! ¡Déjelo ahora, Jackrum, maldita sea! ¡Todavía está viendo estrellas! Era el Sargento de la posada. Polly miró a los otros prisioneros. Incluso con Carborundum y Maladict observándolos, y Tonker también, había una sensación positiva de que el primer golpe que le diera al capitán iba a comenzar un tumulto. Y Polly pensó: son muy protectores, verdad... Jackrum debe haberlo sentido también. —Ah, ahora estamos hablando —dijo, bajando al capitán suavemente pero todavía sujetando su abrigo—. Sus hombres hablan bien por usted, capitán. —Es porque no somos esclavos, maldito comedor de escarabajos[24] — gruñó uno de los soldados. —¿Esclavos? Todos mis muchachos se unieron por propia voluntad, cabeza de nabo. —Tal vez pensaban que sí —dijo el Sargento—. Usted les mintió. Les ha mentido por años. ¡Todos van a morir por sus estúpidas mentiras! ¡Las mentiras y su vieja puta mentirosa, gastada y podrida de la duquesa! —¡Soldado Goom, tranquilo! ¡Es una orden! ¡Tranquilo, dije! ¡Soldado Maladict, quítale esa espada al Soldado Goom! ¡Ésa es otra orden! ¡Sargento, ordene a sus hombres que retrocedan despacio! ¡Despacio! ¡Hágalo ahora! ¡Le juro que no soy un hombre violento, pero cualquier hombre, cualquier hombre que me desobedezca, por dios, ese hombre verá una costilla fracturada! Jackrum gritó todo eso en una larga explosión de sonido sin quitar sus ojos del capitán. La reacción, la orden y la inmovilidad intensa habían llevado sólo unos segundos. Polly miró la repentina escena mientras sus músculos se aflojaban. Los soldados de Zlobenia se estaban tranquilizando. El garrote que levantaba Carborundum empezó a bajar suavemente. El pequeño Wazzer fue levantado del suelo por Maladict, que le había arrancado la espada de la

mano; posiblemente sólo un vampiro podía haberse movido más rápido que Wazzer mientras cargaba contra los prisioneros. —Custodia —dijo Jackrum, con voz tranquila—. Es una palabra graciosa. Mire a mis pequeños muchachos, ¿quiere? Ni siquiera un pelo en la barba de ninguno todavía, salvo el troll, y los líquenes no cuentan. Todavía están verdes. ¿Qué hay de peligroso en un inofensivo grupo de muchachos de granja que preocuparía a un puñado de buenos soldados de caballería como ustedes? —¿Podría alguien por favor venir y poner ssu dedo ssobre esste nudo? —dijo Igor, desde su mesa de operaciones improvisada—. Cassi lo he terminado. —¿Inofensivo? —dijo el Sargento, mirando a Wazzer que forcejeaba—. ¡Son un grupo de malditos locos! —Quiero hablar con su oficial, condenación —dijo el capitán, que parecía un poco más concentrado ahora—. Tiene un oficial, ¿verdad? —Sí, tenemos uno en algún lugar, según recuerdo —dijo Jackrum—. Perks, ve a buscar al rupert, ¿quieres? Mejor si te quitas ese vestido primero, también. Nunca se sabe, con los ruperts. —Bajó al capitán cuidadosamente sobre un banco, y se enderezó. —¡Carborundum, Maladict, córtenle cualquier cosa a cualquier prisionero que se mueva, y a cualquier hombre que trate de atacar a un prisionero! —dijo—. Entonces... oh, sí. Trespartes Scallot, deseo alistarme en tu maravilloso ejército, con sus muchas oportunidades para un hombre joven deseoso de servir. —¿Algún servicio previo? —dijo Scallot, sonriendo. —Cuarenta años luchando contra todos los capullos dentro de cien millas de Borogravia, Cabo. —¿Destrezas especiales? —Mantenerme vivo, Cabo, venga lo que venga. —Entonces permítame que le presente con un chelín y el inmediato ascenso al rango de sargento —dijo Scallot, entregándole el abrigo y el chelín—. ¿Quiere Oscular a la Doxie? —No en esta época de mi vida —dijo Jackrum, poniéndose la chaqueta

otra vez—. Bueno —dijo—. Todo listo, todo ordenado, todo legal. Vete, Perks, te di una orden. Blouse estaba roncando. Su vela se había terminado. Un libro estaba abierto sobre su manta. Polly se lo quitó suavemente de los dedos. El título, casi invisible sobre la tapa manchada, era: Tacticus: Las Campañas. —¿Señor? —susurró. Blouse abrió los ojos, la vio, y luego se giró y rebuscó desesperadamente junto a la cama. —Aquí están, señor —dijo Polly, pasándole las gafas. —Ah, Perks, gracias —dijo el teniente, incorporándose—. Medianoche, ¿verdad? —Un poco después, señor. —¡Oh, cielos! ¡Entonces debemos apurarnos! ¡Rápido, pásame el pantalón! ¿Han tenido los hombres buena noche? —Fuimos atacados por soldados de Zlobenia, señor. Primero de Dragones Pesados. Los tomamos prisioneros, señor. Ninguna baja, señor. — ... porque no esperaban que peleáramos. Querían tomarnos vivos. Y tropezaron con Carborundum, Maladict y... yo. Había sido difícil, muy duro, usar ese garrote. Pero en cuanto lo hizo, fue fácil. Y entonces se sintió avergonzada por ser atrapada con una enagua, aunque tenía su pantalón debajo. Simplemente había pasado de chico a chica con pensarlo, y había sido tan... fácil. Necesitaba algo de tiempo para considerarlo. Necesitaba tiempo para pensar en muchas cosas. Sospechaba que el tiempo iba a ser escaso. Blouse todavía estaba sentado allí con el pantalón a medio poner, mirándola. —Dime eso otra vez, ¿quieres, Perks? —dijo—. ¿Has capturado a algunos de los enemigos? —No sólo yo, señor, solamente tomé a dos de ellos —dijo Polly—. Nosotros, er, entramos todos en tropel, señor. —¿Dragones Pesados? —Sísseñor. —¡Es el regimiento personal del Príncipe! ¿Han invadido?

—Creo que era más una patrulla, señor. Siete hombres. —¿Y ninguno de ustedes está lastimado? —Nosseñor. —¡Pásame la camisa! ¡Oh, maldición! Fue entonces cuando Polly notó la venda alrededor de su mano derecha. Estaba roja de sangre. Él vio su expresión. —Algo como una herida autoinfligida, Perks —dijo, nervioso—. Repasaba mi práctica de espada después de la cena. Nada serio. Sólo un poco ‘oxidado’, ya sabes. No puedo prenderme los botones. Si fueras tan amable... Polly ayudó al teniente a colocarse el resto de su ropa, y puso sus pocas pertenencias en una bolsa. Se necesita ser un tipo especial de hombre, reflexionó, para cortarse la mano derecha con su propia espada. —Debería pagar mi cuenta... —dijo el teniente entre dientes, mientras bajaban la oscura escalera. —No puede, señor. Todos han huido, señor. —Quizás debería dejarles una nota, ¿no crees? No me gustaría que pensaran que ‘escapé’ sin... —¡Todos se han ido, señor! —dijo Polly, empujándolo hacia la puerta principal. Se paró afuera del barracón, se enderezó el abrigo y lo miró a la cara—. ¿Se lavó anoche, señor? —No había... —empezó Blouse. La respuesta fue automática. Aunque era quince meses menor, había estado haciendo de madre de Paul por demasiado tiempo. —¡Pañuelo! —exigió. Y, ya que algunas cosas son programadas en el cerebro en una edad temprana, él le entregó uno, obediente. —¡Escupa! —ordenó Polly. Entonces usó el pañuelo húmedo para quitar una marca de la cara de Blouse y se dio cuenta, mientras lo estaba haciendo, que lo estaba haciendo. No había marcha atrás. La única salida era seguir adelante. —Muy bien —dijo bruscamente—. ¿Tiene todo? —Sí, Perks. —¿Ha pasado por el retrete esta mañana? —siguió su boca, mientras su

cerebro se encogía de temor a una corte marcial. Estoy conmocionada, pensó, y también él. Así que aférrate a lo que conoces. Y no puedes parar... —No, Perks —dijo el teniente. —Entonces debe ir apropiadamente antes de que subamos al bote, ¿de acuerdo? —Sí, Perks. —Vaya, entonces, es un buen teniente. Se apoyó contra la pared y recuperó el aliento con algunas bocanadas apresuradas mientras Blouse entraba en el barracón, entonces se deslizó tras él. —¡Oficial presente! —ladró Jackrum. El escuadrón, ya alineado, se cuadró en diferentes grados de atención. El Sargento hizo un saludo enfrente de Blouse, causando que el joven se tambaleara hacia atrás. —¡Aprendimos la partida de exploración enemiga, señor! ¡Asunto completamente peligroso, señor! ¡En vista de la urgente naturaleza de la emergencia, señor, y viendo que usted no tiene ningún suboficial ya que el Cabo Strappi ha desertado, y viendo que soy un viejo soldado de prestigio, se permite que usted me reclute como un auxiliar bajo las Reglas de la Duquesa, Regla 796, Sección 3 [a], Párrafo ii, señor, gracias, señor! —¿Qué? —dijo Blouse, mirando alrededor con los ojos llorosos y llegando a la conclusión de que en un mundo de agitación repentina había un gran abrigo rojo que parecía saber qué estaba haciendo—. Oh. Sí. Muy bien. ¿Regla 796, dice? De acuerdo. Bien hecho. Continúe, Sargento. —¿Está usted al mando aquí? —gritó Horentz, poniéndose de pie. —Efectivamente, capitán —dijo Blouse. Horentz lo miró de arriba para abajo. —¿Usted? —dijo, rezumando desdén de la palabra. —Efectivamente, señor —dijo Blouse, estrechando los ojos. —Oh bien, tendremos que hacer lo que podamos. Ese gordo bastardo — dijo Horentz, apuntando un dedo amenazador a Jackrum—, ¡ese bastardo me amenazó con violencia! ¡Como a un prisionero! ¡En cadenas! ¡Y ese... muchacho —añadió el capitán, escupiendo la palabra hacia Polly—, me pateó los privados y me aporreó casi hasta la muerte! ¡Exijo que nos deje ir!

Blouse giró hacia Polly. —¿Le pateaste los ‘privados’ al Capitán Horentz, Partes? —Er... sísseñor. Un rodillazo, en realidad. Y es Perks en realidad, señor, aunque puedo ver por qué cometió el error. —¿Qué estaba él haciendo en ese momento? —Er... me abrazaba, señor. —Polly vio que las cejas de Blouse subían, y caían en picada—. Estaba temporalmente disfrazado como una chica, señor, para desviar sospechas. —¿Y luego tú... lo aporreaste? —Sísseñor. Una vez, señor. —¿Qué diablos te poseyó para detenerte en una vez? —dijo Blouse. —¿Señor? —dijo Polly, mientras Horentz lanzaba un grito ahogado. Blouse se volvió con una expresión casi seráfica de placer sobre la cara. —Y usted, Sargento —continuó—, ¿acaso de hecho colocó una mano sobre el capitán? Jackrum se adelantó un paso y saludó con elegancia. —No como un hecho per se y tal, señor, no —dijo, manteniendo los ojos fijos en un punto aproximadamente a doce pies de altura sobre la pared lejana—. Simplemente consideré, ya que había invadido nuestro país para capturar a nuestros muchachos, señor, que no haría daño si experimentaba temporalmente sensaciones de conmoción y temor, señor.[25] Se lo juro, señor, no soy un hombre violento. —Por supuesto que no, Sargento —dijo Blouse. Y ahora, mientras todavía sonreía, dejó entrever una especie de regocijo malévolo. —Por el amor de Dios, estúpido, no puede creerle a estos paletos ignorantes, son la escoria de... —empezó Horentz. —Les creo, efectivamente —dijo Blouse, sacudido por nervioso desafío— . Creería en su testimonio contra el suyo, señor, si me dijeran que el cielo es verde. Y parecería que siendo tan inexpertos como son, han vencido a algunos de los mejores soldados de Zlobenia con ingenio y arrojo. Tengo completa confianza de que tienen guardadas sorpresas adicionales para nosotros... —Si baja sus calzones las vería —susurró Maladict.

—¡Cállate! —siseó Polly, y luego tuvo que meterse un puño en la boca otra vez. —Lo conozco, Capitán Horentz —dijo Blouse, y sólo por un momento el capitán pareció preocupado—. Quiero decir que conozco a los de su clase. He tenido que lidiar con ellos toda mi vida. Grandes bravucones joviales, con el cerebro en su pantalón. ¿Se atreve a entrar cabalgando en nuestro país y piensa que vamos a tenerle miedo? ¿Cree que puede recurrir a mí sobre las cabezas de mis hombres? ¿Usted exige? ¿Sobre el suelo de mi país? —¿Capitán? —murmuró el sargento de la caballería, mientras Horentz miraba boquiabierto al teniente—, pronto estarán aquí... —Ah —dijo Horentz, vacilante. Entonces, con un poco de esfuerzo, pareció recuperar la compostura—. Los refuerzos vienen —dijo—. Libérenos ahora, usted idiota, y yo podría agregar esto a la estupidez nativa. De otro modo me aseguraré de que las cosas vayan sumamente mal para usted y sus... já... hombres. —¿Siete soldados de caballería no se consideran suficientes para arreglarse con muchachos de granja? —dijo Blouse—. Está sudando, capitán. Está preocupado. ¿Y sin embargo vienen refuerzos? —¡Permiso para hablar, señor! —ladró Jackrum, y pasó directo a—: ¡Queseros! ¡Armarse otra vez ahora mismo! ¡Maladict, entrégale al Soldado Goom su espada otra vez y deséale buena suerte! ¡Carborundum, agarra un puñado de lanzas de doce pies! El resto de... —Están éstas también, sarge —dijo Maladict—. Muchas de ellas. Las tomé de las sillas de montar de nuestros amigos. —Levantó lo que a Polly le pareció un par de grandes ballestas de gatillo, aceradas y lustrosas. —¿Ballestas? —dijo Jackrum, como un niño abriendo un maravilloso regalo de Vigilia de los Puercos—. Eso es lo que consiguen por llevar una vida honesta y seria, mis muchachos. Pequeñas máquinas temibles. ¡Tomemos dos cada uno! —No quiero violencia innecesaria, Sargento —dijo Blouse. —¡Tiene razón, señor! —dijo el Sargento—. ¡Carborundum! ¡Al primer hombre que entre corriendo por esa puerta, lo quiero clavado a la pared! — Captó la mirada del teniente, y añadió—: ¡Pero no demasiado duro!

... y alguien golpeó a la puerta. Maladict le apuntó dos arcos. Carborundum levantó un par de lanzas en cada mano. Polly levantó su garrote, un arma que por lo menos sabía cómo usar. Los otros muchachos, y muchachas, levantaron cualquier arma que Trespartes Scallot les había procurado. Hubo silencio. Polly miró a su alrededor. —¿Que pase? —sugirió. —Sí, correcto, eso debería servir —dijo Jackrum, blanqueando los ojos. La puerta fue abierta y entró cautelosamente un hombrecillo pulcro. En complexión, color y peinado se parecía a Mala... —¿Un vampiro? —dijo Polly suavemente. —Oh, maldición —dijo Maladict. La ropa del recién llegado, sin embargo, era anormal. Era un anticuado abrigo de noche sin mangas y con muchos bolsillos cosidos por todos lados. Enfrente, alrededor del cuello, había una gran caja negra. Contra todo sentido, sonrió al ver una docena de armas en posición de brindarle una muerte por perforación. —¡Marafilloso! —dijo, levantando la caja y desplegando tres patas que formaron un trípode—. Pero... ¿podría el troll moferse un poco a su izquierda, por fafor? —¿Huh? —dijo Carborundum. Los del escuadrón se miraron unos a otros. —Sí, ¿y si el Sargento fuera tan amable de moferse más hacia el centro, y lefantar esas espadas un poco más alto? —continuó el vampiro—. ¡Grandioso! Y usted, señor, si usted pudiera darme un grrrrh... —¿Grrrrh? —dijo Blouse. —¡Muy fien! Realmente feroz ahora... Hubo un destello cegador y un breve grito ‘Oh, mier...’, seguido por el tintineo de vidrios rotos. Donde el vampiro estaba parado había un pequeño cono de polvo. Parpadeando, Polly observó que subía como un chorro y se convertía una vez más en una forma humana, el vampiro. —Oh cielos, creía que ese nuefo filtro resultaría —dijo—. Oh, fien, fifir y

aprender. —Sonriendo ampliamente, añadió—: Ahora, ¿cuál de ustedes es el Capitán Horentz, por fafor?

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Había pasado media hora. Polly todavía estaba perpleja. El problema no era que no comprendiera qué estaba ocurriendo. El problema era que antes de que pudiera comprenderlo, tenía que comprender muchas otras cosas. Una de ellas era el concepto de ‘periódico’. Blouse parecía sucesivamente orgulloso y preocupado, pero siempre nervioso. Polly lo observaba cuidadosamente, en gran parte porque estaba hablando con el hombre que había entrado detrás del iconografeador. Vestía un gran abrigo de cuero y pantalones de montar, y pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo cosas en una libreta, con ocasionales miradas perplejas al escuadrón. Finalmente, Maladict, que tenía buen oído, se acercó a los reclutas dejando su sitio junto a la pared. —Está bien —dijo, bajando la voz—. Todo es un poco complicado, pero... ¿alguno de ustedes conoce un periódico? —Ssí, mi ssegundo primo Igor en Ankh-Morpork me contó ssobre elloss —dijo Igor—. Sson una esspessie de anunssio del gobierno. —Hum... algo así. Pero no son escritos por el gobierno. Son escritos por personas corrientes que escriben cosas —dijo Maladict. —¿Como un diario? —preguntó Tonker. —Hum... no... Maladict trató de explicar. El escuadrón trató de comprender. Todavía no tenía sentido. A Polly le sonaba como alguna clase de espectáculo de títeres. De todos modos, ¿por qué confiaría en algo escrito? Ciertamente no confiaba en ‘¡Las Madres de Borogravia!’, y eso era del gobierno. Y si no podías confiar en el gobierno, ¿en quién podías confiar? En casi todos, si se ponía a pensarlo... —El Sr. de Worde trabaja en un periódico en Ankh-Morpork —dijo Maladict—. Dice que estamos perdiendo. Dice que las bajas están aumentando y que los soldados están desertando y que todos los civiles van

hacia las montañas. —¿P-por qué deberíamos creerle? —preguntó Wazzer. —Bien, hemos visto muchas bajas y refugiados, y el Cabo Strappi no ha estado por aquí desde que escuchó que iba al frente —dijo Maladict—. Lo lamento, pero es verdad. Todos lo hemos visto. —Sí, pero es sólo algún hombre de un país extranjero. ¿Por qué n-nos mentiría la Duquesa? Quiero decir, ¿por qué nos enviaría simplemente a morir? —dijo Wazzer—. ¡Ella n-nos cuida! —Todos dicen que estamos ganando —dijo Tonker, inseguro, después de ese momento de vergüenza. Las lágrimas corrían por la cara de Wazzer. —No, no lo dicen —dijo Polly—. Tampoco creo que estemos ganando. —¿Acaso alguien lo piensa? —dijo Maladict. Polly miró todas las caras. —Pero decirlo... es como traicionar a la Duquesa, ¿verdad? —dijo Wazzer—. Es difundir Alarma y Desaliento, ¿verdad? —Tal vez deberíamos estar alarmados —dijo Maladict—. ¿Saben cómo llegó hasta aquí? Viaja escribiendo las cosas sobre la guerra para su hoja de noticias. Se encontró con éstos de la caballería en el camino. ¡En nuestro país! Y le dijeron que acababan de oír que los últimos reclutas de Borogravia estaban aquí y no eran nada sino, er, ‘un puñado verde de niños que chillan’. Dijeron que nos capturarían para nuestro propio bien y que podía tomarnos una imagen para su periódico. Podría mostrarles a todos qué cosas horribles éramos, dijeron, porque somos la raspa del fondo del barril. —¡Sí, pero los derrotamos de modo que estaba confundido! —dijo Tonker, sonriendo desagradablemente—. No tiene nada que escribir ahora, ¿eh? —Hum... no realmente. ¡Dice que esto es aun mejor! —¿Mejor? ¿De qué lado está él? —Es un enigma, realmente. Viene de Ankh-Morpork, pero no está exactamente de su lado. Er... Otto Chriek, que hace las imágenes para él... —¿El vampiro? ¡Se hizo polvo cuando brilló la luz! —dijo Polly—. ¡Entonces él... volvió! —Bien, estaba parado detrás de Carborundum en ese momento —dijo Maladict—, pero conozco la técnica. Probablemente tenía una delgada

ampolla de vidrio con s... san... sanu... no, esperen, lo puedo decir... sangre. —Suspiró—. ¡Bueno! No hay problema. Una delgada ampolla de... lo que acabo de decir... que se hace añicos en el suelo y reúne el polvo otra vez. Es una idea grandiosa. —Maladict sonrió vagamente—. Creo que realmente se preocupa mucho por lo que hace, saben. De todos modos, me dijo que de Worde sólo trata de encontrar la verdad. Y entonces la escribe y la vende a cualquiera que quiera comprarla. —¿Y las personas le permiten hacerlo? —dijo Polly. —Aparentemente. Otto dice que una vez a la semana pone furioso al comandante Vimes, pero que nunca pasó nada. —¿Vimes? ¿El Carnicero? —dijo Polly. —Es duque, dice Otto. Pero no como el nuestro. Otto dice que nunca lo vio matar a nadie. Otto es un Cinta Negra, como yo. No mentiría a un compañero de Cinta. Y dice que esa imagen que tomó se enviará esta noche por los clacks de la torre más cercana. ¡Estará en el periódico mañana! ¡Y ellos imprimen una copia aquí! —¿Cómo puedes enviar una imagen en los clacks? —dijo Polly—. Conozco a personas que los han visto. ¡Sólo son muchas cajas sobre una torre que hacen clack-clack! —Ah, Otto también me lo explicó —dijo Maladict—. Es muy ingenioso. —¿Cómo funciona, entonces? —Oh, yo no comprendí lo que dijo. Era todo acerca de... números. Pero indudablemente sonaba muy inteligente. ¡De todos modos, de Worde le dijo al ten... al rupert que la noticia sobre un grupo de muchachos dándoles una paliza a unos soldados experimentados haría que las personas prestaran atención! Todos se miraron unos a otros, tímidamente. —Fue un poco de casualidad, y de todos modos teníamos a Carborundum —dijo Tonker. —Y yo los engañé —dijo Polly—. Quiero decir, no podría hacerlo dos veces. —¿Y qué? —dijo Maladict—. Lo hicimos. ¡El escuadrón lo hizo! ¡La próxima vez lo haremos de manera diferente!

—¡Sí! —dijo Tonker. Y hubo un momento de euforia compartida en el que eran capaces de cualquier cosa. Duró todo... un momento. —Pero no resultará —dijo Shufti—. Sólo hemos tenido suerte. Sabes que no resultará, Maladict. Todos saben que no resultará, ¿correcto? —Bien, no estoy diciendo que podríamos, ya saben, enfrentar a todo un regimiento a la vez —dijo Maladict—. Y el ten... rupert podría estar un poco verde. Pero podríamos ayudar a hacer una diferencia. El viejo Jackrum sabe qué está haciendo... —Le juro que no soy un hombre violento... ¡bam! —dijo Tonker por lo bajo, y se escucharon algunas... sí, risillas, eran risillas del escuadrón. —No, no lo eres —dijo Shufti rotundamente—. Ninguno de nosotros lo es, ¿correcto? Porque somos chicas. Hubo un completo silencio. —Bien, no Carborundum ni Ozzer, de acuerdo —continuó Shufti, como si el silencio le extrajera las palabras rebeldes—. Y no estoy segura sobre Maladict e Igor. Pero sé que el resto de nosotros lo somos, ¿correcto? Tengo ojos, tengo orejas, tengo cerebro. ¿Correcto? En el silencio se escuchó el lento retumbo que precedía a una declaración de Carborundum. —Zi algo ayuda —dijo, con una voz repentinamente más arenosa que áspera—, mi verdadero nombre ez Jade. Polly sintió que unos ojos interrogantes la taladraban. Estaba avergonzada, por supuesto. Pero no por la razón obvia. Era por la otra, la pequeña lección de que la vida a veces golpea tu casa con un palo: no eres la única que observa el mundo. Las otras personas son personas; mientras las observas ellas te observan, y piensan en ti mientras piensas en ellas. El mundo no es sólo tú. No había ninguna posibilidad de salir de esto. Y en cierto modo era un alivio. —Polly —dijo, casi en un susurro. Miró a Maladict, interrogante, y él sonrió de una manera claramente evasiva. —¿Es éste el momento? —dijo.

—Muy bien, todos ustedes, ¿para qué están todos parados? —gritó Jackrum, a seis pulgadas de la nuca de Maladict. Nadie lo vio llegar; se movía con la cautela de un suboficial, que a veces dejaba perplejos incluso a los Igor. La sonrisa de Maladict no cambió. —Vaya, estamos aguardando sus órdenes, Sargento —dijo, dando media vuelta. —¿Crees que eres inteligente, Maladict? —Hum... sí, sarge. Muy inteligente —aceptó el vampiro. No había mucho humor en la sonrisa de Jackrum. —Bien. Me alegra escucharlo. No quiero otro Cabo estúpido. Sí, sé que ni siquiera eres un soldado correcto aún, pero por la gloria, serás un Cabo ahora porque necesito uno y eres la persona que se viste más elegante. Pídele unas barras a Trespartes. El resto de ustedes... ésta no es una maldita reunión de madres, partimos en cinco minutos. ¡Muévanse! —Pero los prisioneros, sarge... —empezó Polly, todavía tratando de digerir la revelación. —Vamos a arrastrarlos hasta la posada y dejarlos atados, desnudos, y con grilletes —dijo Jackrum—. Pequeño demonio cruel cuando se despierta, nuestro rupert, ¿eh? Y Trespartes está tomando sus botas y caballos. No irán demasiado lejos durante un tiempo, no desnudos. —El hombre que escribe, ¿no los dejará ir? —dijo Tonker. —No te preocupes —dijo Jackrum—. Probablemente podría cortar las sogas, pero dejaré caer la llave de los grilletes en el retrete, y eso necesitará un poco de pesca. —¿De qué lado está él, sarge? —dijo Polly. —No lo sé. No confíen en ellos. Ignórenlos. No les hablen. Nunca hablen con las personas que escriben. Regla militar. ¡Bueno, sé que acabo de darles una orden porque escuché el maldito eco! ¡A cumplirla! ¡Nos vamos! —Camino a la perdición, muchacho, el ascenso[26] —le dijo Scallot a Maladict, acercándose con dos barras colgando de su gancho. Sonrió—. Eso es que te pagan tres peniques más por día ahora, pero no los recibirás porque no nos están pagando, pero para considerar el lado bueno, no

tendrás retenciones, y son un demonio para las retenciones. ¡Como yo lo veo, retrocede y tus bolsillos rebosarán!

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La lluvia había parado. La mayor parte del escuadrón estaba desfilando fuera del barracón donde ahora había una pequeña carreta que pertenecía al escritor del papel de noticias. Una gran bandera colgaba de un palo fijado a él, pero Polly no pudo distinguir el diseño a la luz de la luna. Junto a la carreta, Maladict estaba en profunda conversación con Otto. El centro de atención, sin embargo, era la línea de caballos de la caballería. Uno había sido ofrecido a Blouse, pero lo había desechado con una expresión de alarma, farfullando algo sobre ‘ser leal a su corcel", que a la vista de Polly parecía un portatostadas auto propulsado con mala actitud. Pero probablemente había tomado la decisión correcta, porque eran grandes bestias, anchas, hechas a la batalla y de ojos brillantes; si Blouse se sentaba sobre una de ellas se haría un desgarrón en la entrepierna del pantalón, y si intentaba frenarla le arrancaría los brazos de los hombros. Ahora cada caballo tenía un par de botas colgando de su silla de montar, excepto el caballo conductor, una bestia realmente magnífica sobre la que el Cabo Scallot estaba sentado como un agregado de último momento. —Como sabe, no soy galopador de burros, Trespartes —dijo Jackrum, mientras terminaba de atar las muletas detrás de la silla—, pero es un condenado buen caballo lo que usted tiene aquí. —Condenadamente cierto, sarge. ¡Podría dar de comer a un pelotón durante toda una semana! —dijo el Cabo. —¿Seguro que no vendrá con nosotros? —añadió Jackrum, retrocediendo—. Calculo que todavía debe tener una o dos cosas que cortarles a los bastardos, ¿eh? —Gracias, sarge, es una amable oferta —dijo Trespartes—. Pero los rápidos caballos van a ser muy solicitados pronto, y estaré en mi elemento, como podría decir. Este grupo valdrá el sueldo de tres años. —Se volvió sobre la silla y saludó con la cabeza al escuadrón—. La mejor de las suertes,

muchachos —añadió alegremente—. Caminarán con Muerte todos los días, pero lo he visto y se sabe que hace guiños. Y recuerden: ¡llenen sus botas con sopa! —Animó a los caballos y desapareció con sus trofeos en la penumbra. Jackrum lo observó mientras se iba, sacudió la cabeza, y se volvió hacia los reclutas. —Muy bien, damas... ¿Qué es gracioso, Soldado Halter? —Er, nada, sarge, sólo... pensé algo... —dijo Tonker, casi ahogado. —No te pagan para pensar en cosas, te pagan para marchar. ¡Hazlo! El escuadrón salió marchando. La lluvia no aminoraba nada pero el viento aumentó un poco, golpeando ventanas, soplando a través de las casas desiertas, abriendo y cerrando puertas como si estuviera buscando algo que alguien aseguraba haber puesto aquí apenas hace un momento. Era todo lo que se movía en Plotz, a excepción de la llama de una vela, cerca del piso en la habitación trasera del barracón desierto. La vela estaba inclinada para que se apoyara contra un hilo de algodón sujeto entre las patas de un taburete. Significaba que cuando la vela se quemara lo suficiente, cortaría el hilo y caería hasta el piso y sobre un irregular rastro de paja que llegaba a una pila de colchones sobre los que se habían colocado dos antiguas latas de aceite de lámpara. Se necesitaría aproximadamente una hora para que sucediera en la noche húmeda y triste, y luego todas las ventanas volarían.

El día siguiente cayó sobre Borogravia como un grandioso pez. Una paloma levantó vuelo sobre los bosques, planeó ligeramente, y fue directo hacia el valle Kneck. Incluso desde aquí era visible el negro volumen de piedra del torreón, emergiendo del mar de árboles. La paloma aceleró, una chispa de determinación en la nueva mañana fresca... ... y graznó cuando la oscuridad cayó del cielo, apoderándose de ella en sus garras de acero. El halcón ratonero y la paloma cayeron por un momento, y luego el halcón ganó un poco de altura y se alejó aleteando. La paloma pensó: ¡OOOOOOO! Pero si fuera más capaz de pensar con

coherencia, y supiera sobre cómo las aves de presa atrapan palomas, 7 podría haberse preguntado por qué era agarrada tan... gentilmente. Era sujetada, no apretada. Y en ese caso, todo lo que pudo pensar fue: ¡OOOOOO! El halcón llegó al valle y empezó a volar alrededor del torreón. Mientras giraba, una figura diminuta se separó del arnés de cuero de la espalda y se movió lentamente alrededor del cuerpo y bajó a las garras, con gran cuidado. Alcanzó la paloma aprisionada, se arrodilló sobre ella y puso sus brazos alrededor del cuello del ave. El halcón pasó rozando un balcón de piedra, se detuvo en el aire, y dejó ir a la paloma. Ave y hombre diminuto rodaron y rebotaron a través de las baldosas en un rastro de plumas, y se quedaron quietos. Eventualmente, desde algún sitio debajo del ave, llegó una voz que dijo: —Cabrón... Unas urgentes pisadas corrieron sobre las piedras y la paloma fue quitada del Cabo Buggy Swires. Era un gnomo, y de apenas seis pulgadas de altura. Por otro lado, como jefe y único miembro de la sección Aérea de la Guardia de la Ciudad de Ankh-Morpork, pasaba la mayor parte de su tiempo tan alto que todos parecían pequeños. —¿Estás bien, Buggy? —preguntó el Comandante Vimes. —No muy mal, señor —dijo Buggy, escupiendo una pluma—. Pero no fue elegante, ¿verdad? Lo haré mejor la próxima vez. El problema es que las palomas son demasiado estúpidas para ser guiadas... —¿Qué tienes para mí? —¡El Times envió esto desde su carro, señor! ¡Lo seguí todo el camino! —¡Bien hecho, Buggy! Se escuchó un frenesí de alas y el halcón aterrizó en las almenas. —Y, er... ¿cómo se llama? —añadió Vimes. El halcón le lanzó la mirada loca y distante de todas las aves.

7

Y teniendo en cuenta el hecho de que todas las palomas que saben cómo atrapan las aves de presa están

muertas, y por lo tanto capaces de una ligeramente menor capacidad de pensar que una paloma viva. (Nota del autor)

—Ella es Morag, señor. Entrenada por los pictos. Ave maravillosa. —¿Pagamos por ella un cajón de whisky? —Sí, señor, y vale cada dracma. La paloma forcejeaba en la mano de Vimes. —Entonces espera allí, Buggy, y haré que Reg venga con algo de conejo crudo —dijo, y entró en su torre. La Sargento Angua estaba esperando junto a su escritorio, leyendo el Testamento Viviente de Nuggan. —¿Es una paloma mensajera, señor? —preguntó, mientras Vimes se sentaba. —No —dijo Vimes—. Sujétala un minuto, ¿quieres? Quiero echar una mirada dentro de la cápsula de mensaje. —Parece una paloma mensajera —dijo Angua, dejando el libro. —Ah, pero los mensajes que vuelan por el aire son una Abominación para Nuggan —dijo Vimes—. Las oraciones de los creyentes rebotan en ellas, aparentemente. No, creo que es la mascota perdida de alguien y espero encontrar el nombre y la dirección del propietario en este pequeño tubo, porque soy un hombre amable. —De modo que realmente no está interceptando información de campo del Times, entonces, señor[27] —dijo Angua, sonriendo. —No tanto así, no. Sólo soy un lector apasionado que quiere ver hoy las noticias de mañana. Y el Sr. de Worde parece tener el don de encontrar cosas. Angua, quiero evitar que estas estúpidas personas sigan peleando para que todos podamos volver a casa, y si eso implica permitir que una ocasional paloma cague sobre mi escritorio, así será. —Oh, lo siento, señor, no me di cuenta. Espero que se pueda limpiar. —Vete y dile a que Reg busque algo de conejo para el halcón, ¿quieres? Cuando se fue, Vimes desenroscó el extremo del tubo con cuidado y sacó un rollo de papel muy delgado. Lo desdobló, lo alisó, y leyó la diminuta escritura, sonriendo mientras lo hacía. Entonces giró el papel y miró la imagen. Todavía la estaba mirando cuando Angua regresó con Reg y medio balde de crujientes partes de conejo.

—¿Algo interesante, señor? —dijo Angua ingenuamente. —Bien, sí. Podrías decir eso. Todos los planes han cambiado, todas las apuestas cerraron. ¡Já! Oh, Sr. de Worde, usted pobre tonto... Le pasó el papel. Ella leyó la historia con cuidado. —Bien por ellos, señor —dijo—. La mayoría parece de quince años, y cuando una ve el tamaño de esos dragones, bien, tengo que quedar impresionada. —Sí, sí, podrías decir eso, podrías decir eso —dijo Vimes, la cara brillando como la de un hombre con una broma a compartir—. Dime, cuando llegó de Worde, ¿entrevistó a los altos funcionarios de Zlobenia? —No, señor. Tengo entendido que no lo recibieron. Realmente no saben qué es un reportero así que deduzco que el asistente lo expulsó y le dijo que era una molestia. —Santo cielo, pobre hombre —dijo Vimes, todavía sonriendo—. Conociste al Príncipe Heinrich el otro día. Descríbemelo... Angua se aclaró la garganta. —Bien, señor, era... verde la gran parte, sombreado con azul, con nota de grllss y un rastro de... —Quise decir que me lo describas sobre la suposición de que no soy un lobizón que ve con su nariz —dijo Vimes. —Oh, sí —dijo Angua—. Lo siento, señor. Seis pies dos pulgadas, ciento ochenta libras, pelo rubio, ojos verde-azul, cicatriz de sable sobre la mejilla izquierda, lleva un monóculo en su ojo derecho, bigote encerado... —Bien, bien observado. Y ahora mira al ‘Capitán Horentz’ en la imagen, ¿quieres? Miró otra vez, y dijo, muy suavemente: —Oh cielos. ¿No lo conocían? —Él no iba a decirles, ¿verdad? ¿Habrían visto una imagen? Angua se encogió de hombros. —Lo dudo, señor. Quiero decir, ¿dónde la verían? Nunca hubo un periódico aquí hasta que los carros del Times aparecieron la semana pasada. —¿Algún grabado, tal vez? —No, es una Abominación, a menos que sea de la Duquesa.

—Así que realmente no lo conocían. Y de Worde nunca lo vio —dijo Vimes—. Pero lo viste cuando llegamos el otro día. ¿Qué piensas de él? Sólo entre nosotros. —Un arrogante hijo-de-perra, señor, y sé de qué estoy hablando. Esa clase de hombre que cree que sabe lo que le gusta a una mujer y es él mismo. Todo muy amigable hasta que le dicen que no. —¿Estúpido? —No lo creo. Pero no tan inteligente como él cree. —Correcto, porque no le dijo su verdadero nombre a nuestro amigo escritor. ¿Leíste la parte del final? Angua lo leyó: «Perry, el capitán, me amenazó y sermoneó después de que se fueron los reclutas. Desgraciadamente, no tuve tiempo de buscar la llave de los grilletes en el retrete. Por favor, hagan saber al Príncipe dónde están lo más pronto posible. WDW» —Parece que a William tampoco le cayó simpático —dijo—. Me pregunto por qué estaba el Príncipe con una partida de exploración. —Dijiste que era un arrogante hijo-de-perra —dijo Vimes—. Tal vez sólo quería aparecer inesperadamente y ver si su tía todavía estaba respirando... Su voz se fue apagando. Angua miró la cara de Vimes, que veía a través de ella. Conocía a su jefe. Pensaba que la guerra era sólo otro crimen, como el homicidio. No le gustaban las personas con títulos, y consideraba que ser un duque era la descripción de un trabajo más que una palanca a la grandeza. Tenía un raro sentido del humor. Y tenía sentido para lo que creía que eran presagios, esas pequeñas pajas en el viento que avisan que viene una tormenta. —Desnudos —dijo riéndose—. Podían haberles cortado la garganta. No lo hicieron. Se llevaron sus botas y los dejaron para que regresaran a casa brincando y desnudos. —Al parecer, el escuadrón había encontrado a un amigo. Ella esperó. —Siento pena por los Borogravianos —dijo. —Yo también, señor —dijo Angua.

—¿Oh? ¿Por qué? —Su religión los ha arruinado. ¿Ha visto las Abominaciones más recientes? Aborrecen el olor de las remolachas y las personas pelirrojas. En escritura bastante defectuosa, señor. Y los tubérculos son básicos aquí. Hace tres años era una Abominación cultivar raíces y tubérculos en la tierra donde se había cultivado grano o arvejas. Vimes parecía en blanco, y recordó que era un muchacho de ciudad. —Significa que no hay verdadera rotación de cosechas, señor — explicó—. El suelo se deteriora. Aumentan las enfermedades. Usted tenía razón cuando dijo que se estaban volviendo locos. Estos... mandamientos son tontos, y cualquier granjero lo puede ver. Imagino que las personas los obedecen lo mejor que pueden, pero tarde o temprano tienen que violarlos y sentirse culpables, o respetarlos y sufrir. Por ninguna razón, señor. He echado una mirada por aquí. Son muy religiosos, pero su dios los ha desilusionado. No me asombra que mayormente recen a su familia real. Observó que miraba la pieza de correo durante rato. Entonces él dijo: —¿A qué distancia está Plotz? —A unas cincuenta millas —dijo Angua, añadiendo—: a la velocidad de lobo, tal vez seis horas. —Bien. Buggy te tendrá vigilada. El Pequeño Henry va a brincar su camino a casa, o encontrarse con una de sus patrullas, o una enemiga... lo que sea. Pero la mierda va a golpear el molino cuando todos vean esa imagen. Apuesto a que de Worde lo habría dejado libre si hubiera sido bueno y educado. Eso le enseñará a no interferir con el impresionante poder de una prensa justa y libre, jaja. —Se enderezó y se frotó las manos como un hombre que piensa en negocios—. Ahora, dejemos a esa paloma seguir su camino otra vez antes de que la echen en falta, ¿eh? Dile a Reg que se acerque a donde paran las personas del Times y que les diga que su paloma se metió en la ventana equivocada. Otra vez.

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Ése era un buen momento, recordaba Polly.

No fueron a la dársena del río. Podían ver que allí no había ningún bote. No habían aparecido y el barquero había partido sin ellos. En cambio, cruzaron el puente y se dirigieron a los bosques, con Blouse a la cabeza sobre su anciano potro. Maladict le seguía y... Jade en el fondo. No necesitas una luz por la noche cuando un vampiro encabeza el camino, y un troll atrás desanima indudablemente a los perezosos. Nadie mencionó el bote. Nadie hablaba en absoluto. La cosa era... la cosa era, según reflexionaba Polly, que ya no estaban marchando solos. Compartían el Secreto. Era un inmenso alivio, y ahora mismo no necesitaban hablar de él. Sin embargo, era probablemente una buena idea mantener una cantidad regular de pedos, eructos, picadas de nariz y rascaduras de ingle, por las dudas. Polly no sabía si sentirse orgullosa de haber sido tomada por un muchacho. Quiero decir, pensó, he trabajado mucho para hacerlo bien, domino la caminata, aunque supongo que lo que realmente hice fue subyugar la caminata, jaja, inventé la rutina de trucar la afeitada y las otras ni siquiera lo pensaron, no me he limpiado las uñas por días y tengo el orgullo de poder eructar como el mejor. De modo que, quiero decir, estaba tratando. Era apenas ligeramente molesto descubrir que había tenido tanto éxito. Después de unas pocas horas, cuando el verdadero amanecer estaba rayando, olieron humo. Había una pálida mortaja entre los árboles. El Teniente Blouse levantó una mano para detenerlos, y Jackrum se reunió con él para susurrar una conversación. Polly se adelantó. —¿Permiso para susurrar también, sarge? Creo que sé qué es esto. Jackrum y Blouse la miraron. Entonces el Sargento dijo: —Muy bien, Perks. Entonces ve y averigua si tienes razón. Era un aspecto que Polly no había considerado, pero había quedado expuesta. Jackrum se ablandó cuando vio su expresión, hizo un gesto hacia Maladict, y dijo: —Ve con él, Cabo. Dejaron atrás el escuadrón y avanzaron cuidadosamente sobre un lecho

de hojas recién caídas. El humo era pesado y fragante y, sobre todo, evocador. Polly se dirigió hacia donde el sotobosque más espeso aprovechaba la luz de un claro, e ingresó en una espesura de avellanos algo dispersos. El humo era más denso aquí, y apenas se movía. Los árboles terminaron. A unas yardas de distancia, en un amplio parche de tierra limpia, había un montículo como un pequeño volcán que vomitaba llamas y humo en el aire. —Horno de carbón —susurró Polly—. Sólo arcilla empastada sobre una pila de madera de avellano. Debería pasar días ardiendo. Probablemente lo pescó el viento de anoche y el fuego se avivó. No hará buen carbón ahora, se está quemando demasiado rápido. Lo rodearon, todavía entre los arbustos. Otras cúpulas de arcilla salpicaban el claro, con ligeras nubes de vapor y humo saliendo de las puntas. Había un par de hornos en proceso de ser construidos, la arcilla fresca apilada junto a unos montones de palos de avellano. Había una cabaña, y las cúpulas, y nada más excepto el silencio, aparte del crujido del fuego descontrolado. —El quemador de carbón está muerto, o casi —dijo Polly. —Está muerto —dijo Maladict—. Hay olor a muerte aquí. —¿Puedes olerla por encima del humo? —Sí —dijo Maladict—. Somos buenos oliendo algunas cosas. ¿Pero cómo lo sabías? —Observan las quemas como halcones —dijo Polly, mirando la cabaña— . No dejaría que se saliera de control si estuviera vivo. ¿Está en la cabaña? —Están en la cabaña —dijo Maladict rotundamente. Se puso en camino a través del suelo lleno de humo. Polly corrió detrás de él. —¿Hombre y mujer? —dijo—. Sus esposas a menudo viven lejos con... —No puedo saberlo, no si son viejos. La cabaña era solamente temporal, hecha con avellano tejido y techada con lona; los quemadores de carbón se mudaban mucho, de bosquecillo en bosquecillo. No tenía ventanas, pero sí una entrada con un trapo por puerta. El trapo estaba corrido; la entrada era oscura.

Tengo que ser un hombre en esto, pensó Polly. Había una mujer sobre la cama, y un hombre sobre el piso. Había otros detalles que el ojo veía pero que el cerebro no enfocaba. Había mucha sangre. La pareja era vieja. Ya no serían más viejos. Otra vez afuera, Polly tomó desesperadas bocanadas de aire. —¿Crees que lo hicieron aquellos soldados de caballería? —dijo por fin, y luego se dio cuenta de que Maladict estaba temblando—. Oh... la sangre... —dijo. —¡Puedo encargarme de esto! ¡Estoy bien! ¡Sólo tengo que enderezar mi mente, estoy bien! —Se apoyó contra la cabaña, respirando pesadamente—. De acuerdo, estoy bien —dijo—. Y no puedo oler caballos. ¿Por qué no usas tus ojos? Buen barro blando por todos lados después de la lluvia, pero ninguna pisada de pezuña. Muchas pisadas humanas, sin embargo. Nosotros las hicimos. —No seas absurdo, estábamos... El vampiro había bajado la mano y sacó algo de entre las hojas caídas. Le quitó el barro con un pulgar. En delgado latón impreso, era la insignia del Queso Llameante de los Entrar-y-Salir. —Pero... pensaba que éramos los tipos buenos —dijo Polly débilmente— . Si fuéramos tipos, quiero decir. —Creo que necesito un café —dijo el vampiro.

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—Desertores —dijo el Sargento Jackrum, diez minutos después—. Ocurre. —Tiró la insignia en el fuego. —¡Pero estaban de nuestro lado! —dijo Shufti. —¿Y entonces? No todos son caballeros bonitos como tú, Soldado Manickle —dijo Jackrum—. No después de unos años de recibir disparos y de comer scubbo de rata. En la retirada de Khrusk no tuve agua durante tres días y luego me lancé de cara en un charco de orina de caballo, una circunstancia que no hizo nada por mis sentimientos de buena voluntad hacia mis compañeros o caballos. ¿Sucede algo, Cabo?

Maladict estaba de rodillas, revisando su mochila con aire distraído. —Mi café ha desaparecido, sarge. —No debes haberlo empacado apropiadamente, entonces —dijo Jackrum sin simpatía. —¡Lo hice, sarge! Lavé la máquina y la llené con el saquito de frijoles después de la cena anoche. Sé que lo hice. ¡No tomo el café a la ligera! —Si otra persona lo hizo, va a desear nunca haber nacido —gruñó Jackrum, mirando al resto del escuadrón—. ¿Alguien más perdió algo? —Er... no iba a decir nada, porque no estaba seguro —dijo Shufti—, pero mis cosas parecían revueltas cuándo abrí mi mochila ahora mismo... —¡Oh-ho! —dijo Jackrum—. Bien, bien, bien. Lo diré una vez, muchachos. Robar a los compañeros es un delito castigado con la horca, ¿comprendido? Nada destruye la moral más rápido que algún pequeño cabrón furtivo metiendo los dedos en la mochila de las personas. Y si descubro que alguien lo ha estado haciendo, ¡le azotaré los talones! —Miró furioso al escuadrón—. No les voy a exigir que todos vacíen sus mochilas como si fueran criminales —dijo—, pero es mejor que verifiquen que nada les falte. Por supuesto, uno de ustedes podría haber empacado por accidente algo que no era suyo, de acuerdo. Empacar con prisa, mala luz, fácil que suceda. En tal caso, lo solucionan entre ustedes, ¿comprendido? Ahora, me voy a afeitar. El Teniente Blouse está vomitando detrás del refugio después mirar los cadáveres, pobre tipo. Polly rebuscó en su mochila desesperadamente. La había empacado arrojando cosas de cualquier manera la noche pasada, pero lo que buscaba desesperadamente... ... no estaba. A pesar del calor de las cúpulas de carbón, tembló. Los bucles habían desaparecido. Febrilmente, trató de recordar los eventos de la noche anterior. Se deshicieron de sus mochilas tan pronto como entraron en el barracón, ¿de acuerdo? Y Maladict se había preparado un poco de café en la cena. Había lavado y secado la pequeña máquina... Escuchó un pequeño gemido. Wazzer, con el escaso contenido de la mochila disperso a su alrededor, sostenía en alto la máquina de café. Estaba casi completamente aplastada.

—P-p-p... —empezó. La mente de Polly funcionaba más rápido, como una rueda de molino en una inundación. Entonces todos llevaron las mochilas a la habitación trasera con todos los colchones, ¿verdad? De modo que todavía estarían ahí cuando el escuadrón luchó contra los soldados... —Oh, Wazz —dijo Shufti—. Oh, cielos... ¿Quién podía haberse escurrido por la puerta trasera? No había nadie por aquí excepto el escuadrón y los soldados de caballería. Quizás alguien quería observar, y de paso causar un poco de problema... —¡Strappi! —dijo en voz alta—. ¡Debe haber sido él! ¡La pequeña comadreja tropezó con la caballería y luego regresó a hurtadillas para observar! ¡Le venía conde... condenadamente bien revisar nuestras mochilas en la parte posterior! Oh, vamos —añadió, mientras la miraban—, ¿pueden ver a Wazzer robando? De todos modos, ¿cuándo tuvo la oportunidad? —¿No lo habrían tomado prisionero? —dijo Tonker, mirando la máquina aplastada en las manos temblorosas de Wazzer. —Si sólo se quitaba el sobrero y la chaqueta sería otro estúpido civil, ¿verdad? O podía decir que era un desertor. Podía inventar alguna historia — dijo Polly—. Saben cómo era con Wazzer. Revisó mi mochila también. Robó... algo mío. —¿Qué era? —dijo Shufti. —Sólo algo, ¿de acuerdo? Sólo quería... armar lío. —Observó que pensaban. —Suena convincente —dijo Maladict, asintiendo abruptamente—. Pequeña comadreja. De acuerdo, Wazz, sólo pesca los frijoles y haré lo mejor que pueda... —N-no hay f-f-f... Maladict se puso una mano sobre los ojos. —¿Ningún frijol? —dijo—. Por favor, ¿alguien tiene los frijoles? Hubo una búsqueda general, y una general ausencia de resultados. —Ningún frijol —gimió Maladict—. Tiró los frijoles... —Vamos, muchachos, tenemos que apostar centinelas —dijo Jackrum, acercándose—. Todo solucionado, ¿verdad?

—Sí, sarge. Ozz piensa... —empezó Shufti. —¡Fue todo un poco de descuido al empacar, sarge! —dijo Polly rápidamente, ansiosa de mantenerse lejos de cualquier cosa relacionada con bucles faltantes—. ¡Nada por qué preocuparse! Todo solucionado, sarge. No hay problemas. Nada para preocupar a nadie. Nada... de... nada, sarge. Jackrum miró desde el sobresaltado escuadrón hasta Polly, y de regreso, y hacia atrás otra vez. Sentía que su mirada la traspasaba, desafiándola a cambiar su expresión de loca y tensa honestidad. —S-sí —dijo despacio—. Correcto. Solucionado, ¿eh? Bien hecho, Perks. ¡Atención! ¡Oficial presente! —Sí, sí, Sargento, gracias, pero pienso que no tenemos que ser demasiado ceremoniosos —dijo Blouse, que parecía algo pálido—. Una palabra con usted cuando haya terminado, ¿quiere? Y creo que debemos enterrar, er, los cuerpos. Jackrum saludó. —Tiene razón, señor. ¡Dos voluntarios para cavar una tumba para esas pobres almas! Goom y Tewt... ¿qué está haciendo? Lofty estaba junto al llameante horno de carbón. Sujetaba una rama ardiendo a uno o dos pies de su cara y la giraba de un lado al otro, observando las llamas. —Me haré cargo, sarge —dijo Tonker, caminando junto a Wazzer. —¿Qué son ustedes, casados? —dijo Jackrum—. Tú estás de guardia, Halter. Dudo que haya algo que los haga volver, pero si lo hacen, grita, ¿de acuerdo? Tú e Igor vienen conmigo, y les mostraré sus puestos. —Nada de café —gemía Maladict. —Porquería asquerosa, de todos modos —dijo Jackrum, alejándose—. Una taza de té dulce y caliente es buena amiga del soldado. Polly agarró la tetera para el agua de afeitar de Blouse, y se alejó deprisa. Eso era otra cosa que aprendías en la milicia: parecer ocupado. Pareces ocupado y a nadie le preocupa demasiado en qué estás ocupado. ¡Maldito, maldito Strappi! ¡Tenía su pelo! Trataría de usarlo contra ella si podía, era seguro. Ése era su estilo. ¿Qué haría ahora? Bien, querría mantenerse lejos de Jackrum, ésa era otra certeza. Esperaría, en algún

lugar. Ella también tendría que hacerlo. El escuadrón había hecho campamento contraviento del humo. Se suponía que era una parada de descanso, ya que nadie había dormido mucho la noche anterior, pero mientras Jackrum repartía las tareas les recordaba: —Hay un viejo dicho militar: Mala Suerte Para Ti. De ninguna manera iban a usar la cabaña tejida, pero había unos marcos cubiertos con lona construidos para mantener seca la madera acopiada. Los que no tenían trabajo se acostaron sobre las pilas de troncos, que eran blandas y no hedían, y en todo caso eran mejores que los colchones habitados del barracón. Blouse, como oficial, tenía un refugio para él solo. Polly había apilado unos manojos de ramas para hacer una silla que era por lo menos elástica. Ahora le acercó las cosas de afeitar y giró para irse... —¿Podrías afeitarme tú, Perks? —dijo el teniente. Afortunadamente, Polly estaba de espaldas y no vio su expresión. —Esta maldita mano está muy hinchada, me temo —continuó Blouse—. Normalmente no te lo pediría, pero... —Sí, por supuesto, señor —dijo Polly, porque no tenía ninguna alternativa. Bien ahora, veamos... tenía algo de práctica en pasarse la navaja desafilada sobre su cara desprovista de pelo, sí. Oh, y había afeitado algunos cerdos muertos en la cocina de La Duquesa, pero sólo porque a nadie le gusta el tocino peludo. Eso no contaba realmente, ¿verdad? El pánico aumentó, y aumentó más rápido al ver que Jackrum se acercaba. Iba a cortarle la garganta a un oficial en presencia de un Sargento. Bien, cuando dudes, apresúrate. Regla militar. Apresúrate, y ruega que haya un ataque de sorpresa. —¿No está siendo un poco estricto con los hombres, Sargento? —dijo Blouse, mientras Polly le colocaba una toalla alrededor del cuello. —No, señor. Mantenerlos ocupados, ése es el secreto. De otra manera se deprimen —dijo Jackrum con confianza. —Sí, pero acaban de ver un par de cadáveres gravemente mutilados — dijo Blouse, y se estremeció.

—Buena práctica para ellos, señor. Verán muchos más. Polly se volvió al equipo de afeitar que había colocado sobre otra toalla. Veamos... navaja de degollar, oh cielos, la piedra gris para un afilado tosco, la piedra roja para un afilado fino, el jabón, la brocha, el tazón... bien, por lo menos sabía cómo hacer espuma... —Desertores, Sargento. Mal asunto —continuó Blouse. —Siempre los hay, señor. Es porque siempre la paga llega tarde. Caminar por una paga con tres meses de atraso hace pensar dos veces a un hombre. —El Sr. de Worde, el hombre del periódico, dijo que hay muchas deserciones, Sargento. Es muy extraño que tantos hombres deserten de un lado que gana. Polly hizo girar la brocha enérgicamente. Jackrum, por primera vez desde que Maladict se enroló, parecía incómodo. —¿Pero de qué lado está él, señor? —dijo. —Sargento, estoy seguro de que usted no es un hombre estúpido —dijo Blouse, mientras, detrás de él, la espuma se desbordaba del tazón y caía al piso—. Hay desertores desesperados por todas partes. Nuestras fronteras parecen estar bastante descuidadas para permitir que el enemigo a caballo opere cuarenta millas dentro de ‘nuestro bello país’. Y el Alto Comando parece estar tan desesperado, sí, desesperado, Sargento, que incluso media docena de hombres sin entrenamiento y, francamente muy jóvenes deben ir al frente. La espuma ahora tenía vida propia. Polly vaciló. —Primero una toalla caliente, por favor, Perks —dijo Blouse. —Sísseñor. Lo siento, señor. Se me olvidó, señor —dijo Polly, mientras el pánico aumentaba. Tenía un vago recuerdo de haber pasado delante de la barbería en Munz. Toalla caliente sobre la cara. Correcto. Agarró una toalla pequeña, la mojó con agua hirviendo, la retorció y la puso sobre la cara del teniente. En realidad, él no gritó, por decir. —Aaaaagh otra cosa me preocupa, Sargento. —¿Sísseñor? —La caballería debe haber atrapado al Cabo Strappi. No puedo ver otra

manera de que se enteraran sobre nuestros hombres. —Buena idea, señor —dijo el Sargento, observando que Polly aplicaba espuma sobre boca y nariz. —Espero que no ppfff torturaran al pobre hombre —dijo el Teniente. Jackrum se mantuvo en silencio sobre ese asunto, pero mirando con intención. Polly deseaba que no siguiera mirándola. —¿Pero por qué iría un desertor ppfff directamente hacia ppfff el frente? —dijo Blouse. —Tiene sentido, señor, para un viejo soldado. Especialmente uno político. —¿De veras? —Confíe en mí, señor —dijo Jackrum. Detrás de Blouse, Polly pasaba la navaja una y otra vez sobre la piedra roja. Ya estaba tan suave como el hielo. —Pero nuestros muchachos, Sargento, no son ‘viejos soldados’. Se necesitan ppfff dos semanas para convertir un recluta en un ‘combatiente’ — dijo el Teniente. —Son material prometedor, señor. Podría hacerlo en un par de días, señor —dijo Jackrum—. ¿Perks? Polly casi se cortó el pulgar. —Sí, sarge —tembló. —¿Piensas que podrías matar a un hombre hoy? Polly le echó un vistazo a la navaja. El borde brillaba. —¡Lamento decir que creo que lo haría, señor! —Allí lo tiene, señor —dijo Jackrum, con una sonrisa desproporcionada—. Hay algo en estos muchachos, señor. Son rápidos. — Caminó hasta detrás de Blouse, tomó la navaja de la mano agradecida de Polly sin una palabra, y dijo—: Hay algunos temas que deberíamos discutir, señor, en privado. Pienso que Perks debería irse a descansar un poco. —Por supuesto, Sargento. Pas devant les soldats jeuttes, ¿eh? —Y ellos también, señor —dijo Jackrum—. Puedes irte, Perks. Polly se alejó con la mano derecha todavía temblando. Detrás de ella, escuchó que Blouse suspiraba y decía:

—Son tiempos difíciles, Sargento. El Comando nunca ha sido tan pesado. El grandioso General Tacticus dice que en tiempos peligrosos el comandante debe ser como el águila y verlo todo, y con todo todavía ser como el halcón y ver cada detalle. —Sísseñor —dijo Jackrum, deslizando la navaja mejilla abajo—. Y si actúa como un tipo común, señor, puede colgar patas arriba todo el día y comer tocino grasoso. —Er... bien dicho, Sargento.

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El quemador de carbón y su esposa fueron enterrados con el acompañamiento, para la no-sorpresa de Polly, de una pequeña oración de Wazzer. Pidió a la Duquesa que intercediera con el dios Nuggan para dar descanso eterno y cosas similares a los difuntos. Polly la había escuchado muchas veces antes; se había preguntado cómo funcionaba el proceso. Nunca volvió a rezar desde el día que quemaron el ave, ni siquiera cuando su madre estaba moribunda. Un dios que quema aves pintadas no salvaría a una madre. Un dios así no merecía una oración. Pero Wazzer rezó por todos. Wazzer rezó como un niño, los ojos levantados y las manos apretadas hasta que se le pusieron blancas. La pequeña voz aflautada temblaba con tanta fe que Polly se sintió incómoda, y luego avergonzada y, finalmente, después del resonante ‘amén’, asombrada de que el mundo no pareciera diferente al de antes. Por uno o dos minutos, había sido un lugar mejor... Había un gato en la cabaña. Se acurrucaba bajo la tosca cama y escupía a cualquiera que se acercara. —Toda la comida ha sido tomada pero hay zanahorias y chirivías en un pequeño jardín colina abajo —dijo Shufti, cuando se alejaban. —Sería r-robar a los muertos —dijo Wazzer. —Bien, si se oponen pueden esperar, ¿verdad? —dijo Shufti—. ¡Ya están bajo tierra! Por alguna razón eso fue, en este momento, gracioso. Se habrían reído

de cualquier cosa. Ahora eran Jade, Lofty, Shufti y Polly. Todos los demás estaban de guardia. Se sentaron junto al fuego, sobre el cual hervía una pequeña olla. Lofty cuidaba el fuego. Siempre parecía más animada cerca de un fuego, notó Polly. —Estoy haciendo scubbo de caballo para el rupert —dijo Shufti, cayendo fácilmente en una jerga aprendida veinte horas antes—. Lo pidió específicamente. Tiene mucha cecina de caballo de Trespartes, pero Tonker dice que puede voltear algunos faisanes mientras está de guardia. —Espero que pases un poco de tiempo atenta a los enemigos también —dijo Polly. —Tendrá cuidado —dijo Lofty, atizando el fuego con un palo. —Saben, si nos encuentran, seremos golpeados y enviados de regreso —dijo Shufti. —¿Quién lo hará? —dijo Polly, tan de repente que se sorprendió—. ¿Quién lo hará? ¿Quién va a intentarlo, aquí? ¿Quién se preocupa aquí? —Bien, er, llevar ropa de hombres es una Abominación para Nuggan... —¿Por qué? —Sólo lo es —dijo Shufti con firmeza—. Pero... —... tienes ropa de hombres —dijo Polly. —Bien, era la única manera —dijo Shufti—. Y me la probé y no me pareció demasiado abominable. —¿Has notado que los hombres hablan de manera diferente? —dijo Lofty con timidez. —¿Hablar? —dijo Polly—. Escuchan de manera diferente, también. —No se quedan mirándote todo el tiempo —dijo Shufti—. Ya sabes qué quiero decir. Tú eres sólo una... otra persona. Si una chica caminara por la calle llevando una espada un hombre trataría de quitársela. —Con loz trollz, no noz permiten llevar garrote —dijo Jade—. Zolamente rocaz grandez. Y no eztá bien que una chica lleve líquenez, porque loz chicoz dizen que la calva es pudoroza. Tuve que frotarme cagada de ave en mi cabeza para que creciera este montón. Eso era un discurso bastante largo para un troll.

—No lo sabíamos —dijo Polly—. Er... los trolls nos parecen todos iguales, más o menos. —Zoy naturalmente ezcarpada —dijo Jade—. No veo por qué debería luztrarme. —Hay una diferencia —dijo Shufti—. Creo que son las medias. Es como que te empujan hacia adelante todo el tiempo. Es como si todo el mundo girara alrededor de las medias. —Suspiró y miró la carne de caballo, que había hervido hasta casi ponerse blanca—. Está hecho —dijo—. Es mejor que vayas y se lo des al rupert, Polly... quiero decir, Ozzer. Le dije al sarge que podía hacer algo mejor pero me dijo que el teniente decía qué bueno estuvo el de anoche... Un pequeño pavo salvaje, un par de faisanes y un par de conejos, todos atados juntos, aterrizaron enfrente de Shufti. —Qué bueno que estábamos vigilando, ¿eh? —dijo Tonker, sonriendo y girando una honda vacía en una mano—. Una roca, un almuerzo. Maladict se quedó de guardia. Dijo que olfateará a cualquiera antes de que lo vean y que está demasiado nervioso para comer. ¿Qué puedes hacer con ese montón? —Cazuela de caza —dijo Shufti con firmeza—. Tengo los vegetales y todavía me queda media cebolla. 8 Estoy segura de que puedo hacer un horno con esos... —¡De pie! ¡Atención! —interrumpió Jackrum, que se había acercado silenciosamente. Retrocedió con una ligera sonrisa sobre la cara mientras se ponían de pie—. Soldado Halter, debo tener una vista condenadamente asombrosa —dijo, cuando estuvieron más o menos verticales. —Sí, sarge —dijo Tonker, mirando directo hacia adelante. —¿Puedes adivinar por qué, Soldado Halter? —No, sarge. —¡Porque sé que estás de guardia sobre el perímetro, Halter, pero puedo verte tan claro como si estuvieras de pie aquí mismo enfrente de mí, Halter! ¿Puedo, Halter?
8

A una mujer siempre le queda media cebolla, sin importar el tamaño de la cebolla, el plato o la mujer. (Nota del

autor)

—¡Sí, sarge! —¡También resulta que todavía estás de guardia en el perímetro, Halter, porque la pena por ausentarse de su puesto en tiempos de guerra es la muerte, Halter! —Yo sólo... —¡Ningún sólo! ¡No quiero escuchar ningún sólo! ¡No quiero que pienses que soy un hombre gritón, Halter! ¡El Cabo Strappi era un hombre gritón, pero era un condenado político! ¡Te juro que no soy un hombre gritón pero si no estás de regreso en tu puesto dentro de treinta segundos te arrancaré la lengua! Tonker huyó. El Sargento Jackrum se aclaró la garganta y continuó con una media voz: —Esto, mis muchachos, es lo que llamamos un verdadero discurso de orientación, no una de las charlas políticas elaboradas que Strappi les dio. — Se aclaró la garganta—. El propósito de este discurso es permitirles saber dónde estamos. Estamos en el fondo de la mierda. No podría ser peor si estuvieran lloviendo anos. ¿Alguna pregunta? Ya que no había ninguna de los desconcertados reclutas, continuó, mientras empezaba un lento paseo alrededor del escuadrón. —Sabemos que las fuerzas enemigas están en la zona. En este momento no tienen botas. Pero habrá otros con botas en abundancia. También puede haber desertores en el área. ¡No serán buenas personas! ¡Serán descorteses! Por lo tanto el Teniente Blouse ha decretado que viajaremos lejos de los caminos y de noche. Sí, hemos encontrado al enemigo, y lo hemos derrotado. Eso fue de chiripa. No esperaban que fueran soldados duros, fuertes. Ni tampoco ustedes, de modo que no quiero que se sientan presumidos por eso. —Se inclinó hacia adelante hasta que su cara estuvo a unas pulgadas de la de Polly—. ¿Te sientes presumido, Soldado Perks? —¡No, sarge! —Bien. Bien. —Jackrum retrocedió—. Vamos hacia el frente, muchachos. A la guerra. Y en una guerra desagradable, ¿dónde es el mejor lugar donde estar? Aparte de sobre la luna, por supuesto. ¿Nadie?

Despacio, Jade levantó una mano. —Vamos, entonces —dijo el Sargento. —En el ejérzito, zarge —dijo el troll—. Porque... —Empezó a contar con los dedos—. Uno, tienez armaz, y armadura, y todo ezo. Doz, eztáz rodeado por otroz hombrez armadoz. Er... Muchos, te pagan y comez mejor comida que laz perzonaz en Calle Zivil. Er... Montón, incluzo zi te rindez, erez tomado prizionero y hay reglaz como No Patear la Cabeza de loz Prizioneroz y cozaz azí, porque zi uzted patea la cabeza de zuz prizioneros elloz patearán la cabeza de zuz prizioneros de modo, bueno, que ze estará pateando zu propia cabeza, pero no hay ninguna regla que diga que no puede patear la cabeza de un enemigo civil. Hay otraz cozaz también, pero me quedé zin númeroz. —Les mostró una sonrisa de diamantes—. Podremoz zer lentoz pero no zomoz eztúpidoz —añadió. —Estoy impresionado, Soldado —dijo Jackrum—. Y tienes razón. ¡La única avispa en la mermelada es que ustedes no son soldados! Pero puedo ayudarlos. Ser un soldado no es difícil. Si lo fuera, los soldados no podrían hacerlo. Hay solamente tres cosas que tienen que recordar, que son, a saber: uno, obedecer las órdenes, dos, darle al enemigo bien y duro, tres, no morir. ¿Lo tienen? ¡Correcto! ¡Casi han llegado! ¡Bien hecho! ¡Me propongo asistirlos en la ejecución de las tres! ¡Ustedes son mis pequeños muchachos y los cuidaré! ¡Mientras tanto, tienen deberes! ¡Shufti, sigue cocinando! ¡Soldado Perks, encárgate del rupert! ¡Y después de eso, practica tu afeitada! ¡Ahora visitaré a los que están de guardia y les impartiré la palabra sagrada! ¡Pueden irse! Se quedaron en algo como atención hasta que él estuvo probablemente fuera del alcance del oído, y luego se aflojaron. —¿Por qué grita siempre? —dijo Shufti—. Quiero decir, sólo tiene que pedir... Polly sirvió el horrible scubbo en un tazón de estaño, y casi corrió al refugio del teniente. Él levantó la mirada de un mapa y le sonrió como si le estuviera ofreciendo un banquete. —Ah, scubbo —dijo. —En realidad, tenemos otras cosas, señor —dijo Polly—. Estoy seguro

de que hay lo bastante para todos... —Santo cielo, no, han pasado muchos años desde que comí una comida así —dijo Blouse, recogiendo la cuchara—. Por supuesto, en la escuela no la apreciábamos tanto. —¿Tenía comida como ésta en la escuela, señor? —preguntó Polly. —Sí. La mayoría de los días —dijo Blouse con felicidad. Polly no podía encajar esto en su cabeza. Blouse era una persona de clase. Las personas de clase comían comida de clase, ¿verdad? —¿Había hecho algo malo, señor? —No puedo imaginar qué quieres decir, Perks —dijo Blouse, sorbiendo ruidosamente hombres? —Sí, señor. Las personas muertas fueron un poco de conmoción... —Sí. Mal asunto —suspiró el teniente—. Así es la guerra, desgraciadamente. Sólo lamento que tengan que aprender tan rápido. Un terrible desperdicio todo el tiempo. Estoy seguro de que las cosas pueden estar solucionadas cuando lleguemos a Kneck, sin embargo. Ningún general puede esperar que unos jóvenes como ustedes sean soldados al instante. Tendré algo para decir sobre eso. —Sus rasgos conejiles se vieron inusitadamente resueltos, como si un hámster hubiera descubierto una brecha en su cinta rodante. —¿Me necesita para alguna otra cosa, señor? —dijo Polly. —Er... ¿los hombres hablan de mí, Perks? —No realmente, señor, no. El Teniente parecía desilusionado. —Oh. Oh, bien. Gracias. Perks. las horribles gachas flacas—. ¿Están descansados los

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Polly se preguntaba si Jackrum alguna vez dormía. Ella hizo un turno de guardia, y él le salió por atrás. —¡Adivina quién, Perks! Estás de vigilancia. Deberías ver al temible

enemigo antes de que te vean. ¿Qué son las cuatro eses? 9 —¡Forma, sombra, silueta y brillo, sarge! —dijo Polly, poniéndose en atención. Estaba esperando esto. Eso causó una pausa momentánea del Sargento antes de decir: —Sólo lo sabías, ¿verdad? —¡Nosseñor! ¡Un pajarillo me lo dijo cuando cambiamos la guardia, señor! ¡Dijo que le había preguntado, señor! —Oh, así que los pequeños muchachos de Jackrum se están uniendo contra el viejo y amable Sargento, ¿verdad? —dijo Jackrum. —¡Nosseñor! ¡Compartimos información importante para el escuadrón en una vital situación de supervivencia, sarge! —Tienes una boca rápida, Perks, lo admito. —¡Gracias, sarge! —¡Pero veo que no estás parado en una condenada sombra, Perks, ni has hecho nada para cambiar tu condenada forma! ¡Se destaca contra la condenada luz, y tu sable está brillando como un diamante en la condenada oreja de un deshollinador! ¡Explica! —¡Es por la única C, sarge! —dijo Polly, todavía mirando directo adelante. —¿Y eso es? —¡Color, sarge! ¡Visto de condenado rojo y blanco en un condenado bosque gris, sarge! Se arriesgó a mirar de soslayo. En los pequeños ojos porcinos de Jackrum brillaba un rayo. Era el que veías cuando estaba secretamente complacido. —¿Avergonzado de tu sumamente encantador uniforme, Perks? —dijo. —No quiero que me vean muerto dentro de él, sarge —dijo Polly. —Jaja. Por así decirlo, Perks.' Polly sonrió, directo adelante. Cuando dejó la guardia y fue por un tazón de guiso de caza, Jackrum le estaba enseñando a Lofty y Tonker esgrima básica, usando varas de

9

Idioma. Lo de las cuatro eses es cierto si se dice en inglés: Shape, shadow, silhouette, shine. (Nota del traductor)

avellano como espadas. Para cuando Polly terminó, le estaba enseñando a Wazzer algunos de los puntos más sutiles de cómo usar una ballesta de pistola de gran rendimiento, especialmente el que decía no dar media vuelta sin seguro y decir: ‘¿Para q-qué es esta parte, sarge?’ Wazzer manejaba las armas como una mujer meticulosa que se deshace de un ratón muerto —a la distancia de un brazo y tratando de no mirar. Pero incluso ella era mejor que Igor, que no parecía cómodo con la idea de lo que sólo era, para él, cirugía. Jade estaba dormitando. Maladict colgaba por sus rodillas bajo el techo de uno de los cobertizos, con los brazos cruzados sobre el pecho; debía decir la verdad cuando dijo que había algunos aspectos de ser un vampiro que eran difíciles de abandonar. Igor y Maladict... Todavía no estaba segura sobre Maladict, pero Igor tenía que ser un chico, con esas puntadas alrededor de la cabeza, y con esa cara que sólo podía ser llamada acogedora. 10 Era tranquilo, y pulcro, pero tal vez así actuaban los Igors... Despertó cuando Shufti la sacudió. —¡Nos movemos! ¡Mejor ve y encárgate del rupert! —¿Qué? ¿Huh? Oh... ¡correcto! Había ajetreo a su alrededor. Polly se puso de pie, tambaleante, y fue rápidamente al cobertizo del Teniente Blouse, donde estaba de pie enfrente de su desgraciado caballo, sujetando la brida con expresión perdida. —Ah, Perks —dijo—. No estoy para nada seguro de que estoy haciendo lo correcto... —No, señor. Tiene las bridas retorcidas y los estribos patas arriba —dijo Polly, que a menudo había ayudado en el patio de la posada. —Ah, sería por eso que me resultó tan difícil anoche —dijo Blouse—. Supongo que debería saber este tipo de cosas, pero en casa teníamos un hombre que lo hacía... —Permítame, señor —dijo Polly. Enderezó las bridas con algunos movimientos cuidadosos—. ¿Cómo se llama, señor?

10

E incluso entonces era esa clase de casa que tiene un vehículo calcinado sobre el césped. (Nota del autor)

—Thalacephalos

—dijo

Blouse

tímidamente—.

Era

el

legendario

semental del General Tacticus, ya sabes. —No lo sabía, señor —dijo Polly. Se reclinó y echó un vistazo entre las patas traseras del caballo. Wow, Blouse era realmente miope, verdad... La yegua la miró en parte con sus ojos, que eran pequeños y malvados, pero principalmente con sus dientes amarillos, de los que tenía una cantidad enorme. Tenía la impresión de que estaba pensando en reír con disimulo. —Lo sujetaré mientras monta, señor —dijo. —Gracias. ¡Ciertamente se mueve un poco cuando lo intento! —Supongo que sí, señor —dijo Polly. Sabía sobre caballos difíciles; éste tenía todos los distintivos de un completo bastardo, uno de ésos que no se intimidan en absoluto por la obvia superioridad de la raza humana. La yegua la miró y le mostró los dientes amarillos mientras Blouse montaba, pero Polly se había colocado cuidadosamente lejos de los postes del refugio. Thalacephalos no era del tipo de corcovear y patear. Era del tipo furtivo, pudo ver Polly, del tipo que pisaba tu pie... Movió su pie justo mientras la pezuña bajaba. Pero Thalacephalos, furioso por la frustración, giró, se retorció, bajó la cabeza, y mordió a Polly en las medias enrolladas. —¡Caballo malo! —dijo Blouse severamente—. Lamento eso, Perks. ¡Creo que está ansioso por llegar a la refriega! ¡Oh, caramba! —añadió, bajando la vista—. ¿Estás bien, Perks? —Bien, está tirando un poco, señor... —dijo Polly, mientras era arrastrada de costado. Blouse se puso blanco otra vez. —Pero te mordió... te atrapó de las... justo en las... El penique cayó. Polly bajó la vista, y recordó rápidamente lo que escuchaba durante las numerosas peleas sin reglas del bar. —¡Oh... ooo... argh... caray! ¡Justo en la fruta! ¡Aargh! —se lamentó, y luego, ya que parecía buena idea en ese momento, bajó ambos puños pesadamente sobre la nariz de la yegua. El Teniente se desmayó.

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Se necesitaron algunos momentos para que Blouse volviera en sí, pero por lo menos Polly tuvo tiempo de pensar. Abrió los ojos y los fijó en ella. —Er, cayó de su caballo, señor —dijo Polly. —¿Perks? ¿Estás bien? Mi querido muchacho, te tomó de las... —¡Sólo necesita algunas puntadas, señor! —dijo Polly alegremente. —¿Qué? ¿De Igor? —Nosseñor. Sólo la tela, señor —dijo Polly—. El pantalón es un poco grande para mí, señor. —Ah, correcto. Demasiado grande, ¿eh? Fiu, ¿eh? Cerca de perderlo allí, ¿eh? Bien, no debo quedarme echado aquí todo el día... El escuadrón le ayudó a montar Thalacephalos, que todavía reía sin remordimiento. Sobre el asunto de ‘demasiado grande’, Polly tomó nota mental de hacer algo sobre su chaqueta la siguiente vez que se detuvieran. No era muy buena con una aguja, pero si Igor no podía hacer algo para que se viera mejor entonces no era el hombre creía. Y ésa era una frase que evadía una cuestión. Jackrum gritó para que hicieran orden. Ahora eran mejores en eso. Más ordenados, también. —¡Muy bien, Entrar-y-Salir! Esta noche nosotros... Un juego de inmensos dientes amarillos le quitó la gorra. —¡Oh, me disculpo, Sargento! —dijo Blouse detrás de él, tratando de sofrenar a la yegua. —¡Ninguna molestia, señor, estas cosas ocurren! —dijo Jackrum, recuperando su sombrero furiosamente. —Me gustaría dirigirme a mis hombres, Sargento. —¿Oh? Er... sí, señor —dijo Jackrum, y se veía preocupado—. Por supuesto, señor. ¡Entrar-y-Salir! ¡Atenciónesperarsupalabra! Blouse tosió. —Er... hombres —dijo—. Como saben, debemos llegar a toda velocidad al valle Kneck dónde, aparentemente, nos necesitan. Viajar de noche evitará... enredos. Er... —Los miró, la cara retorcida por alguna lucha interior—. Er... tengo que decir que no creo que somos... es decir, toda la

evidencia es... er... no me parece que... er... creo que debería decirles... er... —¿Permiso para hablar, señor? —dijo Polly—. ¿Se siente bien? —Sólo tenemos que esperar que aquellos puestos en el poder sobre nosotros estén tomando las decisiones correctas —masculló Blouse—. Pero tengo toda la confianza en ustedes y estoy seguro de que harán todo lo posible. ¡Larga vida a la Duquesa! Continúe, Sargento Jackrum. —¡Entrar-y-Salir! ¡Formar! ¡Marchar! Y se dirigieron hacia el anochecer y hacia la guerra.

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El orden de la marcha era como el de la noche anterior, con Maladict adelante. Las nubes mantenían algo de calor, y eran lo bastante delgadas para insinuar la luz de la luna aquí y allá. Los bosques por la noche no significaban problemas para Polly, y en todo caso éste no era un verdadero bosque salvaje. Y a decir verdad, tampoco era marchar lo que hacían. Era más como deslizarse a alta velocidad, de uno y de a dos. Había tomado dos de las ballestas, ahora metidas torpemente entre las correas de su mochila. Eran unas cosas horribles, más bien una cruza entre una pequeña ballesta y un reloj. Había mecanismos en el grueso mango, y el arco mismo era de apenas unas seis pulgadas de ancho; de algún modo, si inclinabas tu peso sobre ella, podías gatillarla con la energía suficiente para disparar una pequeña y peligrosa flecha de metal a través de una tabla de una pulgada de espesor. Eran de metal azulado, brillantes y malvadas. Pero hay un viejo dicho militar: mejore que te dispare que tú disparándome, bastardo. Polly demoró su paso a lo largo de la línea hasta que quedó caminando junto a Igor. Él la saludó con un gesto en la penumbra, y luego centró su atención en el camino. Tenía que hacerlo, porque su mochila era el doble del tamaño de las demás. Nadie se sentía inclinado a preguntarle qué llevaba en ella; a veces, uno pensaba que podía escuchar un líquido chapoteando. Los Igors pasaban a veces por Munz, aunque técnicamente eran una

Abominación a los ojos de Nuggan. A Polly le parecía que usar partes de alguien que estaba muerto para ayudar a tres o cuatro personas a permanecer vivas era una idea sensata, pero en el púlpito el Padre Jupe había argumentado que Nuggan no quería que las personas vivieran, quería que vivieran apropiadamente. Se habían escuchado murmullos generales de acuerdo de los feligreses, pero Polly sabía a ciencia cierta que allí había un par de personas con una mano o un brazo o una pierna que eran un poco menos curtidos o un poco más peludos que el otro. Había leñadores en todas las montañas. Los accidentes ocurrían, accidentes rápidos, repentinos. Y, ya que no había mucho trabajo para un leñador manco, los hombres se marchaban y buscaban a un Igor para hacer lo que ninguna cantidad de oración podía lograr. Los Igors tenían un lema: lo que se va, vuelve. No tenías que pagarles después. Tenías que pagarles por adelantado, y eso, francamente, era la parte donde las personas se preocupaban. Cuando estuvieras moribundo, un Igor llegará misteriosamente al umbral y pedirá que le permitan llevarse cualquier parte urgentemente necesitada por otros en su ‘pequeña lissta’. Aceptaría muy feliz esperar hasta que el sacerdote se hubiera ido y, se decía que cuando llegaba el momento hacía un trabajo muy ordenado. Sin embargo, ocurría muy a menudo que cuando un Igor aparecía el posible donante se atemorizaba y recurría a Nuggan, a quien le gustaban todas las personas. En ese caso el Igor se marcharía silenciosa y cortésmente, y nunca volvería. Nunca volvería a todo el pueblo, o a todo el campamento de leñadores. Ni tampoco otros Igors. Lo se va, regresa... o se detiene. Hasta donde Polly podía saber, los Igors creían que el cuerpo no era nada más que un tipo de ropa más complicado. Curiosamente, eso era lo que también pensaban los Nugganitas. —¿Te alegra haberte enrolado, Igor? —dijo Polly, mientras trotaban. —Ssí, Ozz. —¿Podrías echarle un vistazo a la mano del rupert la próxima vez que paremos, por favor? Se la ha cortado gravemente. —Ssí, Ozz. —¿Puedo pedirte algo, Igor?

—Ssí, Ozz. —¿Cómo se llaman las Igors de sexo femenino, Igor? Igor tropezó y continuó avanzando. Se mantuvo en silencio durante un tiempo, y luego dijo: —Muy bien, ¿qué hice mal? —A veces te olvidas de cecear —dijo Polly—. Pero principalmente... es sólo un presentimiento. Pequeñas cosas sobre la manera en que te mueves, tal vez. —La palabra que estás buscando es ‘Igorina’ —dijo Igorina—. No ceceamos tanto como los chicos. Continuaron en más silencio hasta que Polly dijo: —Pensaba que era bastante malo cortarme el pelo... —¿Las puntadas? —dijo Igorina—. Puedo quitármelas en cinco minutoss. Son sólo para aparentar. Polly vaciló. Pero, después de todo, los Igors tenían que ser confiables, ¿verdad? —¿No te cortaste el pelo? —En realidad, sólo lo quité —dijo Igorina. —Puse el mío en mi mochila —continuó Polly, tratando de no mirar las puntadas alrededor de la cabeza de Igorina. —También yo —dijo Igorina—. En un pote. Todavía cresse. Polly tragó. Necesitabas de una falta total de imaginación gráfica para hablar con un Igor de sus asuntos personales. —El mío fue robado allá en el barracón. Estoy segura de que fue Strappi —dijo. —Oh cielos. —¡Odio pensar que lo tiene! —¿Por qué lo trajiste? Y ésa era la pregunta. Había planeado, y había sido buena en los planes. Incluso había engañado al resto. Había sido sensata y se mantuvo serena, y no sintió más que una leve puntada al cortarlo... ... y lo había traído. ¿Por qué? Podría haberlo desechado. No era mágico. Era sólo pelo. Podría haberlo desechado, simplemente así.

Fácilmente. Pero... pero... ah, correcto, las empleadas podían haberlo encontrado. Eso era todo. Tenía que sacarlo de la casa rápidamente. Correcto. Y entonces podría enterrarlo en algún lugar cuando estuviera lejos. Correcto. Pero no lo había hecho, verdad... Había estado muy ocupada. Correcto, dijo la traicionera voz interior. Había estado muy ocupada engañando a todos excepto a sí misma, ¿correcto? —¿Qué podría hacer Strappi? —dijo Igorina—. Jackrum lo golpearía en el momento en que lo viera. ¡Es un desertor, y un ladrón! —Sí, pero podría decírselo a alguien —dijo Polly. —De acuerdo, entonces di que es un mechón de pelo de la novia que dejaste atrás. Muchos soldados llevan un guardapelo o algo así. Ya sabes: ‘Su pelo dorado en rizoss rubioss’, como dice la canción. —¡Era todo mi pelo! ¿Un guardapelo? ¡No podría meterlo todo en tu sombrero! —Ah —dijo Igorina—. ¿Entonces podrías dessir que la quieres mucho? A pesar de todo, Polly empezó a reír, y no pudo parar. Se mordió la manga y trató de seguir avanzando, los hombros sacudiéndose. Algo que se sentía como un pequeño árbol la pinchó; en la espalda. —Uztedez doz deberían hazer menoz ruido —tronó Jade. —Lo siento. Lo siento —siseó Polly. Igorina empezó a canturrear. Polly sabía la canción. Estoy solo desde que crucé la colina Y pasé el páramo y el valle... Y juró: no esa canción tampoco. Una canción es suficiente. Y quiero dejar a la niña atrás, pero parece que la traje conmigo... En ese momento salieron de los árboles y vieron el resplandor rojo. El resto del escuadrón ya se había reunido, y lo observaban. Cubría mucho del horizonte, y aumentaba y disminuía en algunas partes mientras lo miraban.

—¿Es eso el infierno? —preguntó Wazzer. —No, pero los hombres lo han convertido en eso, me temo —dijo el Teniente—. Es el valle Kneck. —¿Está en llamas, señor? —dijo Polly. —Bendito seas, es sólo la luz de las hogueras que se refleja en las nubes —dijo el Sargento Jackrum—. Siempre se ve mal por la noche, un campo de batalla. ¡No se preocupen, muchachos! —¿Qué están cocinando, elefantes? —dijo Maladict. —¿Y qué es eso? —dijo Polly, señalando una colina cercana, más oscura todavía contra la noche. Sobre ella, una pequeña luz parpadeaba de vez en cuando, muy rápido. Se escuchó un ‘swosh’ y un ‘pop’ metálico cuando Blouse sacó un pequeño telescopio y lo abrió. —¡Es una luz de clacks, los demonios! —dijo. —Hay otra máz allá —tronó Jade, señalando una colina mucho más lejana—. Zentelleo, zentelleo. Polly miró la rojez en el cielo, y luego la pequeña luz fría, prendiéndose y apagándose. Luz tranquila, suave. Luz inofensiva. Y detrás de ella, un cielo en llamas... —Estará en clave —dijo Blouse—. Espías, estoy seguro. —¿Una luz de clacks? —dijo Tonker—. ¿Qué es eso? —Una Abominación a los ojos de Nuggan —dijo Blouse—. Por desgracia, porque serían muy útiles si pudiéramos tenerlas también, ¿eh, Sargento? —Sísseñor —dijo Jackrum automáticamente. —Los únicos mensajes que cruzaran el aire deberían ser las oraciones de los creyentes. Alabanzas a Nuggan, Alabanzas a la Duquesa, etcétera, etcétera —dijo Blouse, entrecerrando los ojos. Suspiró—. Una lástima. ¿A qué distancia está esa colina, diría usted, Sargento? —Dos millas, señor —dijo Jackrum—. ¿Vale la pena tratar de acercarnos a hurtadillas? —Deben saber que las personas las verán y vendrán a mirar, de modo que espero que no ‘anden por allí’ por mucho tiempo —reflexionó Blouse—. En todo caso, ah, esas cosas serían muy direccionales. Las perdería en

cuanto se meta en el valle. —¿Permiso para hablar, señor? —dijo Polly. —Por supuesto —dijo Blouse. —¿Cómo hacen para que la luz brille tanto, señor? ¡Es blanco puro! —Alguna clase de cosas de fuegos artificiales, creo. ¿Por qué? —¿Y envían mensajes con la luz? —Sí, Perks. ¿Y tu punto es...? —¿Y las personas que reciben esos mensajes envían mensajes de regreso del mismo modo? —perseveró Polly. —Sí, Perks, ésa es toda la idea. —Entonces... tal vez no tenemos que hacer todo el camino hasta esa colina, señor. La luz está apuntando hacia nosotros, señor. Todos se volvieron. La colina que estaban rodeando se alzaba encima de ellos. —¡Bien hecho, Perks! —susurró Blouse—. ¡Vámonos, Sargento! —Se bajó del caballo, que automáticamente se movió de costado para asegurarse de que se cayera cuando pisara tierra. —¡Tiene razón, señor! —dijo Jackrum, ayudándolo—. Maladict, llévate a Goom y Halter y rodea por la izquierda, el resto por la derecha... no tú, Carborundum, sin ofender, pero esto tiene que ser silencioso, ¿de acuerdo? Tú te quedas aquí. Perks, vienes conmigo... —También iré yo, Sargento —dijo Blouse, y sólo Polly vio la mueca de Jackrum. —¡Buena idea, señor! —dijo el Sargento—. Sugiero... sugiero que Perks y yo vayamos con usted. ¿Lo entendieron todos? Lleguen a la cima pulcra y silenciosamente y nadie, nadie se mueve hasta que escuchen mi señal... —Mi señal —dijo Blouse con firmeza. —Es lo que quise decir, señor. ¡Rápido y sigiloso! ¡Golpéenlos duro pero al menos quiero uno vivo! ¡Váyanse! Los dos grupos se desplegaron en abanico a la derecha y a la izquierda y desaparecieron. El Sargento les dio ventaja de uno o dos minutos, y luego se puso en camino a velocidad anormal para un hombre de su tamaño, de modo que por un momento Polly y el Teniente se quedaron parados. Detrás

de ellos, una Jade abatida observaba la partida. Los árboles se adelgazaron en la empinada pendiente, pero no había suficientes arbustos de donde agarrarse. Polly encontró más fácil avanzar en cuatro patas, agarrándose de matas y de árboles jóvenes. Después de un rato sintió un olorcillo de humo, químico y acre. Estaba segura también de que podía escuchar un apagado ruido de clicks. Un árbol extendió una mano y la empujó bajo su sombra. —No digas una condenada palabra —siseó Jackrum—. ¿Dónde está el rupert? —¡No lo sé, sarge! —¡Condenación! ¡No se puede dejar que un rupert corra suelto por allí, no se puede decir qué se le meterá en la pequeña cabeza, ahora que tiene la idea de que está a cargo! ¡Eres su guardaespaldas! ¡Búscalo! Polly se deslizó hacia abajo de la pendiente y encontró a Blouse apoyado contra un árbol, jadeando suavemente. —Ah... Perks —jadeó—. Parece que mi asma... está... regresando... —Lo ayudaré, señor —dijo Polly, agarrando su mano y tirando de él hacia adelante—. ¿Podría jadear un poco más silenciosamente, señor? En etapas, arrastrando y empujando, cobijó al hombre a la sombra del árbol Jackrum. —¡Me alegro que se pueda reunir con nosotros, señor! —siseó el Sargento, con la cara retorcida en una expresión de afabilidad furiosa—. Si no le importa esperar aquí, Perks y yo nos arrastraremos hacia arriba de... —Yo también voy, Sargento —insistió Blouse. Jackrum vaciló. —Sísseñor —dijo—. Pero con todo respeto, señor, sé de escaramuzas... —Vámonos, Sargento —dijo Blouse, cayendo al suelo y empezando a arrastrarse hacia adelante. —Sísseñor —farfulló Jackrum. Polly también inició su camino hacia adelante. El pasto aquí era más corto, mordisqueado por los conejos, con pequeños arbustos aquí y allá. Se concentró en mantener los ruidos bajos, y apuntó hacia los clicks. El olor del

humo químico se hizo más fuerte. Colgaba en el aire a su alrededor. Y, mientras se movía hacia adelante, vio luz, pequeñas chispas. Levantó la cabeza. Había tres hombres a unos pies de distancia, perfilados contra la noche. Uno de ellos sostenía un gran tubo, de unos cinco pies de largo, un extremo equilibrado sobre su hombro y el otro sobre un trípode. Ese extremo apuntaba a la colina distante. En el otro extremo, a un pie más o menos detrás de la cabeza del hombre, había una gran caja cuadrada. La luz escapaba por las juntas; encima, un humo pesado salía por una pequeña chimenea. —Perks, a la cuenta de tres —dijo Jackrum, a la derecha de Polly—. Uno... —Quédese izquierda. Polly vio que la gran cara rojiza de Jackrum se volvía con una expresión de asombro. —¿Señor? —Mantenga la posición —dijo Blouse. Encima de ellos, continuaban los clicks. Secretos militares, pensó Polly. ¡Espías! ¡Enemigos! ¡Y sólo estamos observando! Era como ver sangre saliendo de una arteria. —¡Señor! —siseó Jackrum; la furia le salía como humo. —Mantenga la posición, Sargento. Es una orden —dijo Blouse con calma. Jackrum cedió, pero sólo con la calma engañosa de un volcán a punto de estallar. El parloteo implacable de los claks continuaba. Parecía que iban a continuar para siempre. Junto a Polly, el Sargento Jackrum rabiaba y maldecía como un perro con correa. Los clicks pararon. Polly escuchó un distante murmullo de conversación. —Sargento Jackrum —susurró Blouse—, ¡puede ‘tomarlos’ a toda velocidad!' Jackrum saltó del césped como una perdiz. —¡Muy bien, mis muchachos! ¡Arriba muchachos y a ellos! quieto, Sargento —dijo Blouse tranquilamente, a su

La primera idea de Polly, mientras saltaba y corría, fue que la distancia era de repente mucho más amplia que lo que parecía. Los tres hombres habían girado al grito de Jackrum. El del tubo de clacks ya lo estaba dejando caer y buscando una espada, pero Jackrum lo atacó como una avalancha. El hombre cometió el error de mantenerse firme en su lugar. Hubo una breve lucha de espadas y luego un tumulto, y el Sargento Jackrum era un tumulto bastante mortal por sí solo. El segundo hombre pasó volando junto a Polly pero ella iba por el tercero. Se alejaba de ella, todavía con la mano en la boca, entonces giró para correr y se encontró frente a frente con Maladict. —¡No lo dejes tragar! —gritó Polly. El brazo de Maladict se alzó, y lo levantó por la garganta; el hombre se debatía, indefenso. Habría sido una operación perfecta si el resto del escuadrón no hubiera llegado, con todo su esfuerzo en correr y sin dejar nada para disminuir la velocidad. Hubo algunos choques. Maladict se vino abajo cuando su cautivo le pateó el pecho y el hombre trató de alejarse a gatas, chocando con Tonker. Polly saltó sobre Igorina, casi fue atropellada por Wazzer que caía y se lanzó desesperadamente hacia la presa, ahora de rodillas. Él había sacado una daga y la agitaba desenfrenadamente enfrente de ella mientras se agarraba la garganta con la otra mano y hacía ruidos de ahogado. Le quitó el cuchillo con un golpe, corrió detrás de él y le pegó en la espalda tan duro como pudo. Cayó hacia adelante. Antes de que pudiera agarrarlo, una mano lo levantó y la voz de Jackrum rugió: —¡No puedes dejar que el pobre hombre se ahogue hasta morir, Perks! —Su otra mano le dio un puñetazo en el estómago con un ruido como cuando la carne golpea una tabla. Los ojos del hombre se cruzaron y algo grande y blanco voló de su boca y pasó sobre el hombro de Jackrum. Jackrum lo dejó caer y se volvió hacia Blouse. —¡Señor, protesto, señor! —dijo, temblando de cólera—. ¡Estábamos tendidos allí y observamos que estos demonios transmitían a quién sabe quién un mensaje, señor! ¡Espías, señor! ¡Podríamos haberlos tomado en

ese mismo momentos, señor! —¿Y entonces, Sargento? —dijo Blouse. —¿Qué? —¿No cree que las personas a las que estaban hablando se preguntarían qué había ocurrido si los mensajes se detenían a medio enviar? —dijo el Teniente. —Incluso así, señor... —Mientras que ahora tenemos su aparato, Sargento, y sus superiores no saben que lo tenemos —dijo Blouse. —Sí, bien, pero usted dijo estaban enviando mensajes con clave, señor, y... —Er, creo que también tenemos su libro de claves, sarge —dijo Maladict, adelantándose con el objeto blanco en la mano—. Ese hombre trató de comerlo, sarge. Papel de arroz. Pero se le cruzó la comida, podría decir. —Y usted lo desatoró, Sargento, y probablemente salvó su vida. ¡Bien hecho! —dijo Blouse. —Pero uno de ellos escapó, señor —dijo Jackrum—. Pronto llegará a... —¿Sargento? Jade se estaba alzando sobre la hierba. Mientras se acercaba con dificultad vieron que arrastraba a un hombre por el pie. Cuando estuvo más cerca fue obvio que el hombre estaba muerto. Las personas vivas tienen más cabeza. —¡Escuché los gritos y él vino corriendo, y salté y él vino derecho hacia mí, de cabeza! —se quejó Jade—. ¡Ni siquiera tuve una oportunidad de golpearlo! —Bien, Soldado, por lo menos podemos decir fue detenido definitivamente —dijo Blouse. —Sseñor, esste hombre está moribundo —dijo Igorina, arrodillada junto al hombre a quien el Sargento Jackrum había salvado de morirse ahogado—. ¡Ha ssido envenenado! —¿Sí? ¿Por quién? —dijo Blouse—. ¿Está seguro? —La esspuma verde que ssale de la boca ess una pissta ssegura,

sseñor. —¿Qué es gracioso, Soldado Maladict? —preguntó Blouse. El vampiro reía entre dientes. —Oh, lo lamento, señor. Les dicen a los espías, ‘Si eres atrapado, cómete los documentos’, ¿verdad? Una buena manera de asegurar de que no develen ningún secreto. —¡Pero tienes el... libro venenoso en tus manos, Cabo! —Los vampiros no pueden ser envenenados tan fácilmente, señor —dijo Maladict con calma. —Probablemente ssólo era fatal en la boca en todo casso, sseñor —dijo Igorina—. Cosas terribles. Cossass. Esstá muerto, sseñor. No puedo hacer nada. —Pobre tipo. Bien, tenemos la clave, de todos modos —dijo Blouse—. Es un grandioso descubrimiento, hombres. —Y un prisionero, señor, y un prisionero —dijo Jackrum. El único hombre sobreviviente, el que operaba los clacks, gimió y trató de moverse. —Un poco contuso, supongo —añadió Jackrum, con algo de satisfacción—. Cuando aterrizo sobre alguien, señor, se queda enterrado. —Dos de ustedes, tráiganlo con nosotros —dijo Blouse—. Sargento, faltan unas horas para el amanecer, y quiero estar bien lejos de aquí. Quiero a los otros dos enterrados en algún lugar en el bosque, y... —Sólo tiene que decir ‘continúe, Sargento’, señor —dijo Jackrum, y era casi un gemido—. ¡Así es como funciona, señor! ¡Usted me dice qué quiere, yo les doy las órdenes! —Los tiempos cambian, Sargento —dijo Blouse.

Mensajes, volando a través del cielo. Eran una Abominación para Nuggan. La lógica le sonaba impecable a Polly mientras ayudaba a Wazzer a cavar dos tumbas. Las oraciones de los creyentes ascendían hacia Nuggan,

volando hacia arriba. Una variedad de cosas invisibles, como la santidad y la gracia, y una lista de las abominaciones de la semana, bajaban de Nuggan a los creyentes, hacia abajo. Lo que estaba prohibido eran los mensajes de un ser humano a otro que fuera por así decir de un lado al otro. Podría haber choques. Si creías en Nuggan, eso es. Si creías en la oración. El verdadero nombre de Wazzer era Alice; se lo confió mientras cavaban, pero era difícil aplicar el nombre a un pequeño muchacho delgado como un palo y con un mal corte de pelo, sin mucha destreza con la pala, que tenía el hábito de ponerse apenas demasiado cerca y que miraba apenas ligeramente a la izquierda de tu cara cuando te hablaba. Wazzer creía en la oración. Creía en todo. Eso hacía que fuera tan... difícil hablar con ella, si tú no creías. Pero Polly sentía que debía hacer el esfuerzo. —¿Qué edad tienes, Wazz? —dijo, paleando suciedad. —D-d-diecinueve, Polly —dijo Wazzer. —¿Por qué te enrolaste? —La Duquesa me dijo que lo hiciera —dijo Wazzer. Por eso las personas no hablaban mucho con Wazzer. —Wazz, sabes que llevar ropa de hombres es una Abominación, ¿verdad? —Gracias por recordármelo, Polly —dijo Wazzer, sin rastros de ironía—. Pero la Duquesa me dijo que nada de lo que hiciera en mi búsqueda será considerado Abominable.[28] —Una búsqueda, ¿eh? —dijo Polly, tratando de sonar jovial—. ¿Y qué clase de búsqueda es ésa? —Debo tomar el mando del ejército[29] —dijo Wazzer. A Polly se le pararon los pelos de la nuca. —¿Sí? —dijo. —Sí, la Duquesa caminó fuera de su imagen cuando estaba dormida y me dijo que fuera a Kneck inmediatamente —dijo Wazzer—. La Pequeña Madre me habló, Ozz. Me ordenó. Guía mis pasos. Me condujo fuera de la infame esclavitud. ¿Cómo puede ser una Abominación? Tiene una espada, pensó Polly. Y una pala. Esto necesita un manejo cuidadoso.

—Eso es bueno —dijo. —Y... y debo decirte que... nunca en mi vida he sentido tanto amor y camaradería —continuó Wazzer seriamente—. Los últimos días han sido los más felices de mi vida. Todos ustedes me han mostrado tanta gentileza, tanta amabilidad. La Pequeña Madre me guía. Nos guía a todos nosotros, Ozz. Crees en eso, también. ¿Verdad? —La luz de la luna reveló huellas de lágrimas en la mugre sobre las mejillas de Wazzer. —Hum —dijo Polly, y buscó desesperadamente una manera de evitar la mentira. La encontró. —Er... ¿sabes que quiero encontrar a mi hermano? —dijo. —Bien, eso te hace honor, la Duquesa lo sabe —dijo Wazzer rápidamente. —Y, bien... también lo estoy haciendo por la Duquesa —dijo Polly, sintiéndose desgraciada—. Pienso en la Duquesa todo el tiempo, debo admitirlo. —Bien, eso era verdad. Sólo que no era honesto. —Me alegro tanto de escuchar eso, Ozz, porque pensé que eras un reincidente —dijo Wazzer—. Pero lo dijiste con tanta convicción. Quizás sería momento para que nos pongamos de rodillas y... —Wazz, estás parada en la tumba de otro hombre —dijo Polly—. Hay un tiempo y un lugar, ¿sabes? Regresemos con los otros, ¿eh? ¿El día más feliz de la vida de la muchacha había pasado patrullando los bosques, cavando tumbas y tratando de esquivar soldados de ambos lados? El problema con Polly era que tenía una mente que hacía preguntas incluso cuando real, realmente no quería saber las respuestas. —Entonces... la Duquesa todavía te sigue hablando, ¿verdad? —dijo, mientras se abrían paso entre los árboles oscuros. —Oh, sí. Cuando estábamos en Plotz, durmiendo en el barracón —dijo Wazzer—. Dijo que todo estaba resultando. No, no hagas otra pregunta, dijo parte de la mente de Polly, pero la ignoró por su absoluta y terrible curiosidad. Wazzer era bonita —bueno, más bien bonita, de una manera ligeramente asustadiza— pero hablar con ella era como escarbar una costra; sabías qué era posible encontrar bajo la

cáscara, pero escarbabas de todos modos. —Entonces... ¿qué solías ser, antes en el mundo? —dijo. Wazzer le sonrió, acosada. —Solía ser golpeada.

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El té se estaba haciendo en un pequeño hueco cerca del sendero. Algunos del escuadrón montaban guardia. A nadie le gustaba la idea de unos hombres con ropa oscura moviéndose furtivamente. —¿Un jarro de saloop? —dijo Shufti, ofreciéndoles. Unos días atrás lo habrían llamado ‘té dulce lechoso’, pero incluso si todavía no podían caminar la caminata estaban determinados a charlar la charla lo antes posible. —¿Qué está ocurriendo? —dijo Polly. —No lo sé —dijo Shufti—. El sarge y el rupert se fueron por ese lado con el prisionero pero nadie nos dice a los gruñosos nada. —Es ‘bisoños’, 11 creo —dijo Wazzer, tomando el té. —Les preparé un par de jarros, de todos modos. Mira lo que puedes averiguar, ¿eh? Polly se bebió el té de un trago, agarró los jarros y salió deprisa. Al borde del hueco, Maladict estaba apoyado contra un árbol. Esto tenían los vampiros: nunca podían verse desaliñados. En cambio, eran... cómo era la palabra... déshabille. Quiere decir desordenado, pero con bolsas y bolsas de estilo. En este caso la chaqueta de Maladict estaba abierta y había metido su paquete de cigarrillos en la cinta del sombrero. La saludó con la ballesta mientras pasaba. —¿Ozz? —dijo. —¿Sí, Cabo? —¿Hay algo de café en sus mochilas? —Lo siento, Cabo. Solamente té. —¡Maldición! —Maladict golpeó el árbol detrás de él—. Hey, te fuiste

11

Sólo en inglés hay confusión. Grunt, bisoño, también quiere decir ‘gruñido’. (Nota del traductor)

derecho hacia el hombre que se estaba comiendo la clave. Derecho hacia él. ¿Cómo fue? —Sólo suerte —dijo Polly. —Sí, correcto. Trata otra vez. Tengo muy buena visión nocturna. —Oh, de acuerdo. Bien, el de la izquierda empezó a correr y el del medio dejó caer el tubo de clacks y sacó su espada, pero el de la derecha pensó que ponerse algo en la boca era aun más importante que pelear o escapar. ¿Satisfecho? —¿Resolviste todo eso en un par de segundos? Eso fue inteligente. —Sí, correcto. Ahora, por favor olvídalo, ¿de acuerdo? No quiero ser notada. Particularmente no quiero estar aquí. Sólo quiero encontrar a mi hermano. ¿De acuerdo? —Muy bien. Sólo pensé que te gustaría saber que alguien lo vio. Y es mejor que lleves ese té antes de que traten de matarse mutuamente. Por lo menos, yo era alguien que observaba al enemigo, pensó Polly con furia mientras se alejaba. Yo no era uno que observaba a otro soldado. ¿Quién se piensa él que es? ¿O ella? Escuchó las voces levantadas mientras se abría camino a través de una espesura. —¡No puede torturar a un hombre desarmado! —Ésa era la voz de Blouse. —¡Bien, no estoy esperando que se arme, señor! ¡Sabe cosas! ¡Y es un espía! —¡No se atreva a patearle las costillas otra vez! ¡Ésa es una orden, Sargento! —Preguntarle de buenos modos no resultó, ¿verdad, señor? ¡‘Bonito por favor con espolvoreado por encima’ no es un método reconocido de interrogatorio! ¡Usted no debería estar aquí, señor! ¡Debería decir ‘¡Sargento, averigüe lo que pueda del prisionero!’, y luego irse a algún lugar y esperar hasta que le diga qué le saqué, señor! —¡Lo hizo otra vez! —¿Qué? ¿Qué? —¡Lo pateó otra vez!

—¡No, no lo hice! —¡Sargento, le di una orden! —¿Y? —¡Ha llegado el té! —dijo Polly alegremente. Ambos hombres giraron. Las expresiones cambiaron. Si hubieran sido aves, sus plumas se habrían asentado suavemente. —Ah, Perks —dijo Blouse—. Bien hecho. —Sí... buen muchacho —dijo el Sargento Jackrum. La presencia de Polly pareció bajar la temperatura. Los dos hombres bebieron su té y se echaron el ojo cautelosamente. —Habrá notado, Sargento, que los hombres estaban usando el uniforme verde oscuro del Primer Batallón, el Cincuenta de Arqueros de Zlobenia. Un batallón que sabe de escaramuzas —dijo Blouse, con fría cortesía—. Ése no es el uniforme de un espía, Sargento. —¿Sísseñor? Pero sus uniformes estarían muy sucios, entonces. Sin brillo en los botones, señor. —Patrullar detrás de líneas enemigas no es espiar, Sargento. Usted debe haberlo hecho en su tiempo. —Más veces que las que podría contar, señor —dijo Jackrum—. Y sabía perfectamente que si me atrapaban merecía una buena pateadura en los privados. Pero los de las escaramuzas son los peores, señor. Usted cree que está seguro en las líneas, y al siguiente momento resulta que algún bastardo sentado en los arbustos sobre una colina ha estado calculando viento y distancia y ha dejado caer una flecha justo a través de la cabeza de su compañero. —Recogió un arco largo de apariencia extraña—. ¿Ve estas cosas que tiene? Burleigh & Stronginthearm Recurvado Número Cinco, hecho en la condenada Ankh-Morpork. Una verdadera arma asesina. Digo que le demos a elegir, señor. Puede decirnos qué sabe, y salir con calma. O seguir calladito, y salir difícil. —No, Sargento. Es un oficial enemigo tomado en la batalla y tiene derecho a un trato justo. —No, señor. Es un Sargento, y no se merecen respeto en absoluto, señor. Debo saberlo. Son astutos e ingeniosos, si son buenos. No me

preocuparía si fuera un oficial, sir. Pero los Sargentos son inteligentes. Se escuchó un gruñido del prisionero atado. —Afloja esa mordaza, Perks —dijo Blouse. Instintivamente, aun cuando el instinto tenía un par de días de edad, Polly echó un vistazo a Jackrum. El Sargento se encogió de hombros. Ella bajó el andrajo. —Hablaré —dijo el prisionero, escupiendo una mota de algodón—. ¡Pero no a ese tarro de manteca de cerdo! Hablaré con el oficial. ¡Mantenga a ese hombre lejos de mí! —¡No está en posición de negociar, soldadito! —gruñó Jackrum. —Sargento —dijo el teniente—, estoy seguro de que tiene cosas que hacer. Por favor, hágalas. Envíe a un par de hombres aquí. No puede hacer nada contra cuatro de nosotros. —Pero... —Ésa fue otra orden, Sargento —dijo Blouse. Se volvió hacia el prisionero mientras Jackrum se alejaba a grandes pasos—. ¿Cuál es su nombre, hombre? —Sargento Towering, teniente. Y si es un hombre sensato, me soltará y se rendirá. —¿Rendirme? —dijo Blouse, mientras Igorina y Wazzer entraban en el claro, armadas y perplejas. —Sí. Hablaré bien de usted cuando los muchachos nos alcancen. No quiera saber cuántos hombres los están buscando. ¿Podría tomar algo, por favor? —¿Qué? Oh, sí. Por supuesto —dijo Blouse, como si hubiera sido pescado con malos modales—. Perks, ve por un poco de té para el Sargento. ¿Por qué nos buscan las personas, por favor? Towering sonrió torcido. —¿No lo sabe? —No —dijo Blouse fríamente. —¿Realmente no lo sabe? —Ahora Towering estaba riendo. Estaba demasiado relajado para ser un hombre atado, y Blouse sonaba demasiado a un hombre bueno y preocupado que trataba de parecer firme y resuelto. Para Polly, era como ver a un niño que fanfarronea al póquer contra un

hombre llamado Doc. —No deseo jugar, hombre. ¡Dígalo ya! —dijo Blouse. —Todos saben de ustedes, teniente. ¡Ustedes son el Regimiento Monstruoso, eso es! —dijo—. Sin querer ofender, por supuesto. Dicen que tiene un troll y un vampiro y un Igor y un lobizón. ¡Dicen que usted... — Empezó a reír entre dientes—... dicen que usted redujo al Príncipe Heinrich y a su guardia y que robó sus botas y que le hizo salir brincando desnudo! En la espesura, algo más lejos, cantó un ruiseñor. Durante bastante tiempo, sin interrupción. Entonces Blouse dijo: —Jaja, no, a decir verdad está equivocado. El hombre era el Capitán Horentz... —¡Sí, correcto, mire si le diría quién era con su espada apuntándole! — dijo Towering—. Escuché de uno de mis compañeros que uno de ustedes lo pateó en la carne-y-dos-vegetales, pero no he visto la imagen aún. —¿Alguien tomó una imagen cuando era pateado? —chilló Polly, empapada de un horror repentino. —Nada de eso, no. Pero por todas partes hay copias de él encadenado y escuché que ha sido enviada por los clacks a Ankh-Morpork. —¿Está... está enojado? —tembló Polly, maldiciendo a Otto Chriek y su máquina de imágenes. —Bien, bueno, déjeme ver —dijo Towering sarcásticamente—. ¿Enojado? No, no pensaría que está enojado. ‘Furioso’ es la palabra, creo. ¿O ‘rabioso’? Sí, creo que rabioso es la palabra. Ahora hay muchas personas que lo buscan, muchachos. ¡Bien hecho! Incluso Blouse podía ver la angustia de Polly. —Er... Perks —dijo—, fuiste tú, lo fuiste, quien... Una y otra vez, en la cabeza de Polly giraban y giraban las palabras odios-pateé-la-fruta-y-los-vegetales-del-Príncipe, como un hámster en una rueda incontrolable hasta que, de repente, chocó contra algo sólido. —Sísseñor —dijo—. Estaba forzando a una mujer joven, señor. ¿Lo recuerda? El gesto fruncido de Blouse desapareció, y se convirtió en una sonrisa de duplicidad infantil.

—Ah, sí, efectivamente. Estaba ‘planchando su traje’ de manera no pequeña, ¿verdad? —¡Planchar no estaba en su mente, señor! —dijo Polly fervientemente. Towering echó un vistazo a Wazzer, que agarraba con determinación una ballesta a la que temía, Polly lo sabía a ciencia cierta, y a Igorina, que mejor estaría sosteniendo el cuchillo de cirujano que el sable en su mano y que se veía muy preocupada. Polly vio su breve sonrisa. —Y allí lo tiene, Sargento Towering —dijo el teniente, volviéndose al prisionero—. Por supuesto, todos sabemos que hay algunos atroces comportamientos en tiempos de guerra, pero no es la clase de cosa que esperaríamos de un príncipe real. 12 Si vamos a ser perseguidos porque un joven soldado valiente impidió que los asuntos se pusieran aun más repugnantes, entonces así será. —Ahora estoy impresionado —dijo Towering—. Un real caballero andante, ¿eh? Es un honor para usted, teniente. ¿Alguna noticia de ese té? El pecho flaco de Blouse se hinchó visiblemente por el cumplido. —Sí, Perks, el té, si eres tan amable. Dejando a ustedes tres con este hombre que está positivamente irradiando una intención de escapar, pensó Polly. —¿Podría tal vez el Soldado Goom ir a buscar...? —empezó. —¿Una palabra en privado, Perks? —interrumpió Blouse. La trajo más cerca, pero Polly mantuvo el ojo sobre el Sargento Towering. Podía tener los pies y manos atados, pero no confiaría en un hombre que sonriera de ese modo aunque estuviera clavado al techo. —Perks, estás haciendo una gran contribución pero realmente no permitiré que mis órdenes sean cuestionadas continuamente —dijo Blouse—. Eres mi ordenanza, después de todo. Creo que conduzco una ‘embarcación feliz’ aquí, pero seré obedecido. ¿Por favor? Era como ser atacado salvajemente por un pez dorado, pero debía admitir que él tenía razón. —Er... lo siento, señor —dijo, retrocediendo tanto como le fue posible

12

El Teniente Blouse leía solamente los libros de historia más técnicos. (Nota del autor)

para no perderse el final de la tragedia. Entonces giró y corrió. Jackrum estaba sentado junto al fuego, con el arco del prisionero a través de sus inmensas rodillas, cortando una especie de salchicha negra con un gran cortaplumas. Masticaba. —¿Dónde está el resto de nosotros, señor? —dijo Polly, rebuscando un jarro. —Los envié a explorar un amplio perímetro, Perks. No se puede tener demasiado cuidado si el muchacho amistoso tiene amigos ahí afuera. ... lo cual era perfectamente sensato. Sólo significaba que la mitad del escuadrón había sido enviado lejos... —Sarge, ¿sabe de ese capitán allá en el barracón? Era... —Tengo buenas orejas, Perks. Pateaste los Derechos Reales, ¿eh? ¡Ja! Eso lo hace todo más interesante, ¿eh? —Va a salir mal, sarge, simplemente lo sé —dijo Polly, arrastrando la tetera fuera del fuego y derramando la mitad del agua mientras la llenaba. —¿Mascas, Perks? —dijo Jackrum. —¿Qué, sarge? —dijo Polly, distraída. El Sargento levantó un pequeño trozo de... una cosa pegajosa y negra. —Tabaco. Tabaco de mascar —dijo Jackrum—. Prefiero Blackheart sobre Jolly Sailor, porque está empapado de ron, pero otros dicen...[30] —¡Sarge, ese hombre va a escapar, sarge! ¡Lo sé! El Teniente no está a cargo, él lo está. ¡Es todo amigable y todo, pero puedo decirlo por sus ojos, sarge! —Estoy seguro de que el Teniente Blouse sabe qué está haciendo, Perks —dijo Jackrum muy formal—. No me estás diciendo que un hombre atado puede vencer a cuatro de ustedes, ¿verdad? —¡Oh, azúcar! —dijo Polly. —Ahí abajo, en la vieja lata negra —dijo Jackrum. Polly puso un poco en la peor taza de té jamás hecha por un soldado de servicio y volvió corriendo al claro. Asombrosamente, el hombre todavía estaba en posición sentada, y todavía atado de pies y manos. Sus compañeros Queseros lo observaban con desaliento. Polly se relajó, pero sólo un poco.

—... y allí lo tiene, Teniente —decía—. No hay nada de malo en hacer las paces, ¿eh? Él lo cazará muy pronto, porque ahora es personal. Pero si me acompañara, haría todo lo posible para ver que sea fácil para usted. No quiere ser atrapado por los Dragones Pesados ahora mismo. No tienen mucho sentido del humor... —Llegó el té —dijo Polly. —Oh, gracias, Perks —dijo Blouse—. Creo que podemos liberar las manos del Sargento Towering por lo menos, ¿verdad? —Sí, señor —dijo Polly, queriendo decir ‘No, señor’. El hombre estiró sus muñecas atadas, y Polly extendió la mano con el cuchillo cautelosamente, mientras sujetaba el jarro como un arma. —Muchacho ingenioso tiene aquí, Teniente —dijo Towering—. Calcula que voy a quitarle su cuchillo. Buen muchacho. Polly cortó la soga, sacó la mano de cuchillo con rapidez, y luego ofreció el jarro con cautela. —Y ha hecho el té tibio para que no le duela cuando lo salpique en su cara —continuó Towering. Lanzó a Polly la mirada firme y honesta del bastardo nato. Polly la sostuvo, mentira a mentira. —Sí. Las personas de Ankh-Morpork tienen una pequeña imprenta en un carro, del otro lado del río —dijo Towering, todavía observando a Polly—. Para la moral, dicen. Y enviaron la imagen a la ciudad, también, sobre los clacks. No me pregunte cómo. Sí, una buena imagen. ‘Los Valientes Novatos Aplastan lo Mejor de Zlobenia’, escribieron. Cosa graciosa, pero parece que el escritor no descubrió que era el Príncipe. ¡Pero todos lo hicimos! Su voz se puso aun más amigable. —Ahora miren, compañeros, soy soldado de infantería como ustedes y estoy completamente a favor de que los condenados burros se vean tontos, de modo que si me acompañan me aseguraré de que por lo menos mañana no duerman encadenados. Es mi mejor propuesta. —Tomó un sorbo de té, y añadió—: Es mejor que la que recibió la mayor parte del Décimo, les aseguro. Escuché que su regimiento fue barrido. La expresión de Polly no cambió, pero sintió que se hacía un diminuto

ovillo detrás ella. Mira los ojos, mira los ojos. Mentiroso. Mentiroso. —¿Barrido? —preguntó Blouse. Towering dejó caer su jarro de té. Tomó la ballesta de la mano de Wazzer con un golpe de su mano izquierda, agarró el sable de Igorina con su mano derecha, y puso la hoja curvada contra la soga entre sus piernas. Ocurrió rápido, antes de que ninguno pudiera concentrarse en el cambio de situación, y luego el Sargento se puso de pie, abofeteó a Blouse y lo sujetó con una llave de brazo. —Y tenías razón, chico —dijo a Polly, sobre el hombro de Blouse—. Una verdadera lástima que no seas oficial, ¿eh? Lo último del té caído chorreaba en la tierra. Polly extendió lentamente la mano hacia su ballesta. —No lo hagas. Un paso, un solo movimiento de cualquiera de ustedes, y lo cortaré —dijo el Sargento—. No será el primer oficial a quien haya matado, créanme... —La diferencia entre ellos y yo es que a mí no me importa. Cinco cabezas giraron. Allí estaba Jackrum, perfilado contra la lumbre distante. Tenía el arco del propio hombre, tensado, y apuntado directamente hacia el Sargento con total indiferencia al hecho de que la cabeza del Teniente estaba en el medio. Blouse cerró los ojos. —¿Le dispararía a su propio oficial? —dijo Towering. —Sí. No sería el primer oficial a quien he matado, tampoco —dijo Jackrum—. Usted no va a ningún lugar, amigo, excepto abajo. Fácil o difícil... no me importa. —El arco crujió. —Sólo está fanfarroneando, señor. —Se lo juro, no soy un hombre fanfarrón. Creo que nunca fuimos presentados, a propósito. Jackrum es el nombre. El cambio en el hombre fue todo un evento corporal. Pareció hacerse más pequeño, como si cada célula se hubiera dicho a sí misma ‘oh cielos’ muy calladamente. Se dobló, y Blouse se desplomó un poco. —¿Puedo...? —Demasiado tarde —dijo Jackrum. Polly nunca olvidó el sonido que hizo la flecha.

Hubo silencio, y luego un ruido sordo mientras el cuerpo de Towering finalmente perdía el equilibrio y golpeaba al suelo. Jackrum dejó el arco a un lado cuidadosamente. —Averiguó con quién se estaba metiendo —dijo, como si no hubiera ocurrido nada—. Lástima, realmente. Parecía un tipo decente. ¿Quedó algo de saloop, Perks? Muy despacio, el Teniente Blouse levantó la mano a su oreja, que la flecha había perforado camino de su blanco, y luego miró con extraño desinterés la sangre sobre sus dedos. —Oh, lamento eso, señor —dijo Jackrum jovialmente—. Sólo vi la una oportunidad y pensé, bien, es la parte carnosa. ¡Consígase un arete de oro, señor, y estará a la moda! Un arete de oro bastante grande, tal vez. »No crean todos ustedes en esas cosas sobre los Entrar-y-Salir — continuó Jackrum—. Eran sólo mentiras. Me gusta cuando pasa algo. Así que lo que hacemos ahora es... ¿puede alguien decirme qué hacemos ahora? —Er... ¿enterrar el cuerpo? —arriesgó Igorina. —Sí, pero revisa sus botas. Tiene pies pequeños y los de Zlobenia tienen botas mucho mejores que nosotros. —¿Robar las botas de un hombre muerto, sarge? —dijo Wazzer, todavía en conmoción. —¡Más fácil que sacárselas a uno vivo! —Jackrum suavizó la voz un poco cuando vio sus caras—. Muchachos, esto es la guerra, ¿comprendido? Él era un soldado, ellos eran soldados, ustedes son soldados... más o menos. Ningún soldado verá que se desperdicie comida o buenas botas. Entiérrenlos decentemente y digan las oraciones que puedan recordar, y deseen que se hayan ido donde no haya enfrentamientos. —Levantó la voz otra vez a su bramido normal—. ¡Perks, reúne a los otros! ¡Igor, cubre el fuego, trata de que se vea como si nunca hubiéramos estado aquí! ¡Nos estamos yendo en diez minutos! ¡Podemos hacer algunas millas antes de la salida del sol! ¿Es correcto, eh, Teniente? Blouse todavía estaba paralizado, pero pareció despertar ahora. —¿Qué? Oh. Sí. Correcto. Sí, efectivamente. Er... Sí. Continúe, Sargento.

El fuego se reflejó sobre la cara triunfal de Jackrum. En el brillo rojo, sus pequeños ojos oscuros eran como agujeros en el espacio, su sonrisa la vía de acceso a un infierno, su mole algún monstruo del Abismo. Dejó que ocurriera, Polly lo sabía. Obedeció las órdenes. No hizo nada mal. Pero podía haber enviado a Maladict y a Jade para ayudarnos, en lugar de Wazzer e Igor, que no son rápidos con las armas. Envió a los otros lejos. Tenía el arco listo. Jugó un juego y nosotros éramos las piezas, y ganó... Pobre viejo soldado, cantaban su padre y sus amigos mientras se formaba la escarcha sobre los vidrios, ¡pobre viejo soldado! Si alguna vez me enrolo otra vez... ¡el diablo será mi Sargento! A la luz de la lumbre, la sonrisa del Sargento Jackrum era una media luna de sangre, su abrigo del color del cielo de un campo de batalla. —Ustedes son mis pequeños muchachos —rugió—. Y yo los cuidaré. Hicieron más de seis millas antes de que Jackrum anunciara un alto, y el terreno ya estaba cambiando. Había más rocas, menos árboles. El valle Kneck era rico y fértil y era de aquí que la fertilidad había sido lavada; era un paisaje de barrancos y monte espeso de malezas, con algunas pequeñas comunidades que vivían rascando de la tierra empobrecida. Era un buen lugar para esconderse. Y, aquí, alguien ya se había escondido. Era una hondonada cavada por un arroyo, pero al final del verano la corriente era sólo un hilo entre las rocas. Jackrum debía haberlo encontrado por olfato, porque no se podía ver desde el sendero. En la pequeña hondonada, las cenizas del fuego todavía estaban tibias. El Sargento se levantó, torpemente, después de inspeccionarlas. —Algunos muchachos como nuestros amigos de anoche —dijo. —¿No podría ser simplemente un cazador, sarge? —dijo Maladict. —Podría, Cabo, pero no lo es —dijo Jackrum—. Les traje hasta aquí porque parece una hondonada oculta y hay agua y buenos puntos de vista allá y ahí —apuntó—, y hay un decente saliente para protegernos del clima y es difícil que alguien se deslice sobre nosotros. Militarmente, en otras palabras. Y anoche alguien más pensó lo mismo que yo. Así que mientras nos están buscando ahí afuera, nos sentaremos cómodos donde ya han mirado. Pon a un par de muchachos de guardia ahora mismo.

Polly hizo la primera vigilancia, encima del pequeño despeñadero al borde de la hondonada. Era un buen sitio, indudablemente. Aquí podría esconderse un regimiento. Nadie podía acercarse sin ser visto, también. Y estaba haciendo su parte de trabajo como un miembro correcto del escuadrón así que con un poco de suerte Blouse encontraría a alguien que lo afeitara antes de terminar su guardia. A través de una brecha en las copas de los árboles de más abajo podía ver un camino que pasaba por el bosque. Lo mantuvo vigilado. Al final, Tonker la relevó con una taza de sopa. Del otro lado de la hondonada, Wazzer estaba siendo reemplazada por Lofty. —¿De dónde eres, Ozz? —dijo Tonker, mientras Polly saboreaba la sopa. No podía haber daño en decirlo. —Munz —dijo Polly. —¿De veras? Alguien dijo que trabajabas en un bar. ¿Cómo se llamaba la posada? Ah... allí estaba el daño, exactamente allí. Pero apenas podía mentir, ahora. —La Duquesa —dijo. —¿Ese gran lugar? De mucha clase. ¿Te trataban bien? —¿Qué? Oh... sí. Sí. Bastante bien. —¿No te golpeaban en absoluto? —¿Eh? No. Nunca —dijo Polly, nerviosa por dónde iba esto. —¿Trabajabas duro? Polly tuvo que considerarlo. En verdad, trabajaba más duro que ambas empleadas, y ellas tenían por lo menos una tarde libre todas las semanas. —Era generalmente la primera en levantarme y la última en la cama, si es lo que quieres saber —dijo. Y para cambiar el tema rápidamente, continuó—: ¿Y tú? ¿Conoces Munz? —Ambas vivíamos allí, yo y Tilda... quiero decir Lofty —dijo Tonker. —¿Oh? ¿Dónde? —En la Escuela de Trabajo para Niñas —dijo Tonker y apartó la mirada. Y ésa es esa clase de trampa en la que la charla puede meterte, pensó

Polly. —No un buen lugar, creo —dijo, sintiéndose estúpida. —No era un buen lugar, no. Un lugar muy desagradable —dijo Tonker— . Wazzer estaba ahí, creemos. Creemos que era ella. Solían enviarla mucho a hacer trabajo pago. —Polly asintió. Una vez vino una muchacha de la escuela y trabajó como empleada en La Duquesa. Llegaba todas las mañanas, novata fregona con mandil limpio, sobresaliendo de una fila de muchachas muy similares guiadas por un profesor y flanqueadas por un par de hombres grandes con largos palos. Era flaca, cortés de una manera apagada, como ensayada, trabajaba muy duro y nunca hablaba con nadie. Se fue en tres meses, y Polly nunca supo por qué. Tonker miró en los ojos de Polly, casi burlándose de su inocencia. —Creemos que era una que a veces solían encerrar con llave en la habitación especial. Esa era la cuestión sobre la escuela. Si una no se hace más fuerte, la cabeza se pone graciosa. —Supongo que te alegraste de partir —fue todo lo que Polly pudo pensar en decir. —La ventana de sótano estaba sin cerrojo —dijo Tonker—. Pero prometí a Tilda que volveríamos un día el próximo verano. —¿Oh, de modo que no era tan malo, entonces? —dijo Polly, agradecida por algo de alivio. —No, arderá mejor —dijo Tonker—. ¿Alguna vez tropezaste con alguien llamado Padre Jupe? —Oh, sí —dijo Polly, y sintiendo que se esperaba algo más de ella añadió—: Solía venir a cenar cuando mi madre... solía venir a cenar. Un poco pomposo, pero parecía bien. —Sí —dijo Tonker—. Era bueno pareciendo. Otra vez hubo un abismo oscuro en la conversación sobre el que ni siquiera un troll podía tender un puente, y todo lo que podías hacer era alejarte del borde. —Es mejor que me vaya a ver al ten... al rupert —dijo Polly, poniéndose de pie—. Muchas gracias por la sopa. Deshizo su camino a través de las piedras y los matorrales de abedul

hasta que apareció junto al pequeño arroyo que corría por la hondonada. Y, como un horrible dios del río, estaba el Sargento Jackrum. Su chaqueta roja, una carpa para hombres de menor tamaño, estaba doblada cuidadosamente sobre un arbusto. Él mismo estaba sentando sobre una roca sin la camisa y con los inmensos tiradores colgando, de modo que sólo un chaleco de lana amarillenta salvaba al mundo de la visión del pecho desnudo del hombre. Por alguna razón, sin embargo, no se había quitado el sombrero. Su equipo de afeitar, con una navaja como un pequeño machete y una brocha que se podía usar para poner papel tapiz, estaba sobre la roca junto a él. Jackrum se estaba mojando los pies en la corriente. Levantó la mirada cuando Polly se aproximó, y asintió amablemente. —Nos días, Perks —dijo—. No te apures. Nunca te apures por los ruperts. Siéntate un rato. Quítate las botas. Deja que tus pies sientan el aire fresco. Cuida tus pies, y tus pies te cuidarán. —Sacó el gran cortaplumas y la salchicha de tabaco de mascar—. ¿Seguro que no mascarás conmigo? —No, gracias, sarge. —Polly se sentó sobre una roca del lado opuesto del arroyo, que tenía sólo un pie de ancho, y empezó a tirar de sus botas. Sentía como si le hubiera dado una orden. Además, ahora mismo sentía que necesitaba el impacto del agua limpia y fría. —Buen muchacho. Mal hábito. Peor que fumar —dijo Jackrum, cortando un trozo—. Empecé con esto cuando era apenas un muchacho. Mejor que encender un fósforo por la noche, ¿lo ves? Uno no quiere dar a conocer su posición, porque uno tiene que escupir muy a menudo, pero escupir en la oscuridad no delata. Polly chapoteó con sus pies. El agua helada se sentía efectivamente placentera. Parecía revivirla. En los árboles alrededor de la hondonada, unas aves cantaban. —Dilo, Perks —dijo Jackrum, después de un rato. —¿Decir qué, sarge? —Oh, condenado infierno, Perks, es un buen día, no me fastidies. He visto la manera en que me has estado mirando. —Muy bien, sarge. Usted asesinó a ese hombre anoche.

—¿De verdad? Demuéstralo —dijo Jackrum con calma. —Bien, no puedo, ¿verdad? Pero usted lo armó. Incluso envió a Igor y a Wazzer para vigilarlo. No son buenos con las armas. —¿Qué tan buenos tendrían que ser, qué crees? ¿Cuatro de ustedes contra un hombre atado? —dijo Jackrum—. Nah. Ese Sargento estaba muerto en cuanto lo tomamos, y él lo sabía. Se necesitaba un condenado genio como tu rupert para hacerle pensar que tenía una oportunidad. Estábamos en los bosques, muchacho. ¿Qué iba a hacer Blouse con él? ¿A quién lo pasaríamos? ¿Lo llevaría el teniente con nosotros? ¿O lo ataría a un árbol y lo dejaría que pateara los lobos hasta que se cansara? Mucho más caballeroso que darle un tranquilo cigarrillo y un rápido tajo donde muera rápido, que es lo que él estaba esperando y lo que yo le habría dado. Jackrum se metió rápidamente el tabaco en la boca. —¿Sabes qué es la mayor parte del entrenamiento militar, Perks? — continuó—. ¿Todos esos gritos de pequeños escupitajos como Strappi? Es convertirte en un hombre que, a la palabra de mando, clavarás tu hoja en algún pobre diablo exactamente como él, que ocurre que está usando el uniforme equivocado. Él es como tú, tú eres como él. Él realmente no quiere matarte, tú realmente no quieres matarlo. Pero si no lo matas primero, él te matará. Ése es el principio y el final de esto. No viene fácil sin entrenamiento. Los ruperts no tienen ese entrenamiento, porque son caballeros. Bien, te juro que no soy ningún caballero, y mataré cuando tenga que hacerlo, y dije que los mantendría a salvo y ningún condenado rupert va a detenerme. ¡Me dio mis papeles de baja! —añadió Jackrum, irradiando indignación—. ¡A mí! ¡Y esperaba que le agradeciera! Cada uno de los otros rupert a los que serví tuvieron el juicio de escribir ‘No apostado aquí’, o ‘En patrulla prolongada’, o algo y meterlo de regreso en el correo, ¡pero no él! —¿Qué fue lo que le dijo al Cabo Strappi que lo hizo escapar? —dijo Polly, antes de poder detenerse. Jackrum la miró durante un rato, sin expresión en sus ojos. Entonces lanzó una pequeña y extraña risa ahogada. —Bueno, ¿por qué un pequeño muchacho como tú diría una pequeña cosa como ésa? —dijo.

—Porque simplemente se esfumó y de repente alguna vieja regla supone que usted está de regreso en la fuerza, sarge —dijo Polly—. Por eso dije esa pequeña cosa. —¡Ja! Y no hay ninguna regla así, tampoco, no como ésa —dijo Jackrum, chapoteando con los sus pies—. Pero los ruperts nunca leen el libro de reglas a menos que estén tratando de encontrar una razón para colgarte de modo que allí estaba seguro. Strappi era un temeroso cobarde, lo sabes. —Sí, pero podía haberse escabullido más tarde —dijo Polly—. No era estúpido. ¿Escapar hacia la noche? Debe haber tenido algo realmente cerca para tener que huir, ¿correcto? —Ostras, qué cerebro malvado tienes allí, Perks —dijo Jackrum feliz. Otra vez Polly tenía la clara sensación de que el Sargento lo estaba disfrutando, exactamente parecía complacido como cuando protestó sobre el uniforme. No era un bravucón como Strappi —trataba a Igorina y a Wazzer con algo se acercaba a preocupación paternal— pero empujaba todo el tiempo a Polly, Maladict y Tonker, buscando una reacción. —Hace su trabajo, sarge —dijo. —Sólo tuve un pequeño tate-a-tate con él, por decir. Tranquilo, más bien. Le expliqué todas las cosas desagradables que pueden ocurrir vis-a-vis la confusión de la guerra. —¿Como ser encontrado con la garganta cortada? —dijo Polly. —Se sabe que ha ocurrido —dijo Jackrum inocentemente—. Sabes, muchacho, vas a ser un condenado buen Sargento un día. Cualquier tonto puede usar los ojos y las orejas, pero tú usas ese cerebro para conectarlos. —¡No voy a ser Sargento! ¡Voy a terminar el trabajo e irme a casa! — dijo Polly con vehemencia. —Sí, yo dije eso una vez, también. —Jackrum sonrió—. Perks, no necesito ninguna cosa que haga clack. No necesito ningún papel lleno de noticias. El Sargento Jackrum sabe qué está ocurriendo. Habla con los hombres que regresan, los que no hablan con nadie más. Sé más que el rupert, a pesar de que recibe pequeñas cartas del cuartel que lo preocupan tanto. Todos hablan con el Sargento Jackrum. Y en su gran cabeza gorda, el Sargento Jackrum pone todo. El Sargento Jackrum sabe qué está

ocurriendo. —¿Y qué es, sarge? —dijo Polly inocentemente. Jackrum no respondió inmediatamente. En cambio, bajó la mano con un gruñido y se frotó uno de los pies. El oxidado chelín en un cordel, que estaba apoyado inocentemente sobre el chaleco de lana, se balanceó hacia adelante. Pero había otra cosa. Por un momento algo dorado se deslizó del cuello abierto del chaleco. Algo ovalado y dorado, en una cadena de oro, destelló a la luz del sol. Entonces él se enderezó y quedó fuera de la vista. —Ésta es una condenada guerra rara, muchacho —dijo—. Es verdad que no sólo hay soldados de Zlobenia ahí afuera. Los muchachos dicen que hay uniformes que nunca habían visto antes. Hemos pateado muchos traseros con el paso de los años de modo que tal vez ellos realmente se han juntado y va a ser nuestro turno. Pero lo que sé es que están atascados. Tomaron el torreón. Oh, sí, lo sé. Pero tienen que mantenerlo. Y viene el invierno y todos esos muchachos de Ankh-Morpork y de todos lados están muy lejos de casa. Todavía podríamos tener una oportunidad. Ja, especialmente ahora que el Príncipe están muy decidido a encontrar al joven soldado que le dio un rodillazo en el regalo de bodas. Eso quiere decir que está enfadado. Cometerá errores. —Bueno, sarge, yo creo... —Me alegro de que lo hagas, Soldado Perks —dijo Jackrum, de repente convertido en un Sargento otra vez—. Y yo creo que después de que te hayas encargado del rupert y tomado una siesta, tú y yo le vamos a mostrar a los muchachos un poco de esgrima. Aunque sea una condenada guerra, tarde o temprano el joven Wazzer va a tener que usar esa hoja que menea. ¡Márchate! Polly encontró al Teniente Blouse sentado de espaldas al despeñadero, comiendo scubbo de un cazo. Igorina empacaba su equipo médico, y la oreja de Blouse estaba vendada. —¿Todo bien, señor? —dijo—. Lamento no haber... —Totalmente comprendido, Perks, debes hacer tu turno como los otros ‘muchachos’ —dijo Blouse, y Polly escuchó que las comillas sonaban en su sitio—. Tomé una placentera siesta y la hemorragia y, además el temblor, ha

parado totalmente. Sin embargo... todavía necesito una afeitada. —Usted quiere que yo lo afeite —dijo Polly, con el alma en los pies. —Debo poner el ejemplo, Perks, pero tengo que decir que ustedes ‘muchachos’ hacen mucho esfuerzo en avergonzarme. ¡Todos ustedes parecen tener caras ‘tan suaves como el culo de un bebé’, diría! —Sí, señor. —Polly sacó el equipo de afeitar y caminó hasta el fuego, donde la tetera hervía permanentemente. La mayor parte del escuadrón dormitaba pero Maladict, sentado con las piernas cruzadas junto al fuego, le hacía algo a su sombrero. —Escuché sobre el prisionero anoche —dijo, sin levantar la vista—. No creo que ET vaya a durar mucho, ¿verdad? —¿Quién? —El Teniente. Por lo que escucho, probablemente Blouse va a tener un accidente desagradable. Jackrum cree que es peligroso. —Está aprendiendo, como nosotros. —Sí, pero se supone que ET sabe qué hacer. ¿Piensas que lo sabe? —Jackrum también está atascado —dijo Polly, llenando la tetera con agua fría—. Yo creo que deberíamos seguir. —Si hay algún lugar allí donde llegar —dijo Maladict. Levantó el sombrero—. ¿Qué piensas? Había escrito con tiza las palabras ‘Nacido Para Morir’ al costado del sombrero, cerca del paquete de cigarrillos. —Muy... original —dijo Polly—. ¿Por qué fumas? No es muy... de vampiro, realmente. —Bien, se supone que no soy muy vampiro —dijo Maladict, encendiendo uno con mano temblorosa—. Es para chupar. Lo necesito. Estoy en tensión. Tengo el nerviosismo de la falta de café. No soy bueno con los bosques en todo caso. —Pero eres un vam... —Sí, sí, si esto fuera una cripta, no habría problema. Pero sigo pensando que estoy rodeado por montones de estacas puntiagudas. La verdad... está empezando a doler. ¡Es como volverme un frío murciélago otra vez! Estoy teniendo las voces y los sudores...

—Sssh —dijo Polly, cuando Shufti lanzó un gruñido en sueños—. No puedes serlo —siseó—. ¡Dijiste que te habías reformado hace dos años! —Oh, sa... san... ¿sangre? —dijo Maladict—. ¿Quién dijo algo sobre sangre? ¡Estoy hablando de café, maldita sea! —Tenemos suficiente té... —empezó Polly. —¡No comprendes! Se trata de... ansias. ¡Nunca dejas de ansiar, sólo lo cambias por algo que no cause que las personas te conviertan en una pequeña brocheta! ¡Necesito el café! ¿Por qué yo?, pensó Polly. ¿Tengo un pequeño cartel que dice ‘Dime tus problemas’? —Veré lo que puedo hacer —dijo, y llenó el jarro de afeitar apresuradamente. Polly volvió con el agua, acomodó a Blouse contra una roca, y agitó para hacer un poco de espuma. Afiló la navaja, demorando todo lo que pudo. Cuando él tosió impaciente tomó posición, levantó la navaja, y rezó... ... pero no a Nuggan. Nunca a Nuggan, desde que murió su madre... Y entonces Lofty cruzó corriendo el terreno, tratando de gritar un susurro. —¡Movimiento! Blouse casi perdió el lóbulo de la otra oreja. Jackrum salió de la nada, las botas puestas pero los tiradores colgando. Agarró a Lofty por el hombro y la hizo girar. —¿Dónde? —preguntó. —¡Hay un sendero ahí abajo! ¡Soldados! ¡Carros! ¿Qué hacemos, sarge? —¡Mantenernos sin hacer ruido! —farfulló Jackrum—. ¿Se dirigen hacia aquí? —¡No, iban pasando derecho, sarge! Jackrum giró y lanzó una mirada satisfecha al resto del escuadrón. —Está bien. Cabo, toma a Carborundum y a Perks, ve y echa una mirada. El resto, tomen el equipo y traten de ser valientes. ¿Eh, Teniente? Blouse, perplejo, chorreaba espuma de la cara. —¿Qué? Oh. Sí. Hágase cargo, Sargento. Veinte segundos después, Polly corría detrás de Maladict pendiente

abajo. Aquí y allá, podía verse el fondo del valle a través de los árboles, y mientras miraba hacia abajo vio que la luz del sol se reflejaba sobre algo de metal. Por lo menos los árboles habían cubierto el piso del bosque con una capa de agujas, y, contrario a la opinión popular, la mayoría de los bosques no están llenos de ramas que se rompen sonoramente. Llegaron al borde del bosque, donde unos arbustos luchaban entre sí por su lugar al sol, y encontraron un sitio con buena vista. Había solamente cuatro soldados de caballería, con uniforme poco familiar, cabalgando en parejas delante y detrás de un carro. Éste era pequeño, y tenía una cubierta de lona. —¿Qué hay en un pequeño carro que cuatro hombres tengan que proteger? —dijo Maladict—. ¡Debe ser valioso! Polly señaló la enorme bandera que colgaba floja de un palo del carro. –Pienso que es el hombre del periódico —dijo—. Es el mismo carro. La misma bandera, también. —Entonces es bueno que pasen derecho —siseó Maladict—. Esperemos que estén fuera de la vista y nos vayamos como buenos ratones pequeños, ¿de acuerdo? La partida avanzaba a la velocidad del carro y, en este momento, los dos jinetes de adelante se detuvieron y giraron en sus sillas de montar, esperando a los otros. Entonces uno de ellos señaló, más allá de los espectadores escondidos. Se escuchó un grito, demasiado lejano para ser comprendido. Los soldados de atrás trotaron hasta el carro, se reunieron con sus compañeros, y los cuatro volvieron a mirar hacia arriba. Hubo un poco de discusión, y dos jinetes regresaron trotando a lo largo del camino. —Oh, maldición —dijo Polly—. ¿Qué han descubierto? Los jinetes pasaron más allá de su escondite. Unos momentos después, oyeron que los caballos entraban en el bosque. —¿Corremoz y loz tomamoz? —dijo Jade. —Deja que Jackrum lo haga —dijo Maladict. —Pero si lo hace, y los hombres no regresan... —empezó Polly. —Cuando no regresen —la corrigió Maladict. —... entonces esos otros dos sospecharán, ¿verdad? Probablemente uno

se quedará aquí, el otro irá a conseguir ayuda. —Entonces nos acercaremos y esperaremos —dijo Maladict—. Miren, han desmontado. El carro se ha detenido, también. Si parece que están preocupados, iremos sobre ellos. —¿Y haremos qué, exactamente? —dijo Polly. —Amenazar con dispararles —dijo Maladict con firmeza. —¿Y si no nos creen? —Entonces amenazaremos con dispararles con una voz mucho más fuerte —dijo Maladict—. ¿Feliz? ¡Y espero por el infierno que tengan un poco de café!

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Hay tres cosas que un soldado quiere hacer cuando hay un descanso en el camino. Una involucra encender un cigarrillo, una involucra encender un fuego, y la otra no involucra ninguna llama en absoluto pero, en general, necesita un árbol. 13 Los dos soldados de caballería tenían un fuego a pleno y un cazo echando vapor cuando un joven saltó del carro, estiró los brazos, miró, bostezó, y se paseó un poco dentro del bosque. Encontró un árbol conveniente y, un momento más tarde, estaba aparentemente revisando la corteza a la altura de los ojos con estudiado entusiasmo. La punta de acero de una flecha de ballesta se apretó contra su nuca y una voz dijo: —¡Levante las manos y dé media vuelta despacio! —¿Qué, ahora mismo? —Hum... muy bien, no. Puede terminar lo que está haciendo. —En realidad creo que va a ser muy imposible. Permítame sólo, er... correcto. De acuerdo. —El hombre levantó las manos otra vez—. ¿Se da cuenta de que sólo tengo que gritar?

13

En realidad un árbol no es, técnicamente, necesario, pero parece que se insiste por razones de estilo. (Nota del

autor)

—¿Y entonces? —dijo Polly—. Sólo tengo que apretar este gatillo. ¿Haremos una carrera? El hombre dio media vuelta. —¿Ven? —dijo Polly, retrocediendo—. Es él otra vez. De Worde. El hombre que escribe. —¡Ustedes son ellos! —dijo. —¿Elloz quién? —dijo Jade. —Oh cielos —dijo Maladict. —¡Miren, daría cualquier cosa por hablar con ustedes! —dijo de Worde— . ¿Por favor? —¡Usted está con el enemigo! —siseó Polly. —¿Qué? ¿Ellos? ¡No! Son del regimiento de Lord Herrumbre.[31] ¡De Ankh-Morpork! ¡Han sido enviados para protegernos! —¿Soldados para protegerlo en Borogravia? —dijo Maladict—. ¿De quién? —¿Usted quiere decir de quién? Er... bien... de ustedes, en teoría. Jade se inclinó hacia abajo. —Efizientez, verdad... —Miren, debo hablar con ustedes —dijo el hombre con urgencia—. ¡Esto es asombroso! ¡Todos los están buscando! ¿Ustedes mataron a esa vieja pareja en el bosque? Unas aves cantaron. Lejos, se escuchó la llamada de la hembra del pájaro carpintero de penacho azul. —Una patrulla encontró las tumbas recientes —dijo de Worde. Arriba, a gran altura, una garza de hielo, emigrante del invierno del Eje, lanzó un feo bocinazo mientras buscaba los lagos. —Supongo que no, entonces —dijo de Worde. —Los enterramos —dijo Maladict fríamente—. No sabemos quién los mató. —Tomamos algunas verduras —dijo Polly. Recordó que se había reído por eso. Lo cierto es que fue sólo porque era eso o empezar a llorar, pero aun así... —¿Han estado viviendo de la tierra? —Había sacado una libreta del

bolsillo y estaba haciendo garabatos con un lápiz. —No tenemos que hablar con usted —dijo Maladict. —¡No, no, deben hacerlo! ¡Hay tanto que tienen que saber! Ustedes están en el... Arriba-y-Abajo, ¿correcto? —Entrar-y-Salir —dijo Polly. —Y ustedes... —empezó el hombre. —Ya he tenido suficiente de esto —dijo Maladict; se alejó del árbol y entró en el claro. Los dos soldados levantaron la mirada del fuego, y hubo un momento de inmovilidad antes de que uno buscara su espada. Maladict balanceó el arco rápidamente de uno al otro, hipnotizándolos con la punta como un reloj de péndulo. —Solamente tengo un tiro pero hay dos de ustedes —dijo—. ¿A quién le dispararé? Ustedes eligen. Ahora, escuchen muy cuidadosamente: ¿dónde está su café? Tienen café, ¿verdad? ¡Vamos, todos tienen café! ¡Suelten los frijoles! Miraron la ballesta y sacudieron la cabeza lentamente. —¿Y qué me dice de usted, hombre escritor? —gruñó Maladict—. ¿Dónde ha escondiendo el café? —Sólo tenemos cocoa —dijo el escritor, levantando las manos rápidamente cuando Maladict se volvió contra él—. Si quiere servirse... Maladict dejó caer su ballesta, que se disparó directo en el aire, 14 y se sentó con la cabeza entre sus manos. —Todos vamos a morir —dijo. Los soldados se movieron como para levantarse, y Jade alzó su árbol. —Ni ziquiera pienzen en ezo —dijo. Polly se volvió hacia el escritor. —¿Quiere que hablemos con usted, señor? Entonces usted hable con nosotros. ¿Se trata de... las medias... del Príncipe Heinrich? Maladict se puso de pie con un movimiento loco.
14

Y falló de darle a algo, especialmente a un pato. Es tan poco habitual en situaciones como ésta que debería ser

informado bajo nuevas reglas de humor. Si le hubiera acertado a un pato, que graznaría y luego aterrizaría en la cabeza de alguien, por supuesto que habría sido muy gracioso e indudablemente habría sido informado. En cambio, continuó un poco en la brisa y se clavó en un roble, a unos treinta pies de distancia, donde falló a una ardilla. (Nota del autor)

—¡Digo que terminemos con todos ellos y nos vayamos a casa! —dijo, a nadie en particular—. ¡Uno, Dos, Tres! ¡Para Qué Peleamos![32] —¿Medias? —dijo el escritor, mirando nervioso al vampiro—. ¿Qué tienen que ver unas medias con todo esto? —Acabo de darte una orden, Polly —dijo Maladict. —¿Qué cree usted que no sabemos? —insistió Polly, mirando furiosa a de Worde. —Bien, para empezar son todo lo que queda de Entrar-y-Salir... —¡Eso no es verdad! —Oh, hay prisioneros y heridos, creo. ¿Pero por qué les mentiría? ¿Por qué lo llamó Polly? —Porque sé mucho sobre las aves —dijo Polly, maldiciendo mentalmente—. ¿Cómo sabe qué sucede con el regimiento? —Porque es mi trabajo saber cosas —dijo el hombre—. ¿Qué ave es ésa allá arriba? Polly levantó la vista. —No tengo tiempo para juegos estúpidos —dijo—. Y ésa es una... — paró. Algo estaba girando a gran altura, en el azul prohibido. —¿No lo sabe? —dijo de Worde. —Sí, por supuesto que lo sé —dijo Polly con irritación—. Es un halcón ratonero de cuello blanco. Pero creía que nunca llegaban tan lejos en las montañas. Sólo alguna vez vi uno en un libro... —Levantó el arco otra vez, y trató de tomar el control—. ¿Tengo razón, señor Es-mi-trabajo-saber-cosas? De Worde levantó las manos otra vez y sonrió pálido. —Probablemente —dijo—. Vivo en una ciudad. Distingo gorriones de estorninos. Después de eso todo es un pato hasta donde sé. Polly lo miró furiosa. —Miren, por favor —dijo el hombre—. Tienen que escucharme. Tienen que saber cosas. Antes de que sea demasiado tarde. Polly bajó el arco. —Si quiere hablar con nosotros, espere aquí —dijo—. Cabo, nos vamos. ¡Carborundum, recoge a esos soldados! —Espera —dijo Maladict—. ¿Quién es el Cabo en este escuadrón?

—Tú —dijo Polly—. Y estás babeando, y balanceándote, y tus ojos se ven raros. Entonces, ¿cuál era tu idea, por favor? Maladict lo consideró. Polly estaba cansada y asustada y en algún lugar dentro de ella todo esto se estaba convirtiendo en cólera. La suya no era una expresión que quisieras ver en el otro extremo de una ballesta. Una flecha no podía matar a un vampiro, pero no quería decir que no doliera. —Correcto, sí —dijo—. ¡Carborundum, recoge a esos soldados! ¡Nos vamos!

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Se escuchó un silbido de ave mientras Polly se acercaba al escondite. Lo identificó como el sonido del Muy Mal Imitador de Aves, y tomó nota para enseñarles a las chicas algunas llamadas de aves que por lo menos sonaran reales. Era más difícil de hacer que lo que pensaba la mayoría de las personas. El escuadrón estaba en la hondonada, armado y por lo menos parecía peligroso. Hubo cierta cantidad de alivio cuando vieron que Jade cargaba a los dos soldados atados. Dos más estaban sentados desconsoladamente contra el despeñadero, las manos atadas por detrás. Maladict caminó elegantemente hacia Blouse y saludó. —Dos prisioneros, ET, y Perks piensa que hay alguien ahí abajo con quien usted debería hablar. —Se inclinó—. El hombre del periódico, señor. —Entonces nos mantendremos a buena distancia de él —dijo Blouse—. ¿Eh, Sargento? —¡Correcto, señor! —dijo Jackrum—. ¡Nada más que problema, señor! Polly saludó locamente. —¡Por favor, señor! ¡Permiso para hablar, señor! —¿Sí, Perks? —dijo Blouse. Polly vio que había una oportunidad, y solamente una. Tenía que averiguar sobre Paul. Ahora su mente trabajaba tan rápido como la noche anterior sobre la colina, cuando atacó al hombre con el libro de claves. —Señor, no sé si merece que le hable, señor, pero puede merecer ser

escuchado. Incluso si piensa que sólo nos dirá mentiras. Porque a veces, señor, por la manera en que las personas mienten, si le dicen suficientes mentiras, bien, de alguna manera... le muestran qué forma tiene la verdad, señor. Y no tenemos que decirle la verdad, señor. Podríamos mentirle, también. —No soy por naturaleza un hombre mentiroso, Perks —dijo Blouse fríamente. —Me alegra escucharlo, señor. ¿Estamos ganando la guerra, señor? —¡Para con eso ahora mismo, Perks! —rugió Jackrum. —Era solamente una pregunta, sarge —le reprochó Polly. El escuadrón esperaba alrededor del claro, con las orejas chupando cada sonido. Todos conocían la respuesta. Esperaban que él la dijera en voz alta. —Perks, esta clase de charla difunde Desaliento —empezó Blouse, pero lo dijo como si no lo creyera y que no le importaba quién lo sabía. —No, señor. No realmente. Es mejor que ser engañado —dijo Polly. Cambió la voz, le dio ese tono que su madre solía usar con ella cuando la estaba regañado—. Mentir es malvado. A nadie le gusta un mentiroso. Dígame la verdad, por favor. Algún armónico de ese tono debía haber encontrado un lugar en una antigua parte del cerebro de Blouse. Cuando Jackrum abrió la boca para rugir, el teniente alzó la mano. —No estamos ganando, Perks. Pero todavía no hemos perdido. —Creo que todos lo sabemos, señor, pero es bueno escucharle decirlo —dijo Polly, con una sonrisa alentadora. Eso también pareció resultar. —Supongo que no hay daño en ser por lo menos cortés con el desgraciado —dijo Blouse, como si pensara en voz alta—. Puede revelar información valiosa bajo un astuto interrogatorio. Polly miró al Sargento Jackrum, que miraba hacia arriba como un hombre en oración. —Permiso para ser el hombre que interrogue al caballero, señor —dijo el Sargento.

—Permiso denegado, Sargento —dijo Blouse—. Me gustaría que viva y no quiero perder otro lóbulo. Sin embargo, puede llevar a Perks al carro y conducirlo hasta aquí. Jackrum le hizo un elegante saludo. Polly ya había aprendido a reconocerlo; significaba que Jackrum ya había hecho planes. —Muy bien, señor —dijo—. Vamos, Perks. Jackrum se mantenía callado mientras caminaban sobre la pendiente alfombrada de agujas. Entonces, después de un rato, dijo: —¿Sabes por qué los soldados de caballería encontraron nuestro pequeño rincón, Perks? —No, sarge. —El teniente ordenó a Shufti que apagara el fuego inmediatamente. Ni siquiera hacía humo. Así que Shufti va y vuelca la tetera sobre él. Polly lo pensó unos segundos. —¿El vapor, sarge? —¡Correcto! En una condenada gran nube que subía. No fue culpa de Shufti. Los soldados no fueron problema, sin embargo. Por lo menos lo bastante inteligentes para no tratar de escapar de media docena de ballestas. Son inteligentes para ser soldados de caballería. —Bien hecho, sarge. —No me hables como si fueras un rupert, muchacho —dijo Jackrum inmediatamente. —Lo siento, sarge. —Veo que estás aprendiendo cómo dirigir a un oficial, sin embargo. Tienes que asegurarte de que te dé las órdenes correctas, ¿lo ves? Harás un buen Sargento, Perks. —No quiero serlo, sarge. —Sí, correcto —dijo Jackrum. Podía significar cualquier cosa. Después de observar el sendero uno o dos minutos salieron y fueron hacia el carro. De Worde estaba sentado sobre un taburete junto a él, escribiendo en una libreta, pero se puso de pie apresuradamente cuando los vio. —Sería buena idea salir del sendero —dijo, tan pronto como se

acercaron—. Hay muchas patrullas, entiendo. —¿Patrullas de Zlobenia, señor? —dijo Jackrum. —Sí. En teoría, esto... —señaló la bandera que colgaba floja del carro— ... debería mantenernos a salvo, pero todos están un poco nerviosos por el momento. ¿No es usted el Sargento Jack Ram? —Jackrum, señor. Y le agradeceré que no escriba mi nombre en su pequeño libro, señor. —Lo lamento, Sargento, pero ése es mi trabajo —dijo de Worde alegremente—. Tengo que escribir las cosas. —Bien, señor, ser soldado es mi trabajo —dijo Jackrum, trepando al carro y recogiendo las riendas—. Pero usted notará que en este momento no lo estoy matando. Nos vamos, ¿eh? Polly se trepó en la parte posterior del carro mientras arrancaba pesadamente. Estaba llena de cajas y equipo, y mientras alguna vez podía haber estado organizado prolijamente, esa organización era ahora sólo un recuerdo distante, clara señal de que este carro era propiedad de un hombre. Junto a ella, dormitaba media docena de las palomas más grandes que alguna vez hubiera visto, sobre una percha en una jaula de alambre, y se preguntó si era una despensa viviente. Una de ellas abrió un ojo y dijo perezosamente ‘¿Lollollop?’, que en paloma quiere decir ‘¿Duh?’ La mayor parte del resto de las cajas tenían etiquetas como —se inclinó más cerca— ‘Bollos de Campo Patente del Capitán Horace Calumney’, y ‘Estofado Deshidratado’. Mientras reflexionaba que a Shufti le hubiera gustado meter sus manos en una o dos de esas cajas, un bulto de ropa que colgaba del techo del carro que se mecía se movió ligeramente y apareció una cara. —Fuen dia —dijo, cabeza abajo. William de Worde dio media vuelta sobre el asiento de adelante. —Es solamente Otto, Soldado —dijo—. No tema. —Sí, no lo morderé —dijo la cara alegremente. Sonrió. La cara de un vampiro no se ve mucho mejor al revés, y una sonrisa en estas circunstancias no hace nada para mejorarla—. Eso está garantizado. Polly bajó la ballesta. Jackrum se habría impresionado al ver qué rápido

la había levantado. También ella, y se sentía avergonzada. Las medias estaban teniendo ideas otra vez. Otto bajó muy elegantemente a la cama del carro. —¿A dónde famos? —dijo, sujetándose cuando rebotaron sobre una raíz. —A un pequeño lugar que conozco, señor —dijo Jackrum—. Bonito y silencioso. —Fien. Tengo que ejercitar a los duendes. Se ponen irritafles si están encerrados demasiado tiempo. —Otto empujó a un lado una pila de papel y reveló su gran caja de hacer imágenes. Levantó una pequeña escotilla. —Lefántense y frillen, muchachos —dijo. Se escuchó un coro de voces agudas desde el interior. —Es mejor que marque sus cartas respecto a Tigre, Sr. de Worde —dijo Jackrum, mientras el carro rodaba cuesta arriba por una vieja huella de leñadores. —¿Tigre? ¿Quién es Tigre? —Oops —dijo Jackrum—. Lo siento, así es como llamamos al Teniente, señor, teniendo en cuenta que es tan valiente. Olvide que lo dije, por favor. —Valiente, ¿eh? —dijo de Worde. —E inteligente, señor. No deje que lo engañe, señor. Es una de las grandes mentes militares de su generación, señor. La boca de Polly se abrió. Había sugerido que le mintieran al hombre, pero... ¿esto? —¿De veras? Entonces, ¿por qué es sólo un teniente? —dijo el escritor. —Ah, puedo ver que nadie lo engaña, señor —dijo Jackrum, irradiando complicidad—. Sí, es un enigma, señor, por qué dice que es un teniente. Sin embargo, me atrevo a decir que tiene sus razones, ¿eh? Como Heinrich diciendo que es un capitán, ¿correcto? —Se tocó el costado de la nariz—. ¡Veo todo, señor, y no digo una palabra! —Todo lo que pude encontrar fue que hizo alguna clase de trabajo de escritorio en sus cuarteles, Sargento —dijo de Worde. Polly vio que sacaba su libreta, lenta y cautelosamente. —Sí, supongo eso es lo que usted encontraría, señor —dijo Jackrum,

con un enorme guiño conspirador—. Y entonces, cuando las cosas se ponen peores, lo dicen, señor. Lo sueltan, señor. Yo, no sé nada, señor. —¿Qué hace, explosivos? —dijo de Worde. —¡Jaja, qué bueno, señor! —dijo Jackrum—. No, señor. Lo que hace, señor, es evaluar situaciones, señor. No lo comprendo, señor, no soy un gran pensador, pero la prueba del pudín, el señor, está en el comerlo, y anoche cuando fuimos atacados por ocho... veinte soldados de Zlobenia, señor, y el teniente simplemente evaluó la situación en un instante y ensartó en una brocheta a cinco cabrones, señor. Como un kebab, señor. Manso como la leche si lo mira, pero excítelo y es un remolino de muerte. Por supuesto, usted no lo escuchó de mí, señor. —¿Y está a cargo de un grupo de reclutas, Sargento? —dijo de Worde—. No me parece muy probable. —Reclutas que capturaron algunos soldados de caballería de primera, señor —dijo Jackrum, con aspecto dolido—. Eso es liderazgo para usted. Llega el momento, llega el hombre, señor. Soy sólo un viejo y simple soldado, señor, los he visto llegar e irse. Se lo juro, no soy un hombre mentiroso, señor, pero miro al Teniente Blouse con admiración. —Me pareció confundido, a mí —dijo de Worde, pero había un atisbo de incertidumbre en su voz. —Estaba un poco conmocionado, señor. Se dio un golpazo que habría derribado a un hombre menor, y todavía sigue de pie. ¡Asombroso, señor! —Hum —dijo de Worde, tomando nota. El carro chapoteó a través de la pequeña corriente poco profunda y se bamboleó en la hondonada. El Teniente Blouse estaba sentado sobre una roca. Había hecho un esfuerzo, pero su guerrera estaba sucia, sus botas embarradas, su mano hinchada y una oreja, a pesar de los cuidados de Igorina, todavía inflamada. Tenía la espada sobre sus rodillas. Jackrum detuvo el carro cuidadosamente junto a un matorral de abedules. Los cuatro soldados enemigos estaban atados, contra el despeñadero. Aparte de ellos, el campamento parecía estar desierto. —¿Dónde está el resto de los hombres, Sargento? —susurró De Worde mientras se deslizaba del carro.

—Oh,

están

por

aquí,

señor

—dijo

Jackrum—.

Observándolo.

Probablemente no sea buena idea hacer movimientos repentinos, señor. Nadie más era visible... y entonces Maladict apareció a la vista. Las personas en realidad nunca miran las cosas, Polly lo sabía. Echan un vistazo. Y lo que había sido un poco de maleza era ahora el Cabo Maladict. Polly lo miró. Había cortado un agujero en el centro de su vieja manta, y el barro y las manchas de pasto sobre el gris mohoso lo habían convertido en parte del paisaje hasta que saludó. También había ramitas frondosas alrededor de su sombrero. El Sargento Jackrum se quedó atónito. Polly nunca antes lo había visto quedarse atónito, pero el Sargento tenía la cara para hacerlo a nivel de campeonato. Podía sentir que lanzaba su aliento mientras que al mismo tiempo empalmaba palabrotas para un correcto trueno real —y entonces recordó que estaba haciendo de Sargento Gran Hombre Gordo y Alegre, y no era el momento de hacer una suave transición a Sargento Incandescente. —Muchachos, ¿eh? —rió entre dientes dirigiéndose a de Worde—. ¿En qué pensarán después? De Worde asintió nervioso, sacó un montón de periódicos de abajo de su asiento, y avanzó hacia el Teniente. —El Sr. de Worde, ¿verdad? —dijo Blouse, poniéndose de pie—. Perks, ¿puedes hacer una taza de, er, ‘saloop’ para el Sr. de Worde? Buen muchacho. Tome una roca, señor. —Qué bueno que aceptara verme, Teniente —dijo de Worde—. ¡Parece que usted ha estado en varias guerras! —añadió, en un intento de jovialidad. —No, solamente ésta —dijo Blouse, perplejo. —Quise decir que ha sido herido, señor —dijo de Worde. —¿Éstas? Oh, no son nada, señor. Me temo que la de mi mano sea autoinfligida. Práctica de espada, ya sabe. —¿Usted es zurdo entonces, señor? —Oh, no. Polly, lavando un jarro, escuchó que Jackrum decía por un costado de la boca:

—¡Debería haber visto a los otros dos tipos, señor! —¿Está consciente del progreso de la guerra, Teniente? —dijo de Worde. —Usted dígame, señor —dijo Blouse. —Todo su ejército está encerrado en el valle Kneck. Atrincherado, principalmente, más allá del alcance del armamento del torreón. Sus fuertes a todo lo largo de la frontera han sido capturados. Las guarniciones en Drerp y Glitz y Arblatt están aplastadas. Hasta donde sé, Teniente, los de su escuadrón son los únicos soldados que todavía resisten. Por lo menos — añadió—, los únicos que todavía pelean. —¿Y mi regimiento? —dijo Blouse con calma. —Los restos del Décimo tomaron parte de un intento valiente pero, francamente, suicida de retomar el torreón de Kneck hace algunos días, señor. La mayoría de los supervivientes son prisioneros de guerra, y tengo que decirle que casi todo su alto mando ha sido capturado. Estaban en el torreón cuando fue tomado. Hay calabozos grandes en ese fuerte, señor, y están bastante llenos. —¿Por qué debería creerle? Yo le creo, pensó Polly. Así que Paul está muerto, herido o capturado. Y no ayuda mucho pensar que son dos posibilidades de tres de que esté vivo. De Worde lanzó sus periódicos a los pies del Teniente. —Todo está ahí, señor. No lo inventé. Es la verdad. Seguirá siendo verdad, lo crea o no. Hay más de seis países aliados contra ustedes, incluyendo Genua y Mouldavia y Ankh-Morpork. No hay nadie de su lado. Están solos. La única razón de que no estén vencido aún es porque no lo admiten. ¡He visto a sus generales, señor! ¡Grandiosos jefes, y sus hombres pelean como demonios, pero no se rendirán! —Borogravia no conoce el significado de la palabra ‘rendición’, Sr. de Worde —dijo el Teniente. —¿Puedo prestarle un diccionario, señor? —interrumpió de Worde, con la cara roja—. ¡Es muy similar al significado de ‘hacer alguna clase de paz mientras tiene oportunidad’, señor! ¡Es más o menos como ‘irse mientras todavía tiene una cabeza’, señor! Santo cielo, señor, ¿no comprende? ¡La

razón de que todavía haya un ejército en el valle Kneck es que los aliados no han decidido qué hacer con él! ¡Están hartos de masacre! —¡Ah, así que todavía nos defendemos! —dijo Blouse. De Worde suspiró. —Usted no comprende, señor. Están hartos de masacrarlos a ustedes. Ahora tienen el torreón. Hay algunas grandes máquinas de guerra allá arriba. Ellos... francamente, señor, algunos de los aliados barrerían sus restos así de pronto. Sería como dispararle a ratas en un barril. Los tienen a su merced. Y con todo, siguen atacando. ¡Atacan el torreón! Está sobre roca pura y tiene murallas de cien pies de altura. Ustedes hacen avances a través del río. Están acorralados y no tienen dónde ir y los aliados simplemente podrían masacrarlos cuando quieran, y ustedes actúan como si sólo estuvieran enfrentando alguna clase de revés temporal. ¡Eso es lo que está ocurriendo realmente, teniente! Ustedes son sólo un último y pequeño detalle. —Tenga cuidado, por favor —advirtió Blouse. —Excúseme, señor, pero ¿sabe algo sobre la historia reciente? En los últimos treinta años les han declarado la guerra a cada uno de sus vecinos por lo menos una vez. Todos los países luchan, pero ustedes pelean. ¡Y entonces el año pasado invadieron Zlobenia otra vez! —Ellos nos invadieron, Sr. de Worde. —Ha estado mal informado, teniente. Ustedes invadieron la provincia de Kneck. —Fue confirmada como Borograviana por el Tratado de Lint, hace más de cien años. —Firmado en punta de espada, señor. Y a nadie le importa ahora, en todo caso. Todo ha ido más allá de sus pequeñas y estúpidas refriegas reales. Porque sus hombres derribaron el Gran Baúl, mire. Las torres de clacks. E hicieron pedazos el camino de los coches. Ankh-Morpork lo considera una actividad de bandidos. —¡Tenga cuidado, dije! —dijo Blouse—. Noto que exhibe la bandera de Ankh-Morpork con evidente orgullo en su carro. —Civis Morporkias sum, señor.[34] Soy ciudadano de Ankh-Morpork.

Podría decir que Ankh-Morpork me protege bajo su amplia y algo grasosa ala, aunque estoy de acuerdo en que la metáfora podría necesitar un poco de trabajo. —Sus soldados de Ankh-Morpork no están en posición de protegerlo, sin embargo. —Señor, tiene razón. Podría matarme ahora mismo —dijo de Worde, sencillamente—. Usted lo sabe. Yo lo sé. Pero no lo hará, por tres razones. Los oficiales de Borogravia suelen ser honorables. Todos lo dicen. Es por eso que no se rinden. Y sangro muy penosamente. Y no necesita hacerlo, porque todos están interesados en ustedes. De repente, todo ha cambiado. —¿Interesados en nosotros? —Señor, en cierto sentido de podría ayudar mucho ahora quedaron mismo. Aparentemente señor? —No. De Worde trató de explicar. Blouse escuchaba con la boca abierta y, al final, dijo: —¿Lo he entendido bien? ¿Aunque muchas personas fueron muertas y heridas en esta desgraciada guerra, no ha sido de mucho ‘interés’ para sus lectores? ¿Pero ahora sí, sólo por nosotros? ¿Por una pequeña escaramuza en una ciudad de la que nunca oyeron hablar? ¿Y por eso, de repente somos un ‘pequeño país valiente’ y las personas le están diciendo a su periódico que su gran ciudad debería estar de nuestro lado? —Sí, Teniente. Pusimos una segunda edición anoche, mire. Después de averiguar que el ‘Capitán Horentz’ era realmente el Príncipe Heinrich. ¿Lo sabía en ese momento, señor? —¡Por supuesto que no! —escupió Blouse. —Y tú, Soldado, er, Perks, ¿le habrías pateado los... lo habrías pateado de haberlo sabido? Polly dejó caer un jarro por el nerviosismo, y miró a Blouse. —Puedes responder, por supuesto, Perks —dijo el Teniente. —Bien, sí, señor. Lo habría pateado. Más duro, probablemente. Me las personas Ankh-Morpork asombradas

cuando... mire, ¿ha escuchado sobre lo que llamamos ‘interés humano’,

estaba defendiendo, señor —dijo Polly, evitando cuidadosamente los detalles adicionales. No podías estar segura de qué haría con ellos alguien como de Worde. —Correcto, bueno, sí —dijo de Worde—. Entonces te pondrás contento con esto. Nuestro caricaturista Fizz lo dibujó para la edición especial.[33] Estaba en la portada. Hemos vendido una cantidad récord de copias. —Le pasó un delgado trozo de papel, que había sido doblado muchas veces por los pliegues que tenía. Era un dibujo lineal, con mucho sombreado. Mostraba una enorme figura con una gran espada, un monstruoso monóculo y un bigote tan ancho como una percha, amenazando a una figura mucho más pequeña armada con nada más que un instrumento para levantar remolachas —a decir verdad había una betarraga clavada en la punta. Por lo menos, era evidentemente lo que había estado ocurriendo hasta el momento cuando la figura más pequeña, que llevaba un regular intento de sombrero de los Entrar-y-Salir y una cara que se parecía ligeramente a la de Polly, pateaba al otro directamente en las regiones inguinales. Una especie de globo salía de la boca de Polly, conteniendo las palabras: ‘¡Eso es para sus Derechos Reales, so Parásito!’ El globo que salía de la boca del otro, que sólo podía ser el Príncipe Heinrich, decía: ‘¡Oh mi Sucesión! ¡Una Cosa tan Pequeña puede Doler Tanto!’ Y en el fondo, una obesa mujer con vestido de noche arrugado y un enorme yelmo anticuado apretaba sus manos contra un pecho increíblemente grande, mirando la lucha con una mezcla de preocupación y admiración, y su globo decía: ‘¡Oh mi Amante! ¡Temo que nuestro Amorío se haya Abreviado!’ Ya que nadie más estaba diciendo nada, sino que simplemente miraban, de Worde dijo, algo nervioso: —Fizz es bastante, er, directo en estos temas, pero asombrosamente popular. Ejem. Mire, lo curioso es que aunque Ankh-Morpork sea probablemente la bravucona más grande por aquí, de una sutil manera, tenemos sin embargo debilidad por las personas que enfrentan a los bravucones. Especialmente a los de realeza. Tendemos a estar de su lado, siempre que no nos cueste demasiado.

Blouse se aclaró la garganta. —Tiene un buen parecido a ti, Perks —dijo roncamente. —¡Sólo usé la rodilla, señor! —protestó Polly—. ¡Y esa obesa dama no estaba ahí, indudablemente! —Esa es Morporkia[35] —dijo de Worde—. Una especie de representación de la ciudad, excepto que en su caso no está cubierta de barro y hollín. —Y por mi parte tengo que añadir —dijo Blouse, con su voz de hablar en reunión—, que Borogravia es a decir verdad más grande que Zlobenia, aunque la mayor parte del país no sea más que unas laderas estériles... —Eso no importa en realidad —dijo de Worde. —¿No? —dijo Blouse. —No, señor. Es sólo un hecho. No es política. En política, señor, las imágenes como ésta son poderosas. Señor, incluso los comandantes de la alianza están hablando de usted, y los Zlobenianos están enfadados y perplejos. Si ustedes, los héroes del momento, pudieran hacer una declaración a favor de un poco de sentido común... El Teniente respiró larga y profundamente. —Ésta es una guerra tonta, Sr. de Worde. Pero soy soldado. He ‘besado a la Duquesa’, como decimos. Es un juramento de lealtad. No me tiente a que lo viole. Debo luchar por mi país. Rechazaremos a todos los invasores. Si hay desertores, los encontraremos y los recuperaremos otra vez. Conocemos el país. Mientras seamos libres, Borogravia será libre. Ya ha tenido ‘su palabra’. Gracias. ¿Dónde está ese té, Perks? —¿Qué? ¡Oh, casi listo, señor! —dijo Polly, regresando al fuego. Había sido una repentina idea extraña, pero fue un plan estúpido. Ahora, aquí, eran visibles todas las desventajas. ¿Cómo haría para que Paul volviera a casa? ¿Querría venir? ¿Podría lograrlo? Incluso si todavía estuviera vivo, ¿cómo podía sacarlo de una prisión? —Así que será luchador de guerrillas, ¿eh? —dijo el Sr. de Worde, detrás de ella—. Locos, todos ustedes. —No, no somos irregulares —dijo Blouse—. Besamos a la Duquesa. Somos soldados. —Oh, bien —dijo de Worde—. Entonces admiro su espíritu, por lo

menos. Ah, Otto... El vampiro iconografeador se acercó, y les sonrió con timidez. —No teman. Soy un Cinta Negra, exactamente como su Cabo —dijo—. La luz es mi pasión ahora. —¿Oh? Er... bien hecho —dijo Blouse. —Toma las imágenes, Otto —dijo de Worde—. Estos caballeros tienen una guerra que pelear. —Por simple interés, Sr. de Worde —interrumpió Blouse—, ¿cómo envió las imágenes a su ciudad tan rápidamente? Magia, supongo. —¿Qué? —De Worde pareció momentáneamente fuera de equilibrio—. Oh no, señor. Los Magos son costosos y el Comandante Vimes ha dicho que no habrá ningún uso de magia en esta guerra. Enviamos las cosas por paloma a nuestra oficina en el torreón y luego por los clacks desde la torre más cercana. —Oh, ¿de veras? —dijo Blouse, mostrando bastante más animación que la que Polly había visto hasta ahora—. ¿Usando números para indicar una escala de grises, quizás? —¡Mein Gotts! —dijo Otto. —Bien, sí, en realidad —dijo de Worde—. Estoy muy impresionado de que usted... —He visto las torres de clacks sobre la ribera opuesta del Kneck —dijo Blouse, los ojos encendidos—. Idea muy ingeniosa, usar grandes cajas cerradas en vez de los anticuados brazos de semáforo. ¿Y estaría en lo cierto si conjeturo que la caja encima, que abre sus obturadores una vez por segundo, es una especie de sistema, er, un reloj que asegura que toda la línea de clacks mantenga el paso? Oh, bien. Eso pensé. Un clack por segundo es probablemente el límite de los mecanismos, ¿de modo que indudablemente todos sus esfuerzos ahora están concentrados en maximizar el contenido de la información contenida por obturador? Sí, imaginé que ése sería el caso. Como para enviar imágenes, bien, tarde o temprano todas las cosas son los números, ¿sí? Por supuesto, usted usaría cada una de las dos columnas de cuatro cajas para enviar una clave de gris, pero debe ser muy lento. ¿Ha considerado comprimir el algoritmo?[36]

De Worde y Chriek intercambiaron miradas. —¿Está seguro de que no ha estado hablando con alguien sobre esto, señor? —dijo el escritor. —Oh, todo es muy elemental —dijo Blouse, sonriendo con felicidad—. Había pensado en eso en el contexto de mapas militares que son, por supuesto, principalmente espacios en blanco. De modo que me preguntaba si sería posible indicar una sombra necesaria en una columna y, del otro lado, indicar la distancia que a lo largo de ese rango esa sombra persistiría. Y un encantador adicional aquí es que si su mapa está sólo en blanco y negro, entonces incluso tiene más... —No ha visto el interior de una torre de clacks, ¿verdad? —dijo de Worde. —Desafortunadamente no —dijo Blouse—. Esto es sólo ‘pensar en voz alta’ sobre la base de la existencia de facto de su imagen. Creo que puedo ver una cantidad de otros, ejem, trucos matemáticos para que el pasaje de la información sea aun más veloz, pero estoy seguro de que ya se le han ocurrido a usted. Por supuesto, una modificación bastante menor podría potencialmente duplicar la carga de información de todo el sistema en cada golpe. Y eso es sin usar filtros de color por la noche, que estoy seguro de que incluso con el agregado de esfuerzo mecánico adicional seguramente incrementaría el caudal de proceso y transferencia por... Lo siento, ¿dije algo equivocado? Los dos hombres tenían una mirada vidriosa. De Worde se sacudió. —Oh... rr, no. Nada —dijo—. Er... parece haber entendido las cosas, bastante... rápidamente. —Oh, fue perfectamente sencillo en cuanto empecé a pensarlo —dijo Blouse—. Fue exactamente igual que cuando tuve que rediseñar el sistema de clasificación del departamento, mire. Las personas desarrollan algo que funciona. Entonces las circunstancias cambian, y tienen que hacerle pequeños ajustes para que continúe funcionando, y están tan ocupados jugando al mecánico que no pueden ver que es mejor idea desarrollar todo un nuevo sistema que se adapte a las nuevas circunstancias. Pero para uno de afuera, la idea es obvia.

—En la política además de, er, en los sistemas de archivo y en los clacks, ¿no cree? —dijo de Worde. La frente de Blouse se arrugó. —Lo siento, creo que no lo sigo... —dijo. —¿Estaría de acuerdo en que a veces el sistema de un país está tan desactualizado que solamente los de afuera pueden ver la necesidad de un cambio total? —dijo de Worde. Sonrió. El Teniente Blouse no. —Sólo un punto a considerar, tal vez —dijo de Worde—. Er... ya que usted desea lanzar al mundo un desafío, ¿se opone a que mi colega le tome su imagen? Blouse se encogió de hombros. —Si le satisface —dijo—. Es una Abominación, por supuesto, pero estos días es difícil encontrar algo que no lo sea. Debe decirle al mundo, Sr. de Worde, que Borogravia no se rendirá. No lo haremos. Seguiremos luchando. Escríbalo en su pequeña libreta, por favor. ¡Mientras podamos resistir, patearemos! —Sí, pero una vez más, ¿podría implorarle que usted...? —Sr. de Worde, estoy seguro de que escuchó el dicho de que la pluma es más fuerte que la espada. De Worde se esponjó un poco. —Por supuesto, y yo... —¿Quiere probarlo? Tome su imagen, señor, y luego mis hombres lo acompañarán hasta su camino. Otto Chriek se puso de pie y se inclinó ante Blouse. Arregló su caja de imágenes. —Tan sólo tomará un minuto —dijo. Nunca es así. Polly observó con fascinación horrorizada mientras Otto tomaba imagen tras imagen del Teniente Blouse en una variedad de poses que él pensó como heroicas. Fue terrible ver a un hombre tratando de sacar una barbilla que, a decir verdad, no tenía. —Muy impresionante —dijo de Worde—. Sólo espero que viva para verlo en mi papel, señor. —Lo esperaré con expectación más aguda —dijo Blouse—. Y ahora,

Perks, por favor ve con el Sargento y pon a estos dos caballeros nuevamente en su camino. Otto se movió sigilosamente hacia Polly mientras regresaban al carro. —Tengo que decirle algo sofre su fampiro —dijo. —¿Oh, sí? —¿Es su amigo? —dijo Otto. —Sí —dio Polly—. ¿Algo está mal? —Hay un proflema... —Se ha puesto nervioso porque se quedó sin café. —Desafortunadamente, si fuera tan simple. —Otto parecía incómodo—. Tiene que comprender que cuando un fampiro renuncia... a la palabra, hay un proceso que llamamos transferencia. Nos esforzamos a nosotros mismos a desear otra cosa. Para mí no fue doloroso. Ansío la perfección de luz y sombra. ¡Las imágenes son mi vida! Pero su amigo eligió... café. Y ahora no tiene nada. —Oh. Ya entiendo. —Me pregunto si lo entiende. Profaflemente a él le parecía sensato. Es un deseo humano, y a nadie le molesta si usted dice, como ser, ‘me muero por una taza de café’, o ‘mataría por una taza de café’. Pero sin el café, fueno, me temo que... se refierta. Comprenda, es muy difícil para mí haflar de... —la voz de Otto iba desapareciendo. —Por revertir, ¿quiere decir...? —Primero fendrán pequeños delirios, creo. Una susceptifilidad psíquica de toda clase de influencias que quien safe de dónde fienen, y los fampiros alucinan tan fuerte que puede ser contagioso. Creo que ya está ocurriendo. Se folferá... errático. Esto podría durar farios días. Y luego su condicionamiento se quebrará y será, una fez más, un ferdadero vampiro. No más el Fuen Tipo Fefedor de Café. —¿No puedo hacer algo para ayudarlo? Otto colocó su caja de imágenes con cierta reverencia otra vez en la parte posterior del carro, y se volvió. —Puede fuscar un poco de café, o... puede tener listos una estaca de madera y un gran cuchillo. Estará haciéndole un fafor, créame.

—¡No puedo hacer eso! Otto se encogió de hombros. —Encuentre a alguien que lo haga.

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—¡Es asombroso! —dijo de Worde, mientras el carro se mecía a través de los árboles—. Sé que los clacks están en contra de su religión, pero parece comprender todo sobre ellos. —Como le dije, señor, asesora cosas —dijo Jackrum, sonriendo—. Mente como navaja. —Estaba hablando de los algoritmos de los clacks que las compañías están apenas investigando ahora —dijo de Worde—. Ese departamento del que estaba hablando... —Ah, puedo ver que no se le pasa nada, señor —dijo Jackrum—. Muy secreto. No se puede hablar de él. —Francamente, Sargento, siempre supuse que Borogravia era, bien... atrasada. La sonrisa de Jackrum era cérea y brillante. —Si parece que estamos muy atrás, señor, es sólo para que podamos tomar velocidad. —Sabe, Sargento, es una gran lástima ver una mente así desaprovechada —dijo de Worde, mientras el carro se tambaleaba sobre una raíz—. No es una época de héroes, famosas resistencias y cargas por muerte-o-gloria. Hágale un favor a sus hombres y trate de decírselo, ¿quiere? —Ni soñar con eso, señor —dijo Jackrum—. Aquí está su camino, señor. ¿Hacia dónde se dirige ahora? —Al valle Kneck, Sargento. Ésta es una buena historia, Sargento. Gracias. Permítame estrechar su mano. —Me alegra escuchar que lo piense, señor —dijo Jackrum, extendiendo su mano. Polly escuchó el apagado tintineo de monedas al pasar de mano a mano. De Worde tomó las riendas.

—Pero debo decirle, Sargento, que probablemente enviaremos nuestras cosas por paloma en una hora —dijo—. Tendremos que decir que tienen prisioneros. —No se preocupe por eso, señor —dijo Jackrum—. Antes de que sus compañeros salgan hacia aquí a rescatar a esos soldados, estaremos a medio camino de regreso a las montañas. Nuestras montañas. Partieron. Jackrum los observó mientras se perdían de vista, y se volvió hacia Polly. —Él con sus aires y modales —dijo—. ¿Viste eso? ¡Me insultó dándome un consejo! —Echó un vistazo a su palma—. Hum, ¿cinco dólares de Morpork? Bien, por lo menos es un hombre que sabe cómo insultar agradablemente —añadió, y las monedas desaparecieron en su chaqueta con velocidad extraordinaria. —Creo que quiere ayudarnos, sarge —dijo Polly. Jackrum la ignoró. —Odio al condenado Ankh-Morpork —dijo—. ¿Quiénes son para decirnos qué hacer? ¿A quién le importa lo que piensan? —¿Cree que realmente podemos unirnos a los desertores, sarge? —Nope. Han desertado una vez, ¿qué los detendrá una segunda? Escupieron sobre la Duquesa cuando desertaron, no pueden besar y hacer las paces ahora. Uno tiene un beso, eso es todo. —Pero el Teniente Blouse... —El rupert debe apegarse a las sumas. Cree que es un soldado. Nunca caminó por un campo de batalla en su vida. Toda esa basura que le dio a tu hombre eran cosas de muerte-o-gloria. Y te diré, Perks, he visto a Muerte más a menudo de lo que quiero recordar, pero nunca vi a Gloria. Voy a mandar a los tontos a buscarnos donde no estemos, sin embargo. —No es mi hombre, sarge —dijo Polly. —Sí, bien, te sientes cómodo con lectura y escritura —masculló Jackrum—. No se puede confiar en las personas que hacen esas cosas. Enredan las cosas con el mundo, y resulta que todo lo que uno sabe está equivocado. Llegaron a la hondonada otra vez. El escuadrón había salido de sus

diversos escondites, y la mayoría se agrupaba alrededor de uno de los periódicos. Por primera vez, Polly vio la Imagen. Era en realidad muy buena, especialmente Shufti y Wazzer. Ella estaba en gran parte escondida por la mole de Jackrum. Pero se podían ver los hoscos soldados detrás, y sus expresiones eran toda una imagen por sí mismas. —La de Tonker es buena —dijo Igorina, que no ceceaba tanto cuando no había ningún oficial escuchando. —¿Crees que tener una imagen como ésta es una Abominación para Nuggan? —dijo Shufti nerviosa. —Probablemente —dijo Polly distraída—. La mayoría de las cosas lo son. —Corrió los ojos por el texto junto a la imagen. Estaba lleno de frases como ‘valientes muchachos de granja’, y ‘humillación de una de las mejores tropas de Zlobenia’, y ‘picadura en la cola’. Entendió por qué había causado problemas. Pasó rápidamente a través de las otras páginas. Estaban atestadas de extrañas historias sobre lugares de los que nunca oyó hablar, e imágenes de personas que no conocía. Pero una página era una masa de texto gris, bajo una línea de impresión mucho más grande que decía:

Por Qué Este Loco Estado Debe Ser Detenido

Desconcertada,

su

mirada

recogió

frases

del

mar

de

letras:

‘vergonzosas invasiones de estados vecinos’, ‘creyentes engañados por un dios loco’, ‘un bravucón que se pavonea’, ‘atrocidad tras atrocidad’, ‘se burla de la opinión internacional’... —No lean esa basura, muchachos, no saben dónde ha estado —dijo el Sargento Jackrum jovialmente, acercándose por detrás—. Serán todas mentiras. Nos estamos yendo ahora... ¡Cabo Maladict! Maladict, saliendo de los árboles, lo saludó perezoso. Todavía tenía su manta puesta. —¿Qué estás haciendo sin uniforme? —Tengo uniforme debajo, sarge. No queremos ser vistos, ¿correcto? De

este modo que nos volvemos parte de la selva. —¡Es un bosque, Cabo! Y sin un condenado uniforme, ¿cómo diablos distinguiremos a nuestros amigos de nuestros enemigos? Maladict encendió un cigarrillo antes de responder. —De la forma en que lo veo, sarge —dijo—, enemigos son todos excepto nosotros. —Sólo un momento, Sargento —dijo Blouse, que había levantado la vista de un periódico y observaba la aparición con considerable interés—. Hay precedentes en la antigüedad, lo sabe. El General Song Sung Lo movió su ejército disfrazado como un campo de girasoles, y el General Tacticus ordenó que un batallón se vistiera como abetos una vez. —¿Girasoles? —dijo Jackrum, su voz rebosante de desdén. —Ambas acciones fueron exitosas, Sargento. —¿Sin uniformes? ¿Sin insignias? ¿Sin barras, señor? —Posiblemente usted podría ser una flor extra grande —dijo Blouse, y su cara no traicionó ni una señal de broma—. Y seguramente habrá llevado a cabo acciones por la noche, cuando todas barras son invisibles. —¡Sísseñor, pero la noche es noche, señor, mientras que los girasoles... son girasoles, señor! ¡He llevado este uniforme por más de quin... toda mi vida, señor, y moverme furtivamente sin él es totalmente deshonroso! ¡Es para espías, señor! —La cara de Jackrum había pasado de rojo a carmesí, y Polly se asombró de ver lágrimas en sus ojos. —¿Cómo podemos ser espías, Sargento, en nuestro propio país? —dijo Blouse con calma. —ET tiene un punto, sarge —dijo Maladict. Jackrum giró como un toro impetuoso, y luego para asombro de Polly se relajó. Pero no quedó asombrada durante mucho tiempo. Conocía al hombre. No sabía por qué, pero había algo en Jackrum que podía leer. Estaba en los ojos. Podía mentir con ojos tan honestos y tranquilos como los de un ángel. Y si parecía que retrocedía, era efectivamente sólo para tomar velocidad más tarde. —Muy bien, muy bien —dijo el Sargento—. Lo juro, no soy hombre de desobedecer órdenes. —Y sus ojos brillaron.

—Bien hecho, Sargento —dijo Blouse. Jackrum se calmó. —Sin embargo, no quiero ser un girasol —dijo. —Por suerte hay sólo abetos en esta área, Sargento. —Bien señalado, señor. —Jackrum se volvió hacia el impresionado escuadrón—. Muy bien, Último Detalle —gritó—. ¡Escucharon al hombre! ¡A ser abetos!

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Era una hora después. Hasta donde Polly podía saber, habían salido hacia las montañas pero se habían movido en un amplio semicírculo de modo que terminaron dirigiéndose hacia donde habían venido, pero a unas millas de distancia. ¿Blouse estaba conduciendo, o lo había dejado a Jackrum? Ningún hombre se quejaba. El teniente convocó a un alto en una espesura de abedules, duplicando por lo tanto su tamaño. Se podía decir que los efectos del camuflaje eran eficaces, porque el rojo brillante y el blanco se destacan sobre el verde y el gris. Más allá de eso, sin embargo, las palabras no alcanzaban. Jade se había raspado la pintura, y ahora era verde y gris de todos modos. Igorina parecía un cepillo ambulante. Wazzer se estremecía como un álamo temblón constantemente así que sus hojas crujían todo el tiempo. Los otros habían hecho intentos más o menos razonables, y Polly estaba muy orgullosa de los propios. Jackrum era tan parecido a un árbol como una gran pelota de goma roja; Polly sospechaba que subrepticiamente le había sacado brillo a sus cosas de latón, también. Cada árbol sostenía un jarro de té en rama o mano. Después de todo, habían parado por cinco minutos. —Hombres —dijo Blouse, como si acabar de llegar a esa conclusión—. Pueden haber deducido que regresamos hacia las montañas para reunir un ejército de desertores allí. ¡Esta historia es, a decir verdad, un truco para beneficio del Sr. de Worde! —Hizo una pausa, como si esperaba alguna reacción. Ellos lo miraban. Continuó—: Seguimos nuestro viaje al valle

Kneck, a decir verdad. Es lo último que el enemigo estará esperando. Polly echó un vistazo al Sargento. Sonreía. —Es un hecho establecido que una fuerza pequeña y ligera puede meterse en lugares que un batallón no puede penetrar —continuó Blouse—. ¡Hombres, seremos esa fuerza! ¿No es correcto, Sargento Jackrum? —¡Sísseñor! —Caeremos como un martillo sobre esas fuerzas más pequeñas que nosotros —dijo Blouse con felicidad. —¡Sísseñor! —Y de aquellos que nos superan en número, nos perderemos silenciosamente en el bosque... —¡Sísseñor! —Nos deslizaremos más allá de sus centinelas... —Eso está bien, señor —dijo Jackrum. —¡... y tomaremos el Torreón Kneck de abajo de sus narices! El té de Jackrum roció a través del claro. —Me atrevo a decir que nuestro enemigo se siente impenetrable sólo porque comanda un fuerte muy armado sobre un peñasco rocoso con paredes de cien pies de alto y veinte pies de grosor —continuó Blouse, como si la mitad de los árboles no estuviera goteando té ahora—. ¡Pero será una sorpresa! —¿Está bien, sarge? —susurró Polly. Jackrum estaba haciendo pequeños ruidos extraños con la garganta. —¿Alguien tiene alguna pregunta? —dijo Blouse. Igorina alzó una rama. —¿Cómo entraremos, señor? —dijo. —Ah. Buena pregunta —dijo Blouse—. Y todo será evidente a su debido tiempo. —Caballería aérea —dijo Maladict. —¿Perdone, Cabo? —¡Máquinas voladoras, señor! —dijo Maladict—. No sabrán dónde esperarnos. Aterrizamos en un patio a la mano, los liberamos, y luego los barremos.

La frente despejada de Blouse se arrugó un poco. —¿Máquinas voladoras? —dijo. —Vi la imagen de una, hecha por alguien llamado Leonardo da Quirm. Una especie de... molino de viento volador. Es exactamente como un gran tornillo en el cielo... —No creo que necesitemos uno de ésos, aunque el consejo es bienvenido —dijo Blouse. —¡No cuando aquí tenemos una gran metida de pata, señor! —logró decir Jackrum—. ¡Señor, es sólo un grupo de reclutas, señor! Todas esas cosas sobre honor y libertad y todo eso eran sólo para el escritor, ¿correcto? ¡Buena idea, señor! Sí, vayamos al valle Kneck, y entremos a hurtadillas y nos unamos al resto de los muchachos. Es donde deberíamos estar, señor. ¡No puede hablar en serio sobre tomar el torreón, señor! No lo intentaría ni con mil hombres. —Yo podría intentarlo con media docena, Sargento. Los ojos de Jackrum sobresalían. —¿De veras, señor? ¿Qué hará el Soldado Goom? ¿Temblar ante ellos? El joven Igor los coserá, ¿verdad? ¿El Soldado Halter les lanzará una mirada rencorosa? Son muchachos prometedores, señor, pero no son hombres. —El General Tacticus dijo que el destino de una batalla puede depender de las acciones de un hombre en el lugar correcto, Sargento —dijo Blouse con calma. —Y teniendo un montón de soldados más que el otro cabrón, señor — insistió Jackrum—. Señor, debemos llegar al resto del ejército. Tal vez está atrapado, tal vez no. Toda esa cosa sobre que ellos no quieren masacrarnos, señor, no tiene sentido. La idea es ganar, señor. Si el resto de ellos ha dejado de atacar, es porque están asustados de nosotros. Deberíamos estar ahí abajo. Ése es el lugar para los jóvenes reclutas, señor, donde pueden aprender. ¡El enemigo los está buscando, señor! —Si el General Froc está entre esos capturados, lo tendrán en el torreón —dijo Blouse—. Creo que era el primer oficial al que usted sirvió como sargento, ¿tengo razón? Jackrum vaciló.

—Tiene razón, señor —dijo al final—. Y era el teniente más tonto que alguna vez haya conocido, excepto uno. —Estoy seguro de que hay una entrada secreta en el torreón, Sargento. El recuerdo codeó a Polly. Si Paul estaba vivo, estaría en el torreón. Captó la mirada de Shufti. La chica hizo un movimiento con la cabeza. Ella había estado pensando en el mismo sentido. No hablaba mucho de su... prometido, y Polly se preguntó qué tan oficial era el arreglo. —¿Permiso para hablar, sarge? —dijo. —De acuerdo, Perks. —Me gustaría tratar de encontrar una forma de entrar en el torreón, sarge. —Perks, ¿te estás ofreciendo para atacar el castillo más grande y más fuerte en quinientas millas a la redonda? ¿Solo? —También iré yo —dijo Shufti. —Oh, ¿dos de ustedes? —dijo Jackrum—. Oh, bien, eso está bien entonces. —Yo iré —dijo Wazzer—. La Duquesa me ha dicho que debo hacerlo. Jackrum bajó la vista a la pequeña cara delgada y a los ojos acuosos de Wazzer, y suspiró. Se volvió hacia Blouse. —Sigamos adelante, señor, ¿quiere? Podemos hablar de esto después. Por lo menos estamos en camino a Kneck, primera parada en el camino al infierno. Perks e Igor, tomen la punta. ¿Maladict? —¡Acá! —Er... explora adelante. —¡Lo escucho! —Bien. Mientras el vampiro pasaba a Polly, el mundo por un momento cambió; el bosque se volvió más verde, el cielo más gris, y ella escuchó un ruido por arriba, como un ‘whopwhopwhop’. Y entonces se fue. Las alucinaciones de los vampiros son contagiosas, pensó. ¿Qué está ocurriendo en su cabeza? Se adelantó presurosa con Igorina, y se pusieron en camino por el bosque otra vez. Unas aves cantaban. El efecto era pacífico, si no conocías sobre cantos

de aves, pero Polly pudo reconocer llamadas de alarma cercanas y amenazas territoriales lejanas y, en todos lados, la preocupación por el sexo. Eso le quitaba placer. 15 —¿Polly? —dijo Igorina. —¿Mmm? —¿Podrías matar a alguien si tuvieras que hacerlo? Polly volvió al aquí y ahora. —¿Qué clase de pregunta haces? —Creo que es la clase que le haría a un ssoldado —dijo Igorina. —No lo sé. Si me estuvieran atacando, supongo. Lastimarlo lo suficiente para mantenerlo echado, de todos modos. ¿Y tú? —Tenemos vez. —¿Casi? —Bien, si no tienes un muy buen pararrayos. E incluso si lo tienes, nunca son totalmente lo mismo. Los cubiertos tienden a pegárseles. —Igorina, ¿por qué estás aquí? —El clan no es muy... entusiasta con que las niñas que se involucren demasiado en el Gran Trabajo —dijo Igorina, alicaída—. ‘Apégate a tu labor de costura’, dice siempre mi madre. Bien, todo eso está muy bien, pero también sé que soy buena en las verdaderas incisiones. Especialmente las difíciles. Y creo que una mujer sobre la laja se sentiría mucho mejor sobre las cosas si supiera que hay una mano femenina sobre el interruptor de socios-de-muerte. De modo que pensé que un poco de experiencia en el campo de batalla convencería a mi padre. Los soldados no son exigentes sobre quién salva sus vidas. —Supongo que los hombres son iguales en todo el mundo —dijo Polly. —Por dentro, indudablemente. —¿Y... er... realmente puedes volver a ponerte tu pelo? —Polly lo había un gran respeto por la vida, Polly —dijo Igorina solemnemente—. Es fácil matar a alguien, y casi impossible revivirlo otra

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Es difícil ser un ornitólogo y caminar a través de un bosque cuando a tu alrededor el mundo está gritando:

‘¡Lárgate, éste es mi arbusto! ¡Aargh, ladrón de nidos! ¡Ten sexo conmigo, puedo poner mi pecho grande y rojo! (Nota del autor)

visto en su pote cuando desarmaron el campamento; giraba suavemente en su botella de líquido verde, como un alga marina delgada y singular. —Oh, sí. Los trasplantes de cuero cabelludo son fáciles. Pica un poco durante un par de minutos, eso es todo... Hubo movimiento entre los árboles, y luego el borrón se resolvió en Maladict. Sostenía un dedo contra sus labios mientras se acercaba, y susurró urgentemente: —¡Charlie nos está siguiendo![37] Polly e Igorina se miraron. —¿Quién es Charlie? Maladict las miró, y luego se frotó la cara distraído. —Estoy... lo siento, er... lo siento, es... miren, ¡nos están siguiendo! ¡Lo sé! El sol se estaba poniendo. Polly espió sobre la repisa rocosa hacia donde venían. Podía distinguir el sendero, dorado y rojo a la luz del final de la tarde. Nada se movía. El afloramiento estaba cerca de la cima de otra colina redondeada; la parte trasera se convertía en el piso de un pequeño espacio cercado, rodeado de arbustos. Era un buen puesto de vigilancia para personas que querían ver sin ser vistas, y lo habían hecho en el pasado reciente, por el aspecto de los viejos fogones. Maladict estaba sentado con la cabeza entre las manos, con Jackrum y Blouse a cada lado. Trataban de comprender, y no hacían mucho progreso. —¿De modo que no puedes escuchar nada? —dijo Blouse. —No. —¿Y no ves nada ni puedes oler nada? —dijo Jackrum. —¡No! ¡Ya le dije! Pero hay algo tras de nosotros. ¡Observándonos! —Pero si no puedes... —empezó Blouse. —Mire, soy un vampiro —jadeó Maladict—. Sólo confíe en mí, ¿de acuerdo? —Yo lo haría, ssarge —dijo Igorina, desde detrás de Jackrum—. Los Igorss a menudo sservimoss a vampiross. En momentoss de esstress ssu esspassio perssonal puede ecsstendersse tanto como a diess millass de ssu cuerpo.

Hubo la pausa acostumbrada que seguía a un ceceo prolongado. Las personas necesitaban tiempo para pensar. —¿Esstress? —dijo Blouse. —¿Sabe cómo alguien puede sentir que lo están mirando? —masculló Maladict—. Bien, es como eso, multiplicado por mil. Y no es un... una sensación, es algo que sé. —Muchas personas nos están buscando, Cabo —dijo Blouse, palmeándole amable el hombro—. No quiere decir que nos encontrarán. Polly, bajando la mirada al bosque dorado, abrió la boca para hablar. Estaba seca. Nada salió. Maladict se sacudió la mano del teniente. —¡Esta... persona no nos está buscando! ¡Sabe dónde estamos! Polly se esforzó por la saliva, y trató otra vez. —¡Movimiento! Y entonces ya no estaba ahí. Habría jurado que había algo sobre el sendero, algo que se combinó con la luz, revelándose sólo por el cambiante patrón vacilante de sombras mientras se movía. —Er... quizás no —farfulló. —Miren, todos hemos perdido sueño y todos estamos un poco ‘hipertensos’ —dijo Blouse—. Calmemos las cosas, ¿de acuerdo? —¡Necesito café! —gimió Maladict, meciéndose atrás y adelante. Polly entrecerró los ojos hacia el sendero distante. La brisa agitaba los árboles, y caían unas hojas rojo-doradas. Por un momento hubo apenas una sugerencia... Se puso de pie. Mira las sombras y las ramas que se agitan durante el tiempo suficientemente y podrás ver cualquier cosa. Era como ver dibujos en las llamas. —Está bien —dijo Shufti, que había estado trabajando sobre el fuego—. Podría resultar. Huele como café, de todos modos. Bien... casi como café. Bien... como café si el café fuera hecho de castañas, de todos modos. Había tostado algunas castañas.[38] Por lo menos en el bosque había muchas en esta época del año, y todo el mundo sabía que las bellotas tostadas y molidas podían sustituir al café, ¿verdad? Polly estaba de acuerdo en que valía la pena intentarlo, pero según podía recordar nadie jamás, ante

la elección, dijo ‘¡No, no volveré a tocar ese horrible café! ¡Para mí, es un Long Black de castañas molidas, con el adicional de partes arenosas flotando!’ Tomó el jarro de Shufti y se lo llevó al vampiro. Cuando se agachó... el mundo cambió. ... whopwhopwhop... El cielo era una neblina de polvo, convirtiendo el sol en un disco de color rojo sangre. Por un momento Polly los vio en el cielo, gigantes y gordos tornillos que giraban en el aire, que se sostenían en el aire pero que se movían despacio hacia ella... —Está teniendo visiones laterales —susurró Igorina, en su codo. —¿Visiones laterales? —Como... visiones retrospectivas de otra persona. No sabemos nada sobre ellas. Podrían venir desde cualquier lugar. ¡Un vampiro en esta etapa está abierto a toda clase de influencias! ¡Dale el café, por favor! Maladict agarró el jarro y trató de beberse el contenido tan rápidamente que se vertió por su barbilla. Lo observaron tragar. —Sabe a barro —dijo, dejando el jarro. —Sí, pero ¿resultó? Maladict miró hacia arriba y parpadeó. —Los dioses, esa cosa es horripilante. —¿Estamos en un bosque o una selva? ¿Algún tornillo volador? — preguntó Igorina—. ¿Cuántos dedos tengo levantados? —Sabes, eso es algo que un Igor nunca debería decir —dijo Maladict, haciendo una mueca—. Pero... las... sensaciones no son tan fuertes. ¡Puedo bajarlo! Puedo tragarlo. Polly miró a Igorina, que se encogió de hombros y dijo: —Está bien —y entonces hizo señas a Polly para alejarse. —Él, o posiblemente ella, está justo al borde —dijo. —Bien, todos lo estamos —dijo Polly—. Apenas estamos durmiendo. —Sabes qué quiero decir. Me he, er... tomado la libertad de, er... estar preparada. —Sin más palabras, Igorina abrió su chaqueta, sólo por un momento. Polly vio un cuchillo, una estaca de madera y un martillo, en

pequeños bolsillos prolijamente cosidos. —No va a llegar a tanto, ¿verdad? —Espero que no —dijo Igorina—. Pero si lo hace, soy la única que con seguridad puede encontrar el corazón. La gente siempre piensa que está más a la izquierda... —No va a llegar a tanto —dijo Polly con firmeza. El cielo estaba rojo. La guerra estaba a un día. Polly se deslizó hasta debajo de la cresta con la lata de té. Fue el té que mantuvo al ejército en pie. Recuerda qué es real... bien, eso le llevó algo de trabajo. Tonker y Lofty, por ejemplo. No importaba cuál estaba de guardia, la otra también estaría ahí. Y allí estaban, sentados lado a lado sobre un árbol caído, mirando pendiente abajo. Se sujetaban las manos. Siempre se sujetaban las manos cuando pensaban que estaban solas. Pero a Polly le parecía que no se sujetaban las manos como personas que eran, bien, amigas. Se sujetaban las manos con fuerza, como alguien, que resbalado de un despeñadero, sujetaría las manos de un salvador temiendo soltarse y caer. —¡El té está listo! —tembló. Las chicas giraron, y llenó un par de jarros con té hirviente. —Saben —dijo tranquilamente—, nadie las odiaría si se escaparan esta noche. —¿Qué quieres decir, Ozz? —dijo Lofty. —Bien, ¿qué hay en Kneck para ustedes? Se escaparon de la escuela. Podrían irse a cualquier lugar. Apuesto que las dos podrían escurrirse... —Nos vamos a quedar —dijo Tonker seriamente—. Hablamos de eso. ¿Adónde más iríamos? De todos modos, ¿supón que algo nos está siguiendo? —Probablemente sólo un animal —dijo Polly, que ni siquiera lo creía. —Los animales no hacen eso —dijo Tonker—. Y no creo que Maladict se excitaría tanto. Probablemente son más espías. Bien, los atraparemos. —Nadie va a hacernos retroceder —dijo Lofty. —Oh. Er... bien —dijo Polly, alejándose—. Bien, debo seguir, a nadie le gusta el té frío, ¿eh?

Se apuró alrededor de la colina. Siempre que Lofty y Tonker estaban juntas, se sentía como una intrusa. Wazzer estaba de guardia en una pequeña cañada, observando la región abajo con su acostumbrada expresión de intensidad ligeramente preocupada. Giró cuando Polly se acercó. —Oh, Polly —dijo Wazzer—. ¡Buenas noticias! —Oh, bueno —dijo Polly débilmente—. Me gustan las buenas noticias. —Ella dice que estará bien que nosotras no llevemos nuestras bufandas de algodón —dijo Wazzer. —¿Qué? Oh. Bien —dijo Polly. —Pero sólo porque estamos sirviendo a un Propósito Más Alto —dijo Wazzer. Y, tal como Blouse podía colocar comillas, Wazzer podía dejar caer mayúsculas en una frase. —Eso es bueno, entonces —dijo Polly. —Sabes, Polly —dijo Wazzer—, pienso que el mundo sería mucho mejor si fuera dirigido por mujeres. No habría guerras. Por supuesto, el Libro consideraría tal idea como una Abominación Grave para Nuggan. Puede ser por error. Consultaré con la Duquesa. Bendice esta taza para que pueda beber de ella —añadió. —Er, sí —dijo Polly, y se preguntó qué le daba más miedo: Maladict convertido de repente en un monstruo hambriento, o Wazzer llegando al final del viaje mental que estaba haciendo. Había sido empleada de cocina y ahora sometía al Libro a un análisis crítico y hablaba con un icono religioso. Ese tipo de cosas conducía a una fricción. La presencia de los que buscan la verdad es infinitamente preferible a la de los que piensan que la han encontrado. Además, pensó mientras observaba a Wazzer beber, sólo pensarías que el mundo sería mejor si fuera operado por mujeres si en realidad no conocieras a muchas mujeres. A las ancianas, por lo menos. Considera toda esa cosa sobre las bufandas de algodón. Las mujeres se tenían que cubrir el pelo los viernes, pero no había nada sobre esto en el libro, que era bastante conden... condenadamente riguroso sobre la mayoría de las cosas. Era sólo una costumbre. Lo hacían porque siempre lo hicieron. Y si te olvidabas, o no

querías hacerlo, las ancianas te pescaban. Tenían ojos como halcones. Prácticamente podían ver a través de paredes. Y los hombres tomaban nota, porque ningún hombre quería contrariar a las viejas en caso de que empezaran a observarlo, de modo que repartieran el castigo. Siempre que hubiera una ejecución, y especialmente cuando había azotaína, encontrabas a las abuelitas en la primera hilera, chupando caramelos de menta. Polly había olvidado su bufanda de algodón. Se la ponía en casa los viernes, por la única razón que era más fácil que no lo hacerlo. Juró que, si volvía alguna vez, nunca lo volvería a hacer... —Er... ¿Wazz? —dijo. —¿Sí, Polly? —Tienes una línea directa con la Duquesa, ¿verdad? —Hablamos de cosas —dijo Wazzer en tono soñador. —Tú, er, podrías plantearle la cuestión del café, ¿verdad? —dijo Polly en tono desdichado. —La Duquesa sólo puede mover cosas sumamente pequeñas —dijo Wazzer. —¿Algunos frijoles, quizás? ¡Wazz, realmente necesitamos un poco de café! No creo que las castañas sean un buen sustituto. —Rezaré —dijo Wazzer. —Bien. Hazlo —dijo Polly. Y, aunque era extraño, se sintió un poco más esperanzada. Maladict tenía alucinaciones, pero Wazzer tenía una seguridad alrededor de la que podías doblar acero. Era el opuesto de una alucinación, de algún modo. Era como si ella pudiera ver lo que era real y tú no. —¿Polly? —dijo Wazzer. —¿Sí? —No crees en la Duquesa, ¿verdad? Quiero decir la verdadera Duquesa, no tu posada. Polly miró la delgada cara intensa y enfermiza. —Bien, quiero decir, dicen que está muerta, y le rezaba cuando era pequeña, pero ya que lo preguntas yo exactamente no, hum, creo como... — parloteó. —Está parada detrás de ti. Justo detrás de tu hombro derecho.

En el silencio del bosque, Polly giró. —No puedo verla —dijo. —Soy feliz por ti —dijo Wazzer, pasándole el jarro vacío. —Pero no vi nada —dijo Polly. —No —dijo Wazzer—. Pero diste media vuelta... Polly nunca había hecho demasiadas preguntas sobre la Escuela de Trabajo para Niñas. Ella era, por definición, una Buena Niña. Su padre era un hombre influyente en la comunidad, y ella trabajaba mucho, no tenía mucho que ver con hombres y, lo más importante, era... bien, lista. Era lo bastante brillante para hacer lo que muchas otras personas hacían en la locura crónica y sinrazón que era la vida diaria en Munz. Sabía qué ver y qué ignorar, cuándo obedecer y cuándo simplemente presentar la cara de la obediencia, cuándo hablar y cuándo guardarse sus ideas. Aprendió las costumbres del superviviente. La mayoría de las personas lo hacían. Pero si te rebelabas, o eras simple y peligrosamente honesta, o tenías la clase equivocada de enfermedad, o no eras deseada, o eras una chica a quien le gustaban los chicos más de lo que las ancianas creían que te debían gustar y, peor, no eras buena para contar... entonces la escuela era tu destino. No sabía mucho sobre qué ocurría ahí dentro, pero la imaginación se daba prisa en llenar la brecha. Y se preguntó qué te pasaba en esa infernal olla a presión. Si eras fuerte, como Tonker, te hacía dura y te daba una cáscara. Lofty... era difícil saberlo. Era callada y tímida hasta que veías la lumbre reflejada en sus ojos, y a veces las llamas estaban ahí sin ningún fuego que reflejar. Pero si fueras Wazzer, con una mala mano para empezar, y encerrada, y muerta de hambre, y vencida, y maltratada Nuggan sabía cómo (y sí, pensó Polly, probablemente Nuggan sabía cómo) y empujada más y más profundo dentro de ti misma, ¿qué encontrarías ahí abajo? Y entonces mirarías desde el fondo de esas profundidades a la única sonrisa que alguna vez vieras. El último hombre de guardia era Jackrum, porque Shufti estaba cocinando. Estaba sentado sobre una roca musgosa, la ballesta sobre las rodillas, mirando algo en su mano. Giró sobre sí cuando ella se acercó, y Polly captó el rayo del oro mientras era metido otra vez en su chaqueta.

El Sargento tomó el arco. —Haces tanto ruido como un elefante, Perks —dijo. —Lo siento, sarge —dijo Polly, que sabía que no era así. Él tomó el jarro de té, y se volvió para señalar colina abajo. —¿Ves ese arbusto ahí abajo, Perks? —dijo—. ¿Justo a la derecha de ese tronco caído? Polly entrecerró los ojos. —Sí, sarge —dijo. —¿Notas algo en él? Polly miró otra vez. Debía haber algo equivocado allí, decidió, de otro modo no le habría preguntado. Se concentró. —La sombra está mal —decidió por fin. —Buen muchacho. La razón es que nuestro amigo está detrás del arbusto. Ha estado observándome, y he estado observándole. Nada más que eso. Se pondrá alerta tan pronto vea que alguien se mueve, y está demasiado lejos para lanzarle una flecha. —¿Un enemigo? —No lo creo. —¿Un amigo? —Diablo presumido, de todos modos. No le molesta que yo sepa que está ahí. Vuelve colina arriba, muchacho, y trae ese arco grande que sacamos del... ¡Allí va! La sombra había desaparecido. Polly miró dentro del bosque, pero la larga luz se estaba volviendo carmesí y el anochecer se desplegaba entre los árboles. —Es un lobo —dijo Jackrum. —¿Un lobizón? —dijo Polly. —Bueno, ¿qué te hace pensar eso? —El Sargento Towering dijo que teníamos un lobizón en el escuadrón. Estoy seguro de que no lo hay. Quiero decir, ya lo sabríamos, ¿verdad? Pero me preguntaba si habían visto uno. —No podemos hacer nada sobre eso, de todos modos —dijo Jackrum—. Una flecha de plata serviría, pero no tenemos ninguna.

—¿Y qué me dice de nuestro chelín, sarge? —Oh, ¿piensas que puedes matar a un lobizón con un vale? —Sí. —Entonces Polly añadió—: Usted tiene un verdadero chelín, sarge. Alrededor de su cuello con ese medallón de oro. Si podías haber torcido acero alrededor de la convicción de Wazzer, podías haberlo calentado con la mirada de Jackrum. —Lo que está alrededor de mi cuello no es asunto tuyo, Perks, y lo único peor que un lobizón soy yo si alguien trata de quitarme mi chelín, ¿comprendido? Se calmó cuando vio la expresión aterrorizada de Polly. —Seguiremos adelante después de comer —dijo—. Buscaremos un mejor lugar para descansar. Algún sitio más fácil de defender. —Todos estamos muy cansados, sarge. —De modo que quiero que todos nosotros estemos de pie y armados si nuestro amigo vuelve con sus compinches —dijo Jackrum. Siguió la mirada de Polly. El guardapelo de oro había resbalado fuera de su chaqueta, y colgaba culpable sobre su cadena. Lo escondió hábilmente. —Era sólo una... chica que conocí —dijo—. Eso es todo, ¿de acuerdo? Fue hace mucho tiempo. —No le pregunté, sarge —dijo Polly, retrocediendo. Los hombros de Jackrum cayeron. —Está bien, muchacho, no preguntaste. Y tampoco te estoy preguntando sobre nada. Pero calculo que es mejor que consigamos un poco de café para el Cabo, ¿eh? —¡Amén a eso, sarge! —Y nuestro rupert sueña con coronas de laureles alrededor su cabeza, Perks. Tenemos un maldito héroe aquí. No puede pensar, no puede pelear, ninguna condenada utilidad en absoluto excepto para una última y famosa resistencia y una medalla enviada a su vieja mamá. Y he estado en algunas últimas y famosas resistencias, muchacho, y son carnicerías. Allí nos está conduciendo Blouse, recuerda mis palabras. ¿Qué harán todos ustedes entonces, eh? Hemos tenido algunas refriegas, pero no es guerra. ¿Piensas que serás un hombre capaz de resistir, cuando el metal toque la carne?

—Usted lo hizo, sarge —dijo Polly—. Dijo que estuvo en algunas últimas resistencias. —Sí, muchacho. Pero yo sujetaba el metal.

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Polly regresaba pendiente arriba. Todo esto, pensó, y ni siquiera hemos llegado allí. El sarge está pensando en la chica que dejó atrás... bien, eso es normal. Y Tonker y Lofty sólo piensan una en la otra, pero supongo que después de haber estado en esa escuela... y en cuanto a Wazzer... Se preguntó cómo habría sobrevivido a la escuela. ¿Se había hecho más dura, como Tonker? ¿Se había escondido dentro, como las empleadas que iban y venían y que trabajaban mucho y que nunca tenían nombre? O quizás se había vuelto como Wazzer, y encontró alguna puerta en su propia cabeza... puedo ser humilde, pero hablo con los dioses. ... Wazzer había dicho ‘no tu posada’. ¿Le había contado a Wazzer alguna vez sobre La Duquesa? Seguramente no. Seguramente ella... pero, no, ella le había contado a Tonker, ¿verdad? Eso era todo, entonces. Todo explicado. Tonker debe haberlo mencionado a Wazzer en algún momento. Nada raro en absoluto, incluso si prácticamente nadie jamás tenía una conversación con Wazz. Era tan difícil. Era tan intensa, tan retorcida. Pero tenía que ser la única explicación. Sí. No iba a permitir que hubiera ninguna otra. Polly tembló, y fue consciente de que alguien caminaba junto a ella. Levantó la vista y gimió. —Usted es una alucinación, ¿correcto? OH, SÍ. TODOS USTEDES ESTÁN EN UN ESTADO DE SENSIBILIDAD AGUDA CAUSADA POR CONTAGIO MENTAL Y FALTA DE SUEÑO. —Si es una alucinación, ¿cómo lo sabe? LO SÉ PORQUE TÚ LO SABES. SIMPLEMENTE SOY MEJOR PARA DECIRLO. —No voy a morir, ¿verdad? Quiero decir, ¿ahora mismo? NO. PERO LES DIJERON QUE CAMINARÍAN CON MUERTE TODOS LOS

DÍAS. —Oh... sí. El Cabo Scallot lo dijo. ES UN VIEJO AMIGO. PODRÍAS DECIR QUE ESTÁ EN EL PLAN DE PAGO A PLAZOS. —¿Le molestaría caminar un poco más... invisible? POR SUPUESTO. ¿QUÉ TAL ASÍ? —¿Y callado, también? Hubo silencio, que fue presumiblemente la respuesta. —Y lústrese un poco —dijo Polly al aire vacío—. Y esa túnica necesita de un lavado. No hubo réplica, pero se sintió mejor por decirlo. Shufti había cocinado estofado de carne con pastelitos y hierbas. Estaba magnífico. Era también un misterio. —No recuerdo haber pasado una vaca, Soldado —dijo Blouse, mientras pasaba su plato de estaño para una segunda porción. —Er... no, señor. —¿Y sin embargo ha conseguido carne de res? —Er... sí, señor. Er... cuando ese escritor llegó en su carro, bien, cuando ustedes estaban conversando, er, me escurrí y eché un vistazo dentro... —Hay un nombre para quien haga ese tipo de cosas, Soldado —dijo Blouse severamente. —Sí, es intendente, Shufti. Bien hecho —dijo Jackrum—. Si ese escritor tiene hambre, siempre se puede comer sus palabras, ¿eh, Teniente? —Er... sí —dijo Blouse con cautela—. Sí. Por supuesto. Buena iniciativa, Soldado. —Oh, no fue mi idea, señor —dijo Shufti alegremente—. El sarge me dijo que lo hiciera. Polly paró, cuchara a medio camino de los labios, y movió sus ojos del Sargento al Teniente. —¿Enseña a saquear, Sargento? —dijo Blouse. Se escuchó que el escuadrón soltaba un grito entrecortado. Si éste fuera el bar de La Duquesa, los habituales estarían saliendo presurosos por la puerta y Polly estaría

ayudando a su padre a sacar las botellas del estante. —No saquear, señor, no saquear —dijo Jackrum, lamiendo su cuchara con calma—. Bajo las Reglas de la Duquesa, Regla 611, Sección 1 [c], Párrafo i, señor, estaría haciendo pillaje, o sea contra un carro de propiedad de la condenada Ankh-Morpork, señor, que está cooperando con el enemigo. El pillaje está permitido, señor. Los dos hombres mantuvieron contacto ocular por un momento, y luego Blouse extendió la mano detrás de él y dentro de su mochila. Polly vio que sacaba un libro pequeño aunque grueso. —Regla 611 —murmuró. Blouse echó un vistazo al Sargento, y pasó las páginas delgadas y brillantes—. 611. Robo, Pillaje y Saqueo. Ah, sí. Y... déjeme ver... usted está con nosotros, Sargento Jackrum, por la Regla 796, creo que usted me la recordó en ese momento... Hubo otro silencio roto solamente por el rápido paso de las páginas. No hay Regla 796, recordó Polly. ¿Van a discutir por esto? —796, 796 —dijo Blouse suavemente—. Ah... —Miró la página, y Jackrum lo miró a él. Blouse cerró el libro con un sonoro flwap. —¡Absolutamente correcto, Sargento! —dijo alegremente—. ¡Lo elogio por sus conocimientos enciclopédicos de las reglas! Jackrum parecía aturdido. —¿Qué? —¡Prácticamente la sabía al dedillo, Sargento! —dijo Blouse. Y había un brillo en sus ojos. Polly recordaba cómo Blouse miró al capitán de la caballería capturado. Era esa misma mirada, la mirada que decía: ahora tengo la ventaja. Las barbillas de Jackrum temblaron. —¿Tenía algo que añadir, Sargento? —dijo Blouse. —Er, no... señor —dijo Jackrum, su cara una abierta declaración de guerra. —Partiremos cuando salga la luna —dijo Blouse—. Sugiero que todos descansemos hasta entonces. Y entonces... prevaleceremos. —Saludó al grupo con la cabeza, y caminó hasta donde Polly había extendido su manta

al abrigo de los arbustos. Después de algunos momentos se escucharon ronquidos, que Polly se negó a creer. Jackrum tampoco, indudablemente. Se levantó y se alejó a las zancadas del fuego. Polly corrió detrás de él. —¿Escuchaste palabras? —Bien, usted citó capítulo y versículo, sarge —dijo Polly. —¿Y entonces? Se supone que los oficiales creen lo que les dicen. ¡Y entonces sonrió! ¿Lo viste? ¡Me atrapó y me sonrió! ¡Piensa que me ha ganado una, sólo porque me atrapó! —Usted mintió, sarge. —¡No lo hice Perks! ¡No es mentir cuando lo haces a los oficiales! ¡Es presentarles el mundo a la manera en que piensan que debería ser! No se puede permitir que empiecen a controlar por ellos mismos. Tienen ideas equivocadas. Te lo dije, será la muerte para todos nosotros. ¿Invadir el condenado torreón? ¡El hombre está mal de la cabeza! —¡Sarge! —dijo Polly urgentemente. —Sí, ¿qué? —¡Nos están haciendo señales, sarge! eso? —gruñó el Sargento, mirando las colinas oscurecidas—. ¡El pequeño yoyo! ¿Qué derecho tenía, verificar en el libro de

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Sobre una cima distante, parpadeando como una estrella vespertina, destellaba una luz blanca. Blouse bajó su telescopio. —Están repitiendo ‘CQ’ —dijo—. Y creo que esas pausas más largas son cuando apuntan el tubo en diferentes direcciones. Están buscando a sus espías. ‘TeBusco’, 16 ¿lo ven? ¿Soldado Igor? —Sabes cómo funciona ese tubo, ¿verdad? —Oh, ssí, sseñor. Ssimplemente enssiende una luss en la caja, y luego

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CQ, dicho en inglés se escucha como ‘siquiu’, que también vale para ‘seek you’, o sea ‘te busco’. (Nota del

traductor)

ssólo apunta y pulssa. —Usted horrorizado. —Voy a hacerlo, efectivamente, Sargento —dijo Blouse enérgicamente—. Soldado Carborundum, por favor monta el tubo. Manickle, por favor trae la linterna. Necesitaré leer el libro de claves. —¡Pero delatará nuestra posición! —dijo Jackrum. —No, Sargento, porque aunque este término podría ser desconocido para usted intentaré lo que llamamos ‘mentir’ —dijo Blouse—. Igor, estoy seguro de que tienes unas tijeras, aunque le agradecería que no intentaras repetir la palabra. 17 —Tengo algunoss de loss aparatoss que ussted menssiona, sseñor — dijo Igorina, muy tiesa. —Bien. —Blouse miró a su alrededor—. Está casi negro cuervo ahora. Ideal. Toma mi manta y corta, oh, un círculo de tres pulgadas, entonces ata la manta sobre la parte delantera del tubo. —¡Esso quitará la mayor parte de la luss, sseñor! —Efectivamente lo hará. Mi plan depende de eso —dijo Blouse con orgullo. —Señor, verán la luz, sabrán que estamos aquí —dijo Jackrum, como si le repitiera las cosas a un niño. —Ya expliqué, Sargento. Mentiré —dijo Blouse. —No puede mentir cuando... —Gracias por su comentario, Sargento, eso será todo por ahora —dijo Blouse—. ¿Estamos listos, Igor? —Un momento, sseñor —dijo Igorina, atando la manta al otro extremo del tubo—. Esstá bien, sseñor. Enssenderé la llama cuando ussted lo diga. Blouse abrió el pequeño libro. —¿Listo, Soldado? —dijo. —Sí —dijo Jade. —A la palabra ‘larga’ sujetará el gatillo hasta la cuenta de dos, y luego no va a responderle, ¿verdad, señor? —dijo Jackrum,

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La frase se refiere a tijeras, pero en inglés, que es scissors; Igor diría algo como ssissssorss. (Nota del traductor)

lo soltará. A la palabra ‘corta’ lo sujetará hasta la cuenta de uno, y lo soltará igual. ¿Lo tienes? —Sí, ET. Podría sujetarlo por muchos, si quiere —dijo Jade—. Uno, dos, muchos, montón. Soy bueno contando. Tanto como diga la palabra. —Dos serán suficientes —dijo Blouse—. Y tú, Soldado Goom, quiero que tomes mi telescopio y mires los destellos largos y cortos de esa luz ahí, ¿comprendido? Polly vio la cara de Wazzer y dijo rápidamente: —¡Yo lo haré, señor! Una pequeña mano blanca se apoyó sobre su brazo. A la mezquina luz de la linterna oscura, los ojos de Wazzer brillaban con la luz de la seguridad. —La Duquesa guía nuestros pasos ahora —dijo, y tomó el telescopio del teniente—. Lo que estamos haciendo es su trabajo, señor. —¿Lo es? Oh. Bien... eso es bueno —dijo Blouse. —Bendecirá este instrumento de ver lejos para que pueda usarlo —dijo Wazzer. —¿De veras? —dijo Blouse, nervioso—. Bien hecho. Ahora... ¿estamos listos? Transmite lo siguiente... largo... largo... corto... El obturador en el tubo hizo clic y resonó mientras el mensaje cruzaba a través del cielo. Cuando el troll bajó el tubo, hubo medio minuto de oscuridad. Y entonces: —Corto... largo... —empezó Wazzer. Blouse se llevó el libro de claves hasta la cara, moviendo los labios mientras leía los puntos de luz que escapaban de las aristas de la caja. —W... R... U —dijo—. Y M... S... G... P... R... —¡Eso no es un mensaje! —dijo Jackrum. —Por el contrario, quieren saber dónde estamos porque tienen dificultad para ver nuestra luz —dijo Blouse—. Transmite lo siguiente... corto... —¡Protesto, señor! Blouse bajó el libro. —Sargento, estoy a punto de decirle a nuestro espía que estamos siete millas más lejos de lo que realmente estamos, ¿comprende? Y estoy seguro quiera. Simplemente

de que nos creerán porque he reducido artificialmente la salida de luz de nuestro dispositivo, ¿comprende? Y les diré que sus espías han tropezado con una partida muy grande de reclutas y desertores que van hacia las montañas y están tras sus talones, ¿comprende? Estoy haciendo que seamos invisibles, ¿comprende? ¿Comprende, Sargento Jackrum? El escuadrón contuvo la respiración. Jackrum se puso rígidamente en atención. —¡Completamente entendido, señor! —dijo. —¡Muy bien! Jackrum continuó en atención mientras continuaban intercambiando mensajes, como un alumno desobediente forzado a estar parado junto al escritorio del profesor. Los mensajes relampagueaban a través del cielo, de cima a cima. Unas luces parpadearon. El tubo de clacks traqueteaba. Wazzer gritaba cortos y largos. Blouse garabateada en el libro. —S... P... P... 2 —dijo en voz alta—. Ja. Es una orden de quedarnos donde estamos. —Más destellos, señor —dijo Wazzer. —T... Y... E... 3... —dijo Blouse, todavía tomando notas—. Eso es ‘están listos para ayudar’. N... V... A... S... N... Eso es... —¡Ésa no es una clave, señor! —dijo Polly. —¡Soldado, transmite lo siguiente ahora mismo! —gruñó Blouse—. Largo... largo... El mensaje se fue. Observaron mientras caía el rocío y, en el cielo, salían las estrellas y parpadeaban un mensaje que nunca nadie trataba de leer. Los clacks se quedaron en silencio. —Ahora partiremos lo antes posible —dijo Blouse. Tosió ligeramente—. Creo que la frase es ‘Larguémonos de aquí’. —Casi, señor —dijo Polly—. Muy... cerca.

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Había una vieja, muy vieja canción en Borogravia con más Zs y Vs en ella que las que alguna persona de los países bajos pudiera pronunciar. Se llamaba ‘¡Plogviehze!’. Quería decir ‘¡El Sol Ha Salido! ¡Hagamos La Guerra!’. Necesitabas de una clase especial de historia para poner todo eso en una palabra. Sam Vimes suspiró. Los países pequeños aquí peleaban por el río, por tratados idiotas, por sucesiones reales, pero principalmente porque siempre habían peleado. Hacían la guerra, a decir verdad, porque salía el sol. Esta guerra estaba atada en un nudo. Río abajo, el valle se estrechaba en un cañón antes de que el Kneck cayera en una cascada de cuarta milla de altura. Alguien que tratara de pasar a través de las montañas irregulares se encontraría en un mundo de desfiladeros, lomos afilados, hielo permanente y muerte aun más permanente. Alguien que tratara de cruzar el Kneck hacia Zlobenia ahora sería matado sobre la costa. La única manera de salir del valle era regresar a lo largo del Kneck, que pondría a un ejército bajo la sombra del torreón. Esto estaba bien con el torreón en manos de Borogravia. Ahora que había sido capturado, pasarían al alcance de sus propias armas. ¡... y qué armas! Vimes había visto catapultas que podían lanzar una pelota de piedra a tres millas. Cuando aterrizaba, se agrietaba en metralla afilada. O estaba la otra máquina que enviaba discos de acero de seis pies de diámetro por el aire. En cuanto golpeaban el suelo y rebotaban otra vez eran tan fiables como el infierno, pero sólo los hacía más terroríficos. Le habían dicho a Vimes que el disco afilado probablemente continuaría unos cientos de yardas, sin importar cuántos hombres o caballos encontrara en el camino. Y eran sólo las ideas más recientes. Había muchas armas convencionales, si por eso se entienden arcos gigantes, y catapultas que lanzaban pelotas de fuego Efebano, que pegaban mientras quemaban. Desde aquí arriba, en su ventosa torre, podía ver los fuegos del ejército atrincherado cruzando la llanura. No podían retirarse, y la alianza, si así podías llamar al petulante tumulto, no se atrevía a dirigirse valle arriba hacia el corazón del país con ese ejército en su retaguardia, ya que no tenía suficientes hombres para sostener el torreón y acorralar al enemigo.

Y en unas semanas empezaría a nevar. Los pasos se llenarían. Nada podría pasar. Y todos los días, miles de hombres y caballos necesitarían alimentación. Por supuesto, los hombres podían eventualmente comerse a los caballos, y por lo tanto resolver dos problemas de alimentación de un solo golpe. Después de eso, tendría que ser la buena y vieja pierna rota, la cuál según Vimes supo por uno de los Zlobenianos más amigables, era una característica común de la guerra de invierno por aquí. Ya que era el Capitán ‘Rengo’ Splatzer, 18 Vimes le creyó. Y luego llovería, y luego la lluvia y el deshielo de nieve juntos convertirían al maldito río en una inundación. Pero antes de eso la alianza se habría separado y todos se habrían ido a casa. Todo lo que los Borogravianos tenían que hacer, a decir verdad, era sostener su terreno para establecer un empate. Maldijo por lo bajo. El Príncipe Heinrich había heredado el trono en un país donde la exportación principal era una especie de zueco de madera pintado a mano, pero en diez años, lo juraba, ¡su ciudad capital de Rigour sería la ‘Ankh-Morpork de las montañas’! Por alguna razón, él pensaba que Ankh-Morpork se sentiría complacida por esto. Estaba ansioso, decía, por aprender la manera Ankh-Morpork de hacer las cosas, esa clase de inocente ambición que bien podría llevar a un aspirante a gobernante... bien, a averiguar la manera Ankh-Morpork de hacer las cosas. Heinrich tenía una reputación local de astuto, pero hacía mil años que Ankh-Morpork había superado a los astutos, había sobrepasado a los taimados, había dejado atrás a los ingeniosos y ahora, por una ruta indirecta, había llegado a la sencillez. Vimes hojeó los papeles sobre el escritorio, y levantó la vista cuando escuchó un grito agudo y áspero afuera. Entró un halcón en vuelo largo y bajo a través de la ventana abierta y se apoyó en una percha improvisada en el otro extremo de la habitación. Vimes se acercó tranquilo mientras la pequeña figura sobre la espalda del ave se levantaba los anteojos para volar.
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Hopalong en el original. Como ‘hop’ es brincar, y ‘along’ es andar o seguir, se traduce como ‘el que camina a los

brincos’ o ‘rengo’. (Nota del traductor)

—¿Cómo va eso, Buggy? —dijo. —Están recelosos, Mister Vimes. Y la Sargento Angua dice que se está poniendo un poco peligroso ahora que están tan cerca. —Dile que avance, entonces. —Correcto, señor. Y todavía necesitan café. —¡Oh, maldición! ¿No han encontrado nada? —No, señor, y se está poniendo difícil con el vampiro. —¡Bien, si están recelosos ahora entonces estarán seguros si dejamos caer un pote de café sobre ellos! —La Sargento Angua dice que probablemente lo logremos, señor. No dijo por qué. —El gnomo miró expectante a Vimes. También su halcón—. Han llegado lejos, señor. Para ser un grupo de muchachas. Bien... principalmente muchachas. Vimes extendió la mano distraído para acariciar el ave. —¡No lo haga, señor! ¡Le arrancará su pulgar! —gritó Buggy. Se escuchó una llamada a la puerta, y Reg entró con una bandeja de carne cruda. —Vi a Buggy en el cielo, así que pensé en ir rápido a la cocina, señor. —Bien hecho, Reg. ¿No te preguntan por qué quieres carne cruda? —Sí, señor. Les digo que la come usted, señor. Vimes hizo una pausa antes de responder. Reg tenía buenas intenciones, después de todo. —Bien, probablemente no le haga ningún daño a mi reputación —dijo—. A propósito, ¿qué está sucediendo abajo en la cripta? —Oh, no son lo que llamaría zombis correctos, señor —dijo Reg, seleccionando un trozo de carne y haciéndola oscilar enfrente de Morag—. Más como hombres muertos que caminan. —Er... ¿sí? —dijo Vimes. —Quiero decir que no hay real pensamiento allí —continuó el zombi, tomando otro trozo de conejo crudo—. Ninguno acepta la oportunidad de una vida más allá de la tumba, señor. Son sólo muchos viejos recuerdos sobre piernas. Ese tipo de cosas le dan mal nombre a los zombis, Señor Vimes. Me pone tan molesto —Morag trató de picotear otro trozo de pelo de

conejo ensangrentado que Reg, inconsciente por el momento, estaba agitando sin sentido. —Er... ¿Reg? —dijo Buggy. —¿Qué difícil puede ser, señor, moverse con los tiempos? Ahora tome mi caso, por ejemplo. Un día desperté muerto. ¿Acaso... —¡Reg! —advirtió Vimes, mientras la cabeza de Morag se movía de un lado al otro. —... me quedé echado? ¡No! Y yo no... —¡Reg, ten cuidado! ¡Acaba de sacarte dos de tus dedos! —¿Qué? Oh. —Reg sujetó su mano despojada y la miró—. Oh, vaya, ¿quiere ver eso? —Miró detenidamente el piso, en la esperanza de que hubieran sido arrojados—. Maldición. ¿Hay alguna posibilidad de que podamos hacer que vomite? —Sólo metiendo tus dedos por su garganta, Reg. Lo siento. Buggy, haz lo que puedas, por favor. Y tú, Reg, vuelve abajo y ve si tienen algo de café, ¿quieres?

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—Oh cielos —murmuró Shufti. —Es grande —dijo Tonker. Blouse no dijo nada. —¿No lo había visto antes, señor? —dijo Jackrum alegremente, mientras miraban el distante torreón desde donde estaban tendidos en unos arbustos a media milla de distancia. Si hay una escala para castillos de cuentos de hadas, donde el tope está ocupado por ésos blancos, llenos de agujas con los techos azules puntiagudos, entonces el Torreón Kneck era bajo, negro y colgaba de su afloramiento como una nube de tormenta. Un lecho del Kneck corría a su alrededor; a lo largo de la península donde estaba construido el camino de acceso era amplio y sin cobertura y un paseo ideal para los que estaban cansados de la vida. Blouse asimiló todo eso. —Er, no, Sargento —dijo—. He visto imágenes, por supuesto, pero... no

le hacen justicia. —¿Alguno de los libros que lee le dicen qué hacer, señor? —dijo Jackrum. Estaban tendidos en unos arbustos a media milla de distancia. —Posiblemente, Sargento. En El Arte de la Guerra, Song Sung Lo dice: ganar sin pelear es la mayor victoria. El enemigo desea que ataquemos donde es más fuerte. Por lo tanto, lo decepcionaremos. Se presentará una manera, Sargento. —Bien, nunca se me ha presentado, y he estado aquí docenas de veces —dijo Jackrum, todavía sonriendo—. ¡Ja, incluso las ratas tendrían que disfrazarse como lavanderas para entrar en ese lugar! Incluso si cruza ese camino, tiene entradas angostas, agujeros en el techo por donde verter aceite caliente, por todos lados puertas que un troll no podría destruir, un par de laberintos, cien pequeñas maneras en que le pueden disparar. Oh, es un maravilloso lugar para atacar. —¿Me pregunto cómo entró la alianza? —dijo Blouse. —A traición, probablemente, señor. El mundo está lleno de traidores. O quizás descubrieron la entrada secreta, señor. ¿Sabe, señor? La que usted está seguro que está ahí. ¿O tal vez lo ha olvidado? Es la clase de cosas que pueden borrarse de su mente cuando está ocupado, supongo. —Haremos un reconocimiento, Sargento —dijo Blouse fríamente, mientras salían gateando de los arbustos. Se quitó las hojas del uniforme. Thalacephalos o, como Blouse le decía, ‘el confiable corcel’ se había perdido millas atrás. No podías andar a hurtadillas a caballo y, como Jackrum señaló, la criatura era demasiado flaca para que alguien quisiera comerla y demasiado cruel que alguien quisiera montarla. —Correcto, señor, sí, será mejor que lo hagamos, señor —decía Jackrum ahora, todo amabilidad jocosa—. ¿Dónde le gustaría hacer un reconocimiento, señor? —Debe haber una entrada secreta, Sargento. Nadie construiría un lugar así con sólo una entrada. ¿De acuerdo? —Sísseñor. Pero, quizás la mantuvieron en secreto, señor. Sólo trato de ayudar, señor. Giraron al sonido de una urgente oración. Wazzer había caído de

rodillas, las manos juntas. El resto del escuadrón se alejó lentamente. La devoción es algo maravilloso. —¿Qué está haciendo, Sargento? —dijo Blouse. —Rezando, señor —dijo Jackrum. —He notado que reza mucho. ¿Eso, er, está dentro de las reglas, Sargento? —susurró el teniente. —Siempre es difícil, señor, ese punto —dijo Jackrum—. Yo mismo he rezado muchas veces sobre el campo de batalla. Muchas veces me dijeron Soldado Rezador, señor, y no me molesta admitirlo. —Er... creo que no conozco esa oración —dijo Blouse. —Oh, calculo que las palabras le vendrán bastante pronto, señor, cuando esté frente al enemigo. Generalmente, sin embargo, son del estilo de ‘Oh Dios, permíteme matar a este bastardo antes de que me mate’. — Jackrum sonrió ante la expresión de Blouse—. Ésa es la que llamo la Versión Autorizada, señor. —Sí, Sargento, ¿pero dónde estaríamos si todos rezáramos constantemente? —dijo el Teniente. —En el cielo, señor, sentados a la derecha de Nuggan —dijo Jackrum inmediatamente—. Eso me enseñaron cuando era un chiquillo pequeño, señor. Por supuesto, estaría un poco lleno de gente así que simplemente no lo hacemos. En ese punto, Wazzer dejó de rezar y se puso de pie, quitándose el polvo de las rodillas. Mostró al escuadrón su sonrisa brillante y preocupada. —La Duquesa guiará nuestros pasos —dijo. —Oh. Bien —dijo Blouse débilmente. —Nos mostrará el camino. —Maravilloso. Er... ¿mencionó alguna referencia en el mapa? —dijo el Teniente. —Nos dará ojos para que podamos ver. —¿Ah? Bien. Bien, muy bien —dijo Blouse—. Me siento definitivamente mucho mejor al saberlo. ¿Usted no, Sargento? —Sísseñor —dijo Jackrum—. Porque antes de esto, señor, no teníamos una oración.

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Exploraron de a tres, mientras el resto del escuadrón permanecía en un profundo hueco entre los arbustos. Había patrullas enemigas, pero no era difícil evitar a media docena de hombres que se mantienen en los senderos y que no tienen cuidado de no hacer ruido. Los soldados eran de Zlobenia, y actuaban como si poseyeran el sitio. Por alguna razón Polly terminó patrullando con Maladict y Wazzer o, para decirlo de otra manera, un vampiro al borde y una muchacha que estaba posiblemente tan lejos sobre él que había encontrado un nuevo borde más allá del horizonte. Ella estaba cambiando todos los días, ése era un hecho. El día que todos se enrolaron, una vida atrás, era una pequeña muchacha de la calle, temblorosa y que se estremecía ante las sombras. Ahora, a veces parecía más alta, llena de alguna seguridad etérea, y las sombras huían de ella. Bien, no era un hecho real, lo admitió Polly. Pero caminaba como si lo fuera. Y entonces vino el Milagro del Pavo. Fue difícil de explicar. Los tres se movían a lo largo del despeñadero. Rodearon un par de puestos de vigilancia de Zlobenia, ocultos por el olor de hogueras pero, desafortunadamente, no por el olor de café. Maladict parecía estar mayormente en control, excepto por una tendencia de mascullar letras y números por lo bajo, pero Polly lo detuvo bajo amenaza de golpearlo con un palo la próxima vez que lo hiciera. Llegaron a un borde del despeñadero que les daba otra vista del torreón, y otra vez Polly levantó el telescopio y exploró las paredes desnudas y rastrilló las rocas por cualquier señal de otra entrada. —Miren abajo, en el río —dijo Wazzer. El círculo de visión se puso borroso mientras Polly cambiaba el foco; cuando dejó de moverse vio la cosa blanca. Tuvo que bajar el instrumento para ver lo que estaba mirando. —Oh cielos —dijo. —Tiene sentido, sin embargo —dijo Maladict—. Y hay un sendero a lo

largo del río, ¿lo ven? Hay un par de mujeres sobre él. —Entrada diminuta, sin embargo —dijo Polly—. Y sería tan fácil registrar a las personas por armas. —Los soldados no podrían pasar —dijo el vampiro. —Nosotros podríamos —dijo Polly—. Y somos soldados. ¿Verdad? Hubo una pausa antes de que Maladict dijera: —Los soldados necesitan armas. Las espadas y las ballestas se notan. —Habrá armas adentro —dijo Wazzer—. Me lo dijo la Duquesa. El castillo está lleno de armas. —¿Te dijo cómo hacer para que el enemigo las suelten? —dijo Maladict. —De acuerdo, de acuerdo —dijo Polly rápidamente—. Deberíamos contarle al rupert lo antes posible, ¿de acuerdo? Regresemos. —Espera, yo soy el Cabo —dijo Maladict. —¿Bien? —dijo Polly—. ¿Y? —Regresemos —dijo Maladict. —Buena idea. Debería haber escuchado el canto de las aves, se dijo después. Los llamados frenéticos a la distancia le habrían contado las noticias, si sólo hubiera estado lo bastante tranquila para escuchar. No habían caminado más de treinta yardas cuando vieron al soldado. Alguien del ejército de Zlobenia era peligrosamente inteligente. Se había dado cuenta de que la manera de descubrir a los intrusos no era marchando ruidosamente a lo largo de los senderos trillados, sino escurrirse silenciosamente entre los árboles. El soldado tenía una ballesta; tenía una suerte total... probablemente la suerte total de que estuviera mirando hacia el otro lado cuando Polly salió de un arbusto de acebos. Se lanzó detrás de un árbol y gesticuló locamente a Maladict más allá en el sendero, que tuvo el sentido de cubrirse. Polly sacó su espada y la sostuvo con ambas manos contra su pecho. Podía escuchar al hombre. Estaba un poco más lejos, pero se dirigía hacia ella. Probablemente el pequeño puesto de vigilancia que acababan de encontrar era un punto regular en la ruta de patrullas. Después de todo, pensó amargamente, era sólo la clase de cosas que unos idiotas sin

formación podrían encontrar; tal vez una patrulla silenciosa incluso podía sorprenderlos allí... Cerró los ojos y trató de respirar normalmente. ¡Eso era esto eso era todo eso era todo! Fue cuando lo averiguó. Qué recordar qué recordar qué recordar... cuando el metal encuentre la carne... tú debes sujetar el metal. Podía sentir el gusto del metal en su boca. El hombre pasaría junto a ella. Estaría alerta, pero no tan alerta. Un corte sería mejor que una cuchillada. Sí, un buen golpe a la altura de la cabeza mataría... ... el hijo de alguna madre, el hermano de alguna hermana, algún muchacho que seguía el tambor por un chelín y su primer traje nuevo. Si sólo hubiera sido entrenada, si sólo hubiera pasado unas semanas apuñalando hombres de paja hasta que pudiera creer que todos los hombres estaban hechos de paja... Se quedó congelada. Más abajo del recodo del sendero, quieta como un árbol, la cabeza inclinada, estaba Wazzer. Tan pronto como el explorador llegara al árbol de Polly, la vería. Tendría que hacerlo ahora. Quizás los hombres lo hacían por eso. No lo hacías para salvar duquesas, o países. Matabas al enemigo para evitar que matara a tus compañeros, que a su vez podrían salvarte... Podía escuchar los pasos cautelosos cerca del árbol. Levantó el sable, vio que la luz destellaba a lo largo de su borde... Un pavo salvaje surgió de la maleza del otro lado del sendero en una ascendente torre de alas, plumas y ruidos llenos de ecos. Medio volando, medio corriendo, saltó rápidamente hacia el bosque. Se escuchó el ruido sordo de un arco y un último graznido. —Oh, buen tiro, Woody —dijo una voz cercana—. ¡Parece uno grande! —¿Vieron eso? —dijo otra voz—. ¡Otro paso y lo habría pisado! Detrás de su árbol, Polly espiró. Una tercera voz, un poco más lejos, gritó: —Volvamos ahora, ¿eh, Cabo? ¡Por la forma en que salió, el Tigre debe haber corrido una milla!

—Sí, y estoy tan asustado —dijo la voz más cercana—. El Tigre está detrás de cada árbol, ¿correcto? —De acuerdo, demos por terminado el día. Mi esposa lo cocinará de maravillas... Gradualmente, las voces de los soldados se perdieron entre los árboles. Polly bajó la espada. Vio que Maladict espiaba desde su arbusto y la miraba. Ella levantó un dedo a sus labios. Él asintió. Esperó hasta que el canto de las aves se calmó un poco antes de salir. Wazzer parecía estar perdida en sus pensamientos; Polly la llevó de la mano con mucho cuidado. Silenciosamente, escondiéndose de árbol en árbol, regresaron al hueco. Más particularmente, Polly y Maladict no hablaban. Pero se miraron a los ojos una o dos veces. Por supuesto, un pavo se habría quedado oculto hasta que un cazador casi caminara sobre él. Por supuesto, debía haber estado ahí todo el tiempo, y sólo perdió su calma de ave cuando el explorador se acercó sigilosamente. Era un ave inusitadamente grande, una que ningún soldado hambriento podría resistir, pero... ¿bien? Porque el cerebro no deja de pensar traicioneramente sólo porque quieres que lo haga, añadió Polly: ella dijo que la Duquesa podía mover cosas pequeñas. ¿Qué tan pequeño es un pensamiento en la mente de un ave? Solamente Jade e Igorina los esperaban en el hueco. Los otros habían encontrado una mejor base a una milla de distancia, dijeron. —Encontramos la entrada secreta —dijo Polly tranquilamente, mientras se alejaban. —¿Podemos entrar? —preguntó Igorina. —Es la entrada de las lavanderas —dijo Maladict—. Está justo río abajo. Pero hay un sendero. —¿Lavanderas? —dijo Igorina—. ¡Pero esto es una guerra! —La ropa todavía se ensucia, supongo —dijo Polly. —Más que antes, debo pensar —dijo Maladict. —Pero... ¿nuestras compatriotas? ¿Lavando ropa para el enemigo? — dijo Igorina, conmocionada.

—Si es eso o morir de hambre, sí —dijo Polly—. Vi a una mujer que salía llevando una canasta de panes. Dicen que el torreón está lleno de graneros. De todos modos, cosiste a un oficial enemigo, ¿verdad? —Eso es diferente —dijo Igorina—. Tenemos el deber obligatorio de ssalvar a nuestros hom... personas. Nunca nada se ha dicho sobre su... ropa interior. —Podríamos entrar —dijo Polly—, si nos disfrazáramos como mujeres. El silencio dio la bienvenida a esta idea. Entonces: —¿Disfrazarnos? —dijo Igorina. —¡Sabes qué quiero decir! —dijo Polly. —¿Como lavanderas? —dijo Igorina—. ¡Éstas son las manos de un ssirujano! —¿De veras? ¿Dónde las conseguiste? —dijo Maladict. Igorina le sacó la lengua. —De todos modos, no creo que debamos hacer ningún lavado —dijo Polly. —Entonces, ¿qué planeas? —dijo Igorina. Polly vaciló. —Quiero sacar a mi hermano si está ahí —dijo—. Y si pudiéramos detener la invasión sería una buena idea. —Eso podría necesitar almidón adicional —dijo Maladict—. No quiero estropear el espíritu del momento, lo saben, pero ésa es una idea realmente horrible. ET no estará de acuerdo con algo tan salvaje como eso. —No, tienes razón —dijo Polly—. Pero lo sugerirá.

—Hum —dijo Blouse, un poco más tarde—. ¿Lavanderas? ¿Es eso habitual, Sargento Jackrum? —Oh, sí, señor. Supongo que lo hacen las mujeres de los pueblos por aquí, exactamente como lo hacían cuando nosotros teníamos el torreón — dijo Jackrum. —¿Quiere decir que ayudan y dan comodidad al enemigo? ¿Por qué? —Mejor que pasar hambre, señor. Hecho de la vida. No siempre termina

con el lavado, tampoco. —¡Sargento, ruborizándose. —Tendrán que saber sobre planchar y zurcir tarde o temprano, señor — dijo Jackrum, sonriendo. Blouse abrió la boca. Blouse cerró la boca. —El té está listo, señor —dijo Polly. El té era algo asombrosamente útil. Te daba una excusa para hablar con cualquiera. Estaban en lo que quedaba de una granja en ruinas. Por el aspecto, ni siquiera las patrullas se molestaban en venir aquí —no había signo de antiguos fuegos ni siquiera de ocupación temporal. Apestaba a decadencia y medio techo había desaparecido. —¿Las mujeres sólo vienen y van, Perks? —dijo el teniente. —Sí, señor —dijo Polly—. Y tuve una idea, señor. ¿Permiso para decirle mi idea, señor? —Vio que Jackrum levantaba una ceja. Estaba cargando la mano, tenía que admitirlo, pero el tiempo presionaba. —Hazlo, por favor, Perks —dijo Blouse—. De otro modo temo que vayas a estallar. —¡Podrían ser espías para nosotros, señor! ¡Podríamos incluso conseguir que nos abran las puertas! —¡Bien hecho, Soldado! —dijo Blouse—. Me gusta que un soldado piense. —Sí, correcto —gruñó Jackrum—. Un poco más agudo y se cortará a sí mismo. Señor, son lavanderas, señor, básicamente. Sin ofender al joven Perks, muchacho agudo que es, pero un guardián promedio presta atención cuando la Vieja Madre Riley trata de abrir las puertas. No hay sólo un par de puertas, tampoco. Hay seis pares, y pequeños patios bonitos entre ellas para que los guardianes le echen un vistazo para ver si usted es enemigo, y puentes levadizos, y techos llenos de puntas que caen si a alguien no le gusta su aspecto. ¡Trate de abrir ese montón con manos jabonosas! —Me temo que el Sargento tiene un punto, Perks —dijo Blouse tristemente. —Bien, suponiendo que un par de mujeres se las arreglaran para hay jóvenes aquí! —dijo Blouse con brusquedad,

golpear a algunos guardianes, señor, podrían dejarnos entrar por su pequeña puerta —dijo Polly—. ¡Incluso podríamos capturar al comandante del fuerte, señor! Apuesto a que hay muchas mujeres en el torreón, señor. En las cocinas, y eso. ¡Podrían... abrir puertas para nosotros! —Oh, vamos, Perks... —empezó Jackrum. —No, Sargento. Espere —dijo Blouse—. Muy asombroso, Perks. En tu entusiasmo juvenil me has dado, aunque no te hayas dado cuenta, una idea muy interesante... —¿Sí, señor? —dijo Polly, quien en su entusiasmo juvenil había considerado tatuar la idea sobre la cabeza de Blouse. Para ser alguien tan inteligente, era realmente lento. —Efectivamente, Perks —dijo Blouse—. Porque, por supuesto, sólo necesitamos de una ‘lavandera’ que nos deje entrar, ¿verdad? Las comillas sonaban prometedoras. —Bien, sí, señor —dijo Polly. —Y, si uno como quien no quiere pensara ‘fuera de la caja’, ¡la ‘mujer’ en realidad no necesita ser una mujer! Blouse estaba radiante. Polly permitió que su frente se arrugara en honesta perplejidad. —¿No lo necesita, señor? —dijo—. Creo que no comprendo totalmente, señor. Estoy perplejo, señor. —¡‘Ella’ puede ser un hombre, Perks! —dijo Blouse, casi estallando de placer—. ¡Uno de nosotros! ¡Disfrazado! Polly lanzó un suspiro de alivio. El Sargento Jackrum rió. —¡El Señor lo bendiga, señor, disfrazarse de lavandera es para salir de los lugares! ¡Reglas militares! —¡Si un hombre entrara, podría dejar incapacitado a cualquier guardián cerca de la puerta, espiar la situación desde una perspectiva militar, y permitir que el resto de los soldados entre! —dijo Blouse—. ¡Si fuera hecho de noche, hombres, podríamos tener posiciones clave por la mañana! —Pero éstos no son hombres, señor —dijo Jackrum. Polly giró. El Sargento la estaba mirando, directo a través de ella. Oh maldición, quiero decir maldición... él lo sabe...

—¿Perdone? —Son... mis pequeños muchachos, señor —continuó Jackrum, haciendo un guiño a Polly—. Muchachos agudos, llenos de coraje, pero no son para cortar gargantas y clavar corazones. Se enrolaron para ser lanceros en la urgencia, señor, en un ejército correcto. Ustedes son mis pequeños muchachos, les dije cuando los enrolé, y los cuidaré. ¡No puedo quedarme a un lado y dejar que los lleve a una muerte segura! —Es mi decisión, Sargento —dijo Blouse—. Estamos en ‘la bisagra del destino’. ¿Quién, si fuera necesario, no está listo para brindar su vida por su país? —En una correcta pelea de a pie, señor, no para ser golpeados en la cabeza por un grupo de hombres desagradables porque anduvieron alrededor de su fuerte. Usted sabe que nunca he sido de espías y de esconder colores, señor, nunca. —Sargento, no tenemos elección. Debemos aprovechar la ‘marea de la fortuna’. —Conozco de mareas, señor. Dejan jadeando a los pequeños peces. — El Sargento se puso de pie, los puños apretados. —Su preocupación por sus hombres le hace honor, Sargento, pero nos corresponde... —¿Una última y famosa resistencia, señor? —dijo Jackrum. Escupió expertamente en el fuego de la chimenea en ruinas—. Al infierno con ellos, señor. ¡Es sólo una manera de morir famoso! —Sargento, su insubordinación se está poniendo... —Yo iré —dijo Polly tranquilamente. Ambos hombres pararon, giraron y la miraron. —Yo iré —repitió Polly, más alto—. Alguien debería ir. —¡No seas tonto, Perks! —dijo Jackrum con brusquedad—. No sabes qué hay ahí, no sabes qué guardianes esperan justo dentro de la puerta, no sabes... —Lo averiguaré, entonces, sarge, verdad —dijo Polly, sonriendo desesperadamente—. Tal vez pueda llegar a algún sitio que puedan ver y enviarles señales, o...

—Sobre este asunto, al menos, el Sargento y yo somos de una misma idea, Perks —dijo Blouse—. En realidad, Soldado, simplemente no resultaría. Oh, eres valiente, no hay dudas, ¿pero qué te hace pensar que tienes la posibilidad de pasar por una mujer? —Bien, señor... ¿qué? —Tu interés no pasará sin que se registre, Perks —dijo Blouse, sonriendo—. Pero, sabes, un buen oficial tiene un ojo en sus hombres y tengo que decir que he notado en ti, en todos ustedes, pequeños... hábitos, perfectamente normales, nada por qué preocuparse, como la profunda exploración ocasional de una fosa nasal tal vez, y una tendencia a sonreír después de lanzar ventosidades, una juvenil inclinación natural a, ejem, rascarse... en público... ese tipo de cosas. Ésta es la clase de pequeños detalles que te delatarán en un santiamén y que le dirían a cualquier observador que eres un hombre con ropa femenina, créeme. —Estoy segura de que podría quitármelos, señor —dijo Polly débilmente. Podía sentir los ojos de Jackrum sobre ella. Tú lo sab... tú lo sabes condenadamente bien, ¿verdad? ¿Desde cuándo lo sabes? Blouse sacudió la cabeza. —No, no se dejarían engañar ni por un instante. Son un buen grupo de muchachos, pero sólo hay un hombre aquí que tendría una posibilidad de salirse con la suya. ¿Manickle? —¿Sísseñor? —dijo Shufti, rígida con pánico instantáneo. —¿Crees que puedes conseguir un vestido para mí? Maladict fue el primero en romper el silencio. —Señor, ¿está diciéndonos... que tratará de meterse vestido como una mujer? —Bien, evidentemente soy el único que ha tenido alguna práctica —dijo Blouse, frotándose las manos—. En mi vieja escuela, nos poníamos y sacábamos faldas todo el tiempo. —Miró el círculo de caras completamente inexpresivas—. Teatro de aficionados, ¿lo ven? —dijo alegremente—. No había chicas en nuestro internado, por supuesto. Pero no permitíamos que eso nos detuviera. Vaya, todavía se comenta mi Lady Spritely en Una Comedia de Cornudos, según entiendo, y en cuanto a mi Yumyum... ¿Está

bien el Sargento Jackrum? El Sargento se había doblado, pero con la cara al nivel de sus rodillas logró gruñir: —Vieja herida de guerra, señor. Vino sobre mí de repente, parece. —Por favor ayúdalo, Soldado Igor. Dónde estaba... puedo ver que todos parecen perplejos, pero no hay nada extraño en esto. Buena y antigua tradición, hombres que se visten como chicas. En el sexto curso, los muchachos solían hacerlo como broma todo el tiempo. —Hizo una pausa de un momento, y añadió pensativo—: Especialmente Wrigglesworth, por alguna razón... —Sacudió la cabeza como si quitara una idea y continuó—: De todos modos, tengo algo de experiencia en este campo, ¿lo ven? —¿Y... qué haría si... quiero decir cuando entre, señor? —dijo Polly—. No sólo tendrá que engañar a los guardianes. Habrá otras mujeres ahí. —Eso no presentará problemas, Perks —dijo Blouse—. Actuaré de una manera femenina y tengo este truco de escenario, lo ves, donde mi voz suena muy aguda, de este modo. —El falsete podría haber roto un vidrio—. ¿Lo ven? —dijo—. No, si necesitamos una mujer, yo soy su hombre. —Asombroso, señor —dijo Maladict—. Por un momento hubiera jurado que había una mujer en la habitación. —Y ciertamente podría averiguar si hay otras entradas poco custodiadas —continuó Blouse—. Quién sabe, ¡podría incluso conseguir una llave de uno de los guardianes por medio de artimañas femeninas! En todo caso, si las cosas están despejadas enviaré una señal. Una toalla que cuelga de una ventana, quizás. Algo evidentemente anormal, de todos modos. Hubo un poco más de silencio. Varios del escuadrón miraban el techo. —S-sí —dijo Polly—. Puedo ver que lo ha pensado cuidadosamente, señor. Blouse suspiró. —Si sólo Wrigglesworth estuviera aquí —dijo. —¿Por qué, señor? —Tipo asombrosamente inteligente en poner sus manos sobre un vestido, el joven Wrigglesworth —dijo el teniente. Polly captó la mirada de Maladict. El vampiro hizo una mueca y se

encogió de hombros. —Hum... —dijo Shufti. —¿Sí, Manickle? —Tengo una enagua en mi mochila, señor. —¡Santo cielo! ¿Por qué? Shufti se puso roja. No había inventado una respuesta. —Vendajess, sseñor —intervino Igorina suavemente. —¡Sí! ¡Sí! ¡Eso es correcto! —dijo Shufti—. Yo... la encontré en la posada, allá en Plün... —Le pedí a loss muchachoss que tomaran cualquier lino apto que pudieran encontrar, sseñor. Por lass dudass. —¡Pensamiento muy sensato, hombre! —dijo Blouse—. ¿Alguien más tiene algo? —No me ssorprendería en abssoluto, sseñor —dijo Igorina, mirando alrededor de la habitación. Unas miradas fueron intercambiadas. Unas mochilas fueron abiertas. Todas excepto Polly y Maladict tenían algo, presentado con ojos bajos. Una bata, una enagua y, en la mayoría de los casos, una bufanda de algodón, llevada por una especie de necesidad residual e inexplicable. —Obviamente deben haber pensado que nos harían daño seriamente — dijo Blouse. —No sse puede tener demassiado cuidado, sseñor —dijo Igorina. Sonrió a Polly. —Por supuesto, tengo el pelo algo corto actualmente... —musitó Blouse. Polly pensó en sus bucles, ahora perdidos y probablemente acariciados por Strappi. Pero la desesperación rebobinó su memoria. —Parecían mujeres más viejas, principalmente —dijo rápidamente—. Llevaban pañuelos y tocados. Estoy seguro de que Igori... seguro de que Igor puede hacer algo, señor. —Nossotross los Igorss tenemoss muchoss recurssoss, sseñor —dijo Igorina, de acuerdo. Sacó una cartera de cuero negro de su chaqueta—. Diess minutoss con una aguja, sseñor, ess todo lo que nessessito. —Oh, puedo hacer ancianas maravillosamente bien —dijo Blouse. Con

una velocidad que hizo saltar a Lofty, de repente puso ambas manos retorcidas como garras, torció la cara en una expresión de loca imbecilidad y gritó—: ¡Oh santo cielo! ¡Mis pobres pies viejos! ¡Las cosas hoy no son lo que solían ser! ¡Caray! Detrás de él, el Sargento Jackrum puso la cabeza entre sus manos. —Asombroso, señor —dijo Maladict—. ¡Nunca he visto una transformación como ésa! —¿Quizás sólo un poquito menos vieja, señor? —sugirió Polly, aunque en verdad Blouse le había recordado a su tía Hattie con dos tercios de un vaso de jerez. —¿Eso crees? —dijo Blouse—. Oh, bien, si estás muy seguro. —Y, er, si se encuentra con un guardián, er, las ancianas generalmente no tratan a, tratan de... —... besuquear... —susurró Maladict, cuya mente se había lanzado evidentemente por la misma horrible pendiente. —... besuquearse con ellos —terminó Polly, ruborizándose, y luego de pensarlo por segunda vez añadió—, a menos que haya tomado un vaso de jerez, de todos modos. —Y ssugiero que ussted vaya y sse dé una afeitada, sseñor... —¿Afeitada? —dijo Blouse. —Afeitarse, señor —dijo Polly—. Pondré el equipo, señor. —Ooh, sí. Por supuesto. No se ven muchas mujeres viejas con barbas, ¿eh? Excepto mi tía Parthenope, según recuerdo.[39] Y... er... nadie tiene un par de globos, ¿verdad? —Er, ¿por qué, señor? —dijo Tonker. —Un pecho grande siempre logra una risa —dijo Blouse. Miró la hilera de caras—. ¿No es una buena idea, quizás? Conseguí toda una enorme ronda de aplausos como la viuda Trembler en Lástima Que Sea Un Árbol.[40] ¿No? —Creo que Igor podría coser algo un poco más, er, realista, señor —dijo Polly. —¿De veras? Oh, bien, si lo crees realmente... —dijo Blouse con desaliento—. Sólo me iré y me pondré en carácter.

Desapareció en la única otra habitación del edificio. Después de que unos segundos, le escucharon recitar ‘¡Caray, mis pobres pies!’, en variados tonos de rasguido de uñas. El escuadrón se agrupó. —¿De qué se trataba todo eso? —dijo Tonker. —Estaba hablando de teatro —dijo Maladict. —¿Qué es eso? —Una Abominación para Nuggan, por supuesto —dijo el vampiro—. Llevaría demasiado tiempo explicarlo, querida niña. Unas personas que fingen ser otras para contar una historia en una inmensa habitación donde el mundo es un lugar diferente. Otras personas están sentadas y los miran y comen chocolate. Sumamente abominable. —Vi una función de títeres en el pueblo una vez —dijo Shufti—. Entonces sacaron al hombre a rastras y se convirtió en una Abominación. —Lo recuerdo —dijo Polly. No debían verse cocodrilos comiendo figuras de autoridad, aparentemente, aunque hasta la función de títeres nadie en el pueblo sabía qué era un cocodrilo. La parte donde el payaso golpeaba a su esposa también había constituido una Abominación, porque había usado un palo más grueso que la reglamentaria pulgada.[41] —El teniente no durará un minuto, lo sabes —dijo. —Ssí, pero no esscuchará, ¿verdad? —dijo Igorina—. Trataré de hacer de él una mujer, lo mejor que pueda con mi tijera y mi aguja, pero... —Igorina, cuando hablas de este tipo de cosas algunas imágenes muy extrañas aparecen en mi cabeza —dijo Maladict. —Lo siento —dijo Igorina —¿Puedes rezar por él, Wazzer? —dijo Polly—. Creo que vamos a necesitar un milagro aquí. Wazzer cerró los ojos obediente y cruzó las manos por un momento; luego dijo tímidamente: —Me temo que ella dice que se necesitará más que un pavo. —¿Wazz? —dijo Polly—. ¿Realmente tú...? —Entonces paró, con la pequeña cara brillante observándola. —Sí, lo hago —dijo Wazzer—. Realmente hablo con la Duquesa.

—Sí, bien, yo también solía hacerlo —interrumpió Tonker—. Solía rogarle, una vez. Esa estúpida cara sólo miraba y no hizo nada. Nunca detuvo nada. Todas esas cosas, todas esas estúpidas... —La muchacha paró, demasiadas palabras le bloqueaban el cerebro—. De todos modos, ¿por qué debería contigo? —Porque yo escucho —dijo Wazzer con calma. —¿Y qué dice? —A veces sólo llora. —¿Ella llora? —Porque hay tantas cosas que las personas quieren, y no puede darles nada. —Wazzer mostró a todos una de sus sonrisas que iluminaban la habitación—. Pero todo estará bien cuando yo esté en el lugar correcto — dijo. —Bien, entonces está bien... —empezó Polly, en esa nube de profunda vergüenza que Wazzer convocaba dentro de ella. —Sí, correcto —dijo Tonker—. Pero no le estoy rezando a nadie, ¿de acuerdo? Nunca más. No me gusta esto, Wazz. Eres una chica decente, pero no me gusta la manera en que sonríes... —Paró—. Oh, no... Polly miró a Wazzer. Su cara era delgada y toda ángulos, y la Duquesa en la pintura se veía, bien, como un rodaballo sobrealimentado, pero ahora la sonrisa, la actual sonrisa... —¡No voy a aguantar eso! —gruñó Tonker—. ¡Para con eso ahora mismo! ¡De veras lo digo! ¡Me está dando escalofríos! ¡Ozz, tú la detienes... que no sonría así! —Sólo cálmate, todos ustedes... —empezó Polly. —¡Cállense condenación! —dijo Jackrum—. Un hombre no puede escucharse mascar. Miren, están todos nerviosos. Eso ocurre. Y Wazzer tuvo un poco de religión antes de la pelea. Eso ocurre también. Y lo que ustedes hacen es guardarlo todo para el enemigo. Cálmense. Eso es lo que en la milicia llamamos una orden, ¿de acuerdo? —¿Perks? —Era Blouse. —Es mejor que te apures —dijo Maladict—. Probablemente su corsé necesita ser ajustado...

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De hecho Blouse estaba sentado sobre lo que quedaba de una silla. —Ah, Perks. Una afeitada, por favor —dijo. —Oh, pensaba que su mano estaba mejor, señor... —Er... sí. —Blouse se veía incómodo—. El problema, Perks, es que... nunca me he afeitado en absoluto, para ser honesto. Tenía un hombre que lo hacía por mí en la escuela, y luego por supuesto en el ejército compartí un ordenanza con Blitherskite y, er, los intentos que hice de mi parte fueron algo sangrientos. Nunca pensé en eso realmente hasta que llegué a Plotz y, er... de repente era embarazoso... —Lamento eso, señor —dijo Polly. Era un extraño viejo mundo. —Más adelante quizás puedas darme unos cuantos consejos —continuó Blouse—. Te mantienes perfectamente afeitado, no puedo evitar notarlo. El General Froc estaría contento. Es muy anti-bigotes, dicen. —Si quiere, señor —dijo Polly. No tenía salida. Hizo un espectáculo del afilado de la navaja. Quizás podría lograrlo con apenas unos pequeños cortes... —¿Piensas que debería tener una nariz enrojecida? —dijo Blouse. —Probablemente, señor —dijo Polly. El sarge sabe de mí, estoy segura, pensó. Sé que sí. ¿Por qué se queda callado? —¿Probablemente, Perks? —¿Qué? Oh. No... ¿por qué una nariz roja, señor? —dijo Polly, aplicando la espuma con vigor. —Se vería ppfff más divertido, quizás. —Seguramente no es ése el propósito del ejercicio, señor. Ahora, si usted sólo, er, se recuesta, señor... —Hay algo que debe saber sobre el joven Perks, señor. Polly gimió en realidad. Caminando tan silenciosamente como sólo un Sargento puede hacerlo, Jackrum se había deslizado en la habitación. —¿ppfff Sargento? —dijo Blouse. —Perks no sabe cómo afeitar a un hombre, señor —dijo Jackrum—.

Dame la navaja, Perks. —¿No sabe cómo afeitar? —preguntó Blouse. —Nosseñor. Perks nos mintió, ¿correcto, Perks? —De acuerdo, sarge, no hay necesidad de prolongarlo —suspiró Polly—. Teniente, soy... —... menor de edad —dijo Jackrum—. ¿Correcto, Perks? Sólo catorce, ¿verdad? —Miró a Polly por encima de la cabeza del teniente, y le hizo un guiño. —Er... dije a una mentira para enrolarme, señor, sí —dijo Polly. —No creo que un muchacho así deba ser arrastrado al torreón, sin importar qué tan dispuesto esté —dijo Jackrum—. Y no creo que sea el único. ¿Correcto, Perks? Oh, así que ése es el juego. Chantaje, pensó Polly. —Sí, sarge —dijo cansadamente. —No podemos tener una masacre de muchachos pequeños, señor, ¿verdad? —dijo Jackrum. —Ya veo su punto ppfff, Sargento —dijo el teniente, mientras Jackrum le pasaba la hoja suavemente por la mejilla—. Sería delicado. —¿Mejor dar por terminado el día, entonces? —dijo Jackrum. —Por otro lado, Sargento, sé que usted se ppfff enroló siendo un niño — dijo Blouse. La hoja dejó de moverse. —Bien, todo era diferente en esos... —empezó Jackrum. —Tenía cinco años, aparentemente —continuó el teniente—. Mire, cuando escuché que iba a conocerlo, una leyenda en el ejército, por supuesto eché una mirada a nuestros archivos de modo que pudiera, tal vez, hacer algunas bromas oportunas al presentarle su licencia honrosa. Ya sabe, ¿pequeñas reminiscencias graciosas sobre los tiempos pasados? Imagine qué desorientado quedé, por tanto, al descubrir que parece haber recibido verdaderos sueldos por, bien, era un poco difícil estar seguro, pero posiblemente no menos de sesenta años. Polly había afilado mucho la navaja. Descansaba contra la mejilla del Teniente. Polly pensó en homicidio —oh, de acuerdo, el asesinato de un prisionero que escapa— en el bosque. No será el primer oficial que he

matado... —Probablemente uno de esos errores administrativos, señor —dijo Jackrum fríamente. En la habitación en penumbras, con el musgo que ahora cubría las paredes, el Sargento se cernía amenazante. Un búho, apoyado sobre la chimenea, chilló. Resonó abajo en la habitación. —A decir verdad no, Sargento —dijo Blouse, aparentemente ajeno a la navaja—. Su contrato, Sargento, había sido alterado. En numerosas oportunidades. Una vez, incluso por el General Froc. Le quitó diez años a su edad y firmó el cambio. Y no fue el único. Francamente, Sargento, estoy forzado a llegar a una única conclusión. —¿Y cuál es, señor? —La navaja se detuvo otra vez, todavía contra el cuello de Blouse. El silencio pareció durar durante algún tiempo, cerrado y muy prolongado. —Que había algún otro hombre llamado Jackrum —dijo Blouse lentamente—, cuyos registros... se mezclaron con los suyos y... cada intento de ordenarlo por oficiales que no se, er, sentían completamente cómodos con las cifras sólo lo hizo más confuso. La navaja empezó a moverse otra vez, con sedosa suavidad. —Creo que le ha puesto su derecho correcto en el asunto, señor —dijo Jackrum. —Voy a escribir una nota explicativa y añadirla al paquete —continuó Blouse—. Me parece sensato preguntarle aquí y ahora cuántos años tiene usted. ¿Cuántos años tiene, Sargento? —Cuarenta y tres, señor —dijo Jackrum al instante. Polly miró hacia arriba, esperando el trueno genérico que debe acompañar una falsedad del tamaño del universo. —¿Está seguro? —dijo Blouse. —Cuarenta y cinco, señor. Las privaciones de la vida de soldado están en la cara, señor. —Aún así... —Ah, recuerdo un par de cumpleaños adicionales que se habían borrado de mi memoria, señor. Tengo cuarenta y siete, señor. —Polly notó que

todavía no había ningún trueno de desaprobación celestial. —Er... sí. Muy bien. Después de todo, usted debería saberlo, ¿eh, Sargento? Lo corregiré. —Gracias, señor. —Exactamente como el General Froc lo hizo. Y el Mayor Galosh. Y el Coronel Legin, Sargento. —Sísseñor. Ese error de oficina me ha seguido por todas partes todos los días de mi vida, señor. He sido un mártir de eso. —Jackrum retrocedió—. Ya estamos, señor. Una cara tan suave como el culo de un bebé. Suave es como deben ser las cosas, ¿eh, señor? Siempre me han gustado las cosas suaves.

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Observaron al Teniente Blouse caminar a través de los árboles hacia el sendero. Observaron que se reunía con la línea irregular y rezagada de mujeres camino a la puerta. Esperaron atentos unos gritos, y no escucharon ninguno. —¿A-alguna mujer se balancea tanto? —dijo Wazzer, espiando a través de los arbustos. —No legalmente, creo —dijo Polly, recorriendo el torreón con el telescopio del teniente—. Bien, sólo tendremos que esperar alguna clase de señal de que está bien. En algún lugar arriba, un halcón gritó. —No, lo habrán atrapado en cuanto cruzó la puerta —dijo Maladict—. Lo apostaría. Dejaron a Jade en vigilancia. Con la pintura raspada, una troll podía adaptarse a un paisaje rocoso tan bien que posiblemente nadie la notaría antes de tropezar en ella, y para entonces sería demasiado tarde. Regresaron por el bosque, y casi habían llegado a la granja en ruinas cuando ocurrió. —Lo estás llevando bien, Mal —dijo Polly—. ¿Tal vez esas castañas lo lograron? No has mencionado el café en absoluto...

Maladict se detuvo, y giró despacio. Para horror de Polly, de repente su cara estaba brillante de sudor. —Tenías que sacarlo a colación, ¿verdad? —dijo roncamente—. ¡Oh, por favor, no! ¡Estaba esperando tan fuerte! ¡Lo estaba haciendo tan bien! — Cayó hacia adelante, pero logró ponerse sobre manos y rodillas. Entonces levantó la cabeza, y sus ojos eran rojos, brillantes—. Busca a... Igorina — farfulló, jadeante—. Sé que está lista para esto... ... whopwhopwhop... Wazzer rezaba furiosamente. Maladict trató de ponerse de pie otra vez, cayó nuevamente de rodillas, y levantó los brazos implorando al cielo. —Aléjate de aquí mientras puedes —masculló, mientras sus dientes se alargaban visiblemente—. Yo... Hubo una sombra, una sensación de movimiento, y el vampiro se desplomó hacia adelante, aturdido por un saco de ocho onzas de frijoles de café que habían caído de un cielo claro.

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Polly llegó a la granja cargando a Maladict sobre los hombros. Lo puso tan cómodo como le fue posible sobre un poco de antigua paja, y el escuadrón hizo una consulta. —¿Piensas que debemos tratar de sacarle el saco de la boca? —dijo Shufti nerviosa. —Traté, pero se niega —dijo Polly. —¡Pero está inconsciente! —¡Aun así no lo suelta! Lo está chupando. ¡Juraría que estaba frío, pero sólo extendió la mano y lo agarró y mordió! ¡Cayó de un cielo claro! Tonker miró a Wazzer. —¿La Duquesa hace servicio de habitación? —dijo. —¡No! ¡Ella dice que n-no lo hizo! —Hay extrañas lluviass de peces —dijo Igorina, arrodillándose junto a Maladict—. Supongo que es posible que un remolino pasara por una plantación de café, y entonces posiblemente un relámpago se descargara en

el éter superior... —¿En qué punto sopló a través de una fábrica que hace pequeños sacos de café? —dijo Tonker—. Uno con un alegre hombre con turbante impreso y que aparentemente dice ‘¡Tostado Especial de Klatch! ¡Cuando Una Piqueta No Es Suficiente!’ —Bien, si vas a ponerlo de ese modo, paresse un poco inverosímil... — Igorina se puso de pie, añadiendo—: Creo que estará bien cuando despierte. Posiblemente un poco hablador, sin embargo. —Está bien, muchachos, descansen un poco —dijo Jackrum, entrando—. Le demos al rupert un par de horas para que estropee las cosas, y luego podremos correr alrededor del valle y deslizarnos y unirnos al resto del ejército. Buena comida y mantas apropiadas para dormir, ¿hey? ¡Es lo que hace falta! —No sabemos que vaya a meter la pata, sarge —dijo Polly. —Sí, correcto, tal vez ya se haya casado con el comandante de la guarnición, ¿eh? Cosas más extrañas han ocurrido, aunque no puedo recordar cuándo. Perks y Manickle, están de guardia. El resto, a dormir un poco.

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Una patrulla de Zlobenia pasó a la distancia. Polly la observó hasta que estuvo fuera de la vista. El día se estaba poniendo bueno, tibio con un poco de viento. Buen clima seco. Un buen día para ser una lavandera. Y tal vez Blouse tuviera éxito. Tal vez todos los guardianes eran ciegos. —¿Pol? —susurró Shufti. —Sí, Shuf... Mira, ¿cuál era tu nombre antes, en el mundo? —Betty. Es Betty. Er... la mayoría de los Entrar-y-Salir están en el torreón, ¿correcto? —Aparentemente. —Así que allí es donde más probablemente encontraré a mi prometido, ¿sí? Hemos hablado de eso, pensó Polly.

—Podría ser. —Podría ser muy difícil si hay muchos hombres... —dijo Betty, una mujer con algo en mente. —Bien, si llegamos tan lejos como hasta los prisioneros y les preguntamos es seguro que saben su nombre. ¿Cómo se llama? —Johnny —susurró Betty. —¿Sólo Johnny? —dijo Polly. —Er... sí... Ah, pensó Polly. Creo que sé cómo va esto... —Tiene pelo rubio y ojos azules, y creo que tenía un arete de oro, y... y un... uno de forma graciosa... ¿cómo se llama? Oh, sí... algo como un divieso en su, en su... culo. —Correcto. Correcto. —Hum... ahora que se lo digo a alguien, no parece de mucha ayuda, supongo. No a menos que estemos en posición tener una muy poco habitual revista de identidad, pensó Polly, y no puedo imaginar qué posición sería. —No tanto —dijo. —Dijo que todos en el regimiento lo conocen —continuó Betty. —¿De veras? Oh, bien —dijo Polly—. Todo lo que tenemos que hacer es preguntar. —Y, er, íbamos a quebrar una moneda de seis peniques por la mitad, ya sabes, como lo hacen todos, de modo que si tuviera que estar ausente por años estaríamos seguros de encontrar a la persona correcta porque las dos mitades ajustarían... —Oh, eso sería un poco de ayuda, supongo. —Bien, sí, excepto que, bien, le di la moneda de seis peniques, y dijo que haría que el herrero lo quebrara en su yunque, y se marchó y, er, creo que lo llamaron... —La voz de Betty fue desapareciendo. Bien, eso era lo que esperaba, pensó Polly. —Supongo que pensarás que soy una muchacha tonta —masculló Betty después de un rato. —Una mujer tonta, quizás —dijo Polly, volviendo a observar el paisaje

atentamente. —Fue, ya sabes, un romance relámpago... —Me suena más como un huracán —dijo Polly, y Betty sonrió. —Sí, fue un poco así —dijo. Polly respondió sonrisa por sonrisa. —Betty, es loco hablar de absurdo y tonto en momentos como éste — dijo—. ¿Dónde vamos a buscar sabiduría? ¿En un dios que odia los rompecabezas y el color azul? ¿En un gobierno fósil conducido por una imagen? ¿En un ejército que piensa que terquedad es lo mismo que valor? Comparado con todo eso, ¡todo lo que tú tienes mal es el sentido de la oportunidad! —No quiero terminar en la escuela, sin embargo —dijo Betty—. Se llevaron a una niña de nuestro pueblo y estaba pataleando y gritando... —¡Entonces lucha contra ellos! —dijo Polly—. Tienes una espada ahora, ¿verdad? ¡Defiéndete! —Vio la mirada de horror sobre la cara de Betty, y recordó que no estaba hablando con Tonker—. Mira, si salimos vivas de esto hablaremos con el coronel. Podría ayudar. —Después de todo, quizás de veras tu muchacho se llama Johnny, pensó, quizás de veras fue llamado de repente. La esperanza es algo estupendo. Continuó—: Si salimos de esto no habrá ninguna escuela y ninguna paliza. No para ti ni para ninguna de nosotras. No, si tenemos cerebro. No, si somos listas. Betty estaba casi llorando, pero logró sonreír otra vez. —Y Wazzer está hablando con la Duquesa, también. ¡Preparará las cosas! Polly miró el paisaje brillante, inalterado, vacío a excepción de un halcón que hacía amplios círculos en el azul prohibido. —No estoy segura de eso —dijo—. Pero le gustamos a alguien de allá arriba.

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El crepúsculo era breve en esta época del año. No había ninguna señal de Blouse.

—Obzervé hazta que no pude ver —dijo Jade, mientras se sentaba y miraba a Shufti hacer estofado—. Algunaz de laz mujerez que zalieron eran unaz que vi entrar ezta mañana, también. —¿Estás seguro? —dijo Jackrum. —Podremoz zer torpez, zarge —dijo Jade, herida—, pero loz trollz tienen gran... er... vizta muy preziza. Máz mujerez eztaban entrando ezta noche, también. —Turno de noche —dijo Tonker. —Oh bien, él lo intentó —dijo Jackrum—. Con un poco de suerte estará en una celda caliente y bonita, y le habrán conseguido un par de pantalones largos. Levanten el equipo, muchachos. Nos escurriremos alrededor hacia nuestras líneas y estarán cómodos en cama antes de medianoche. Polly recordó lo que había dicho, horas atrás, sobre pelear. Tenías que empezar en algún lugar. —Quiero intentar el torreón otra vez —dijo. —Eso quieres, Perks, ¿eso quieres? —dijo Jackrum, con falso interés. —Mi hermano está ahí. —Buen lugar seguro para él, entonces. —Podría estar herido. Voto por el torreón. —¿Votar? —dijo Jackrum—. Caramba, eso es nuevo. ¿Votar en el ejército? ¿Quién quiere que lo maten, muchachos, por favor levanten las manos? Termínala, Perks. —¡Voy a intentarlo, sarge! —¡No lo harás! —¡Trate de detenerme! —Las palabras salieron antes de que pudiera pararlas. Y ése es, pensó, el grito escuchado alrededor del mundo. No hay marcha atrás después de esto. He salido del borde del despeñadero y todo es cuesta abajo desde aquí. La expresión de Jackrum se quedó en blanco por uno o dos segundos, y luego dijo: —¿Alguien más vota por el torreón? Polly miró a Shufti, que se ruborizó. —Nosotros —dijo Tonker. Junto a ella, Lofty encendió un fósforo, y lo

sostuvo para que llameara. Eso era casi un discurso de Lofty. —¿Por qué, por favor? —dijo Jackrum. —No queremos sentarnos a no hacer nada en un pantano —dijo Tonker—. Y no nos gusta que nos den órdenes. —¡Deberías haber pensado en eso antes de enrolarte en un ejército, muchacho! —No somos muchachos, sarge. —¡Ustedes lo son si digo que lo son! Bien, no es como si no lo estuviera esperando, pensó Polly. He jugado con esto bastantes veces en mi cabeza. Aquí va. —Muy bien, sarge —dijo—. Es tiempo de sacarlo, aquí y ahora. —Ooo, er —dijo Jackrum teatralmente, pescando su retorcido papel de tabaco del bolsillo. —¿Qué? Jackrum se sentó sobre los restos de una pared. —Sólo inyectar un poco de sabor en la conversación —dijo—. Continúa, Perks. Toma la palabra. Pensé que llegarías a esto. —Usted sabe que soy una mujer, sarge —dijo Polly. —Sí. No confiaría que afeites un queso. El escuadrón miraba. Jackrum abrió su gran cuchillo y examinó el tabaco de mascar como si fuera la cosa más interesante en el lugar. —Entonces... er... ¿qué va a hacer sobre eso? —dijo Polly, sintiéndose descarrilada. —No lo sé. No puedo hacer nada, ¿verdad? Naciste así. —¡No se lo dijo a Blouse! —dijo Polly. —Nope. Polly quería quitar con un golpe el desgraciado tabaco de la mano del Sargento. Ahora que había pasado la sorpresa, había algo ofensivo en esta falta de reacción. Era como que alguien de repente abre una puerta justo antes de que tu ariete la golpee; de repente corrías a través del edificio y no sabías cómo parar. —Bien, todas somos mujeres, sarge —dijo Tonker—. ¿Y qué dice a eso? Jackrum cortó el tabaco.

—¿Entonces? —dijo, todavía prestando atención al trabajo entre sus manos. —¿Qué? —dijo Polly. —¿Piensan que nunca nadie más lo intentó? ¿Piensan que son las únicas? ¿Piensan que el viejo sarge es sordo, ciego y estúpido? Ustedes podrían engañarse unas a otras y cualquiera puede engañar a un rupert, pero no pueden engañar a Jackrum. No estaba seguro sobre Maladict y todavía no lo estoy, porque con un vampiro, ¿quién lo sabe? Y tampoco sobre ti, Carborundum, porque con un troll, ¿a quién le importa? Sin ofender. —No importa —tronó Jade. Captó la mirada de Polly y se encogió de hombros. —No soy tan bueno para leer las señales, no conozco a muchos trolls — dijo el Sargento—. Te tuve perfectamente en el primer minuto, Ozz. Algo en los ojos, calculo. Como... estabas observando para ver qué buena eras. Oh, infierno, pensó Polly. —Er... ¿tengo un par de medias que le pertenecen? —Sí. Bien lavado, podría añadir. —¡Se las devolveré ahora mismo! —dijo Polly, rebuscando su cinturón. —Tómate tu tiempo, Perks, tómate tu tiempo, sin apuro —dijo Jackrum, levantando una mano—. Bien lavadas, por favor. —¿Por qué, sarge? —dijo Tonker—. ¿Por qué no nos delató? ¡Podría habernos delatado en cualquier momento! Jackrum pasó su taco de mejilla a mejilla y permaneció sentado mascando durante un rato, mirando a la nada. —No, no son las primeras —dijo—. He visto unas pocas. La mayoría solas, siempre asustadas... y la mayoría no duró mucho tiempo. Pero una o dos de ellas fueron bonitos soldados, muy bonitos soldados realmente. Así que las miré y pensé para mí mismo, bien ahora, pensé, ¿me pregunto cómo harán cuando descubran que no están solas? ¿Saben de los leones? — Asintieron—. Bien, el león es un grande y viejo cobarde, principalmente. Si quieren problemas, deben meterse con la leona. Son asesinas, y cazan juntas. Es lo mismo en todos lados. Si quieres gran pena, acude a las

damas. Incluso con los insectos, ¿correcto? Hay una clase de escarabajo donde ella con los dientes le arranca a él la cabeza mientras ejercita sus deberes conyugales, y eso es lo que llamo seria pena. Por otro lado, por lo que escuché él continúa a pesar de todo, así que tal vez no es lo mismo para los escarabajos. Miró a su alrededor las expresiones en blanco. —¿No? —dijo—. Bien, tal vez pensé, todo un grupo de muchachas de una vez, eso es... extraño. Tal vez haya una razón. —Polly le vio echar un breve vistazo a Wazzer—. De todos modos, no iba a avergonzarlas enfrente de un pequeño sapo como Strappi, y luego hubo todo ese asunto en Plotz, y entonces, bien, estábamos galopando, por así decir, metidos en las cosas sin tiempo para salir. Lo hicieron bien, muchachas. Muy bien. En forma como los buenos. —Voy a entrar en el torreón —dijo Polly. —Oh, no te preocupes por el rupert —dijo Jackrum—. Probablemente está disfrutando de un buen tazón de scubbo ahora mismo. Fue a una escuela para caballeros jóvenes, de modo que la prisión será exactamente como los viejos tiempos. —Todavía nos iremos, sarge. Lo siento —dijo Polly. —Oh, no digas que lo sientes, Perks, lo estabas haciendo bien hasta ese momento —dijo Jackrum, amargado. Shufti se puso de pie. —Yo voy también —dijo—. Creo que mi... prometido está ahí. —Tengo que ir —dijo Wazzer—. La Duquesa guía mis pasos. —Entonces, yo iré —dijo Igorina—. Probablemente me necesitarán. —No creo que pazaría como una lavandera —tronó Jade—. Me quedaré aquí y velaré por Mal. ¡Ja, zi todavía quiere zangre cuando dezpierte, va a tener loz dientez romoz! Se miraron en silencio, avergonzadas pero desafiantes. Entonces escucharon que alguien aplaudía, despacio. —Oh, muy bonito —dijo Jackrum—. ¿Una banda de hermanos, eh? Lo siento... hermanas. Oh cielos, oh cielos. Miren, Blouse era un tonto. Probablemente fueron todos esos libros. Leía todas esas cosas sobre ser una

cosa noble que muere por su país, supongo. Nunca fui tan aficionado a leer, pero sé que el trabajo lo está haciendo algún otro pobre diablo al morir por el suyo.[42] Movió su negro tabaco de un lado al otro. —Quería que ustedes estuvieran a salvo, muchachos. Abajo, en la presa de hombres, calculaba que podía sacarlos de esto, sin importar cuántos amigos haya enviado el Príncipe tras ustedes. Los miro muchachos, y pienso: pobres muchachos, no saben nada sobre la guerra. ¿Qué harán? Tonker, es un tirador de primera, pero después de un tiro ¿quién lo apoyará mientras recarga? Perks, sabe uno o dos trucos, pero los tipos en el castillo sabrán uno o cinco trucos tal vez. Es un buen cocinero, Shufti; lástima que va a estar demasiado caliente ahí. ¿La Duquesa desviará las flechas, Wazzer? —Sí. Lo hará. —Espero que tengas razón, mi muchacho —dijo Jackrum, lanzando a la chica una lenta y larga mirada—. Personalmente, encontré que la religión en la batalla es tan útil como un yelmo de chocolate. Necesitarás más de una oración si el Príncipe Heinrich te atrapa, podría añadir. —Vamos a intentarlo, sarge —dijo Polly—. No hay nada para nosotras en el ejército. —¿Vendrá con nosotras, sarge? —dijo Shufti. —No, muchacho. ¿Yo como una lavandera? Lo dudo. No parece haber una falda en ningún lugar de mí, para empezar. Er... sólo una cosa, muchachos. ¿Cómo van a entrar? —Por la mañana. Cuando veamos a las mujeres entrar otra vez —dijo Polly. —¿Tienes todo planeado, general? ¿Y se vestirán como mujeres? —Er... somos mujeres, sarge —dijo Polly. —Sí, muchacho. Detalle técnico. Pero ustedes equiparon al rupert con todas sus pequeñas chucherías, ¿verdad? ¿Qué van a hacer, decirle a los guardianes que abrieron la alacena equivocada en la oscuridad? Cayó otro silencio embarazoso. Jackrum suspiró. —Ésta no es una guerra correcta —dijo—. Sin embargo, dije que los

cuidaría. Ustedes son mis pequeños muchachos, dije. —Sus ojos brillaron—. Y todavía lo son, aunque el mundo esté patas arriba. Sólo tengo la esperanza, Srta. Perks, de que hayas aprendido algunos trucos del viejo sarge, aunque calculo que puedes pensar algunos por ti misma. Y ahora es mejor que nos equipemos, ¿correcto? —¿Quizás podríamos escabullirnos y robar algo de los pueblos de donde vienen las criadas? —dijo Tonker. —¿De un grupo de mujeres pobres? —dijo Polly, con el corazón abatido—. De todos modos, habrá soldados por todos lados. —Bien, ¿cómo conseguimos ropa de mujer en un campo de batalla? — dijo Lofty. Jackrum rió, se puso de pie, se metió los pulgares en el cinturón y sonrió. —¡Les dije, muchachos, no saben nada sobre la guerra! —dijo.

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... y una de las cosas que no sabían era que tiene bordes. Polly no estaba segura de qué había esperado. Hombres y caballos, obviamente. En su mente estaban trenzados en combate mortal, pero no podías continuar haciendo eso todo el día. Así que habría carpas. Y hasta allí había visto el recuerdo, más o menos. No había visto que un ejército de campaña es una especie de gran ciudad portátil. Tiene solamente un empleador, y fabrica personas muertas, pero como todas las ciudades atrae... ciudadanos. Lo que era perturbador era el sonido de los bebés llorando desde las hileras de carpas. No lo había esperado. Ni el barro. Ni la multitud. Por todos lados había fogatas, y olor a comida. Esto era un sitio, después de todo. Las personas se habían instalado. Bajar a la llanura en la oscuridad fue fácil. Eran sólo Polly y Shufti siguiendo al Sargento; dijo que mayor cantidad serían demasiadas y en todo caso las notarían. Había patrullas, pero el peligro era apagado por una constante repetición. Además, los aliados no esperaban que nadie hiciera mucho esfuerzo por entrar en el valle, por lo menos en pequeños grupos. Y

los hombres en la oscuridad hacen ruido, mucho más ruido que una mujer. Habían localizado a un centinela de Borogravia en la penumbra por el ruido que hacía tratando de quitarse una pequeña porción de cena de los dientes. Pero otro los había ubicado cuando estaban a un tiro de piedra de las carpas. Era joven así que todavía era despierto. —¡Alto! ¿Quién va allí? ¡Amigo o enemigo! —La luz de una hoguera destelló sobre una ballesta. —¿Ven? —susurró Jackrum—. Aquí es donde su uniforme es su amigo. ¿No se alegran de habérselo quedado? Se adelantó, pavoneándose, y escupió el tabaco entre las botas del joven centinela. —Mi nombre es Jackrum —dijo—. Es Sargento Jackrum. En cuanto a la otra parte... tú eliges. —¿Sargento Jackrum? —dijo el chico, la boca abierta. —Sí, muchacho. —¿Qué, el que mató a dieciséis hombres en la Batalla de Zop? —Había sólo diez, pero buen muchacho por saberlo. —¿El Jackrum que cargó al General Froc catorce millas por territorio enemigo? —Eso es correcto. Polly vio unos dientes en la penumbra mientras el centinela sonreía. —¡Mi papá me dijo que peleó con usted en Blunderberg! —¡Ah, ésa fue una batalla caliente, eso fue! —dijo Jackrum. —No, quiso decir en el bar, después. Le robó la bebida y usted le pegó en la boca y él le pateó los privados y usted lo golpeó en los intestinos y él le puso negro su ojo y luego usted lo golpeó con una mesa, y cuando volvió en sí sus compañeros le pagaron la cerveza de la noche por lograr colocarle casi tres trompadas al Sargento Jackrum. Cuenta la historia todos los años, cuando es el aniversario y está borr... nostálgico. Jackrum pensó por un momento, y luego pinchó con un dedo al joven. —Joe Hubukurk, ¿correcto? —dijo. La sonrisa se ensanchó hasta el punto donde la parte de arriba de la cabeza del joven estuvo en peligro de caer.

—¡Estará sonriendo todo el día cuando le diga que usted lo recuerda, sarge! ¡Dice que donde usted orina la hierba no crece! —Bien, ¿qué puede decir un hombre modesto a eso, eh? —dijo Jackrum. Entonces el joven frunció el ceño. —Raro, sin embargo, él pensaba que usted estaba muerto, sarge —dijo. —Dile que le apuesto un chelín a que no lo estoy —dijo Jackrum—. ¿Y tu nombre, muchacho? —Lart, sarge. Lart Hubukurk. —Te alegra haberte enrolado, ¿verdad? —Sí, sarge —dijo Lart lealmente. —Sólo estamos dando un paseo, muchacho. Dile a tu papá que pregunté por él. —¡Lo haré, sarge! —El chico se cuadró en atención como un único guardia de honor—. ¡Es un momento de orgullo para mí, sarge! —¿Todos lo conocen, sarge? —susurró Polly, mientras se alejaban. —Sí, casi todos. De nuestro lado, de todos modos. Sería tan audaz para declarar que mayoría del enemigo que me conoce no sabe nada mucho después. —¡Nunca pensé que iba a ser así! —siseó Shufti. —¿Como qué? —dijo Jackrum. —¡Hay mujeres y niños! ¡Tiendas! ¡Puedo oler pan horneándose! Es como una... una ciudad. —Sí, pero lo que buscamos no va a estar en las calles principales. Síganme, muchachos. —El Sargento Jackrum, de repente furtivo, se agachó entre dos grandes pilas de cajas y apareció junto a una herrería, su forja brillando en el anochecer. Aquí las carpas eran de costados abiertos. Armeros y talabarteros trabajaban a la luz de linternas, las sombras parpadeando a través del barro. Polly y Shufti tuvieron que salir del camino de un tren de mulas, cada animal cargaba dos barriles sobre el lomo; las mulas se apartaron para Jackrum. Tal vez las conoció antes, también, pensó Polly, tal vez realmente conoce a todos.

El Sargento caminaba como un hombre con la escritura del mundo. Reconocía a otros Sargentos con una inclinación de cabeza, saludaba perezosamente a los pocos oficiales que había por aquí, e ignoró a todos los demás. —¿Ha estado aquí antes, sarge? —preguntó Shufti. —No, muchacho. —¿Pero sabe dónde va? —Correcto. No estuve aquí, pero conozco los campos de batalla, especialmente cuando todos tuvieron la oportunidad de atrincherarse. — Jackrum olfateó el aire—. Ah, correcto. Ésa es la cosa. Ustedes dos esperan aquí. Desapareció entre dos pilas de leña. Escucharon un distante mascullar y, después de uno o dos momentos, reapareció sosteniendo una pequeña botella. Polly sonrió. —¿Es ron, sarge? —Bien hecho, mi pequeño camarero de bar. Y no sería bueno si fuera ron, les juro. O whisky o ginebra o brandy. Pero esto no tiene ninguno de esos nombres extravagantes. Esto es el genuino stingo, esto es verdugo puro. —¿Verdugo? —dijo Shufti. —Una gota y estás muerto —dijo Polly. Jackrum sonrió radiante, como un maestro ante un alumno agudo. —Eso es correcto, Shufti. Es alcohol barato. En cualquier lugar donde se reúnan los hombres, alguien encontrará algo para fermentar en una bota de goma, lo destilará en una vieja tetera y lo venderá a sus compañeros. Hecho de ratas, por el olor. Fermenta bien su rata corriente. ¿Gustas probar? Shufti huyó de la botella que le ofrecía. El Sargento rió. —Buen muchacho. Quédate con la cerveza —dijo. —¿Los oficiales no lo evitan? —dijo Polly. —¿Oficiales? ¿Qué saben sobre nada? —dijo Jackrum—. Y se lo compré a un Sargento, también. ¿Alguien nos observa? Polly espió en la penumbra.

—No, sarge. Jackrum volcó un poco del líquido en la mano regordeta y lo salpicó sobre su cara. —Ye-auch —siseó—. Pica como las llamas. Y a matar los gusanos de los dientes ahora. Haz el trabajo apropiadamente. —Tomó un rápido sorbo de la botella, lo escupió, y volvió a poner el corcho—. Porquería —dijo—. De acuerdo, vámonos. —¿Adónde vamos, sarge? —dijo Shufti—. Puede decirnos ahora, ¿verdad? —A un pequeño lugar tranquilo donde nuestras necesidades serán satisfechas —dijo Jackrum—. Estará por aquí en algún lugar. —Usted no huele la mitad de un trago, sarge —dijo Shufti—. ¿Lo dejarán entrar si huele a borracho? —Sí, Shufti, muchacho, lo harán —dijo Jackrum, poniéndose en camino otra vez—. La razón es que mis bolsillos tintinean y huelo a licor. A todos les gusta un borracho rico. Ah... por este pequeño valle aquí, éste será nuestro... sí, tenía razón. Éste es el sitio. Apartado y delicado. ¿Ven alguna ropa colgando afuera para secarse, muchachos? Había algunos tendederos colocados detrás de algo así como media docena de carpas tan sosas en este lado del valle que eran un poco más que un lavado retorcido por las lluvias de invierno. Si hubo algo en ellos había sido recogido ante el pesado rocío. —Lástima —dijo Jackrum—. De acuerdo, de modo que tendremos que hacerlo a la manera difícil. Recuerden: sólo actúen natural y escuchen lo que digo. —Estoy t-t-temblando, sarge —masculló Shufti. —Bien, bien, muy natural —dijo Jackrum—. Éste es nuestro lugar, creo. Bonito y silencioso, nadie nos observa, bonito y pequeño sendero hasta la cima de la ropa sucia... —Se detuvo en una carpa muy grande y tocó sobre la madera de afuera con su palo. —Las SóLidas PaLomas —leyó Polly.[43] —Sí, bien, estas damas no fueron contratadas por su escritura —dijo Jackrum, abriendo la solapa de la carpa de mala reputación.

Adentro había una pequeña área mal ventilada, una especie de antecámara de lona. Una dama, llena de bultos, con aspecto de cuervo y con un vestido de bombasí negro, se levantó de una silla y lanzó al trío la mirada más calculadora que jamás Polly hubiera visto. Terminó poniendo precio a sus botas. El Sargento se quitó la gorra y con una voz jovial y rotunda que pishaba brandy y cagaba pudín de ciruelas dijo: —¡Buenas noches, Madam! ¡Sargento Smith es el nombre, sí efectivamente! ¡Y yo y mis audaces muchachos hemos sido tan afortunados de adquirir un botín de guerra, si usted sigue mi idea, y nada pude hacer pero ellos estaban clamando, clamando por ir a la casa de buena reputación más cercana para hacerse hombres! Unos ojos pequeños y maliciosos ensartaron a Polly otra vez. Shufti, con las orejas calientes como balizas de señales, miraba fijo el suelo. —Parece que sería un trabajo y medio —dijo la mujer brevemente. —¡Nunca dijo una palabra más verdadera, Madam! —sonrió Jackrum—. Dos de sus rubias flores para cada uno debería ser suficiente, calculo. — Hubo un tintineo mientras Jackrum, bamboleándose ligeramente, ponía algunas monedas de oro sobre la pequeña mesa destartalada. Algo en el brillo de ellas descongeló las cosas enormemente. La cara de la mujer se quebró en una sonrisa tan glutinosa como jugo de carne. —Bien ahora, siempre no sentimos honradas de entretener a los Entrary-Salir, Sargento —dijo—. ¿Si ustedes... caballeros quisieran caminar a través del, er, santuario interior? Polly escuchó un sonido muy apagado detrás de ella, y giró. No había notado al hombre sentado sobre una silla justo junto a la puerta. Tenía que ser un hombre, porque los trolls no eran rosados; hacía que Ceja allá en Plün pareciera alguna clase de mala hierba. Vestía cuero, lo que escuchara crujir, y tenía los ojos sólo ligeramente abiertos. Cuando vio que lo miraba, le hizo un guiño. No era un guiño amigable. Hay veces cuando de repente un plan no va a funcionar. Cuando estás en el medio, no es momento de descubrirlo. —Er, sarge —dijo. El Sargento giró, vio su mueca desesperada, y

pareció descubrir al guardián por primera vez. —Oh cielos, ¿dónde están mis modales? —dijo, retrocediendo tambaleante y rebuscando en su bolsillo. Sacó una moneda de oro que metió en la mano del asombrado hombre. Entonces dio media vuelta, tocándose el costado de la nariz con una expresión de idiota complicidad. —Una palabra de consejo, muchachos —dijo—. Siempre den una propina al guardián. Mantiene fuera a la gen-gentuza, muy importante. Hombre muy importante. Volvió a los tropezones hacia la dama de negro, y eructó enormemente. —Y ahora, Madam, ¿si podemos tener estas visiones de belleza que usted está escondiendo bajo esta canasta aquí? —dijo. Eso dependía, pensó Polly unos segundos después, de cómo y cuándo y después de beber cuánto y de qué que uno tuviera esas visiones. Sabía de estos lugares. Servir detrás de una barra realmente puede ampliar tu educación. Había una cantidad de damas allá en casa que no eran, como su madre lo decía, ‘no mejores de lo que deberían ser’, y a los doce años Polly había recibido una bofetada por preguntar qué tan buenas deberían haber sido, entonces. Eran una Abominación para Nuggan, pero los hombres siempre han encontrado espacio en su religión para pecar un poco aquí y allá. La palabra para describir a las cuatro damas sentadas en la habitación más allá, si quisiera ser amable, era ‘cansadas’. Si no quisiera ser amable una escala entera de palabras estaba colgando en el aire. Miraban hacia arriba sin mucho interés. —Estas son Fe, Prudencia, Gracia y Comodidad —dijo la dama de la casa—. El turno de noche no ha empezado todavía, me temo. —Estoy seguro de que estas bellezas serán una grandiosa educación para mis tremendos muchachos —dijo el Sargento—. Pero... ¿puedo ser tan audaz para preguntar su nombre, Madam? —Soy la Sra. Smother, Sargento. —¿Y tiene un primer nombre, puedo preguntar? —Dolores —dijo la Sra. Smother—, para mis... amigos especiales. —Bien ahora, Dolores —dijo Jackrum, y se escuchó otro tintineo de

monedas en su bolsillo—, iré directo al grano y seré franco, porque puedo ver que es una mujer de mundo. Estas frágiles flores están todas muy bien en su camino, porque sé que la moda en estos días para las damas es tener menos carne que el lápiz de un carnicero, pero un caballero como yo, que ha estado alrededor del mundo y visto una o dos cosas, bien, aprende el valor de... la madurez. —Suspiró—. No mencione a Esperanza ni a Paciencia. — Las monedas tintinearon otra vez—. ¿Quizás usted y yo podríamos retirarnos a un pequeño rincón apropiado, Madam, y hablar del tema sobre uno o dos licores? La Sra. Smother miró desde el Sargento a los ‘muchachos’, echó un vistazo hacia la antesala, y volvió a mirar a Jackrum con la cabeza inclinada a un lado y una delgada sonrisa calculadora en los labios. —S-sí —dijo—. Usted es una fina figura de hombre, Sargento Smith. Permita que le quitemos una carga de sus... bolsillos, ¿quiere? Se tomó del brazo del Sargento, quien guiñó con picardía a Polly y a Shufti. —¡Estamos bien hechos, entonces, muchachos! —Rió entre dientes—. Ahora, no se entusiasmen, cuando sea tiempo de partir soplaré mi silbato y será mejor que ustedes terminen lo que estén haciendo, jaja, y me encuentren pronto. ¡El deber llama! ¡Recuerden la buena tradición de los Entrar-y-Salir! —Riendo tontamente y casi tropezando, dejó la habitación del brazo de la dueña. Shufti se acercó sigilosamente a Polly y susurró: —¿El Sarge está bien, Ozzer? —Acaba de beber un poco demasiado —dijo Polly en voz alta, mientras las cuatro chicas se ponían de pie. —Pero él... —Shufti recibió un codazo en las costillas antes de que pudiera decir más. Una de las chicas dejó su tejido cuidadosamente, tomó el brazo de Polly, le mostró rápidamente una expresión de interés finamente ensayada y dijo: —Usted es un joven bien configurado, verdad... ¿Cuál es su nombre, querido? Soy Gracia. —Oliver —dijo Polly. ¿Y qué diablos es la buena tradición de los Entrar-

y-Salir? —¿Alguna vez vio a una mujer sin ropa antes, Oliver? —Las chicas rieron tontamente. La frente de Polly se arrugó mientras, sólo por un momento, era atrapada por sorpresa. —Sí —dijo—. Por supuesto. —Ooo, parece que tenemos un Don Juu-ann profesional, chicas —dijo Gracia, retrocediendo—. ¡Tendremos que enviar por refuerzos! ¿Por qué usted y yo y Prudencia no nos marchamos a un pequeño rincón que conozco, y su pequeño amigo será el invitado de Fe y Comodidad? Comodidad es muy buena con los jóvenes, ¿verdad, Comodidad? El Sargento Jackrum se había equivocado en su descripción de las chicas. Tres de ellas tenían efectivamente algunas comidas menos de un peso saludable, pero cuando Comodidad se levantó de su gran sillón una se daba cuenta de que era, a decir verdad, un sillón bastante pequeño y que la mayor parte era Comodidad. Para ser una mujer grande tenía una cara pequeña, fija en un ceño de ojos de cerdo. Tenía el tatuaje de una calavera sobre un brazo. —Es joven —dijo Gracia—. Sanará. Venga, Don Juu-ann... En cierto modo, Polly sentía alivio. No se daba con las niñas. Oh, la profesión podía hacer caer a cualquiera, pero había conocido a algunas de las damas de inquietante virtud de su pueblo y tenían un tono que no podía encontrar aquí. —¿Por qué trabaja aquí? —dijo, mientras entraban en una habitación más pequeña, cerrada con lona. Una cama destartalada ocupaba la mayor parte del espacio. —Sabe, usted parece demasiado joven para ser esa clase de cliente — dijo Gracia. —¿Qué clase? —dijo Polly. —Oh, un tipo santo —dijo Gracia—. ‘¿Qué hace una niña como usted en un lugar así?’, y todas esas cosas. Se siente apenado por nosotras, ¿verdad? Por lo menos si alguien se pone agresivo tenemos a Garry afuera y después de que acaba con el tipo, se lo dicen al coronel y meten al bastardo en

chirona. —Sí —dijo Prudencia—. Por lo que escuchamos somos las damas más seguras en veinticinco millas. La vieja Smother no está tan mal. Tenemos dinero ahorrado y nos alimenta y no nos golpea, lo que es más de lo que se puede decir de los maridos, y no se puede andar sola, ahora, ¿puede usted? Jackrum aguantaba a Blouse porque tenías que tener un oficial, pensó Polly. Si no tienes un oficial, algún otro oficial se encargará de ti. Y una mujer necesita a un hombre, mientras que un hombre solo es su propio amo. Pantalones. Ése es el secreto. Pantalones y un par de medias. Nunca soñé que fuera así. Ponte el pantalón y el mundo cambia. Caminamos diferente. Actuamos diferente. Veo a estas chicas y pienso: ¡Idiotas! ¡Consíganse unos pantalones! —¿Puede sacarse la ropa, por favor? —dijo—. Pienso que es mejor que nos apuremos. —Uno de los Entrar-y-Salir, éste —dijo Gracia, deslizando su vestido de los hombros—. ¡Ten vigilados tus quesos, Pru! —Er... ¿porque quiere decir que estamos en los Entrar-y-Salir? —dijo Polly. Convirtió en un espectáculo en acto de desabotonar su chaqueta, deseando creer en alguien para rezarle de modo que pudiera rezar por el silbato. —Es porque ustedes muchachos siempre tienen su ojo en los asuntos — dijo Gracia. Y tal vez había alguien escuchando, en ese momento. El silbato sonó. Polly agarró los vestidos y salió corriendo, ajena a los gritos detrás. Afuera chocó con Shufti, tropezó con la gimiente forma de Garry, vio que el Sargento Jackrum mantenía la solapa de la carpa abierta, y se lanzó como bala hacia la noche. —¡Por aquí! —siseó el Sargento; la agarró por el cuello antes de que se alejara unos pies y la hizo girar—. ¡Tú también, Shufti! ¡Muévanse! Corrió subiendo el costado del lavadero como el globo de un niño soplado por el viento, dejando que ellas treparan tras él. Sus brazos estaban llenos de ropa, que se enganchaba y bailaba a sus espaldas. Arriba había maleza hasta las rodillas, traicionera en la penumbra. Tropezaron y se

tambalearon a través de ella hasta que llegaron a un terreno más firme, donde el Sargento las sujetó y las empujó bajo los arbustos. Las llamadas y los gritos sonaban más apagados ahora. —Ahora sólo nos mantendremos en silencio, ya —susurró—. Hay patrullas por aquí. —Seguro que nos encuentran —siseó Polly, mientras Shufti jadeaba. —No, no lo harán —dijo Jackrum—. Primero, todos correrán detrás de los gritos, porque es natu... allí van... —Polly escuchó más gritos en la distancia—. Y tontos cabrones que son, también. Se supone que estén protegiendo el perímetro, y corren hacia los problemas dentro del campamento. ¡Y corren directo hacia la luz de las lámparas, de modo que allí se va su visión nocturna! ¡Si yo fuera su Sargento se merecerían una buena paliza! Vamos. —Se enderezó, y arrastró a Shufti hasta ponerla de pie—. ¿Te sientes bien, muchacho? —¡Fue ho-horrible, sarge! ¡Una de ellas puso su mano... sobre... sobre mis medias! —Algo que no ocurre a menudo, le apostaría a cualquier hombre —dijo Jackrum—. Pero hicieron buen trabajo. Ahora, caminaremos tranquilos y silenciosos, y no más charla hasta que lo diga, ¿de acuerdo? Caminaron con dificultad durante diez minutos, bordeando el campamento. Escucharon algunas patrullas, y vieron otras sobre las cimas mientras la luna salía, pero Polly cayó en la cuenta de que, aunque los gritos sonaban fuertes, eran sólo parte del inmenso mosaico de sonidos que se levantaba del campamento. Las patrullas a esa distancia probablemente no lo habían escuchado, o al menos estaban comandadas por soldados de la clase que no quería recibir una paliza. En la oscuridad, escuchó a Jackrum respirar hondo. —Está bien, esto está bastante lejos. No fue un mal trabajo, muchachos. ¡Ahora son verdaderos Entrar-y-Salir! —Ese guardián estaba frío afuera —dijo Polly—. ¿Lo golpeó? —Mira, soy gordo —dijo Jackrum—. Las personas no piensan que los hombres gordos pueden pelear. Piensan que los hombres gordos son graciosos. Piensan mal. Le metí un corte en la tráquea.

—¡Sarge! —dijo Shufti, horrorizada. —¿Qué? ¿Qué? ¡Estaba viniendo hacia mí con su garrote! —dijo Jackrum. —¿Por qué lo estaba haciendo, sarge? —dijo Polly. —Ooh, tú soldado astuto —dijo Jackrum—. Muy bien, reconozco que acababa de darle la quietud a la vieja madam, pero para ser justo sé cuándo alguien acaba de pasarme un condenado trago lleno de gotas para dormir. —¿Usted golpeó a una mujer, sarge? —dijo Polly. —Sí, y tal vez cuando despierte en su corsé decidirá que la próxima vez que entre un pobre hombre gordo, viejo y borracho no sería tan buena idea tratar de hacerlo rodar por su tabaco —gruñó Jackrum—. Estaría en una zanja sin mis pantalones y un condenado gran dolor de cabeza si se hubiera salido con la suya, y si ustedes dos fueran lo bastante locos para quejarse ante un oficial, ella juraría negro por azul que yo no tenía ni un penique encima cuando entré y que estaba borracho y hacía desorden. Y al coronel le importaría un comino, porque calcularía que tiene ante sí un Sargento lo bastante tonto para dejarse atrapar de ese modo. Lo sé, miren. Cuido a mis muchachos. —Se escuchó un tintineo en la oscuridad—. Además algunos dólares adicionales no vendrán mal. —Sarge, no robó la caja, ¿verdad? —dijo Polly. —Sí. Tomé un buen puñado de su ropero, también. —¡Bien! —dijo Shufti fervientemente—. ¡No era un buen lugar! —Era mayormente mi dinero en todo caso —dijo Jackrum—. Los negocios han estado un poco lentos hoy, por lo visto. —¡Pero —No son ingresos inmorales! —dijo Eran ingresos Polly, y luego ahora se sintió los completamente tonta por decirlo. —dijo Jackrum—. inmorales, son beneficios de un robo común. La vida es mucho más fácil cuando se aprende a pensar derecho.

Polly se alegró de que no hubiera ningún espejo. Lo mejor que se podía decir de la nueva ropa del escuadrón era que las cubría. Pero era una

guerra. Rara vez se veía ropa nueva sobre nadie. Todavía se sentían incómodas. Y todo eso no tenía sentido. Pero se miraron unas a otras a la fría luz del amanecer y rieron tontamente de vergüenza. Vaya, pensó Polly, mírennos: vestidas como mujeres. Era curioso, pero la que realmente encajaba mejor en el papel era Igorina. Había desaparecido en la otra habitación ruinosa cargando su mochila. Durante diez minutos el escuadrón escuchó algún gruñido ocasional o un ‘auch’, y luego regresó con la cabeza llena de pelo rubio, hasta los hombros. Su cara tenía una forma correcta, sin los bultos y protuberancias que solía tener. Y se habían reducido y desaparecido las puntadas de su frente, como Polly vio asombrada. —¿Eso no duele? —dijo. —Pica un poco durante varios minutos —dijo Igorina—. Sólo tienes que tener el don. Y el ungüento especial, por supuesto. —¿Pero porqué hay una cicatriz curvada sobre tu mejilla ahora? —dijo Tonker—. Y dejaste esas puntadas. Igorina bajó los ojos recatadamente. Incluso había remodelado uno de los vestidos como un traje tirolés, y parecía una joven empleada nueva del sótano de cerveza. Sólo con mirarla uno pedía mentalmente una orden de pretzels grandes. —Tengo que tener algo para mostrar —dijo—. De otra manera defraudaría al clan. Y en realidad creo que las puntadas son algo atractivas... —Bien, de acuerdo —concedió Tonker—. Pero habla un poco ceceosa, ¿quieres? Sé que está totalmente equivocado, pero ahora te ves, oh, no sé... rara, supongo. —Está bien, formen fila —dijo Jackrum. Retrocedió, y les lanzó una mirada de teatral desdén—. Bien, nunca he visto tal montón de fula... de lavanderas en toda mi vida —dijo—. Deseo a todas ustedes la suerte que condenadamente necesitarán. Habrá alguien observando la puerta para que salgan, y eso es todo lo que puedo prometer. Soldado Perks, para esto serás Cabo suplente, no remunerado. Espero que hayas aprendido una o dos pequeñas lecciones en nuestro paseo. Entrar y salir, es lo que deben hacer.

Nada de famosas y últimas resistencias, por favor. Cuando tengan dudas, patéenlos en los privados y lárguense. La verdad es que si les temen como me temen a mí, no deberían tener problemas. —¿Está seguro de que no quiere venir con nosotras, sarge? —dijo Tonker, todavía tratando de no reír. —No, muchacho. No me tendrás en faldas. Todos tienen su lugar, ¿correcto? ¿El lugar donde trazan la línea? Bien, ése es el mío. Estoy bastante macerado en pecado, de una manera u otra, pero Jackrum siempre muestra sus colores. Soy un viejo soldado. Pelearé como un soldado, en las filas, sobre el campo de batalla. Además, si entrara ahí sonriendo tontamente con unas enaguas nunca escucharía el final de esto. —La Duquesa dice que hay un camino d-diferente para el Sargento Jackrum —dijo Wazzer. —Y no sé si tú no me asusta más que todo, Soldado Goom —dijo Jackrum. Enganchó su cinturón ecuatorial—. Tienes razón, sin embargo. Cuando estén adentro me deslizaré, bonito y silencioso, y me meteré en nuestras líneas. Si no puedo levantar un pequeño ataque de distracción, mi nombre no es Sargento Jackrum. Y ya que es Sargento Jackrum, eso lo demuestra. Ja, hay muchos hombres en el ejército de este hombre que me deben un favor —olfateó—, que no me dirían que no a la cara. Y muchos jóvenes prometedores que querrán decir a sus nietos que pelearon al lado de Jackrum, también. Bien, les daré su oportunidad de verdadera acción de soldados. —¡Sarge, será suicida atacar las puertas principales! —dijo Polly. Jackrum se palmeó la barriga. —¿Ven este montón? —dijo—. Es como tener una armadura propia. Un tipo una vez clavó una hoja en ella hasta el puño y quedó tan sorprendido como el infierno cuando lo noqueé. De todos modos, ustedes muchachos harán tanto escándalo que los guardianes estarán distraídos, ¿correcto? Ustedes dependen de mí, yo dependo de ustedes. Eso es militar, sí lo es. Me darán una señal, cualquiera. Es todo lo que necesitaré. —La Duquesa dice que su camino lo lleva más lejos —dijo Wazzer. —¿Sí? —dijo Jackrum jovialmente—. ¿Y dónde es eso, entonces? ¡En

algún lugar con un buen bar, espero! —La Duquesa dice, hum, que debería conducirlo al pueblo de Scritz — Wazzer lo dijo tranquilamente mientras el resto del escuadrón reía, menos por el comentario que como una manera de perder un poco de tensión. Pero Polly la escuchó. Jackrum es real, pero realmente bueno, pensó. La más fugaz expresión de terror desapareció en un instante. —¿Scritz? Nada allí —dijo—. Pueblo aburrido. —Había una espada —dijo Wazzer. Jackrum estaba listo esta vez. No hubo ni una chispa de expresión, sólo la cara en blanco que ponía tan bien. Y eso era raro, pensó Polly, porque debería haber algo, incluso si sólo fuera perplejidad. —He manejado montones de espadas en mi tiempo —dijo con desdén— . ¿Sí, Soldado Halter? —Sólo hay una cosa que no nos dijo, sarge —dijo Tonker, bajando la mano—. ¿Por qué el regimiento se llama Entrar-y-Salir? —Primeros para entrar en la batalla, últimos en salir de la refriega — dijo Jackrum automáticamente. —Entonces, ¿por qué nos apodamos Queseros? —Sí —dijo Shufti—. ¿Por qué, sarge? Porque por la forma en que hablaban esas chicas, sonaba como que deberíamos saberlo. Jackrum hizo un ruido de exasperación. —Oh, Tonker, ¿por qué diablos esperaste hasta que terminaron de sacarse los pantalones para preguntarme eso? ¡Me sentiré avergonzado al decirlo ahora! —Y Polly pensó: ése es el cebo, ¿correcto? Quiere decirnos. Quiere hacer cualquier conversación lejos de Scritz... —Ah —dijo Tonker—. Es sobre sexo, entonces, ¿verdad? —No tanto así, no... —Bien, dígame, entonces —dijo Tonker—. Me gustaría saberlo antes de morir. Si le hace sentirse mejor codearé a las personas y diré gnher, gnher, gnher. Jackrum suspiró. —Hay una canción —dijo—. Empieza ‘Era un lunes por la mañana, toda

en el mes de mayo...’ —Entonces es sobre sexo —dijo Polly rotundamente—. Es una canción folklórica, empieza ‘twas’, tiene lugar en mayo, lo que viene a demostrar que es sobre sexo. ¿Está una lechera involucrada? Apuesto a que sí. —Podría haber —admitió Jackrum. —¿Que va al mercado? ¿Para vender su mercadería? —dijo Polly. —Muy posible. —De acuerdo. Eso nos da el queso. Y ella se encuentra, veamos, con un soldado, un marinero, un alegre granjero o sólo posiblemente un hombre todo vestido de cuero, supongo. No, ya que es sobre nosotros, será un soldado, ¿correcto? Y ya que es uno del Entrar-y-Salir... oh cielos, siento venir una frase graciosa con doble sentido. Sólo una pregunta: ¿qué parte de su ropa cayó o se desató? —La liga —dijo Jackrum—. La has escuchado antes, Perks. —No, pero sólo sé cómo van las canciones folklóricas. Tuvimos cantantes folclóricos en la barra más baja en cas... donde trabajaba. Al final tuvimos que conseguir un hombre con un hurón. Pero una recuerda cosas... oh, no... —¿Hubo besuqueo, sarge? —dijo Tonker, sonriendo. —Un viaje en bote, supongo —dijo Igorina, para risa general. —No, se robó el queso, ¿verdad? —suspiró Polly—. Cuando la pobre muchacha estaba allí tendida y esperando su liga, ejem, ejem, él se largó con su queso, ¿correcto? —Er... no condenación. No con la falda puesta, Ozz —advirtió Tonker. —Entonces no es Ozz, tampoco —dijo Polly—. ¡Llenen el sombrero con pan, llenen las botas con sopa! Y roben el queso, ¿eh, sarge? —Eso es correcto. Siempre hemos sido un regimiento muy práctico — dijo Jackrum—. Un ejército marcha sobre su estómago, muchachos. ¡Sobre el mío, por supuesto, podría desfilar con banderas! —Fue su propia culpa. Debería haber sido capaz de atarse su propia liga —dijo Lofty. —Sí. Probablemente quería que le robara su queso —dijo Tonker. —Palabras sabias —dijo Jackrum—. ¡Y ya se van, entonces... Queseros!

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La neblina era todavía espesa cuando se abrieron camino por el bosque hacia el sendero junto al río. La falda de Polly se enganchaba en las zarzas. Debía suceder lo mismo antes de enrolarse, pero nunca lo notó tanto. Ahora la estaba molestando seriamente. Subió la mano y se ajustó las medias distraídamente, que había separado para usarlas como relleno de otra parte. Era demasiado flaca, ése era el problema. Los bucles habrían sido útiles. Decían ‘chica’. En su ausencia, tuvo que usar una bufanda. —Muy bien —susurró, mientras el suelo se allanaba—. Recuerden, no jurar. Reírse tontamente, no con disimulo. No eructar. Ningún arma, ninguna. No pueden ser tan estúpidos ahí dentro. ¿Alguien trajo un arma? Sacudieron las cabezas. —¿Trajiste un arma, Tonk... Magda? —No, Polly. —¿Ningún artículo de alguna clase con cierta calidad de arma? —insistió Polly. —No, Polly —dijo Tonker recatadamente. —¿Algo, quizás, con un filo? —Oh, ¿quieres decir esto? —Sí, Magda. —Bien, una mujer puede llevar un cuchillo, ¿no? —Es un sable, Magda. Estás tratando de esconderlo, pero es un sable. —Pero sólo lo estoy usando como un cuchillo, Polly. —Tiene tres pies de largo, Magda. —El tamaño no es importante, Polly. —Nadie lo cree. Déjalo detrás de un árbol, por favor. Es una orden. —¡Oh, de acuerdo! Después de un rato, Shufti, que parecía haber estado pensando profundamente, dijo: —No puedo comprender por qué no se ató simplemente su propia liga... —Shuft, ¿qué carajo...? —empezó Tonker.

—... demonios —corrigió Polly—, y estás hablando con Betty, recuerda. —¿De qué demonios estás hablando, Betty? —dijo Tonker, blanqueando los ojos. —Bien, de la canción, por supuesto. Y no tiene que echarse para atarse una liga en todo caso. Sería más difícil —dijo Shufti—. Todo es un poco tonto. Nadie dijo nada durante un rato. Era, quizás, fácil ver por qué Shufti estaba en su búsqueda. —Tienes razón —dijo Polly eventualmente—. Es una canción tonta. —Una canción muy tonta —dijo Tonker, de acuerdo. Todas estaban de acuerdo. Era una canción tonta. Salieron al sendero del río. Por delante de ellas un pequeño grupo de mujeres daba vuelta presuroso la curva del sendero. Automáticamente, el escuadrón levantó la vista. El torreón crecía en el escarpado despeñadero; era difícil ver dónde terminaba la roca virgen y dónde empezaba la antigua mampostería. No podían ver ninguna ventana. Desde aquí, era sólo una pared que se extendía hasta el cielo. Ninguna manera de entrar, decía. Ninguna salida. En esta pared había pocas puertas, y cerradas con carácter definitivo. A esta distancia del río hondo y lento, el aire helaba los huesos, y se ponía más frío cuanto más arriba miraban. Dando la curva pudieron ver la puerta trasera que estaba en el pequeño saliente de roca, y a las mujeres delante de ellas que hablaban con un guardián. —Esto no va a resultar —dijo Shufti por lo bajo—. Le están mostrando unos papeles. ¿Alguien trajo los suyos? ¿No? El soldado había levantado la vista y observaba a las muchachas, con esa expresión oficial en blanco de alguien que no está buscando emociones ni aventuras en su vida. —Sigan moviéndose —murmuró Polly—. Si todo se pone realmente mal, échense a llorar. —Eso es repugnante —dijo Tonker. Sus pies traicioneros las estaban llevando más cerca todo el tiempo. Polly mantuvo sus ojos hacia abajo, como era correcto en una mujer soltera.

Habría otros observando, lo sabía. Probablemente estarían aburridos, podían no estar esperando problemas, pero arriba de esas paredes había ojos fijos en ella. Llegaron al guardián. Justo dentro de la entrada de piedra angosta había otro, holgazaneado en la sombra. —Papeles —dijo el guardián. —Oh, señor, no tengo ninguno —dijo Polly. Había estado inventando el discurso en el camino a través del bosque. Guerra, temores de invasión, personas que huyen, no comida... no tenías que inventar cosas, sólo tenías que reensamblar la realidad—. Tuve que partir... —Oh, correcto —interrumpió el guardián—. ¿Sin papeles? ¡No hay ningún problema! Sólo entre y vea a mi colega. ¡Muy bien por unirse a nosotros! —Se puso a un lado y agitó una mano hacia la oscura entrada. Perpleja, Polly entró, con las otras siguiéndola. Detrás de ellas, la puerta se cerró. Adentro, vio que estaban en un largo corredor con muchas aberturas en las paredes hacia habitaciones de cada lado. Desde las aberturas brillaba luz de lámpara. Podía ver sombras más allá de ellas. Unos arqueros ocultos allí podían convertir a cualquiera atrapado aquí en picadillo. Al final del corredor otra puerta se abrió. Conducía a una pequeña habitación en la cual estaba sentado, ante un escritorio, un joven con un uniforme que Polly no reconoció, aunque tenía la insignia de capitán. A un lado, de pie, estaba un hombre mucho, mucho más grande con el mismo uniforme, o posiblemente dos unidos. Tenía una espada. Había algo en él: cuando este hombre sujetaba una espada, estaba claramente siendo sujetada, y por él. Tenía los ojos clavados en ella. Incluso Jade se habría impresionado. —Buenos días, damas —dijo el capitán—. Sin papeles, ¿eh? Quítense las bufandas, por favor. Y eso era todo, pensó Polly, mientras la parte inferior de su estómago se caía. Y pensábamos que éramos inteligentes. No había nada que hacer excepto obedecer. —Ah. Me dirá que su pelo fue afeitado como castigo por confraternizar con el enemigo, ¿eh? —dijo al hombre, apenas levantando la vista—.

Excepto usted —añadió a Igorina—. ¿No tiene ganas de confraternizar con algún enemigo? ¿Algo mal con los decentes muchachos de Zlobenia? —Er... no —dijo Igorina. Ahora el capitán sonrió breve y alegremente. —Caballeros, no hagamos los tontos, ¿quieren? Caminan mal. Observamos, lo saben. Caminan mal y se paran mal. Usted —señaló a Tonker—, tiene un poco de jabón de afeitar bajo una oreja. Y usted, señor, es deforme o ha intentado el viejo truco de meter un par de medias bajo el chaleco. Carmesí de vergüenza y humillación, Polly bajó la cabeza. —Entrar o salir disfrazados como lavanderas —dijo el capitán, sacudiendo la cabeza—. Todos afuera de este estúpido país lo conocen, muchachos, pero la mayoría de ellos hacen más esfuerzo que ustedes. Bien, para ustedes la guerra ha terminado. Este lugar tiene grandes calabozos, muy grandes y no me molesta decirles que probablemente van a estar mejor aquí que afuera... Sí, ¿qué quiere? Shufti había levantado una mano. —¿Puedo mostrarle algo? —dijo. Polly no giró, pero miró la cara del capitán mientras, al lado de Polly, la tela crujía. No podía creerlo. Shufti se estaba levantando la falda... —Oh —dijo el capitán, recostándose en su silla. Su cara se puso roja. 19 Se escuchó una explosión desde Tonker, pero era una explosión de lágrimas. Salieron acompañadas de un largo y triste gemido, mientras se tiraba al piso. —¡Venimos de ta-an lejos! ¡Nos tendimos en zanjas para escondernos de los soldados! ¡No hay comida! ¡Queremos trabajar! ¡Usted nos llamó muchachos! ¿Por qué es ta-an cruel? Polly se arrodilló y la levantó, palmeándole la espalda mientras los hombros de Tonker se sacudían con la fuerza de sus sollozos. —Ha sido muy difícil para todos nosotros —dijo el capitán con la cara colorada.

19

Recordemos que Shufti, o sea Betty, está embarazada. (Nota del traductor)

—Si puedes abatirlo, puedo ahorcar al otro con el cordel de mi mandil —susurró Tonker en su oreja, entre alaridos. —¿Ha visto todo lo que desea ver? —dijo Polly al capitán ruborizado, cada sílaba tintineando hielo. —¡Sí! ¡No! ¡Sí! ¡Por favor! —dijo el capitán, lanzando al guardián la mirada agonizante de un hombre que sabe que va a ser motivo de la risa de todo el fuerte dentro de una hora—. Una vez fue bastante... quiero decir, he visto... mire, estoy completamente satisfecho. Soldado, vaya y busque una de las mujeres del lavadero. Lo siento tanto, damas, yo... tengo trabajo que hacer... —¿Lo disfruta? —dijo Polly, todavía helando. —¡Sí! —dijo el capitán apresuradamente—. ¡Quiero decir, no! ¡No, sí! Tenemos que tener cuidado... ah... El soldado grande había regresado, siguiendo el paso de una mujer. Polly la miró. —Algunas, er, nuevas voluntarias —dijo el capitán, señalando vagamente hacia el escuadrón—. Estoy seguro de que la Sra. Enid hará algún uso de ellas... er... —Indudablemente, capitán —dijo la mujer, haciendo una reverencia recatadamente. Polly todavía miraba. —Ustedes se van... damas —dijo el capitán—. Y si son buenas trabajadoras estoy seguro de que la Sra. Enid les dará un pase para que no tengamos este problema otra vez... er... Shufti puso ambas manos sobre su escritorio, se inclinó hacia él y dijo: ‘Boo’. Su silla golpeó la pared. —Puedo no ser inteligente —dijo a Polly—. Pero no soy estúpida.

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Pero Polly todavía miraba al Teniente Blouse. Había hecho una reverencia sorprendentemente bien. El soldado las escoltó a lo largo de un túnel que se abría en un antepecho sobre lo que era tanto una cueva como una habitación; estaba en

ese nivel del torreón donde no había mucha diferencia. No era un lavadero, sino evidentemente alguna vida caliente y húmeda después de la muerte para ésos que requerían castigo con el adicional de fregar. El vapor rodaba al otro lado del techo, se condensaba, y goteaba a un piso que ya estaba empapado. Y continuaba para siempre, tina tras tina. Unas mujeres se movían como fantasmas a través de nubes de niebla que derivaban y giraban. —Allí van, damas —dijo, y palmeó la nalga de Blouse—. ¿Te veo después esta noche, entonces, Daphne? —¡Oh, sí! —trinó Blouse. —A las cinco, entonces —dijo el soldado, y salió por el corredor. —¿Daphne? —dijo Polly, cuando el hombre se fue. —Mi ‘nom de guerre’ —dijo Blouse—. Todavía no encontré una manera de salir de las áreas más bajas pero todos los guardianes tienen llaves y tendré la suya en mi mano a las cinco y media. ¿Perdón? —Creo que Tonker... lo siento, Magda sólo se mordió la lengua —dijo Polly. —¿Magda? Oh, sí. Bien hecho para mantenerse en el personaje, er... —Polly —dijo Polly. —Buena elección del nombre —dijo Blouse, bajando unos escalones—. Es un buen nombre común, algo como de doncella. —Sí, es lo que pensé —dijo Polly con gravedad. —Er... ¿el Sargento Jackrum no vino con ustedes, entonces? —dijo el teniente, con un rastro de nerviosismo. —No, señor. Dijo que iba a dirigir una carga sobre las puertas principales, señor, si le enviábamos una señal. Espero que no lo intente antes. —Santo cielo, el hombre está loco —dijo Blouse—. Espléndido esfuerzo de los muchachos, sin embargo. Bien hecho. Ustedes definitivamente pasarían por mujeres ante el observador casual. —Viniendo de usted, Daphne, es un gran cumplido —dijo Polly, pensando: vaya, soy realmente buena manteniendo una cara seria. —Pero no necesitaban venir tras de mí —dijo Blouse—. Lamento no

haberles hecho una señal, pero la Sra. Enid permitió que me quedara a pasar la noche, miren. Los guardianes no hacen tantos controles por la noche así que usé mi tiempo para buscar el camino al torreón superior. Todo con puertas o realmente custodiado, me temo. Sin embargo, el Soldado Hauptfidel se ha prendado de mí... —¡Bien hecho, señor! —dijo Polly. —Perdone, quiero tenerlo claro, señor —dijo Tonker—. Usted tiene una cita con un guardián. —Sí, y sugeriré que vayamos a algún lugar oscuro lugar y luego cuando haya conseguido lo que quiero le romperé el cuello —dijo Blouse. —¿No es ir un poco demasiado lejos en una primera cita? —dijo Tonker. —Señor, ¿tuvo problemas para entrar? —dijo Polly. Esto la había estado molestando. Parecía tan injusto. —No, no en absoluto. Sólo sonreí y moví las caderas y me dejaron pasar. ¿Y ustedes? —Oh, tuvimos un pequeño... —dijo Polly—. Fue un poco espan... fue poco elegante por un momento o dos. —¿Qué les dije? —dijo Blouse triunfal—. ¡Todo se trata de habilidad actoral! Pero ustedes eran muchachos valientes para intentarlo. Vengan y conozcan a la Sra. Enid. Una dama muy leal. ¡Las bravas mujeres de Borogravia están de nuestro lado! Y, efectivamente, había una imagen de la Duquesa en el hueco que servía de oficina a la encargada del lavadero. La Sra. Enid no era una mujer particularmente grande pero tenía antebrazos como los de Jade, un mandil empapado, y la boca más movible que Polly jamás había visto. Sus labios y su lengua dibujaban cada palabra como una gran forma en el aire; en una caverna llena de siseos de vapor, ecos, agua cayendo y golpes de ropa mojada sobre piedra, las lavanderas observaban los labios cuando las orejas quedaban aturdidas. Cuando escuchaba, su boca se movía todo el tiempo, también, como alguien tratando de sacarse un trozo de nuez de un diente. Tenía las mangas enrolladas encima de los codos. Escuchó impasible mientras Blouse presentaba al escuadrón. —Ya veo —dijo—. Correcto. Deje a sus muchachos aquí conmigo, señor.

Debe regresar a la habitación de prensas. Cuando Blouse regresó rebotando y tambaleándose a través del vapor, la Sra. Enid las miró de arriba para abajo, y luego a los ojos. —Muchachos —gruñó—. ¡Ja! Es todo lo que sabe, ¿eh? ¡Que una mujer lleve la ropa de un hombre es una Abominación para Nuggan! —Pero estamos vestidos como mujeres, Sra. Enid —dijo Polly mansamente. La boca de la Sra. Enid se movió ferozmente. Entonces cruzó los brazos. Era como una barricada avanzando contra todo lo que era impío. —No es correcto —dijo—. Tengo un hijo y un marido prisioneros en este lugar y estoy trabajando como una esclava para el enemigo sólo para tenerlos vigilados. Van a invadir, lo saben. Es asombroso lo que escuchamos aquí abajo. De modo que qué bien les hará a sus hombres que los rescaten cuando todos estamos bajo el tacón del zueco Zlobeniano pintado a mano, ¿eh? —Zlobenia no invadirá —dijo Wazzer con confianza—. La Duquesa velará por ello. No tema. Wazzer recibió esa clase de mirada que siempre conseguía cuando alguien la escuchaba por primera vez. —Estuvo rezando, ¿verdad? —dijo la Sra. Enid gentilmente. —No, sólo escuchando —dijo Wazzer. —Nuggan le habla, ¿verdad? —No. Nuggan está muerto, Sra. Enid —dijo Wazzer. Polly tomó el brazo delgado como fósforo de Wazzer y dijo: —Excúsenos un momento, Sra. Enid. —Escondió a la muchacha detrás de un inmenso escurridor, accionado por agua. Jadeaba y resonaba como un fondo a su conversación. —Wazzer, esto se está poniendo... —La lengua nativa de Polly no tenía ninguna palabra para ‘anormal’, pero si hubiera conocido la palabra habría bienvenido su inclusión—... extraño. Está preocupando a las personas. No puedes andar diciendo por allí que un dios está muerto. —Pasado, entonces. Menguado... creo —dijo Wazzer, arrugando la frente—. No más con nosotros...

—Todavía tenemos las Abominaciones. Wazzer trató de concentrarse. —No, no son reales. Son como... ecos. Voces muertas en una antigua cueva, rebotando de un lado al otro, cambiando las palabras, diciendo tonterías... como las banderas que fueron usadas para señales pero que ahora sólo aletean en el viento... —Los ojos de Wazzer se desenfocaron y su voz cambió, se puso más adulta, más segura—... y no vienen de ningún dios. No hay ningún dios aquí ahora. —¿Así que de dónde vienen? —De nuestro miedo... Vienen de la parte que odia lo Otro, que no cambiará. Vienen de la suma de toda la insignificancia, estupidez y torpeza. Tenemos miedo a mañana, y hemos hecho del miedo nuestro dios. La Duquesa lo sabe. El escurridor de agua continuaba chirriando. Alrededor de Polly las calderas siseaban, el agua corría a chorros en las canaletas. El aire estaba cargado de olor a jabón y tela húmeda. —No creo en la Duquesa, tampoco —dijo Polly—. Fue sólo engaño en el bosque. Nadie miraba alrededor. No quiere decir que crea en ella. —Eso no importa, Polly. Ella cree en ti. —¿De veras? —Polly echó un vistazo alrededor de la cueva llena de vapor y goteras—. ¿Está aquí, entonces? ¿Nos ha agraciado con su presencia? Wazzer no tenía ningún concepto de sarcasmo. Asintió. —Sí. Sí. Polly miró detrás de ella. —¿Acaba de decir que sí? —preguntó. —Sí —dijo Wazzer. Sí. Polly se relajó. —Oh, es un eco. Es una cueva, después de todo. Uh... ... lo que no explica por qué mi voz no vuelve rebotando... —Wazz... quiero decir, ¿Alice? —dijo pensativa.

—¿Sí, Polly? —dijo Wazzer. —Pienso que sería una muy buena idea si no hablas demasiado sobre esto a los demás —dijo—. A las personas no les molesta creer, ya sabes, en dioses y todo eso, pero se ponen muy nerviosas si les dices que están apareciendo. Er... ella no va a aparecer, ¿verdad? —¿La persona en la que no crees? —dijo Wazzer, mostrando un destello de espíritu. —Yo... no digo que no existe —dijo Polly débilmente—. Sólo que no creo en ella, eso es todo. —Ella está muy débil —dijo Wazzer—. La escucho llorar en la noche. Polly buscó más información en la cara enfermiza, esperando que de alguna manera Wazzer se estuviera riendo de ella. Pero no vio nada más que inocencia perpleja. —¿Por qué llora? —dijo. —Las oraciones. La lastiman. Polly giró en redondo cuando algo tocó su hombro. Era Tonker. —La Sra. Enid dice que vayamos a trabajar —dijo—. Dice que los guardianes pasan y controlan...

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Era trabajo de mujeres, y por lo tanto monótono, agotador y social. Polly había pasado mucho tiempo sin meter las manos en una tina, y las de aquí eran largos bebederos de madera, donde veinte mujeres podían trabajar al mismo tiempo. Unos brazos a cada lado de ella apretaban y aporreaban, retorcían prendas de vestir y las ponían con un golpe en el bebedero de enjuagar detrás de ellas. Polly se les unió, y escuchó el zumbido de conversación a su alrededor. Eran chismes, pero entre ellos flotaban trozos de información como burbujas en la tina. Un par de guardianes se habían ‘tomado libertades’ —es decir, más de las que ya se habían tomado— y aparentemente habían sido azotados por eso. Esto causó mucho comentario a lo largo de la tina. Aparentemente algún gran milord de Ankh-Morpork estaba a cargo de las

cosas y lo había ordenado. Era alguna clase de mago, dijo la mujer enfrente. Decían que podía ver las cosas que ocurrían por todos lados, y que se alimentaba de carne cruda. Decían que tenía ojos secretos. Por supuesto, todas sabían que esa ciudad era el hogar de las Abominaciones. Polly, frotando una camisa diligentemente sobre una tabla de lavar, pensó en esto. Y pensó en un halcón de tierras bajas en este país de tierras altas, y en alguna criatura tan veloz y furtiva que era sólo una sugerencia de sombra... Tomó un turno en las calderas de cobre, empujando las calientes prendas de vestir bajo la superficie borboteante, y notó que en este lugar sin armas de ninguna clase estaba usando un pesado palo de tres pies de largo. Disfrutaba del trabajo, de una manera callada. Sus músculos hacían todo el pensamiento necesario, dejando libre su cerebro. Nadie sabía con seguridad que la Duquesa estuviera muerta. Eso no importaba ni más ni menos. Pero Polly estaba segura de una cosa. La Duquesa había sido una mujer. Sólo una mujer, no una diosa. Oh, las personas le rezaban con la esperanza de que sus peticiones fueran envueltas para regalo y enviadas a Nuggan, pero eso no le daba derecho de meterse con la cabeza de personas como Wazzer, quien tenía bastantes problemas por sí sola. Los dioses podían hacer milagros, las duquesas posaban para pinturas. Por el rabillo del ojo Polly vio que una fila de mujeres tomaba grandes canastas de una plataforma al final de la habitación y salía a través de otra entrada. Arrastró a Igorina del bebedero del lavado y le dijo que se uniera a ellas. —¡Y anota todo! —añadió. —Sí, Cabo —dijo Igorina. —Porque sé una cosa —dijo Polly, señalando las pilas de lino húmedo—, y es que este montón necesitará brisa... Volvió a trabajar, uniéndose ocasionalmente al parloteo para aparentar. No era difícil. Las lavanderas se mantenían lejos de algunos temas, particularmente ésos como ‘maridos’ e ‘hijos’. Pero Polly recogió pistas aquí y allá. Algunos estaban en el torreón. Algunos estaban probablemente muertos. Algunos estaban allá afuera, en algún lugar. Algunas de las mujeres más viejas llevaron la Medalla de Maternidad, otorgado a las que

habían perdido sus hijos por Borogravia. El metal falso se estaba oxidando en la húmeda atmósfera, y Polly se preguntó si las medallas habían llegado con una carta de la Duquesa, con la firma impresa al final y el nombre del hijo apretado para que entrara en el espacio:

La honramos y felicitamos, Sra. L. Lapchic de Calle Bien, Manx, por la muerte de su hijo OttoPiotrHanLapcbic, el 25 de Junio en ---

El sitio era siempre censurado en caso de que fuera de ayuda y comodidad para el enemigo. A Polly le sorprendía descubrir que las medallas baratas y las palabras desconsideradas, en cierto modo, eran de ayuda y comodidad para las madres. Aquellas en Munz que las habían recibido las llevaban con una especie de orgullo feroz, indignado. No estaba segura de confiar mucho en la Sra. Enid. Ella tenía un hijo y un marido en las celdas, y había tenido una oportunidad de sopesar a Blouse. Se estaría preguntando: ¿qué es más posible, que consiga sacarlos a todos y mantenerlos a salvo, o que vaya a ser un poderoso enredo que bien podría dañarnos a todos? Y Polly no podía culparla si iba con las pruebas... Se dio cuenta de que alguien le hablaba. —¿Hum? —dijo. —Mira esto, ¿quieres? —dijo Shufti, agitando un empapado pantalón largo de hombre delante de ella—. ¡Ponen los colores con los blancos! —¿Bien? ¿Y qué? Es el pantalón de un enemigo —dijo Polly. —¡Sí, pero hay algo que se llama hacerlo apropiadamente! ¡Mira, pusieron este rojo y todos los otros se están poniendo rosados! —¿Y? Solía gustarme el rosado cuando tenían unos siete años. 20 —¿Pero rosado claro? ¿Para un hombre? Polly miró la siguiente tina por un momento, y palmeó el hombro de Shufti. —Sí. Es muy pálido, ¿verdad? Es mejor que busques un par más de

20

Es un hecho establecido que, a pesar de todo lo que la sociedad pueda hacer, las niñas de siete años están

magnéticamente atraídas al color rosado. (Nota del autor)

cosas rojas —dijo. —Pero eso lo pondría incluso peor... —empezó Shufti. —Ésa fue una orden, soldado —susurró Polly en su oreja—. Y añade un poco de almidón. —¿Cuánto? —Todo lo que puedas encontrar. Igorina regresó. Igorina tenía buenos ojos. Polly se preguntó si alguna vez habían pertenecido a otra persona. Hizo un guiño a Polly y levantó un pulgar. Era, para alivio de Polly, suyo propio.

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En la inmensa habitación de planchado, sólo una persona trabajaba en las largas mesas cuando Polly, aprovechando la ausencia temporal de la Sra. Enid, entró rápidamente. Era ‘Daphne’. Todas las demás mujeres estaban reunidas alrededor, como si observaran una demostración. Y eso hacían. —... el cuello, lo ven —dijo el Teniente Blouse, blandiendo una gran plancha, llena de carbón y humeante—. Entonces los puños de las mangas y finalmente las mangas. Hagan medio frente a la vez. Deberán colgarlas inmediatamente pero, y aquí tienen un útil consejo, no las planchen hasta secarlas totalmente. Es realmente cuestión de práctica, pero... Polly miraba en asombro fascinado. Odiaba el planchado. —Daphne, ¿podría tener una palabra? —dijo, durante una pausa. Blouse levantó la vista. —Oh, P... Polly —dijo—. Hum, sí, por supuesto. —Es asombroso lo que sabe Daphne sobre líneas de plisado —dijo una muchacha, con admiración—. ¡Y prensa telas! —Estoy asombrada —dijo Polly. Blouse le pasó la plancha a la muchacha. —Allí tiene, Dympha —dijo generosamente—. Recuerde: siempre planche el revés primero, y sólo hágalo del revés con la ropa oscura. Error común. Ya voy, Polly. Polly taconeó durante un rato afuera, y una de las muchachas se acercó

con una gran pila de cosas recién planchadas. Vio a Polly, y se inclinó hacia ella mientras pasaba. —Todas sabemos que es un hombre —dijo—. ¡Pero se está divirtiendo mucho y plancha como un demonio! —Señor, ¿cómo sabe de planchado? —dijo Polly, cuando estuvieron de regreso en la habitación del lavado. —Tenía que hacer mi propio lavado de ropa sucia allá en los cuarteles — dijo Blouse—. No podía pagar a una chica; el ordenanza era un estricto Nugganita y decía que era trabajo de mujer. Así que pensé, bien, no puede ser difícil, de otra manera no lo dejaríamos a ellas. Realmente no son muy buenas aquí. ¿Sabes que ponen juntos los colores y los blancos? —Señor, sabe que dijo que iba a robarle una llave de portón a un guardián y romperle el cuello —dijo Polly. —Efectivamente. —¿Sabe cómo romper el cuello de un hombre, señor? —Leí un libro de artes marciales, Perks —dijo Blouse, un poco severamente. —¿Pero en realidad no lo ha hecho, señor? —¡Bien, no! Estuve en los cuarteles, y no se permite practicar sobre personas reales, Perks. —Mire, la persona cuyo cuello quiere romper tendrá un arma en ese momento y usted no, señor —dijo Polly. —He probado el principio básico sobre una manta enrollada —dijo Blouse con tono de reproche—. Parece funcionar muy bien. —¿Estaba la manta luchando y haciendo fuertes ruidos de gorgoteo y pateándolo en las medias, señor? —¿Las medias? —dijo Blouse, perplejo. —A decir verdad pienso que su otra idea sería mejor, señor —dijo Polly apresuradamente. —Sí... mi, er... otra idea... ¿cuál era ésa, exactamente? —Ésa donde escapamos del lavadero vía el área de secadero de ropa, señor, después de incapacitar silenciosamente a tres guardianes, señor. Hay una especie de habitación móvil al fondo del corredor, señor, que es

levantada todo el camino hasta el techo. Dos guardianes van allá con las mujeres, señor, y hay otro guardián en el techo. Actuando juntos, eliminaríamos a cada guardián desprevenido, que sería más seguro que usted contra un hombre armado, con todo el debido respeto, señor, y eso nos dejaría en muy buena posición de ir a cualquier lugar en el torreón vía los tejados, señor. ¡Bien hecho, señor! Hubo una pausa. —¿Yo, er, entré en todos esos detalles? —dijo Blouse. —Oh, no, señor. No tiene que hacerlo, señor. Los Sargentos y los Cabos se las arreglan con los detalles finos. Los oficiales están ahí para ver el gran concepto. —Oh, absolutamente. Y, er... ¿qué tan grande es este concepto? —dijo Blouse, parpadeando. —Oh, muy grande, señor. Un concepto muy grande, señor. —Ah —dijo Blouse, y se enderezó y asumió lo que consideraba la expresión de alguien con visión panorámica. —Algunas de las damas solían trabajar en el torreón superior, señor, cuando era nuestro —continuó Polly rápidamente—. Anticipándome a sus órdenes, señor, puse al escuadrón en conversación ligera con ellas sobre el diseño del sitio, señor. Consciente del avance general de su estrategia, señor, pienso que he encontrado una ruta a los calabozos. Hizo una pausa. Había sido una buena palabrería, lo sabía. Casi digna de Jackrum. La había salpicado de tantos ‘señor’ como se atrevió. Y estaba muy orgullosa de ‘anticipándome a sus órdenes’. No había escuchado a Jackrum usarlo, pero con cierta cantidad de cuidado era una justificación para hacer casi cualquier cosa. ‘Avance general’ estuvo bonito, también. —Calabozos —dijo Blouse pensativo, perdiendo momentáneamente la visión del gran concepto—. A decir verdad pensé que había dicho... —Sísseñor. ¡Porque, señor, si podemos sacar a muchos de los muchachos de los calabozos, señor, estará al mando dentro del baluarte del enemigo, señor! Blouse creció otra pulgada, y luego se relajó otra vez.

—Por supuesto, hay algunos oficiales muy superiores aquí. Todos ellos superiores a mí... —¡Sísseñor! —dijo Polly, sobre el camino de graduarse en la Escuela Para La Completa Manipulación de Ruperts del Sargento Jackrum—. ¿Quizás sea mejor que tratemos de liberar a los soldados primero, señor? No queremos exponer a los oficiales al fuego enemigo. Era desvergonzado y estúpido, pero ahora la luz de la batalla estaba en los ojos de Blouse. Polly decidió echarle aire, por las dudas. —Su liderazgo ha sido realmente un grandioso ejemplo para nosotros, señor —dijo. —¿De veras? —Oh, sí, señor. —Ningún oficial podría haber comandado a un mejor grupo de hombres, Perks —dijo Blouse. —Probablemente sí, señor —dijo Polly. —¿Y qué hombre se atrevería a desear tal oportunidad, eh? —dijo Blouse—. ¡Nuestros nombres estarán en los libros de historia! Bien, el mío lo estará, obviamente, y me aseguraré de que ustedes tengan una mención también. ¿Y quién lo sabe? ¡Quizás pueda recibir el más alto homenaje que un valiente oficial pueda obtener! —¿Cuál es, señor? —dijo Polly respetuosamente. —Tener un producto alimenticio o un artículo de ropa con su nombre — dijo Blouse, la cara radiante—. El General Froc consiguió ambos, por supuesto. El Abrigo y la Carne Froc. Por supuesto, nunca podría aspirar a tanto. —Bajó la vista tímidamente—. ¡Pero tengo que decir, Perks, que he creado algunas recetas, por las dudas! —¿De modo que algún día estaremos comiendo un Blouse, señor? —dijo Polly. Estaba observando que apilaban canastas. —Posiblemente, posiblemente, si me atrevo a esperar —dijo Blouse—. Er... mi favorito es una especie de anillo de pasta, ya sabes, relleno de nata y remojado con ron... —Eso es un Rum Baba, señor —dijo Polly distraída. Tonker y las demás observaban las canastas apiladas, también.

—¿Ya lo han hecho? —Eso me temo, señor. —¿Y... er... un plato de hígado y cebollas? —Se llama hígado-con-cebollas, señor. Lo siento —dijo Polly, tratando de no perder la concentración. —Er, er, bien, me he dado con que algunos platos han sido nombrados por personas cuando realmente sólo les hicieron pequeños cambios a una receta básica... —¡Debemos irnos ahora, señor! ¡Ahora o nunca, señor! —¿Qué? Oh. Correcto. Sí. ¡Debemos irnos! Fue una maniobra militar sin registrar hasta ese momento. El escuadrón, acercándose desde diferentes direcciones a la señal de Polly, llegó a las canastas justo delante de las mujeres que tenían el propósito de tomarlas, agarraron las asas y avanzaron. Sólo entonces se dio cuenta de que probablemente nadie más quería el trabajo, y las mujeres estaban felices por dejarle el esfuerzo a las idiotas recién llegadas. Las canastas eran grandes y el lavado mojado era pesado. Wazzer e Igorina apenas pudieron levantar una canasta entre las dos. Un par de soldados esperaba junto a la puerta. Parecían aburridos, y prestaron poca atención. Era una larga caminata al ‘ascensor’. Polly no fue capaz de imaginarlo cuando se lo describieron. Tenías que verlo. Era sólo una gran caja abierta de pesados maderos, sujeta a una soga gruesa, y que subía y bajaba por una especie de chimenea en la roca. Cuando estuvieron a bordo, uno de los soldados tiró de una soga mucho más delgada que desaparecía en la oscuridad de arriba. El otro encendió un par de velas, cuyo único papel era hacer de la oscuridad una penumbra. —¡No se desmayen ahora, chicas! —dijo. Su compañero rió entre dientes. Dos de ellos y siete de nosotros, pensó Polly. El palo de cobre golpeaba contra su pierna mientras se movía, y sabía a ciencia cierta que Tonker estaba cojeando porque se había atado un garrote de lavar bajo el vestido. Eso era para lavanderas serias; era un palo largo con lo que parecía un taburete de ordeñar de tres patas en el extremo, lo mejor para agitar ropa

en un gran caldero de agua hirviendo. Probablemente se podía romper un cráneo con él. Las paredes de piedra pasaban hacia abajo mientras la plataforma subía. —¡Qué emocionante! —trinó ‘Daphne’—. Y esto va todo el camino arriba a través de su gran castillo, ¿verdad? —Oh, no, señorita. Tiene que cruzar la roca primero, señorita. Muchos viejos pozos y todo eso antes de llegar a esa altura. —Oh, pensé que ya estábamos en el castillo. —Blouse lanzó una mirada preocupada a Polly. —No, señorita. Sólo está el lavadero ahí abajo, por el agua. Ja, hay incluso una escalada y media hasta los sótanos más bajos. Es una suerte para ustedes que exista este ascensor, ¿eh? —Maravilloso, Sargento —dijo Blouse, y permitió que Daphne volviera— . ¿Cómo funciona? —Es Cabo, señorita —dijo el que tiraba del cordel, tocándose el flequillo—. Es tirado arriba y abajo por prisioneros en una rueda, señorita. —¡Oh, qué horroroso! —Oh no, señorita, es muy humano. Er... si está libre después del trabajo, er, podía buscarla y mostrarle el mecanismo... —¡Sería adorable, Sargento! Polly se puso la mano sobre los ojos. Daphne era una desgracia para la condición femenina. El ascensor tronaba hacia arriba, muy despacio. Principalmente pasaban roca desnuda pero a veces había antiguas rejas o áreas de mampostería, sugiriendo túneles bloqueados mucho tiempo atrás... Hubo una sacudida, y la plataforma dejó de moverse. Uno de los soldados juró por lo bajo, pero el Cabo dijo: —No tengan miedo, damas. Esto ocurre a menudo. —¿Por qué deberíamos tener miedo? —dijo Polly. —Bien, porque estamos colgando de una soga a cien pies del suelo y la maquinaria de elevar ha perdido un diente. —Otra vez —dijo el otro soldado—. Nada aquí trabaja apropiadamente.

—A mí me suena como una buena razón —dijo Igorina. —¿Cuánto tiempo llevará repararlo? —dijo Tonker. —¡Ja! ¡La última vez que ocurrió estuvimos atorados por una hora! Demasiado tiempo, pensó Polly. Podían ocurrir demasiadas cosas. Miró hacia arriba a través de las vigas del techo. El cuadrado con luz de día estaba muy lejos. —No podemos esperar —dijo. —Oh cielos, ¿quién nos salvará? —tembló Daphne. —Tendremos que encontrar una manera de pasar el tiempo, ¿eh? —dijo uno de los guardianes. Polly suspiró. Era una de esas frases, como ‘Bien, mira lo que tenemos aquí’, que significaba que las cosas solamente iban a ponerse mucho peores. —Sabemos cómo es, damas —continuó el guardián—. Sus hombres lejos, y todo eso. Es así de malo para nosotros, también. No puedo recordar cuándo besé a mi esposa por última vez. —Y yo tampoco puedo recordar cuándo besé a su esposa por última vez —dijo el Cabo. Tonker saltó hacia arriba, atrapó una viga, y se trepó al techo de la caja. El ascensor se sacudió y, en algún lugar, un trozo de roca se soltó y se estrelló abajo del tiro. —¡Hey, no puede hacer eso! —dijo el Cabo. —¿Dónde lo dice? —dijo Tonker—. Polly, hay uno de esos túneles amurallados aquí, pero la mayoría de las piedras han caído. Podríamos entrar fácilmente. —¡No puede salir! ¡Nos meteremos en problemas! —dijo el Cabo. Polly sacó la espada de su vaina. El espacio estaba demasiado atestado para hacer mucho con ella excepto amenazar, pero la tenía, y él no. Hacía una enorme diferencia. —Usted ya está en problemas —dijo—. Por favor no me obligue a empeorarlo. Salgamos de aquí. ¿Eso está bien, Daphne? —Hum... sí, por supuesto —dijo Blouse. El otro guardián puso una mano sobre su propia espada. —Está bien, chicas, esto ha ido... —empezó, y luego se desplomó.

Shufti bajó su palo de cobre. —Espero no haberlo golpeado demasiado duro —dijo. —¿A quién le importa? Vamos, puedo darles una mano a todas para subir —dijo Tonker. —Igorina, ¿podrías echarle una mirada, y...? —empezó Shufti nerviosa. —Es un hombre, y está gimiendo —dijo Tonker desde arriba—. Eso es bastante bueno para mí. Vamos. El guardián solitario observaba mientras las otras eran alzadas sobre las vigas. —Er, discúlpeme —dijo a Polly, mientras ella ayudaba a Blouse. —¿Sí? ¿Qué? —¿Le molestaría darme un golpazo en la parte de atrás de mi cabeza? —dijo, con aspecto abatido—. Es que parece como si no hubiera dado pelea contra un grupo de mujeres. —¿Por qué no da pelea? —dijo Polly, estrechando los ojos—. Somos sólo un grupo de mujeres. —¡No estoy loco! —dijo el guardián. —Aquí, permítame —dijo Igorina, sacando su palo—. Los golpes en la cabeza son potencialmente perjudiciales y no deben ser realizados a la ligera. Dé media vuelta, señor. Quítese el yelmo, por favor. ¿Una inconsciencia de veinte minutos estaría bien? —Sí, muchas grac... El guardián se dobló. —Realmente espero no haber lastimado al otro —gimió Shufti, desde arriba. —Está maldiciendo —dijo Polly, retirando su espada—. Eso suena como que está bien. Subió las velas, y luego fue alzada hasta el tembloroso techo del ascensor. Cuando tuvo pie firme en la boca del túnel buscó una tajada fina de piedra y la golpeó con fuerza en el espacio entre la pared del tiro y el marco de madera, que se sacudió. No iba a ir a ningún lugar durante un rato. Tonker y Lofty ya estaban investigando el túnel. A la luz de la vela,

parecía de buena mampostería más allá del torpe intento de tapiarlo. —Deben ser sótanos —dijo Tonker—. Calculo que deben haber hecho el pozo no hace mucho tiempo y sólo tapiaron donde era cortado. Podrían haber hecho un mejor trabajo, también. —Los sótanos están cerca de los calabozos —dijo Polly—. Ahora, apaguen una vela, porque así tendremos luz para el doble de tiempo, y entonces... —Perks, ¿una palabra por favor? —dijo Blouse—. ¿Por aquí? —Sísseñor. Cuando se detuvieron un poco aparte del resto del escuadrón, Blouse bajó la voz y dijo: —No deseo desalentar la iniciativa, Perks, pero ¿qué estás haciendo? —Er... anticiparme a sus órdenes, señor. —¿Anticiparte? —Sísseñor. —Ah. Correcto. Todavía son cosas de pequeños conceptos, ¿verdad? —Exactamente, señor. —Entonces tus órdenes, Perks, son pasar a soltar a los presos con velocidad y cautela. —Bien hecho, señor. Pasaremos por esta... esta... —Cripta —dijo Igorina, mirando a su alrededor. La vela se apagó. En algún sitio delante de ellos, en la absoluta oscuridad, espesa como terciopelo, una piedra se movió sobre otra piedra. —¿Me pregunto por qué fue cerrado este pasadizo? —dijo la voz de Blouse. —Creo que he dejado de preguntarme por qué fue cerrado con tanto apuro —dijo Tonker. —¿Me pregunto quién trató de abrirlo? —dijo Polly. Se escuchó un estrépito, como podría ser el de una laja pesada que cae de una tumba ornamentada. Podría haber sido media docena de otras cosas pero, de algún modo, ésa fue la idea que saltó a la mente. El aire muerto se movió un poco. —No quiero preocupar a nadie —dijo Shufti—, pero puedo escuchar el

sonido de unos pies, como arrastrándose. Polly recordaba al hombre cuando encendió las velas. Había dejado caer el puñado de fósforos en el platillo de latón del candelabro, ¿verdad? Moviendo su mano lentamente, los buscó a tientas. —Si no querías preocupar a nadie —dijo la voz de Tonker desde la espesa y seca oscuridad—, ¿por qué demonios nos acabas de decir eso? Los dedos de Polly encontraron una astilla de madera. Lo subió a la nariz, y olfateó olor a azufre. —Tengo un fósforo —dijo—. Voy a tratar de encender la vela otra vez. Todos busquen una manera de salir. ¿Listos? Se movió sigilosamente hasta la invisible pared. Entonces raspó el fósforo sobre la piedra, y la luz amarilla llenó la cripta. Alguien gimió. Polly miró, olvidó la vela. El fósforo se apagó. —Está bien —dijo la voz tenue de Tonker—. Personas muertas caminando. ¿Y entonces? —¡El que está cerca del pasaje abovedado era el difunto General Puhloaver! —dijo Blouse—. Tengo su libro sobre El Arte de la Defensa. —Será mejor no pedirle que lo firme, señor —dijo Polly, mientras el escuadrón se agrupaba. Se escuchó un gemido otra vez. Parecía venir desde donde Polly recordaba haber visto a Wazzer de pie. La escuchaba rezar. No podía distinguir ninguna palabra, sólo un susurro feroz y urgente. —¿Tal vez estos palos de lavar los puedan detener un poco? —tembló Shufti. —¿Más que ya estar muertos? —dijo Igorina. No, susurró una voz, y la luz llenó la cripta. Era apenas más brillante que una luciérnaga, pero un solo fotón puede hacer mucho trabajo en la oscuridad subterránea. Surgía de Wazzer, arrodillada, hasta que tuvo la altura de una mujer, porque era una mujer. O, por lo menos, la sombra de una mujer. No, Polly vio que era la luz de una mujer, una red móvil de líneas y destellos en la cual iba y venía, como las imágenes en un fuego, una forma femenina. —Soldados de Borogravia... ¡Atención! —dijo Wazzer. Y debajo de su

pequeño tono chillón había una voz sombría, un susurro que llenaba y volvía a llenar la larga habitación. Soldados de Borogravia... ¡Atención! Soldados... ¡Soldados, atención! Soldados de Borogravia... Las figuras tambaleantes se detuvieron. Vacilaron. Se movieron hacia atrás. Con cierta cantidad de ruido y discusiones mudas, formaron dos filas. Wazzer se puso de pie. —Síganme —dijo. Síganme... ... me... —¿Señor? —dijo Polly a Blouse. —Creo que nos vamos, ¿verdad? —dijo el Teniente, que parecía hacer caso omiso de las actividades de Wazzer ahora que estaba en presencia del poder militar de los siglos—. ¡Oh, dioses... está el Brigadier Galosh! ¡Y el Comandante En Jefe Lord Kanapay! ¡El General Annorac! ¡He leído todo lo que escribió! ¡Nunca pensé que lo vería en carne y hueso! —Parcialmente adelante. —¡Cada grandioso comandante de los pasados quinientos años fue enterrado aquí, Perks! —Estoy muy contento por usted, señor. Si sólo pudiéramos movernos un poco más rápido... —Es mi más preciada esperanza pasar el resto de la eternidad aquí, sabes. —Maravilloso, señor, pero no empiece hoy. ¿Podemos alcanzar a los demás, señor? Mientras pasaban, mano deshilachada tras mano deshilachada fue levantada en convulsivo saludo. Los ojos fijos brillaban en las caras huecas. La luz extraña se reflejaba sobre galones empolvados y telas manchadas, descoloridas. Y se escuchaba un ruido, más grueso que un susurro, grave y gutural. Sonaba como el crujido de puertas distantes, pero las voces en carne, señor —dijo Polly, arrastrándolo hacia

individuales se alzaban y caían mientras el escuadrón pasaba las figuras muertas... Muerte a Zlobenia... tómenlos... recuerden... denles el infierno... venganza... recuerden... no son humanos... vénguennos... venganza... Adelante, Wazzer había llegado a unas altas puertas de madera. Se abrieron a su toque. La luz se desplazaba con ella, y el escuadrón estaba sobre sus talones. Quedarse demasiado a la zaga significaba estar en la oscuridad. —¿No podría pedirle al Comandante En Jefe...? —empezó Blouse, remolcado por la mano de Polly. —¡No! ¡Usted no puede! ¡No se entretenga! ¡Vamos! —ordenó Polly. Llegaron a las puertas, que Tonker e Igorina cerraron de golpe detrás de ellos. Polly se apoyó contra la pared. —Pienso que ése fue el momento más... asombroso de mi vida —dijo Blouse, mientras el estruendo se apagaba. —Pienso que éste es el mío —dijo Polly, luchando por recuperar el aliento. La luz todavía brillaba alrededor de Wazzer, que giró para mirar hacia el escuadrón con una expresión de placer beatífico. —Usted debe hablar al Alto Mando —dijo. Usted debe hablar al Alto Mando, susurraron las paredes. —Sea amable con esta niña. Sea amable con esta niña... ... esta niña... Polly sujetó a Wazzer antes de que golpeara el suelo. —¿Qué está ocurriendo con ella? —dijo Tonker. —Pienso que la Duquesa realmente está hablando a través de ella —dijo Polly. Wazzer estaba inconsciente, sólo se veía el blanco de sus ojos. Polly la dejó suavemente. —¡Oh, vamos! ¡La Duquesa es sólo una pintura! ¡Está muerta! A veces uno se rinde. Para Polly, ese momento fue el lapso que le llevó cruzar la cripta. Si no crees, o no quieres creer, o si simplemente esperas que no haya nada que valga la pena creer, ¿por qué dar media vuelta? Y si

no crees, ¿en quién estás confiando para que te saque del alcance de los hombres muertos? —¿Muerta? —dijo—. ¿Entonces qué? ¿Y qué me dices de los viejos soldados allí atrás, que no se han apagado? ¿Y la luz? Y escuchaste cómo sonaba la voz de Wazzer. —Sí, pero... bien, ese tipo de cosas no les sucede a las personas que uno conoce —dijo Tonker—. Les ocurre a... bien, a extrañas personas religiosas. ¡Quiero decir, hace algunos días ella estaba aprendiendo cómo tirarse pedos sonoros! —¿Ella? —susurró Blouse a Polly—. ¿Ella? ¿Por qué está...? Otra vez una parte de la mente de Polly prevaleció sobre el pánico repentino. —¿Perdone, Daphne? —dijo. —Oh... sí... por supuesto... no puede ser demasiado... sí... —murmuró el Teniente. Igorina se arrodilló junto a la muchacha y puso una mano sobre su frente. —Está ardiendo —dijo. —Solía rezar todo el tiempo allá en la Casa Gris —dijo Lofty, arrodillándose. —Sí, bien, había mucho por qué rezar, si no eras fuerte —gruñó Tonker—. ¡Y cada maldito día teníamos que rezar a la Duquesa para agradecer a Nuggan por las sobras que no darían a un cerdo! ¡Y esa maldita imagen por todos lados, esa mirada sospechosa... la odio! Podía volverte loca. Es lo que le pasó a Wazz, ¿correcto? ¿Y ahora quieres que yo crea que la vieja chismosa y gorda está viva y que trata a nuestra amiga allí como alguna... marioneta o algo? No lo creo. ¡Y si es verdad, no debería serlo! —Se está quemando, Magda —dijo Lofty tranquilamente. —¿Sabes por qué nos enrolamos? —dijo Tonker, la cara roja—. ¡Para escapar! ¡Cualquier cosa era mejor que lo que teníamos! Tengo a Lofty y Lofty me tiene a mí, y nos estamos quedando con ustedes porque no hay nada más para nosotras. Todos dicen que los Zlobenianos son terribles, ¿correcto? Pero nunca nos han hecho nada, nunca nos han lastimado. Si

quieren venir aquí y colgar algunos bastardos, ¡podría darles una lista! En todos lados suceden cosas malas, en todos lados los bravucones sin mente están inventando nuevas crueldades, nuevas maneras de someternos, ¡esa maldita cara está observando! ¿Y dices que está aquí? —Nosotros estamos aquí —dijo Polly—. Y tú estás aquí. Y vamos a hacer lo que vinimos a hacer y nos iremos, ¿comprendido? ¡Tú besaste la imagen, tú tomaste el chelín! —¡No besé su cara! ¡Y un chelín es lo menos que me deben! —¡Entonces vete! —gritó Polly—. ¡Hazte desertor! ¡No te detendremos, porque estoy enfermo de tus... tus sandeces! Pero decídete ahora mismo, ahora mismo, ¿comprendido? ¡Porque cuando encontremos al enemigo no quiero pensar que estás ahí para apuñalarme por la espalda! Las palabras volaron antes de que pudiera detenerlas, y no había poder en el mundo que pudiera hacerlas volver. Tonker se puso pálido, y cierta vida se escurrió de su cara como agua por un embudo. —¿Qué fue lo que dijiste? Las palabras ‘Ya me escuchaste' se alinearon para saltar de la lengua de Polly, pero vaciló. Se dijo: no tiene que salir de esta manera. No tienes que dejar que un par de medias hagan el discurso. —Unas palabras que eran estúpidas —dijo—. Lo siento. No fue con intención. Tonker se calmó ligeramente. —Bien... muy bien, entonces —dijo de mala gana—. Hasta donde sabes estamos en esto por el escuadrón, ¿de acuerdo? No por el ejército y no por la maldita Duquesa. —¡Ése fue un discurso traicionero, Soldado Halter! —dijo el Teniente Blouse. Todos excepto Polly se habían olvidado de él, y estaba allí parado como un hombre fácil de olvidar. —Sin embargo —continuó—, me doy cuenta de que todos estamos algo... —bajó la vista a su vestido—... confundidos y, er, desconcertados por el paso de los eventos...

Tonker trató de evitar la mirada de Polly. —Lo siento, señor —farfulló, con el ceño fruncido. —Debo dejar en claro que no toleraré escuchar que tales cosas se repitan —dijo Blouse. —No, señor. —Bien —dijo Polly rápidamente—. Entonces... —Pero lo pasaré por alto esta vez —continuó Blouse. Polly pudo ver que Tonker se encendía. Levantó la cabeza lentamente. —¿Lo pasará por alto? —dijo Tonker—. ¿Lo pasará por alto? —Cuidado —dijo Polly, para que sólo Tonker lo escuchara. —Déjeme decirle algo sobre nosotros, teniente —dijo Tonker, sonriendo horriblemente. —Estamos aquí, Soldado, sin importar qué somos —interrumpió Polly—. ¡Ahora busquemos las celdas! —Hum... —dijo Igorina—, creo que estamos muy cerca. Puedo ver una señal. Hum. Está al final de este pasaje. Hum... justo detrás de esos tres hombres armados y algo perplejos con las, hum... ballestas de aspecto eficiente. Hum. Creo que lo que estaban diciendo era importante y necesitaba ser dicho. Pero, hum... ¿quizás no justo ahora? ¿Y no tan fuerte? Sólo dos guardianes los estaban observando ahora, levantando sus arcos cautelosamente. Los demás corrían por el pasaje, gritando. El escuadrón, como un solo hombre, o mujer, compartió las ideas. Ellos tienen arcos. Nosotros no. Tienen refuerzos detrás de ellos. Nosotros no. Todo lo que tenemos es una oscuridad llena de muertos sin descanso. Ya ni siquiera tenemos una oración. Blouse hizo un esfuerzo, sin embargo. En el tono de Daphne gritó: —Oh, oficiales... parece que hemos perdido el camino al baño de damas...

No los pusieron en un calabozo, aunque había muchos que pasaban al marchar. Había montones de desolados corredores de piedra, muchas pesadas puertas con barras y montones de pasadores, y un montón de

hombres armados cuyo trabajo, presumiblemente, sólo se ponía interesante si todos los cerrojos desaparecían. Los pusieron en una cocina. Era inmensa, y evidentemente no esa clase de lugar donde las personas cortaban hierbas y rellenaban setas. En un salón tenebroso, mugriento y cubierto de hollín como éste, los cocineros probablemente habrían satisfecho a cientos de hombres hambrientos. Ocasionalmente la puerta se abría y unas figuras sombrías los miraban. Nadie había dicho nada, en ningún momento. —Nos estaban esperando —farfulló Shufti. El escuadrón estaba sentado sobre el piso con la espalda contra un inmenso tajo antiguo, excepto Igorina, que estaba cuidando a la todavía inconsciente Wazzer. —No podrían haber subido ese ascensor por ahora —dijo Polly—. Calcé esa piedra bien y duro. —Entonces tal vez las lavanderas nos delataron —dijo Tonker—. No me gustaba la mirada de la Sra. Enid. —No importa ahora, ¿verdad? —dijo Polly—. ¿Es la única puerta? —Hay un depósito en el otro extremo —dijo Tonker—. Ninguna salida, excepto una reja en el piso. —¿Podríamos salir por allí? —Sólo cortados en dados. Miraron tristemente la puerta distante. Se había abierto otra vez, y se escuchaba un poco de conversación amortiguada entre las siluetas más allá. Tonker había tratado de avanzar sobre la entrada abierta, y de repente se encontró con unos hombres con espadas que la ocupaban. Polly giró para mirar a Blouse, que estaba desplomado contra la pared, mirando hacia arriba sin comprender. —Es mejor que vaya y se lo diga —dijo. Tonker se encogió de hombros. Blouse abrió los ojos y sonrió lánguidamente cuando Polly se acercó. —Ah, Perks —dijo—. Casi lo logramos, ¿eh? —Lamento haberlo defraudado, señor —dijo Polly—. ¿Permiso para sentarme, señor? —Trate a las losas frías como si fueran suyas —dijo Blouse—. Y fui yo quien los defraudó, me temo. —Oh, no, señor... —protestó Polly.

—Ustedes eran mi primer comando —dijo Blouse—. Bien, aparte del Cabo Drebb y él tenía setenta años y sólo un brazo, pobre tipo. —Pellizcó el caballete de su nariz—. Todo lo que tenía que hacer era llevarlos al valle. Eso era todo. Pero no, soñé tontamente con un mundo donde un día todos vestirían una Blouse. O comerían una, posiblemente. ¡Debería haber escuchado al Sargento Jackrum! Oh, ¿alguna vez miraré a mi querida Emmeline a la cara otra vez? —No lo sé, señor —dio Polly. —Eso pretendía ser más un llanto retórico de desesperación que una verdadera pregunta, Perks —dijo Blouse. —Lo siento, señor —dijo Polly. Respiró hondo, lista para la zambullida dentro de las profundidades heladas de la verdad—. Señor, usted debe saber que... —Y me temo que en cuanto se den cuenta de que no somos mujeres nos pondrán en los grandes calabozos —continuó el Teniente—. Muy grandes, y muy sucios, me han dicho. Y muy llenos de gente. —Señor, nosotras somos mujeres, señor —dijo Polly. —Sí, bien hecho, Perks, pero ya no tenemos que fingir. —No comprende, señor. Somos realmente mujeres. Todas nosotras. Blouse sonrió nervioso. —Creo que estás un poco... confundido, Perks. Me parece recordar que lo mismo le sucedió a Wrigglesworth... —Señor... —... aunque tengo que decir que era muy bueno en escoger cortinas... —No, señor. Yo era un... soy una chica, y me corté el pelo y fingí ser un chico y tomé el chelín de la Duquesa, señor. Confíe en mi palabra, señor, porque realmente no quiero tener que hacer un dibujo. Le jugamos una broma a usted, señor. Bien, no una broma, realmente, pero nosotras, todas nosotras, teníamos razones para estar en algún otro lugar, señor, o no estar donde nosotras estábamos por lo menos. Mentimos. Blouse la miró. —¿Estás seguro? —Sí, señor. Soy del género femenino. Lo verifico todos los días, señor.

—¿Y el Soldado Halter? —Sí, señor. —¿Y Lofty? —Oh, sí, señor. Ambas, señor. No hay duda, señor. —¿Y Shufti? —Espera un bebé, señor. De repente, Blouse se veía aterrorizado. —Oh, no. ¿Aquí? —No por varios meses, señor, creo. —¿Y el pobre y pequeño Soldado Goom? —Una chica, señor. E Igor es realmente una Igorina. Y dondequiera que esté Carborundum es realmente Jade. No estamos seguros sobre el Cabo Maladict. Pero el resto de nosotras tiene mantas rosadas, señor, definitivamente. —¡Pero ustedes no actuaban como mujeres! —No, señor. Actuábamos como hombres, señor. Lo siento, señor. Simplemente queríamos encontrar a nuestros hombres o escapar o demostrar un punto o algo. Lamento que tuviera que pasarle a usted, señor. —Estás seguro sobre todo esto, ¿verdad? ¿Qué espera que le diga?, pensó Polly. ¿Vaya, ahora que lo pienso, sí, somos realmente hombres después de todo? Se acomodó para decir: —Sí, señor. —Entonces... no te llamas Oliver, ¿verdad? —A Polly le pareció que el Teniente estaba teniendo mucha dificultad con todo esto; seguía haciendo la misma pregunta básica de maneras diferentes, en la esperanza de conseguir algo aparte de la respuesta que no quería escuchar. —No, señor. Soy Polly, señor... —¿Oh? ¿Sabes que hay una canción sobre...? —Sí, señor —dijo Polly con firmeza—. Créame, preferiría que ni siquiera la tarareara. Blouse miró fijo a la pared lejana, los ojos ligeramente desenfocados. Oh cielos, pensó Polly. —Tomaron un riesgo terrible —dijo vagamente—. Un campo de batalla

no es lugar para mujeres. —Esta guerra no se está quedando en campos de batalla. En momentos como éste, un pantalón es el mejor amigo de una chica, señor. Blouse se quedó silencioso otra vez. De repente, Polly se sintió muy apenada por él. Era un poco tonto, de esa manera especial que las personas muy inteligentes tienen de ser tontas, pero no era un mal hombre. Había sido bueno con el escuadrón y se había preocupado por ellas. No se merecía esto. —Lamento que tuviera que estar involucrado, señor —dijo. Blouse levantó la vista. —¿Lo lamentas? —dijo, y para su asombro se veía más alegre que antes—. Santo cielo, no tienes que lamentarlo. ¿Sabes algo sobre historia, Polly? —¿Podemos quedarnos con Perks, señor? Todavía soy un soldado. No, no sé mucha historia, señor. Por lo menos, mucha en la que confíe. —¿Entonces nunca escuchaste sobre las guerreras Amazonas de Samothrip? La fuerza de combate más temible durante cientos de años. ¡Todas mujeres! ¡Absolutamente despiadadas en batalla! Eran mortales con el arco largo, aunque para conseguir el máximo alcance tuvieron que cortarse uno de sus, hum... er... digo, ustedes damas no se han estado cortando sus, hum, er... —No, no nos hemos cortado ningún hum ni er, señor. Sólo el pelo. Blouse parecía increíblemente aliviado. —Bien, y luego están las mujeres guardaespaldas del Rey Samuel de Howandaland. Todas de siete pies de altura, entiendo, y mortales con la lanza. En todo Klatch, por supuesto, hay muchas historias de guerreras femeninas, a menudo peleando junto a sus hombres. Temibles e intrépidas, creo. Los hombres desertarían antes que enfrentarse con mujeres, Perks. No podían lidiar con ellas. Una vez más, Polly sintió la ligera y trastornada sensación de haber tratado de saltar una valla que resultó no estar ahí. Tomó refugio en: —¿Qué cree que va a ocurrir ahora, señor? —No tengo ninguna pista, Perks. Hum... ¿qué sucede con el joven

Goom? ¿Alguna clase de manía religiosa? —Podría ser, señor —dijo Polly con cautela—. La Duquesa le habla. —Oh cielos —dijo Blouse—. Ella... La puerta se abrió. Una docena de soldados entraron en fila y se separaron a cada lado. Tenían una variedad de uniformes —principalmente de Zlobenia, pero varios que ahora Polly reconocía como de Ankh-Morpork o como se llamara. Estaban todos armados, y sujetaban sus armas como hombres que esperan usarlas. Cuando terminaron de formarse y se pusieron a mirar al escuadrón, un grupo más pequeño de hombres entró. Otra vez, había una variedad de uniformes, pero eran mucho más costosos. Éstos eran llevados por oficiales —unos de alto rango, a juzgar por las expresiones de desdén. El más alto, más alto por su alto yelmo emplumado de la caballería, miró a las mujeres a lo largo de su nariz. Tenía pálidos ojos azules, y su cara sugería que no quería ver absolutamente nada en esta habitación a menos que hubiera sido limpiado completamente primero. —¿Quién es el oficial aquí? —dijo. Sonaba como un abogado. Blouse se puso de pie y saludó. —Teniente Blouse, señor, Décimo de Infantería. —Ya veo. —El hombre miró a sus compañeros oficiales—. Creo que podemos prescindir de la guardia ahora, ¿verdad? Este tema debe ser manejado silenciosamente. Y por el amor de Dios ¿no podemos conseguir un pantalón para este hombre? Se escucharon algunos murmullos. El hombre hizo un gesto hacia el Sargento de la guardia. Los hombres armados salieron en fila, y la puerta se cerró. —Mi nombre es Lord Herrumbre —dijo el hombre—. Dirijo el destacamento de Ankh-Morpork aquí. Por lo menos —y sorbió—, el destacamento militar. ¿Han sido bien tratados? ¿No han sido maltratados? Veo que hay una... joven dama sobre el piso. —Está desmayada, señor —dijo Polly. Los ojos azules se encendieron sobre ella. —¿Usted sería...? —dijo.

—Cabo Perks, señor —dijo Polly. Hubo algunas sonrisas apenas sofocadas de los oficiales. —Ah. ¿Creo que usted es la que busca a su hermano? —dijo Lord Herrumbre. —¿Cómo sabe mi nombre? —dijo Polly. —Somos un ejército, mmm, eficiente —dijo Herrumbre, y mostró una pequeña sonrisa—. ¿El nombre de su hermano es Paul? —¡Sí! —Lo ubicaremos, eventualmente. ¿Y tengo entendido que otra dama estaba buscando a su joven? Shufti hizo una reverencia, nerviosa. —Yo, señor. —Otra vez, lo ubicaremos, si usted nos da su nombre. Ahora, por favor escúchenme cuidadosamente. Usted, Srta. Perks, y el resto de ustedes, serán llevadas desde aquí, esta noche, completamente ilesas, y escoltadas hacia su país hasta donde nuestras patrullas puedan llevarlas, lo cual, sospecho, será un largo camino. ¿Eso está comprendido? Ustedes tendrán lo que vinieron a buscar. ¿No sería bueno? Y no regresarán aquí. El troll y el vampiro han sido capturados. La misma propuesta les es aplicable. Polly observaba a los oficiales. Parecían nerviosos... ... excepto uno en la parte posterior. Pensaba que todos los guardianes se habían ido y, mientras que este hombre estaba vestido como un guardián —vestido, es decir, como un guardián mal vestido— no actuaba como uno. Estaba apoyado contra la pared junto a la puerta, fumando medio cigarro, y sonriendo. Parecía un hombre disfrutando de una función. —Muy generosamente —continuó Herrumbre—, esta propuesta le es aplicable a usted también, Teniente... Blouse, ¿verdad? Pero en su caso estaría en libertad condicional en una casa en Zlobenia, muy agradable entiendo, caminatas saludables en el campo y todo ese tipo de cosas. Esta propuesta no se extiende a sus oficiales superiores aquí, puedo añadir. ¿Así que por qué nos la hace a nosotros?, pensó Polly. ¿Está asustado? ¿De un grupo de chicas? Eso no tiene sentido... Detrás de los oficiales, el hombre con el cigarro le hizo un guiño a Polly.

Su uniforme era muy anticuado —un antiguo yelmo, un peto, una cota de malla ligeramente oxidada, y botas grandes. Lo llevaba como un obrero lleva su overol. A diferencia de los galones y brillos enfrente de ella, la única declaración que su ropa hacía era que no pensaba ser lastimado. No tenía ninguna insignia que Polly pudiera ver, aparte de un pequeño escudo clavado sobre el peto. —Si usted me disculpa un momento —dijo Blouse—, consultaré con mis hombres. —¿Hombres? —dijo Herrumbre—. ¡Son un grupo de mujeres, hombre! —Pero en este momento, señor —dijo Blouse imperturbable—, no los cambiaría por ningunos seis hombres que usted me ofreciera. ¿Si ustedes caballeros quieren esperar afuera? Detrás del grupo, el hombre mal vestido explotó en una risa muda. Su sentido del humor no fue compartido por los demás, sin embargo. —¡No es posible que usted pueda considerar rechazar esta propuesta! —dijo Lord Herrumbre. —Sin embargo, señor —dijo Blouse—. Nos tomará algunos minutos. Pienso que las damas preferirían un poco de privacidad. Una de ellas está esperando un bebé. —¿Qué, aquí? —Como un solo hombre, el grupo retrocedió. —No todavía, creo. Pero si ustedes caminan hacia afuera... Cuando los oficiales se retiraron a la masculina seguridad del corredor, el Teniente se volvió hacia su escuadrón. —¿Bien, hombres? Para ustedes, es una propuesta muy atractiva, tengo que decir. —No para nosotras —dijo Tonker. Lofty asintió. —Ni para mí —dijo Shufti. —¿Por qué no? —dijo Blouse—. Encontrarías a tu marido. —Eso podría ser un poco difícil —masculló Shufti—. De todos modos ¿qué sucede con la invasión? —No voy a ser enviada a casa como un paquete —dijo Igorina—. De todos modos, ese hombre tiene una estructura ósea inadmisible. —Bien, el Soldado Goom no puede reunirse con nosotros ahora mismo

—suspiró Blouse—. De modo que eso te deja a ti, Polly. —¿Por qué están haciendo esto? —dijo Polly—. ¿Por qué nos quieren fuera del camino? ¿Por qué no nos dejan encerradas? Este lugar debe estar lleno de celdas. —Ah, quizás son conscientes de la fragilidad de su sexo —dijo Blouse, y entonces fue cocinado en sus miradas—. No dije que yo lo fuera —añadió rápidamente. —Podrían matarnos simplemente —dijo Tonker—. Bien, podrían — añadió—. ¿Por qué no? ¿A quién le importa? No creo que contemos como prisioneros de guerra. —Pero no lo han hecho —dijo Polly—. Y ni siquiera nos están amenazando. Están teniendo mucho cuidado. Creo que tienen miedo de nosotras. —Oh, sí, correcto —dijo Tonker—. ¿Tal vez piensan que vamos a perseguirlos y darles un gran beso mojado? —Bueno, entonces estamos de acuerdo en que no vamos a aceptar — dijo Blouse—. Condenadamente correcto... oh, me disculpo... —Todas sabemos las palabras, señor —dijo Polly—. Sugiero que veamos cuánto los asustamos, señor.

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Los

oficiales

estaban

esperando

con

la

clara

impaciencia,

pero

Herrumbre logró hacer una breve sonrisa cuando regresó a la cocina. —¿Bien, Teniente? —dijo. —Hemos dado a su propuesta la consideración merecida, señor —dijo Blouse—, y nuestra respuesta es: métasela en su... —Se inclinó hacia Polly, que susurró urgentemente—. ¿Quién? Oh, sí, correcto. Su jumper, señor. Métasela, de hecho, en su jumper. Llamado así por el Coronel Henri Jumper, creo. Una útil prenda de vestir de lana semejante a un suéter ligero, señor, que si recuerdo correctamente fue llamado así por el Sargento Mayor de Regimiento Suet. Allí, señor, es donde usted puede metérsela. Herrumbre lo recibió tranquilamente, y Polly se preguntó si era porque

no lo había comprendido. El hombre desaliñado, que una vez más se apoyaba contra la pared, lo había comprendido, sin embargo, ya que estaba sonriendo. —Ya veo —dijo Herrumbre—. ¿Y ésa es la respuesta de todos ustedes? Entonces no nos deja elección. Buenas noches. Su intento de partir a grandes zancadas fue dificultado por los demás oficiales, que tenían menos sentido de momento dramático. La puerta se cerró con un portazo detrás de ellos, pero no antes de que el último hombre girara muy brevemente e hiciera un gesto con la mano. Lo habrías perdido si no estabas observándole —pero Polly estaba mirando. —Eso pareció salir bien —dijo Blouse, volteando. —Espero que no nos vayamos a meter en problemas por eso —dijo Shufti. —¿Comparando con qué? —dijo Tonker. —El último hombre que salió levantó su pulgar e hizo un guiño —dijo Polly—. ¿Lo notaron? Ni siquiera vestía el uniforme de un oficial. —Probablemente quería una cita —dijo Tonker. —En Ankh-Morpork eso significa ‘muy bueno’ —dijo Blouse—. En Klatch, creo, quiere decir ‘espero que su burro estalle’.[44] Divisé al hombre. Me parecía un sargento de la guardia. —No tenía barras —dijo Polly—. ¿Por qué nos querría decir ‘muy bueno’? —¿U odiar tanto a nuestro burro? —dijo Shufti—. ¿Cómo está Wazzer? —Durmiendo —dijo Igorina—. Creo. —¿Qué quieres decir? —Bien, no creo que esté muerta. —¿No crees que lo esté? —dijo Polly. —Sí —dijo Igorina—. Es como eso. Ojalá pudiera mantenerla más caliente. —Pensé que dijiste que se estaba quemando. —Lo estaba. Ahora está helada. El Teniente Blouse se acercó a la puerta a las zancadas, agarró el asa y, para sorpresa de todos, la abrió. Cuatro espadas le apuntaron.

—¡Tenemos un hombre enfermo aquí! —dijo con prisa a los guardianes asombrados—. ¡Necesitamos mantas y leña! ¡Consíganlos ahora! —Cerró de golpe la puerta—. Podría resultar —dijo. —Esa puerta no tiene cerradura —dijo Tonker—. Hecho provechoso, Polly. Polly suspiró. —Ahora mismo, sólo quiero algo para comer. Esto es una cocina, después de todo. Podría haber comida aquí. —Ésta es una cocina —dijo Tonker—. ¡Podría haber cuchillas! Pero siempre es preocupante descubrir que el enemigo es tan inteligente como uno. Había un pozo, pero una red de barras a través de la cima no permitía el paso de nada más grande que un balde. Y alguien sin sentido de la narrativa de la aventura había retirado de la habitación toda cosa con filo y, por alguna razón, toda cosa que se pudiera comer. —A menos que queramos cenar velas —dijo Shufti, sacando un manojo de una chirriante alacena—. Es sebo, después de todo. Apostaría que el viejo Scallot haría scubbo de velas. Polly revisó la chimenea, que apestaba como si no hubieran prendido fuego adentro por mucho tiempo. Era grande y amplia, pero seis pies arriba había una pesada reja de donde colgaban telarañas tiznadas. Parecía oxidada y antigua, y probablemente la podría mover después de trabajar veinte minutos con una palanca, pero nunca hay una palanca cuando quieres una. Había algún par de sacos de harina antigua, seca y polvorienta en el depósito. Olía mal. Había una cosa con un embudo, un asa y unos tornillos misteriosos. 21 Había un par de rodillos, un colador de lechuga, algunos cucharones... y había tenedores. Muchos tenedores de tostar. Polly se sentía abatida. Era ridículo esperar que alguien que encerrara a unas personas en alguna celda ad-hoc dejara todos los ingredientes para realizar un escape pero, sin embargo, sentía que alguna regla universal había sido violada. No

21

Cada cocina instalada por mucho tiempo tiene uno de éstos, y jamás nadie recuerda por qué. Es generalmente

para algo que ya nadie hace y aunque fuera hecho no era hecho con verdadero entusiasmo, como rociar apio, picar nueces o, en el peor de los casos, rellenar lirón comestible. (Nota del autor)

tenían nada mejor que un garrote, realmente. Los tenedores de tostar podrían pinchar, el colador de lechuga podría atestar un golpe, y los rodillos eran al menos un arma femenina tradicional, pero todo lo que podías hacer con la cosa con embudo, asa y tornillos misteriosos era desconcertar a las personas. La puerta se abrió. Unos hombres armados entraron para proteger a un par de mujeres que cargaban mantas y leña. Se escurrieron dentro con los ojos bajos, depositaron la carga, y salieron casi corriendo. Polly se acercó a las zancadas al guardián que parecía estar a cargo, que retrocedió. Un inmenso llavero tintineó en su cinturón. —Usted golpea la próxima vez, ¿de acuerdo? —dijo. Él sonrió nervioso. —Sí, de acuerdo —dijo—. Dijeron que no teníamos que hablar con ustedes... —¿De veras? El carcelero echó un vistazo a su alrededor. —Pero creemos que lo están haciendo muy bien, para ser chicas —dijo, cómplice. —¿De modo que quiere decir que no nos disparará cuando escapemos? —dijo Polly dulcemente. La sonrisa se esfumó. —No lo intenten —dijo el carcelero. —¡Vaya un racimo grande de llaves que tiene allí, señor! —dijo Tonker, y la mano del hombre voló a su cinturón. —Quédense aquí dentro —dijo—. Las cosas ya están bastante malas. ¡Ustedes se quedan aquí! Dio un portazo. Un momento después escuchaban que empujaban algo pesado contra ella. —Bien, ahora tenemos un fuego, al menos —dijo Blouse. —Er... —Venía de Lofty. Decía una palabra tan raramente que los demás giraron para mirarla, y se detuvo avergonzada. —¿Sí, Lofty? —dijo Polly. —Er... sé cómo abrir la puerta —farfulló Lofty—. De modo que quede

abierta, quiero decir. Si fuera alguna otra persona, alguien hubiera reído. Pero las palabras de Lofty obviamente daban vueltas durante algún tiempo antes de ser declaradas. —Er... bien —dijo Blouse—. Bien hecho. —He estado pensando en eso —dijo Lofty. —Bien. —Resultará. —¡Exactamente lo que necesitamos, entonces! —dijo Blouse, como un hombre tratando de mantenerse alegre contra toda probabilidad. Lofty levantó la vista a las grandes vigas tiznadas que cruzaban la habitación. —Sí —dijo. —Pero todavía habrá guardianes afuera —dijo Polly. —No —dijo Lofty—. No los habrá. —¿No los habrá? —Se habrán ido. —Lofty calló, con el aire de alguien que ha dicho todo lo que tenía que ser dicho. Tonker se acercó y tomó su brazo. —Sólo tendremos un poco de charla, ¿verdad? —dijo, y condujo a la muchacha al otro lado de la habitación. Se escuchó un poco de conversación susurrada. Lofty se pasó la mayor parte del tiempo mirando el piso, y luego Tonker volvió. —Necesitaremos las bolsas de harina del depósito, y la soga del pozo — dijo—. Y uno de esos... ¿cómo se llaman esas cosas grandes y redondas que cubren los platos? ¿Con un pomo? —¿Cubiertas de plato? —dijo Shufti. —Y una vela —continuó Tonker—. Y muchos barriles. Y mucha agua. —¿Y qué resultará de todo eso? —dijo Blouse. —Una gran explosión —dijo Tonker—. Tilda sabe mucho sobre fuego, créanme. —Cuando dices que sabe mucho... —empezó Polly, vacilante. —Quiero decir que cada lugar donde trabajó se redujo a cenizas —dijo

Tonker.

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Hicieron rodar los barriles vacíos hasta el centro de la habitación y los llenaron con agua de la bomba. Bajo la dirección monosilábica de Lofty y con la soga del pozo, izaron tres polvorientos y rotos sacos de harina a tanta altura como pudieron, de modo que se balanceaban suavemente sobre el espacio entre los barriles y la puerta. —Ah —dijo Polly, retrocediendo—. Creo que comprendo. Un molino de harina del otro lado del pueblo explotó hace dos años. —Sí —dijo Tonker—. Ésa fue Tilda. —¿Qué? —La habían estado golpeando. Y peor. Y la cuestión con Tilda es que sólo mira y piensa, y en algún lugar todo se junta. Entonces estalla. —¡Pero murieron dos personas! —El hombre y su esposa. Sí. Pero escuché que otras muchachas enviadas ahí nunca volvieron en absoluto. ¿Te cuento que Tilda estaba embarazada cuando la trajeron a la Casa Gris después del fuego? Lo tuvo, y se lo llevaron, y no sabemos qué le sucedió. Y entonces fue golpeada otra vez porque era una Abominación para Nuggan. ¿Eso te hace sentir mejor? — dijo Tonker, atando la soga a una pata de la mesa—. Estamos solas, Polly. Sólo ella y yo. Ninguna herencia, ningún buen hogar donde volver, ningún pariente que conozcamos. La Casa Gris nos destruye, de algún modo. Wazzer habla con la Duquesa, yo no tengo... medias marchas, y Tilda me asusta cuando pone sus manos sobre una caja de fósforos. Deberías ver su cara entonces, sin embargo. Se enciende. Por supuesto —Tonker sonrió a su manera peligrosa—, también otras cosas. Es mejor que todas nos metamos en el depósito mientras encendemos la vela. —¿No debería hacerlo Tilda? —Lo hará. Pero tendremos que arrastrarla, de otra manera se quedará a mirar. Esto había empezado como un juego. No lo había pensado como un

juego, pero era uno llamado Permitan a Polly Quedarse Con La Duquesa. Y ahora... no importaba. Había hecho toda clase de planes, pero ahora estaba más allá de los planes. Los habían hecho condenadamente bien, para ser chicas... Un último barril de agua había sido colocado, después de alguna discusión, enfrente de la puerta del depósito. Polly miró por encima de él a Blouse y al resto del escuadrón. —De acuerdo, todo el mundo, estamos... er... a punto de hacerlo — dijo—. ¿Estamos seguros sobre esto, Tonker? —Sí. —¿Y no saldremos lastimados? Tonker suspiró. —La harina polvorienta estallará. Eso es simple. La explosión hacia este lugar golpeará los barriles llenos de agua que probablemente sólo durarán el tiempo suficiente para hacer que rebote. Lo peor que nos puede pasar es que nos mojemos. Es lo que piensa Tilda. ¿Discutirías con ella? Y en la otra dirección, sólo está la puerta. —¿Cómo lo planifica? —No lo hace. Sólo ve cómo debería suceder. —Tonker le pasó a Polly el extremo de una soga—. Esto va sobre la viga y vuelve a la cubierta de plato. ¿Puede sostenerla, teniente? Pero no tire hasta que le digamos. Realmente es importante. Vamos, Polly. En el espacio entre los barriles y la puerta, Lofty estaba encendiendo una vela. Lo hacía despacio, como si fuera un sacramento o alguna antigua ceremonia que contuviera un significado enorme y complejo. Encendió un fósforo, y lo sostuvo cuidadosamente hasta que la llama ardió. Lo pasó de un lado a otro sobre la base de la vela, que presionó firmemente contra las baldosas para que la cera caliente la mantuviera en posición. Entonces aplicó el fósforo a la mecha de la vela y se arrodilló allí, mirando la llama. —De acuerdo —dijo Tonker—. Sólo voy a recogerla, y tú sólo bajas cuidadosamente la cubierta sobre la vela, ¿correcto? Vamos, Tilda. Levantó cuidadosamente a la muchacha, susurrándole todo el tiempo, y luego hizo un gesto hacia Polly, que bajó la cubierta con una prudencia que

parecía reverencia. Lofty caminaba como dormida. Tonker se detuvo junto a la pata de la pesada mesa de cocina, donde había atado el otro extremo de la soga que sostenía las bolsas de harina. —Está bien hasta ahora —dijo—. Ahora, cuando desate el nudo cada uno agarra un arma y corremos, Polly, ¿comprendido? Corremos. ¿Listos? ¿La tienes a ella? —Tiró de la soga—. ¡Corran! Los sacos de harina bajaron, rociando polvo blanco mientras caían, y estallaron enfrente de la puerta. La harina se levantó como niebla. Corrieron hacia el depósito y cayeron en una pila más allá del barril mientras Tonker gritaba: —¡De acuerdo, Teniente! —Blouse tiró de la soga que levantó la cubierta y dejó que la llama de la vela alcanzara... La palabra no fue whoomph. La experiencia fue whoomph. Tuvo una cualidad que agobió cada sentido. Sacudió al mundo como una hoja, lo pintó de blanco y luego sorprendentemente lo llenó con olor a tostadas. Y entonces todo había terminado, en un segundo, dejando nada más que gritos distantes y el retumbar de mampostería desplomada. Polly, en un ovillo, levantó la vista a la cara de Blouse. —Creo que agarramos cosas y corremos ahora, señor —dijo—. Y gritar ayudaría. —Creo que puedo gritar —farfulló Shufti—. Ésta no es una experiencia muy nutritiva. Blouse agarró su cucharón. —Espero que esto no vaya a ser nuestra última y famosa resistencia — dijo. —A decir verdad, señor —dijo Polly—, creo que va a ser la primera. ¿Permiso para gritar de una manera espeluznante, señor? —¡Permiso concedido, Perks!

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El piso estaba inundado con agua y trozos —trozos muy pequeños— de

barriles. La mitad de la chimenea se había derrumbado y el hollín ardía ferozmente. Polly se preguntó si, abajo en el valle, se vería como una señal. La puerta había desaparecido. De modo que había mucha pared alrededor. Más allá... El humo y el polvo llenaban el aire. En eso, unos hombres tendidos gemían, o andaban con cuidado y sin rumbo fijo a través de los escombros. Cuando el escuadrón llegó no sólo no presentaron pelea sino que dejaron de comprender. O escuchar. Las mujeres bajaron sus armas. Polly descubrió al Sargento, que estaba sentado y se golpeaba el costado de la cabeza con la palma de la mano. —¡Deme las llaves! —exigió. Él trató de enfocar la vista. —¿Qué? —¡Las llaves! —Tomaré un marrón, por favor. —¿Está bien? —¿Qué? Polly extendió la mano y arrebató el llavero del cinturón del hombre, que no se resistió, luchando contra el impulso de disculparse. Lo lanzó a Blouse. —¿Hará los honores, señor? Pienso que muy pronto tendremos muchas visitas. —Se volvió hacia el escuadrón—. ¡El resto de ustedes, quítenles las armas! —Algunos de estos hombres están severamente lastimados, Polly —dijo Igorina, arrodillándose—. Hay uno aquí con múltiple. —¿Múltiple qué? —dijo Polly, mirando los escalones. —Sólo... múltiple. Múltiple todo. Pero sé que puedo salvar su brazo, porque acabo de encontrarlo ahí. Pienso que debe haber estado sosteniendo su espada y... —Sólo haz lo que puedas, ¿de acuerdo? —dijo Polly. —Hey, son enemigos —dijo Tonker, levantando una espada. —Essto ess una cossa Igor —dijo Igorina, quitándose la mochila—. Lo ssiento, tú no entenderías.

—Estoy empezando a no hacerlo. —Tonker se reunió con Polly en la vigilancia de la escalera. A su alrededor, los hombres gemían y la piedra crujía. —¿Me pregunto cuánto daño hicimos? Hay mucho polvo allá arriba... —Pronto habrá muchas personas aquí —dijo Polly, con más calma que la que sentía. Porque esto va a ser así, pensó. Esta vez no habrá ningún pavo que nos salve. Aquí es donde me entero si soy carne o metal... Podía escuchar a Blouse abriendo puertas, y los gritos de los que estaban adentro. —¡Teniente Blouse, Décimo de Infantería! —les decía—. Esto es un rescate, en términos generales. Lamento el desorden. Probablemente su Daphne interior añadió esa última parte, pensó Polly. Y entonces el corredor estaba lleno de hombres liberados, y alguien dijo: —¿Qué están haciendo estas mujeres aquí? ¡Por amor de dios, deme esa espada, niña! Y, en ese momento, no se sintió propensa a discutir.

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Los hombres prevalecen. Probablemente por las medias. El escuadrón se retiró a la cocina, donde trabajaba Igorina. Lo hacía rápida y eficientemente y, en general, con muy poca sangre. Su gran mochila estaba abierta junto a ella. Los potes adentro eran azules, verdes y rojos; algunos humeaban cuando los abría, o lanzaban luces extrañas. Sus dedos se movían en un borrón. Era fascinante observarla trabajar. Por lo menos, si no acababas de comer. —¡Escuadrón, éste es el Mayor Erick von Moldvitz! Pidió conocerlos. Giraron al sonido de la voz de Blouse. Había traído a un recién llegado. El Mayor era joven, pero mucho más fornido que el Teniente. Tenía una cicatriz que le cruzaba la cara. —Descansen, muchachos —dijo—. Blouse me ha dicho qué buen trabajo han hecho. ¡Bien hecho! Vestidos como mujeres, ¿eh? ¡Es una suerte que no fueran descubiertos!

—Sísseñor —dijo Polly. Desde afuera, venían sonidos de gritos y peleas. —¿No trajeron sus uniformes? —dijo el mayor. —Podría haber sido problemático si los encontraban sobre nosotros — dijo Polly, mirando a Blouse. —Podría haber sido problemático de todos modos, ¿eh?, si los registraban —dijo el mayor, haciendo un guiño. —Sísseñor —dijo Polly obedientemente—. El Teniente Blouse le contó sobre nosotros, ¿verdad, señor? Justo detrás del mayor, Blouse estaba haciendo un ademán universal. Consistía en ambas manos alzadas con las palmas arriba y hacia fuera, y sacudidas furiosamente con todos los dedos extendidos. —Ja, sí. Robaron alguna ropa de una tienda poco santa, ¿eh? Unos muchachos jóvenes como ustedes no deberían haber entrado en un lugar así, ¿eh? ¡Esos lugares son una Abominación, si son bien administrados! — dijo el mayor, agitando un dedo teatralmente—. De todos modos, lo estamos haciendo bien. Apenas hay ningún guardián a esta profundidad del torreón, miren. Todo el lugar fue construido sobre la base de que el enemigo estaría afuera. Digo, ¿qué hace ese hombre al hombre sobre la laja? —Remendándolo, sseñor —dijo Igorina—. Cossiéndole el brasso otra vess. —Es un enemigo, ¿verdad? —Código de loss Igorss, sseñor —dijo Igorina, con tono de reproche—. Una mano de repuessto donde sse nessessita, sseñor. El comandante sorbió. —Oh bien, no se puede discutir con ustedes, ¿eh? Pero cuando haya terminado, tengo un montón de muchachos ahí afuera a los que le vendrá bien su ayuda. —Ssiertamente, sseñor —dijo Igorina. —¿Alguna noticia de mi hermano, señor? —dijo Polly—. ¿Paul Perks? —Sí, Blouse aquí lo mencionó, Perks, pero hay hombres encerrados por todos lados y es un poco difícil ahora mismo, ¿eh? —dijo el Mayor con brusquedad—. En cuanto a los demás, les conseguiremos unos pantalones lo antes posible y podrán participar en la diversión, ¿eh?

—La diversión —dijo Tonker con voz hueca. —¿La diversión es...? —dijo Polly. —Ya hemos llegado hasta el cuarto piso —dijo von Moldvitz—. Podríamos no recuperar todo el torreón, pero tenemos los patios exteriores y algunas de las torres. Por la mañana, controlaremos quién entra y sale. ¡Estamos en la guerra otra vez! Ahora no invadirán. La mayoría de sus peces gordos están en el torreón interior. —En la guerra otra vez —murmuró Polly. —¡Y ganaremos! —dijo el mayor. —Oh, azúcar —dijo Shufti. Algo iba a ceder, Polly lo sabía. Tonker tenía esa expresión que ponía antes de estallar, e incluso Shufti se estaba inquietando. Sólo sería cuestión de tiempo antes de que Lofty encontrara su caja de fósforos, que Polly había escondido en una alacena. Igorina cerró su bolsa y sonrió alegremente al mayor. —Lissto para ir, sseñor —dijo. —Al menos quítese la peluca, ¿eh? —Ess mi propio pelo, sseñor —dijo Igorina. —Se ve un poco... mariquita, entonces —dijo el mayor—. Sería mejor si... —Soy, a decir verdad, femenina, señor —dijo Igorina, perdiendo la mayor parte del ceceo—. Confíe en mí, soy una Igor. Conocemos sobre este tipo de cosas. Y mi labor de aguja ess insuperable. —¿Una mujer? —dijo el mayor. Polly suspiró. —Todas lo somos, señor. Realmente mujeres. No vestidas de mujer. Y ahora mismo no quiero ponerme ningún pantalón porque entonces sería una mujer vestida como un hombre disfrazado de mujer disfrazada de hombre, y luego estaría tan confundida que no sabría cómo decir palabrotas. Y quiero decir una palabrota ahora mismo, señor, mucho. El Mayor giró hacia Blouse rígidamente. —¿Usted conocía esto, Teniente? —ladró. —Bien... sí, señor. Eventualmente. Pero aún así, señor, sería...

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Esta celda era una vieja habitación de guardia. Era húmeda, y tenía dos literas que crujían. —En general —dijo Tonker—, pienso que era mejor cuando fuimos encerrados por el enemigo. —Hay una reja en el techo —dijo Shufti. —No lo bastante grande para cruzar por allí —dijo Polly. —No, pero podemos colgarnos antes de que ellos lo hagan. —Me han dicho que es una manera muy dolorosa de morir —dijo Polly. —¿Quién? —dijo Tonker. Ocasionalmente los sonidos de la batalla se filtraban a través de la angosta ventana. Principalmente eran alaridos; a menudo eran gritos. La diversión dejaba de serlo. Igorina se sentó, mirándose las manos. —¿Qué pasa con éstas? —dijo—. ¿Acaso no hice un buen trabajo en ese brazo? Pero no, tienen miedo de que pueda tocarles los privados. —Quizás podía haber prometido operar solamente sobre oficiales —dijo Tonker. Nadie rió, y probablemente nadie se habría molestado en correr si la puerta se hubiera abierto. Era una cuestión de orgullo y nobleza escapar del enemigo, pero si estabas escapando de tu propio lado, ¿a dónde irías? Sobre una de las literas, Wazzer dormía como un oso en hibernación. Tenías que mirarla durante algún tiempo para verla respirar. —¿Qué pueden hacernos? —dijo Shufti nerviosa—. Ya sabes... realmente hacernos. —Estábamos usando ropa de hombres —dijo Polly. —Pero eso es sólo una paliza. —Oh, encontrarán alguna otra cosa, créanme —dijo Tonker—. Además, ¿quién sabe que estamos aquí? —¡Pero los sacamos de prisión! ¡Nuestro lado! Polly suspiró. —Es por eso, Shufti. Nadie quiere saber que unas chicas se vistieron

como soldados, irrumpieron en un gran fuerte y liberaron a medio ejército. Todos saben que las mujeres no pueden hacer eso. Ningún lado nos quiere aquí, ¿comprendido? —Sobre un campo de batalla como éste, ¿quién se preocupa por algunos cuerpos más? —dijo Tonker. —¡No digas eso! El Teniente Blouse habló por nosotras —dijo Shufti. —¿Qué, Daphne? —dijo Tonker—. ¡Ja! Sólo otro cuerpo. Probablemente lo han encerrado en algún lugar, exactamente como a nosotras. Se escucharon unas aclamaciones distantes, que continuaron durante algún tiempo. —Suena como si hubieran tomado el edificio —dijo Polly. —Hurra por nosotros —dijo Tonker, y escupió. Después de un rato se abrió una pequeña escotilla en la puerta y un hombre silencioso pasó una gran lata de scubbo y una bandeja de pancaballo. No era un mal scubbo, por lo menos, no un mal scubbo según los estándares de mal scubbo. Hubo un poco de discusión sobre si ser alimentado significaba que no ibas a ser ejecutado, hasta que alguien recordó la tradición de la Última Comida Abundante. Igorina dio su opinión cultural de que el estofado no sólo debía ser abundante sino también con pulmón e hígado. Pero por lo menos estaba caliente. Un par de horas después pasó una lata de saloop, con algunos jarros. Esta vez, el guardián les hizo un guiño. Una hora después de eso, la puerta fue destrabada. Entró un joven con uniforme de mayor. Oh bien, sigamos mientras empezamos, pensó Polly. Se puso de pie. —Escuaaaadr... Atennnnn... ¡Ya! Con velocidad razonable, el escuadrón al menos logró ponerse de pie, firmes y en una línea. El mayor le agradeció tocando la visera de su gorra con un palo. Era definitivamente más delgado que una pulgada. —Descanse... Cabo, ¿verdad? —dijo. —Sísseñor —Eso sonaba prometedor. —Soy el Mayor Clogston, de la oficina del Alcalde —dijo el mayor—. Y

me gustaría que me cuente todo sobre esto. Sobre todo. Tomaré notas, si no le molesta. —¿De qué se trata esto? —dijo Tonker. —Ah, usted debe ser... el Soldado Halter —dijo Clogston—. Ya he hablado largamente con el Teniente Blouse. —Giró, hizo un gesto hacia el guardián que rondaba la entrada, y cerró la puerta. También cerró la escotilla. —Van a ser juzgadas —dijo, sentándose sobre la litera vacía—. Los políticos quieren que sean juzgadas por un tribunal totalmente Nugganático, pero sería difícil aquí, y nadie quiere que esto siga por más tiempo de lo que ya ha seguido. Además, hubo un... evento poco habitual. Alguien ha enviado un comunicado al General Froc pidiendo por todas ustedes por nombre. Por lo menos —añadió—, por sus apellidos. —¿Ése fue Lord Herrumbre, señor? —No, fue alguien llamado William de Worde. No sé si ustedes han tropezado con su cosa del periódico. Nos preguntamos cómo sabía que fueron capturadas. —¡Bien, nosotras no se lo dijimos! —dijo Polly. —Eso pone las cosas un poco... difíciles —dijo Clogston—. Aunque, desde su punto de vista, mucho más esperanzador. Hay esos miembros del ejército que están, permítanme decir, considerando el futuro de Borogravia. Es decir, les gustaría que tuviera alguno. Mi trabajo es presentar su caso en el tribunal. —¿Es una corte marcial? —dijo Polly. —No, no son tan estúpidos. Llamarlo corte marcial implicaría que aceptan que ustedes son soldados. —Usted lo aceptó —dijo Shufti. —De facto, que no es dejure —dijo Clogston—. Ahora, como dije... cuénteme la historia, Srta. Perks. —¡Es Cabo, gracias! —Me disculpo por el lapsus. Ahora... continúe... —Clogston abrió su bolsa y sacó unas gafas de media-luna, que se puso, entonces sacó un lápiz y algo blanco y cuadrado—. Cuando esté lista —añadió.

—Señor, ¿realmente va a escribir sobre un sándwich de mermelada? — dijo Polly. —¿Qué? —El Mayor bajó la vista, y rió—. Oh. No. Excúsenme. No debo perder comidas realmente. La glucemia, ya sabe... —Sólo que está chorreando, señor. No piense en nosotras. Ya hemos comido. Les llevó una hora, con muchas interrupciones y rectificaciones, y dos emparedados más. El mayor usó mucha libreta, y tuvo que detenerse y mirar el techo ocasionalmente. —... y entonces fuimos tiradas aquí —dijo Polly, recostándose. —Empujadas, realmente —dijo Igorina—. Empujadas. —Mmm —dijo Clogston—. Dice que el Cabo Strappi, según lo conocía, ¿se puso... repentinamente muy enfermo ante la idea de entrar en batalla? —Sísseñor. —¿Y que en la taberna en Plün realmente le dio un rodillazo al Príncipe Heinrich en los privados? —En o cerca de los privados, señor. Y no sabía que era él en ese momento, señor. —Veo que no ha mencionado el ataque en la cima donde, de acuerdo con el Teniente Blouse, su rápida acción obtuvo el libro de claves enemigo... —No merecía mencionarse, señor. No hicimos mucho con él. —Oh, no sé. Debido a ustedes y a ese buen hombre del periódico la alianza tuvo dos regimientos trotando alrededor de las montañas detrás de algún jefe guerrillero llamado ‘Tigre’. El Príncipe Heinrich insistía, y a decir verdad está al mando. Es, podría decir, un mal perdedor. Muy malo, de acuerdo con el rumor. —¿El escritor del periódico creyó en todas esas cosas? —dijo Polly, asombrada. —No lo sé, pero ciertamente lo escribió. ¿Dice que Lord Herrumbre les ofreció dejarlas ir a casa tranquilamente? —Sísseñor. —Y el consenso fue que podía... —Metérsela en su jumper, señor.

—Oh, sí. No podía leer mi propio material escrito. J... U... M... — Clogston escribió cuidadosamente la palabra en letras mayúsculas, y luego dijo—: No estoy diciendo esto, no estoy aquí, pero algunas... personas... mayores de nuestro lado se preguntan si ustedes sólo se irían tranquilamente... La pregunta colgó en el aire como un cadáver desde una viga. —Anotaré eso como ‘jumper’ también, entonces, ¿verdad? —dijo Clogston. —Algunas de nosotras no tenemos dónde ir —dijo Tonker. —Ni con quién ir —dijo Shufti. —No hemos hecho nada malo —dijo Polly. —Es jumper, entonces —dijo el mayor. Plegó sus pequeñas gafas y suspiró—. Ni siquiera me dirán cuáles serán los cargos. —Ser Malas Chicas —dijo Tonker—. ¿A quién estamos engañando, señor? El enemigo sólo quería librarse silenciosamente de nosotras, y el general quiere lo mismo. Es el problema de los tipos buenos y los tipos malos. ¡Son todos tipos! —¿Habríamos recibido una medalla, señor, si fuéramos hombres? — preguntó Shufti. —Sí. Indudablemente. Y Blouse habría sido promovido al instante, imagino. Pero ahora mismo estamos en guerra, y podría no ser el momento... —¿... de agradecer a un grupo de mujeres Abominables? —sugirió Polly. Clogston sonrió. —Iba a decir ‘de perder concentración’. La rama política está luchando por esto, por supuesto. Quieren evitar que la noticia se extienda. Y el Alto Mando quiere que esto termine rápidamente por la misma razón. —¿Cuándo va a empezar todo esto? —dijo Polly. —En una media hora. —¡Esto es estúpido! —dijo Tonker—. ¿Están en medio de una guerra y van a tomarse el tiempo de hacerle juicio a unas mujeres que ni siquiera han hecho nada malo? —El general ha insistido —dijo Clogston—. Quiere que esto sea quitado

del camino. —¿Y qué autoridad tiene este tribunal? —dijo Polly fríamente. —Miles de hombres en armas —dijo Clogston—. Lo siento. El problema es que si le dice a un general ‘¿Usted y el ejército de quién?’, sólo tiene que señalar con el dedo afuera de la ventana. Pero intento probar que la reunión debería ser una corte marcial. ¿Todas ustedes besaron a la Duquesa? ¿Tomaron el chelín? Yo digo que eso lo convierte en asunto militar. —Y eso es bueno, ¿verdad? —Bien, quiere decir que hay procedimientos. La última Abominación de Nuggan fue contra los rompecabezas. Rompen el mundo en pedazos, dice él. Eso está haciendo que las personas piensen, por fin. El ejército puede estar loco, pero por lo menos está loco por los números. Está confiablemente loco. Er, su amiga dormida... ¿la dejarán aquí? —No —dijo el escuadrón como una sola mujer. —Necesita mi atención permanente —dijo Igorina. —Si la dejamos podría tener un repentino ataque de desaparecer sin dejar rastros —dijo Tonker. —Nos mantendremos juntas —dijo Polly—. No dejamos un hombre atrás.

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La habitación elegida para el tribunal era un salón de baile. Habían recuperado más de medio torreón, supo Polly, pero la distribución de terreno era irregular. La alianza todavía mantenía los edificios centrales, y la armería, pero estaba enteramente rodeada por fuerzas de Borogravia. La actual lucha era por el complejo de puertas principales, que no había sido construido para resistir ataque desde el interior. Lo que estaba ocurriendo ahí afuera ahora era una reyerta, una pelea de bar a medianoche pero a escala inmensa. Y, ya que había varias máquinas de guerra encima de las torres ahora ocupadas por cada lado, el torreón se estaba disparando a sí mismo, en la mejor tradición del pelotón de fusilamiento circular. El piso aquí olía a cera y a tiza. Unas mesas habían sido acercadas para

hacer un semicírculo desigual. Debe haber habido más de treinta oficiales, pensó Polly. Entonces vio las otras mesas detrás del semicírculo, y los mapas, y las personas que salían y entraban, y se dio cuenta de que no sólo era por ellas. Ésta era una sala de guerra. El escuadrón entró marchando, y se detuvo en atención. Igorina había intimidado a un par de guardianes para que llevaran a Wazzer sobre una camilla. Ese círculo de puntadas debajo del ojo valía más que las estrellas de un coronel. Ningún soldado quería estar del lado contrario de los Igors. Esperaron. Ocasionalmente un oficial les echaba un vistazo, y volvía a mirar un mapa, o a hablar. Entonces Polly vio que ocurría un poco de cuchicheo, las cabezas giraron otra vez, y hubo una corriente hacia el semicírculo de asientos. Había una marcada sensación de que aquí tenían una tarea fatigosa que, desafortunadamente, debía ser hecha. El General Froc no miró al escuadrón directamente hasta que tomó asiento en el centro del grupo y acomodó prolijamente sus papeles. Incluso entonces, su mirada pasó sobre ellas rápidamente, como si temiera detenerse. Polly nunca lo había visto antes. Era un hombre apuesto, y todavía tenía una buena cabeza de pelo blanco. Una cicatriz al costado de la cara había salteado un ojo y resaltaba contra las arrugas. —Las cosas se están moviendo bien —dijo, a la habitación en general—. Acabamos de escuchar que una columna voladora dirigida por los restos del Décimo se está cerrando sobre el torreón y atacando las puertas principales desde afuera. Alguien debe haber visto lo que está ocurriendo. ¡El ejército está en movimiento! Hubo cierta cantidad de refinadas aclamaciones por eso, ninguna desde el escuadrón. El general les echó un vistazo otra vez. —¿Éstas son todas, Clogston? —dijo. El Mayor, que al menos tenía una pequeña mesa para él, se puso de pie y saludó. —No, señor —dijo—. Estamos aguardando... Las puertas se abrieron otra vez. Jade entró encadenada entre dos trolls mucho más grandes. Maladict y Blouse la seguían. Parecía que con toda la prisa y la confusión nadie había encontrado un pantalón para Blouse, y

Maladict se veía ligeramente borroso. Sus cadenas tintineaban todo el tiempo. —Objeto las cadenas, señor —dijo Clogston. El general sostuvo una reunión susurrada con algunos de los otros oficiales. —Sí, no queremos indebida formalidad —dijo, haciendo un gesto hacia los guardianes—. Quítenlas. Ustedes trolls pueden irse. Sólo quiero que los guardianes permanezcan en la puerta. Ahora, procedamos. Esto no debería llevar mucho tiempo realmente. Ahora entonces, usted personas —se acomodó en su silla—, esto es realmente muy simple. Con excepción del Teniente Blouse, aceptarán ser devueltas a sus hogares y puestas a cargo de un hombre responsable, ¿comprendido? Y no se dirá nada más sobre este tema. Ustedes han mostrado considerable espíritu, no hay duda sobre eso, pero fue desperdiciado. No somos desagradecidos, sin embargo. Tenemos entendido que ninguna de ustedes está casada, de modo que queremos ofrecerles unas apropiadas y efectivamente buenas dotes... Polly saludó. —¿Permiso para hablar, señor? Froc la miró, y luego a Clogston deliberadamente. —Tendrá una oportunidad de hablar más tarde, Cabo —dijo el Mayor. —¿Pero qué exactamente hemos hecho mal, señor? —dijo Polly—. Deberían decirnos. Froc miró al extremo de la hilera de sillas. —¿Capitán? —dijo. Un oficial bajo se puso de pie. En la cara de Polly, la marea de reconocimiento corrió junto a las marismas de odio. —Capitán Strappi, división política, señor... —empezó, y se detuvo ante el quejido del escuadrón. Cuando se apagó se aclaró la garganta, y continuó—: Veintisiete Abominaciones han sido cometidas bajo la ley de Nuggan, señor. Sospecho que hubo muchas más. Bajo la ley militar, señor, tenemos el simple hecho de que se hicieron pasar como hombres para enrolarse. Estaba allí, señor, y lo vi todo. —Capitán Strappi, ¿puedo felicitarlo por su rápido ascenso? —dijo el

Teniente Blouse. —Sí, efectivamente, Capitán —dijo Clogston—. Aparentemente usted era un humilde Cabo apenas hace unos días. El polvo de yeso cayó del techo otra vez mientras algo pesado golpeaba la pared por fuera. Froc lo sacudió de sus papeles. —No uno de los nuestros, espero —dijo, ante cierta cantidad de risa—. Continúe, Capitán. Strappi se volvió hacia el General. —Como usted sabe, señor, ocasionalmente es necesario que nosotros en la división política asumamos un rango más bajo para ganar inteligencia. Cubierto bajo las Reglas, señor —añadió. La mirada que el General Froc le lanzó agitó una pequeña taza de esperanza en el pecho de Polly. A nadie le podía gustar algo como Strappi, ni siquiera a una madre. Entonces el General miró a Clogston. —¿Esto está relacionado, Mayor? —dijo malhumorado—. Sabemos que se disfrazaron como... —... mujeres, señor —dijo Clogston suavemente—. Es todo lo que sabemos, señor. Aparte de la aseveración del Capitán Strappi, y pienso sugerir después que esto es sospechoso, todavía no he escuchado ninguna evidencia de que se hayan vestido de cualquier otra manera. —¡Tenemos la evidencia ante nuestros propios ojos, hombre! —Sí, señor. Están usando vestidos, señor. —¡Y están prácticamente calvas! —Sí, señor —dijo Clogston. Recogió un grueso libro, chorreando marcadores—. Libro de Nuggan, señor: «Es una Bienaventuranza para Nuggan que una mujer lleve su pelo corto, que las propensiones amorosas de los hombres no sean por tanto enardecidas». —¡No veo a mi alrededor muchas mujeres calvas! —dijo Froc con brusquedad. —Sí, señor. Es una de esas declaraciones que las personas encuentran algo difíciles, como la que prohíbe estornudar. Debo decir en este punto, señor, que pienso demostrar que las Abominaciones son cometidas por todos nosotros con regularidad. Hemos adquirido el hábito de ignorarlas, de

hecho, lo que abre un interesante debate. En todo caso, el pelo corto es Nugganáticamente correcto. En breve, señor, y con pelo corto, las damas parecen no haber estado involucradas en nada más que un poco de lavandería, un accidente de cocina y la liberación de usted mismo de las celdas. —¡Yo las vi! —gruñó Strappi—. ¡Parecían hombres y actuaban como hombres! —¿Por qué estaba en la partida de reclutamiento, Capitán? —dijo el Mayor Clogston—. No pensaría que uno de ésos sería semillero de actividad sediciosa. —¿Es ésa una pregunta relevante, Mayor? —dijo el general. —No lo sé, señor —dijo Clogston—. Por eso pregunté. No creo que queramos que se diga que estas damas no han tenido una audiencia justa. —¿Que lo diga quién? —dijo Froc—. Se puede confiar en que mis oficiales sean discretos. —¿Que lo digan las mismas damas, señor? —¡Entonces debemos requerir que no hablen con nadie! —¡Oh, digo! —dijo Blouse. —¿Y cómo hará que esto se cumpla, señor? —dijo Clogston—. ¿Contra estas mujeres que, estamos de acuerdo, lo sacaron de las mandíbulas del enemigo? Se escucharon algunos murmullos entre los oficiales. —Mayor Clogston, ¿usted almorzó? —dijo el general. —No, señor. —El Coronel Vester dice que usted se pone un poco... errático cuando pierde una comida... —No, señor. Me pongo cascarrabias, señor. Pero creo un poco que irritabilidad es necesaria ahora mismo. Hice una pregunta al Capitán Strappi, señor. —Bien, bien, Capitán, ¿quizás usted nos diga por qué estaba con esa partida de reclutamiento? —dijo el general cansadamente. —Estaba... investigando a un soldado, señor. Un suboficial. Nuestra atención fue atraída por irregularidades en sus archivos, señor, y donde hay

irregularidades generalmente encontramos sedición. Dudo de hablar de esto, señor, porque este Sargento ha estado un poco tiempo a su servicio... —¡Jrnfff! —dijo fuerte el General—. No es asunto de discusión aquí, pienso. —Sólo que de acuerdo con los archivos, algunos oficiales le habían ayudado a... —continuó Strappi. —¡Jrnfff! ¡No son asuntos para este tribunal, capitán! ¿Estamos de acuerdo, caballeros? —Sí, señor, sólo que el Mayor me preguntó y yo... —empezó Strappi, desconcertado. —¡Capitán, sugiero que aprenda qué significa un jrnfff! —bramó Froc. —¿De modo que qué estaba buscando cuando anduvo con nuestras cosas? —dijo Polly, mientras Strappi se encogía. —¡Mmmmmi cccccafé! —dijo Maladict—. ¡Ussssted rrrrobó mmmmmi cccccafé! —¡Y se escapó cuando le dijeron que iba a entrar en combate, usted pequeña caca de perro! —dijo Tonker—. ¡Polly dijo que se meó el calzón! El General Froc estrelló su puño sobre la mesa, pero Polly notó que uno o dos oficiales estaban tratando de ocultar una sonrisa. —¡Éstos no son temas para esta investigación! —dijo. —Aunque, señor, uno o dos de ellos me parecen ser temas para una investigación posterior —dijo un coronel, más allá a lo largo de la mesa—. Las pertenencias de los soldados sólo pueden ser registradas en su presencia, General. Podría parecer un punto trivial, pero en el pasado los hombres se han amotinado por eso. ¿Acaso usted, de hecho, creía que... los hombres eran mujeres cuando lo hizo, Capitán? Oh, di que sí, por favor di que sí, pensó Polly, mientras Strappi vacilaba. Porque cuando hablamos sobre cómo aquellos soldados de caballería nos encontraron tan rápidamente, significaba que tú los pusiste sobre un grupo de chicas de Borogravia. ¡Veamos cómo se oye esto en Plün![45] Y si no lo sabías, entonces ¿por qué estabas rebuscando? Strappi prefería la roca al lugar duro. Las piedras repiqueteaba abajo en el patio, y tuvo que levantar la voz para hacerse oír.

—Tenía, er, sospechas de ellas en general, señor, porque eran tan entusiastas... —¡Señor, protesto! —dijo Clogston—. ¡El entusiasmo no es un vicio militar! —Con moderación, indudablemente —dijo Froc—. Y descubrió evidencias de alguna clase, ¿verdad? —Encontré una enagua, señor —dijo Strappi, tanteando su camino con cuidado. —Entonces ¿por qué no...? —empezó Froc, pero Strappi interrumpió. —Serví por un tiempo con el Capitán Wrigglesworth, señor —dijo. —¿Y? —dijo Froc, pero el oficial a su izquierda se inclinó y susurró algo—. Oh, Wrigglesworth. Ja, sí —dijo Froc—. Por supuesto. Buen oficial, Wrigglesworth. Entusiasta de, er... —Arte dramático «aficionado» —completó un coronel, con voz evasiva. —¡Correcto! ¡Correcto! Muy bueno para la moral, ese tipo de cosas. Jrnfff. —Con todo respeto, general, creo que puedo ofrecer una manera de resolverlo —dijo otro hombre con el rango de general. —¿De veras, Bob? —dijo Froc—. Oh, bien... siéntase libre. El registro mostrará que estoy cediendo la palabra al General Kzupi. —Lo siento, señor, pensé que estos procedimientos no eran registrados —dijo Clogston. —Sí, sí, por supuesto, muchas gracias por refrescar mi memoria —dijo Froc—. Sin embargo, si tuviéramos un registro, eso es lo que mostraría. ¿Bob? —Damas —dijo el General Kzupi, lanzando una sonrisa satinada al escuadrón—. Y usted también, por supuesto, Teniente Blouse, y usted también, er... —Miró a Maladict con curiosidad, quien le devolvió la mirada— ... ¿señor? —Sin embargo, el General Kzupi no iba a ser descarrilado por la mirada fija de un vampiro, ni siquiera la de uno que no podía estar quieto—. En primer lugar, puedo ofrecer de parte de todos, creo, nuestro agradecimiento por el increíble trabajo que hicieron. Un esfuerzo magnífico. Pero, desgraciadamente, el mundo en el que vivimos tiene ciertas... reglas,

¿comprenden? Francamente, el problema aquí no es que sean mujeres. Como tal, eso es todo. Pero ustedes persisten en sostener que lo son. ¿Lo ven? No podemos tolerarlo. —¿Quiere decir que si nos ponemos los uniformes otra vez, nos pavoneamos por allí eructando y diciendo ‘jar, jar, tontos todos ustedes’ estaría bien? —dijo Polly. —¿Quizás yo podría ayudar? —dijo aun otra voz. Froc miró a lo largo de la mesa. —Ah, Brigadier Stoffer. ¿Sí? —Todo esto es muy absurdo, General... —¡Jrnfff! —dijo Froc. —¿Qué dice? —dijo Stoffer, perplejo. —Hay damas presentes, Brigadier. Ése es, jaja, el problema. —¡Condenadamente correcto! —dijo Tonker. —Entendido, General. Pero la partida era conducida por un hombre, ¿tengo razón? —El Teniente Blouse me dice que él es un hombre, señor —dijo Clogston—. Ya que es un oficial y un caballero, aceptaré su palabra. —Bien, entonces, problema resuelto. Estas jóvenes damas lo ayudaron. Lo pasaron de contrabando, y cosas así. Lo ayudaron. Buenas tradiciones de las mujeres de Borogravia y todo eso. No soldados en absoluto. Dele una gran medalla al hombre y hágalo capitán, y todo esto será olvidado. —Discúlpeme un momento, General —dijo Clogston—. Consultaré con los que llamaría acusados si alguien me ilustrara respecto de la naturaleza precisa de los cargos. Caminó hasta el escuadrón y bajó la voz. —Pienso que ésta es la mejor propuesta que van a recibir —dijo—. Probablemente pueda conseguir el dinero, también. ¿Qué me dicen? —¡Es totalmente ridículo! —dijo Blouse—. Mostraron tremendo coraje y determinación. Todo esto no habría sido posible sin ellas. —Sí, Blouse, y le permitirán decirlo —dijo Clogston—. Stoffer ha tenido una idea muy ingeniosa. Todos consiguen lo que quieren, pero ustedes sólo tienen que evitar cualquier sugerencia de que de hecho estaban actuando

como soldados. Bravas mujeres de Borogravia yendo en ayuda de un valiente héroe, eso funciona. Podrían tener la perspectiva de que estos tiempos están cambiando, y que los están ayudando a cambiar más rápido. ¿Bien? El escuadrón intercambió miradas. —Er... estaría feliz con eso —arriesgó Shufti—. Si todas los demás lo están. —¿De modo que tendría su bebé sin un marido? —dijo Polly. —Probablemente está muerto de todos modos, sea quien sea —suspiró Shufti. —El General tiene influencia —dijo Clogston—. Podría ser capaz de... —No, no estoy comprando esto —dijo Tonker—. Es una pequeña mentira sensiblera. Al infierno con ellos. —¿Lofty? —dijo Polly. Lofty encendió un fósforo, y lo miró fijo. Podía encontrar fósforos en cualquier lugar. Se escuchó otro crump, desde arriba. —¿Maladict? —dijo Polly. —Dejjje rodddar la bola. Yyyo digggo nnno. —¿Y usted, Teniente? —preguntó Clogston. —Es deshonroso —dijo Blouse. —Podría tener problemas si no acepta, sin embargo. Con su carrera. —Sospecho que no tengo ninguna, Mayor, sin importar qué ocurra. No, no viviré una mentira. Sé, ahora, que no soy un héroe. Soy sólo alguien que quería serlo. —Gracias, señor —dijo Polly—. Er... ¿Jade? —Uno de los trollz que me arreztaron me golpeó con zu garrote y le partí una meza en la cabeza —dijo Jade, mirando el piso. —Eso fue maltrato de un prision... —comenzó Blouse, pero Clogston dijo: —No, teniente, algo sé sobre trolls. Son muy... físicos. De modo que... es un muchacho algo atractivo, ¿verdad, Soldado? —Tuve un buen zentimiento zobre él —dijo Jade, ruborizándose—. De

modo que no quiero zer enviada a caza. No hay nada para mí allí, de todoz modoz. —¿Soldado Igor... ina? —dijo Blouse. —Pienso que debemos rendirnos —dijo Igorina. —¿Por qué? —dijo Polly. —Porque Wazzer está muriendo. —Levantó una mano—. No, por favor no se apiñen alrededor. Denle aire, al menos. No ha comido. No puedo hacer que tome agua en absoluto. —Levantó los ojos bordeados de rojo—. ¡No sé qué hacer! —La Duquesa le habló —dijo Polly—. Todos la escucharon. Y sabemos lo que vimos abajo en la cripta. —¡Y dije que no creo en nada de eso! —dijo Tonker—. Es su... mente. La pusieron bastante loca. Y todos estábamos tan cansados que veríamos cualquier cosa. ¿Toda esa cosa sobre querer llegar al Alto Mando? Bien, aquí está, y no veo ningún milagro. ¿Ustedes sí? —No creo que ella hubiera querido que nos rindamos —dijo Polly. No. —¿Escucharon eso? —dijo Polly, aunque no estaba segura de que la palabra hubiera aparecido en su cabeza vía sus orejas. —¡No, no lo escuché! —dijo Tonker—. ¡No lo escuché! —Creo que no podemos aceptar este acuerdo, señor —dijo Polly al Mayor. —Entonces no lo haré —dijo Shufti inmediatamente—. Yo no... esto no fue... sólo vine porque... pero... miren, me quedo con ustedes. Er... ¿qué pueden hacernos, señor? —Ponerlas en una celda durante mucho tiempo, probablemente —dijo el mayor—. Están siendo amables con ustedes... —¿Amables? —dijo Polly. —Bien, ellos piensan que están siendo amables —dijo Clogston—. Y podrían ser mucho peores. Y hay una guerra allí. No quieren parecer malos, pero Froc no llegó a ser un general siendo bueno. Tengo que advertirles sobre eso. ¿Todavía lo están rechazando? Blouse miró en redondo a sus hombres.

—Creo que lo estamos, mayor. —Bien —dijo Clogston, haciendo un guiño. Bien. Clogston volvió a su mesa y revolvió sus papeles. —Los propuesta. —Sí, pensé que podrían hacerlo —dijo Froc—. En tal caso, serán devuelto a las celdas. Después lo resolveremos. —El yeso roció hacia abajo cuando algo golpeó la pared exterior otra vez—. ¡Esto ha ido demasiado lejos! —¡No seremos enviados a las celdas! —gritó Tonker. —¡Entonces es un motín, señor! —dijo Froc—. ¡Y sabemos cómo solucionarlo! —Excúseme, general, ¿eso quiere decir entonces que el tribunal está de acuerdo en que estas damas son soldados? —dijo Clogston. El General Froc le miró furioso. —¡No trate de enredarme con tonterías de procedimiento, Mayor! —Son apenas tonterías, señor, es la misma base... Agáchense. La palabra fue la más sencilla y pálida sugerencia en la cabeza de Polly, pero también parecía estar conectada a su sistema nervioso central. Y no solamente el suyo. El escuadrón se agachó, e Igorina se lanzó sobre el cuerpo de su paciente. Medio techo se derrumbó. La araña de luces se vino abajo y explotó en un calidoscopio de prismas astillados. Los espejos se hicieron añicos. Y entonces hubo silencio, en comparación por lo menos, roto solamente por el ruido sordo de algunos trozos de yeso demorados y el tintineo de un casco. Ahora... Unas pisadas se acercaron a las grandes puertas al final de la habitación, donde los guardianes trataban de ponerse de pie. Las puertas se abrieron. Jackrum estaba de pie allí, brillante como una puesta de sol. La luz se reflejaba en la insignia de su sombrero, pulida hasta el punto de cegar al presuntos culpables, señor, lamentablemente rechazan la

incauto con su terrible rayo. Su cara estaba roja, pero su chaqueta era más roja, y su faja de sargento era la más pura esencia de la rojez, su misma esencia, el rojo de estrellas y soldados moribundos. La sangre goteaba de los alfanjes metidos en su cinturón. Los guardianes, todavía temblorosos, trataban de bajar las lanzas para cruzar su camino. —No lo intenten, muchachos, les ruego —dijo Jackrum—. Les juro que no soy un hombre violento, pero ¿piensan que el Sargento Jackrum va a ser detenido por un juego de condenados cubiertos? Los hombres miraron a Jackrum, humeando con rabia apenas controlada, y luego a los asombrados generales, y tomaron una inmediata decisión por propia iniciativa desesperada. —Buenos muchachos —dijo Jackrum—. ¿Con su permiso, General Froc? No esperó una respuesta sino que marchó hacia adelante con la precisión de un desfile. Llegó enfrente de los generales superiores —que todavía se estaban quitando el polvo de yeso de sus uniformes—, se cuadró con un golpe de botas y saludó con la precisión de un semáforo. —¡Pido informar, señor, que ahora tenemos las puertas principales, señor! Me tomé la libertad de reunir una fuerza de los Entrar-y-Salir, [46] una de los Lado-A-Lado y una de los Atrás-Y-Adelante, señor, sólo en el caso de ver una gran nube de llamas y humo sobre el sitio, y llegamos a las puertas justo cuando sus muchachos lo hacían. ¡Los tuvimos yendo y viniendo, señor! Hubo una aclamación general, y el General Kzupi se inclinó hacia Froc. —En vista de este placentero evento, señor, quizás debamos apurarnos y cerrar este... Froc le agitó una mano para que callara. —Jackrum, usted viejo bribón —dijo, reclinándose en su silla—. Escuché que estaba muerto. ¿Cómo diablos está? —¡Peleando bien, señor! —gritó Jackrum—. ¡No muerto en absoluto, a pesar de los deseos de muchos! —Me alegra escucharlo, hombre. Pero mientras que su cara rojiza es una visión bienvenida en cualquier momento, aquí estamos para... —¡Catorce millas lo cargué, señor! —bramó Jackrum, el sudor corriendo

por su cara—. Saqué esa flecha de su pierna, señor. Rebané a ese diablo de capitán que le cortó la cara con un hacha, señor, y me alegra ver que la cicatriz se ve bien. Maté a ese pobre muchacho centinela sólo para robarle su botella de agua para usted, señor. Miré su cara mientras moría, señor, por usted. Nunca pedí nada a cambio, señor. ¿Correcto, señor? Froc se frotó la barbilla y sonrió. —Bien, me parece recordar que hubo ese pequeño tema de falsificar algunos detalles, cambiar algunas fechas... —murmuró. —No me diga esa condenada bazofia, señor, con todo respeto. Eso no era para mí, era para el ejército. Por la Duquesa, señor. Y, sí, veo algunos otros caballeros alrededor de esta mesa que tenían razones para hacer el mismo pequeño servicio para mí. Por la Duquesa, señor. ¡Y si me dejara una espada, resistiría y lucharía como cualquier hombre en su ejército, señor, que nunca será tan joven y lleno de coraje! Con un movimiento sacó un alfanje de su cinturón y lo dejó caer en los papeles entre las manos de Froc. Se clavó en la madera de la mesa, y allí se quedó. Froc no se estremeció. En cambio levantó la vista y dijo tranquilamente: —Aunque sea un héroe, Sargento, me temo que ha ido demasiado lejos. —¿He ido las catorce millas completas aún, señor? —dijo Jackrum. Por un momento no hubo ningún sonido excepto el del alfanje, vibrando hasta detenerse. Froc resopló. —Muy bien —dijo—. ¿Cuál es su pedido, Sargento? —¡Noto que usted tiene mis pequeños muchachos delante de usted, señor! ¡Escucho que están en un sitio de molestia, señor! —Las chicas, Jackrum, serán recluidas en un lugar seguro. Éste no es lugar para ellas. Y ésa es mi orden, Sargento. —Les dije cuando se enrolaron, señor, les dije: ¡si alguien los arrastra tendrán que arrastrarme también, señor! Froc asintió. —Muy leal de su parte, Sargento, y mucho en su carácter. Sin embargo...

—¡Y tengo información esencial para éstos aquí en deliberaciones, señor! ¡Hay algo que debo decirle, señor! —¡Bien, por supuesto díganos, hombre! —dijo Froc—. No tiene que tomar todo... —Requiere que algunos de ustedes caballeros dejen esta habitación, señor —dijo Jackrum, desesperadamente. Estaba en atención todavía, todavía sosteniendo el saludo. —Ahora pide demasiado, Jackrum —dijo Froc—. ¡Éstos son oficiales leales de su gracia! —¡No tengo dudas, señor! Le juro que no soy un hombre chismoso, señor, pero diré mi asunto a aquellos a quienes escojo, señor, o lo diré al mundo. Hay maneras de hacer eso, señor, nuevas maneras desagradables. ¡Su elección, señor! Por fin, Froc enrojeció. Se puso de pie repentinamente. —¿Está diciéndome seriamente que usted...? —¡Ésta es mi última y famosa resistencia, señor! —dijo Jackrum, saludando otra vez—. ¡Hacer o morir, señor! Todos los ojos se volvieron hacia Froc. Se relajó. —Oh, muy bien. No puede hacer ningún daño que lo escuche, Sargento. Dios sabe que lo merece. Pero hágalo rápido. —Gracias, señor. —Pero inténtelo otra vez y recibirá la paliza más grande que pueda imaginar. —No se preocupe por eso, señor. Nunca fui uno para palizas. Con su permiso señalaré a ciertos hombres... Era aproximadamente la mitad de los oficiales. Elevaron las voces con mayor o menor protesta, pero se pusieron de pie, bajo la intensa mirada de zafiro de Froc, y salieron en fila al corredor. —¡General, protesto! —dijo un coronel que salía—. Nos están enviando afuera de la habitación como niños desobedientes mientras que éstas... mujeres están... —Sí, sí, Rodney, y si nuestro amigo el Sargento no tiene una condenadamente buena explicación se lo enviaré personalmente para el

detalle del castigo —dijo Froc—. Pero tiene derecho a su última carga desenfrenada como cualquier hombre. Váyase silenciosamente, sea buen muchacho, y mantenga la guerra caliente hasta que lleguemos allí. ¿Y ha terminado esta extraña charada, Sargento? —añadió, mientras salía el último de los oficiales. —Completamente excepto una última cosa, señor —dijo Jackrum, y caminó hasta los guardianes. Ya estaban en atención, pero sin embargo lograron ponerse más atentos—. Ustedes muchachos se van afuera de esta puerta —dijo el Sargento—. Nadie debe acercarse, comprendido. Y sé que ustedes muchachos no tratarán de escuchar a escondidas, porque qué les pasaría si alguna vez me entero que lo han hecho. ¡Ya se van, hup, hup, hup! Cerró las puertas detrás de ellos y la atmósfera cambió. Polly no pudo detectar cómo, pero quizás fue el clic de las puertas que dijo ‘Éste es nuestro secreto’, y todos los presentes lo conocen. Jackrum se quitó el sombrero y lo colocó suavemente sobre la mesa enfrente del General. Entonces se quitó el abrigo y lo pasó a Polly, diciendo: —Tenga esto, Perks. Es de propiedad de su gracia. —Enrolló sus mangas. Aflojó sus enormes tiradores rojos. Y entonces, ante el horror de Polly si no para su sorpresa, sacó su retorcido papel con apestoso tabaco de mascar y su navaja ennegrecida. —Oh, digo... —empezó un mayor, antes de que el codazo de un colega lo llamara a silencio. Nunca un hombre cortando un taco de tabaco negro había sido sujeto de tal atención embelesada y horrorizada. —Las cosas van bien afuera —dijo—. Lástima que no estén todos ahí afuera, ¿eh? Sin embargo, la verdad es importante también, ¿correcto? Y para eso está este tribunal, no tengo dudas sobre eso. Debe ser importante, la verdad, de otro modo ustedes no estarían aquí, ¿tengo razón? Por supuesto que la tengo. Jackrum terminó el corte, se metió la cosa en su boca y la acomodó en una mejilla, mientras los sonidos de la batalla se filtraban desde afuera. Entonces giró y caminó hacia el mayor que acababa de hablar. El hombre se encogió un poco en su silla.

—¿Qué tiene que decir de la verdad, Mayor Derbi? —dijo Jackrum en tono conversacional—. ¿Nada? Bien, ¿entonces, qué diré yo? ¿Qué diré de un capitán que giró y corrió sollozando cuando encontramos una columna de Zlobenia, abandonando a sus propios hombres? Diré que el viejo Jackrum lo hizo tropezar y que le dio una pequeña paliza y que le metió el miedo de... Jackrum dentro, y que regresó y que fue una famosa victoria ese día, sobre dos enemigos, uno de ellos en su propia cabeza. Y vino al viejo Jackrum otra vez, borracho de batalla, y dijo más de lo que debería... —Usted bastardo —dijo el mayor suavemente. —¿Diré la verdad hoy... Janet? —dijo Jackrum. Los sonidos de la batalla se pusieron más fuertes de repente. Se volcaban a raudales en la habitación como agua que corre a llenar un agujero en el fondo marino, pero todo el sonido del mundo no podía haber llenado ese silencio repentino y tremendo. Jackrum dio un paseo hacia otro hombre. —¡Qué bueno verlo aquí, Coronel Cumabund! —dijo alegremente—. Por supuesto, usted era sólo el Teniente Cumabund cuando estuve bajo su mando. Muchacho valiente era usted, cuando nos condujo contra ese destacamento de Kopelis.[47] Y entonces recibió una desagradable herida de espada en los privados, o justo arriba, y lo salvé con ron y agua fría, y encontré que podía ser muy valiente, pero que muchacho no era. Oh, cómo parloteaba en su delirio afiebrado... Sí, lo hizo. Ésa es la verdad... Olga. Caminó alrededor de la mesa y empezó a pasear detrás de los oficiales; aquellos a quienes pasaba miraban sin expresión al frente, sin atreverse a girar, sin atreverse a hacer ningún movimiento que atrajera su atención. —Podrían decir que sé algo sobre todos ustedes —dijo—. Mucho sobre algunos, sólo lo suficiente sobre la mayor parte. De algunos de ustedes, bien, podría escribir un libro. —hizo una pausa justo detrás de Froc, que se puso tieso. —Jackrum, yo... —empezó. Jackrum puso una mano sobre cada hombro de Froc. —Catorce millas, señor. Dos noches, porque nos escondíamos de día, las patrullas eran tan frecuentes. Un corte bastante espantoso, tenía, pero

recibió mejor enfermería de mí que de cualquier sierra-huesos, lo apostaría. —Se inclinó hacia adelante hasta que su boca estuvo al nivel de la oreja del general, y continuó en un susurro—: ¿Qué queda de usted que yo no sepa? Entonces... ¿está buscando realmente la verdad... Mildred? La habitación era un museo de figuras de cera. Jackrum escupió sobre el piso. —Usted no puede demostrar nada, Sargento —dijo Froc al final, con la calma de un campo de hielo. —Bien ahora, no como tal. Pero ellos me dicen que éste es el mundo moderno, señor. No necesito pruebas, exactamente. Conozco a un hombre que tendría un relato para contar, y estaría en Ankh-Morpork en un par de horas. —Si sale vivo de esta habitación —dijo una voz. Jackrum sonrió su sonrisa más malvada y atacó el origen de la amenaza como una avalancha. —¡Ah! Pensé que alguno lo intentaría, Chloe, pero noto que nunca llegó más allá de mayor, y no me asombra ya que usted trata de fanfarronear sin condenadas cartas en la mano. Buen intento, sin embargo. Pero, primero, podría llevarlo a la condenada tintorería antes de que esos guardianes regresaran aquí, se lo juro, y, segundo, no sabe qué he anotado y quién más lo sabe. Yo las entrené a todas, chicas, en un momento u otro, y algo de la astucia que tienen, algo del coraje, algo de la sensatez... bien, la recibieron de mí. ¿Verdad? Así que ninguna va a pensar que puede ser ingeniosa, porque cuando se trata de astucia soy el Señor Zorro. —Sargento, Sargento, Sargento —dijo Froc cansadamente—, ¿qué es lo que quiere? Jackrum terminó su circuito alrededor de la mesa y terminó enfrente otra vez, como un hombre ante sus jueces. —Bien, sópleme —dijo tranquilamente, mirando a lo largo de la línea de caras—. Usted no lo sabía, verdad... no lo sabía. ¿Hay algún... hombre entre ustedes que lo supiera? Pensaban, cada uno, que estaban completamente solos. Completamente solos. Ustedes pobres diablos. Y mírense. Más de un tercio del Alto Mando del país. Lo hicieron solas, damas. ¿Qué podía haber

hecho si hubieran actuado jun...? Se detuvo, y dio un paso hacia Froc, que bajó los ojos a sus papeles clavados. —¿Cuántas descubrió usted, Mildred? —Será ‘General’, Sargento. Todavía soy un general, Sargento. O el ‘señor’ bastará. Y su respuesta es: una o dos. Una o dos. —¿Y las ascendió, verdad, por ser tan buenas como los hombres? —Indudablemente no, Sargento. ¿Por quién usted me toma? Las ascendí porque eran mejores que hombres. Jackrum abrió los brazos como un director de circo presentando un nuevo acto. —¿Entonces qué hay con los muchachos que traje conmigo, señor? Un grupo de muchachos de primera como jamás he visto. —Lanzó un ojo inyectado de sangre alrededor de la mesa—. Y soy bueno sopesando a un muchacho, como todos saben. ¡Serían un orgullo para su ejército, señor! Froc miró a sus colegas a cada lado. Una pregunta no realizada recoge respuesta muda. —Sí, bien —dijo—. Todo parece claro para nosotros, teniendo en cuenta los nuevos eventos. Cuando unos muchachos lampiños se visten como chicas, no hay duda de que las personas se confundirán. Y eso es lo que tenemos aquí, Sargento. Simple confusión. Identidades equivocadas. Mucha alharaca, a decir verdad, sobre nada. Evidentemente son muchachos, y ahora mismo pueden regresar a casa con una licencia honrosa. Jackrum rió entre dientes y extendió una palma, moviendo los dedos hacia arriba como un hombre negociando. Otra vez, hubo comunión de espíritus. —Muy bien. Pueden, si lo desean, continuar en el ejército —dijo Froc—. Con discreción, por supuesto. —¡No, señor! Polly miró a Jackrum, y luego se dio cuenta de que las palabras, en realidad, habían salido de su propia boca. Froc levantó las cejas. —¿Cuál es su nombre otra vez? —dijo.

—¡Cabo Perks, señor! —dijo Polly, saludando. Observó que la cara de Froc se quedaba en una expresión de benevolencia condescendiente. Si usa las palabras ‘mi querida’, maldeciré, pensó. —Bien, mi querida... —No su querida, señor o madam —dijo Polly. En el teatro de su mente La Posada de la Duquesa ardía hasta los cimientos y su vieja vida se pelaba, negra como el carbón, y ella volaba, como bala, demasiado rápido y demasiado alto e imposible de detenerse—. Soy un soldado, general. Me enrolé. Besé a la Duquesa. No creo que los generales llamen ‘mi querida’ a sus soldados, ¿verdad? Froc tosió. La sonrisa permaneció, pero tuvo la decencia de ser un poco más moderada. —Y los soldados no le hablan de ese modo a los generales, joven dama, de modo que lo dejaremos pasar, ¿verdad? —Exactamente aquí, en esta habitación, no sé lo que pasa y lo que se queda, señor —dijo Polly—. Pero me parece que si todavía es un General entonces todavía soy un Cabo, señor. No puedo hablar por las otras, pero la razón de que resista, general, es que besé a la Duquesa y ella supo qué era yo y ella... no se volteó, si usted me comprende. —Dicho bien, Perks —dijo Jackrum. Polly se lanzó en picada. —Señor, hace uno o dos días habría rescatado a mi hermano y regresado a casa, y habría pensado que fue un trabajo bien hecho. Sólo quería estar a salvo. Pero ahora veo que no hay seguridad mientras haya todas esta... esta estupidez. Así que pienso que tengo que quedarme y ser parte de eso. Er... tratar de hacerlo menos estúpido, quiero decir. Y quiero ser yo, no Oliver. Yo besé a la Duquesa. Todas lo hicimos. No puede decirnos que no lo hicimos y no puede decirnos que no cuenta, porque es entre nosotros y ella... —Todas ustedes besaron a la Duquesa —dijo una voz. Tenía un... eco. Todas ustedes besaron a la Duquesa... —¿Pensó que no significaba nada? ¿Que era sólo un beso?

¿Pensó que no significaba nada...? ... sólo un beso... Las palabras susurradas batieron contra las paredes como una ola, y regresaron más fuertes, en armónicos. Usted besó no significaba nada significaba sólo un beso piensa que un beso significa un beso... Wazzer estaba de pie. El escuadrón quedó petrificado mientras pasaba inestable. Sus ojos se enfocaron sobre Polly. —¡Qué bueno es llevar un cuerpo otra vez! —dijo—. Y respirar. Respirar es maravilloso... ¡Qué bueno...! Respirar maravilloso un cuerpo otra vez respirar... Algo había en la cara de Wazzer. Sus rasgos estaban todos ahí, todo correcto, su nariz era tan aguzada y tan roja, sus mejillas tan huecas... pero había cambios sutiles. Alzó una mano y flexionó los dedos. —Ah —dijo—. Entonces... —No hubo eco esta vez, pero la voz era más fuerte y más profunda. Nadie jamás habría dicho que la voz de Wazzer era atractiva pero ésta lo era. Se volvió hacia Jackrum, que cayó sobre sus gordas rodillas y se sacó el sombrero rápidamente. —Sargento Jackrum, sé que sabe quién soy. Usted ha caminado por mares de sangre por mí. Quizás debíamos haber hecho mejores cosas con su vida, pero por lo menos sus pecados fueron pecados de soldado, y no los peores de ellos, a decir verdad. Por la presente usted es ascendido a Sargento Mayor, y es el mejor candidato para el trabajo que jamás he conocido. Usted está empapado de astucia, de criminalidad taimada y casual, Sargento Jackrum. Lo hará bien. Jackrum, los ojos bajos, levantó un nudillo a su frente. —... no lo merezco, su gracia —farfulló. —Por supuesto que no. —La Duquesa miró a su alrededor—. Ahora, dónde está mi ejército... ah. —No había ahora ningún eco en absoluto en la voz, y nada de la voz cobarde y tímida de Wazzer. Se colocó justo enfrente de Froc, que miraba con la boca abierta. —General Froc, usted debe hacer un último servicio para mí.

El general lanzó una mirada furiosa. —¿Quién diablos es usted? —¿Necesita preguntar? Como siempre, Jackrum piensa más rápido que usted. Usted me conoce. Soy la Duquesa Annagovia. —Pero usted está... —empezó uno de los otros oficiales, pero Froc alzó una mano otra vez. —La voz... es familiar —dijo, en un susurro distante. —Sí. Recuerda la pelota. La recuerdo, también. Hace cuarenta años. Alguna vez fue el capitán más joven. Bailamos, rígidamente en mi caso. Le pregunté cuánto tiempo había sido capitán, y usted dijo... —Tres días —susurró Froc, con los ojos cerrados. —Y comimos Brandy Pillows, y tomamos un cóctel que creo que se llamaba... —Lágrimas de Ángel —dijo Froc—. Guardé la carta, su gracia. Y la tarjeta de baile. —Sí —dijo la Duquesa—. Lo hizo. Y cuando el viejo General Scaffer se lo llevó, él dijo, ‘Eso será algo para contarle a sus nietos, mi muchacho’. Pero usted era... tan dedicado que nunca tuvo hijos... mi muchacho... ... mi muchacho... mi muchacho... —¡Veo héroes! —dijo la Duquesa, mirando el cuadro de oficiales—. Todos ustedes entregaron... mucho. Pero exijo más. Mucho más. ¿Hay alguno entre ustedes que por amor a mi memoria no moriría en batalla? — La cabeza de Wazzer giró y miró a lo largo de la hilera—. No. Veo que no lo hay. Y ahora exijo que hagan lo que el ignorante podría sentir la cosa más fácil de hacer. Deben evitar morir en batalla. La venganza no es reparación. La venganza es una rueda, y gira hacia atrás. Los muertos no son sus amos. —¿Qué quiere de mí, señora? —logró decir Froc. —Llame a sus otros oficiales. Haga las treguas que sean necesarias, por ahora. Este cuerpo, esta pobre niña, lo conducirá. Estoy débil, pero puedo mover cosas pequeñas. Ideas, quizás. Le dejaré... algo, una luz en los ojos, un tono en la voz. Sígala. Usted debe invadir. —¡Indudablemente! Pero cómo... —¡Usted debe invadir a Borogravia! En nombre de la cordura, deben

irse a casa. El invierno viene, los animales domésticos no son alimentados, los ancianos mueren de frío, las mujeres lloran, el país se corroe. Luche contra Nuggan, porque no es nada ahora, nada más que el venenoso eco de toda su ignorancia, insignificancia y estupidez maliciosa. Búsquense un dios más respetable. ¡Y déjenme... ir! ¡Todas esas oraciones, todos esos ruegos... a mí! ¡Demasiadas manos apretadas, que podrían responder más provechosamente a sus oraciones por esfuerzo y resolución! ¿Y qué fui yo? Sólo una mujer algo estúpida cuando estaba viva. Pero creían que velaba por ustedes, y los escuché... de modo que tuve que hacerlo, tuve que escuchar, sabiendo que no podía ayudar... Deseo que las personas no sean tan poco cuidadosas sobre lo que creen. Vayan. Invadan el único lugar que nunca han conquistado. Y estas mujeres ayudarán. Siéntase orgulloso de ellas. Y, para que no piense torcer lo que digo, para que no dude... permítame, al partir, devolverle este obsequio. Recuerde. Un beso. ... un beso... ... un beso un beso le devuelve el beso... ... recuerde... Como una sola mujer, como un solo hombre, la multitud en la habitación levantó la mano hasta su mejilla izquierda, indecisa. Y Wazzer cayó, muy suavemente, desplomándose como un suspiro. Froc fue el primero en hablar. —Esto es... creo que necesitamos... —balbuceó y quedó en silencio. Jackrum se puso de pie, quitó el polvo de su sombrero, se lo puso y saludó. —¿Permiso para hablar, señor? —dijo. —¡Oh, santo cielo, Jackrum! —dijo Froc distraídamente—. ¿En un momento como éste? Sí, sí... —¿Cuáles son sus órdenes, señor? —¿Órdenes? —Froc parpadeó, y miró a su alrededor—. Órdenes, órdenes... sí. Bien, soy el comandante, puedo solicitar una... sí, puedo solicitar una tregua, Sargento... —Es Sargento Mayor, señor —dijo Jackrum—. Correcto, señor, ordenaré que un corredor vaya a la alianza.

—Supongo que una... bandera blanca servirá... —Considérelo hecho, señor. Déjemelo a mí —dijo Jackrum, irradiando eficiencia. —Sí, por supuesto... er, antes, antes de ir más lejos... damas y caballeros, yo... er... algunas de las cosas que se dijeron aquí... todo el asunto de mujeres que se enrolan como... mujeres... obviamente... — Levantó la mano a su mejilla otra vez, con una especie de admiración—. Son bienvenidas. Yo... las saludo. Pero para aquéllas de nosotras que vinimos antes, quizás no sea... aún el momento adecuado. ¿Comprenden? —¿Qué? —dijo Polly. —¡Labios sellados, señor! —dijo Jackrum—. ¡Puede dejarme todo, señor! ¡Escuadrón del Capitán Blouse, atención! ¡Tendrán uniformes! ¡No pueden andar por ahí todavía vestidos como lavanderas, oh cielos! —¿Somos soldados? —dijo Polly. —¡Por supuesto que lo son, de otra manera no les estaría gritando, pequeña mujer horrible! ¡El mundo está patas arriba! Es un poco más importante que tú ahora mismo, ¿eh? Has conseguido lo que buscabas, ¿correcto? Ahora te busca un uniforme, te consigues un sombrero y te lavas la cara, por lo menos. Vas a llevar la tregua oficial al enemigo. —¿Yo, sarge? —dijo Polly. —¡Correcto! Tan pronto como los oficiales hayan hecho la carta oficial. Tonker, Lofty... vean qué pueden encontrar para que Perks se ponga. Perks, no te acobardes, y anímate. ¡El resto de ustedes, apurarse y esperar! —¿Sargento Jac... er, Sargento Mayor? —dijo Blouse. —¿Sísseñor? —No soy capitán, usted lo sabe. —¿No lo es? —dijo Jackrum, sonriendo—. Bien, déjeselo a Jackrum, señor. Veremos lo que trae el día, ¿eh? Detalle menor, señor. ¡Perdería el vestido si fuera usted! Jackrum salió marchando, su hinchado pecho tan rojo como el de un petirrojo y el doble de amenazador. Gritó a los ordenanzas, acosó a los guardianes, saludó a los oficiales y, a pesar de todo, azotó con la hoja de la determinación el acero al rojo vivo del pánico. Era un Sargento Mayor en

una habitación llena de ruperts desconcertados, y era más feliz que un terrier en un barril de ratas.

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Parar una batalla es mucho más difícil que empezarla. Empezarla sólo necesita que alguien grite ‘¡Al ataque!’, pero cuando uno quiere detenerla, todos están ocupados. Polly podía sentir que las noticias se extendían. ¡Son chicas! Los ordenanzas que entraban y salían precipitadamente se quedaban mirándolas, como si fueran alguna clase de extraños insectos. Me pregunto cuántas se salteó Jackrum, pensó Polly. Me pregunto... Aparecieron partes de uniforme. Jade encontró un pantalón que le quedaba bien ubicando a un oficinista que era de la altura de Polly, alzándolo y quitándoselo. Consiguieron una chaqueta. Incluso Lofty robó un sombrero del tamaño correcto y lustró la insignia con la manga hasta que brilló. Polly se estaba poniendo el cinturón cuando descubrió una figura en el extremo opuesto de la habitación. Se había olvidado de él totalmente. Apretó bien el cinturón y empujó el cuero a través de la hebilla mientras caminaba y luego se acercó a las zancadas a través de las multitudes de figuras. Strappi la vio venir, pero era demasiado tarde. No había ningún escape a menos que corriera, y los Capitanes no corren de los Cabos. Se mantuvo quieto, como un conejo hipnotizado por una zorra aproximándose, y levantó las manos cuando se acercó. —Ahora entonces, Perks, soy Capitán y tenía un trabajo que... — empezó. —¿Y cuánto tiempo piensa que tendrá ese rango, ahora, señor? —siseó Polly—. ¿Cuando le diga al General sobre nuestra pequeña pelea? ¿Y cómo envió al Príncipe sobre nosotros? ¿Y cómo intimidaba a Wazzer? ¡Y sobre mi pelo, usted pegajosa y miserable pequeña apología de hombre! ¡Shufti es mejor hombre que usted y está embarazada! —Oh, sabíamos que había mujeres enrolándose —dijo Strappi—. Sólo que no sabíamos qué tan lejos había llegado la putrefacción...

—Usted tomó mi pelo porque pensó que significaba algo para mí —siseó Polly—. ¡Bien, puede quedárselo! Me crecerá más, y nadie va a detenerme, ¿comprende? Oh, y otra cosa. ¡Así de lejos llegó la putrefacción! Fue un golpe más que una bofetada, y le dio tan duro que rodó. Pero era Strappi, y se enderezó tambaleante, con un dedo apuntado por venganza. —¡Golpeó a un oficial superior! —gritó. Algunas cabezas giraron. Miraron a Strappi. Miraron a Polly. Entonces volvieron la vista a lo que estaban haciendo, con una sonrisa. —Escaparía otra vez, si fuera usted —dijo Polly. Giró sobre sus talones, sintiendo el calor de su cólera impotente. Cuando estaba a punto de reunirse con Jade y Maladict, alguien le tocó el brazo. Giró. —¿Qué? Oh... lo siento, Mayor Clogston —dijo. Sentía que no podría enfrentarse con Strappi otra vez, no sin cometer homicidio. Probablemente eso la metería en problemas, incluso ahora. —Me gustaría agradecerle un día sumamente placentero —dijo el mayor—. Hice todo lo posible, pero pienso que todos fuimos... superados. —Gracias, señor —dijo Polly. —Fue un placer, Cabo Perks —dijo Clogston—. Observaré su futura carrera con interés y envidia. Felicitaciones. Y ya que aquí el protocolo parece haberse relajado, estrecharé su mano. Lo hicieron. —Y ahora, tenemos deberes —dijo el Mayor Clogston, mientras Jade llegaba con una hoja blanca sobre un palo—. Oh, y a propósito... mi nombre es Christine. Y, sabe, creo que realmente no podría acostumbrarme a llevar vestido otra vez...

Maladict y Jade fueron elegidos para acompañar a Polly a través del castillo, un troll porque un troll impone respeto y un vampiro porque un vampiro lo exige. Se escucharon gruñidos y aclamaciones mientras se abrían camino a los codazos a lo largo de los corredores, porque las noticias ya

habían corrido. Ésa era otra razón para llevar a Jade. Los trolls podían empujar. —De acuerdo —dijo Jackrum, desde el fondo—. Al final de estos escalones hay una puerta, y más allá de esa puerta es territorio enemigo. Pongan primero la bandera blanca. Importante consejo de seguridad. —¿No puede venir con nosotros, sarge? —¿Ja, yo? Me atrevo a decir que allí afuera hay algunas personas que me lanzarían un tiro al azar, bandera blanca o no. No se preocupen. La palabra ha salido. —¿Qué palabra es ésa, sarge? Jackrum se inclinó más cerca. —¡No van a dispararle a una chica, Perks! —¿Usted les dijo? —Sólo digamos que las noticias corren rápido —dijo Jackrum—. Aproveché la ventaja. Y encontraré a tu hermano mientras estás allí, te lo juro. Oh, otra cosa... mírame, Perks. —Polly giró en el atestado corredor donde todos se abrían paso a empellones. Los ojos de Jackrum brillaron—. Sé que puedo confiar en ti, Perks. Confiaría en ti como en mí mismo. La mejor suerte. Y haz lo mejor que puedas, muchacho. ¡Los besos no duran! Bien, no podía estar más claro, pensó Polly, mientras los hombres armados junto a la puerta les hicieron señas para pasar. —Péguense a las paredes, ¿de acuerdo, damas? ¡Y sean rápidas con ese trapo! La pesada puerta se abrió. Media docena de flechas rebotó y revoloteó a lo largo del corredor. Otra atravesó la bandera. Polly la agitó desesperadamente. Escuchó gritos distantes, y luego aclamaciones. —¡Está bien, adelante! —dijo un guardián, empujándola. Entró de repente en la luz del día y, para asegurarse, agitó la bandera algunas veces más. Había hombres en el patio y alineados en las almenas alrededor. Había cuerpos, también. Un capitán, chorreando sangre a través de su chaqueta, cruzó a través de los caídos y alzó la mano. —Puede darme eso, soldado —dijo.

—No, señor. Debo entregarlo a su comandante, y esperar la respuesta, señor. —Entonces me lo da, soldado, y le traeré la respuesta. Ustedes se han rendido, después de todo. —No. Es una tregua. No es lo mismo. Tengo que entregar esto personalmente y usted no es lo bastante grande. —Se le ocurrió una idea—. ¡Exijo entregar esto al Comandante Vimes! El capitán la miró fijo, y luego desde más cerca. —No será usted una de ésas... —Sí —dijo Polly. —¿Y los puso en cadenas y tiró la llave? —Sí —dijo Polly, viendo que su vida empezaba a destellar detrás de sus ojos. —¿Y tuvieron que brincar millas con los grilletes y sin ropa? —¡Sí! —¿Y sólo son... mujeres? —¡Sí! —dijo Polly, dejando pasar el ‘sólo’ por ahora. El capitán se inclinó más cerca y habló mientras trataba de no mover los labios. —Hicieron güen eskectáculo. Guien hecho. ¡Era tiemko que esos idiotas jueran juestos en su lugar! —Se enderezó—. El Comandante Vimes será, entonces. Sígame, señorita. Polly sentía cientos de ojos sobre ella mientras el escuadrón era conducido al torreón interior. Se escucharon uno o dos aullidos de lobo, porque había más soldados ahí, incluyendo algunos trolls. Jade se agachó, tomó una roca y la lanzó hacia uno de ellos, golpeándolo entre los ojos. —¡Que nadie se mueva! —gritó Maladict, agitando sus manos urgentemente mientras cien hombres levantaban sus armas—. ¡Eso fue la versión troll de lanzar un beso! Y, efectivamente, el troll golpeado estaba saludando a Jade, un poco inestable. —¿Podemos terminar con las zalamerías, por favor? —dijo Polly a Jade—. Las personas blandas posiblemente tengan una idea equivocada.

—Han dejado de silbar, sin embargo —observó Maladict. Más personas los observaron mientras trepaban, tramo tras tramo, los peldaños de piedra. Nadie podía tomar este lugar, Polly lo podía ver. Cada tramo era visto por otro más alto, cada visitante sería divisado antes de haber vislumbrado una cara siquiera. Una figura salió de las sombras cuando llegaron al siguiente piso. Era una mujer joven, con anticuada armadura de cuero y malla, con un peto. Tenía pelo muy largo y rubio; por primera vez en semanas, Polly sintió una punzada de envidia. —Gracias, capitán, me haré cargo desde aquí —dijo, y saludó a Polly con la cabeza—. Buenas tardes, Cabo Perks... ¿si quiere seguirme, por favor? —¡Es una mujer! ¡Y Sargento! —susurró Maladict. —Sí, lo sé —dijo Polly. —¡Pero le dio una orden a ese capitán! —Tal vez ella es un político... —¡Y obviamente es femenina! —No soy ciega, Mal —dijo Polly. —No soy sorda, tampoco —dijo la mujer, girando y sonriendo—. Mi nombre es Angua. Si espere aquí, haré que le traigan un poco de café. Hay un poco de discusiones ahí dentro por el momento. Estaban en una especie de antesala, no mucho más ancha que el corredor, con algunos bancos. Había una gran puerta doble en el otro extremo, detrás de la cual se levantaban las voces. Angua partió. —¿Sólo así? —dijo Maladict—. ¿Qué evita que tomemos el sitio? —¿Todos esos hombres con ballestas que pasamos mientras veníamos? —dijo Polly. ¿Por qué nosotros?, pensó, mirando la pared sin comprender. —Oh, sí. Ésos. Sí. Er... ¿Poll? —¿Sí? —En realidad soy Maladicta. —Se recostó—. ¡Allí lo tienes! ¡Se lo he dicho a alguien! —Ezo ez bueno —dijo Jade. —Oh, bien —dijo Polly dijo. Estaría saliendo para darles a las letrinas su

lavado de la tarde en este momento, pensó. Esto tiene que ser mejor que eso, ¿correcto? —Pensé que lo hacía bastante bien —continuó Maladicta—. Ahora, sé qué estás pensando. Estás pensando: los vampiros tienen muy buenos momentos sin importar el sexo, ¿correcto? Pero es lo mismo en todos lados. Vestidos de terciopelo, camisones alambrados, actuar loca todo el tiempo, y ni siquiera acercarme a toda la cosa de ‘baño en la sangre de una virgen’. Me tratan más seriamente si piensan que soy macho. —Correcto —dijo Polly. Considerándolo todo, ha sido un largo día. Un baño me vendría bien. —Pensé que lo hacía bastante bien hasta todo ese asunto del café. Un collar de frijoles tostados, ésa sería la cosa. Estaré mejor preparada la próxima vez. —Sí —dijo Polly—. Buena idea. Con verdadero jabón. —¿Jabón? ¿Cómo funcionaría el jabón? —¿Qué? Oh... lo siento —dijo Polly. —¿Escuchaste algo de lo que dije? —Oh, eso. Sí. Gracias por decírmelo. —¿Eso es todo? —Sí —dijo Polly—. Tú eres tú. Eso es bueno. Yo soy yo, sea lo que sea. Tonker es Tonker. Todos sólo son... personas. Mira, hace una semana el punto más alto de mi día era leer los nuevos graffiti en las letrinas de los hombres. Pienso que estarás de acuerdo en que ha ocurrido mucho desde entonces. No creo que vaya a sorprenderme nada más. El collar de frijoles de café suena bien, a propósito. —Golpeteó los pies sobre el piso, impaciente—. Ahora mismo, sólo deseo que se apuren. Se sentaron y escucharon, y luego Polly se dio cuenta de que una pequeña columna de humo venía desde atrás de un banco del otro lado del espacio. Se acercó y espió sobre el respaldo. Un hombre estaba tendido allí, la cabeza sobre un brazo, fumando un cigarro. Asintió cuando vio la cara de Polly. —Pasarán siglos aún —dijo. —¿No es ese Sargento que vi en la vieja cocina? ¿Haciendo muecas

detrás de Lord Herrumbre de Ankh-Morpork? —No estaba haciendo muecas, señorita. Así es como siempre me veo cuando Lord Herrumbre está hablando. Y fui Sargento una vez, es verdad, pero, mire, ninguna barra. —¿Haze muecaz demaziado a menudo? —dijo jade. El hombre rió. No se había afeitado hoy, por lo que parecía. —Algo así, sí. Vengan a mi oficina, está más tibia. Solamente salí aquí porque las personas se quejan por el humo. No se preocupen por ese montón ahí dentro, pueden esperar. Estoy apenas corredor abajo. Lo siguieron. La puerta estaba, efectivamente, a sólo algunos pasos. El hombre la abrió, cruzó la pequeña habitación, y se sentó en una silla. La mesa enfrente de él rebosaba con papeles. —Pienso que podemos tener bastante comida aquí para pasar el invierno —dijo, recogiendo una hoja de papel aparentemente al azar—. El cereal está un poco escaso pero tenemos un excedente útil de col blanca, cabeza de tambor, que se conserva maravillosamente, llena de vitaminas y minerales... pero ustedes podrían querer mantener abiertas las ventanas, si me siguen. No me miren. Sé que el país está a un mes del hambre. —¡Pero ni siquiera le he mostrado esta carta a nadie! —protestó Polly—. Usted no sabe qué... —No tengo que hacerlo —dijo el hombre—. Se trata de comida y bocas. Santo cielo, no tenemos que luchar contra ustedes. Su país va a derrumbarse de todos modos. Sus campos están abandonados, la mayoría de sus granjeros son ancianos, la mayor parte de la comida va al ejército. Y los ejércitos no hacen mucho por la agricultura excepto elevar ligeramente la fertilidad del campo de batalla. El honor, el orgullo, la gloria... nada de eso importa. Esta guerra se detiene, o Borogravia se muere. ¿Lo comprenden? Polly recordó los campos barridos por vendavales, los ancianos salvando lo que podían... —Somos sólo mensajeros —dijo—. No puedo negociar... —¿Sabe que su dios está muerto? —dijo el hombre—. Nada queda excepto una voz, de acuerdo con algunos de nuestros sacerdotes. Las últimas tres Abominaciones fueron contra rocas, orejas y ejecutantes de

acordeón. Está bien, podría estar de acuerdo con la última, pero... ¿rocas? ¡Ja! Podemos aconsejarles si van a buscar uno nuevo, a propósito. Om es muy popular por el momento. Muy pocas abominaciones, ninguna ropa especial, e himnos que se pueden cantar en el baño. No conseguirán a Offler, el Dios Cocodrilo, por aquí con sus inviernos, y la Iglesia No-Ortodoxa de Patata es probablemente demasiado poco complicada para... Polly empezó a reír. —Mire, señor, soy sólo un... ¿cuál es su nombre, por favor? —Sam Vimes. Enviado especial, que es un poco como un embajador pero sin los pequeños chocolates dorados.[48] —¿Vimes el Carnicero? —dijo Maladicta. —Oh, sí. Lo he escuchado —dijo Vimes, sonriendo—. Su gente no ha dominado realmente el fino arte de la propaganda. Y les voy a decir porque... bien, ¿han oído hablar de Om? Sacudieron las cabezas. —¿No? Bien, en el Viejo Libro de Om hay una historia sobre una ciudad llena de perversidad, y Om decidió destruirla con el fuego sagrado, siendo esto en los viejos días antes de que tuviera religión. Pero el Obispo Horn protestó sobre este plan, y Om dijo que se olvidaría de la ciudad si el obispo encontraba a un buen hombre. Bien, el obispo llamó a cada puerta, y volvió con las manos vacías. Resultó, después de que el sitio fuera reducido a una llanura de vidrio, que probablemente había muchas buenas personas y que, siendo buenas, no eran del tipo para admitirlo. Muerte por modestia, una cosa terrible. Y ustedes, damas, son los únicos Borogravianos que conozco, aparte de los militares que, francamente, no son conversadores. Ustedes no parecen estar tan locas como la política exterior de su país. Ustedes son la única pieza de buena voluntad que tiene. ¿Un grupo de muchachos jóvenes que se burlan de unos caballeros de primera? ¿Patean al Príncipe en la ingle? A las personas en casa les gustó eso. ¿Y ahora resulta que son chicas? Amarán eso. El Sr. de Worde va a divertirse cuando se entere. —¡Pero no tenemos poder! No podemos negociar un... —¿Qué quiere Borogravia? No el país. Quiero decir las personas. Polly abrió la boca para responder, y luego la cerró otra vez y pensó en

la respuesta. —Que nos dejen solos —dijo—. Todo el mundo. Durante un tiempo, de todos modos. Podemos cambiar las cosas. —¿Aceptarán la comida? —Somos un país orgulloso. —¿De qué están orgullosos? Llegó rápidamente, como un golpe, y Polly se dio cuenta de cómo ocurrían las guerras. Tomabas esa conmoción que había corrido a través de ella, y la dejabas hervir. ... puede ser corrupto, ignorante y fastidioso, pero es nuestro... Vimes estaba observando su cara. —Desde este escritorio aquí —dijo—, de lo único que su país tiene que estar orgulloso en este momento es de ustedes mujeres. Polly se quedó en silencio. Todavía trataba de contener la cólera. Saber que él tenía razón lo hacía peor. Tenemos nuestro orgullo. Y estamos orgullosos de eso. Estamos orgullosos de ser orgullosos... —Muy bien, entonces, ¿comprarán un poco de comida? —dijo Vimes, observándola cuidadosamente—. ¿A crédito? ¿Supongo que todavía tiene alguien en su país que conoce sobre la clase de asuntos internacionales que no involucran armas afiladas? —Las personas lo aceptarían, sí —dijo Polly roncamente. —Bien. Enviaré unos clacks esta noche. —¿Y por qué sería tan generoso, Sr. Ankh-Morpork? —Porque soy de una ciudad maravillosamente cariñosa, Cabo... Ja, no, no puedo decirlo y mantener la cara seria —dijo Vimes—. ¿Quiere saber la verdad? La mayoría de las personas en Ankh-Morpork ni siquiera habían oído hablar de su país hasta que terminaron con los clacks. Hay docenas de países pequeños por aquí que se venden unos a otros zuecos pintados a mano o cerveza hecha de nabos. Entonces los conocieron como los condenados idiotas locos que luchan contra todos. Ahora los conocen como... bien, las personas que hacen exactamente lo que deben hacer. Y mañana reirán. Y hay otras personas, personas que se sientan y piensan en el futuro todos los días, que creen que vale un poco la pena ser amigos de

un país así. —¿Por qué? —dijo Maladicta con desconfianza. —¡Porque Ankh-Morpork es amiga de todas las personas amantes de la libertad en todos lados! —dijo Vimes—. Dioses, debe ser la manera en que les hablo. ¡Ze chzy Brogocia proztfik! —Vio sus expresiones en blanco—. Lo siento, he estado lejos de casa demasiado tiempo. Y francamente, me gustaría estar de regreso. —¿Pero por qué dijo que era un panqué de cerezas?[49] —dijo Polly. —¿No dije que soy un ciudadano de Borogravia? —No. Brogocia es el panqué de cerezas, Borogvia es el país. —Bien, hice el esfuerzo, por lo menos. Miren, será mejor que el Príncipe Heinrich no sea gobernante de dos países. Eso haría un país muy grande, mucho más grande que los demás por aquí. Así que probablemente se pondría más grande todavía. Quiere ser como Ankh-Morpork, miren. Pero lo que quiere decir es que desea poder, e influencia. No quiere ganarlos, no quiere crecer con ellos ni aprender a la manera difícil cómo usarlos. Sólo los quiere. —¡Eso es jugar a la política! —dijo Maladicta. —No. Es sólo decir la verdad. Hagan la paz con él, naturalmente. Sólo dejen tranquilos al camino y a las torres. Recibirán la comida de todos modos, a cualquier precio. El artículo del Sr. de Worde velará por eso. —Usted envió el café —dijo Polly. —Oh, sí. Ése fue el Cabo Buggy Swires, mi ojo en el cielo. Es un gnomo. —¿Y envió a un lobizón sobre nosotros? —Bien, enviar es un poco fuerte. Angua los siguió, sólo para estar segura. Es un lobizón, sí. —¿La chica que conocimos? ¡No se veía como uno! —Bien, generalmente no —dijo Vimes—. Justo hasta el momento cuando sí, si entiende lo que quiero decir. Y los seguía porque yo buscaba algo para evitar que murieran miles de personas. Y eso no es política tampoco —dijo Vimes. Se puso de pie—. Y ahora, damas, tengo que ir a presentar su documento a los jefes de alianza. —Usted salió a fumar en el momento correcto, ¿verdad? —dijo Polly,

lenta y cuidadosamente—. Sabía que estábamos en camino y se aseguró de vernos primero. —Por supuesto. No puedo dejar esto a un grupo de... oh, sí... ruperts. —¿Dónde está mi hermano, Sr. Vimes? —dijo Polly, un poco tiesa. —Parece muy segura de que lo sé... —dijo Vimes, sin mirarla a la cara. —Estoy segura —dijo Polly. —¿Por qué? —¡Porque nadie más lo está! Vimes apagó su cigarro. —Angua tenía razón sobre usted —dijo—. Sí, yo, er, arreglé que fuera puesto en lo que me gusta llamar una ‘prisión preventiva’. Está bien. Angua la llevará con él ahora, si quiere. Su hermano, posibilidad de venganza, chantaje, quién sabe qué... pensé que podía estar más seguro si sabía exactamente quién tenía las llaves. El final del viaje, pensó Polly. Pero no lo era, ya no. Tuvo la clara impresión de que el hombre delante de ella leía sus pensamientos. —De eso se trataba todo esto, ¿verdad? —dijo. —No, señor. Es sólo cómo empezó —dijo Polly. —Bien, continúa de este modo —dijo Vimes—. Va a ser un día ocupado. Ahora mismo llevaré esta propuesta de tregua a la habitación abajo en el corredor y la presentaré a los hombres muy importantes... —su voz bajó para decir esas palabras—, que están discutiendo qué hacer sobre Borogravia. Conseguirán una tregua, la comida, y probablemente alguna otra ayuda. —¿Cómo sabe eso? —dijo Polly—. ¡No lo han discutido! —No todavía. Pero, como dije... solía ser un Sargento. ¡Angua! La puerta se abrió. Angua entró. Como Vimes había dicho, no podías decir quién era un lobizón hasta que lo averiguabas... —Y ahora es mejor que me dé una afeitada antes de ir a ver a los hombres muy importantes —dijo Vimes—. Las personas le dan mucha importancia a una afeitada.

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Polly se sentía molesta al bajar los escalones con la Sargento Angua. ¿Cómo empezabas una conversación? ¿De modo que es un lobizón, entonces? Sería más bien idiota. Se alegró de que Jade y Maladicta se quedaran en la sala de espera. —Sí, lo soy —dijo Angua. —¡Pero no lo dije! —explotó Polly. —No, pero estoy acostumbrada a situaciones como ésta. He aprendido a reconocer la manera en que las personas no dicen las cosas. No se preocupe. —Usted nos seguía —dijo Polly. —Sí. —De modo que debe haber sabido que no éramos hombres. —Oh, sí —dijo Angua—. Mi sentido del olfato es mucho mejor que mi vista, y tengo una vista aguda. Los seres humanos son criaturas olorosas. Para lo que sirva, sin embargo, no se lo habría dicho al Sr. Vimes si no las hubiera escuchado cuando hablaban. Cualquiera podía haberlas escuchado, no se necesita ser un lobizón para eso. Todos tienen secretos que no quieren que se sepan. Los lobizones son un poco como los vampiros al respecto. Nos toleran... si tenemos cuidado. —Puedo comprender eso —dijo Polly. También nosotras, pensó. Angua se detuvo ante una pesada puerta. —Está aquí —dijo, sacando una llave y girándola en la cerradura—. Volveré y charlaré con los otros. Venga y búsqueme cuando esté lista... Polly entró, el corazón corriendo, y allí estaba Paul. Y había un halcón, sobre una percha junto a la ventana abierta. Y sobre la pared, donde Paul trabajaba tan intensamente que su lengua colgaba de la boca y ni siquiera había notado que la puerta se abría, había otro, volando en el corazón del amanecer. En ese momento, Polly podía perdonar a Ankh-Morpork cualquier cosa. Alguien había buscado para Paul una caja de tizas de color.

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El largo día se hizo más largo. Tenía una especie de poder. Todas lo tenían. Las personas les cedían el paso, las observaron. La pelea se había parado y ellas eran la causa y nadie sabía exactamente por qué. Hubo momentos más luminosos. Podían tener poder, pero el General Froc daba las órdenes. Y el General Froc podía dar las órdenes, pero se permitía suponer que el Sargento Mayor Jackrum las anticipaba. Y quizás por eso Shufti pidió a Polly y a Tonker que la acompañaran, y las hicieron pasar en una habitación donde había un par de guardianes parados a cada lado de un avergonzado joven llamado Johnny que tenía pelo rubio y ojos azules y un arete de oro, y los pantalones enrollados a las rodillas en caso de que Shufti quisiera verificar su otra característica distintiva. También tenía un ojo morado. —¿Es éste el que busca? —dijo el Mayor Clogston, apoyado contra la pared y comiendo una manzana—. El general me ha pedido que le diga que habrá una dote de quinientas coronas, con los cumplidos del ejército. Johnny se animó ligeramente cuando lo escuchó. Shufti le lanzó una mirada larga y cuidadosa. —No —dijo por fin, girando—. No es él. Johnny abrió la boca, y Polly lo interrumpió: —¡Nadie le pidió que hablara, soldado! —Y, tal era la naturaleza del día, que se calló. —Me temo que es el único candidato —dijo Clogston—. Tenemos cualquier cantidad de aretes, cabezas de pelo rubio, ojos azules y Johnnies y, sorprendentemente, un buen número de diviesos. Pero solamente uno con todo. ¿Está segura? —Segura —dijo Shufti, todavía mirando al muchacho—. Mi Johnny debe estar muerto. Clogston se acercó y bajó la voz. —En tal caso, uh, el general dijo, informalmente, que podía arreglarse un certificado de matrimonio, un anillo y la pensión de una viuda —dijo. —¿Puede hacer eso? —susurró Polly.

—¿Para una de ustedes? ¿Hoy? Se asombraría de lo que puede hacerse —dijo Clogston—. No piense demasiado mal de ella. Tiene buenas intenciones. Es un hombre muy práctico. —No —dijo Shufti—. Está... bien, no. Gracias, pero no. —¿Está segura? —dijo Polly. —Segura —dijo Shufti, y parecía desafiante. Ya que no era una persona de clase naturalmente desafiante no era totalmente el aspecto que pensaba que era y que debería haber sido, con una nota de enfermo de hemorroides, pero el esfuerzo estaba ahí. Clogston retrocedió. —Bien, si está segura, soldado. De acuerdo, entonces. Llévese a ese hombre, Sargento. —Espere un momento —dijo Shufti. Caminó hasta el perplejo Johnny, se paró enfrente de él, extendió la mano y dijo—: Antes de que se lo lleven otra vez quiero mi moneda de seis peniques, ¡hijo de puta! Polly extendió su mano a Clogston, que la estrechó y sonrió. Había habido otra pequeña victoria, algo así. Si la avalancha es bastante grande, hasta los guijarros cuadrados rodarán.

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Polly se dirigió de regreso a la celda algo más grande que había habilitada como el barracón de las mujeres, o por lo menos el barracón de las mujeres oficiales. Hombres, hombres crecidos, se desvivían por poner almohadones y traer madera para el fuego. Todo era muy extraño. Polly sentía que eran tratadas como algo peligroso y frágil, como por decir un inmenso y maravilloso pote lleno de veneno. Dio vuelta la esquina en el gran patio y allí estaban de Worde y el Sr. Chriek. No tenía escapatoria. Eran definitivamente personas que buscaban a alguien. El hombre le lanzó una mirada en la que el reproche se mezclaba con la esperanza. —Er... ¿de modo que son mujeres, entonces? —dijo. —Er, sí —dijo Polly.

De Worde sacó su libreta. —Es una historia asombrosa —dijo—. ¿Llegaron hasta aquí peleando y entraron disfrazadas como lavanderas? —Bien, éramos mujeres, e hicimos un poco de lavado —dijo Polly—. Supongo que era un disfraz bastante astuto, en realidad. Entramos sin estar disfrazadas, podría decir. —El General Froc y el Capitán Blouse dicen que están muy orgullosos de ustedes —continuó de Worde. —Oh, ¿ha sido ascendido, entonces? —dijo Polly. —Sí, y Froc dijo que lo hicieron maravillosamente bien, para ser mujeres. —Sí, supongo que sí —dijo Polly—. Sí. Muy bien, para ser mujeres. —El General continuó diciendo... —De Worde consultó su libreta—: que son un orgullo para las mujeres de su país. ¿Me pregunto si le importaría hacer algún comentario? Se veía inocente, así que posiblemente no comprendía la furiosa discusión que acababa de estallar en la cabeza de Polly. Un orgullo para las mujeres de su país. Estamos orgullosos de ustedes. De alguna manera, esas palabras la quitaban del medio, la ponían en su lugar, le palmeaban la cabeza y la despedían con un dulce. Por otro lado, tenías que empezar en algún lugar... —Es muy bueno que diga eso —dijo Polly—. Pero sólo queremos hacer el trabajo y volver a casa. Es lo que los soldados quieren. —Pensó por un momento, y luego añadió—: Y el té dulce y caliente. —Ante su asombro, él lo anotó. —Sólo una última pregunta, señorita: ¿piensa que el mundo sería un lugar diferente si más mujeres fueran soldados? —preguntó de Worde. Estaba sonriendo otra vez, lo notó, de modo que probablemente fuera una pregunta graciosa. —Oh, pienso que tendría que preguntar eso al General Froc —dijo Polly—. Y me gustaría mirar su expresión si lo hace... —Sí, pero ¿qué piensa usted, señorita? —Es Cabo, por favor.

—Lo siento, Cabo... ¿Y? El lápiz estaba sobrevolando el papel. A su alrededor, el mundo giraba. Escribía las cosas, y luego llegaban a todos lados. La pluma podía no ser más poderosa que la espada, pero tal vez la imprenta era más pesada que el arma de sitio. Apenas unas pocas palabras pueden cambiarlo todo... —Bien —dijo Polly—, yo... Hubo un repentino apresuramiento alrededor de las puertas en el otro extremo del patio, y llegaron algunos oficiales de caballería. Debían haber estado esperándolos, porque unos oficiales de Zlobenia convergían con gran prisa. —Ah, veo que el Príncipe está de regreso —dijo de Worde—. Probablemente no se sienta feliz por la tregua. Enviaron algunos mensajeros a encontrarlo. —¿Puede hacer algo sobre eso? De Worde se encogió de hombros. —Dejó a algunos oficiales muy superiores aquí. Sería algo terrible si lo hiciera. La alta figura desmontó, y caminó a las zancadas hacia Polly, o más bien, notó, hacia la gran entrada junto a ella. Desesperados secretarios y oficiales corrían tras él, y fueron despedidos. Pero cuando un hombre agitó una forma oblonga y blanca enfrente de su cara la agarró y se detuvo tan rápidamente que algunos de los otros oficiales tropezaron con él. —Hum —dijo de Worde—. La edición con la tira cómica, supongo. Hum. El papel fue arrojado lejos. —Sí, probablemente era eso —dijo de Worde. Heinrich avanzó. Ahora Polly pudo distinguir su expresión. Era tormentosa. Junto a ella, de Worde abrió una página nueva en su libreta y se aclaró la garganta. —¿Va a hablar con él? —dijo Polly—. ¿Con ese humor? ¡Lo matará! —Tengo que hacerlo —dijo de Worde. Y cuando el Príncipe y su séquito llegaron a la entrada dio un paso adelante y dijo, con una voz ligeramente quebrada—: ¿Su alteza? ¿Me pregunto si podría tener una palabra? Heinrich giró para mirarlo con el ceño fruncido, y vio a Polly. Por un

momento, sus miradas se clavaron. Los ayudantes del Príncipe conocían a su señor. Mientras la mano del hombre volaba a su espada, se cerraron sobre él en una muchedumbre, rodeándolo totalmente, y se escuchó un cuchicheo desesperado, en el cual se escuchaban algunas inyecciones algo más fuertes de Heinrich sobre el amplio tema ‘¿Qué?’, seguido por una toccata sobre ‘¡El infierno usted dice!’ La multitud se abrió otra vez. El Príncipe, lenta y cuidadosamente, se quitó un poco de polvo de su chaqueta impecable, echó un breve vistazo a Otto y a de Worde y se acercó, ante su horror, a Polly... ... con una mano enguantada de blanco, y extendida. Oh no, pensó. Pero es más inteligente que lo que Vimes cree, y puede controlar su carácter. Y, de repente, soy la mascota de todos. —Por el bien de nuestros grandes países —dijo Heinrich—, me sugieren que estrechemos la mano de la amistad públicamente. —Sonrió otra vez, o por lo menos permitió que las comisuras de sus labios subieran. Porque no pudo pensar en ninguna otra manera de salir, Polly tomó la inmensa mano y la estrechó obedientemente. —Oh, muy fien —dijo Otto, agarrando su caja de imágenes—. Solamente les puedo tomar una, por supuesto, porque desafortunadamente tendré que usar flash. Sólo un momento... Polly estaba aprendiendo que una forma artística que ocurre en una fracción de segundo necesita sin embargo un largo tiempo para tener lugar, permitiendo que una sonrisa se congele en una mueca loca o, en el peor de los casos, un rictus de muerte. Otto murmuraba mientras ajustaba el equipo. Heinrich y Polly mantuvieron las manos juntas y miraron la caja de imágenes. —De modo que —farfulló el Príncipe—, el chico soldado no es un chico soldado. ¡Ésa es su buena suerte! Polly mantuvo su sonrisa fija. —¿Amenaza a mujeres asustadas a menudo? —dijo. —¡Oh, eso fue nada! ¡Usted es sólo una chica campesina, después de todo! ¿Qué sabe de la vida? ¡Y mostró valor! —¡Todos dicen chiiiiz! —ordenó Otto—. Uno, dos, tres... oh, mald...

Antes de que el tiempo post-imágenes se fuera, Otto estaba de pie otra vez. —Un día espero encontrar un filtro que funcione —farfulló—. Gracias, a todos. —Eso fue por la paz y la buena voluntad entre las naciones —dijo Polly, sonriendo dulcemente y soltando la mano del Príncipe. Dio un paso hacia atrás—. Y esto, su alteza, es por mí... En realidad, no lo pateó. La vida era un proceso de averiguar qué tan lejos puedes llegar, y probablemente podías llegar demasiado lejos averiguando qué tan lejos podías llegar. Pero un simple tic de una pierna fue suficiente para ver al idiota desplomarse en un bulto ridículo, patizambo y protectivo. Se fue marchando, cantando por dentro. Éste no era un castillo de cuento de hadas y no había nada semejante al final de un cuento de hadas, pero a veces podías amenazar con patear al apuesto príncipe en el jamóncon-huevos. Y ahora, había otra pequeña cosa.

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El sol ya se estaba poniendo cuando Polly encontró a Jackrum otra vez, y la luz rojo-sangre brillaba a través de las altas ventanas de la cocina más grande del torreón. Estaba sentado solo en una larga mesa junto al fuego, con uniforme completo, y comiendo una rebanada de pan grueso cubierto de puerco goteante. Un jarro de cerveza no estaba lejos de su otra mano. Levantó la vista mientras ella se acercaba, y cabeceó amigablemente hacia la otra silla. Alrededor de ellos, unas mujeres corrían de un lado al otro. —Puerco goteante con sal y pimienta, y un jarro de cerveza —dijo—. Eso es lo apropiado. Puedes quedarse con tu cuisine. ¿Quieres una rebanada? —Agitó una mano a una de las chicas de la cocina que estaban bailando por atenderle. —No en este momento, sarge. —¿Seguro? —dijo Jackrum—. Hay un viejo dicho: los besos no duran, la

cocina sí. Espero que sea uno sobre el que no tengas que reflexionar. Polly se sentó. —Los besos duran hasta ahora —dijo. —¿Shufti lo solucionó? —dijo Jackrum. Terminó la cerveza, chasqueó los dedos a la criada, y señaló el jarro vacío. —A su propia satisfacción, sarge. —De acuerdo. No puede recibir más justicia. Entonces, ¿qué sigue, Perks? —No lo sé, sarge. Iré con Wa... Alice y el ejército a ver qué ocurre. —La mejor de las suertes. Cuídalas, Perks, porque yo no voy a ir —dijo Jackrum. —¿Sarge? —dijo Polly, asustada. —Bien, parece que vamos a quedar escasos de guerras al presente, ¿eh? De todos modos, esto es así. El final del camino. Hice mi parte. No puedo seguir ahora. Me quité de encima al general, y me atrevo a decir que él se alegrará de verme la espalda. Además, la vejez se acerca. Maté a cinco pobres diablos cuando atacamos hoy, y después me encontré preguntándome por qué. No es bueno, eso. Tiempo de salir antes de que me desafile a mí mismo. —¿Está seguro, sarge? —Sí. Me parece que esa vieja cosa de ‘mi país bien o mal’ ha tenido su día. Es tiempo de levantar los pies y averiguar a favor de qué hemos estado peleando. ¿Seguro que no quieres algún goteante? Tiene partes crujientes. Es lo que llamo estilo, en goteante. Polly rechazó la rebanada de pan untado con grasa que le ofrecía, y se quedó sentada en silencio mientras Jackrum la comía. —Cosa graciosa, realmente —dijo, por fin. —¿Qué es eso, Perks? —Descubrir que no se trata de uno. Uno piensa que es el héroe, y resulta que uno es realmente una parte de la historia de otra persona. Wazz... Alice será la que recuerden. Sólo teníamos que traerla aquí. Jackrum no dijo nada pero, como Polly podría haber pronosticado, sacó del bolsillo su arrugada bolsa de tabaco de mascar. Deslizó una mano en su

propio bolsillo y sacó un pequeño paquete. Bolsillos, pensó. Tenemos que depender de bolsillos. Un soldado necesita bolsillos. —Pruebe esto, sarge —dijo—. Vamos, ábralo. Era una pequeña petaca de cuero suave, con un cordón. Jackrum la alzó de modo que giró de un lado al otro. —Bien, Perks, te juro que no soy un hombre de jurar... —empezó. —No, no lo es. Lo he notado —dijo Polly—. Pero ese viejo papel sucio me estaba crispando los nervios. ¿Por qué nunca buscó una petaca correcta hecha para usted? Uno de los talabarteros la cosió para mí en media hora. —Bien, así es la vida, ¿verdad? —dijo Jackrum—. Todos los días uno piensa ‘Dioses, ya es tiempo de que tenga una bolsa nueva’, pero entonces todo se pone tan ocupado que termina usando la vieja. Gracias, Perks. —Oh, pensé, ‘¿Qué puedo darle al hombre que tiene todo?’, y eso fue todo lo que podía permitirme —dijo Polly—. Pero no tiene todo, sarge. ¿Sarge? Usted no lo tiene, ¿verdad? Sintió que él se congelaba. —Paras allí mismo, Perks —dijo, bajando la voz. —Sólo pensé que podría gustarle mostrar ese guardapelo suyo a alguien, sarge —dijo Polly alegremente—. El que tiene alrededor del cuello. Y no me mire furioso, sarge. Sí, podría alejarme y nunca estaría seguro, realmente seguro, y tal vez usted nunca se lo mostraría a nadie más, jamás, ni le contaría la historia, y un día ambos estaremos muertos y... bien, qué desperdicio, ¿eh? Jackrum lanzó una mirada furiosa. —Le juro, usted no es un hombre deshonesto —dijo Polly—. Es bueno, sarge. Usted hablaba con gente todos los días. Alrededor de ellos, más allá de la cúpula, la cocina bullía con la actividad de las mujeres. Las mujeres siempre parecen estar haciendo cosas con las manos —sosteniendo bebés, o cacerolas, o platos, o lana, o un cepillo, o una aguja. Incluso cuando hablan, la actividad ocurre. —Nadie te creería —dijo Jackrum, por fin. —¿A quién querría contarle? —dijo Polly—. Y tiene razón. Nadie me creería. Yo lo creería, sin embargo.

Jackrum miró en su jarro fresco de cerveza, como si tratara de ver el futuro en la espuma. Pareció llegar a una decisión, tiró de la cadena de oro de su asqueroso chaleco, desató el guardapelo, y lo abrió suavemente. —Allí lo tienes —dijo, pasándolo sobre la mesa—. Mucho bien puede hacerte. Había una pintura en miniatura a cada lado del guardapelo: una chica de cabello oscuro, y un joven rubio en el uniforme de los Entrar-y-Salir. —Es buena la suya —dijo Polly. —Tira de la otra, tiene campanas —dijo Jackrum. —No, honestamente —dijo Polly—. Miro la imagen, y lo miro a usted... Puedo ver esa cara en su cara. Más pálida, por supuesto. No tan... llena. ¿Y quién era el muchacho? —William, era su nombre —dio Jackrum. —¿Su novio? —Sí. —Y usted lo siguió al ejército... —Oh, sí. La misma vieja historia. Yo era una niña grande y fuerte, y... bien, puedes ver la imagen. El artista hizo todo lo posible, pero nunca fue una pintura al óleo. Apenas una acuarela, realmente. De donde vine, lo que un hombre buscaba en una futura esposa era alguien que pudiera levantar a un cerdo bajo cada brazo. Y un par de días después yo estaba levantando un cerdo bajo cada brazo, ayudando a mi papá, y se me salió uno de los zuecos en la mugre y el viejo me gritó y pensé: al demonio con esto, Willie nunca me gritó. Robé alguna ropa de hombre, nunca imaginarás cómo, me corté el pelo, besé a la Duquesa, y fui un Hombre Elegido en tres meses. —¿Qué es eso? —Es como solíamos llamar a un Cabo —dijo Jackrum—. Hombre Elegido. Sí, yo también sonreí por eso. Y estaba en mi camino. El ejército es un chorro de orina en comparación con una granja de cerdo y cuidar de tres hermanos perezosos. —¿Eso fue hace cuánto tiempo, sarge? —No podría decirlo, verdaderamente. Juro que no sé cuántos años tengo, y ésa es la verdad —dijo Jackrum—. Mentí sobre mi edad tan a

menudo que terminé por creerme. —Empezó, muy cuidadosamente, a transferir el tabaco de mascar a la nueva bolsa. —¿Y su joven amor? —dijo Polly suavemente. —Oh, tuvimos momentos grandiosos, grandiosos —dijo Jackrum, parando por un momento para mirar nada—. Nunca fue ascendido por su tartamudeo, pero tenía una buena voz de gritar y a los oficiales les gusta eso. Pero a Willie nunca le importó, ni siquiera cuando llegué a sargento. Y entonces lo mataron en Sepple, justo a mi lado. —Lo siento. —No tienes que lamentarlo, no lo mataste —dijo Jackrum sin tono—. Pero caminé sobre su cuerpo y ensarté al cabrón que lo hizo. No era su culpa. No era mi culpa. Éramos soldados. Y entonces algunos meses después tuve una pequeña sorpresa, y se llamó William, también, exactamente como su padre. Buen trabajo. Tuve una pequeña licencia, ¿eh? Megran lo crió por mí, le puso un negocio como armero en Scritz. Buen comercio, ése. Nadie mata un buen armero. Me dicen que se parece a su papá. Una vez conocí a un capitán que le había comprado una condenada buena espada. Me la mostró, sin conocer la historia, por supuesto. Buena condenada espada. Tenía volutas sobre el mango y todo, muy elegante. Está casado con cuatro niños ahora, escuché. Tiene un carruaje y un par de caballos, criados, casa grande... sí, veo que estás prestando atención... —Wazzer... bien, Wazzer y la Duquesa dijeron... —Sí, sí, hablaron de Scritz, y de una espada —dijo Jackrum—. Entonces supe que no sólo yo los observaba, muchachos. Sabía que ustedes sobrevivirían. La vieja niña los necesitaba. —De modo que tiene que ir allí, sarge. —¿Irme? ¿Quién lo dice? He servido a la vieja niña toda mi vida, y no tiene ningún reclamo sobre mí ahora. Soy mi propio hombre, siempre lo he sido. —¿Lo es, sarge? —dijo Polly. —¿Estás llorando, Perks? —Bien... es un poco triste, sarge. —Oh, me atrevo a decir que sollocé un poco también, de vez en cuando

—dijo Jackrum, todavía metiendo el tabaco en la nueva petaca—. Pero al final de cuentas, he tenido una buena vida. Vi caer la caballería en la Batalla de Slomp. Fui parte de la Delgada Línea Roja[50] que puso a un lado la Brigada Pesada en el Ventisquero de Ovejas, salvé la bandera Imperial de cuatro verdaderos bastardos en Raladan, y estuve en muchos países extranjeros y conocí algunas personas muy interesantes, a quienes, la mayoría, maté posteriormente antes de que pudieran matarme bien y definitivamente. Perdí un amante, todavía tengo un hijo... hay varias mujeres que lo han pasado peor, créeme. —Y... descubrió a las otras chicas... —¡Ja! Se convirtió en una especie de pasatiempo, realmente. La mayoría de ellas eran pequeñas cosas asustadas, escapando de dios sabe qué. Fueron descubiertas demasiado pronto. Y había muchas como Shufti, buscando a su muchacho. Pero había algunas que tenían lo que llamo toque. Un poco de fuego, tal vez. Sólo necesitaban ser apuntadas en la dirección correcta. Les di un apoyo, podría decir. Un Sargento es un hombre poderoso, a veces. Una palabra aquí, un cabeceo allá, a veces incluso adulterando algún papel, un susurro en la oscuridad... —... un par de medias —dijo Polly. —Sí, ese tipo de cosas —dijo Jackrum, sonriendo—. Siempre una gran preocupación en ellas, todo el asunto de la letrina. El menor de sus problemas, solía decir. En la paz nadie se preocupa, en la batalla todos hacen una meada del mismo modo, y muy rápidamente también. Oh, las ayudé. Era su todo, su eminencia gris, y era grasa, también, empujándolas hacia la cima. Los Pequeños Muchachos de Jackrum, así las llamaba. —¿Y nunca sospecharon? —¿Qué, sospechar del Alegre Jack Jackrum, tan lleno de ron y vinagre? —dijo Jackrum, con la vieja sonrisa malvada otra vez—. ¿Jack Jackrum, que podía parar una pelea de bar sólo erutando? ¡No, señor! Me atrevo a decir que algunas sospecharon algo, tal vez, me atrevo a decir que comprendieron que algo pasaba en algún lugar, pero yo era sólo el gran Sargento gordo que conocía a todos y sabía todo y bebía todo, también. Polly se secó los ojos.

—¿Qué va a hacer ahora, entonces, si no se va a Scritz? —Oh, tengo unas cosas apartadas —dijo Jackrum—. Más que un poco, en realidad. Pillaje, saqueo, robo... todo suma, sea como sea que lo llame. No meé todo contra una pared como los otros muchachos, ¿correcto? Espero poder recordar la mayor parte de los condenados lugares donde lo enterré. Siempre pensé que podía abrir una posada, o tal vez una tienda bonita... oh, un correcto lugar con clase, no tienes que mirarme de ese modo, nada como esa carpa hedionda. No, estoy hablando de una con chef y arañas de luces y mucho terciopelo rojo, muy exclusivo. Pondría a alguna dama noble al frente y yo sería el gorila y me encargaría de la barra. He aquí un consejo, muchacho, para tu futura carrera, y es uno que algunos de los otros Pequeños Muchachos aprendieron por sí mismos: a veces ayudará si visitas uno de esos lugares de mala fama, de otro modo los hombres se preguntarán. Siempre solía llevar un libro para leer y aconsejaba a la dama joven que durmiera un poco, porque hacen trabajo duro. Polly lo dejó pasar, pero dijo: —¿No quiere volver y ver a sus nietos? —No me deseo a mí mismo sobre él, muchacho —dijo Jackrum con firmeza—. No me atrevería. ¡Mi muchacho es un hombre bien respetado en el pueblo! ¿Qué tengo para ofrecerle? ¡No querrá una vieja gorda y chismosa golpeando su puerta trasera y escupiendo jugo de tabaco por todas partes y diciéndole que es su madre! Polly miró el fuego por un momento, y sintió que la idea se deslizaba en su mente. —¿Qué me dice sobre un distinguido sargento mayor, brillante con galones, cargado con medallas, llegando a la puerta principal en un imponente coche y diciéndole que es su padre? —dijo. Jackrum la miró fijo. —Las mareas de la guerra, y todo eso —continuó Polly, la mente a velocidad—. Amor joven. El deber llama. Familias dispersas. Búsqueda desesperada. Las décadas pasan. Gratos recuerdos. Entonces... oh, una conversación escuchada por casualidad en un bar, sí, eso resultaría. La esperanza salta. Una nueva búsqueda. Untar unas palmas. Los recuerdos de

las ancianas. Por fin, una dirección... —¿Qué estás diciendo, Perks? —Usted es un mentiroso, sarge —dijo Polly—. El mejor que jamás escuché. ¡Una última mentira compensa todo! ¿Por qué no? Podría mostrarle el guardapelo. Podría contarle sobre la muchacha que dejó atrás... Jackrum apartó la mirada, pero dijo: —Eres un brillante y bastardo pensador, Perks. ¿Y dónde conseguiría un imponente coche, de todos modos? —¡Oh, sarge! ¿Hoy? Hay... hombres en lugares altos que le darán cualquier cosa que pida, ahora mismo. Usted lo sabe. Especialmente si significa que le verían la espalda. Nunca les pidió un bocado. Si fuera usted, sarge, cobraría algunos favores mientras puede. Éste es el Entrar-y-Salir, sarge. Tome el queso mientras está allí, porque los besos no duran. Jackrum respiró honda y largamente. —Lo pensaré, Perks. Ahora te marchas, ¿de acuerdo? Polly se puso de pie. —Piense mucho, sarge, ¿eh? Como usted dijo, cualquiera que tenga a alguien está delante del juego ahora mismo. ¿Cuatro nietos? Yo sería un niño orgulloso si tuviera un abuelo que pudiera escupir jugo de tabaco para darle a una mosca en la pared opuesta. —Te lo advierto, Perks. —Era sólo una idea, sarge. —Sí... correcto —gruñó Jackrum. —Gracias por guiarnos a través de esto, sarge. Jackrum no dio media vuelta. —Entonces me voy, sarge. —¡Perks! —dijo Jackrum, cuando llegó a la puerta. Polly volvió a la habitación. —¿Sí, sarge? —Yo... esperaba más de ellas, realmente. Pensé que serían mejores que los hombres. El problema fue que fueron mejores que los hombres al ser como hombres. Dicen que el ejército puede hacerte hombre, ¿eh? Por eso... sea lo que sea que vayas a hacer después, hazlo como tú. Bien o mal, hazlo

como tú. Demasiadas mentiras y no hay verdad donde volver. —De acuerdo, sarge. —Ésa es una orden, Perks. Oh... y ¿Perks? —¿Sí, sarge? —Gracias, Perks. Polly hizo una pausa cuando llegó a la puerta. Jackrum había girado su silla hacia el fuego, y se había reclinado. A su alrededor, la cocina trabajaba.

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Pasaron seis meses. El mundo no era perfecto, pero todavía estaba girando. Polly había guardado los artículos del periódico. No eran exactos, no en el detalle, porque el escritor contaba... historias, no lo que estaba ocurriendo en realidad. Eran como pinturas, cuando habías estado ahí y habías visto la cosa real. Pero era verdad sobre la marcha sobre el castillo, con Wazzer sobre un caballo blanco delante, llevando la bandera. Y era verdad sobre la gente saliendo de sus casas y uniéndose a la marcha, de modo que lo que llegó a las puertas no era un ejército sino una muchedumbre más bien disciplinada, gritando y aclamando. Y era verdad que los guardianes le habían echado un vistazo y habían reconsiderado seriamente su futuro, y que las puertas se habían abierto incluso antes de que el caballo hubiera pisado el puente levadizo. No hubo peleas, ninguna pelea en absoluto. El zapato había caído. El país respiraba. Polly pensaba que no era verdad que la pintura de la Duquesa, sola en su caballete en la grande y vacía sala del trono, había sonreído cuando Wazzer caminó hacia ella. Polly estaba ahí y no vio que ocurriera, pero muchas personas lo juraron, y podías terminar preguntándote qué era realmente la verdad, o si había muchas clases diferentes de verdad. De todos modos, había resultado. Y entonces... ... se fueron a casa. Muchos soldados lo hicieron, bajo la frágil tregua. Ya caían las primeras nevadas y si las personas querían una guerra, entonces el invierno les daría una. Llegó con lanzas de hielo y flechas de

hambre, llenó los pasos con nieve, puso al mundo tan lejos como la luna... Fue entonces cuando se abrieron las viejas minas enanas, y emergieron pony tras pony. Siempre dijeron que había túneles enanos por todos lados, y no sólo túneles; canales secretos bajo las montañas, dársenas, tramos de esclusas que podían levantar una barcaza a una milla de altura en la oscuridad, muy debajo de los vendavales sobre las cumbres. Trajeron, efectivamente, col y papas y raíces y manzanas y barriles de grasa, cosas que se conservaban. Y el invierno fue derrotado, y el deshielo rugía valles abajo, y el Kneck garabateaba sus curvas aleatorias a través del cieno plano del valle. Se habían ido a casa, y Polly se preguntó si alguna vez habían partido realmente. ¿Éramos soldados?, se preguntó. Habían aclamado sobre el camino a Príncipe-Marmaduke-Piotre-Albert-Hans-Joseph-BernhardtWilhelmsberg, y fueron mucho mejor tratadas que lo que su rango merecía, e incluso les dieron un uniforme especial diseñado para ellas. Pero la visión de Gummy Abbens seguía apareciendo en su mente... No éramos soldados, decidió. Éramos chicas con uniforme. Éramos como un amuleto de la suerte. Éramos mascotas. No éramos reales, siempre fuimos el símbolo de algo. Lo habíamos hecho muy bien, para ser mujeres. Y éramos temporarias. Tonker y Lofty nunca serían arrastradas de regreso a la escuela ahora, y se habían ido por su propio camino. Wazzer se había unido a la familia del General, y tenía una habitación propia, y tranquilidad, y fue útil y nunca fue golpeada. Le escribió una carta a Polly, con letra diminuta y puntiaguda. Parecía feliz; un mundo sin las palizas era el cielo. Jade y su pretendiente se habían desviado para hacer algo más interesante, como los trolls hacían muy sensatamente. Shufti... tenía su propia agenda. Maladicta había desaparecido. E Igorina se había instalado sola en la capital, tratando los problemas de las mujeres, o por lo menos los problemas de esas mujeres que no eran hombres. Y los oficiales superiores les dieron medallas, y las observaron mientras partían con sonrisas fijas, apagadas. Los besos no duran. Y, ahora, no era que las buenas cosas estuvieran ocurriendo, sólo era

que las cosas malas habían dejado de suceder. Las ancianas todavía se quejaban, pero las dejaban quejarse. Nadie tenía ninguna dirección, nadie tenía un mapa, nadie estaba muy seguro de quién estaba a cargo. Había discusiones y debates en cada esquina. Era atemorizante y estimulante. Cada día era una exploración. Polly se puso un pantalón viejo de Paul para limpiar el piso del gran bar, y apenas había recibido un ‘jrnfff’ de alguien. Oh, y la Escuela de Trabajo para Niñas fue reducida a cenizas, y el mismo día dos delgadas figuras enmascaradas robaron un banco. Polly sonrió cuando lo escuchó. Shufti se había mudado a La Duquesa. Su bebé se llamaba Jack. Paul lo adoraba. Y ahora... Alguien había estado dibujando en el retrete de caballeros otra vez. Polly no podía borrarlo de modo que se contentó con corregir la anatomía. Entonces inundó el lugar —por lo menos, limpio según estándares de orinales de bar— con un par de baldes y terminó la tarea, como lo hacía cada mañana. Cuando llegó al bar, un grupo de hombres preocupados hablaba con su padre. Parecían ligeramente asustados cuando entró a las zancadas. —¿Qué está ocurriendo? —dijo. Su padre inclinó la cabeza hacia Gummy Abbens, y todos retrocedieron un poco. Con la baba y el mal aliento, nunca querías que una conversación con Gummy fuera particularmente íntima. —¡Los comedores de nabo están en eso otra vez! —dijo—. ¡Van a invadir porque el Príncipe dice que le pertenecemos ahora! —Le corresponde siendo el primo distante de la Duquesa —dijo el padre de Polly. —¡Pero escuché que todavía no estaba establecido! —dijo Polly—. ¡De todos modos, todavía hay una tregua! —Parece que ya está establecido —dijo Gummy. El resto del día transcurrió a paso acelerado. Había grupos de personas hablando urgentemente en las calles, y una multitud alrededor de las puertas de la alcaldía. Muy a menudo un secretario salía y clavaba otro comunicado sobre la puerta; la multitud se cerraba sobre él como una mano, y se abría otra vez como una flor. Polly se abrió camino a los codazos hacia

adelante, ignorando los murmullos a su alrededor, y echó un vistazo a las hojas. La misma vieja cosa. Estaban reclutando otra vez. Las mismas viejas palabras. Los mismos viejos graznidos de soldados muertos tiempo atrás, invitando a los vivos a unirse a ellos. El General Froc podía ser mujer, pero también era, como Blouse habría dicho, ‘un poco de una anciana’. Eso o el peso de esas charreteras la habían doblegado. Los besos no duran. Oh, la Duquesa había revivido delante de ellos y volvió el mundo patas arriba por un tiempo y tal vez todos habían decidido ser mejores personas, y tuvieron un tiempo para respirar gracias a cierto olvido. Pero entonces... ¿había ocurrido realmente? Incluso Polly se preguntaba a veces, y había estado ahí. ¿Fue sólo una voz en sus cabezas, alguna clase de alucinación? ¿No eran acaso los soldados en apuros muy graves famosos por ver visiones de dioses y ángeles? Y en algún lugar en el transcurso del largo invierno el milagro se había apagado, y las personas habían dicho ‘Sí, pero tenemos que ser prácticos’. Todo lo que nos dieron fue una oportunidad, pensó Polly. No un milagro, no un rescate, no magia. Sólo una oportunidad. Regresó a la posada, su mente zumbando. Cuando llegó allí, un paquete la estaba esperando. Era muy largo, y pesado. —Vino desde Scritz en el carro —dijo Shufti con excitación. Había estado trabajando en la cocina. Se había convertido, ahora, en su cocina—. ¿Me pregunto qué puede ser? —dijo deliberadamente. Polly forzó la tapa del cajón de madera áspera, y descubrió que estaba llena de paja con un sobre encima. Lo abrió. Adentro había una iconografía. Se veía costosa, un tieso grupo familiar con cortinas y una palmera en maceta en el fondo para darle a todo un poco de estilo. A la izquierda había un hombre de edad madura que parecía orgulloso; a la derecha había una mujer de más o menos la misma edad, que se veía algo perpleja pero sin embargo contenta porque su marido era feliz; y aquí y allá, mirando fijo al espectador con variaciones de sonrisa y mirada, y expresiones que iban desde un interés a un recuerdo repentino de

que debería haber ido al servicio antes de posar, había unos niños que eran desde alto y desgarbado hasta pequeño y engreídamente dulce. Y sentado sobre una silla en el medio, el foco de todo eso, estaba el Sargento Mayor Jackrum, brillando como el sol. Polly la miró, y luego giró la imagen. Sobre la parte posterior estaba escrito, en grandes letras negras: ‘¡Última Resistencia del SM Jackrum!’, y debajo, ‘No necesito esto’. Sonrió, y quitó la paja a un lado. En medio de la caja, envuelto en tela, había un par de alfanjes. —¿Es el viejo Jackrum? —dijo Shufti, recogiendo la imagen. —Sí. Ha encontrado a su hijo —dijo Polly, desenrollando una hoja. Shufti se estremeció cuando la vio. —Cosas malvadas —dijo. —Cosas, de todos modos —dijo Polly. Colocó ambos alfanjes sobre la mesa, y estaba a punto de quitar la caja del camino cuando vio algo pequeño entre la paja al fondo. Era oblongo, y envuelto en delgado cuero. Era una libreta, con una encuadernación barata y páginas amarillentas. —¿Qué es eso? —dijo Shufti. —Pienso... sí, es su libreta de direcciones —dijo Polly, hojeando rápidamente las páginas. Eso es todo, pensó. Todo está aquí. Generales y mayores y capitanes, oh cielos.[51] Debe haber... cientos. ¡Tal vez miles! Nombres, nombres verdaderos, ascensos, fechas... todo... Sacó una forma oblonga de cartón blanco que había sido insertada como un marcador. Mostraba un escudo de armas algo recargado y tenía una leyenda impresa: William De Worde EDITOR, EL TIMES DE ANKH-MORPORK ‘La verdad le hará librp’ Calle Rayo, Ankh-Morpork correo clacks: WDW@Times.AM Alguien había cruzado la ‘p’ en ‘librp’ y escrito con lápiz una ‘e’ encima.

Era una idea extraña repentina. . . ¿De cuántas maneras puedes pelear una guerra?, se preguntó Polly. Ahora tenemos clacks. Conozco a un hombre que escribe cosas. El mundo gira. Los pequeños países valientes que intentan autodeterminarse... podrían ser útiles para los grandes países con planes propios. Era tiempo de agarrar el queso. Mientras miraba la pared, la expresión de Polly habría asustado a varias personas importantes. Se hubieran preocupado aun más ante el hecho de que pasó las siguientes horas escribiendo cosas, porque a Polly se le ocurrió que el General Froc no estaba donde estaba hoy por ser estúpido y por lo tanto podía ser provechoso que siguiera su ejemplo. Copió la libreta entera, y la guardó en un viejo pote de mermelada que escondió en el techo del establo. Escribió algunas cartas. Y sacó su uniforme del ropero y lo revisó concienzudamente. Los uniformes confeccionados para ellas tenían una cualidad especial y adicional que sólo podía ser llamada... femenina. Tenían más galones, eran más entallados, y tenían una larga falda larga con un falso rollo en lugar de pantalón. Los sombreros tenían plumas, también. Su guerrera tenía las barras de Sargento. Había sido una broma. Un Sargento de mujeres. El mundo estaba patas arriba, después de todo. Fueron mascotas, amuletos de buena suerte... Y, quizás, la broma que todos necesitaban en la marcha hacia Príncipe-Marmaduke-Piotre-AlbertHans-Joseph-Bernhardt-Wilhelmsberg. Pero, tal vez, cuando el mundo está patas arriba, también puedes poner patas arriba una broma. Gracias, Gummy, aunque no supo qué me estaba enseñando. Cuando se están riendo de ti, la guarda está baja. Cuando la guarda está baja, puedes patearlos en los privados. Se examinó en el espejo. Su pelo, ahora, era sólo una molestia sin ser lo bastante largo para ser atractivo, así que lo cepilló y lo dejó así. Se puso el uniforme, pero con la falda sobre el pantalón, y trató de hacer a un lado la fastidiosa sensación de que se estaba disfrazando de mujer. Allí estaba. Se veía totalmente inofensiva. Se veía ligeramente menos inofensiva con ambos alfanjes y una de las ballestas a la espalda,

especialmente si sabías que los tableros de dardos de la posada tenían profundos agujeros en el centro por toda la práctica. Se deslizó a lo largo del salón hacia la ventana que miraba al patio de la posada. Paul estaba sobre una escalerilla, repintando el cartel. Su padre mantenía quieta la escalerilla y gritando instrucciones a su manera habitual, que era gritar la instrucción sólo uno o dos segundos después de que uno ya ha empezado a hacerlo. Y Shufti, aunque Polly era la única en La Duquesa que todavía la llamaba así y sabía por qué, los observaba, sosteniendo a Jack. Hacían una imagen encantadora. Por un momento, deseó tener un guardapelo. La Duquesa era más pequeña que lo que había pensado. Pero si tenías que protegerla parándote en la entrada con una espada, habías llegado demasiado tarde. Cuidar las pequeñas cosas tenía que empezar cuidando las grandes cosas, y tal vez el mundo no era lo bastante grande. La nota que dejó en su tocador decía: ‘Shufti, espero que tú y Jack sean felices aquí. Paul, tú la cuidarás. Papá, nunca he recibido ninguna paga, pero necesito un caballo. Trataré de enviarlo de regreso. Los amo a todos. Si no regreso, quemen esta carta y miren en el techo del establo. Se dejó caer por la ventana, ensilló un caballo en el establo, y salió por la puerta trasera. No montó hasta que estuvo fuera del alcance del oído, y luego cabalgó río abajo. La primavera estaba corriendo a través del país. La savia despertaba. En el bosque, una tonelada de madera crecía a cada minuto. Por todos lados, las aves cantaban. Había un guardián en el trasbordador. Le echó una ojeada nerviosa mientras guiaba al caballo a bordo, y luego sonrió. —¡Nos días, señorita! —dijo alegremente. Oh, bien... tiempo de empezar. Polly marchó enfrente del hombre perplejo. —¿Está tratando de ser listo? —preguntó, a una pulgada de su cara. —No, señorita... —¡Es sargento, señor! —dijo Polly—. Tratemos otra vez, ¿quiere? Dije, ¿está tratando de ser listo?

—¡No, Sargento! Polly se inclinó hasta que su nariz quedó a una pulgada de la suya. —¿Por qué no? La sonrisa se destiño. Esto no era un soldado en ruta rápida al ascenso. —¿Huh? —logró decir. —¡Si no está tratando de ser listo, señor, es feliz por ser estúpido! — gritó Polly—. Y soy hasta aquí con los estúpidos, ¿comprendido? —Sí, pero... —¿Pero qué, soldado? —Sí, pero... bien... pero... nada, Sargento —dijo el soldado. —Eso es bueno. —Polly cabeceó hacia los hombres del trasbordador—. ¿Tiempo de irnos? —sugirió, pero con el tono de una orden. —Un par de las personas viene por el camino, Sargento —dijo uno de ellos, un hombre más rápido con las ideas. Esperaron. A decir verdad, eran tres personas. Una de ellas era Maladicta, con uniforme completo. Polly no dijo nada hasta que el trasbordador estuvo en medio de la corriente. El vampiro le lanzó esa clase de sonrisa que solamente un vampiro podría lanzar. Sería tímida, si tuviera dientes diferentes. —Creo que lo intentaré otra vez —dijo. —Buscaremos a Blouse —dijo Polly. —Es mayor ahora —dijo Maladicta—. Y feliz como una pulga porque han nombrado una especie de guante sin dedos con su nombre, escuché. ¿Para qué lo queremos? —Conoce sobre los clacks. Conoce otras maneras en que puede pelearse una guerra. Y conoce... personas —dijo Polly. —Ah. ¿Quiere decir que es la clase de persona que dice ‘Le juro, no soy un hombre mentiroso, pero conozco personas’? —Es la clase de personas que tenía en mente, sí. —El río golpeaba contra el costado del trasbordador. —Bien —dijo Maladicta. —No sé a dónde me va a llevar, sin embargo —dijo Polly. —Ah. Aun mejor.

En ese punto, Polly decidió que sabía bastante de la verdad para seguir. El enemigo no eran hombres, ni mujeres, ni lo viejo, ni siquiera la muerte. Eran simplemente las condenadas personas estúpidas, que venían en todas las variedades. Y nadie tenía el derecho de ser estúpido. Miró a los otros dos pasajeros que habían subido sigilosamente a bordo. Eran muchachos provincianos con ropa andrajosa y mal confeccionadas, manteniéndose lejos de ella y mirando la cubierta atentamente. Pero una mirada fue suficiente. El mundo patas arriba, y la historia se repetía. Por alguna razón, eso la hizo sentirse repentinamente muy feliz. —¿Van a enrolarse, muchachos? —dijo, alegremente. Se escuchó un poco de farfullar sobre el tema de ‘sí’. —Bien. Entonces párense derechos —dijo Polly—. Echemos una mirada sobre ustedes. Barbillas arriba. Ah. Bien hecho. Lástima que no practicaran caminar con pantalón, y noto que no trajeron un par extra de medias. La miraron, las bocas abiertas. —¿Cómo se llaman? —dijo Polly—. ¿Sus verdaderos nombres, por favor? —Er... Rosemary —empezó uno de ellos. —Soy Mary —dijo el otro—. Escuché que las chicas se estaban enrolando, pero todos se rieron, de modo que pensé que sería mejor fingir... —Oh, pueden enrolarse como hombres si quieren —dijo Polly—. Necesitamos algunos buenos hombres. Las chicas se miraron. —Se aprenden mejores palabrotas —dijo Polly—. Y los pantalones son útiles. Pero es su elección. —¿Una elección? —dijo Rosemary. —Indudablemente —dijo Polly. Puso una mano sobre el hombro de cada chica, hizo un guiño a Maladicta y añadió—: Ustedes son mis pequeños muchachos —o no, como podría ser el caso— y las cuidaré. Y el nuevo día era un gran pez.

Notas al pie
[1]

El título de este libro es una referencia al panfleto El Primer

Trompetazo Contra El Monstruoso Regimiento De Mujeres, escrito por John Knox en 1558, quejándose sobre la repentina aparición de monarcas de sexo femenino como Elizabeth de Inglaterra y Mary de Escocia apropiándose de la natural posición y autoridad de los hombres.
[2]

El nombre ‘Borogravia’ evoca la palabra inventada ‘borogove’ (a

menudo mal impresa como ‘borogrove’) del poema ‘Jabberwocky’ en A Través Del Espejo, de Lewis Carroll: Carroll describió a los borogoves como una variedad desaparecida de loros sin alas, con un pico vuelto hacia arriba, que anidaban en relojes de sol y se alimentaban de ternera. Ya se ha notado la aversión de Terry por los libros de Alice (ver las palabras del maestro 22 )
[3]

Una referencia al cuento de hadas ‘Los Tres Machos Cabríos Roncos’.

Relata la historia de tres machos cabríos hermanos que trataron de cruzar un puente cuidado por, lo adivinaron, un troll antipático que quería comerlos. Por suerte, el troll no era muy listo, de modo que el primer macho pudo burlarlo sencillamente diciéndole: ‘No me comas, espera a mi hermano que es más grande y más gordo que yo’. El tercer macho, Gran Macho Cabrío Ronco, era grande, de acuerdo. Tan grande que pudo topar al troll fuera del puente y sobre las montañas, lejos de los verdes páramos (fuertes aclamaciones de la audiencia). De modo que el troll fue burlado y zurrado.
[4]

Muchas, si no todas, de las canciones anotadas aquí son canciones

folklóricas verdaderas. Se pueden encontrar las letras completas en línea, en Digital Tradition Archive (<http://www.mudcat.org/>). La tradición dice que ‘El Mundo Patas Arriba’ fue tocado en la rendición de Cornwallis a Washington durante la Revolución Norteamericana. ‘El Diablo Será Mi Sargento’ conocida como ‘La marcha del bribón’. ‘Johnny Se Ha Hecho Soldado’, también conocida como ‘Shule Agra’,

22

Odiaba los libros de Alice. No me gustaban porque los encontraba escalofriantes y horriblemente poco graciosos

de una manera desagradable, y pesadamente victoriana. Oh, he aquí al Pastel de Navidad Sobre Pies, hohohoho, he aquí el Gusano Fumando una Pipa, hohohoho. Cuando era niño los libros me producían más o menos la misma repugnancia que cuando uno es invitado, a la edad de siete años, a besar a la bisabuela. (Palabras de Terry)

que es una mala traducción en irlandés de ‘Camina, mi amor’. ‘La Chica Que Dejé Atrás’ (existen muchas versiones) Y finalmente ‘Dulce Polly Oliver’ cuenta la historia de una mujer que se viste como soldado para seguir a su verdadero amor en el ejército.
[5]

Todo el ejército de Borogravia usa un uniforme rojo estándar. Tanto

el uniforme como sus rangos señalan que el ejército de Borogravia ha sido modelado sobre el inglés (después británico), cuyos soldados vistieron de rojo durante casi 250 años, desde 1645 en adelante. En muchos otros ejércitos, incluso los de potencias militares muy importantes, los uniformes no fueron realmente ‘uniformes’ hasta la Primera Guerra Mundial.
[6]

En el ejército inglés, tomar el chelín del Rey o de la Reina era un

ritual de incorporación a filas; al tomar un chelín como regalo de alistamiento, el nuevo miembro era considerado legalmente un soldado.
[7]

El himno nacional de Borogravia no parece parodiar a ningún himno

nacional específico. Sin embargo, la línea ‘Despertad, hijos de la patria’ se hace eco del francés ‘Allons, enfants de la Patrie’ (‘Venid, niños de la patria’); mientras que ‘Frustrad las interminables artimañas de nuestros enemigos’ recuerda la segunda estrofa del británico ‘God Save the Queen’: Oh Dios nuestro Señor, aparece, Dispersa a nuestros enemigos, Y hazlos caer; Confunde a sus políticos, Frustra sus pícaros trucos; Ponemos en ti nuestras esperanzas: Dios nos salve a todos nosotros. Por si sirve de algo, muy pocos himnos nacionales empiezan con ‘Despertad’, aunque varios comienzan con ‘Aparece’.
[8]

Ya hemos visto a Nuggan antes, en El Último Héroe. Es descrito

como bajo e irritable; quizás su estatura indica que su fallecimiento ya está en proceso.
[9]

El Discworld Mapp muestra que la ubicación de Borogravia es efectiva El nombre es tanto un juego sobre el nombre ‘Benedicto’ y la

y netamente a través de las líneas de Clacks entre Ankh-Morpork y Genua.
[10]

palabra ‘maledict’, que Webster define como maldición o el acto de causar una maldición.
[11]

A Terry le encanta jugar con esta famosa línea de Drácula, ‘No A comienzos de 1990, el ejército de los Estados Unidos reexaminó

bebo... vino’.
[12]

su largamente aplicada prohibición de que los homosexuales sirvieran en las fuerzas armadas. Los conservadores sociables se opusieron enérgicamente al cambio de política; el acuerdo al que se llegó eventualmente, que persiste a la fecha de esta novela (2004), fue etiquetado ‘no pregunte, no cuente’; no se permitía a la administración del ejército preguntar la orientación sexual de un nuevo recluta o soldado, pero si se revelaba que era homosexual (o bisexual) todavía era fundamento para la baja. El acuerdo fue ampliamente ridiculizado por ambos lados.
[13]

La bebida de Carborundum contiene metales de plata y de cobre en

alguna clase de electrólisis ácida. En tales condiciones, puede establecerse una corriente eléctrica entre la plata y el cobre, actuando como una batería primitiva. El nombre ‘Electric Floorbanger’ también resuena con el Harvey Wallbanger, un cóctel clásico hecho con vodka, Galliano23 y naranja.
[14]

Un chiste corriente es que los oficiales famosos dan sus nombres a

artículos de ropa. ‘Jupe’ es ‘falda’ en francés; ¿tal vez el Padre Jupe sea un ex-héroe militar?
[15]

Una cita frecuentemente atribuida a George Bernard Shaw, aunque

podría haberse originado con el compositor Max Reger: ‘Estoy en el espacio más pequeño de la casa. Tengo su examen enfrente de mí. Pronto estará detrás de mí’.
[16]

‘¡Manos fuera de las pollas, arriba con medias!’, es el tradicional

grito militar para despertar. ¿Se necesita señalar que en este caso particular, desconocido para Strappi, había muy buenas razones para que estos soldados no pudieran ‘encontrarlas’...?
[17]

De la canción de protesta de la época de Vietnam ‘Siento-Que-

23

Licor de hierbas aromatizado con vainilla, creado por Vaccari en 1896. (Nota del traductor)

Seguro-Moriré’, por Country Joe & The Fish (interpretado en el famoso Woodstock): Y es un, dos, tres, ¿Para qué peleamos? No me preguntes, no me importa, La siguiente parada es Vietnam; Y es cinco, seis, siete, Abre las puertas del paraíso, Bien no hay tiempo de preguntar por qué, ¡Iupi! Todos vamos a morir.
[18]

Las lanzas son usadas como defensa contra los ataques de la

caballería, o en ataque contra la infantería de la siguiente manera: una fila de lanceros avanza sobre una fila de infantería enemiga, las lanzas extendidas hacia adelante intentan pinchar al enemigo; entonces sacan las espadas y se comportan como infantería estándar mientras la fila de atrás avanza con sus lanzas. La lanza Borograviana podría ser la ‘herramienta antes usada para levantar remolachas’ a que se refiere el himno nacional.
[19]

El Arte de la Guerra, de Sun Tzu es el texto más usado de filosofía Borogravia usa papel moneda, mientras que Ankh-Morpork todavía

militar. Lo conocimos en Tiempos Interesantes.
[20]

usa monedas de metal precioso. En un mundo donde la moneda es el patrón de intercambio, un país que opera con papel moneda sin respaldo de metal precioso (‘fiat money’, en lenguaje económico) podría ver su economía aislada del resto del mundo. El mismo hecho de que se ha emitido papel moneda indica que Borogravia podría haber estado corta de efectivo durante algún tiempo.
[21]

Usando esta información y las escalas de paga del ejército del Reino

Unido, uno puede calcular que un segundo teniente en el ejército de Borogravia recibe aproximadamente 1807 chelines al año, comparado con los 2012 chelines al año de un teniente primero; y que cada libra británica equivale aproximadamente a 11,16 chelines de Borogravia.
[22]

Los uniformes de la caballería de Zlobenia se parecen a los de Prusia

y los Estados Unidos durante el pasado siglo XIX.

[23]

La cita original es: ‘Hemos encontrado al enemigo y son nuestros:

dos buques, dos bergantines, una goleta y una balandra’, escrita por Oliver Hazard Perry en una carta al General Harrison después de derrotar a los británicos en la batalla de Lake Erie en una victoria decisiva. En estos días, sin embargo, la versión mejor conocida es probablemente la de Walt Kelly, ‘Hemos encontrado al enemigo, y somos nosotros’, usada en la clásica tira cómica Pogo, durante los años de Vietnam.
[24]

Los Borogravianos y los Zlobenianos se refieren en tono de burla

unos de otros como ‘comedor de escarabajos’ y ‘comedor de colinabo’, respectivamente.
[25]

‘Conmoción y Temor’ es el nombre de una doctrina militar acuñada

por la USA en su invasión a Irak, 2003, e inmediatamente se convirtió en una frase familiar en todo el mundo.
[26]

Albert Einstein: ‘El camino a la perdición siempre ha sido Durante la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, ambos lados confiaban

acompañado por la palabrería de un ideal’.
[27]

en las noticias de televisión para obtener información; los periodistas privados estaban a menudo mejor informados que la inteligencia militar.
[28]

A los soldados que fueron a las Cruzadas les dijeron que al hacerlo Jeanne 'Arc, también conocida como Juana de Arco o Sta. Juana,

todos sus pecados serían absueltos.
[29]

condujo al ejército francés contra los ingleses vestida como un hombre, y creía escuchar la voz de Dios.
[30] [31]

El mismo tabaco que vimos en Hombrecillos Libres. El estilo de comando de Lord Herrumbre es detalladamente descrito Otra referencia a ‘Siento-Que-Seguro-Moriré’ por Country Joe & The

Patriota y Guardia Nocturna.
[32]

Fish. Maladict, en sus alucinaciones por la abstinencia de café, está aparentemente empezando a canalizar escenas de Vietnam del tipo de Apocalipsis Ahora.
[33]

El caricaturista Hablot Knight Browne usaba el pseudónimo ‘Phiz’, e

hizo ilustraciones, grabados en cobre, para muchos libros victorianos, especialmente los de Charles Dickens.

[34]

Se dice que, en la época del Imperio Romano, una persona podía

caminar en cualquier lugar del Imperio sólo protegido por las palabras ‘Civis Romanus sum’, o ‘Soy ciudadano romano’, sabiendo que el Imperio traería un terrible castigo a cualquiera que se atreviera a dañar a sólo una de sus personas.
[35]

Comparar con las ilustraciones de la era victoriana de Britannia y

Columbia, representaciones de dioses-estados para el Reino Unido y los Estados Unidos, respectivamente.
[36]

Blouse está describiendo una técnica de compresión de datos

existente conocida como Run-Length Encoding (RLE). RLE es un simple algoritmo muy adecuado para comprimir imágenes gráficas que contienen cantidades limitadas de (color) información (como los mapas militares que menciona Blouse y que contienen principalmente espacios en blanco).
[37]

Otra referencia de Vietnam del universo paralelo de Maladict:

durante la Guerra de Vietnam, se referían al Viet Cong con la abreviatura ‘VC’, o sea ‘Victor Charlie’ en alfabeto fonético de radio. Esto fue acortado a ‘Charlie’ y el nombre se convirtió en un término de jerga común para el enemigo durante la guerra.
[38]

Durante la Guerra Civil Americana, la Confederación fue bloqueada

por la Unión y el café fue casi inalcanzable. Los soldados y los ciudadanos de la Confederación experimentaron con, entre otras cosas, castañas tostadas y achicoria tostada como sustituto de la bebida.
[39]

De ‘parthenos’, ‘virgen’ en griego; la Tía Parthenope es una De ‘Lástima Que Sea Puta’, de John Ford (1633), una obra de teatro El conocimiento popular dice que la expresión ‘regla del pulgar’ esposa, pero ahora es generalmente

verdadera tía solterona.
[40]

con un importante rol femenino interpretado por un hombre.
[41]

viene de la ley común inglesa respecto al diámetro del palo con el que podía ser golpeada legalmente la propia aceptado que fue un completo mito.
[42]

‘Ahora quiero que recuerden que ningún bastardo jamás ganó una

guerra muriendo por su país. La ganó haciendo que otro pobre tonto bastardo muriera por el suyo’. Atribuido al General George S. Patton.

[43]

‘Palomas Sucias’ es un eufemismo para prostitutas que se origina en En Arabia, el gesto de pulgar arriba significa algo como ‘mételo por

el oeste norteamericano durante el siglo XIX.
[44]

el culo’. Al ocupar Irak, muchos soldados americanos y británicos fueron bienvenidos por multitudes que hacían el gesto de pulgar arriba, y se equivocaban al creer que les estaban mostrando aprobación.
[45]

Es un americanismo, ‘Veamos cómo actúa en Peoria’ significa: Antes de las reformas de 1881, había un regimiento en el ejército

‘¿Cómo le irá cuando se presente ante la sensibilidad de la población rural?’
[46]

británico, el 69º de Infantería, que era conocido como los ‘Ups-and-Downs’ (porque estaba constituido mayormente por viejos veteranos e inexpertos reclutas). Terry dice: «Sí. Y ellos —o de hecho, uno de ellos— es el tema de una canción folklórica de una clase bastante genérica en la cual (como una vez observó un cantante folklórico inglés) una dama joven está camino de Maidenhead cuando pierde su Aylesbury.» Por ejemplo hay la canción titulada ‘The Ups and Downs’, grabada por Steeleye Span: Cuando iba a Aylesbury en un día de mercado A una pequeña niña bonita de Aylesbury conocí en el camino Su asunto era ir el mercado con mantequilla, queso y suero Y ambos trotamos juntos mis niños fol-der-o diddle-o-day Y ambos trotamos juntos mis niños fol-der-o diddle-o-day Mientras trotamos juntos mis niños lado a lado Por casualidad su liga se desató Por temor a que pudiera perderla a ella le dije Su liga ha desatado mi amor fol-der-o diddle-o-day Su liga ha desatado mi amor fol-der-o diddle-o-day Cuando seguimos juntos mis niños hasta las afueras del pueblo A la larga esta rubia y joven damisela se detuvo y miró alrededor

Oh ya que ha sido tan osado por favor átela por mí Oh lo haré si va al manzanal fol-der-o diddle-o-day Oh lo haré si va al manzanal fol-der-o diddle-o-day Y cuando llegamos al manzanal la hierba tenía gran altura Coloqué a esta niña sobre su espalda para su liga atar Mientras ataba su liga tales visiones que nunca vi Y ambos trotamos juntos mis niños fol-der-o diddle-o-day Y ambos trotamos juntos mis niños fol-der-o diddle-o-day Etcétera. Note que ésta es muy probablemente también la misma canción de queso-y-ligas de la que Polly y las otras han estado hablando.
[47] [48]

‘Kopeli’, ‘niña’ en griego. Hace referencia a un bien conocido anuncio de televisión para los

chocolates Ferrero Rocher (que vienen envueltos por separado en papel dorado), que fueron servidos en los bailes del Ambassador.
[49]

John F. Kennedy, hablando en Berlín Occidental en 1963, declaró la

famosa frase: ‘Ich bin ein Berliner’, o sea ‘Soy un berlinés’. Como un ‘berlinés’ es también una especie de pastel relleno de mermelada, las palabras de Kennedy han sido interpretadas por algunas personas como una metida de pata, similar a la de Vimes aquí. Esto es, sin embargo, sólo una tontería: el significado que Kennedy le dio es también correcto, y completamente claro en el contexto.
[50]

El generalmente aceptado primer uso de ‘Delgada Línea Roja’ fue

cuando William Russell describió en el London Times al 93º de Montañeses en la Batalla de Balaclava, octubre de 1854. Probablemente fue luego recogido por Rudyard Kipling para usarlo en su poema ‘Tommy’: Sí, burlarse de los uniformes que los protegen mientras duermen Es más barato que los uniformes, y tienen hambre de vergüenza; Y empujar soldados borrachos cuando andan un poco sueltos Es cinco veces mejor asunto que desfilar con equipo completo. Entonces es Tommy esto, y Tommy lo otro, y ‘Tommy, cómo estás’ Pero es una ‘Delgada Línea Roja’ de héroes cuando los tambores

empiezan a redoblar, Los tambores empiezan a redoblar, mis niños, los tambores empiezan a redoblar, Oh es la ‘Delgada Línea Roja de Héroes’ cuando los tambores empiezan a redoblar. La frase también fue usada como título de la novela de James Jones (y de la película de 1998 basada en ella) contando la historia de la captura de Guadalcanal por los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.
[51]

Hace eco de la canción de Dorothy, ‘¡Leones y Tigres y Osos, oh

cielos!’, de El Mago de Oz.