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YO NO CREO EN LOS VOTOS...

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Toda la mentira del sistema representativo se asienta en la ficción de que el poder y la cámara legislativa, surgidos de la elección popular, deben absolutamente, o incluso pueden representar la voluntad real del pueblo. (Mijail Bakunin, El oso de Berna y el oso de San Petersburgo, reclamación de un suizo humillado y desesperado)

Hace algún tiempo escuché en una canción de Serrat una oración que decía: "sin utopía, la vida sería un ensayo para la muerte"2. Hoy, a más de un año de distancia del último proceso electoral, cuando me convenzo más de la densidad del aire que se respira en nuestro país, siento un halo tanático que se cuela por las fosas y hace estallar los pulmones: es un aire desangelado, sin utopía, con aromas de apatía y algunos tufillos de resentimiento. Las elecciones y los conflictos poselectorales se desvanecen en un patético reflujo; pareciera que ahora vienen los tiempos de pensar serenamente y de asumir las consecuencias de una acción basada más en una locura teleológica que en la madurez ciudadana. ¿Algo de justificaciones? Podríamos recordar, a manera de exculpación, al interminable listado publicado en múltiples medios y modos: padrón "rasurado", insuficiencia de boletas en las casillas especiales en las cuales sufragaron inicial y principalmente granaderos, soldados, policías y otros tipos de funcionarios públicos, tráfico de votos, cohersiones institucionales, "mapachismo", funcionarios de casilla --y electorales en general-- seriamente comprometidos con el partido en el poder,
Hilario Topete Lara, Profr. de Inv. Cient. y Doc. Tit. "C", Escuela Nacional de Antropología e Historia-Instituto Nacional de Antropología e Historia, México. Publicado en Episteme, Vol. I, No. 2, octubre de 1995.
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Quizá menos poéticamente, otros pensadores han coincidido en afirmaciones similares: E. M. Ciorán escribió (cito de memoria): "A la larga, la vida sin utopía es irrespirable". En esa misma tesitura, Da Jandra expresó: "sin la opción utópica la vida humana carecería de sentido", L. Da Jandra, "La utopía", en La jornada semanal, No. 253, México, 17 de abril de 1994, p. 32. Y no les falta razón.
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terrorismo publicitario, casillas ubicadas deliberadamente en lugares poco localizables, inducción del voto, ofrecimiento de imágenes como si fuesen mercancía, "carruseles" de votantes, "tacos de votos", "urnas embarazadas" desde antes de iniciar las votaciones, "acarreos hormiga", robos de urnas, sustitución de funcionarios de casilla de último momento, etcétera, etcétera. Y esto es increíble: el que hoy nos llamemos a sorprendidos e inocentes por los resultados electorales -y sus consecuencias- es i-nusi-ta-do. No basta, ante facta consumatum est, colocarnos la leyenda "A mí no me culpen, yo no voté por...". En efecto, azora que, aún a sabiendas de las tácticas y las estrategias diseñadas antaño y hogaño por una maquinaria estatal-partidaria, creada para garantizar el statu quo; a sabiendas que el sistema político-electoral mexicano no proporciona las condiciones de una "sana competitividad", la oposición en México haya cifrado sus esperanzas en el voto, en el sistema parlamentario y en la institucionalidad vigente. Azora esta falta de memoria histórica y de culturas tanto política como historiográfica. Sobre esto quiero ahondar y espero no defraudar a quienes esperaban que prosiguiese la cantilena que la izquierda -y eventualmente la derecha- prepararon y ejecutaron en ocasión de los resultados electorales. Esto que sigue es producto parcial de investigación en torno del pensamiento ácrata en general; particularmente refiere, sobre el sistema parlamentario y el sufragio universal; su nombre Yo no creo en el voto o la postura libertaria ante los procesos electorales y el parlamentarismo. Su temática ancla en la historia de las ideas y las fuentes son principalmente bibliográficas. No tiene conclusión explícita, a propósito, porque pretende provocar -irritar si se puede-, o estimular la reflexión con la intencionada selección del dato. Va pues. A principios del siglo pasado, Anselme Bellegarrigue había hecho notar que todo poder es instituido; la institución presupone, bajo una república (aún la menos democrática de todas), el recurso del voto, en el mejor de los casos. ¿Qué es lo que se persigue con el sufragio? En primer lugar, y en forma directa, la constitución de un poder; en segundo, una vez constituido éste, liberar -o aminorar, al menos- las cargas

y

trabas

que

pesan

sobre

el

electorado,

a

más

de

hacerles

justicia.

Consecuentemente, el ciudadano, al ceder la parte de poder que le corresponde, cae en la ficción de que desde las macroesferas del poder habrán de llegar, como en cascada, los "dones" del bienestar, la seguridad y la felicidad sociales. Decía A. Bellegarrigue que como consecuencia de ir a votar y por el solo hecho del voto, en un sistema parlamentario, el “elector reconoce que no es libre y atribuye a aquél a quien vota la facultad de liberarlo; confiesa que está oprimido y admite que el poder tiene la fuerza de volverlo a levantar; declara querer la institución de la justicia y concede a sus delegados toda autoridad para juzgarlo”.3 Pues bien, cuando mediante el voto se reconoce a uno o a varios hombres tales capacidades, ¿no se está colocando la libertad y el derecho fuera del sujeto? Ante ese callejón sin salida, Bellegarrigue planteó el absurdo del abstencionismo, pero le opuso una salida, la autogestión desde el sujeto o las agrupaciones en que participase, bajo el entendido de la libertad consolidada con antelación, porque -decía- quienes llaman al pueblo a votar antes de permitirle cristalizarse en su libertad “no sólo han abusado groseramente de la inexperiencia de éste y de la docilidad temerosa que una larga dependencia ha impreso en su carácter; sino también dándole órdenes y declarándose, por este sólo hecho, superiores a él, han desconocido las reglas elementales de la lógica”.4 "Votar bajo determinada circunstancia o no votar: esa era la cuestión". Empero, las ideas bellegarriganas, merced a su limitada difusión, fueron tan poco conocidas como compartidas. En consecuencia, escasa o nulamente hubo de influir sobre los libertarios; empero, lo que no debe omitirse es que el asunto ya era objeto de reflexión. Pierre Joseph Proudhon en La capacidad política de la clase obrera hizo una revisión sobre el abstencionismo electoral a la luz de los avances de la Asociación Internacional de Trabajadores y del socialismo. El otrora diputado francés en la Asamblea del Año Revolucionario de 1848, defendió la participación en las elecciones,
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A. Bellegarrigue, Manifiesto, Barcelona, Ediciones Síntesis, 1977, p. 45. Idem, p. 41.

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pero condicionada al voto en favor de candidatos obreros en franca oposición a la burguesía y sus comparsas. Participar en las elecciones, sí, pero con candidatos obreros de probada combatividad frente a la burguesía y sus aliados; y algo más: que el pueblo -entendía obreros- poseyera más allá de la capacidad legal otorgada por la revolución del '48, es decir, que detentara una "capacidad real" y para ello, afirmaba, se requieren tres condiciones fundamentales: 1/a. Que el sujeto tenga conciencia de sí mismo, de su dignidad, de su valor, del puesto que ocupa en la sociedad, del papel que desempeña, de las funciones a las que tiene derecho, de los intereses que representa o personifica. 2/a. Que, como resultado de esa conciencia de sí mismo en todas sus fuerzas, afirme su idea; es decir, que sepa representarse en su entendimiento la ley de su ser, expresarlo por medio de la palabra y explicarla por la razón, no ya tan solo en un principio, sino también en todas sus consecuencias. 3/a. Que de esta idea, sentada como profesión de fe, pueda, por fin, según lo exijan las diversas circunstancias, deducir siempre conclusiones prácticas.5 En otras palabras, la participación tanto del campesinado como de los obreros en las elecciones, tiene una verdadera trascendencia siempre y cuando el sufragante tenga conciencia de su ser social y pueda distanciarse de la burguesía y de las capas medias de la sociedad en sus intereses y fines; siempre y cuando posea una idea formada sobre su constitución propia como clase; toda vez que conozca las leyes, condiciones y fórmulas de su existencia que le permitan mirar la historia de frente y comprender sus relaciones con el Estado, la nación y todo el orden de lo humano; por último, siempre y cuando se halle en situación de deducir conclusiones prácticas para la organización social y desarrollar, en caso del que el poder cayese en sus manos, un nuevo orden político. Enemigo irreconciliable del Estado, mas no de la organización, Mijail Bakunin consideraba que El sufragio universal es la manifestación más desafortunada y a la vez
P. J. Proudhon, De la capacidad política de la clase obrera, Barcelona, Ediciones Júcar, 1978, p. 31.
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más refinada del charlatanismo político del Estado. Instrumento peligroso, que sin duda exige gran habilidad en quienes se sirven de él, es, no obstante el medio más seguro para hacer cooperar a las masas en la edificación de su propia prisión.6 Pero --se dirá--los trabajadores, al haber asimilado sus experiencias, no enviarán más burgueses a las asambleas constituyentes o legislativas; enviarán a simples obreros [...]. ¿Sabéis qué resultará con ello? que los obreros diputados, al trasladarse a las condiciones burguesas, dejarán en realidad de ser trabajadores para convertirse en hombres de Estado, se volverán burgueses y quizá serán más burgueses que los burgueses mismos.7 La postura es muy clara: no a la centralización del poder. Frente a la consolidación de instancias gubernamentales que deciden los destinos sociales desde la cúpula, opuso la fe en la libre asociación o, en su defecto, la federación de los trabajadores desde el consejo, la región y las naciones hasta llegar a la federación universal; en caso contrario -afirmaba- “toda participación de la clase obrera en la política gubernamental de la clase media o alta no puede producir otros resultados que la consolidación del orden de cosas existente, lo cual paralizaría la acción... del proletariado”.8 El voto, instrumento para la constitución de los poderes, considerado en sí mismo y en el contexto de una sociedad dividida en clases era, para Bakunin, equivalente a un autodegollamiento político: la pérdida de la libertad. El "Gigante de la melena desordenada", a la par que rechazaba la centralización del poder, pensaba que las cosase inherentes a los trabajadores, deben ser resueltas desde la célula más insignificante de la organización social... y desde allí hasta lo alto. La representación democrática, para este ácrata, es un espejismo en cualquier sociedad sin libertad; sin igualdad (económica y social), la representación democrática compromete, sujeta y arruina al pueblo sin que éste tenga conciencia de ello porque, como no tiene la costumbre ni dispone del tiempo necesario para analizar su situación, la atención de
M. Bakunin, El imperio knuto-germánico y la revolución social, 1871, citado por B. Thomas, Ni Dios ni amo. Citas de los anarquistas, México, Ed. Extemporáneos, 1977, p. 89.
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M. Bakunin, ·”Política de La Internacional”, en B. Thomas, Op. Cit., p. 95.

La cita es un comprimido de T. Cano R., a propósito de demostrar la trascendencia del bakuninismo en el Congreso de Barcelona de 1870. Cfr. T. Cano R., Miguel Bakunin, México, Editorial Ideas, 1980, p. 41. La cursiva corresponde con el original.
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los asuntos es depositada en representantes sin plena conciencia de clase cuyos intereses sufren una metamorfosis insufrible, siempre en beneficio de la burguesía y de las capas medias. La salida: una distribución equitativa de las riquezas mediante la socialización de los medios de producción, del trabajo, del recreo, de la instrucción; condición indispensable, para la democracia, es la liberación del campesinado asalariado y la abolición del proletariado. Después, y en el intercurso, “por medio de la acción democrática debe constituirse una sociedad en la que todas las relaciones mutuas de sus miembros estén reguladas por convenios respectivos y por un conjunto de costumbres o hábitos no petrificados en leyes ni en la rutina, sino que deberán desarrollarse y continuamente se les deberá ajustar”9. Una sociedad sin Estado, pues. Esto, bajo consideración que, si bien el Estado surgió como una necesidad histórica, su extinción también es una histórica necesidad, toda vez que dicho aparato representa la negación de la libertad y del bienestar general.10 La disyuntiva, para Bakunin, como lo fue más tarde para Jean Grave, Sebastian Faure, Ericco Malatesta y otros anarquistas, la disyuntiva, reitero, radicaba en lo siguiente: destrucción de la indisoluble articulación del régimen económico con la organización política, o atacar sólo una parte del binomio y esperar a que la otra coadyuve a su reconstitución y mejoramiento, en el más extremo de los casos. Ni liberalismo decimonónico, ni comunismo dictatorial. En efecto, para un libertario,
T. Cano Ruíz, Op. Cit., p. 151. Como bien haría notar más tarde Kropotkin, no se trataba de un federalismo ramplón ni de una autonomía hueca, que en ambos casos sólo disfrazarían la autoridad del Estado. Se trata de la extinción de éste y de su sustitución por una democracia plena, autogestiva, sobre la base de relaciones normadas por acuerdos bilaterales mutuamente aceptados, flexibles, refrendados y reconstituidos a petición de parte y concordados consensualmente de ser posible. Vid. P. Kropotkine. La ciencia moderna y el anarquismo, México, Ed. de la UAS, 1984, pp. 116 y ss.
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F. Engels y M. Bakunin, pese a sus interminables polémicas en relación con el socialismo y las estrategias y tácticas que debían instrumentarse para instaurarlo, llegaron a coincidir en la necesaria extinción del Estado (A medida que desaparece la anarquía de la producción social languidece también la autoridad política del Estado. Los hombres, dueños por fin de su propia existencia social, se convierten en dueños de la naturaleza, dueños de si mismos, en hombres libres.). La diferencia sustancial fue, siempre, que mientras para Engels -y Marxel Estado desaparece al final de la utopía, en Bakunin, su desaparición -a la brevedad posible- es precondición para instaurar la utopía. Vid. F. Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico, Moscú, Progreso, s/f.
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revolucionar el modo de producción sin transformar radicalmente las instituciones políticas es preparar el advenimiento de nuevas estructuras centralizadas del poder y la consecuente separación de la sociedad en clases de gobernantes y gobernados, de directores y realizadores y, en última instancia, de poseedores y no poseedores; en el caso contrario (destruir el régimen político y conservar las formas de propiedad y otro tipo de relaciones socioeconómicas existentes) conlleva el ineluctable riesgo de que, ora de manera directa, ora indirecta, los detentadores de los medios de producción accedan, mediante cualquier subterfugio, al control político. A futuro, la Europa del este tendría mucho qué decir al respecto y el desencuentro de Marxistas y anarquistas postergaría una cita más en la historia. Kropotkin, en su folleto El gobierno representativo había puesto al descubierto que los sistemas representativos siempre han marchado a la zaga de la creatividad popular: el derecho de manifestación se conquistó en la calle, manifestándose; el derecho de huelga se instituyó mucho tiempo después de que se ejercía en la fábrica, aún sin sindicatos, normatividad laboral, etcétera. En efecto, lejos de caminar con las utopías de los votantes, el parlamento no hace más que poner obstáculos en la práctica de los derechos políticos del país, cuando no los suprime con nuevas leyes, si no ve una fuerza que le impone la necesidad de conservarlas ... El régimen representativo --prosigue lapidario-- conserva en el gobierno todas las potestades y atribuciones del poder absoluto; la diferencia consiste en que éste somete sus decisiones a la sanción popular [!]del peor modo posible y luego hace lo que la burguesía quiere; este sistema, pues, ha terminado su papel. Actualmente resulta un obstáculo para el progreso; sus vicios no dependen de los individuos ni de los hombres en el poder; sino inherentes al sistema (sic), y su intensidad es tal que impone modificación seria suficiente para apropiarlo a las necesidades de nuestra época. El sistema [parlamentario] representativo fue la dominación organizada de la burguesía y desaparecerá con ella,11 sentenció "El Príncipe". En su opinión, en aquellas sociedades donde habían tomado
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P. Kropotkin, Palabras de un rebelde, Barcelona, La Vía Múltiple, 1977, pp. 65-66.

carta de naturalización tanto el régimen representativo como el sufragio universal, el estado de cosas no había cambiado y, en ciertos aspectos de la vida, paradójicamente, se había empeorado.12 En relación con el voto, Kropotkin, Sebastian Faure y Eliseo Reclus manifestaron ciertas coincidencias. El segundo, en El dolor universal puede ser un fiel representante. Al respecto, afirmaba que quien delega su poder lo pierde;13 que, teniendo derecho a optar por aquellas cuestiones que le son consustanciales, merced al sufragio universal, se organiza para delegar el poder a una tercera persona cuya omniscencia estará siempre sujeta a duda y no podrá encarnar los intereses de sus representados, aún así se presentara el mejor de los casos, el hombre probo, cuasi perfecto. Y es que, como Malatesta observó más tarde, en las sociedades con gobierno representativo, sistema parlamentario y sufragio universal, si el elegido se sometiese a la voluntad del elector (suponiendo incluso el hombre ideal) y asumiese el papel de embajador suyo, estaría en la necesidad de no pensar más por sí, de esclavizarse a la voluntad del electorado, de perder su libertad, de expresar los intereses de otros y votar contra su conciencia; ahora, en el proceso inverso, si el representante abjurase de la voluntad colectiva que lo invistió y desease actuar por cuenta propia, como ocurre en la mayor parte de las veces, la soberanía que se viola sistemáticamente es la de los representados. Por ultimo, si tomásemos al caso del hombre perfecto, ¿no ocurre que sus iniciativas -en el parlamento-deben pasar por la balanza del número, y que el número no significa ni racionalidad, ni calidad?14 Por otro lado, Faure sostenía que el poder entregado al elegido termina maculándolo:
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Idem, p. 67. La misma tesis sostuvo E. Reclus.

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Aún en la más perfecta de las democracias, coincidieron S. Faure y E. Malatesta, el número de votantes que respaldó al grupo de legisladores que ha propuesto tal o cual iniciativa de ley, nunca cubrirá al ciento por ciento de las voluntades. Seguidamente, no ocurre que los representantes de lo sufragantes recurran a éstos para inclinar su voto hacia la iniciativa en cuestión. A continuación, tampoco deberán incluirse los abstencionistas, ni a los imposibilitados legalmente para votar, ni a la oposición, en un régimen competitivo de partidos. El resultado, una abrumadora minoría decidiendo por una mayoría inmensa. (parafraseo de memoria).
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Estos cinco factores: absolutismo, irresponsabilidad, incompetencia, esterilidad, corrupción, constituyendo el medio parlamentario, ninguno de los que viven en él se sustrae a su influencia. En lo que toca a cada elegido, tan pronto es uno como otro de esos cinco factores el que lo arrastra. Este es más autoritario, aquél más incompetente y más corrompido el otro; pero la suma da el mismo resultado: un ser ambicioso, dominante, presumido, mediocre, venal.15 Faure jamás tuvo buenos juicios para los electores. Le resultaba casi imposible explicarse que, a sabiendas de las experiencias históricas, el elector, ese animal irracional alucinado, papeleta en mano, acudiese a las urnas para designar diputados, senadores, presidentes, esto es, para imponerse autoridades que lo ignorasen o abrumasen; eso, a menos que se considere que el electorado espere que por el voto ocurra algo extraordinario, como el mejoramiento de las condiciones de vida. Citando a Octavio Mirbeau, en cierta ocasión expresó que el elector votó ayer, votará mañana y votará siempre. Los carneros van al matadero y nada dicen, y nada esperan, pero, al menos, no votan por el carnicero que los ha de matar ni por el burgués que ha de comérselos. Más bestia que las bestias, más borrego que los borregos, el elector nombra su carnicero y elige su burgués. Ha hecho revoluciones para conquistar este derecho.16 El molino sigue su giro. Y sólo se detendrá cuando, estallado el morbus-democráticus o menguada a cero esa "escrutiniomanía" dentro de la sociedad, los hombres opten por formas radicalmente diferentes de organización. El sufragio universal, máscara del mito, linterna diogenésica que busca ese ser extraordinario llamado buen gobierno, sólo ha engañado cien veces a su portador y ciento una veces lo volverá a engañar hasta que el fervor dé paso a la indiferencia y suceda a ésta la hostilidad, sentenciaba. Otro de los clásicos, Ericco Malatesta, años más tarde, arremetió contra las estructuras de poder tanto impuestas como electas; de las primeras, cuya fuente era la guerra, la conquista o la revolución [y habría que agregarle: los golpes de Estado],
S. Faure, El dolor universal, Barcelona, Alcoy, 1922, p. 180. Para efectos de ampliación, es conveniente la lectura del Cap. V, parte I, entre las pp. 135-180 de la citada obra.
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Idem, p. 182.

asentó que en ningún caso existiría -para el pueblo- la garantía de que los gobernantes realizaran actos de utilidad general, sino por así convenir a sus intereses de clase o partidarios; la usurpación -eje que atraviesa a todas las modalidadesfacultaría la imposición y el uso recurrente a la fuerza para acallar a los descontentos. En relación con la elección, decía que si la realizase una clase o partido, obvio sería que ese mecanismo garantizaría el triunfo de ellos contra el sacrificio de los demás. Por otro lado, si el sufragio universal hubiese sido el medio, el único criterio que determinaría la sustentación de tal poder sería el número; y el número nunca es garantía de equidad, razón o capacidad; los elegidos serán siempre los que mejor sepan engañar a la masa, y a la minoría, que puede hallarse constituida por la mitad menos uno, quedará, lo mismo que antes, destinada al sacrificio. Y esto sin contar que la experiencia ha demostrado la imposibilidad de hallar un mecanismo electoral por el que los elegidos sean por lo menos representantes de la mayoría.17 El derecho al voto adquiría carta de naturalización en las constituciones del mundo: ora se proporcionaba el sufragio universal al pueblo para arrastrarlo en las luchas burguesas contra caducas realezas o aristocracias; ora se le entregaba como respuesta a un movimiento de lucha; ora se adoptaba para legitimar el poder de la burguesía y sus apoyos en los órganos legislativos proporcionando a la sociedad la impresión de que era ella quien ejercía la soberanía. Pero podría aducirse que, ante la posibilidad de una madurez política de los explotados, en una sociedad capitalista, los trabajadores seleccionaran a los mejores hombres para conducir a las masas y sus destinos sociopolíticos (y eventualmente económicos). Malatesta,con argumentos más que suficientes, se mostraba receloso: Y, aun cuando existen hombres de una bondad y un saber infinitos, y aunque, por una hipótesis que no se ha realizado nunca en la historia, y que a nosotros nos parece de imposible realización, el poder gubernativo fuese encomendado a los más capaces y mejores entre los
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E. Malatesta, La anarquía y el método del anarquismo, México, Premia Editora, 1980, p.

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buenos, ¿añadiría la posesión del gobierno alguna cosa a su potencia benéfica? ¿No la paralizaría y destruiría, más bien, por la necesidad en que están todos los hombres en las esferas del poder en ocuparse de innumerables cosas que no entienden, y sobre todo de emplear la mejor parte de su energía en mantenerse en el poder, contentar a los amigos, tener a raya a los descontentos y someter a los rebeldes?18 El poder corrompe aún a los mejores. Quien se percata de ello y se encuentra en las esferas del mismo, encontrará dos alternativas: renunciar a él o luchar como quijote hasta despertar de su locura si no sucumbe antes en la empresa. En otro apartado, "El sufragio universal", escribió ...supongamos que existen las condiciones necesarias para que todo individuo pueda votar libremente y sepa votar bien; supongamos asimismo que la revolución social está hecha, que todos los individuos están en condición económica independiente y que las nuevas condiciones han producido ya un público inteligente e instruido. El sufragio universal sería igualmente impotente, por razones inherentes a su naturaleza para representar los intereses de todos y satisfacerlos. Ante todo, el gobierno "elegido por el pueblo" no es en realidad elegido sino por aquellos que triunfan en la batalla electoral: los demás, que pueden ser una minoría grandísima, y aún mayoría, quedan sin representación. Sería un régimen en que la mayoría legal (mayoría real únicamente en la mejor de las hipótesis) tendría el derecho de mandar a la minoría,19 pero, digo, lo realizaría a través de una minoría. Y no podría ser de otra manera, aparentemente. Por lo tanto, con el sistema del sufragio universal, igual que con cualquier sistema de gobierno representativo, muy a menudo la realidad nos dice que el gobierno de la mayoría es una total ficción. En efecto, “con el sistema del sufragio universal, igual que con cualquier sistema de gobierno representativo, muy a menudo, aun suponiendo que los elegidos cumplan realmente con la voluntad de los electores, es la minoría la que resulta gobernar a la mayoría”.20 Su posición radical se llevó al extremo que, cuando se colocó, por única vez, del lado
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Idem, p. 21.

E. Malatesta, "El sufragio universal", en B. Cano R., El pensamiento de E. Malatesta, México, Editores Mexicanos Unidos, 1973, p. 222.
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Loc. Cit.

del sufragio universal, fue para lapidar su sino: Unicamente de un modo el sufragio universal podría ser útil, y es cuando la experiencia de su funcionamiento demostrare su falacia a los que de él esperan beneficios. Sería una ilusión menos y un error eliminado. En la mayoría de los casos los hombres no llegan a la verdad sino después de haber recorrido todos los errores posibles. Pero aun este último beneficio no puede obtenerse sino acondición de que haya quien combata con energía contra esta mentirapésima entre las pésimas, con que se engaña al pueblo.21 La propuesta malatestiana, una de las más avanzadas dentro del pensamiento libertario, fue dejada de par en par, abierta a la búsqueda. Y esto es quizá lo más valioso del anarquismo contemporáneo: la visión amplia que permite acercarse a la única utopía respetable del presente siglo. Por supuesto, el listado quedaría incompleto si dejásemos de incluir la postura floresmagonista. Sobre ella, sabemos que por cuestiones de táctica, hacia el exterior de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano (JOPLM), se mostró partícipe decimonónico del liberalismo y, hacia el interior, decididamente anarquista; por ello, mientras se profesaba la necesidad de una "organización de abajo hacia arriba", de la autogestión en las células (clubes) del PLM,22 también se declaraba que “Al triunfo de la revolución esta junta se encargará provisionalmente del gobierno, y convocará al pueblo a elecciones. El pueblo elegirá sus nuevos gobernantes, y los ciudadanos favorecidos por el voto público tomarán desde luego posesión de sus cargos, mientras que esta junta se disolverá”.23 Las experiencias de Acayucan, Viesca, Las Vacas, Palomas y Janos y los largos períodos de encarcelamiento contra la JOPLM, entre otras experiencias, coadyuvaron a radicalizar su postura cada vez más anarquista. Hacia 1910, por las
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E. Malatesta, "El sufragio..." en B. Cano Ruíz, El pensamiento..., p. 227.

Vid. "Circular a los Correligionarios" del 9 de septiembre de 1906, en O. Cortés-Ch. López, El Partido Liberal Mexicano (1906-1908), México, Ediciones Antorcha, p. 101.
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R. Flores Magón, "Carta a T. Roosevelt" del 12 de octubre de 1906, en O. Cortés-Ch. López, El Partido Liberal Mexicano de 1906 y sus antecedentes, México, Antorcha, 1985, p. 101.
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venas de Regeneración ya corrían ideas francamente libertarias. En relación con el sufragio, Ricardo Flores Magón (RFM) sostenía: El derecho al voto es también ilusorio... la ignorancia y la miseria ponen a los hombres en una situación de inferioridad que los subordina natural y lógicamente, a la actividad política de las clases altas de la sociedad. Por razones de educación... y de posición social, las clases altas asumen el papel de directoras en las contiendas electorales. Los individuos de las clases altas, en virtud de su independencia económica, disponen de más tiempo que los proletarios para dedicarse a otras cosas distintas de las ocupaciones ordinarias de la vida, y, todavía más, muchos de los individuos de las clases directoras hacen de la política la ocupación de su vida. Todo esto contribuye a que el proletario... tenga que subordinarse a los trabajos de la clase directora... conformándose con hacer el papel de votantes en las farsas electorales. La discusión de los candidatos, la confección de los programas de gobierno...[etc.]... quedan absolutamente a cargo de los directores del movimiento electoral... De todo lo cual resulta que los pobres no tienen otro derecho que el de firmar la boleta y llevarla a las casillas; pero sin conocer... las cualidades de las personas que tienen que elegir... ... Y con ello los trabajadores... nada ganan, como no sea el cambiar de amo, amo que no va a trabajar en beneficio de los pobres, sino en beneficio de las clases altas de la sociedad, pues éstas fueron las que en verdad hicieron la elección ... Lo que urgentemente necesitan --sentenció en franco internacionalismo-- no sólo México, sino todos los pueblos cultos de la tierra, es la libertad económica que es un bien que no se conquista con campañas electorales, sino con la toma de posesión de los bienes materiales.24 Fiel profesante de La Idea, nunca un teórico profundo, RFM jamás predicó en favor del sufragio universal. El voto, como instrumento consolidador de instituciones -consideraba- no servía más que para otorgar poderes a un individuo o a un grupo de ellos cuya preocupación última, si la tuvieran, sería procurar la felicidad de los demás; transformar el statu quo implicaba, para él, destruir el derecho de propiedad.25 Soñar con un congreso que pujara por la solución de los problemas de los trabajadores sería
R. Flores Magón, "Libertad Política", en A. Bartra, Regeneración 1900-1908, La corriente más radical de la revolución mexicana de 1910 a través de su periódico de combate, México, Ediciones Era, 1977, pp. 248-250.
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R. Flores Magón, ¿Para qué sirve la autoridad? y otros cuentos, México, Ediciones Antorcha, 1989, pp. 42-45
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ilusorio, aún en la utopía revolucionaria iniciada en 1910, puesto que no serían los proletarios quienes ocuparían los bancos del congreso y, en caso de que esta hipótesis se realizara, la contrarrevolución burguesa no tardaría en aparecer quizá antes de que el poder corrompiese a los parlamentaristas elegidos, en el mejor de los casos, democráticamente.26 El anhelo de libertad, como el orín, se desliza sobre la tiranía y enmohece y debilita una sociedad cuyo liberalismo había agotado todas las posibilidades de bienestar y felicidad: ninguno de sus soportes podría servir de columna para una nueva sociedad, según la utopía anarquista: de allí su radicalización. Bajo esa tesitura se opuso tajante al grito de batalla maderista ("Sufragio Efectivo"), so entendido que las boletas electorales jamás han dado de comer al pueblo y sí, en cambio, lo han adormecido: "La dignificación de la raza por el bienestar y la libertad... no queda satisfecha con el mero hecho de tener derecho al voto, sino con el derecho de no depender de los amos...".27 Las elecciones y el parlamentarismo, así como todo género de lucha dentro de la legalidad burguesa, estaban desterrados de la utopía anarquista; el voto, en ese fárrago jurídico, estaba proscrito. "Yo no creo en los votos", parece ser un grito casi unánime -no el único, clarode los libertarios del mundo. Y parece una voz clamante en el desierto que vale la pena recordar en tiempos tanto pre como postelectorales. ¿Por qué? En primer lugar, porque muchos de los que ésto leemos cometimos el error de olvidar. Y en ese olvido se hizo una apuesta a la democracia mediante el voto, cuando la democracia nada tiene que ver con la "escrutiniomanía"; por supuesto, tampoco se reduce a la parafernalia normativa de la cual se echa mano para la mediación en conflictos sociopolíticos y que los ciudadanos refrendan con cierta regularidad mediante el voto. Los libertarios lo saben y no creen en ella, como no creen en la democracia que
R. Flores Magón, "Para después del triunfo", de Regeneración del 28 de enero de 1911, Vid. A. Bartra, Op. Cit., pp. 268-270.
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R. Flores Magón, "El rebaño inconsciente se agita bajo el látigo de la verdad", de Regeneración del 4 de marzo de 1911, En A. Bartra, Op. Cit., p. 277. Véase también, en la misma obra, "Francisco I. Madero es un traidor a la Causa de la Libertad", pp. 271-276.
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rasguña puntos porcentuales para ubicar mejor a tal o cual partido o a tal o cual candidato, de la misma manera en que tampoco cree en las prácticas seudodemocráticas en las que se vota para desentenderse de los asuntos que les son propios. No. Los libertarios no fueron simpatizantes de las tesis que sostenían al "gradualismo" o a la revolución para llegar a un cambio en el modo de producción que garantizara, después del cambio, las condiciones socioeconómicas de la libertad. La certeza de que poder (política) y economía se encuentran indisolublemente unidos en el devenir histórico los hizo, oponerse incluso a los marxistas, luego a los leninistas quienes sostuvieron que a la fase de suspensión de derechos y libertades (so argumento de preparar las condiciones necesarias para el comunismo, como socialización de los medios de producción y la eliminación de los poderes anquilosados y soportes del viejo edificio burgués) le sobrevendría otra en la cual esos mismos derechos y libertades les serían devueltos, previa educación de las masas. De esta certeza manaba su radical posición ante el estado y la economía: su necesaria transformación simultánea28. En segundo lugar, siguiendo la línea ácrata, la práctica democrática tiene que ver con un compromiso autónomo, base de un constante dar y recuperar poder (no de enfrentarse al poder, a la autoridad, sino sólo al institucionalizado) y libertad como manera de que la utopía social no degenere hacia formas autoritarias. Se vincula con un compromiso unilateral, por cuanto el derecho propio no genera la obligación del otro (los asuntos propios no pueden abandonarse a los demás, aún así sean "los mejores") y ubica la práctica política en el terreno de una ética con escasos sin simpatizantes, incomprensible (cuyas metas son el máximo de felicidad y libertad
He aquí un punto de desencuentro entre "socialistas libertarios y socialistas autoritarios": si bien el pensamiento marxista no está enclaustrado en el Homo Economicus, como aparece fenoménicamente a cualquier mal lector de El Capital. En esta obra, lo que él pretende es estudiar las relaciones que los hombres establecen en lo económico para comprender de qué manera puede accederse a la ruptura de cadenas puestas al proletario en la "prehistoria de la sociedad humana". Bakunin y Marx, Lenin y Kropotkin, cada dupla en su tiempo, tenían una meta similar; sin embargo, el desencuentro --en el caso de esta idea-debe buscarse en los medios propuestos para lograrlo y las posturas adoptadas ante el Estado. No en balde cualquier ecléctico trasnochado puede afirmar que a Marx le faltó ser más Bakunin y viceversa: las raíces son más complejas.
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posibles) y, en tanto ética, incohercible por instancia moral o jurídica externa ("la parte más delgada del hilo"). Y esto es justamente lo que más ha fallado en nuestro sistema y lo que mejor han aprovechado hasta las democracias más avanzadas. Las razones son muy simples: en un país cuyo grado de escolaridad apenas se encuentra en el nivel primario, disquisiciones de tal fineza no se han elaborado aún. En un país donde los pregoneros de la democracia olvidan frecuentemente al obrero y al campesino y deleitan beleidosamente a los intelectuales, esos heraldos pierden su base de sustentación. En una sociedad que exalta la racionalidad teleológica-utilitarista y menosprecia la axiológica, el abismo del poder incrementa su fuerza centrípeta y engulle al ciudadano desde que es un proyecto: pensar y construir utopías sociales son ajenidades cotidianas tanto para niños como para adultos; pareciera ser que sólo las utopías individuales escapan al poder devastador del ente antiutópico por excelencia que llamamos Estado. En un país así, el aire que se respira no puede tener sino aromas de muerte.

hilario topete lara (enah-inah)

Hilario Topete Lara, Escuela Nacional de Antropología e Historia del Instituto Nacional de Antripología e Historia.