Ignorancia y prepotencia. A menudo, la ignorancia suele entenderse como falta de conocimiento o carencia en el saber.

El ignorante es un inculto, un analfabeto o un desinformado. Pero para la filosofía clásica, este conocimiento imperfecto está asociado con la vida moral. Su carencia no sólo nos afecta intelectualmente; sino que también afecta nuestro obrar. El iluminismo suponía que cuando todos los ciudadanos tuvieran la posibilidad de acceder al conocimiento, se alcanzaría una sociedad perfecta. Su sueño buscaba iluminar a todas las mentes indoctas, llevar la luz a todos lados y así transformar la sociedad. Pero una extensa doctrina filosófica que comienza con Nietzsche y continúa con la escuela de Frankfurt; ha mostrado que el iluminismo no logró alcanzar su cometido. La historia les ha dado la razón, puesto que la humanidad sabiendo más sobre lo que es el bien, no lo ha practicado. Entonces el progreso que debía ampliar las posibilidades de hacer e bien, se convirtió en posibilidades de hacer el mal. El progreso indefinido, no pudo ser alcanzado, ya que en el ser humano no siempre hace el bien que debe hacer. En este sentido es ampliamente citada la frase de Ovidio, que dice: “Video meliora proboque, sed deteriora sequor”1 es decir, que veo lo mejor y lo apruebo, pero elijo lo peor. Hay un inmensa cantidad de situaciones en las que sabemos donde está el bien, pero huimos de él. El hombre es el único ser vivo que conoce el bien, pero en muchos casos termina haciendo el mal. Cuando se conoce el bien y no se lo hace, entramos en un problema psicológico que Platón definió como “amatía”. La traducción de este vocablo griego puede entenderse como ignorancia, incultura o indocilidad. Tanto para Sócrates como para su discípulo; en el mal siempre hay algo de ignorancia. Pero el que hace un mal, no lo hace por ignorancia, puesto que sabe cuál es el bien que debe hacer. Es posible que quien cometa un mal o pecado, no haya comprendido la profundidad del bien. Pero su conciencia que conoce el bien, debe ser confundida con la fuerza de la voluntad. Si no tenemos una conciencia sana y no vemos con claridad el bien, se hace sencillo despistar a nuestra voluntad, que termina eligiendo el mal camino. Para poder obrar mal, se necesita embarullar la situación y confundirlo todo. Por ello, la primera defensa contra el poder del mal está en ver con claridad lo que es necesario hacer. El acto malo en sí, está en ver el bien y hacer el mal, en confundir al intelecto para no querer ver. Todo puede ser racionalizado y explicado, cuando se embarulló la situación. Entonces, quien cometió el mal acto, puede culminar lavándose las manos evitando cualquier responsabilidad. Cuando la voluntad ha sido despistada por nuestras racionalizaciones, perdiendo el contacto con lo real, no hay responsabilidad alguna de la que debamos hacernos cargo. Quien no quiere comprender la realidad y se deja llevar por su voluntarismo egoísta, cae en lo que Platón llama “pleonexía”. Este vocablo griego suele traducirse como codicia o avaricia. Pero el sentido que trata de darle Platón se acerca más a la prepotencia. No sólo hace referencia a un deseo insaciable de bienes materiales o a una especie de vanidad, sino que también se asocia con el abuso de poder. Se trata de una especie de egoísmo arrogante, que busca dominar objetos y personas, en razón de su propio beneficio. Esta prepotencia no sólo puede ser una característica individual, sino que también puede ser asumida por toda una comunidad. Así para Aristóteles, la mayor parte de los actos injustos están motivados por la pleonexía. Pero en sentido bíblico la pleonexía está más cerca de la avaricia que de la prepotencia. Tal es así que cuando una multitud le pregunta a Jesús acerca de las herencias él responde: “Cuídense de toda avaricia (pleonexía), porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no
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Ovidio, Metamorfosis, VII, 20. 1

está asegurada por sus riquezas”2. Del mismo modo, cuando san Pablo le sugiere a los Colosenses que tengan su pensamiento puesto en las cosas celestiales, menciona a la pleonexía como un vicio terrenal. Luego de mencionar una serie de pasiones desordenadas que posee el hombre terrenal; la menciona como una especie de idolatría 3. Ello se debe a que esta especie de codicia; remplaza el deseo de Dios por el egoísmo y la ambición de bienes materiales. Para gran parte de la tradición filosófica clásica, la única forma de evitar tanto la amatía como la pleonexía está en ver con claridad el fulgor de lo real. La realidad tiene tal grado de infinitud, que desborda nuestro limitado intelecto. Es mucho más lo que ignoramos de la realidad, que aquello que podemos comprender de ella. Por ello, a partir de san Agustín y Nicolás de Cusa, comienza a recomendarse la “docta ignorancia”. Una especie de actitud humilde y prudente, capaz de reconocer las limitaciones naturales del conocimiento. Una especie de ignorancia instruida, que va adquiriendo el hombre sabio, en el encuentro con la verdad. Quien comprende las cosas como son y se muestra humilde ante ellas no se deja llevar por la prepotencia. Y esta es la auténtica actitud del hombre sabio. Horacio Hernández. http://www.horaciohernandez.blogspot.com.ar/

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Lc 12, 15. Col 3, 5. 2

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