¡Gloria al pueblo ecuatoriano!

Buscando por el mar en que se ha convertido internet, he encontrado, sin querer, un precioso librito que data del año 1891, y según la portada fue impreso en Quito, Ecuador, por la “Imprenta del gobierno”; ¿Su autor? el Padre Jesuita Manuel José Proaño; ¿el título? “CATECISMO DE LAS DOCTRINAS CONTENIDAS EN LA ENCICLICA -IMMORTALE DEI- DE NUESTRO SANTÍSIMO PADRE LEON XIII”, nada más y nada menos. ¿Qué tiene el libro de especial? Varias cosas, vamos por partes. En primer lugar hay que decir que no tiene nada de extraordinario que un jesuita en esa época (recalco “en esa época” porque dada la deriva reciente de buena parte del jesuitismo hacia posturas doctrinales alejadas del catolicismo, es imposible pensar que hoy día algún jesuita escriba algo así. Es más fácil pensar que algún jesuita hoy escriba una “refutación” de la encíclica “Immortale Dei”), escriba un libro en forma de catecismo (preguntas y respuestas) sobre un documento papal; por el contrario, es muy abundante la literatura de aquellas calendas exponiendo, explicando y defendiendo la doctrina contenida en dicho documento pontificio. Lo que en verdad llama la atención es el prólogo del libro. Vamos por partes. En resumidas cuentas ¿de qué trata el famoso documento? La encíclica “Immortale Dei” (los nombres de las encíclicas se toman de las dos primeras palabras de la misma, en latín) es un documento de primerísima importancia para los católicos, en ella, el Santo Padre León XIII hace una exposición de la doctrina católica acerca de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, enseñando cuál debe ser la organización de la sociedad según la enseñanza cristiana. No olvidemos que la encíclica fue escrita en 1885, en medio de grandes turbulencias sociales, por medio de las cuales se abría paso el llamado “derecho nuevo”, que

proclamándose heredero de las “grandes conquistas” de la revolución francesa, luchaba por instaurar en Europa y en el mundo entero, un orden social “nuevo”, basado en la “soberanía” humana, que pusiera fin al orden de cosas existente hasta ese momento, cuya característica principal era la aceptación de que por encima de las leyes y de los ordenamientos humanos, existía una ley y un ordenamiento divinos, a los cuales debían conformarse las naciones. Entonces, en medio del vendaval del siglo XIX, el Papa León XIII proclama la perenne doctrina católica sobre la sociedad. Pues bien, volviendo al libro en cuestión, en el prólogo se encuentra uno de repente con algo que honra, con honra santa, al hermano pueblo de Ecuador. El autor nos cuenta que en el año de 1886, es decir al año siguiente de la publicación de la encíclica, hubo un intercambio epistolar entre el gobierno ecuatoriano y la Santa Sede: El año de 1886 se cruzaron dos importantísimos documentos entre la República del Ecuador y la Santa Sede La primera carta es la más interesante de las dos, le dejo la palabra al Padre Manuel José Proaño (autor del libro): El primero es una carta que, con fecha 21 de Marzo del mismo año, dirigió el Gobierno de la República a la Santa Sede, con el objeto de manifestarle su absoluta

sumisión a la

Encíclica “IMMORTALE DEI”

Oh, me imagino la cara de los liberales de aquellos tiempos (y de los de ahora también porque esa gente nunca cambia) al leer semejante “ABSOLUTA SUMISIÓN” de todo un gobierno a las sapientísimas directrices políticas del soberano pontífice. ¿Hemos leído bien? ¿Todo un gobierno escribe una carta oficial al Papa para expresar su voluntad de acatar con absoluta sumisión sus enseñanzas políticas? Sí, leímos bien, y ese pueblo fue el pueblo ecuatoriano. No olvidemos que pocos años antes de los acontecimientos que estamos relatando caía vilmente asesinado por mano enemiga el que quizá fuera el más insigne gobernante que ha dado a luz Hispanoamérica, el ilustre ecuatoriano don Gabriel García Moreno. Los esfuerzos de este prohombre por hacer de su nación un pueblo culto, civilizado y respetuoso de la fe católica de todos los ecuatorianos, parecieron dar sus frutos años después en actos de gobierno como el que muestra la carta antes mencionada; no otro hubiera sido seguramente el comportamiento de García Moreno de haber estado aún vivo

aquel año. Me aventuro a creer que su alegría ante las enseñanzas de la encíclica IMMORTALE DEI hubiera sido grande y digna de tan devoto hijo de la Iglesia. Volvamos al texto de la carta, no resisto el impulso de ponerla aquí íntegra, para el disfrute de todos:

BEATÍSIMO PADRE: Católicos sinceros e hijos de un pueblo católico, cumplimos con el sagrado, y para nosotros gratísimo deber, de manifestar a Vuestra Santidad, pública y solemnemente, nuestra absoluta sumisión a la Encíclica IMMORTALE DEI, cuyas sabias doctrinas y saludable s consejos serán, como protestamos, la invariable regla de nuestra conducta, la norma de nuestras acciones y la luz que nos guíe y alumbre en nuestra vida pública y privada. Protestamos también sostener, propagar y defender, por cuantos medios se encuentren a nuestros alcances, esas mismas sabias y salvadoras doctrinas. Rogamos a Dios que conserve la preciosa vida de Vuestra Santidad, que le restituya libertad de que debe gozar el Supremo Pastor de la Iglesia y que le colme de gracias bendiciones. Quito, á 21 de Marzo de 1886 No sé ya cuántas veces he leído este brevísimo documento, y aún no salgo de mi asombro; ¡cuánta nobleza manifestada en tan pocas palabras, cuánta fe, cuánto amor por la Iglesia! Ese documento debiera ser conocido por todo ecuatoriano bien nacido y debiera ser conservado como tesoro, como muestra ilustre de una época de fe y de amor por la verdad. Talvez alguno dirá que la dicha “absoluta sumisión” fue cosa solamente de unos pocos políticos influenciados aún por la sombra de García Moreno, pues le doy de nuevo la palabra al Padre Proaño: Todos los ecuatorianos que tienen conciencia de sí mismos, enviaron de todas las provincias a la capital sus nombres, para que fuesen inscritos en dicha protesta; de modo que fue preciso en la publicación de este documento expresar únicamente los nombres de las personas constituidas en dignidad, añadiendo que se omitían las demás firmas de los ecuatorianos... porque se ocuparían muchos pliegos.

la y

En la carta aparecen las firmas del Vicepresidente Encargado del Poder Ejecutivo, Agustín Guerrero, del Ministro de lo Interior y de Relaciones Exteriores, José Modesto Espinosa, de Vicente Lucio Salazar, Ministro de Hacienda y de María Sarasti, Ministro de Guerra y Marina, y otros. Pero el Padre Proaño aclara que de todo el territorio ecuatoriano llegaron las firmas de cientos de ecuatorianos que querían enviar también a Roma su firma como señal de adhesión a la voluntad del gobierno expresada en dicha carta. Se trató al parecer de una iniciativa que llegó a todo el país, supongo que con la excepción de los liberales de siempre, escandalizados por tal “violación” a la “sagrada” libertad humana. ¡ERA TODO EL PUEBLO ECUATORIANO EL QUE POR BOCA DE SUS GOBERNANTES LE DECÍA AL VICARIO DE CRISTO: SANTO PADRE ESTAREMOS PRONTOS A OBEDECER VUESTRAS ENSEÑANZAS, LAS DEFENDEREMOS Y SERÁN LUZ PARA NUESTRA NACIÓN! De hecho en la carta de respuesta enviada por la Santa Sede se dice que el Santo Padre ha quedado muy feliz al ver en la carta las firmas de: Los miembros del Gabinete y del Poder Legislativo, de los Gobernadores de las provincias, de los Supremos Magistrados, de los Concejos Municipales, de los Profesores de Ciencias y de los personajes de todas las clases sociales, sin hablar de los Obispos y del Clero. Soy consciente de que para una mente “moderna”, episodios como el que acabo de relatar son solo piezas de museo, malos recuerdos de una época “teocéntrica”, en que eran desconocidos los “derechos humanos” y pisoteada la “razón” humana con dogmas religiosos. No obstante, para un católico coherente con su fe, para un hijo de la Iglesia (¡y vaya que lo eran los ecuatorianos!) un episodio como este es en verdad una piedra preciosa que adornará por siempre la corona de la fe del pueblo ecuatoriano, y además una elocuente exhortación a tomar ejemplo de los mayores para avanzar cada vez más en el conocimiento y defensa de esas tesis, que, formuladas desde la cátedra de Pedro, fueron, son y serán el único camino hacia la felicidad de los pueblos. El jesuita Padre Proaño, como forma de contribuir un poco a los deseos del pueblo ecuatoriano, compuso en forma de catecismo una explicación de la encíclica IMMORTALE DEI, queriendo de esa forma contribuir a difundir su claro conocimiento entre las gentes de bien, todo AD MAIOREM DEI GLORIAM, como rezaba la famosa sentencia ignaciana. Ojalá nosotros sepamos corresponder a la fe de nuestros mayores, por lo menos renovando nuestro interés por dicha encíclica y por tantas otras que permanecen en el olvido, calladas, silenciadas, a la espera de que algún hijo digno de aquellos padres las

tome entre sus manos y vuelva a beber de ellas el agua de la sólida doctrina, para calmar su sed de verdad y de amor, y ayudar a calmar luego la de sus compatriotas, pues todos hoy morimos de la misma sed.

¡GLORIA AL PUEBLO ECUATORIANO!

Leonardo Rodríguez

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